Entre finales del siglo XV y principios del XVI, españoles y franceses contendieron por el reino de Nápoles. Francia era la primera potencia militar europea, pero su ejército cayó ante tropas hispanas inferiores en número, mandadas por Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, estimado como el jefe militar europeo más sobresaliente hasta Napoleón. El talento organizador del Gran Capitán no era menor que el estratégico y táctico: estructuró un tipo de unidad nueva, la coronelía, de unos 6.000 hombres (número semejante al de la legión romana), con piqueros, arcabuceros e infantes. De ahí saldrían los tercios españoles, invencibles durante un siglo y medio.
Por entonces, los otomanos se habían convertido en la auténtica superpotencia en Europa. Regiones muy productivas y pobladas, y el control del comercio entre el Mediterráneo y el Índico, les proporcionaban recursos inagotable, y, dato no menor, su imperio superó la tendencia a disgregarse, imponiendo la sucesión en un solo hijo, con asesinato de los demás hermanos. Para 1520 habían conquistado las regiones árabes más ricas, Mesopotamia, Siria, y La Meca, así como Egipto, Crimea y su entorno, más la parte adriática de los Balcanes, a solo 80 kilómetros por mar de Italia en el sur; estaban a punto de vencer al reino húngaro y dominaban Argelia, desde donde impulsaban una activísima piratería contra las cercanas costas españolas (a unos 250 kilómetros), y un intenso y productivo tráfico de esclavos (cautivos). En suma, amenazaban el centro de Europa y a Italia y España por el Mediterráneo, donde eran la fuerza dominante.
El sultán Solimán, llamado el Magnífico o el Legislador, emprendió una agresiva política en los Balcanes y en el mar. Aspiraba a sojuzgar a la cristiandad, llevar sus caballos a comer en las aras vaticanas y recobrar Al Ándalus. España, recién concluida la reconquista, se convirtió bien pronto en la mayor barrera frente al empuje turco, no sin pagar un alto precio. A ese fin, los españoles fueron creando o tomand diversas plazas en la costa magrebí: Melilla, Orán, Túnez, la isla frente a Argel o Trípoli.
En 1521, Solimán tomó Belgrado, en camino hacia Transilvania y las llanuras magiares. Los húngaros pidieron refuerzos al resto de Europa, con poco éxito. Por unos años se salvaron, gracias a que los turcos atacaron Rodas, base de la orden de San Juan, y la tomaron en lucha encarnizadísima.
Mientras, en 1515 el rey francés Francisco I marchó sobre Milán y ocupó la Lombardía. Su gran rival Carlos I conseguía en 1519 el cetro del Sacro Imperio, ambicionado también por Francisco y por Enrique VIII, y se convertía en el primer rey en España de la dinastía Habsburgo o Casa de Austria. La estrategia del francés consistió en socavar por todos los medios el poder español, y el mismo año que perdió el trono imperial trató de sublevar a los moriscos o islámicos que seguían viviendo en en sur y el este de España. No tuvo éxito, pero al tiempo que Solimán debelaba Belgrado, los hispano-imperiales expulsaban a los franceses de Milán, mientras que en Castilla los partidarios de Carlos vencían en Villalar a los comuneros, un movimiento de repulsa hacia el emperador por vulnerar las leyes castellanas y dar cargos a extranjeros. Carlos, hijo de un borgoñón llamado Felipe el Hermoso, que reinó muy brevemente en España, y de Juana, hija de los Reyes Católicos, llamada la Loca por su escasa salud mental, se había criado en medios flamencos y tardaría en españolizarse.
Tal como había hecho con los moriscos, Francisco alentó a los comuneros, entre quienes disponía de agentes, y aprovechó la ocasión para invadir España, siendo repelido. Dos de sus agentes, llamados Rincón y Tranquilo, viajaron a Polonia para incitar al monarca Segismundo a atacar al Sacro Imperio, pero los polacos temían más el avance turco. Lograron sobornar, en cambio, a Juan Zapolya, voivoda de Transilvania y a su vez agente de los otomanos. En 1525, en Pavía, cerca de Milán, los españoles volvían a aplastar al ejército francés: Francisco, capturado y llevado a Madrid, consiguió que un croata llamado Francopán, siguiendo la labor de Rincón, suplicase a Solimán le liberase de Madrid y atacase a Carlos. Solimán no pudo hacer lo primero, pero aniquiló al ejército húngaro en la batalla de Mohacs, en 1526, y premió a Zapolya nombrándole rey de Hungría, como vasallo. Mohacs abría la ruta a Viena.
