Ángel Viñas vuelve con sus disparates sobre el general Balmes, contundentemente rebatidos por Moisés Domínguez. Y a este botarate fanatizado, que por cierto prosperó como funcionario de cierta categoría en la horripilante dictadura de Franco, le dan cancha en los medios. El artículo siguiente está escrito hace nueve años. Bueno, pues como si nada. Así está el nivel intelectual del país tras cuatro décadas de embuste institucionalizado por los políticos y los periodistas, y unos historiadores de medio pelo.
Decía en otra ocasión que la cuestión de la república y la guerra civil está hoy perfectamente aclarada en lo esencial, aunque siempre queden mil detalles o aspectos secundarios. Solo falta que esa aclaración trascienda debidamente a la universidad y, sobre todo, a la sociedad, puesto que la falsificación de la historia se ha convertido desde hace bastantes años en un negocio muy bien subvencionado, incluso (o más aún) en tiempos del PP. Pero todo se andará.

Una manifestación de la derrota intelectual de la izquierda es la falta de resuello de sus historiadores, hasta hace poco tan sobrados y despectivos (mi admirado Reig Tapia lleva tiempo extrañamente callado). La casi totalidad de ellos renunciaron desde el primer momento a sostener un debate, sustituyéndolo por poses despectivas, censura y argumentos de ese estilo. Pero queda el pintoresco e incombustible Ángel Viñas, que vuelve una y otra vez a la carga, movido por un fervor ideológico inasequible a los hechos y sustentado en cinco tesis fantásticas: a) que el Frente Popular era la continuación de la república del 14 de abril, b) que el Frente Popular era democrático, c) que la lucha de Franco contra el comunismo (la cruzada) es una falsedad, d) que el PCE durante la guerra estuvo subordinado a Negrín y e) que la democracia actual enlaza con el Frente Popular.
Como hoy únicamente los muy indocumentados o fanáticos ignoran que el Frente Popular no solo no continuó la república, sino que destruyó sistemáticamente su legalidad, y que ni uno solo de los partidos que lo componían era democrático, trataré aquí brevemente las tres últimas fantasías de Viñas. De siempre la propaganda izquierdista, especialmente la comunista, que ha sido la más efectiva (no hay sino pensar en la escuela del stalinista Tuñón de Lara), ha sacado mucho partido de la insistencia del franquismo en el carácter anticomunista de su lucha: ¿cómo podría ser ello posible, si en julio de 1936 los comunistas formaban un partido pequeño, secundario dentro del Frente Popular? Muy bien, pero entonces había otros partidos comunistas: el PSOE y la CNT-FAI (esta, comunista libertaria). Y quienes habían llevado la república a su peor crisis habían sido, precisamente, los socialistas (dejando a Besteiro al margen). El PSOE fue el principal organizador de la insurrección del 34, y la base real del Frente Popular hasta la reanudación de la guerra, en el 36. Era ese partido más radical e inmediatista que el PCE, pues este pensaba en una revolución un poco más aplazada. El PSOE fue el que llevó a cabo la mayor parte del terrorismo de la época, las invasiones de fincas, las huelgas salvajes (en esto le superó la CNT), el asesinato de Calvo Sotelo, y participó como el primero en los incendios esias, de registros, de centros políticos y periodísticos de la derecha, etc. Todo lo cual realizó bajo la cobertura de los gobiernos de Azaña y Casares.
Para el PSOE, la URSS de Stalin era el modelo que imitar, seguía una política típicamente marxista revolucionaria, y su agitación contribuyó poderosamente a que poco antes de julio del 36 miles de empresas quebraran y fuesen al paro cientos de miles de trabajadores, un modo excelente de favorecer a estos. Fue el PSOE, y no el PCE, el que arrojó luego al régimen en brazos de Stalin, al entregarle en condiciones inauditas el grueso de las reservas de oro del país. Y fue tan entusiasta promotor de chekas como podrían haberlo sido los propios chekistas soviéticos. Comprendo que estos hechos no preocupen a Viñas, pero él debe comprender que otros los consideremos definitorios.

