España y los judíos

**La historia de Europa, como la de España, comienza con la II Guerra Púnica. Toda la base cultural de lo que consideramos Europa se transmite en la época de las invasiones y los monasterios, Edad de Supervivencia o Alta Edad Media (Europa, una introducción a su historia)

En “Cita con la Historia”. Europa debe a la España franquista mucho más de lo que muchos imaginan: https://www.youtube.com/watch?v=8FQkGvHEwJk

**1. Las subvenciones de unos gobiernos corruptos le obligan a ud a pagar programas con los que puede no estar de acuerdo

2. “Cita con la Historia” no depende de subvenciones, solo de contribuciones libres y voluntarias, no impuestas por gobiernos corruptos

3. “Cita con la Historia está promoviendo la campaña “300 por 20″, 300 oyentes que aporten cada mes 20 euros al programa. Es imprescindible.

4.He aquí la cuenta en la que ud puede contribuir a “Cita con la Historia”: “Tiempo de Ideas Siglo XXI” – BBVA ES09 0182 1364 33 0201543346

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(Pequeña polémica sostenida hace años en Libertad Digital)

Tan pronto como España expulsó a los judíos, el país floreció en las artes y las letras, desarrolló su comercio y sus manufacturas durante un siglo hasta que por diversas razones empezó a decaer económicamente, descubrió buena parte del mundo, colonizó extensas tierras, y se convirtió en la primera potencia mundial”. ¿Qué les parece el aserto? Ciertamente, sus dos partes son verdaderas, pues a la expulsión de los judíos siguió un florecimiento de España como nunca antes o después. Sin embargo, sugerir una relación de causa a efecto entre las dos cosas es una estupidez que no merece comentario, y que, por lo demás, nadie sostiene, que yo sepa.

Lo que sí sostienen muchos, con aires de seriedad y buenos sentimientos, es una estupidez contraria y equivalente: que la expulsión de los judíos dejó a España esquilmada de sus mejores y más preparados elementos en los órdenes intelectual y económico, que sobrevino inmediatamente una decadencia profunda aunque por el momento no fuera aparente, y que sobre España cayó, por tal acto, una especie de estigma imborrable, manifiesto, por ejemplo, en nuestra propensión a la guerra civil, a “matarnos entre nosotros”. Algo así creyó descubrir el buen Américo Castro, seguido luego por Juan Goytisolo y una legión de escritores supuestamente progresistas, tan tenaces que han convertido aquella necedad en un lugar común incuestionable en amplios e influyentes medios intelectuales. Y ello a pesar de que España fuera entre el siglo XVI y el XIX quizás el país internamente más estable de Europa –no digamos si hacemos la comparación con el Magreb, tan querido por aquellos y cuya historia casi se resume en una guerra civil permanente–. Las luchas intestinas en España pertenecen más bien al siglo XIX, como una plaga de la época, con una prolongación en el XX que cabe esperar sea la última, si los nacionalistas periféricos cesan por fin en su empeño de balcanizar el país.

Desde luego, la expulsión de los judíos no es un hecho del que podamos sentirnos orgullosos; pero dista mucho de lo que pretender esos supuestos bienintencionados. Con ocasión del V centenario de América, el célebre cazador de criminales de guerra nazis Simon Wiesenthal afirmó que aquella expulsión constituía un precedente del exterminio de los judíos por Hitler. Nada de eso. Si constituye algún precedente sólo puede serlo de la expulsión de los palestinos por los israelíes en el siglo XX. Con dos diferencias, y no muy favorables a las tesis de Wiesenthal: que los palestinos fueron expulsados por medio del terror, y que aquella tierra había sido suya por muchos siglos. ¿O no?

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El señor Alex Baer ha escrito una carta sugiriendo mi exclusión de Libertad Digital por antisemita. Creo que este señor confunde algunas cosas elementales, y no estará de más aclararlas, porque no sólo a él le pasa.

– Lo que llama revisionismo es un fundamento del “Discurso del método” cartesiano y una norma elemental en el trabajo científico. Negarlo es tratar de imponer el dogmatismo.

– Sobre el Holocausto hay material de sobra. Creo  que cualquier revisión honrada no hará sino confirmar el horror. 

– El hecho de que millones de judíos hayan sido asesinados por los nazis no quiere decir que  los judíos en bloque pasen a ser santos o libres de crítica. Entre ellos, como en cualquier otro pueblo, ha habido también criminales.

-Creo que el estado de Israel tiene derecho a existir. Soy consciente de que ha cometido y comete algunas brutalidades, pero también de que no se le puede juzgar desde la comodidad de Europa. Es un país acosado sin piedad, al que cualquier claudicación o error puede conducir a la catástrofe. Si Israel dependiera de la actitud falsamente humanitaria de Europa, habría sufrido ya un segundo holocausto.

