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Desde mediados del siglo, en Gran Bretaña se produjo una sucesión de inventos y perfeccionamientos mecánicos que afectaron al textil, la metalurgia, la minería, los caminos y canales y los medios de transporte. A esa acumulación de avances técnicos suele llamársele Revolución industrial, que consistió básicamente en la concentración de obreros en centros de producción o fábricas con empleo de máquinas movidas por fuerzas no humanas ni animales, sobre todo el vapor. El empleo de fuerza no humana, como el agua o el viento en molinos, navegación, etc., era muy antiguo, y más reciente la pólvora para armas de fuego y otros usos… Lo nuevo fue la sistematización y masificación de esas fuerzas, que redundó en una producción multiplicada y abaratada de mercancías, auténtica revolución técnica y económica, con inestimable proyección política y social. En toda Europa se habían creado talleres manufactureros, pero las fábricas daban otra dimensión a la concentración de trabajadores.
Un efecto derivado fue el paso de las sociedades agrarias a las industriales. Hasta entonces la economía descansaba fundamentalmente en la agricultura y el artesanado, que ocupaban a la vasta mayoría de la población; pero un proceso rápido en términos históricos disminuyó el peso de la agricultura y la población agraria a favor de la industria y los obreros. Los ingleses, conscientes de que su ventaja de partida les daba preeminencia económica, procuraron evitar la difusión de sus técnicas, pero poco a poco las mismas se extendieron al continente en el siglo XIX: la superioridad inglesa se extendió a otros varios países y abrió la Edad de Apogeo, en que la hegemonía material europea en el mundo llegó a un nivel nunca antes alcanzado por cualquier civilización.
El uso de máquinas parecía ofrecer posibilidades liberadoras sin precedentes para el ser humano. Aristóteles había indicado que la esclavitud desaparecería cuando la lanzadera del tejedor se moviera por sí misma; es decir, acaso nunca. Pero ello empezó a ser posible cuando en 1784 el escocés James Watt patentó la máquina de vapor, y en 1787, el inglés James Cartwright patentó un telar mecánico que hacía exactamente lo que Aristóteles creía remoto. Si entendemos el trabajo como esclavitud, aquellos inventos debían anunciar una edad dorada en la que el dominio de las fuerzas de la naturaleza haría que estas trabajasen para el hombre superando la maldición bíblica “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Matthew Boulton, socio de Watt, lo explicó al rey Jorge III: “Esta fuerza aumentará la civilización más que nada antes o hará en los próximos dos siglos en el mundo; y un día rescatará a todos los obreros del mundo”.
Sin embargo la realidad resultó más complicada. Durante siglos, el campesino había vivido una vida estrecha: analfabeto, con escasa capacidad de movimiento y de acceso a la alta cultura, sometido a las exigencias de los señores de la tierra. No obstante, su labor exigía destrezas artesanas y amplios conocimientos prácticos sobre animales y plantas, sobre el clima, etc. Ocupaban su vida una variedad de ocupaciones, que además cambiaban según la estación del año. La propia vida al aire libre, aun en la pobreza y falta de higiene, proporcionaba cierta libertad personal. Y las fiestas, canciones, ritos diversos, componían una cultura nada desdeñable.
El obrero fabril, por el contrario, apenas necesitaba saber unas pocas operaciones mecánicas, repetidas día tras día y año tras año, en ambientes ruidosos y contaminados, y viviendo hacinado en barrios suburbiales. Condiciones poco atractivas empeoraban con horarios interminables y bajos salarios, que obligaban a trabajar a padres, madres e hijos (lo cual miraban muchos empresarios como un modo de alejar a los trabajadores del ocio, madre de todos los vicios). Algunas labores requerían poca fuerza física, por lo que los niños las hacían igual que los mayores pero con menor paga, y el trabajo infantil se hizo corriente, para aumentar la productividad. Otro efecto indeseado e inesperado fue la contaminación de ríos y del aire en las zonas más industriales.
¿Por qué tanta gente aceptó trabajar en tales condiciones? Por necesidad: se completó la privatización del agro mediante cercamientos o enclosures, que dejaban a miles de labriegos en la indigencia; unos métodos agrícolas más científicos aumentaban la productividad a costa de expulsar mano de obra; finalmente, los productos baratos de la industria arruinaban a los artesanos, dejándoles sin otra opción que buscar trabajo en las fábricas. De ahí también resistencias, huelgas y rebeliones, formación de sindicatos y destrucción de máquinas (los luditas).
Y a pesar de todo, la esperanza de vida al nacer, ampliada en Inglaterra y después en el continente, choca con el panorama descrito. La causa yace, por un lado, en que el mismo hacinamiento suburbial facilitaba la atención médica, más difícil en la dispersión del agro; y por otro en los adelantos de la medicina. Un transcendental descubrimiento fue, a finales del siglo, la vacuna de la viruela por el médico inglés Edward Jenner, abrió paso al control de epidemias antes mortíferas.
