Pasiones inútiles

Santi recordó que no era la primera vez que Moncho exponía sus teorías, escuchadas por los demás con ligera sorna. Dos días antes había sido sobre Sartre: “Qué es la vida humana? Una pasión inútil.  Esa es la definición más real y más cierta que se haya dado jamás” “¿De veras?” “Pues claro. Estamos aquí por azar, nos vemos forzados a trabajar y luchar, a hacer mil cosas como podríamos hacer otras cualesquiera, no hay ningún criterio real para decir: este camino es el correcto porque nunca sabes adónde llevan. Bueno, sí, claro que lo sabemos. Al final… la Parca, y entre tanto vamos a tumbos, dando vueltas como locos, esforzándonos para nada. Por eso tampoco podemos decir: esto vale más que lo otro. Todo son convenciones sin valor real y al final todos al hoyo, tanto los que según esas convenciones han vivido bien como los que han vivido mal. Ya me contaréis qué sentido puede haber ahí” “Claro, tú eres ateo”. “Mira lo de Dios es solo una ilusión para consolarnos. Lo explica muy bien Freud…” “¿Y qué nos queda entonces?” había preguntado Mino, muy alarmado. “Nos queda la libertad. La libertad de hacer proyectos y construirnos como queramos, la libertad de inventarnos. Y tampoco mucha.¡Anda que no nos damos importancia, que si la dignidad humana y tal y cual! ¡Y nuestro precioso ego,  tan… tan… llenalotodo!… ¿Pero qué es eso? Cada uno está aquí por la pura casualidad de que un espermatozoide entre millones llegó a un óvulo en un momento también casual. ¿Me vas a decir tú, Santi, tan creyente, que Dios determinó que aquel espermatozoide preciso entrase en aquel óvulo preciso en aquel momento preciso…? Un dios ocupado en tales cosas resulta, no sé cómo decirlo… algo raro, ¿no? Hasta ridículo… ¿Y más: ¿hemos decidido en qué familia, en qué posición social, en qué país, en qué siglo de la historia nacimos? ¿Lo hemos pedido, siquiera? Entonces, ¿qué importancia tenemos? Solo la que nos dé la gana, porque sí. En eso consiste la libertad”.

   Santi le había objetado: ¿con qué fundamento, con qué derecho decretaba que el mundo solo se componía de casualidades sin sentido?  Eso era una conclusión arbitraria solo porque no podíamos comprender el misterio de la vida. Y como es un misterio, nos conmociona, nos causa asombro y terror, así que solo era posible recurrir a Dios. Era necesario. Por pura conveniencia, si queríamos plantearlo así. La creencia era preferible a la increencia, porque la creencia te da consuelo y esperanza. ¿Cómo vivir sin esperanza? Eso de la libertad de Sartre era pura pose, pura frivolidad, una rueda que giraba en el vacío. Si fueran consecuentes, se suicidarían, aunque solo fuera como protesta por no haber contado con ellos para traerlos al mundo.  Moncho había replicado que el suicidio como una  opción perfectamente racional, aunque había admitido que no pensaba ponerla en práctica, al menos por el momento. “¡Bah! –había insistido Santi–, lo de la libertad de inventarse solo es un capricho infantil. En la vida real chocas con los inventos de los demás, con las libertades de los demás y con las normas establecidas. Si cometes un delito, te llevan a la cárcel, y ya puedes gritar que delinquir tiene el mismo sentido que cumplir la ley, o sea, ninguno.  La vida no puede ser pura arbitrariedad. La gente quiere vivir, ¿ves? Hay un instinto de supervivencia en la gente, en la sociedad, y ese instinto te dice lo que puede hacerse y lo que no, y eso tampoco puede ser puro azar no puede ser pura arbitrariedad”

   Mino se había quedado perplejo y encantado por el modo de razonar de su amigo Santi. “¡Qué tío! ¡Qué bien expone las cosas! Seguro que estudió para cura, le preguntaré”. Pero había olvidado preguntarle. Moncho había insistido: “Si hay un sentido, todas las cosas que hacemos, hasta las más vulgares, tienen sentido. Si yo escupo ahora al suelo, ¿tiene sentido?”.  Santi  había replicado, primero en broma, diciendo que tenía el sentido de demostrar mala educación, y luego en serio: “Fíjate en una película bien hecha: cada gesto o acto de los actores significa algo de acuerdo con la intención del director. Pues bien, cada acto de nuestra vida, por banal que sea, ha de tener  un sentido de acuerdo con el director. Solo que las intenciones del director, vamos, de Dios, no las conocemos, o solo a medias. Pero nos orienta un poco el saber que unas cosas están bien y otras mal”.

   Su contrincante no se había dado por vencido. La vida, examinada de forma objetiva, era un absurdo, y por algo el teatro del absurdo estaba en boga, tenía sentido. Y se había reído de su contradicción.  “Qué importan los males y los bienes? ¿Qué es eso? El mundo está lleno de males y de bienes pero es porque nos da la gana de llamarlos así o porque nos conviene, sin ningún criterio sólido. A lo mejor, si los vemos desde un punto de vista superior  no son bienes y males, o son todos lo mismo. ¿Qué son, en definitiva? Son hechos, simplemente”.  Santi había persistido: “Tú lo has dicho: desde un punto de vista superior, ahí está tu fallo. Pero, claro, un punto de vista superior al humano sería un punto de vista divino, y tú dices que no puede haberlo. Así que debemos apañarnos con nuestro punto de vista humano, tan limitado, y sabemos que hay un bien y un mal, aunque no lo distingamos con claridad. Según tú, no solo sería el suicidio una solución, también el exterminio de millones, o de la humanidad. Como todo es inútil después de todo, como nada tiene sentido…”. “Está bien, me das la razón con ese argumento. Consideramos un crimen, qué sé yo, las bombas  sobre la población civil y desarmada..,   Pero ¿acaso considerarlas un crimen ha evitado que ocurran? Además, quienes las lanzaron tienen sus razones, evitaron la muerte de muchos más y tal y cual. Razones de mucho peso… Pero qué coño de peso, peso no tienen ninguno, y tampoco tiene peso que mucha gente hable de crimen masivo.  Podían haberlas tirado o no, seguramente lo hicieron  por causas que, si las miramos de cerca, son puramente casuales… Simplemente son hechos, como tantos otros, como todos. Curas a un enfermo y este mata a alguien para robarle. ¿Has hecho bien o mal? Nos gusta llamar crímenes a unas cosas y buenas acciones a otras, incluso a las mismas cosas unos los llaman crímenes y otros actos justos y necesarios. ¿Qué opinión vale más? Enseguida te enredas en mil argumentos idiotas. y la opinión de unos no vale más que la de otros… Pasión inútil”.

