Derivaciones de Darwin

Entre tanto, en 1859 aparecía en Inglaterra la obra de  Charles Darwin  El origen de las especies, y en 1871 El origen del hombre y la selección ligada al sexo. Ya desde los griegos existía la idea de que las variadísimas formas de la vida en la tierra debían tener un origen común, pero Darwin  estableció una doctrina mucho más precisa, basada en  tres ideas: cada especie produce muchos más individuos de los que pueden sobrevivir, lo cual origina una lucha por la vida. Dentro de las especies se da una variabilidad de caracteres heredables, por lo que la naturaleza seleccionará aquellos más eficaces para la supervivencia, que se reproducirán mejor. Con ayuda del tiempo, esas variaciones darán lugar a nuevas especies. En cuanto al hombre, aun teniendo en cuenta sus particularidades, es en definitiva un animal más, que debe haber evolucionado a partir de los simios o de una especie común a ambos. El conocimiento de estos mecanismos descartaba la intervención sobrenatural de la divinidad.

   La teoría se apoyaba en numerosas observaciones,  era ingeniosa y lógica, aunque incompleta hasta que se descubrieron los mecanismos de la genética. No podía demostrar a conciencia sus asertos, pero era científica en cuanto prescindía de la idea de la divinidad y de la noción de finalidad: ni Dios intervenía ni la evolución respondía a algún designio finalista, simplemente  se manifestaba como mutaciones al azar entre las que seleccionaba la naturaleza. Las consecuencias ideológicas del darwinismo fueron rápidas y enormes. Los enemigos del cristianismo lo saludaron como un golpe decisivo contra este: asi como la teoría de Newton permitía explicar el funcionamiento del universo sin necesidad de recurrir a la divinidad, lo mismo ocurría ahora con la vida y con el hombre mismo. Un sector protestante rechazó de plano el darwinismo, apoyándose en el libro del Génesis, según el cual Dios creó las especies y directamente al hombre. La Iglesia católica aceptó la nueva teoría con más facilidad, manteniendo la intervención directa  de Dios en el origen tanto del universo como del hombre.

   El darwinismo resultaba demoledor en un plano más profundo: el ser humano dejaba de ser algo así como la culminación de la creación, una imagen de la divinidad, para reducirse a un suceso más dentro del universo; las cualidades que le distinguían del animal no procedían de una chispa divina, sino de  la misma animalidad; y su vida   dejaba de tener finalidad o sentido, no más en todo caso que el de tantas especies aparecidas y extinguidas a lo largo de eones. La lucha por la existencia no tenía otra finalidad que sobrevivir, y la supervivencia dependía de infinitos azares biológicos. Perdían todo significado ideas como la expuesta por Pico de la Mirándola, del hombre capacitado por su libertad para elevarse a un plano semidivino o degradarse a la condición animal, base del concepto moral cristiano.

    La acogida al darwinismo fue muy amplia, como nuevo y grandioso triunfo de la razón y la ciencia, aunque rebajase de tal modo el elevado concepto que el ser humano solía tener de sí mismo. Ya había ocurrido en pequeña medida con la teoría heliocéntrica, pero ahora con mucho más radical efecto demoledor. Por otra parte no fundamentaba una conclusión única, sino a varias distintas e incluso opuestas, como había ocurrido con el estudio racional de la economía, del que habían surgido interpretaciones antagónicas como el liberalismo, el comunismo o el anarquismo, y aun cada uno con sus variantes. Por ejemplo, el darwinismo podía entenderse como explicación de las guerras, tan detestadas como recurrentes, e interpretables ahora como un mecanismo inconsciente de selección biológico-social;  o bien el concepto de evolución, asimilable al progreso, sugería –más difícilmente—una actitud pacifista y cooperativa, más próxima al cristianismo, aunque sin base real.

   Una de sus derivaciones más importantes consistió en otorgar al racismo una supuesta base científica. Conductas racistas se dan probablemente en todas las culturas, pero en Europa se habían acentuado por su ventaja técnica y material sobre el resto del mundo,  y también en el arte y el pensamiento. Hume lo había explicado y en Francia Joseph de Gobineau lo teorizó en los años 50: la raza blanca demostraba su superioridad por sus creaciones culturales, y dentro de ella la parte rubia o aria alcanzaba el máximo nivel. La mezcla de razas causaría degeneración, y los únicos que se conservaban puros eran los germanos (ya lo había creído observar Tácito). A su vez, las aristocracias eran superiores a la gente común, por tener un mayor componente ario. Alababa los antiquísimos textos védicos de India, que pregonaban la superioridad de los “de cabello y barba amarillos” y el odio a los de piel oscura.

   El racismo era también muy intenso en Inglaterra y Usa. Cecil Rhodes, uno de los imperialistas ingleses más conspicuos y autor del gran designio de dominar la franja africana “de El Cairo a El Cabo”, estaba convencido de la superioridad de la raza anglosajona sobre todas las demás, por lo que “cuanta mayor parte del mundo colonicemos, mejor para la humanidad”. La derrota de España en la guerra del 98 con Usa fue ampliamente interpretada como efecto de la superioridad anglosajona sobre los decadentes latinos. Etc.  El darwinismo daría lugar  en muchos países a programas de esterilización y eugenésicos. Cabe ver también en el racismo cierta analogía con la doctrina protestante de los predestinados a la salvación.

   A su vez, Marx y la izquierda saludaron las tesis de Darwin con fervor.  Marx ponderó la teoría de la evolución como “la base para nuestras tesis a partir de la historia natural”: la lucha de clases manifestaría en el plano social la lucha biológica por la vida. Engels  explicó en  el elogio fúnebre al coautor del Manifiesto Comunista: “Igual que Darwin ha descubierto las leyes del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx ha descubierto las leyes del desarrollo de la historia humana”. Parece que la admiración de Marx por Darwin no fue recíproca, pues el inglés no dejó de ser un investigador burgués, de querencia liberal. La religión  siempre le preocupó, y  finalmente se declaró agnóstico, admitiendo la incapacidad de la mente humana para penetrar el misterio último del universo. Algo que Marx habría calificado de cobardía e inconsecuencia.  

   También el liberalismo sacaba partido del darwinismo: la economía era la ciencia de los recursos escasos, reflejo social de la constante biológica que hacía perecer a los menos aptos. Y en la sociedad humana triunfaban económicamente los más aptos y se arruinaban los menos hábiles o afortunados, como la observación más elemental indicaba, en una pugna sin fin por la riqueza y el poder.

    La marca darwiniana resalta asimismo en Friedrich Nietzsche, uno de los filósofos más significativos del siglo. Nietzsche entendió que las tesis de Darwin demolían los principios de la moralidad y la especulación metafísica, dejando solo como motor de la vida el instinto de supervivencia, manifiesto en el hombre como voluntad de poder. Esa voluntad constituía la moral  misma, que dictaba la necesidad biológica del imperio de los fuertes sobre los débiles e incapaces, pudiendo incluso “ayudar a perecer” a los últimos, en caso necesario. La historia real solo podía entenderse racionalmente como ejercicio de la voluntad de poder, bajo la farfolla inane de la moralina cristiana. Nietzsche recogía una tradición muy antigua, ya expuesta por algún sofista griego e impresa en la religión germánica con su gusto por la lucha y su pesimismo de fondo; pero ahora con base científica. La evolución debía desembocar en el superhombre, capaz de crear sus propios valores a partir de su voluntad de poder. Una visión de la vida radicalmente opuesta a la cristiana “religión de la compasión”, sobre todo en su versión católica; y Nietzsche la condenó sin ambages el cristianismo como insano, contrario a las leyes de la vida, debilitador de la fuerza y el poder,  propi de esclavos e ineptos, como ya se decía en la Roma antigua. 