– Las supuestas atrocidades del franquismo no tienen nada en absoluto que ver con el Holocausto. Los judíos, como pueblo, no habían hecho nada contra Alemania, más bien al contrario, y por eso su exterminio tiene un aspecto especialmente siniestro. En España había mediado una guerra civil en la que los dos bandos cometieron atrocidades, y en que hubo las consiguientes venganzas, como las hubo en Alemania o Italia según terminaba la guerra.

– Sobre las atrocidades del franquismo, el señor Baer, como judío, podía recordar que su pueblo tiene una importante deuda de gratitud con Franco.

– Equiparar la expulsión de los judíos de España en el siglo XV con el Holocausto, como hace Wisenthal, es como igualar un desahucio injusto con un asesinato. Es tan absurdo que habría que pensar en los motivos de semejante comparación.

– Decir que con la expulsión de los judíos España perdió  sus mejores elementos humanos, como hacen Américo Castro o Goytisolo, es, aparte de una notable majadería, una idea claramente racista.

– La expulsión de los judíos por los Reyes Católicos sí puede compararse a la expulsión de palestinos por los judíos en tiempos recientes. Es cierto que muchos palestinos salieron porque sus líderes se lo pidieron, para volver en tromba y en plan exterminador, pero otros muchos huyeron por el terror. Decir esto no es hacer antisemitismo, sino señalar un hecho cierto. Entre los judíos, como en cualquier otro pueblo, no faltan los fanáticos, y la frase de Wisenthal es propia de un fanático. 

– Dice que mis libros  son  antiprogresistas. Está claro que lo que el señor Baer y yo consideramos progresista no coincide. Nunca me parecerá progresista una “democracia” compuesta por comunistas, socialistas marxistas, anarquistas, racistas y republicanos que intentaban golpes de estado al perder las elecciones. El señor Baer tiene, por supuesto, derecho a pensar de otro modo, pero no a querer imponer su punto de vista y sugerir que quien no piensa como él debería ser excluido de Libertad digital.

– Dice el señor Baer que yo falseo la realidad histórica al negar la matanza de Badajoz o rebajar sus cifras. También él está en su derecho de creerse panfletos basados en la metodología de la “lucha de clases”, como el del señor Espinosa. Pero no tanto derecho a retorcer mi punto de vista. Que la matanza de la plaza de toros con toda aquella parafernalia de la leyenda fue un invento de la propaganda, no hay la menor duda de ello, y el propio Espinosa se ve obligado a reconocerlo, con sumo pesar. Yo no niego que hubiera otras matanzas, como en tantos otros lugares. ¿Cuánta gente murió? Las cifras de Espinosa deben ser indudablemente revisadas, ya que su metodología marxistoide arroja sobre ellas la mayor sospecha de propaganda. Él simplemente junta todos los nombres de muertos izquierdistas, cayeran en combate, en fusilamientos o por otras causas, en muchos lugares y ocasiones, y deja que el lector, como el señor Baer, se los imagine juntos en la famosa “matanza de Badajoz”. La experiencia de falseamiento de la historia por historiadores tipo “lucha de clases” es tan abrumadora, que nadie medianamente serio puede aceptar sus tesis sin una fuerte dosis de escepticismo. Los mismos nombres ofrecidos por Espinosa tendrían que ser revisados a fondo para creérselos. No sería la primera vez que se ofrecen víctimas con la ideología cambiada.

– El revisionismo histórico del que me acusa es, repito, una virtud y una necesidad científica, aunque al dogmático señor Baer le moleste. Y la acusación de antisemitismo que también me hace es sólo una falsedad interesada, para apoyar sus pretensiones dogmáticas y censoras. Utiliza el término en el mismo sentido en que los comunistas el de “antisoviético”. Ya conocemos esas cosas. 

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El señor Baer sigue confundiendo algunas cosas elementales. Pero es bueno insistir  en ellas porque después de todo se trata de errores, lógicos o de hecho, que han sido muy difundidos en estos años, más o menos interesadamente.

Wiesenthal  dice, como yo señalaba en el artículo cuestionado por el señor Baer, que la expulsión de los judíos fue un precedente del Holocausto. Y yo decía que, en todo caso, sería un precedente de  la expulsión de numerosos palestinos por los judíos en pleno siglo XX y con métodos peores que los de los Reyes Católicos. Esto no es antisemitismo, sino la constatación de un hecho.

El señor Baer intenta desviar la cuestión hacia el supuesto totalitarismo precursor de los Reyes Católicos, que, según él, defienden libros “serios”. Tan serios, seguramente, como la opinión de Wiesenthal. El antisemitismo en España fue fundamentalmente religioso, y la atención a la raza, o a algo muy parecido, está profundamente enraizada en el propio judaísmo.

