La masonería como suprarreligión “racionalista”.

*En la evidente ausencia de pensamiento democrático, ¿puede subsistir la democracia en España? Las tesis de La guerra civil y los problemas de la democracia: http://gaceta.es/pio-moa/mantenerse-democracia-espana-20062016-1929

** Por qué  la oposición antifranquista apoyó a la ETA y temió y repudió al GRAPO: https://www.youtube.com/watch?v=d44DKSJ2EXM

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   Se ha observado a menudo la abundancia de masones entre los jefes revolucionarios franceses y los useños, y entre los políticos ingleses de la época. Por ello algunos han atribuido a la masonería aquellas luchas y revoluciones, conforme a un plan secreto tramado en los templos masónicos o logias. Es evidente que no ha existido semejante plan, por cuanto la revolución useña, supuestamente masónica, se realizó por medio de una guerra contra la también masonizada metrópoli inglesa, y porque la Revolución francesa, en la que unos masones guillotinaron a otros,  difirió profundamente de la useña en formas y fondos importantes. Sin embargo, la presencia masónica en aquellos sucesos y muchos más  posteriores, debe considerarse, si no la causa de ellos, sí un ingrediente no despreciable. Porque, además, las ideas masónicas encajaban bastante en las que se iban asentando a partir del protestantismo  y en el siglo de la Ilustración.  Sobre la masonería han corrido mil rumores y leyendas a partir de su reordenación  en Inglaterra por el pastor calvinista escocés James Anderson, en 1723: desde las que la presentan como simple club filantrópico hasta las que le achacan todos los males de la humanidad. Por consiguiente, convendrá resumir brevemente el asunto. 

   Ante todo, la masonería es una orden religiosa con sus templos o logias en las que se reúnen (tenidas), practican ritos y cánticos, exponen sus mitos  y su moral, discuten de temas diversos, etc. Existen diversos ritos masónicos y dos tendencias básicas, la inglesa de las Grandes Logias, deísta,  y la francesa de los Grandes Orientes, más inclinada al ateísmo;  pero en todos los casos es una religión iniciática y gnóstica, es decir, afirma proporcionar conocimientos profundos y esotéricos sobre la vida y su sentido,  inaccesibles a los mortales comunes, al modo de las religiones mistéricas de la antigüedad, con algunas de las cuales afirma entroncar. Significativamente, sus miembros se proclaman “hijos de la luz”. Su organización es jerárquica, con 33 grados (hay variaciones), que miden la progresiva iluminación del adepto en los misterios y privilegios de la orden e incluyen títulos peculiares como “Sublime y  valiente príncipe del Gran Secreto”,  “Sublime caballero elegido”, “Maestro secreto”, “Príncipe de Jerusalén”,  “Secretario íntimo”, “Hermano Terrible”, etc. La iniciación comienza con un juramento prometiendo guardar los secretos masónicos, acompañado de truculentas amenazas en caso contrario. El secreto va aumentando de grado en grado, y es cultivado casi obsesivamente, lo cual no impide ciertas actividades públicas; y se ha afirmado que “su secreto es no tener secreto”, juego de palabras a su vez enmascarador.

   Como religión iniciática, la masonería colide con el catolicismo, que desde su origen rechazó la idea de unas verdades profundas de fe reservadas a unos pocos e inasequibles al vulgo. De ahí que pronto el Vaticano condenara a la masonería como una grave desviación, percibiendo además el peligro de su secretismo, que permitía manipular y socavar a la Iglesia y a los gobiernos situando ocultamente en puestos clave a “hijos de la luz” que a su vez abriesen poder a sus cofrades. Ello no chocaba tanto, empero, con la idea protestante de los predestinados a la salvación, reminiscente del concepto judío de “pueblo elegido” (Anderson afirmaba, gratuitamente, que en la antigüedad todos los judíos habían sido masones). De ahí surgía la idea de que los elegidos se reconocieran entre sí, profundizaran en saberes particulares y actuaran de consuno. Por ello la masonería encontró poca dificultad en los países protestantes,  y en el de origen, Inglaterra, ha estado siempre muy ligada a la casa real y a las empresas imperiales.   

    Tradicionalmente, el gnosticismo oponía el espíritu a la materia, viendo en esta el mal, como ocurría con los bogomiles o los cátaros; pero el gnosticismo masónico invierte los términos y tiende al materialismo. El ser humano ha sido definido como animal racional, animal moral, animal político etc. pero la masonería lo entiende ante todo como “animal técnico”,  capaz de utilizar la naturaleza en su beneficio y de satisfacer así sus deseos y aspiraciones. Dios mismo es concebido al modo de un supertécnico, el “Gran Arquitecto”.  Se trata de una concepción esencial, presente también en el marxismo y diversas ideologías. Por el contrario, en el catolicismo y otras religiones aparece como un peligro esencial de la condición humana: la hybris de divinizar al ser humano, gracias a su razón y a su capacidad técnica.

   Así en el mito griego, Prometeo, titán hijo de la tierra, crea al hombre con barro, o bien le traspasa la técnica (el fuego) y le enseña menospreciar y burlarse de los dioses. Finalmente, Zeus lo castiga encadenándole a una roca y enviándole un águila que todos los días le devora el hígado. Suele verse en el titán a un benefactor de la humanidad, y en Zeus al tirano celoso de la capacidad  humana, que lo castiga injustamente. Paul Diel ofrece, en El simbolismo en la mitología griega,  una interpretación más coherente y menos superficial. La técnica permite al hombre mejorar su situación material, pero es inútil para dar valor a su vida, valor en gran parte misterioso y vinculado a los dioses. Cuando esta limitación de la técnica es pasada por alto y el bienestar material se convierte en el fin obsesivo del ser humano, la vida se hace banal y genera mil conflictos, agravados por el poder técnico;  pues los deseos suelen ser contradictorios en sí mismos, y opuestos entre unas personas y otras.

    Además, la capacidad humana de previsión utilitaria solo alcanza a las consecuencias de sus actos a corto o medio plazo; lo cual refleja el mito hermanando a Prometeo,  El previsor, con Epimeteo, El que piensa tarde: dos caras de la razón humana. La técnica y el bienestar material derivado, concebidos como fin esencial de la vida sin subordinarlos al espíritu, figurado en los dioses, se volverían fuente de males, simbolizada por la Caja de Pandora. La estéril roca a la que es encadenado Prometeo simboliza su propia elección exclusiva por los bienes terrestres, y la consiguiente trivialización de la vida. Al devorar el hígado del titán, el águila, enviada del espíritu clarividente que se alza sobre la tierra, figuraría el remordimiento por la pérdida de una vida más elevada. Dejo aquí la distinción entre materia y espíritu, que ha generado tanto debate, aunque un ejemplo algo tosco ayudaría a ello: desde el punto de vista material, un libro es una cantidad de papel y de tinta, con volumen, forma y masa medibles. Pero es también el continente de un mensaje o intención, expuesto en las complicadas disposiciones de la tinta, aunque estas por sí mismas no signifiquen nada. Cada unidad de libro material es única y el total cuantificable, pero el contenido no es medible. La Divina Comedia es siempre una, aunque se presente en miles de ejemplares con formas materiales diversas. 