Por consiguiente, cruzada o no cruzada, la lucha de Franco fue, efectivamente, contra el comunismo, sin género de duda. Pero Viñas, siguiendo la clásica propaganda comunista, sostiene que en realidad fue contra “la modernización económica, social y política de la república”. Esas modernizaciones están hoy bien estudiadas: cuando no se trató de simples disparates, se echaron a perder por el absurdo radicalismo y la demagogia que las adornaron. El pueblo tuvo sobrada experiencia de ellas en los dos primeros años de la república y, harto de tanta modernización, votó masivamente a la derecha en 1933. Algo que no perdonaron los izquierdistas, que al volver al poder en 1936, tras elecciones no democráticas, solo supieron aumentar masivamente el desempleo, el hambre, los asesinatos y los incendios, vale la pena repetirlo. Pero a muchos estas cosas siempre les han parecido síntomas de progreso revolucionario.
En cuanto a la idea de que el PCE iba “a remolque de Negrín” y de que era este quien “cortaba el bacalao”, Viñas dice haber encontrado un “informe secreto del PCE a Stalin” que refrenda ese punto de vista. Asegura que se trata de un documento “de hechos, descriptivo”, “no marxista”, que “podría haberlo escrito un militar franquista” (atribuye objetividad a estos militares). No sabe uno si admirar más la ingenuidad de Viñas o su incapacidad para un análisis mínimamente serio. El PCE hubo de rendir cuentas a Stalin, que no en vano era su verdadero jefe, y hacerlo de modo que la culpa por la derrota recayera sobre otros, pues con Stalin no se bromeaba. Así, debía presentarse a Negrín como actuando demasiado por su cuenta, para hacerle compartir la responsabilidad de la catástrofe con el resto de la izquierda, y quedar libre de ella el propio PCE. De un historiador que no sabe situar los documentos en su contexto no pueden esperarse grandes conclusiones.
Viñas parece tener la esperanza de encontrar algún documento que borre los hechos conocidos y demuestre que Franco no ganó la guerra (Preston y muchos otros ya han demostrado que no podía haberla ganado, de tan inepto como era). Yo no creo que Negrín fuera un simple juguete de los comunistas, pero sí el jefe socialista que más se identificaba con ellos y con Stalin, después de que Largo Caballero se volviera antisoviético, tras una dura experiencia. Negrín, principal autor de la entrega del oro a Moscú y de la pérdida de su control, sabía muy bien que, desde ese momento, no podía hacer nada sin la ayuda y el beneplácito soviéticos, de ahí que permaneciera en el poder, en lugar de ser desplazado como Largo Caballero o Prieto. Él fue de la mano con los comunistas porque sabía que no tenía otra opción, él mismo había quemado sus naves con la entrega del oro. ¿O cree Viñas que esa entrega no tuvo consecuencias políticas y bélicas?
Y había otra razón: el PSOE perdió durante la guerra la mayor parte de su fuerza inicial, al dividirse entre caballeristas, prietistas y negrinistas. Negrín no podía contar más que con una fracción minoritaria de su partido, y solo podía apoyarse en el PCE, que ganó en poco tiempo la hegemonía en el Frente Popular, tenía una verdadera estrategia militar y política (los demás partidos carecían de ella) y había tomado el control de la mayor parte del ejército y la policía. Sin el PCE y Stalin, Negrín no era nada, simplemente (ello aparte de que este, tan ensalzado por Viñas, tenía de demócrata lo que Stalin). Pero este análisis elemental se le escapa a nuestro brillante historiador.
¿Y qué decir del “nexo entre la II República y la democracia” actual, que él defiende? Todos sabemos cómo llegó la democracia, mediante una reforma desde el franquismo y por el franquismo, en lugar de la ruptura que proponían los partidos admiradores del Frente Popular. Pero quizá tenga algo de razón nuestro original historiador: si la acelerada involución política a que estamos asistiendo desde el 11-M sigue adelante, puede muy bien ocurrir que volvamos a la democracia que gusta a los Viñas, a los socialistas orgullosos de su revolución del 34, a los comunistas de IU y similares. Esperemos que haya una reacción a tiempo. Porque este antifranquismo es realmente el cáncer de la democracia
”El día doce de febrero recibe nuestro capitán orden de relevar a la compañía que está destacada en el “Alkazar”, posición denominada así por los alemanes en memoria de la odisea del Alcázar de Toledo. Está situada delante del río Voljof, que es la divisoria del frente y además cabeza de puente de toda la División Azul rodeada por el enemigo, a excepción del camino por el que accedemos a ella. Los restos de tres barracones completamente deshechos constituyen esta posición tan peligrosa. En los sótanos de ellos nos albergamos después de dos horas de camino, tremendamente cargados con todo el material de la compañía y gran cantidad de munición. Este recorrido lo hemos realizado con toda clase de precauciones, protegiéndonos por la derecha de la marcha la sección de asalto del regimiento, y por la izquierda dos pelotones de nuestra propia compañía. Hemos subido a la posición solamente dos seccioes de la compañía, con un total de ciento diez hombres. Lo hacemos con el equipo de asalto. Sin mantas. Los relevados nos dejan las suyas. ¡Naturalmente andaban solas propulsadas por grandes contingentes de afanípteros!