Por supuesto, constatar estos hechos no significa justificar la expulsión del siglo XVI. Pero tampoco conviene creer lo que imagina el señor Baer, es decir, que la expulsión  “dejó un vacío en el comercio, la medicina y el pensamiento que la población católica española no pudo llenar, lo mismo que ocurrió con los moriscos en la agricultura”. Todas esas cosas están siendo sometidas a revisión por historiadores solventes, y la propia lógica le dará al señor Baer algunas pistas: la expulsión de los judíos coincidió con la ascensión de España a primera potencia mundial, y la creación de una cultura de primer orden en literatura, pintura, pensamiento, etc. Aunque los españoles no prestaron excesiva atención al comercio, desarrollaron un importante pensamiento económico, y gracias a sus empresas políticas y comerciales establecieron, por primera vez en la historia, la intercomunicación entre todos los continentes. Podríamos seguir así mucho rato. En mi artículo argumentaba: ¿Es que todas estas cosas ocurrieron gracias a la expulsión de los judíos? Evidentemente no: sostenerlo sería tan estúpido como pretender que dicha expulsión privó a España del principal nervio cultural. No  crea el señor Baer, acríticamente,  lo que cuentan algunos libros “serios”.

Y por supuesto que hay un fondo racista en su interpretación: pretende que los elementos progresistas  y culturalmente valiosos en España serían los judíos y los moriscos, mientras que los católicos –los españoles propiamente dichos en aquella época– serían los factores de atraso. Algo así, aunque con otros calificativos, decían los nazis de los hebreos.

Encontramos la misma credulidad  en el señor Baer con respecto al salvamento de judíos por el franquismo durante la II Guerra Mundial. Decir que el rescate de judíos por diplomáticos españoles –que eran muy franquistas–, se hizo “a pesar del régimen”, ya revela poco respeto a la lógica y poco conocimiento de la época. Es parte de un falseamiento de la historia como el que realizan los Espinosa, Blanco Escolá, Preston, Carcedo y tantos otros a quienes el señor Baer concede un crédito realmente excesivo.  Los que él llama “historiadores pro republicanos” no hacen más que repetir, con uno u otro matiz, la propaganda desarrollada por la Comintern en aquellos años, y ese solo hecho ya debía hacerle reflexionar.

El señor Baer revela muy poca honestidad, por no decir algo más enérgico, cuando sugiere que mis tesis se parecen a las de quienes niegan el Holocausto: tergiversa, omite, desvirtúa mis tesis, y trata de engañar o de engañarse respecto de ellas. Eso suele llamarse fanatismo.

 

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(IV) Lo cósmico en la sexualidad: yin y yang

**En “Cita con la Historia”: Lo que Europa debe a la España franquista. www.citaconlahistoria.es  

**Una introducción a la historia de Europa, también un reenfoque: https://www.amazon.es/Europa-P%C3%ADo-Moa-ebook/dp/B01M28JKGS/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1478110398&sr=8-1&keywords=pio+moa+europa

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Vi anunciarse el orgasmo a trechos devastadores, comiendo kilómetros a zancadas, avecinándose como un quejido de la Tierra. Incluso en el orgasmo hay diferencias importantes entre el masculino y el femenino. El masculino llega, en condiciones normales, de modo casi mecánico, el femenino resulta más largo y complicado. Alguien ha creído observar que el masculino recuerda a un rugido y el femenino a una queja prolongada. El papel masculino y el femenino, se ha observado a menudo, tiene tal fuerza en su diferenciación y complementaridad, que se reproduce entre los homosexuales en forma paródica.   

   Dentro de lo involuntariamente cómico-grotesco de los trechos devastadores y el quejido de la Tierra, las citadas frases “cipotudas” traslucen ese fondo cósmico de la sexualidad. Es decir, se trata de una fuerza que obra a través de nosotros (sin respetar nuestros más elementales intereses, como dijo alguien), pero que nos es ajena en orientación y sentido. Aun quedaría más claro suponiendo que, como dicen algunos –no lo creo– los primitivos no conocían la relación entre la sexualidad y la reproducción.  Una fuerza que puede jugar con nosotros e incluso llevarnos al crimen.  En Antígona se expresa de otro modo:  “Amor invencible en todos los combates, que disipas las riquezas,  pernoctas en las tiernas mejillas de la doncella, paseas por el mar y entras en los establos, ningún dios inmortal escapa a tu poder, ni ningún hombre de corta vida, y enloqueces a aquel de quien te apoderas”, etc. Precisamente por esas cualidades las religiones han insistido en regularizar de algún modo la sexualidad.

   La propia vida puede concebirse, como el producto de la superficie terrestre (“polvo eres…”) fecundada por el sol, y la analogía puede llevarse mucho más allá. Quizá es en la  visión taoísta del yin y el yang sea donde mejor se ha expresado, es decir, el cosmos se explica por la acción complementaria de dos principios, masculino y femenino, en que se manifiesta el tao, el origen innombrable del todo. A su vez, en lo femenino hay algo de masculino y viceversa.

