De Ortega a Bergamín en aquella posguerra “tan mala”

**Este viernes presento en el Casino de Madrid La guerra civil y los problemas de la democracia en España. A las 19,00. Exigen chaqueta y corbata, creo.

** El próximo domingo trataremos en “Cita con la Historia” la época de la II República española en el contexto europeo.

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Puesto que el franquismo ha sido demonizado desde la izquierda y la derecha, muchos echarían en cara a Ortega estas frases que sonaban a felicitación al régimen de Franco, y él mismo procuró después algún distanciamiento. En su Autobiografía apócrifa de Ortega, José María Carrascal pone en su boca estas palabras, que no sé si proceden de algún documento de Ortega o de la inventiva del propio  Carrascal (Gibraltar): “Yo quería simplemente advertir a los españoles de la importancia y gravedad que se nos ofrecía  dentro de la reconstrucción de Europa (…)  Lo de la indecente salud era la simple constatación de un hecho: España había aguantado sin desplomarse lo que le había caído encima en los últimos años: revolución guerra, dictadura (…)  Pero se hacía necesario volver a la normalidad lo antes posible  (…) Se entendía que no podía ser una normalidad muy distinta de la imperante en los países europeos de nuestro entorno”. Esta es una interpretación claramente distorsionada, la haya hecho Carrascal u Ortega con posterioridad. España no había aguantado una dictadura, si así la queremos llamar, sino que la seguía aguantando, y casualmente aquella dictadura había derrotado a la revolución, y gracias a ella el país se había  librado de una guerra mucho peor que había dejado enfermos a los países del entorno  europeo. Y gracias a ella había ganado España la salud con la encontraba Ortega. Es difícil que el ejemplo a seguir para España consistiese en imitar a aquellos países del entorno, visiblemente enfermos. Gracias a la dictadura  podía volver también Ortega a su patria y a su trabajo intelectual, como lo hizo muy productivamente.  Este es el significado claro y evidente de las frases de Ortega en aquel momento, aun si más tarde pensó otra cosa. Y tienen más valor por haber sido pronunciadas en un ambiente internacional de hostilidad a España.  Por lo demás, Ortega fue más liberal que demócrata, sintió siempre gran desconfianza hacia la democracia.

   Cuando Ortega habla de salud no se refiere, evidentemente, a la economía, que por entonces afrontaba una situación difícil. Y cuando hablaba de una Europa enferma no se refería al hecho de encontrarse económicamente paralizada y más o menos llena de ruinas. Se refería al aspecto moral. En medio de las dificultades, el ambiente que predominaba en España era animoso y contento de haber superado trances tan duros, como se demostraría en su capacidad para afrontar los problemas, mientras que en el resto de Europa era más bien lúgubre y derrotista, sin asidero espiritual en su historia reciente. Para olvidarla, precisamente,  se centraron todos los esfuerzos en la economía.

    Las palabras de Ortega resultan más interesantes por cuanto contradicen sus puntos de vista anteriores, que hemos analizado al hablar del regeneracionismo. Unas opiniones político-históricas que eran realmente una cadena de disparates, achacando a España una historia “anormal”, “enferma”,  ausencia de élites, una tibetanización o aislamiento voluntario que nunca ocurrió, como hemos empezado a hacer notar en esta serie, negación de la existencia de la Reconquista, etc. Tales disparates tuvieron sus consecuencias políticas, favoreciendo entre otras cosas a los separatismos y los movimientos revolucionaios. Ortega se convirtió, junto con Marañón y Pérez de Ayala, en uno de los principales promotores intelectuales de la liquidación de la monarquía, y los tres fueron llamados por esa razón “los padres espirituales de la república”. Su celebérrimo y absurdo artículo “El error Berenguer”, que terminaba con el lema en latín “Hay que destruir la monarquía” marcó época. Había en él, como en Azaña y otros, una dosis de frivolidad y superficialidad de análisis y cierta pedantería  y gusto por las frases redondas, que les impedía ver la realidad. Como llegaría a reconocer Marañón, esa frivolidad intelectual había ayudado a traer la revolución, a la que luego se vieron totalmente incapaces de poner freno. En definitiva, si Ortega encontraba a España con una salud casi indecente se debía precisamente al régimen instaurado sobre la derrota de una revolución totalitaria, y que había salvado al país de la guerra mundial, no a las iniciativas intelectuales y políticas de los “padres espirituales de la república”.