    En el relato judío del Génesis el hombre, hecho de barro, tiende al barro, a la materia contra el espíritu, tendencia representada por la tentación de la serpiente, que se arrastra por el suelo: le promete que desobedeciendo al mandato de Dios se hará igual a este. La semejanza de fondo con el mito de Prometeo es clara. Lo que aquí importa es señalar  el carácter prometeico de la religión masónica, una especia de mística de la técnica, en la que se esfuma la tensión y el conflicto de la psique entre el espíritu (la divinidad) y la materia, y entre el bien y el mal. El hombre encuentra la plena satisfacción de la vida en  la aplicación de la ciencia y la técnica en progreso indefinido. Ya no hay oposición entre Zeus y Prometeo, entre Dios y Lucifer (“Portador de luz”).  El Gran Arquitecto figura al mismo tiempo a uno y otro.

    Todo ello opone frontalmente al cristianismo, especialmente su rama católica, a la masonería. Y no menos las afirmaciones universalistas de esta: según las Constituciones de Anderson, el masón debe obligarse solo a la religión en la cual coinciden todos los hombres, dejando sus particulares opiniones a ellos mismos. Es decir, la masonería  recogería el fondo común a todas las religiones,  quedando así por encima de ellas sin chocar con ninguna.  De este modo aparentemente inocuo, el cristianismo se veía reducido a una “opinión” entre tantas,  y progresivamente reducido al ámbito de la intimidad, permaneciendo solo, en un plano más general,  la “religión de todos los hombres”.  Naturalmente, el catolicismo se afirmaba como universal con mayor razón que la masonería, pues los afanes universalistas de esta se contradecían flagrantemente con  su realidad como sociedad iniciática y secreta.

   Un objetivo de la masonería consistía en formar  hombres buenos y verdaderos, de honor y honradez”,  en suslogias, centros de encuentro para forjar  “una verdadera amistad entre personas que sin ellos permanecerían a perpetua distancia”. Ciertamente, nadie podría mostrar desacuerdo con la bondad, el honor, la amistad o  la honradez exigidas por la orden,  pues son aspiraciones comunes a casi todos los seres humanos. Pero cabría disentir de la pretensión implícita de que alcanzar o culminar tales virtudes exija una iniciación en extraños misterios o que la “verdadera amistad” precise de una sociedad secreta. Por el contrario, al proceder de la “religión de todos los hombres”, tales virtudes nacerían espontáneamente en la humanidad, y siendo las mismas  predicadas  por las religiones en general, la masonería resultaría superflua.  Debe observarse, además, que la elaboración moral del catolicismo es harto más compleja, sutil y depurada que los tópicos masónicos, cuyo “abstractismo y simplismo” repugnaban al pensador italiano Benedetto Croce.

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La Revolución francesa como revuelta contra la civilización

Blog I. ¿Puede subsistir la democracia en España?: http://gaceta.es/pio-moa/mantenerse-democracia-espana-20062016-1929

“Cita con la Historia”: Franco, Hitler y Mussolini. Semejanzas y diferencias. https://www.youtube.com/watch?v=rHq7AtesAf8

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La revolución useña repercutió en Francia por dos vías: su ayuda a Usa dejó al país fuertemente endeudado y el ejemplo useño radicalizó a muchos ilustrados: solo seis años después de la Revolución de Usa estallaba en Francia otra. Reinaba desde hacía catorce años Luis XVI, persona amable, moderada y reformista, que convocó los Estados Generales para el 1 de mayo de 1789, a fin de aprobar impuestos que sufragasen la deuda y atender a quejas generales. Era la primera vez que se convocaban desde más de un siglo y medio antes, y resultó un mal momento, pues en los dos años anteriores un clima inhabitual había arruinado parte de las cosechas y causado hambre (no solo en Francia); y la apertura del mercado tres años antes a productos ingleses más baratos había causado numerosas quiebras, aunque se esperaba beneficiosa a la larga; y la inquietud social era explotada por algunos agitadores. Aun así no había razón para esperar desórdenes: Francia era un país admirado en toda Europa, bien cultivado,  muy patriota, con manufacturas potentes, excelentes comunicaciones y administración ordenada. El campesinado  vivía mejor que en ningún otro país y solo un 17 por ciento de él carecía de tierra, en contraste con las latifundistas Inglaterra o Prusia. Y el hecho de que la Hacienda francesa se hallase varias veces al borde de la quiebra en un país tan rico, prueba que la presión fiscal no era excesiva. 

   Sin embargo muchos nobles querían debilitar la monarquía y recobrar su viejo poder, y no faltaban entre ellos y el clero, así como en el tercer estamento, el popular o burgués, personas de ideas radicales. Los monárquicos  y el mismo rey mostraron una autodeslegitimadora actitud claudicante, pronto advertida por sus enemigos. Los Estados Generales, lejos de votar impuestos, afirmaron representar “la voluntad del pueblo”, se proclamaron Asamblea Nacional soberana y constituyente y votaron una Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Era ya la revolución. En julio empezó la agitación callejera y el día 14 las masas tomaron la prisión de la Bastilla, mataron a varios guardias, degollaron al director y  pasearon su cabeza en una pica — diversión que se generalizaría–. Después, en el  ayuntamiento, asesinaron a un preboste y destrozaron  su cuerpo. Estas acciones se convirtieron en un mito de la revolución,  y el 14 de julio quedó como fiesta nacional, con la Bastilla como símbolo de la odiosa opresión del Antiguo Régimen. Y en cierto modo lo era: los presos liberados fueron siete, dos perturbados, cuatro falsificadores y un pervertido. Poco antes había estado el marqués de Sade –un perturbado “sádico”–, el cual excitaba a la gente  desde una ventana, mintiendo sobre presos que estarían siendo decapitados.

   Danton, uno de los jefes revolucionarios, definiría la táctica: “audacia, más audacia y siempre audacia”, y en ello puede resumirse el proceso ulterior: medidas cada vez más radicales y terroristas que terminaron por costar la cabeza a sus propios promotores. La mayoría del clero apoyó a la Asamblea, uno de cuyos principales impulsores fue el abate Sièyes. De inmediato, la Iglesia fue privada de todo poder y después expropiada para financiar el movimiento.  La emisión masiva de “asignados” con respaldo teórico en los bienes expropiados creó una inflación galopante, y se prohibió huir del país bajo pena de muerte. Cundieron los  clubes, centros de agitación, los más extremistas los llamados jacobinos, algo menos los girondinos, escindidos delos otros. El rey fue llevado de Versalles a París por un cortejo de mujeres y gentes de los bajos fondos, precedido por las cabezas de varios guardias enarboladas en picas. La Constitución aún mantenía la forma monárquica, pero Luis XVI, confinado, intentó huir a Bélgica en junio de 1791, siendo capturado y devuelto a la capital. En septiembre, la Asamblea Constituyente dio paso a la Legislativa, convertida en un maremágnum de disputas de facción.

