Blog I: Trump, derrota de la corrección política y crisis de la democracia useña; http://gaceta.es/pio-moa/trump-derrota-correccion-politica-crisis-democracia-usena-23012017-2027
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Hemos visto que el liberalismo excluye la religión como factor público, es decir, social, recluyéndola en la conciencia del individuo, mientras que da máxima importancia a la economía (libre mercado) en la cual se basan las libertades y el estado de derecho; libertades y derecho que en teoría no podrían existir sin libre mercado, aunque sí pueda existir, transitoriamente, libre mercado sin libertades. En gran medida, el propio estado de derecho es concebido como un auxiliar regulador de la economía de mercado, y las libertades como un producto ceñido a dicha economía, ya que en los ámbitos no económicos se consideran irrelevantes. Naturalmente el liberalismo, como el marxismo, admite diversas corrientes, pero aquí nos interesa examinar su lógica interna a partir de sus concepciones básicas, más bien que las diversas opiniones autoproclamadas liberales.
Se trata, por tanto, de una concepción netamente economicista similar a la del marxismo, aunque con consecuencias distintas. Es cierto que históricamente el liberalismo político apareció antes que el económicos pero también el mercado más o menos libre existía antes del liberalismo, y este ha adquirido su madurez y solidez precisamente como una reflexión sobre el mercado. Normalmente se emparentan las concepciones economicistas con el materialismo, pero debe observarse que el funcionamiento económico, en el plano humano, es fundamentalmente espiritual, es decir, organizado intencionalmente, mejor o peor, por la razón, y a su modo por la fe. Pero dejaremos aquí el tema.
Pasemos a examinar, por tanto, el libre mercado antes de enfocar las opciones políticas liberales. El libre mercado consiste en el intercambio de los bienes y servicios más diversos entre unos individuos y otros, sin ninguna compulsión exterior. Según una explicación bastante popular, en tales circunstancias, las ganancias de unos suponen las pérdidas de otros. Este es un evidente error, ya que a la larga los despojados no tendrían nada con lo que comerciar y los ganadores se arruinarían a su vez al no tener compradores. La crítica liberal señala que, por el contrario, un mercado libre y sin coacciones satisface a todos los participantes, es decir, todos ganan. En tal caso serían imposibles las pérdidas, cuando la evidencia más inmediata nos indica que las pérdidas y las quiebras son una constante en los intercambios comerciales. El hecho real puede exponerse más bien así: en conjunto el comercio debe beneficiar a un número suficiente de participantes como para que el mercado se sostenga o aumente, pero no todos los participantes ganan, ni mucho menos
Por otra parte, la idea de un mercado realmente libre nunca se ha plasmado en la realidad, o se ha dado solo en economías muy primitivas. En la realidad histórica de las civilizaciones, los mercados siempre han estado intervenidos en mayor o menor medida por los poderes públicos. Esto es inevitable porque los intercambios comerciales sin constricciones externas degenerarían rápidamente en el abuso de los más fuertes o más ricos sobre los más débiles. Para que ello no ocurra, el mercado deben someterse a unas reglas y estas reglas deben quedar garantizadas por la violencia del estado. Según algunos liberales, el estado no sería en realidad necesario entre “individuos adultos y autónomos”, cuya mera relación sin constricciones crearía unas normas que todos respetarían “por su propio interés”. Más adelante hablaremos de este supuesto, que choca con los hechos de modo aún más flagrante que la idea de que en el libre mercado ganan todos.
Hay además otro problema: la experiencia demuestra que, aun si en un comienzo los intercambios se dieran entre iguales, en la práctica unos irían ganando más que otros y acumulando mayor riqueza –como ocurre en la realidad—. Con lo que la riqueza iría concentrándose, y con ella el poder derivado (político y de todo género). Así, la igualdad de origen desaparecería con bastante rapidez, y contra ello no valen las invocaciones teóricas generales de que “todos deben ganar”. En la realidad encontramos que la desigualdad creciente, en riqueza y poder, causa entre grandes masas un descontento que puede estallar en rebeliones y saqueos, sobre todo en períodos de crisis económicas. Y por ello los estados, desde siempre, han debido adoptar también normas que limiten la concentración excesiva de la riqueza; y esta es la lógica, en gran medida, de la historia político-económica.