   Como ya señalamos también en otra sesión del programa, las ideas político-históricas de Ortega se habían concretado también en su no menos celebérrima frase “España es el problema, y Europa la solución”. Lo que él entendía por España, es decir, una historia enferma, anormal y demás, era tan irreal como lo que él y los demás regeneracionistas entendían por Europa, que para ellos se limitaba a Francia, Alemania e Inglaterra, como si el resto careciera de interés o de importancia; e incluso sobre esos tres países, que conocían mal, fueron incapaces de elaborar algún análisis, algún pensamiento concreto y fiable, o al menos algún libro de viajes interesante. “Europa” era una palabra mágica de significado impreciso que servía más bien para denigrar por contraste a España, la cual no se comportaba como ellos querían.  Esa frivolidad intelectual ha sido y sigue siendo un grave problema para nuestro país. En la actualidad la palabra mágica es “democracia”, pero se trata de intelectuales carentes de toda cultura democrática, como demuestra el hecho de que no hayan denunciado con un mínimo de energía derivas tan antidemocráticas  como la ley de memoria histórica, la recompensa a la ETA por sus asesinatos, las leyes de género y similares. La experiencia llevó al propio Ortega a reaccionar durante la guerra civil  contra la frivolidad de tantos intelectuales europeos que firmaban manifiestos a favor del Frente Popular.

La salud de aquella España se aprecia en otros autores. Voy a leer un artículo de Aquilino Duque, premio nacional de literatura, sobre Bergamín, el católico pro revolucionario, procomunista y finalmente proetarra. Se titula “La España de Franco en unas cartas de Bergamín”, en Libertad Digital:

Cuando a finales de los años 60 Max Aub volvió a España después de un largo exilio, parece ser que dijo estar apenado no ya por la falta de libertad, sino más bien por el hecho de que no se notara esa falta. De sobra sabía él que la versión oficial de España entre los exiliados tenía que ver muy poco con la realidad. Poco antes había pasado por Roma, donde yo vivía, y su mujer, que por cierto se llamaba Perpetua, como el ama del cura don Abundio en Los novios de Manzoni y a quien él llamaba Peua, me dijo que ella solía ir a Valencia, donde tenía familia, pero que durante su estancia se negaba a salir a la calle para no ver aquella realidad con la que el exilio no quería enfrentarse. 

Uno, en cambio, que no tuvo miedo a enfrentarse a esa realidad fue Bergamín, cuando, diez años antes, en febrero de 1959, volvía a pisar las calles de Madrid y escribía a María Zambrano, entonces en Roma, animándola a que siguiera su ejemplo. “Madrid me tiene verdaderamente encantado (…) La realidad supera siempre a los sueños. Y es tanta la afirmación de la vida y la verdad de la realidad española que, para nosotros, supera todo. No acabaré nunca de decirte –no puedo expresarlo enteramente– lo que es para mí esta resurrección madrileña, esta pura alegría. No hago más que darle las gracias a Dios por esta Gracia”. 

 Como quiera que yo fui testigo de esta “resurrección”, no me pillan por sorpresa estos desahogos epistolares, pero me satisface que confirmen el testimonio que doy de ella en Mano en candela. No exageraba yo, pues, cuando escribía al hablar de ese Bergamín “que estaba feliz”.  Hay que agradecerle a Editorial Renacimiento la publicación –con el título de Dolor y claridad de España*– de estas cartas de Bergamín a la Zambrano, en edición de Nigel Dennis.

 Ya Dennis se encarga de recordarle al lector, apoyándose para ello en otra carta de Bergamín a Justino de Azcárate, que no es oro todo lo que reluce, y que hay otra realidad mucho menos grata. Tampoco esto es una novedad para el que esté familiarizado con la vida y la obra de un personaje tan sinuoso y helicoidal. En la carta a Azcárate hay un juicio negativo que puede valer para los españoles y los gobernantes de todas las épocas, pero en las cartas a la Zambrano hay un pasmo ante una realidad madrileña muy concreta en el tiempo que supera con mucho la realidad pretérita. Y lo expresa así: “(…) Creo que en todo ha ganado, aumentado ahora. En todo. Hasta en sus gentes. Es extraño el cambio que percibo en la realidad española, y no, ni mucho menos, para peor”.

Lo más curioso es que Bergamín elija para ilustrar sus impresiones madrileñas nada menos que un Desfile de la Victoria: “Figúrate que ayer 3 de mayo me fui, después de Misa en San Jerónimo, a ver el ‘desfile’ militar. Y lo vi. Y lo que vi en las calles, en el Prado y Recoletos, Alcalá, las plazas de Cibeles y Neptuno, fue la gente, una gente increíblemente noble, limpia, elegante, seria, casi grave: una gente, un pueblo (?) más velazqueño que goyesco (…) El ‘aquí somos otra gente’ es, no sé si por dicha o desdicha, cierto. Esto, todo esto, me parece un mundo de distinta naturaleza. Y gracia. Sorprende la delicadeza, cortesía, ritmo sosegado de las gentes. Y lo bien vestido y calzado (!) que el mundo ‘gatuno’ de Madrid se nos presenta seriamente festero. O yo no me acuerdo muy bien o antes no era así.  Yo recuerdo gentes más vulgares y sucias y chillonas en estas fiestas. Ahora no (…) ¡Qué equilibrio y ecuanimidad!”

