¿Carlomagno, padre de Europa?

Blog I. Recuerdos sueltos: “¡No pum, pum pum, casa abajo, casa abajo!”: http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-sueltos-casa-abajo-casa-abajo-08042016-2048

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    La contención de los musulmanes en Poitiers facilitó una tendencia  unificadora entre los francos hasta convertirse en un imperio que llegaría a abarcar a gran parte de la Germania y la mitad norte de Italia  hacia finales del agitado siglo VIII. El principal creador del nuevo imperio fue el nieto de Carlos Martel, llamado Carlomagno, figura muy relevante en la historia europea. Este emperador  estableció relaciones muy estrechas con el Papado, siguiendo a su padre Pipino el Breve, cristianizó a los germanos paganos, a veces por medios brutales, como la decapitación de miles de sajones renuentes; expulsó y sustituyó a los lombardos en el norte de Italia y atacó a Al Ándalus: tomó Zaragoza y Pamplona pero en 778 sufrió un grave revés en Roncesvalles, donde perecieron varios de sus nobles más ilustres a manos de los vascones. Siete años después conseguiría pasar de nuevo los Pirineos y arrebatar a Al Ándalus algunos territorios, creando en ellos la Marca Hispánica, una línea defensiva de condados. De estos surgirían Aragón y, más tarde, Cataluña.

   Pese a su desastroso derrumbe, el Imperio romano era recordado en la mentalidad de la época como modelo prestigioso de orden y cultura, por lo que en 800,  el papa León III (a quien habían querido arrancar los ojos y la lengua sus enemigos de Roma) coronó a  Carlomagno emperador de un supuestamente renovado Imperio romano de occidente. El nuevo imperio –más bien germánico que romano, aunque la cultura latina fuera difundiéndose en la parte franca– no abarcaba a Inglaterra ni a España ni a varias regiones zonas germánicas,  y duró poco. En 843, después de varias guerras internas, tres nietos de Carlomagno lo dividieron entre ellos. Sin embargo la experiencia carolingia  no pasó en vano, sino que persistió como ideal que daría lugar, ya bien avanzado el siglo X,  al Imperio Romano Germánico, calificado de Sacro posteriormente.

    Carlomagno implantó numerosas reformas económicas, eclesiales y sociales. Perfeccionó la contabilidad regia, sustituyó la moneda basada en el oro por la de plata, prohibió la usura, y a los judíos el préstamo de dinero,  e impuso algunos controles de precios. Con él decayó la esclavitud en el campo, poco rentable en tiempos de escaso comercio, en beneficio de la servidumbre. Los siervos no podían salir del terruño sin permiso del amo y debían trabajar las tierras de este, pero tenían ciertos derechos, a diferencia de los esclavos,  y podían vivir de su trabajo.

    Más transcendentes  fueron las reformas culturales: Carlomagno, si bien iletrado, concedía  gran valor de la enseñanza y la ilustración, y estimuló las artes, la arquitectura, y la copia de manuscritos. Un logro muy relevante, comenzado algo antes, fue la unificación de la escritura en la llamada minúscula carolingia. Hasta entonces las escrituras variaban mucho y se hacía difícil entenderlas de unas zonas o monasterios a otros. La nueva escritura se hizo mucho más comprensible, por su uniformidad y porque introdujo nuevos signos de puntuación y espacios entre palabras. Su logro más característico fue la creación de la escuela palatina o academia de Aquisgrán, ciudad donde fijó su capital. Su principal inspirador, el monje inglés Alcuino de York, aspiraba a crear “una nueva Atenas”, incluso superior a la griega clásica, por incorporar la doctrina cristiana. Alcuino fue el primer director de la academia, consiguiendo reunir o interesar en ella a numerosos sabios de la época, anglosajones, germanos, italianos o españoles como Teodulfo, el más destacado después de Alcuino. La escuela educaba según el trívium y el quadrivium y era además un centro de copia de manuscritos y de producción intelectual propia. Carlomagno ordenó imitarla  a los obispos y jefes políticos de su imperio. Por todas estas razones se ha acuñado el término “renacimiento carolingio” para aquella época, aunque más que renacimiento fue una continuación y perfeccionamiento de las tareas educativas y civilizadoras emprendidas desde muy pronto por la Iglesia y amparadas por diversos reyes.

   Aunque se  reconocía de palabra  la supremacía de Constantinopla, el Occidente europeo se apartaba cada vez más de ella, tanto política como religiosamente. Se rompió la costumbre de que el nombramiento papal fuera refrendado por el emperador bizantino, y la propia coronación de Carlomagno como emperdaor de hecho de Occidente, fue vista en Constantinopla como una ilegitimidad. Carlomagno aseguró al Papado la posesión de amplios territorios en Italia central, ya donados por su padre Pipino el Breve, y la relación entre Roma y su protector imperial se hizo íntima, manteniendo la que con Clodoveo hizo a Francia la nación primogénita de la Iglesia.  El Papado trató de extender su poder sobre  los territorios que habían pertenecido al Imperio de Occidente invocando una  supuesta  donación hecha al papa por el emperador Constantino.  Esta “Donación de Constantino” era una falsificación, según se demostraría  más tarde. En cualquier caso  no tuvo más efecto que  la consolidación de los estados pontificios.

