España asume la lucha contra el protestantismo

**Este domingo, en “Cita con la Historia”, hablaremos de las dos últimas partes de La guerra civil y los problemas de la democracia en España www.citaconlahistoria.es

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Para entonces, el protestantismo había generado numerosas algaradas. En el pasado, otras rebeliones llamadas heréticas habían sido disueltas o aplastadas por el Papado y los reyes, pero en esta ocasión no fue así. Lutero expresaba subyacentemente una tensión entre el mundo germánico y el latino, y no es de extrañar que sus doctrinas cundiesen principalmente en el primero. Mucha gente se sugestionaba con la libertad de interpretar personalmente la Biblia y prescindir  de un clero tachado en bloque de corrupto y escandaloso. Lo último sirvió de buen pretexto a los magnates alemanes protectores de Lutero para incrementar sus rentas apropiándose los bienes eclesiásticos. La expansión protestante tuvo poco de pacífica: miles de monjes y “papistas” reacios a la nueva forma de entender la fe fueron torturados y asesinados. Una ventaja para los rebeldes radicaba en la dispersión de esfuerzos del emperador Carlos, por tener que  afrontar a los turcos y a Francia. Los españoles en particular, enfrentados a muerte con los turcos, entendían el protestantismo como una traición gravísima a la cristiandad.  

     En 1532 los nobles luteranos unieron fuerzas en la Liga de Esmalcalda, afirmando su poder por gran parte del país; pero, en 1547, por la audacia de las tropas hispanas, sufrieron en Mühlberg una derrota que pudo ser decisiva: los jefes rebeldes fueron capturados y la Liga disuelta. Pese a ello, el efecto se perdió cuando el príncipe Mauricio de Sajonia, protegido de Carlos, se pasó al bando contrario y apeló al rey francés Enrique II, para que atacase al Imperio, como así fue, mientras los turcos asaltaban Trípoli. Mauricio intentó incluso capturar al emperador, que hubo de huir malamente. Dado que ninguno de los bandos lograba imponerse, le llegó a la paz de Augsburgo, en 1555, por la que los príncipes luteranos podían imponer su religión a las poblaciones en las que gobernaban (cuius regio eius religio). Así el mal vertebrado Sacro Imperio se debilitaba más aún, y el peso de la lucha recaía aún más sobre España.

    Los católicos se defendieron del impulso protestante  no solo con las armas, sino también con el pensamiento. Al respecto, la obra más sustancial fue la de Ignacio de Loyola, que elaboró unos Ejercicios espirituales orientados a sentir los mandatos de Dios y entender la vida como práctica religiosa. En 1534 fundó la Compañía de Jesús u Orden Jesuita, concebida de modo similar a la de los dominicos, creada cuatro siglos antes: frailes austeros, de espíritu flexible y destreza intelectual para contender con las ideas protestantes. La Compañía extremaba el voto de obediencia y el servicio incondicional a Roma con ánimo abnegado, casi aniquilador del ego. Los jesuitas se extendieron con rapidez por el mundo, crearon centros de enseñanza a todos los niveles, y por su combatividad intelectual constituyeron  algo así como un ejército espiritual contra el protestantismo.

   Otra arma contra el protestantismo fue la Inquisición española, creada para perseguir a los falsos conversos judíos.  La Inquisición ha sido objeto de una leyenda absolutamente tenebrosa por la propaganda protestante y francesa. Sus pormenorizados  archivos, empero, no han sido investigados en serio hasta recientemente, y arrojan una imagen muy diferente. Fue una institución muy popular en España, que impidió la masiva quema de brujas realizada en otros países europeos, en especial protestantes, y contribuyó a evitar  en el país los choques armados que acompañaban a la expansión luterana.  El número de sus víctimas pudo alcanzar los dos millares durante los tres siglos que permaneció en vigor, una cifra enormemente distanciada de las decenas y cientos de miles que se le han atribuido, y que corresponden, en cambio a la quema de brujas y  asesinato de católicos. La Inquisición practicó la tortura, pero, contra otra leyenda, en medida mucho menor de lo corriente por entonces en los tribunales europeos. Las instrucciones para instruir los procesos eran cuidadosas, y probablemente fue el tribunal más garantista de la época. También es común, y perfectamente falso, el cargo de que paralizó la actividad intelectual en España: el período de máxima intensidad de la Inquisición corresponde también conel de mayor brillo intelectual del país, que no se repetiría. Una nueva historia en vías de revisión a fondo.

  La lucha, en el plano religioso, quedaría solventada en el Concilio de Trento, intento de fundamentar la reunificación del cristianismo, y al que los protestantes no quisieron asistir

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La superpotencia otomana en el siglo XVI

   Entre finales del siglo XV y principios del XVI, españoles y franceses contendieron por el reino de Nápoles. Francia era la primera potencia militar europea, pero su ejército cayó ante tropas hispanas inferiores en número, mandadas  por Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, estimado como el jefe militar europeo más sobresaliente hasta Napoleón. El talento organizador del Gran Capitán no era menor que el estratégico y táctico: estructuró un tipo de unidad nueva, la coronelía, de unos 6.000 hombres (número semejante al de la legión romana), con piqueros, arcabuceros e infantes. De ahí saldrían los tercios españoles, invencibles durante un siglo y medio.