¿Por qué nació la Revolución industrial en Inglaterra y no en otro lugar? En la España del siglo XVI, por ejemplo, parece que Blasco de Garay había inventado una máquina de vapor para propulsar barcos, y a principios del XVII otro prolífico inventor, Jerónimo de Ayanz, había presentado un ingenio a vapor para extraer el agua de las minas. Sin embargo ninguno de esos inventos, ni otros en diversos países, cambió nada sustancial. La diferencia está en que los inventos británicos coincidieron con un maduro sistema financiero de préstamos a bajo interés (el 5 por ciento) y una ya densa red de comunicación de ideas y noticias que permitieron convertir las innovaciones en negocios productivos. Inglaterra disfrutaba, además, de una masa de capitales producto de comercios varios, y de una economía unitaria, al revés que el continente, donde las numerosas tarifas y peajes locales estorbaban el tráfico. Disponía asimismo de carbón y hierro, utilizables sin altos costes de transporte. Y de un intenso espíritu de lucro y de dominio de la naturaleza, ya propuesto por Francis Bacon, con grupos como la Sociedad Lunar, dedicada a discutir y difundir nuevas técnicas, entre otras cosas. Por tanto, las invenciones caían en terreno propicio, si bien dependían de algo tan azaroso e imprevisible como el ingenio y la dedicación de unos pocos hombres. Otra explicación refiere la primacía inglesa a efectos de la Gloriosa Revolución pero otros países europeos –y Japón—se industrializaron sin algo parecido a dicha revolución
También se ha debatido por qué la industrialización se limitó a varios países de Europa (y a Usa) en el siglo XIX. Se ha atribuido la causa al protestantismo, pero suena dudoso. El anglicanismo era solo protestante a medias y el primer país continental en adoptar la industria fue la católica Bélgica (la calvinista Holanda se retrasó considerablemente), el Ruhr, en gran medida católico, luego Francia, más tarde el norte de Italia, etc. Aunque tuvo que ver seguramente con el espíritu de la Ilustración.
Y cabe preguntarse por qué a España llegó tardíamente. La causa, aparte de cierta aversión a las novedades, ya señalada, se encuentra en la invasión napoleónia de principios del XIX, que rompió la evolución anterior y dejó el germen de desórdenes y desgarramiento social que volvieron a empujar al país a los niveles más profundos de su decadencia, por contraste con el apogeo del resto de Europa occidental.
Debe notarse igualmente que en la Edad de Expansión, a punto de dar lugar a la de Apogeo, Europa no superaba en poder técnico y demográfico a otras civilizaciones; no obstante lo cual unas pocas naciones europeas, más bien pequeñas y no muy pobladas, en frecuente liza entre sí y con el islam, abarcaron la Tierra. Con embarcaciones precarias surcaron los mayores océanos, rodearon el planeta, descubrieron islas, continentes, culturas antes ignorantes del resto del mundo, evangelizaron, crearon rutas comerciales, conquistaron territorios y aplicaron a todo ello curiosidad científica. Ninguna razón técnica habría impedido a chinos o japoneses llegar a la costa opuesta del Pacífico o dominar el comercio del Índico, o Siberia. Los islámicos, que dominaron el norte de África y el sur de Asia entre el Atlántico y el Pacífico, habrían podido implantarse en América como lo hicieron en el entorno del Índico. Mas no fue así.
Las osadas exploraciones y conquistas transoceánicas europeas plantearon retos técnicos, políticos, religiosos y organizativos, la respuesta a los cuales moldeó la civilización y sentó bases para ulteriores avances; y a la vez reflejaron los movimientos espirituales e intelectuales sucedidos desde la época carolingia en oleadas a un tiempo acumulativas y rupturistas. Todas las civilizaciones han tenido etapas de mayor inquietud y brillo intelectual, técnico, artístico, etc., con altibajos. Lo propio de Europa, en los siglos que siguieron a su Edad de Supervivencia, fue un continuo ascenso en medio de contradicciones y contiendas internas; y la Revolución Industrial, como las políticas, tiene su suelo en esa larga evolución previa. También intervino una dosis de azar: Vista en perspectiva, la Revolución industrial viene a resultar de todo este proceso. Una de sus consecuecias fue un cambio en la estructura civilizatoria de Europa, cuya triple diferenciación latina, germana y eslava se complicó por la nueva separación entre la Europa industrializada, formada por el eje centrooccidental de Inglaterra, Bélgica, Francia y Alemania, y el resto, más retrasado en ese aspecto.