Blog I. Recuerdos sueltos: “¡No pum, pum pum, casa abajo, casa abajo!”: http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-sueltos-casa-abajo-casa-abajo-08042016-2048
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La contención de los musulmanes en Poitiers facilitó una tendencia unificadora entre los francos hasta convertirse en un imperio que llegaría a abarcar a gran parte de la Germania y la mitad norte de Italia hacia finales del agitado siglo VIII. El principal creador del nuevo imperio fue el nieto de Carlos Martel, llamado Carlomagno, figura muy relevante en la historia europea. Este emperador estableció relaciones muy estrechas con el Papado, siguiendo a su padre Pipino el Breve, cristianizó a los germanos paganos, a veces por medios brutales, como la decapitación de miles de sajones renuentes; expulsó y sustituyó a los lombardos en el norte de Italia y atacó a Al Ándalus: tomó Zaragoza y Pamplona pero en 778 sufrió un grave revés en Roncesvalles, donde perecieron varios de sus nobles más ilustres a manos de los vascones. Siete años después conseguiría pasar de nuevo los Pirineos y arrebatar a Al Ándalus algunos territorios, creando en ellos la Marca Hispánica, una línea defensiva de condados. De estos surgirían Aragón y, más tarde, Cataluña.
Pese a su desastroso derrumbe, el Imperio romano era recordado en la mentalidad de la época como modelo prestigioso de orden y cultura, por lo que en 800, el papa León III (a quien habían querido arrancar los ojos y la lengua sus enemigos de Roma) coronó a Carlomagno emperador de un supuestamente renovado Imperio romano de occidente. El nuevo imperio –más bien germánico que romano, aunque la cultura latina fuera difundiéndose en la parte franca– no abarcaba a Inglaterra ni a España ni a varias regiones zonas germánicas, y duró poco. En 843, después de varias guerras internas, tres nietos de Carlomagno lo dividieron entre ellos. Sin embargo la experiencia carolingia no pasó en vano, sino que persistió como ideal que daría lugar, ya bien avanzado el siglo X, al Imperio Romano Germánico, calificado de Sacro posteriormente.
Carlomagno implantó numerosas reformas económicas, eclesiales y sociales. Perfeccionó la contabilidad regia, sustituyó la moneda basada en el oro por la de plata, prohibió la usura, y a los judíos el préstamo de dinero, e impuso algunos controles de precios. Con él decayó la esclavitud en el campo, poco rentable en tiempos de escaso comercio, en beneficio de la servidumbre. Los siervos no podían salir del terruño sin permiso del amo y debían trabajar las tierras de este, pero tenían ciertos derechos, a diferencia de los esclavos, y podían vivir de su trabajo.
Más transcendentes fueron las reformas culturales: Carlomagno, si bien iletrado, concedía gran valor de la enseñanza y la ilustración, y estimuló las artes, la arquitectura, y la copia de manuscritos. Un logro muy relevante, comenzado algo antes, fue la unificación de la escritura en la llamada minúscula carolingia. Hasta entonces las escrituras variaban mucho y se hacía difícil entenderlas de unas zonas o monasterios a otros. La nueva escritura se hizo mucho más comprensible, por su uniformidad y porque introdujo nuevos signos de puntuación y espacios entre palabras. Su logro más característico fue la creación de la escuela palatina o academia de Aquisgrán, ciudad donde fijó su capital. Su principal inspirador, el monje inglés Alcuino de York, aspiraba a crear “una nueva Atenas”, incluso superior a la griega clásica, por incorporar la doctrina cristiana. Alcuino fue el primer director de la academia, consiguiendo reunir o interesar en ella a numerosos sabios de la época, anglosajones, germanos, italianos o españoles como Teodulfo, el más destacado después de Alcuino. La escuela educaba según el trívium y el quadrivium y era además un centro de copia de manuscritos y de producción intelectual propia. Carlomagno ordenó imitarla a los obispos y jefes políticos de su imperio. Por todas estas razones se ha acuñado el término “renacimiento carolingio” para aquella época, aunque más que renacimiento fue una continuación y perfeccionamiento de las tareas educativas y civilizadoras emprendidas desde muy pronto por la Iglesia y amparadas por diversos reyes.
Aunque se reconocía de palabra la supremacía de Constantinopla, el Occidente europeo se apartaba cada vez más de ella, tanto política como religiosamente. Se rompió la costumbre de que el nombramiento papal fuera refrendado por el emperador bizantino, y la propia coronación de Carlomagno como emperdaor de hecho de Occidente, fue vista en Constantinopla como una ilegitimidad. Carlomagno aseguró al Papado la posesión de amplios territorios en Italia central, ya donados por su padre Pipino el Breve, y la relación entre Roma y su protector imperial se hizo íntima, manteniendo la que con Clodoveo hizo a Francia la nación primogénita de la Iglesia. El Papado trató de extender su poder sobre los territorios que habían pertenecido al Imperio de Occidente invocando una supuesta donación hecha al papa por el emperador Constantino. Esta “Donación de Constantino” era una falsificación, según se demostraría más tarde. En cualquier caso no tuvo más efecto que la consolidación de los estados pontificios.
