Cretinismo anglómano. Tres guerras sin buen fin

Blog de gaceta.es: ¿Echar a Rajoy? / El español, como en Usa / ¡Ya meten ruido, eh!

Un amigo de Colombia me envía esto: http://www.eltiempo.com/cultura/libros/fernando-vallejo-demos-por-muerto-al-espanol-y-hablemos-ingles_11923226-4

Naturalmente están muy lejos de conseguirlo. Pero esta gente es muy tenaz, y los primeros pasos consisten en eso, en convertir al inglés en el idioma de la cultura superior en los países hispanohablantes. Como hacen aquí Hope Águirry y tantos más. Observen, además, que la noticia, de EFE, no para de calificar al pendejo de “lúcido” y no sé cuántos elogios más. Si los españoles, en general, fuéramos tan imbéciles, realmente no mereceríamos otra cosa.  

El cretinismo anglómano está tan extendido o más en “Latinoamérica” que aquí.  Solo que allí algunos son más consecuentes y proponen abiertamente el paso que aquí aún no osan,  mientras preparan el terreno para darlo. Lucía Fígar, consejera de Educación de Madrid,  ha hablado de suprimir “Educación para la ciudadanía”, lo que estaría bien, pero la razón que esgrime es que quita horas a “la lengua, las matemáticas y el inglés”. Sobre todo el inglés, claro, la lengua superior. Ni palabra de historia y otros aspectos de la cultura. Pretenden formar una generación flotante, desvinculada de cuanto ha significado España en la historia. Perjudican a la cultura hispana sin beneficiar a la anglosajona, a la que no aportan  nada más que su propia bobaliconería lacayuna. ¡Cuánto daño han hecho a lo largo de decenios los incultos politicastros encargados de “cultura” y “educación” en ciudades, regiones y en el estado central! Dada la nulidad del análisis político en España, los procesos solo se ven cuando sus peores consecuencias están ya encima. Como con la crisis económica. En fin, la izquierda pretende disgregar a España, la derecha disolverla. Por eso y otras razones  es indispensable otro partido.

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EL SIGLO DEL LIBERALISMO (II) TRES GUERRAS SIN BUEN FIN.

La invasión napoleónica de 1808 supuso una de las rupturas de mayor alcance en la historia de España, que iba a condicionar profundamente el siglo XIX y cuyos ecos, más diluidos, llegan hasta ahora mismo.

Antes de ella, España se mantenía como una de las grandes potencias mundiales, con una gran flota y que había sido capaz de mantener su imperio infligiendo alguna  decisiva derrota naval a la pujante Inglaterra. Aunque con algunas taras poco visibles entonces pero que resultarían muy dañosas en el siglo XIX, como veremos, puede decirse, en general, que el siglo XVIII fue de recuperación del país.  Sin embargo, como en el resto de Europa, el llamado Antiguo Régimen de la monarquía absoluta ilustrada estaba agotándose, en parte por sus propios éxitos, y todo era cuestión de si las necesarias transformaciones se acometerían de un modo evolutivo o mediante una ruptura violenta, como había pasado con el nacimiento de Usa.

En esta encrucijada tuvo lugar la  Revolución francesa, un período de diez años desde 1789, de creciente violencia y caos hasta que Napoleón Bonaparte cortó su proceso haciéndose con el poder absoluto, si bien conservó gran parte de su ideología. El Antiguo Régimen había quedado demolido en Francia, y el ejemplo cundiría con más o menos fuerza en casi todo el resto de Europa. Las monarquías europeas, viéndose amenazadas,  tacharon el poder napoleónico de revolucionario, usurpador y expansivo, y tras la paz de Amiens de 1802, breve e incumplida sobre todo por Inglaterra, ésta impulsó varias coaliciones (ya antes había financiado otras dos contra los revolucionarios franceses) para acabar con Napoleón. Se abrió entonces un período continuado de guerras con las mayores movilizaciones de masas que había conocido la historia europea,  hasta 1815, en que Napoleón fue definitivamente derrotado.

España, movida por intereses confusos, la agresión pirática inglesa en 1804, en tiempos de paz, al convoy español que traía recursos financieros de América –el recientemente famoso tesoro del barco Nuestra Señora de las Mercedes–  y duras presiones de Napoleón,  fue arrastrada a estas contiendas. En ellas participó como aliada de Napoleón hasta 1808 y como enemiga desde esa fecha. La primera fase fue marcada en 1801, bajo la autoridad de Godoy, favorito de la Corte, por una breve e inconcluyente invasión de Portugal, tradicional aliada de Inglaterra, y por la derrota de Trafalgar en 1805 junto a la flota francesa y frente a la inglesa, que marcó el declive de la antes poderosa armada española. Incapaz de invadir Inglaterra después de Trafalgar, Napoleón trató de arruinarla, y con ello su poder para financiar guerras, decretando el bloqueo continental a su comercio. Los sucesos se precipitaron cuando Napoleón quiso someter a Portugal y al mismo tiempo, con tal pretexto, ocupar militarmente España, manejando a su favor los conflictos de la corte española entre el rey Carlos IV y su hijo Fernando, con Godoy por medio. Este último cayó en el motín de Aranjuez en marzo de 1808, y con él Carlos IV, subiendo al  trono su traidor hijo Fernando. Napoleón obligó Carlos y a Fernando a trasladarse a Francia y abdicar, quedando como el amo real de España. Al exigir el traslado a Francia del resto de la familia regia, estalló un motín popular en Madrid, el 2 de mayo, con el que comenzó la segunda fase de la implicación hispana en las guerras napoleónicas, conocida como Guerra de Independencia (nombre inapropiado, porque España era un país independiente de mucho tiempo atrás). Enseguida Napoleón impuso a su  hermano José como nuevo rey del país.

La Guerra de Independencia propiamente dicha atravesó por tres etapas: en 1808-9 los éxitos hispanos, en especial la victoria de Bailén, primera europea sobre los ejércitos franceses, obligaron a Napoleón a intervenir directa y fugazmente. Las tropas francesas expulsaron fácilmente al ejército expedicionario inglés de Moore, pero solo para encontrarse con que el ejército español, al revés que otros, no se rendía por más que fuera derrotado, y se recomponía una y otra vez. Al mismo tiempo surgían espontáneamente guerrillas por todo el país. Así la segunda fase, hasta 1812, resulta indecisa, porque los éxitos franceses quedaban contrarrestados por una resistencia que desgastaba, descoordinaba y acosaba a sus tropas; y el nuevo ejército expedicionario inglés, al mando de Wellington[1], se atrincheraba en Lisboa a la espera de tiempos mejores. Es probable que este hubiera sido expulsado también, de no ser por la actividad guerrillera, militar y popular hispana (las resistencias de Zaragoza no fueron las únicas acciones heroicas extremadas, y la población demostró una gran capacidad para organizarse espontáneamente en activas juntas de lucha). Ello obligó a los franceses a aumentar sus fuerzas hasta los 300.000 soldados, una suma extraordinaria, pese a lo cual solo lograban dominar las ciudades, pero no el campo ni asegurar sus propias comunicaciones.  El país se convirtió en “el infierno de España” (l´enfer d´Espagne) para los napoleónicos.

Esta resistencia tuvo la mayor resonancia psicológica y política europea al demostrar, por primera vez, que Napoleón no conseguía imponerse en un gran país europeo.  Como diría Napoleón, la “maldita guerra de España”  destruyó su autoridad moral en Europa y entorpeció todas sus empresas, y de ella nacieron sus desastres y perdición. Pero el factor que decidió su derrumbe fue su decisión de invadir Rusia, en 1812,  pese a que el zar Alejandro le advirtió que, como los españoles, los rusos no se rendirían aunque sufrieran graves derrotas. Esta campaña, que exigió retirar tropas de España,  marcó el inicio de la tercera etapa de la guerra en la península. Wellington se sintió con fuerzas para salir de Lisboa y, su ejército luso-anglo-español con apoyo guerrillero, obtuvo victorias,  aunque debió replegarse ante una contraofensiva francesa.  Pero, tras la abrumadora derrota en Rusia,  el sino napoleónico quedó marcado a plazo breve: Rusia, Prusia, Austria, Suecia, varios estados alemanes y por supuesto Inglaterra, luchaban contra él mientras seguía empantanado en España. Wellington retomó la ofensiva a mediados de 1813  y persiguió a los franceses hasta Francia.  En marzo de 1814 los aliados entraron en París y Napoleón abdicó. Todavía tuvo un repunte de menor importancia al año siguiente, que terminó en Waterloo.

El papel de la guerrilla ha dado lugar a polémicas poco razonables. Obviamente ella  no podía determinar la derrota final de un ejército tan poderoso como el francés, pero  tal derrota no hubiera ocurrido sin ella. Fue el factor clave que impidió a Napoleón dominar España y permitió a Wellington ganar tiempo e ir reforzándose. La resistencia española, inesperada y sin parangón en el resto de Europa, animó la resistencia en otros países, dispersó y atascó a las tropas napoleónicas hasta permitir, ya en la última etapa, su expulsión por un ejército regular.

Paradójicamente, España, una de las potencias vencedoras, quedó en segundo plano al establecerse la paz en el Congreso de Viena. El país estaba devastado  por incontables saqueos y destrucciones causados por los napoleónicos, también por los dudosos aliados ingleses, había perdido unos 300.000 habitantes, así como a la minoría afrancesada, evidentemente  traidora, pero compuesta en parte por una élite capacitada; y había quedado sin escuadra, lo que dificultaba el mantenimiento del imperio ultramarino. Perdió asimismo gran parte de su tesoro histórico-artístico, destruido o expoliado por invasores y aliados. La debilidad del país quedó reflejada en el pintoresco embajador español ante el Congreso de Viena, objeto de la burlona atención de los demás representantes. Así, España no fue considerada entre los vencedores, mientras que la vencida Francia salía muy bien librada gracias a la habilidad diplomática de Talleyrand.

