¿Puede regenerarse el PP?

Blog I. Recuerdos (42) La culpa y una tragedia http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos42-culpa-tragedia-17092015-1150

**Ayer, en el Centro Riojano, llena la sala, presenté Los mitos del franquismo. Conclusión: el imperio de la mentira profesionalizada –y subvencionada– se mantiene en pleno vigor desde que lo denunciara Julián Marías, frente a la timidez de las respuestas, que muchas veces son además ignorantes o romas. Pero la cuestión es de tremenda actualidad, cuando vemos que tantas políticas se guían, en su concepción básica, por un “antifranquismo” que destruye aceleradamente la convivencia democrática.

****************************

¿Puede regenerarse el PP?

31 de Octubre de 2006 – 14:55:19 – Pío Moa – 387 comentarios

Rajoy no teme el ridículo. Acaba de ofrecer a Zapo el Rojo, por enésima vez, su apoyo frente a la ETA. ¿Por qué creerá que Zapo colabora políticamente con los asesinos? ¿Por ingenuidad? ¿Es Rajoy ingenuo cuando supone que Zapo se engaña con respecto al carácter de la ETA? Sería ingenuo creer en la ingenuidad de cualquiera de ellos.

El episodio me recuerda otro de la Anábasis: “Así habló Jenofonte. Los capitanes, después de oírle, le invitaron a que los dirigiera, excepto un tal Apolónides, que hablaba con acento beocio; éste dijo que era un necio quien pensase en salvarse de otro modo que mediante un acuerdo con el rey. Y se puso a enumerar las dificultades. Pero Jenofonte le interrumpió y dijo: “Buen hombre, me parece que tú no te percatas de las cosas aunque las veas, ni las recuerdas aunque te las hayan contado. Estabas presente cuando el rey, después de morir Ciro y envalentonado por ello, envió mensajeros para que entregáramos las armas. Y cuando nosotros, lejos de ello, marchamos armados y acampamos junto a sus tropas, ¿qué hizo sino enviarnos heraldos pidiendo treguas y ofreciendo víveres hasta que se acordaran? Y cuando los generales y capitanes, haciendo como tú pides, fueron desarmados y confiados a conferenciar con ellos, ¿no es cierto que, golpeados, heridos, ultrajados, ni morir pueden los desdichados a pesar de desearlo vivamente, según creo? Y sabiendo tú todo esto, ¿llamas necios a quienes aconsejamos la defensa, y dices que debemos volver a los tratos? Un griego que tiene tal carácter deshonra a su ciudad y a toda Grecia”.

Rajoy tampoco parece percatarse de las cosas aunque las vea, ni recordarlas aunque se las hayan contado, acaso porque, empeñado en mirar al futuro, pierde de vista el presente y el pasado. Por ello no solo entrega, metafóricamente, las armas, sino que ofrece su ayuda al mayor enemigo de la democracia y la unidad de España.

¿Podrá cambiar Rajoy o regenerarse el PP? Me temo que a quienes prefieren no percatarse de las cosas solo el varapalo de los electores puede inducirlos a dar un viraje. Si yo viviera en Cataluña votaría a “Ciudadanos”, de ningún modo al PP. Y si éste recibe allí su merecido, tal vez el aviso le induzca a volver a la línea de Vidal Quadras, Mayor Oreja, Esperanza Aguirre etc. Aunque solo sea por no perder las poltronas.

Un memo al mando

Hace meses discutía con Cristina Losada y Pepe García Domínguez sobre la inteligencia de Rajoy. Inteligencia política, se entiende. Mi punto de vista, frente al de ellos, era que se trata de un auténtico memo. Pasa como con su honradez (también política) que simplemente no existe. Les recordaba  la necia chulería del personaje  tratando de dar a los españoles la impresión de que había impuesto a Bruselas y a Berlín tales o cuales préstamos sin condiciones para sanear la economía, y cómo pronto quedó claro que quien mandaba en realidad eran Berlín y el BCE. O, antes en la oposición, sus “repentes”  cortando relaciones con El País o con el gobierno de Zapatero para volver a los pocos días pidiendo árnica  con el rabo entre las piernas . O la traición a sus propias movilizaciones, como la del estatuto ilegal de Cataluña. O su incapacidad para aprovechar los errores del gobierno socialista y su capacidad, en cambio,  para llevar a la nada el movimiento ciudadano contra la colaboración con el terrorismo. O su oposición de boquilla a la Constitución del siniestro  Giscard d’Estaing  para a continuación darle su apoyo,pese a que mermaba notablemente  la voz de España en la UE. O su aserto de que la economía lo es todo, propio de un simple. Y así podría seguir con las genialidades de este necio integral. Necio o algo peor.

Rajoy ha engañado todo el tiempo a sus votantes (bien es verdad que a estos les encanta que les engañen), ha mentido más que Zapatero en mucho menos tiempo y ha demostrado que el voto al PP, lejos de ser el “voto útil”, como pregonan los genios de la política, es el más inútil posible, pues sirve para mantener la política zapateril. A lo mejor se refieren a ese tipo de inteligencia, la del pícaro, quienes le creen muy listo y muy “gallego” (¡toma castaña!)