La cita es larga, y eso que va extractada, pero equivale a un tratado de sociología. Estamos hablando de 1959. Tres años más tarde vino a Sevilla, donde coincidí con él –vivía yo entonces en Ginebra–, y de lo que le escribe a la Zambrano quiero destacar sólo una frase, aunque sólo sea porque este año de centenarios también lo es de otra persona muy querida para mí a quien Bergamín hace referencia: “Los jardines del Alcázar han mejorado en sus extremos y están mejor cuidados que antes por su poeta-gitano-guardián (Romero Murube)”.

No es fácil reconocer en el pueblo madrileño de comienzos de siglo XXI (el articulo e de 2004) a aquel pueblo madrileño que sedujo a Bergamín a comienzos de los 60. Y es que, para empezar, España ya no es diferente, como decía Fraga; o, dicho de otro modo, ya no es posible decir, con Lorca y con Bergamín, “aquí somos otra gente”. A la hora de asilvestrarse, nosotros no nos quedamos a la zaga.

Tampoco Sevilla es ya tan diferente. En una lectura poética en honor de Cernuda, celebrada en el Jardín de los Poetas del Alcázar, creación en su día de Romero Murube, me comentaba Octavio Paz el deplorable estado en que encontraba los jardines, y yo le dije: “¿Qué quiere usted? Lo primero que han hecho las nuevas autoridades es destituir al conservador y meterlo en la cárcel” (fue en 1988) Ese conservador, sucesor inmediato de Romero Murube, era el arquitecto Rafael Manzano Martos, una persona a quien la nueva situación tenía especial empeño en humillar.

   Volviendo al principio: la Gran Generación, que bien puede llamarse Generación Heroica, por los grandes y peligrosos desafíos que hubo de arrostrar y por haber salido vencedor de todos ellos, no ha tenido por así decir, cantores a la altura de sus méritos. Es cierto que no faltaron en los años 40 e incluso más tarde, algunos novelistas, a veces excelentes, de la guerra civil, menos de la posguerra, como Agustín de Foxá, García Serrano, Gironella, Ignacio Agustí, Emilio Romero y otros. Sin embargo su nivel literario no llega probablemente al nivel de Cela en La Colmena (su otra novela San Camilo 1936 es en mi opinión muy inferior, pretenciosa y llena de una moralina pedestre). Esto, aparte de la manipulación intencionada y la promoción masiva de obras izquierdistas o progres, ya antes de la Transición, y también en cine y series televisivas, ha hecho que el mito que ha quedado de aquella época sea precisamente el puramente propagandístico, ya que cualquiera que indague con un poco de seriedad en la época sorprende muy pronto su total inconsistencia. En cambio obras meritorias de autores como los citados han quedado hoy olvidadas intencionalmente por quienes han llegado a dominar el ambiente intelectual.

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La condición humana

**En “Cita con la historia”: La posguerra española y la europea comparadas.  “La Colmena” y “Sonaron gritos…” como dos enfoques opuestos del trasfondo histórico: https://www.youtube.com/watch?v=rBRYT5BunnY

**Blog I: Índice de Europa, una introducción a su historia: http://gaceta.es/pio-moa/historia-europa-enfoque-diferente-indice-14112016-1021

****Este viernes, en el Casino de Madrid, presentaré  La guerra civil y los problemas de la democracia. a las 19.00

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Mucho es lo que sabe el hombre sobre sí mismo, pero aun es más, y más fundamental,  lo que ignora, en gran medida de modo irremediable. Quizá quien mejor y más brevemente haya expresado ese sentimiento profundo de misterio sea Omar Jayam en uno de sus cuartetos: “Me dieron la existencia sin consultar conmigo / Luego la vida aumentó cada día mi asombro/ Me iré sin desearlo y sin saber la causa / de mi llegada, mi estancia y mi partida”. Esta extraña realidad, que generalmente se presenta a nuestra conciencia de manera confusa, como una inquietud vaga del por qué y para qué de la existencia, es determinante y extensible al conjunto de la especie humana y, más allá, al mundo mismo. El hombre puede hacerse esas preguntas, pero no responderlas: se trata de un misterio impenetrable a la razón, ya que esta es a su vez un producto de la misteriosa fuerza o voluntad, si queremos llamarla así, que causa la existencia en sus muchas formas y evoluciones, y está sometida a su imperio.