Por haber procurado un imperio que abarcaba la mayor parte de Europa occidental, haber puesto empeño en recoger la herencia cultural clásica y extender la cultura y la enseñanza, a Carlomagno se le ha llamado “padre de Europa”, y la Unión Europea ha consagrado como tal su figura. Sin embargo el título no es del todo aceptable. Comparado con San Benito, la acción de Carlomagno fue geográficamente más restringida y menos espiritual-cultural, y su proyecto político unificador, lejos de completarse, fracasó pronto.Y sobre todo creó una estrecha unidad político-religiosa con supremacía del emperador sobre el papa (césaropapismo) que lo asemejaba al Imperio bizantino y no caracterizaría a las tradiciones occidentales. Otra diferencia entre el designio de Carlomagno y la historia posterior es que una parte muy considerable de Europa, y en diversas épocas la más creativa, la de las naciones independientes occidentales, se mantuvo y se mantendría siempre al margen de los imperios característicos del centro y este del continente. La propia Francia permanecería en lo sucesivo fuera y hostil al Sacro Imperio Romano Germánico que en cierto modo sucedería al carolingio un siglo y medio más tarde.
Carlomagno falleció en 814, mismo año en que se descubrió en Compostela, Galicia, la tumba atribuida al apóstol Santiago, la cual iba a convertirse en un centro de peregrinación tanto español como europeo y centro de comunicación cultural durante siglos e incluso en actualidad. Desde mucho antes, en tiempos visigodos y citada por San Isidoro, corría la versión de que Santiago había predicado en España. Martirizado en Jerusalén, su cuerpo habría sido trasladado a Galicia. El viejo himno O Dei Verbum, compuesto en Asturias hacia 784, probablemente por el intelectual Beato de Liébana, proclama al apóstol “Dorada cabeza refulgente de España, defensor nuestro y patrono nacional (vernulus)”. El fervor por el descubrimiento reforzó la confianza de los españoles en su causa contra el islam, y despertó interés creciente al norte de los Pirineos. La ruta de la peregrinación comenzó en Oviedo a través de unos paisajes espectaculares, dotada de albergues por los reyes; y pronto llegaron peregrinos desde Francia y otros países siguiendo la difícil ruta del litoral cantábrico.
El hallazgo del sepulcro se hizo en un momento clave, de consolidación del reino de Asturias bajo el largo reinado (51 años) de Alfonso II el Casto, contemporáneo de Carlomagno y de su hijo Luis el Piadoso. Hasta Alfonso, la subsistencia de Asturias había sido precaria ante las ofensivas islámicas y diversas revueltas interiores, pero con él se consolidó el reino, ocasionando sangrientas derrotas a los árabes y llevando su audacia hasta ocupar momentáneamente Lisboa, en 798. Alfonso estableció la capital en Oviedo a la que quiso convertir en una nueva Toledo reforzando la tradición visigótica, y con ello la idea de la recuperación de España frente a Al Ándalus. En Oviedo nació el armonioso y delicado arte asturiano en iglesias y palacios. El rey mejoró la administración, repobló Galicia y parte de León y Castilla, se atrajo a los vascones de Álava y mantuvo contactos con Carlomagno. Con todo ello, el reino ocupaba en torno a un séptimo de la península, territorio suficiente para sostenerse en lo sucesivo frente a las acometidas de Córdoba.
Las hazañas de Alfonso tuvieron transcendencia no solo peninsular, al crear una barrera en expansión hacia el sur frente a los muslimes, que estos ya no lograrían romper más que parcial y ocasionalmente, alejándolos del centro de Europa. La activa lucha de Oviedo, por entonces único reino español, obligaba a Córdoba a concentrar su dinamismo expansivo en el norte cantábrico. De haber sido aniquilada Asturias, Al Ándalus habría podido dirigir sus esfuerzos contra la débil cadena de condados de la Marca Hispánica, por entonces pasiva, y más allá, nuevamente hacia Francia. No obstante el peligro islámico persistía mediante una constante piratería en el Mediterráneo, causa de graves destrucciones y mortandad, con incursiones sobre el litoral italiano y francés. En 846 los musulmanes llegaron a saquear Roma y hacia finales de siglo se apoderarían de Sicilia. La barrera frente al islam en la Península ibérica cobraría más valor cuando el resto de Europa occidental se viera sometido a las incursiones primero e invasiones después, de vikingos y magiares.
