“De los recuerdos que expone usted en “Adiós a un tiempo”, los que más me impresionaron son los referidos a amigos suyos muertos, como alguno del GRAPO, Mick, el intelectual alcohólico o los dos profesores enfrentados en el Ateneo. La forma afectuosa pero sobria y contenida con que usted los recuerda, sin alharacas sentimentales, sin los tópicos que casi todo el mundo repite en esas ocasiones. Se lo comento porque acaba de fallecer el periodista Martín Prieto, y creo que fue amigo de usted, por lo menos usted lo ha citado en alguna ocasión, si mal no recuerdo, como si lo conociese. ¿No podría decir algo de él? (M.J.C.)
La verdad es que no puedo decir mucho. Traté a Martín Prieto y a su novia de entonces hace ya cuarenta años, creo que fue a raíz de una entrevista que me hicieron en Cambio 16 sobre el libro De un tiempo y de un país, que estaba a punto de salir. Por entonces él era subdirector de El País, me parece. Yo estaba aún en la clandestinidad, aunque ya no se me buscaba, pues estaba en marcha la reinserción de Rosón. No me acuerdo muy bien, pero también por entonces traté con Ludolfo Paramio, que me dijo que podía escribir en El País, que era un periódico muy abierto, o quizá me lo dijo el mismo Martín Prieto. Escribí un artículo sobre terrorismo, que estaba compuesto para salir cuando Cebrián vio mi nombre y lo apartó sin contemplaciones. A él lo que le gustaba era la ETA, para la que pedía la “salida política”, y se dedicó a divulgar “cosas extrañas” sobre mi conducta. Le contesté en una carta bastante larga, que fue publicada, y quedé contento: el espíritu demócrata y deportivo del hombre. Lo comenté algo después con Martín Prieto, que me aclaró las cosas: la carta se publicó bajo su responsabilidad, estando ausente Cebrián, lo cual le valió, a Martín Prieto, una buena regañina del prócer.
Después, nuestros contactos fueron muy esporádicos. Él evolucionó desde una postura muy “progre”, y lo último que recuerdo de él fue un artículo en que recomendaba la lectura de Los mitos de la guerra civil . Lo que puedo decir es lo que todo el mundo sabe: dedicó su vida al periodismo de opinión, escribía de manera muy expresiva, con una prosa excelente, y su evolución le valió el ninguneo del sector autodenominado progresista. Su pérdida es seguramente importante, porque en el periodismo español son muy pocos los analistas y opinadores que escapan a la vaciedad y la charlatanería.
Esto al margen, fue Ansón curiosamente, quien me permitió escribir en el ABC . A Ansón le había organizado yo una huelga en la Escuela Oficial de Periodismo cuando él era subdirector y, según decía después, perseguido por el franquismo (el director era el falangista Emilio Romero, director también del diario de los sindicatos oficiales Pueblo)Y mis artículos en ABC rara vez seguían la línea del mismo, es decir, que en este caso hubo deportividad y se lo agradezco personalmente porque yo vivía por entonces tiempos muy difíciles. No obstante, considero a Ansón y a Cebrián, desde el punto de vista político, dos personajes especialmente nefastos. Les dedico un capítulo en Los mitos del franquismo.
Tengo idea de que ha fallecido también Antonio López Campillo, de quien fui muy amigo en mi época del Ateneo, y a quien se debe parte de la inspiración de El erótico crimen. Me dijo alguien que Jiménez Losantos se había referido a él con un “en paz descanse”. Hacía también bastantes años que no le veía. En este tiempo he escrito mucho, como ustedes saben, y eso ha tenido un coste, volviéndome casi un anacoreta y perdiendo contactos y amistades. También influye mi carácter poco sociable. No es para estar orgulloso, pero, qué se le va a hacer.
