Manifiesto por la libertad, la democracia y la verdad histórica

Más abajo, el manifiesto. Se trata de saber qué hacer en concreto con él. Ante todo debemos entender que, en democracia, la política consiste en gran medida en crear opinión pública, y hay que impedir que sean los demagogos quienes la monopolicen, manipulen y moldeen. Es decir, lo primero que hay que hacer es difundir masivamente, ya, el manifiesto. Cada uno puede hacerlo a sus conocidos, da igual lo que piensen, importa que empiecen a oír algo nuevo aunque no les guste. Cada uno puede difundirlo en Facebook, en tuíter y en otras redes sociales, Esto es fundamental porque las redes son un arma decisiva frente a unos medios de manipulación de masas degradados y envilecidos. Cada difusor del manifiesto cuenta mucho,  porque uno solo puede llegar así a miles, y  si los miles de oyentes de este programa, o aunque solo fuera la décima parte de ellos, lo hacen, el mensaje llegaría a millones de personas, y eso es ya una forma útil y eficaz de contrarrestar la demagogia de los totalitarios. Dejémonos de lloriqueos y quejas tontas y actuemos cada uno con nuestras posibilidades: tenemos mucha más fuerza de la que imaginamos, pero hay que darle salida práctica y organizada.

    Con una versión del manifiesto, algo reducida, recogeremos firmas de historiadores, periodistas y otros para presentarlo a la opinión pública, incluso a los medios de masas, por degenerados que estén, a fin de darle más fuerza. Estamos ante una campaña en defensa de la libertad, de la democracia y de la verdad histórica, y todos debemos sentirnos comprometidos.  La amenaza es gravísima y sobre ella no caben frivoleos.

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 Hay que reconocer que la portada es nefasta. No sé cómo la dejé colar.

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La nueva ley de memoria histórica propuesta por el PSOE, consecuencia y empeoramiento de la anterior, establece la ilegalización de cualquier asociación o fundación que sostenga puntos de vista contrarios a los de ese partido con respecto a la historia reciente de España. Y amenaza con penas de cárcel y elevadas multas a quienes sostengan opiniones o estudios favorables a la figura de Franco y a su régimen. Pretende asimismo expropiar, destruir o transformar el patrimonio histórico y artístico  procedente de aquel régimen.

   Este proyecto ataca directamente la más elemental libertad de opinión, expresión, investigación y cátedra, y ataca por ello directamente la Constitución, que en varios artículos empezando por el título preliminar establece “la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. Esa ley, de llevarse a la práctica,  anularía por completo la Constitución o lo que queda de ella.

   Es asimismo un proyecto radicalmente antidemocrático, por cuanto en ninguna democracia decide ningún partido desde el poder cuál ha sido la realidad de la historia. Esto solo ocurre en regímenes totalitarios tipo Cuba, Corea del Norte, Venezuela y similares, hacia los que quieren llevarnos los autores de ese texto inicuo.

   Y es un proyecto contra la verdad histórica como demuestra el mero hecho de que su versión quieran imponerla por la fuerza y la violencia del estado, siendo incapaces de sostenerse en un debate e investigación libre e  independiente. Sus argucias sobre la dignidad de las víctimas o igualando el franquismo al nazismo y similares son solo el envoltorio sentimental y falso de una ofensiva contra la democracia y la libertad de los españoles.

   Nos hallamos, por tanto, ante un ataque en toda regla contra las más elementales normas de convivencia social en libertad, mediante una ley de tipo bolivariano o soviético. Y ello nos obliga a plantearnos el origen ideológico de quienes pretenden tales cosas.

       Es muy preciso, por tanto, que la opinión pública conozca la ocultada historia de ese partido, hoy bastante bien estudiada, aunque todavía pocos la conozcan. Muy en breve,  en los años 30 el PSOE quiso, buscó y organizó la guerra civil, textualmente, para imponer en España un régimen de tipo soviético. La preparación de la guerra incluyó abundante uso del terrorismo. Fracasado el intento en octubre de 1934, volvió a la violencia tras  las elecciones de febrero de 1936, demostradamente fraudulentas, para destruir la legalidad republicana, con uso abundante de un terrorismo que culminó en el asesinato del líder de la oposición Calvo Sotelo; y ya durante la guerra fueron actos suyos el terror de las chekas, el envío de las reservas de oro a Moscú — haciendo de Stalin el jefe real del bando llamado republicano–  y el robo sistemático de bienes nacionales y particulares, que suscitaría luego peleas sórdidas entre sus líderes en el exilio.

