La Reconquista y la España actual / Madrid, colonia inglesa

Usted afirma que su libro sobre la Reconquista es el mejor que se ha escrito hasta ahora.

–Creo que es el mejor como obra de síntesis.  Por supuesto, hay otros estudios mucho más detallados o mejores en unas u otras partes. De todos modos, usted puede mirar en internet los libros del mismo estilo publicados en los últimos años, y comparar.

Sin embargo, la universidad no le reconoce a usted siquiera como historiador.

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–Ese no es un argumento. En todo caso me hace un honor. La universidad actual se define por  su aceptación de la ley de memoria histórica. Y se define como moralmente miserable, políticamente totalitaria y académicamente infumable. Y no solo porque está dominada por los fulanos de la memoria histórica, sino que sus contrarios carecen del mínimo valor moral para sublevarse contra esa porquería. Esa universidad produce grandes cantidades de material muy mediocre, cuando no de auténtica basura, en letras y humanidades. Y eso es una tragedia porque la universidad viene siendo desde el siglo XII o XIII el espinazo de la cultura occidental.

–Bien, ¿y qué hace su trabajo superior a los demás?

–En primer lugar, el planteamiento. La Reconquista, que debería estar perfectamente asumida como hecho crucial de la nación, está siendo negada porque se está negando a España en un doble proceso que he señalado mil veces, de disgregación interna y de disolución en la burocracia de Bruselas. No es que se niegue a España porque la historia de la Reconquista sea una falsedad, sino que se niega la evidencia de la Reconquista porque se quiere negar a España. Si no se empieza por entender esto, entender la actualidad política de la Reconquista, lo que se estudie empezará por estar desenfocado y embrollará la cuestión en lugar de clarificarla.

¿En concreto?

–En concreto: España es una nación de lengua latina transformada, de historia cultural muy mayoritariamente romana y católica, de derecho derivado del romano, etc. etc.; cosas que nada tienen que ver con Al Ándalus.  ¿Cómo podría haberse llegado a esto sin la Reconquista? Pues esta reflexión tan elemental no la ha hecho casi nadie, con lo que la polémica –apenas existente– entre partidarios y opuestos a la Reconquista tiende a caer en discusiones inconcluyentes, de detalles o bizantinas. Por otra parte la Reconquista fue enormemente rica en avatares políticos, militares económicos y culturales, enlazados a menudo con lo que ocurría más allá de los Pirineos o del estrecho de Gibraltar. Por esa misma riqueza es fácil perder el hilo al estudiarla. Piense en los separatismos, que nacen de una mezcla de integrismo religioso, racismo y anhelo de volver a la disgregación supuestamente maravillosa de la llamada Edad Media. Con lo que estamos en un intento de volver atrás el reloj de la historia para balcanizar España en estaditos enfrentados y manejados por potencias exteriores. ¿Ve usted hasta qué punto es importante la Reconquista? ¿Ve usted hasta qué punto es necesario un enfoque claro? Pues es lo que he intentado en mi libro. Hace años surgió la polémica entre Sánchez Albornoz y Américo Castro, de muchísimo interés pero inconcluyente en muchos aspectos. La idea de Sánchez sobre el “temperamento” no es mucho mejor, a mi juicio, que la de Castro sobre las “vividuras” y similares.

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El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE 

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He propuesto la iniciativa de un documental con el título: “Madrid, capital de España o colonia inglesa”? Podría empezar por situar la cámara en algún punto de mucho movimiento e ir enfocando los miles de personas con ropas adornadas por frases, generalmente idiotas, en inglés o por la bandera británica. Es importante señalar las ropas y mochilas de los escolares, donde más se aplica esa política y no por casualidad. Un documental con pocos comentarios y mucha materia visual. Seguramente habrá quienes puedan hacerlo, otra cosa es que quieran.

   Sería parte de la campaña sobre Gibraltar. Quiero recordar la necesidad de exponer el manifiesto una y otra vez en internet en wasap o por otros medios. Que permanezca presente durante meses.

Este manifiesto se dirige a millones de españoles, por lo que invitamos a nuestros lectores y oyentes a difundirlo por todos los medios, con enlace a este blog (https://www.piomoa.es/?p=10249 ). En una segunda etapa pasaremos a recoger firmas. Se trata de crear una plataforma que ponga en primer plano un problema que es de primer plano, pues afecta íntimamente a la política exterior e interior de España. Un problema ocultado o desvirtuado sistemáticamente  por todos los partidos, con la excepción parcial de VOX. Se trata de si ha de continuar el actual proceso de satelización política y cultural a intereses ajenos, acompañado del desguace del propio país, o de reaccionar contra esas políticas nefastas de una vez y con máxima energía

España soporta la única colonia en Europa, una invasión  en el mismo centro neurálgico de su eje defensivo Baleares-Gibraltar-Canarias. El hecho exige una reflexión en profundidad porque los gobiernos españoles, sean del PP o del PSOE, se declaran amigos y aliados de la potencia invasora, caso único en el mundo,  lo que automáticamente convierte a España en un país satélite y sin intereses internacionales propios.

