Más España y más democracia

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Un programa de partido alternativo  debería girar sobre estas dos consignas: Más España y Más democracia, cada una con varios puntos claros.

 Más España:

1.Máxima importancia a una política educativa que fomente una amplia base cultural general y desarrollo de la ciencia.

2. Detener la colonización cultural por el inglés, volviéndolo a programar como lengua extranjera y no como lengua superior.

3. Neutralidad en política exterior, con salida de la OTAN y diplomacia activa a favor de la paz.

4.- Reivindicación activa de Gibraltar, con cierre de la verja en caso de negativa inglesa a devolverlo

5.- Presión dentro de la UE para volver a la colaboración económica, incluso con alianza militar pero sin ejército común y sin menoscabo de la soberanía nacional.

6.- Prohibición de partidos que busquen la disgregación de España.

 

Más democracia

1.- Ley electoral que garantice un hombre un voto, con igualdad de todos.

2.- Supresión del control político de la justicia, más recursos y agilización de los procesos,  y supresión del Tribunal Constitucional

3.-  Amplia autonomía administrativa y municipal, y supresión de la autonomía política, que permitiría suprimir innumerables parlamentos, cargos políticos parasitarios, etc. 

4.- Supresión de las subvenciones públicas, fuente de mil corrupciones, y  tope del 20% a los impuestos sobre personas físicas y jurídicas.

5.- Derogación de las tres  leyes totalitarias implantadas por el PSOE: memoria histórica, LGTBI, soberanía parlamento regional con estatutos anticonsticucionales;  e ilegalización de las terminales políticas de la ETA.   

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Ya no es tiempo de quejas

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Como dije, y como cualquiera puede ver, las elecciones convocadas por el asno solemne no han arreglado nada, y en realidad empeoran todo. Los separatistas han conseguido mayoría absoluta (70 escaños, dos más de los necesarios); los proseparatistas (PP, PSOE y Podemos) suman 28 más; y los mayores partidarios de disolver a España en la UE, es decir, Ciudadanos, consiguen 37. Ni uno solo de esos partidos defiende a España.  Ciudadanos lo parece porque al menos no es proseparatista como el PP y el PSOE.

   Casi todos los analistas, que no superan el nivel del cotilleo político ni dicen otras cosas que las que resultan obvias a un paisano en la barra de un bar, han estado hablando de “bloque constitucionalista”, una ficción más del esperpento permanente que es la política actual. Y ello por dos razones evidentes: en primer  lugar  porque la pugna no es entre Constitución y secesión, sino entre integridad de España y disgregación. Constituciones  puede haber muchas, de hecho España tiene ya una buena colección de ellas, pero Españas no puede haber muchas ni puede tolerarse que se desmembre en una especie de vuelta a la edad media, entre varios estados minúsculos, atrapados por la discordia y el resentimiento, insignificantes en el contexto internacional y objeto de las intrigas de otras potencias.  Pero  la unidad de España no la ha defendido ninguno de los partidos-mafias ni de sus delincuentes políticos. Lo más aproximado ha sido Ciudadanos, por eso ha arramblado con tantos votos, pero la defiende a condición de disolver su soberanía en lo que llaman Europa, por una mezcla de ignorancia y mala fe.

    Y por otra parte, tampoco ninguno de los farsantes partidos constitucionalistas ha defendido jamás la Constitución. Al contrario, PP y PSOE han amparado y financiado todo tipo de ilegalidades: ¿Ha sido constitucional la inmersión lingüística? ¿Ha sido constitucional la financiación de organismos destinados a atacar, ridiculizar y denigrar la idea de España, desde la escuela a los medios de masas? ¿Es constitucional el estatuto al que se quiere volver? ¿Tiene algo de constitucional la colonización cultural por el inglés promovida por todos los partidos desde la misma escuela pública? ¿Es constitucional reducir a residual e inoperante la presencia del estado en Cataluña o Vascongadas? ¿Es constitucional la continua entrega de “grandes toneladas de soberanía” a la burocracia de Bruselas? Todos estos actos y muchos otros parecidos los han realizado estos “constitucionalistas” de farsa. Si se ha llegado a la situación actual ha sido gracias a ellos.

   Hace días escribí: pase lo  que pase, el resultado de esas elecciones será un triunfo de los separatistas, porque cada vez que estos han salido del poder, sus sustitutos han continuado una política igual, incluso incrementándola, recuérdese el período del socialista Maragall y su gente.

