Las guerras napoleónicas redefinieron la situación europea en profundidad. Se movilizaron enormes ejércitos de millones de soldados, algo sin precedentes, pues hasta entonces las naciones e imperios de Europa empleaban ejércitos pequeños, que solo en ocasiones especiales pasaban de 100.000 o 200.000 hombres. El número de soldados muertos en esas contiendas pudo llegar a cinco millones, incluyendo bajas de guerra y enfermos. El mapa de Europa cambió considerablemente.
Las guerras napoleónicas fueron la continuación de las guerras emprendidas por Francia a raíz de la Revolución francesa, desde 1792, y junto con estas fueron un período bélico, con intermitencias, que duró 23 años. A pesar de que Napoleón se proclamó emperador y liquidó la república, los ideales revolucionarios quedaron asociados a la marcha de los ejércitos franceses, que por otra parte contaron con gran número de tropas aliadas más o menos fieles. Napoleón aspiraba a unificar políticamente a Europa bajo la hegemonía de Francia, siendo Francia desde Luis XIV la principal potencia europea: un predominio que había durado algo más de un siglo. Naturalmente, Austria, Prusia y Rusia, así como Inglaterra y otras potencias menores, se oponían a esos planes, pero durante años fueron una y otra vez derrotadas. La paz no llegó a consolidarse nunca porque Inglaterra, que disfrutaba de superioridad naval, fomentaba una y otra vez coaliciones contra Napoleón, suministrando dinero y gran cantidad de armas, que producía en masa gracias a su revolución industrial. España pasó de aliada de Francia en un primer período a convertirse en una especie de herida incurable, que no dejaba en paz a los ejércitos napoleónicos e inspiraba resistencias de otros países, como Prusia y Rusia. Finalmente el poder de Napoleón se quebraría en Rusia, recibiendo el golpe de gracia en Waterloo.
El papel de España en estas guerras fue sobresaliente en el sentido en que lo reconoció el propio Napoleón: “Esta desdichada Guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia. Todas las circunstancias de mis desastres se relacionan con este nudo fatal: destruyó mi autoridad moral en Europa, complicó mis dificultades, abrió una escuela a los soldados ingleses… esta desdichada guerra me ha perdido”. Al revés que en otros países, el ejército español, aunque derrotado repetidamente, nunca se rindió y el movimiento popular de las guerrillas convirtió el país en un “infierno” para los franceses, a quienes obligó a dispersar sus fuerzas sin lograr un control real del territorio e impidiendo a menudo su coordinación. Inglaterra intervino con Wellesley, más tarde duque de Wellington, que después de unos primeros encuentros optó por refugiarse en Lisboa tras una fuerte línea defensiva, hasta que la situación mejoró gracias a la resistencia en el resto de España y a que Napoleón hubo de retirar tropas para la campaña de Rusia. En estas circunstancias, Wellesley pudo obtener varias victorias hasta lograr la expulsión de los franceses. La resistencia española inspiró la de otros países europeos, en particular la de Rusia, advirtiendo el zar Alejandro I a Napoleón que si invadía el país se encontraría con una situación parecida a la de España. En realidad fue mucho peor, porque de los 650000 soldados franceses y aliados que invadieron Rusia solo consiguieron volver unos 25.000. Sería allí donde efectivamente caería el poder napoleónico, en 1812, y aunque Napoleón volvió a la disputa por el centro de Europa, ya la victoria se le escaparía. Aunque aquí no vamos a tratar esta guerra de España, conviene tenerla en cuenta para entender los hechos posteriores .
La paz continental se organizó en el Congreso de Viena, entre 1814 y 1815, con la aspiración de volver en Europa a la situación anterior a la Revolución francesa. Una aspiración que no iba a cumplirse, porque los ejércitos franceses, aunque finalmente derrotados, habían llevado consigo ideologías revolucionarias que prendieron un poco por todas partes, y los intentos de mantener el Antiguo Régimen fueron fracasando en la mayoría de los países. Así, el siglo XIX vería abundantes intentonas revolucionarias de corte liberal o más o menos comunistoide o anárquica hasta la derrota de la Comuna de París en 1871, en relación con la Guerra Francoprusiana. Como he expuesto en Europa, una introducción a su historia, es por entonces cuando van tomando forma las ideologías, especie de religiones sucedáneas en general anticristianas o indiferentes al cristianismo, y que tratan de explicar el mundo, la vida y la sociedad basándose exclusivamente en la razón. Este rechazo de la fe religiosa tradicional supone sin embargo depositar la fe en nuevas entidades como la propia razón, o una Humanidad abstracta o parte de ella como el proletariado, la raza aria, el Progreso, etc. .
