Entrevista: Mitos, revisionismo, Preston, Payne, pobreza académica…

Gibraltar define muchas cosas: la hostilidad de Inglaterra, la verdadera posición internacional de España, la calidad de las clases políticas españolas… En “Cita con la Historia”, Cadena Ibérica, FM 91.9 O aquí: https://www.youtube.com/watch?v=XbIy4H_Jy2E

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Entrevista con Federico Sesia: http://www.identitanazionale.it/Sesia_Moa.pdf

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Período de segundas invasiones (II) El islam llega a Europa

Blog I. Los refugiados y la decadencia moral de Europa: http://gaceta.es/pio-moa/los-refugiados-decadencia-moral-europa-19032016-1016   

** **Este domingo en “Cita con la Historia” analizaremos la conducta de la clase política española en relación con Gibraltar, la importancia extraordinaria del problema pese al intento de ocultarlo, y el hecho de que un país que mantiene la permanente injuria de una colonia en otro no puede considerarse amigo. www.citaconlahistoria.es  También en YouTube, podcast, etc.  

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Arabia estaba rodeada, por el norte, por dos poderosos imperios civilizados, el romano de Oriente o bizantino, y  el persa sasánida. El primero estaba casi totalmente cristianizado y el segundo solo en débiles minorías oprimidas. Su religión era el zoroastrismo, algunos de cuyos rasgos influirían en el judaísmo y a través de él en el cristianismo.  Los sasánidas,  habían derrocado  en el siglo III a los partos, que tantos problemas habían causado a Roma, e instaurado una dinastía  nueva, que heredó la tradicional enemistad con Roma. Tanto partos como sasánidas representaban a poblaciones de tipo indoeuropeo (la palabra Irán significa “tierra de arios”)  que dominaban a otras poblaciones. Los sasánidas desarrollaron una brillante civilización cuya joya mayor fue probablemente la academia de Gundishapur, acaso el mayor foco intelectual del mundo en su tiempo, que recogía la herencia filosófica y científica griega e india y una avanzada medicina.Irán se beneficiaba cultural y comercialmente de su posición intermedia entre la civilización grecolatina y la india, con fuerte relación también con China a través de la Ruta de la Seda; y al mismo tiempo ejerció influencia en las dos direcciones. A su vez, el Imperio izantino había recuperado bajo Justiniano, en el siglo VI,  partes sustanciales del Imperio de Occidente en el Mediterráneo, pero las guerras con los sasánidas le habían puesto  en grave peligro, del que se habían recuperado poco antes de que los árabes interviniesen.

    La península árabe  era muy mayoritariamente un desierto salpicado de oasis y pequeñas ciudades, con una población escasa  y dividida en tribus que hasta entonces solían estar en reyerta entre ellas. Pero de pronto, más o menos unificadas bajo la nueva religión, y tras una breve crisis sucesoria a la muerte de Mahoma, adquirieron un explosivo empuje.Tan pronto unificaron Arabia, los seguidores de Mahoma emprendieron la guerra santa  contra los dos imperios del norte. Ocuparon enseguida las tierras bizantinas cristianas de Palestina y Siria, y pronto Damasco y Jerusalén, ciudades de enorme contenido simbólico, en particular la segunda para cristianos y judíos; y desde entonces también para los musulmanes. Simultáneamente embistieron a los sasánidas, a quienes aplastaron en unas pocas batallas decisivas, poniendo fin a su imperio. El acoso a los bizantinos prosiguió, arrebatándoles todas sus posesiones asiáticas excepto la mayor parte de Asia Menor, así como Egipto y otras partes del norte de África. Para mediados del siglo VII,  apenas veinte años después de la muerte de Mahoma, el mapa político y religioso de Oriente Próximo y  norte de África había cambiado de modo radical. Y en unos decenios más el poder musulán se extendería desde el Magreb a la India y Asia central.

    Tanto el imperio sasánida como el bizantino eran potencias  demográfica,  técnica, económica y culturalmente muy por encima de las tribus del desierto árabe, y sin embargo no lograron resistir al ímpetu de estas. Se han atribuido estas conquistas, de aparente facilidad, al debilitamiento de bizantinos y persas en una serie de guerras previas entre ellos, pero la explicación no basta para entender  unas victorias tan enormes y a menudo en gran inferioridad de fuerzas. Naturalmente, los musulmanes vieron en ellas la especial protección de Alá. Lo constatable es que disponían de excelentes jefes militares, de tropas muy fanatizadas y de tácticas de caballería ligera  que se demostraron muy efectivas.