   Toda la estrategia del actual gobierno y de los otros partidos se basa en mantener una apariencia constitucional hasta que la soberanía española quede disuelta en la UE. En disolver una realidad histórica y cultural de la enorme entidad que es España, en un proyecto difuso y cada vez más totalitario al que llaman inadecuadamente Europa Se trata de liquidar a España, sea por disgregación sea por disolución. 

   El asno solemne de la Moncloa cree que la economía lo es todo, y que la retirada de empresas de Cataluña resolvería la situación. Su necedad insondable le ha impedido ver que esa retirada ha reforzado los argumentos del “España nos roba”, y si tuviera al menos una ligera idea de historia recordaría cómo el enorme ridículo de Companys fue transformado en la enorme heroicidad de Companys, como ha pasado ahora con Puigdemont. Creía también el asno que internacionalizando el conflicto y logrando apoyo de la UE el asunto estaba resuelto. Pero es en los medios y en la opinión pública de la UE donde más puntos han ganado los separatistas, gracias a los rebuznos ocasionales del asno.

 Un punto positivo ha sido al menos el hundimiento del PP en Cataluña. Espero que le pase lo mismo en el resto de España. Y lo espero con preocupación al mismo tiempo, porque el asno solemne ha arrasado a su propio partido, en el que no hay recambio para él. Los que podrían haber significado ese recambio hace años  han venido tragando tal cantidad de bazofia política  que han quedado contaminados y ya no valen para nada.

   ¿Y fuera de ese partido? Llevo diciendo que Vox es lo más aceptable o lo menos inaceptable. Pero una alternativa debe tener discurso, programa y liderazgo, y a VOX le falta bastante para eso. Dan imagen de pobrecillos perdedores que aspiran a un solo escaño, y eso es lo peor que puede pasarle a un partido que quiere representar una alternativa a la basura política actual.

   Nada resolverán ya estos partidos que han creado enormes problemas al país y a la democracia por sus intereses particulares. Pero, en fin España es una realidad histórica y cultural tan sólida que aún no han conseguido demolerla los actuales partidos en varias décadas de atacarla conjuntamente. Aunque el daño es ya enorme. Y el tiempo de las quejas ya pasó. Es precisa la reacción popular, más organizada y amplia que la que hemos visto en semanas pasadas

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Especialización, excelencia y competitividad en Porriño, faro del mundo.

FABRICIO.- Lo que dices, ¡oh Simplicio!, demuestra que unes en tu persona la más acrisolada virtud con una profunda comprensión de los arcanos de la ciencia económica. Además, ¡ya iba siendo hora de que se reivindicase el papel de la delincuencia, tan menospreciado tradicionalmente! Ya cuando estábamos en el talego me imaginaba yo que había una gran injusticia en el trato a los delincuentes, cuando constituyen un puntal de la sociedad, generador de riqueza y empleo. Un motivo de legítimo orgullo. Haré, no obstante, una seria objeción a tus doctas consideraciones, más allá de la envidia que mencionas. Porque, ilustre Simplicio, lo más probable es que las comarcas y provincias vecinas trocasen bien pronto su envidia en emulación y si todo el país quisiera convertirse en un paraíso del sexo, el juego y la delincuencia, las ganancias se repartirían demasiado, la productividad marginal descendería muchísimo y no saldríamos de pobres. Aparte de que, si todo el mundo se ocupara de eso, ¿de qué viviríamos? ¿Qué comeríamos?

SULPICIO.- Adelantándome a nuestro envidiable Simplicio, te haré ver, preclaro Fabricio, que no tiene por qué haber envidia de otros a la riqueza que así acumularía nuestra comarca, porque el secreto de la opulencia se encuentra en la especialización. La comarca se especializaría en los negocios del sexo, el juego y el fomento y tratamiento de la delincuencia, tres líneas de desarrollo en las que podemos alcanzar la excelencia, eso salta a la vista. ¿Y qué harían los demás? Pues especializarse en otras cosas, qué sé yo: los unos en chachas que vinieran a servir en nuestros hogares, otros en la fabricación de preservativos, fustas, consoladores y utensilios diversos relacionados con el comercio sexual, otros en ruletas y aparatos varios relativos al juego, otros más allá  en útiles de videovigilancia… O en preparar comidas exquisitas que necesitaríamos, acordes con nuestra esperada y esperable opulencia… Creo que caes en un pesimismo infundado, ¡oh Fabricio! porque las posibilidades del ingenio humano son ilimitadas. No solo nos enriqueceríamos, sino que crearíamos riquezas sin fin a nuestro alrededor, de tal modo que no habría razón alguna para las envidias. ¡Especialización, caro Fabricio, especialización!