   El fervor revolucionario mermaba y para elevarlo, los girondinos exigieron atacar a las monarquías vecinas y “liberar a sus súbditos”. Los jacobinos rehusaron, pues temían perder la guerra y deseaban concentrar sus fuerzas en radicalizar la revolución. El belicismo fue favorecido por la amenaza de Austria y Prusia de reimponer el viejo orden en Francia, aun si al mismo tiempo miraban con cierto agrado cómo el poderoso rival galo se destrozaba él solo. El 20 de septiembre de 1792 la Legislativa era sustituida por la Convención, con un Comité de Salvación Pública como ejecutivo, la cual elaboró una nueva Constitución, republicana. Para radicalizar el  proceso, el rey fue guillotinado a principios de 1793. Inglaterra y España entraron en la guerra y la Convención replicó con la levée en masse, que la dotó de un ejército numeroso y ferviente, que le permitió rechazar a sus enemigos y ganar territorios. Para provocar aún más a las monarquías, también fue ejecutada en octubre la reina María Antonieta, tras una farsa judicial.

    Todos estos procesos se desarrollaban en medio de pugnas por el poder, acusaciones y revueltas entre unas facciones y otras (girondinos, jacobinos, cordeliers). Y cundían simultáneamente las protestas populares por el hambre, y las luchas civiles. La de mayor gravedad fue la rebelión de La Vendée, que duró tres años, masacrada por los revolucionarios con resolución genocida.

   La Convención creía inaugurar una nueva era opuesta a la cristiana. Declaró 1792 como Año Uno y estableció un calendario con nombres de meses alusivos al clima. Se desató una persecución religiosa comparable a las peores de la antigua Roma, y en la catedral gótica de Notre Dame fue entronizada la diosa Razón, en la persona de una actriz. La historia quedaba anulada y condenada, excepto los destellos o  episodios asimilables a precedentes de la revolución.

   Emergió como líder Robespierre, deseoso de aplicar un radicalismo máximo. Deísta contrario al ateísmo de muchos de sus compañeros, implantó el culto a Ser Supremo, nada cristiano.  A Robespierre se le recuerda como principal impulsor de los diez meses de terror desde septiembre de 1793, aunque el terror y las matanzas habían subrayado todo el proceso. Él opinaba que “castigar a los opresores de la humanidad es clemencia; perdonarlos es barbarie”; y tal como entendía la humanidad,  podían ser opresores cuantos no comulgaran con sus iniciativas. El terror se volvió contra revolucionarios como Danton, Hébert, Westermann — el genocida de La Vendée–,  Desmoulins (“He aquí cómo acaba el primer apóstol de la libertad” dijo ante el cadalso. Madame Roland, otra revolucionaria, hizo otra frase célebre: “Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”), Olimpia de Gouges,  y otros más. Marat, conocido por sus libelos  sedientos de sangre, había sido muerto antes por la girondina Charlotte Corday, a su vez guillotinada. El padre de la química científica, Lavoisier, sufrió la misma suerte cuando el juez especificó que “la República no necesita científicos ni químicos”. Las víctimas de este período, solo parte de ellas guillotinadas, se han estimado en 50.000, incluso en 100.000,  en su gran mayoría (72%)  campesinos, artesanos  y obreros, aunque el clero sufrió proporcionalmente  la mayor sangría.

    Por fin, el 27 de junio (9 de termidor del nuevo calendario) de 1794, una conjura derrocó a Robespierre que fue a su vez guillotinado con otros amigos suyos. Quienes les derrocaron también habían ejercido el terror.

     Un año después  Napoleón Bonaparte barrió con artillería a los partidarios de la Convención, que fue sucedida por un Directorio de cinco políticos, varios conocidos por su corrupción. Para mantenerse, el Directorio prolongó la guerra, pues, con el país arruinado, la paz traería de vuelta a unos ejércitos a los que no podía pagar, mientras que en el extranjero vivían de expropiaciones y tributos a los naturales. En esas guerras ganó prestigio Napoleón. Los revolucionarios conquistaron el norte de Italia, Holanda, Nápoles, zonas de Alemania; pero hacia 1799 retrocedían ante las tropas rusas y austríacas. El 18  brumario (9 de noviembre) de ese año,  Napoleón puso fin al Directorio, y propiamente a la Revolución francesa.

 

   Aquellos diez años revolucionarios pueden resumirse en terror y matanzas, guerra y ruina del país. Cada paso empujaba más allá en la “audacia”, so pena de frenar el impulso y derrumbarse. Hubo en todo ello algo de primitivismo y revuelta contra la propia civilización, cuyos valores se vieron ultrajados por una explosiva inversión; explosión de obscenidad, de apelaciones salvajes, de exhibición de cabezas cortadas, ansia de sangre (la guillotina constituía un espectáculo fastuoso, al que asistían numerosas mujeres; los asistentes a la muerte de Luis XVI empaparon pañuelos en la sangre, o se untaban con ella), hasta de canibalismo, como en el despedazamiento de la princesa de Lamballe durante una jornada de  asesinatos, violaciones y brutalidades sin freno, orgía liberadora  de restricciones morales. Algún lazo guardaba todo ello con la prédica, típica de la Ilustración francesa, del “buen salvaje”, que en nombre de la razón  ponía en solfa los absurdos, reales o supuestos,  de los civilizados; eco a su vez de las fantasías de Las Casas sobre los indios americanos.

    El lema revolucionario “libertad, igualdad, fraternidad” — de raigamente cristiana, pero muy empleado por la masonería—ejerce fuerte sugestión psíquica, y la Revolución  francesa tendría millones de admiradores en muchos  países, dispuestos a imitarla. Pero quizá no se había dado en la historia una sucesión tan frenética de crímenes entre aclamaciones a la libertad y demás, y ese frenesí también ejercía en muchos una atacción oscura.  Por lo demás, en su lógica interna, la libertad no concuerda fácilmente con la igualdad, ya que consiste en diferenciarse de los “iguales”; ni de una ni de otra podía brotar, así planteadas, fraternidad alguna. En los hechos, la libertad  consistía en obedecer a los radicales; no hubo igualdad entre la vertiginosa oligarquía dirigente y la masa del pueblo, que sufría crecientes privaciones y hambre, y era alimentada con consignas cada vez más extremistas contra “enemigos del pueblo” más o menos fantasmales; y la fraternidad ni siquiera existió entre los revolucionarios, que se asesinaron generosamente entre sí. Los derechos de la célebre Declaración nunca habían sido pisoteados con más empeño. Cabe pensar que el lema funcionaba como un espejismo y un arma mágica en manos de quienes detentaban el poder, hasta no significar otra cosa que un pretexto para organizar baños de sangre.

