El “animal económico” frente al “animal moral”

   Hay una diferencia importante entre Lennon y Fukuyama, pues este no piensa en una desaparición de la propiedad, sino, al contrario, en su garantía. Pero los dos puntos básicos del “fin de la historia” son la comprensión del hombre como animal económico y la suposición de que gracias a la economía los conflictos, al menos los violentos, desaparecerían (el comercio beneficia a todos los partícipes) y las guerras no tendrían razón de ser.  Evidentemente una gran parte, si no la mayoría, de las guerras de la historia, han tenido motivos comerciales y económicos, pero cabe  suponer que en una situación de gran desarrollo técnico que propiciase una abundancia general ya no serían necesarias. La codicia carecería de sentido. El ser humano llegaría por fin a una especie de tierra prometida, algo triste pero con mucha leche y miel, alcanzada tras miles de años de peregrinar entre guerras, abusos y crímenes.  No hay otro mundo ni por tanto esperanza en él, ni religión, porque tampoco hace falta, y dado que las necesidades materiales humanas se multiplican en infinitos y crecientes deseos, siempre habrá nuevas innovaciones que diversifiquen y “sofistiquen”  las satisfacciones. ¿Acaso no va ocurriendo algo parecido ya en los países ricos, que muestran a los demás el camino a seguir? Para Fukuyama, el modelo es más aún la UE que Usa, porque en Usa todavía es fuerte la creencia en Dios, en la soberanía nacional y en la fuerza militar, mientras que la UE va eliminando la soberanía y los poderes políticos anteriores por medio de un “imperio de la ley” transnacional, más “poshistórico”.

   Con diferencias menores, la clave de Fukuyama para alcanzar  esa situación, triste pero inevitable y en realidad satisfactoria, de básica abundancia generalizada  e igualdad social, consiste en los tres aspectos clave del liberalismo democrático: libre mercado, gobierno representativo y  garantías jurídicas. Al respecto pueden hacerse algunas observaciones:

a)      El libre mercado, en rigor, nunca ha existido ni puede existir sin una serie de regulaciones y un poder autoritario que las haga cumplir. Ello es así porque cualquier cosa, incluso el propio ser humano, puede convertirse en objeto de comercio, y porque las posibilidades de estafa se multiplicarían en un mercado tomado literalmente como “libre”.

b)      Además, las condiciones de intercambio no suelen ser iguales. Si por alguna necesidad ud se ve obligado a vender una casa por un precio muy inferior a aquel por el que la compró, tendrá cierta satisfacción, de todos modos, pero también una insatisfacción de fondo, y una posible ruina. La necesidad puede llevarle a aceptar trabajos perjudiciales para su salud o que le ocupen tanto tiempo que le dejen demasiado cansado e imposibilitado para actividades más autónomas o que le interesen más, o a prostituirse. Puede que estos casos no sean la norma, pero tampoco son excepcionales, y en un mercado libre en sentido amplio, fundado en contratos de individuo a individuo, son normales.  

c)         El mercado libre, por otra parte, carece de moral más allá del cumplimiento de los contratos y la fuerza externa para hacerlos cumplir. He leído que los negocios relacionados con la prostitución y la explotación del sexo –incluido el aborto– son hoy los que más dinero mueven en el mundo;  también están los comercios de armas, drogas, juego, etc. Hace unos años varios políticos querían montar en Madrid una meca del juego tipo Las Vegas. Los libremercadistas argüían que  estaba muy bien porque movía dinero y daba puestos de trabajo, y que el gobierno no debía meterse a dictar la moral de los individuos: ¡qué gran ocasión finalmente perdida! Los libremercadistas tampoco pueden objetar al masivo negocio de la prostitución, siempre que los individuos actúen “con libertad”, como “adultos”. Ni al negocio de la droga, por la misma razón. Ni, por supuesto, al masivo comercio de armas. Ni a la pederastia, porque se trata de tendencias de individuos adultos libres, que siempre han existido y, en definitiva, el sexo no puede hacer mal a nadie, incluidos los niños.  Etc.

d)      Otra posible objeción a las bondades del libre mercado puede ser el carácter infantilizante y  embrutecedor, sobre todo sexualmente,  que adquiere cada vez más la publicidad; y en España, el carácter desnacionalizador y aculturador. Por embrutecimiento me refiero, entre otras cosas, a la presentación sistemática de la mujer como objeto sexual, explotando y desarrollando el infantilismo del varón al respecto. Sobre todo esto podría hablarse mucho más detenidamente.  Tenemos también el caso de la televisión: la televisión única del franquismo tenía, pese a todo, una calidad bien superior a las múltiples actuales, que según las teorías del libre mercado y la competencia, debían haber elevado su nivel. La competencia se ha establecido, no obstante, en torno a la telebasura, y ninguna de ellas es mejor que la del franquismo.