SIMPLICIO.- Sin duda tu objeción, Fabricio, no por sutil deja de estar bien fundada. Pero ya alguien del público en el debate se te adelantó, si no te ofende que te lo diga, y he aquí la respuesta del experto alcalde: “La economía moderna –nos ilustró– se basa en la competencia, y aquel que toma la iniciativa y consigue un superior grado de excelencia se lleva el gato, el euro y el dólar al agua y a su molino. Evidentemente no basta con partir de una ventaja inicial como nuestras liberadísimas féminas y nuestros varones abiertos a… a… al futuro, porque si nos dormimos en los laureles enseguida nos sobrepasarán otros más espabilados. Por tanto organizaremos la sociedad, desde el principio, en torno al negocio del sexo, con una educación ad hoc desde la infancia, desarrollaremos las más refinadas técnicas y una preparación que ríanse ustedes del turismo sexual tailandés. Difícil, me atrevo a decirlo, muy difícil será que otros alcancen nuestro nivel. Como sabemos, la economía lo es todo, lo tenemos muy claro en nuestro partido, y sabremos organizar la sociedad entera de acuerdo con este principio elemental que solo los tontos pueden poner en duda. El negocio del sexo puede proporcionarnos riqueza pletórica, y con ella la libertad y otros muchos otros pingües bienes, y ahí está la clave. ¿Quién podría oponerse, razonablemente, a tal perspectiva?”. En cuanto a ti, Sulpicio, te doy la razón en todo, quizá me dejé llevar por un fantasmal temor a la envidia: el mundo puede ser más feliz y abolir las envidias para siempre, gracias a la especialización. ¿No os llena a todos de una ilusión esperanzada?

PICIO.- ¿Y no estaban de acuerdo con eso los demás contendientes a la alcaldía?

SIMPLICIO.- Pues no, absurdamente. Como cada cual iba a lo suyo, sin tener en cuenta el bien general,  hubo mucha polémica inútil: porque está claro que el argumento del alcalde puede aplicarse a los otros dos programas.

PICIO.- Entonces, amigos, ¿tendríamos que abandonar nuestra ufana vida pastoril? ¿Deberían acabar  las actividades agrarias, la explotación e industrialización de los rosáceos granitos,  la fabricación de bien pulidos ataúdes, que tanta fama y prez han ganado para la comarca en tiempos idos más dichosos…?  ¿Tendré que abandonar mi taberna…? Solo pensarlo me hace llorar.

SIMPLICIO.- Por nada se cubren de agua tus ojos, amigo Picio, llevado de tu espíritu poético y por ende poco práctico. A nadie se va a obligar a nada. La gente mira por su interés y va a lo que más ganancia le dé, y si gana más en un burdel que fabricando ataúdes, no te quepa duda de que su propio interés le conducirá de cabeza al burdel, o a la casa de juegos o a un descansado y bien pagado empleo de carcelero, perdón, de reinsertador de personas erradas en cuanto a las leyes. Por lo que hace a tu merecidamente célebre Taberna del Bauprés, no tienes más que adecuarla a la modernidad, meter en ella vídeos porno, adaptar algunas pequeñas estancias para las placenteras y lúdicas labores de Eros, en fin, ampliar tu negocio y tus propios horizontes, añadiendo al oficio de tabernero el de madamo.

PICIO.- ¡Triste progreso, pardiez! Siento como si me envileciera.

SIMPLICIO.- Son solo tus prejuicios, admirable Picio. Tienes que liberarte de ellos, emanciparte. Lo importante en la vida es ganar dinero legalmente, y todo esto es perfectamente legal.

FABRICIO.- Mas ¿no estaremos repitiendo el cuento de la lechera? Estamos ya sintiéndonos ricachones cuando la crisis sigue haciendo estragos, a duras penas logramos vender nuestros productos lanares y ovinos y quién sabe si esas brillantes iniciativas de nuestros políticos no resultarán al final un chasco, como tantas veces. Yo, de los políticos no me fío. Con los políticos me siento como Marieta.