   En realidad, la consecuencia ideológica principal de la teoría de Darwin venía a ser el    nihilismo: la vida, en general y humana, carece de sentido, por tanto de valor. Esto podría causar una desesperación total, pero una salida posible era la liberación de toda constricción moral o religiosa: cada uno podría construir su propia vida con los valores que le parecieran mejor: recogía la aspiración renacentista a construir la propia fortuna, pero sin el apoyo religioso que entonces se daba por  hecho. Ahora cada uno podía dar a su propia vida el sentido que prefiriera: lucha de clases, lucha de razas, pacifismo, búsqueda del placer o del poder… El Hombre como dios, libre de constricciones morales y religiosas, adquiría una libertad absoluta sobre su vida, según una voluntad  no obstante parecida al capricho, que giraría en el vacío.  Macbeth estaría en lo justo.

   No obstante, el dawinismo podía enfocarse de otro modo: la finalidad, excluida por el método científico, queda implicada en el hecho mismo de la selección e implica asimismo un designio, aunque no sea equiparable al del arquitecto, pues en otro caso produciría monstruos. La selección supone también un agente seleccionador, en este caso es “la naturaleza”, dotada de ciertas cualidades divinas desde Spinoza.  Decir “Naturaleza” suena más científico que decir “Dios”, pero es un concepto tan poco claro como el de divinidad. O el de “Pueblo”. O el de “Razón”. O el de “Hombre”. De la naturaleza conocemos algunos aspectos, e ignoramos otros, y de hecho, la idea que se hacían de ella en los siglos XVIII y XIX iba a cambiar sustancialmente en el XX. Además, en el fondo del evolucionismo late el poderoso instinto de supervivencia, común a toda la vida, pero ¿de dónde salía ese instinto?  En fin,  era difícil salir de la tautología al explicar la supervivencia del más apto o del más fuerte: si salía adelante o triunfaba era por ser el más apto, y si era el más apto se debía a que triunfaba.

   Y la casi feroz exigencia de sentido en la psique humana, que daba lugar a tantas especulaciones y mitos desde el origen de la sociedad, ¿podía ser un simple error gratuito de nuestra mente, ajeno al resto de la naturaleza que marchaba sin finalidad alguna? ¿No exigía la razón que sentido y finalidad fueran también “naturales” y no absurdos de origen no natural?  ¿O  habría en el hombre algo no natural, entonces?

   Era preciso también  estudiar de manera racional el propio cristianismo y la razón de su influencia a lo largo de casi dos milenios. De siempre se había aceptado la ineptitud de la razón ante ideas como la vida después de la muerte, la virginidad de María, la acción del Espíritu Santo, la divinidad de un hombre, sus milagros, su muerte como Dios por otros hombres, la resurrección, el carácter trinitario de la divinidad, etc. Todas ellas exigían fe, con la razón reducida a auxiliar parcial. Pero la razón podía desacralizarlas, y una vez hecho, convertirlas en objeto de chanzas, como habían hecho varios enciclopedistas. Naturalmente, Jesús era un hombre, no un dios, y  en Alemania se emprendieron estudios científicos sobre su vida, circunstancias históricas y versiones contradictorias de los evangelios. Dentro de la moda racista, se le presentó como un ario de Galilea, zona de mezclas  raciales, y no como judío de verdad. Su doctrina debía interpretarse, bajo apariencias contrarias, como una ruptura radical con el judaísmo, lo que explicaría su expansión por la Europa indoeuropea. El pensador francés Ernest Renan, en su Vida de Jesús  trató de entender al ario Jesús, hombre y no dios, encontrándolo admirable: “hacerse amar al punto de que no haya dejado de ser amado desde su muerte, he aquí su obra maestra”. Jesús no habría fundado una religión con sus dogmas, que corresponderían más bien a San Pablo, sino un espíritu nuevo para la humanidad. Se puso de moda hablar del cristianismo céltico y germánico, negándole origen semítico, pese a que la insistencia cristiana en la igualdad  ante Dios, la mansedumbre, la compasión, la paz, etc., casaban mal con las religiones arias.   

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El liberalismo y su crítica marxista

**Franco como militar y como político: https://www.youtube.com/watch?v=ILM4t9TfLtM

**Breve, sobre la salingla, la victoria de Zapatero y la derrota de VOX, y el “orgullo” homosexual, en el programa de Luis del Pino (9 minutos): http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-07-02/involucion-permanente-los-resultados-electorales-y-el-brexit-102515.html

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El fracaso de las revoluciones popularistas o democratizantes, hizo que el liberalismo se extendiera por el continente y presionara fuertemente sobre Rusia, de modo que el siglo XIX puede considerarse el siglo liberal por excelencia.  Uno de sus rasgos clave era la tolerancia hacia las opiniones religiosas y, hasta cierto punto, las políticas. El pilar de la tolerancia era el mismo que el del agnosticismo: es muy difícil o imposible que en estos terrenos la razón alcance certezas indiscutibles. La idea de tolerancia queda excluida, lógicamente, de la ciencia y de algunos terrenos en que la certeza es claramente alcanzable. Tal actitud tenía dos caras: por un lado evitaba el dogmatismo y abría más libertad al pensamiento; pero por otra tendía a relativizar las cuestiones más vitales, hasta disolverlas en un escepticismo general y angustioso.

     El liberalismo admitía sin embargo alguna certeza. Como hemos indicado, su pensamiento arraigaba en un triple mito: el “estado natural”, el “contrario social” y la igualdad originaria de todos los hombres.  Mitos, porque nada de ellos había existido nunca, pero se daban de algún modo por reales, al margen de la razón. No obstante, a partir de esos fundamentos, el liberalismo construyó un sistema de racionalidad  bastante clara: el estado se había creado para proteger los derechos de los individuos a la vida, la libertad,  la propiedad y la felicidad. Esos derechos no los inventaba el liberalismo, existían de siempre, distinguiendo a los hombres libres de los esclavos, pero la nueva doctrina los especificaba de modo más concreto. No se trataba de una doctrina simple: evidentemente, el individuo no puede sobrevivir fuera de la sociedad, a la que debe todas las condiciones de su existencia, desde el propio nacimiento, la lengua y los conocimientos, hasta la alimentación, la medicina, etc. También salta a la vista que los individuos componentes de la sociedad difieren mucho entre sí. El problema de armonizar los impulsos individuales con las necesidades sociales yace en el fondo de todo el pensamiento político desde Grecia y Roma, y ha suscitado diversas soluciones. Con o sin “estado de naturaleza y contrato”, la experiencia había demostrado los peligros de desintegración social cuando predomina en exceso el individualismo, y de despotismo cuando el orden social se imponía sin respeto a los individuos.

   La solución liberal giraba en torno a los derechos individuales. Pero si bien el derecho a la vida podía aplicarse también a los esclavos, y la libertad o la felicidad resultaban algo evanescentes a la razón, y por tanto inciertas u opinables, en cambio la propiedad privada constituía una certeza sobre la que construir  una teoría de la sociedad. Dicha propiedad y el comercio derivado constituirían la raíz de los derechos reivindicados a la vida, la libertad, y la felicidad; más aún, serían la fuente misma de las culturas y civilizaciones, como han expuesto diversos teóricos liberales. La calidad de una civilización dependería del grado en que la propiedad y el comercio fueran respetados por el poder, y sus problemas y decadencias podían explicarse de ese modo. En cambio si un poder poco intervencionista  se limita a garantizar ciertas normas que encaucen los intereses particulares para evitar una batalla permanente, entonces la sociedad alacanzará  la mayor riqueza, libertad y felicidad posibles. Sobre esas bases se articula también la moral, como venía a proponer Adam Smith.  El fin que daba sentido a la vida consistiría en el enriquecimiento, que daría a su vez la medida de la felicidad y la liberta; algo que mucho darían por evidente.

