**La historia de Europa, como la de España, comienza con la II Guerra Púnica. Toda la base cultural de lo que consideramos Europa se transmite en la época de las invasiones y los monasterios, Edad de Supervivencia o Alta Edad Media (Europa, una introducción a su historia)
En “Cita con la Historia”. Europa debe a la España franquista mucho más de lo que muchos imaginan: https://www.youtube.com/watch?v=8FQkGvHEwJk
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(Pequeña polémica sostenida hace años en Libertad Digital)
Tan pronto como España expulsó a los judíos, el país floreció en las artes y las letras, desarrolló su comercio y sus manufacturas durante un siglo hasta que por diversas razones empezó a decaer económicamente, descubrió buena parte del mundo, colonizó extensas tierras, y se convirtió en la primera potencia mundial”. ¿Qué les parece el aserto? Ciertamente, sus dos partes son verdaderas, pues a la expulsión de los judíos siguió un florecimiento de España como nunca antes o después. Sin embargo, sugerir una relación de causa a efecto entre las dos cosas es una estupidez que no merece comentario, y que, por lo demás, nadie sostiene, que yo sepa.
Lo que sí sostienen muchos, con aires de seriedad y buenos sentimientos, es una estupidez contraria y equivalente: que la expulsión de los judíos dejó a España esquilmada de sus mejores y más preparados elementos en los órdenes intelectual y económico, que sobrevino inmediatamente una decadencia profunda aunque por el momento no fuera aparente, y que sobre España cayó, por tal acto, una especie de estigma imborrable, manifiesto, por ejemplo, en nuestra propensión a la guerra civil, a “matarnos entre nosotros”. Algo así creyó descubrir el buen Américo Castro, seguido luego por Juan Goytisolo y una legión de escritores supuestamente progresistas, tan tenaces que han convertido aquella necedad en un lugar común incuestionable en amplios e influyentes medios intelectuales. Y ello a pesar de que España fuera entre el siglo XVI y el XIX quizás el país internamente más estable de Europa –no digamos si hacemos la comparación con el Magreb, tan querido por aquellos y cuya historia casi se resume en una guerra civil permanente–. Las luchas intestinas en España pertenecen más bien al siglo XIX, como una plaga de la época, con una prolongación en el XX que cabe esperar sea la última, si los nacionalistas periféricos cesan por fin en su empeño de balcanizar el país.
Desde luego, la expulsión de los judíos no es un hecho del que podamos sentirnos orgullosos; pero dista mucho de lo que pretender esos supuestos bienintencionados. Con ocasión del V centenario de América, el célebre cazador de criminales de guerra nazis Simon Wiesenthal afirmó que aquella expulsión constituía un precedente del exterminio de los judíos por Hitler. Nada de eso. Si constituye algún precedente sólo puede serlo de la expulsión de los palestinos por los israelíes en el siglo XX. Con dos diferencias, y no muy favorables a las tesis de Wiesenthal: que los palestinos fueron expulsados por medio del terror, y que aquella tierra había sido suya por muchos siglos. ¿O no?
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El señor Alex Baer ha escrito una carta sugiriendo mi exclusión de Libertad Digital por antisemita. Creo que este señor confunde algunas cosas elementales, y no estará de más aclararlas, porque no sólo a él le pasa.
– Lo que llama revisionismo es un fundamento del “Discurso del método” cartesiano y una norma elemental en el trabajo científico. Negarlo es tratar de imponer el dogmatismo.
– Sobre el Holocausto hay material de sobra. Creo que cualquier revisión honrada no hará sino confirmar el horror.
– El hecho de que millones de judíos hayan sido asesinados por los nazis no quiere decir que los judíos en bloque pasen a ser santos o libres de crítica. Entre ellos, como en cualquier otro pueblo, ha habido también criminales.
-Creo que el estado de Israel tiene derecho a existir. Soy consciente de que ha cometido y comete algunas brutalidades, pero también de que no se le puede juzgar desde la comodidad de Europa. Es un país acosado sin piedad, al que cualquier claudicación o error puede conducir a la catástrofe. Si Israel dependiera de la actitud falsamente humanitaria de Europa, habría sufrido ya un segundo holocausto.
– Las supuestas atrocidades del franquismo no tienen nada en absoluto que ver con el Holocausto. Los judíos, como pueblo, no habían hecho nada contra Alemania, más bien al contrario, y por eso su exterminio tiene un aspecto especialmente siniestro. En España había mediado una guerra civil en la que los dos bandos cometieron atrocidades, y en que hubo las consiguientes venganzas, como las hubo en Alemania o Italia según terminaba la guerra.
– Sobre las atrocidades del franquismo, el señor Baer, como judío, podía recordar que su pueblo tiene una importante deuda de gratitud con Franco.
– Equiparar la expulsión de los judíos de España en el siglo XV con el Holocausto, como hace Wisenthal, es como igualar un desahucio injusto con un asesinato. Es tan absurdo que habría que pensar en los motivos de semejante comparación.
– Decir que con la expulsión de los judíos España perdió sus mejores elementos humanos, como hacen Américo Castro o Goytisolo, es, aparte de una notable majadería, una idea claramente racista.
– La expulsión de los judíos por los Reyes Católicos sí puede compararse a la expulsión de palestinos por los judíos en tiempos recientes. Es cierto que muchos palestinos salieron porque sus líderes se lo pidieron, para volver en tromba y en plan exterminador, pero otros muchos huyeron por el terror. Decir esto no es hacer antisemitismo, sino señalar un hecho cierto. Entre los judíos, como en cualquier otro pueblo, no faltan los fanáticos, y la frase de Wisenthal es propia de un fanático.