SALICIO ¿Marieta?

FABRICIO.- Sí, aquella del corrido o lo que sea, mejicano: Marieta /no seas coqueta /porque los hombres son muy malos / prometen /  muchos regalos / y lo que dan son puros palos. Así son los políticos.Por eso propongo que, antes de hacernos ilusiones que pueden llevarnos a penosos desengaños y desarticulaciones anímicas, adquiramos una cabal comprensión de la crisis. Como sabéis, muchos políticos no paran de hablar de la necesidad del ahorro para superar el bache , cuando, ¡por Zeus!, ya  os lo he demostrado, el ahorro no existe, es metafísicamente imposible.

MAURICIO.- ¡Ya vuelve con la misma historia!

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Joseph Pérez (IV) ¿Por qué se produjo la “pérdida de España”?

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El relato,  demasiado breve y demasiado trivial, con que J. Pérez despacha la caída del reino hispanogodo merece no obstante atención, porque resume una multitud de tópicos tan extendidos como ilógicos o tendenciosos. Pérez hace una digresión sobre árabes y bereberes, destacando que estos últimos formaban la mayoría de los invasores y olvidando que los primeros constituían el elemento dominante, y “explica” la invasión del modo más favorable a los musulmanes. Estos “derrumbaron rápida y fácilmente la superestructura política y social de la monarquía visigoda” “Parece probable que, en muchos casos, la población primitiva no hiciera nada para ayudar a los visigodos; incluso debieron de producirse en varios casos sublevaciones contra la nobleza y los terratenientes a los que probablemente consideraban opresores, sin hablar de los judíos, quienes, víctimas del odio de los últimos monarcas visigodos, acogieron a los moros como libertadores y les facilitaron la toma de varias ciudades (…) Los nuevos dueños de la tierra exigían impuestos moderados en comparación con los (…) visigodos”. Además, recoge la suposición de que los impuestos en la época española eran muy superiores a los de la época andalusí, argumento clave para explicar  “materialistamente” los hechos. Como si dijéramos que los historiadores escriben de un modo u otro según la ganancia económica que esperen obtener de sus libros (cosa cierta en más de un caso, pero que no conviene generalizar).

“Parece probable”, “probablemente”, “consideraban opresores”…  Sin apoyarse en más que un deseo de que fuera así. ¿Qué le parece al señor Pérez esta descripción de la muchísimo más rápida conquista de Francia por Alemania en la II Guerra Mundial? “Los alemanes derrumbaron con extraordinaria facilidad la superestructura política y social de la III República francesa. La población francesa no hizo nada por ayudar al gobierno y al ejército en derrota, a los que miraba como opresores y explotadores, que la sometían a impuestos excesivos cuyo fruto no percibían. Los socialistas venían propugnando de años atrás el desarme de Francia y los comunistas, resentidos con las represiones e intentos de marginarlos que habían sufrido, recibieron como libertadores a los alemanes y sabotearon los esfuerzos del ejército y las autoridades de la III República. Posteriormente, los nazis encontraron en Francia un grado muy alto de colaboración, de manera que no habrían sido expulsados de no ser por el ejército useño”. Sin duda es una descripción muy tendenciosa, pero desde luego más veraz y atenida a los hechos que los “parece” y “probablemente” con que nos ilustran tantos historiadores banales sobre las causas de la caída del reino godo.
En Nueva historia de España he recordado algunos datos que omite Joseph Pérez, y que no son baladíes:

“La “pérdida de España” dio lugar en su tiempo a especulaciones moralizantes, achacándolo a pecados y maldades que habrían socavado las bases del estado. Sentada la tesis, bastaba abundar en ella, exagerando o inventando todos los pecados precisos. En nuestra época se ha querido explicar el suceso por causas económicas o “sociales”, suponiendo un reino carcomido cuando llegaron los moros; o se ha dicho que no existió invasión, sino “implantación”, ocurrencia pueril, si bien no más que tantas hoy en boga. La tesis más extendida desde Sánchez Albornoz habla de “protofeudalización”, es decir, decaimiento de la monarquía y disgregación en territorios semiindependientes bajo poder efectivo de los magnates, tendencia acentuada a partir de Wamba. A la feudalización o protofeudalización se uniría la decadencia intelectual y moral del clero, una desmoralización popular ligada a una presión fiscal excesiva, e incluso un deseo de la población de “librarse” de una dominación oprimente.