Hace poco, Mas se puso abiertamente fuera de la ley. El memo de la Moncloa dijo que aplicaría la Constitución, para hacer a continuación todo lo contrario, seguirle el juego al delincuente.  A continuación va a hablar con él y sale diciendo que “había tratado de la economía, lo que realmente importa”. ¿Cómo calificar al sujeto? Y ahora parece que ha encargado a Arenas la tanda de parloteo con Mas. Arenas, el de la “realidad nacional andaluza”, el que venera al orate Blas Infante como “padre de la patria andaluza”. El más adecuado para entenderse con Mas. Qué desgracia tiene España con sus políticos.

Creado en presente y pasado | 3 Comentarios

La Europa sucia y suicida

***Esta tarde presentaré Los mitos del franquismo en el Centro Riojano, Madrid, serrano 25, a las 7,30 de la tarde.

Blog I: Recuerdos (41) Una canción de Teodorakis: http://gaceta.es/pio-moa/cancion-theodorakis-16092015-1011

***********************

La Europa sucia y suicida

25 de Octubre de 2006 – 16:15:07 – Pío Moa – 437 comentarios

Soy de los españoles, pocos, al parecer, que no entraron en Europa con la firma del tratado de adhesión a la CEE, en 1986. Quiero decir que siempre he sido europeo, por nacimiento. Otros muchos, en especial los progres, son africanos, y ahí los tenemos, con Cebrián, Zapo y Goytisolo a la cabeza, divididos entre el servilismo europeísta y la vuelta atrás de  la “insidiosa” Reconquista.

Europeo no significa europeísta, como pacífico no es lo mismo que pacifista, ni catalán que nacionalista catalán, vasco que nacionalista vasco, obrero que socialista, femenina que feminista, etc. Incluso suele resultar todo lo contrario.

Como europeo, nunca me han hecho gracia las pretensiones europeístas (anglosajonización por arriba y afroasiatización por abajo). Menos todavía el complejo de inferioridad y el desprecio a nuestra cultura que han querido inculcarnos masivamente los zapos, cebrianes y tutti quanti.

Esa Europa tan necia como pretenciosa acaba de mostrarse, una vez más, en su salsa. Con una pandilla de pistoleros o amigos de los pistoleros en la tribuna de invitados, y muchos otros amigos y cómplices en los escaños, el Charlamento europeo ha respaldado el proceso de “paz”, es decir, de destrucción del estado de derecho en España. Por una exigua mayoría, cierto, pero aun así. Claro que, afortunadamente, aquí no tenemos por qué hacer caso a esos despreciables bergantes.

*******************

Europa

¿Qué le debe España a la UE?

Sin demasiada sorpresa oigo a Pedro J. en VEO7 decir que “Europa”, como él llama a la UE o se llamaba antes a la CEE, significa para los españoles libertad y prosperidad y que España pertenece a un club, la UE, con sus normas, que nos hemos beneficiado inmensamente de esa pertenencia pero hemos incumplido algunas normas y, claro, los otros miembros nos están llamando la atención.

Estas historietas calan, llevan muchos años calando en la conciencia pública, pero no por ello son más ciertas. Antes de entrar en la CEE, sin necesidad de “entrar en Europa”, como decían los demagogos, España estaba creciendo económicamente a un ritmo mucho mayor que el de los países de la CEE, acercándose con rapidez a la media de ellos, mantenía su soberanía en mucho mayor grado que después, y unos índices de salud social bastante superiores también. Desde que entramos en la CEE, luego llamada UE, no hemos vuelto a alcanzar tales tasas de desarrollo, hemos perdido soberanía hasta el extremo de convertirnos en una especie de protectorado de Alemania y Francia, y hemos descendido brutalmente en salud social (índices de fracaso matrimonial, familiar y escolar, de drogadicción –primer país en consumo de cocaína, según he oído– de alcoholismo, de personas en prisión y delincuencia juvenil, de violencia doméstica, de abortos, etc.). 

Y aun antes del espectacular desarrollo de los años 60 y mitad de los 70, España consiguió índices de crecimiento muy aceptables, a pesar de no haber dispuesto del Plan Marshall, como el resto de Europa occidental, y haber sufrido en cambio un prolongado aislamiento internacional completamente injusto, con olvido de los enormes beneficios que Usa y Gran Bretaña habían extraído de la neutralidad española en la guerra mundial. Índices de crecimiento manifiestos en el extraordinario descenso de la mortalidad infantil, la prolongación de la esperanza de vida al nacer, el aumento del consumo de energía, de la alfabetización, del estudiantado medio y superior, de la presencia femenina en la universidad, etc., algo sin parangón con la república u otros períodos anteriores. Esto, en los llamados (por los necios y los demagogos) “años perdidos” 40 y 50.