Obsérvese que, aparte del muy acentuado dimorfismo sexual en el ser humano, la tendencia, en hombres y mujeres, visible no solo en las formas físicas sino en los modos de gesticular, andar, etc., la tendencia es a acentuarlo aún más por medio de la vestimenta, que tiende a ser sexual en la mujer y por así decir profesional en el varón.  Así, es curioso que en medio de una intensísima propaganda y presión social para borrar las diferencias, las chicas tienden a vestirse, maquillarse, etc., como objetos sexuales, mientras gran número de chicos cultivan casi obsesivamente la musculatura, para acentuar la diferencia, aunque al mismo tiempo traten de castrar sus tendencias temperamentales. Creo que estas tendencias, entre muchas otras, delatan una especie de enfermedad causada por una ideología llamada “de género”, realmente demencial e ideada por personas un tanto perturbadas.

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Acabo de leer su novela Sonaron gritos y golpes cuya lectura fue para mí un gran placer. Por supuesto que es un éxito artístico y me pregunto si debe convertirse en una “mini-serie” televisiva, pues la trama es fascinante y en ningún momento aburre. Hay un episodio en la tercera parte donde sale un cura que, a pesar de su oficio, se había hecho cómplice de los maquis, e incluso colaboraba con los maquis en asesinatos, entre otras cosas. El aludido cura pretextó sus sentimientos de culpa por las “atrocidades” supuestamente perpetradas por la Iglesia en tiempos pretéritos, como si con una fechoría se quitara otra. Este episodio me retrotrae a mis días de adolescente en Filipinas cuando se dio el caso de unos curas (muy pocos, por cierto) que habían hecho cosas semejantes y adujeron los mismos motivos que el cura de su libro. Fue entonces, por primera vez en la vida, que oí hablar de una tal “teología de la liberación.” Brooke

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Lo que Europa debe a la España franquista

**A partir de hoy creo que estará en librería EUROPA, una introducción a su historia

**Cita con la Historia tratará el próximo domingo de lo que Europa debe a la España franquista, que comienza así:

Hace dos sesiones abordamos el tema de lo que, en general, Europa debe a España. Ahora vamos a ir retrocediendo desde el presente. Cuando hablamos de España en la época del supuesto fin de la historia, ya indicamos cómo la posición de nuestro país en la OTAN y en la UE era extremadamente insatisfactoria, condenándonos a participar en aventuras bélicas y políticas por intereses ajenos y bajo mando ajeno. España va perdiendo personalidad y confundiéndose en un magma de gobiernos y países con orientación en muchos aspectos totalitaria, que pretenden regular hasta los sentimientos de las personas, como ya vimos también al hablar de la UE en el fin de la historia. Como puede observarse, la política exterior, parte esencial de la soberanía de un país, no existe propiamente en España, ni siquiera entra en los debates electorales, pese a derivas muy preocupantes. Es una política extremadamente provinciana, y no puede decirse que el país aporte hoy nada especial a Europa, salvo carne de cañón y dinero, así como colaboración totalmente acrítica y sumisión a los dictados de la UE.

   Otra cosa fue, sin embargo, el franquismo, cuando España sí hizo grandes aportaciones a Europa, como veamos a ver hoy, aunque sea de modo esquemático. Algo que nadie se ha planteado hasta ahora, pero que esperamos dejar claro.

   El franquismo nace de la guerra civil, y esta no fue un conflicto entre demócratas y fascistas, como a menudo sigue diciéndose, sino entre revolucionarios totalitarios y separatistas, por un lado, y partidarios de la unidad de España, de la cultura cristiana, de la propiedad privada y de la familia tradicional, por el otro. El triunfo de los nacionales no significó solamente un éxito para el bando nacional, sino también para quienes defendían aquellos valores también en el resto de Europa, pues su derrota en un país como España habría tenido consecuencias sobre el resto del continente.  

   En Introducción a la historia de Europa, y en La guerra y los problemas de la democracia, he examinado la crisis de la democracia liberal entre la I y la II guerras mundiales, crisis manifiesta en movimientos marxistas y fascistas que arrastraban a las masas en muchos países. España fue una de las naciones  donde dicha crisis se hizo más profunda durante la II República, de modo que la posibilidad de una revolución totalitaria de tipo comunista, aunque abanderada por el PSOE, se volvió cada vez más real e inminente. Debemos entender que la victoria de los nacionales no estaba predeterminada. La guerra pudo haber seguido otro curso y haber ganado el Frente Popular. Ello fue posible en dos momentos: al principio, cuando los recursos financieros, industriales y militares quedaron con abrumadora superioridad en al bando del Frente Popular. Recordemos que las reservas del Banco de España, las concentraciones de fábricas de Barcelona y Vizcaya, las mayores ciudades, dos tercios de la marina y la aviación, así como de las fuerzas de seguridad, mejor entrenadas que las de recluta, y casi la mitad del ejército de tierra  y el grueso de las municiones, quedaron en manos del Frente Popular al fracasar el golpe de Mola. En tal situación fue perfectamente posible que los alzados se dieran por vencidos y abandonaran la empresa. Mola estuvo muy cerca de hacerlo, aunque se mantuvo gracias al éxito de Queipo de Llano en Sevilla, pero aun así todo era extremadamente precario. Sin la decisión y energía de Franco, la guerra se habría perdido antes de empezar.  En Los mitos del franquismo, al analizar a Franco como figura militar, ya señalé este dato obvio, que casi ningún historiador toma en cuenta: la inmensa mayoría de los generales de cualquier país habría tirado la toalla al encontrarse de entrada en tal situación.