Esta posición, que hoy no toleran países del llamado Tercer Mundo, se manifiesta igualmente en intervenciones militares sucesivas bajo mando ajeno, en idioma ajeno y por intereses ajenos. Recordemos las acciones en Yugoslavia o Kosovo contra un país en proceso de disgregación por fuerzas internas y externas, cuando la propia España sufre hoy, precisamente, fuertes tensiones disgregadoras. O las costosas intervenciones sin salida  en Afganistán, un país absolutamente lejano a nuestros intereses. O en  Libia que dejó al país sumido en una guerra civil y un caos que continúa, con cientos de miles de víctimas y de huidos que han agravado las crisis inmigratorias en Europa y en la misma España.  Etc. O la presencia de aviones y tanques españoles amenazando y provocando por cuenta ajena a Rusia, un país con el que no tenemos ningún conflicto como sí lo tenemos, en cambio con el que invade nuestro territorio y que es la  segunda potencia de la OTAN, en estrecha vinculación con la primera.

Debe recordarse  que en los años 60, España obtuvo en la ONU una gran victoria política sobre Inglaterra, al reconocerse la obligatoriedad de devolver Gibraltar a España. Dada la arrogante negativa de los invasores  a cumplir la resolución,  el gobierno español cerró la frontera con la colonia, aislándola y convirtiéndola en una ruina económica, con coste político y moral añadido y creciente para los ocupantes. Esta política, que habría dado fruto con el tiempo, fue radicalmente invertida por la casta política actual, que anuló aquella victoria, abrió la verja, multiplicó las facilidades a los invasores y convirtió la colonia en un gigantesco emporio de empresas opacas y contrabando masivo, con cuyas ganancias ejerce una auténtica colonización sobre el entorno –al que ha hundido económicamente– y una  corrupción sistemática sobre políticos, periodistas, abogados y jueces no solo en su entorno andaluz sino en toda España. Gibraltar ha albergado reuniones de grupos separatistas españoles y no hay duda sobre la intención de Londres y la colonia de jugar con los problemas internos de España para mantener a toda costa su ilegal, humillante y parasitaria presencia en el peñón y su entorno.

El caso de unas clases políticas que no solo admiten la invasión de su territorio sino que multiplican los gestos de sumisión y zalamerías hacia el ocupante, es quizá único en el mundo. Y no se entiende sin otros rasgos, también únicos,  de esos partidos y gobiernos. Pues ninguna otra nación tolera gobiernos que en lugar de hacer frente a los separatismos disgregadores, los ha alimentado, financiado y promovido durante décadas hasta volverlos extremadamente peligrosos vaciando de estado a dos regiones y creando una situación de golpe de estado permanente desde una de ellas, cuyas autoridades se declaran en abierta rebeldía contra el resto del país. Esos gobiernos, sean de derecha o de izquierda, han incumplido mil veces  los puntos más elementales de la Constitución que garantiza la unidad nacional, y de la democracia, amparando toda clase de ilegalidades, acosos y propagandas contra quienes les resisten. Gobiernos que, declarándose demócratas, han propiciado leyes totalitarias de estilo comunista como la de memoria histórica u ofensivas contra la igualdad de derechos de las personas como las leyes de género. Gobiernos que vienen entregando ilegalmente la soberanía española a una burocracia no representativa con sede en Bruselas.

No estamos, pues, ante un asunto menor, pues se conecta estrechamente con todos los demás problemas de fondo creados por la actual casta política y que no cesan de agravarse. El problema de Gibraltar no tiene solución militar, pero tampoco la necesita. Es indudable que  España tiene todas las bazas, sean económicas, políticas, morales o internacionales. Esas  bazas las han utilizado los gobiernos de PP y PSOE contra los intereses españoles y a favor de los ocupantes; procurando al mismo tiempo que la intolerable y escandalosa situación quede en la ignorancia para la mayoría de la gente o sea considerado por ella como un asunto de poca enjundia.  Gibraltar ilustra la abyección y miseria moral, intelectual y política de una casta política de la que el país debe deshacerse necesariamente y cuanto antes. Y denunciar la cuestión en sus verdaderos alcances y proyecciones, combatir el oscurantismo deliberado hacia la misma, su ocultación a los españoles,  es el primer paso al respecto.