Así damos salida al convoy, desde las afueras de Nóvgorod, arrastrando varios trineos por nosotros mismos, cargados a más no poder de material, munición y leña. Una vez en la posición que ocupamos en medio de toda clase de sigilo, vemos salir a los relevados de ella. ¡ Dan verdadera pena verlos de escuálidos que estaban todos! No podía reunir peores condiciones. La mayoría de las chabolas no dan la altura de un hombre y hay qe estar dentro de rodillas, sentados o agachados siempre. Tienen estufa, pero carecen de salida de humos, que nos empezamos a tragar a todas horas. Pronto organizamos el servicio, que es brutalmente duro. Muchas horas de parapeto y tremendos puestos de escucha alrededor de toda la posición y junto a las alambradas que la rodean. Por todas partes teníamos al enemigo muy cerca de nosotros, dándonos pronto cuenta de su proximidad. Ante ello, caminamos con cautela por la trinchera, pues empezamos a tener considerable número de bajas solamente por balas perdidas (de francotiradores). El enemigo, que ha intentado atacar la posición, ha fracasado ante las alambradas, dejándose buena cantidad de cadáveres, que podemos ver a la luz del día con toda perfección.
Dentro de la posición y a la entrada de las viviendas subterráneas hay muchos restos humanos, que demuestran los combates que han tenido nuestros antecesores. Igualmente hay un pequeño cementerio, con tumbas alemanas con la consabida cruz y el casco de guerra. Poco a poco nos vamos dando cuenta de lo peligrosa que resulta y por algo la llamaron los alemanes “El Alkazar”
Sigue bajando la temperatura y ya tenemos constantemente los cuarenta bajo cero. Resulta totalmente inaguantable un cuarto de hora en el parapeto y hay que estar relevando a los centinelas continuamente en los puestos, produciéndose numerosos casos de congelación y los efectivos de los pelotones se van reduciendo considerablemente, habiendo alguno que solamente tiene la mitad de los hombres. Hay que estar continuamente vigilando a los centinelas, pues ya en alguna ocasión hemos visto alguno en su puesto con la característica sonrisa de los muertos por congelación. El día se hace cortísimo, mientras la noche es horrorosamente interminable, oscureciendo a las tres de la tarde y no amaneciendo hasta las ocho largas, teniendo siete horas de día solamente, mientras que las nocturnas son diez y siete horas que tenemos que estar incesantemente haciendo servicio de trinchera lo que supone un agotamiento enorme, ya que los ratos libres de servicio de armas los tenemos que dedicar a limpiar la trinchera de nieve , que debido a la intensidadad con que esta está cayendo tenemos muchos momentoes en que es prácticamente inaccesible el tránsito en la misma.
Además de la clase de vida que tenemos en esta inolvidable posición, fuera de ella y a un kilómetro de distancia tenemos que llegar cinco noches consecutivas cada pelotón en patrulla de escucha , ocupando tres pozos de niee, los ocho hombres que vamos en ella, a pasarnos las diecisiete horas de la noche a la intemperie.
Hasta que no nos toca el turno a nuestro pelotón, no sabemos lo duro que es esta clase de servicio. Es la primera noche y nos dan la orden adjuntando cinco supercapotes que nos faltan y ocho camuflajes, teniendo en cuenta que los supercapotes pesan unos ocho kilos. A mí me toca el fusil ametrallador que ya he dicho lo que pesa. Los demás, con su fusil individual y las cajas de munición para mi fusil, con sus correspondientes cintas que también pesan lo suyo y además cada hombre lleva seis bombas de mano. Como alimento para tan divertida velada una botella de ron alemán para entonarnos contra el frío tan horroroso que hemos de pasar.
