** **Este domingo en “Cita con la Historia” analizaremos la conducta de la clase política española en relación con Gibraltar, la importancia extraordinaria del problema pese al intento de ocultarlo, y el hecho de que un país que mantiene la permanente injuria de una colonia en otro no puede considerarse amigo. www.citaconlahistoria.es También en YouTube, podcast, etc.
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Arabia estaba rodeada, por el norte, por dos poderosos imperios civilizados, el romano de Oriente o bizantino, y el persa sasánida. El primero estaba casi totalmente cristianizado y el segundo solo en débiles minorías oprimidas. Su religión era el zoroastrismo, algunos de cuyos rasgos influirían en el judaísmo y a través de él en el cristianismo. Los sasánidas, habían derrocado en el siglo III a los partos, que tantos problemas habían causado a Roma, e instaurado una dinastía nueva, que heredó la tradicional enemistad con Roma. Tanto partos como sasánidas representaban a poblaciones de tipo indoeuropeo (la palabra Irán significa “tierra de arios”) que dominaban a otras poblaciones. Los sasánidas desarrollaron una brillante civilización cuya joya mayor fue probablemente la academia de Gundishapur, acaso el mayor foco intelectual del mundo en su tiempo, que recogía la herencia filosófica y científica griega e india y una avanzada medicina.Irán se beneficiaba cultural y comercialmente de su posición intermedia entre la civilización grecolatina y la india, con fuerte relación también con China a través de la Ruta de la Seda; y al mismo tiempo ejerció influencia en las dos direcciones. A su vez, el Imperio izantino había recuperado bajo Justiniano, en el siglo VI, partes sustanciales del Imperio de Occidente en el Mediterráneo, pero las guerras con los sasánidas le habían puesto en grave peligro, del que se habían recuperado poco antes de que los árabes interviniesen.
La península árabe era muy mayoritariamente un desierto salpicado de oasis y pequeñas ciudades, con una población escasa y dividida en tribus que hasta entonces solían estar en reyerta entre ellas. Pero de pronto, más o menos unificadas bajo la nueva religión, y tras una breve crisis sucesoria a la muerte de Mahoma, adquirieron un explosivo empuje.Tan pronto unificaron Arabia, los seguidores de Mahoma emprendieron la guerra santa contra los dos imperios del norte. Ocuparon enseguida las tierras bizantinas cristianas de Palestina y Siria, y pronto Damasco y Jerusalén, ciudades de enorme contenido simbólico, en particular la segunda para cristianos y judíos; y desde entonces también para los musulmanes. Simultáneamente embistieron a los sasánidas, a quienes aplastaron en unas pocas batallas decisivas, poniendo fin a su imperio. El acoso a los bizantinos prosiguió, arrebatándoles todas sus posesiones asiáticas excepto la mayor parte de Asia Menor, así como Egipto y otras partes del norte de África. Para mediados del siglo VII, apenas veinte años después de la muerte de Mahoma, el mapa político y religioso de Oriente Próximo y norte de África había cambiado de modo radical. Y en unos decenios más el poder musulán se extendería desde el Magreb a la India y Asia central.
Tanto el imperio sasánida como el bizantino eran potencias demográfica, técnica, económica y culturalmente muy por encima de las tribus del desierto árabe, y sin embargo no lograron resistir al ímpetu de estas. Se han atribuido estas conquistas, de aparente facilidad, al debilitamiento de bizantinos y persas en una serie de guerras previas entre ellos, pero la explicación no basta para entender unas victorias tan enormes y a menudo en gran inferioridad de fuerzas. Naturalmente, los musulmanes vieron en ellas la especial protección de Alá. Lo constatable es que disponían de excelentes jefes militares, de tropas muy fanatizadas y de tácticas de caballería ligera que se demostraron muy efectivas.
Las conquistas árabes arrasaron la brillante civilización sasánida masacraron ciudades enteras, destruyeron la academia de Gundichapur y quemaron su magnífica biblioteca. Lo mismo harían con la de Alejandría, que ya había sufrido incendios anteriores y no volvería a funcionar como foco de cultura. Sin embargo, pasada una primera época de devastación, los musulmanes comenzaron a asimilar parte de la cultura y la técnica de las poblaciones sometidas y desarrollar una cultura ecléctica de gran importancia.