    Así, la política liberal se concretaba en un estado pequeño y poco costoso, con libertades políticas y separación de poderes y  sufragio frecuente o periódico. La monarquía podía subsistir, sometida a un parlamento que a su vez representaba a los propietarios. De hecho, se trataba de un estado-herramienta al servicio de los propietarios y comerciantes. La racionalidad del sistema se parecía a la del absolutismo: los más ricos serían en principio los más ilustrados y responsables, ya que la mayor posesión implica una mayor preocupación y resistencia a los cantos de sirena de la a demagogia, a la que tiende la mayor parte de la sociedad, precisamente por sus escasas o nulas propiedades y menor ocasió de ilustrarse. El liberalismo, por tanto, no es democrático, y  de ahí que en el siglo XIX predominase en Europa el voto censitario a los parlamentos: solo votaban los dueños de cierta fortuna. Aun así, la tendencia general fue a ampliar el sufragio y en algunos casos a hacerlo universal, como en la Francia de 1875 (con precedentes), en Alemania en 1871 o España en 1890. Existía un temor razonable a que el voto general condujese a abolir precisamente el sistema liberal.

    Claro que con ello se negaba el dogma de la igualdad ante la ley y, más al fondo, de la igualdad en general. De todos modos podía explicarse: partiendo de una igualdad originaria, es lógico y justo que los mejores y más capaces triunfasen sobre los menos capaces o más perezosos. Así, el liberalismo venía a ser una forma de aristocracia, no fundamentada en el valor y la espada, sino en la habilidad para hacer dinero. Como  hacer dinero en circunstancias normales significa satisfacer los deseos o necesidades de otros, podría decirse que la fortuna de los más hábiles repercutía  sobre el conjunto de la sociedad, enriqueciéndola a su vez. Algo que sonaba razonable, pero que también podía cuestionarse por razonamiento o apelando a la realidad social.

   Por lo demás, hay dos clases de propiedad privada: la más personal, común a las personas libres y que generalmente deja de ser objeto de comercio una vez  puesta en uso  –hasta los esclavos obran como si sus harapos o su escudilla fueran propiedad privada suya –; y la propiedad de tierras, fábricas, edificios, mercancías…, que sí constituyen objetos de comercio. Pero la desigualdad entre propietarios de bienes productivos y comerciables ha sido siempre enorme, desde los magnates a los buhoneros, etc. Y una gran masa solo tiene como propiedad vendible su propio cuerpo. Y la propuesta igualdad  ante la ley no impide que un poderoso propietario tenga ventaja a la hora de conseguir los mejores abogados e influencias. Tampoco es cierto que las libertades sean iguales para todos: en la práctica, los dirigentes en cualquier asociación son siempre unos pocos, solo los ricos pueden mantener un periódico,  solo una pequeña minoría ejerce realmente la libertad de expresión más allá de su ámbito familiar o de amigos, donde siempre existió esa libertad…

   Más al fondo, la “mano invisible” de Adam Smith no traía todos los beneficios esperados. A períodos de prosperidad sucedían los de crisis, con masas de desocupados empobrecidos y quiebra de empresas; el último cuarto del siglo sufrió precisamente una prolongada Gran Depresión. Y permanecía el dato ancestral de que quienes más duramente trabajaban menos parte de la riqueza percibían. La propiedad y la riqueza, por tanto la influencia y el poder, tendían a concentrarse en pocas manos, con cierta fusión entre las oligarquías tradicionales nobiliarias y terratenientes y los grandes capitalistas y financieros. En todas partes, algo menos en Francia por efecto de las revoluciones, los nuevos potentados sentían fascinación por los viejos títulos y hubo una considerable fusión entre ambas oligarquías, reflejada en la cínica frase de Lampedusa en El gatopardo: “Todo debe cambiar para que todo siga igual”. En el Parlamento bajo o Cámara de los Comunes inglesa, predominó absolutamente la vieja oligarquía hasta pasados los dos tercios del siglo, mientras que en la Cámara alta o de los Lores, la entrada de los grandes negociantes se aceleró desde 1885. Lo que podía decirse es que había un mayor movimiento y rotación de personas en todos los niveles sociales. 

   A lo largo de este siglo XIX, el liberalismo sería desafiado más y más por otras corrientes ideológicas,  también por los impulsos democratizadores, nacidos fuera del sistema y también en su interior, por sus contradicciones al predicar la igualdad ante la ley y al mismo tiempo el derecho de propiedad como base del sistema.

  

   Y en 1848,  en práctica coincidencia con las revoluciones de aquel año, se publicó el Manifiesto del Partido Comunista, de Marx y Engels, exponiendo las bases de una nueva doctrina social, esbozadas desde antiguo como ideales utópicos, condenados al fracaso por irreales. Ahora se proponía una teoría científica, por tanto cierta, que lo cambiaría todo. El marxismo tomaba del liberalismo el concepto de la economía como base explicativa de la sociedad,  pero lo llevaba a conclusiones radicalmente opuestas; y de paso ofrecía una explicación de  la historia de aparente coherencia. ¿Era posible la igualdad comunista con que habían soñado tantos? Lo era, pero no por razones morales, sino por un desarrollo suficiente de la riqueza social. Históricamente, ello nunca había ocurrido, por laprecariedad  del conocimiento científico y de la técnica, de modo que la escasez había impuesto la separación entre unas clases explotadoras y otras explotadas, y la consiguiente lucha entre ellas. La escasez hacía que la lucha de clases solo pudiera causar la sustitución de una oligarquía o clase explotadora por otra. Sin embargo todo cambiaba con el sistema capitalista o burgués: su vertiginoso desarrollo de las fuerzas productivas sentaba las bases para un reino de abundancia generalizada, como ya habían entrevisto algunos gracias a las máquinas. Si la abundancia llegaba a todos, la división social en clases perdía su razón histórica de ser.  ¿Y qué lo impedía? Justamente lo que más estimaba el liberalismo: la propiedad privada de los medios de producción.

    La explotación  del hombre por el hombre se mantenía de dos formas: por la fuerza (el estado, considerado aparato de violencia de la clase dominante) y por la ideología. Marx llamaba ideologías a construcciones intelectuales fantásticas destinadas a justificar el poder de los explotadores como un hecho natural, inevitable o decidido por Dios. Así, sobre la estructura económica, se alzaba una superestructura ideológica de derecho, filosofía, arte e instituciones derivadas. La ideología por excelencia era la religión, “opio del pueblo” destinado a mantener a los oprimidos en sumisión voluntaria y fuente del resto del conjunto ideológico.

    Dentro de estos límites,  la lucha de clases había hecho  evolucionar la sociedad desde una supuesta comuna primitiva a través de los “modos de producción” esclavista, asiático, feudal y capitalista. La Revolución francesa debía entenderse, precisamente, como el derrocamiento del sistema feudal  por la burguesía emergente. Para derribar  al sistema anterior, la nueva clase debía atraerse al conjunto de la sociedad  con valores generales, incluso con gérmenes de comunismo, inevitablemente traicionados luego.

   El liberalismo era precisamente la ideología más propia del capitalismo, y su falsedad  se manifestaba al menos en tres formas: a) La propiedad y el comercio no estaban al alcance de la gran mayoría, que de este modo no tenían posibilidad de desarrollarse plenamente como seres humanos, debiendo proletarizarse, venderse como fuerza de trabajo.  b)  La ganancia, motor obsesivo del sistema,  solo podía provenir del trabajo de los proletarios, a quienes se arrebataba una parte esencial (plusvalía) del producto de su esfuerzo. c) El liberalismo creía su sistema la culminación de la historia humana, pero la historia continuaba y precisamente en marcha hacia la destrucción del sistema burgués. ¿Cómo era que una riqueza sin precedentes no beneficiaba por igual al conjunto de la sociedad, sino a una burguesía parasitaria, que proletarizaba a más y más sectores de la población, exprimiéndoles para arrebatarles la plusvalía y condenándoles a una pobreza creciente?  Todo en el liberalismo sería falso, empezando por sus libertades, que solo velaban la realidad de una dictadura que hacía las leyes en beneficio del capital y las imponía por la fuerza del estado.

   En dos palabras: para los liberales, la propiedad privada era la base misma de la civilización; para Marx y Engels era el obstáculo que mantenía una opresión secular. Algo más: el liberalismo tendía al agnosticismo, dejando la religión para la plebe inculta. Pero el marxismo declaraba a la religión, con su figura de la divinidad, como enemigo del progreso humano,  por lo que, consecuentemente se declaraba ateo militante. El liberalismo se apoyaba en un concepto moral que consideraba nacido de la razón, mientras que el marxismo entendía la moral como una construcción ideológica más, nacida de los intereses del sistema.El proletariado crearía su propia moral, de acuerdo con sus intereses.