e) El caso de la televisión tiene especial relevancia, porque ha sido y sigue siendo el medio principal de formar opinión pública. Y son los grandes potentados capaces de sostenerla quienes realizan esa labor de acuerdo con intereses particulares, manipulano muy a menudo la información, etc. Nadie los ha elegido, pero ejercen una función política, comercial y moral de primer orden simplemente a partir de la capacidad económica. Podrá decirse que la propia pluralidad de medios de masas permite neutralizar a unas con otras, y al individuo elegir la que mejor le parezca, pero eso solo ocurre muy relativamente, y la manipulación consiste no solo en la forma como se presenta u oculta información, sino en los aspectos morales (o “inmorales”) con que juegan los dueños de los grandes medios.

f)      La alternativa, por tanto, no puede ser entre libre mercado e intervencionismo político, sino en el grado de uno y otro. En la URSS el intervencionismo era absoluto –aunque tenía que admitir el mercado negro y cierto grado de propiedad campesina–, y ha demostrado ser muy perjudicial. En la UE, el grado de libertad de mercado está causando destrozos en la moral social, cuyas consecuencias pueden llegar a ser dramáticas. También esto merecería más atención y estudio, porque fenómenos semejantes se han dado en otras culturas en decadencia. Por poner un ejemplo contrario,  he oído a algunos ultraliberales criticar al franquismo de los años 60 por excesivamente intervencionista. Y es verdad que todos los factores mencionados arriba estaban muy limitados. Y sin embargo, la economía crecía a un ritmo nunca visto, y los “expertos” calculaban que en menos de diez años, desde 1974, España superaría la renta per cápita de Italia e Inglaterra. El juego estaba muy limitado, la prostitución en sentido amplio era un negocio más bien marginal,  etc.  Así que el intervencionismo y cierto “dictado moral” no parecía dar mal resultado tampoco en el terreno económico.

   Basten estas breves observaciones, de momento. El segundo  punto demoliberal consiste en un gobierno representativo. Pero ¿representativo de quién? Según la ficción convencional, un gobierno representa al pueblo, aunque solo es votado por una parte de él. Pero ni el gobierno ni el parlamento son representativos, porque no ejercen un mandato imperativo de sus votantes, que los paralizaría, aparte de que los conocimientos políticos, económicos y generales  de los votantes son,  se supone,  inferiores a los de sus “representantes”. Y  porque los intereses e ideas de los votantes son variados, a menudo contrapuestos,  y variables en el tiempo. La democracia no es  el poder del pueblo, sino un método para elegir a la oligarquía que ejercerá realmente el poder. Un método que en algunos países ha demostrado una neta superioridad sobre otros, pero que en otros países ha dado lugar a una competición de demagogias y engaños y creado situaciones caóticas. Pues la necesidad de halagar a unos votantes  más o menos ignaros puede crear tales situaciones.

   En cuanto a la igualdad ante la ley, la propia economía la relativiza. Un potentado siempre dispondrá de medios muy superiores para contratar buenos abogados, incluso a veces para sobornar jueces, que un ciudadano corriente y moliente. En La guerra civil y los problemas de la democracia trato algunas de estas cuestiones, que son muy reales.

    Todas estas objeciones no demuelen el ideal y la práctica de la democracia, que, al menos en bastantes países, se han demostrado superiores a otros sistemas; pero creo que bastan para relativizar su valor y dudar seriamente de que vayan a ser  el sistema imbatible al que el resto del mundo confluirá.

   La objeción principal parte de la concepción del hombre como animal económico y no como animal moral, suponiendo la moral un derivado más o menos oscuro de la propia economía. No solo el libre mercado, también la dependencia del gobierno de las conveniencias  de las masas o de la habilidad de las oligarquías para dirigirlas a su gusto  destruyen  la idea de alguna verdad moral objetiva

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Fukuyama-Lennon: ¿promesa o pesadilla?

 

De todas formas, el panorama hipotético de un régimen comunista tal como el descrito no ha ocurrido ni previsiblemente ocurrirá en régimen comunista. En cambio parece previsible, a juicio de Fukuyama, en el régimen de capitalismo demoliberal al que estaría abocada la humanidad: El fin de la historia significaría el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, los hombres satisfarán sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas  El fin de la historia será un tiempo muy triste. La lucha por el reconocimiento, la voluntad de arriesgar la vida de uno por un fin puramente abstracto, la lucha ideológica mundial que pone de manifiesto bravura, coraje, imaginación e idealismo serán reemplazados por cálculos económicos, la eterna solución de problemas técnicos, las preocupaciones acerca del medio ambiente y la satisfacción de demandas refinadas de los consumidores. En el período post-histórico no habrá arte ni filosofía, simplemente la perpetua vigilancia del museo de la historia humana. Puedo sentir en mí mismo y ver en otros que me rodean una profunda nostalgia por el tiempo en el cual existía la historia. Tal nostalgia de hecho continuará alimentando la competición y el conflicto incluso en el mundo post-histórico por algún tiempo.