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))Los Mitos Del Franquismo (Historia)

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Biografía e historia

 

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE

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Es obvio que en el curso de los hechos históricos pesan de manera especial las decisiones de quienes tienen las mayores responsabilidades, los dirigentes, grosso modo, y ello de manera especial en las guerras, por lo que conviene prestar alguna atención a la personalidad de los mismos. Contra esa evidencia se ha levantado la doctrina que minusvalora su papel y señala el aparente absurdo  de que se preste más atención a unos pocos individuos que a los millones de personas que en definitiva “hacen la historia”, o a la economía o las instituciones y leyes  que dan continuidad a la sociedad. La atención a estas últimas no se opone a la atención a los personajes, que a menudo se encuentran en el origen de ellas, pero precisamente por dar continuidad son menos históricas, por así decir, ya que permanecen con escasa variación durante largos períodos. Otra tendencia historiográfica supone la existencia de leyes científicas ineluctables, cuyo conocimiento permitiría entender la marcha de la historia considerando a los dirigentes como meros reflejos personales y secundarios de unas tramas objetivas: la cuestión del individuo y la historia, que se arrastra desde Aristóteles y entendiendo por “individuo” a algunos muy particulares.

    En cuanto a la cuestión de esos “individuos” y “las masas”, derivada a menudo de la tendencia anterior, la exponía así Bertolt Brecht en su muy citado poema “Preguntas de un obrero que lee: “¿Quién construyó Tebas, las de las siete puertas?/ Los libros citan los nombres de los reyes / ¿Arrastraron los reyes los bloque de piedra?/ (…) El joven Alejandro conquistó la India / ¿Él solo?/ César venció a los galos / ¿No tenía siquiera un cocinero con él? Etc. Desde luego, ningún obrero se hizo nunca preguntas tan pueriles, que Brecht pone en su boca con alegre desenvoltura. Los obreros no habrían construido Tebas sin la idea y la orden de los reyes, cien mil cocineros no habrían vencido a los galos, y los soldados de Alejandro no habrían conquistado la India sin la dirección e iniciativa de  Alejandro, pues un ejército mal mandado habría perecido en la empresa.  

 Brecht, a su modo doctrinario, quiere oponer los líderes a sus seguidores, pero estos,  de un modo u otro, aceptaban la dirección de aquellos, cuyos nombres marcan la historia y que en ese sentido representaban a “los de abajo”. Aun si se hubiesen conservado los nombres de cada uno de los obreros, cocineros o soldados, no ayudarían nada a entender los sucesos. Sin la masa anónima, los dirigentes no habrían hecho nada, como tampoco dicha masa sin dirigentes.  Cuando se quiere focalizar la  historia en la vida de las masas, tan estimadas en la literatura marxista, se hace inevitable tratarlas como un todo borroso y sin relieve personal,  centrado por lo común en las preocupaciones económicas. En ese retrato los rostros y personalidades desaparecen o son dibujadas según la estimación subjetiva del historiador. Y resulta harto ilustrativo que en la política e historiografía marxista, el líder máximo sea prácticamente divinizado, como concentración de las inmensas potencias creadoras atribuidas a las masas, las cuales permanecen como tales.

   Por tanto, las biografías de los personajes destacados son imprescindibles. En España no ha cundido mucho esta  modalidad historiográfica, y en la mayoría de los casos se presenta con caracteres próximos a la hagiografía o a la demonización, según la orientación política o ideológica del historiador, como ha señalado Stanley Payne. Aun sin ello, la biografía tiene serios problemas. Hay un aspecto misterioso sin remedio en la vida de las personas, pues nadie sabe por qué ni para qué ha venido al mundo, y ha de despedirse forzosamente de él, lo hay disfrutado más o menos; ni por qué ha nacido varón o mujer,  en una época, país  y  medio social determinado, ni con unos dones o dotes que puede desarrollar o no, pero que le vienen dados y  debe aplicar en unas circunstancias que no ha creado y que solo de modo muy limitado puede modificar.  

     Por otra parte, una personalidad tiene demasiadas facetas, algunas íntimas inasequibles al observador externo, algunas inconscientes para el mismo personaje, el cual nunca queda plenamente retratado en sus actos.  Desde fuera podemos percibir sus actos y atribuirles un significado, pero solo captamos indirectamente los cálculos, vacilaciones, angustias,  temores o esperanzas asociados a sus decisiones. Porque incluso las decisiones en apariencia mejor fundadas resultan a veces fallidas, pues tampoco es posible al ser humano prever sus consecuencias más allá de un limitado espacio. Por otra parte, “una cosa es lo que uno piensa, otra lo que dice y otra  más lo que hace”. Nunca existe coherencia precisa entre las tres funciones.

    Las memorias de los personajes son indispensables, aun asumiendo que muy a menudo encierran desvirtuaciones o mentiras justificativas, ya que, sobre todo en política, la necesidad autojustificativa es muy fuerte. Pero quien habla de sí mismo dice casi siempre más de lo que pretende, y por otra parte es posible al historiador contrastar una memorias con otras y con los hechos conocidos. He seguido este método en  Los personajes de la República vistos por ellos mismos con resultado creo que muy fructíferos.  Con todas limitaciones, la vida de algunos personajes da impresión del desarrollo –siempre con un alto grado de azar– de un proyecto vital concebido en la juventud (Azaña, por ejemplo);  en otros parece resultado de mil avatares sin proyecto claro bajo ellos, o con proyectos cambiantes. Indalecio Prieto diría que de escribir unas memorias las titularía Una vida a la deriva.