Salimos distanciándonos unos diez metros cada hombre. En cabeza va el sargento con su metralleta. Yo, en segundo lugar y detrás conservando o procurando conservar siempre la misma distancis, los seis fusileros granaderos. Es tan tremena la nevada que apenas vislumbramos al hombre que nos antecede, pese a la corta distancia que se mantiene. Dando traspiés y a la buena de dios, tenemos que encontrar los dichosos pozos, lo que logramos después de unos cuanto porrazos y media hora de marcha, no encontrando muchas veces las huellas de los que nos antceden , por lo que se ordena reducir la distancia. Andar por la nieve resulta tan pesado como por la arena, y eso que empezamos a notar que con el frío empieza a cristalizarse la misma. Llegamos a los pozos, con palas cortas de las usadas en infantería, nos ocupamos en sacarla, pues no para de caer y nos inunda, operación que tenemos que realizar todas las noches al llegar y con máximas precauciones. Después de ello, emplazar el fusil ametrallador dando cara al enemigo, nos introducimos en los pozos, sentándonos unos frente a otros para poder observar en todas direcciones, ya que pudiera darse el caso de ver alguna patrulla en cualquier dirección, pues estamos en lo que en términos bélicos llamamos “tierra de nadie”
El objeto de este servicio es evitar infiltraciones del enemigo,. Va transcurriendo el servicio hora tras hora, sin más novedad que el rigor de la temperatura, que produce verdadero dolor en nuestras manos y pies, pese a nuestros guantes de lana. Así llega la hora de divisar el lucero que nos sirve de orientación, anunciándonos la llegada del nuevo día. El sargento da la orden de “prepárense”.
Recojo el fusil ametrallador, que veo completamente congelado, haciéndoselo ver y no pudiendo hacer uso del mismo, caso de que fuera necesario. A partir de ese momento no se llevaría más a la posición y se supliría su efecto con doble ración de bombas de mano
Sigue bajando la temperatura y a consecuencia de ello y de las nevadas, la inmensa cantidad de nieve que tenemos empieza a cristalizarse, enormemente peligroso por lo dura que se pone, lo que nos ocasiona tremendos porrazos , con alguna fractura de brazo y un herido al disparársele el fusil en la caída. Se recibe orden de picar la trinchera con los picos, lo que resulta casi inútil y muy pesado, ya que cuando se pisotea, queda nuevamente resbaladiza, produciendo un motivo más de extenuación .
Por estar tan avanzada la posición, los víveres leña y munición nos llegan mediante convoyes aprovechándose las noches oscuras , ya que este servicio nos cuesta siempre alguna baja, pues el enemigo domina con su tiro la posición. Por ese motivo hay veces que el convoy se retrasa, nos quedamos en la posición sin víveres y sobre todo sin leña. Estos retrasos han ocasionado en los moradores de la posición hambre atrasada que cada día se hace más inaguantable Hay camarada que tiene ya diez o doce kilos menos. ¡No es extraño! ¡Mucho servicio! ¡Mucho trabajo! y ¡Poca alimentación! Y sobre todo los cuarenta grados bajo cero Por ello estamos totalmente agotados.