En un terreno más amplio, la lógica del mercado concebido como una relación libre y sin constricciones entre los individuos, llevada a cabo con el criterio de la ganancia, excluye por sí misma la moral. O, mejor dicho, excluye cualquier moral que no vaya relacionada con la propia ganancia y el cumplimiento de los tratos. O dicho también, sustituye la noción del bien y el mal por la de ganancia y pérdida, extendiendo a toda la actividad social la consideración del dinero como piedra de toque de la conducta o acción humana. Así, comercios como los de la droga, los relacionados con la prostitución, la venta de armas, etc., están entre los más lucrativos y que más dinero mueven del mundo, pero ello no podría ser criticado desde una lógica liberal. Esta tendencia intrínseca solo podría ser contrarrestada en mayor o menor medida por otras consideraciones morales no liberales, es decir, religiosas.
Cualquier norma moral ajena al comercio quedaría, como la religiones, reducida a la “libertad de conciencia” de cada individuo, a las ideas que el individuo libre y autónomo se forje sobre su propia conducta. Concepciones morales enormemente variadas y todas iguales, en principio, y en las que el estado no tiene derecho a intervenir, porque vulneraría la libertad individual, salvo si perturbasen las leyes dictadas para salvaguardar la lógica del mercado. Así, la moral se limitaría a la ley. Y esto se dice constantemente: cada cual puede obrar como quiera siempre que no infrinja la ley.
Sin embargo la noción de leyes moralmente injustas es tan vieja como la civilización. Para el liberalismo más consecuente, en cambio, ello no tiene sentido si las leyes están hechas siguiendo ciertos protocolos de modo que convengan a todo el mundo. Esto último es imposible. Las leyes no las hace todo el mundo ni convienen a todo el mundo. En los sistemas demoliberales actuales las hacen unas oligarquías que se suponen representativas y que nunca lo son del todo, y que a menudo logran su representatividad mediante campañas de engaños y falsas promesas. Por lo demás, las oligarquías tienden por su propia naturaleza, a favorecer intereses parciales o particulares, aunque deban estar atentas a la opinión pública para evitar motines. Opinión pública que, por otra parte, es en gran parte fabricada por las propias oligarquías.
Este proceso lo percibimos muy bien en lo que llaman “populismos”, una palabra que en realidad solo quiere definir, con matiz denigratorio, los movimientos producto del cansancio y la protesta de grandes masas ante unas práctica oligárquicas que no solo han provocado una larga y profunda crisis, sino que también chocan con gran número de concepciones religiosas, patrióticas, culturales, etc., que según la lógica liberal debían quedar encerradas en la mera conciencia individual. Trump, con demagogia típica, ha dicho que él va a devolver al pueblo el poder que le habían arrebatado unas instituciones oligárquicas manipuladoras, ladronas y embusteras. La crítica tiene mucho de cierto, pero, por supuesto, lo único que podrá hacer Trump es sustituir a la actual oligarquía por otra, y las prácticas actuales por otras, con unos resultados aún por ver.
Todo esto se explica mejor si abandonamos la carga mágica que suele tener la palabra democracia, que en sí misma es un oxímoron. El poder es siempre oligárquico y en él se produce una constante tensión entre sus intereses de grupo y los del resto del pueblo, el cual a su vez está siempre dividido en tendencias o partidos diversas.
En suma: el libre mercado, a) no supone que todos los participantes ganen, sino que un número mayor o menor de ellos pierden y a menudo se arruinan. Debe entenderse que las ruinas son parciales y solo se vuelven abrumadoras en condiciones de crisis profunda o depresión. b) Aun suponiendo su posibilidad inicial, el libre mercado tiende, por su propia dinámica, a la concentración y la desigualdad que por sí mismas reducen progresivamente la libertad y autonomía de la mayor parte de los individuos, que ganan menos o pierden. c) Necesita la intervención y regulación del estado, a menos que imaginemos un tipo de individuo capaz de comportarse automáticamente y sin constricciones según las normas del mercado, que ni siquiera tendrían que hacerse explícitas. d) Excluye toda moral que no esté relacionada con el funcionamiento del propio mercado, extiende a todos los ámbitos sociales la noción del dinero como clave orientadora, sustituye la noción de bien y mal por la de pérdida y ganancia, y reduce la moral a la ley.
Propongo debate al respecto.