   Merece la pena detenerse en estos puntos. Su significado consiste en exponer los miles de años de historia, sin contar las decenas de miles de la prehistoria, con sus luchas, sus alegrías y sufrimientos, sus logros y sus fracasos, como determinados por el objetivo, finalmente conseguido, de subvenir a las necesidades materiales humanas mediante la técnica. El objetivo prometeico quedaría logrado: dueño de una técnica poderosa, el hombre podría burlarse impunemente de los dioses, reducidos a fantasías innecesarias. Implícitamente la idea está ya en las fantasías utópicas de Francis Bacon, con su oposición a Séneca y su mesianismo anglosajón.  La filosofía, los esfuerzos explicativos anteriores,  mal enfocados, quedarían como curiosidades de museo, al modo de las momias egipcias; y el arte no desaparecería del todo, sino que cambiaría de carácter: dejaría de exponer el sentimiento profundo del mundo y de la vida, de hecho ya descubierto por la concepción técnico-económica de ambos, para convertirse en un modo útil de entretener los ratos vacíos, cada vez más abundantes, de la gente. El arte, en particular el más industrializable, como el cine y la música popular,  se convertirían en objeto de consumo de masas, en  objeto de diversión, cumpliendo una función en el fondo no diferente de la de cualquier otro objeto como los coches o las lavadoras. Podría aplicarse, además, a embellecer dichos objetos de consumo aplicándoles criterios estéticos bien probados.  De hecho es lo que ya ocurre.

    Cree Fukuyama que el panorama será triste, pero no acabamos de saber por qué. Conocer el sentido de la historia y aplicarlo de manera práctica tendría que resultar muy agradable, de acuerdo con sus propias teorías. Y la nostalgia por tiempos anteriores de pasión, valor, honor, idealismo, heroísmo, etc.,  podría manifestarse de forma inofensiva en el arte de consumo, pues en la práctica habría que considerarlos sentimientos criminales, causantes  de esas guerras y revoluciones sangrientas.

 La propia moral se esfumaría. En definitiva, la moral impone normas de conducta por encima de las conveniencias particulares o pasajeras, y esas normas ya no harían falta. Fukuyama, por cierto, se apoya en Marx (combinándolo con Hegel y Kojève), aunque le da un contenido liberal: adopta de Marx el sentido económico de la historia y la desaparición de las clases, es decir, la idea de la igualdad, pero entiende que esto se ha logrado en lo esencial, y se afianzará más en el futuro, en las democracias liberales y no en el comunismo.

 El Manifiesto Comunista  afirmaba: Se nos dirá que las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., aunque sufran alteraciones a lo largo de la historia, llevan siempre un fondo de perennidad, y que por debajo de esos cambios siempre ha habido una religión, una moral, una filosofía, una política, un derecho. Además, se seguirá arguyendo, existen verdades eternas, como la libertad, la justicia, etc., comunes a todas las sociedades y a todas las etapas de progreso de la sociedad. Pues bien, el comunismo -continúa el argumento- viene a destruir estas verdades eternas, la moral, la religión, y no a sustituirlas por otras nuevas; viene a interrumpir violentamente todo el desarrollo histórico anterior. Veamos a qué queda reducida esta acusación. Hasta hoy, toda la historia de la sociedad ha sido una constante sucesión de antagonismos de clases, que revisten diversas modalidades, según las épocas. Mas, cualquiera que sea la forma que en cada caso adopte, la explotación de una parte de la sociedad por la otra es un hecho común a todas las épocas del pasado.  Nada tiene, pues, de extraño que la conciencia social de todas las épocas se atenga, a despecho de toda la variedad y de todas las divergencias, a ciertas formas comunes, formas de conciencia hasta que el antagonismo de clases que las informa no desaparezca radicalmente. La revolución comunista viene a romper de la manera más radical con el régimen tradicional de la propiedad; nada tiene, pues, de extraño que se vea obligada a romper, en su desarrollo, de la manera también más radical, con las ideas tradicionales.

   Realmente una teoría que explica la historia humana por las necesidades económicas y la escasez, bien sea como lucha de clases o como impulso por generalizar el bienestar material  e instaurar una igualdad basada en el consumo, lleva a romper, no ya con las ideas tradicionales, sino con la moral misma, vuelta tan innecesaria como la filosofía o las concepciones ancestrales del arte. Ya no serán necesarias las guerras y otros actos sangrientos o arriesgados en una sociedad que cuida del individuo desde la cuna a la tumba, porque la satisfacción general de las necesidades materiales reducirá enormemente la intensidad de los conflictos, hasta extinguirlos o casi. Obsérvese que en muchos tópicos ideológicos actuales está presente esa idea, así cuando se atribuye la delincuencia o el terrorismo u otras conductas violentas a la pobreza o la insuficiencia de consumo.  La responsabilidad personal también tiende a desaparecer, pues de ella se hace cargo el estado. Y la libertad, una vez más, se presenta como algo parecido a un capricho. Verdaderamente, estas concepciones plantean problemas de pensamiento muy profundos y de difícil solución. Pero es evidente que estamos ante un desafío cultural de primer orden

