El Brasiliana era una pequeña tasca iluminada con luz fluorescente y sin taburetes ni ningún atractivo particular, salvo quedar casi al lado de su portal. Cuando entraron, el aire estaba bastante cargado de humo de tabaco, el suelo medio cubierto de servilletas de papel y el mostrador lleno de vasos y tazas de gente que se había marchado hacía poco y que el camarero iba retirando sin prisas. Tres parroquianos en el extremo interior de la corta barra discutían con voces por momentos gritonas sobre el Real Madrid y el Atlético; otro, hacia la mitad, leía el diario Ya; y próximo a la entrada, Javi el Oligarca les dedicó un “Aúpa, pareja de célibes, ¿qué andáis?” con su aire desenfadado y una amplia sonrisa que dejaba ver entre los dientes algo del montado de jamón que masticaba. Javi vivía en un apartamento alquilado próximo al lugar, pagado por su padre, socio de una naviera de Bilbao, y de ahí su apodo. “Lo de siempre, ¿no?”, dijo el camarero, y sin esperar más instrucciones colocó dos tazas en la cafetera. “A mí póngame también un coñac, pero nada de matarratas, ¿eh?… Magno, venga… ¿Y Mónchovich?”, dijo Javi. “Ya bajará, supongo” contestó Mino, preocupado. Habían empezado eslavizar arbitrariamente la terminación de sus nombres, por bromear: Santinski, Minóvich, Javienko, con variaciones, aunque apenas lo usaban fuera de aquella tabernilla en que venían reuniéndose a la hora del desayuno. El tabernero les seguía la corriente, llamándoles del mismo modo.
Moncho se retrasaba y Mino deseó sin mucha esperanza que se encontrase malo y no bajase. Pero llegó, y su saludo fue casi exactamente como Mino había temido:
–No podía imaginar que tuviéramos entre nosotros a un exhibicionista.
–¿Cómo es eso? –preguntó Javi, divertido.
–Pues que esta mañana, al ir a lavarme, me encuentro a Minóvich con la puerta del baño abierta, sin ninguna ropa encima, pavoneándose ante el espejo. Todo un espectáculo. Si no fuera medio dormido, le habría aplaudido.
A Mino le entraron ganas de estrangularle. Aquel embuste era peor que lo del váter. Si hubiera sido más fuerte, le habría dado una tanda de puñetazos. Aun sin aquella burla, casi siempre sentía un fondo de agresividad ante otros varones, aunque la consciencia de su debilidad le contenía. Un conocido suyo, en Gijón, también bajito y delgado, practicaba lucha grecorromana en un gimnasio y podía romper la crisma a otros mucho más corpulentos. Él, Mino, había intentado imitarle, pero le había faltado constancia.
Los otros rieron.
–Yo no veo tan mal el exhibicionismo. Si eres guapo y bien dotado, ¿por qué te va a reprimir? –remató Javi, fingiendo seriedad.
–En realidad solo estaba sentado en el váter, exhibiendo sus pedos –admitió Ramón.
–¿Y con la puerta abierta? Querría conquistar a la patrona… ¡Anda que si llega a verlo, cae rendida a sus pies…! Pero tuviste que adelantarte tú, so cabrón— siguió Javi la burla.
Mino buscó desesperadamente una respuesta para acallarlos, pero no la halló, como de costumbre. La tensión de su cara enrojecida presagiaba un estallido de cólera, lo que aumentaría la irrisión. Santi lo notó y salió en su ayuda, desviando la charla.
– ¿Por qué será que esos actos… en fin, fisiológicos… fastidian tanto cuando se revelan a los demás, a pesar de que son una cosa completamente natural y que sin ellos no podríamos vivir…? Será que nos avergüenza nuestro lado animal.
Los otros, notando la turbación y rabia de Mino, prefirieron seguir la corriente a Santi, saltando de lo concreto a lo teórico.
–Chorradas –objetó Moncho—. Comer es también un acto animal, y casi todo el mundo prefiere comer en compañía. No. Lo que pasa es que la sociedad es muy hipócrita.