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Por qué el PP es lo peor
El 11 de mayo de 2016 escribí en La Gaceta un artículo con este título, al que remito al lector (https://gaceta.es/blogs/pio-moa/pp-peor-11052016-1653-20160511-0000/ ) Algunos creen o quieren creer, que el PP ha evolucionado con Casado en la dirección correcta, próxima a VOX. La realidad es muy otra: el PP estaba perdiendo votos –es decir, cargos posibles– a chorros, por lo que en su interior se abrió una disputa sobre qué hacer, y Casado se volvió “patriota” para recuperar esos votos y hundir a VOX. Luego la alarma pareció luego infundada a muchos, y la polémica interna gira en torno a si el PP debe continuar la línea oportunista de Casado o debe volver a su papel de auxiliar de los separatismos y del PSOE (lo que llaman “centro-derecha”). Y el partido se está deshaciendo: en Vascongadas reclaman una práctica independencia, en Galicia acentúan su política proseparatista, en Andalucía hacen caso omiso de Casado… No es imposible que el PP se desmorone, lo que dejaría un vasto espacio libre para VOX.
Hay un precedente importante en la voladura de UCD por su creador, Suárez. Siempre se ha acusado a sus “barones” de aquel descalabro, pero, como analicé en La Transición de cristal, fue el propio Suárez el responsable al negarse a juntar fuerzas con Alianza Popular y mantenerse en una posición de izquierda (el muy necio quería incluso pasar a Felipe González por la izquierda), cuando el PSOE le estaba superando a ojos vistas. Ello creó en el partido un enorme descontento y confusión con el resultado sabido. Por desgracia, Fraga se empeñó después en imitar a Suárez, pero esa es otra historia.
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De Adiós a un tiempo: “Flan con nata”
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A cierta edad van siendo muchos más los recuerdos que las expectativas. Algunos días la cuesta abajo se nos hace más patente, y con cualquier motivo la memoria recupera sucesos quizá muy lejanos, como islotes que surgen de pronto con fuerza en un mar de vaguedades. Je me souviens / des jours anciens / et je pleure. O sin llanto, da igual; es la impresión de un pasado ido sin vuelta ni corrección posible.
Hace unos días fui a comer a un restaurante chino con mi mujer y mi hija. Al terminar pedí un café irlandés, y me lo trajeron con mucha nata. Mi hija había pedido un flan, y, como le gusta la nata, cogió bastante de mi copa. Al ver su flan con nata me vino a la cabeza que eso solía tomar de postre Juan Carlos Delgado de Codes. El nombre no dirá hoy nada a la mayoría, pero sonó mucho a finales de los años 70.
En marzo de 1974, tras haber pasado unos meses trabajando en los astilleros de Bilbao, volví a Madrid para integrar la comisión encargada de reorganizar la OMLE (Organización de Marxistas-Leninistas Españoles), después de unas “caídas” desastrosas. Las redadas se habían extendido a Madrid desde varias ciudades andaluzas y alcanzado a la misma dirección del grupo, parte de la cual decidió ponerse a salvo en París y en Bruselas, a fin de asegurar la continuidad en cualquier caso.
Estábamos en el comité, entre otros, Delgado y yo. Faltos de casa segura, pernoctamos durante una o dos semanas en un bajo cerca de Aluche. Había peligro de que el piso estuviera cantado a la policía, porque había sido detenida la chica que lo había alquilado, para instalar en él una multicopista, y por eso nos acercábamos con sigilo ya de noche, dormíamos sin encender la luz y evitando hacer ruidos, y lo dejábamos muy de mañana.
La mujer de Delgado también estaba detenida. Poco después alquilamos un piso en el barrio de Batán. Delgado tenía una buena documentación falsificada, y cuando fue a la agencia a firmar el contrato, el dueño resultó ser un teniente coronel de la Guardia Civil destinado en otra ciudad. Con buen criterio, decidimos seguir adelante. El piso estaba en una colonia de policías o militares, y calculamos que no nos buscarían precisamente en la boca del lobo. Vestíamos “con corrección” para no levantar sospechas, y ante el portero pasábamos por periodistas. Una ventana daba al tejado de una nave industrial o almacén, ofreciendo una posible vía de escape en caso de apuro.
No madrugábamos, y sobre las diez íbamos a desayunar a una cafetería enfrente de la estación de metro, leíamos el periódico y comentábamos las noticias. Luego, como cada cual tenía sus tareas –ya lo he contado en un libro–, nos separábamos y quedábamos para comer, a eso de las dos y media o tres, en algún restaurante de la calle Malasaña, muy cerca de la de San Bernardo: el Bolívar o La Glorieta. Siguen existiendo, y parecen haber prosperado.