En relación con ello, una de las principales fuerzas entonces desatadas fueron los nacionalismos. Como sobre este término, así como sobre el de nación, ha habido y seguirá habiendo discusiones interminables, expondré lo que aquí entendemos por ellos. Nación es una comunidad cultural bastante homogénea dotada de un estado propio. Imperio es un estado sobre la base de una nación que se extiende sobre comunidades culturales diversas o sometiendo sus Estados. El nacionalismo es la idea salida de la revolución francesa que desplaza la soberanía del monarca, al que solía llamarse por eso “el soberano” y la deposita en la nación, en el pueblo. El nacionalismo es por lo tanto una doctrina democrática salida de la revolución francesa, aunque puede adoptar rasgos no democráticos. Sin embargo, las naciones son muy anteriores al nacionalismo. En Europa los países del arco atlántico, desde Escandinavia a España, pasando sobre todo por Inglaterra y Francia, son naciones desde la época de las invasiones o alta edad media. En cambio el centro y el este de Europa estaba dominado por imperios desde la Edad de supervivencia o alta Edad Media. La confusión entre nación y nacionalismo ha dado lugar a auténticos disparates como sostener que la nación española solo existe desde la Constitución de 1812, que atribuyó la soberanía a la nación. De ser así, España habría seguido sin existir, porque aquella Constitución nunca fue realmente cumplida. Los nacionalismos iban a convertirse en formidables arietes que harían difícil la vida de los imperios y terminarían por destruirlos en la I Guerra Mundial, al dotar a diversas comunidades culturales de estados propios, es decir, al convertirlas o volver a convertirlas en naciones, así Checoslovaquia, Hungría, Polonia, etc.
De las guerras napoleónicas, la gran ganadora fue Inglaterra y la gran perdedora fue España. Las dos cosas estuvieron relacionadas hasta cierto punto. Inglaterra sufrió muchas menos pérdidas humanas y materiales que el continente, y salió como la principal potencia europea y por tanto mundial. Había oficializado su dominio sobre Irlanda creando en 1801 el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, y en las contiendas con Francia aprovechó a fondo su superioridad naval, completada en la batalla de Trafalgar, para arrebatar a Holanda sus colonias y quedarse con las más estratégicas, Malaca, Ceilán y Suráfrica, que le garantizaban el dominio del comercio con Oriente y el Índico. También arrebató a los holandeses la Guyana en América y la isla Trinidad a España. En Escandinavia separó a Noruega de Dinamarca y la unió a Suecia. Esta última unión duraría algo menos de un siglo (en 1905 los noruegos decidieron separarse de Suecia. Esta movilizó a sus tropas para impedirlo, pero Londres le advirtió severamente contra cualquier iniciativa en ese sentido y Suecia tuvo que conformarse. Haciendo de necesidad virtud, se dijo que había sido una separación “civilizada”). El poderío naval inglés se volvió absolutamente incontrastable para cualquier otra potencia. En el interior de Europa, Inglaterra favoreció el equilibrio de potencias de tal manera que ninguna otra se hiciera hegemónica y pudiera amenazar la primacía inglesa. Y el Imperio inglés, en el que, como ocurría con el español, el sol no se ponía nunca, se iría convirtiendo a lo largo del siglo XIX en el más extenso de la historia, abarcando hasta un quinto de la superficie emergida. Al mismo tiempo se convirtió en el país más rico del mundo, por haber sido el primero en llevar a cabo la Revolución industrial. Tras un breve período de crisis económica de posguerra, Inglaterra no dejó de crecer, sin abandonar su posición principal en el mundo hasta que la misma empezó a ser desafiada por Alemania en Europa, y por Usa en América, ya en el último cuarto de siglo.