   Discusiones tales no producían acuerdos, y enseguida se perdía la concentración y se divagaba hacia cuestiones de otro género, más descansadas o de la actualidad.  Mino  siempre escuchaba atento. Le interesaban aquellos compañeros que hablaban de temas menos vulgares que la mayoría, pero ¿qué era aquello de la pasión inútil?  Él sí tenía una pasión, y a ella consagraría su vida. Y nunca sería inútil, pues la satisfaría, vaya si la satisfaría… a menos que se lo impidiera algún accidente o una muerte prematura, claro. Se había estremecido levemente al considerarlo y había apartado la idea de la cabeza. Las objeciones de Santi tampoco le complacían del todo, le parecían una renuncia a la razón. Sin dejar de considerarse vagamente  católico, percibía confusamente  la religión como una huida y un falso refugio. Pero no sabía argumentarlo bien y callaba. Por su parte, Javier siempre asistía a aquellos torneos con expresión socarrona, interviniendo poco: “¿Y todo eso, qué más da?  ¿Qué más dan esos espermatozoides y óvulos y  demás historias? Lo cierto es que  estamos aquí, tenemos que arreglarnos como podamos, y eso es todo. Los filósofos llevan siglos dale que te pego a esos asuntos, cada uno dice una cosa, así que, ya me perdonaréis, pero no creo que vosotros vayáis a aclarar nada, y menos a la hora del desayuno”.

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“… Me han gustado de su novela la variedad de situaciones, como cuando el protagonista abate a la francotiradora soviética en las ruinas del monasterio. O cuando los maquis son advertidos por un chivatazo y  salen marchando por la noche y en el camino uno lanza una pedrada al cristo de un cruceiro, bajo la luz de la luna. O la huida del protagonista y cómo se esconde en un portal, el olor a guisado y las voces y la canción “Ojos verdes” que suena por la radio de un piso (por cierto, ¿existía ya esa canción en 1936? Siempre creí que era de los años 40). O la iniciación del protagonista en el sexo por Luisa: Alberto no puede resistir a la expresión “invitadora, desafiante y burlona”, tan femenina, con que Luisa le “ataca”. O el encuentro, de noche, con el viejo marinero borracho y mendigo en el parque de Betanzos. O la familia reunida en una habitación en Novgorod, todos muertos de frío y de hambre, que es descubierta por el olor cuando empieza el deshielo. O el cabreo del comunista padre de Carmen y Luisa con los anarquistas que le han destrozado la biblioteca en Barcelona. O la marcha patética del pequeño grupo que decide quedarse en Rusia cuando la División se disuelve. O la escena del obrero comunista de Vigo y de su mujer cuando Alberto le advierte de que la guardia civil va a ir a por él, para que pueda huir. O la depresión del protagonista cuando llega a Madrid huyendo de sus recuerdos en Barcelona. O el descubrimiento del cadáver de la prostituta amante de Paco. O los sueños, después de la muerte de Carmen, con que empieza la novela. No voy a seguir, hay tantos pequeños episodios más, y lo mejor es que los trata con total sobriedad, no hay alardes de prosa  ni discursos, ni moralismos, y eso es lo que les da más realismo y los hacen tan creíbles. A mí son lo que más me ha gustado, más que la trama en sí. (P. D. F., con perdón)

   Sobre la canción Ojos Verdes, ya dije hace tiempo que leí que era de 1936 y se había estrenado en Barcelona. Pero no recuerdo la fuente. He leído también que fue posterior. En la posguerra inmediata fue la canción más interpretada, seguramente. Me permití una libertad con la canción rusa “Ay caminos”, que trata de la guerra pero fue compuesta algo después de 1945.

 

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Vergüenzas fisiológicas

El Brasiliana  era una pequeña tasca iluminada con luz fluorescente  y sin taburetes ni ningún atractivo particular, salvo quedar  casi al lado de su portal. Cuando entraron, el aire estaba bastante cargado de humo de tabaco, el suelo  medio cubierto de servilletas de papel  y el mostrador lleno de vasos y tazas de gente que se había marchado hacía poco y que el camarero iba retirando sin prisas. Tres parroquianos en el extremo interior de la corta barra discutían con voces por momentos gritonas sobre el Real Madrid y el Atlético; otro, hacia la mitad, leía el diario Ya;  y próximo a la entrada, Javi el Oligarca  les dedicó un “Aúpa, pareja de célibes, ¿qué andáis?” con su aire desenfadado y una amplia sonrisa que dejaba ver entre los dientes algo del montado de jamón que masticaba.  Javi vivía en un apartamento alquilado próximo al lugar, pagado por su padre, socio de una naviera de Bilbao, y de ahí su apodo. “Lo de siempre, ¿no?”, dijo el camarero, y sin esperar más instrucciones colocó dos tazas en la cafetera. “A mí póngame también un coñac, pero nada de matarratas, ¿eh?…  Magno, venga… ¿Y Mónchovich?”, dijo Javi. “Ya bajará, supongo” contestó Mino, preocupado. Habían empezado eslavizar arbitrariamente la terminación de sus nombres, por bromear: Santinski, Minóvich,  Javienko, con variaciones, aunque apenas lo usaban  fuera de aquella tabernilla en que venían reuniéndose a la hora del desayuno. El tabernero les seguía la corriente, llamándoles del mismo modo. 