Y siguió de ahí ensartando ideas: aquellas funciones biológicas debían dignificarse, nada de ocultarlas. Nos avergonzaban por puro prejuicio, por un prejuicio burgués. Había que hacer público lo oculto, ¿o es que podíamos vivir sin ellas? Es más, si la sociedad fuera como es debido, las cloacas no serían subterráneas, sino que correrían honorablemente a la luz del día, por el medio de las calles, como bulevares. Rebatió alguna objeción sobre el olor y extendió su teoría al ámbito sexual, invocando al psicoanálisis. La sociedad solo se liberaría cuando aquellas actividades recibieran el honor público que merecían…
– Abundo en tu opinión, que hago propia –retoriqueó Santi, de buen humor—Y aún diría que esas cloacas deberían construirse sobre pilares y con agujeros que pudieran abrirse tirando de una cadenita, para que la gente se duchase… ¡Abajo los prejuicios! ¡Abajo la burguesía! ¡Dignifiquemos la fisiología! ¡Por la libertad y el progreso!
El camarero servía el café con raciones de porras y churros. Los miró detenidamente y por fin sentenció:
–Estáis como cencerros, chavales.
Javi se echó a reír.
– Tú, Monchof, como vas para médico, solo piensas en que haya muchas enfermedades y forrarte con ellas. Pero esas cosas fomentan la economía, podéis creerme. Además, ¿qué importan las enfermedades si tú prosperas? Y la sociedad también prosperaría, claro, que hay ya demasiada gente en el mundo. ¡Grandes ideas en tu cabeza!
– ¿Creéis que hablo en cachondeo? Pues ni yo mismo lo sé. ¿Quién sabe cómo pensará la gente dentro de mil años? ¿O de cien, o de diez? Además, ¿qué coño importa? Lo que digo es que hay mucho cuento y mucha hipocresía, y así el mundo va como va –concluyó levantando la barbilla y simulando indignación.
Ramón, Moncho, estudiaba medicina, con varios años de retraso sobre la fecha en que debiera haber terminado. Para pagarse los estudios debía trabajar al mismo tiempo, traduciendo del inglés y el francés para una pequeña empresa de importación de tejidos. También Javier iba repitiendo cursos, pero no por apuros económicos, sino por retrasar lo más posible su incorporación al trabajo. Estudiaba Económicas sin gran interés, más bien por presión de su padre. “¿Y por qué no estudiabas en Bilbao?”. “Por alejarme de la familia. Además, el ambiente allí es muy cerrado para mi gusto”.
La radio del bar estaba a un volumen mediano, de modo que se le podía prestar atención o no, a conveniencia. Anunciaba Coca Cola, Trinaranjus, detergentes, Soberano, neveras… Luego pasó a las noticias: la policía había descubierto la casa donde se ocultaban unos terroristas de la ETA, autores del asesinato con bomba, unos días atrás, de una niña de tres años y de su madre, y de graves heridas al padre, un oficial de la Guardia Civil. “Los asesinos han sido detenidos –daba los nombres– excepto uno, Telesforo Uriarte, a quien la policía busca activamente”. El parroquiano del periódico miró con fastidio a los futboleros, que dificultaban oír las noticias. El camarero se dirigió a él: “¡Hijos de puta! ¡Ojalá los fusilaran a todos”. “Ojalá”, respondió lacónicamente el aludido, sin levantar la vista. De los cuatro estudiantes, solo Javi atendió a la noticia y frunció el ceño. Los otros seguían absortos en su charla.