   Posiblemente haya sido John Lennon en su canción Imagine quien mejor ha expresado este nuevo mundo que dicen que viene inexorablemente. Lennon pertenece a esa especie de individuos genialoides que de manera poco consciente, incluso frívola, resumen en cuatro palabras lo que vienen a explicar con gran esfuerzo intelectual otros autores, como Fukuyama, y el mensaje es el mismo, con la única diferencia de que Fukuyama se siente triste ante la perspectiva, y Lennon exulta:

   Imagina que no hay cielo,

es fácil si lo intentas

Ni infierno debajo de nosotros,

solo el firmamento arriba

Imagina a todo el mundo

viviendo el hoy

Imagina que no hay países

No es difícil,

nadie por quien matar o morir,

Ni tampoco religión.

Imagina a todo el mundo

viviendo la vida en paz.

 Dirás que soy un soñador,

pero no estoy solo,

espero que llegues a unirte a nosotros

y el mundo será uno solo.

Imagina que no hay propiedad,

me pregunto si podrás,

un mundo sin codicia ni hambre,

 una hermandad humana.

Imagina a todo el mundo

compartiendo toda la tierra

Con palabras biensonantes, Lennon pinta una pesadilla, en nada diferente de la sociedad ideal de los comunistas (por cierto, otra de sus canciones loaba a la URSS y sus bonitas chicas; y otra a “un héroe de clase obrera”). Pero esto es lo de menos. Su utopía no es ya comunista, es claramente la que propone Fukuyama, y merece un análisis a fondo. Digamos de momento que la canción puede oírse lo mismo en colegios religiosos que en festivales progres o en emisoras de extrema derecha. Algo significa. En concreto, la ausencia de un discurso crítico lo bastante contundente.

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Parásitos de las libertades

Una servidumbre del sistema de libertades es la necesidad de soportar a quienes lo utilizan con el fin de destruirlo. Los marxistas lo explicaban así, más o menos: “La burguesía consiente libertades hasta que el movimiento obrero cobra fuerza y amenaza su poder. Entonces viene la dictadura, el fascismo”. El comunismo, claro, llama “movimiento obrero” a un conjunto de reivindicaciones y conflictos sociales admisible en el sistema de libertades, pero que aquél se empeña en empujar contra el propio sistema y en pro de la dictadura, empleando la demagogia.

Bastantes enemigos de los totalitarismos caen en la trampa lógica de admitir el dominio de los comunistas, por ejemplo, si éstos alcanzasen mayoría de votos. Debido confusiones parecidas, la resistencia a los totalitarios ha sido a menudo vacilante. Pero las libertades políticas son un logro humano alcanzado penosamente en los últimos siglos, resultado de la creciente complejidad de las organizaciones sociales y de la reflexión ética y política. Un logro siempre amenazado y parasitado por quienes desean algún tipo de despotismo como solución simple a los problemas y conflictos propios de sociedades tan complejas como las actuales. La anulación de las libertades no puede someterse a votación, como no puede someterse a votación un supuesto derecho al robo. Es preciso tolerar a grupos liberticidas, pero si alguno de éstos conquistase o estuviese cerca de conquistar el poder, la rebelión o una enérgica actuación preventiva sería legítima y obligada, por mucho que aquellos consiguiesen gran número de votos, como los consiguió Hitler en su momento.

 

Tenemos ahora ante nosotros una situación semejante. En Vascongadas gobierna un partido, el PNV, con aspiraciones totalitarias visibles ya en su pretensión de representante único y auténtico de “los vascos”. Bajo ese gobierno, el asesinato se ha convertido en instrumento político aceptado (el PNV lo ha explotado sistemáticamente para avanzar en su dominación social), y la democracia apenas subsiste. Algo parecido, aunque con menor intensidad, cabe decir del nacionalismo catalán. Ello es, en parte, el fruto envenenado de muchas claudicaciones y concesiones equivocadas por parte de quienes debieran haber actuado con más energía y convicción. Por suerte, está habiendo una reacción del Gobierno y de quienes, defendiendo la libertad contra el crimen, defienden también el honor de los vascos frente a quienes usurpan cínicamente su nombre e intereses.

 

Hoy, tras un siglo de existencia de los nacionalismos vasco y catalán, podemos observar un panorama global. Esos nacionalismos han surgido y crecido en los períodos de libertades, parasitándolas y, junto con otros partidos, desestabilizando el sistema y llevándolo a crisis sucesivas que acabaron por dos veces en dictadura, una de ellas tras una cruenta guerra civil. Bajo las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco, en cambio, los nacionalismos apenas hicieron oposición o resistencia. La excepción de la ETA tiene especial significado, porque su brutalidad terrorista nacía de una combinación de nacionalismo y marxismo-leninismo.