    Moncho se retrasaba y Mino deseó sin mucha esperanza que se encontrase malo y no bajase. Pero llegó, y su saludo fue casi exactamente como Mino había temido:

–No podía imaginar que tuviéramos entre nosotros a un exhibicionista.

–¿Cómo es eso?  –preguntó Javi, divertido.

–Pues que esta mañana, al ir a lavarme, me encuentro a Minóvich con la puerta del baño abierta, sin ninguna ropa encima, pavoneándose ante el espejo. Todo un espectáculo. Si no fuera medio dormido, le habría aplaudido.

    A Mino le entraron ganas de estrangularle. Aquel embuste era peor que lo del váter. Si hubiera sido más fuerte, le habría dado una tanda de puñetazos. Aun sin aquella burla, casi siempre sentía un fondo de agresividad ante otros varones, aunque la consciencia de su debilidad le contenía. Un conocido suyo, en Gijón, también bajito y delgado, practicaba lucha grecorromana en un gimnasio y podía romper la crisma a otros mucho más corpulentos. Él, Mino, había intentado imitarle, pero le había faltado constancia.

    Los otros rieron.

–Yo no veo tan mal el exhibicionismo. Si eres guapo y bien dotado, ¿por qué te va a reprimir?  –remató Javi, fingiendo seriedad.

–En realidad solo estaba sentado en el váter, exhibiendo sus pedos –admitió Ramón.

–¿Y con la puerta abierta? Querría conquistar a la patrona… ¡Anda que si llega a verlo, cae rendida a sus pies…! Pero tuviste que adelantarte tú, so cabrón— siguió Javi la burla.

    Mino buscó desesperadamente  una respuesta para acallarlos, pero no la halló, como de costumbre. La tensión de su cara enrojecida presagiaba un estallido de cólera, lo que  aumentaría la irrisión. Santi lo notó y salió en su ayuda, desviando la charla.

– ¿Por qué será que esos actos… en fin, fisiológicos…  fastidian tanto cuando se revelan a los demás, a pesar de que son una cosa  completamente natural y que sin ellos no podríamos vivir…? Será que nos avergüenza nuestro lado animal.

   Los otros, notando la turbación y rabia de Mino, prefirieron seguir la corriente a Santi, saltando de lo concreto a lo teórico.

–Chorradas –objetó Moncho—. Comer es también un acto animal, y casi todo el mundo prefiere comer en compañía. No. Lo que pasa es que la sociedad es muy hipócrita.

   Y siguió de ahí ensartando ideas: aquellas funciones biológicas debían dignificarse, nada de ocultarlas. Nos avergonzaban por puro prejuicio, por un prejuicio burgués. Había que hacer público lo oculto, ¿o es que podíamos vivir sin ellas? Es más, si la sociedad fuera como es debido, las cloacas no serían subterráneas, sino que correrían honorablemente a la luz del día, por el medio de las calles, como bulevares. Rebatió alguna objeción sobre el olor  y extendió su teoría al ámbito sexual, invocando al psicoanálisis. La sociedad solo se liberaría cuando aquellas actividades recibieran el honor público que merecían…

– Abundo en tu opinión, que hago propia –retoriqueó Santi, de buen humor—Y aún diría que esas cloacas deberían construirse sobre pilares y  con agujeros que pudieran abrirse tirando de una cadenita, para que la gente se duchase… ¡Abajo los prejuicios! ¡Abajo la burguesía! ¡Dignifiquemos la fisiología! ¡Por la libertad y el progreso!

   El camarero servía el café con raciones de porras y churros. Los miró detenidamente y por fin sentenció:

–Estáis como cencerros, chavales.

   Javi se echó a reír.

– Tú, Monchof, como vas para médico, solo piensas en que haya muchas enfermedades y forrarte con ellas. Pero esas cosas fomentan la economía, podéis creerme. Además, ¿qué importan las enfermedades si tú prosperas?  Y la sociedad también prosperaría, claro, que hay ya demasiada gente en el mundo. ¡Grandes ideas en tu cabeza!

– ¿Creéis que hablo en cachondeo? Pues ni yo mismo lo sé. ¿Quién sabe cómo pensará la gente dentro de mil años? ¿O de cien, o de diez? Además, ¿qué coño importa? Lo que digo es que hay mucho cuento y mucha hipocresía, y así el mundo va como va –concluyó levantando la barbilla y simulando indignación.

   Ramón, Moncho,  estudiaba medicina, con varios años de retraso sobre la fecha en que debiera haber terminado. Para pagarse los estudios debía trabajar al mismo tiempo, traduciendo del inglés y el francés para una pequeña empresa de importación de tejidos. También  Javier  iba repitiendo cursos,  pero no por apuros económicos,  sino por retrasar lo más posible su incorporación al trabajo. Estudiaba Económicas sin gran interés, más bien por presión de su padre. “¿Y por qué no estudiabas en Bilbao?”. “Por alejarme de la familia. Además, el ambiente allí es muy cerrado para mi gusto”.

