Blog I. Recuerdos (33) http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-33-noche-quedo-atras-07092015-0832
Ayer, en “Cita con la Historia”, hablamos sobre la frivolidad e irresponsable ignorancia de muchos formadores de opinión, y sobre los mitos de la Diada: http://citaconlahistoria.es/2015/09/06/la-diada-y-el-separatismo-catalan/
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Ofrezco el texto a la dura crítica de ustedes. “España es el país más europeísta de Europa y el más ignorante sobre Europa”:
Aunque físicamente Europa es un subcontinente de Asia, siempre se le ha considerado un continente aparte, haciendo de los Urales, el lago Caspio, el Cáucaso y el mar Negro barreras significativas, aun si poco pronunciadas y menos aún insuperables para los humanos en cualquier época. La verdadera diferenciación es más bien de orden cultural: siguiendo el esquema de Nueva historia de España, aquí hablamos de Europa como civilización particular cuya historia se ha originado hace algo más de dos milenios.
Debo aclarar también en qué sentido empleo aquí los conceptos de cultura y civilización, ya que han recibido significados diversos por distintos autores. Por cultura entiendo el conjunto de creencias y ritos, costumbres, organización social, técnica, conocimientos, arte, etc. que constituyen la sustancia de toda sociedad humana. Cultura y sociedad humana son así sinónimos. La cultura, nunca estática, puede cambiar de forma muy lenta o muy rápida, decaer o fortalecerse y también ser destruida por agentes exteriores o por conflictos internos. El individuo humano perecería si no viviese en sociedad, pero también es cierto que la vida social genera constantes conflictos, a menudo extremos o sangrientos, de intereses, sentimientos, deseos, etc., debido a la individuación propia de los humanos, incomparablemente más acentuada que en los animales. Así, la sociedad, a la vez que indispensable para la supervivencia de sus miembros, es al mismo tiempo propensa al choque entre ellos y entre grupos; es conflictiva por naturaleza, internamente y con otras culturas, pues la diversidad cultural constituye otro rasgo de la humanidad. La historia viene a ser el relato de tales avatares, entre los que hallamos creaciones, acumulaciones, estancamientos, transmisiones y destrucciones.
En cuanto a las civilizaciones, las considero aquí formas complejas de cultura que empiezan hace solo unos 6.000 años en puntos aislados de Oriente Próximo (valle del Nilo y Mesopotamia). La civilización se alzó sobre culturas agrarias del Neolítico (agricultura, cerámica, artesanía, metales), mediante la especialización de la religión, del poder (formación del estado) y la milicia, la urbanización (civilización tiene que ver con ciudad), comercio desarrollado, escritura… Esta última permitió acumular y transmitir la memoria, acelerando la evolución cultural. La civilización estimula la alta cultura (religión, técnica, ciencia, arte…) y también la diferenciación social entre élites u oligarquías más cultas y poderosas, capas intermedias y masas más atrasadas, dedicadas en general a los trabajos manuales, en muchos casos en condiciones de esclavitud o privación de derechos. El estado que garantiza el orden en las civilizaciones y les da cierta estabilidad, es tanto protector como opresivo, a menudo despótico y causante de discordias entre las oligarquías o de rebeliones que pueden dar al traste con la civilización misma.
La historia es la de las civilizaciones, porque de ellas ha quedado constancia escrita. A lo largo de milenios, nacieron y murieron numerosas culturas, se dieron migraciones de gran alcance, guerras, invasiones, comercio, descubrimientos prácticos, arte, personajes notables como líderes y artistas; pero de ellos tenemos solo los conocimientos muy elementales y generales proporcionados por la arqueología, la lingüística o la genética, o, para los más recientes, los comentarios no siempre fiables que les hayan dedicado las civilizaciones coetáneas, tan a menudo sus enemigas. Las luchas entre culturas primarias civilizadas y civilizaciones, que a veces han arrasado a estas últimas, pueden considerarse terminadas entre los siglos XIX y XX, cuando las civilizaciones, en particular la europea, se han impuesto por completo y erradicado o arrinconado en casi todo el mundo a las culturas primitivas. También han sido frecuentes los choques bélicos, comerciales, etc., entre civilizaciones, o entre naciones y grupos diversos dentro de una misma civilización.