En resumen, España fue, como señaló el propio Napoleón, la trampa en que quedó atrapado el poderío francés y que  llevó a su caída. Cabe especular con lo que habría pasado si la resistencia española no se hubiera producido. Es muy poco probable que las tropas expedicionarias inglesas se hubieran sostenido; Napoleón, entonces, habría dominado la península entera, el bloqueo a Inglaterra habría tenido un efecto mucho más intenso, reduciendo los medios financieros de que se valía para sufragar coaliciones, y quizá Rusia no se habría atrevido a desafiar a un verdadero genio de la guerra. Pues la resistencia española no solo tuvo ese efecto directo, sino el no menos importante indirecto de demostrar que Napoleón podía ser vencido, animando a muchos otros países antes paralizados ante él. En ese sentido fue, sin duda, mucho más importante que los dineros ingleses, sin que estos fueran ni mucho menos desdeñables.

Dentro de España, la herencia de mayor trascendencia fue la Constitución de 1812, elaborada en Cádiz, cuna del movimiento liberal. La Constitución apartaba la soberanía del monarca, depositándola en la nación, constituida por “los españoles de ambos hemisferios” y aspiraba a implantar un estado moderno y eliminar  las barreras feudales al mercado único y a la autoridad del estado.  Aunque se apoyaba explícitamente en la tradición del pensamiento político español de los  siglos XVI-XVII y no pretendía ninguna revolución, rompía con el absolutismo del siglo XVIII. Y ello difícilmente la haría digerible para Fernando VII ni para una masa popular que identificaba la legitimidad con su persona y detestaba la influencia francesas o revolucionarias.

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Aquella contienda tuvo efectos determinantes para el resto del siglo XIX, algunos de los cuales se prolongan hasta hoy: propició nuevas guerras en América que destruirían en Imperio español en casi todo el continente y  dividió España entre tradicionalistas y liberales, y a estos a su vez, abocando a nuevos conflictos de ardua solución.

Salvador de Madariaga ha citado  como enemigos cerrados del Imperio español a los judíos, resentidos por su expulsión de España siglos atrás; a los jesuitas, por su expulsión decretada por Carlos III; y a la masonería, tanto francesa como inglesa, que influían a los masones hispanos y recogía la ancestral rivalidad de sus países con España. Las “tres cofradías”, realizaron una tenaz labor  de zapa corroyendo los lazos de América con la metrópoli. Pero las causas principales de las guerras de América fueron probablemente las apetencias exteriores, fundamentalmente  inglesas, también useñas, por dominar económica y/o políticamente Hispanoamérica. Pero el factor determinante fue  la debilidad  de la metrópoli, acosada primero por la invasión francesa y luego exhausta a resultas de ella.

Inglaterra habría atacado la América hispana,  y a ello se disponía Wellington cuando el levantamiento español contra Napoleón desvió hacia la península su objetivo. En todo caso, su expedición a América no tenía garantizado el éxito, pues los ingleses  habían encajado graves descalabros en sus designios. Sesenta y pocos años antes habían sufrido un enorme desastre al atacar Cartagena de Indias, y salido derrotados también al intentar apoderarse de Buenos Aires en 1806 y 1807. El propio Nelson, vencedor de Trafalgar, había soportado en 1797 graves reveses en Cádiz  y luego en  Tenerife, donde casi perdió la vida.

Tales experiencias habían inducido a Londres a fomentar el descontento en América mediante agentes pagados y logias masónicas o asimiladas, para, en el momento propicio, ayudarles con expediciones de  tropas como la prevista por Wellington. El principal de sus agentes fue el venezolano Francisco de Miranda, un aventurero excepcional, viajero infatigable por Europa,  militar en el ejército español y en el revolucionario francés y lleno de planes quizá megalómanos: unir la América española y portuguesa en el imperio de la Gran Colombia (por Colón), mandado por un emperador titulado “inca”, aunque también pensó en una república. Pensionado por los ingleses, creó en Londres, en 1798,nla Logia de los Caballeros Racionales o Gran Reunión Americana, sociedad secreta  de imitación masónica, para agrupar a líderes independentistas.  Su primera intentona en 1806, con mercenarios ingleses y neoyorkinos contratados entre el lumpen de Nueva York, fracasó. En 1808 estaba en contacto con Wellington,  pero los sucesos de Madrid volvieron a frustrar sus planes, como quedó indicado.

Quien había de desbancar a Miranda sería el criollo venezolano Simón Bolívar. En 1811 se proclamó en Caracas una República independiente. Bolívar y Miranda acudieron a Venezuela, pero entre gran parte de la población local y 230 soldados acosaron a los rebeldes. Bolívar perdió Puerto Cabello y Miranda  se trasladó a La Guaira, donde esperaba un barco inglés para huir. Bolívar también fue allí, acusó a Miranda de traidor y lo apresó con nocturnidad y alevosía. El desdichado preso clamaba: “¡Bochinche, bochinche, esta gente no es capaz sino de bochinche!”. La intención de Bolívar se deduce de sus actos: entregó a Miranda a los españoles, que lo llevaron preso a Cádiz, y él obtuvo un pasaporte para salir de allí.

Bolívar difundió un odio desenfrenado como seña de identidad de los rebeldes. Acusaba a España de “aniquilar al Nuevo Mundo y hacer desaparecer a sus habitantes, para que no quede ningún vestigio de civilización (…) y Europa solo encuentre aquí un desierto. (…) Perversas miras de una nación inhumana y decrépita”. El imperio, “la tiranía más cruel jamás infligida a la humanidad”, había “convertido la región más hermosa del mundo  en un vasto y odioso imperio de crueldad y saqueo”. Lo que cualquier observador  podía desmentir  citando las universidades, escuelas, ciudades como Méjico, comparables a las mejores de Europa, el floreciente comercio y una riqueza a menudo superior a la de la América anglosajona, como había constatado el escritor alemán Humboldt.  Además, había sido en tres siglos uno de los imperios más pacíficos de la historia, con solo esporádicas y localizadas rebeliones. A fin de crear hechos irreversibles, Bolívar llamó a “destruir en Venezuela la raza maldita de los españoles Ni uno solo debe quedar vivo” (él mismo era de origen español) y declaró una guerra de exterminio que daría lugar a asesinatos y acuchillamientos masivos. Uno de los suyos se complacía en “matar a todos los godos (españoles)”. Otro, nacido en España, declaró: “La raza maldita de los españoles debe desaparecer. Después de matarlos a todos, me degollaría yo mismo, para no dejar vestigio de esa raza”. Ese odio cundió hasta extremos grotescos. J. J. Olmedo, llamado “el Homero americano” caracterizaba  a los españoles (en definitiva a sí mismo y a sus compañeros) de “estúpidos, viciosos, feroces y por fin supersticiosos”. Entre tan furiosa violencia, todo tenía un impagable aire de farsa.

Al igual que en España, en América fue mayoritariamente rechazado el rey José, impuesto por Napoleón, y surgieron juntas para gobernar provisionalmente en nombre de Fernando VII, considerado el rey legítimo. Bolívar y otros conjurados entraron en las juntas para desviarlas hacia el independentismo, con poco éxito al principio. Las guerras de independencia empezaron en 1810-11 con rebeliones en Buenos Aires, Méjico, Chile y Colombia, cuando España estaba sumida en el mayor desorden y sin posibilidad de enviar refuerzos. Pese a ello, esas primeras revueltas fracasaron, excepto en Buenos Aires, ante la repulsa de las poblaciones y las débiles guarniciones. Terminada la Guerra de Independencia, pudieron acudir tropas algo importantes de la península, frenando a los independentistas. A partir de 1819, la iniciativa pasó a manos  de los rebeldes, gracias en gran medida al pronunciamiento de Riego, que impidió el envío de fuerzas  a América y propició una política de concesiones sin fruto hacia los rebeldes. También pesó mucho en los éxitos bolivarianos un cuerpo de tropas mercenarias inglesas. En 1824, toda la inmensa región, exceptuando Cuba y Puerto Rico, se había independizado de España, tras una guerra de catorce años.

El conflicto se libró sobre distancias enormes y con batallas en las que nunca lucharon más de 7.000 hombres por bando, y a menudo menos de 2.000. La importante batalla de Boyacá se dio entre 3.500 independentistas y 3.000 contrarios, con un total de 300 bajas entre muertos y heridos. Se entiende la trascendencia del golpe de Riego cuando impidió el embarque de 20.000 soldados, contingente enorme para las cifras habituales y que probablemente habría sido decisivo.  El mayor número de víctimas se produjo en matanzas de civiles y prisioneros, estimuladas por Bolívar y otros. Todavía en 1822 el general Sucre masacró a la desafecta población colombiana de Pasto (“ciudad infame y criminal que será reducida a cenizas”), dejando 400 muertos, muchos de ellos mujeres y niños. También los indios proespañoles sufrieron brutales matanzas, y las revueltas de los sacerdotes mejicanos Hidalgo y Morelos cometieron atrocidades. En general, los proespañoles observaron una conducta más moderada, sin que faltasen actos brutales, los peores cometidos por los llaneros de Boves en Venezuela.

Dada la escasez de tropas que pudo mandar España, aquellas contiendas fueron en gran medida civiles, entre hispanófilos e hispanófobos. Los rebeldes, en general, blancos americanos de origen español (criollos) con, a veces,  alguna mezcla india o africana (Bolívar tenía rasgos de mulato), solían ser personas acomodadas y cultivadas, a menudo aficionadas a la literatura francesa de la Ilustración, ostentaban la mayoría de los cargos públicos, sentían rivalidad con los nacidos en España y una aguda superioridad sobre los indios, mestizos y mulatos, que formaban la masa de  la población. No todos los criollos ni mucho menos se sublevaron, pero la rebelión tomó pronto ese carácter, por sus dirigentes:  los dos  citados, Santander, San Martín, O´Higgins, Sucre, etc.  Por eso, un rasgo chocante fue su pretensión de heredar las sociedades indias anteriores a la conquista, en especial la inca y la azteca, de las que se proclamaban herederos los criollos.  Desde luego, ni los indios ni los negros se llamaron a engaño, pues cuando no se mantuvieron pasivos apoyaron a España, por lo que a veces serían masacrados sin piedad. Y, una vez conseguida la independencia, los nuevos gobernantes imitaron a los useños: en Argentina procuraron exterminar a  los indios, y en Méjico les arrebataron las vastas tierras reservadas a ellos por Corona.