   La segunda ocasión fue el fracaso de los nacionales al llegar a Madrid. Se trataba de columnas numéricamente débiles, sin casi armamento pesado, frente a un ejército mucho más perfeccionado que las unidades milicianas, dotada de tanques y aviones técnicamente superiores, suministrados por los soviéticos, y con inagotable capacidad  teórica de movilización gracias al millón de habitantes de la ciudad. Las tropas atacantes podían haber sido embolsadas y destruidas, y de hecho la maniobra fue intentada por tres veces. De haber tenido éxito, y la superioridad material debiera haberlo permitido, el ejército de África, habría sido eliminado. Ese ejército era el nervio del esfuerzo de los nacionales, y al Frente Popular solo le quedaría ir aplastando, con mucho mejores perspectivas, al resto de las fuerzas sublevadas No lo consiguieron, y después ya no volvieron a tener una oportunidad clara, solo la de resistir, pensando en provocar una intervención directa de Francia o que la guerra europea que se iba precisando le salvase  mediante una invasión de Francia y de Inglaterra.

   Bien, si la guerra la  hubiera ganado el Frente Popular, el continente se habría encontrado en una situación muy difícil. En un extremo la Unión Soviética que se estaba convirtiendo aceleradamente en una gran potencia industrial y militar y organizaba un verdadero ejército político revolucionario, la Komintern, que actuaba en casi todo el resto de Europa. En el otro extremo quedaría una España asimismo sovietizada, eufórica por la victoria y con el mismo impulso mesiánico y expansivo de la Unión Soviética. Tal situación habría impulsado una radicalización de las masas en Francia, dotada de una democracia precaria, envuelta en escándalos de corrupción y que también vivía una situación social próxima a la guerra civil. Y Francia venía a ser el corazón de Europa Occidental. Esto es una evidencia para quien considere la situación europea de la época. Lo que pudiera haber ocurrido a partir de ahí ya es pura especulación, en la que no vale la pena entrar. Sí es evidente que la victoria nacional libró a Europa de una crisis inmediata muy peligrosa. Claro que por lo demás las condiciones para una guerra generalizada en el continente estaban muy avanzadas. Digamos que la guerra general europea habría podido comenzar con una guerra civil en Francia. Era situación muy parecida a la creada al final de la guerra mundial, cuando De Gaulle advirtió que una nueva guerra civil en España sería una guerra civil en Francia.

   Si en España se hubiera instalado un régimen realmente fascista, la situación europea se habría vuelto algo más tensa, pero no demasiado porque las democracias inglesa y francesa detestaban a Hitler, pero también esperaban de él que sirviera de barrera frente al expansionismo soviético. Además, por entonces Hitler no había cometido crímenes ni de lejos comparables a los de Stalin.  Los que analizaban la guerra española en términos de demócratas y fascistas volvieron a equivocarse, pues en el bando vencedor el partido más asimilable al fascismo, la Falange, era solo una parte del régimen, y no la hegemónica. De hecho sus concepciones más radicales quedaron como “revolución pendiente”, según la terminología adoptada más tarde. Así, la victoria de Franco fue sin duda una victoria también de la Europa afecta a los ideales cristianos, a los valores de patriotismo, propiedad privada, etc., y permitió cierta estabilidad al continente, una estabilidad momentánea, pues la guerra general solo tardaría cinco meses en estallar, pero eso ya no dependía en nada de España.

    La guerra europea, que pronto se haría mundial, cambió bruscamente la situación. Empezó con un pacto entre la Alemania nacionalsocialista y la Unión Soviética dirigido contra Francia e Inglaterra, para evolucionar a una alianza entre las potencias liberales anglosajonas y el totalitarismo soviético para aplastar a la Alemania de Hitler. En la nueva situación, España habría podido optar en principio por la intervención o la neutralidad. La intervención a favor de Inglaterra y de Francia quedaba descartada por permanecer la ofensa y agresión permanentes de Gibraltar y por la actitud más bien hostil de sus gobiernos hacia el régimen español y de este hacia el sistema demoliberal, que en España había conducido a un proceso revolucionario. La intervención a favor de Alemania e Italia parecía más probable, por la ayuda recibida durante la guerra y por ciertos valores político compartidos, y más aún por la presión coercitiva de las divisiones alemanas en los Pirineos. Pero en cualquiera de los dos casos una débil España apenas convaleciente de la guerra civil, solo podría desempeñar un papel de satélite al servicio de otras potencias. Franco, que siempre fue muy realista, no deseaba tal situación, de modo que  maniobró permanentemente para evitar entrar en guerra y lo consiguió, pese a todas las dificultades.  En definitiva, Franco entendió claramente que en aquel conflicto no se jugaba ningún interés relevante para España, al igual que había ocurrido en la I Guerra Mundial, en la que los soldados españoles solo habrían podido servir como carne de cañón al servicio de otros, cosa que muchos deseaban, entre ellos Azaña, por cierto.  Es indudable que permanecer al margen de la refriega fue un beneficio extraordinario para España, ya que salvó a la población de los bombardeos y atrocidades que sacudieron a Europa, aunque tuvo que soportar racionamiento y hambre –como casi todo el resto del continente—debido a la desarticulación de la economía dejada por el Frente Popular y a las restricciones ilegales impuestas por Inglaterra. De esto hablamos en otra sesión dedicada a los felices años 40.