    La radio del bar estaba a un volumen mediano, de modo que se le podía prestar atención o no, a conveniencia. Anunciaba Coca Cola, Trinaranjus, detergentes, Soberano, neveras…  Luego pasó a las noticias: la policía había descubierto la casa donde se ocultaban unos terroristas de la ETA, autores del asesinato con bomba, unos días atrás, de una niña de tres años y de su madre, y de graves heridas al padre, un oficial de la Guardia Civil.  “Los asesinos han sido detenidos –daba los nombres–  excepto uno,  Telesforo Uriarte, a quien la policía busca activamente”.  El parroquiano del periódico miró con fastidio a los futboleros, que dificultaban oír las noticias. El camarero se dirigió a él: “¡Hijos de puta! ¡Ojalá los fusilaran a todos”. “Ojalá”, respondió lacónicamente el aludido, sin levantar la vista. De los cuatro estudiantes, solo Javi atendió a la noticia y frunció el ceño. Los otros seguían absortos en su charla.    

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Incidente enojoso en el cuarto de baño

    Sonó el ruido enojoso de su despertador y  Mino lo silenció con un gesto brusco. Miró hacia la cama de Santi, vacía. Sabía que pensaba levantarse más temprano y no le extrañó.  Ya entraba algo de luz a través  de la ventana. Incorporándose a medias, apartó el visillo y atisbó al exterior. El trozo de cielo visible indicaba un nuevo día de sol. Un fastidio. Había preguntado a la patrona si en Madrid era siempre así, y ella le había dicho que a aquellas alturas del año solía hacer  frío, lluvia y había nieve en la sierra. Escuchó breves momentos el sonido amortiguado de la circulación en la calle. Un coche pitó con estridencia. Dobló la almohada para tener la cabeza más alta y paseó la vista por el cuarto: el colgador a la entrada, el armario común y una estrecha estantería desde el suelo, también común. Un cartel pegado a la pared con chinchetas exhibía a Joan Baez tocando la guitarra ante unos micrófonos. Otro, a su lado, mostraba un descapotable circulando por una carretera con un fondo de pinos y el mar, y la leyenda: “Rías gallegas. Lugares de ensueño”. Santi los había colocado simplemente por adornar, sin que les gustaran gran cosa a ninguno. Daba igual, daba todo igual. Le invadió una oleada de alegría al constatar  que por fin era independiente, por fin emprendía su propia vida, y aquella alcoba, en su modestia le sugería el comienzo humilde  de una gran carrera, que dejaría recuerdo en la gente.  Bostezó, se estiró varias veces y recordó que se había dormido oyendo en la radio canciones de la tuna. Tomó el pequeño transistor sobre la mesilla de noche: estaba apagado.  Lo habría apagado su compañero.  

  Haraganeó un poco en la cama, pensando vagamente en la jornada que le aguardaba. En fin, no tenía nada obligado que hacer,  aparte de asistir a clases en la Facultad de Políticas. Antes  desayunaría,  como de costumbre  con los dos compañeros de piso, Santi y Moncho, en el bar próximo, también humilde como correspondía. Vendría también Javi, el Oligarca, como le llamaban a veces, que se les había unido los últimos días. Javi le inspiraba fascinación y repugnancia a partes iguales, por su estilo de vida desinhibido y su sinceridad algo brutal. Después de las clases almorzaría en los comedores llamados del SEU en la Complutense, donde servían a los estudiantes comidas por solo quince pesetas; por la tarde quizá fuera al cine o se quedaría a leer en la biblioteca de la facultad… La rutina a la que ya iba acostumbrándose después del primer choque con la vida universitaria. “Hoy es martes y trece… ¡Bah!”.  No era supersticioso, pero le molestó haber reparado en el dato. Casi sin pensarlo, se masturbó y sintió asco de sí mismo. Se dio cuenta de que Moncho aún no se había levantado y salió aprisa para aprovechar el cuarto de baño mientras estaba libre.

   La dueña de la casa, una solterona beata y algo gruñona que alquilaba un par de habitaciones con limpieza de ropa a estudiantes, solo permitía una ducha semanal con agua caliente, los sábados. “La vieja avara…”  “¿Tan sucios sois que tenéis que ducharos todos los días?”, argumento inapelable. “Bueno, por lo demás no hay queja con ella”. Y con aquel tiempo cálido no era sacrificio el agua fría. Se afeitó con la rasuradora eléctrica, se quitó el pijama, apartó la cortina de plástico que rodeaba la bañera y abrió la ducha. Tras el primer escalofrío volvió a sentirse bien,  como si el agua le hubiera limpiado de su asco anterior, y tuvo que reprimirse para no cantar. A veces lo hacía, con buena voz que celebraban sus oyentes, pero evidentemente no era el momento.  Salió de la bañera y  secó su cuerpo con una toalla demasiado pequeña, dejándola empapada. Frente al lavabo se reventó un grano junto a  una comisura de la boca y se echó alcohol, frunciendo la cara por el intenso picor. Retrocedió dos pasos, se puso de puntillas para contemplar más parte de su cuerpo en el espejo, y su animación se esfumó con la misma rapidez que había llegado.  Justamente podía verse hasta algo por debajo de la ingle y se le ocurrió, como de costumbre, que los órganos genitales, feos por sí, estaban aún más afeados por el vello en torno. ¿Por qué los habría hecho de ese modo la naturaleza?

   Y allí estaba él con su corta estatura, músculos escuálidos,  cuatro pelillos en el pecho y piel muy blanca que le hacía parecer aún más esmirriado. Su rostro tampoco le satisfacía: casi triangular bajo una espesa mata de pelo arrubiado y rebelde al peine, nariz grande  y huesuda, surcos nasolabiales demasiado profundos para alguien tan joven. Solo los ojos, de un azul intenso,  podrían ser un atractivo, de no tenerlos demasiado hundidos.  Cada día repetía el rito de examinarse, como esperando que  alguna vez el espejo se mostrase más compasivo, y siempre su imagen reflejada le causaba un profundo pesar. “¡Puaj!”, musitó,  ni él mismo supo si como expresión de desprecio por las apariencias exteriores o de despecho por su propia imagen. Y para colmo aquel nombre ridículo, Epaminondas, que tanto le había hecho sufrir desde niño, que tantas burlas suscitara en la escuela. “Epaminondas, cómete las mondas”,  cosas así. Y pese al consejo de sus padres de no hacer caso de idiotas burlones, y de alegrarse por tener un nombre original, se sentía vejado de forma insoportable. La idea del nombre había sido de un tío y padrino suyo aficionado a las cosas griegas, allá en Gijón, y había convencido a los estúpidos de su padre y su madre, que apenas tenían cultura. Lo de “Mino” aligeraba algo la cosa, menos mal, pero sonaba extraña. Nadie se llamaba Mino,  el hipocorístico despertaba curiosidad, suscitaba la fastidiosa aclaración y una ligera sonrisa en los interlocutores o algún “¡caramba!”