La independencia no frenó la fiebre antiespañola. Se instaló la idea de que América debía “desespañolizarse”. Así lo pregonaba El Evangelio americano, usado para adoctrinar en las escuelas. Se celebraba la esperada disolución del idioma español en dialectos y nuevas lenguas. Sarmiento “el Educador de Argentina”, deploraba no haber sido colonizado este  por daneses o belgas, idea suicida de la que no parecía percatarse. Sin duda fue Bolívar quien mejor se definió a sí mismo y a los demás, en su célebre discurso de Angostura “Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud”. Es difícil atribuir  ese yugo a España, que había llevado la imprenta, la universidad y mantenido un poder moderado; pero el propio Bolívar y otros muchos daban la impresión de no haber adquirido mucho saber ni mucha virtud, aunque sí mucho poder.

En Nueva historia de España  resumí: “La demagogia tuvo un coste muy elevado: la civilización creada por España quedó muy dañada y el sentimiento moral sustituido por derroches de retórica entre ilustrada y revolucionaria; el plan megalómano de la “Gran Colombia” naufragó entre buen número de nuevas naciones poco fraternas entre sí y una ristra de luchas civiles y golpes de estado (algo no disímil de lo que ocurriría en la ex metrópoli).  Bolívar escribirá: “No confío en el sentido moral de mis compatriotas“, y a Santander: “No es sangre lo que fluye por nuestras venas, sino vicio mezclado con miedo y horror“; y auguró que América sufriría “un tropel de tiranos”. Sarmiento,  deseoso de extinguir a indios y gauchos, reconocería al menos su origen al lamentar, a los treinta años de independencia: “Vése tanta inconsciencia en las instituciones de los nuevos Estados, tanto desorden, tan poca seguridad individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso intelectual, material o moral de los pueblos, que los europeos (…) miran a la raza española condenada a consumirse en guerras intestinas, a mancharse con todo género de delitos y a ofrecer un país despoblado y exhausto como fácil presa a una nueva colonización europea”.

Aunque la Revolución useña fue una de las inspiraciones de aquellos movimientos (…), Usa progresaría de modo consistente y libre, confiada en sus propias fuerzas, hasta convertirse a finales de siglo en la primera potencia económica del mundo. Los países hispanoamericanos –y la propia España—, en constante autodenigración, incapaces de acumular experiencia, sufriendo el “tropel de tiranos” augurados por Bolívar, no cesaron de sufrir bandazos, violencia política y corrupción envueltos en retórica pomposa, hasta achacar a Usa todos sus males. Hubo puntos más positivos, como la difusión de ideales democráticos, aboliciones de la esclavitud, ampliación de la enseñanza en varios países; también  se recuperó hasta cierto punto el sentido de la propia historia, y el asolamiento moral y político no llegó a tanto como preveía Sarmiento. Pero los elementos negativos, tan fuertes hasta hoy, guardan sin duda relación con el modo de independizarse”.

Ya sin el imperio, España perdió una fuente importante de recursos y el prestigio que la habían  mantenido entre las grandes potencias. Unido ello a las secuelas de la Guerra de Independencia, la  abocaría una profunda y larga depresión,  como hemos visto.

Queda la cuestión clave: ¿se habría consolidado el imperio si las tropas españolas hubieran ganado?  Creo que solo se habría aplazado por poco tiempo, pues el problema no era solo militar. Ya de tiempo atrás se venía considerando en Madrid la división de la América española en grandes regiones muy autónomas, y muchos otros factores empujaban a la independencia.  Se han señalado las maniobras inglesas y  masónicas, que sin duda radicalizaron y perturbaron el proceso, pero otras razones físicas, políticas e ideológicas pesaban en el mismo sentido. Entre España y América se extendía un vasto océano, barrera decisiva por la pérdida de la mayor parte de su flota, ya totalmente incapaz de rivalizar con la hostil de Inglaterra y con gran dificultad para reponerse desde la invasión francesa. Y Usa, al lado de Hispanoamérica, ejercía una fascinación profunda  pese a ser, por el momento, más pobre y en algunos aspectos más atrasada. Su expansionismo quedó de relieve cuando, aprovechando las guerras hispanoamericanas, se apoderó de la Florida para ofrecer después comprarla, oferta que aceptó Fernando VII. Pero, sobre todo, Usa parecía a muchos hispanoamericanos un ideal político liberal y democratizante. Las prédicas de  la independencia useña y de la Revolución francesa, distintas pero generalmente confundidas, tenían demasiada potencia atractiva para que pudiera resistirlas la ideología un tanto acartonada y a la defensiva del Antiguo régimen. Quizá pudo haberse encontrado un modo de llegar a la independencia más razonable y productivo pero el hecho histórico es que no sucedió.

Cabe especular por qué casi todos los nuevos países, que intentaron aplicar las fórmulas políticas de Usa o de la Revolución francesa, solo consiguieron entrar en un período revuelto y rebosante de tiranías. Según algunos, se debió a la pervivencia  de tradición hispana, algo difícil de creer habida cuenta de que la independencia se empeñó en borrarla, y que los tres siglos anteriores no habían sido convulsos, sino pacíficos. El modo como ocurrió la independencia quebró violentamente una tradición y se intentó imponer otra sin atender a los profundos rasgos culturales madurados en la larga época anterior. Tocqueville lo señalaría hablando de Méjico: la imitación de la estructura federal useña conduciría allí a un vaivén entre la anarquía y el despotismo militar.

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Por si las contiendas anteriores hubieran traído poco desastre, España, sin haberse repuesto de ellas, se vio  abocada en 1833 a una guerra civil, enraizada en la de Independencia. Esta dejó como herencia la división entre liberales, partidarios de una reorganización de la sociedad y el poder, y tradicionalistas, defensores de la monarquía absolutista anterior a la invasión napoleónica. Las consignas de las  libertades políticas, la soberanía nacional y la prometida eliminación de despotismos, ejercían fuerte atracción sobre muchos espíritus. Otros, traumatizados por las convulsiones, a menudo terroríficas, de la Revolución francesa y de la ocupación napoleónica, consideraban esas proclamas una importación contraria a la legitimidad política, al orden social y  a la religión. Para la mayoría, Napoleón representó el legado anticristiano  de la Revolución francesa y la anulación de España como país independiente para satelizarlo a Francia con pérdida de las regiones al norte del Ebro. La resistencia había tenido ante todo carácter patriótico y antirrevolucionario, y el liberalismo quedó asociado para muchos a una invasión foránea, y luego a la traición de Riego y las violencias del Trienio liberal.

El tradicionalismo sufría, a su vez, serias taras. En primer lugar se articuló en torno a Fernando VII, personaje intrigante y oportunista, de inteligencia y  visión política limitadas. Había conspirado contra su padre, Carlos IV,  traicionado a sus cómplices al ser descubierto y finalmente había expulsado a su padre mediante el motín de Aranjuez. Ante la ocupación del país por Napoleón, se prestó a marchar a Francia y a ceder el trono a favor de José I. Su conducta hacia Napoleón suele ser descrita como sumisión abyecta, según subrayará el mismo emperador. No obstante, quedó a los ojos de la gente como el rey legítimo, románticamente aureolado por el cautiverio francés. Una vez ganada la guerra fue recibido con auténtico entusiasmo popular. Pero ni él ni su corte eran adecuados para afrontar los terribles problemas de la época.

Además, el tradicionalismo solo lo era muy relativamente. En realidad se remitía a la tradición absolutista, a su vez una importación francesa del siglo anterior, distinta de la monarquía hispana del Siglo de Oro. La experiencia revolucionaria y bélica había causado entre los fernandinos una reacción tan ciega que restablecieron la Inquisición y suprimieron las universidades. Una carta de profesores de la universidad de Cervera a Fernando VII, explicaba: “Lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir, que ha minado por largo tiempo, reventando al fin con los efectos, que nadie puede negar, de viciar costumbres, con total trastorno de imperios y religión”. El sentido de la frase está claro: las ideas de la Ilustración y la Revolución habían provocado mil disturbios y crímenes, y la solución práctica  consistiría en cortar de raíz la “peligrosa novedad”.  La frase, transformada en “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, fue ridiculizada en extremo por los liberales, que a su vez no mostraron afición desmesurada  a ejercitar la mente. La supresión de las universidades vino con defensas de la ignorancia entre el pueblo como virtud preservadora de la paz social, y el encargo a las órdenes religiosas de enseñar las primeras letras dentro de una prédica de obediencia religiosa al poder. Este “tradicionalismo” tampoco enlazaba con la España anterior, simplemente reaccionaba con brutalidad a las convulsiones revolucionarias. Digamos que los liberales también distaron de mostrar una  preocupación absorbente por la instrucción pública en los decenios siguientes.  La reacción fernandina no provenía solo de grupos de la alta sociedad y del clero, sino que arraigaba en sectores populares: el intento de Fernando VII de llegar a acuerdos con los liberales moderados desató sublevaciones, sobre todo en Cataluña (los malcontents), exigiendo un absolutismo sin concesiones.

Como fuere, a la muerte de Fernando VII,  en 1933, ya existía un fuerte partido liberal o proliberal en la misma Corte. Se produjo una disputa por la sucesión entre los partidarios de nombrar heredera a su hija Isabel II, de solo tres años, con su madre María Cristina como regente, y los defensores de los derechos de Carlos María Isidro, hermano de Fernando y  más absolutista que este. Los primeros se apoyaron en los liberales, depuraron el ejército de oficiales carlistas y proclamaron a Isabel II.