    Las conquistas árabes arrasaron la brillante civilización sasánida masacraron ciudades enteras, destruyeron la academia de Gundichapur y quemaron su magnífica biblioteca. Lo mismo harían con la de Alejandría, que ya había sufrido incendios anteriores y no volvería a funcionar como foco de cultura. Sin embargo, pasada una primera época de devastación, los musulmanes comenzaron a asimilar parte de la cultura y la técnica de las poblaciones sometidas y desarrollar una cultura ecléctica  de gran importancia.

    A principios del siglo VIII, los árabes ya habían conquistado todo el norte de África incluido el Magreb, habían convertido a gran número de bereberes y se disponían a continuar por Europa su triunfal carrera.  La ocasión era propicia porque  España pasaba por una aguda crisis  en todos los terrenos. En los decenios anteriores el estado hispano-godo se había  centralizado más y se había robustecido aplicando el principio de monarquía hereditaria en lugar de electoral, aunque  sin éxito definitivo. El año 700 falleció el rey Witiza, a quien debía suceder un hijo suyo de corta edad. Entonces la nobleza volvió al principio electoral y nombró rey  a Rodrigo o Roderico.  Por entonces el estado hispano-godo soportaba una profunda crisis. En los decenios anteriores se había robustecido y centralizado considerablemente el aparato estatal, pero una sucesión de pestes y sequías había debilitado demográfica e institucionalmente al país, y en lo más alto de la jerarquía rivalizaban por el poder witizanos y rodriguistas. Probablemente los primeros invitaron a los musulmanes (en este caso bereberes)  a ayudarles para derrocar a su rival, y el resultado fue la batalla de la Janda o Guadalete, donde Rodrigo fue derrotado, en 711. Los musulmanes, advirtiendo la debilidad en que quedaba el estado español, avanzaron rápidamente y se adueñaron del país en cinco años.  

   La aparente facilidad con que cayó el estado probablemente más sólido de Europa occidental por entonces, ha dado lugar a mil lucubraciones fantasiosas, que he tratado en Nueva historia de España. Pero los datos antes citados y los precedentes de la expansión islámica explican de modo  suficiente la “pérdida de España”, como la definía la Crónica Mozárabe  pocos años después.

     La ocupación de España se hizo, como en otros lugares y como habían hecho los romanos, combinando la acción militar decisiva con acuerdos y concesiones con poderes locales impresionados y apoyo de los descontentos grupos judíos. España pasaría pronto a llamarse Al Ándalus, un cambio de nombre que entrañaba una decisiva transformación desde una cultura cristiana y europea a otra islámica y africano-oriental, como ocurriría en casi todos los países donde se habían impuesto los árabes.  Una transformación semejante a la ocasionada por las conquistas romanas, y que amenazaba igualmente al resto de Europa en una segunda oleada de invasiones.  Sin embargo, tan pronto como en 718 empezaron las primeras rebeliones en Asturias y cuatro años más tarde rebeldes locales con un caudillo godo, D. Pelayo  destruían  en Covadonga una expedición de castigo  musulmana, inicíándo así un muy lento proceso histórico de la mayor trascendencia, que sería llamado adecuadamente Reconquista.

    Los árabes continuaron su marcha triunfal atacando a los reinos francos. Conquistaron el sureste y durante años saquearon  extensos territorios  hasta el centro del país, obteniendo acuerdos de nobles locales, como en España. En 732 los francos unieron fuerzas bajo el caudillaje de Carlos, más tarde llamado Martel (Martillo) y lograron derrotar a los musulmanes en Poitiers. Carlos era el gobernador de facto (“mayordomo de palacio”) del reino franco de Austrasia, al que hizo hegemónico sobre los demás. Explotando la victoria de Poitiers expulsó a los árabes de casi todo el país, salvo la región de Narbona, y  castigó duramente  a los nobles que habían pactado con los invasores. En adelante, los musulmanes no volverían a intentar adueñarse de Francia, sobre todo porque el intento de  frenar la Reconquista en España absorbería sus energías.  La batalla de Poitiers es reconocida mayoritariamente como decisiva para la historia posterior de Europa occidental, pero probablemente no lo fue menos la de Covadonga.

Aun así, los árabes no cesarían de hostigar a Sicilia hasta conquistarla por completo mucho más tarde, y saquearon  Roma en 846,  causando graves destrucciones y mortandad.  Las invasiones musulmanas crearon en el Mediterráneo una situación nueva, nunca vista desde más de un milenio antes, rompiendo la relación comercial y cultural entre las orillas norte y sur, como ha explicado Pirenne.