 

En otros tiempos los nacionalismos obraron en combinación con grupos revolucionarios. Hoy, estos últimos son secundarios, y los primeros se han convertido en el principal riesgo de desestabilización. El reto actual consiste en derrotarlos sin sacrificar a ello las libertades. No es nada imposible, si los partidarios de la democracia, y de la unidad española que la cobija, actúan con energía e ideas claras.

En “La ilustración liberal”,  enero de 2004

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Datos de los años 40:

Una de las leyendas urbanas más extendidas, incluso entre gente ilustrada, caracteriza los años 40 como un período “perdido”, de estancamiento y hambre. La leyenda no deriva de ningún estudio serio, sino de impresiones propagandísticas y literarias (como la novela La Colmena, tan desvergonzada como literariamente buena, de Cela). Hubo hambre, cierto, causada por el desastre económico del Frente Popular, por la incidencia de la guerra mundial y por el posterior aislamiento. Fueron además años bastante secos. Pero siempre había habido hambre en España (y en gran parte de Europa), y pronto bajó al nivel de la república y menos, pese a las condiciones excepcionalmente adversas de la época. Prueba de que tampoco hubo estancamiento.

La leyenda incluye otras complementarias. “Lógicamente”, a los reaccionarios vencedores del Frente Popular no les importaba gran cosa el hambre ni la salud de los españoles. Pues bien, en cuanto ambas cosas, un indicador claro es la esperanza de vida al nacer, que saltó de los 50 años con la república a 62 en 1950, una mejora extraordinaria. Aún más espectacular fue la caída de la mortalidad infantil, del 34,7 por mil en 1935, al 12,5 en 1950. Otro dato es el aumento de la estatura media, medida por la de los reclutas (pues hay sin duda una relación entre la estatura y la cantidad y calidad de la alimentación): de 165 centímetros en 1935 a 168 en 1950. ¿Una década perdida?

Otro rasgo de la leyenda es que, “lógicamente”, los reaccionarios mantenían al pueblo en la ignorancia para oprimirlo mejor. También aquí encontramos datos contrarios: en 1934 había 52.000 maestros (la mayoría hombres); en 1950 había 78.000, mayoría mujeres. El número de alumnos por maestro pasó de un insostenible 64,7 en 1934 a uno más apropiado de 41 en 1950. En la enseñanza secundaria, los 124.000 alumnos de 1934 subieron a 215.000 en 1950, un aumento muy fuerte. Y el de chicas en ella, se duplicó con holgura, de 34.000 a 75.000. Algo parecido ocurrió con la enseñanza superior.

Dato interesante, sobre todo para los ecologistas, es que con el franquismo empieza en serio, en el mismo año 1940, la repoblación forestal que, junto con la construcción de pantanos, cambiaría notablemente el paisaje agrario español.

También se dice que la ideología de aquel régimen era agrarista y opuesta a la industrialización y la urbanización. Nuevamente los datos dicen otra cosa: el producto industrial español había alcanzado su ápice anterior en 1929 (último de Primo de Rivera), para bajar con la república y hundirse prácticamente en el Frente Popular. El índice de 1929 empezó a superarse en 1950. Asimismo aumentó el consumo de energía en casi un 50%, y también creció la población urbana, aunque en este momento no tengo los datos precisos (y seguiría aumentando sistemáticamente a lo largo del franquismo).

Otros aumentos espectaculares: el número de teléfonos saltó de 329.00 a 651.000, el tráfico aéreo, de 1.220.000 kilómetros volados por compañías españolas a ocho millones. Los turistas pasaron asimismo de 171.000 a 457.000.

Como la Economía dista de ser una ciencia exacta, las estimaciones sobre el índice de crecimiento del PIB en esa época varían mucho, entre el 1,1% anual la más baja y el 3,8 la más alta. Pero aún la más baja dista de ser desdeñable: baste decir que no fue mucho mayor en los diez años posteriores al franquismo, pese a que las condiciones generales eran incomparablemente más favorables (ni reconstrucción postbélica, ni boicot ni aislamiento internacional, datos en los que debe insistirse porque casi siempre son olvidados por los comentaristas).

Los datos los extraigo de Estadísticas históricas de España, coordinadas por A. Carreras y X Tafunell.

No, los años 40 distaron mucho de ser una década perdida, y sus logros son mucho más destacables al tener que enfrentarse el país a condiciones mucho más que difíciles.