La guerra estalló enseguida y con gran violencia. Los liberales, dueños del ejército y de los resortes del poder, tuvieron todo el tiempo una gran superioridad material, aunque no grandes generales. Tampoco los carlistas dispusieron de figuras  destacadas, excepto Zumalacárregui, que murió pronto; y cabe señalar la expedición del general Gómez, especie de Larga Marcha avant la lettre, de seis meses por territorio en gran parte enemigo,  sin apenas descanso. Trataba de provocar levantamientos carlistas, en lo que tuvo poco éxito porque el acoso de los liberales le impedía consolidarlos. El asesinato de prisioneros e incluso de familiares de enemigos fue practicado por los dos lados, aunque parecen haberlo comenzado los liberales. Los principales escenarios bélicos abarcaron todo el norte, desde Galicia a Cataluña, con especial incidencia en las Vascongadas y Navarra, en la zona montañosa de Valencia-Teruel y en Lérida. También incidió el carlismo en comarcas de Extremadura, Castilla la Nueva y Andalucía.  Los carlistas encontraron apoyo popular entre el campesinado y no lograron tomar ciudades tan representativas como Bilbao. Su lema “Por Dios, por la patria y el rey”, o bien “Dios, patria, fueros, rey”, exponía su integrismo religioso e ideas de organización territorial ya por entonces anticuadas.

Aunque la mayor parte del clero se inclinaba probablemente hacia el carlismo, otra parte simpatizaba con los liberales: entre los autores de la Constitución de  1812 el grupo más numeroso lo constituían los clérigos. Pero el sector extremista de los liberales, deseoso de imitar las persecuciones antirreligiosas de la Revolución francesa,  procedió enseguida a enajenarse la voluntad de la Iglesia. En verano de 1834, una epidemia de cólera fue utilizada por los exaltados  para sembrar en Madrid el bulo de que los frailes envenenaban las fuentes para causar la enfermedad. Así movilizaron a sectores lumpen para organizar una matanza de frailes en la que perecieron 73, entre escenas de sadismo; hechos imitados al año siguiente en Barcelona y Zaragoza.

En los dos primeros años de lucha el poder casi se desintegró como ocurriría en la I República. El gobierno, agobiado por la falta de  tesorería, apenas controlaba las provincias.  Para obtener dinero, el ministro Mendizábal llevó a cabo su célebre Desamortización. En principio, la modernización de la agricultura exigía dicha medida, es decir, la disolución de la propiedad eclesiástica, señorial y comunal. Pero el  objetivo de Mendizábal era ante todo allegar recursos y  lo consiguió, aunque no tanto como deseaba. Las tierras fueron compradas sobre todo por propietarios ricos, que aumentaron sus latifundios, y no se creó una capa de campesinos medios adictos  al régimen. Además, no fue una expropiación con compensaciones legales, sino un expolio con graves daños colaterales: gran parte del patrimonio histórico y artístico cayó en ruinas, bibliotecas, archivos y registros quedaron dispersados o destruidos (segunda devastación masiva del patrimonio después de la francesada; la tercera se produciría en la Guerra Civil de 1936-39); se generó una extendida corrupción y  decenas de miles de lugareños ponres que antes vivían en las tierras eclesiásticas se vieron expulsados y condenados a la mendicidad o al bandolerismo, que durante largo tiempo se tornó endémico en varias regiones. Otro efecto fue la desforestación, pues se amplió la extensión de los cultivos sin apenas empleo de técnicas más productivas.

Esta I  Guerra carlista duró casi siete años, con, se estima, unos 200.000 muertos, lo que la haría más sangrienta que la de 1936-39 en proporción al número de habitantes.  Los tradicionalistas fueron vencidos final y definitivamente, aunque quedaran rescoldos de descontento, apoyados en el desorden liberal, que causarían una semiguerra (1846-9), poco más que algunas guerrillas en varias comarcas catalanas. Más grave y extensa sería la III Guerra carlista (1872-76), sin alcanzar ni de lejos la importancia de la primera.

Otro resultado, relacionado con la inepcia de los políticos, fue el surgimiento de la figura del espadón en la persona de Espartero. Como decía Balmes, el poder civil “no es flaco porque el militar sea fuerte, sino (que) el poder militar es fuerte porque el civil es flaco”. El ejército era la única institución algo sólida que quedaba en el país después de las duras pruebas anteriores y, contra una opinión extendida, en sus cuadros superiores se encontraban más personas cultas y con conocimientos científicos que en el resto de la sociedad. Espartero, con todo, tendía a mostrarse demasiado resolutivo por no decir brutal, y aunque su promoción al poder máximo le había venido en gran medida del apoyo de  Barcelona, la ciudad más industrial de España, no vaciló en bombardearla cuando esta se levantó contra su política librecambista. Pesaba la diplomacia inglesa, que cultivaba asiduamente la vanidad  del espadón para inclinarle a un libre cambio que acaso habría arruinado  el textil catalán, dada la gran ventaja comparativa que ofrecía a los ingleses su avanzada revolución industrial. Londres había suministrado además la Legión Británica de 10.000 hombres, que había rendido importantes servicios a Espartero contra los carlistas en Vascongadas y Navarra.

 

La invasión francesa rompió drásticamente una evolución anterior que intelectuales como Jovellanos querían pausada y fructífera. Pero en la realidad histórica, los deseos en apariencia más razonables son desbordados  a menudo por sucesos imprevistos. Si el país hubiera contado entonces con líderes capaces de desenvolverse en las tormentas de la época, la evolución habría sido menos traumática, pero ni Fernando VII ni su hermano Carlos, ni los jefes liberales, postraron muchas dotes  para gobernar el barco. El hecho es que España salió de la Guerra de Independencia desbaratada e internamente dividida, que las guerras de América acabaron de arruinarla, y que no hubo manera, o no surgió el estadista capaz, de encontrar un entendimiento entre las aspiraciones a la libertad política y la modernización nacional, por una parte, y la legitimidad y el orden social de la otra.  La impresión que producen los personajes de la época y los de los decenios posteriores es, con alguna excepción, de mediocridad política, retórica vana, violencia innecesaria y bajo nivel intelectual. El hecho de que los liberales no superasen en esto último a los reaccionarios indica un mal de fondo que sin duda se arrastraba de la época anterior a Napoleón, como veremos.

 

 



[1] A. Wellesley. Por comodidad le llamaré Wellington aunque recibiría ese ducado más tarde

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Necesidad de partido y programa. La farsa de las fosas del franquismo.

Blog de gaceta.es: ¿Salir del euro?/ Frente a la colaboración con la ETA, AVT convoca / Campana de mi lugar (recuerdos sueltos)

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Hace días propuse un esquema de programa de partido ante el deterioro galopante del sistema construido en la transición. La discusión no fue muy fructífera, y la propuesta misma, vista de cerca, iba algo descaminada. Se trata, como en 1976, de proponer una reforma y no una ruptura, es decir, un desarrollo razonable y los cambios necesarios sobre los avances democráticos desde la transición, con rectificación radical del rupturismo de Zapatero en los años pasados. Rupturismo cuyos nefastos puntos esenciales he expuesto en la “Carta abierta a un mamarracho”, que puede servir de guía para lo que es preciso corregir.

Mi propuesta, vista ahora, da la impresión de poner el carro delante de los bueyes, es decir, de plantear como principio una reforma constitucional que solo sería posible después de un proceso en que los partidos actuales terminaran de desacreditarse por sus actos, por la denuncia sistemática de ellos y por la presentación de una alternativa viable.

Si observamos la evolución de los últimos decenios, acentuada desastrosamente bajo Zapatero, comprobamos un deterioro persistente en tres aspectos:  la democracia, la cohesión nacional y la moral pública. Lo cual se ha complicado con la violenta crisis económica actual, en gran medida producto de las anteriores. Esto solo puede remediarlo un partido con unas propuestas de reforma  generales, pero precisas, en  los tres sentidos mencionados. Podría ejemplificarse en cinco puntos: Independencia y despolitización de la justicia. Recuperación  de las competencias educativas y otras por el estado. Defensa de la familia contra el abortismo y promoción de una natalidad equilibrada. Saneamiento económico del estado, reduciendo su tamaño y marcando límites a la intervención de los políticos. Política internacional independiente.

Digo ejemplificar, porque son quizá los puntos más chirriantes ahora mismo, pero en cada terreno debía haber otros. De la mayor importancia sería corregir la política exterior, que cada vez hace más  de España un “aliado lacayo” en la OTAN y la UE, y un país más y más dependiente de poderes supranacionales difícilmente controlables y de funcionamiento muy poco democrático. A ver si planteándolo por partes la discusión mejora.

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Un investigador austríaco me ha escrito:

El texto sobre el Valle de los Caídos lo conocía, lo había leído en la página de la Fundacion Francisco Franco. Como no sabía nada del barranco de Órgiva he mirado en Internet, y he encontrado esta página: http://www.juntadeandalucia.es/gobernacionyjusticia/mapadefosas/busquedaTumbas.cgj?codigoProvincia=4. Según los datos (8 entradas de Órgiva), hay, al menos, 5275 cadáveres en este lugar, algunos números concretos, otros vagos, y hay, además, cinco fosas con un número desconocido. Aunque el número de 5000 parece muy elevado y puede estar exagerado, al menos los bajos (196, 12, 5, 45, 17) me parecen fiables ya que son concretos y documentados. El verano pasado, cuando empecé a trabajar en este tema sin saber realmente mucho sobre el trasfondo, estuve en varias exhumaciones que me parecían serias y con fundamento histórico. Como he visto su rechazo tan frontal a estas exhumaciones he pensado que a lo mejor le interese visitar una exhumación para ver cómo trabajan y qué hay detrás. No lo digo a la ligera sino porque he visto en este tiempo que el enfrentamiento actual se basa, sobre todo, en el no-enfrentamiento real, en una falta de debate basado en hechos, lo que usted ha mencionado al final diciendo que le gustaría debatir con sus oponentes de forma concreta.

