Separatismo catalán (II) Miseria hermana del regeneracionismo
Si Gaziel hubiera investigado un poco la historia, habría constatado dos cosas: que lejos de mantenerse aislada de lo que entiende por Europa, España había participado en todas las evoluciones europeas, oponiéndose solo al protestantismo. Y que al menos una de las bases de la democracia actual se encuentra en la escuela de Salamanca, así como de ciertas concepciones económicas hoy dadas por más o menos científicas, asimismo del derecho internacional. Y que España llevaba dos siglos y medio esforzándose por seguir aquellos rasgos más modernos que según él caracterizaban lo europeo, siendo Cataluña, junto con Vascongadas, la región que más empeñadamente se opuso a esa evolución reciente. Habría notado también que en la pugna entre liberales y carlistas, ganaron los liberales (los “europeos”, en su concepto), y que el separatismo hunde una de sus raíces precisamente en la reacción clerical contra dicho triunfo. Esa raíz se combinó curiosamente con el racismo entonces extendido por toda Europa para dar lugar a un separatismo aún más furioso por impotente. Las maldiciones de Gaziel a Hitler tienen cierta gracia, porque la base ideológica de ambos es muy pareja. Que la adopción del liberalismo en España marcase el siglo de su mayor decadencia es otra cuestión. Desde luego, el carlismo no era la alternativa. Que los separatistas creyeran probada su superioridad en la industrialización de Barcelona es otra mistificación. Aunque los separatistas, ajenos a dicha industrialización, se la apropiaran para demostrar su superioridad, ella no les debe nada: se produjo por una combinación de iniciativa de catalanes que se consideraban españoles con una política centralista que les facilitó un mercado cautivo.
No mejor es la versión del franquismo ofrecida por Gaziel y que es compartida en lo esencial por Varela Ortega y los intelectuales y políticos anglómanos que venimos comentando: Sólo quedan las terribles castas ancestrales: la milicia y la clerecía, institucionalmente hermanadas (incluso cuando parecen reñidas), forman una piña fortísima, con una mentalidad cuartelaría y seminarista, refinada por toda clase de “rasgos” autoritarios, negocios fabulosos e intereses creados [...] son todavía las castas medievales hispánicas, nunca muertas del todo, revigorizadas ahora, en pleno siglo xx, gracias a los vientos totalitarios [...] que hace algunos años surgieron en Italia y Alemania. Lo curioso del caso, sin embargo, es que, vencidos y aniquilados en toda Europa, la copia grosera que hicieron las castas españolas sigue perdurando en España. Para ellas no ha habido justicia, ni tribunal de Núremberg. Y así continúan, más soberbias que nunca, convencidas de que tiene que estallar universalmente un nuevo y todavía más grande cataclismo bélico [...] que barrerá el Renacimiento, la Reforma, la Revolución Francesa, todo lo que ha hecho Europa que ellas no pueden soportar. Con la esperanza de dejar encima de sus ruinas un nuevo imperio teocrático y militar hispánico, como el de Felipe II.”
El imperio de Felipe II ni fue teocrático ni militar, fue una enorme organización sin precedentes anteriores, un imperio que duró tres siglos, probablemente el más pacífico internamente de la historia, y que en Europa tuvo que contender con las violentas teocracias protestantes y calvinistas, con la amenaza otomana y con mil piraterías que parecerán ilustradas a los gazieles. Es natural que para España sea una época grande e inspiradora. España participó ciertamente en el Renacimiento; en cuanto a la Reforma y la Revolución francesa, uno no sabe si los gazieles las admiran tanto por las libertades que les atribuyen o por la tremenda acumulación de crímenes, guerras y despotismos que las caracterizaron. No les gusta mencionarlos, pero merecerían alguna reflexión.
En cuanto al franquismo, sus famosas “castas”, provenientes de Recaredo como las define el botarate, lejos de desear ninguna nueva guerra, mantuvieron a España al margen de la II Guerra Mundial, reconstruyeron e industrializaron el país, crearon por primera vez una extensa clase media, expandieron la enseñanza como nunca antes, redujeron el analfabetismo a niveles marginales, mantuvieron un estado pequeño y eficiente; y aunque restringieran las libertades políticas, sobre todo para los que habían provocado la guerra civil, mantuvieron unas libertades personales que podemos envidiar ahora que el estado pretende dictar “democráticamente” hasta los sentimientos de la gente; y forjaron una sociedad con la mejor salud social de Europa, medida por los índices de delincuencia y población penal, droga y alcoholismo, fracaso y violencia familiar, etc; con una de las tres o cuatro esperanzas de vida al nacer más largas del mundo. Lo sorprendente es que todas estas transformaciones iban ya realizándose, poco a poco o aceleradamente, ante los ojos de un Gaziel, cerrados a la realidad por su fanatismo hispanofóbico: falleció en 1964 en su odiada España franquista.