(En LD, 6-7-2011)

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El coste del fin de la historia

El ensayo El final de la historia y el último hombre, de Fukuyama, cuya actualidad sigue siendo evidente. El fin de la historia no supone el fin de los  sucesos históricos, puede haber incluso largos períodos de retrocesos, y proseguirían los descubrimientos científicos, etc. Pero el triunfo de la democracia liberal en la Guerra Fría sería definitivo, ninguna otra ideología podría hacerle competencia, y antes o después de impondría como modelo en todas  partes, acabando con las guerras y conflictos que han caracterizado la historia humana. Lo analizaré aquí desde tres puntos de vista: el  de la relación material de fuerzas en la guerra fría; el de la propia concepción de la democracia liberal; y el del resultado, que Fukuyama describe en tonos lúgubres.

   Durante la guerra fría, los comunistas estuvieron a la ofensiva durante la mayor parte del tiempo, conquistando más y más  países y simpatías mayoritarias en el Tercer Mundo; fabricaron un arsenal nuclear  disuasorio y durante un tiempo incluso encabezaron la conquista del espacio;  fueron capaces de imponerse en Cuba, directamente bajo las barbas del Tio Sam, y en Vietnam derrotaron  y sumieron en una grave crisis moral a la superpotencia useña. Su influencia en las universidades y en la juventud más movilizada de los países occidentales era muy fuerte, la propia Iglesia católica intentó congraciarse con ellos, contagiándose una parte de ella del ideario marxista,  y en la Europa occidental ganaban terreno las políticas que daban por sentado que el sistema soviético permanecería indefinidamente, por lo que el realismo imponía aceptarlo mantener con él las mejores relaciones posibles.

   Sin embargo, aquellos avances no ocultaban del todo que el régimen soviético era cada vez menos capaz de competir en el terreno económico y finalmente en el científico y el técnico. Conforme pasaban los años, Usa acrecentaba  su ventaja en esos campos y elaboraba un discurso ideológico de “los derechos humanos” capaz de competir políticamente con el marxista. El resultado fue la inesperada  implosión de la URSS, determinada por la necesidad del sistema de reformarse para recuperar su atraso creciente  con respecto a Usa y Europa occidental: el sistema resultó demasiado rígido para admitir reformas de alguna profundidad y sufrió un colapso. Esto es fácil de explicar a posteriori, pero en realidad prácticamente nadie supo preverlo.

    ¿Podía haber continuado indefinidamente el equilibrio mundial de poder entre las dos superpotencias y los avances comunistas?  Varios factores dificultaban la continuación indefinida del bloque soviético, que tantos analistas y teóricos daban por descontada. Cabría considerar  el factor económico como el determinante. A mediados de los años 50, Jruschof, sucesor de Stalin, afirmó que la superioridad del sistema soviético para satisfacer las necesidades y aspiraciones de sus ciudadanos iba a quedar cumplidamente demostrada en pocos decenios, lo cual volcaría la opinión pública de todos los países a favor de sistemas como el soviético, en una marea irresistible que haría innecesarias, salvo en el Tercer Mundo, nuevas revoluciones violentas a la antigua usanza.  Esa especie de marea pacífica ciudadana evitaría además los riesgos de una confrontación nuclear. No sin razón los chinos acusaban a Jruschof y sucesores de “revisionistas” y “economicistas”. Hasta entonces, el comunismo solo se había impuesto por asaltos al poder, así debía seguir siendo porque los imperialistas no iban a dejarse derrocar pacíficamente; además, y contra una versión simplista, la ideología y la política eran el aspecto principal, que dirigía y organizaba la economía en el socialismo, y no al revés.

   Las ideas de Jruschof  se basaban en el análisis racionalista de que una economía planificada científicamente tenía que superar por fuerza a la aparentemente caótica,  anárquica y derrochadora economía capitalista, con sus crisis recurrentes y fuertes desigualdades sociales. Sin embargo, ocurrió casi exactamente lo contrario de lo previsto. Resultó imposible planificar científicamente las necesidades de la gente, que en realidad se dispersan en incontables deseos cambiantes. La planificación central y total por el estado tendía a estancar la producción, al anular las iniciativas particulares y desincentivar a los trabajadores, y donde se ha aplicado siempre ha generado escasez y máxima desigualdad  entre una casta dirigente dueña virtualmente de todo y el común de la sociedad, limitada a una existencia precaria decidida por los planificadores. Así, a partir de los años 70, Usa fue capaz de alcanzar y superar a la URSS en la conquista del espacio, pero sobre todo adelantó en la electrónica y la informática  mientras la URSS no lograba mantener el paso, ni conseguir la abundancia prometida.

   Teóricamente la URSS podría haber reaccionado y recuperar el terreno perdido, como hizo Usa en la carrera del espacio, pero la rigidez del sistema, una vez más, lo impidió. Además se metió en la aventura de Afganistán, donde topó con una resistencia parecida a la de Vietnam frente a Usa, y de la que salió humillada y desmoralizada. Todo ello iba aumentando el descontento en los países satélites y en la propia URSS y la impotencia política de los dirigentes, hasta provocar el derrumbe. No obstante, el comunismo chino aprendió la lección, manteniendo el poder comunista con una economía más o menos capitalista, combinación que viene funcionando con aparente eficacia.