En cuanto a su artículo detallado sobre “Víctimas de la guerra civil”: como el libro es de 1999, ha habido más investigaciones y se ha reducido, curiosamente a la baja, el número de víctimas, sobre todo en la parte franquista. En el libro que le mencioné, “Violencia roja y azul”, hablan de 130.199 “víctimas” (de asesinatos, consejos de guerra) en la zona franquista, y de 49.272 “víctimas” (idem) en la parte republicana, números documentados. Es un libro en el que tratan de analizar, investigar, de forma seria y historiográfica, el número de víctimas en ambos lados. Por lo menos me lo parece. G. P.
R.  Creo que hay un equívoco en esto. Yo no me opongo a las excavaciones, indudablemente hubo asesinatos por los dos bandos, y no deja de ser una investigación histórica. Lo que rechazo es el aura propagandística que las rodea en dos sentidos: tratando de centrar el sentido de la guerra en esos crímenes, cuando la guerra fue mucho más que eso, y tratando de crear la impresión de que unos eran víctimas inocentes, demócratas honrados eliminados simplemente por serlo. La campaña es como si se quisiera reducir la II Guerra Mundial a un debate sobre qué bando asesinó a más civiles mediante el terrorismo aéreo: en tal caso, los buenos serían los alemanes, y los malos los ingleses y useños. Lo de Órgiva quedó claro en su momento, y la Junta de Andalucía es probablemente, entre otras cosas,  el gobierno más corrupto y corruptor de España, por lo que la confianza que merece es muy limitada. Pero esa gente persiste porque tiene los medios y subvenciones y piensa que las críticas que recibe no alcanzan al gran público.

Cuando la investigación se plantea en esos términos ya no es una investigación histórica seria (aunque a veces sea técnicamente correcta) sino una falsificación de raíz. Y mientras no quede bien aclarado el sentido de la guerra civil,  todas las investigaciones concretas, aparte de falsarias en gran medida, son falsarias globalmente. Como usted comprenderá, yo no puedo dedicarme a verificar concretamente lo que hay de cierto o de falso en cada excavación. Lo que me interesa ante todo es poner de relieve la falsedad general que envuelven y el intento de justificar al Frente Popular como el demócrata y el agredido. Cuando estos dos aspectos quedan claros, esas excavaciones pierden gran parte de su sentido, que hoy no es otro que el propagandístico. Estoy seguro de que no dedicarían el menor interés a esos desenterramientos si no fuera por el provecho político y propagandístico que extraen de ellos unas izquierdas que quieren identificarse con el Frente Popular… y que se le parecen bastante, aunque las circunstancias hayan cambiado, gradias a la labor del franquismo, por cierto.

La falsificación se extiende, naturalmente, al contenido: hubo simples asesinatos por muchas razones, hasta por deudas, y hubo ejecución de personas culpables de crímenes. No se pueden meter todas en el mismo saco. Tampoco se pueden equiparar las ejecuciones de después de la guerra con las de la guerra misma. Durante esta, las estimaciones más serias hablan de un número parecido de muertes en retaguardia, proporcionalmente mayor o menor, según se vea. Hay además algunos elementos diferentes: el grado de sadismo en el Frente Popular fue muy superior al del otro bando, y entre las izquierdas se asesinaron también abundantemente ellas mismas. Aparte de que el terror de las izquierdas empezó mucho antes del 36, siendo el contrario un terror de respuesta. Stanley Payne ha escrito un interesante artículo criticando el “holocausto” de Preston. Las ejecuciones de después de la guerra se hicieron, al revés que en Francia, Italia y muchos otros sitios, mediante juicios legales. Es cierto que eran menos garantistas que los actuales, pero lo eran mucho más que los de los tribunales “populares” izquierdistas, y mucho más, también, que los que se hicieron en el resto de Europa al final de la guerra mundial. Cuando la “memoria histórica” pretende anular esos juicios, lo que busca es rehabilitar a los chekistas y asesinos y ladrones que fueron condenados en ellos y equipararlos a los inocentes que sin duda también cayeron entonces. Y lo hace porque esa ley viene a ser una revancha un tanto criminal  por la pérdida de la guerra.

****Tres ejemplos: Órgiva, Pozo Fortuna (o Funeres), Sima Jinámar:

http://blogs.libertaddigital.com/enigmas-del-11-m/la-tecnica-del-odio-1451/6.html

http://blogs.libertaddigital.com/enigmas-del-11-m/asturias-y-la-memoria-de-los-envenenadores-2713/

http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/orden-publico-bajo-un-delincuente-poder-vii-y-clases-el-pais-e-interviu-9669/

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Carta abierta a un mamarracho (y II)

Blog Gaceta.es: Gibraltar, PSOE contra España / Una generación heroica /La cloaca.

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Como siempre, animo a los lectores a contrarrestar la manipulación de los medios dando la mayor difusión  posible a esta carta.

9.- Su partido, cuyo historial usted reivindica entero, siempre ha atacado el fundamento de la democracia, la limitación y división de poderes, como expresó con descaro uno de sus líderes cuando subió al poder. En función de esa permanente orientación, usted ha politizado y corrompido como nunca la justicia (baste aquí recordar la desvergonzada burla de Garzón y sus investigaciones sobre “crímenes del franquismo” en gran parte inventados). Además su partido  ha agredido permanentemente a  tres fundamentos de nuestra cultura: la propiedad privada, la familia y la nación (esta, en virtud de su “internacionalismo”). Hoy parece haber renunciado a liquidar la propiedad privada para cargar el ataque sobre los otros dos pilares. En cuanto a la nación, la visión negativa de España por parte del PSOE,  que recordaba el filósofo Julián Marías, le ha llevado asimismo a buscar la disolución del país en la UE. ¡Ah, aquella Constitución europea elaborada por el clásico enemigo de España y protector de la ETA (¡siempre lo mismo!) Giscard d´Estaing! Constitución que usted impulsó con un falso referéndum en que se incitaba a los ciudadanos a votar a ojos cerrados, sin enterarse de qué se votaba. Aquella ley anulaba mermaba drásticamente la influencia antes lograda por España en la UE y usted aumentaba nuestra supeditación a Francia mientras rechazaba el acuerdo con Polonia, tan provechoso para contrapesar la excesiva hegemonía del Eje París-Berlín. Siempre hallamos lo mismo en su política, trátese de la ETA, el terror islámico, los separatismos, Marruecos, Gibraltar o la UE: la aversión a España y a la democracia,

10.- También la Iglesia, no podía ser menos, ha sufrido sus demenciales ataques e insidias. Usted ha ido mucho más allá de la frase (cristiana) “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, actualmente interpretada como la aconfesionalidad del estado, y usado el poder para hostigar al. Pero, le guste o no, el cristianismo es la base de la cultura occidental, y resulta el colmo de megalomanía, de la estupidez más pretenciosa, el empeño en sustituirlo por las cuatro ideíllas progre-socialistas, banales y contradictorias, que llenan su mente. Nadie le niega el derecho a sus propias opiniones sobre la Iglesia, pero ya es harto clarificador que para atacarla deba recurrir usted a tantas calumnias, quizá más embozadas que las del pasado, pero siempre en el viejo estilo PSOE. Quiero recordarle que, al revés que su partido y los sindicatos, la Iglesia lleva a cabo labores de enseñanza y beneficencia que, de realizarlas el estado, y sobre todo gobiernos como el suyo, saldrían muchísimo más caras a los ciudadanos. Pero sobre todo usted debiera recordar que esas campañas cristalizaron durante la Guerra Civil en un intento de genocidio, en gran parte cumplido, por el que su partido y otros semejantes asesinaron a mansalva, a menudo con extremo sadismo, a muchos miles de personas por el mero hecho de pertenecer al clero o declararse católicos, y trataron de erradicar la presencia cristiana en España.  Aparte de destruir (y robar) un inmenso patrimonio histórico y artístico. Usted jamás ha expresado el menor sentimiento por tales hechos, al revés, ha reivindicado, repito,  todo el  historial lúgubre y sangriento del PSOE. No por casualidad han reaparecido, por primera vez desde la guerra, los conatos de incendio de templos, las amenazas de asesinato al clero o agresiones como en el reciente encuentro de la juventud católica. Tampoco ha expresado usted la menor repulsa ante las persecuciones y matanzas que sufren los cristianos, sobre todo en el mundo islámico, cuando gemía tanto por el régimen de Sadam Husein.

11.- Durante un tiempo se jactó usted de la prosperidad del país, disimulando el dato de que la misma era herencia del período anterior. Pero durante su gobierno la prosperidad se volvió cada año más desequilibrada y ficticia, basada en una suicida espiral de endeudamiento, mientras usted sacrificaba progresivamente la soberanía nacional en beneficio de entes por encima de nosotros y por tanto por encima de nuestros intereses. El globo estalló al fin, y usted, que estuvo inflándolo año tras año con sus habituales mamarrachadas, culpa al anterior gobierno, durante el cual el problema no había pasado de incipiente. El desastre económico es una tradición asentada en su partido porque sus doctrinas al respecto son falsas, y aunque ustedes se hayan visto obligados a aceptar algunas realidades de lo que llaman capitalismo, siempre han terminado por “tirar al monte”. Nuevamente el árbol se reconoce por sus frutos, y cada vez que ustedes han tenido ocasión de aplicar sus ideas, en todo o en parte, el resultado ha sido desolador. Durante el primer bienio republicano, con el PSOE compartiendo el poder, el paro aumentó casi mes por mes,  y bajo el Frente Popular llegó al millón de personas, equivalente al doble con la población de hoy, pero en condiciones mucho más dramáticas por falta  de Seguridad Social (traída por el franquismo, no por su partido como muchos ingenuos embaucados creen). Volvió el PSOE al poder con Felipe González y batió su marca anterior: tres millones de parados. Y usted le ha superado con cinco millones y medio y el país literalmente en la ruina. La crisis, ciertamente, es internacional, pero aquí importa el modo como usted la ha gestionado.