La época, hasta 1870, pasó por dos períodos, el de Jorge III (que se volvió loco) y Jorge IV, para pasar a la época victoriana, que se extiende desde 1837 hasta final del siglo, y que marca el apogeo de Inglaterra en todos los sentidos, no solo económico y militar, principalmente naval, sino en el cultural, con una producción científica, literaria y técnica realmente asombrosa. Fue una gran época literaria, particularmente en la novela, con Dickens, las hermanas Brontë y muchos más autores, en que aparecen o se desarrollan géneros nuevos como el policíaco o de aventuras, etc. En verdad, fue una gran época novelística en muchos otros países europeos, en especial Francia, que compite en ese terreno con Inglaterra, aunque su literatura tiene un espíritu bastante diferente, y si bien es quizá en Rusia donde adquiere una mayor profundidad.
En la ciencia se fueron sucediendo los descubrimientos en todos los órdenes, desde la medicina, con las vacunas, hasta la geología. Quizá los hitos de máxima trascendencia fueron la teoría electromagnética de Maxwell (que era escocés. Se ha dicho, exagerando, que el siglo XIX fue obra de tres escoceses, Maxwell y otros dos del siglo anterior, Adam Smith y David Hume) y no menor relevancia en otros campos tuvo la teoría de Darwin, que iba a influir enormemente no solo en el ámbito científico, sino también en el pensamiento y la filosofía en toda Europa, como base para distintas ideologías y justificación o explicación teórica del imperialismo y el racismo. La teoría de Darwin ha sido objeto de muchas críticas científicas, pero parece que las va resistiendo, aunque haya tenido que refinarse para adaptarse a nuevos descubrimientos.
La época victoriana también fue una época de un moralismo estricto que ha sido tachado de hipócrita y pacato, sobre todo en el terreno sexual, pero que se cumplía en buena medida y estaba en la base del espíritu con que se abordaron muchas mejoras sociales, como mayor derecho a la propiedad por las mujeres o, destacablemente, la abolición de la esclavitud, en la que Inglaterra fue pionera, también persiguiendo el tráfico de esclavos de otros países, a pesar de que antes había sido el país más traficante de esclavos del mundo, después de desplazar a Holanda del primer puesto. La decisión antiesclavista, basada en movimientos religiosos, fue más notable porque aquel tráfico había cimentado muchas de las grandes fortunas inglesas.
Inglaterra fue también el primer país liberal o más o menos liberal del mundo, y aquel en que ese sistema funcionó mejor, sin llegar a democratizarse hasta la I Guerra Mundial. Así como en la mayor parte de Europa los movimientos liberales dieron lugar a graves disturbios, revoluciones y guerras civiles, en Inglaterra no se pasó de disturbios más o menos recurrentes, y violencias localizadas, aunque con tendencia a aumentar hacia el final de la era victoriana, así como por la resistencia de Irlanda a sus dominadores. En líneas generales, las clases bajas respetaban mucho más que en el continente la posición superior de una aristocracia aburguesada o de una burguesía aristocratizada. Además, las colonias ofrecían una salida fácil para millones de personas que se sentían oprimidas o vivían en la pobreza en la metrópoli.
Por supuesto, aquella época de esplendor tuvo su lado más oscuro, como lo tienen todas las glorias. La colonización de nuevos territorios se acompañó a menudo de masacres y exterminio de los indígenas, y en India dio lugar a hambrunas recurrentes. El sistema social era extremadamente clasista, regido en gran medida por el dinero, las leyes eran muy rígidas y las clases altas no tenían mucho reparo en explotar de manera inmisericorde a los trabajadores, incluyendo mujeres y niños, aunque con el tiempo se fueron corrigiendo los peores abusos. La sociedad se hizo más urbana e industrial a base, en gran medida de desposeer a una masa de campesinos, no dejándoles más salida que trabajar en las fábricas o en las minas en condiciones durísimas. Uno de los sucesos más característicos en el siglo anterior y el XIX, fue lo que se llamó “limpieza de las Highlands”, en Escocia, donde fueron expulsadas decenas de miles de familias de los campos en que habían vivido desde la prehistoria, incendiando sus viviendas y matando a los que más se resistían, a fin de dedicar las tierras a pastos para las ovejas. La “limpieza” se hizo con auténtico terrorismo, y muchos lo justificaron arguyendo que la raza céltica era inferior a la anglosajona, por lo que el progreso exigía medidas como aquella.