    Por  haber procurado un imperio que abarcaba la mayor parte de Europa occidental, haber puesto empeño en recoger la herencia cultural clásica y extender la cultura y  la enseñanza, a Carlomagno se le ha llamado “padre de Europa”, y la Unión Europea ha consagrado como tal su figura. Sin embargo el título no es del todo aceptable. Comparado con San Benito, la acción de Carlomagno fue geográficamente más  restringida y menos espiritual-cultural, y su proyecto político unificador, lejos de completarse,  fracasó pronto.Y sobre todo creó una estrecha unidad  político-religiosa con supremacía del emperador sobre el papa (césaropapismo) que lo asemejaba al Imperio bizantino y no caracterizaría a las tradiciones occidentales.  Otra diferencia entre el designio de Carlomagno y la historia posterior  es que una parte muy considerable  de Europa, y en diversas épocas la más creativa, la de las naciones independientes occidentales, se mantuvo y se mantendría siempre al margen de los imperios característicos del centro y este del continente. La propia Francia permanecería en lo  sucesivo fuera y hostil al Sacro Imperio Romano Germánico que en cierto modo sucedería al carolingio un siglo y medio más tarde. 

     

  Carlomagno falleció en 814, mismo año en que se descubrió en Compostela, Galicia, la tumba atribuida al apóstol Santiago, la cual iba a convertirse en un centro de peregrinación tanto español como europeo y centro de comunicación cultural durante siglos e incluso en actualidad.  Desde mucho antes, en tiempos visigodos y citada por San Isidoro,  corría la versión de que Santiago  había predicado en España. Martirizado en Jerusalén, su cuerpo habría sido trasladado a Galicia. El viejo himno O Dei Verbum, compuesto en Asturias hacia 784, probablemente por el intelectual Beato de Liébana,  proclama al apóstol “Dorada cabeza refulgente de España, defensor nuestro y patrono nacional (vernulus)”.  El fervor por el descubrimiento reforzó la confianza de los españoles en su causa  contra el islam, y despertó interés creciente al norte de los Pirineos. La ruta de la peregrinación comenzó en Oviedo a través de unos paisajes espectaculares,  dotada de albergues por los reyes; y pronto llegaron peregrinos desde Francia y otros países siguiendo la difícil ruta del litoral cantábrico. 

  El hallazgo  del sepulcro se hizo en un momento clave, de consolidación del reino de Asturias bajo el largo reinado (51 años) de Alfonso II el Casto, contemporáneo de Carlomagno y de su hijo Luis el Piadoso. Hasta Alfonso, la subsistencia de Asturias había sido precaria ante las ofensivas islámicas y diversas revueltas interiores, pero con él se consolidó el reino, ocasionando sangrientas derrotas a los árabes  y llevando su audacia hasta ocupar momentáneamente Lisboa, en 798.  Alfonso estableció la capital en Oviedo a la que quiso convertir en una nueva Toledo reforzando la tradición visigótica, y con ello la idea de la recuperación de España frente a Al Ándalus. En Oviedo nació el armonioso y delicado arte asturiano en iglesias y palacios. El rey mejoró la administración, repobló Galicia y parte de León y Castilla,  se atrajo a los vascones de Álava  y mantuvo contactos con Carlomagno. Con todo ello, el reino ocupaba en torno a un séptimo de la península,  territorio suficiente para sostenerse  en lo sucesivo frente a las acometidas de Córdoba.

   Las hazañas de Alfonso tuvieron transcendencia no solo peninsular,  al crear una barrera en expansión hacia el sur frente a los muslimes, que estos ya no lograrían romper más que parcial y ocasionalmente, alejándolos del centro de Europa. La activa lucha de Oviedo,  por entonces único reino español, obligaba  a Córdoba a concentrar  su dinamismo expansivo en el norte cantábrico. De haber sido aniquilada Asturias, Al Ándalus habría podido dirigir sus esfuerzos contra la débil cadena de condados de la Marca Hispánica, por entonces pasiva,  y más allá, nuevamente hacia Francia.  No obstante el peligro islámico persistía mediante una constante  piratería en el Mediterráneo, causa de graves destrucciones y mortandad, con incursiones sobre el litoral italiano y francés. En 846 los musulmanes llegaron a saquear Roma y hacia finales de siglo se apoderarían de Sicilia. La barrera frente al islam en la Península ibérica cobraría más valor cuando el resto de Europa occidental se viera sometido a las incursiones primero e invasiones después, de vikingos y magiares.