   No obstante, estamos diseñados para desenvolvernos mejor o peor en el mundo. Ocurre de modo aproximadamente parejo a como un animal doméstico puede entender más o menos cuál es su “función” y cumplirla, pero no puede discernir por qué el hombre lo ha criado y utilizado como lo hace. Más ampliamente, el sentido de numerosos productos de nuestra actividad, desde las cazuelas a los ordenadores, es justamente el que nosotros le damos, su utilidad, por ejemplo. La causa y sentido de nuestra propia vida, en cambio, escapa de modo fundamental a nuestra voluntad, ya que no somos nuestros creadores. El por qué y para qué de nuestra estancia queda fuera de nuestro alcance necesariamente, aunque podamos aprender mucho del cómo (mediante la ciencia, por ejemplo). Y aun así, en el campo de las preguntas con respuesta, el mero hecho de que nos veamos obligados a estudiar y aprender continuamente sobre el mundo y sobre nosotros mismos, cometiendo mil errores, ya nos informa algo sobre la precariedad de nuestras capacidades y autonomía. Incluso en aquello que podemos saber aproximadamente nunca damos fin a nuestro esfuerzo, pues cada hallazgo suscita nuevos problemas, y ese trabajo sin fin nos orienta también hacia lo misterioso.

   Así, el misterio del sentido abarca a toda la vida, también al nivel digamos cotidiano doméstico, en el cual actuamos mediante cálculos y expectativas racionales. A ese nivel actuamos “con sentido”, intencionalmente al menos de manera parcial: no obramos “a lo loco”, y la locura se manifiesta precisamente en acciones ilógicas, “sin sentido”.  De modo automático extrapolamos esa necesidad de sentido al conjunto de nuestra propia vida, tan llena de trabajos, de inquietudes, de alegrías y de penas, y abocada finalmente a la desaparición. Pero así como podemos discernir con cierta facilidad el sentido de nuestros actos, nos es imposible discernir la intención de aquella fuerza, voluntad o como queramos llamarla, que nos ha creado con nuestras características particulares. El sentido depende en gran medida de la finalidad, pero no por completo: nuestros actos tienen una finalidad que les da sentido, pero cumplirla suele exigir actos intermedios que pueden no ser lógicos, no estar de acuerdo con la finalidad, sea por simples errores de apreciación o de cálculo, sea porque el objetivo mismo resulta mal concebido. Las finalidades que nos planteamos a lo largo de la vida son de lo más variado, desde la preparación de una comida o tomarnos un descanso, hasta proyectos para la vida entera, sean profesionales, conyugales o de otro género. Todo esto, tanto en sus logros como en sus fracasos, es bastante inteligible y nuestra razón puede por lo general explicarlo bastante bien.

    Sin embargo, incluso en ese nivel de actividades y planes cotidianos, domésticos y controlables, hay un elemento que escapa a los cálculos de nuestra razón: la actividad más simple y bien ordenada puede frustrarse por cualquier accidente, por intervención de lo que llamamos azar, cuya naturaleza ignoramos, salvo en que desborda los cálculos racionales. Más ampliamente, la vida se compone de lo que hacemos y de lo que nos pasa. Lo más decisivo es lo que nos pasa, pues nuestra capacidad de acción está encuadrada en ello. Nadie ha podido determinar el sexo con que ha nacido, ni su composición genética, ni en qué clase de familia, ni el carácter personal de sus progenitores, ni sus medios económicos; ni, menos aún el lugar o la época en que viene al mundo, con todos sus inmensos efectos culturales sobre cada cual. Y todo ello es en gran medida determinante de lo que hará en la vida. Tampoco puede prever el momento en que abandonará la existencia, a menos que se suicide, una opción poco deseada y generalmente ligada a una depresión o sensación de desesperanza,  que priva a la voluntad de gran parte de su autonomía.

   El  hombre  es un ser “futurizo”, como decía Julián Marías y está obligado a obrar de acuerdos con proyectos de más o menos enjundia; pero estos, por lúcidos y bien planeados que sean, tropiezan con otro límite: la imposibilidad de prever sus consecuencias a largo plazo y aún a medio plazo. Además, en el curso de la vida nos ocurren sucesos, o encuentros con otras personas, que pueden desviar bruscamente nuestra orientación previa, o dar al traste con nuestros planes.  Estos hechos se plantean a nuestra consciencia de manera implícita y son afrontadas “según vienen”, pero escapan en gran medida a nuestra voluntad y cálculos.

   En suma, aunque el ser humano experimenta un impulso fortísimo a conocer y dominar su propia existencia, ello es posible solo de forma muy restringida, y la vida se desarrolla sometida a misterios. No solo algunos tan definitivos como el expresado en el cuarteto de Omar Jayam, sino los que envuelven los aspectos de la vida más cotidianos o familiares y que tendemos a creer dominables.