    Siguió rumiando sus pesares. ¿Y por qué aquel cuerpo lamentable? Aún más lo sufría por la gran misión que se había impuesto. ¡Por ello su nombre y su físico le atormentaban oscuramente y sin pausa! Le llenó una oleada de resentimiento contra sus padres. ¿Por qué le habían castigado con aquel nombre y legado un cuerpo tan triste? …Su hermano mayor, Carlos, desbordaba normalidad: buen mozo, fuerte, alegre y despreocupado… lo tenía todo. “Todos menos inteligencia y ambición, claro”. Carlos había dejado los estudios en cuarto de bachillerato, por incapaz, siempre con aprobados raspados, había hecho formación profesional como electricista y ya se ganaba bien la vida. Mino había ganado una beca para la universidad gracias a sus numerosas matrículas en los estudios: de otro modo sus padres le habrían obligado a buscar algún empleo práctico, como su hermano, y aportar dinero a casa. Y aún con la beca, le reprochaban no haber elegido alguna ingeniería, o Derecho, algo práctico, en fin, que diera dinero.

   Y en la universidad, un ambiente parecido, la gente estudiando lo mínimo, esperando a los exámenes para meterse los apuntes a capón, en dos o tres noches, con anfetaminas, según le contaban… ¿Qué podría salir de ahí?  Él no, él tenía una curiosidad insaciable, leía en la biblioteca a Spengler, a Toynbee, lecturas sobre  Danilefski,  Berdiaef… Para los compañeros, incluso para más de un profesor,  resultaban desconocidos. Y empezaba a leer a Marx, a Marcuse. Era preciso enterarse. A Marcuse apenas conseguía entenderlo y le aburría, pero se imponía tragarlo Eros y civilización. Marx le costaba menos: los Manuscritos de 1844, las tesis sobre Feuerbach. No le gustaba mucho, pero era lo de menos, había que hacerlo, estudiarlo hasta entenderlo bien. A menudo tenía una sensación de empacho intelectual, con tanta golosina casi simultánea…En fin, debía prepararse, entender el mundo de la política y la filosofía de la historia. Sus labios se torcieron hacia abajo en mueca de desprecio pensando en aquella Complutense, que solo creaba profesionales de poco fuste. ¡Cómo iba el país a progresar  con tanto mediocre al mando, empezando por Paco el Rana!

     Mino tenía una aspiración secreta: llegar a gobernar el país y hacer de él una gran potencia: “Sí, lo conseguiré. Para eso no importa ser bajo ni alto, guapo o feo, solo hace falta inteligencia y voluntad y yo tengo las dos. Pero el nombre… Presidente Epaminondas… sería la irrisión. Presidente Mino,  aún  peor… Ya habrá salida… Tendré que prescindir de mujeres, pero por lo demás, ¿qué importa? Nunca les he gustado,  las mujeres son demasiado primarias, demasiado… demasiado terrenales,  nunca serían capaces de apreciar el talento, de apreciar las grandes empresas…”.

   Se sentó, desnudo como estaba, en la taza del váter. En ese momento se abrió la puerta y la irritada cara de Moncho le observó un momento.

–Podías cerrar bien, ¿no? –gruñó el intruso  antes de volverse, dejando la puerta abierta

–Lo siento, perdona…

    Azorado, se levantó a correr el pestillo. ¿Cómo había olvidado hacerlo? Enseguida volvió a la habitación y se sentó en la cama a limpiarse  con una gamuza las gafas de miope.  “¡Maldita sea!”. Y lo peor, el  tipo aquel,  tan burlón, iría contándolo. Ya le parecía oírlo: “Y allí me lo encuentro, giñando en pelotas, con la puerta abierta…”,  entre la jarana de los demás.  ¿Qué replicaría?  Los contraataques ingeniosos siempre se le ocurrían después, a destiempo, o bajo la presión del momento se le ocurriría alguna salida torpe que empeorara las cosas. Pensó en  Santi. Se había hecho muy amigo de él, un chico alto, guapo y apuesto, optimista, en cierto modo tan normal como su hermano Carlos, pero sin la vulgaridad de este. Un tipo curioso. Para Santi, Cádiz era lo mejor del mundo, bromeaba con la idea de independizar la ciudad y tenía de ella el humor guasón y un tanto cotilla y estrafalario; cantaba, con mala voz y mal tono, chirigotas como una que empezaba:  “Otro caso doloroso /ocurrió cierta mañana…”, sobre un caballero avanzado en años que tomaba alguna droga estimulante para satisfacer a su joven querida: en una ocasión el pene mantuvo su rigidez  y no conseguía relajarlo, le dolía y tuvo que ir al hospital. El asunto había trascendido y dado pie a la chanza popular. O planteaba dilemas absurdos como: “¿Qué preferirías,  que te metieran un hierro al rojo vivo por el culo, o sostener en brazos  a un niño muerto hasta que resucitase?”. Estas cosas desconcertaban algo a Mino.