El papa Clemente VII, a su vez, intrigó con los reyes francés e inglés, y con Venecia, Florencia y Milán, para atacar a los hispano-imperiales. De ahí una nueva guerra, que volvió a salir mal a la coalición, siendo su episodio más famoso el vandálico Saco de Roma, en 1527, por soldados hispanos y alemanes, muchos de ellos protestantes. Clemente, apresado, fue liberado después por los franceses, y no volvió a conspirar.
Dos años después los turcos asediaban Viena, capital del Sacro Imperio, cuya caída habría dado paso a la invasión de Alemania. La ciudad, con pocos defensores, se salvó in extremis, por un mal tiempo que perjudicó a los turcos y por una resistencia empeñada, en la que intervino una unidad de los eficaces arcabuceros hispanos.
Francisco fue, pues, un monarca típicamente renacentista, culto y mecenas, en cuyo ánimo pesaban más sus intereses y gloria particulares que la misma causa cristiana, y que establecería con los turcos una alianza dirigida principalmente contra España. Una vez liberado en Madrid bajo promesas que no cumpliría, Francisco alertó a Solimán de los planes españoles y dejó a los turcos bases en la costa francesa para incursionar y piratear por España e Italia (también saquearon poblaciones francesas). Llegó a confabularse con Solimán para repartirse Italia. En el último momento no aplicó el acuerdo, quizá temió estar yendo demasiado lejos.
La lucha en el Mediterráneo se hacía principalmente mediante galeras, impulsadas por los remos de cautivos o presos, y los turcos retuvieron largo tiempo la supremacía. Las ciudades italianas, sobre todo Venecia, actuaban de modo ambiguo, tan pronto en alianza con potencias cristianas como pactando con los otomanos, para aplacarlos o por beneficios comerciales. Una Santa Liga promovida por el Papado, con naves venecianas, españolas, genovesas y otras, dirigidas por el genovés Andrea Doria, fracasó ante una fuerza inferior turca en Préveza, el mismo lugar de la batalla de Accio entre Octavio y Marco Antonio. Los aliados sufrieron un tremendo desastre en Argel, en 1541, la acción naval más catastrófica en la historia de España. Otro desastre ocurrió en los Gelves (isla de Yerba, en Túnez), en 1560. Claro que también los turcos sufrieron numerosos reveses, y los buques españoles cumplieron bien la muy difícil misión de atender a los frentes mediterráneo y atlántico, defender sus castigadas costas y explorar el mundo, en las expediciones navales más audaces de la historia.
Finalmente la contienda se decidió en Lepanto, en 1571, reinando ya en España Felipe II, con una flota hispano-italiana mandada por Juan de Austria y en la que el golpe decisivo correspondió a Álvaro de Bazán, ayudado por Juan Andrea Doria. La armada otomana quedó destrozada, y más aún que la pérdida de casi todas sus galeras pesó la de sus marinos más avezados: de 20.000 a 30.000 muertos contra unos 8.000 cristianos. Venecia volvió a tratar con los otomanos y esterilizó en parte la victoria, pero el peligro naval turco dejó de ser lo que había sido. De haber vencido los turcos, la inseguridad de Italia y España habría alcanzado niveles realmente críticos.
Tanto Francia como Inglaterra y los protestantes apoyaban a los turcos, y España, de haber perdido, habría tenido que soportar, en pésimas condiciones, ofensivas de ese triple origen. De hecho, la victoria de Lepanto consternó a Londres, París y los rebeldes flamencos, que trataban de hacer frente común con los turcos. Todos dieron ánimos a la Sublime Puerta, le prometieron ayuda material y le incitaron a nuevas campañas contra “los idólatras españoles”, como decía el embajador inglés.
Una evolución muy distinta de la humanista o renacentista se incubaba en Alemania desde principios de siglo, hasta llegar a la ruptura con Roma partiendo de un tema de aspecto secundario: las indulgencias. Por aquellos años el papa León X, muy aficionado al boato, recurrió a la venta masiva de indulgencias con el objetivo dicho. El fraile agustino Martín Lutero, haciendo eco al enfado de muchos alemanes, alegó que estos daban así 300.000 florines anuales para alimentar a los clérigos parásitos de Roma, y tachaba a las indulgencias de negocio sacrílego que explotaba la credulidad y angustia del vulgo. En su enojo subyacía un resentimiento patriótico: “Los italianos se creen los únicos seres humanos” “¡No hay nación más despreciada que la alemana! Italia nos llama bestias, Francia e Inglaterra se burlan de nosotros”. Expuso sus célebres tesis contra las indulgencias en la puerta de una iglesia de Wittemberg, y fue acusado de herejía. Él se dijo dispuesto a retractarse si se le demostraba su error mediante las Escrituras; pero la Biblia solía admitir más de una lectura, y no hubo concordia. Lutero fue excomulgado y pasó a elaborar una nueva teología. El fondo de la disputa era el problema teológico de la salvación.