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La catedral del dolor

**Cita con la Historia: Por qué la posguerra española fue triunfal y la europea miserable. Ortega, que tantas veces erró en política e historia, aceptó de lleno al definir la posguerra española, en 1946, como “una salud casi indecente”, comparada con los enfermos países del entorno. www.citaconlahistoria.es

**El viernes, 18, presente  La guerra civil y los problemas de la democracia en España, en el Casino de Madrid, a las 19,00. Chaqueta y corbata.

**¿Existe una civilización europea común entre países tan diversos en lenguas, cultura e historia y tan a menudo a la greña entre ellos? Existe sobre dos bases comunes: la religión cristiana y la revuelta contra ella a partir de la Ilustración y la Revolución francesa. Este es el esqueleto de la historia europea: Europa, una introducción a su historia. No olvidemos que la historia de España no se entiende sin la de Europa.

Un rasgo del cristianismo, base de la civilización europea, es la tensión entre razón y fe, Atenas y Jerusalén: :https://www.amazon.es/Europa-P%C3%ADo-Moa-ebook/dp/B01M28JKGS/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1478110398&sr=8-1&keywords=pio+moa+europa …

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La autora, Julia Escobar, tiene amplia experiencia personal de la vida hospitalaria, por su salud frágil, afrontada con ánimo envidiable (creo que en general las mujeres afrontan las desgracias, o ciertas desgracias, mejor que los hombres). Los hospitales, a veces enormes como pequeñas ciudades, son elementos clave del paisaje urbano, y quizá la mayoría de la gente pasa por ellos en una o varias ocasiones. Algunos son visitantes bastante asiduos, por padecer enfermedades crónicas o por proclividad a diversas dolencias. Por otra parte, las enfermedades serias y los accidentes nos colocan  ante la precariedad de la vida y su sentido o sinsentido,  el dolor y la incertidumbre acentuadas acentúan también la percepción de la condición humana;  y sin embargo el tema de la vida hospitalaria no ha sido demasiado cultivado en la literatura, en la novela, aunque haya algunas grandes obras, en especial La montaña mágica la de Thomas Mann (a mí, poco ilustrado, me parece algo pesada y rebuscada).

   Un resultado de la amplia experiencia hospitalaria de la autora es esta novela: San Judas 27 (La catedral del dolor), publicada por Ediciones Cinca. Se trata de un relato irónico de un hombre “cardiópata” que ha decidido vivir al margen de su familia y un poco de la sociedad, montándose una existencia peculiar cuyo centro es el hospital, un médico llamado San Judas, como el nombre de una prótesis valvular de ese nombre, inventada por un médico useño, aunque el “cardiópata” se inventa otra historia relacionada con judíos. San Judas se convierte en algo así como el imán de la vida del protagonista, quien, al hilo de su tratamiento y relación con él, va desgranando sus opiniones sobre los aspectos más variados de la actualidad y de la vida corriente, una vida cada vez más en ruptura con el sentido común. Por ejemplo, sobre las ONG: ya tiene mucho de estafa que un organismo se defina como lo que no es, como si un mono se definiera como un “no pedrusco”, y encima mienta, porque las organizaciones no gubernamentales suelen vivir, precisamente de subvenciones otorgadas por los gobiernos. Son agudas y a menudo sarcásticas o hilarantes, las observaciones sobre las familias, la vida actual en general, y eso que llaman “políticamente correcto”, una expresión torpe y para que la que debiera buscarse otra palabra, como, por ejemplo “lo pijoprogre” (seguro que habrá otras mejores). El dolor y un sarcasmo que no llega a ser cruel van juntos en el relato.

   Al final, nos enteramos de que las cosas no son enteramente como el cardiópata las presenta, y que hay otras interpretaciones sobre su actitud, unos traumas familiares que él oculta en buena medida bajo un aparente optimismo y espíritu comprensivo, lo que produce la sorpresa final, sin desmentir aquellas pinturas y alfilerazos que constituyen en definitiva lo más sabroso de la novela.  Solo nos deja la impresión de que sus comentarios no acaban de salir del caletre de un hombre, sino más bien de una mujer.

  Julia Escobar es poeta, novelista y  traductora  de obras francesas y portuguesas, con una larga trayectoria detrás, y una cultura muy influida por la francesa, apreciable también el cierta finura y referencias cultas del relato No hace falta decir que se trata de una lectura muy recomendable.