  Si hay alguien responsable de la guerra civil, es el partido que ahora intenta arruinar del todo la democracia mediante la violencia del estado combinada con  lo que definió Besteiro como un “Himalaya de falsedades”. Besteiro fue el socialista demócrata que denunció los proyectos del PSOE de empujar al país a un baño de sangre, y que por eso fue aislado y calumniado en su partido. Lo dicho aquí sobre el PSOE no es un panfleto del tipo de los de la memoria histórica, subvencionados con dinero que nos obligan a pagar a todos. Es un resumen de hechos abundantemente investigados y documentados.

   Luego, durante el franquismo, el PSOE no hizo la menor oposición digna de reseña, al revés que los comunistas. Y es ahora, ochenta años después de la guerra y cuarenta de la transición a la democracia, cuando este partido intenta derrotar a aquel régimen a base de derrotar al mismo tiempo la libertad de los españoles e instalar en la sociedad los mismos odios que llevaron a la destrucción de la república.  

  El PSOE se ha venido presentando como partido democrático, cuando la verdad es que solo se ha resignado  a una democracia llegada históricamente desde el franquismo, “de la ley a la ley”. La democracia no debe nada al PSOE, sino que, al revés, ese partido debe todo a una democracia a la que en cambio  ha aportado grandes dosis de corrupción, “comprensión” hacia los separatismos y los crímenes de la ETA,  y leyes siniestras como las de  su fantástica memoria histórica.  Por falta de fuerza ha tenido que aceptar un régimen de libertades,  pero manteniendo su ideología contraria en espera de ocasión, que parece creer llegada ahora.

    Estamos, por tanto, ante un proyecto de ley orientado directamente contra los derechos de los españoles, contra las libertades más elementales y contra la verdad mejor documentada sobre nuestro pasado. Un proyecto hecho, como no podía ser menos, por un partido de historial e ideología radicalmente antidemocráticos.

   Y contra estas derivas nos toca movilizarnos muy en serio a cuantos amamos la libertad, la verdad y a España. Es preciso demostrar a los totalitarios que no somos un pueblo de borregos que se deje embaucar por su turbia charlatanería ni amedrentar por sus amenazas.

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Los manejos de Companys en París y Londres, traicionando a Azaña y a sus aliados del Frente Popular: https://www.youtube.com/watch?v=BXEMHPIlC7M

 

 

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Anglomanía, Leningrado y tal y tal…

No hay duda de que  los anglosajones son los maestros de la propaganda. Uno de sus logros consiste en presentar el inglés como “el nuevo latín”, consigna que repiten como loros todos sus paletos oficiosos en España. El inglés sería el idioma de la ciencia, de los negocios, de la música, de casi cualquier aspecto cultural relevante. Y también de  los irrelevantes de la baja cultura, desde la moda o la publicidad hasta la pornografía.

    La  consigna no puede ser más demostrativa. El latín fue el idioma de la alta cultura en Europa siglos después de que se hundiera el Imperio Romano. Y lo fue porque los nuevos idiomas nacientes resultaban por comparación  torpes y sin tradición cultural. Conforme los idiomas “vulgares” maduraron para convertirse a su vez en idiomas aptos para el pensamiento, la buena literatura, la ciencia, la política, el derecho, etc., el latín fue desplazado de modo natural. De lo que se trata ahora es, precisamente, de desplazar  a esos idiomas maduros y algunos de ellos con una enorme carga cultural detrás y reducirlos –el español en particular— a lenguas familiares, de culebrones, de folklore barato y de politiquería local. No es una superación de la barbarie, como fue el latín en su época: es precisamente lo contrario, un bárbaro arrasamiento. 