   A pesar de todo, Santi  no tenía nada de chabacano. “¡Qué tipo tan equilibrado! Tiene todo lo que me falta a mí… menos grandes aspiraciones. ¡Dios da pañuelos a quien no tiene narices!”.  No lograba entenderlo: “Todos somos hijos de Dios –decía su amigo–, cada cual tiene lo suyo. Pensar a largo plazo es inútil, porque cualquier cosa puede torcer nuestros planes. Ni siquiera podemos predecir qué nos ocurrirá en un día. Muchas mañanas, al despertar, me pregunto: ¿Qué haré hoy? ¿Me encontraré con alguien nuevo? ¿Qué saldrá de ello? ¿Tendré un accidente? Solo puedo decir: ¡quién sabe!”. “Pero tú terminas este año Aeronáuticos. ¿Es que te contentas con buscar luego un empleo cualquiera en lo tuyo, casarte e ir tirando? ¿No piensas…, qué sé yo…, en inventar un nuevo tipo de avión,  o de motor o algo así, y hacerte famoso y ganar mucho dinero?” “No, ¿por qué? Si surgiera o se me ocurriera, pues muy bien, pero no voy a matarme para eso”. ¡El único defecto que le encontraba Mino! Y pese a ser tan distintos, y él tan poco dado a confidencias, que en varias ocasiones le habían hecho sentirse traicionado dolorosamente apenas tenía secretos para Santi.  Incluso le había dado a conocer su magna aspiración política, acogida con asombro y algo de sorna benévola, “Ya me nombrarás ministro de algo… Claro que no iré contándolo por ahí, hombre. Pero no olvides, a grandes hombres, grandes fallos. En cambio los fallos de los hombres pequeños  tienen consecuencias pequeñas, así que…”.

   Se vistió.  ¿Bajaría a desayunar o iría directamente a la facultad, para evitar las burlas? Decidió lo segundo. Pero justo cuando salía del portal llegaba Santi.

–Qué, ¿vamos al bareto?

  No había esperado el encuentro, ni se le ocurrió pretexto para eludir acompañarle.

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Un paseo al amanecer

   Santi  despertó temprano, antes de que sonara el despertador, le quitó el sonido, encendió el flexo de luz azul de su mesilla de noche y escuchó los débiles ronquidos de Mino, su compañero de habitación en la otra cama. Hacía días que quería levantarse pronto para contemplar el amanecer y el despertar de la ciudad, algo que siempre le había agradado especialmente, pero desde que había vuelto a Madrid para comenzar el curso le habían vencido el sueño y la pereza.  Rezó para sí un padrenuestro y un avemaría y fue al baño, después se vistió procurando no hacer ruido y salió a la calle Lope de Haro. Le recibió la noche, un alumbrado público tristón, los plátanos de hojas sucias por los muchos días sin lluvia, y  los colores variopintos de los coches aparcados. Alguna figura aislada y oscura caminaba apresurada por la acera, no había tráfico y las tiendas y bares estaban cerrados. Sintió agrado al percibir cómo todo dormía aún, inmóvil como si estuviera muerto y a punto de volver a la vida. “¿Volvería a la vida?”, pensó, “¿Qué garantía había de ello?”. Y sin embargo estaba seguro. “Es la rutina, la repetición. La costumbre, nada más. Claro que si un día nadie despertase no habría quien lo notara…  Y si nadie podía notarlo, ¿qué…? ¿Qué de qué? ¿Que no existiría el mundo? Si no hay consciencia del mundo ¿hay mundo? Seguiría existiendo, claro. ¿Claro? Pero ¿para quién existiría? ¿Para Dios?… Obviamente,  un mundo sin una consciencia de él no tendría sentido. Existiría, pero sin sentido… ¡Ideas absurdas!  Pero ¿por qué absurdas?”.  

   Aquel año el verano se había prolongado más de lo habitual, de modo que entrado noviembre aún hacía calor, el otoño apenas se notaba más que en las menguantes  horas de luz, en el frescor del amanecer y del anochecer  y en algún que otro árbol cuyas hojas amarilleaban por la costumbre.  “¡Cuándo lloverá un poco y limpiará esta porquería de la atmósfera!”.  Vaciló unos momentos. ¿Dónde podría contemplar la aurora sin que se lo impidieran los edificios? Quizá desde la plaza de Castilla o desde Cuatro Caminos. Optó por la segunda. Se metió por la oscura calleja Berruguete, de estrechas aceras irregulares, hasta la ancha  de Bravo Murillo. En esta, la ciudad se desperezaba: algunos obreros, aquí y allá, caminaban hacia el metro de Estrecho o hacia los talleres o adonde fuera. Santi volvió a sentir un placer cálido al moverse con ellos y observarlos, solos o en pequeños grupos que salían de las calles afluentes o de algún portal. Unos iban charlando y otros en silencio, todavía amodorrados. La vida, efectivamente, recomenzaba y a cada minuto  aumentaba la circulación, aún débil,  de coches y autobuses.

   En Cuatro Caminos el tráfico y el movimiento se adensaban. Grupos de obreros esperaban a los autobuses o bajaban al metro. De pronto, dos o tres muchachos corrieron por la acera tirando unos papeles que sonaron en el aire como aleteos de aves,  cayendo lentos sobre la gente. “¡Hijos de puta!”, gritó alguien. La mayoría hizo caso omiso de las hojas, varios se agacharon a recoger alguna y guardarla en el bolsillo.  Santi recogió una: el sindicato comunista Comisiones Obreras llamaba a una gran manifestación para días después, en varios puntos de Madrid. Motivos salariales a los que añadía las libertades políticas. Lo arrugó y lo tiró a una papelera, la política apenas entraba en sus intereses, y sentía rechazo instintivo hacia los comunistas.  Entró en la cafetería Rubí, donde tomaban café o una copa bastantes madrugadores, alineados a la barra o juntándose en grupillos. Pidió un cortado para acabar de espabilarse, escuchando vagamente las conversaciones. Risotadas por  un chiste que solo le llegó a retazos y no pudo entender. La vida tranquila, cotidiana, repetida. Una impresión vaga de sentido en todo lo que presenciaba aumentó su placidez.