   Por entonces, los otomanos  se habían convertido en la auténtica superpotencia en Europa. Regiones muy productivas y pobladas, y el control del comercio entre el Mediterráneo y el Índico, les proporcionaban recursos inagotable, y, dato no menor, su imperio superó la tendencia a disgregarse, imponiendo la sucesión en un solo hijo, con asesinato de los demás hermanos. Para 1520 habían conquistado las regiones árabes más ricas, Mesopotamia, Siria, y La Meca,  así como Egipto, Crimea y su entorno, más la parte adriática de los Balcanes, a solo 80 kilómetros por mar de Italia en el sur; estaban a punto de vencer al reino húngaro y dominaban Argelia, desde donde impulsaban una activísima piratería contra las cercanas costas españolas (a unos 250 kilómetros), y un intenso y productivo tráfico de esclavos (cautivos). En suma, amenazaban el centro de Europa y a Italia y España por el Mediterráneo, donde eran la fuerza dominante.

    El sultán Solimán, llamado el Magnífico o el Legislador, emprendió una agresiva política en los Balcanes y en el mar. Aspiraba a sojuzgar a la cristiandad, llevar sus caballos a comer en las aras vaticanas y recobrar Al Ándalus.  España, recién concluida la reconquista, se convirtió bien pronto en la mayor barrera frente al empuje turco, no sin pagar un alto precio. A ese fin, los españoles fueron creando o tomand diversas plazas en la costa magrebí: Melilla, Orán, Túnez, la isla frente a Argel o Trípoli.

   En 1521, Solimán tomó Belgrado, en camino hacia Transilvania y las llanuras magiares. Los húngaros pidieron refuerzos al resto de Europa, con poco  éxito. Por unos años se salvaron, gracias a que los turcos atacaron Rodas, base de la orden de San Juan, y la tomaron en lucha encarnizadísima.

      Mientras, en 1515 el rey francés Francisco I marchó sobre Milán y ocupó la Lombardía. Su gran rival Carlos I conseguía en 1519 el cetro del Sacro Imperio, ambicionado también por Francisco y por Enrique VIII, y se convertía en el primer rey  en España de la dinastía Habsburgo o Casa de Austria. La estrategia del francés consistió en socavar por todos los medios el poder español, y el mismo año que perdió el trono imperial trató de sublevar a los moriscos o islámicos que seguían viviendo en en sur y el este de España. No tuvo éxito, pero al tiempo que Solimán debelaba Belgrado, los  hispano-imperiales expulsaban a los franceses de Milán, mientras que en Castilla los partidarios de Carlos vencían en Villalar a los comuneros, un movimiento de repulsa hacia el emperador por vulnerar las leyes castellanas y dar cargos a extranjeros. Carlos, hijo de un borgoñón llamado Felipe el Hermoso, que reinó muy brevemente en España, y de Juana, hija de los Reyes Católicos, llamada la Loca  por su escasa salud mental, se había criado en medios flamencos y tardaría en españolizarse.

    Tal como había hecho con los moriscos, Francisco alentó  a los comuneros, entre quienes disponía de agentes, y aprovechó la ocasión para invadir España, siendo repelido. Dos de sus agentes, llamados Rincón y Tranquilo, viajaron a Polonia para incitar al monarca Segismundo a atacar al Sacro Imperio, pero los polacos temían más el avance turco. Lograron sobornar, en cambio, a Juan Zapolya, voivoda de Transilvania y a su vez agente de los otomanos.  En 1525, en Pavía, cerca de Milán, los españoles volvían a aplastar al ejército francés: Francisco, capturado y llevado a Madrid, consiguió que un croata llamado Francopán, siguiendo la labor de Rincón, suplicase a Solimán le liberase de Madrid y atacase a Carlos. Solimán no pudo hacer lo primero, pero aniquiló al ejército húngaro en la batalla de Mohacs, en 1526,  y premió a Zapolya nombrándole rey de Hungría, como vasallo. Mohacs abría la ruta a Viena.

   El papa Clemente VII, a su vez, intrigó con los reyes francés e inglés, y con Venecia, Florencia y Milán, para atacar a los hispano-imperiales. De ahí una nueva guerra, que volvió a salir mal a la coalición, siendo su episodio más famoso el vandálico Saco de Roma, en 1527, por soldados hispanos y alemanes, muchos de ellos protestantes. Clemente, apresado, fue liberado después por los franceses, y no volvió a conspirar.

    Dos años después los turcos asediaban Viena, capital del Sacro Imperio, cuya caída habría dado paso a la invasión de Alemania. La ciudad, con pocos defensores, se salvó in extremis, por un mal tiempo que perjudicó a los turcos y por una resistencia empeñada,  en la que intervino una unidad de los eficaces arcabuceros hispanos.