    ¿Y qué efectos tuvo la neutralidad española en el resto de Europa? Hasta finales de 1942, la posición de España tuvo máxima importancia, pues si se aliaba a Alemania habría causado muy graves daños a los Aliados. Desde finales del 42, la postura española dejó de tener valor estratégico. Eso quiere decir que la neutralidad resultó mucho más ventajosa, una ventaja realmente estratégica, para los anglosajones que para el Eje. De hecho, al Eje le perjudicó al impedirle desarrollar grandes planes que tenía cerrando el estrecho de Gibraltar y asegurando bases en las Canarias y el dominio de la costa de Marruecos hasta el Sahara. No es que Madrid deseara el triunfo de los anglosajones, en realidad prefería una paz negociada contra la URSS, pero en los hechos, los grandes beneficiarios de la neutralidad española fueron los anglosajones, debido a la posición geográfica. Tampoco quería perjudicar a los alemanes, pero estimaba ante todo la reconstrucción del país y los intereses generales de España. Dado que consideramos preferible la victoria de las democracias a las del totalitarismo nazi, está claro que la neutralidad española benefició también a la Europa democrática, fue un elemento si no decisivo sí muy importante en su victoria.

   No obstante debemos señalar que los Aliado vencieron fundamentalmente gracias a la Unión Soviética, la cual corrió con el principal esfuerzo de la guerra, con diferencia. La colaboración fue necesaria, pero desde un punto de vista puramente demoliberal, tal alianza contaminó fuertemente la victoria. Por el contrario, España se mantuvo al margen tanto de los nazis como de los comunistas. Esto fue un logro histórico de primer orden para el país, y el mantenimiento de España en el ámbito cristiano y de mercado y propiedad privada, fue también un beneficio inestimable para la Europa occidental. Que, como de costumbre, no suscitó el menor agradecimiento, sino más bien lo contrario.

    Como sabemos, el gran beneficio obtenido de la neutralidad española por los Aliados fue parcialmente reconocido por Churchill, pero no así por los demás vencedores de Hitler. Aquel beneficio fue pagado con todo tipo de amenazas y chantajes por los anglosajones al final de la gran guerra, y con la organización del maquis por los comunistas dependientes de Moscú. Incluso se temió seriamente una invasión de España. La misma no se produjo gracias a la firmeza del régimen y a que, como vio claramente De Gaulle, una nueva guerra civil en España sería una guerra civil en una Francia famélica que había soportado enormes destrucciones. Y habría sido una grave peligro revolucionario en otros países devastados y donde los comunistas tenían gran influencia, como Italia. Debido a la alianza liberal-marxista, parte de Europa quedó contaminada, por así decir, de espíritu comunista.

    Otros beneficiarios de la neutralidad fueron los judíos, pues el régimen salvó a decenas de miles de ellos de la persecución, una persecución de la que prácticamente se desentendían los anglosajones, por cierto, como ya tratamos en su día. Aunque diversas autoridades judías han reconocido el hecho, tampoco puede decirse que, en general, dicho salvamento haya recibido la gratitud o el reconocimiento debido. Así, Israel votó reiteradamente en contra de la entrada de España en la OTAN.  Y a día de hoy continúan todo tipo de acusaciones y calumnias contra el franquismo, como si hubiera contribuido a la persecución.

   Pero, dado que el régimen español se mantenía firme, obligando a descartar una invasión los vencedores recurrieron al aislamiento de España, tratando de hacer caer al régimen. La medida no solo era injusta, al no haber participado España en la guerra, sino directamente criminal, pues trataba de provocar hambre masiva en el país. La medida fracasó, pero ello no quita carácter criminal al intento…

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El mito de Cortés

**En Cita con la Historia,  una aproximación comparativa a los imperios español e inglés: https://www.youtube.com/watch?v=4tXWRRjbvkI

Recordamos que Cita con la Historia es un programa estratégico, que parte prácticamente de la nada, que debe penetrar en la universidad, y   que precisa para ello el apoyo de cuantos sea conscientes del valor político actual de la historia. Apoyo en la difusión, para darlo masivamente a conocer, y en la  financiación. La cuenta para contribuir económicamente es: Asociación “Tiempo de Ideas Siglo XXI” – BBVA ES09 0182 1364 33 0201543346

