Y, finalmente:
¿Es concebible que este glorioso cielo
desprecie nuestra andanza pasajera?
¿Que ante el bien y ante el mal se muestre ajeno
con la misma frialdad desoladora?
¿Que al gozo y al impulso que nos nutren,
e igualmente a la amargura y al fracaso
desprovea de cualquier significado?
Mas él nos hizo brotar de la materia inerte
cuando chocó con ella. Del rayo y el incendio
surgimos para no tener descanso.
¿Será fútil tanto esfuerzo conjugado?
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Cuando ese otoño comience
llevaré en este Madrid diecinueve años,
los mismos que tenía a la llegada,
¡propiedad sagrada!
Eran entonces de verdad los sueños,
pues diecinueve es la cifra de los sueños.
Como paloma, la vida se ofrecía
a la audacia del halcón segura presa.
¡Se han ido (¿adónde?) aquellos días!,
con su hervor de soledad enamorada,
su afán febril de dominar los pasos
del que nos crea y mata, tranquilo e indomable.
Demostró ser de acero la paloma,
cien cicatrices en mi cuerpo lo pregonan.
Desvío de ellas la vista hacia mis garras,
e inquieto y vacilante me pregunto:
“¿todavía se conservan vigorosas?”.
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Qué oprimentes se tornan los paisajes
a quien con ellos no ha puesto acorde el alma.
Su fuerza inmensa y quieta advierte a nuestros nervios
de su destino ignoto. Y siente cada uno
La hostilidad de la tierra hacia su paso,
La vacuidad probable de su paso por la tierra.
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No pienses tanto en cosas transcendentes,
de antemano sabes que no verás más claro
y mientras tanto la vida se te escurre,
puesto que el pensamiento es una malla
que jamás retendrá el fluir del mundo.
No vive quien no siente. El sentimiento,
de lo inmenso que resta, inaprehensible.
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Por las sendas que se esfuman en el tiempo y el espacio
caminamos arrastrados ciegamente,
y nada más penoso
que pretender volver sobre los pasos.
Jamás pisarás ya, por más que lo desees
la ruta que has dejado a tus espaldas.
se negará a ayudarte la memoria, te engañará ante la ímproba tarea
de ordenar la revisión desgarradora,
de reparar los daños.
Sin descanso andarás el laberinto
cuya salida se hurtará siempre a tu mente
¿Qué Ariadna ayudaría con su ovillo?
Pero acaso una brújula etérea
impresa en nuestra médula,
sin conciencia de la conciencia,
inmune a su placer o a su despecho
oriente imperturbable la marcha irreversible.
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Por el disperso boscaje de alcornoques
se mueven torpes las ovejas ateridas;
con vulgares acentos entonan sus balidos.
Absortas en cotidianías ocres,
no se elevan a la altura del suceso
asombroso: que aparece una luz nueva,
nunca antes llegada ni prevista.
Como las de ellas suelen ser mis zozobras
y así pierdo con frecuencia las auroras.
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Todo el poder del candor
resplandecía en tu sonrisa;
en tus pómulos, las pecas
cobraban vida y sonreían,
y la fuerza inextinguible,
la inteligencia antigua
de la ingenuidad, triunfantes,
eran, sonrientes, contigo.
¡Cuánto daría por no haber vencido
aquel poder que sobre mí ejercías!
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Es la hora en que las sombras llenan,
espesas de vacío,
el mundo externo y también nuestro interior.
La hora en que las sombras nos contemplan
sin permitirnos distinguir su ceño,
inspirándonos la inquietud del reo.
Nadie más que las tenues luminarias
nos guiñan esperanzas desde lo alto.
La hora en que sonidos indistintos
revelan que algo bulle confuso ¿o monstruoso?
¿anárquicos demonios cundientes tal vez solo en nuestras almas?
Oculto todavía entre tinieblas,
el sol medita lento crear el mundo,
una vez más, del caos enigmático y opaco.
¿Quién asiste al milagro?
Las conciencias se cierran al pavor,
esquivan la tensión y la agonía
por salir del dédalo sin fin.
Se abandonan, se pierden sin protesta
en suspiros, palabras desnortadas,
gruñidos, movimientos planos.
La inquietud, olvidada de sí misma
se entrega a las ausencias del misterio
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Vosotros que esperáis, quedando al margen,
engordar con el dolor y con el miedo
que, vanidosos, reivindican unos locos
inconscientes de sus propias villanías…
Los que a cada pistoletazo o cada bomba,
a cada silueta que abulta el pavimento
calculáis las ganancias y las pérdidas
y por ellas distinguís útil de inútil,
no olvidéis: hace mucho que los dioses
castigan los sacrificios humanos.
Vosotros que ante el crimen jactancioso
invocáis mil hermosos ideales,
tened presente: el valor de esa alta causa
se concreta en el tiro por la espalda:
a tal altura llega, e incluso hasta la nuca,
¡ideal, por cierto, muy a la medida humana!
Vosotros, los artistas de lo ambiguo
que jugáis con agravios inventados
para alimentar, sin decirlo en forma clara
la fría vesania de un atroz presente
que prolonga una noche interminable,
recordad: la hipocresía os encadena,
y cada argucia os pudre hasta la médula.
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Una rata sale brevemente
de una alcantarilla.
Un político: “nosotros, los demócratas…”.