Para la Iglesia, el hombre caído por el pecado original solo se hace digno de volver con su Creador mediante un combate en la vida terrena – auxiliado por la gracia divina– contra su inclinación al mal, al pecado. En la doctrina tomista, preponderante pero no única en la Iglesia, las buenas obras contribuían a la salvación, y la razón podía conciliarse con la fe y ayudar a comprender el misterio de la divinidad. Marsilio de Padua, Occam y otros habían rechazado tal capacidad de la razón, separándola de la fe, y negado a la Iglesia muchas de sus atribuciones, en beneficio del poder político. Lutero fue mucho más radical en la misma línea: negó el purgatorio y la autoridad del papa y de los concilios: la relación con Dios se establecía de modo individual, mediante la libre y personal interpretación de la Biblia, careciendo de valor el magisterio de la Iglesia. Las obras pretendidamente piadosas eran inútiles, pues la razón y voluntad del hombre, corrompidas por el pecado, no pueden siquiera apreciar el valor de aquellas, ni penetrar el designio de Dios. La salvación solo puede venir de la fe, un don de gracia divina dispensado a quienes el propio Dios, desde la eternidad, había querido salvar.
Estas ideas, presentadas como reforma, constituían una auténtica revolución. Al no contar las obras para la salvación, Lutero podía escribir: “Peca y peca fuertemente, pero confíate a Cristo y goza en él con mayor intensidad, porque Él vence al pecado y la muerte. Mientras estemos en la tierra tendremos que pecar, porque en esta vida no habita la justicia (…). Basta con reconocer al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, y de Él no nos apartará el pecado, aun si fornicamos y asesinamos miles de veces en un solo día”. “El cristianismo consiste en un continuo ejercicio en el sentimiento de no estar en pecado, aunque peques, porque tus pecados recaen sobre Cristo”. Carlos V advirtió en 1521, en la Dieta de Worms: “Este hermano aislado yerra con seguridad al alzarse contra el pensamiento de toda la cristiandad, pues si él tuviera razón, la cristiandad habría andado errada desde hace más de mil años”.
Erasmo le objetaba que si solo Dios sabe a quiénes ha decidido salvar, ¿cómo puede creer una persona que está entre los elegidos? Respuesta: “Ningún hombre podrá creerlo [por la razón]; los elegidos empero lo creerán”. “Si Dios obra en nosotros, nuestra voluntad, cambiada y suavemente tocada por el hálito del Espíritu, querrá y obrará el bien (…) de forma espontánea”. No era una contestación muy racional, pero según Lutero la razón era “la ramera del diablo (…) Debería ser pisoteada y destruida”. La razón, en efecto, podía usarse como corrosivo de la fe, y la voluntad de creer debía aniquilarla. No obstante, Lutero solo podía defender sus tesis empleando la razón.
Si solo Dios decidía desde la eternidad quiénes iban a salvarse o condenarse, quedaba destruido el libre albedrío, clave de la ética y la responsabilidad personal en Tomás de Aquino. Para Lutero, el individuo era libre de entender a su gusto las Escrituras, pero, paradójicamente, su salvación o condena estaban predeterminadas. Erasmo, que había sido su amigo y en parte inspirador, le objetó en De libero arbitrio: si el hombre no precisa la Iglesia ni órganos intermedios entre él y Dios, y puede interpretar la Biblia como único sacerdote de sí mismo, ¿cómo se concilia esta supuesta libertad con su incapacidad de elección moral? Según Erasmo, el hombre puede superar las consecuencias del pecado original ayudado por la gracia, la voluntad y la razón: todas ellas cooperan al mismo fin. La libre voluntad no se anula por el hecho de que los designios divinos sean en gran parte oscuros para nuestra mente. Si Jesús llora por una Jerusalén que le repudia, e invita a los judíos a seguirle, es porque reconoce el libre arbitrio; y si al hombre, según Lutero, no le es posible aceptar ni rechazar la gracia, ¿qué sentido tiene hablar de recompensa, castigo y obediencia, como hace la Biblia?