Aun fue peor la Gran Hambruna irlandesa, entre 1845 y 1849, en la que murió directamente un millón de irlandeses y otro millón tuvo que emigrar en condiciones desastrosas, persistiendo sus efectos durante bastantes años más. La política liberal inglesa hizo que, mientras Irlanda producía gran cantidad de alimentos, estos no pudiesen llegar a los millones de hambrientos que no podían pagarlos. La raíz del problema se encuentra en la anterior invasión de Irlanda por los ingleses, que se apropiaron de las tierras fértiles reduciendo a los irlandeses a una economía se subsistencia a base de patatas. Una enfermedad de la patata causó la catástrofe, y las medidas paliativas tomadas por el gobierno inglés quedaron en una ridícula parodia al lado de la magnitud del desastre. También el extendido desprecio por la raza céltica se acompañó de la por entonces aceptada teoría de Malthus, según la cual la población crece más rápidamente que los recursos, por lo que los muertos por hambre venían a ser un remedio de la naturaleza a tan lamentable tendencia.
Creo que estos rasgos bastan para dar una idea grosso modo de la situación histórica de Inglaterra.
Por lo que respecta a España, la situación fue casi exactamente la contraria. Antes de la invasión napoleónica, España era una de las grandes potencias mundiales, la tercera o cuarta, con un imperio enorme, que había vivido, igual que la metrópoli, en una paz interna más prolongada que la mayoría de los países europeos, con la tercera flota más potente del mundo y con un relativo florecimiento cultural. Al terminar aquellas guerras el país se encontraba entre los vencedores y con un enorme prestigio moral en toda Europa, pero al mismo tiempo se encontraba literalmente devastado, siendo probablemente la nación europea que más había sufrido. Había tenido entre trescientos mil y medio millón de muertos para unos doce millones de habitantes, salía con el transporte y la economía desarticulados, en particular de la industria lanera de Castilla, liquidada la cabaña de ovejas merinas, en quiebra financiera y con la flota destruida, pues aunque la mayor parte de ella había permanecido a salvo después de Trafalgar, había quedado desatendida y pudriéndose en los puertos. Un inmenso tesoro histórico artístico, junto con archivos y bibliotecas, fue también saqueado o destruido. Y por primera vez en siglos, el país quedó internamente dividido entre tradicionalistas y liberales. La catástrofe iba a repercutir en la historia de España durante más de un siglo.
De manera que España fue realmente la gran perdedora de aquellas contiendas, que truncaron la evolución anterior del país. No menos desastrosa fue la extrema mediocridad demostrado por la clase política y, en general, por la clase superior, gran parte de la cual había colaborado con los invasores franceses, mostrando otro sector un extremado servilismo hacia Inglaterra y una incapacidad total para sacar provecho de su posición de teórica vencedora. En el Congreso de Viena, el enviado español marqués de Labrador, demostró una ineptitud extrema, sirviendo de irrisión a los demás representantes. El propio Wellington lo había caracterizado como “el hombre más estúpido que he conocido”.
Estas circunstancias favorecieron el antiguo designio inglés de convertir el Imperio español en una especie de colonia económica, dominando su comercio y sus finanzas. Poco antes de intervenir en España contra Francia, Wellington había estado a punto de atacar por tercera vez el Río de la Plata. En 1806 y 1807 los ingleses ya habían intentado adueñarse de los territorios españoles de la actual Argentina y Uruguay, pero habían sido derrotados. Cuando se produjo la sublevación popular de 1808 contra los franceses, Wellington se encaminó a España, convirtiéndose Inglaterra, así, de pronto en país aliado. La propia España pasó de actuar como aliado sometido a Napoleón a convertirse en pesadilla para este.