A principios del siglo VIII, los árabes ya habían conquistado todo el norte de África incluido el Magreb, habían convertido a gran número de bereberes y se disponían a continuar por Europa su triunfal carrera. La ocasión era propicia porque España pasaba por una aguda crisis en todos los terrenos. En los decenios anteriores el estado hispano-godo se había centralizado más y se había robustecido aplicando el principio de monarquía hereditaria en lugar de electoral, aunque sin éxito definitivo. El año 700 falleció el rey Witiza, a quien debía suceder un hijo suyo de corta edad. Entonces la nobleza volvió al principio electoral y nombró rey a Rodrigo o Roderico. Por entonces el estado hispano-godo soportaba una profunda crisis. En los decenios anteriores se había robustecido y centralizado considerablemente el aparato estatal, pero una sucesión de pestes y sequías había debilitado demográfica e institucionalmente al país, y en lo más alto de la jerarquía rivalizaban por el poder witizanos y rodriguistas. Probablemente los primeros invitaron a los musulmanes (en este caso bereberes) a ayudarles para derrocar a su rival, y el resultado fue la batalla de la Janda o Guadalete, donde Rodrigo fue derrotado, en 711. Los musulmanes, advirtiendo la debilidad en que quedaba el estado español, avanzaron rápidamente y se adueñaron del país en cinco años.
La aparente facilidad con que cayó el estado probablemente más sólido de Europa occidental por entonces, ha dado lugar a mil lucubraciones fantasiosas, que he tratado en Nueva historia de España. Pero los datos antes citados y los precedentes de la expansión islámica explican de modo suficiente la “pérdida de España”, como la definía la Crónica Mozárabe pocos años después.
La ocupación de España se hizo, como en otros lugares y como habían hecho los romanos, combinando la acción militar decisiva con acuerdos y concesiones con poderes locales impresionados y apoyo de los descontentos grupos judíos. España pasaría pronto a llamarse Al Ándalus, un cambio de nombre que entrañaba una decisiva transformación desde una cultura cristiana y europea a otra islámica y africano-oriental, como ocurriría en casi todos los países donde se habían impuesto los árabes. Una transformación semejante a la ocasionada por las conquistas romanas, y que amenazaba igualmente al resto de Europa en una segunda oleada de invasiones. Sin embargo, tan pronto como en 718 empezaron las primeras rebeliones en Asturias y cuatro años más tarde rebeldes locales con un caudillo godo, D. Pelayo destruían en Covadonga una expedición de castigo musulmana, inicíándo así un muy lento proceso histórico de la mayor trascendencia, que sería llamado adecuadamente Reconquista.
Los árabes continuaron su marcha triunfal atacando a los reinos francos. Conquistaron el sureste y durante años saquearon extensos territorios hasta el centro del país, obteniendo acuerdos de nobles locales, como en España. En 732 los francos unieron fuerzas bajo el caudillaje de Carlos, más tarde llamado Martel (Martillo) y lograron derrotar a los musulmanes en Poitiers. Carlos era el gobernador de facto (“mayordomo de palacio”) del reino franco de Austrasia, al que hizo hegemónico sobre los demás. Explotando la victoria de Poitiers expulsó a los árabes de casi todo el país, salvo la región de Narbona, y castigó duramente a los nobles que habían pactado con los invasores. En adelante, los musulmanes no volverían a intentar adueñarse de Francia, sobre todo porque el intento de frenar la Reconquista en España absorbería sus energías. La batalla de Poitiers es reconocida mayoritariamente como decisiva para la historia posterior de Europa occidental, pero probablemente no lo fue menos la de Covadonga.
Aun así, los árabes no cesarían de hostigar a Sicilia hasta conquistarla por completo mucho más tarde, y saquearon Roma en 846, causando graves destrucciones y mortandad. Las invasiones musulmanas crearon en el Mediterráneo una situación nueva, nunca vista desde más de un milenio antes, rompiendo la relación comercial y cultural entre las orillas norte y sur, como ha explicado Pirenne.