El programa “Cita con la Historia” volverá en breve a Radio Inter. Para consultar los programas ya habidos: www.citaconlahistoria.es
Blog I: El caso Trump: una derrota de la corrección política y una crisis de la democracia useña: http://gaceta.es/pio-moa/trump-derrota-correccion-politica-crisis-democracia-usena-23012017-2027
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Me han reprochado algunas personas no haber escrito algo un poco “sólido” con respecto a Gustavo Bueno, recientemente fallecido. Es reproche es bastante justo, porque se trata de un intelectual muy importante que deja una herencia también importante. Lo traté muy poco, solo de pasada, pero asistía a algunas de sus conferencias y he leído algunos de sus libros y siempre me asombró su erudición muy fuera de serie en materias de pensamiento, ciencia e historia. Ello aparte, me dio cancha en su revista digital El Catoblepas para responder a algunos historiadores que por así decir me malinterpretaban. Fundamentalmente ha hecho un trabajo enorme por crear un sistema filosófico que permitiera enfocar el mundo y la sociedad de manera rigurosa a partir de unas nociones materialistas. Lo curioso es que coincidiésemos en muchas conclusiones, a pesar de que mis enfoques no son precisamente materialistas y salvando el hecho de que no me considero un filósofo profesional, como él sí lo era. Por eso me sentía algo incómodo para enjuiciarle, y por supuesto, no voy a hacerlo aquí. Hay que señalar, también de que su materialismo distaba mucho de ser dogmático, y trataba de integrar, aunque fuera parcialmente, escuelas de pensamiento que no se reconocerían como demasiado materialistas.
Me pasa con él como con Gonzalo Fernández de la Mora, un intelectual de gran fuste, que también intentó crear un sistema, el “razonalismo”, basado en una aplicación exhaustiva de la razón, pero que yo no compartiría, aunque desde luego merecería, como la obra de Bueno, debates en profundidad, si en España el ambiente intelectual no fuera tan romo y sectario.
Sin mayores pretensiones, diré aquí que en mi opinión materia y espíritu son dos abstracciones máximas, exceptuando la idea de Dios, y que la realidad se compone, si así queremos hablar, de ambas y no puede explicarse por una sola de ellas. Quizá, cuando haya estudiado más el asunto, pueda explicarlo mejor, aunque desde luego tampoco es una idea original.
Quede el dato de que Gustavo Bueno ha sido un gran intelectual y un importante filósofo español, que ha creado escuela en lo que es posible en España, y que su obra merece ser mucho más conocida y discutida de lo que es.
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Aunque dentro del liberalismo hay diversas corrientes, incluso antagónicas, todas ellas coinciden, al menos teóricamente, en cuatro puntos: libre mercado, libertades políticas, estado de derecho y estado mínimo (alguna versión predica la extinción del estado.) De ello hablaremos, pero el punto central es el primero, ya que sin él, sin el comercio libre, no serían posibles — en teoría liberal–, ni el estado de derecho, ni el estado mínimo, ni las libertades (a menudo se emplea el término más amplio de “libertad” como si esta no existiese antes del liberalismo).
En otras palabras, la economía condicionaría en gran medida, en realidad determinaría, el resto del comportamiento social. Puede interpretarse la historia humana como el desarrollo del comercio desde su casi ausencia en épocas tribales, a través de formas comerciales insuficientes, lastradas de diversos modos por otros factores (políticos, generalmente, o bien técnicos), hasta el mercado razonablemente libre del siglo XIX, con retrocesos en el XX que han provocado grandes conflictos. Una de las “grandes frases” liberales postula que cuando las mercancías no cruzan las fronteras, lo hacen los soldados. La evolución de los mercados sería el elemento crucial en la creación de riqueza, y por ello la humanidad habría evolucionado desde la miseria hasta la riqueza actual, con todas sus consecuencias de orden social, intelectual, moral y político.