Como hay que salir de la posición, nos vestimos nuevamente de pingüinos con el camuflaje blanco y cubrimos entre ocho hombres más de doscientos cincuenta metros, separados equidistantemente unos de otros, tumbados en la nieve , en una de las noches más frías Recibimos algunas descargas del enemigo que sin duda alguna nos observa. Las balas salpican la nieve cristalizada a nuestro alrededor, pero milagrosamente no tenemos ningún herido (…) Tengo que estar todo el tiempo que dura la descarga del convoy en la trinchera, junto a mi ametrallador, por si se divisa cualquier movimiento del enemigo Cuando se recibe la orden de regreso del convoy a retaguardia, retiro el arma del emplazamiento metiéndola en la chabola (bunker) para evitar la congelación, por lo que todas las noches, al oscurecer, se prueban los cuatro ametralladores que hay en la posición, para cerciorarnos de su exacto funcionamiento
(…)
¡Alarma en la posición! Precipitadamente vamos saliendo de las chabolas, corriendo todos a lo largo de la trinchera, al puesto de tirador que cada uno tiene asignado, calando las bayoneta como medida preventiva, pues tenemos muy cerca al enemigo y hay que estar preparado para todo lo que pueda ocurrir. Ya estamos todos en nuestro puesto, en el mayor silencio. Yo acaricio el culatín de mi fusil ametrallador, dándole buenos consejos y rogándole que no me falle. Las armas automáticas tienen más responsabilidad en una posición atacada y yo tengo mis dudas sobre su efectividad, ante el frío tan tremendo y pese al anticongelante que se le pone constantemente. Siempre tememos la congelación, sobre todo el agarrotamiento de los muelles. Afortunadamente no tenemos necesidad de usarlo. La alarma solamente consiste en un intenso fuego de artillería que se cruza por el frente , y que dura media hora aproximadamente. De nuevo, ya en la chabola, comentamos la alarma sin dejar de mano el armamento por si acabara en ataque enemigo. Pensamos que a este le cuesta moverse en la nieve igual que a nosotros, por ello tenemos catalogado nuestro frente de estabilizado.
Como descansamos muy pocas horas al día, estamos todos completamente agotados, más que nada por la falta de sueño. Entre la miseria que ya es francamente inaguantable en nuestros cuerpos (…) nos quedamos prácticamente dormidos de pie en el parapeto haciendo la guardia y sin poderlo remediar, porque cuando nos echamos en la litera con el mejor ánimo de dormir, no hay forma humana de conseguirlo. Todos tenemos sarna…”
Del testimonio de Sixto Botella, en el boletín Blau División.
(De hace unos años)
Por otra parte, la ciencia y la razón, tales como suelen ser concebidas, tienen una desagradable tendencia a socavar las normas morales, a privarlas de sentido. Un buen exponente de la actitud cientista optimista es Freud, por ejemplo, en El porvenir de una ilusión. Para él, la religión es un montaje ilusorio construido por la psique humana para calmar sus angustias más esenciales. Una vez la ciencia ha puesto de relieve su naturaleza ilusoria, la religión irá desapareciendo y siendo sustituida por la ciencia. El problema es: ¿podrá la ciencia cumplir ese papel que la religión ha tenido en las sociedades tradicionales? Freud creía que sí, que la ciencia podría proporcionar “un cierto sentido y equilibrio a la vida humana”. Con todo, Freud, que nunca fue un optimista loco, consideraba que la ciencia podría no ser tan eficaz como la religión en cuanto a proporcionar esa calma y serenidad. Pero lo sería en grado suficiente, y además no se apoyaría en una simple ilusión, por lo que valdría la pena. En definitiva, la religión sería un placebo y la ciencia una medicina real, aun si quizá no perfecta.
Pero la esperanza de la ciencia como portadora de equilibrio psíquico se ha venido abajo en estos años. Monod, en su libro El azar y la necesidad, plantea, desde un ciencismo algo desesperado, la urgencia de fundamentar la moral sobre bases científicas. Lo malo del intento es, como subraya Monod, que al haber conseguido la biología explicar plenamente –según dicen—la evolución a través del “azar y la necesidad”, prescindiendo de toda idea de finalismo, la misma idea de sentido de la vida se viene abajo. La vida humana sería el resultado de una cantidad gigantesca de mutaciones al azar a lo largo de millones de años, mutaciones que han ocurrido como pudieran no haberlo hecho, sin ninguna predeterminación ni ningún sentido. “Pero entonces ¿quién define el crimen? ¿Quién el bien y el mal? Todos los sistemas tradicionales colocan la ética y los valores fuera del alcance del hombre. Los valores no le pertenecen: ellos se imponen y es él quien les pertenece. Él sabe ahora que ellos son solo suyos y, al ser en fin el dueño, le parece que se disuelven en el vacío indiferente del universo”. Y la consecuencia es que la ciencia, lejos de calmar la angustia innata, la exacerba. En efecto, desde ese punto de vista que se presenta como científico y racional, la misma idea del valor o la dignidad de la vida humana, por ejemplo, pierden todo significado, y fenómenos como los campos de concentración nazis o el GULAG soviético se entienden bastante bien.
Por eso quizá el enfoque científico de los supuestos placebos metafísicos tendría que cambiar.