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Segundo período de invasiones en Europa. Islam y cristianismo

 Blog I. Píldoras a diestra y siniestra: http://gaceta.es/pio-moa/pildoras-diestra-siniestra-18032016-1925

**Este domingo en “Cita con la Historia” analizaremos la conducta de la clase política española en relación con Gibraltar, la importancia extraordinaria del problema pese al intento de ocultarlo, y el hecho de que un país que mantiene la permanente injuria de una colonia en otro no puede considerarse amigo. www.citaconlahistoria.es  También en YouTube, podcast, etc.  

** Los héroes de Podemos definen una realidad política más amplia: http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-03-05/involucion-permanente-el-debate-de-investidura-98373.html

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(En tuíter PioMoa1:)

*”Es inteligente –pensaba Iván– Hay que reconocer que entre los intelectuales también se encuentra gente con cerebro. No hay duda”

*Que la oposición al franquismo haya sido casi siempre comunista o terrorista habla mucho a favor del franquismo.

*Que la oposición demoliberal al franquismo haya sido prácticamente nula habla mucho en favor de los demoliberales.

*Parodiando al Dr. Johnson diríamos que el antifranquismo es el último refugio de los canallas.

*La alternativa a Trump no es alternativa. ¡Qué bestia…!: http://www.bing.com/videos/search?

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Mientras por el oeste europeo ocurrían los fenómenos de destrucción, reconstrucción y renovación, algunos de cuyos aspectos principales hemos señalado, a  miles de kilómetros de allí  en las ignoradas profundidades del desierto arábigo, ocurrían sucesos que iban a repercutir muy pronto sobre Europa y seguirían haciéndolo  hasta hoy.

    En 610,  Mahoma (Muhammad), un rico comerciante árabe probablemente analfabeto, que había viajado hasta Siria  por las rutas caravaneras, tuvo cerca de La Meca una visión del ángel Gabriel, que le comunico haber sido elegido por Dios como el profeta definitivo, después de Abraham, Moisés y Jesús. El ángel  le transmitió la palabra de Dios (Alá o Allah), que debía memorizar en versículos para enseñarla a los demás. Las revelacionesconstituían la palabra de Dios (Alá o Allah), escritas después de su muerte en el Corán (Recitación). Por haber sido transmitida en árabe hacían sagrada esa lengua. Complemento del Corán serían la Sunna (normas de conducta) y los jadices, que recogían dichos y  hechos atribuidos a Mahoma, suponiendo que después de su revelación, no habría cometido pecado o error en su vida.

    La doctrina mahometana establece seis “pilares de la fe”: creencia en Dios, en los ángelesen el Corán, en los profetas, en la resurrección con juicio final y en la predestinación. Esta  última no impedía que el hombre pudiera elegir entre el bien y el mal y sea responsable de sus actos, aunque será Alá, con capacidad para transformar el mal en bien, quien decida su salvación o su condena, haciendo algún caso de las súplicas de Mahoma. Y la fe  demanda cinco manifestaciones: el credo  expresado en oraciones con la fórmula “No hay más Dios que Alá y Mahoma es  su mayor profeta”, la peregrinación a La Meca al menos una vez en la vida, el ayuno de ramadán y la limosna a los pobres. Quienes sigan la doctrina entran en la umma, comunidad de creyentes,  o islam (sumisión a la palabra de Dios).

   También exige la fe una actitud de lucha o esfuerzo (yijad) dirigida tanto al interior personal, contra la inclinación a seguir al diablo, como contra los infieles (guerra santa). Por ello el mundo queda dividido en dos partes:  Dar al Islam, casa (territorio o counidad) de la sumisión a Alá, y Dar al Jarb o “casa de la guerra”, los territorios y grupos no musulmanes. Con el tiempo, el  islam debería  extenderse sobre toda la humanidad por un medio u otro.

    Junto con la fe está la sharia, la ley islámica, más interpretable, que marca al creyente las obligaciones para alcanzar el buen fin en este mundo y en el otro. La sharia abarca todos los aspectos de la vida: religiosos, políticos, culturales, higiénicos, económicos, sexuales, familiares, nutricionales, etc. Es una ley invariable, por encima de las leyes comunes, cambiantes por naturaleza. La principal prohibición del islam es el politeísmo, cuyas manifestaciones incluirían las imágenes o estatuas, o  las súplicas a profetas  y santos. Por ello, y por el concepto de la Trinidad, los musulmanes solían tachar de politeístas a los cristianos, los cuales, al igual que los judíos, habrían deformado o malinterpretado las enseñanzas contenidas en la Biblia.