A mi juicio, estas teorías recuerdan a las especulaciones moralistas: puesto que el reino se hundió con aparente facilidad, “tenía que” estar ya maduro para el naufragio por una masiva corrosión interna. Pero desastres semejantes no escasean a lo largo de los tiempos. Países al borde de la descomposición se han rehecho en momentos críticos frente a enemigos poderosos; y otros relativamente florecientes han sucumbido de forma inesperada. Así, en nuestro tiempo, Francia y otros países cayeron ante el empuje nacionalsocialista no en cuestión de años, sino de semanas, obteniendo los vencedores amplia colaboración entre franceses, belgas, holandeses, etc.; pero nadie sugiere que esos pueblos vivieran en regímenes carcomidos, estuviesen hartos de su democracia e independencia o deseasen que los alemanes les librasen de impuestos…

El éxito musulmán no resulta impensable: pocos años antes, los pequeños ejércitos árabes brotados del desierto habían rematado al Imperio sasánida, ocho o diez veces más extenso que España, y habían arrebatado enormes extensiones a otra superpotencia, el Imperio bizantino. En solo nueve meses habían conquistado Mesopotamia, y en la decisiva batalla de Ualaya la proporción recuerda a la del Guadalete: 15.000 muslimes vencieron a 45.000 persas, sin la fortuna, para los vencedores, de una traición a la witizana. Lo mismo cabe decir de la batalla de Kadisia o Qadisiya, donde quebró el imperio sasánida, o la todavía más desproporcionada de Nijauand. Contra la tosca idea de que la superioridad material decide las guerras y cambios históricos, la derrota del más fuerte dista de ser un suceso excepcional. La caída de España, así, no debiera chocar tanto como se pretende.

Las noticias del último período hispano- tervingio son demasiado escasas para sacar conclusiones definitivas, pero los indicios de la supuesta protofeudalización suenan poco convincentes, pues, para empezar, existieron durante todo el reino de Toledo: son factores disgregadores presentes en toda sociedad, que en la Galia — pero no en España– prevalecieron sobre los integradores. Las leyes de Wamba o Ervigio para forzar a los nobles a acudir con sus mesnadas ante cualquier peligro público sugieren una creciente independencia y desinterés oligárquico por empresas de carácter general. Pero siempre, no solo a partir de Wamba, dependieron los reyes de las aportaciones de los nobles, y con seguridad nunca faltaron roces y defecciones en esa colaboración. Tampoco hay constancia de que Wamba o los reyes sucesivos, incluido Rodrigo, encontrasen mayor escollo para reunir los ejércitos precisos ante conflictos internos o externos. Aquellas leyes, como las relativas a la traición, podrían servir de pretexto a los monarcas para perseguir a los potentados desafectos, a lo que replicaron la nobleza y el alto clero con el habeas corpus, innovación jurídica ejemplar e indicio de vitalidad, no de declive.

Durante todo el reino de Toledo persistió una pugna, a menudo sangrienta, entre los reyes y sectores de la oligarquía; pero esa pugna, causa mayor de inestabilidad, pudo haber sido más suave en la última época, y no parece agravada desde Wamba. Motivo permanente de conflicto era el nombramiento de los reyes: estos procuraban ser sucedidos por sus hijos, quitando así un poder esencial a los oligarcas, que preferían un sistema electivo que les permitiera condicionar al trono. En principio triunfaron los oligarcas ya en 633, pues el IV Concilio de Toledo estableció por ley la elección, pero solo tres de los once reyes posteriores, Chíntila, Wamba y Rodrigo, subieron al trono según esa ley. Ello podría indicar una victoria de hecho de los reyes, pero tampoco sucedió así: los demás subieron por golpe o por una herencia que nunca pasó de la segunda generación. No llegó a haber un vencedor claro en esta cambiante lucha, salvo el pasajero de Chindasvinto asentado en una carnicería de nobles.