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Invasiones vikingas y degradación del Papado (“Siglo de hierro”)

Blog I. Premio a los terrorismos islámico y etarra: http://gaceta.es/pio-moa/premio-terrorismo-islamico-etarra-carta-zapatero-ii-07042016-1954

**”Cita con la Historia” Este domingo trataremos la expansión y caída del comunismo en el siglo XX, un proceso histórico decisivo. Anterior, sobre el GRAPO y la Transición. www.citaconlahistoria.es 

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Ochenta años después de la invasión musulmana de España comenzaban los asaltos vikingos (también conocidos como normandos y rus)  con la matanza de los monjes de Lindisfarne  monasterio de origen irlandés en Nortumbria, al noroeste de Inglaterra. El reino de  Nortumbria, una vez cristianizado con el antes mencionado rey Edwin, se había convertido en un  centro de civilización y cristianización, también del continente. El pillaje y destrucción de Lindisfarne conmocionó a la cristiandad, y en adelante las incursiones se harían más y más audaces, hasta convertirse en invasiones con verdaderos ejércitos, que amenazaron y en parte destruyeron los reinos cristianos de Irlanda  e Inglaterra, y el propio Imperio legado por Carlomagno.

   Los vikingos mezclaban la piratería con el comercio y la colonización, y durante dos siglos tuvieron en vilo la  subsistencia de  la civilización cristiana en el oeste de Europa. Arrasaron innumerables monasterios,  llevando a su fin el monaquismo irlandés y de Nortumbria. Instalaron bases en el este de Irlanda para asaltar más cómodamente a Inglaterra y a Francia, descendiendo asimismo desde Dinamarca.  En 844 atacaron la Península ibérica, siendo rechazados en La Coruña. Quizá parte de los mismos atacaron Lisboa y Sevilla, ciudades musulmanas, y desde el sur de Francia subieron por el río Ebro, entraron en territorio vascón  y  capturaron al rey de Pamplona García Íñiguez, del que obtuvieron un alto rescate. En 968 volvieron a incursionar sobre Galicia (a la que llamaban Jakobsland, por la tumba de Santiago) causando un gran estrago, matando o esclavizando a monjes y sacerdotes y quemando las bibliotecas monásticas. Y así otras incursiones. Sin embargo se trató siempre de acciones menores comparadas con las que sacudieron las Islas británcias y  Francia y Germania.

   Los vikingos también saltaron de isla en isla por las escocesas, Islandia y Groenlandia hasta la Península del Labrador, en América, donde su breve estancia fue repelida por los indios.  Estas correrías eran llevadas a cabo por daneses y noruegos principalmente, mientras que los suecos, llamados varegos, se internaron por los grandes ríos rusos desde el mar Báltico, llegando al mar Negro, desde el que atacaron al Imperio bizantino.

   Aunque se les recuerda fundamentalmente como piratas devastadores,   implantaron al mismo tiempo rutas comerciales duraderas  en  torno a Europa: por el Atlántico y los ríos rusos e incluso en el Mediterráneo. Y su  herencia política fue de extraordinariamente importancia para el futuro europeo: puede considerárseles los fundadores de Rusia y de Inglaterra. Los suecos  se asentaron  en  las ciudades de Nóvgorod y Kíef (Rus de Kíef, hacia 883), y pronto se eslavizaron, creando un verdadero imperio del Báltico al Negro. Más tarde, desde Francia, donde se habían instalado en la región de Normandía (que les debe su nombre) y adquirido la lengua francesa, invadieron Inglaterra en 1066, instalando allí  un poder duradero, origen de la historia posterior de la isla, pues hasta entonces la unificación de la parte inglesa de Gran Bretaña había sido precaria y poco duradera y en gran parte sometida a los daneses. En el Mediterráneo, consiguieron imponerse en un largo proceso en el siglo XI y XII en Sicilia, expulsando a los sarracenos, y en el sur de Italia, aunque ello no tendría transcendencia histócica comparable a los dos casos anteriores.

    La “era vikinga” duraría dos siglos, hasta el XI, cuando sufrieron derrotas importantes y, sobre todo, se cristianizaron: una vez más, la Iglesia logró conquistar a sus destructores  y mantener la civilización, aunque a un alto coste. La necesidad de luchar contra enemigos tales barbarizó en buena medida a los mismos eclesiásticos, cuyos obispos y abades monásticos en el Imperio sucesor de Carlomagno, se convirtieron en señores feudales a meudo  de una brutalidad  considerable, que daría lugar a nuevas reformas. Los vikingos profesaban la religión germánica con su gusto por el combate y la aventura y su desdén por la “muerte de buey” propia de los sedentarios que fallecían de achaques  por la edad. Su individualismo era extremo. Según testimonios árabes, el padre de un recién ancido  colocaba a este una espada entre las manos: “No tendrás más herencia que lo que ganes con la espada”. Los jefes solían  ser quemados junto con sus posesiones, incluyendo, al parecer su mujer y concubinas, una costumbre que se mantendría en La India. Claro está que ello no  podía ser la conducta común en la comunidad vikinga, que de otro modo no habría podido acumular riqueza, pero constituía un acicate para realizar todo tipo de empresas. Una vez cristianizados, sus tradiciones orales serían pasados a escrito en prosa, sobre todo en Islandia y con toda probailidad por monjes: las sagas,  muy inspiradoras de conductas y literatura posterior en Escandinavia y Alemania.  