      Mahoma reclutó un grupo de seguidores  formó un grupo de fieles que fueron rechazados  por otros árabes politeístas en La Meca. Por ello Mahoma se trasladó  (Hégira) a Medina el año 622, a partir del cual se numeran los años en el calendario islámico. Desde Medina, los seguidores de Mahoma hostigaron a La Meca, y después de diversas  pequeñas batallas,  en 630  Mahoma conquistó La Meca, mandando degollar  los que habían apostatado de sus enseñanzas o le habían insultado. A partir de ahí, en solo dos años se impuso sobre las demás tribus de Arabia, muriendo en 632, con 63 años de edad.     

   Hay algunas semejanzas entre Mahoma y Moisés, pues ambos fueron líderes religiosos, políticos y guerreros (Moisés no fue lo último directamente, pero sentó las bases para la conquista de Canaán), mientras que Jesús se limitó al terreno religioso. Jesús, además, no se proclamó profeta sino  mesías Hijo de Dios y personificación humana de Dios mismo, que con su vida, pasión y resurrección “borra los pecados del mundo” o abre el camino a una vida humana no determinada por el pecado original. Por otra parte, las biografías de Jesús y de Mahoma son prácticamente opuestas. Jesús permaneció casto y propugnó la monogamia y la estricta fidelidad conyugal, mientras que Mahoma practicó y autorizó la poligamia, y llegó a casarse con una niña de nueve años. Frente al fracaso mundano de Jesús, asumido sin resistencia, Mahoma fue un mercader y guerrero triunfador, y su predicación durante 23 años vino señalada por combates y sangrientas venganzas.  A su vez, cristianismo  e islamismo coincidían en su aspiración universalista, en lo que diferían del judaísmo, centrado en un solo pueblo.

   Las minuciosas prescripciones de la sharia para todos los aspectos de la vida corriente tienen un precedente en las normas judías, pero no existen, o solo muy atenuadamente, en las cristianas. El cristianismo daba, en principio, mayor importancia a la actitud y el espíritu y menor a las reglas o fórmulas: “Quien ama al prójimo ha cumplido toda la ley”; o, según San Agustín, “ama y haz lo que quieras”. En la práctica ese amor podía volverse harto asfixiante, pero también dejaba mucho más campo a la iniciativa personal y a la especulación teórica. El concepto del musulmán de predestinación y sumisión a la voluntad de Dios difiere considerablemente  del cristiano católico, en quien el libre albedrío, y por tanto la libertad personal, adquieren una dimensión superior. El islam tampoco diferencia entre el poder religioso y el político, como sí lo hace en el cristianismo. Ni existe  en el cristianismo un concepto como el de yijad, fundamental en la expansión del islam. La concepción del cielo y el premio a los buenos también varía de modo fundamental: algunos judíos no creían en tal cosa, y el paraíso islámico (Yanna)  resulta excesivamente material y carnal para la sensibilidad cristiana: un mundo sin fin de placeres de todo tipo, en especial sexuales “cientos de veces más intensos que los terrenales”. El cielo cristiano es mucho más indeterminado y fundamentalmente espiritual.      

   Y encontramos otra fundamental  diferencia histórica en la expansión de ambas doctrinas. La del cristianismo fue muy lenta durante tres siglos y en ningún momento bélica.La del islam fue realmente vertiginosa y bélica más que cualquier otro movimiento histórico hasta entonces.

  Como dijimos, Jesús no dejó un cuerpo de doctrina  más allá de una interpretación  particular y condensada de la Biblia, que entre otras cosas excluía la reglamentación sistemática de la vida humana (“el sábado para el hombre y no el hombre para el sábado”, etc.). Por el contrario el islam ofrecía una doctrina acabada, con reglas de vida minuciosas, semejantes a las judías, junto con un conjunto de obligaciones  básicas sencillas y definitorias. Probablemente esa mezcla de sencillez  y minuciosidad  dé al mahometismo  su fuerza, bien clara, por ejemplo, en la extrema dificultad  de que una población cristiana o de otra religión, una vez adoptado el islam, retorne a las creencias anteriores. España es probablemente la única excepción a gran escala.

 El islam tampoco ha experimentado nunca, salvo en momentos pasajeros, la fuerte tensión entre  razón y fe ni  la diferenciación entre política y religión, tan características del catolicismo. Hay que decir también que dicha doble dialéctica quedaría muy atenuada en el imperio bizantino, propiamente más oriental que europeo, y a pesar de haber conservado la herencia griega en mayor medida que la Europa occidental. Pero era una herencia ya un tanto anquilosada.