Otro factor de putrefacción del sistema, el morbo gótico, es decir, la costumbre de matar a los reyes, descendió notablemente durante la etapa hispano-tervingia. De los catorce monarcas anteriores a Leovigildo, nueve murieron asesinados, dos en batalla y tres en paz. De los dieciocho a partir de Leovigildo solo dos fueron asesinados, Liuva II y Witerico, y justamente al principio y no al final del período, con sospechas sobre otros dos, Recaredo II y Witiza. Tres más fueron derrocados sin homicidio (Suíntila, Tulga y Wamba). La duración media de los reinados, otro dato relacionable con la estabilidad, no disminuye, sino que aumenta desde Wamba: nueve años, si excluimos a Rodrigo, que casi no tuvo tiempo de reinar, frente a siete y pico en el período anterior. Aumenta asimismo la frecuencia de los concilios en la última etapa: uno cada cuatro y pico años de promedio, en comparación con la media anterior de uno cada diez. Estos datos sugieren consolidación institucional, no tambaleo, pues los concilios suponían tanto un principio de poder representativo como un factor de nacionalización. Todo lo cual no apunta a una especial “protofeudalización”, sino más bien a lo contrario.

En cuanto a la corrupción de la jerarquía eclesiástica al compás de su creciente peso político, se aprecia en ella una considerable germanización (hasta un 40% de los cargos), posiblemente acompañada de descenso del nivel moral e intelectual (si bien documentos como Institutionum Disciplinae indican un panorama nobiliario muy distinto de la barbarie originaria). Los cánones de los últimos concilios también indican tirantez entre la oligarquía y los obispos. Los cánones condenaban la sodomía y otros vicios del clero, lo cual puede significar mucho o poco: tales vicios habían existido siempre en algún grado, y no sabemos si aumentaban o si solo se reparaba en ellos, o se los utilizaba por algún motivo político. Respecto al declive intelectual, Julián de Toledo murió en fecha tan avanzada como 690, y nunca sabremos si la posterior falta de figuras relevantes reflejaba decadencia o solo un bache pasajero.

Peso mucho más real tienen sucesos como las hambrunas y las pestes. El país parece haber entrado en un ciclo de sequías, que entonces significaban miseria, enfermedades y hambre masivas. Hubo, además, plagas de langosta no menos desastrosas. Según la crónica árabe Ajbar Machmúa, el hambre de 708-9, muy próxima a la invasión musulmana, redujo a la mitad la población de España, dato probablemente exagerado, pero indicativo de una tremenda catástrofe demográfica. Poco antes una peste importada de Bizancio casi había despoblado la Narbonense y afectado al resto. El horror impotente por estos males queda documentado en las homilías: “He aquí, hermanos nuestros, que nos heló de espanto la funesta noticia traída por los mensajeros de que los confines de nuestra tierra están ya infestados por la peste y se nos avecina una cruel muerte”. Las rogativas clamaban a Dios: “¡Aparta ya la calamidad de nuestros confines!; que el azote inhumano de la peste se alivie en aquellos que ya lo padecen y, gracias a tu favor, no llegue hasta nosotros”. No hay modo de comprobarlo, pero la población pudo bajar a menos de cuatro millones de habitantes bajo las desastrosas condiciones de la caída del Imperio romano, y no crecería mucho luego. Sí está claro que en vísperas de la invasión árabe no pudo haberse repuesto de unas catástrofes mucho más aniquiladoras que las guerras. Por esos hechos cabe explicar a su vez fenómenos como la huida, frecuente y quizá masiva, de siervos o esclavos del campo, o la “epidemia” de suicidios causados por la desesperación, referida en los cánones conciliares. A su vez se haría muy difícil la recogida de impuestos y el descontento por ellos, pese a alguna amnistía fiscal, con el consiguiente debilitamiento del estado.

Otro factor de debilidad estaría en los judíos. Las primeras disposiciones contra ellos trataban de impedirles una posición social de superioridad sobre cristianos, y hubo resistencia a medidas extremas deseadas por algún papa, pero las leyes persecutorias empeoraron con el tiempo. El XVII Concilio, en 694, solo diecisiete años antes del final del reino, aprobó las medidas más graves, exigidas por el rey Égica, molesto por el poco celo de los obispos en la persecución. Argüía el monarca la existencia de una conspiración judaica para derrocar la monarquía, informes de conversos sobre planes para destruir el cristianismo, y pretendidas rebeliones en curso en algunos países. Quizá se sabía que las comunidades hebreas de Oriente Próximo habían actuado como quinta columna de los sasánidas contra los bizantinos y luego de los árabes contra los sasánidas (en este último caso también habían obrado así las comunidades cristianas de Persia). Égica también acusó a los conversos de practicar clandestinamente su vieja fe. En consecuencia pedía reducir a todos a la esclavitud e impedirles practicar su religión, bajo penas severísimas. El concilio aceptó, de mala gana las propuestas-imposiciones regias. Estas persecuciones, si buscaban neutralizar una posible amenaza interna, exacerbaban al mismo tiempo la deslealtad de ese grupo social.