   Otra amenaza que asoló a Europa occidental en el siglo X fueron las invasiones magiares, pueblo procedente de  Siberia,  que avanzó destructivamente desde el este por Polonia, Alemania, Francia y  norte de Italia, llegando incluso a España. Una oración significativa de la época decía “De las flechas de los magiares líbranos, Señor”. Fueron a su vez cristianizados y darían origen a Hungría.  

  

     La “era vikinga”, complicada con los movimientos magiares y la continua hostilización sarracena, siendo finalmente contenida,  tuvo un efecto profundamente desmoralizador sobre el occidente cristiano. La caída  del imperio de Carlomagno fragmentó más y más el poder, acrecentando el de los señores feudales, que a menudo contribuían a la confusión mediante guerras particulares entre ellos, y nombraban obispos y abades dentro de sus familias o a su conveniencia. A su vez, obispos y abades se convertían a menudo en jefes políticos y militares, y algunos murieron en combate contra los vikingos. La instrucción y cultura del clero y de los monjes descendió aniveles ínfimos  en gran parte del territorio, y la regla de San Benito apenas era observada. El pueblo bajo sufría especialmente de aquella permanente inestabilidad, y las costumbres se degradaron en una nueva barbarie. Cientos de monasterios  con sus bibliotecas fueron sometidos a pillaje y quemados. Los daneses cristianizados volvieron al paganismo tras una breve conversión, y lo mismo ocurrió con los eslavos de Polonia y Centroeuropa, resentidos por el despotismo de los germanos que los habían cristianizado con violencia.

   Degradación parecida y aún más acentuada  sufrió la misma Roma. Entre mediados del siglo IX y mediados del XI el Papado sufrió el llamado “Siglo de hierro” o “Siglo oscuro”, en realidad más de un siglo y medio, en el que se sucedieron casi medio centenar de papas. Al contrario que el  Patriarcado de Constantinopla, subordinado de hecho al emperador bizantino, el Papado se mostraba siempre reacio a la tutela  o intromisión política y administrativa del poder imperial. Además, los papas siempre habían aspirado a convertirse en el centro doctrinal de la Cristiandad y no unos más de los patriarcas.  El papa Zacarías  ya había roto la costumbre de dar cuenta de la elección papal a Constantinopla pero con Carlomagno se había establecido prácticamente la dependencia  política de la Santa Sede. Con la disgregación del Imperio de Carlomagno, el Papado se libró de la tutela imperial, pero solo para caer bajo el poder más inmediato de las pervertidas familias nobiliarias de la propia Roma, y convertirse en juguetes de sus querellas. Durante aquellos casi dos siglos se sucedieron cerca de medio centenar de papas, a veces vivían tres y hasta cuatro papas simultáneamente, riñendo entre sí. Algunos papas solo lo fueron por unos días, incluso algunas horas, otros fueron encarcelados por sus rivales, o asesinados directamente, o envenenados. Hubo papas hijos de papas o de otros clérigos, algunos fueron acusados de practicar la magia o tener pacto con el diablo. Durante un período de “pornocracia” dos mujeres, madre e hija, como jefas de hecho de uno de los clanes, pusieron y quitaron papas a su gusto. La madre amancebó a su hija con un papa sexagenario, del cual tuvo un hijo a quien haría papa a su tiempo. Otro convirtió la sede “en un burdel, regalando objetos sagrados a sus amantes.  Un episodio excepcional, pero indicativo del envilencio clerical y social  fue el “Sínodo horrendo”: uno de los papas exhumó el cadáver de su antecesor para someterlo a juicio y condenarlo: despojaron al difunto de sus ropajes, le cortaron los tres dedos de bendecir y lo tiraron a una fosa común, de la que volvieron a desenterrarlo para echarlo al río Tíber. Tal situación duraría hasta 1049, cuando el papa León IX inició una corrección a fondo.  