Sonó el ruido enojoso de su despertador y Mino lo silenció con un gesto brusco. Miró hacia la cama de Santi, vacía. Sabía que pensaba levantarse más temprano y no le extrañó. Ya entraba algo de luz a través de la ventana. Incorporándose a medias, apartó el visillo y atisbó al exterior. El trozo de cielo visible indicaba un nuevo día de sol. Un fastidio. Había preguntado a la patrona si en Madrid era siempre así, y ella le había dicho que a aquellas alturas del año solía hacer frío, lluvia y había nieve en la sierra. Escuchó breves momentos el sonido amortiguado de la circulación en la calle. Un coche pitó con estridencia. Dobló la almohada para tener la cabeza más alta y paseó la vista por el cuarto: el colgador a la entrada, el armario común y una estrecha estantería desde el suelo, también común. Un cartel pegado a la pared con chinchetas exhibía a Joan Baez tocando la guitarra ante unos micrófonos. Otro, a su lado, mostraba un descapotable circulando por una carretera con un fondo de pinos y el mar, y la leyenda: “Rías gallegas. Lugares de ensueño”. Santi los había colocado simplemente por adornar, sin que les gustaran gran cosa a ninguno. Daba igual, daba todo igual. Le invadió una oleada de alegría al constatar que por fin era independiente, por fin emprendía su propia vida, y aquella alcoba, en su modestia le sugería el comienzo humilde de una gran carrera, que dejaría recuerdo en la gente. Bostezó, se estiró varias veces y recordó que se había dormido oyendo en la radio canciones de la tuna. Tomó el pequeño transistor sobre la mesilla de noche: estaba apagado. Lo habría apagado su compañero.
Haraganeó un poco en la cama, pensando vagamente en la jornada que le aguardaba. En fin, no tenía nada obligado que hacer, aparte de asistir a clases en la Facultad de Políticas. Antes desayunaría, como de costumbre con los dos compañeros de piso, Santi y Moncho, en el bar próximo, también humilde como correspondía. Vendría también Javi, el Oligarca, como le llamaban a veces, que se les había unido los últimos días. Javi le inspiraba fascinación y repugnancia a partes iguales, por su estilo de vida desinhibido y su sinceridad algo brutal. Después de las clases almorzaría en los comedores llamados del SEU en la Complutense, donde servían a los estudiantes comidas por solo quince pesetas; por la tarde quizá fuera al cine o se quedaría a leer en la biblioteca de la facultad… La rutina a la que ya iba acostumbrándose después del primer choque con la vida universitaria. “Hoy es martes y trece… ¡Bah!”. No era supersticioso, pero le molestó haber reparado en el dato. Casi sin pensarlo, se masturbó y sintió asco de sí mismo. Se dio cuenta de que Moncho aún no se había levantado y salió aprisa para aprovechar el cuarto de baño mientras estaba libre.
La dueña de la casa, una solterona beata y algo gruñona que alquilaba un par de habitaciones con limpieza de ropa a estudiantes, solo permitía una ducha semanal con agua caliente, los sábados. “La vieja avara…” “¿Tan sucios sois que tenéis que ducharos todos los días?”, argumento inapelable. “Bueno, por lo demás no hay queja con ella”. Y con aquel tiempo cálido no era sacrificio el agua fría. Se afeitó con la rasuradora eléctrica, se quitó el pijama, apartó la cortina de plástico que rodeaba la bañera y abrió la ducha. Tras el primer escalofrío volvió a sentirse bien, como si el agua le hubiera limpiado de su asco anterior, y tuvo que reprimirse para no cantar. A veces lo hacía, con buena voz que celebraban sus oyentes, pero evidentemente no era el momento. Salió de la bañera y secó su cuerpo con una toalla demasiado pequeña, dejándola empapada. Frente al lavabo se reventó un grano junto a una comisura de la boca y se echó alcohol, frunciendo la cara por el intenso picor. Retrocedió dos pasos, se puso de puntillas para contemplar más parte de su cuerpo en el espejo, y su animación se esfumó con la misma rapidez que había llegado. Justamente podía verse hasta algo por debajo de la ingle y se le ocurrió, como de costumbre, que los órganos genitales, feos por sí, estaban aún más afeados por el vello en torno. ¿Por qué los habría hecho de ese modo la naturaleza?