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Una posguerra española triunfal, y europea siniestra

El próximo domingo, en Cita con la Historia” www.citaconlahistoria.es  hablaremos de las posguerras españolas y europeas dentro de la serie “España en Europa” He aquí un trozo:

Los useños han llamado “la Gran Generación” a la que hizo la II Guerra Mundial,  pero con mayor razón podemos llamar nuestra Gran Generación o Generación Heroica a la de aquellos años.  Después de todo, Usa venció al Japón y contribuyó a vencer a Alemania mediante una abrumadora superioridad material, mientras que los retos que debieron afrontarse en España, a otra escala, fueron más decisivos, aunque sin transcendencia mundial y en las condiciones más adversas. Concretamente, aquella generación tuvo que afrontar una revolución totalitaria que estuvo muy cerca de triunfar, debió impedir una disgregación del país que en varios aspectos estaba muy avanzada, ocuparse de salvar la civilización cristiana, base de la cultura no solo española sino también europea, evitar la guerra mundial, algo sumamente difícil cuando toda Europa estaba en llamas,  enfrentarse al maquis,  el cual era básicamente un intento de reanudar la guerra civil, y reconstruir el país con sus propias fuerzas y bajo un acoso exterior que parecía irresistible. Apenas nos hacemos cargo de lo que supuso afrontar tales desafíos y salir vencedor de ellos, algo que no ocurría en España desde siglos atrás. La historiografía al uso permanece ciega ante aquel enorme esfuerzo y riesgo, e incluso los historiadores pro nacionales suelen percibirlo de manera oscura e insuficiente, un tanto provinciana.

   El fracaso llegó después de tales éxitos, y básicamente se debió a cierta ineptitud para convertir aquellas hazañas, pues realmente lo fueron, en mitos, como han hecho los useños o los ingleses con sus mayores o menores proezas en la guerra mundial y en otras situaciones.  La palabra mito se emplea en dos sentidos: como una falsificación deliberada del pasado, a fin de demonizar o de exaltar sin base real determinados hechos o personajes, lo cual es simple propaganda; o como un relato básicamente veraz pero convertido en arte y dotado de sugestión moral.  En España, los motivos reales de la contienda civil, aquello por lo que lucharon unos y otros, quedó pronto olvidado, y todo quedó como una “guerra fratricida” que era preferible olvidar, aunque permanecieran algunos ritos o retóricas muy simples y cada  vez menos sugestivos,  como los himnos al final de los diarios hablados de Radio Nacional.  No se medía en su verdadero alcance el haber permanecido fuera de la guerra europea. La proeza de reconstruir el país con las propias fuerzas y frente a ingentes obstáculos externos quedó meramente como “los años del hambre”. El maquis nadie entendió bien qué fue realmente, y en la actualidad se desfigura por completo, y algo parecido cabe decir de la División Azul.  

Al abrigo de aquellas actitudes un tanto romas se desarrollaron fácilmente las contrarias, sobre todo cuando la guerra mundial se acercaba a su fin. Su máxima expresión fue probablemente la novela de Cela La colmena. Cela había sido falangista –hay algún documento que lo prueba– y luchado en el bando nacional, pero cuando tantos creyeron que el régimen iba a venirse abajo con la derrota del Eje, debió de ver la conveniencia de limpiar su pasado, como pasó con tantos, y pintar aquella época con tintes entre sombríos y cochambrosos, ciertamente antiheroicos. Cela era un gran escritor, pero como ejemplo moral resulta más dudoso.  La colmena se ha convertido así en el mito por excelencia de aquellos años por dos razones: porque  ha convenido a las tendencias antifranquistas y porque no hubo en la orientación contraria, favorable a los nacionales, un escritor de talento equivalente que trazase un retrato de época distinto.  La novela de Cela es buena como tal, indudablemente, pero su contenido es falso, no porque no describa hechos más o menos reales, sino porque trata de dar la impresión de que tales hechos dibujaban la realidad social de la época. Como si ahora pretendiéramos que una descripción de los barrios de chabolas,  o del gran número de prostitutas y jóvenes destrozados por las drogas, retrataran la realidad general del país.

   La novelística de Cela podría definirse  como costumbrismo cutre, por su atracción hacia los lados más sórdidos y torpes del ser humano. Por cierto fue una moda literaria muy extendida en Europa de la posguerra, como lo había sido en la posguerra de 1918.  Así que vamos a aventurar una posible explicación de su trasfondo. La II Guerra Mundial no fue solo una orgía de sangre y destrucción, tuvo también una profunda repercusión moral y psicológica. Los vencedores, principalmente Usa y la URSS, pudieron  crear sus mitos y su triunfante literatura, cine, etc., pero para el resto de Europa fue imposible, porque en el este había quedado sometida a una férrea orientación ideológica, y en el oeste porque habían sido sometidos por los nazis, los cuales eran pintados como el mal absoluto sin atenuantes ni mezcla de bien alguno…, pero habían colaborado de muchos modos con ellos, con ese mal absoluto,  como lo definían, y para colmo no debían su liberación y su reconstrucción posterior a sí mismos, sino a la intervención primero militar y luego económica de una potencia ajena, Usa. Y pese a ello, tampoco albergaban hacia Usa  unos sentimientos especialmente cálidos y agradecidos. Es decir, había muy poco de lo que enorgullecerse y mucho de lo que sentirse humillado o avergonzado, máxime cuando aquellos países europeos habían sido  hasta pocos año antes los principales orientadores intelectuales, artísticos y científicos del mundo, aparte de dominar políticamente enormes extensiones de él.  