   Francisco fue, pues, un monarca típicamente renacentista, culto y mecenas, en cuyo ánimo pesaban más sus intereses y gloria particulares que la misma causa cristiana, y que establecería con los turcos una alianza  dirigida principalmente contra España. Una vez liberado en Madrid  bajo promesas que no cumpliría,  Francisco alertó a Solimán de los planes españoles y dejó a los turcos bases en la costa francesa para incursionar  y piratear por España e Italia (también saquearon poblaciones francesas). Llegó a confabularse con Solimán para repartirse Italia. En el último momento no aplicó el acuerdo, quizá temió estar  yendo demasiado lejos.

    La lucha en el Mediterráneo se hacía principalmente mediante galeras, impulsadas por los remos de cautivos o presos, y los turcos retuvieron largo tiempo la supremacía. Las ciudades italianas, sobre todo Venecia, actuaban de modo ambiguo, tan pronto en alianza con potencias cristianas como pactando con los otomanos, para aplacarlos o por beneficios comerciales. Una Santa Liga promovida por el Papado, con naves venecianas, españolas, genovesas y otras, dirigidas por el genovés Andrea Doria, fracasó ante una fuerza inferior turca en Préveza, el mismo lugar de la batalla de Accio entre Octavio y Marco Antonio. Los aliados sufrieron un tremendo desastre en Argel, en 1541, la acción naval más catastrófica en la historia de España. Otro desastre ocurrió en los Gelves (isla de Yerba, en Túnez), en 1560. Claro que también los turcos sufrieron numerosos reveses, y los buques españoles cumplieron  bien la muy difícil misión de atender a los frentes mediterráneo y atlántico, defender sus castigadas costas y explorar el  mundo, en las expediciones navales más audaces de la historia.

   Finalmente la contienda se decidió en Lepanto, en 1571, reinando ya en España Felipe II,  con una flota hispano-italiana mandada por Juan de Austria y en la que el golpe decisivo correspondió a Álvaro de Bazán, ayudado por  Juan Andrea Doria. La armada otomana quedó destrozada, y más aún que la pérdida de casi todas sus galeras pesó la de sus marinos más avezados: de 20.000 a 30.000 muertos contra unos 8.000 cristianos. Venecia volvió a tratar con los otomanos y esterilizó en parte la victoria, pero el peligro naval turco dejó de ser lo que había sido. De haber vencido los turcos, la inseguridad de Italia y España habría alcanzado niveles realmente críticos.

   Tanto Francia como Inglaterra y los protestantes apoyaban a los turcos, y España, de haber perdido, habría tenido que soportar, en pésimas condiciones,  ofensivas de ese triple origen. De hecho, la victoria de Lepanto consternó a Londres, París y los rebeldes flamencos, que trataban de hacer frente común con los turcos. Todos dieron ánimos a la Sublime Puerta, le prometieron ayuda material y le incitaron a nuevas campañas contra “los idólatras españoles”, como decía el embajador inglés.

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La revolución luterana

    Una evolución muy distinta de la humanista o renacentista se incubaba en Alemania desde principios de siglo, hasta llegar a la ruptura con Roma partiendo de un tema de aspecto secundario: las indulgencias. Por aquellos años el papa León X, muy aficionado al boato, recurrió a la venta masiva de indulgencias con el objetivo dicho. El fraile agustino Martín Lutero, haciendo eco al enfado de muchos alemanes, alegó que estos daban así 300.000 florines anuales para alimentar a los clérigos parásitos de Roma, y tachaba a las indulgencias de negocio sacrílego que explotaba la credulidad y angustia del vulgo. En su enojo subyacía un resentimiento patriótico: “Los italianos se creen los únicos seres humanos” “¡No hay nación más despreciada que la alemana! Italia nos llama bestias, Francia e Inglaterra se burlan de nosotros”. Expuso sus célebres tesis contra las indulgencias en la puerta de una iglesia de Wittemberg, y fue acusado de herejía. Él se dijo dispuesto a retractarse si se le demostraba su error mediante las Escrituras; pero la Biblia solía admitir más de una lectura, y no hubo concordia. Lutero fue excomulgado y pasó a elaborar una nueva teología. El fondo de la disputa era el problema teológico de la salvación.

    Para la Iglesia, el hombre caído por el pecado original solo se hace digno de volver con su Creador mediante un combate en la vida terrena – auxiliado por la gracia divina– contra su inclinación al mal, al pecado. En la doctrina tomista, preponderante pero no única en la Iglesia, las buenas obras contribuían a la salvación, y la razón podía conciliarse con la fe y ayudar a comprender el misterio de la divinidad. Marsilio de Padua, Occam y otros habían rechazado tal capacidad de la razón, separándola de la fe, y negado a la Iglesia muchas de sus atribuciones, en beneficio del poder político. Lutero fue mucho más radical en la misma línea: negó el purgatorio y la autoridad del papa y de los concilios: la relación con Dios se establecía de modo individual, mediante la libre y personal interpretación de la Biblia, careciendo de valor el magisterio de la Iglesia. Las obras pretendidamente piadosas eran inútiles, pues la razón y voluntad del hombre, corrompidas por el pecado, no pueden siquiera apreciar el valor de aquellas, ni penetrar el designio de Dios. La salvación solo puede venir de la fe, un don de gracia divina dispensado a quienes el propio Dios, desde la eternidad, había querido salvar.