Tales son los datos reales y cuantificables, pero sistemáticamente olvidados o falseados con el fin de meter en la psicología social la idea de que los españoles somos completamente ineptos y si se nos deja por nuestra cuenta, sin la tutela de “Europa” no podríamos hacer nada que valiera la pena. Una Europa en la que nunca hemos dejado de estar –con nuestras particularidades, como los demás países–, desde Roma y desde que la Reconquista derrotó a Al Ándalus. Si España ha sido admitida en la UE será porque conviene a la UE, pero es posible que a nosotros no nos convenga tanto, porque el balance para España no es precisamente brillante.

En cuanto a la libertad, cabe recordar a Pedro J. y quienes piensan como él un par de hechos elementales: el franquismo no fue un régimen totalitario como los que existían en más de la mitad del continente –con aplauso de muchos progresistas hispanos–, sino autoritario y de economía bastante liberal, que permitió su transformación en una democracia sin los traumas de otros países. Y por eso la democracia no se la debemos a “Europa”, es decir, la CEE-UE, sino a nosotros mismos, al revés que casi todos los demás países eurooccidentales, los cuales se la deben muy directa e inmediatamente a Usa. Y nuestra entrada en la CEE-UE no ha impedido en absoluto los fenómenos de involución y ahora descomposición política que ahora padecemos.

Nunca he conseguido entender de dónde sale ese servilismo absolutamente necio, cuando hemos logrado tantas cosas de las que podemos sentirnos contentos. Pero salga de donde salga, tiene unos efectos fácilmente constatables en la degradación de las instituciones, en la pérdida de soberanía y en la repugnante chabacanización del ambiente social.

Creado en presente y pasado | 87 Comentarios

Problemas de las ideologías y la razón

Mañana, miércoles, presentaré Los mitos del franquismo en el Centro Riojano, Madrid, c/ Serrano 25, a las 7,30 de la tarde. 

 **  Blog I: Recuerdos (40) El Parnasillo: http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-40-parnasillo-15092015-1003

** El mal conocido y sin embargo  fundamental, racismo del separatismo catalán: www.citaconlahistoria.es

 **************************

      El significado  de “ideología”, es decir, tratado o estudio de las ideas, fue cambiado por Marx, que lo definió como un  conjunto de ideas sobre el mundo y la vida nacidas de un determinado “modo de producción” y destinado a mantenerlo, es decir, un conjunto de ideas fantásticas al servicio de la clase dominante. La ideología por excelencia sería precisamente la religión. Aquí la considero prácticamente al revés, como una interpretación general del mundo ajena a la religión y basada en la razón y la ciencia. Las ideologías tienen su origen en el culto a la Razón propio de la Ilustración.

  Para el cristianismo, el hombre  está hecho a imagen y semejanza de Dios, es decir, dotado de voluntad y poder creador, aunque a una escala infinitamente inferior a la divina: el hombre no debe a sí mismo, a su voluntad y poder, sus propias capacidades ni siquiera su existencia en el mundo. Pero conforme se debilita la noción de Dios, atacada por la Razón, el poder creador del Animal Racional pasa a primer plano y es objeto de verdadero culto. Así, las ideologías podrían definirse como religiones del Hombre,  contrarias o indiferentes a la  noción de transcendencia y divinidad.  De hecho, la Razón sustituye a la divinidad, colocándose en su puesto, y la idea nietzscheana del superhombre no es más que una consecuencia de ese culto: el hombre plenamente consciente de sí mismo, de su capacidad “divina” podríamos decir. Ello ocurre en gran parte por la dificultad de penetrar los designios divinos en un mundo tan abundante en males y contradicciones, o que así se presentan al espíritu humano. El hombre y sus intereses, en cambio, parecen más inteligibles para la razón. La ciencia parecía haber prescindido de la “hipótesis de Dios”, como decía Laplace, para entender el universo físico, hipótesis sustituida por unas leyes intrínsecas  lo  bastante explicativas. El mismo criterio debía poder aplicarse a la sociedad humana y a sus individuos, aun si esas ciencias estuvieran entonces en pañales.

   La razón es, en definitiva, la capacidad para ordenar los conocimientos  en un todo coherente y con sentido. Sin embargo la coherencia nunca es completa y está sujeta a cambios a menudo imprevisibles por el propio avance de las ciencias, y se da además la paradoja, como reconocía el físico S. Weinberg, de que cuanto más ordenados y completos los conocimientos (en su caso del cosmos), menos sentido parecen tener.

   Por otra parte, la Razón debe apoyarse siempre en premisas indemostrables, las cuales, aun aceptadas generalmente, no dan lugar a conclusiones unívocas. Todas las ideologías invocan la razón y prescinden de ideas religiosas (rasgo definitorio de la llamada modernidad), y eso es lo que tienen en común. Lo cual no les impide llegar a conclusiones muy distintas y proponer soluciones incluso opuestas a los problemas que se plantean.