  Las mitificaciones de la Resistencia francesa o de los partisanos italianos, o de algunas acciones en Holanda o Noruega,  o de la escasísima oposición alemana a Hitler tampoco resultaban muy convincentes,  sobre todo si las comparamos con la colaboración, mucho más amplia, o con las mucho más reales y efectivas resistencias de Yugoslavia o Polonia. Aunque algo de resistencia sí hubo, sobre todo cuando se veía venir la derrota alemana. También el triunfo de los anglosajones, a pesar de todas las mitificaciones, contaba con el pasivo de actos como los feroces bombardeos sobre las poblaciones civiles, o la cooperación con el totalitarismo comunista, el más mortífero del siglo XX. La moral, o más bien desmoralización  de posguerra, que persiste en gran medida hasta hoy mismo, refleja en el arte y la literatura esa sensación de sinsentido vital, de fracaso y frustración, con predilección por personajes de poco valor y de sucesos más bien sórdidos. Los antihéroes se volvieron proverbiales. Al mismo tiempo se ha tendido a imitar a Usa, la gran potencia triunfadora que se ha convertido desde entonces en la gran fábrica de las ideas, del arte y la ciencia, sustituyendo a Europa, a una Europa al parecer envejecida, cansada y ya poco productiva. Algo de esto he tratado en mi último libro Europa, una introducción a su historia.

    Esa desmoralización es la que más o menos refleja Cela, con la particularidad de que España representaba entonces casi exactamente lo contrario del resto de Europa. Era un país triunfante. Se había liberado con sus propias fuerzas del comunismo, no se había dejado arrastrar por el nazismo, se estaba reconstruyendo también con sus propias fuerzas y sin Plan Marshall o similares, e intentaba seguir un camino propio. Como hemos dicho e insistido, la generación de aquella época se lo debió todo a sí misma, a sus esfuerzos, a haber afrontado la mayor adversidad y grandes estrecheces con buen ánimo y finalmente con éxito. Es más, como España, ni siquiera en las épocas que en fue sometida a aislamiento, ha estado nunca “tibetanizada”, como pretendía Ortega, sus éxitos han repercutido favorablemente en la Europa occidental, como vimos en la sesión pasada, aunque ello no haya sido reconocido ni agradecido nunca o casi nunca.

Al respecto viene muy bien examinar el caso de Ortega y Gasset. Ortega,  visto en general como el máximo pensador español del siglo XX (algunos consideran superior a Zubiri), pues bien, volvió a instalarse en España, después de haber huido del Frente Popular y permanecer en el exilio algunos años más después de la guerra. Volvió, muy bien acogido por el régimen – no tanto por la mayor parte del clero–,  que le ofreció la tribuna del Ateneo de Madrid, donde pronunció una conferencia radiada a todo el país. Ortega dijo: “Por primera vez, tras enormes angustias y tártagos, España tiene suerte. Pese a ciertas menudas apariencias, a breves nubarrones que no pasan de ser meteorológicamente anécdotas, el horizonte de España está despejado (…) Mientras los demás pueblos se hallan enfermos, casi todos, el pueblo español, lleno sin duda de defectos y de pésimos hábitos, da la casualidad de que ha salido de esta turbia y turbulenta época con una sorprendente, casi indecente salud”. Estas frases fueron pronunciadas en mayo de 1946, es decir, unos meses antes de que la ONU se aprestaban a derribar al régimen mediante la provocación de una gran hambruna en España, propósito que hizo un daño considerable al país aunque no llegó a tener éxito, gracias a la previsora diplomacia franquista, que poco antes había negociado el suministro de cereales y carne de Argentina.

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Por qué la victoria de Trump tiene carácter histórico

 

Debo reconocer que, aunque no descartaba la victoria de Trump, tampoco la esperaba. Parecía “racionalmente” imposible que ganase quien terminó ganando, con el gran dinero en contra, incluido el procedente de países árabes amparadores del islamismo radical, y con la prensa y demás medios masivamente a favor de Clinton en una de las campañas más sucias y feroces, que no ha ahorrado mentiras y manipulaciones.  Ha sido, pues, una victoria contra quienes se entiende generalmente como los amos reales del poder en cualquier país. Porque, además, ocurría algo similar fuera de Usa. En España, por ejemplo, rivalizaron a favor de Clinton los medios ligados a todos los partidos y al gobierno; incluso la cadena de la Iglesia parecía enfervorecida con la ultraabortista, homosexista y abiertamente anticatólica Clinton. El nivel del análisis político en la prensa española nunca fue brillante, pero en este caso  solo puede entenderse como un chiste malo, a base de una estruendosa manipulación informativa, de la que se han salvado muy pocos medios, entre ellos  La Gaceta.dejando de relieve el carácter de bananocracia del actual régimen español.