    Por tanto, el proletariado tenía un “interés histórico” en derrocar a sus explotadores para adueñarse colectivamente de las fuerzas productivas y ponerlas al servicio de toda la sociedad, eliminando por primera vez en la historia la explotación del hombre por el hombre. El gran cambio exigiría una revolución proletaria casi seguramente violenta, pues no cabía esperar que los capitalistas se dejasen desplazar sin usar sus poderosos medios de fuerza: en ese esquema, el uso del terror, el “terror plebeyo”, encontraba su  explicación y justificación. La lucha debía ser a la vez legal e ilegal, aprovechando las ventajas que la demagogia liberal pudiera ofrecer. Una vez derribado y expropiado el capital,  persistiría la pequeña propiedad, así como  ideologías y costumbres heredadas del pasado e intentos burgueses de utilizarlas para recobrar el poder, por lo que sería necesario un período más o menos largo de dictadura proletaria, donde subsistiría un estado al servicio del pueblo, con vistas a construir el comunismo, donde las clases sociales, la religión y el estado desaparecerían por innecesarios.

   Por más que expuesto el programa marxista de forma parcial y esquemática, creo que basta para percibir su atractivo sobre mucha gente: sobre intelectuales por su aparente coherencia racional, y sobre considerables masas por el descontento con las condiciones de vida populares, a menudo míseras, y por la promesa implicada. La mística del “pueblo”, cultivada por algunas versiones liberales, se traspasaba ahora a una parte de él, al proletariado; con el mismo problema de la falta de homogeneidad  interna, excepto en el interés anticapitalista que querían atribuir los marxistas a todos los obreros. El programa de Marx arrastraría a masas en Alemania y otros países industriales, mucho menos en Inglaterra, donde la reivindicación obrerista se ceñía más a asuntos salariales y reformas parciales, con menor radicalismo.

    El marxismo era también en principio antinacionalista, pues interpretaba las naciones como  invenciones de las burguesías para garantizarse mercados: los obreros no tendrían patria, por lo que el partido comunista se fundó como  I Internacional en 1864. Dentro de ella estallaron las luchas por el poder con los anarquistas de Bakunin, que rompieron la organización. Una II Internacional, sin anarquistas, se fundó en 1889. La mayor influencia del marxismo durante largo tiempo fue en el Partido Socialdemócrata alemán, pero también se extendió por Francia, España, Italia, Rusia y otros.

   Por lo que respecta a Bakunin, acusaba a Marx de montar una organización ultracentralista, un poder despótico, que, de triunfar, no sería del proletariado sino sobre el proletariado, y más opresivo que los poderes burgueses. Bakunin consideraba el poder, mismo, junto con la ignorancia, como  las  peores cadenas que aherrojaban a la humanidad, de modo que los preparativos para la revolución debían hacer hincapié en culturizar a los trabajadores según sus cánones, hasta derribar  el poder capitalista sin instalar otro en su lugar. Sin embargo, sus prédicas no parecían convencer a mucha gente, por lo que propugnó sociedades secretas, incluso manejadas por otras más secretas,  de individuos totalmente  devotos a la causa, que no tuvieran escrúpulo en manipular a la gente para llevarla a la lucha, ni de emplear el terrorismo para debilitar  al estado burgués. Inauguró una época de asesinatos de personajes públicos en numerosos países europeos y en Usa, con especial duración en Rusia y España. El anarquismo  daba menos importancia al fundamento económico y más al poder y a la religión como claves para destruir la vieja sociedad y la propiedad, que pervertían al hombre, en la línea de Rousseau.

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El “pueblo” como sustituto de la divinidad

Este domingo en Cita con la Historia hablaremos de Franco como militar y político, comparándolo con sus  coetáneos. www.citaconlahistoria.es  Anterior,Franco comparado con Churchill y Roosevelt: : https://www.youtube.com/watch?v=pDFQGl1xxJk

**En el programa de Luis del Pino: la salingla y la elecciones en España: Triunfo de Zapatero, derrota de Vox http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-07-02/involucion-permanente-los-resultados-electorales-y-el-brexit-102515.html

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Interesa contrastar la actitud de Thiers con la de Luis XVI ante similares desafíos revolucionarios. Luis XVI vaciló, inseguro de su legitimidad para aplicar a fondo los resortes del poder.Thiers, por el contrario, obró sin titubeos, con plena convicción en su legitimidad. Porque lo que estaba en cuestión desde antes de la Revolución francesa era la legitimidad del poder monárquico. Es preciso examinar la lógica del proceso.

   Todo poder descansa sobre dos pilares: la legitimidad y la fuerza. La primera identifica al poder con el orden social y la capacidad de mantenerlo; y la segunda permite hacerlo eficaz contra sus enemigos, dado que en la sociedad humana existen intereses contrarios entre sí. Desde la caída de Roma, el modo casi generalizado de organizar el estado en Europa fue la monarquía asentada sobre una oligarquía nobiliaria. Hubo alguna excepciones republicanas en Suiza e Italia (y no debe confundirse república con democracia), y corrientes de pensamiento y políticas disidentes, y ya Suárez había expuesto a principios del XVII que el origen divino del poder permitía formas no monárquicas. Pero muy pocos ponían en duda su legitimidad,  que aparecía casi como un hecho de la naturaleza,  impuesto por la divinidad.

   Ni el rey podía gobernar sin una oligarquía, ni la oligarquía estabilizarse sin tener a la cabeza  a alguien respetado por ella y por el pueblo, es decir, un monarca. Esta interdependencia era por naturaleza poco armoniosa  y creaba una tensión en la que unas veces predominaban los nobles y otras los reyes. A veces, los nobles elegían al monarca, pero la solución ya mostró sus defectos en la España visigótica: peleas continuas entre clanes oligárquicos, asesinatos e inestabilidad social. Por ello tendió a imponerse la monarquía hereditaria, donde la legitimidad se transmitía de padres a hijos. El riesgo de que un rey saliera deficiente se compensaba con una mayor estabilidad.

   Los pensadores de la España visigoda cifraban la legitimidad del rey en su capacidad para hacer justicia, asegurando con ella la paz y prosperidad del pueblo. Justicia significaba equilibrio entre los muchos y contrapuestos intereses sociales. Naturalmente, ese equilibrio ideal  solo se alcanzaba por períodos cortos y nunca a plena satisfacción de todos, pues imponía inevitablemente sacrificios a unos y otros. Lo habitual era que unos intereses sufriesen a favor de otros, por falta fuerza o habilidad para defenderlos. Además las oligarquías, necesarias para mantener el orden, tendían a aprovechar su posición para imponer intereses de grupo por encima de los demás. Por ello la monarquía tendió a hacerse absoluta en una pugna secular.

    Con su despotismo ilustrado, la monarquía absoluta racionalizaba el poder, pues hacía progresar al pueblo, aplacando sus ocasionales y temidos estallidos de furia irracional, y de paso ponía coto a las grescas interoligárquicas. Por ambas razones lograba respaldo popular. Algunos ilustrados apreciaban la racionalidad absolutista, pero otros especulaban con los intereses del pueblo y la igualdad y la libertad. Desde Spinoza y antes, se fue atribuyendo una racionalidad superior a la democracia, en la que el pueblo decidiría libre e igualitariamente. Si el objetivo de la monarquía era el orden y la prosperidad del pueblo, este, imaginado como un todo con un solo interés primordial, no tenía por qué depender de un rey o una oligarquía. Así lo teorizaban Rousseau y otros, y Sièyes recogió la idea en su proclama sobre el Tercer Estado. El pueblo, pacífico, igualitario y amante de vivir bien, no necesitaba intermediarios; más aún, estos, las oligarquías tradicionales, eran culpables de las guerras, los despotismos y tantas desgracias más. Estas especulaciones, núcleo intelectual-sentimental del dinamismo revolucionario, fueron minando la legitimidad monárquica hasta presentarla como una intolerable tiranía, asentada exclusivamente sobre la fuerza.