   El  otro gran tema, la Razón, adquiría un tinte mesiánico, redentor, hasta animista. Que su bandera haya amparado tales hechos prueba la existencia de fuerzas oscuras en el ser humano: algunos concluyeron que la revolución había fracasado por no haber sido lo bastante radical y terrorista, por haber quedado a medias…

  El legado inmediato  fueron las guerras más cruentas de la historia europea, salvo acaso la de los Treinta Años;  la interrupción de evoluciones  prometedoras en varios países; una convulsión política intermitente en la mayor parte de Europa; y una reacción de horror, con intentos finalmente fallidos de volver al pasado. Pero, calmado el frenesí, quedó la idea de la igualdad ante la ley, derechos “naturales” y soberanía nacional ejercida por medio de libertades, elecciones y separación de poderes. Lo cual provenía de una evolución anterior y quizá se habrían impuesto sin tal revolución.

     Ha sido y sigue siendo común bautizar como “burgués” aquel movimiento, desde un enfoque de rasgos marxistas. Burgués significa habitante de las ciudades, y la burguesía había cobrado bastante poder desde la Edad de Asentamiento. En sentido más actual se entiende burguesía como sinónimo de capitalismo, con la idea sugerida o explícita  de que una revolución burguesa debe prologar la proletaria. En realidad, la francesa fue protagonizada por el submundo social, más o menos dirigido por grupos de abogados, intelectuales y agitadores, que solo en sentido muy lato cabe llamar capitalistas. Y los valores conjurados proceden de la cultura anterior, fundamentalmente cristiana, tienen un alcance en buena medida universal, no limitado al “interés de clase” o al interés económico de los propietarios de los medios de trabajo. Pero ese carácter burgués es uno de los mitos  más arraigados en la cultura europea posterior.

   Ambas revoluciones, francesa y useña obraron –un tanto fraudulentamente—en nombre del pueblo,  de la libertad, la igualdad  y la razón, y sorprende que principios parecidos hayan  provocado sucesos y efectos tan distintos. Cabría atribuirlo a la inexistencia en América de un Antiguo Régimen que derrocar, pero la intensidad de la sacudida francesa  no guarda proporción con esa posible causa. Una diferencia más clara está en la actitud hacia  el cristianismo: en Usa no hubo persecución religiosa, sino afirmación de las raíces cristianas y atenuación de discrepancias entre iglesias protestantes, y entre estas  y la católica. El Gran Despertar tuvo allí tanta influencia como las ideas de Locke o Montesquieu, y pesaron poco las de Voltaire o Roussseau. Esto evitó parte de la epilepsia gala.

    Los useños acertaron a crear pronto un sistema político ordenado que funcionaba cada vez mejor, mientras que en Francia unos ensayos se sucedían a otros, fracasando todos, creando una especie de fiebre. Tiene interés otra diferencia: la Constitución  useñe hablaba del derecho de los ciudadanos a “la búsqueda de la felicidad” por sí mismos. La concepción dominante en Francia era que la felicidad debe ser suministrada a los ciudadanos por el estado.  Estas consideraciones exigen una vuelta atrás sobre las ideas desarrolladas durante el siglo XVIII, el de la Ilustración.

 

 

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La revolución useña

Franco, Hitler y Mussolini: https://www.youtube.com/watch?v=rHq7AtesAf8  

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En 1783 culminó otra revolución, esta política, en América del norte. La presencia inglesa allí data de 1607,  y hasta el XVIII tomaron forma trece colonias en la costa oriental, entre Canadá y Florida. Inglaterra enviaba a delincuentes, como haría en Australia, política opuesta a la de España. Y hasta la mitad y más, llegarían en régimen especial: para pagar a la compañía los gastos del viaje podían ser vendidos, golpeados, trabajar sin sueldo y no podían casarse sin permiso del amo. Estas condiciones, en vigor aún décadas después de la independencia, solo diferían de la esclavitud en su duración, entre tres y siete años. Tales hechos, más la dureza de la vida colonial no auguraban buen futuro, pero durante los años treinta y cuarenta del siglo XVIII ocurrió el “Gran Despertar”, oleada  de emotiva devoción religiosa que quizá indujo cierto fanatismo, pero elevó la moralidad y la cohesión social, y originó nuevas iglesias. Las prédicas insistían en la igualdad evangélica entre los hombres, proyectable a política, y la preocupación por una vida virtuosa y feliz, una constante en la cultura que ya fraguaba.

   Para entonces vivían en dichas colonias dos millones de blancos y medio millón de esclavos negros. La sociedad difirió pronto de la inglesa: el sistema aristocrático apenas cuajó, y el anglicanismo retrocedió ante otras confesiones protestantes y una minoría católica irlandesa. En la Guerra de los Siete Años, los colonos habían contribuido a derrotas a los franceses de Canadá, y se sintieron vejados cuando el Parlamento inglés les impuso nuevo tributos. Exigieron trato igual a los ingleses de la metrópoli, representación parlamentaria y decisión sobre los impuestos. También les enojaba la tolerancia de Londres hacia los franceses de Quebec, acordada por tratado de paz.

   En 1773 los irritados colonos asaltaron tres barcos ingleses en Boston, al año siguiente decidieron la secesión, y la guerra se hizo abierta. Los ingleses despreciaban a los rebeldes: un general afirmó que le bastarían mil granaderos para “castrar a todos los hombes, ya por la fuerza, ya con un poco de persuasión”. Pero los presuntos castrables, dirigidos por George Washington,  resistieron con querrillas, aunque fracasaron en extender la revuelta a Canadá. Hasta otoño de 1777 iban perdiendo, pero les llegó cuantiosa ayuda francesa, y pronto española, y  vencieron a los ingleses en Saratoga. Esa victoria animó a París, ansiosa de revancha por la Guerra de los Siete Años, a declarar la guerra a Londres, También lo harían España y Holanda. Esta, sumida en envenenadas querellas internas, cosechó serios reveses.

   Londres procedió a saquear y destruir los pueblos costeros, cerrar su comercio e incitar ataques de los indios hasta que los colonos volvieran al yugo “con penitencia y remordimiento”.  Planeaban tomar a los rebeldes por la espalda atacando desde el Misisipi, pero los franceses desembarcaron 6.000 soldados al mando de La Fayette, y los españoles, mandados por Bernardo de Gálvez, facilitaron a los rebeldes el comercio por el Misisipi, que cerraron a los ingleses, expulsándolos sucesivamente de sus bases,  desbaratando su proyectada ofensiva hacia Nueva Orleans y capturando su base naval en las Bahamas. En 1781 la flota francesa derrotó a la inglesa en Chesepeake y bloqueó a sus tropas que, atacadas por las francoamericanas  en Yorktown, hubieron de rendirse.  Pese a su larga duración, la guerra fue poco sangrienta: unos 25.000 muertos en cada bando. Los americanos tuvieron 8.000 en combate, entre 10 y 12.000  por maltrato en los horrendos barcos-prisión ingleses, y el resto por enfermedades. De los contrarios, la mayoría fueron mercenarios alemanes, y 42.000 marineros ingleses desertaron.