    Así, el liberalismo prescinde de la religión como una “hipótesis innecesaria”, y en su dinámica propia tiende a arrinconarla como una peculiaridad de algunas personas, que no debe influir en la conducta social ni en el comercio. El comercio, a su vez, es ajeno a la moral, pues tiene sus propias leyes ajenas a ella; limitándose la moral, por lo demás, a convenciones  más o menos ocasionales y cambiantes entre los hombres según sus intereses esencialmente comerciales. Para el cristianismo, el hombre es sociable por naturaleza; para el liberalismo, la sociedad surge de un contrato, siempre expuesto a cambiar según conveniencias y relación de fuerzas. A partir de la hipótesis del contrato puede llegarse tanto al estado totalitario como al de libertades o la democracia liberal. Las libertades pueden amparar cualquier tipo de ideas, intereses y fuerzas, que se han mostrado capaces en varias ocasiones de  destruir los estados liberales. Pero si, para defenderse, el estado solo amparase la libertad de los liberales, ya que la demás lo amenazaban, llegaría a una especie de totalitarismo. El mito o hipótesis del contrato tiene otros problemas, por ejemplo, que dada la natural desigualdad social,  no se realiza entre iguales. Al final parece que la mayor posesión de dinero zanjaría la dificultad.

  También cabe discutir su atención al individuo: todas las ideologías dan gran importancia al individuo, pero, aun partiendo de la razón, lo consideran de distinto modo. Y también el liberalismo da gran importancia a las leyes y normas sociales que constriñen la libertad del individuo, pues de otro modo la propia sociedad se vendría abajo. Es lo que expresaba Lenin con la pregunta “¿Libertad para qué?”, que no significa, como algunos interpretan, que la libertad sea inútil, sino que debe definirse su objeto. Así, según su ideología, en el sovietismo no había “libertad para explotar” al prójimo, y había libertad de la gente para no dejarse explotar. El liberalismo puede tolerar la libertad para atacar al estado liberal, pero solo a condición de que esa libertad no se emplee a fondo, es decir, que sea impotente. Es peligroso creer que la propia concepción del individuo es la que debe prevalecer sobre otras. Y todas las ideologías son a la vez individualistas y colectivistas, aunque de distintos modos y proporciones.

   En cuanto al fascismo, su idea de las élites u oligarquías solo expresa una  realidad social evidente, pues se da en todas las sociedades: siempre es una minoría la que ejerce y organiza el poder (otra cosa es el modo como lo ejerza).  Difería  del liberalismo, que tiende a otorgar la distinción social a la propiedad o el dinero, y del nazismo, que extrapolaba el concepto de élite a la raza (el racismo no es por principio incompatible con el liberalismo, y durante mucho tiempo fue compatible con él en la práctica). En cambio parece colisionar con el marxismo, que da a las masas oprimidas y explotadas el máximo papel histórico. Sin embargo, en este caso vuelve a confirmarse la regla elitista u oligárquica, pues el igualitarismo teórico ha producido élites (los partidos comunistas) que se arrogaban la corrección doctrinal y en la práctica resultaban más dominantes y objeto de culto  que en los fascismos. Aun así, es indudable la existencia histórica y teórica de una tensión entre  los elitismos y lo que podríamos llamar “masismo”.  Ya Platón lo expuso con claridad, adelantándose a Nietzsche, en su diálogo Gorgias, uno de cuyos personajes, Calicles, adelanta contra Sócrates las tesis de Nietzsche. Sócrates las rechaza, pero  con la razón no puede hacerlo y debe recurrir al mito

   En suma: no existe “la Razón”, sino razones diversas y contradictorias, que producen diversas divinidades menores o derivadas: la libertad, el progreso, el proletariado, la raza aria, el pueblo, la mayoría, el comercio,  etc.  Las ideologías apelan todas al Animal Racional, pero terminan enfrentándose entre sí. Las democracias liberales favorecieron hasta cierto punto al nazismo como barrera contra el expansionismo comunista. La URSS, a su vez, maniobró para que la guerra estallase entre democracias y fascismos, y finalmente lo consiguió, estallando la guerra abiertamente con un poco antes increíble pacto entre marxismo y nazismo. El pacto no podía durar, y finalmente las democracias y el totalitarismo soviético se aliaron a su vez para aplastar al nazismo, consiguiéndolo con grandes dificultades…  Todo a un coste humano gigantesco, acaso inevitable y que en todo caso no se pudo evitar.

   No quiero decir aquí que todas las ideologías sean equivalentes, pero es indudable que chocan con problemas teóricos y prácticos semejantes.

Creado en presente y pasado | 40 Comentarios

Racionalidad de los fascismos

***Este miércoles, a las 7,30 de la tarde, en el Centro Riojano de Madrid, Serrano 25, presentaré Los mitos del franquismo

Blog I. Recuerdos (39) Calle de los Irlandeses. http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-39-calle-los-irlandeses-14092015-0942  

**Sobre el racismo como fundamento esencial del separatismo catalán (no solo del vasco): https://www.youtube.com/watch?v=F0Wcwli4qmI

** En el programa de Luis  del Pino (el titular no es afortunado): http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2015-09-12/involucion-permanente-el-chantaje-del-separatismo-91855.html