12.- Una ideología y una política tan contrarias a los intereses del país, de la libertad y del humanismo más elemental, solo puede sostenerse por  una acumulación de embustes en aumento, apuntalándose unos a otros. En el “Himalaya de mentiras”, que denunciaba Besteiro del Frente Popular. Besteiro fue en la república uno de los pocos socialistas razonables, que sin embargo no logró hacer escuela en su partido. Y  la base de todo ese himalaya se encuentra en lo que usted, siempre pomposo,  ha titulado “Memoria histórica”. He escrito mucho sobre la falsificación sistemática del pasado en que ha arropado usted sus fechorías, y no voy a extenderme ahora. Baste señalar que la justificación de ellas se encuentra en la pretensión de que en 1939 la democracia fue derrotada por el régimen dictatorial de Franco. La segunda parte es cierta, pues el franquismo fue un régimen autoritario (nunca totalitario). Pero la primera es falsa de raíz, y para entenderla basta observar los componentes, de hecho o de derecho, del vencido Frente Popular: stalinistas del PCE, marxistas del PSOE a menudo más radicales y violentos que los primeros, anarquistas, separatistas ultrarracistas del PNV o golpistas de  la Esquerra; más, en posición muy secundaria, los republicanos de izquierda como Azaña, que quisieron compensar con golpes de estado el rechazo que habían sufrido en las urnas en 1933. A esa amalgama la presenta usted y como representante de “la libertad”.  Lo era tanto como ustedes ahora,  y como  ustedes y la ETA representan “la paz”.

Su partido y otros  se alzaron en armas en 1934 con el propósito explícito, lo he probado, de comenzar una guerra civil para implantar la “dictadura del proletariado”, es decir, de su partido, al modo de Rusia, como denunciaba en vano el citado Besteiro. Su partido fue derrotado, a un coste muy alto en sangre y destrucciones, pero no aprendió la lección. En febrero de 1936, en unas elecciones falseadas por violencias y coacciones, el Frente Popular tomó el poder y procedió a arrasar  la legalidad republicana en medio de una orgía de crímenes, incendios y destrucciones que hicieron imposible la paz. En la guerra subsiguiente, continuación de la breve del 34, su partido volvió a demostrar su naturaleza al supeditarse a Stalin mediante el envío ilegal de las reservas financieras españolas a Moscú y una compra de armas repleta de corrupción, en la que destacó el socialista Negrín. Este intentó criminalmente alargar la contienda, para completar el destrozo del país con el que nos produciría la guerra mundial, anhelada por él y los suyos. Y, hombre previsor, organizó desde el primer momento el saqueo de los bienes del estado, de la Iglesia, de  las cajas de seguridad de los bancos y los montes de piedad… y con esos tesoros incalculables (porque no fueron contabilizados, otro dato de su partido) huyeron  él y los suyos al extranjero, abandonando a su suerte a miles de sicarios comprometidos en el terror de las chekas y similares. Y ahora usted, quizá como reparación inconfesada, reivindica usted a aquellos sicarios, autores de crímenes espeluznantes, como “honrados republicanos víctimas del fascismo”, equiparándolos a los inocentes. Si ha rehabilitado a Negrín es porque se identifica usted con él y no con Besteiro. Nada revela mejor que esta farsa siniestra su catadura moral y política.

Sin la insurrección socialista de 1934 y los salvajes desmanes del Frente Popular, no habría habido guerra civil. Franco fue el último en rebelarse contra la república. Antes lo habían hecho los anarquistas, los comunistas, Sanjurjo, los republicanos de izquierda, los socialistas y los separatistas catalanes. Los nacionales se sublevaron solo cuando la situación se volvió insostenible para cualquier persona con dignidad y amor a su patria, y, pese a partir de condiciones adversas en extremo, terminaron venciendo. No eran demócratas porque concluyeron, no sin razón, que ninguna democracia funcionaría en España con partidos como el de usted y los demás del Frente Popular. Pero salvaron lo más básico: la nación y la cultura cristiana que ustedes trataban de aniquilar. Y gracias a la paz, la prosperidad y la reconciliación logradas bajo el franquismo, fue luego posible transitar sin demasiados traumas a la democracia. Una democracia de la que ustedes son beneficiarios, no causantes, y que no debe a quienes se consideran herederos del Frente Popular otra cosa que corrupción, corrosión de las libertades, complicidad con el terrorismo y masivas campañas de desinformación a los ciudadanos, esa “constante mentira de los rojos” (usted se ha proclamado rojo) que irritaba a Gregorio Marañón.

Con su “Ley de memoria histórica”, usted quiso imponer al país una versión particular del pasado reciente, pretensión típicamente totalitaria, para deslegitimar a quienes salvaron al país del Frente Popular. A quienes han aportado al país una paz que todavía dura derrotando a la revolución, eludiendo la entrada en la Guerra Mundial, venciendo al maquis y al injusto aislamiento internacional y dejando una sociedad próspera y reconciliada. De ellos viene la actual democracia –tan socavada por su partido de los “cien años de honradez” (otra enorme falsedad)– y la monarquía, las cuales quedaban a su vez deslegitimadas por su origen según el designio de su partido. Y, lo más grande, con dicha ley ha hecho usted firmar a Juan Carlos I  su propia ilegitimidad, pues él fue nombrado directamente por Franco e impulsó una democratización a partir de su régimen. Esa firma, a su modo, no deja de ser una hazaña; grotesca pero hazaña: la insolente apoteosis de la majadería en que usted ha convertido la política española.

¿Cómo ha podido usted lograr tanto?  Lo ha hecho en colaboración con el separatismo, según es tradición en su partido, pero sus tristes éxitos se han debido, más aún, a la ausencia de una oposición a la altura de tales provocaciones. Porque no ha sido oposición el PP, partido en que diversas corrientes se neutralizan en la nada intelectual y moral de “la economía lo es todo”, la anglomanía y la pretensión de vender una imagen más “progre” que la de usted mismo. Ha contado usted con la complicidad pasiva, y a veces activa, de una presunta oposición sin ideas, y entre todos han traído al país la calamidad actual. Pero este es otro aspecto de la cuestión en que no entraré aquí.

13.- Azaña, mucho más lúcido con los defectos ajenos que con los propios, caracterizó  la delirante  política republicana como “tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. La de usted merece esos calificativos, ha sido pura delincuencia. Le he llamado mamarracho porque la mamarrachada, con una veta de puro infantilismo,  ha adornado siempre sus actos y dichos. Y se ha ido usted sin el menor castigo. Tal como la ETA ha recibido enormes recompensas por sus crímenes –recompensas que mantiene el PP de Rajoy–, usted se ha marchado con honores, prebendas y cargos después de haber dejado al país en la ruina material, moral y política. ¿Cómo ha sido posible? ¿Los políticos son irresponsables de sus actos en el sistema actual? ¿Habremos llegado a una sociedad lo bastante envilecida para soportar tales cosas sin protesta? Entonces habría que reconocer, tristemente, que ha tenido usted razón: usted habría tratado a esta sociedad tal como ella se habría merecido. Pero España ha superado crisis peores, y esta también lo hará. Al escribirle, quiero exponer lo que nunca debió de hacerse o consentirse, y lo que debe corregirse necesariamente, por el bien de una convivencia nacional en paz y en libertad.

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Carta abierta a un mamarracho (I)

Blog de Gaceta.es: El amor en “Sonaron gritos…” / Borja de Riquer sufre.

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Ruego a mis amables y pacientes lectores que den la máxima publicidad a esta carta, que  concluirá en el próximo comentario:

No me refiero ahora a mamarrachadas suyas al estilo de “la tierra es del viento”, o sus promesas y afirmaciones vacuas en plena crisis, sino a su última o penúltima de ellas: la de que en sus siete años en el poder había aprendido a “amar profundamente a España”. Esto ya pasa de castaño oscuro, así que me permitiré recordarle algo, por lo menos algo, de lo que ha hecho usted por España en sus nefastos años en el poder y un poco antes. Un poder que puede resumirse en colaboración con banda armada; colaboración con dictaduras criminales y antiespañolas; y ataque sistemático a la democracia.

1.- Usted suscribió el año 2000 el llamado Pacto Antiterrorista. Con ello parecía abandonar la línea tradicional del PSOE, consistente en combinar el terrorismo gubernamental con una negociación y salida “política”  para los asesinos arruinando el estado de derecho.  Pareció sumarse usted, entonces, a la línea de Mayor Oreja-Aznar, legal y democrática por primera vez desde las amnistías, de tratar a los delincuentes como tales, y no como políticos. Luego hemos sabido que apenas seca la tinta del acuerdo, usted lo traicionó, volviendo a las “conversaciones” clandestinas con los criminales, ofreciéndoles concesiones nunca del todo aclaradas a la opinión pública.

2.- En 2002, España debió defenderse de la ocupación del islote de Perejil por la tiranía marroquí, que además amenaza las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Y ahí se demostró usted a sí mismo: saboteó al gobierno español, se arrogó ilegalmente facultades sobre política internacional para rendir pleitesía al rey de Marruecos  y retratarse con él bajo un mapa que recoge las aspiraciones antiespañolas del monarca-tirano cuando ya la crisis se gestaba, con retirada del embajador marroquí, unos meses antes. Esto fue, como lo anterior, un acto de pura y simple traición a la España democrática a favor de un déspota y un preludio de su “alianza de civilizaciones”… contra la civilización.

3.- Poco después, usted intensificó la agitación y la violencia callejera contra un gobierno del PP que había logrado sacar al país de la crisis en que el PSOE la había dejado, con tres millones de parados. En esa agitación no perdonó usted  demagogia “anticapitalista” ni mentiras para fanatizar a las partes más oscuras e ignorantes del electorado. Recordaré tres casos: el del “chapapote”, el de la Ley de Educación y el de la guerra contra Sadam. En el primero, un accidente del que no tenía la menor culpa el gobierno, este hizo lo que pudo, seguramente mejor de lo que habría hecho su partido, que nunca en tales sucesos brilló por su eficacia y sí más bien por su corrupción. Y en tal situación,  usted habría encontrado probablemente la colaboración de Aznar y no la obstrucción. En cuanto a la Ley de Educación del PP, buscaba, con mayor o menor acierto, corregir otra de las herencias del PSOE junto con la crisis económica: la degradación de la enseñanza, caracterizada por tasas muy bajas de eficiencia educativa y muy altas de fracaso escolar. De una buena enseñanza depende en gran medida el futuro de un país, pero usted y los suyos se dedicaron a enredar a estudiantes y profesores con consignas de la más rancia estirpe marxista, las consignas del Gulag y el muro de Berlín, condenando el esfuerzo y la excelencia como un vicio y preconizando la mediocridad supuestamente igualitaria que siempre ha definido a su partido.