 ****Australia quiere eliminar las expresiones “antes” y “después de Cristo” Lo sustituirá por “antes y después del G” (del Gilipollas que ha tenido la idea). Posiblemente lo propongan como resultado de la afluencia de gran número de inmigrantes asiáticos. Y en su obsequio se quiere imponer la renuncia oficial a una de las raíces de nuestra cultura. La barbarie, nuevamente.

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 Viaje al frente de Leningrado (VII)   Señalaba Carlos Caballero el error habitual en muchos historiadores de la SGM al considerar el frente norte de Rusia como estacionario o de poca acción. La realidad es muy distinta: no fue menos activo y duro que  los otros. “Todo el mundo conoce las empeñadas luchas por la colina de Mamái en Stalingrado, pero la pugna por los altos de Siñávino, cerca del Ladoga, fueron mucho más duras y prolongadas”.  La diferencia estribó en que ni los alemanes ni los rusos consiguieron allí, durante varios años, avanzar más que unos pocos kilómetros, por mucho que lo intentaron, mientras que en los frentes del centro y del sur las victorias y las derrotas y las ganancias o pérdidas de terreno fueron espectaculares.  Una razón es que, como pudimos comprobar, el terreno en la zona de Leningrado y el Vóljof está cubierto de bosques y pantanos, con comunicaciones malas y estrechas. Al frente del Vóljof, en parte del cual lucharon los españoles durante muchos meses, le llamaban los alemanes “El culo del mundo” (Der Arsch der Welt) por sus características. Así, eran imposibles las  amplias maniobras y el empleo masivo de carros de combate, y la orientación de las ofensivas era fácilmente previsible para los defensores. Pero las batallas fueron allí muy cruentas y también decisivas. Las historias no suelen mencionar, por ejemplo, la batalla de Krasni Bor, en febrero de 1943, la más sangrienta de la División Azul. Pero si los soviéticos hubieran logrado romper la línea española, se habría producido una catástrofe para el frente alemán en la zona. Lo mismo ocurrió con otras ofensivas soviéticas en el Vóljof. Solo en 1944 conseguirían los rusos destruir el asedio a Leningrado.  

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 ****Dice nuestro buen Vilches en un artículo sobre el Holocausto que El negacionista y el polemista son dos figuras de seudohistoriador ya pasadas de moda. Ha ocurrido en Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia, hace un par de décadas, y aquí en España también. El debate sobre su obra se ha tornado irrelevante, y suscitan una gran indiferencia, por mucho que reiteren sus provocaciones.

 Encuentro algo pesimista al señor Vilches. No es que su afán polémico y negacionista (niega muchas evidencias sobre el franquismo, por ejemplo) suscite demasiada atención, la verdad es que solo repite tópicos trillados o falsedades  fácilmente rebatibles;  pero algún interés sí tiene, al menos como muestra del nivel de cierta historiografía con pretensiones académicas. Porque como Vilches hay muchos, no tiene por qué sentirse solo. Y, a estas alturas, nos larga como novedad la enésima repetición de lo que ya se sabe desde hace  muchísimo tiempo sobre el Holocausto. No aporta ni un dato, ni un problema…  absolutamente nada. Sin embargo él parece convencido de habernos descubierto cosas importantes. Feliz él.  

 ****Con la habitual tontería anglómana decía hace años El País que Philby engañó a Franco. A quien engañó fue al gobierno inglés y a su servicio de espionaje. A Franco le hizo un buen servicio como agente de propaganda y mereció de sobra la condecoración que el propio Caudillo le entregó.  Se ha hablado mucho de que Philby planeaba matarlo por orden de Stalin, un asunto aún oscuro. En su artículo al respecto en LD, Emilio Campmany escribe: ¿Qué interés podía tener Stalin en tal asesinato, cuando Franco no era más que el principal militar sublevado, pero en absoluto el alma del llamado Movimiento Nacional? Su muerte no habría supuesto bajo ninguna circunstancia la rendición de los sublevados, y no cabía esperar que su ausencia produjera una disminución notable de la eficacia combativa de aquéllos (…) Como escribió Oleg Gordievsky, exagente del KGB, Stalin, en España, estaba más interesado en asesinar trotskistas que en matar a Franco.