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Homosexualismo y pederastia

Blog I. La improbable conexión de la CIA en el asesinato de Carrero. http://gaceta.es/pio-moa/improbable-conexion-cia-asesinato-carrero-17032016-1005

**Próximo domingo en “Cita con la Historia”, Cadena Ibérica, FM 91.9: Gibraltar y la clase política española. www.citaconlahistoria.es

**El antifranquismo no es democracia sino el cáncer de la democracia: Los mitos del franquismo.

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Alguien tenía que decirlo

Bertone tiene razón

Ramón Pi

El cardenal Bertone dijo en Chile que el problema de los sacerdotes y religiosos pederastas no es el celibato, sino la homosexualidad. Instantáneamente, en todo el mundo los lobbies homosexuales, coreados por los políticamente correctos, montaron en cólera y lo cubrieron de insultos. Pero Bertone dijo lo que alguien tenía que decir, y ahora alguien tiene que decir que el cardenal tiene toda, todita la razón.

Que no existe relación entre pederastia y celibato ya no lo discute nadie, a la vista de la evidencia de los casados acosadores de menores y de la aplastante mayoría de célibes que no acosan a nadie. Lo que ha escocido al submundo gay, lesbiano y mediopensionista ha sido lo de la homosexualidad. Con lo contentos que estaban crucificando a la Iglesia católica por los curas pederastas, y resulta que ahora con su actitud se están disparando a sus propios pies. Tiene que ser duro encontrarse de golpe con el corazón partío: por un lado, para atizar a la Iglesia han de condenar la pederastia; pero, por otro, han de renegar de toda la impresionante tradición homosexual de reclamar su legalización.

Es evidente que no todos los homosexuales, ni siquiera la mayoría, son pederastas, como tampoco lo son los heterosexuales. Pero no es menos cierto en cambio que, entre los pederastas, la proporción de homosexuales es clamorosamente mayor que la de heterosexuales.

Veamos: Archives of Sexual behavior (Archivos de Comportamiento Sexual), octubre 2000, p. 464: entre los varones adultos que sienten atracción hacia personas adultas, el 2-4% prefiere a los varones. Por otro lado, entre los varones adultos que sienten atracción hacia niños, el 25-40% prefiere varones. Esto significa que la tasa de atracción homosexual entre los pederastas es entre 6 y 20 veces superior.

Y también en Archives of Sexual Behavior, febrero 1986, p. 83: De hecho, un amplio porcentaje de pedófilos se consideran a sí mismos homosexuales. Un estudio con 229 convictos de acoso sexual a menores mostró que el 86% de acosadores de niños varones se calificaron como homosexuales o bisexuales.

De acuerdo con esto, es lógico que los homosexuales que desean sexo con menores busquen empleos que los relacionen con el mayor número posible de ellos; y los sitios más “idóneos” en este sentido son los de curas trabajando con niños o adolescentes, monitores de actividades juveniles o maestros de escuela, por citar casos patentes. Esta es la razón de que en los casos acreditados de acoso sexual maestro-alumno, por ejemplo, los maestros homosexuales sean clara mayoría. Un estudio en todo Estados Unidos mostró que los directores de colegios recibieron 13 veces más denuncias sobre acoso de alumnos por maestros homosexuales que por heterosexuales (J. Dressler, Rutgers/Camden Law Journal, 1978, 9 (3), pp. 399-445).

Pero lo que peor habrá sentado a los que ahora truenan contra el cardenal Bertone, la Iglesia y el Papa de Roma es que no pueden borrar de Internet las abundantísimas citas de organizaciones homosexuales reclamando que se legalice la pederastia y ensalzando lo que llaman el “amor hombre-muchacho”. He aquí un editorial de la publicación gay San Francisco Sentinel, miembro de la National Lesbian & Gay Journalist’s Association, del 26 de marzo de 1992: “El amor entre hombres y muchachos está en los cimientos de la homosexualidad. Para la comunidad gay, suponer que el amor efébico no es amor homosexual es ridículo. No debemos creernos la desinformación de la prensa y el gobierno. El acoso a menores ocurre, pero también hay relaciones sexuales positivas. Y necesitamos dar nuestro apoyo a los hombres y los muchachos en estas relaciones”. Es sólo un botón de muestra entre cientos, y alguien tenía que decirlo.

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Invasiones y monasterios (y II)

Blog I. Puntos oscuros en el análisis del 11-m:  http://gaceta.es/pio-moa/aspectos-politicos-oscuros-11-m-15032016-1303

**Los martes, sobre las 10,30, en Cadena Ibérica (FM 91.9) iremos tratando aspectos diversos del libro Los mitos del franquismo.