Los judíos componían una exigua minoría que habitaba barrios aparte de las grandes ciudades béticas y algunas del interior y de levante, por lo que choca la obsesión del poder hacia ellos y sus supuestas conjuras. Parte de esa aversión nacía de la riqueza de la oligarquía hebrea, que proporcionaba a esta un poder subterráneo y suscitaba envidias. Además se le consideraba el pueblo deicida, por la frase atribuida a la multitud en el juicio de Cristo: “¡Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos!”. La persistencia en su fe se miraba como una ofensa a la verdadera religión, prueba de una maldad porfiada y del deseo de vivir al margen de los demás, cuando los mismos godos arrianos habían dejado sus creencias para integrarse en las mayoritarias. A su vez, la autoconsideración hebrea como pueblo elegido, junto con la permanente repulsa y frecuente persecución sufridas, creaban un comportamiento cerrado, ya atacado por el moralista latino Juvenal: “Desprecian las leyes de Roma, estudian, observan y temen el Testamento judaico que Moisés les otorgó en un documento secreto. Sólo se confían a los de su misma religión, es decir, sólo ayudan a los que, como ellos, son circuncisos”.

¿En qué medida se aplicaron las leyes antisemitas? Las leyes, en general, no debieron de aplicarse muy estrictamente — salvo para mantener la unidad del estado– como se aprecia en las referentes a la elección de los monarcas. El grado de cumplimiento de las normas antijudías hubo de ser especialmente bajo, como revela su reiteración a lo largo de decenios. En los mismos tiempos de Égica, ya hacia el final del reino, ni siquiera se habían cumplido los primeros decretos del III Concilio prohibiendo a los judíos tener esclavos cristianos. Aun así, los decretos se aplicarían en alguna medida, y su mera existencia pesaba como una temible amenaza sobre sus destinatarios.

En fin, todos los daños mencionados, y más que pudieran aducirse, solo explicarían la caída del reino si hubieran impedido la concentración de un ejército suficiente para afrontar a Tárik, lo cual no ocurrió. Las crónicas y los historiadores están conformes en la superioridad material del ejército hispano-godo sobre el moro, y la causa determinante del desastre no fue una especial corrupción del poder o la traición hebrea, sino la de un sector de la nobleza. Aunque la ley prohibía la alianza con poderes foráneos para alcanzar el poder, este tipo de traición se dio con cierta frecuencia: un grupo visigodo buscó en 552 la ayuda de los bizantinos, los cuales aprovecharon para adueñarse de una considerable porción de la península; y la utilización de francos y de rebeldes vascones en las pugnas internas había sucedido varias veces. Por otra parte, las consecuencias decisivas de Guadalete, con la pérdida del grueso del ejército y la dificultad posterior de organizar la resistencia, apoya la idea de un estado bastante centralizado, como indica el historiador García Moreno, y no tan “protofeudalizado” como suele afirmarse.

No tienen más sentido las comparaciones con la invasión romana, cuando poblaciones independientes entre sí — e incapaces de unir sus fuerzas–, armadas y acostumbradas a la guerra, ofrecieron una resistencia a menudo heroica. La larga pax romana habían desarmado y desacostumbrado a la gente de las prácticas guerreras, como se había mostrado cuando las invasiones germánicas. Añádase la influencia del clero, pacifista y conformista con el poder, obstáculo a un espíritu de lucha en la primera etapa de desconcierto. Isidoro había definido una doctrina contradictoria, pues si por una parte rechazaba al tirano (“Serás rey si obras con justicia, en otro caso no lo serás”), por otra definía el poder como enviado por Dios y desaconsejaba la resistencia incluso a la tiranía. Y el poder se estaba trasladando a los musulmanes.