   Aquí Campmany no está tan fino como otras veces. Desde luego, eliminar al principal militar sublevado sería de lo más interesante para Stalin, un golpe realmente fuerte. Pero además Franco era, muy justamente, el alma del “llamado Movimiento Nacional”. Este fue precisamente creación suya y la orientación general, política y militar, la dio él. Claro está que los nacionales no se hubieran rendido, pero sus posibilidades de desintegrarse y de perder la guerra habrían aumentado notablemente. Y no sé si Stalin estaba más interesado en matar trotskistas que a Franco. Lo que puede decirse es que le era cien veces más fácil hacerlo con los primeros que con el segundo.

  ****Blog. La anglomanía no perdona: La superioridad material (de los aliados) se debió a la aportación estadounidense. Evidentemente la industria americana tardó en llegar a su pleno rendimiento y además luego estaba el problema de trasladar esa superioridad material al campo de batalla. Para hacer eso había que vencer primero la Batalla del Atlántico, donde enigma no tenía influencia decisiva, y una vez acumulada esa superioridad material en Inglaterra, había que realizar la complejísima y dificilísima operación de desembarco en el Continente. Por otro lado el ejército alemán comenzó la guerra con una superioridad aplastante y sus victorias continuas terminaron en noviembre de 1942 en El Alamein, aparte de su fracaso ante Moscú en 1941.

  ”Aparte de su fracaso en Moscú”. El frente del norte de África fue secundario, por decisión de Hitler, aunque pudo haber sido resolutivo para Alemania de haber empeñado desde el principio más fuerzas. El frente decisivo fue el ruso, también para los anglosajones, pues fue el que más “dividendos” les reportaba, en expresión de Churchill. En cuanto a la ventaja material, los Aliados la tuvieron siempre:  A) el ejército anglofrancés vencido en Francia era materialmente superior. Los alemanes vencieron a los ingleses reiteradamente en Grecia y Creta y en el norte de África en inferioridad material, a veces muy grande. B) A esa desventaja se unió la invasión de la URSS, llevada a cabo por los alemanes también en notable inferioridad material. C) La batalla decisiva de la guerra fue seguramente  la derrota alemana ante Moscú, que señaló el límite de sus posibilidades.  D) Las victorias soviéticas fueron logradas con menor superioridad de fuerzas que las de los anglouseños. E) Los soviéticos realizaron maniobras mucho más brillantes, y desde luego decisivas,  que las de los anglouseños. F) Pese a su superioridad material aplastante, y a su (importantísimo)  desciframiento de las comunicaciones alemanas (que en parte compartieron con la URSS) los anglouseños solo pudieron vencer porque se enfrentaban a una pequeña porción de la máquina de guerra alemana, que estaba absorbida por la URSS. G)  En la batalla del Atlántico fue muy importante el desciframiento de las claves particulares de los submarinos, lo que permitió localizar a muchos de ellos y destruirlos.

  La anglomanía es sorprendente. Y tradicional: más papistas que el papa y más anglómanos que los anglos: ante estos no acaban de cerrar la boca, de maravillados que están.

(En LD, 9-9-2011)

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Homosexualidad y homosexismo

Titula José María Marco Homófobos en libertad su artículo de réplica a uno mío. El título suena algo amenazador, supongo que sin intención. ¿Habría que privar de la libertad a quienes odian a los homosexuales? ¿Habría que cerrar Intereconomía por homófoba, como pide el sindicato homosexual? Me temo que el odio es libre y opinable, mientras no dé lugar a conductas delictivas, y no puede convertirse el mismo en un delito. La sociedad está llena de esas fobias, a la Iglesia, a España, al liberalismo, a la democracia, a la familia, a “los yanquis”, a Israel, a tantas otras. ¿Por qué habría que castigar unas expresiones de odio y otras no? Espero que mi contradictor, cuyos escritos me parecen por lo común admirables, no vaya por esa senda.