   Después de la revolución, la monarquía solo podía legitimarse recordando el terror, la sangre y las convulsiones revolucionarias: ¿no demostraban estas que el camino revolucionario era el equivocado y el monárquico el único capaz de aportar orden y felicidad al pueblo? Sin embargo, la imagen de un pueblo deseoso de liberarse de los tiranos seguía ejerciendo fuerte atracción, muchos  pensaban en la Revolución francesa como un magno episodio liberador a pesar de todo, máxime en una época romántica en la que los impulsos de la pasión y el sentimiento se valoraban por encima de los del orden y la tranquilidad.  La subversión se convertía en virtud heroica. Y la atribución de la soberanía a la nación y no al monarca, corroía a los imperios. 

    Otra causa de la deslegitimación monárquica radicaba en el debilitamiento del cristianismo. En la  Ilustración  habían progresado sustancialmente el ateísmo y el deísmo, para el cual Dios se limitaba a la Causa primera, sinque el mundo tuviera más necesidad de su intervención, por lo que el orgen divino de la monarquía y del poder en general  perdía consistencia. El concepto de “pueblo”, como algo evidente y accesible a la razón, sustituía muy ventajosamente al de Dios en relación con la política y la sociedad. Los dones del pueblo como ente  pacífico, amante de la libertad y la igualdad,  parecían asimismo razonables: un  paso más en el dominio de la razón.

   Surgían sin embargo algunas contradicciones. Las insurrecciones de 1848  fueron  llamadas “la primavera de los pueblos”, otorgándoseles por ello plena justificación… pero los pueblos participaron poco. Se trató de alzamientos dirigidos por pequeños grupos de clases medias, intelectuales y estudiantes, secundados por fracciones populares minoritarias. La gran masa  permaneció al margen o en contra. El efecto legitimador de la apelación al “pueblo” tenía poco que ver con la realidad y la razón, y más con una especie de fe religiosa, incluso mágica.

    Aquella imagen idealizada del “pueblo” libre, igualitario y fraterno era un mito, poderosamente movilizador como suelen serlo, pero un tanto ajeno a la razón. La realidad más obvia era que en el seno del pueblo menudeaban las desigualdades y las contraposiciones de intereses entre grupos, igual que en las oligarquías. Y entre los propios revolucionarios, la igualdad y la fraternidad solían escasear, y sus libertades chocar entre sí: de ahí las violencias espasmódicas en que a que solía  desembocar su triunfo momentáneo. Por lo demás, tanto los insurrectos de la Comuna de París como los republicanos de Thiers actuaban y se justificaban en nombre del pueblo. Y dentro de esa común legitimidad se impusieron, naturalmente, quienes tuvieron más fuerza.

   El caso de Inglaterra fue diferente: allí las tensiones sociales, a menudo violentas, apenas tuvieron las connotaciones revolucionarias del continente. Era una sociedad fuertemente oligárquica, en la que hacía poca mella la mística del “pueblo”, dominada por un pragmatismo economicista  manifiesto en una indiferencia básica ante sucesos como la Gran Hambruna irlandesa. El “sentido reverencial del dinero”, como lo llamaría Ramiro de Maeztu, se extendía a las capas populares, que mostraban un respeto, incluso apego, a la oligarquía mayor que en el continente. El prestigio de las clases altas derivaba en gran parte de sus éxitos imperiales, que canalizaban a su favor el sentimiento nacional y facilitaban una emigración en condiciones pasables a las colonias. La Revolución francesa había sido examinada sin sentimentalismo, como ejemplo a evitar en cualquier caso. En las capas intelectuales predominaba el agnosticismo sobre el ateísmo, estimulando actitudes morales diversas, al resultar imposible decidir racional o científicamente sobre la existencia o no de Dios. La religión era apreciada, no obstante, para calmar a la población.

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Revoluciones en el siglo XIX

    Rusia, por su parte,  proseguía tenazmente su política de ampliar su acceso a los mares del entorno y de colonizar Siberia y Asia central;  pero su rasgo más significativo durante el siglo XIX fue un repentino esplendor cultural, totalmente imprevisible desde su pobreza anterior. En 1861 el zar Alejandro II abolió la servidumbre, una reforma liberal,  y  veinte años después, cuando preparaba un parlamento elegido o Duma fue asesinado por revolucionarios anarquistas. Aunque atrasada en muchos aspectos, a finales de siglo Rusia se industrializaba con rapidez, su literatura  y música fascinaban al resto de Europa, y su ciencia adelantaba a grandes pasos.  

    En cuanto a España, el siglo XIX fue probablemente el peor de su historia,  bajo permanente mediatización inglesa, salpicado por tres guerras civiles entre liberales y absolutistas, más incontables golpes militares o “pronunciamiento” por parte de unos liberales contra otros. En el terreno cultural sería asimismo un siglo inferior al XVIII. En 1898 Usa declararía la guerra a España con falsos pretextos, a fin de adueñarse de sus últimas posesiones en América y el Pacífico.  Para someter a Filipinas, Usa llevaría a cabo una guerra sin piedad, con abundantes matanzas indiscriminadas. Por entonces España había superado el espasmódico período anterior, con un gobierno estable y prosperidad acumulativa, pero su derrota frente a Usa causaría una profundísima crisis moral y psicológica que perturbaría su evolución interna.

     Según el siglo iba a su fin, en medio de una profunda depresión económica, la muy relativa paz instaurada en Viena hacía agua, y los imperialismos y la competencia comercial de las potencias mayores anunciaban conflictos mayores.

    Los mecanismos de Viena para volver a la “normalidad” anterior solo podían funcionar muy  a medias. En sectores intelectuales, militares y algunos populares, subsistía la semilla revolucionaria en espera de nueva ocasión. Un primer movimiento surgió del golpe de Riego en España, en 1820, que determinó la independencia de  la América hispana y se contagió a Nápoles, Piamonte y Portugal, con repercusiones menores en Francia y Rusia en años siguientes. El pronunciamiento y otras revueltas militares obligaron a Fernando VII a renunciar a sus pretensiones absolutistas y aceptar la Constitución de 1812, liberal y nacionalista (la soberanía pasaba al pueblo), elaborada en Cádiz durante la invasión francesa. El liberalismo llegaba a España en circunstancias adversas, asociado en la mentalidad popular a una invasión francesa extremadamente destructiva y anti católica, y a una ayuda inglesa dudosa, por las muchas violencias que había perpetrado contra sus propios aliados españoles. Por lo cual los liberales solo tenían apoyo efectivo en sectores militares, intelectuales y minorías populares, más anticlericales que otra cosa. El subsiguiente Trienio liberal aumentó la convulsión, con querellas entre grupos liberales, no cumplió ninguna de las esperanzas depositadas en el cambio, y terminó con la intervención contrarrevolucionaria de Francia (los “Cien mil hijos de San Luis”). El rey volvió a un semiabsolutismo a cada paso más  inviable en un país muy dividido, sobre todo en la cúspide del poder.

   El año 1830 registró una nueva sacudida europea, esta vez desde el foco francés, donde se derrocó a un rey para poner otro constitucionalista. La chispa se propagó a Bélgica, que se separó de Holanda; a Polonia, cuya revuelta fue aplastada por el zar; a Italia y Alemania,  donde tampoco tuvo éxito. Grecia, una raíz principal de la cultura europea, también experimentaba un resurgir  nacional frente a Estambul. En 1826 se había producido el sitio de Misolongui, donde dos años antes había muerto Lord Byron, figura emplemática del romanticismo. Los nacionalistas griegos resistieron heroicamente a los turcos: algunos prefirieron volarse a sí mismos antes que caer prisioneros, y la mayoría fueron masacrados o vendidos como esclavos.  La tragedia levantó por toda Europa una oleada de simpatía por la causa griega, que llevaría a su independencia. En España, la muerte del rey en 1833 abrió paso a una guerra civil de seis años (primera guerra carlista) muy enconada y cruenta, con victoria liberal.