Allí quedábamos también muchas veces para cenar. Pedíamos platos baratos, y la comida nos salía por unas cincuenta pesetas; algo más a él, porque acostumbraba pedir de postre flan con nata, una pequeña debilidad. Lo hacía con un leve sentimiento de culpa, por el derroche. En fin, nos hicimos buenos amigos.
Delgado, nacido en Segovia, había vivido unos años en Cádiz mientras estudiaba Náutica. Tras evolucionar hacia el marxismo, había trabajado en los astilleros, convirtiéndose en el principal dirigente de la OMLE en Andalucía. Tenía gran vitalidad e iniciativa, y un sentimiento muy romántico de la lucha revolucionaria. Un día tropezó en la calle con un antiguo compañero del bachillerato, de familia aristocrática, que sabía algo de sus andanzas, y me contó con satisfacción: “Me dijo: ‘No sabes cómo os envidio. Vosotros hacéis lo que queréis, en cambio, yo… La mujer, el trabajo…’”.
Delgado había conseguido las primeras armas de la organización después de que fracasáramos en el intento yo, Pérez Martínez y Cerdán Calixto, por orden cronológico. Las armas, o la mayoría de ellas, habían sido capturadas por la policía en las últimas redadas.
El nombre de Delgado saltaría a todos los medios de comunicación en abril de 1979, casi dos años después de mi expulsión del grupo, ya transformado en PCE(r)-Grapo. Yo vivía aún, clandestino, en una buhardilla cercana a la plaza de Lavapiés. Estaba escribiendo a máquina,
poco después de mediodía, cuando mi compañera de entonces subió de alguna compra diciendo que en la plaza había corrillos comentando un tiroteo: la policía había herido o matado a alguien, al lado de un banco. Algún atracador, pensé, pero ella venía muy nerviosa, como presintiendo algo, y puso la radio. Al poco tiempo oímos la noticia, repetida una y otra vez por los locutores a lo largo de la tarde: Delgado había muerto a manos de la policía, al intentar huir de una encerrona.
Sufrí una conmoción y una sensación de vacío y de absurdo. Para entonces empezaban solamente mis dudas sobre la bondad del marxismo como explicación del mundo y como impulsor de alguna redención humana. Pues lo peor del terrorismo –”lucha armada”, lo llamábamos– no está en los métodos, sino en los objetivos: de triunfar, convertiría a las naciones en cárceles, y así lo ha hecho una y otra vez. Y quizá peor que quien dispara, arriesgándose, es el político que, sin peligro, trata de sacar tajada del crimen, lo condena pero lo justifica, obstruye la ley y confunde a la opinión pública con mil sofismas.
Uno o dos años más tarde, ya bastante desengañado de aquellas ideas, llegué un día a Sepúlveda después de haber seguido a pie el río Duratón desde Peñafiel. En Sepúlveda hay un restaurante llamado Casa Paulino, donde habíamos comido cordero varios “revolucionarios profesionales” del PCE (r), entre ellos Delgado, a finales de 1975, poco después de la muerte de Franco. Ahora pienso si él pediría aquel día su flan con nata, pero no lo recuerdo. Bien, fui allí a comer otra vez cordero, rememorando con melancolía la anterior ocasión. Algún tiempo después localicé la tumba del viejo camarada y amigo en el cementerio de Segovia. ¿Qué hace un ateo en tales circunstancias? No iba a rezar, gesto ritual quizá consolador, de significado tan imprecisable…
Nada queda, o nada parece quedar, de aquella historia que fue el hombre, ni siquiera en la memoria, tan efímera y parcial, de quienes lo conocieron. Sólo materia orgánica en descomposición bajo la losa. ¿Y por qué alguna vez esa materia tuvo un aspecto tan distinto y obró como lo hizo? ¿Para qué? Nuestra mente sabe hacerse las preguntas, no contestarlas.
(LD, 23-12-2005)
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