********************

El fascismo se veía a sí mismo como una defensa de la civilización frente a lo que tildaba de barbarie comunista  y decadencia demoliberal. Capitaneado por Benito Mussolini, tomó el poder sin derramamiento de sangre en 1922,  en un clima de enconadas tensiones  sociales que la democracia liberal parecía incapaz de frenar. La nueva ideología había nacido del Partido Socialista en Italia,  como subproducto de la Gran Guerra y de la consiguiente crisis demoliberal, y como reacción a los avances del socialismo revolucionario.  Los italianos también se sentían defraudados por el  incumplimiento de las promesas con que Francia e Inglaterra les habían arrastrado a luchar contra Alemania y el Imperio austrohúngaro. El fascismo recogía en parte la amargura de los soldados que habían sufrido inauditas penalidades y sentían que no lo habían hecho al servicio de su país, sino de los beneficios económicos de unos pocos, encontrándose parados y empobrecidos como recompensa a su sacrificio. Esa impresión  había acercado a muchos al socialismo o al comunismo, pero los fascistas preconizaban  además otros valores cultivados o reforzados por la camaradería de las trincheras, como el patriotismo, la disciplina, la jerarquía, el heroísmo o la fuerza de la voluntad. En consecuencia rechazaban el comunismo, a su juicio un poder indiferenciado y  antinacional de las masas;  y también al liberalismo, asumiendo parte de la crítica marxista  al “poder de los ricos” o plutocracia, concepto menos elaborado pero no muy disímil del marxista capital financiero o monopolista.  

   Se ha querido caracterizar al fascismo como un movimiento esencialmente antirracional, como un “asalto a la razón” (Lukács) en la onda del Romanticismo (I. Berlin, entre muchos) que reaccionó en el siglo XIX al frío cálculo de la Razón ilustrada. Liberalismo y marxismo se caracterizarían así  por su componente racional, y el fascismo por la irracionalidad, que daba primacía al sentimiento, la voluntad, la inspiración, y valoraba el azar. Pero visto de cerca, ese criterio difícilmente se sostiene. Realmente sería muy poco razonable una  razón que prescindiera del sentimiento, la voluntad, la intuición o el azar;  y simple locura una voluntad ajena al cálculo racional.  Ambos elementos marchan siempre juntos, aunque predomine uno u otro según las circunstancias e ideologías. Con otros conceptos (intelecto y espíritu) lo expresa Clausewitz:  Nuestro intelecto se inclina siempre hacia la certeza y la claridad, pero nuestro espíritu suele ser atraído por la incertidumbre. En lugar de abrirse paso con la inteligencia por la estrecha senda de la investigación filosófica y de la deducción lógica, prefiere moverse con la imaginación en el terreno del azar y de la suerte hasta llegar, casi inconscientemente, a regiones donde se siente extraño y donde los objetos familiares parecen abandonarle. En lugar de sentirse aprisionado por la necesidad elemental, como en el primer caso, goza aquí de una riqueza de posibilidades. Extasiado, el valor toma alas, y la audacia y el peligro se convierten en el elemento al que se precipita, al modo como un nadador intrépido se arroja a la corriente.

    Por otra parte, la necesidad de racionalizar conductas y políticas existe siempre, y el fascismo la practicó como los demás. Uno de sus puntos clave era la concepción de un estado totalitario, como reacción al desorden previo: Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado. Sin embargo su totalitarismo  difería del marxista en que  el partido nunca absorbió del todo al estado como en Rusia,  ni el estado a la sociedad.  La propiedad privada y  el mercado fueron respetadas, aunque más o menos reguladas para evitar la lucha de clases e, intencionalmente, defender los intereses nacionales por encima de los de la llamada plutocracia. Ni siquiera suprimió la monarquía, y solo paulatinamente eliminó instituciones liberales como la diversidad de partidos y sindicatos y las elecciones periódicas, recurriendo al voto plebiscitario. Si el programa socialdemócrata sonaba a despotismo democrático, el fascismo sería despotismo plebiscitario. Su política económica tenía similitud con el New Deal rooseveltiano y la socialdemocracia. Al haber dado estabilidad a Italia, el fascismo gozó del aprecio y admiración de intelectuales (Pareto, Gentile, Papini, Ungaretti…) y de personalidades extranjeras como Gandhi,  Churchill, Roosevelt o Pio XI.

    El fascismo creía en las élites definidas según Pareto como minorías ilustradas que no debían someterse al voto de mayorías ignorantes: las democracias no serían otra cosa, en el fondo, que competencia entre oligarquías por engañar a la masa de votantes incultos. A la cabeza de la élite gobernante, del propio Partido Fascista, y a través de él del pueblo entero, figuraría un líder carismático (el Duce). En realidad todo partido y gobierno funciona con líderes más o menos carismáticos, pero el fascismo los exaltaba especialmente y proveía de poderes casi absolutos. Esta concepción, en su racionalidad como oposición a la anarquía, planteaba muchos problemas, ya que tendía a sustituir la propaganda abierta por ganarse a la opinión pública por intrigas opacas de camarillas en el seno del partido, y no garantizaba la sucesión de jefes a la altura del primero.