   Salió a pasear por las aceras de la glorieta, calculando desde dónde contemplaría mejor cómo el sol alumbraba una nueva jornada. La afluencia de gente no disminuía, y los obreros fueron siendo sustituidos por empleados de comercios, tiendas  y oficinas, y el tráfico y sus ruidos se adensaron. Por fin, el horizonte comenzó a clarear, amarilleando y azulándose débilmente. Finalmente pudo ver el sol, pero no en su salida, sino ya sobre los edificios entre las calles Fernández Villaverde y García Morato, tiñendo de naranja el cielo por encima de los edificios, y ello le frustró momentáneamente. “La aurora de rosáceos dedos”. ¿Dónde la había leído o escuchado esa expresión? No lo recordaba. “De algún poeta, claro… Ah, sí, la Ilíada”.

   Miró en torno: el metro engullía o vomitaba a gentes de expresión gris o soñolienta, con la mente visiblemente enfrascada o simplemente divagante sobre sus asuntos particulares. Nadie prestaba atención al fenómeno celeste. “Como hormigas, ¡qué contraste!”. Varios compraban periódicos en los kioscos o miraban los titulares: “Van a enterarse de mil cosas que ni les van ni le vienen. Después discutirán con amigos sobre tal deportista o tal partido de fútbol, tal político, Vietnam… Hasta puede que por esas cosas se acaloren y se enfaden…  La curiosidad, la curiosidad gratuita… Qué extraño. En cambio nadie presta la menor atención al sol. Nadie piensa en eso, y, ya ves, eso les toca de verdad a sus vidas. De que salga el sol cada mañana dependen sus vidas, mi vida, toda la vida…” Trató de fijarse en las personas, una por una, y no lo consiguió: pasaban demasiado aprisa y en número excesivo. ¿En qué pensarían o qué sentirían en aquellos momentos?  Dos mujeres mayores que salían de la boca del metro lo miraron con complacencia al pasar y se turbó ligeramente,  dándose cuenta de que iba murmurando en voz baja.

    “Todo es tan extraño, pensamientos vanos, fútiles… Y ahí está el sol metiéndonos en un nuevo día… Un nuevo día…  Pero ¿qué significa eso? ¿Qué significa?”, se repitió. “No es de extrañar que tantos pueblos lo hubieran divinizado… Parece bien claro. El sol es el padre de la vida y la tierra es la madre…” Le sorprendió la ocurrencia “Sí, eso es. La tierra nos produce y nos sepulta. Nos concibe y nos mata. Una gran verdad… ¿Será  la dualidad masculino-femenino la clave del universo? La luz del sol como el semen, análoga al semen…” La idea le hizo sonreír, pareciéndole improbable. “No, más bien sería la lluvia… Pero la lluvia es producida por el sol… Ah, eso es: el sol sería como el Dios creador. No, el creador de la dualidad, así que por encima de ella. ¿Por qué lo representan como un gran viejo, con sus barbas blancas…?  Una manera de verlo…La tierra nos produce y nos entierra… Y el sol crea cada día un mundo nuevo. ¿Da una nueva oportunidad a la gente?… El hombre moderno ha perdido esa sensibilidad. Vive encerrado entre los muros de los edificios, en  medio del ruido,  no siente hasta qué punto depende del sol, ni se percata, ni piensa en ello .¡Ah, es una gran pérdida de conciencia”.

   Contrariando su reflexión algo acre, una emoción tierna y agradecida lo ganó súbitamente. ¿Qué pasaba? “He aquí a la gente, volcada en sus pequeños afanes, en sus pequeños placeres y penas, odios y amores, en sus trabajos… bajo la luz y el calor del sol, bajo la mirada protectora del gran astro que desde tan lejos les marca las horas de su jornada y los días de su vida… Sin que se dieran apenas cuenta. Algo, una fuerza inmensa que estaba ahí ¿bendiciéndonos?… protegiendo nuestra vida, nuestras pequeñas vidas… Sin que lo sintamos…Es tan parecido a la idea de Dios…”

     A Santi le gustaba, aunque gustar no es quizá el verbo apropiado, contemplar también los ocasos, y le fastidiaban un poco otros aficionados que lo hacían como un recreo, como quien asiste a un espectáculo meramente estético por el que no tenían que pagar entrada. “Es una cosa terrible, el sol es una cosa terrible.  Inquietante. Nadie se preocupa de eso, lo ven como algo natural. Pero ahí está lo extraño, lo inquietante, en lo natural… Lo natural es lo más inquietante. ¿Cuándo se cansará de dar luz y vida…? Ah, los aztecas, que sacrificaban a gente para animar al sol a seguir otorgando sus dones a los pobres mortales. La gente vive una vida gris, le absorben cuarenta mil insignificancias… ¡Cuánta vulgaridad!  Pero ¿qué significa todo eso? ¿Y quién soy yo?”.    

   Otras mañanas, en su Cádiz natal, había presenciado los ocasos, acompañado por divagaciones semejantes, o sin pensar en nada. En este último caso volvía a casa con una sensación placentera, mientras que las reflexiones inconexas terminaban causándole confusión y a veces malestar.