Lutero con De servo arbitrio (“Sobre el arbitrio esclavo”), replicó: la presciencia de Dios no deja lugar a la contingencia: “Todo cuanto hacemos, todo cuanto sucede, aunque nos parezca ocurrir mutablemente y que podría ocurrir también de otra forma, de hecho ocurre por necesidad, sin alternativa e inmutablemente, si nos referimos a la voluntad de Dios. Pues la voluntad de Dios es eficaz, y no puede ser impedida”. “El destino puede más que todos los esfuerzos humanos”. “Si esto se pasa por alto, no puede haber fe ni ningún culto a Dios”. “El hombre no posee un libre albedrío, sino que es un cautivo, un sometido y siervo, de la voluntad de Dios, o de la de Satanás”. Y si el hombre no es libre, no es responsable de sus obras, que nada valen ni cuentan para su salvación. Solo cuenta la gracia, manifiesta en el sentimiento personal de la fe. Posición contraria también a la humanista del hombre como artífice de su destino.
La cuestión de la salvación refleja una esencial angustia humana, expuesta de forma particular en el cristianismo. El mundo, lleno de placeres y penas que fácilmente se transforman unos en otros, parece arbitrario e injusto, “un laberinto de errores” como decía Pleberio en La Celestina; y el bien y el mal se confunden a menudo. Podría considerarse el mundo radicalmente injusto, por lo que el restablecimiento de la justicia exigiría otro mundo en el cual los buenos tendrían la recompensa y los malvados el castigo. Pero si la salvación o condena estaba predestinada al margen de lo que hicieran o pensaran los hombres, ¿qué necesidad había de predicar el Evangelio? Además, la angustia se exacerbaba. Calvino, discípulo de Lutero, encontró unos indicios que permitían al individuo creer que pertenecía al grupo de los elegidos: una vida austera y piadosa y el éxito en las empresas económicas u otras, permitirían intuir en esta vida la salvación en la otra. El calvinismo ofrecía así un consuelo que le ganó popularidad por varios países europeos, en disidencia parcial con el luteranismo puro.
El movimiento luterano, comienzo del protestantismo, excluyó la idea de los santos, las imágenes y la preeminencia de la Virgen María como intercesora, tradicional en el catolicismo; suprimió los sacramentos a excepción del bautismo y la eucaristía, el celibato eclesiástico y los conventos (Lutero se exclaustró y se casó con una ex monja). El sacerdocio tradicional era sustituido por “pastores” elegidos por las comunidades y con limitada capacidad orientativa. Para impulsar su movimiento, Lutero tradujo la Biblia al alemán, lo que, gracias a la imprenta, le dio la mayor difusión.
Otra dificultad de la nueva doctrina la expuso el propio Lutero con sarcasmo: de pronto, nobles, ciudadanos y campesinos “entienden el Evangelio mejor que yo o San Pablo; ahora son sabios…”. “Algunos enseñan que Cristo no es Dios, otros enseñan esto y aquellos lo otro (…) Ningún patán es tan rudo como cuando tiene sueños y fantasías, cree haber sido inspirado por el Espíritu Santo y ser un profeta”. Empero, llevada la tesis a sus consecuencias lógicas, las interpretaciones bíblicas de cualquier patán valían lo mismo que las de Lutero: bastaba que fueran sentidas con sinceridad, y ¿quién podría decidir si lo eran o no? Por eso los impulsos disgregadores y las polémicas mejor o peor razonadas en el protestantismo fueron siempre muy potentes, De ahí, también, las represiones contra los disidentes, para evitar la disolución general.
Por lo demás, la interpretación de las Escrituras por Roma debía ser reconocida tan buena como cualquier otra. Y aun arguyendo que muchos la aceptaban por temor a ser considerado hereje y castigado, y no por convicción sincera, lo cierto es que otros muchos lo hacían con plena convicción y un sentimiento de identificación con Dios no menos intenso que el que pudieran exhibir los propios Lutero o Calvino.
Lutero también promovió la caza y quema de brujas, fenómeno del que salvó a España la Iquisición. Sus diatribas antihebraicas no eran menos duras. En Contra las mentiras de los judíos los trata de “blasfemos desvergonzados”, “engendros de víboras, hijos del demonio” “El cristiano no tiene enemigo más enconado y mortificante que el judío”, que injuriaba a Jesús y trataban de prostituta a su madre: “poseídos de todos los demonios”, “se jactan de ser el pueblo elegido por Dios, cuando Dios les ha dado sobradas muestras de su desagrado y castigo” “Se quejan de estar cautivos entre nosotros, pero nadie los retiene. Ellos, archiladrones, nos tienen cautivos con su usura”. “Aconsejo se les prohíba la usura y se les quite todo el dinero y las riquezas en plata y oro”; y quemar sus sinagogas, quitarles sus libros religiosos; “Someterlos a trabajo forzado, tratadlos con rigor, como hizo Moisés en el desierto matando a tres mil de ellos para que no pereciera el pueblo entero (…) Si esto no basta, tendremos que expulsarlos como perros rabiosos”. Etc. No obstante, el concepto protestante de “los elegidos” guardaba una clara similitud con el de “pueblo elegido”, de los judíos.