**El miércoles, 2 de noviembre, creo que estará en librería el libro EUROPA, una introducción a su historia. Unas primeras páginas: http://www.esferalibros.com/uploads/ficheros/libros/primeras-paginas/201610/primeras-paginas-europa-es.pdf 

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Con este título ha escrito Iván Vélez un interesante estudio (ediciones Encuentro), subtitulado “De héroe universal a icono de la leyenda negra”. La idea del mito está tomada de Gutavo Bueno,  que distingue entre mitos luminosos, mitos oscurantistas y mitos ambiguos. Los luminosos  son esclarecedores (como el platónico de la caverna); oscurantistas y confusionarios serían, por ejemplo el de la creación de Adán a partir del barro, o de Eva a partir de la costilla de Adán,  o el de la torre de Babel. Y los ambiguos podrían dar lugar a interpretaciones contradictorias.

    No estoy seguro de que me convenza esta distinción, es más, no me convence en absoluto, pero para el caso no tiene importancia. La cuestión que sí tiene sentido, es la de si podemos considerar a Hernán Cortés y sus gestas un ejemplo de mito luminoso, como lo fue durante siglos, o de mito negativo, como lo ha sido desde hace bastante tiempo en numerosos medios europeos y americanos. Vélez cita unos versos de Heine: No era más que un capitán de bandoleros / que con su insolente mano/ inscribió en el libro de la fama/ su nombre insolente: ¡Cortés! Estos versos resumen la versión no sé si hoy día más corriente, pero desde luego muy divulgada e influyente.

    Como viene a mostrar Vélez, la verdad más obvia es que ningún capitán de bandoleros (de una pequeña banda de supuestos bandoleros) logró nunca destruir todo un imperio, edificar sobre él una nueva cultura y echar los cimientos de una nueva nación (por cierto bastantes veces más extensa que el imperio al que derrotó). Digo mostrar, y no demostrar, porque estos hechos son evidentes, es decir, no precisan demostración. Cabe discutir, en cambio, sobre el valor de aquella nueva cultura comparada con la de los aztecas o mexicas derrotada, pues no siempre ni mucho menos corresponde la victoria a los mejores. La implicación de Cortés como mito negativo, oscurantista, se basa en esa presunción, casi siempre implícita: los vencidos eran superiores, moral y culturalmente, a los vencedores. Digo implícitamente, porque nadie en sus cabales puede sostener que una cultura extremadamente belicosa y cruel, que organizaba guerras para tomar prisioneros, sacrificarlos a sus dioses y comer su carne, que desconocía la rueda, que oprimía a pueblos diversos, etc., fuera superior a otra cuyos “bandoleros” extirparon los sacrificios humanos, el canibalismo, la venta de mujeres, traían  una religión en cualquier caso muy superior, así como la rueda y animales de carga que liberaron a los indios de imitarlos, liberaron a los tlaxcaltecas y otro pueblos víctimas del imperio mexica, pronto construyeron nuevas ciudades, algunas de las cuales permanecen entre las más bellas del continente, introdujeron la imprenta y poco después universidades (solo  veinte y treinta años después de la conquista), etc. Sin embargo se da a entender oscuramente que los “bárbaros” era los conquistadores.

    Las acusaciones a Cortés se basan en atrocidades que se atribuyen a él o a sus “bandoleros”, en especial las matanzas de Cholula y del Templo Mayor, o la tortura de Cuauhtémoc, motivada esta por un ansia febril de oro que suele atribuirse como principal y casi única motivación de los conquistadores, a pesar de los hechos recién citados. Desde luego, matanzas más o menos semejantes, y generalmente mayores, no eran extrañas en las contiendas de la propia Europa, y no cabe aquí la historia de que “hay que ver los actos con la mentalidad de la época”, como si fuera una mentalidad un tanto atrasada o bárbara, porque las matanzas en Europa  y en el mundo en general, en el siglo XX han sido infinitamente peores. Se quiere dar la impresión de que los españoles mataban por matar, por pura crueldad gratuita, como pretende el mitómano Las Casas.  Lo que se quiere olvidar al juzgar las de Cortés es que hubo un juicio de residencia que examinó tales acusaciones, y quedó bastante claro que los hechos habían respondido a confidencias de que los indios preparaban el exterminio a los españoles, cosa relativamente fácil si eran tomados por sorpresa, ya que estos eran solo unos cientos, en medio de decenas de miles de indios, gran parte de ellos hostiles, como por otra parte era lógico, pues no les gustaba verse invadidos. Los españoles vivían con inquietud permanente, y solo reaccionando con rapidez tenían alguna esperanza de sobrevivir.  Cuauhtémoc fue torturado porque se suponía que ocultaba tesoros, y, al no aparecer, corrieron rumores de que se los había apropiado el mismo Cortés, lo que tampoco parece cierto. Cuauhtémoc  planeó con otros una segunda rebelión, que le llevó a ser ahorcado, un castigo normal entonces y ahora. Sin duda tenía razón en rebelarse, y también los españoles en castigarle, un rasgo de la tragedia según la define creo recordar que Max Scheler.