La conducta inglesa en España distó mucho corresponder a un aliado leal. Sus tropas cometieron saqueos, asesinatos y destrucciones como en territorio enemigo, ayudando así a la devastación general. Dados sus fracasos y derrotas en el intento de apoderarse directamente de Hispanoamérica, Londres aprovechó el desbarajuste español para actuar a través de agentes como Miranda, a través de la masonería y apoyando a los criollos que aprovechando la guerra en España intentaban independizar los territorios hispanos. En el Congreso de Viena, el delegado español intentó que los demás países vencedores apoyaran a España contra los rebeldes, pero Inglaterra obstruyó la iniciativa, por sus evidentes designios, y las demás potencias se mostraron indiferentes.
Por lo tanto, a los estragos de la guerra en la metrópoli se añadieron las guerras en América. Estas guerras fueron mayormente civiles, ya que España apenas estaba en condiciones de mandar refuerzos, y los más numerosos que pudo haber enviado fueron saboteados por la sublevación de Riego en Andalucía, probablemente orquestada por la masonería. La acción de Riego y otras rebeliones en la península determinaron finalmente la victoria de los independentistas, a su vez ayudados por Inglaterra incluso con el envío de tropas. España, así, se encontraba empobrecida, endeudada, semidesarticulada y con pérdida de la mayor parte de su imperio. Era la peor situación en que se veía envuelta desde el reinado de Enrique IV, previo a los Reyes Católicos, aunque en esta ocasión no surgieron figuras como las de aquellos reyes.
Peor todavía que aquella serie de desastres fue la mencionada división interior del país entre los liberales y los tradicionalistas o absolutistas. El liberalismo había llegado a España identificado con la invasión francesa, con sus destrucciones, injurias a la Iglesia católica, etc., y con la acción de unos aliados ingleses no muy beneficiosos. Por ello una mayoría de la población aspiraba a volver al absolutismo monárquico, que tampoco respondía a una tradición española, sino más bien francesa. Parte de los liberales elaboraron una Constitución a imitación de la de Usa, aunque más farragosa, y que trataba de asentarse en tradiciones españolas de la época de los Austrias y de la Escuela de Salamanca. Sin embargo la reacción popular se volcó mayoritariamente con el rey Fernando VII, cuya conducta deplorable con Napoleón era ignorada. Aquel rey ha pasado a la historia como uno de los peores que ha tenido España, pero la realidad es que los liberales que luchaban contra él no eran mejores. Tras imponer al rey la Constitución, que nunca llegaría a funcionar debidamente, la algarabía del Trienio liberal dio paso a la invasión de los llamados Cien Mil hijos de San Luis, que acabaron con el experimento. La tensión entre liberales y absolutistas se mantuvo y a la muerte del rey estalló en una nueva y ruinosa guerra civil que duró siete años, entre 1833 y 1840, que causó muchos más muertos en proporción que la guerra civil de 1936.
La guerra trajo consigo hechos como la Desamortización de Mendizábal, que volvió a ocasionar tremendos daños al patrimonio histórico-artístico, y expulsó de las tierras eclesiásticas y otras a gran número de campesinos, creando bandolerismo y mendicidad masiva. También fueron los liberales los que comenzaron las represalias sobre familiares de sus enemigos, fusilándolos, lo que dio al conflicto un carácter especialmente cruel. Podemos decir que fue una lucha entre quienes trataban de mantener un régimen ya anacrónico, y quienes querían modernizar al país sin estar, ni de lejos, a la altura de la tarea.
La victoria liberal no dio paso a un período de paz creativa. Los liberales, divididos en dos facciones, moderada y exaltada, se disputaron el poder mediante pronunciamientos militares (en su mayoría de la facción más izquierdista), organizaron matanzas de curas, y finalmente desembocaron en una I República literalmente demencial, hasta que la Restauración puso bastante orden en el país.