Y allí estaba él con su corta estatura, músculos escuálidos, cuatro pelillos en el pecho y piel muy blanca que le hacía parecer aún más esmirriado. Su rostro tampoco le satisfacía: casi triangular bajo una espesa mata de pelo arrubiado y rebelde al peine, nariz grande y huesuda, surcos nasolabiales demasiado profundos para alguien tan joven. Solo los ojos, de un azul intenso, podrían ser un atractivo, de no tenerlos demasiado hundidos. Cada día repetía el rito de examinarse, como esperando que alguna vez el espejo se mostrase más compasivo, y siempre su imagen reflejada le causaba un profundo pesar. “¡Puaj!”, musitó, ni él mismo supo si como expresión de desprecio por las apariencias exteriores o de despecho por su propia imagen. Y para colmo aquel nombre ridículo, Epaminondas, que tanto le había hecho sufrir desde niño, que tantas burlas suscitara en la escuela. “Epaminondas, cómete las mondas”, cosas así. Y pese al consejo de sus padres de no hacer caso de idiotas burlones, y de alegrarse por tener un nombre original, se sentía vejado de forma insoportable. La idea del nombre había sido de un tío y padrino suyo aficionado a las cosas griegas, allá en Gijón, y había convencido a los estúpidos de su padre y su madre, que apenas tenían cultura. Lo de “Mino” aligeraba algo la cosa, menos mal, pero sonaba extraña. Nadie se llamaba Mino, el hipocorístico despertaba curiosidad, suscitaba la fastidiosa aclaración y una ligera sonrisa en los interlocutores o algún “¡caramba!”
Siguió rumiando sus pesares. ¿Y por qué aquel cuerpo lamentable? Aún más lo sufría por la gran misión que se había impuesto. ¡Por ello su nombre y su físico le atormentaban oscuramente y sin pausa! Le llenó una oleada de resentimiento contra sus padres. ¿Por qué le habían castigado con aquel nombre y legado un cuerpo tan triste? …Su hermano mayor, Carlos, desbordaba normalidad: buen mozo, fuerte, alegre y despreocupado… lo tenía todo. “Todos menos inteligencia y ambición, claro”. Carlos había dejado los estudios en cuarto de bachillerato, por incapaz, siempre con aprobados raspados, había hecho formación profesional como electricista y ya se ganaba bien la vida. Mino había ganado una beca para la universidad gracias a sus numerosas matrículas en los estudios: de otro modo sus padres le habrían obligado a buscar algún empleo práctico, como su hermano, y aportar dinero a casa. Y aún con la beca, le reprochaban no haber elegido alguna ingeniería, o Derecho, algo práctico, en fin, que diera dinero.
Y en la universidad, un ambiente parecido, la gente estudiando lo mínimo, esperando a los exámenes para meterse los apuntes a capón, en dos o tres noches, con anfetaminas, según le contaban… ¿Qué podría salir de ahí? Él no, él tenía una curiosidad insaciable, leía en la biblioteca a Spengler, a Toynbee, lecturas sobre Danilefski, Berdiaef… Para los compañeros, incluso para más de un profesor, resultaban desconocidos. Y empezaba a leer a Marx, a Marcuse. Era preciso enterarse. A Marcuse apenas conseguía entenderlo y le aburría, pero se imponía tragarlo Eros y civilización. Marx le costaba menos: los Manuscritos de 1844, las tesis sobre Feuerbach. No le gustaba mucho, pero era lo de menos, había que hacerlo, estudiarlo hasta entenderlo bien. A menudo tenía una sensación de empacho intelectual, con tanta golosina casi simultánea…En fin, debía prepararse, entender el mundo de la política y la filosofía de la historia. Sus labios se torcieron hacia abajo en mueca de desprecio pensando en aquella Complutense, que solo creaba profesionales de poco fuste. ¡Cómo iba el país a progresar con tanto mediocre al mando, empezando por Paco el Rana!
Mino tenía una aspiración secreta: llegar a gobernar el país y hacer de él una gran potencia: “Sí, lo conseguiré. Para eso no importa ser bajo ni alto, guapo o feo, solo hace falta inteligencia y voluntad y yo tengo las dos. Pero el nombre… Presidente Epaminondas… sería la irrisión. Presidente Mino, aún peor… Ya habrá salida… Tendré que prescindir de mujeres, pero por lo demás, ¿qué importa? Nunca les he gustado, las mujeres son demasiado primarias, demasiado… demasiado terrenales, nunca serían capaces de apreciar el talento, de apreciar las grandes empresas…”.