A lo largo de los siglos han nacido y colapsado muchas civilizaciones, a veces por causas externas, a veces internas. Estudiosos como Danilevski, Spengler o Toynbee han dedicado atención al fenómeno, sin que sus distintas teorías lo expliquen del todo. De entre las civilizaciones conocidas, ninguna como la europea ha experimentado un dinamismo tan intenso en cuanto a pensamiento, arte, economía, capacidad técnica, expansión transoceánica y otros rasgos. Tan excepcional dinamismo caracteriza, de entrada, a esta civilización, la cual ha engendrado subcivilizaciones nacionales o supranacionales, como la hispánica, la anglosajona, la francesa, la alemana o la rusa.Lla civilización europea abarca el ámbito convencionalmente llamado Occidente, pero la propiamente europea se halla en decadencia desde 1945, y sus “hijas” de América del Norte y del Sur podrían originar nuevas civilizaciones. La china, y más confusamente la india, permanecen mejor o peor desde hace unos 4.000 años, y la islámica experimenta un llamativo impulso beligerante después de siglos de estancamiento.[1]
Sin embargo de todo lo dicho, podríamos poner en cuestión la existencia real de una civilización europea: siendo Europa, después de Oceanía, el continente de menor extensión y hoy el menos poblado (unos diez millones de km2 para 750 millones de habitantes, comparado con los 44 y 4.200 respectivamente de Asia y densidad menor que en esta, los 30 y 1,100 de África o los 42 y casi 1000 de América), es también el más diversificado relativamente en naciones y estados (46) y por tanto también en culturas nacionales. Encontramos estados tan mínimos como el Vaticano, con menos de medio kilómetro cuadrado (que ejerce sin embargo una influencia mundial) y tan vastos como Rusia, que por sí sola ocupa casi un 40% del continente. Y las diferencias demográficas no son menores, entre los 15-27 habitantes por km2 de los países escandinavos y Rusia hasta los más de 400 o 370 de Holanda y Bélgica.
La lengua, factor cultural de primerísimo orden, tampoco ofrece la menor homogeneidad, salvo por la remota raíz indoeuropea de las lenguas más habladas. Estas se hallan diversificadas en tres grandes familias, la eslava, germánica y latina, que por sí solas suponen el 95% de la población total, más otras ramas menores como la céltica o la griega, y algunas lenguas no indoeuropeas y poco habladas, como el finés, el húngaro o el vascuence. Dichas tres ramas son completamente ininteligibles entre sí, y cada una de ellas está diversificada a su vez en numerosos idiomas y dialectos poco o nada comprensibles entre sí sin estudio. Hay además tres alfabetos, predominando el latino, con diferencias menores según diversos países, y el cirílico. La lengua con más hablantes nativos es el ruso, más de 160 millones, seguida del alemán, con 90 millones, el francés, inglés e italiano, con unos 65 millones cada uno, el español el polaco y el ucraniano con más de 40 millones cada. No obstante la lengua con mayor número de hablantes nativos son el español y el inglés, fuera de Europa la mayoría de ellos.
Esta gran variedad lingüística, que hace que la gran mayoría de los habitantes de una nación no puedan entenderse con los de la vecina, aunque tienda a emplearse un inglés elemental en muchos casos. Los ámbitos lingüísticos van más allá, marcando cada uno de ellos fuertes peculiaridades étnicas y de otro tipo. Las diferencias lingüísticas se extienden a la literatura, asimismo muy variada en estilos, tonos y temas según los países, o el arte en general, la arquitectura popular, la canción, la culinaria, etc.. Algunas naciones europeas, como Inglaterra, España, Rusia, en menor medida Francia o Portugal, han creado vastos y duraderos espacios culturales propios, especie de subcivilizaciones, en varios continentes.
Las diferencias lingüísticas se acompañan de otras en el aspecto físico, que difiere notablemente entre la población germánica, la latina y la eslava, aun con bastante mezcla entre ellas. Con todo, tomada como conjunto, la población europea difiere más en el aspecto exterior de la africana o la asiática.
Permanecen asimismo fuertes diferencias económicas, particularmente entre el este europeo, por lo común más pobre que el centro y el oeste, o entre las economías nórticas y las mediterráneas… Hay países muy intensamente industrializados y otros mucho menos o más agrarios o con mayor peso de los servicios y las variaciones en estructura económica, política fiscal o constituciones políticas son también muy significativas, como el peso de tales o cuales partidos, aunque se han creado internacionales de una u otra tendencia, tampoco demasiado homogéneas…
La historia interna de Europa ha distado de ser armoniosa. Las guerras entre sus países han menudeado siglo tras siglo, algunas tan devastadoras como la de los Treinta Años en el XVII, o las dos mundiales del XX. Estas dos última señalan la decadencia del continente como un todo. Como efecto de las guerras, las fronteras han cambiado de forma sustancial muy a menudo, hasta nuestros días. España es uno de los países con fronteras más estables desde hace siglos, pero la mayoría han experimentado rectificaciones muy amplias incluso en pleno siglo XX. Así Francia, Alemania, Rusia, Reino Unido, Suecia, Polonia y las demás naciones del centro-este, Grecia… Se han creado nuevos estados disgregando imperios y alguno, como Yugoslavia, ha sufrido una sangrienta desintegración en tiempos recientes.