   El estado fascista era además imperialista. También lo eran las democracias liberales, en especial Inglaterra y Francia. A imitación de ellas, Italia debía labrarse una zona de influencia privilegiada en el Mediterráneo y un  imperio en África, pero tropezaba con el hecho de que África  estaba ya repartida. Mussolini, procedió a invadir Abisinia en 1935 (antes del fascismo, Italia había ocupado Libia), encontrando rechazo internacional muy fuerte, aunque inefectivo. A fin de contrarrestar su inferioridad respecto de otros imperios, el fascismo fomentó un entusiasmo militarista. Por lo demás, su régimen fue muy poco mortífero o represivo en Italia, y su popularidad interna hasta la II Guerra Mundial está fuera de discusión.

   En cuanto a la religión, el fascismo miraba a la Iglesia como un obstáculo histórico a la unificación nacional de Italia. Mussolini se proclamaba ateo y su partido tenía un tinte pagano, invocando a la antigua Roma. Pero, consciente de la  catolicidad muy predominante en el pueblo italiano, procuró llegar a acuerdos con la Iglesia, y en 1929 reconoció al Vaticano (menos de medio kilómetro cuadrado) como estado independiente, poniendo  fin así a un conflicto  que duraba desde la eliminación de los estados pontificios en 1870.

    No obstante ser la más reciente de las ideologías en cuestión, el fascismo hundía sus raíces en el pensamiento que había dado lugar a la Revolución francesa, en particular el nacionalismo. Propiamente, el nacionalismo es la  doctrina democrática que adscribe la soberanía a la nación, al pueblo, apartándola del monarca o de alguna oligarquía. No obstante, la apelación al pueblo podía convertirse en ataque al liberalismo, invocando otras formas de democracia (proletaria, popular,  plebiscitaria, orgánica, etc.).

   Hitler, como Mussolini, llegó al poder de forma pacífica y legal, pero se diferenció del fascismo italiano por su carácter más sanguinario, la rápida y drástica destrucción de las instituciones liberales, un totalitarismo más profundo y eficiente (que también respetaba, aunque regulándolas, la propiedad privada y la economía de mercado) y por un racismo exacerbado, que era la sustancia real de su ideología.

    El racismo era una ideología secundaria muy extendida en Europa y Usa.  Para el pensador liberal Hume, los blancos constituían una raza superior a las demás, y llegó a comparar las habilidades de los negros con las de un loro que aprende a decir algunas palabras. Tal superioridad se manifestaba en que las demás razas “no habían creado ingeniosas manufacturas ni arte ni ciencias” al nivel de las europeas. Además, la Revolución industrial había dotado a Europa, al menos a algunos de sus países, de una potencia política y militar  abrumadora sobre las demás  civilizaciones y culturas (aunque esa potencia se usara a menudo en luchas  entre los mismos blancos). Otros  autores, como el francés Gobineau teorizaron más ampliamente al respecto.  Por otra parte, la teoría de la evolución de Darwin sugería interpretaciones en el mismo sentido, con lo que el racismo adquiría una aparente fundamentación científica (el nazismo, como el marxismo, se proclamaban ideologías científicas). Puede decirse que hasta la II Guerra Mundial el racismo se daba por supuesto, con más o menos énfasis,  en muy amplios círculos, incluidos liberales. El hitlerismo lo recogía y extremaba: en la evolución humana, la raza blanca, y dentro de ella el sector “ario” — asimilados a los rasgos físicos de elevada estatura, cabellos rubios y ojos azules–, habría demostrado su superioridad cultural. Aunque esa superioridad era reciente y no había garantías de que se mantuviese indefinidamente

    La filosofía de Nietzsche, influido a su vez por Darwin, contribuía a sistematizar la ideología. La raza superior tenía el derecho y el deber de imponerse a las demás, condenadas por la biología a ser sus servidoras o esclavas, incluso a ser exterminadas si era preciso. Al respecto no debía haber falsos moralismos ni compasión, como señalaba en El Anticristo: “Se llama al cristianismo la religión de la compasión. La compasión es contraria a los efectos tónicos que acrecientan la energía del sentimiento vital; surte un efecto depresivo. Es una tendencia antivital. Nada hay tan malsano, en medio de nuestro modernismo malsano, como la compasión cristiana”. La moral distinguía el bien y el mal por la voluntad de poder: “¿Qué es bueno? Todo lo que acrecienta en el hombre el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo. ¿Qué es malo? Todo lo que proviene de la debilidad. Los débiles y malogrados deben perecer; tal es el axioma capital de nuestro amor al hombre. Y hasta se les debe ayudar a perecer”.

   De las tres ideologías, la más influyente en España en los años 30 fue, como hemos indicado, el marxismo, aunque fuera un marxismo bastante elemental. El fascismo nunca llegaría a influir de forma decisiva, porque el partido más  afín a dicha doctrina, la Falange, era insignificante antes de la guerra y nunca predominó en el estado franquista. Y su fascismo venía muy lastrado por su adscripción al catolicismo, muy poco afecto al estilo pagano de Mussolini y menos todavía al de Hitler. En cuando al liberalismo, había contribuido a traer un proceso revolucionario de orientación totalitaria marxista y estaba desacreditado para la mayor parte de la derecha que había sido liberal en la Restauración.     