4.-  Pero donde alcanzó usted lamentable maestría fue cuando la guerra de Irak. Aquella fue, hoy lo creo, un error que está saliendo caro a Usa sin fructificar en un estado irakí más o menos democrático y en mayor estabilidad en la zona. Sin embargo ese error no mejora la demagogia del PSOE. Usted no se oponía “a la guerra” como pregonaba, pues había guerras más crueles en África a las que no prestaba usted la menor atención, quizá porque, como en la de Sudán, las víctimas eran cristianas. No: usted no condenaba la guerra sino que defendía al genocida Sadam, por quien, como en el caso de Perejil,  sentía mucha más simpatía  que por su propio país y la democracia: otra muestra de su “alianza de civilizaciones”. En un principio, su loca agitación pareció fracasar, como la del chapapote, y no tuvo los efectos electorales que usted pretendía. Lo pareció, porque el régimen de Sadam fue derrotado muy pronto. Pero fue sin duda una ventaja para usted que se  mantuviera la tensión gracias a los brutales atentados terroristas.

5.- Y fue precisamente esa tensión terrorista lo que le ayudó a escalar el poder. De pronto, hacia el final de la campaña electoral de 2004, Madrid sufrió el atentado más bestial de la historia europea. Al PSOE, pasado el desconcierto inicial sobre lo que parecía un coletazo de una ETA acosada, le faltó tiempo para atribuirlo a los islámicos, inventando para ello terroristas suicidas y otros supuestos datos y, sobre todo, sugiriendo que la culpa de la matanza no radicaba en los autores de ella, sino en el gobierno de Aznar “por habernos metido en la guerra”. No importa aquí dilucidar quiénes fueron los verdaderos autores, sobre quienes pesan dudas muy consistentes. Diré simplemente que usted logró desviar esa culpa, a los ojos de mucha gente atemorizada o fanatizada. Y que lo hizo en brevísimo tiempo mediante la campaña de insidias más vil a que hemos asistido en varias décadas. En su empeño, usted vulneró la ley electoral, acusó al gobierno de lo que ustedes hacían, es decir, de mentir, y movilizó a los sectores más histéricos en agresiones y asedios a las sedes del PP, un método, por cierto, de larga tradición en su partido desde el Frente Popular y antes. Y no resultó menos significativo que, fueran quienes fueran los terroristas, usted debió de creer que se trataba efectivamente de islámicos, por cuanto los premió, llegado al poder, con la rápida retirada de las tropas españolas que en Irak ayudaban a la población a librarse de los mismos que presuntamente habían atacado en Madrid, e incitando a otros países a hacer lo mismo. Lección práctica, nuevamente, de su “alianza de civilizaciones”. Su política, como en el caso de la ETA, ha tendido siempre a recompensar a los asesinos, lo que no es casual para quien “ama” a su patria como usted o entiende por democracia el triunfo de la miseria. Máxime cuando un objetivo declarado de los islámicos consiste en demoler las libertades y la civilización cristiana, y retransformar a España en Al Ándalus. Usted ha sido su mejor aliado.

6.- Una vez en el poder, usted desplegó su vesania en cuatro direcciones principales: profundizar la colaboración con la ETA, con todos los enemigos de España, en la llamada “ideología de género” como sustituto de la “de clase”,  y en la falsificación de la historia. Usted, experto en disfrazar cualquier bellaquería con un nombre pomposo y agradable,  bautizó arteramente la colaboración con la ETA como “diálogo” y “proceso de paz”. Y lo hizo cuando la  anterior política de Aznar había colocado a la ETA, como ha reconocido uno de sus dirigentes “al borde del abismo”. Su “paz”  consistió en volver a legalizar las terminales políticas de los asesinos, en facilitarles una amplia corriente de dinero público con la que financiar su propaganda antiespañola y liberticida, en proporcionarles eco y representatividad internacional, en promoverlos con una imagen positiva mientras trataba de intimidar, dividir y desacreditar a las víctimas directas del terror; y sobre todo en ofrecer a los pistoleros y separatistas la transformación ilegal de la autonomía en un “estado asociado” de hecho, reduciendo a testimonial la presencia del estado español, según el modelo de Cataluña. Un modelo que usted promocionó concediendo al parlamento  catalán una soberanía anticonstitucional, entre otros desmanes. Con tan intolerables premios a los asesinos, usted decía hacer “la paz” y quizá esperaba ganar el desacreditado premio Nobel de la misma. Pero ni la ETA consiguió nunca romper la paz de España, sino solo alterar la normalidad gracias, en gran medida, a la “salida política” que le ofrecían unos políticos sin principios; ni se puede llamar paz a la destrucción desvergonzada de la legalidad democrática y del estado de derecho. Ni a los avances hacia la disgregación de España en un mosaico de taifas impotentes, insignificantes en el contexto internacional y objeto de las intrigas de otras potencias: un objetivo que usted ha perseguido tenazmente en colusión con los terroristas y los separatistas. So pretexto de “paz”, nunca había obtenido la ETA una colaboración tan masiva y variada, en la que el chivatazo de Freddy Faisán apenas pasa de anécdota en un contexto que solo puede calificarse de criminal.

Estos son hechos plenamente constatables, no interpretaciones ni especulaciones. Ahora bien, tienen tal carácter delictivo, de traición y miseria moral, que muchos se preguntan: “¿Cómo han sido  posibles por parte de gobiernos elegidos? Tiene que haber alguna explicación menos terrible”. Porque no entienden que un gobierno elegido puede resultar criminal y porque tales delitos proceden de una mentalidad, una ideología y una tradición de largo alcance. Como recordaba Julián Marías, el PSOE tiene la tara de una visión negativa de la historia de España. Visión completada, diría yo, con un amasijo contradictorio de ideas más o menos mesiánicas. El PSOE, cuya historia reivindica usted entera — incluida su planificación de la guerra civil y la destrucción de la legalidad republicana–, solo en tiempos recientes abandonó, y solo de manera parcial, el marxismo, la doctrina más totalitaria y mortífera del siglo XX. Y el escaso terreno abandonado lo han llenado ustedes con esa mezcla arbitraria de ecologismo, feminismo, pacifismo, socialismos variopintos, aversión a la iniciativa individual y a la excelencia personal, etc. Pero he recordado, frente al romo análisis político prevaleciente, que la colaboración de usted con banda armada se asienta en una afinidad ideológica profunda: también la ETA es socialista. También es antiespañola y liberticida. También comparte ese amasijo de doctrinas que, bajo sus buenas intenciones enarboladas nunca han traído más que miseria y corrupción. Esa común base ideológica hermana en cierto modo a la ETA y el PSOE, por más que a  veces surjan entre ambos riñas de familia.

7.- De su “alianza de civilizaciones”, como la ha llamado con su acostumbrada megalomanía, ya he dado algunas pruebas. Se ha concretado en la simpatía y el apoyo político y económico, en Hispanoamérica, a los regímenes más demagógicos y antiespañoles, a personajes como Kirchner, Chávez o Evo Morales; y algo similar en relación con los países musulmanes, sobre todo con el único que constituye una amenaza seria para nosotros. Dicha alianza se ha extendido, por pura aversión a España, a las más vergonzosas claudicaciones en el caso de Gibraltar, única colonia que permanece en Europa. Se trata, muy literalmente, de una alianza contra España y contra todo lo que signifique libertad.

8.-  ¿Qué aspectos positivos pueden encontrarse en su gestión? Usted invoca, sobre todo,  sus políticas de “igualdad de sexos”, atribuyendo al cristianismo –la base y raíz más profunda  de nuestra cultura—una opresión secular de la mujer. Que no le ha impedido a usted  promocionar al islamismo en la propia España y hacerse el desentendido de la situación femenina en esos países. Pero la mujer nunca ha tenido necesidad de la tutela de personajillos como usted. La igualdad de derechos, la igualdad ante la ley, está conseguida en Europa y en España mucho antes de que a gente como usted se le ocurriera crear falsos problemas para resolverlos igualmente en falso. Su “igualdad”, de modo parecido a su “paz”, solo ha traído perturbaciones y aberraciones. Su paridad en el gobierno (¿y por qué no una paridad de obreros y otras profesiones, por poner un caso?) ha redundado en descrédito de la mujer gracias a lumbreras como Aído, Pajín, Vega, Salgado, Calvo y todas las demás, de las que lo único que puede decirse es que no desmerecen de los botarates y sinvergüenzas varones, empezando por usted mismo. Ya que pretende usted una igualdad imposible, habría que preguntarle por qué no la persigue igualmente en los ramos de la construcción, las minas, los barcos, etc., donde la “cuota femenina” es insignificante? ¿O en la misma población penal, donde se dan unas desigualdades numéricas que para majaderos como usted tendrían que ser ultrajantes? En la práctica, su “igualdad” ha significado la promoción del aborto, un verdadero asesinato masivo bajo la peregrina idea de que los embriones humanos no son humanos y de la delictiva consigna “nosotras parimos, nosotras decidimos” como si pudieran decidir sobre una vida ajena y el padre no contara nad; de  la pederastia mediante la  promoción de la actividad sexual a las edades más bajas; del homosexualismo, con la imposible pretensión de equiparar un defecto con la sexualidad  normal y con el matrimonio. Ha significado el estímulo a la disgregación de la familia, la sustitución de la autoridad de los padres por la de unos políticos majaderos e iluminados a partes iguales, con mil consecuencias derivadas, como el aumento de la droga y el alcoholismo en la juventud, de la población penal, del fracaso matrimonial, escolar, etc. En un deterioro, en suma de la salud social. Por sus frutos se conoce el árbol.