   Claro está que en una obra que trata hechos generales,  las biografías solo pueden aparecer como semblanzas,  ceñidas al tema y con solo alusiones a la personalidad a partir de sus actos, pero sin pretensiones de dar plenamente en el blanco. Se trata no tanto del proyecto íntimo o falta de él, como del proyecto político al que se han adherido y cómo lo han servido, aunque ello exija algunas observaciones de tipo más personal; pues con frecuencia esa adhesión obedece mucho más a razones sentimentales particulares algo oscuras, que a razonamientos y  convicciones intelectuales. Creo  que, aun con estas seria limitaciones, ayudan de modo importante a la comprensión de los sucesos.

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¿Es España una nación? ¿Puede hundirse?

Los Mitos Del Franquismo (Historia)La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE

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Así, con todas sus variedades internas, no mayores que las de otros muchos países,  España ha sido, insistamos en ello, una entidad política y cultural más estable y sostenida que casi cualquier otra europea. Pero, ¿constituye por ello una nación? Las discusiones en torno al concepto de nación han hecho correr ríos de tinta, nacidos a menudo en Bizancio.  Para evitar discusiones vanas, expondré mi concepto de nación con el que creo estará de acuerdo la mayoría: una nación es una comunidad cultural aceptablemente homogénea (lengua, tradiciones, costumbres, formas de derecho, religión, etc., que generan sentimientos de unidad e identificación entre sus individuos), discernible de las vecinas, y dotada de un estado. Si no hay estado, no hay nación, y si un estado se impone sobre diversas comunidades culturales, no es nacional, sino, por lo común, imperial. A veces se habla de “naciones culturales” (yo mismo lo he hecho) lo que solo embrolla la cuestión, ya que el estado es elemento imprescindible de la nación. Según este concepto, España es sin duda una nación, y una de las de más prolongada historia en Europa.

La cuestión tiene enjundia más allá de las connotaciones emocionales o de orgullo, porque desde el siglo XIX las doctrinas nacionalistas atribuyen a la nación una dignidad especial, por residir en ella (en el “pueblo”) la soberanía; de ahí, por ejemplo, la llamada autodeterminación, según la cual toda comunidad cultural tendría derecho a dotarse de un estado propio. Pero conviene distinguir entre nación y nacionalismo, cosa que a menudo no se hace. La nación es muy anterior al nacionalismo. Este nace con la Revolución francesa y extiende como un concepto político y un derecho lo que en la historia se ha desarrollado espontáneamente como particularidad mucho más antigua en algunas comunidades. De la confusión entre nación y nacionalismo surge,  por ejemplo, el equívoco de que la nación española es fundada en 1812 por la Constitución de Cádiz (España sería así una especie de creación francesa): lo que se funda entonces en España es el nacionalismo (doctrina de la soberanía nacional) sobre la base de una nación preexistente de muy atrás.

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

Ahora bien, establecida la doctrina, el nacionalismo ha funcionado después como un instrumento para crear nuevas naciones, es decir, para dotar de estado a comunidades antes inmersas en un estado imperial o divididas entre varios de ellos. De este modo, el nacionalismo ha disgregado en los siglos XIX y XX a los antiguos imperios europeos, creando numerosas naciones nuevas. A su vez, los nuevos estados han reaccionado sobre su base democultural, “nacionalizándola” al máximo es decir, reforzando aquellos rasgos que considera distintivos e inventando o  añadiendo nuevas tradiciones a las más antiguas. Por otra parte, las comunidades culturales nunca se diferencian radicalmente de las vecinas, así las europeas tienen en común un vínculo tan poderoso como el cristianismo, que corrientes contrarias, en especial el marxismo, no han logrado erradicar; o basta considerar las considerables interinfluencias de todo tipo entre España y Francia o entre Francia y Alemania, etc.

El doble fenómeno de las interinfluencias y de la capacidad “nacionalizadora” de los estados, ha llevado a menudo a concluir que las naciones son realmente creaciones del estado. Ciertamente esto puede aceptarse para las nuevas naciones procedentes de  la descolonización sobre territorios sin estado previo ni comunidades culturales muy definidas; pero es obvio que el proceso histórico ha sido el inverso. Los estados no nacen de la nada para crear naciones, idea poco razonable.  La historia indica que los estados surgen y se apoyan en comunidades culturales y a menudo genéticas. Si se limitan a dichas comunidades hablaremos de estados nacionales. Si desde esa base se imponen sobre otras comunidades o naciones previas, hablamos de estados imperiales (más raramente hay confederaciones, pero en ellas alguna de las comunidades lleva la voz cantante). Así, a lo largo de la llamada Edad Media (Edades de Supervivencia y Asentamiento) se formaron dos Europas, la de las naciones en el extremo oeste y la de los imperios en el centro y este del continente, hasta la descomposición total o parcial de estos últimos en los siglos XIX y XX.