   **En la misma cadena, “Cita con la Historia”, que sale además en YouTube, podcast (ivoox e itunes) y en www.citaconlahistoria.es 

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Los finales del siglo V fueron sumamente turbulentos, pero poco a poco tomaron forma en Europa occidental nuevos reinos bárbaros algo más firmes y de evolución muy diferente. En Gran Bretaña, las tropas romanas habían sido retiradas a  principios del sivlo V, dejándola indefensa ante las invasiones. Los anglos, sajones y jutos fueron ocupando progresivamente gran parte de la isla, venciendo la resistencia de los celtas romanizados. Muchos de estos huyeron a la futura Bretaña francesa y a Galicia. De estas luchas quedaron las leyendas del rey Arturo, un posible rey celta  que habría vencido por un tiempo a los agresores germanos; siglos más tarde, esa leyenda daría lugar a todo un género literario de notable  influencia en la historia cultural europea.  El resultado de la invasión fue la formación de siete  u ocho reinos germánicos en lucha entre sí, una situación que duraría varios siglos.

   En la futura Francia se impusieron los francos desplazando a los visigodos hacia  Hispania. Su rey Meroveo fundó una dinastía y su segundo sucesor, Clodoveo fue el primer rey bárbaro que  se convirtió al catolicismo, en 496 y con él el pueblo franco, ganándose así la lealtad de la masa de población galorromana y la gratitud del Papado, que titularía a Francia hija primogénita de la Iglesia. No obstante, la conversión no mejoró las costumbres de la oligarquía franca, cuya conducta incluso empeoró,  contagiando a la Iglesia su depravación. Clodoveo fundó un reino muy extenso con la mayor parte de las Galias y zonas de Germania entre finales del siglo V y principios del VI, para dividirlo a su muerte, a principios del siglo VI, entre sus tres hijos, originando tres nuevos reinos en continua querella entre sí. El reino no se repondría hasta mediados del siglo VII con una dinastía en plena decadencia.  

   Italia fue ocupada por los ostrogodos, cuya oligarquía asimiló buena parte de la cultura de los vencidos. Su rey Teodorico el Grande, muy latinizado, derrotó en 493  a Odoacro, que diecisiete años antes había depuesto a Rómulo Augústulo, último emperador. Creó un pequeño imperio por toda la península y al otro lado del Adriático, bajo la autoridad nominal de Constantinopla. Como pasó con Clodoveo, aunque por otras razones, el reino entró en descomposición a la muerte de Teodorico, y los bizantinos aprovecharon la oportunidad para  intervenir,  dirigidos por su general más brillante, Belisario, que ya había destruido el reino vándalo. Para mediados del siglo VI, los bizantinos se habían impuesto en Italia,  pero otro pueblo germánico, el lombardo, los expulsaría de gran parte de la península pocos años más tarde. No obstante estas guerras continuas y ruinosas,  Italia permanecería como  el país más culto de Occidente; pero no recobraría su unidad política hasta mil trescientos años después.

   Tras la invasión de Hispania por suevos, vándalos y alanos, los visigodos expulsaron a vándalos y alanos, y más tarde derrotaron a los suevos y acosaron a los bizantinos. Así como en  Inglaterra e Italia, en gran medida Francia, la tendencia dominante fue a la disgregación, en Hispania o Spania, los visigodos demostraron una perseverante voluntad unificadora, sobre todo a partir del Leovigildo (rey entre 572 y 586). El hijo de este, Recaredo,  abandonó el arrianismo y se convirtió al catolicismo, creando una situación política nueva: los godos, hasta entonces un pueblo que había errado desde Suecia por el este y sur de Europa, se identificaron con el territorio hispano. Si entendemos por nación una comunidad cultural bastante homogénea con un estado propio, España fue la primera nación de Europa, en rivalidad si acaso con Francia. Era también, después de Italia,  el país más culto y rico de Europa Occidental, dentro de la pobreza y decaimiento generales, y el más avanzado políticamente.    

   Los invasores reinos germánicos mandaban sobre sociedades culturalmente superiores, con las que no se identificaban y a las que no sabían gobernar con eficacia. Sus oligarquías se guiaban por las viejas costumbres al paso que se corrompían por la adquisición de un poder y unos lujos  a los que no estaban acostumbrados. De ahí pudo haber derivado una catástrofe todavía más profunda y duradera, si no fuera porque la población dominada, aun diezmada, ruralizada y empobrecida, mantuvo un grado considerable de organización propia: la estructura eclesiástica, heredada de  la última etapa del Imperio, con sus obispados de los que dependían numerosos sacerdotes y diáconos, y los monasterios, que iba a cobrar relevancia decisiva.