– Dice que mis libros son antiprogresistas. Está claro que lo que el señor Baer y yo consideramos progresista no coincide. Nunca me parecerá progresista una “democracia” compuesta por comunistas, socialistas marxistas, anarquistas, racistas y republicanos que intentaban golpes de estado al perder las elecciones. El señor Baer tiene, por supuesto, derecho a pensar de otro modo, pero no a querer imponer su punto de vista y sugerir que quien no piensa como él debería ser excluido de Libertad digital.
– Dice el señor Baer que yo falseo la realidad histórica al negar la matanza de Badajoz o rebajar sus cifras. También él está en su derecho de creerse panfletos basados en la metodología de la “lucha de clases”, como el del señor Espinosa. Pero no tanto derecho a retorcer mi punto de vista. Que la matanza de la plaza de toros con toda aquella parafernalia de la leyenda fue un invento de la propaganda, no hay la menor duda de ello, y el propio Espinosa se ve obligado a reconocerlo, con sumo pesar. Yo no niego que hubiera otras matanzas, como en tantos otros lugares. ¿Cuánta gente murió? Las cifras de Espinosa deben ser indudablemente revisadas, ya que su metodología marxistoide arroja sobre ellas la mayor sospecha de propaganda. Él simplemente junta todos los nombres de muertos izquierdistas, cayeran en combate, en fusilamientos o por otras causas, en muchos lugares y ocasiones, y deja que el lector, como el señor Baer, se los imagine juntos en la famosa “matanza de Badajoz”. La experiencia de falseamiento de la historia por historiadores tipo “lucha de clases” es tan abrumadora, que nadie medianamente serio puede aceptar sus tesis sin una fuerte dosis de escepticismo. Los mismos nombres ofrecidos por Espinosa tendrían que ser revisados a fondo para creérselos. No sería la primera vez que se ofrecen víctimas con la ideología cambiada.
– El revisionismo histórico del que me acusa es, repito, una virtud y una necesidad científica, aunque al dogmático señor Baer le moleste. Y la acusación de antisemitismo que también me hace es sólo una falsedad interesada, para apoyar sus pretensiones dogmáticas y censoras. Utiliza el término en el mismo sentido en que los comunistas el de “antisoviético”. Ya conocemos esas cosas.
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El señor Baer sigue confundiendo algunas cosas elementales. Pero es bueno insistir en ellas porque después de todo se trata de errores, lógicos o de hecho, que han sido muy difundidos en estos años, más o menos interesadamente.
Wiesenthal dice, como yo señalaba en el artículo cuestionado por el señor Baer, que la expulsión de los judíos fue un precedente del Holocausto. Y yo decía que, en todo caso, sería un precedente de la expulsión de numerosos palestinos por los judíos en pleno siglo XX y con métodos peores que los de los Reyes Católicos. Esto no es antisemitismo, sino la constatación de un hecho.
El señor Baer intenta desviar la cuestión hacia el supuesto totalitarismo precursor de los Reyes Católicos, que, según él, defienden libros “serios”. Tan serios, seguramente, como la opinión de Wiesenthal. El antisemitismo en España fue fundamentalmente religioso, y la atención a la raza, o a algo muy parecido, está profundamente enraizada en el propio judaísmo.
Por supuesto, constatar estos hechos no significa justificar la expulsión del siglo XVI. Pero tampoco conviene creer lo que imagina el señor Baer, es decir, que la expulsión “dejó un vacío en el comercio, la medicina y el pensamiento que la población católica española no pudo llenar, lo mismo que ocurrió con los moriscos en la agricultura”. Todas esas cosas están siendo sometidas a revisión por historiadores solventes, y la propia lógica le dará al señor Baer algunas pistas: la expulsión de los judíos coincidió con la ascensión de España a primera potencia mundial, y la creación de una cultura de primer orden en literatura, pintura, pensamiento, etc. Aunque los españoles no prestaron excesiva atención al comercio, desarrollaron un importante pensamiento económico, y gracias a sus empresas políticas y comerciales establecieron, por primera vez en la historia, la intercomunicación entre todos los continentes. Podríamos seguir así mucho rato. En mi artículo argumentaba: ¿Es que todas estas cosas ocurrieron gracias a la expulsión de los judíos? Evidentemente no: sostenerlo sería tan estúpido como pretender que dicha expulsión privó a España del principal nervio cultural. No crea el señor Baer, acríticamente, lo que cuentan algunos libros “serios”.
Y por supuesto que hay un fondo racista en su interpretación: pretende que los elementos progresistas y culturalmente valiosos en España serían los judíos y los moriscos, mientras que los católicos –los españoles propiamente dichos en aquella época– serían los factores de atraso. Algo así, aunque con otros calificativos, decían los nazis de los hebreos.
Encontramos la misma credulidad en el señor Baer con respecto al salvamento de judíos por el franquismo durante la II Guerra Mundial. Decir que el rescate de judíos por diplomáticos españoles –que eran muy franquistas–, se hizo “a pesar del régimen”, ya revela poco respeto a la lógica y poco conocimiento de la época. Es parte de un falseamiento de la historia como el que realizan los Espinosa, Blanco Escolá, Preston, Carcedo y tantos otros a quienes el señor Baer concede un crédito realmente excesivo. Los que él llama “historiadores pro republicanos” no hacen más que repetir, con uno u otro matiz, la propaganda desarrollada por la Comintern en aquellos años, y ese solo hecho ya debía hacerle reflexionar.
El señor Baer revela muy poca honestidad, por no decir algo más enérgico, cuando sugiere que mis tesis se parecen a las de quienes niegan el Holocausto: tergiversa, omite, desvirtúa mis tesis, y trata de engañar o de engañarse respecto de ellas. Eso suele llamarse fanatismo.