   Sería en 1848 cuando los impulsos revolucionarios cobrasen mayor ímpetu, amenazando con derruir  el sistema creado en Viena. En Francia cayó la monarquía, sustituida por una república intranquila que solo duraría cuatro años.  En la propia Viena,  Metternich tuvo que huir de los insurrectos, y el papa Pío IX debió hacer lo mismo en Roma. El movimiento se propagó a Hungría  y Bohemia. Los austríacos debieron evacuar Milán, y en otros estados italianos  los reyes abandonaron rápidamente ilusiones absolutistas  para adoptar constituciones liberales; otro tanto sucedió en estados alemanes, particularmente en Berlín, y se planteó la unidad nacional, fallida por el momento. La sacudida duró poco, y  en cuestión de meses y con apoyo de Rusia, el gran baluarte absolutista, las aguas volvieron a su cauce en casi todas partes. Sin embargo la situación general había cambiado, y las monarquías se reformaban en un sentido liberal y constitucional, esto es, nacionalista.  

    Un  pronunciamiento militar dio fin en España, en 1868, a la monarquía de Isabel II. El suceso fue bautizado como Revolución gloriosa, por referencia a la inglesa casi dos siglos anterior, pero no hizo honor al calificativo. Seis años desordenados, habiendo provocado indirectamente la Guerra francoprusiana, abocaron a una breve I República perfectamente disparatada, con triple guerra civil y movimientos disgregadores. Y en 1875 se restauró la monarquía borbónica.

   La derrota francesa ante Prusia dio lugar, a su vez, a la sacudida revolucionaria de La Comuna  (Commune), en París y otras ciudades, con ciertos rasgos semejantes a los de la Revolución de 1789: violenta movilización del pueblo bajo, excitado por agitadores de clase media e intelectuales; y un odio al pasado manifiesto en incendios y demolición de monumentos, edificios, bibliotecas y archivos. Numerosos sacerdotes y el arzobispo de París fueron asesinados. Alguno de los dirigentes advirtió: “París será nuestra o dejará de existir”; amenaza curiosamente similar a la del rey Enrique III contra la católica capital durante las guerras de religión. Para entonces el II Imperio había dado paso a la III República, y su dirigente, Adolphe Thiers, aplastó sin contemplaciones a los insurrectos, que resistieron dos meses meses en la primavera de 1871. Se  dijo que había hecho fusilar a 20.000 de ellos,  también a muchas “petroleras”,  mujeres incendiarias; estudios posteriores han rebajado los comuneros muertos a 7.000, con 1.500 fusilados, cifra alta de todos modos.

   La Comuna fue una explosión anárquica sin dirección ni aspiraciones precisas,  motivada en parte por la derrota ante Prusia. Sería reivindicada como propia por Carlos Marx y por ideólogos anarquistas,  y quedaría  como un modelo idealizado por los revolucionarios comunistas o antiburgueses.

  

     Los procesos políticos en Europa tuvieron lugar  entre una acumulación acelerada de inventos técnicos y avances científicos y médicos. Desde mediados del siglo cundió la llamada “segunda revolución industrial”,  en la que el textil cedió a la siderurgia, se explotaron nuevas energías como la electricidad o el petróleo, se extendió  el telégrafo, luego el teléfono, se multiplicaron los ferrocarriles  y los barcos de vapor, aparecieron el submarino (este con participación de inventores españoles), la fotografía y el cine, nació el automóvil, aumentó las productividad agraria, etc.  Regiones de Gran Bretaña, Bélgica, Francia, Alemania,  norte de Italia y Usa se industrializaron intensamente  con aranceles proteccionistas, excepto Inglaterra, que partíca con ventaja inicial. Las grandes empresas tenían sus propios laboratorios e innovaban constantemente, y las universidades se pusieron al servicio de la ciencia y la técnica. Las condiciones materiales de vida  mejoraron en conjunto, y se abrían perspectivas de eliminar el hambre y la miseria, al menos para grandes masas. Sindicatos y mociones parlamentarias prohibieron el  trabajo fabril de los niños, restringieron el de las mujeres de las labores más duras o insanas, y redujeron los horarios de labor.

   La sanidad mejoró extraordinariamente gracias la expansión de las vacunas y el control de las enfermedades infecciosas. Un caso significativo de las dificultades en que a veces  se desarrollaban los  avances fue el del médico húngaro Ignaç  Semmelweis. Este, por sus observaciones, se dio cuenta que muchas parturientas morían por falta de higiene en las manos de los galenos asistentes a los partos, lo que causaba fiebres puerperales. Su simple propuesta a los médicos para que se lavasen cuidadosamente las manos fue recibida con indignación, pues parecía acusar a los especialistas de la muerte de las pacientes. En consecuencia fue desacreditado y terminó su corta vida en un asilo, posiblemente por maltrato, en 1865. Solo cuando Luis Pasteur descubrió, aun en vida de Semmelweis, la existencia de gérmenes microbianos como causante de infecciones, y el inglés Joseph Lister sistematizó y aplicó el descubrimiento, pudo establecer que el desdichado médico húngaro tenía razón, y millares de vidas de madres se salvaron.

   Al abrigo de las mejoras sanitarias, el cese de las pestes y la mayor producción agraria, la población europea se triplicó a lo largo del siglo hasta los 420 millones de personas, una progresión nunca ocurrida en la historia de ningún continente. Por supuesto, las grandes masas vivían en medio de estrecheces, pero  la espita de la emigración permitió aliviar tensiones sociales, contribuyendo también al fracaso de los movimientos revolucionarios. Millones de ingleses, alemanes, italianos, españoles, escandinavos, etc., emigraron a América, sobre todo a Usa y Argentina, y a Australia, donde, unos más otros menos, encontraron vidas más desahogadas.  

 

   

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Congreso de Viena e Imperio inglés.

Veinte años de guerras revolucionarias y napoleónicas habían alterado el mapa político europeo, y aún más, como se vería, el ideológico. Para  volver a la normalidad se reunió  entre noviembre de 1814 y junio de 1815 el  Congreso de Viena, auspiciado por uno de los estadistas más brillantes, el austríaco  Metternich. El objetivo venía a ser una continuación de las paces de Westfalia y Utrecht, con pretensión de garantizar una paz permanente: restaurar las fronteras anteriores, así como el principio de no injerencia — vulnerado sin contemplaciones por el mesianismo revolucionario y bonapartista—y  el equilibrio de poderes que la Francia republicana y napoleónica habían alterado hasta casi someter al resto del continente a su poder y concepción ideológica.

    Se suponía que los desastres causados por aquellas guerras debían haber alecccionado a los europeos para detestar las ideas revolucionarias y permitir la vuelta de las aguas a su cauce. Sin embargo los cambios  partían de la evolución ilustrada del siglo anterior, y habían sido demasiado profundos. En realidad, del Congreso salió otra Europa, con nuevas fronteras y  aceptación de injerencias e invasiones, ahora no por parte de los revolucionarios, sino de las monarquías para salvaguardar el orden.  El Sacro Imperio, tan importante en los avatares europeos durante casi mil años,  pasó a la historia en 1806, cuando su último emperador, Francisco II, derrotado por Napoleón, lo suprimió para evitar que Bonaparte se hiciera con  el título y pasó a llamarse solo Emperador de Austria.  Se creó una Confederación alemana, dominada por Prusia, que se extendía por Renania, Westfalia y parte de Polonia. El Imperio austríaco abarcaba la parte sur de la Confederación y, fuera de ella, Hungría, tierras eslavas e italianas. Holanda y Bélgica, algo mutiladas a favor de Prusia, formaban un  nuevo estado para frenar el expansionismo francés. Italia quedaba dividida en siete estados, entre ellos los pontificios,  restaurados después de su abolición por franceses. Irónicamente habían sido los antepasados francos, Pipino el Breve y Carlomagno quienes los habían creado un milenio antes.  Francia mantenía básicamente sus fronteras anteriores y las bases de su fuerza. Al margen de Viena, Noruega pasó del dominio danés al sueco, por presión inglesa y tras una breve guerra sueco-noruega. Rusia, que se consideraba libertadora de Europa y en cierto modo lo era, retenía Finlandia y gran parte de Polonia.