El término homofobia significa literalmente temor, o más bien odio o aversión a lo igual, pero los movimientos homosexualistas lo han convertido en odio a los homosexuales y la RAE lo ha aceptado con corrección política. Pero la RAE debiera haber añadido a la definición: “según los movimientos homosexualistas”. Incluso podría haber señalado que el término busca amedrentar y prohibir la expresión de quienes son definidos como homófobos por dichos movimientos.

A mi juicio, la homosexualidad es una desgracia y explicaré por qué, ya que Marco insiste. La sexualidad normal se establece entre hombres y mujeres, tiende a la reproducción y, quizá por ello, a una unión estable, se cumpla luego o no. Hay, claro, otras formas de sexualidad, entre ellas la homo, pero defectuosas a mi entender. En ellas el acto sexual se convierte fundamentalmente en una diversión y un placer particular, sin importar de modo especial con quién o con qué, ni implicar otros sentimientos que los derivados directamente de ese placer o diversión (por supuesto, hay parejas homosexuales muy estables y afectuosas, pero ello es bastante raro y difícil, por la propia naturaleza de la relación, el “amor estéril”). Y esta es una ideología típicamente homosexual, también feminista, impuesta desde los medios de comunicación, el poder político, la enseñanza, el cine… con efectos sociales bien visibles.

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La homosexualidad, en relación con la sexualidad normal, es una desgracia, como la cojera, la escasa inteligencia, la miopía etc. etc. Desgracias mayores o menores, nadie deja de padecer una o muchas, pero, por suerte, no son determinantes, salvo casos extremos. La vida humana se define, en gran medida, por el modo como se afrontan y superan las desgracias. Unos homosexuales superan la suya muy bien, y otros no. Para comprobar lo último basta ver la mala carnavalada del “orgullo gay”, tanto en el espectáculo innoble que dan de sí como en la pretensión de hacer de su defecto una virtud, un motivo de orgullo. Es el mundo de lo grotesco, pero que, además, intenta convertirse en norma social. En fin, una cosa es la homosexualidad y otra el homosexualismo.

Pregunta Marco si en mi trato con homosexuales “obvio cualquier referencia a esta parte fundamental, afectiva y amorosa” de esos amigos o conocidos. Por supuesto, la obvio. Su sexualidad es asunto suyo y no me interesa más allá del dato general. Por lo mismo, suelo ser muy pudoroso con respecto a mi propia vida afectiva, y me desagradan las personas que exhiben la suya más de la cuenta. Aunque admito que ello es más bien cuestión de carácter.

También, según Marco, resulta “condenable moralmente y sin remisión quien niega a alguien su condición de individuo por una condición general, en este caso una condición sexual de la que no es responsable”. En la última frase, así como en su exigencia de comprensión, revela Marco que él también considera la homosexualidad una desgracia; lo mismo con su ironía sobre “los agraciados y dichosos heterosexuales”, que, como todos sabemos, no son en principio más dichosos ni agraciados que los homosexuales. Todo el mundo tiene sus problemas, y no hace falta ironizar. Por mi parte, no niego a nadie tal condición de individuo por esto o por lo otro. Siento aversión por los manejos de las mafias rosas, por su victimismo enfermizo y exagerado, como si sus problemas fueran los más dignos de ser tomados en consideración y, peor aún, por su utilización de ese victimismo como pretexto para imponer a la sociedad su particular y en mi opinión disolvente y liberticida ideología. No por ello dejo de considerarlos personas, de otro modo no me molestaría en decir lo que pienso sobre ellos.

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Soy homófobo, naturalmente/ Asesinatos en masa

Por supuesto, no odio a los homosexuales. Tengo conocidos que lo son y no se me ocurre juzgarlos a partir de su desgracia – pues sin duda lo es–, máxime teniendo en cuenta que a todos nos toca alguna o algunas desgracias en la vida. Se dirá que eso no pasa de opinión personal mía. Cierto, pero para empezar tengo tanto derecho a ella, y a exponerla, como otros a la contraria; y por otra parte es una opinión bastante fácil de argumentar, mucho más fácil que la hispanofobia o la eclesiofobia, por ejemplo, tan en boga en este degradado país y a pesar de que la segunda, el odio a la Iglesia, ha dado lugar a uno de los episodios más sangrientos y genocidas de nuestra historia no hace tantos años.