Hace años hice una reseña del libro de Hayek La fatal arrogancia, que resume en gran medida su doctrina y la crítica al socialismo, y la interpreté como una forma distinta de materialismo histórico, aunque hiciese alguna alusión a la Biblia. Se denomina materialismo en este terreno a las explicaciones sociales e históricas basadas en la economía. Ello no es del todo adecuado, porque la economía es también una actividad en gran medida espiritual, aunque su objetivo sea producir bienes materiales. Pero en todo caso queda la idea de fondo: la economía es la clave interpretativa de la sociedad y de la historia
Como puede verse, hay un punto de partida común en el marxismo y el liberalismo, y sin embargo las consecuencias extraídas son completamente distintas. Para los liberales, el libre mercado es la garantía de la riqueza, y cuanto más libre y menos intervenido por poderes políticos u otros ajenos a la mera lógica mercantil, más riqueza (y libertad) proporcionará a todo el mundo o al menos a la gran mayoría, con todas las ventajas derivadas. Muchos sostienen incluso que el estado y sus normativas son imposiciones perjudiciales e innecesarias para los “adultos autónomos y libres”, a los que oprime privándolos de su libertad y autonomía. Para los marxistas, en cambio, el libre mercado es sinónimo de anarquía en la producción, provoca una polarización entre pobres y ricos, la opresión de los proletarios por los propietarios, concentración creciente de la riqueza, y crisis. En parte, los dos enfoques eran reales. En el siglo XIX aumentó extraordinariamente la riqueza de algunos países, y al mismo tiempo se extendieron unas condiciones de vida a menudo miserables y crisis económicas devastadoras. Estos últimos fenómenos eran para los liberales defectos ocasionales y superables, mientras que los marxistas los entendían como la manifestación “real” , la verdadera sustancia del sistema.
Abstrayendo un poco más, diríamos que el liberalismo parte de la idea del comercio, que se basa obviamente en la propiedad privada, mientras que el marxismo va precisamente a la raíz de la propiedad. Considerándose científico, no expresa ideas moralistas como la de “la propiedad es un robo” de los anarquistas, sino que simplemente constata que la propiedad es un dato real, que se ha adquirido históricamente muy a menudo, o incluso sistemáticamente, por la violencia y la exacción, que se ha ido desarrollando de diversas formas a lo largo de la historia . Y que en el liberalismo ha adquirido su máximo desarrollo y con él su máxima contradicción, de modo que solo “expropiando a los expropiadores” y anulando la propiedad de los medios de producción saldría el hombre de una historia esencialmente triste y oscura. También el liberalismo encuentra triste y oscura la historia humana hasta el hallazgo intelectual y la aplicación política de las leyes económicas que le permiten entrar en una era más feliz.
Pero no vamos a extendernos aquí más sobre el marxismo, pues tratamos la otra ideología, contraria aun partiendo de una misma concepción económica. Decía Marx que existen cuestiones que no llegan a clarificarse teóricamente, pero que son clarificada de todos modos por el “criterio de la práctica”. Y la práctica histórica del marxismo parece bastante concluyente.
**España e Inglaterra tras las guerras napoleónicas. Un contraste significativo: https://www.youtube.com/watch?v=jkHsMsJkW8A&t=5s
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Ud dedica su libro sobre Europa a políticos y periodistas. ¿Es irónico?
Quizá un poco irónico. Ellos son los creadores de opinión pública y profesionales del poder, y según unas críticas muy difundidas, leen poco y lo que leen lo reducen a unos cuantos tópicos vulgares. Desde luego, el rumbo de la política en España es muy poco satisfactorio, por decirlo con suavidad. España es un país tan europeísta como ignorante sobre Europa. En el fondo se trata de hispanofobia, una hispanofobia arraigada en los disparates regeneracionistas que pintaban a España como una nación enferma, frustrada, “tibetanizada”, etc., por lo que “España era el problema y Europa la solución”, como disparató Ortega. Ni Ortega ni los demás han escrito un solo libro que merezca la pena explicando lo que entendían por Europa o lo que era Europa; y lo que decían sobre España estaba muy equivocado. Después de la II Guerra Mundial, Ortega dio en Alemania unas conferencias, Meditación de Europa, un tanto pedantes y vacuas, en mi opinión. Ortega es probablemente el mayor filósofo español del siglo XX, pero en cuestiones de historia y política su especialidad fue decir tonterías o simplezas… En fin, he tratado eso en otras ocasiones y no es ahora el momento. Como sea, el europeísmo español carece de base intelectual y parte de un concepto de España denigratorio y por lo demás falseado hasta el ridículo.
¿Se supone, entonces, que ud es más inteligente y tiene la solución?