    Quedaban así  cinco grandes potencias, Rusia, Prusia, Austria, Francia e Inglaterra transformada en Reino Unido por inclusión –mal aceptada—de Irlanda, rodeadas de países venidos a menos.  Rusia, Prusia y Austria  formaron una Santa Alianza comprometida a garantizar la paz bajo los preceptos cristianos y reivindicando un derecho de intervención contra nuevas posibles revoluciones. Al mismo tiempo los tres países citados, más Inglaterra, formaron la Cuádruple Alianza para vigilar a Francia y mantener la paz. De estos acuerdos vendrían varias intervenciones, una de ellas en España para liquidar el llamado Trienio liberal y restaurar el absolutismo de Fernando VII.   Parece que estos arreglos encerraban semilas de nuevos conflictos graves, pero distintos tratadistas (Kissinger y otros)  lo consideran modélico, por haber fundado la paz europea más duradera hasta la guerra mundial de 1914. Sin embargo  no fue del todo así. Las  grandes monarquías,

   Uno de los efectos de la revolución fue el nacionalismo, la doctrina democrática que negaba la soberanía a un monarca o grupo social y la desplazaba “al pueblo”, a la nación. Hasta entonces había existido la Europa de las naciones y la Europa de los imperios, pero ahora se volvía imparable la presión  para derruir los imperios convirtiendo en nuevas naciones a sus diversas comunidades culturales. Tanto el Imperio otomano como el austríaco, (austrohúngaro desde 1867) o el ruso iban a  experimentar constantes tensiones internas por esa razón. Grecia fue el primer país  en emanciparse, en 1828, ayudado por Rusia, Inglaterra y Francia. Prusia se convirtió en el epicentro del nacionalismo alemán, hasta conseguir la unificación (salvo a Austria) después de dos guerras victoriosas, una contra Austria en 1866, y otra contra Francia, en 1870. A continuación se proclamó el  II Reich (Imperio, considerando como I Reich al Sacro Imperio), bajo la dirección del canciller Otto von Bismarck y con Guillermo I como Kaiser (César). La denominación no ocultaba su realidad como efectiva nación alemana unificada por primera vez en la historia,  aunque Austria persistiese fuera,  a la cabeza de un multinacinal Imperio de verdad, el Austrohúngaro.

   En Italia, la casa de Saboya abanderó el nacionalismo italiano, y apoyada por Francia  mantuvo guerras entre 1848 y 1870  contra Austria, otros estados y finalmente el Papado, que terminaron con la unificación de Italia el mismo año en que se declaraba el Imperio alemán. Por primera vez desde la caída de Roma, Italia, por la que tanto habían contendido otros, especialmente Francia y España, y el Sacro Imperio, se convertía en una nación soberana monárquica. Su dato  más significativo fue el traslado de la capital a Roma, liquidando los Estados pontificios, tachados del mayor obstáculo a la nación italiana, lo que alimentó un fuerte anticatolicismo o anticlericalismo.  De este modo, la Europa de las naciones, limitada durante tanto tiempo al frente atlántico, se ampliaba hacia el centro, sobre la ruina del Sacro Imperio y de las ancestrales divisiones de Italia.

    La  eliminación de los Estados pontificios seguía la dirección de Westfalia, con raíces muchos más hondas en la revolución luterana y aun antes. Recluido el papa en algunos edificios, parecía el principio del fin de la Iglesia, pero no iba a ser así. La masa de la población en Italia, como en España, Francia, gran parte de Alemania, etc., seguía siendo católica, y esta realidad no podía ser ignorada. Más aún, el catolicismo siguió expandiéndose por territorios protestantes. El papa Pío IX, bastante liberal al principio, había tenido que huir disfrazado de la revolución de 1848 en Roma; a la vuelta cambió de orientación, renovó el dogma proclamando la Inmaculada concepción de María, convocó  el Concilio Vaticano I, que adoptó  la infalibilidad del papa en cuestiones de moral, cuando se pronunciase ex cathedra,  un hecho muy infrecuente.  Su antecesor Pío VII, asistente a la coronación de Bonaparte,  había restaurado a los jesuitas después que en 1773  hubieran sido suprimidos por Clemente XIV, atendiendo a las  presiones de países católicos que encontraban a la orden perjudicial para sus políticas absolutistas.  Con Pío IX, a pesar de la pérdida de los Estados pontificios y de su reclusión,  el catolicismo iba a experimentar una expansión mayor, con la participación de viejas órdenes renovadas, como los benedictinos, y otras nuevas, como los salesianos.   

   Los procesos políticos en Europa  fueron acompañados por una acumulación acelerada de inventos técnicos y avances científicos y médicos. Desde mediados del siglo cundió la llamada “segunda revolución industrial”,  en la que el textil cedió a la siderurgia, se explotaron nuevas energías como la electricidad o el petróleo, se extendió  el telégrafo, luego el teléfono, se multiplicaron los ferrocarriles  y los barcos de vapor, nació el automóvil, la explotación agraria aumentó su productividad, etc. Las grandes empresas tenían sus propios laboratorios e innovaban constantemente, y las universidades se pusieron al servicio de la ciencia y la técnica. Las condiciones materiales de vida  mejoraron en conjunto, y se abrían perspectivas de eliminar el hambre y la miseria, al menos para grandes masas. Sindicatos y mociones parlamentarias prohibieron el  trabajo fabril de los niños, restringieron el de las mujeres en las labores más duras o insanas, y redujeron los horarios de labor.

   El equilibro de poderes de Viena permitió a Inglaterra desentenderse en gran medida de los asuntos europeos  – permaneciendo vigilante contra la posible preponderancia de algún país— y dedicarse a su imperio, que aumentaba sin cesar. Los intentos imperiales ingleses en América  no habían sido brillantes: en Canadá se habían impuesto a los franceses  en un territorio muy vasto pero inhóspito y poco rentable de momento; había perdido las más productivas trece colonias, y realmente beneficiosas eran solo Jamaica y  Barbados. Y los  ataques por  Centroamérica y Argentina habían sido repelidos.

   Más suerte había tenido en Asia con la conquista, a finales del siglo XVIII y durante el XIX, del enorme subcontinente indio, equivalente a la mitad de Europa, desplazando a los competidores franceses,  holandeses y portugueses (esto retuvieron unas pequeñas zonas). Hizo la conquista la Compañía de las Indias Orientales (British East India Company), cuyas exacciones provocaron  la Gran Hambruna de Bengala, en 1770, causando la muerte a unos 10 millones de nativos. Ello provocó críticas en la metrópoli.  Uno de sus negocios principales, y también de los holandeses desde las islas de la Sonda, fue el cultivo del opio, vendido principalmente en China. El emperador  Tao Kuang lo prohibió y destruyó numerosos envíos, debido a los estragos que causaba. La Compañía, indignada por tal ultraje al libre comercio, movió al gobierno de Londres a una primera guerra en 1839 y a otra, con apoyo franvés, en 1850. Ambas duraron varios años. Triunfaron los comerciantes, e Inglaterra impuso a China la cesión de Hong Kong.

   La Compañía, auténtico subestado, llegó a dominar India, Birmania, Singapur y Hong Kong, pero en 1857 los cipayos — tropas indígenas a su servicio– se rebelaron, dando lugar a atrocidades por ambas partes. Los ingleses quemaron pueblos,  masacraron a sus habitantes y ejecutaron a muchos prisioneros a cañonazos, atándolos a las bocas de las piezas. Después de esto, la Compañía fue disuelta y Londres asumió directamente la administración del territorio, con mayor humanidad y esfuerzo civilizador. Aquel enorme y poblado territorio se convirtió en “La joya de la corona” inglesa o británica. Por él se habían desarrollado civilizaciones y culturas variadas en una historia intensísima, y su población era mayoritariamente hinduista, con fuertes incrustaciones musulmanas. Los ingleses, interesados en el lucro, mantuvieron el sistema de castas implantado por los arios veinticinco siglos antes, al que simplemente añadieron una nueva casta aun más radica por encima de las demás y sin mezcla con ellas, la de sus propios funcionarios, comerciantes y militares.