A lo que me opongo, lo que detesto, es a que las mafias rosas traten de conseguir puestos de poder para modelar la sociedad según sus torcidos enredos teóricos y prácticos, empezando por la pretensión totalitaria de que ellas representan a los homosexuales. Los representan tanto como los comunistas a los obreros o los feministas a las mujeres, es decir, nada. Y tratan de imponer sus fraudes anulando la libertad de expresión propia de las democracias, demostrando así hasta qué punto son un peligro para ellas. Acabamos de tener un ejemplo con el ministro Sebastián, supongo que miembro de una de esas mafias rosas, que carga una enorme multa sobre un órgano de expresión y opinión porque no ha guardado el debido “respeto” a la repulsiva mamarrachada del día del orgullo gay, que además nos obligan a pagar a todos. ¡Menudo orgullo! Esa gente del “orgullo”, constantemente está injuriando, calumniando o burlándose de las opiniones y sentimientos de los cristianos, por ejemplo, pero no tolera que se la critique y ponga en su sitio, lo que se hace demasiado raramente. Tratan de meter miedo, y lo meten, a una sociedad sin rumbo moral ni idea clara de la democracia. Parece que aquí el que más grita y amenaza, “achanta” a los demás.

El término homofobia, torpe desde su propia construcción etimológica, no designa, pues, a quienes odian o temen a los homosexuales, sino a quienes odian las maquinaciones de esas mafias. Ocurre que las ideologías totalitarias inventan  vocablos-policía, con los que amedrentar a los discrepantes. Así los términos “antiobrero” o “fascista”, por parte de los comunistas, querían decir simplemente “opuestos al comunismo” –una oposición muy necesaria–, a quienes estigmatizaban como culpables y dignos de ser enviados al “basurero de la historia”. O el término “machista”, tan popularizado por los feministas, que vale para cualquier cosa y en realidad solo significa oposición a las manías feministas. Y así sucesivamente. Son maneras de sustituir el pensamiento y el argumento por el insulto conminatorio, a fin de paralizar la expresión de otras ideas que las que se pretende imponer.

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Asesinatos en masa.

Cuando el NYT se dedicó a informar (es un decir) a los useños sobre el juez prevaricador Garzón y la historia reciente de España, varias personas le enviaron una carta que el intoxicador periódico no publicó, como es –pero no debiera ser– natural. La carta recordaba los asesinatos masivos de Paracuellos y la persecución más sangrienta a la Iglesia que se recuerda como los dos casos de genocidio que se dieron en nuestra guerra civil. Pero nada se pierde del todo, y en una entrevista de ese periódico, le preguntaron a Carrillo por Paracuellos. La respuesta del personaje  no podía ser más reveladora: él no tenía autoridad sobre lo que ocurría fuera de los límites de la ciudad de Madrid. Y como no tenía tal jurisdicción, claro, no le preocupó lo más mínimo la espeluznante masacre, la mayor matanza de prisioneros de la guerra, a pocos kilómetros de la ciudad. Pero da la casualidad de que la matanza fue planificada y organizada en la misma ciudad, bajo la autoridad y dirección de Carrillo, y no existía en el extrarradio ninguna otra autoridad que pudiera contrariar la suya. Carrillo miente mucho, pero con un poco de sentido común se le descubre enseguida. Ha habido muchos intentos de disimular la responsabilidad directísima de Carrillo, también por parte de la derecha, pero fracasan todos ante los hechos conocidos y la lógica más elemental. Carrillo fue sin duda el mayor asesino en masa de la Guerra Civil, y jamás ha manifestado el menos sentimiento por ello. No pese a ello, sino precisamente por ello, es un ídolo de la izquierda y hasta de bastantes derechistas.