Con todo, así como Inglaterra vivió un período de apogeo y gloria, con un lado siniestro, España vivió una periodo siniestro, con partes más positivas: la Bolsa se fundó con Fernando VII, la Ley Moyano intentó superar el analfabetismo mayoritario y regularizar la enseñanza, las ciudades se desarrollaron poco a poco y se modernizaron, comenzó la construcción de ferrocarriles, se introdujo el sistema decimal… Medidas de modernización importantes, aunque con resultados mediocres, con una universidad más mediocre todavía, en un país que de ser una de las primeras potencias mundiales había pasado a un segundo o tercer rango, muy supeditada a la política inglesa (Gibraltar y Londres, por ejemplo, se convirtieron en centros de conspiraciones a través de lógicas masónicas. El siglo XIX fue probablemente el peor de la historia de España. De él vienen muchos tópicos absurdos, como el del carácter intrínsecamente cainita y guerracivilista de los españoles y otros tópicos semejantes. Ortega y otros creían encontrar en él una especial vitalidad, que se habría agostado al llegar la Restauración o necrocracia. En fin, Ortega dijo demasiadas tonterías de estas.
Como es sabido, España es el país cuyos políticos y periodistas son los europeístas más entusiastas y también seguramente los más ignorantes sobre la historia y la civilización europeas. Se trata de un entusiasmo beato cuya raíz podría sintetizarse en aquella frase de Ortega “España es el problema y Europa la solución”. España es un problema en la medida en que su historia y cultural han sido increíblemente falseados, entre otros por el propio Ortega, que pinta la historia de España como “anormal”, “enferma”, etc. La cantidad de tonterías que pudo escribir Ortega sobre la historia de España y la política es fabulosa, y sin embargo enormemente influyente hasta hoy, tanto en la derecha, como en la izquierda y los separatismos. Puede decirse que un ignorante y estúpido desprecio por España es la base común de todos ellos.
Y lo que entendieran Ortega y demás regeneracionistas por “Europa” es algo sumamente difuso, compuesto fundamentalmente por una visión estereotipada y simplista de Francia, Inglaterra y Alemania, países por otra parte con grandes diferencias entre sí. Tantas diferencias como que, por aquella época entraron en una de las guerras más brutales de la historia, sin que los próceres regeneracionistas tuvieran el menor atisbo de lo que se avecinaba, antes y después. Eran enormemente europeístas y no fueron capaces de escribir siquiera un libro de viajes interesante por aquella Europa de la que en rigor sabían muy poco, al paso que falseaban la historia de su propio país. Esta situación, lamentablemente, continúa hoy, incluso incrementada. Baste señalar esto para entender la trascendencia de la cuestión, ya que en torno a ella giran la política actual y sus perspectivas. Y es una situación de la que hay que salir, si es que España quiere desempeñar un papel propio, y no de mero satélite pintoresco, en Europa y en el mundo.
Precisamente he tratado de clarificar estas cuestiones con Nueva historia de España y la introducción a Europa
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Las limitaciones de la ciencia:
Consideremos una lavadora. Un científico podría investigar o explicar las leyes físicas y químicas que le permiten funcionar, el ensamblaje de la piezas que le permiten realizar su función, etc. Sin embargo, por cuestión de método, tendría que prescindir de la intencionalidad del aparato: no habría tal intencionalidad, simplemente, dada la interrelación de las piezas, el suministro de energía y agua, etc., la máquina puede lavar ropa, del mismo modo que la lluvia permite crecer a las plantas, pero no llueve para que las plantas crezcan.
Por otra parte hay algo en la máquina definitivamente inabordable para el científico: alguien inventó esa máquina, y su espíritu está de algún modo en ella. ¿De qué modo? No es posible detectarlo por muchas vueltas que le demos al artilugio, por mucho que los despedacemos y analicemos. Nunca lo encontraremos, y sin embargo el espíritu del inventor, por así decirlo, está allí, y está hasta el punto de que sin él la máquina no habría llegado a existir. Es el fantasma en la máquina, que generalmente se niega.
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Sobre su novela y los adelantos de otra que ha expuesto en el blog, con la conversación en el bar de Cuatro Caminos y demás (doy por supuesto que es un adelanto), deduzco que esta nueva novela será un desarrollo de lo que adelanta usted en la anterior al hablar al final de los hijos de la pareja Alberto y Carmen. ¿Es así? Pedro Rodríguez García.
Algo hay de eso. Me gustaría retratar algo del ambiente social y universitario de finales de los 60-principios de los 70, que son también los de mi juventud. Pero la cosa va despacio.