No creo que estas concepciones merezcan mucha discusión pues, como digo, saltan demasiado a la vista, aunque puedan ser oscurecidas y de hecho lo sean a menudo con consideraciones a menudo arbitrarias y ahistóricas.

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Cuando hablamos de España, por tanto, no nos referimos solo a un ámbito geográfico sino, ante todo, a una entidad cultural y política conjunta, con diferencias regionales secundarias. Su carácter de nación no ha surgido de un nacionalismo previo ni de un “derecho de autodeterminación”, sino que se ha ido configurando de forma espontánea en un proceso de siglos y venciendo a veces obstáculos enormes que pudieron causar su desaparición. Por tanto, tiene un origen claramente delimitado en el tiempo (no la “España eterna” a veces mentada): como comunidad cultural se formó a partir de la invasión romana en la II Guerra Púnica, hacia el siglo III antes de Cristo y en un largo proceso de seis siglos, que extendió el latín, el derecho, numerosas actitudes, costumbres y técnicas, así como a partir de una época, la religión cristiana. Antes, Hispania, existía  solo como una denominación geográfica en la que vivían poblaciones muy diversas, agrupadas convencionalmente como íberos y celtas.  No había un país como entidad cultural y menos aún política, ya que sus numerosos pueblos, con frecuencia enfrentados entre sí, tenían lenguas, costumbres y religiones muy diversas y de orígenes distintos, y se habrían sentido tan sorprendidos de ser llamados españoles como los germanos o los celtas de llamarse “europeos”.  Cuando se habla, como Sánchez Albornoz, de la gran dificultad que tuvieron los romanos para dominar España, debe entenderse el aserto desde el punto de vista geográfico. Desde el punto de vista cultural-político no existía tal España.

La colonización latina tuvo efectos decisivos en todos los aspectos: cuando cayó el Imperio romano, no solo la cultura sino la genética de la población  había cambiado profundamente por las mezclas derivadas de las  migraciones internas, la milicia o el comercio. Los distintos pueblos agrupados en íberos y celtas eran cosa del pasado, y seguramente solo en las agrestes montañas del norte pervivían núcleos de población más o menos aislados y poco latinizados. Esta transformación ha sido la más crucial para la historia posterior del país, pues sus efectos perviven plenamente  en la actualidad. La impronta latina en España demostró su profundidad al ser capaz de revertir las consecuencias de la invasión árabe-bereber en el siglo VIII, al contrario de lo ocurrido en el norte de África, donde una floreciente cultura latino-cristiana quedó definitivamente arruinada hasta nuestros días. Creo que este punto no admite discusión en sus líneas generales, aunque sí matizaciones, como es natural.

España no era entonces una nación, por carecer de estado, pero  sí ya  una comunidad cultural conjunta, bastante homogénea, integrada en el Imperio romano aunque con rasgos particulares. Por ello debemos diferenciar la historia de España propiamente dicha, que empezaría con la II Guerra Púnica (y lo mismo la historia de Europa, como he sostenido en Nueva historia de España)  de la de los pueblos asentados en Iberia, sean los anteriores a Roma o los posteriores ajenos a dicha base cultural, como los árabes y magrebíes. Historias interesantes pero, en rigor, no historia de España.

No solo ha pervivido la transformación cultural, sino también la genética (o racial, en un sentido no ideológico) legada por Roma sobre la base de las poblaciones anteriores: ninguna de las inmigraciones posteriores (germanos, árabes y  bereberes, sobre todo, también de otros orígenes, en especial franceses) debió de superar el 5%, como mucho el 10% de la población configurada bajo el Imperio romano. Dejo de lado lo que Sánchez Albornoz llama herencia temperamental que se habría mantenido desde la época prerromana, porque, si bien debe de tener algo de cierto, resulta un tanto evanescente y especulativa frente  a los datos culturales y políticos, más precisables, implicados normalmente cuando hablamos de historia.

Y fue sobre esta base cultural sobre la que se configuró, en el último tercio del siglo VI después de Cristo, el primer estado propiamente español, es decir, la nación española. Fue una creación de los visigodos en combinación con las autoridades hispanorromanas, pero no un estado germánico, sino esencialmente latino y con ambición definida de incluir en él a toda Hispania. De época algo anterior suele datarse la creación de la nación francesa, pero tiene interés señalar la dinámica contraria de esta y de la nación española: en Francia las tendencias dispersivas fueron muy intensas, con constantes divisiones y guerras entre reinos, mientras que la dinámica española fue la contraria, de una tenaz y en general exitosa unificación.

