Antígona (VII) La muerte
Antígona se arriesga a la muerte por dar honras fúnebres al cadáver de su hermano Polinices. Es aquí secundaria la cuestión de que los griegos creyeran que de otro modo el alma del difunto erraría por la tierra perturbando a los vivos: de ser así, nos interesaría solo como una superstición antigua. Lo que convierte la obra en una tragedia intemporal es la consideración de la misma muerte al margen de costumbres históricas concretas. Creo haber leído que en el teatro griego estaba prohibido representar la muerte o el acto sexual, por considerarlos sagrados. Y, efectivamente, la muerte acaba con todos los criterios que podemos tener sobre la vida: esta entra en el misterio esencial, no solo iguala a “los que viven por sus manos y los ricos”, sino también a los que juzgamos buenos o malos. Antes de morir, cada humano ha desempeñado un papel o varios papeles en el escenario de la vida, en gran medida forzados por las circunstancias; y después se acaba. Como clama el desesperado Macbeth, la vida corresponde a “un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él”. Y, queramos considerar su actuación buena o mala, interesante o anodina, destacada o vulgar, la muerte también iguala todas las existencias con el olvido, aunque de algunos quede la fama del nombre por generaciones. Generaciones de otros también destinados al mismo fin. Unos vivos pueden juzgar moralmente a otros, lo hacen sin descanso, movidos a menudo por intereses particulares, pero ¿cómo podría alguien juzgar al morir alguien el conjunto de su vida de la que siempre se nos escaparán aspectos esenciales, como se le escapaban incluso al mismo difunto? La muerte es el triunfo radical sobre todo lo vivido. El odio, el amor, la estima o el desprecio que suscita cada “actor” en unos u otros ha perdido su significado. El misterio es radical. Creer en la vida ultraterrena obliga a dejar el juicio a los dioses, pues ningún mortal podría hacerlo, y esto es lo que supone Antígona: la última palabra sobre el valor de la actuación del “mal actor”, traidor o no traidor, deja de corresponder a los humanos. Y no creer en la divinidad hace, como dice el Eclesiastés, que el destino del hombre y el del perro sean iguales. En un sentido, la muerte es sagrada, en el otro por completo insignificante.
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Diferencias entre la I y la II guerras mundiales
Casi todas las historias señalan que la SGM derivó en medida importante del modo como terminó la PMG, como un castigo excesivo a Alemania, considerada la gran culpable de la contienda. Esto es cierto en parte, pero la diferencia es más de fondo, como he expuesto en mi libro sobre Europa. La PGM se libró entre potencias fundamentalmente liberales y parlamentarias, algunas (Francia y Alemania) también democráticas. Cayó por tierra el mito de que un conflicto tal sería imposible por la similitud política e ideológica, más las estrechas relaciones económicas entre todas ellas (con excepción del Imperio ruso, en vías de liberalización, y del turco).
Pero en mi opinión la segunda es consecuencia de la primera en otro sentido: el haberse librado entre potencias liberales dio lugar a un enorme descrédito del liberalismo parlamentario, agravado por el surgimiento de la Unión Soviética y luego por la depresión económica de los años 30. El comunismo se presentaba como alternativa a un sistema político y económico que parecía en su ocaso, y amenazaba a varios países que no lograban defenderse de él con medidas liberales: estos países tuvieron que recurrir a regímenes autoritarios y en el caso de Italia, después de Alemania, a regímenes que repelían tanto al comunismo como al liberalismo. La SGM podría definirse así como la Guerra de las Tres Ideologías, dos de ellas impulsadas por la propia PGM. Y así como la primera tuvo un carácter fundamentalmente económico, la segunda cobró una dimensión muy superior, por el choque entre concepciones generales del ser humano y de la vida. La primera destruyó gran parte del tejido político-cultural europeo, pero la segunda marcó la división del continente bajo la tutela o dominio de otras dos potencias, y una profunda decadencia que no se ha superado ni hay visos hoy por hoy de que llegue a superarse en un escenario mundial profundamente transformado.