Un gran conflicto surgió en Alemania en 1524-5 con la revuelta de los campesinos oprimidos por los magnates. Los rebeldes exigían mejoras políticas y económicas, y encontraron un líder visionario en Thomas Münzer, pastor luterano con ideas propias. Münzer acusó a su maestro de excesiva connivencia con los poderosos y abogó por la supresión de las jerarquías sociales: “Todos somos hermanos. ¿De dónde vienen entonces la riqueza y la pobreza?”. La rebelión cobró un empuje mayor que otras similares en los siglos anteriores, y sus reivindicaciones iban desde la anulación de los trabajos no pagados y de la servidumbre a la abolición de la propiedad privada.
Muchos campesinos seguían a Lutero, protegido por los magnates. Vaciló, pero cuando se vislumbraba la derrota de los rebeldes, tildó su lucha de “obra diabólica”, por traicionar la fidelidad y obediencia a los señores: “El bautismo no hace libres a los hombres en el cuerpo y la propiedad, sino en el alma, y el Evangelio no manda poner los bienes en común”; los campesinos “pretenden justificar con el Evangelio sus horrendos crímenes. No debe de quedar un demonio en el infierno, pues todos han entrado en los campesinos”. Por tanto, “deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados en secreto o públicamente, por quienquiera pueda hacerlo, como se mata a los perros rabiosos, pues nada puede haber más venenoso, dañino y diabólico que un rebelde (…) Quien vacile en hacerlo, peca (…) Por tanto, apreciables señores, matad cuantos campesinos podáis”. “Un príncipe puede ganar el cielo derramando sangre mejor que otros rezando”. El baño de sangre pudo saldarse en hasta cien mil muertos.
Erasmo y otros acusaron a Lutero de propiciar el motín y la disgregación de la cristiandad, pero el rebelde no se arredró por tales cargos. En respuesta a Erasmo invocó los Evangelios: “No he venido a traer la paz, sino la espada”; “He venido a echar fuego en la tierra”; “Lee en los Hechos de los Apóstoles los efectos en el mundo de la palabra de Pablo (por no hablar de los demás apóstoles), cómo él solo excita a gentiles y judíos o, como decían entonces sus mismos enemigos, “trastorna el mundo entero”. “El mundo y su dios no pueden ni quieren tolerar la palabra del Dios verdadero, y el Dios verdadero no quiere ni puede callar. Y si estos dos Dioses están en guerra el uno con el otro, ¿qué otra cosa puede producirse en el mundo entero sino tumulto? Querer aplacar estos tumultos no es otra cosa que querer abolir la palabra de Dios e impedir su predicación”. Y advertía a Erasmo y a quienes propugnaban la paz entre cristianos para afrontar a los turcos: “No ves que estos tumultos y facciones infestan el mundo de acuerdo con el plan y la obra de Dios, y temes que el cielo se venga abajo; en cambio yo, a Dios gracias, entiendo las cosas correctamente, porque preveo tumultos mayores en el futuro, comparados con los cuales los de ahora semejan el susurro de una ligera brisa o el quedo murmullo del agua”. Su odio a Roma se expresaba en frases como estas: “Basta de palabras. ¡El hierro! ¡El fuego! (…) ¿Por qué no atacamos con las armas a la Sodoma romana y nos lavamos las manos en su sangre?”. El emperador Carlos declaraba: “Me arrepiento de haber tardado tanto en adoptar medidas contra él”.
Lutero no dejó de reconocer efectos indeseados de sus doctrinas: “Cuanto más se avanza, peor se torna el mundo (…). El pueblo es ahora más avaro, más cruel, más impúdico, más desvergonzado y peor que bajo el papismo”. Con todo, su voluntad no flaqueaba: “¿Quién habría predicado, si hubiéramos previsto que de ello resultarían tantos males, sediciones, escándalos, blasfemias, ingratitudes y perversidades? Pero ya que estamos en ello, tengamos buen ánimo contra la mala fortuna”.