La cuestión de si puede ser llamado “español” el reino visigodo ha originado controversias no muy fundadas. Podría considerársele una superestructura foránea si no fuera porque solo tuvo tal carácter en su primera etapa, cuando los godos eran uno de tantos pueblos errantes que se imponían sobre un territorio durante un tiempo para abandonarlo, por presiones exteriores u otras causas, y establecerse en otro lugar, sin ligarse con las poblaciones autóctonas. A partir de Leovigildo ello no fue así: su estado se concibió como hispanogodo, y el afincamiento y progresiva disolución de los godos en España fueron definitivos. España era ya una nación –no una mera comunidad cultural–, con sentimientos nacionales explícitos y voluntad de asentamiento definitivo en la península.  Es más, sin esa nación habría sido imposible la posterior dinámica de reconstrucción de España después de la conquista árabe.

Es interesante comprobar cómo la invasión islámica pudo causar una definitiva división o balcanización de España en varias naciones, debido a que, por imperativo de las circunstancias, los núcleos de resistencia al Islam nacieron y se desarrollaron en considerable aislamiento unos de otros, creando toda suerte de particularidades e intereses que podrían haber concluido en un mosaico parecido al de los Balcanes. Esa tendencia tenía todas las de ganar en principio, porque materialmente eran las más fuertes. Sin embargo, al lado de las tendencias particularistas se mantuvo todo el tiempo una tensión unitaria en pro de la “recuperación de España”, que poco a poco fue imponiéndose y hasta lograr rehacer la unidad de la nación, salvo Portugal. De entonces acá, las fuerzas unificadoras han prevalecido siempre sobre las disgregadoras, de modo que España ha continuado básicamente igual a la de los Reyes Católicos.

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Naturalmente, la antigüedad de una institución histórica, aunque prueba de solidez, no garantiza su pervivencia, y hoy vemos a la nación española sometida a muy fuertes tiranteces que por un lado intentan disgregarla y por otro disolverla  como nación en una entidad “europea”: secesionismo y europeísmo. Por una parte tenemos ejemplos de comunidades culturales divididas en varias naciones, como ocurre con Austria y Alemania o con Francia y la Bélgica valona; Rusia y Ucrania o Bielorrusia serían un caso semejante, incluso –solo hasta cierto punto– España y Portugal. En un pasado muy reciente hemos visto la descomposición de Yugoslavia pese a que las semejanzas culturales entre sus actuales estados son en principio mayores que sus diferencias, y observamos en Italia algunas tendencias semejantes, aunque de menor impulso. Por otra parte, la llamada Unión Europea está socavando lenta pero sistemáticamente, la soberanía de numerosas naciones de Europa. ¿Podrá resistir España la doble tensión?

Creo que la disgregación, combinada con la disolución de España no son posibilidades descartables, porque un tercer e imprescindible factor de nacionalidad, además de la comunidad cultural y el estado, es la voluntad de una parte suficiente de una población de permanecer como nación unida. Como hemos visto, la voluntad reunificadora fue imponiéndose en la Reconquista –con la excepción de Portugal—a poderosas tendencias contrarias y desde entonces ha mantenido a España como nación. Pero desde hace tres decenios se percibe un aumento de la voluntad disgregadora y una especie de desfallecimiento de la voluntad integradora, que a menudo opta, en una especie de huida hacia delante, por la disolución en una amalgama sin la menor base histórica como es la Unión Europea, que quizá nunca debió pasar de Mercado común. Sin duda  España sufre hoy una prolongada crisis nacional –unida a otras crisis—, a la que me he referido en el capítulo anterior, y la puesta en cuestión del carácter nacional de España, incluso por las más altas jerarquías del estado, es una manifestación más, y muy aguda, de tal crisis. Su origen inmediato está en la forma como se hizo la necesaria transición democrática a partir de Suárez, y que he procurado explicar en La Transición de cristal. El país emergió del franquismo con una considerable salud social, la mayor y más sostenida prosperidad de su historia y sobre todo libre de los odios que habían hundido la república y conducido a la Guerra Civil. Sin embargo, a partir de la reforma de Suárez, las tendencias disgregadoras por una parte y disolutorias por otra, no han cesado de reforzarse, a menudo en alianza de hecho o de derecho con el terrorismo. En algunas regiones, especialmente en Vascongadas y Cataluña, han ido cobrando fuerza tendencias separatistas que exaltan las diferencias regionales por encima de los rasgos comunes y de la unidad histórica de siglos, y proclaman su deseo de disgregar España convirtiendo a las regiones en nuevas naciones, mientras el país ha ido perdiendo soberanía en un proceso sistemático. Es decir, nuestra época presenta a España desafíos muy graves, que afectan a su propia supervivencia.