   Se hace difícil de explicar el hecho de que la naciente civilización eurooccidental resistiera a tales calamidades y terminara reponiéndose. La causa obvia radicó en la reacción de algunos  dirigentes clericales y políticos ante la contemplación de la ruina. Así, Otón I consiguió  refundar en 962 el Imperio carolingio, que en adelante se llamaría Romano-Germánico, la entidad política más extensa de toda Europa y que perduraría casinueve siglos, hasta principios del siglo XIX, cuando fue disuelto por Napoleón. Significativamente, Francia, origen del imperio carolingio, quedaba fuera del nuevo. Otón recuperó el cesaropapismo de Carlomagno y, ante la degradación del papado, se atribuyó el poder de nombrar papas, lo que causaría interminables querellas y violencias entre el poder político y el religioso. Asimismo, en medios monásticos  creció la conciencia de la necesidad de reforma. Ya a principios del siglo IX, Benito de Aniano, de origen hispanogodo,  propugnó la vuelta a la pureza de la regla de San Benito, al principio con cierto éxito, pero no sería hasta finales del siglo X cuando desde la abadía de Cluny se aplique la reforma con extraordinario éxito. Para entonces las amenazas exteriores de vikingos, magiares y sarracenos habían descendido en gran manera.

      España, salvo, quizá,  los condados de la Marca, fue poco afectada por esta etapa de degradación eclesiástica y política. Fue poco afectada por las incursiones vikingas, las magiares  apenas la tocaron, y la lucha permanente contra Al Ándalus absorbía  las energías  e imponía una disciplina considerable. Se estaba creando, además, una sociedad bastante diferenciada y más libre, debido a la necesidad de repoblar las tierras ganadas a los moros, para lo que los reyes debían ofrecer fueros y ventajas diversas. Incluso se desarrollaría una caballería villana, fenómeno excepcional.

 

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Dos revoluciones sexuales

http://counters.libertaddigital.com/img/none.png?cpn=18679&type=o&section=SOC_D

Blog I Carta abierta a Zapatero (y a Rajoy y demás jefes de partido) (I): http://gaceta.es/pio-moa/carta-abierta-zapatero-rajoy-jefes-partido-i-04042016-1805

“Cita con la Historia”. El GRAPO en la Transición: https://www.youtube.com/watch?v=d44DKSJ2EXM

Próximo domingo: “Expansión y caída del comunismo en el siglo XX”

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La sexualidad, dijo el clásico, es un potro muy malo de domar, que te derriba a las primeras de cambio. Tradicionalmente se trataba de encauzarla a través del matrimonio, el cual, se suponía, descansaba en el amor, la comprensión y la fidelidad mutuos, y fructificaba en los hijos. Esta venía a ser la teoría en la cultura cristiana. En la práctica, la cosa funcionaba a veces muy bien, a veces muy mal y en la mayoría de los casos sólo pasablemente, como ocurre en todas las empresas humanas. En todo caso quedaban marcados unos valores a aplicar en lo posible y un freno al llamado libertinaje.

En los años veinte del siglo pasado cambió bastante la teoría y la práctica. Desde una interpretación del psicoanálisis, no la única posible, cundió el enfoque de la sexualidad como una necesidad fisiológica a satisfacer, so pena de enfermar psicológica e incluso físicamente. Como beber un vaso de agua cuando se tiene sed, exponían algunos didácticamente. Así mirado, el otro miembro de la pareja perdía relieve, y los viejos valores de amor, comprensión y fidelidad pasaban a segundo plano o podían fácilmente convertirse en rémoras, al igual que los hijos. La idea no era nueva, pero su vestimenta cientifista la hacía muy atractiva, y originó una auténtica revolución, en el sentido de que conductas antaño marginales se extendieron masivamente. Mucho influyó también la quiebra moral producida por la Gran Guerra. Millones de jóvenes renegaban de los usos y prédicas de sus mayores, considerándolos hipócritas. No es seguro, sin embargo, que de ahí saliese una mejora en la salud física y mental de la gente. Hasta cabe sospechar que ocurriera justamente lo contrario.

La segunda revolución sexual, de los años 60, tuvo algunas diferencias con la anterior. Más que como necesidad física, la sexualidad, ayudada por la difusión de la píldora anticonceptiva, aparecía como diversión. En aquellos años la diversión subió muchos puntos en la estimación de la gente, y hasta se alzó como el valor máximo. Una canción, de los Beatles, creo, contaba cómo una chica escapaba de casa de sus padres. ¿Por qué se iba, si éstos la habían atendido y dado de todo? Porque, lamentablemente, no le habían dado bastante “fun”, y cuando no hay “fun”, pues ya se sabe. Aunque distintas en sus matices, las dos revoluciones tenían similares efectos. La familia y los antiguos valores perdían interés o se tornaban obstáculos, como perdía interés el o la oponente sexual cuando su grado de diversión bajaba. Esa actitud tenía algo que ver, supongo, con la ideología de la seguridad social, concebida como una mano materna que cuidaba de la gente desde la cuna a la tumba, haciendo de la sociedad un parque infantil donde todos podíamos pasar la vida jugueteando, ajenos a la responsabilidad, la culpa y otros sentimientos enfermizos, susceptibles de cura, afortunadamente.