   Estas ideas, presentadas como reforma, constituían una auténtica revolución. Al no contar las obras para la salvación, Lutero podía escribir: “Peca y peca fuertemente, pero confíate a Cristo y  goza en él con mayor intensidad, porque Él vence  al pecado y  la muerte. Mientras estemos en la tierra tendremos que pecar, porque en esta vida no habita la justicia (…). Basta con reconocer al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, y de Él no nos apartará el pecado, aun si fornicamos y asesinamos miles de veces en un solo día”. “El cristianismo consiste en un continuo ejercicio en el sentimiento de no estar en pecado, aunque peques, porque tus pecados recaen sobre Cristo”. Carlos V advirtió en 1521, en la Dieta de Worms: “Este hermano aislado yerra con seguridad al alzarse contra el pensamiento de toda la cristiandad, pues si él tuviera razón, la cristiandad habría andado errada desde hace más de mil años”.

     Erasmo le objetaba que si solo Dios sabe a quiénes ha decidido salvar, ¿cómo puede creer una persona que está entre los elegidos?  Respuesta: “Ningún hombre podrá creerlo [por la razón]; los elegidos empero lo creerán”. “Si Dios obra en nosotros, nuestra voluntad, cambiada y suavemente tocada por el hálito del Espíritu, querrá y obrará el bien (…) de forma espontánea”. No era una contestación muy racional, pero según Lutero  la razón era “la ramera del diablo (…) Debería ser pisoteada y destruida”. La razón, en efecto, podía usarse como corrosivo de la fe, y la voluntad de creer debía aniquilarla. No obstante, Lutero solo podía defender sus tesis empleando la razón.

    Si solo Dios decidía desde la eternidad quiénes iban a salvarse o condenarse,  quedaba destruido el libre albedrío, clave de la ética y la responsabilidad personal en Tomás de Aquino. Para Lutero, el individuo era libre de entender a su gusto las Escrituras, pero, paradójicamente, su salvación o condena estaban predeterminadas. Erasmo, que había sido su amigo y en parte inspirador, le objetó en De libero arbitrio: si el hombre  no precisa la Iglesia ni órganos intermedios entre él y Dios, y puede interpretar la Biblia como único sacerdote de sí mismo, ¿cómo se concilia esta supuesta libertad con su incapacidad de elección moral? Según Erasmo, el hombre puede superar las consecuencias del pecado original ayudado por la gracia, la voluntad y la razón: todas ellas cooperan al mismo fin. La libre voluntad no se anula por el hecho de que los designios divinos sean en gran parte oscuros para nuestra mente. Si Jesús llora por una Jerusalén que le repudia, e invita a los judíos a seguirle, es porque reconoce el libre arbitrio; y si al hombre, según Lutero, no le es posible aceptar ni rechazar la gracia, ¿qué sentido tiene hablar de recompensa, castigo  y obediencia, como hace la Biblia?

    Lutero con De servo arbitrio  (“Sobre el arbitrio esclavo”), replicó: la presciencia de Dios no deja lugar a la contingencia: “Todo cuanto hacemos, todo cuanto sucede, aunque nos parezca ocurrir mutablemente y que podría ocurrir también de otra forma, de hecho ocurre por necesidad, sin alternativa e inmutablemente, si nos referimos a la voluntad de Dios. Pues la voluntad de Dios es eficaz, y no puede ser impedida”. “El destino puede más que todos los esfuerzos humanos”. “Si esto se pasa por alto, no puede haber fe ni ningún culto a Dios”. “El hombre no posee un libre albedrío, sino que es un cautivo, un sometido y siervo, de la voluntad de Dios, o de la de Satanás”. Y si el hombre no es libre, no es responsable de sus obras, que nada valen ni cuentan para su salvación. Solo cuenta la gracia, manifiesta en el sentimiento personal de la fe. Posición contraria también a la humanista del hombre como artífice de su destino.

    La cuestión de la salvación refleja una esencial angustia humana, expuesta de forma particular en el cristianismo. El mundo, lleno de placeres y penas que fácilmente se transforman unos en otros, parece arbitrario e injusto, “un laberinto de errores” como decía Pleberio en La Celestina;  y el bien y el mal se confunden a menudo. Podría considerarse el mundo radicalmente injusto, por lo que el restablecimiento de la justicia exigiría otro mundo en el cual los buenos tendrían la recompensa  y los malvados el castigo. Pero si la salvación o condena estaba predestinada al margen de lo que hicieran o pensaran los hombres, ¿qué necesidad  había de predicar el Evangelio?  Además, la angustia se exacerbaba. Calvino, discípulo de Lutero, encontró unos indicios que permitían al individuo creer que pertenecía al grupo de los elegidos: una vida austera y piadosa y el éxito en las empresas económicas u otras, permitirían intuir en esta vida la salvación en la otra. El calvinismo ofrecía así un consuelo que le ganó popularidad por varios países europeos, en disidencia parcial con el luteranismo puro.