   Este hecho tiene mucho más alcance del que se le está dando. Las democracias llevan bastantes años evolucionando en un sentido  semejante al despotismo del que advirtió genialmente Tocqueville: infantilización de la sociedad mediante un hedonismo pedestre cultivado desde el poder, y un poder que tras la apariencia de ser elegido está realmente manejado por poderosos grupos económicos y políticos que dominan a los grandes medios de masas para moldear a la opinión pública. El designio bien visible  consiste en instaurar un poder mundial de ese tipo, que disuelva las naciones, las culturas nacionales y las religiones tradicionales, sustituyéndolas por la religión del dinero, en definitiva. El funcionamiento democrático puede describirse como la lucha por la opinión pública, en la que intervienen muchos factores, y los medios de masas son uno de los principales, generalmente el decisivo La práctica unanimidad de esos medios contra Trump,  y la obscenidad de los métodos empleados, ya indica por sí sola un grave retroceso del liberalismo y la democracia. Que hayan fracasado es un hecho alentador, porque hasta hace poco sus designios, desarrollado con acciones y procesos multiformes, parecían  tendencias irresistibles. Este es el significado profundo de estas elecciones.

    Creo que en la victoria de Trump  subyace un mar de fondo de hartazgo y descontento difuso con las ideologías dominantes: abortistas, homosexistas, multiculturalistas, con las políticas “de género” o los feminismos más o menos histéricos. Todo esto es lo que representaba la Clinton en grado eminente. Representaba, además, la política exterior aventurera y agresiva que, so pretexto de democracia, ha provocado en los países árabes y Afganistán  caos y guerras civiles y, en Egipto, un golpe militar. Representaba, además, una peligrosa política de cerco y acoso a Rusia.

   ¿Qué representa Trump? De momento ha sabido recoger ese descontento difuso e inconcreto, pero lo que haga está por ver. Internamente sus posibilidades de acción, si piensa en algo definido, se verán condicionadas inevitablemente por una red de grandes intereses de todo género, y también por sus adversarios, que han demostrado estar verdaderamente rabiosos en un país que parece emocionalmente más dividido que nunca desde la Guerra de Secesión.  Para su política internacional, que es la que más nos interesa, va a encontrarse con serios problemas: el centro del comercio y de la política mundial tiende a desplazarse al Pacífico, y en la otra orilla se encuentra China camino de convertirse en superpotencia. Deshacerse de las agresivas aventuras en el mundo árabe, con sus tremendas consecuencias a largo plazo, será también un desafío difícil. Una Hispanoamérica desnortada –como de costumbre—será en definitiva un problema menor. Con respecto a Rusia, parece dispuesto a mejorar las relaciones, y en cuanto a la UE, puede ayudar a profundizar su crisis, lo que sería muy positivo porque esta parte de Europa se está convirtiendo en un monstruo que recoge todas las taras encarnadas en Clinton (comentábamos algo de eso en “Cita con la Historia”: https://www.youtube.com/watch?v=x9k9fH9hbsg).  Todo esto muy en líneas generales.

   Con respecto a España nos interesa especialmente su política hacia la OTAN. Como es sabido, esa organización, creada para afrontar el expansionismo soviético en la zona del Atlántico Norte, debió haber desaparecido al desaparecer su objeto, pero en cambio ha ampliado su acción a todo el hemisferio Norte, con agresiones y provocaciones de todo género, que además se vienen saldando con costosas  derrotas. Quizá termine por  transformarse en OTPN, Organización del Tratado del Pacífico Norte. España está en la OTAN en posición de auténtico lacayo, obligada a emplear hombres y dinero en operaciones bautizadas “de paz” con perfecta perversión del lenguaje, en defensa de intereses ajenos, bajo mando ajeno y en idioma ajeno. He hablado de estas cuestiones otras veces, y la cuestión podría resumirse así: España no tiene nada que ganar en la OTAN, y sí mucho que perder. Perder, para empezar, su soberanía, un bien mucho más valioso que algún plato de lentejas, por emplear el símil bíblico. Y ello tanto con Clinton como con Trump. La política exterior española debe volver a la neutralidad, como la de Suiza o Suecia.

  ( Observen este breve video, que retrata al personaje Hillary Clinton, por la que han apostado a fondo tan inmensos intereses. Es su reacción después de observar en un móvil el asesinato de Gadafi: http://www.bing.com/videos/search?q=Hillary+Clinton%2c+Gadafi&&view=detail&mid=A4113698D60CD0833193A4113698D60CD0833193&FORM=VRDGAR)

  

  

 

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