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Y hablando de asesinatos en masa: el presidente de la Fundación Juan XXIII, ha recordado a la tal Trinidad Jiménez, muy suavemente, que el aborto no es un derecho. Tenía que haber dicho que la destrucción de vidas humanas en gestación es una forma de asesinato. La tal Jiménez se rió con desenvoltura. Me imagino a Heydrich si alguien le hubiera dicho que matar judíos no es un derecho. Se habría reído mucho, seguro.

Y ahí tenemos al alcalde de Leganés tratando de asesino a Israel. Como toda esa patulea llamaba asesino a Aznar. Pero ¿quiénes son los asesinos?

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El poco estimulante siglo XIX

El siglo XIX fue uno de los más desastrosos de nuestra historia, y es interesante comprobar que a la dominante influencia francesa del siglo anterior se sobrepuso la influencia inglesa. Creo que no se trata de hechos anecdóticos, y que deberían dar lugar a interpretaciones y estudios.

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Afirma  César Vidal: En no escasa medida, el siglo XIX español fue un desangramiento nacional provocado por el intento –no siempre feliz– de los liberales por crear un estado moderno y la insistencia de la iglesia católica por abortar esa posibilidad.

   ¿De verdad? El poco estimulante siglo XIX español fue un regalo de la invasión napoleónica, de carácter estrictamente contrario a la Iglesia. Hubo una resistencia no solo de gran parte de la Iglesia, sino popular, a unas reformas liberales bienintencionadas aunque sin mucho talento, que el pueblo identificaba con la Revolución y la invasión pasada, y sus destrozos. Por desgracia, en la mentalidad popular el liberalismo llegó a España como un acompañamiento de dicha destructiva invasión y en parte también del brutal comportamiento (saqueos, asesinatos, violaciones, destrucción de manufacturas) de los “aliados” protestantes ingleses. Por ello el liberalismo fue una tendencia muy minoritaria que tomó auge apoyándose fundamentalmente en el ejército y en capas reducidas de la población.

   Una muy dura guerra civil resolvió el asunto a favor de los liberales (las otras dos guerras carlistas tuvieron mucha menor importancia y las ganaron también los liberales). Por consiguiente, la inestabilidad de la época procedió en parte fundamental de las discordias entre la facción liberal moderada, más fructífera,  y la extremista, ansiosa de imitar a la Revolución francesa y autora de persecuciones y matanzas de religiosos. De ahí provino la plaga de los pronunciamientos, los espadones, las conspiraciones masónicas hasta derivar a una I República desastrosa que estuvo a un paso de destruir la nación española en una triple guerra civil.

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   El antagonismo creado entre amplios sectores de la Iglesia (y del pueblo) y los liberales, entró en vías de arreglo con la Restauración, un liberalismo moderado en relación bastante buena con la Iglesia y con el Vaticano. El “desangramiento” fue así contenido. Había sectores católicos muy reaccionarios, pero minoritarios y sin influencia política, a los que don César trata de dar un protagonismo definitorio, con poco respeto a la verdad.  Y la Restauración se vino abajo precisamente por el surgimiento de mesianismos ateos o ateoides, enemigos frontales de la Iglesia. Mesianismos inspirados, en gran medida, en la propaganda protestante de la Leyenda negra.

     Creo que don César debiera matizar algo más tanto sus esquemas históricos como su admiración un tanto beata y acrítica por el protestantismo, que, aunque a don César le cueste creerlo, tiene en su haber crímenes y desastres de magnitud no desdeñable.  Sin olvidar que hay cierto abuso en  hablar de protestantismo, cuando las doctrinas de Lutero han dado lugar a decenas o cientos de iglesias enfrentadas entre sí, a menudo violentamente y cuyo único común denominador es la aversión a la Iglesia católica, única institución, si no estoy equivocado, que ha permanecido dos mil años superando a menudo crisis extremas frente a mil enemigos. Solo por este hecho debiera ser enfocada esa Iglesia con más precaución y menos “alegría” de la que suelen haber tenido sus muchos enterradores; que han solido terminar  a su vez enterrados.

 

 

  

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