   El movimiento luterano, comienzo del protestantismo, excluyó la idea de los santos, las imágenes y  la preeminencia  de la Virgen María como intercesora, tradicional en el catolicismo; suprimió los sacramentos a excepción del bautismo y la eucaristía,  el celibato eclesiástico y los conventos (Lutero se exclaustró y se casó con una ex monja). El sacerdocio tradicional era sustituido por “pastores” elegidos por las comunidades y con limitada capacidad orientativa. Para impulsar su movimiento, Lutero tradujo la Biblia al alemán, lo que, gracias a la imprenta, le dio la mayor difusión.

    Otra dificultad de la nueva doctrina la expuso el propio Lutero con sarcasmo: de pronto, nobles, ciudadanos y campesinos “entienden el Evangelio mejor que yo o San Pablo; ahora son sabios…”. “Algunos enseñan que Cristo no es Dios, otros enseñan esto y aquellos lo otro (…) Ningún patán es tan rudo como cuando tiene sueños y fantasías, cree haber sido inspirado por el Espíritu Santo y ser un profeta”. Empero, llevada la tesis a sus consecuencias lógicas, las interpretaciones bíblicas de cualquier patán valían lo mismo que las de Lutero: bastaba que fueran sentidas con sinceridad, y ¿quién podría decidir si lo eran o no? Por eso los impulsos disgregadores y las polémicas mejor o peor razonadas en el protestantismo fueron siempre muy potentes, De ahí, también, las represiones contra los disidentes, para evitar la disolución general.

   Por lo demás, la interpretación de las Escrituras por Roma debía ser reconocida tan buena como cualquier otra. Y aun arguyendo que muchos la aceptaban  por temor a ser considerado hereje y castigado, y no por convicción sincera, lo cierto es que otros muchos lo hacían con plena convicción y un sentimiento de identificación con Dios no menos intenso que el que pudieran exhibir los propios Lutero o Calvino.

   Lutero también promovió la caza y quema de brujas, fenómeno del que salvó a España la Iquisición. Sus diatribas antihebraicas no eran menos duras. En Contra las mentiras de los judíos los trata de “blasfemos desvergonzados”,  “engendros de víboras, hijos del demonio” “El cristiano no tiene enemigo más enconado y mortificante que el judío”, que  injuriaba a Jesús y trataban de prostituta a su madre: “poseídos de todos los demonios”, “se jactan de ser el pueblo elegido por Dios, cuando Dios les ha dado sobradas muestras de su desagrado y castigo” “Se quejan de estar cautivos entre nosotros, pero nadie los retiene. Ellos, archiladrones,  nos tienen cautivos con su usura”. “Aconsejo se les prohíba la usura y se les quite todo el dinero y las riquezas en plata y oro”; y quemar sus sinagogas, quitarles sus libros religiosos;  “Someterlos a trabajo forzado, tratadlos con rigor, como hizo Moisés  en el desierto matando a tres mil de ellos para que no pereciera el pueblo entero (…) Si esto no basta, tendremos que expulsarlos como perros  rabiosos”. Etc.  No obstante, el concepto protestante de “los elegidos” guardaba una clara similitud con el de “pueblo elegido”, de los judíos.

    Un gran conflicto surgió en Alemania en 1524-5 con la revuelta de los campesinos oprimidos por los magnates. Los rebeldes exigían mejoras políticas y económicas, y encontraron un líder visionario en Thomas Münzer, pastor luterano con ideas propias. Münzer acusó a su maestro de excesiva connivencia con los poderosos y abogó por la supresión de las jerarquías sociales: “Todos somos hermanos. ¿De dónde vienen entonces la riqueza y la pobreza?”. La rebelión cobró un empuje mayor que otras similares en los siglos anteriores, y sus reivindicaciones iban desde la anulación de los trabajos no pagados y de la servidumbre a la abolición de la propiedad privada.

    Muchos campesinos seguían a Lutero, protegido por los magnates. Vaciló, pero cuando se vislumbraba la derrota de los rebeldes, tildó su lucha de “obra diabólica”, por traicionar la fidelidad y obediencia a los señores: “El bautismo no hace libres a los hombres en el cuerpo y la propiedad, sino en el alma, y el Evangelio no manda poner los bienes en común”; los campesinos “pretenden justificar con el Evangelio sus horrendos crímenes. No debe de quedar un demonio en el infierno, pues todos han entrado en los campesinos”. Por tanto,  “deben ser aniquilados, estrangulados, apuñalados en secreto o públicamente, por quienquiera pueda hacerlo, como se mata a los perros rabiosos, pues nada puede haber más venenoso, dañino y diabólico que un rebelde (…) Quien vacile en hacerlo, peca (…) Por tanto, apreciables señores, matad cuantos campesinos podáis”. “Un príncipe puede ganar el cielo derramando sangre mejor que otros rezando”. El baño de sangre pudo saldarse en hasta cien mil muertos.