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González Ruano en el Chiringuito
A González Ruano lo mencioné en Años de hierro en relación con el primer premio Nadal, llamado así en honor de un combatiente franquista. Ruano pensaba que lo tenía concedido por anticipado, pero, dice Ignacio Agustí, uno de los promotores: “No dejaba de admirarme ver a Ruano enfrascado hasta las cinco de la madrugada en diálogos estériles, lúbricos y alocados, mojados en litros de alcohol, con jóvenes poetas que jamás he vuelto a ver, barbotando frases ininteligibles y dando tumbos entre los muebles de su casa, entre risas, canciones y atropelladas locuras, un día y otro; y dar cima simultáneamente a esa novela, que se titularía La terraza de los Palau, y cuyo número de cuartillas veía yo crecer sobre el velador del Chiringuito en el que, con puntualidad sorprendente, casi taumatúrgica, se sentaba a escribir cada mañana a las diez. Para mí era un fenómeno inexplicable. Porque, después de leída la novela (…) resulta que estaba mucho mejor de lo que cabía esperar de las rociadas nocturnas de pernod que había recibido”.
Ruano daba por sentado que, como suele suceder, casi todas las novelas presentadas al premio serían mediocres o malas, pero a última hora se presentó otra, titulada Nada, de una autora de veintitrés años, Carmen Laforet. Una completa sorpresa: “La fuerza de la novela de la joven escritora me impedía considerar cualquier otra posibilidad que no fuera votarla a ella, como así fue”. El titulo se inspiraba en un poema de Juan Ramón Jiménez: “A veces un gusto amargo, un olor malo, una rara luz” permiten intuir “la verdad no sospechada”: la nada, el sinsentido de las cosas. La autora recibió los parabienes de Azorín, de Sender y del propio JRJ entre otros. Ruano, en cambio, parece que cogió un cabreo monumental, al verse preterido por una primeriza. La cual, a su vez, sufriría más tarde el olvido destinado por la mafia progre a una autora católica.
Ruano vivía entonces en Sitges, donde pasó unos años de borracheras que le minaron la salud y que él recordará en sus memorias como un gran error. Algo que me ha llamado la atención es que se proclama admirador y amigo de Pío Baroja, un personaje perfectamente opuesto a él, personal y literariamente. Y será interesante mencionar esas diferencias.
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Crónica Paradojas republicanas
**La II República no fue traída por las izquierdas, sino por las derechas. No por Azaña, sino por Alcalá-Zamora. Y terminó destruida por la combinación de ambos en las elecciones fraudulentas de febrero de 1936.
**Izquierdas y separatistas constituyeron el cáncer de la república, ya desde la temprana quema de conventos, exhibición de un verdadero terrorismo que iría en aumento.
** La “quema de conventos” lo fue también de bibliotecas y centros de enseñanza. Esto último ha sido deliberadamente olvidado por la izquierda, que quería y quiere presentarse como adalid de la cultura. Y también ha sido olvidado por una derecha que nunca mostró gran interés cultural.
**Nadie ha destruido más bibliotecas y tesoro histórico-artístico español que los supuestos defensores izquierdistas de la cultura. Los nazis quemaron los libros que no les gustaban. Las izquierdas españolas quemaron cientos o miles de bibliotecas, indiscriminadamente.
**Azaña llegó a quejarse de que en el Frente Popular a nadie interesaba la idea de España. Él sí tenía una idea al respecto, solo que una idea ajena tanto a la realidad histórica y como a la realidad de su tiempo.
**Decía Baroja que los republicanos desconocían el país en que vivían. Esto puede decirse de los de izquierda y también de liberales bienintencionados como Ortega o Marañón. “No tenemos perdón”, dijo este último.
**¿Puede volver una república a España? Puede, si se lo facilita la monarquía, como en 1931. ¿Sería un desastre como aquella? Observe usted a los republicanos actuales: son incluso peores que aquellos: se identifican con el Frente Popular, verdadero destructor de aquel régimen en lo que tenía de democrático.