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El Valle de los Caídos, síntesis y símbolo de nuestra historia reciente

Blog de gaceta.es: La cloaca / Europa no asimila su pasado / El tren de la muerte

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Gibraltar: es obvio que la Armada española no puede enfrentarse con la inglesa. Pero Gibraltar vive de España, no a la inversa, y pueden ir tomándose medidas como la prohibición de actuar en España a todas las empresas radicadas en Gibraltar, la prohibición  de aterrizar en España a todas las compañías aéreas  que utilicen el aeropuerto del peñón, etc. (esto último se ha vuelto complicado porque Iberia medio o más que medio se ha vendido a British Airways, pero debiera estudiarse la conveniencia de volver a independizar la compañía española). Y hay otras muchas medidas, pero tendrían que ser tomadas sucesivamente en función de una estrategia de aislamiento de la colonia, y no como pequeños amagos sin ninguna finalidad definida, que es lo que parece ocurrir ahora.

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El miércoles participé en unas  conferencias en el CEU sobre el Valle de los Caídos, junto con Juan Manuel Cabezas, que trató el problema en su aspecto religioso y del derecho y las libertades, conculcadas en los últimos años, como demostró, por gobiernos delincuentes; y con Alberto Bárcena, que  examinó la desvergonzada campaña de falsedades de que se han validos los políticos para manipular a la opinión pública y justificar sus tropelías. Por mi parte lo abordé desde el punto de vista histórico-político, más o menos así:

El Valle de los Caídos fue en primer lugar un monumento a la victoria de los nacionales.  Una victoria sobre la revolución y el totalitarismo de quienes pretendían acabar con la base cultural cristiana y disgregar la propia nación española. Franco entendió esa victoria como un hecho de proyección nacional e internacional, pues fue un gran triunfo en el campo de batalla sobre el stalinismo. El resultado fue probablemente el monumento más grandioso, armónico e inspirado del siglo XX en su género. Aunque no hubiera sido más que un símbolo de la victoria sobre fuerzas oscuras,  solo a unos locos de estilo talibán se les habría ocurrido demolerlo, aunque no debemos olvidar que durante la guerra, esa gente hizo un enorme destrozo del patrimonio artístico e histórico español. El Valle simboliza un hecho histórico real crucial, guste o no guste,  y es una obra lograda, de enorme valor artístico. Solo por eso merece el respeto de las personas civilizadas.

Pero además, el Valle es un monumento a la paz. Algún necio hizo la frasecilla idiota, muy repetida,  de que al terminar la guerra no llegó la paz, sino la victoria. Llegó esta, y como consecuencia de ella, la paz. Una paz que todavía dura, la más larga que haya vivido España en dos siglos,  de la que se ha beneficiado la inmensa mayoría de los españoles, incluyendo, por supuesto, a aquel necio, que realizó una espléndida carrera artística  bajo aquella paz victoriosa. Y precisamente la paz más fructífera que haya conocido España en estos siglos, pues le permitió rehacerse de los muchos desastres y atrasos anteriores y pasar de una pronunciada y convulsa decadencia a una situación próspera y progresiva.

Y, en tercer lugar, se trata de un monumento a la reconciliación, concretada en la sepultura de combatientes de los dos bandos. Que se hizo con tres condiciones: el muerto debía ser español, bautizado (lo eran prácticamente todos) y (contra una venenosa falsedad muy divulgada) con autorización de los familiares si el cuerpo estaba identificado . Con perfecta mendacidad se ha afirmado que la reconciliación fue obra de la transición, cuando ocurrió exactamente al revés: la transición fue posible gracias a la reconciliación habida en los años anteriores. Quienes se reconciliaron entonces,  muchos de ellos con gran falsía, fueron los políticos y partidos, pues el pueblo ya lo estaba.

¿Y cuándo se produjo la reconciliación? Creo haber demostrado que fue ya en los duros años 40. Quienes maldicen aquella época fingen ignorar que las gentes  que había simpatizado o combatido en las filas del Frente Popular, habían experimentado en sus carnes la revolución, que consistió en la práctica en miseria, el hambre mayor del siglo XX, la arbitrariedad y el despotismo, amén del “Himalaya de mentiras” mencionado por Besteiro. Creo que nadie lo ha descrito mejor que el “padre espiritual de la república” Gregorio Marañón. Y habían vivido las peleas, persecuciones y asesinatos entre las propias izquierdas, derrotadas finalmente en medio de una guerra civil entre ellas mismas, hecho por demás significativo. Y habían sido testigos de cómo  los jefes escapaban llevándose tesoros saqueados a todo el mundo, mientras dejaban atrás sin la menor preocupación a miles de seguidores suyos, sicarios complicados en las checas y en todo tipo de asesinatos y robos y a quienes los vencedores ajustarían cuentas, lógicamente.

La masa de los simpatizantes del Frente Popular quizá no sentía simpatía por los nacionales, pero desde luego estaba muy escarmentada de las izquierdas y separatistas, y no quería ninguna nueva dosis de lo mismo. Que esto no es una simple suposición lo probó el maquis, organizado sobre todo por los comunistas para reavivar la guerra civil y provocar la intervención exterior (todo esto lo he tratado en una novela recién publicada). El maquis estaba perfectamente concebido para explotar la pobreza y el hambre de aquellos tiempos, el posible resentimiento por la represión y, sobre todo, el impacto psicológico de la victoria de los Aliados y la presencia hostil de sus ejércitos al norte de los Pirineos y al sur del protectorado de Marruecos. Pues bien, aun con todas esas ventajas a su favor, el maquis fracasó ante todo porque nunca consiguió convencer y arrastrar a una población que tenía otros deseos y otras esperanzas.

Uno podría preguntarse por qué extravagante razón intentan muchos, a estas alturas, destruir el monumento o cambiar su carácter. Y la razón es, precisamente, que saben que se trata de un símbolo de la victoria, la paz y la reconciliación. Precisamente por  eso se les hace insoportable.  Hay en todo ello algo de delirio y algo de la misma farsa del necio de la victoria y la paz. Todos ellos presumen de antifranquistas y quienes luchamos contra el franquismo fuimos muy pocos. Ha sido cuando ese régimen dejó de existir cuando han salido a flote tales antifranquistas de pega, más intransigentes que nadie, a pesar de que en su inmensa mayoría hicieron muy buenas carreras en el franquismo, incluso en el propio aparato del estado. Pienso en personajes como Juan Luis Cebrián o Ángel Viñas, directores de la orquesta entre tantísimos otros. Como es natural, solo han podido actuar creando un nuevo Himalaya de mentiras como el que denunció Besteiro, hombre de izquierdas pero por entonces mucho más sensato y veraz que la caterva aquella.

Expondré dos simples y definitivas mentiras al respecto: según ellos, la victoria de Franco fue la derrota de la democracia. ¿Y quiénes serían los demócratas? El Frente Popular se compuso, de hecho o de derecho, de stalinistas, marxistas del PSOE aún más radicales que aquellos, anarquistas, separatistas de la Esquerra, ultrarracistas del PNV y golpistas como Azaña, todos ellos juntos  no en amor pero sí en compañía  y bajo la tutela del gran demócrata Stalin. ¿Cómo se puede intentar hacer tragar un embuste de este tamaño? Cierto que Franco no fue un demócrata, pues creía, después de la desastrosa experiencia republicana, que la democracia no podía funcionar en España y que esta necesitaba un largo período de autoridad para rehacerse de las locuras pasadas. Y su régimen no tuvo nada que ver con los totalitarios de izquierdas ni de derechas, si al nazismo puede considerársele de derecha. Fue, simplemente un régimen autoritario que, repito,  permitió la más larga paz (hasta ahora mismo) y el mayor progreso que haya vivido el país desde tiempo inmemorial. Con ello, precisamente, ha sido posible un paso tranquilo a una democracia, aun si defectuosa, que ponen en peligro precisamente los antifranquistas con sus talibanadas.

La segunda gran mentira se refiere directamente a su odiado Valle de los Caídos. Todos hemos oído propalar por los medios de masas, incluso de leyendas, la fábula de los 20.000 presos políticos esclavizados en trabajos forzados, con un enorme índice de mortalidad, malos tratos y desatención médica.  Parecían estar describiendo el Gulag, con cuyo régimen tanto han simpatizado estos sujetos, y baste recordar el episodio Solzhenitsin. En fin, el mismo Preston, algo menos salvaje o menos botarate que esta gente,  ha reconocido que el Valle es “una maravilla”; pero, fiel a la manipulación propagandística, propone que allí se exponga cómo fue construido por presos políticos forzados. Por mi parte, creo que estaría bien una placa que explicase que unos pocos centenares de presos acusados de delitos graves e incluso terroríficos, trabajaron allí algunos años redimiendo penas de hasta cinco y seis días por cada uno trabajado, de modo que una cadena perpetua  de treinta años se reducía a cinco o seis; que lo hicieron voluntariamente, cobrando sueldo; que se les permitió vivir allí con sus familias; que muchos solicitaron seguir trabajando allí al extinguir su condena; que no hubo malos tratos y que la siniestralidad fue sorprendentemente baja: el primer muerto a los ocho años de empezar las obras, y en total dieciséis. Todo lo cual está perfectamente documentado, al revés que las calumnias hoy en boga.  Puede añadirse que, al revés que muchas obras faraónicas e inútiles actuales, no costó nada al erario, sino que fue sufragado con donativos y loterías especiales.

¿Por qué precisa esta gente inventar y difundir sistemáticamente la mentira? Porque tienen por excelentes unas ideologías confusas y contradictorias, y en función de esa excelencia imaginaria y en pro de unos ideales gratuitos  creen justificado desvirtuar la historia de la manera más indecente. Y cuentan con la colaboración pasiva del PP

El Valle de los Caídos condensa nuestra realidad  histórica de los últimos setenta y cinco  años. A las conferencias citadas solo asistieron una sesenta personas, indicio tanto de la poca conciencia de la mayoría como de la necesidad de enderezar a la opinión pública hacia  la verdad histórica si no queremos que, como advertía Santayana, nos veamos condenados a repetir lo peor de nuestro pasado. Por eso pido a mis amables lectores, desde este blog, que hagan cuanto esté en sus manos por contrarrestar la campaña de calumnias y difundan al máximo este pequeño resumen.

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