    Erasmo y otros acusaron a Lutero de propiciar el motín y la disgregación de la cristiandad, pero el rebelde no se arredró por tales cargos. En respuesta a Erasmo invocó los Evangelios: “No he venido a traer la paz, sino la espada”; “He venido a echar fuego en la tierra”;Lee en los Hechos de los Apóstoles los efectos en el mundo de la palabra de Pablo (por no hablar de los demás apóstoles), cómo él solo excita a gentiles y judíos o, como decían entonces sus mismos enemigos, “trastorna el mundo entero”.El mundo y su dios no pueden ni quieren tolerar la palabra del Dios verdadero, y el Dios verdadero no quiere ni puede callar. Y si estos dos Dioses están en guerra el uno con el otro, ¿qué otra cosa puede producirse en el mundo entero sino tumulto? Querer aplacar estos tumultos no es otra cosa que querer  abolir la palabra de Dios e impedir su predicación”.  Y advertía a Erasmo y a quienes propugnaban la paz entre cristianos para afrontar a los turcos: “No ves que estos tumultos y facciones infestan el mundo de acuerdo con el plan y  la obra de Dios, y temes que el cielo se venga abajo; en cambio yo, a Dios gracias, entiendo las cosas correctamente, porque preveo tumultos mayores en el futuro, comparados con los cuales los de ahora semejan el susurro de una ligera brisa o el quedo murmullo del agua”.  Su odio a Roma se expresaba en frases como estas: “Basta de palabras. ¡El hierro! ¡El fuego! (…) ¿Por qué no  atacamos con las armas a la Sodoma romana y  nos lavamos las manos en su sangre?”.  El emperador Carlos declaraba: “Me arrepiento de haber tardado tanto en adoptar medidas contra él”.

    Lutero no dejó de reconocer efectos indeseados de sus doctrinas: “Cuanto más se avanza, peor se torna el mundo (…). El pueblo es ahora más avaro, más cruel, más impúdico, más desvergonzado y peor que  bajo el papismo”. Con todo, su voluntad no flaqueaba: “¿Quién habría predicado, si hubiéramos previsto que de ello resultarían tantos males, sediciones, escándalos, blasfemias, ingratitudes y perversidades? Pero ya que estamos en ello, tengamos buen ánimo contra la mala fortuna”.

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Transcendencia de la conquista de América

En “Cita con la historia”: El “desastre del 98″ conformó mentalidades que llegan hasta hoy: https://www.youtube.com/watch?v=veA-cYr6Q4o  

Ya en librerías: La guerra civil y los problemas de la democracia en España. Un reenfoque poniendo en cuestión lo que forma el núcleo de la mayoría de las interpretaciones, el papel de la democracia, hasta hoy.

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Las expediciones portuguesas y españolas comenzaron también la era de los imperios europeos interoceánicos, que iban a extenderse hasta mediados del siglo XX. Los primeros, a partir del siglo XVI, fueron el español y el portugués; seguirían los de Inglaterra, Holanda y Francia. A su vez, Rusia cruzaría los Urales ampliándose hacia Siberia y poniendo fin a las grandes invasiones asiáticas. Aunque todos ellos tuvieran el carácter común europeo, difirieron mucho entre sí. El portugués se compuso la mayor parte del tiempo de enclaves militar-comerciales por África, Asia y América, mientras que el español abarcó grandes superficies y  adoptó desde el primer momento un carácter más misional cristiano que los demás.

   Hubo numerosas empresas  exploradoras-conquistadoras españolas, casi todas acometidas con pequeños grupos de unos centenares de marinos o soldados. Las más exitosas y conocidas han sido las de Méjico y Perú. En los dos casos, la estrategia, consistió en acercarse osadamente hasta el núcleo del poder enemigo y  derrotarlo  allí mismo: al tratarse de estados muy jerarquizados, aquello precipitó su derrumbe. En Méjico, Cortés empleó a fondo la diplomacia para atraerse a los pueblos tiranizados por los mexicas y se benefició de algunas profecías supersticiosas, hasta capturar al emperador Moctezuma. Estuvo al borde de la catástrofe en “la noche triste”, que eludió a base de audacia. En Perú, Pizarro explotó  la guerra civil entre los incas a la muerte en 1527 de su rey Huayna Cápac. Su sucesor, Huáscar había hecho matar a un hermano suyo y a otros nobles, pero un tercer hermano, Atahualpa, se sublevó con ayuda de pueblos resentidos por las matanzas perpetradas por Huayna. Al llegar Pizarro, Atahualpa había capturado a Huáscar y torturado y asesinado a sus mujeres, hijos y sirvientes.  Pizarro logró apoderarse de Atahualpa en una acción temeraria, y el poder inca se vino pronto abajo, no sin cruentas luchas. Cabe contrastar esos éxitos con fracasos como el de Pedro de Valdivia en Chile:  aniquilada su tropa en una emboscada india, Valdivia  fue atormentado durante tres días  con conchas de marisco aguzadas, con las que le cortaban  trozos de carne que cocinaban y comían ante él.