En realidad estas formas de pensar y actuar siempre existen, aunque predominen sólo en algunos períodos, a los que dan carácter. Podría expresarse así su diferencia con las actitudes tradicionales: en estas últimas, la diversión o la satisfacción individual, por importantes que sean, se dan por sobreentendidas y derivadas. En cambio ocupan el centro en las concepciones revolucionarias, quedando la fidelidad, la comprensión, los hijos, etc., como elementos no desdeñables, más o menos convenientes, pero subordinados a la satisfacción o diversión particular. Desde ese punto de vista la homosexualidad, en rigor cualquier práctica sexual, con animales o con niños, tiene igual valor que la considerada normal todavía hoy.

Pero las exigencias “revolucionarias” traen efectos menos agradables de lo previsto, pues, por suerte o por desgracia, la sexualidad suele ir ligada a sentimientos muy intensos, exige la participación de otra persona con sus propias necesidades, imposible de reducir a simple objeto de satisfacción o diversión, y rara vez coinciden los dos miembros de la pareja en apreciar cuándo la relación ha dejado de ser divertida. Si además han cometido el error de tener hijos, el coste emocional llega a resultar elevadísimo.

Los obispos han sido muy criticados por señalar un lazo entre la revolución sexual y la violencia doméstica. Yo no creo que anden muy descaminados. Las dos revoluciones sexuales han socavado profundamente a la familia, y parece clara su relación con el creciente fracaso matrimonial, del que la violencia es una manifestación. Y con otros muchos fenómenos, como la multitud de niños despojados de un ambiente familiar, la extensión apabullante de la prostitución en todas sus manifestaciones, incluyendo buena parte de la publicidad comercial, la telebasura o las redes de pederastia, etc. etc. ¿De dónde podría venir todo eso, si no?

Sobre los malos tratos familiares aseguran algunos expertos que siempre han existido con igual o mayor intensidad, sólo que ahora se denuncian. Aunque los malos tratos en la intimidad del hogar no suelen trascender, podemos hacernos una idea aproximada de su extensión. Tal como deducimos la amplitud del hambre por el número de personas que mueren de ella (que indican un número mucho mayor de hambrientos, aunque no lleguen a morir), podemos colegir la extensión de los malos tratos por sus manifestaciones más extremas e indisimulables, las muertes. El número de muertes por maltrato doméstico aumenta en muchos países, desde los escandinavos a España. Tras muchas décadas de pesado adoctrinamiento feminista –muy relacionado con las revoluciones sexuales– debería ocurrir lo contrario por lo que no parece achacable esa tendencia al machismo residual, como decía no sé qué señora política.

Un maltratador de Barcelona, tan bergante como espabilado para halagar a los progres, pedía al juez la atenuación de su pena por haberse criado bajo el franquismo, cuando, decía, el maltrato a las mujeres era fomentado como una virtud. Él no tenía la culpa de haber recibido tan mala educación. Pero en el franquismo había sin duda mucho menos maltrato que ahora. Una canción de los años 50, tan denostados por nuestra ridícula progresía, aconsejaba:

“Para ser un buen marido, el hombre tiene que ser

generoso, complaciente y amable con la mujer

Ser un poquito celoso, a saber, quiere decir

cuando debe estar despierto y cuando debe dormir.”

Le faltaba decir cómo debería ser la mujer. Bueno, son consejos algo simples y pasados de moda, pero tal vez no del todo insanos en estos tiempos revolucionarios, tan apreciados por el camarada Zapatero, feminista radical, el hombre.

(En LD, 13-V-2004)

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Qué terminó y qué empezó el 1 de abril de 1939

** Este domingo, en Cita con la Historia, trataremos el tema del GRAPO en la Transición. El domingo pasado tratamos la significación de Gibraltar y la clase política española: https://www.youtube.com/watch?v=XbIy4H_Jy2E 

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Aquel día perdió la guerra un conglomerado de separatistas, stalinistas, anarquistas, marxistas y jacobinos. Y la perdieron en la forma ¡tan reveladora!  de furiosos choques armados entre ellos mismos. Lo que deja a cualquiera estupefacto es que aquella alianza de golpistas, totalitarios y racistas (pues los separatismos vasco y catalán se basaban en un racismo no por estrafalario menos dañino) haya querido pasar por democrático y engañado a tanta gente. Este absurdo distorsiona de principio la mayoría de los análisis de aquella contienda y de sus consecuencias, y distorsiona  también la política actual.

