**Para construir un presente y un futuro aceptables es preciso clarificar el pasado, librarlo de la maleza falsaria de la “memoria histórica”
**El problema con los políticos e historiadores de la “memoria histórica” no es que vivan en la mentira, eso puede ocurrirle a cualquiera. Es que viven DE la mentira.
**El problema de los políticos e intelectuales que no aceptan la “memoria histórica”, pero que tampoco le hacen oposición, es que terminan siendo cómplices de ella.
**Todo partido que asume o acata la ley de memoria histórica es por definición un partido liberticida, antidemocrático.
**Los partidos promotores de la ley de memoria histórica son los más corruptos, separatistas y antidemocráticos, incluido el PP. Y nada de ello es casual
**La debilidad en la condena de la ley de memoria histórica es debilidad en la defensa de la libertad, la democracia y la unidad de España.
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Ser como Dios
El mito del pecado original describe del modo más esencial la condición humana. El hombre, “a imagen y semejanza de Dios”, tiene cierto poder creador y cierta libertad, pero es a su vez un ser creado y en gran medida determinado por su animalidad. Seducido por el espíritu del mal, quiere igualarse a su creador, lo que se simboliza en el fruto del árbol del bien y el mal. Ser como Dios sería comprender el bien y el mal, el sentido de la vida, y por tanto situarse por encima de ellos. Pero lo que hacen Adán y Eva en realidad es valerse de su libertad para elegir el mal. En esa pretensión vacía de igualarse a Dios –algo parecido a la hibris griega–, estaría el origen de todos los males que afligen al ser humano, la culpa, el pecado, el crimen, la insatisfacción de los deseos, el tedio, la angustia.
En el mito, la serpiente (que está dentro de cada uno) representa la tentación del mal. Es un animal que repta por el suelo y provoca comúnmente una sensación de bajeza, repugnancia y peligro, porque ataca inadvertidamente; pero en sus movimientos sinuosos se percibe un poder de seducción, y en sus ojos sin párpados una fuerza hipnótica. Otra expresión de lo mismo es el uróboro, la serpiente que se muerde la cola, se alimenta de sí misma en un círculo vicioso, sin conseguir alzarse del suelo. A veces el contraste está en el águila, como en el mito mexica. El águila se eleva a gran altura, puede distinguir la vida abajo con una perspectiva mucho más amplia que la de los seres terrestres, apenas capaces de alzarse y por tanto de percibir gran cosa, incluso de su propia vida, fuera de sus circunstancias más próximas. En Grecia se presenta como la enviada de Zeus, que martiriza a Prometeo, el cual viene a equivaler a “la serpiente” con otra simbología.
La vida humana se desenvuelve entonces entre la llamada del águila y la de la serpiente, entre el impulso de elevación y la seducción de los deseos terrenos. Entre ese doble llamamiento el equilibrio no es fácil ni estable. Al morder la fruta del bien y el mal, el hombre entró en un terreno nuevo dentro de la creación: para el animal, el bien y el mal se circunscriben a su placer o a su dolor individual, mientras que en el hombre adquieren una dimensión mucho más vasta y supraindividual, por encima de las conveniencias particulares. Pero es obvio que su presunción de dominar esa dimensión como Dios, no ha funcionado y, misteriosamente, la misma presunción supone elegir el mal.
Podemos ver una derivación del pecado original, presente siempre en la condición humana, en el existencialismo ateo. Dios no “existe”, por lo tanto la vida carece de sentido; y por tanto, a su vez, el hombre adquiere la máxima libertad, incluso para crearse a sí mismo. Una derivación serían las ideologías cada vez más enloquecidas, como las lgtbi.
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Democracia y patriotismo
Decíamos que el patriotismo es un valor sin el cual la democracia, con sus partidos, puede conducir a la disgregación social, tal como la concepción habitual de “pueblo” tiende al totalitarismo. Desde luego, el patriotismo puede amparar también a sistemas despóticos o totalitarios, pero sin él la democracia degenera fácilmente. Conviene añadir que fenómenos más o menos parejos a los de España se observan en la UE, donde un espíritu cristianófobo (pero ¿en qué se manifiesta hoy el espíritu cristiano? Es un problema que el Vaticano no acaba de resolver, menos aún los grupos protestantes), busca sustituir la raíz cristiana de la cultura europea por un llamado muticulturalismo cuyos perjuicios solo empezamos a percibir. El multiculturalismo implica también un ataque a los patriotismos nacionales. Reflejan esa tendencia encuestas recientes, según las cuales solo estaría dispuesto a luchar por su país un25% de los europeos occidentales (21% en España. También una proporción baja en Usa, aunque superior: 44%) Habida cuenta de que todos ellos son democracias liberales, ese talante indica un alto grado de desinterés o desafección hacia ellas, y la consiguiente deslegitimación.
Algunos estudiosos, Ortí Bordás en España, han señalado esa creciente desafección popular hacia los partidos, y con ellos a la propia democracia y a la patria. Ha cundido la impresión de que nada vale la pena aparte de la satisfacción de los deseos materiales y sexuales mediante un consumismo y diversión masivos, y que lo demás son engaños o vana palabrería. Cuando los penúltimos atentados islámicos en París, la reacción de muchos jóvenes consistió en proclamar la minifalda, la homosexualidad y el alcohol como los valores propios de la libertad occidental. Suceso reminiscente de otros semejantes en la decadencia de Roma.
Hay una dificultad constitutiva, presente en toda forma de poder: el contraste entre sus profesionales (la oligarquía) que, por práctica o estudio, entienden hasta cierto punto los problemas político, económicos y otros del oficio, y el “pueblo”, mayormente ignorante o con ideas precarias sobre ellos. Pero, se dice, es esa masa cuyos saberes políticos y lógica argumental no suelen pasar de rudimentarios, quien decide sobre quién manda. Es una crítica muy difundida: ¿cómo va a valer lo mismo el voto de un médico que el de un barrendero?
Cobra aún mayor fuerza el argumento cuando un sector de la oligarquía se atribuye un conocimiento no opinable sino “científico” (en otros casos inspirado directamente por Dios), sobre la sociedad y la historia, que eliminaría la incertidumbre. Entonces, depender de los votos de la masa ignara o competir con partidos no científicos ultrajaría a la inteligencia y perjudicaría, en definitiva, al pueblo. Por ello el voto popular debería reducirse a una aquiescencia legitimadora, obtenida mediante una propaganda intensiva. Una política tal empuja al totalitarismo.
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