   La  Independencia fue oficializada en el tratado de Versalles de 1783.  A las trece colonias se les reconoció la expansión hasta el Misisipi, duplicando su territorio y  acosando a los indios hacia el oeste. El tratado de Versalles resarcía a España de anteriores reveses frente a Inglaterra: recobraba Florida, zonas de Centroamérica y Menorca; pero no Gibraltar, que había resistido un tenaz asedio.

   No obstante el conde de Aranda, ministro del entonces rey de España, Carlos III, haría una reflexión premonitoria: “Recelo de que la nueva potencia nos ha de incomodar cuando se halle en disposición de hacerlo. Ha nacido, digámoslo así, pigmea (…) Mañana será un gigante (…) y después un coloso irresistible en aquellas regiones.  En ese estado se olvidará de los beneficios que ha recibido de ambas potencias (Francia y España) y no pensará más que en su engrandecimiento. La libertad de religión, la facilidad para establecer las gentes en términos inmensos y las ventajas que ofrece aquel nuevo gobierno, llamarán a labradores y artesanos de todas las naciones y dentro de pocos años veremos con el mayor sentimiento levantado al coloso que he indicado”.

   Aranda percibió con bastante claridad que en aquella independencia latía un espíritu revolucionario. Este se apoyaba en una larga tradición de pensamiento protestante, sobre todo Locke, y  católico (de la Escuela de Salamanca). Su objetivo era alcanzar de forma institucional y permanente lo que de siempre había sido un objetivo del pensamiento político europeo: un estado que amparase la libertad de los individuos impidiendo la inclinación de las oligarquías o los monarcas al despotismo. Ello se esperaba conseguir dando gran libertad a los partidos, contrapesando unas instituciones políticas con otras, y limitando el período de mando presidencial.

   No obstante, el fundamento  filosófico era poco consistente.  La Declaración de Independencia afirmaba como base de sus aspiraciones: “Sostenemos como evidentes por sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos  derechos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. No eran verdades: una elemental observación prueba que los hombres nacen desiguales por posición, medios y carácter de sus familias, y por los dones e inclinaciones que “los dioses han puesto en ellos”, como ya advertía Homero. Si los hombres nacieran iguales, continuarían iguales, pues las sociedades son creaciones suyas. Por lo mismo sufre la idea de que los gobiernos se crean para garantizar los derechos, los cuales deben estar impresos en toda sociedad, al ser “verdades evidentes”. Y tampoco se trata de evidencias, sino de elaboraciones intelectuales, acertadas o no, producto de siglos de historia y de reflexión sobre ella. La Declaración suena democratizante, pero los derechos no se extendían a los indios y los negros y el sufragio sería censitario, no implantándose el universal (masculino) en el conjunto de los estados hasta setenta y tres años después de la independencia. Y el de los negros solo se haría realmente efectivo pasada la mitad del siglo XX.

   Por otra parte, igualdad y libertad no siempre son armonizables y pueden ser opuestos.  Asimismo la “búsqueda de la felicidad” puede contrariar a la libertad, cuyo ejercicio es a menudo molesto y a veces peligroso. Pero tuvieran la base racional que tuvieren, las frases de la Declaración  tocaban fibras profundas de la psique humana  y ejercerían una sugestión intensa sobre millones de personas, estimulando a un tiempo los intereses y ambiciones personales y las reglas para impedir que esas ambiciones e intereses destruyeran a la sociedad. El equilibrio entre las reglas y los impulsos individuales dio a la sociedad useña un dinamismo sin precedentes, hasta el punto de desbancar, un siglo y medio después, la hegemonía mundial de Europa.

   Aquel dinamismo no procedía meramente de su organización política, sino de un intenso mesianismo subyacente. Por más que coexistían varias religiones (aunque los protestantes habían perseguido a los católicos y quemado sus iglesias en Maryland a finales del siglo XVII, por ejemplo), el elemento inspirador era el  calvinista puritano de los “Padres peregrinos”, asentados en Massachusetts en 1620 huyendo de la persecución anglicana, con la idea de construir  la evangélica “ciudad sobre la colina” o la “nueva Jerusalén”, cuya virtud  debía causar admiración e imitación al resto del mundo.

   Ese mesianismo proponía una predestinación al dominio del continente, inscrita en el propio nombre del país: “Estados Unidos de América”. Hacia 1812, Usa intentó hacerse con Canadá, pero los ingleses contraatacaron y quemaron Washington, con lo que su expansionismo se desvió hacia el oeste. Los perdedores fueron los indios y los mejicanos, ya entonces independientes a su vez. Mesianismo reflejado en declaraciones como las del presidente John Quincy Adams a principio del siglo XIX: “La Divina Providencia” había destinado a toda Norteamérica “a ser poblada por una nación con un  idioma y un sistema general de principios religiosos y políticos y habituada a unos usos y costumbres sociales”. Otros expresaron “El derecho a poseer todo el continente que nos ha otorgado la Providencia para aplicar nuestro gran designio de libertad”. No obstante, en 1861 los estados del sur, perjudicados por la política económica del gobierno, intentaron separarse de la Unión, y siguió una durísima Guerra de Secesión con unos 600.000 muertos, parte de ellos en los bárbaros campos de prisioneros. Con ella fue abolida la esclavitud, y al esplendor de los negocios y la industria hicieron del país la primera potencia económica del mundo  hacia finales del siglo XIX.

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La Revolución industrial señala el apogeo de Inglaterra y de Europa

*Cita con la Historia”. Este domingo: Franco, Hitler y Mussolini www.citaconlahistoria.es   En Cadena Ibérica, FM 99.3. Se repite el miércoles, a las 10 de la noche.

Último programa sobre la izquierda y la cultura en los años 30: https://www.youtube.com/watch?v=AxGtQqGaLEs

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Desde mediados del siglo, en Gran Bretaña se produjo una sucesión de inventos y perfeccionamientos mecánicos que afectaron al textil, la metalurgia, la minería, los caminos y canales y los medios de transporte. A esa acumulación de avances técnicos suele llamársele Revolución industrial, que consistió básicamente en la concentración de obreros en centros de producción o fábricas con empleo de máquinas movidas por fuerzas no humanas ni animales, sobre todo el vapor. El empleo de fuerza no humana, como el agua o el viento en molinos, navegación, etc., era muy antiguo, y  más reciente la pólvora para armas de fuego y otros usos…  Lo nuevo fue la sistematización y masificación de esas fuerzas, que redundó en una producción multiplicada y abaratada de mercancías, auténtica revolución técnica y económica, con inestimable proyección política y social. En toda Europa se habían creado talleres manufactureros, pero las fábricas daban otra dimensión a la concentración de trabajadores.