    Pues  fue la estructura eclesiástica la que permitió salvar en gran parte la cultura superior grecolatina en literatura, pensamiento, artes plásticas y música. Probablemente solo los clérigos y muy pocos más sabían por entonces leer y escribir, y se empeñaron en difundir sus saberes. Suele llamarse a estos siglos “Edad oscura” pero  no lo fue en absoluto. Más bien cabría definirlos como los de formación y composición de la civilización europea, tarea desarrollada por la Iglesia, rescatando en lo posible el legado clásico. Desestimar su esfuerzo, ímprobo y muy fructífero en circunstancias tan arduas, revela una petulancia  ridícula, pero muy extendida.

    Desde el primer momento emprendió la Iglesia una labor misionera, cuyo mayor éxito inicial fue la conversión de los francos y, ya antes y fuera de los confines del imperio, la  de Irlanda, obra de San Patricio y otros. La conversión de Irlanda creó una fuerte tradición monástica, y sus conventos acogían a estudiantes y estudiosos de lugares remotos,  hasta de Egipto. Los monjes irlandeses extendieron el cristianismo  por Escocia e Inglaterra, llegaron probablemente a Islandia y fundaron monasterios por Francia, Suiza e Italia en el siglo VI. Su labor tuvo valor extraordinario contribuyendo a civilizar a los anglosajones y a reformar la degradada Iglesia franca.

   Siendo harto áspera la regla de los irlandeses,  surgió en Italia un monaquismo más suave, creado por San Benito de Nursia, quien fundó hacia 530 el monasterio de Montecasino, centro de la prodigiosa expansión de la orden llamada benedictina en honor al fundador[1].  Benito  elaboró una regla para los monjes basada en cuatro principios: moderación en comida,  bebida y sueño, sin sacrificios excesivos; silencio y gravedad en la expresión; renuncia al mundo y a la posesión de bienes; y cultivo de la bondad evangélica hacia los humildes. Siguiendo la divisa ora et labora, dividió la jornada en tres partes de ocho horas:  oración, que ritmaban la jornada; trabajo manual,  estudio y obras de caridad; y sueño. La regla no admitía distinción entre monjes de procedencia noble o adinerada y de origen humilde, incluso servil.

   La regla de San Benito es sin duda uno de los documentos clave en la formación de la cultura europea. Inspiró  pronto la creación de decenas y cientos de monasterios dentro y fuera de Italia. Los monasterios obraban como unidades de un ejército espiritual y desempeñarían un papel decisivo en la cristianización  y civilización de los reinos bárbaros; su influencia llega hasta el día de hoy, siendo aún hoy la orden religiosa con más centros expandidos por el mundo.  A ellos afluían personas de muy diversa condición social deseosas de seguir el consejo evangélico de dejarlo todo para seguir a Jesús;  y también otros que no encontraban mejor salida en tiempos tan calamitosos e inciertos. La vida monástica implicaba una disciplina rigurosa  y a menudo serios peligros en tierras paganas. Para consagrar todas sus energías a su labor, los monjes hacían votos de pobreza, castidad y obediencia.

   La difusión del monacato iba ligada a numerosas leyendas, milagros y supersticiones, a veces abusos sobre los campesinos y querellas con los señores, pero en conjunto cambió el panorama europeo con una profundidad imposible de exagerar. Una de sus principales tareas,  ya desde el siglo VI, consistió en acopiar  obras latinas y griegas y reproducirlas en los scriptoria;  un trabajo arduo, porque se habían perdido la mayoría de las bibliotecas, y los libros eran muy caros y no fáciles de encontrar.   Otra ocupación sobresaliente de los monjes fue el trabajo manual.  A ellos se debió la conservación y desarrollo de las técnicas agrícolas y ganaderas romanas, mayoritariamente olvidadas, que enseñaron también al campesinado. Su esfuerzo callado y tenaz recuperó la agricultura  y  la ganadería en Francia, Inglaterra e Italia, haciendo retroceder  de nuevo los bosques y pantanos que habían ocupado gran parte del terreno antaño  cultivado. Un monasterio era una institución polivalente una verdadera empresa económica, además de centro de enseñanza, de acogida de viajeros y hospital. Si a alguien puede llamarse “padre de Europa”, al menos de la occidental,  es a san Benito. En otro sentido lo había sido Escipión, el vencedor de Aníbal.