Pero el fondo de la cuestión es más amplio: se trata de la interpretación de la historia de España en su conjunto. Según Gaziel, ese pasado se resumía en la historia de una familia pobre, numerosa y malavenida, con más carácter primario en sus diversos componentes que espíritu colectivo. Y que esta familia, sumergida durante largos siglos en ásperas luchas intestinas, encerrada en su redil y aislada prácticamente del resto del mundo, recibió de repente el Gordo de Navidad (descubrimiento fortuito de América), y poco después un casamiento no planeado, también fruto del azar (el de Juana la Loca y Felipe el Hermoso), la llevaron a verse comprometida en los más grandes problemas e intereses de la tierra [la cursiva es mía] [...]. Naturalmente, falta de preparación, España sólo, pudo hacer frente a tan enormes, no deseadas y desproporcionadas empresas con el impulso primario de sus hijos, una fuerza vital puramente biológica, sostenida por los tesoros del Eldorado. De aquí que la inmerecida y rápida grandeza de España comenzase a declinar fatalmente inmediatamente después de haber eclosionado [...]. Menos de un siglo después de constituido aquel inmenso imperio ya estaba hecho jirones por todas partes [...]. Pero el sueño imperial [...] dejó en el alma española un complejo morboso, del cual todavía no ha podido curarse, ni es probable que se cure. Desde Felipe II a nuestros días, cuando no dormita [...] o no vuelve a destrozarse en luchas fratricidas, España vive soñando que va a volver a tocarle el Gordo»
Esta sarta de disparates, leyenda negra incluso degradada, tiene máximo interés porque coincide en lo esencial con la visión del grueso de las infraélites políticas e intelectuales de toda España desde el 98. La he examinado largo y tendido en Nueva historia de España, en La Reconquista y España, en Una historia chocante y muchos artículos, y no me extenderé ahora. Baste con señalar que fue imponiéndose por los “gárrulos sofistas” del regeneracionismo, y destacadamente por Ortega, Azaña, Marañón, Lerroux y muchos más, que en su “europeísmo” puramente retórico, incapaz de producir el menor análisis histórico de su ídolo, ni político de la situación europea del momento, pretendían empujar a los españoles a ser masacrados en la I Guerra Mundial al servicio de Francia e Inglaterra, dos potencias siempre “amigas” de España. Fue casi un milagro que el país se librase de aquella contienda, que sumió a Portugal, satelizado por Inglaterra, en una continua convulsión interna.
Lógicamente, si tal había sido la historia de España, los separatistas tenían sobradas razones para abandonar un barco tan cochambroso. Y esa es la concepción que ha vuelto a prevalecer desde la Transición, y en ella se encuentra el germen de todos procesos destructivos y liberticidas que viene sufriendo el país… ¡siempre en nombre de una “democracia” tan quimérica como su “Europa”!
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Omar Jayam (16). ¿Y si supiéramos los porqués de la vida?
Creo que Eugenio D´Ors solía contar un viejo cuento: un curioso contempla a tres obreros atareados con unas grandes piedras. “¿Qué haces?” preguntó a uno: “¿No lo ves? Estoy deslomándome tallando estos bloques para poder comer”. Preguntó al siguiente lo mismo: “Estoy preparando las piedras para hacer una columna, esperando que me paguen”. El tercero contestó: “Estoy construyendo una catedral”. Los tres hacían lo mismo, pero con perspectivas diferentes: solo el tercero sabía o sentía realmente para qué trabajaba, o se interesaba por ello más allá del interés inmediato.
Si extrapolamos el cuento a las cuestiones de Omar Jayam, nos encontraríamos que el tercero sería el único que vislumbrase, si no el por qué de su llegada y partida del mundo, al menos el para qué de su estancia en él. Desde luego, si la condición del hombre le permitiera saber el porqué o el paraqué de su vida, perderían su razón de ser las angustias y esfuerzos resultantes por orientarnos en ella, es decir, la moral, la religión, la filosofía, el arte. El hombre sería como los demás animales, pero con la consciencia real, la consciencia del sentido de su vida. Esa situación puramente teórica no tendría por qué ser, sin embargo, satisfactoria. Aunque la vida tenga muchas satisfacciones, lleva consigo una carga muy fuerte, no pocas veces abrumadora, de pesares. Quizá la verdad de la existencia humana fuera precisamente un mal a cuya realidad procuramos no asomarnos, pero que percibimos vagamente en nuestras pesadillas.
Abarcara lo que abarcara esa consciencia, algo compartiría sin embargo con la deficiente consciencia del ser humano presente: la de que su vida, en todos sus aspectos fundamentales, dependería de una fuerza exterior a él. Conocer el sentido de su vida pasaría por el conocimiento de esa fuerza, que dejaría de ser misteriosa. Si la llamamos Dios, podríamos pensar, bien que es un ser bueno o que es malvado, aunque, al menos, podremos dirigirnos a él, para rogarle o para maldecirle, ya que, de algún modo, se parecería a sus criaturas. Si la llamamos “necesidad” o “ley” (cósmica), entonces la vida humana es un mal insoportable: como una apisonadora, la necesidad termina destruyéndonos de manera ineluctable y por completo insensible a nuestros deseos y sentimientos, volviendo estos absolutamente irrelevantes. ¿Cómo salir de estos dilemas?




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