   Un efecto derivado fue el paso de las sociedades agrarias a las industriales. Hasta entonces la economía descansaba fundamentalmente en la agricultura y el artesanado, que ocupaban a la vasta mayoría de la población; pero un proceso rápido en términos históricos disminuyó el peso de la agricultura y la población agraria a favor de la industria y los obreros. Los ingleses, conscientes de que su ventaja de partida les daba preeminencia económica, procuraron evitar la difusión de sus técnicas, pero poco a poco las mismas se extendieron al continente en el siglo XIX: la superioridad inglesa se extendió  a otros varios países y abrió la Edad de Apogeo, en que la hegemonía material europea en el mundo llegó a un nivel nunca antes alcanzado por cualquier civilización.

    El uso de máquinas parecía ofrecer posibilidades liberadoras sin precedentes para el ser humano. Aristóteles había indicado que la esclavitud desaparecería cuando la lanzadera del tejedor se moviera por sí misma; es decir, acaso nunca.  Pero ello empezó a ser posible cuando en 1784  el escocés James Watt patentó la máquina de vapor, y en 1787, el inglés James Cartwright  patentó un telar mecánico que hacía exactamente lo que Aristóteles creía remoto. Si entendemos el trabajo como esclavitud, aquellos inventos debían anunciar una edad dorada en la que el dominio de las fuerzas de la naturaleza haría que estas trabajasen para el hombre superando la maldición bíblica “ganarás el pan con el sudor de tu frente”.  Matthew Boulton, socio de Watt, lo explicó al rey Jorge III:  “Esta fuerza  aumentará la civilización más que nada antes o hará en los próximos dos siglos en el mundo; y un día rescatará a todos los obreros del mundo”.

     Sin embargo la realidad resultó más complicada. Durante siglos, el campesino había vivido una vida estrecha: analfabeto, con escasa capacidad de movimiento y  de acceso a la alta cultura, sometido a las exigencias de los señores de la tierra. No obstante, su labor exigía destrezas artesanas y amplios conocimientos prácticos sobre animales y plantas, sobre el clima, etc. Ocupaban su vida  una variedad de ocupaciones, que además cambiaban según  la estación del año.  La propia vida al aire libre, aun en la pobreza y falta de higiene, proporcionaba cierta libertad personal. Y las fiestas,  canciones, ritos diversos,  componían una cultura nada desdeñable.

   El obrero fabril, por el contrario, apenas necesitaba saber unas pocas operaciones mecánicas, repetidas día tras día y año tras año, en ambientes ruidosos y contaminados,  y viviendo hacinado en barrios suburbiales. Condiciones poco atractivas empeoraban con horarios interminables y bajos salarios, que obligaban a trabajar a padres, madres e hijos (lo cual miraban muchos empresarios como un modo de alejar a los trabajadores del ocio, madre de todos los vicios). Algunas labores requerían poca fuerza física, por lo que los niños las hacían igual que los mayores pero con menor paga, y el trabajo infantil se hizo corriente, para aumentar la productividad. Otro efecto indeseado  e inesperado fue la contaminación de ríos y del aire en las zonas más industriales.

    ¿Por qué tanta gente aceptó trabajar en tales condiciones? Por necesidad: se completó la privatización del agro mediante cercamientos o enclosures, que dejaban a miles de labriegos en la indigencia; unos métodos agrícolas más científicos aumentaban la productividad a costa de expulsar mano de obra; finalmente, los productos baratos de la industria arruinaban a los artesanos, dejándoles sin otra opción que buscar trabajo en las fábricas. De ahí también resistencias, huelgas y rebeliones, formación de sindicatos y destrucción de máquinas (los luditas).

    Y a pesar de todo, la esperanza de vida al nacer, ampliada en Inglaterra y después en el continente, choca con el panorama descrito. La causa yace, por un lado, en que el mismo hacinamiento suburbial facilitaba la atención médica, más difícil en la dispersión del agro; y por otro en los adelantos de la medicina. Un transcendental descubrimiento fue, a finales del siglo, la vacuna  de la viruela por el médico inglés Edward Jenner, abrió paso al control de epidemias antes mortíferas.

 

  ¿Por qué nació la Revolución industrial en Inglaterra y no en otro lugar? En la España del siglo XVI, por ejemplo, parece que Blasco de Garay había inventado una máquina de vapor para propulsar barcos, y a principios del XVII otro prolífico inventor, Jerónimo de Ayanz, había presentado  un ingenio a vapor para extraer el agua de las minas. Sin embargo ninguno de esos inventos, ni otros en diversos países, cambió nada sustancial. La diferencia está en que los inventos británicos coincidieron con un maduro sistema financiero de préstamos a bajo interés (el 5 por ciento) y una ya densa red de comunicación de ideas y noticias que permitieron convertir  las innovaciones en negocios productivos. Inglaterra disfrutaba, además, de una masa de capitales producto de comercios varios, y de una economía unitaria,  al revés que el continente, donde las numerosas tarifas y peajes locales estorbaban el tráfico. Disponía asimismo de carbón y hierro, utilizables sin altos costes de transporte. Y de un intenso espíritu de lucro y de dominio de la naturaleza, ya propuesto por Francis Bacon, con grupos como la  Sociedad Lunar,  dedicada a discutir y difundir nuevas técnicas,  entre otras cosas. Por tanto, las invenciones caían en terreno propicio, si bien dependían de algo tan azaroso e imprevisible como el ingenio y la dedicación de unos pocos hombres. Otra explicación refiere la primacía inglesa a efectos de la Gloriosa Revolución  pero otros países europeos –y Japón—se industrializaron sin algo parecido a dicha revolución

   También se ha debatido por qué la industrialización se limitó a varios países de Europa (y a Usa) en el siglo XIX. Se ha atribuido la causa al protestantismo, pero suena dudoso. El anglicanismo era solo protestante a medias y el primer país continental en adoptar la industria fue la católica Bélgica (la calvinista Holanda se retrasó considerablemente), el Ruhr, en gran medida católico, luego Francia, más tarde el norte de Italia, etc. Aunque tuvo que ver seguramente con el espíritu de la Ilustración.

   Y cabe preguntarse por qué a España llegó tardíamente. La causa, aparte de cierta aversión a las novedades, ya señalada, se encuentra en la invasión napoleónia de principios del XIX, que rompió la evolución anterior y dejó el germen de desórdenes y  desgarramiento social que volvieron a empujar al país a los niveles más profundos de su decadencia, por contraste con el apogeo del resto de Europa occidental.

   Debe notarse igualmente que en la Edad de Expansión, a punto de dar lugar a la de Apogeo, Europa no superaba en poder técnico y demográfico a otras civilizaciones; no obstante lo cual unas pocas naciones europeas, más bien pequeñas y no muy pobladas, en frecuente liza entre sí  y con el islam, abarcaron la Tierra. Con embarcaciones precarias surcaron los mayores océanos, rodearon el planeta, descubrieron islas, continentes, culturas antes ignorantes del resto del mundo, evangelizaron, crearon rutas comerciales, conquistaron territorios y aplicaron a todo ello curiosidad científica. Ninguna razón técnica  habría impedido a chinos o japoneses llegar a la costa opuesta del Pacífico o dominar el comercio del Índico, o Siberia. Los islámicos, que dominaron el norte de África y el sur de Asia entre el Atlántico y el Pacífico, habrían podido implantarse en América como lo hicieron en el entorno del Índico. Mas no fue así.