   Por fin, cansado, retornó sobre sus pasos. Seguramente los dos compañeros del piso, Mino y Ramón, estarían aseándose para bajar al bar Brasiliana, al lado de la casa. Allí quedaban para desayunar antes de ir a la universidad. Acaso viniera también Javi, que se había aficionado en los últimos días a desayunar con ellos, y les llevaba amablemente, a él y a Mino,  hasta las facultades en su  Cuatro latas.  “Qué gente tan curiosa, sobre todo Mino. No me extraña que tenga tan poco cariño a sus padres. ¡Mira que ponerle  Epaminondas…! ¡Menuda jugada! Como si lo hubieran querido fastidiar ya desde la cuna”. Sentía ternura por él, tan joven, apenas terminado el bachillerato, con sus enormes ilusiones y animosidades, su timidez y su ambición. No podían ser más distintos, física y anímicamente, y sin embargo se compenetraban. Mino, tan introvertido, con Santi se había confesado, por así decir: “¡La vida corriente es tan vulgar, tan llena de molestias, de insignificancias, de chorradas…! ¡La gente es tan doméstica, tan roma, tan pobre de espíritu, vive por vivir, sin más! A mí la vida solo me parece soportable si puedes estar por encima de la realidad, si tienes una gran aspiración, un ideal, aunque a la gente le parezca que es estar en las nubes. Prefiero exponerme a un batacazo antes que rendirme a la vulgaridad. Además, ¡todo es tan aburrido…! Nunca pasa nada interesante”.  “Mejor así, — le había contestado– ¿qué quieres que pase?  ¿Alguna calamidad?”. “Cualquier cosa antes que esta calma chicha”. Santi se había burlado de él amablemente:  “La vida hay que tomarla en broma  y no pedirle demasiado. Si le pides mucho, serás desgraciado, hazme caso”. 

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**Ningún españolete cosmopaleto dejará de declararse “ciudadano del mundo”. Cuando más paleto, más vanidoso y “mundial”.

**El españolete cosmopaleto es partidario e entregar a soberanía a Bruselas y de colonizar España con el inglés.

**No hay españolete cosmopaleto que no se presente en las redes en inglés.

**El españolete cosmopaleto cree que Gibraltar “es solo una roca pelada, qué nos importa”.

**Si señalas la colonización cultural de España por el inglés, el españolete cosmopaleto dirá: “El inglés es muy útil”.

**El españolete cosmopaleto dive a veces que su patria es la libertad.

**Afirma el españolete cosmopaleto que eso de España es una cosa muy relativa, que no hay que ser fanático, que en realidad solo existe desde la Constitución de 1812.

**El españolete cosmopaleto es, desde luego muy antifranquista y cree que la democracia existe gracias a gente como él.

Etc.

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Un programa de alcance estratégico

“Cita con la Historia” es un programa de alta divulgación que nació hace dos años largos con el fin de combatir la falsificación y en particular la ley de memoria histórica. Llevamos 110 sesiones, en las que hemos tratado desde la Reconquista a la represión después de la guerra civil, desde los separatismos a figuras como Blas de Lezo o el Cid,  desde la ETA a la Transición, el resurgir del islam o, ahora mismo, la evolución mundial reciente después del hundimiento de la Unión Soviética, la historia después del llamado fin de la historia.

La idea básica es que la falsificación de la historia está en la base de la mayoría de las actuales políticas que amenazan con disgregar el país, entre otros males, Mientras ellas no cambien, la política española seguirá por así decir enferma. Un país que ignora, desfigura o desprecia su propio pasado es un país sin futuro. “Cita con la Historia” es, por tanto, un proyecto estratégico, pues trata de cambiar la opinión pública creada mediante lo que el socialista Besteiro calificó de “Himalaya de falsedades” en los últimos cuarenta años. Es una labor de vasto alcance y que exigirá tiempo. El objetivo clave es llegar a la universidad y disputar allí el terreno a los profesionales de la falsificación. Pues de la universidad salen las ideas y los formadores de opinión, y si no se da allí la batalla poco habrá que hacer.

¿En qué medida se han alcanzado estos objetivos? Por ahora, en medida escasa. Aparte los oyentes directos, en www.citaconlahistoria.es  y en podcast, los de youtube oscilan entre 10.000 visitas las sesiones más escuchadas y un millar las menos. Esto nos da buen índice. Pues bien, para que el programa se acerque a sus objetivos estas cifras deben multiplicarse al menos por diez.

¿A qué se debe esta insuficiencia? No a la calidad de las sesiones, que es reconocidamente alta, con informaciones y análisis de bastante mayor profundidad que las habituales. Creo que la causa obedece a tres hechos comunes en lo que llamamos convencionalmente “la derecha” en todas sus variantes: escasa preocupación por la cultura y el pensamiento; escasa disposición a aportar ayuda económica a actividades de este tipo; y pasividad política.

Estas tres deficiencias no pueden vencerse de pronto, pero pueden vencerse, y en ello estamos. Los falseadores de la verdad histórica en España son tenaces, cuentan con medios y subvenciones extraordinarios, y  debemos admitir que hoy por hoy apenas logramos salir de los muros de un gueto. Pero debemos romper esos muros, y podremos, con una sola condición: que nuestros oyentes, que quienes comprendan la trascendencia de la tarea, salgan de la pasividad y se movilicen en dos sentidos: aportando un apoyo económico suficiente y divulgando el programa mediante enlaces y comentarios en las redes sociales y entre los conocidos. Pensemos en lo que supondrían mil o dos mil personas enlazado cada semana el programa desde youtube en las redes sociales: la audiencia se multiplicaría.

Y eso es lo que buscamos, porque el programa no ha de quedar en simple medio de ilustración, sino también de movilización. No hay otra vía para romper los muros del gueto al que intentan confinarnos los defensores del Himalaya de mentiras.

Seguimos con la campaña de 300 por veinte, trescientos oyentes que den en su banco la orden de ingresar 20 euros cada mes a la cuenta del programa, Tiempo de ideas siglo XXI, en el BBVA: ES09 0182 1364 33 0201543346.

   Todos debemos trabajar por una cambio en profundidad de la opinión pública. De ello depende la misma continuidad de España, aunque algunos se nieguen a verlo.

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