Creado en presente y pasado | 62 Comentarios

Racionalidad del marxismo

Blog I Recuerdos (38) “¡Ya meten ruido, ¿eh!”, recuerdos de adolescencia: http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-38-meten-ruido-eh-13092015-0817

****Hoy en “Cita con la Historia” trataremos del racismo, un racismo especialmente grotesco, como fundamento real del separatismo catalán. En Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde. Podrán escucharlo también el lunes en podcast (ivoox, itunes), en youtube o en www.citaconlahistoria.es  

****************************

   El marxismo, ideología adversaria del liberalismo, se presentaba como una doctrina científica, no como una ideología, y al igual que el liberalismo, hunde sus raíces en el siglo XVIII, llamado de la Ilustración o de la Razón. En realidad, el hombre siempre ha empleado la razón para organizar sus conocimientos y darles un sentido o utilidad: lo que distingue a la Ilustración fue más bien el “culto” a la Razón, apoyado en los avances científicos que parecían excluir la misma noción de transcendencia. Unos  partidarios de la razón ilustrada prescindían de la religión, por irracional, declarándose abiertamente ateos o bien agnósticos, o bien justificando la “existencia”[1] de un dios poco afín al cristiano. Debía ser posible explicar la vida y la sociedad humanas recurriendo a la razón y no a un hipotético más allá o a una voluntad o espíritu extramundano. A este enfoque se le ha llamado materialismo, atribuyendo a la materia cualidades creativas que las religiones atribuyen a la divinidad.

   Un avance parcial en esa dirección fue el despliegue del pensamiento económico, al que pronto se atribuyeron facultades explicativas  sobre el conjunto de la sociedad. Marx criticaba el liberalismo desde dos enfoques básicos: a) La propiedad y el comercio estaban solo al alcance de una minoría, por lo que una gran mayoría carecía de las condiciones para desarrollarse como ser humano, debiendo limitarse a vender su cuerpo, su “fuerza de trabajo”. b) El liberalismo pensaba en sí mismo y su sistema económico como la culminación y plenitud de la historia humana, pero la historia continuaba, y serían posibles otros sistemas sociales, como lo habían sido en el pasado.  La gran idea de Marx podría describirse así: dada la escasez de los bienes materiales, la lucha por apropiárselos genera de forma espontánea la división de la sociedad en clases, en la que unos explotan a otros. Sobre esa división de base  toman forma las superestructuras “ideológicas”, desde la religión al derecho o el arte, destinadas a sustentar y justificar la opresión de las clases explotadoras, no siendo la superestructura estatal otra cosa que un aparato de violencia al servicio de las clases dominantes.

  La lucha, sorda o abierta, entre las clases dominantes y dominadas mueve la historia, le da su sentido. La Revolución francesa, que coronó  a la Ilustración en el continente, habría sido una manifestación  álgida de esa lucha: la burguesía habría derrocado al  antiguo régimen feudal, impuesto el sistema económico capitalista y aplicado el programa del liberalismo de igualdad jurídica y legal entre los hombres. El capitalismo, a su vez,  habrá  empujado la producción de mercancías a una escala tal que permitía vislumbrar la superación del reino de la escasez, con lo que habría sentado las condiciones para pasar a una sociedad comunista de abundancia generalizada, igualdad y bienestar  del ser humano. Sin embargo el capitalismo exacerbaba al mismo tiempo la explotación, proletarizando y condenando a la miseria a más y más capas sociales. Por ello pasar al comunismo (con un paso previo de socialismo o dictadura del proletariado) exigía derrocar a la burguesía mediante una magna revolución proletaria, que liberaría plenamente las fuerzas productivas y las pondría al servicio de la humanidad y no solo de unos pocos, acabando con la división en clases. Tras el derrocamiento revolucionario del capital se extendería un período de socialismo o dictadura proletaria, en la que el estado se expandiría hasta absorber la sociedad, como instrumento para organizar la economía no burguesa y desarraigar las ideologías del pasado, hasta alcanzar el comunismo, en el cual desaparecería el mismo estado y los individuos gozarían de una libertad y posibilidades de “realización” nunca vistas.

   El marxismo criticaba duramente a la democracia burguesa como un engañoso aparato de poder capitalista, y al liberalismo como un conjunto de ideas contradictorias e interesadas para justificar la dominación del gran capital. No existía un pensamiento realmente autónomo, sino que siempre estaba condicionado por el interés de clase. Así, aunque el liberalismo hablaba de libertades políticas e igualdad jurídica o política, se trataba de un espejismo al no ir acompañadas de igualdad económica.  En religión,  si el liberalismo tendía más bien al agnosticismo, el marxismo se proclamaba ateo militante, calificando la religión de sarta de embustes al servicio de las clases opresoras, para mantener a sumisos los oprimidos (“el opio del pueblo”). En el liberalismo existía una tendencia implícita, a largo plazo, a disolver las naciones  y extender su ideología sobre  toda la humanidad; los marxistas entendían las naciones, esencialmente, como creaciones de la burguesía para asegurarse mercados privilegiados. La lucha por expandir esos mercados daría lugar a imperialismos diversos. En su desarrollo, el capitalismo debía concentrar más y más la propiedad de los medios de producción y las finanzas, hasta dar lugar al capitalismo monopolista o imperialismo, última fase del capitalismo antes de su final definitivo. En consecuencia, los marxistas  se declaraban “internacionalistas”,  lo que no les impedía defender a unas u otras naciones  o emplear el sentimiento nacionalista según ello contribuyese a debilitar  a los imperialismos.