Mire, lea mi libro sobre Europa y opine sobre él sin hacer preguntas pueriles. Se trata de una investigación e interpretación cuidadosas sobre cuestiones realmente cruciales. Naturalmente sería absurdo pretender que en el libro todo quedase aclarado en una verdad absoluta. Gran parte de las cuestiones quedan solamente esbozadas, porque se trata de explorar un terreno muy poco pateado en España, y de crear un debate al respecto. Ya le he dicho que la prueba del lamentable estado intelectual del país, vamos, del páramo cultural, es la ausencia de debates o la ínfima calidad y el personalismo absurdo de los pocos que hay. Eso, en un país con tantos y tan serios problemas. Mi intención la he expuesto en otros libros, y es que, dado que mis versiones rompen los tópicos al uso, a veces de forma radical, deberían generar debate. Hasta ahora ha sido inútil y sospecho que seguirá siéndolo. Pero por decirlo que no quede.
Si ud condena el europeísmo, ¿no condenaría también a España al aislamiento?
Se lo explicaré con el ejemplo de la salida de Inglaterra de la UE. Los ingleses no tienen ese complejo lastimero y cutre que predomina entre los españoles. El inglés medio es muy nacionalista, y sus clases políticas tienen un fuerte sentimiento de su soberanía y saben mucho más de Europa y de la UE. Estiman más sus derechos, su libertad, que el plato de lentejas de la UE, al contrario que nuestros ignorantes y serviles políticos. Y corruptos, por cierto. La UE no es Europa y en gran medida es una Antieuropa. Lo es en dos sentidos al menos: en el de que ha tomado un carácter anticristiano, aunque en su origen fuera una iniciativa democristiana. El cristianismo es precisamente la base y yo diría que la sustancia cultural de Europa, aunque hoy esté en crisis por diversas razones. Y lo es en el sentido de que la UE pretende destruir las culturas nacionales forjadas en trayectorias muy complejas, de siglos, y pretende y uniformizar una especie de superpotencia con el inglés como lengua real. Esto es un peligro enorme, en particular para países como España. España ha construido en la historia un gran ámbito cultural propio, aunque en la actualidad sea muy poco productivo… La burocracia de Bruselas es un ente algo etéreo, y por otra parte muy real, y puede servir para concretar el problema, pues esa burocracia es muy poco representativa, está constantemente fabricando normas que se entrometen hasta en lo más íntimo de las personas, ordenándonos lo que debemos pensar y hasta lo que debemos sentir para poder ser considerados tolerantes, pluralistas y “europeos”. Todo ese movimiento homosexista, abortista, multiculturalista, proislámico, etc… Ah, y belicista por cierto, con actitudes matonescas, constituye de hecho la seña principal de identidad de la UE. Si España saliera de la UE, ¿se condenaría al aislamiento? Para empezar, España siempre ha estado en Europa y ha contribuido de manera muy sobresaliente a lo que entendemos por Europa. En unos períodos más que en otros, claro, porque arrastra una larga decadencia. La UE no es Europa, es un invento muy reciente y probablemente abocado al fracaso.
Pero la salida de la UE va a suponer un empobrecimiento para Inglaterra.
¿Por qué? Hay mucho mundo fuera de la UE. Y mucha Europa fuera de la UE. Y la UE también perdería mucho si intentara boicotear a Inglaterra. Se llegará a acuerdos, inevitablemente. Los ingleses han valorado más sus derechos, su soberanía, que el supuesto plato de lentejas de la UE. Le pondré otro ejemplo: frente al separatismo catalán, el argumento esgrimido por el gobierno y muchos otros es el económico: “¡Estaréis fuera de Europa! ¡Os arruinaréis!”, amenazan estos cretinos del gobierno. Pero Cataluña puede vivir y prosperar fuera de la UE, y seguiría estando en Europa, mientras que Grecia, por ejemplo, estando en la UE, está siendo concienzudamente arruinada y otros países, la misma España, padecen una crisis económica interminable. La cuestión no reside en la economía. reside en la realidad de Cataluña como parte de España, que es un hecho cultural, histórico, emocional, político, demográfico, de muchos siglos, y ese es el punto clave. Hay una potente inercia histórica, y si los separatismos todavía no han logrado sus objetivos se debe a esa inercia histórica. Y, por cierto, al legado del franquismo. Y a pesar de que los gobiernos, sean del PP o del PSOE, se han dedicado a financiar y apoyar masivamente los separatismos, estos están aún lejos de sus objetivos. Pero, vamos, como puede suponer, mi libro sobre la evolución de Europa solo toca marginalmente estos asuntos…
Permítame que insista en el tema de la UE, por su actualidad. Debe reconocer ud que la UE ha aportado una gran prosperidad y libertades a sus habitantes.