Claro que los vencedores tampoco eran demócratas. Pero es que la democracia no jugó ningún papel en aquella guerra. Lo que tenía de democrática la caótica república fue herido por la insurrección izquierdista de octubre del 34, y rematado por las fraudulentas elecciones de febrero del 36 y el violento proceso revolucionario que siguió. Por esta razón, los nacionales que se alzaron contra dicho proceso no creían en una democracia liberal que había desembocado en el desastre y que estaba en crisis en toda Europa. Las razones de la contienda no fueron una democracia ya destrozada  por izquierdas y separatistas, sino los valores más fundamentales de la supervivencia de la nación española y de la cultura cristiana, raíz también de la cultura europea.

Lo que terminó aquel día tan señalado fue un largo proceso de desintegración social y nacional  comenzado con la crisis  subsiguiente al “Desastre” del 98, marcada por un desatado terrorismo anarquista, agitaciones y huelgas revolucionarias y provocaciones secesionistas que derrumbaron el régimen liberal de la Restauración. La breve dictadura de Primo de Rivera contuvo tales derivas, pero a continuación la II República elevó a un nivel más alto el frenesí  político. El mismo Azaña caracterizó a sus partidos como “incompetentes, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”; otros eran simplemente totalitarios, hasta empujar a la mitad de la sociedad a someterse a un despotismo nunca visto, o rebelarse. Hubo rebelión y finalmente victoria en una difícil lucha.

Y lo que empezó ese 1 de abril fue la paz más larga que haya vivido España en varios siglos, hasta hoy mismo, aunque perturbada por  el terrorismo comunista del maquis y el separatista de la ETA y otros, añorantes del aquel Frente Popular felizmente vencido.

No fue una paz estéril, pues con el nuevo régimen España se remozó de arriba abajo, superando las taras de la miseria, el analfabetismo y graves desigualdades sociales y regionales, características de la época anterior. España pudo eludir la guerra mundial,  deseada por los vencidos y que habría multiplicado las víctimas y los destrozos. El régimen llamado franquismo supo vencer al intento comunista de volver a la guerra civil mediante el maquis.  Supo derrotar el criminal intento de hambrear masivamente a los españoles propiciado por Moscú, Londres, Washington y otros por medio del aislamiento  internacional. En Años de hierro he tratado con una óptica más objetiva  los difíciles años de la posguerra.

En fin, los vencedores del 1 de abril supieron reconstruir el país sin ayudas como las que beneficiaron a Inglaterra, Francia o Alemania,  y luego alcanzar una de las cotas de desarrollo más altas del mundo,  poniendo en pie una economía próspera y sana con muy poca deuda y desempleo. Supieron defender la soberanía nacional contra viento y marea y dejar un país libre de los odios brutales de la república, políticamente moderado y más culto que nunca antes (o después, si vamos a eso).  Supieron, en fin, crear condiciones para una democracia viable, no convulsa o caótica, y organizar el tránsito a ella sin graves traumas…  Son verdaderas hazañas históricas que devolvieron a España la confianza en sí misma después de tantos años de autodenigración e ineptitud. No voy a extenderme, porque ya lo he hecho en el libro Los mitos del franquismo, que puede leer quien tenga interés.

Pues bien, hoy es el día en que unos políticos que se consideran herederos de los vencidos en la guerra o ajenos a los vencedores, tratan de destruir todo lo construido,  mintiendo, calumniando y amenazando a la nación; partidos cuyas señas de identidad son la corrupción, la demagogia, la hispanofobia, el terrorismo o la colaboración con él,  y una violencia mal contenida por ahora. Con la misma naturalidad que los del Frente Popular se proclaman demócratas, cuando en realidad son más bien parásitos de una democracia que no les debe nada. Este uno de abril debe ser la ocasión para reflexionar sobre el mal camino, la degradación a la que llevan tales partidos y políticos a la nación y la democracia.

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Cinco destinos políticos

Blog I. Terror islámico y multiculturalismo, o la UE contra Europa: http://gaceta.es/pio-moa/terror-islamico-multiculturalismo-o-ue-europa-26032016-2054

**Gibraltar no es un problema secundario: https://www.youtube.com/watch?v=XbIy4H_Jy2E

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He dedicado uno de los capítulos de La transición de cristal al destino de sus principales protagonistas, Fraga, Torcuato, Suárez, González, Carrillo y el rey. Hablaré aquí de los cinco primeros, cuya llamativa carrera político-personal podría dar lugar a meditaciones sobre el poder, aunque sea difícil extraer de ahí conclusiones claras. Resumiendo mucho, cabe decir que ninguno de los cinco ha tenido un final feliz.