   Tales enfoques ofrecían a la necesidad humana de orden y sentido una respuesta sugestiva y de aire racional. Explicaban la historia humana, incluyendo las “tinieblas religiosas”. Estas provendrían de una impotencia antes tenida por connatural al ser humano, pero que estaba siendo superada por los asombrosos triunfos técnicos y científicos. Se entiende así el poderoso influjo del marxismo sobre millones de personas de todos los niveles sociales, y cabe destacar el alto número de intelectuales marxistas o simpatizantes en casi todos los países, hasta hoy mismo. Por ello, la revolución bolchevique en Rusia suscitó esperanzas en el mundo entero, como un grandioso experimento digno de atención y apoyo. Incluso banqueros y grandes burgueses ayudaron a la construcción del régimen soviético, en parte por buscar ganancias,  en parte por la expectativa de que la nueva sociedad señalara un futuro mejor para todo el mundo sin riesgo inmediato para ellos. Y mucha gente no marxista mostraría década tras década una comprensión benévola hacia la revolución a pesar de sus calamidades, sacrificios y crímenes, tomados por costes inevitables de un programa emancipador nuevo en la historia. También la burguesa Revolución francesa había precisado un terror sanguinario para romper las resistencias del antiguo orden, de modo que no cabía esperar otra cosa de la revolución proletaria, enfrentada a un caduco sistema que empleaba sus poderosos recursos para impedir la transformación liberadora. 

    Ante la falta de confirmación de previsiones marxistas como el empobrecimiento creciente de las masas, en el movimiento marxista llamado socialdemócrata (II Internacional), cundían a principios del siglo XX interpretaciones contrarias a una revolución drástica, que especulaban con la posibilidad de alcanzar el comunismo de forma evolutiva y no revolucionaria, explotando las libertades y ventajas de la democracia burguesa. Lenin analizó el revisionismo como un producto de la entrada del capitalismo en su fase última o imperialista: los grandes monopolios burgueses  extraían beneficios extraordinarios de la explotación colonial, con los cuales permitían algunas mejoras al proletariado de las metrópolis y sobornaban a la socialdemocracia para que  mantuviera sumisa a la clase obrera. La revolución rusa, en consecuencia, rompió con tales “revisionismos”  creó una III Internacional  o Komintern y fomentó escisiones y nuevos partidos denominados comunistas.

    En España, el marxismo inspiró en 1879 la creación el PSOE, en plena época liberal de la Restauración. Su programa consistía explícitamente  en exacerbar la “lucha de clases” hasta destruir el régimen que le permitía organizarse y propagar sus ideas. La revolución rusa provocó escisiones  prosoviéticas en el partido, pero el PCE resultante de ellas no adquirió verdadera potencia hasta la misma guerra civil. El PSOE permaneció adherido a la II Internacional socialdemócrata, pero mantuvo dentro de ella mantuvo la doctrina marxista revolucionaria, sin adherirse a los revisionismos. Así, en España había dos partidos marxistas revolucionarios, aparte de algún grupo menor como el POUM, separados y casi siempre hostiles entre sí, un  poco al modo como había ocurrido con los liberales,  más por matices, tácticas y protagonismos que por diferencias doctrinales de fuste.

   Por lo que respecta a la socialdemocracia revisionista, tuvo muy escasa influencia en España, aunque algunos hayan querido ver, muy erróneamente, al PSOE como partido socialdemócrata. Sin embargo la socialdemocracia era muy fuerte en países como los escandinavos, Francia, Inglaterra o en Alemania hasta la victoria hitleriana;  y durante la guerra adoptaron en general posturas favorables al Frente Popular español, creyéndolo o queriéndolo creer democrático.

   La política socialdemócrata  dentro del sistema demoliberal debía entenderse como lucha pacífica persistente para conquistar mayorías y eliminar progresivamente las ideas a instituciones burguesas, liberales o religiosas, opuestas a lo que entendía por progreso. En la práctica consistía en la utilización de la democracia contra el liberalismo. El estado no sería reducido como querían los socialistas, sino enormemente ampliado  para controlar desde él a la sociedad e imponer poco a poco el socialismo. Su programa tenía indudable afinidad con la descripción que hace Tocqueville del “despotismo democrático”. Un poder inmenso que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) Un poder tutelar que se asemejaría, a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, sólo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia”.



[1] Puesto que a Dios se le supone creador de todo lo existente, con su implicación de principio y fin, a la idea de la divinidad no le correspondería la noción de “existencia”, sino alguna otra. Quizá por eso en la religión judía el propio nombre de Dios no debe decirse.

Creado en presente y pasado | 81 Comentarios