Para empezar, Europa occidental no se debe a sí misma su democracia y sus libertades. Se los debe a una intervención militar useña, muy costosa en víctimas, por cierto, aunque el resultado podemos darlo por bueno. Y su prosperidad tampoco se la debe a sí misma, sino a los incentivos del Plan Marshall y al hecho de haber podido vivir durante muchas décadas bajo el protectorado militar useño. Los países que forman el núcleo de la UE han tenido que gastar muy poco en defensa, si exceptuamos a Inglaterra, que siempre mantuvo una mentalidad imperial, a pesar de haber perdido casi todo su imperio. Diré de pasada que ha conseguido transformar ese imperio, en buena medida, en una colección de refugios o paraísos fiscales de los que obtiene beneficios extraordinarios.
Y permítame que le diga que esa deuda gigantesca, esa deuda política, económica, moral e incluso vital, que tiene la UE con Usa, no la tiene España. La neutralidad de España fue realmente vital para la victoria de los anglosajones, aunque no fuera ese el objetivo del franquismo, que más bien buscaba un acuerdo entre ellos y los alemanes contra el comunismo. El pago recibido fue el aislamiento internacional, una medida criminal que buscaba causar hambruna masiva en España. Es decir, España pudo reconstruirse con sus propias fuerzas, frente a una delictiva hostilidad exterior, y eso debe ser un gran motivo de orgullo para nosotros. Y debemos nuestra democracia a una evolución pacífica interna, no como los otros al ejército useño y sus bombardeos. Aunque tengamos una democracia en plena descomposición, como comprobamos cada día. Sin olvidar que esas democracias occidentales han apoyado al terrorismo en España hasta el mismo final del franquismo… Pero nuestros despreciables políticos adoptan una actitud servil e hispanófoba ante lo que en su ignorancia llaman “Europa”. En fin, ¿seguimos hablando de esto? Llevo años denunciándolo, un tanto en vano, y la verdad, termina cansándome…
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– Debido a problemas de emisora, “Cita con la Historia” no emite sesiones últimamente. Esperamos que el problema se resuelva en una semana o dos: www.citaconlahistoria.es
**Esta es la sesión de Cita con la Historia más visualizada en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=ply24nU0NSs&t=6s 14.700 visitas. Realmente seguimos en una especie de gueto, a pesar de todos los esfuerzos.
**Blog I: ¡No podemos continuar bajo un poder totalitario!: http://gaceta.es/pio-moa/continuar-16012017-1802
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Vemos, pues, que el liberalismo puede dirigirse abierta y violentamente contra la religión o, en otras corrientes, admitir esta a condición de anularla como fuerza o influencia pública. Por este mismo hecho, ya constituye una concepción del mundo y del hombre, pues solo desde tal concepción podría plantearse así la religión. La idea general subyacente es fundamentalmente económica, atribuyendo el sentido de la sociedad y de la vida misma al comercio. El hombre tiende a comerciar, necesita comerciar y es la ganancia resultante lo que le permite vivir y hacer lo que desee. En el reino animal, y en el mismo mundo inanimado se da no obstante una especie de economía energética que rige sus comportamientos. Por lo que respecta a la concepción social, esta es una idea racional o racionalista, y si se quiere científica, porque el dinero se puede contar, pesar y medir mientras que conceptos como la dignidad, el valor de la vida humana, la libertad, la salvación, etc., carecen de tales virtudes: son demasiado inconcretas y se escabullen entre las manos. No hay nada más concreto, en cambio, que un millón de dólares, ese es un valor perfectamente tangible. De hecho se ha universalizado prácticamente la valoración de países, sociedades e individuos en función de su riqueza.