Pero el problema tiene un origen muy anterior a la Transición y perfectamente datable: el llamado “Desastre del98”a finales del siglo XIX, por lo que debemos examinarlo en capítulo aparte.  De la convulsión moral e ideológica de aquella fecha parten los movimientos secesionistas y totalitarios marxistas y anarquistas, muy violentos, que a su vez convulsionaron a España dando lugar a la ruina del régimen liberal de la Restauración, resuelta provisionalmente con la dictadura de Primo de Rivera, para hundirse después en una república epiléptica y cargada de odios, hundida a su vez por el proceso revolucionario del  Frente Popular  y por la Guerra Civil. La era de Franco permitió olvidar los viejos odios y trajo el mayor progreso material vivido por España en siglos, lo que facilitó una transición democrática en la que los viejos problemas parecían superados. Sin embargo han ido resurgiendo poco a poco, unidos a la desvaloración del pasado y la cultura hispanas, o más bien basados en esa desvaloración, y  sin encontrar la oposición debida hasta la difícil crisis actual. Porque si no se conforma una fuerte voluntad integradora y nacional,  las perspectivas son de disgregación o de disolución de una nación que durante siglos ha resistido las más difíciles pruebas.

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España y Grecia: el peso de la historia.

Un poema del poeta griego Seferis lamenta el peso de la Grecia clásica, mantener el cual deja sin fuerzas al griego moderno, incapaz de ponerse a su altura. Hace años mencioné en el blog a García Terrés, helenista mejicano, que en su diario Reloj de Atenas comenta lo difícil de perdonar la vulgaridad de la Grecia actual teniendo presentes las glorias antiguas.

Creo que algo así ocurre con España. Entre finales del siglo XV y mediados del XVII, España desplegó una gran cultura original, aparte de descubrir el mundo como conjunto y ponerlo en relación y de realizar hazañas políticas y militares asombrosas.  Todo ello ha sufrido la propaganda brutal de la leyenda negra, y sin duda es preciso acabar con ella en lo posible. Pero más allá de esa denigración sistemática , el contraste entre aquella época y la posterior, y la actual, es tan fuerte que recuerda al problema de los griegos de hoy. Se plantea la cuestión de si la España actual podría volver a significar algo realmente importante en el mundo, y de qué manera podría ser; o está condenada a la mediocridad y el resentimiento, quizá a la disgregación, como parece indicar su anemia cultural, intelectual y moral. Lo cual no puede resolverse con retórica.

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

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Cuando uno lee que Juan Carlos en el aniversario de la Pepa,  califica a las Cortes de Cádiz de “eslabón decisivo en el esfuerzo por la liberación de la Patria y símbolo de una empresa colectiva que benefició a España, a Iberoamérica y también al resto de Europa”,  solo puede quedarse pasmado. El esfuerzo decisivo por la liberación de España no correspondió a Cádiz, sino a la resistencia popular y militar, y desde luego un resultado fue la separación definitiva de “los españoles de los dos hemisferios”, contra lo deseado por aquellas Cortes, lo cual puede verse como un beneficio…  según el punto de vista. El hecho es que tanto España como Hispanoamérica  entraron en  un siglo simplemente calamitoso.  En cuanto a Europa… La Constitución española tuvo ciertas imitaciones, pero poco futuro, y ya el sobrenombre chabacano de La Pepa con que fue conocido certifica ese aire populachero que tomó gran parte de nuestro liberalismo. Fue, con todo,  una Constitución mejor que la que hoy tenemos,  para lo cual no hacen falta mucho méritos, pero harto peor que la  useña, modelo de otras que no la mejoraron.

Y ha dicho o han hecho decir también al rey:   “Es mucho lo que la causa de la libertad debe a un pueblo que decidió ser dueño de su destino y que no se doblegó ante las dificultades”. Ningún pueblo ni ninguna persona es dueña de su destino (salvo que decida suicidarse, claro). Y lo de la libertad, según lo que se entienda por ella. Está claro que el pueblo español luchaba por su libertad nacional, pero no pensaba en el liberalismo, que por entonces asimilaba mayoritariamente a los desastres y brutalidades de la Revolución francesa y de la invasión napoleónica, y veía en Fernando VII el restaurador de la legitimidad y la tradición nacionales.  Esta serie de equívocos abonó la división y la tragedia que vinieron después.

Hay que señalar también la mediocridad o cosa peor de la mayoría de nuestros liberales. Fueron capaces de vencer al carlismo –con malas artes, también hay que decirlo, véase por ejemplo la Desamortización de Mendizábal–  y tuvieron la ocasión de modernizar el país. En lugar de ello comenzaron las querellas entre facciones liberales, los pronunciamientos,  el estancamiento económico y el retroceso cultural y educativo. El siglo XIX,  ha sido el más decadente para España desde el final de la Reconquista, hasta que la Restauración abrió nuevas perspectivas, echadas nuevamente a perder por aquella mezcla de liberales exaltados y mesiánicos obreristas y separatistas que crecieron como setas después del 98.