    Las hazañas de los conquistadores tuvieron después muy mala prensa, resumida en el juicio del historiador del arte Ernst Gombrich: frente a los indios “pacíficos, pobres y sencillos”, los españoles  “eran feroces, crueles capitanes de bandoleros, increíblemente despiadados y de una inaudita falsedad y malicia para con los nativos, impulsados por una codicia salvaje hacia aventuras cada vez más fantásticas. Ninguna les parecía imposible, ningún medio les parecía demasiado malo para obtener el oro. Eran increíblemente valerosos e increíblemente inhumanos. Lo más triste es que aquellas personas no solo se llamaban cristianos, sino que afirmaban continuamente que cometían todas aquellas crueldades con los paganos a favor de la cristiandad”.

   Algo de verdad hay en lo de “las aventuras más fantásticas”  y “ninguna les parecía imposible”. Muchos se inspiraban en los libros de caballerías, de las que viene el nombre de California. “No fuera yo español si no buscara peligros”, escribiría el literato Francisco de Quevedo. Sin embargo, aquellos bandoleros no solo se tenían por cristianos, sino que, después de los monjes de la edad de las invasiones, hicieron el mayor esfuerzo cristianizador conocido, nunca igualado después; fundaron decenas de ciudades, que llegarían a ser las más bellas y racionales del continente, algunas bien conservadas hasta hoy; llevaron consigo miles de libros, y la imprenta tardó poco en funcionar a buen ritmo; crearon escuelas y universidades;  hicieron estudios sobre la geografía, la historia y las gentes; transplantaron vegetales alimenticios inexistentes allí, y  pasaron a Europa otros como el tomate, la patata, el tabaco o el maíz. Llevaron ganado, y los mulos y asnos, junto con la rueda, libraron a los indios de trabajar como bestias de carga. Acabaron con los sacrificios humanos, el canibalismo o costumbres como la venta de niñas. Y pronto obraron según leyes, mejor o peor cumplidas, como todas (dieron lugar a luchas civiles entre los propios hispanos), pero que forman uno de los corpus más avanzados y humanitarios de cualquier época.

    Obviamente, ocurrieron atrocidades, como en todos los choques de culturas y grupos sociales, antes y ahora; pero ¿cuántas atrocidades y en comparación con qué otros episodios? Se ha utilizado durante siglos como informe fidedigno el del dominico Bartolomé de las Casas Brevísima relación de la destrucción de las Indias, reflejado en el juicio de Gombrich. Las Casas ofrece datos como estos:  la isla La Española (76.000 km2) tenía cinco grandes reinos, uno de ellos mayor que Portugal (90.000 km2), otro con una vega de 400 kilómetros (80 leguas) y treinta mil ríos cargados de oro. Entre Darién y Nicaragua, otros 2.500 kilómetros también repletos de riquezas. Guatemala tendría más de quinientos kilómetros de lado. En el Imperio azteca cabrían cuatro y cinco Españas. Etc. Solo la Española habría “henchido a España de oro”. En realidad había poco oro,  y sería  la plata el metal precioso más explotado.

    Tales disparates geográficos apenas son nada comparados con los demográficos: Las costas estaban “todas llenas como una colmena de gentes (…) que parece que puso Dios en aquellas tierras todo el golpe o la mayor cantidad de todo el linaje humano”. No había región que no estuviera “pobladísima” y con grandes urbes”.  En Nicaragua, con sus colosales riquezas “era cosa verdaderamente de admitración ver cuán poblada de pueblos, que cuasi duraban tres y cuatro lenguas en luengo”, mucho mayores que cualesquiera de Europa (y de las que la arqueología no ha hallado rastro). La Nueva España, futuro Méjico, tenía muchas ciudades más habitadas que “Toledo y Sevilla y Valladolid y Zaragoza juntamente con Barcelona”,  de modo que “para andallas en torno se han de andar más de mil e ochocientas leguas” (casi diez mil kilómetros). El Yucatán “estaba lleno de infinitas gentes” y lo mismo Florida. Las Antillas habían sido “la tierras más pobladas del mundo”. Centroamérica  también disfrutaba “de la mayor e más felice e más poblada tierra que se cree haber en el mundo”. Y todo por el estilo. El fraile no creyó oportuno explicar de qué podría vivir aquella miríada humana en medio de selvas, con agricultura muy primaria o simplemente sin ella. Difícilmente habría más densidad que en la Amazonia actual, exceptuando parte del altiplano de Méjico.

    Hacia aquellas tribus vuelca Las Casas los más encendidos elogios: “sin maldades ni dobleces”, “limpias, de vivo entendimiento, muy capaces”,  “mansísimas ovejas”,  “sin vicios o pecados”, “sin rencillas ni bullicios, no rijosos, sin rencores, sin odios”, “no poseen ni quieren poseer bienes terrenales”. Etc. Vivían en el paraíso, pues, libres del pecado original. Tan fabulosas virtudes aumentaban el horror de la conducta de los hispanos, que “como lobos y tigres y leones cruelísimos”, no hacían otra cosa con las gentes que “despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas”  por medio de “nunca vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad”. En Nueva España habrían masacrado a más de cuatro millones de hombres, mujeres y niños, “a cuchillo y a lanzadas y quemándolos vivos”, sin contar los que seguían  matando cada día “en cuatrocientas y cincuenta leguas en torno cuasi de la ciudad de Méjico”.  En Nicaragua, cincuenta de a caballo alanceaban a la población sin dejar vivo “a hombre, ni mujer ni viejo ni niño”. En Santa Marta los desmanes habrían superado lo anterior,  aunque es difícil imaginar cómo. Calculaba haber sido asesinados  no menos de quince millones de indios… que seguramente no existían  en toda la zona por entonces.   