   Las osadas exploraciones y conquistas transoceánicas europeas plantearon retos técnicos, políticos, religiosos y organizativos, la respuesta a los cuales moldeó la civilización y sentó bases para ulteriores avances; y a la vez reflejaron los movimientos  espirituales e intelectuales  sucedidos desde  la época carolingia  en oleadas a un tiempo acumulativas y rupturistas. Todas las civilizaciones han tenido etapas de mayor inquietud y brillo intelectual, técnico, artístico, etc., con altibajos. Lo propio de Europa, en los siglos que siguieron a su Edad de Supervivencia,  fue un continuo ascenso en medio de contradicciones y contiendas internas; y la Revolución Industrial, como las políticas,  tiene su suelo en esa larga evolución previa. También intervino una dosis de azar:   Vista en perspectiva, la Revolución industrial viene a resultar de todo este proceso. Una de sus consecuecias fue un cambio en la estructura civilizatoria de Europa, cuya triple diferenciación latina, germana y eslava  se complicó por la nueva separación entre la Europa industrializada, formada por el eje centrooccidental de Inglaterra, Bélgica, Francia y Alemania, y el resto,  más retrasado en ese aspecto.

   

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Despotismo ilustrado, economía y felicidad

Blog I. Hechos indudables en torno a la Guerra Civil: http://gaceta.es/pio-moa/hechos-indudables-torno-guerra-civil-17062016-1718  

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Las grandes potencias  y otras menores surgidas por entonces  tenían en común el espíritu del “despotismo ilustrado”, resumido en el lema “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Pues el pueblo se distingue más bien por su ignorancia y aspiraciones contradictorias, mientras que los reyes y sus oligarquías eran más ilustrados, adictos a la razón, el comercio, la prosperidad y felicidad de los súbditos, e impulsores de las ciencias y las artes. Ello no excluía diferencias notables  de espíritu entre, por ejemplo, Rusia, Prusia, Francia o Inglaterra.

   En Rusia, la autocracia de los Románof queda bien expresada en el zar Pedro I el Grande y su magno designio de occidentalizar a Rusia para convertirla en una gran potencia continental. El emblema de su plan y su estilo fue la fundación, a partir de 1703, de una ciudad monumental, fastuosa, ventana a Europa asomándose al Báltico y exhibición de voluntad de poder. Le puso su nombre alemanizado, Sankt Peterburg, y sustituyó  a Moscú, la vieja capital, Tercera Roma, alejada de Europa y símbolo de unas tradiciones  contrarias a sus intenciones. Allí fundó también la Academia de Ciencias, a la que atrajo a numerosos científicos, sobre todo alemanes, iniciando la gran tradición científica rusa. El coste humano de la construcción de San Petersburgo en una zona pantanosa e insana fue altísimo: morirían, se dice, unos 150.000 siervos, forzados a trabajar allí en condiciones primitivas.

      En cuanto a la servidumbre campesina, Rusia seguía la orientación contraria a la del resto de  Europa. En España se había ido debilitando hasta desaparecer prácticamente varios siglos antes. En Inglaterra se había abolido formalmente a mediados del siglo XVI y en Francia en 1779, aunque en la práctica apenas subsistía por entonces. En Europa central persistía de modo irregular, según los estados, siendo abolida a lo largo del siglo XVIII y principios del XIX. Rusia, como Escandinavia, no había tenido propiamente feudalismo, de modo que la servidumbre solo se impuso a mediados del siglo XVII, pero desde entonces no había hecho otra cosa que ampliarse hasta incluir al 80% del campesinado, y en condiciones que empeoraban progresivamente, tanto con Pedro como con sus sucesores; hasta ser abolida en fecha tan tardía como 1869.

   De tiempo atrás, Rusia aspiraba a abrirse paso a los mares Báltico y Negro. Logró lo primero con Pedro, y lo segundo, a costa de los turcos, con Catalina, apodada también la Grande: alli fundó Odesa en 1794, otra ciudad simbólicamente occidental, bajo la dirección del español José de Ribas, contralmirante de la flota rusa, con planos del belga Franz de Wollant. Pedro aplastó sin titubeos todas las resistencias a sus reformas administrativas, religiosas y militares que perdurarían  hasta el siglo XX; algunas de ellas impopulares, como la obligación de vestirse a la occidental o impuestos al uso de la barba. Atrajo a técnicos  extranjeros para dirigir sus obras y enseñar a los rusos, envió a jóvenes a instruirse al exterior y construyó la primera marina potente de su país. Con él nacería la tensión entre occidentalismo y eslavismo, típica de la cultura rusa del XIX.

     Por lo que respecta a Prusia, su evolución  durante la segunda mitad del siglo queda personalizada en Federico II, llamado asimismo el Grande, o e Filósofo, o el Músico. Este monarca reveló un talento militar extraordinario, inventando o reinventando el orden oblicuo, que le permitió ganar batallas en inferioridad de medios, ampliar  su país a costa de Austria y convertirlo en núcleo de la futura nación alemana;  aunque estuvo muy cerca  de una completa derrota. Reformista, como el zar ruso, encontró menos oposición a sus medidas, de cierta tendencia democratizante: abrió el alto funcionariado y la judicatura a personas de cuna plebeya, organizando el sistema judicial más rápido y eficaz de Europa y  procurando igualdad ante la ley; suprimió la tortura y los restos de esclavitud, tomó medidas para evitar hambrunas por malas cosechas,  etc.

   Federico protegió especialmente a los filósofos  (fue la época de Kant) y artistas (él mismo fue un no desdeñable ejecutor y compositor de música), e invitó a  extranjeros, como había hecho el zar Pedro. Así, la Academia Prusiana de Ciencias, que no acaba de destacar, fue reforzada con científicos y pensadores franceses (el francés se impuso como su lengua oficial, sustituyendo al latín). Como en Rusia, originó  la tradición de la ciencia alemana, que en el siglo XIX y principios del XX conquistaría probablemente los primeros lugares del mundo. Teóricamente calvinista, este rey era escasamente religioso y, dentro de unos límites, promovió la libertad de pensamiento y de culto. Así, cuando los jesuitas fueron proscritos de los países católicos, los acogió valorándolos como los mejores pedagogos; y lo mismo hizo Catalina en Rusia, con lo que los grandes valedores intelectuales del catolicismo durante dos siglos solo pudieron mantenerse en un país protestante y otro ortodoxo.

    Federico II ha quedado como fundador del espíritu que caracterizaría a Alemania: integridad personal, disciplina y devoción al servicio en una administración pública bien ordenada. Y un estado  democratizante, de jerarquía basada en el mérito, con cierta rigidez militar extendida a partir del ejército,  cuyas cualidades y organización se estimaban modélicas para el resto de la sociedad. Cabe añadir una aversión hacia Polonia que también se hizo tradicional.