Considerar los valores como simples convenciones que se impondrían por la propaganda tiene muchos riesgos, como se sabe de antiguo. Cuando los sofistas mostraban en Atenas la relatividad y la convencionalidad de las normas, amenazando con ello la estabilidad de la polis, Aristófanes replicó en su comedia “Las nubes” exponiendo el caso de un hijo que propone que la ley autorice en adelante que los hijos peguen a los padres. Para lo cual expone varios argumentos impecablemente racionales, pero sobre todo uno: si la ley autoriza a los padres a pegar a los hijos y no a la inversa, es porque alguien lo propuso y convenció a los ciudadanos de que así fuera. ¿Acaso no es lícito que alguien venga ahora a proponer y demostrar la conveniencia de lo contrario?, venía a decir.
Y así es, si los valores son simples convenciones o tienen un carácter meramente “cultural”, como se decía en estos años, resultan en definitiva arbitrarios y pueden ser sustituidos y cambiados sin más problema. Los valores pueden ser invertidos, como quería Nietszche. Y no puede haber límite a la arbitrariedad del cambio, porque ese límite significaría reconocer alguna objetividad en los valores. Tampoco pueden apoyarse en la “conveniencia social”, por ejemplo, porque esta se puede ver desde muchos puntos de vista.
La historia reciente nos muestra que el cambio arbitrario de los valores puede tener consecuencias desastrosas. Da la impresión de que hay cierta objetividad en ellos, a pesar de sus posibilidades de cambio, y que hay, como hace decir Sófocles a Antígona, “leyes antiguas, inmutables, de los dioses, que existen desde siempre y nadie sabe a qué tiempos se remontan”.
Además, creo que todos sentimos una mezcla de vergüenza y de repulsa frente a las “inversiones de los valores”, aunque no podamos razonar con toda claridad contra ellas. Sentimos que hay valores totalmente equivocados o falsos, y que estos solo pueden imponerse mediante un envilecimiento de la gente (que la experiencia demuestra que puede lograrse a través de la propaganda). Se puede lograr un notable consenso en normas falsas, gracias a la complicidad o la cobardía de muchos, apoyada en la dificultad de rebatir racionalmente tales propuestas. En La Celestina hay un buen ejemplo de esto cuando la vieja arpía elogia ante Pármeno las inelogiables cualidades de la finada madre del muchacho, que había sido una bruja y alcahueta profesional. Con tales elogios se crea una complicidad entre los dos, que se rompe cuando Pármeno hace una observación indiscreta que pone en evidencia la falsedad del discurso de Celestina. Y esta dice para sí: “Herísteme, don Loquillo. ¿A las verdades nos andamos? Pues ahora te daré donde te duela”. Y se dedica a ensalzar todavía más desmesuradamente las fechorías de la madre de Pármeno.
Así que el problema es muy enredado. La propuesta concreta que Racionero hace para salir del atasco resulta curiosa. Él propone diez normas “en la tradición humanista occidental”, y las supone satisfactorias para los “laicos”. Son normas como “conócete a ti mismo”, “el hombre es la medida de todas las cosas”, “unidad en la diversidad”, “unión por Amor”, “el aumento de la Complejidad es deseable”, etc., una mezcla algo incoherente, en parte de origen religioso, que suena algo pintoresca.
En el proceso de conocerse a sí mismo, la razón humana puede llegar a la conclusión sartriana de que “el infierno son los demás”, idea muy racional, que resume muchas filosofías. ¿Qué conclusiones prácticas sacar? ¿Cómo conciliarlas con “unión por Amor”, suponiendo que eso signifique algo?
Racionero cree que las normas que él propone –y que en realidad no son normas casi ninguna de ellas—podrían “equipararse a cumplir los diez mandamientos de la sociedad laica”, y que podrían unirse a casi todos los diez mandamientos tradicionales (no todos, claro, porque el primero, por ejemplo, resulta inadmisible, y algunos otros, como los referidos a la moral sexual, irrelevantes para cualquier “laico” actual) Y entre unos y otros mandamientos, el señor Racionero cree que tendríamos “un cuerpo normativo suficiente para dotar de un código ético a la nueva sociedad mundial que emerge a través de las fronteras de naciones y culturas”. Esto suena a un optimismo realmente inmoderado.