Hablar de una preferencia de la población por los invasores, como hacen algunos, no resulta más adecuado que hablar de una “preferencia” de los franceses por el dominio alemán. La magnificencia que alcanzarían más tarde el emirato y el califato de Córdoba ha creado el espejismo de que los musulmanes llegaban con una civilización superior, cuando se trataba de guerreros del desierto y de las montañas del Atlas, tan bárbaros o más que los suevos, vándalos y alanos de unos siglos antes. La exigüidad de su número, y las disputas entre ellos, les forzaron a cierta tolerancia religiosa y política inicial, pero el poder musulmán había significado en muchos lugares una hecatombe para la civilización. Pasaría algún tiempo hasta que el poder árabe adaptase logros y formas culturales de los pueblos vencidos más civilizados, fueran el persa, el bizantino o el español. Pues España –con Italia– era posiblemente el país más civilizado de Europa occidental, con tradición ya muy larga y profunda. La invasión solo pudo haber sido vista como una nueva plaga por una población que llevaba tiempo soportando muchas”.

En consecuencia, la caída de España se explica mejor por el debilitamiento del reino causada por las sequías y pestes de la época, al que se añadió  el debilitamiento de la monarquía debido al problema sucesorio. La invasión llegó en el momento más propicio para los invasores y estos supieron verlo. El que un ejército inferior en número venza a otro superior no es caso raro en la historia, y los musulmanes, precisamente, lo habían logrado en muchas ocasiones. En el de España, ello vino favorecido al máximo por la traición de un sector del ejército hispano.

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Por qué las elecciones catalanas empeorarán la situación

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Hablábamos el otro día del problema de Gibraltar como retrato de una clase política siniestra que no cesa de crear problemas que no puede ni sabe ni quiere resolver. El problema de los separatismos es básicamente el mismo: Gibraltar se ha engrandecido y convertido en un emporio de negocios sucios en beneficio de la potencia invasora, con la colaboración de una infame y servil casta política española; y los separatismos son el resultado de muchos años de apoyo a ellos y de financiación por parte de los gobiernos tanto del PSOE como del PP, que en ningún caso han defendido a España, a la que desprecian en lugar de despreciarse a sí mismos. Entre todos han creado un ambiente turbio y han fraccionado la sociedad no solo en Cataluña y Vascongadas, también en el conjunto del país. Y, por supuesto, las elecciones del jueves no van a solucionar nada, pues todo se ha convertido en una farsa esperpéntica que puede terminar en tragedia. Pase lo que pase, el resultado de esas elecciones será un triunfo de los separatistas, porque cada vez que estos han salido del poder, sus sustitutos han continuado una política igual, incluso incrementándola, recuérdese el período del socialista Maragall y su gente. Con el gobierno del PSOE dejando en residual la presencia del estado en esa región mediante un estatuto votado por una minoría, y aceptado de hecho por el PP e imitado por él en otras autonomías, después de haber molestado a cuatro millones de firmantes en contra.

Toda la estrategia del actual gobierno y de los otros partidos se basa en mantener una apariencia constitucional hasta que la soberanía española quede disuelta en la UE. Se trata de liquidar a España, sea por disgregación sea por disolución en lo que llaman Europa. Nada de eso es constitucional, y el llamado “bloque constitucionalista” es una burla sangrienta. ¿Ha sido constitucional la inmersión lingüística? ¿Ha sido constitucional la financiación de organismos destinados a atacar, ridiculizar y denigrar la idea de España, desde la escuela a los medios de masas? ¿Es constitucional el estatuto al que se quiere volver? ¿Tiene algo de constitucional la colonización cultural por el inglés promovida por todos los partidos desde la misma escuela pública? Todos estos actos y muchos otros parecidos los han defendido y defienden estos “constitucionalistas” de farsa. Por otra parte, lo que está en riesgo no es la Constitución, es España misma. Es decir, el evidentísimo proyecto de los llamados constitucionalistas consiste en disolver una realidad histórica y cultural como España en un proyecto difuso y cada vez más totalitario al que llaman inadecuadamente Europa.

España es una realidad histórica y cultural tan sólida que aún no han conseguido demolerla los actuales partidos en varias décadas de atacarla conjuntamente. Aunque el daño es ya enorme. Y el tiempo de las quejas ya pasó. Es precisa la reacción popular, más organizada y amplia que la que hemos visto en semanas pasadas.

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*¿Cómo es que está en la cárcel Junqueras y su mayor cómplice, conseguidor y financiador está libre y mangoneando el país desde la Moncloa?

*Rusia y el separatismo catalán: un enfoque:https://www.youtube.com/watch?v=gx59xOtUqLQ&t=5s …

*Cómo un deficiente mental cambió la historia de España y convirtió a sus “ideas” a todos los partidos: https://www.youtube.com/watch?v=Xs-opkHOO5g …

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