¿En qué sentido puede hablarse, entonces, de una civilización europea? Existe, por lo pronto, un evidente factor común de la mayor relevancia: todos los países de Europa se han considerado a sí mismos cristianos, y durante siglos se los podría definir como “el continente cristiano”. Aún así, el cristianismo está dividido en tres ramas principales, la católica, la ortodoxa y la protestante, y curiosamente, cada una de ellas destaca en alguno de los tres grandes ámbitos étnico-lingüísticos. El catolicismo predominó en el centro-oeste europeo hasta que el violento cisma protestante cundió sobre todo por los países germánicos en el siglo XVI, con excepciones importantes como las católicas Austria, la mitad de Alemania o de Holanda. Así, el catolicismo quedó casi reducido a los países latinos (excepto Rumania), a algunos eslavos y a Irlanda. La rama ortodoxa predomina netamente en los países eslavos más Grecia, con excepciones como las católicas Polonia, Croacia y otras menores. Simplificando un tanto puede decirse que la Europa germánica es protestante, la latina católica y la eslava ortodoxa.
Pero aun con tales divisiones, persiste el cristianismo como la raíz cultural común a toda Europa, salvo regiones menores de tradición islámica y grupos inmigrantes de esa religión actualmente en auge. Es más, si algún factor ha moldeado profundamente la historia y la cultura europeas hasta la actualidad, ha sido el cristianismo. No obstante, a partir del siglo XVIII han ido tomando cuerpo ideologías contrarias o indiferentes, como algunas corrientes liberales y revolucionarias, el marxismo o un laicismo extremado, de influencia creciente en nuestros días, cuando un porcentaje considerable de los europeos, muy variable según países, declara no profesar ninguna religión. El cristianismo también diferencia a Europa de otros continentes, con excepción de América, parte de África y Oceanía, adonde ha llegado más tardíamente y precisamente a partir de Europa.
Un rasgo del cristianismo ha sido cierta separación entre el poder espiritual y el poder político, ausente en otras religiones. El poder religioso estuvo y está centralizado en Roma, mientras que la soberanía política se ha dispersado en numerosos estados nacionales o imperiales. Las relaciones entre ambos poderes han dado lugar a frecuentes tensiones y hasta conflictos armados, y también a un concepto de la libertad más agudo que en otras civilizaciones. Con la expansión protestante, el poder espiritual se disgregó en muchas tendencias particulares, sin sede común, mientras que en la parte oriental el cristianismo ortodoxo siempre estuvo mucho más próximo y mediatizado por el poder político que en el catolicismo.
Junto con el cristianismo, otra raíz común a la cultura europea ha sido el gran legado del pensamiento y el arte grecolatino, así como, menos generalizadamente, el derecho romano. Estas herencias fueron transmitidas y propagandas precisamente a través del cristianismo desde la destrucción del Imperio romano.
En relación con todo ello, otra característica europea ha sido su productividad cultural en el pensamiento, la ciencia, la técnica y las artes, con más intensidad en unos países que en otros, y que en conjunto superan a cualquier otra civilización, aun recordando los altos niveles logrados por algunas como la china, la india o en su mejor época la islámica. Desde la pintura a la filosofía, desde las matemáticas a la literatura, la ciencia y la técnica, en ningún otro continente a se ha producido una explosión tan sostenida de la alta cultura, a través de sucesivos movimiento que han abarcado, si no a todos sus países, a muchos de ellos y los que más han marcado con su impronta al conjunto: así el Románico, el Gótico, el Renacimiento, el Barroco, la Ilustración, el Romanticismo, el Liberalismo, el capitalismo, el Marxismo, los fascismos, etc. La democracia liberal, en cambio, ha llegado a Europa desde fuera, desde Usa, si bien esta fue engendrada a su vez por el pensamiento político europeo.
Cabe hablar, por tanto de una verdadera civilización europea, si bien con muchas variantes en el tiempo y el espacio, siendo otro rasgo suyo una gran diversificación en naciones, sistemas políticos y culturas; diversidad en la que ha radicado, precisamente, una de las causas de su riqueza y dinamismo.
¿Qué es Europa, finalmente? Podríamos describirla como un conjunto muy variado de naciones y culturas, unido por ciertas tradiciones y concepciones religiosas, filosóficas y artísticas a través de diversas edades, y hoy en decadencia y en trance de transformación profunda con resultados inciertos.
[1] Unas consideraciones más amplias sobre estas cuestiones, la importancia de la economía o la naturaleza y evolución del poder político, o las concepciones marxistas, que, más o menos modificadas, mantienen una influencia muy extendida en ámbitos académicos, en Nueva historia de España, pgs. 17 y ss.