       Por más que el estado británico se denominase “Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda”, esta última podía considerarse una posesión imperial. Su población, casi toda católica, había sido despojada de sus tierras ya por Cromwell, reduciendo a los naturales a jornaleros y aparceros, alimentados casi exclusivamente de patatas. Como observó el reformador y viajero francés Gustave de Beaumont, la isla había sido reducida a “una nación de pobres”. En 1845 comenzó una plaga que arruinó la cosecha de patatas  y desató un hambre masiva que en cuatro años causaría en torno a un millón de muertos y obligaría a emigrar a dos millones. El hambre afectó, en menor medida, a Escocia y otros lugares. Irlanda producía abundantes alimentos, que se siguieron exportando a Inglaterra: los propietarios defendieron sus almacenes de los hambrientos con guardias  armados y la emigración, hacinada en barcos insalubres, rindió grandes ganancias a los armadores. Indignó en toda Europa que tal catástrofe ocurriera  al lado mismo del país entonces más rico del mundo. Fue una especie de genocidio, motivado, de un lado, por un  acentuado desprecio a los irlandeses, y de otro por el criterio economicista que hacía de la riqueza y la rentabilidad una virtud moral por encima de todas. Los irlandeses, nunca sumisos de buen grado el yugo inglés y la privación de derechos para los católicos, hicieron su descontento más radical, abocando a un activo nacionalismo.

   Hasta entonces el único continente no explorado a fondo había sido África, con sus inmensos desiertos y selvas. En el último cuarto del siglo XIX, la exploración y colonización de aquellos territorios, con riquezas mineras y otras, precisadas por una Europa industrial, dio lugar a una competición entre potencias.  El inglés Cecil Rhodes concibió el magno proyecto de dominar  la franja central del continente desde Egipto a Suráfrica, instalar en él numerosos colonos británicos y construir un ferrocarril desde El Cairo a El Cabo, todo lo cual se realizaría. No menos interés tenía para Londres el canal de Suez, una de las mayores obras de ingeniería jamás acometidas por el hombre y debida al francés Fernando de Lesseps en 1869. El canal, con Gibraltar y Malta, aseguraba el dominio inglés del Mediterráneo, y  acortaba enormemente la ruta entre Inglaterra y sus posesiones en India y el Índico. La Conferencia de Berlín, en 1884,  decidió los términos del reparto de África para evitar guerras. Francia se quedaría con el Magreb, casi todo el Sahara, Madagascar  y regiones del África Negra, Inglaterra con la gran franja mencionada (salvo Tangañika, que pasaba a Alemania junto con otras regiones); Italia con el  Cuerno de África,  Portugal con Angola y Mozambique  y otras menores,  y el rey de Bélgica con el Congo, donde desplegaría una colonización de extrema crueldad. España recibiría pequeños trozos. El reparto indicaba también que la supremacía inglesa ya  estaba siendo cuestionada por Francia y Alemania, y se sucederían los incidentes, sin llegar al conflicto abierto.

     Aunque el tráfico de esclavos fue  perseguido por los ingleses, continuó largo tiempo por parte de los árabes. Se aplicaron otras medidas civilizatorias, como cierta instrucción elemental para los negros, mucho más tarde también alguna superior,  algún esfuerzo cristianizador; pero los negros fueron considerados, en general,  humanos deficientes o atrasados. Algunos fueron exhibidos en jaulas en Europa y Usa.  

      El islam, tantos siglos peligroso para Europa, pasaba, en el norte de África bajo dominación francesa, italiana e inglesa; y lo mismo el sur del continente: el sur de Arabia, zonas de Persia y las partes musulmanas de India, a Inglaterra; Indonesia o Islas de la Sonda bajo Holanda, con algún enclave portugués; Indochina, bajo control francés. El Imperio otomano permanecía, mutilado y estancado.  A finales del siglo, Filipinas y las últimas posesiones españolas  del Pacífico serían ocupadas por Usa, que también había forzado a Japón a abrirse al comercio exterior. Solo China era un bocado demasiado grande, pero aun así perdería varias guerras con los europeos y useños, que le ipondrían condiciones comerciales y privilegios, provocando crisis y revueltas internas. Por el norte, Rusia consolidaba su poder sobre Siberia y el Asia central, y descendía hacia  la India inglesa, con peligro creciente de choque.  

   El Imperio inglés llegaría a ser el más grande  de la historia, con casi 30 millones de kilómetros cuadrados, incluyendo zonas tan vastas, pero de momento inhóspitas y poco productivas como Canadá o Australia, donde gran parte de los indígenas fueron exterminados. A pesar de todo, la cultura inglesa, aun sin mezclarse, ejercería un  influjo civilizador  sobre  las culturas coloniales;  también influiría en Hispanoamérica y en la misma Europa, reforzado por el empuje creciente de Usa. A lo largo del siglo, y más aún en el siguiente, iría compitiendo y desplazando el prestigio cultural francés. Así, Inglaterra creó un ámbito cultural propio que continúa creciendo en la actualidad a través de Usa. Solo  el ámbito hispano podría comparársele en número de hablantes,  pero a diferencia del dinamismo anglosajón, la cultura hispana no ha logrado reponerse plenamente de su  crisis de finales del siglo XVII.

   Por lo que respecta a Francia, había vuelto la monarquía, pero  ya no el absolutismo, y las tensiones revolucionarias persistían, abocando en 1848 a una II República, bastante desordenada, que en solo cuatro años dio paso a un II Imperio bajo Napoleón III, sobrino  del anterior.  Un año después, el previsto choque entre Rusia e Inglaterra se produjo en el mar Negro, por la ambición de San Petersburgo de controlar los accesos del mar Negro al Mediterráneo, a costa del Imperio turco, llamado “el enfermo de Europa”. Inglaterra rechazó la intervención y formó coalición con Francia y los otomanos, que en la Guerra de Crimea, muy sangrienta para todas las partes, consiguió frenar a los rusos. Francia salió de allí prestigiada como “árbitro de Europa”; no así Inglaterra, cuyo ejército había demostrado la necesidad de una reforma en profundidad. Francia volvía a exhibir robustez interna y capacidad de intervención exterior. Durante el siguiente decenio y medio, el  país se estabilizó, creó una pujante industria y expandió sus colonias  por África y Asia, a pesar de que su intento de satelizar a Méjico acabó en desastre. De ahí el origen del término “Latinoamérica”, que se extendió  por  difuminar el origen hispano.

   Entre tanto, Prusia no cesaba de fortalecerse también, para alarma de Francia. En 1870 teminó por desatarse la guerra entre ambas, por causa de la sucesión a la corona española, que París y Berlín querían favorable a cada uno. En menos de un año, los franceses fueron aplastados sufriendo gran número de bajas mortales. De resultas,  el Imperio dio paso a una III República, y Francia quedó por un tiempo fuera de combate.

   Con motivo de la victoria en la guerra franco-prusiana se constituyó el II Reich, o más propiamente la nación alemana, con exclusión de Austria, como quedó dicho. La nueva Alemania no dejaría de fortalecerse  ante la creciente inquietud de Inglaterra, con la que la vitalidad  y energía germanas iban rivalizando o superando industrial, comercial y culturalmente. Dato clave del auge alemán fue una reforma universitaria, promovida a principios de siglo por Wilhelm von Humboldt, que apostaba decididamente por la libertad intelectual, haciendo de la investigación y la ciencia, mediante laboratorios, seminarios y departamentos específicos, el objetivo central de la universidad.  El sistema alemán se extendería a otros países europeos y a Usa.  Hasta entonces,  la universidad había sido la columna vertebral de la alta cultura europea, muy ligada al cristianismo y sus iglesias. Durante este siglo, más aún que en el anterior, la religión  cristiana fue perdiendo peso universitario a favor de religión que hemos llamado  prometeica. No solo en ciencia y técnica destacaría la Alemania renovada: también, notablemente, en el pensamiento, la música, las artes en general

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