     A finales del siglo VI, el papado contó con un personaje excepcional, Gregogio Magno, él mismo benedictino y  papa desde 590 a 604. Gregorio definió la independencia  eclesial respecto de los poderes políticos y  desplegó una labor intensísima regularizando los modos de predicar, clarificando aspectos teológicos y morales (de él procede la idea del purgatorio como situación  intermedia entre los justos y los condenados en la otra vida);  reformó la liturgia, dando importancia al canto que se llamó gregoriano en su honor, a la creación de escuelas, etc. Y patrocinó con fuerza las misiones, siendo su obra más exitosa la evangelización de Inglaterra.  El historiador Gibbon, poco amigo del cristianismo, al que achacaba el derrumbe romano, escribió: “Julio César necesitó seis legiones para conquistar Gran Bretaña. A Gregorio le bastaron cuarenta monjes”. La isla dependió del papado más estrechamente que Francia o España, y se convirtió a su vez en foco de cristianización de la Germania y Francia  con San Bonifacio (que terminaría maritizado) y otros monjes.

   Resultaba más difícil convertir al catolicismo a quienes habían adoptado  una variante cristiana como el arrianismo, que a los propios paganos, acaso por  el carácter sombrío y fantástico de la religión germánica. Beda el Venerable, monje beenedictino inglés del siglo VII-VIII y destacado intelectual e historiador, relata una historia  interesante. Edwin, rey de Northumbria reunió consejo para estudiar si permitir o no la predicación de un misionero católico.  El sacerdote pagano, hombre pragmático, explicó: “Desde que sirvo a nuestros dioses y presido los sacrificios, nunca fui más favorecido por la suerte ni más dichoso que los demás hombres que no rezan, y mis súplicas pocas veces han sido escuchadas. Por tanto, apruebo  la venida de un dios mejor y más fuerte, si lo hay”.  Otro consejero habló con más elevación:  “La vida de los hombres en la tierra, oh, rey,  si la comparamos con los vastos espacios de tiempo de los que nada sabemos, se parece, en mi opinión,  al vuelo de un pájaro que se introduce por  el hueco de una ventana dentro  de una espaciosa estancia  en la que un buen fuego en el centro calienta el ambiente, y en donde tú comes  con tus  consejeros y aliados mientras fuera azotan la nieves  y lluvias del invierno. Y el pájaro cruza rápido la gran sala y sale por el lado opuesto: regresa al invierno y se pierde de tu vista.  Así ocurre con la corta vida de los hombres, pues ignoramos lo que la precede y lo que vendrá luego”. El misionero fue autorizado a predicar, aunque el rey no recibiría premio por ello, pues perecería a manos de rivales paganos en una frecuentes reyertas entre unos reinos y otros.

   Debe señalarse, en suma, que  gracias a los monjes pervivió y se expandió por la Europa occidental la herencia de Roma, su alfabeto, su pensamiento y literatura, su historia, su derecho; y el propio cristianismo.  Por su parte, los bárbaros dejarían cierta influencia indefinible de individualismo y vitalidad. Y sus reinos serían el embrión de las naciones características del oeste europeo, más o menos perdurables hasta hoy.

   El hispanogodo Isidoro de Sevilla otro de los intelectuales descollantes de la época, contemporáneo de Gregorio (y de Edwin) expresa asimismo dos rasgos que marcarán la evolución europea: un pensamiento político de rechazo a la tiranía, y el ansia por acumular y sistematizar  el conocimiento.  En cuanto a lo primero, el clero debía procurar la paz en buena relación con el poder político y predicando la lealtad al monarca, pero a su vez el monarca debía obrar con justicia y servir al pueblo: “Serás rey si obras rectamente, y si no, no”, idea que autorizaba, en principio, a la excomunión o el derrocamiento, aunque no  lo contemplara expresamente. Por lo segundo, Isidoro trató de reunir el mayor número de libros antiguos y de recoger sus saberes en la primera enciclopedia del mundo occidental, las Etimologías. En esta obra bien estructurada y con estilo claro, reintroduce a Aristóteles y expone los saberes filosóficos, teológicos, de ciencias naturales y cosmología, artes, derecho, urbanismo, etc. de la época; trata con imparcialidad, asimismo, tradiciones paganas. Desde luego refleja cierta decadencia y pérdida de conocimientos con respecto a la época latina, pero también la voluntad de superar tal situación.  El libro sistematiza también la enseñanza europea, de origen romano, en los siglos siguientes: el trívium (gramática, lógica y retórica) y el quadrivium (música, aritmética, geometría y astronomía).  Etimologías  fue profusamente copiado en los monasterios de toda Europa, como  el libro de texto más usado durante la mal llamada Edad Media.

   



[1] Montecasino sufriría numerosas destrucciones y saqueos: en 589 por los lombardos, en 884 por los musulmanes, en 1799 por los revolucionarios franceses y en 1944 por bombardeos de los Aliados contra los alemanes. También sufrió algún terremoto demoledor, pero se rehízo siempre.

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