   Tales informes han popularizado la leyenda de un genocidio tan inaudito como imaginario. La realidad es que en las islas del Caribe la población indígena, que solo podía ser escasa, desapareció casi, por una explotación abusiva a manos de los colonizadores, o por enfermedades a las que no estaban acostumbrados. Pero fue la excepción. Se ha especulado mucho con una “catástrofe demográfica” sin precedentes, de hasta decenas de millones de muertes,  ocurrida en Méjico durante la colonización, por enfermedades o matanzas. Pero se trata de estimaciones sobre una población imposible para los medios técnicos y agrarios aztecas. Y cualquier viajero por América puede constatar la muy alta proporción de indios y mestizos en las ex colonias españolas, en contraste con las antiguas colonias inglesas o francesas, donde la población aborigen es residual. Los indios sufrieron también epidemias, naturales del continente o contagiadas involuntariamente por los españoles, que también las sufrían. 

   En fin, atrocidades mayores o menores han acompañado siempre los movimientos de las sociedades;  pero es más que dudoso que aquellos conquistadores y colonizadores cometieran más –probablemente fueron menos–, que los indios en sus luchas tribales, o en Europa los turcos, o protestantes y católicos en sus guerras (Las Casas ecribió con la revolución luterana en marcha); por no hablar de la quema de brujas, etc.

   Las diatribas del dominico son tan obviamente desmesuradas o claramente falsas, que hacen dudar de la salud mental del autor. Aceptarlas exigía una dosis muy fuerte de credulidad o de malicia, y los españoles de las Indias se sintieron injuriados y calumniados. Pero en España fueron tomadas en consideración, y fuera de ella serían recogidas y ampliadas como “leyenda negra” en los países rivales de España, y muy especialmente por los protestantes, hasta hoy mismo: prueba del poder de la propaganda, cuyo peso social no ha cesado de aumentar.

    El documento de Las Casas no tiene relevancia solo como iniciador de la leyenda negra, sino también del mito del “buen salvaje”, que en la Ilustración, ayudaría a conformar mentalidades europeas aun hoy existentes, de carácter utópico o mesiánico.

   Un efecto siniestro de la conquista fue el tráfico negrero desde África para explotar las plantaciones en régimen de esclavitud.  Fue algo difícil de evitar, porque los indios no aguantaban el trabajo  a la europea, y los blancos lo soportaban mal en aquellos climas. La esclavitud  se había extinguido casi por completo en Europa, pero los europeos la revitalizarían masivamente durante tres siglos más.

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El homosexualismo como ideología totalitaria

 

La homosexualidad es un problema personal. El homosexualismo es una plaga política y social totalitaria: http://gaceta.es/…/hosexualismo-pensamiento-histerico-pelig… … …

Lo más cómico –y totalitario– es cuando el homosexualismo se presenta como “científico”

El homosexualismo es pura ideología, y muy barata. Al presentarse como “científica” delata su carácter totalitario.

Las ideologías totalitarias, como el marxismo, suelen presentarse como “científicas”. Así el homosexualismo. O el nazismo (“ciencia racial)

Si comparamos el marxismo con el homosexualismo y sus pretensiones “científicas”, notamos un enorme descenso de nivel intelectual

Entre los científicos hay la misma proporción de idiotas que en cualquier otra profesión. Los idiotas confunden ideología y ciencia.

El homosexualismo usurpa la representación de los homosexuales. Como el marxismo dela de los obreros o el feminismo la de las mujeres. Son dos cosas muy distintas.

Los homosexualistas se expresan con estilo tan obsceno, injurioso y amenazante que la mayoría de quienes discrepan se callan.

Quien calla ante la mentira, el matonismo y la injusticia se convierte en cómplice de ellos.

No es casual que los partidos más entusiastas  del homosexualismo sean también totalitarios tipo Podemos o PSOE. Naturalmente, partidos sin sustancia intelectual como Ciudadanos o PP siguen, incluso con más fervor.

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Ningún gobierno en España cumple ni hace cumplir la ley. “Corruptus in extremis” podría ser el lema común.

20.000 libros quemaron los nazis.  Las izquierdas españolas cientos de miles. Bibliotecas enteras, indiscriminadamente

Los nazis quemaban los libros que no les gustaban. Las izquierdas españolas quemaban simplemente bibliotecas enteras.

Se habla de “la quema de conventos” por las izquierdas en 1931. Quemaron también valiosas bibliotecas y centros de enseñanza.

Algo sobre destrucción de libros por las izquierdas, ¡con Felipe González!: http://gaceta.es/pio-moa/hosexualismo-pensamiento-histerico-peligro-totalitario-20052016-0829 …

La destrucción que ha hecho la izquierda, en el patrimonio histórico y cultural español es gigantesca. Y tan anchos

 

 

 

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