España ha tenido dos malas suertes:  que el liberalismo viniera identificado en la mentalidad popular con una invasión foránea y el Terror de la Revolución francesa; y que los propios liberales fueran tan a menudo gente mediocre, con la mente cargada de una retórica vacua y agresiva. Parece que ello ha creado una verdadera tradición, de la que no logramos salir. (20-III-2012)

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Cabría decir que Francia ha sido la gran enemiga político-militar  de España desde el siglo XVI. Contra ella y contra el Sacro imperio mantuvo una lucha largo tiempo derrotada pero finalmente victoriosa con apoyo de protestantes, ingleses, escandinavos y en un momento dado, de la oligarquía catalana. Posteriormente España quedó parcialmente satelizada a Francia, aunque conservó el rango de gran potencia. Fue la invasión napoleónica la que dio el golpe de gracia a España como gran potencia en cualquier sentido, dejándola además internamente dividida y proclive a las guerras civiles. Solo en el franquismo logró el país una recuperación que podría inspirar, depurándola y adaptándola a circunstancias muy distintas,  una continuidad recuperadora. Pero hay que empezar por entender qué fue el franquismo.  

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El franquismo fue, como todos, un régimen de partidos, aunque se llamaran “familias”. Y, como en todos los regímenes, las rivalidades entre ellos podían resultar muy peligrosas. Aquí se explican algunos aspectos clave de la cuestión, a menudo tan  mal entendida https://www.youtube.com/watch?v=9CU7pgIaARE

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De la guerra

Según la definición canónica de Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. También podría considerarse el fracaso de la política, si conceptuamos esta como el arte de mantener los equilibrios de convivencia en las sociedades humanas. Estas, a diferencia de las sociedades animales regidas por la seguridad del instinto,  se nos presentan como un hervidero de intereses, ideas, sentimientos y hasta personalidades distintas y a menudo opuestas, por lo que la convivencia es un esfuerzo permanente, que impone la existencia del poder, un fenómeno generado por la propia naturaleza conflictiva de las sociedades humanas. La política es en ese sentido el ejercicio del poder, el cual se asienta en una violencia implícita que se supone legítima por ser mayoritariamente aceptada. Cuando la política fracasa en mantener los equilibrios sociales, la violencia se hace explícita, y unos intereses, ideas, etc., pugnan por imponerse decisivamente a los contrarios y establecer un nuevo orden del poder. Por eso la guerra es una constante en la historia humana.

Podríamos considerar la guerra como la sustitución de la política por la violencia  Sin embargo, esa sustitución solo es total en algunos casos. La política sigue existiendo en el seno de cada bando enfrentado, donde se generan tensiones y conflictos no siempre fáciles de resolver con acuerdos; y a menudo llega a imponerse en negociaciones entre los dos bandos, que eviten la aniquilación o la completa derrota de uno de ellos.

La guerra civil española se inscribe en las muchas alteraciones políticas y militares que tuvieron lugar en Europa entre 1918 y 1945, y que terminaron con la entrada  del continente en una profunda decadencia política, militar y cultural –aunque no económica–. Dentro de ese conjunto de conflictos, y si excluimos la desembocadura de todos ellos en la II Guerra Mundial, el de España es el que mayor trascendencia ha tenido y el que mayor interés bibliográfico y de todo tipo ha despertado, porque en él confluyen todos los intereses políticos y las ideologías cuyas rivalidades culminarían en la II Guerra Mundial, y desde ese punto de vista debe ser estudiado.

En una frase célebre, el pensador Ortega y Gasset afirmó que “España es el problema y Europa la solución”. La frase en sí misma es un absurdo, por decirlo suavemente, pero ha tenido y sigue teniendo enorme influencia como una consigna programática para disolver a España. Según Ortega y muchos otros intelectuales y políticos de la guerra civil, la historia de España sería una “anomalía” o una “enfermedad”, solo curable asimilándose a una “Europa” mítica, de la que no entendían mucho y a la que no habían dedicado ningún estudio serio. Lo adecuado habría sido decir: “España tiene  muchos problemas (que por cierto terminarían abocando a la guerra civil), y Europa, es decir, el resto de Europa,  tiene otros probablemente más graves ( que no se molestaban en analizar y que  terminarían en una conflagración mucho más destructiva que la española)”. Aquellos europeístas ya habían conocido la I Guerra Mundial, una advertencia muy seria, pero al parecer no les había enseñando nada.

Ochenta años después de terminada, la guerra civil sigue pesando de modo obsesionante sobre la conciencia histórica de España. La pugna continúa no solo en las ideas e interpretaciones, sino en la política, lo que es más peligroso, generando acciones y leyes de partidos y gobiernos. La causa de este hecho, que escandaliza a unos, fascina a algunos y hastía a otros, salta a la vista: aquel conflicto no ha sido aún asimilado por la sociedad, pese a la imponente bibliografía que ha engendrado, en español y otros idiomas. Y no lo ha sido porque las tergiversaciones, enfoques  ilógicos y cargados de emocionalidad  han alcanzado un volumen realmente asombroso: se ha dicho que es quizá el suceso de los años 30  sobre el que más falsedades se han contado.

   En esta maraña de datos y versiones, ¿será posible alcanzar un enfoque lo bastante veraz para disolver tal obsesión? Creemos que sí, lo cual no significa el fin de la controversia,  sino su elevación a un plano más racional y objetivo.

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