   El libro de Vélez demuele los mitos creados por la leyenda negra, y merece atenta lectura que daría para consideraciones mucho más largas. En definitiva, y según las distinciones de Bueno, Cortés, en lo que tiene de mito sería un mito luminoso. Realmente, la mitificación tipo leyenda negra, se ha construido con distorsiones o simples falsedades, y la han construido o divulgado a menudo personajes o regímenes que sí han sido muy demostradamente brutales, empezando por los mejicanos anti-Cortés, es decir, contrarios al fundador de su país. Al final es una sarta de  estupideces. Vélez considera Cortés una figura similar a Alejandro Magno, siguiendo a otros autores, pero creo excesiva la equiparación. Más semejante parece a Julio César por su muy destacada habilidad militar y diplomática y por su destreza literaria. Siempre obviando que Cortés nunca fue emperador ni aspiró a serlo, dato importante.

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Por qué debemos salir de la OTAN (y III) Por un movimiento neutralista

**En Cita con la Historia, este domingo, hablaremos de los ámbitos culturales español e inglés a partir de los respectivos imperios. Se trata de una primera aproximación. Recordamos que Cita con la Historia es un programa estratégico, que parte prácticamente de la nada, que debe penetrar en la universidad, y   que precisa para ello el apoyo de cuantos sea conscientes del valor político actual de la historia. Apoyo en la difusión, para darlo masivamente a conocer, y en la  financiación.

La cuenta para contribuir económicamente es: Asociación “Tiempo de Ideas Siglo XXI” – BBVA ES09 0182 1364 33 0201543346

**El miércoles, 2 de noviembre, creo que estará en librería el libro EUROPA, una introducción a su historia. Unas primeras páginas: http://www.esferalibros.com/uploads/ficheros/libros/primeras-paginas/201610/primeras-paginas-europa-es.pdf 

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Hemos visto dos argumentos principales por los que España debe salir de la OTAN. El primero es que esa organización, lejos de garantizar la paz y  la estabilidad, lleva decenios desestabilizando a diversos países, injiriéndose en sus asuntos internos y fomentando golpes de estado, invasiones y guerras civiles. Así en países árabes y Afganistán, o cercando a Rusia y  creando un nuevo foco de tensión en el mundo. España no debe participar en esas “misiones de paz” bajo mando extranjero, al servicio de intereses ajenos y en idioma extranjero, para más inri. La OTAN tuvo su razón de ser en la amenaza soviética; desaparecida esta, debió haberse disuelto. Lo que ha ocurrido es lo contrario, y ese hecho, responda a los designios que responda, que ahora no vamos a analizar, no responde ni a los intereses de la paz ni a los nuestros propios.

   La segunda razón es que la posición de España dentro de esa alianza es, y solo puede ser, una posición de lacayo o de peón de brega de unos intereses que, en el caso concreto de Gibraltar y Ceuta y Melilla no solo no son los nuestros, sino que son contrarios por completo a España.

   Al analizar la cuestión militar las razones son igualmente claras. España solo tiene un enemigo potencial en Marruecos, y ese problema puede afrontarlo solo, sin necesidad de la OTAN.  En cambio a la OTAN le conviene España, por su posición geoestratégica. Es decir, una España lacaya y servil a sus directrices. Pero una salida de España no tendría por qué alterar nada esencial, salvo que España tomara una actitud de abierta hostilidad o alineamiento con otras potencias, cosa que no tiene por qué ocurrir. España debe volver a la neutralidad, compartida por Suecia o Suiza en las dos guerras mundiales. Esa sería la mejor solución, aunque exige una posición firme y sensata hoy por hoy imposible, no debido a las circunstancias, sino al carácter un tanto bananero de nuestros  políticos y nuestra democracia.

   El problema, por tanto, es político, creado precisamente por una clase política inculta, frívola, provinciana, sin apego al propio país, a la que corresponde bien la definición de Azaña para los suyos: “política incompetente, de amigachos, de codicia y botín sin ninguna idea alta”. Y que de paso ha destruido el estado de derecho, como observaba hace unos días. Una oligarquía perfectamente a gusto con la colonia de Gibraltar, a la que ha convertido en un emporio de negocios oscuros y en  la que probablemente tienen dinero negro muchos de sus miembros, que financia a los separatismos  y habla con la mayor naturalidad de entregar la soberanía “por toneladas” a la burocracia de Bruselas y, por supuesto, al alto mando de la OTAN.

    En otras palabras: el problema está ligado a otros más internos como son la integridad de España o la regeneración democrática, que exigen una nueva clase  política. La solución, que no será fácil ni rápida, solo puede partir de un movimiento popular en esa dirección, un movimiento neutralista y regenerador. Desde luego, es posible ponerlo en marcha con un discurso y argumentario claros, y yo invito a hacerlo; pero no hay indicios de que vaya a ocurrir por ahora. En todo caso, quede ahí la idea.

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