Fraga Iribarne aparecía al comienzo como el principal impulsor de la evolución del franquismo a la democracia. Era de los poquísimos que se habían molestado en estudiar las dificultades del proceso y en trazarle una orientación viable. Además, en sus meses de ministro con Arias logró doblegar las presiones desestabilizadoras de la oposición rupturista. Su fracaso no vino de esa oposición, sino de más arriba, de Juan Carlos y de Torcuato Fernández-Miranda, quienes preferían una transición del rey y no de Fraga. Posteriormente, Fraga sacó conclusiones dudosas de su primer semifracaso electoral y optó por una línea cada vez más oportunista y similar a la de Suárez, para finalmente perder relevancia y quedar en mero político regional. Su centrismo en Galicia ha facilitado allí una dinámica, antes inexistente, de auge de los separatismos y de la izquierda, y de polarización social.

Peor le fue a Torcuato Fernández-Miranda. Este fue quien realmente diseñó la reforma del rey, utilizando como instrumento a Suárez (ni este ni Juan Carlos tenían conocimientos ni capacidad intelectual para planear un proceso de tal trascendencia). Torcuato, al revés que Fraga, prefirió quedar en segundo plano, intrigó contra Arias y contra Fraga, confundió a Areilza, sacó adelante a Suárez como jefe del gobierno, trazó un proyecto relativamente sencillo que llevaba a una Constitución e hizo la labor clave como presidente de las Cortes. Partía del concepto realista de que solo una oposición consciente de su debilidad aceptaría la democracia planteada. Su mayor triunfo, cuyos laureles cosechó Suárez, fue el referéndum de diciembre de 1976, que puso de relieve la debilidad tanto del búnker como de los rupturistas. Pero a partir de ahí todo se le fue de las manos. Suárez, que tanto le debía, prescindió de él, y pronto llegó la ruptura. Disconforme con la nueva política y la Constitución, murió relegado y lleno de pesadumbre, según algunos testimonios. Suárez ni siquiera se presentó a su funeral.

Suárez apareció ante la opinión como el verdadero autor de la reforma y, quizá por hacer olvidar su pasado, favoreció la demagogia antifranquista de la izquierda y las aspiraciones de los nacionalistas-separatistas. Ayuno de cultura histórica y de criterio político a medio plazo, su oportunismo le llevó a crear una situación muy grave en España, en medio de una crisis económica profunda y de un terrorismo salvaje. Se indispuso con todos los sectores sociales, de derecha y de izquierda, y con Usa, creó las condiciones para el golpe del 23-F y, “completamente desprestigiado”, en sus propias palabras, dimitió. Su errática orientación llevó a una crisis terminal a la UCD, a la cual remató para construir un nuevo partido, el CDS, de concepción un tanto cesarista, con incondicionales a su persona. Este partido fracasaría a su vez, y solo la experiencia del PSOE en el poder y una reacción popular sentimental por sus desgracias personales y

Felipe González recordaba a Suárez, por político ligero, poco culto, aunque simpático y buen regateador en corto. Saltó a la palestra con un discurso radical que nadie tomó en serio y con ayudas masivas, nacionales e internacionales, pues su partido era insignificante a la muerte de Franco. Marginó un tanto el marxismo y, en el poder, moderó su demagogia. Pero no sustituyó el marxismo por un pensamiento democrático, sino por una amalgama de demagogias inconsistentes. Aunque logró remontar en parte la crisis económica (siempre con un paro desmesurado), su gobierno vino signado por una corrupción galopante, la mezcla de negociaciones y terrorismo de gobierno en relación con la ETA, la expansión sin precedentes del estado y el desarrollo de los aspectos más peligrosos larvados en la Constitución. Tras un largo período de gobierno, al final rompió con su alter ego, Alfonso Guerra, perdió las elecciones y eludió por poco la cárcel, que sufrieron algunos de sus colaboradores próximos. Luego se dedicó a sus negocios privados en un entorno de poderosos capitalistas internacionales.

El destino de Carrillo no es menos revelador. La trayectoria del PCE como única oposición real y continuada al franquismo sirvió, irónicamente, para provocar un vuelco general en apoyo del PSOE, visto como valladar para los comunistas. Ante el peligro de no ser legalizado, Carrillo extremó su moderación y acatamiento a la reforma: sí a la bandera nacional, a la monarquía, a la economía de mercado, etc.; y exhibió un distanciamiento de la URSS. Fue legalizado a tiempo, pero cosechó menos votos de los esperados, y sus intentos de falsear su biografía –desde la transición se han prodigado, a derecha e izquierda, tales falsificaciones– naufragaron ante el famoso libro de Jorge Semprún. Ahí comenzó su crisis política, que no hizo sino profundizarse hasta terminar en su expulsión del partido al que había dedicado toda su vida. Quedó luego como una figura inocua, a la que daban proyección derechas e izquierdas, fue olvidando su moderación y en 2005 recibió un turbio homenaje mezclado con la retirada, con nocturnidad y alevosía, de una estatua de Franco. “No era la sentencia de muerte del Caudillo que el viejo comunista habría querido firmar, pero no dejaba de ser un premio de consolación”.

(En LD, 2011-01-12

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