   En estos países, así como en Francia, se había llegado a la figura del monarca absoluto, es decir,  hacedor de las leyes “a su placer” y sin la responsabilidad de cumplirlas si no le convenía. El absolutismo resultaba de una larga tensión, a menudo lucha armada, entre los reyes y sectores de las oligarquías nobiliarias; entre la idea  del rey como primero entre los nobles, sin estar por encima de ellos, o como potestad indiscutible sobre todos. A veces se ha calificado de  democrático el primer enfoque, pero lo era solo como una especie de democracia nobiliaria, muy poco apreciada por el pueblo llano. Además, las luchas entre facciones  oligárquicas solían provocar inestabilidad y arbitrariedad, y degenerar  en sangrientas querellas, bien visibles ya desde los regímenes visigodo,  franco o anglosajón. La concentración del poder suponía una racionalización del mismo con efectos de mayor paz y prosperidad interna. En la época anterior, las monarquías asentadas, así la Monarquía Hispánica, no eran absolutas, pues aunque predominasen claramente sobre la nobleza, seguían más o menos constreñidas por la autoridad religiosa y las exigencias de la moral cristiana, condicionamientos desaparecidos o debilitados desde la paz de Westfalia.

    La experiencia de anarquía e impotencia de los estados con dispersión del poder entre grupos oligárquicos, como el Sacro Imperio o la Confederación polaco-lituana, parecía demostrar  la conveniencia del absolutismo. Sin embargo no pasaba lo mismo en Inglaterra, donde las oligarquías, agrupadas y repartidas en el Parlamento, aseguraban una racionalidad  y unidad del poder no menor que en las monarquías absolutas. La lucha a veces sangrienta entre los parlamentarios y los impulsos absolutistas del rey se habían decantado a favor del Parlamento, aun persistiendo cierta tensión entre ambos durante el siglo XVIII. No eran los reyes, que recibían todos los respetos formales, sino los primeros ministros de los partidos whig y tory (liberal y conservador, más o menos) quienes ejercían realmente el poder, aunque en el siglo XVIII lo monopolizaran prácticamente los whigs. La razón de esta eficiencia inusual se encuentra quizá en el  recuerdo de la guerra civil, disuasorio de radicalismos, y en la aguda conciencia de unos intereses comunes acentuados por el carácter isleño, menos expuesto a invasiones que los estados continentales, y muy volcados en empresas exteriores. De hecho, los parlamentos ingleses solían ser más belicosos que los monarcas.

   Otro rasgo de la oligarquía inglesa fue un enfoque de la política, incluso de la vida en general, aún más economicista que en el continente. Desde el siglo XIII, Londres había intentado someter a Escocia por  todos los medios, invasiones, intentos matrimoniales y ataques parciales.  La unión final se logró por fin en 1707 (aunque manteniendo las leyes escocesas),  combinando la amenaza de cortar a los  escoceses su comercio exterior, con  el soborno a diversos oligarcas. Hubo  en las Highlands, mayoritariamente católicas, varias rebeliones jacobitas (partidarios de la dinastía Estuardo católica, excluida por la Revolución gloriosa de 1688), aplastadas por los ingleses. Una de sus consecuencias fue la “limpieza de las Highlands” (Highland clearances), para “mejorar la economía”. La mejora consistió en expulsar manu militari a gran parte de los habitantes que habían vivido allí por siglos, quemando las aldeas o masacrando a los resistentes, para dedicar la tierra a pastos ovinos. Era una reedición de las enclosures  que en la propia Inglaterra había expulsado a decenas de miles de campesinos de las tierras comunales, condenándolos a la miseria. 

   Una teorización de ese economicismo fue el libro del escocés Adam Smith La riqueza de las naciones considerado el fundamento económico del liberalismo, desarrollado en política por el  inglés John Locke en el siglo anterior. La doctrina económica prevalente en Europa, el mercantilismo, atribuía la riqueza de un país a la eficiencia del estado, que intervenía directamente racionalizando actividades,  construyendo infraestructuras, protegiendo a grandes compañías, estableciendo algunos monopolios estatales y leyes excluyentes de la competencia de otros países. Smith, en cambio, atribuyó la riqueza al deseo de ganancia de los particulares mediatizado por la competencia entre ellos y la división del trabajo, que asegurarían la máxima productividad. Por ese medio se alcanzaría también el máximo bienestar  y felicidad  de las personas. El comercio debía ser libre, sin restricciones ni monopolios, y el estado limitar su intervención a asegurar, mediante su monopolio de la violencia, la seguridad de los contratos y de las normas de competencia. Aunque  la competencia entre individuos y empresas podía tener malos efectos parciales, una “mano invisible” los subsumiría en un bienestar de conjunto. El mismo principio se aplicaba a las normas morales, limitadas  al interés particular  matizado por una natural simpatía hacia el prójimo; pero que, con su aparente estrechez,  producía efectos beneficiosos para todos o la mayoría.

    En Inglaterra iba a tener lugar también la revolución industrial, que por su importancia particular trataremos luego.

   Por lo que respecta a España, desde la Guerra de Sucesión fue superando con rapidez su lastimosa decadencia política, económica y militar entre mediados del siglo XVII y principios del XVIII.  El país había logrado retener su gran imperio de América y el Pacífico, ampliándolo constantemente por el suroeste de Usa y  continuando sus exploraciones hasta Alaska, donde se encontró con los avances rusos e ingleses.  Imperio guarnecido por una flota que de nuevo volvía a encontrarse entre las mejores, capaz de ocasionar reveses parciales a la inglesa (el episodio de Cartagena de Indias se libró sobre todo en tierra), alguno tan grave como la captura en 1780, por el almirante Luis de Córdova,  de un convoy de 55 navíos ingleses y tres fragatas, que portaban tropas y pertrechos más una gran cantidad de dinero, lo que provocó  una crisis financiera en Londres.  Asimismo, España recuperó Menorca en 1782, aunque no logró hacerlo con Gibraltar. Muchas de estas acciones se realizaron en cooperación con la marina francesa.

   España imitó parcialmente el absolutismo francés, lo que se tradujo en una mayor racionalización del estado, mejoras administrativas,  más ganancias que pérdidas en las guerras, poco costosas en hombres, al librarse casi todas en el exterior y en combates navales. La población aumentó y la riqueza general también, beneficiando sobre todo a la periferia mientras el centro se estancaba. No obstante, la creatividad cultural disminuyó, con la excepción genial de Goya. Hubo alguna actividad científica en el ámbito de la botánica,  la minería o la geografía, pero la universidad de anquilosó.  Se crearon las academias de la lengua y otras, a imitación de Francia, pero no una academia científica como las de Rusia, Prusia, no digamos de Francia o Inglaterra. En esa falta radicó probablemente la mayor debilidad del país.

  

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