   En realidad el fracaso económico soviético venía de muy atrás, y en la misma Europa era muy visible  el contraste entre  los prósperos países occidentales y las estrecheces de los socialistas. Por tanto habría que explicar por qué  el factor económico no obró mucho antes. Debe tenerse en cuenta que la expansión comunista fue ante todo un producto de la ideología y no de la economía. Su fuerza radicaba en la idea de una igualdad básica de los seres humanos, ante la cual las desigualdades económicas y las demás derivadas de ellas en los países burgueses parecían una injuria intolerable a la dignidad humana. Por eso la implosión final de la URSS no llevó consigo un desmoronamiento total de la ideología, sino más bien una descomposición de la misma en productos como el ecologismo, ciertos feminismos, etc., cuyo común denominador es su oposición a los sistemas llamados burgueses, capitalistas, patriarcales, etc.

   Con todo ello, el hecho histórico central, señalado por Fukuyama y  por lo demás evidente, es este: el sistema de democracia liberal que, aliado con el comunista, fue capaz de destruir al sistema nazi, terminó venciendo también a su antiguo socio soviético. De las dos superpotencias mundiales quedó solo una, y Rusia optó por democratizarse al estilo occidental. No obstante, la democratización funcionó mal durante bastantes años, como denunció en su momento Solzhenitsin, generando una gran ineficiencia, grandes bolsas de miseria,  corrupción y violencias. Tal situación no era una mala noticia para los antiguos países satélites, siempre temerosos del expansionismo ruso y soviético; ni tampoco para Usa ni Europa occidental, que no deseaban el resurgir de una gran potencia rusa, aunque fuera como democracia liberal.

   Pero, suponiendo que la URSS hubiera logrado sus objetivos de ofrecer un mayor nivel de consumo que los países occidentales, ¿habría ello supuesto una victoria decisiva equivalente al final de la historia, aunque con otro sistema?  Se trataría de un mundo en que todos tendrían bien cubiertas sus necesidades materiales y por tanto no tendría por qué pensar en otras cosas, ya que si la historia se ha desarrollado como lucha de clases motivada por la escasez y, ligadas a ella, la filosofía, las artes, la ideología, etc., ya no habría muchos motivos para cualquier actividad no material. Pues la economía se identifica con la materia en el plano social. Cubiertas dichas necesidades, dejaría de tener sentido, salvo como extravagancia, la libertad, concepto por lo demás un tanto evanescente.  En parte equivaldría al plan Beveridge de una seguridad social desde la cuna a la tumba. Pero, ¿cuál sería el precio? Convertir la vida humana en un objeto ordenado y manipulado por la burocracia; y como se adelantó a señalar el gran pensador político Tocqueville,  la infantilización de la gente hasta que el hombre quedara privado de los principales atributos de humanidad. Del reino de la necesidad se pasaría al reino de la libertad, pero una libertad sin objeto.

   ¿Es posible una  situación así? Creo que lo es como aproximación más o menos fuerte, pero no como consecución plena. El ser humano está regido por lo que el mito ha definido como “pecado original”, la idea del bien y el mal pervivirá, y por muy homogénea y aparentemente satisfecha que esté la gente, siempre habrá en ella deseos, aspiraciones e intereses distintos, y siempre las envidias, frustraciones, odios, rivalidades, etc., cumplirán su papel ambiguo. Me parece imposible crear una sociedad humana semejante a la de las hormigas o las abejas.

   Sea como fuere, esa tendencia que hemos supuesto a un comunismo triunfante, podría desarrollarse con un sistema capitalista, según advierte Fukuyama.

    Hoy se especula con la posibilidad de alterar genéticamente al ser humano, con idea de erradicar la agresividad  generadora de conflictos y guerras, por una parte, y de ampliar la capacidad intelectual por otra, dicho grosso modo. De ahí nacería una situación de paz,  conformismo y producción económica, ecologista o no. Pero la inteligencia ha descubierto ya que la naturaleza no es así. En todo caso, un reto al pensamiento.

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Gibraltar, símbolo de la miseria política española

La historia es conocida: en la Guerra de Sucesión por la corona de España, Inglaterra apoyó al candidato de los Austrias, archiduque Carlos. El almirante inglés Rooke, al mando de una gran escuadra angloholandesa, que había fracasado en el intento de tomar Cádiz y luego fue rechazado de Barcelona, a la cual bombardeó en represalia, tuvo éxito finalmente en Gibraltar, gracias a la gran desproporción de fuerzas a su favor. La tomó en nombre del archiduque Carlos.