La base de la riqueza es el comercio, concebido como libre mercado, que a su vez tira de la producción y favorece la paz, ya que beneficia a todas las partes. Incluso una propiedad adquirida por la violencia –como tantas a lo largo dela historia—solo mantiene su valor si produce bienes que puedan venderse. Más aún, el dinero sirve de medida universal, también de la dignidad o la libertad, que, como todo el mundo sabe, pueden comprarse y venderse (aun si no siempre). Hoy no se priva de la libertad a mucha gente para venderla como esclavos, pero se acepta normalmente que una parte sustancial de la vida de la mayoría se dedique, a cambio de un salario, al servicio de otros y bajo normas de otros, en trabajos que pueden ser llevaderos o agradables, pero también ingratos o degradantes. Durante el tiempo de trabajo quedan ahí muy limitados los derechos y autonomía del individuo, aunque este acepte la situación, por necesidad o por expectativas de mejora. El dinero es la clave valorativa de la misma vida personal, ya que incluso en sus horas de mayor libertad, el individuo depende de las que ha empleado al servicio de otro. Los héroes de nuestro tiempo parecen ser los empresarios más capaces o afortunados, y las catedrales son los edificios de los bancos o las grandes empresas. Así, en España se suele citar al dueño de Zara, sin importar el hecho de que esa empresa contribuya muy activamente a la colonización cultural por el inglés, no siendo, desde ese punto de vista, una empresa española.
Por tanto, la relegación tendencial de las religiones a la pura privacidad no es una simple cuestión de procedimiento, sino que encubre una concepción de la vida muy precisa. La atribución del valor y sentido de la vida (de la felicidad) al cálculo pecuniario tiene además una gran ventaja: se puede demostrar con números, cosa inaplicable a otros factores de aspecto un tanto etéreo. El dinero es, además, un valor universal pues, salvo casos excepcionales que confirman la regla, todo el mundo desea o aspira a disponer de él en abundancia, incluso los que son ya no lo necesitan por ser muy ricos. Se implica, además –idea muy extendida en el liberalismo—que en la medida en que la gente sea más rica será también más buena o bondadosa –sea eso lo que fuere—o menos agresiva, por la simple razón de que tendrá menos motivos para el robo, el asesinato y otras conductas deplorables, por molestas para el libre mercado. Además, disponer de más dinero proporcionará al individuo mayor libertad en forma de opciones de compra de bienes de todo género, desde domésticos, como alimentos o muebles, hasta intelectuales, como libros o cuadros. Los seres humanos que en épocas anteriores al liberalismo, apenas disponían de medios económicos, en la misma medida apenas serían humanos, o lo serían a un nivel muy inferior. También ocurriría en la actualidad.
Vemos, pues, que la concepción económica de la vida humana basada en el libre mercado no es un simple programa limitado a un aspecto de la actividad social (como podría serlo en una concepción religiosa), sino que implica toda una concepción de la vida y del mundo, que excluye o relativiza otras. En realidad, los teóricos liberales tratan de explicar la vida y la acción humana en función de categorías económicas basadas en el comercio, desde Adam Smith a Hayek o Friedman, aun difiriendo en algunos enfoques y detalles. Es el comercio el que hace al ser humano y explica su historia y sus aspiraciones más universales. Los tiempos en que esta supuesta verdad no había llegado a la comprensión del hombre eran por tanto tiempos ingratos, de atraso, subhumanos en sentido preciso, regidos por la violencia, la tiranía y la superstición.
Ya he señalado que en los mitos religiosos esta concepción de la vida aparece simbólicamente en diversos relatos, y con una carga negativa. Puede interpretarse así el relato de Esaú, que renuncia a sus derechos a cambio de un plato de lentejas; más profundamente en el del becerro de oro, al que encuentra Moisés convertido en objeto de adoración de los israelitas cuando él bajaba con las tablas de la ley de Dios. O, según la interpretación de Diel, en el castigo de Prometeo, símbolo de la humanidad, encadenado a la roca (a la trivialidad, la ausencia de elevación espiritual) que él ha elegido. El discurso del dinero es, sin embargo, difícil de refutar, ya que parece tener a su favor el hecho de una expansión de la riqueza en gran parte del mundo, riqueza que nadie en sus cabales rechazaría.
Es también curioso que de una concepción de base igual, es decir, económica, el marxismo extraiga conclusiones opuestas a las del liberalismo. Lo que demuestra que de unas mismas premisas la razón puede extraer conclusiones diversas. He tratado un poco esa divergencia en el libro sobre Europa y aquí lo enfocaré de otro modo, desarrollando después la lógica interna de la concepción del libre mercado, de la moral y la ley, y finalmente del “individuo adulto”.