Se sentó, desnudo como estaba, en la taza del váter. En ese momento se abrió la puerta y la irritada cara de Moncho le observó un momento.
–Podías cerrar bien, ¿no? –gruñó el intruso antes de volverse, dejando la puerta abierta
–Lo siento, perdona…
Azorado, se levantó a correr el pestillo. ¿Cómo había olvidado hacerlo? Enseguida volvió a la habitación y se sentó en la cama a limpiarse con una gamuza las gafas de miope. “¡Maldita sea!”. Y lo peor, el tipo aquel, tan burlón, iría contándolo. Ya le parecía oírlo: “Y allí me lo encuentro, giñando en pelotas, con la puerta abierta…”, entre la jarana de los demás. ¿Qué replicaría? Los contraataques ingeniosos siempre se le ocurrían después, a destiempo, o bajo la presión del momento se le ocurriría alguna salida torpe que empeorara las cosas. Pensó en Santi. Se había hecho muy amigo de él, un chico alto, guapo y apuesto, optimista, en cierto modo tan normal como su hermano Carlos, pero sin la vulgaridad de este. Un tipo curioso. Para Santi, Cádiz era lo mejor del mundo, bromeaba con la idea de independizar la ciudad y tenía de ella el humor guasón y un tanto cotilla y estrafalario; cantaba, con mala voz y mal tono, chirigotas como una que empezaba: “Otro caso doloroso /ocurrió cierta mañana…”, sobre un caballero avanzado en años que tomaba alguna droga estimulante para satisfacer a su joven querida: en una ocasión el pene mantuvo su rigidez y no conseguía relajarlo, le dolía y tuvo que ir al hospital. El asunto había trascendido y dado pie a la chanza popular. O planteaba dilemas absurdos como: “¿Qué preferirías, que te metieran un hierro al rojo vivo por el culo, o sostener en brazos a un niño muerto hasta que resucitase?”. Estas cosas desconcertaban algo a Mino.
A pesar de todo, Santi no tenía nada de chabacano. “¡Qué tipo tan equilibrado! Tiene todo lo que me falta a mí… menos grandes aspiraciones. ¡Dios da pañuelos a quien no tiene narices!”. No lograba entenderlo: “Todos somos hijos de Dios –decía su amigo–, cada cual tiene lo suyo. Pensar a largo plazo es inútil, porque cualquier cosa puede torcer nuestros planes. Ni siquiera podemos predecir qué nos ocurrirá en un día. Muchas mañanas, al despertar, me pregunto: ¿Qué haré hoy? ¿Me encontraré con alguien nuevo? ¿Qué saldrá de ello? ¿Tendré un accidente? Solo puedo decir: ¡quién sabe!”. “Pero tú terminas este año Aeronáuticos. ¿Es que te contentas con buscar luego un empleo cualquiera en lo tuyo, casarte e ir tirando? ¿No piensas…, qué sé yo…, en inventar un nuevo tipo de avión, o de motor o algo así, y hacerte famoso y ganar mucho dinero?” “No, ¿por qué? Si surgiera o se me ocurriera, pues muy bien, pero no voy a matarme para eso”. ¡El único defecto que le encontraba Mino! Y pese a ser tan distintos, y él tan poco dado a confidencias, que en varias ocasiones le habían hecho sentirse traicionado dolorosamente apenas tenía secretos para Santi. Incluso le había dado a conocer su magna aspiración política, acogida con asombro y algo de sorna benévola, “Ya me nombrarás ministro de algo… Claro que no iré contándolo por ahí, hombre. Pero no olvides, a grandes hombres, grandes fallos. En cambio los fallos de los hombres pequeños tienen consecuencias pequeñas, así que…”.
Se vistió. ¿Bajaría a desayunar o iría directamente a la facultad, para evitar las burlas? Decidió lo segundo. Pero justo cuando salía del portal llegaba Santi.
–Qué, ¿vamos al bareto?
No había esperado el encuentro, ni se le ocurrió pretexto para eludir acompañarle.