En la paz de Utrecht, sin embargo, Inglaterra logró quedarse con la plaza, y también con Menorca. De la isla serían expulsados los ingleses en 1782, pero el peñón resistiría varios asaltos españoles. El Tratado de Versalles de 1783, que reconocía la independencia de Usa, pudo haber sido también la ocasión de recobrar Gibraltar, lo cual no ocurrió, probablemente por el interés francés en mantener un punto de discordia entre Inglaterra y España, y por la falta de firmeza de Aranda, que firmó por su cuenta la renuncia al peñón.

Desde Utrecht, la colonia inglesa se convirtió en una gran base de contrabando y negocios diversos en perjuicio de España. Pero este era el aspecto secundario. El principal era el militar y el control del estrecho de Gibraltar, de importancia estratégica decisiva como una de las llaves del Mediterráneo. Nada simboliza mejor el declive político y militar de España (acompañado de declive cultural), que la permanencia de la colonia británica en su territorio y en un punto de tal relevancia. Por supuesto, los ingleses han vulnerado sistemáticamente el Tratado de Utrecht, de por sí leonino, ampliando ilegalmente la zona ocupada, con pretextos tales como la petición de ayuda humanitaria ante varias pestes declaradas en el peñón. Aprovechando la Guerra Civil, en 1938 invadieron aguas españolas para construir un aeropuerto. Actualmente el proceso continúa con singular descaro y provocación.

Solo en la época de Franco el peñón dejó de ser para Londres un buen negocio económico –con el cierre de la verja y la vigilancia del contrabando– o político, por el acoso diplomático en la ONU. Pero gracias al Gobierno del PSOE, desde 1982 la colonia se ha convertido en un centro de todo tipo de negocios ilícitos, y muchos de sus habitantes en opulentos negociantes con importantes propiedades en la Costa del Sol. Desde entonces se ha acentuado la decadencia y dependencia política española en grado sumo. El símbolo de Gibraltar lo es más cuando consideramos el desplazamiento del español, en la propia España, como lengua de cultura a favor del inglés, o la pérdida general de soberanía, vista por muchos casi como una bendición.

Me viene a la cabeza, a este respecto, la oscura propuesta del socialista Indalecio Prieto a Inglaterra, durante la Guerra Civil, ofreciéndole la ría de Vigo y Menorca a cambio de ayuda contra Franco. En fin, tenemos la tradición de Don Pelayo y la de Don Julián.

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Franco, consciente de las realidades internacionales, diseñó una estrategia inteligente a largo plazo para recuperar Gibraltar, que debía caer “como fruta madura”.Primero sus gobiernos ganaron la batalla diplomática en la ONU y luego, ante la arrogancia de Londres, cerraron la verja en 1969,  y emprendieron el desarrollo económico del Campo de Gibraltar,  que revitalizaría una zona antes deprimida y dependiente del peñón. El cierre de la verja convirtió pronto el peñón en un negocio ruinoso para Inglaterra, mientras el entorno se desarrollaba con rapidez. La propaganda ha pretendido que la industrialización del Campo de Gibraltar fue un fracaso (se decía de todas las medidas económicas del franquismo, que convirtieron a España en uno de los países de másrápido crecimiento del mundo), pero no lo fue en modo alguno. Incluso hoy quedan de entonces la conversión del puerto de Algeciras en uno de los más importantes de Europa o empresas como Acerinox.

    El PSOE, con su hispanofobia profunda, invirtió exacatamente la estrategia de Franco: abrió la verja, hizo de Gibraltar una magnífica fuente de ganancias para Inglaterra y los “llanitos”, y arruinó la zona española en torno, volviendo a convertirla en una deprimida dependencia económica de la colonia inglesa. La forma como ha prosperado Gibraltar ha sido la habitual: parasitando a España con una mezcla de contrabandos de todo tipo y con las ventajas de un refugio fiscal, donde se registran más empresas que habitantes  tiene la colonia. Muchas de esas empresas son españolas, cosa lamentable pero consecuencia inevitable de la política seguida por Felipe González, Aznar y empeorada por Zapatero, con algún parche insignificante de Rajoy. El turismo en el peñón es también floreciente, y gran número de españoles del entorno acuden allí a hacer sus compras, más baratas por la falta de impuestos, contribuyendo así a arruinar los negocios del Campo. Los enriquecidos llanitos se permiten comportarse como “señores” fuera del peñón, en el entorno y la Costa del Sol, a la que colonizan. El enorme perjuicio económico para España se añade a la permanente humillación política y  militar, con el consentimiento y colaboración de una casta política infame.

     La recuperación  de Gibraltar solo puede plantearse con una estrategia enérgica y a largo plazo como la diseñada por el régimen anterior: neutralización del efecto  de absorción económica por parte de la colonia, incluso mediante el cierre de la verja, máxima presión internacional, y desarrollo del Campo de Gibraltar. No hay otra solución. Pero la misma requiere una fuerza política muy diferente de la repulsiva casta actual.

 

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