**Blog I: Recuerdos (8) Un peruano extraño, hombre de mundo, en la Rue de la Pompe: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-8-hombre-mundo-10082015-0804
**Lluis Companys, héroe y mártir del separatismo: http://citaconlahistoria.es/2015/07/12/la-figura-de-luis-compayns/
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Hace nueve años, en el blog:
“A las nueve, el conde fue a palacio. Don Alfonso abordó inmediatamente el tema electoral subrayando la derrota. Aznar (el almirante) intentó echar agua al vino y Don Alfonso le interrumpió diciendo: “Déjese de consuelos. No los necesito. Sé cuanto debo saber y mi resolución es inquebrantable. No me olvido que nací Rey y lo soy”, y enseguida, rectificando la frase: “que lo era. Pero hoy, por encima de todo, no olvido que soy español. No hay tiempo que perder. Los acontecimientos se precipitan”. Y sugirió parlamentar con Alcalá-Zamora. Luego pasó a la cámara real el ministro opuesto al abandono, La Cierva, que aconsejó resistir. El monarca, irritado, le acusó de no ver más allá de sus narices y de olvidar el largo plazo.”No puedo consentir que con actos de fuerza para defenderme se derrame sangre y por eso me aparto de este país”. El ministro le replicó: “El Rey se equivoca si piensa que su alejamiento y pérdida de la Corona evitarán que se viertan lágrimas y sangre en España. Es lo contrario, señor”. Fue, sin duda, una de las pocas escenas realmente dramáticas de aquellos días, que tienen más bien un aire bufo” (De Los personajes de la República vistos por ellos mismos).
“Sé cuanto debo saber”, aseguró Alfonso XIII. ¿Sabía que las candidaturas monárquicas habían ganado las elecciones? ¿O sabía que con aquella pandilla de políticastros monárquicos no iba a ninguna parte? En todo caso triunfó “esa audacia tan parecida a la impudicia” de los republicanos, y comenzó la carrera hacia la guerra civil, entre alegrías. La Cierva, no el rey, veía más allá de sus narices.
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Rajoy se suma al Pacto Proterrorista con “espíritu constructivo” y “no partidista”. Si su cambio proviene del rey, malo, muy malo. Y si viene de su caletre, casi peor. El PP no denuncia las fechorías más evidentes contra la ley, se limita a exhalar suspiros; no hace oposición, sino matización.
Algo más, una cuestión de estética: dejarse embaucar por un iluminado tercermundista, por una nulidad intelectual como Zapo. Ignominioso, realmente. Desdichado Rajoy, desdichado PP y desdichado país.
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Dice Pilar Manjón que las víctimas no tienen derecho a decidir la política sobre el terrorismo. Yerra. Las víctimas tienen el derecho y el deber de hablar y decidir. Pues las víctimas son todos los ciudadanos, son toda la sociedad, excepto los colaboradores de los pistoleros. Y una sociedad democrática no puede admitir que la política antiterrorista se transforme en proterrorista, como ocurre.
La señora Manjón no puede entender esto: es una declarada comunista. Defiende una ideología ferozmente antidemocrática, causante de tantos crímenes como la nacional-socialista o nazi. Declararse comunista no es mejor que declararse nazi. Mientras esto no se vea claro, nuestra sociedad padecerá una enfermedad moral peligrosa
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Un dato de la historia del PSOE
He sugerido en varias ocasiones que algún historiador serio y con criterio escribiera una historia del Partido de los ciento y pico años de honradez. Me ha propuesto la tarea alguna editorial, pero ya tengo bastante que hacer. Ofreceré aquí, no obstante, un apunte de interés para la época franquista.
El PSOE fue, con toda probabilidad el partido más infiltrado por la policía franquista. Hablé poco antes de su muerte con el general Eduardo Blanco, que dirigió durante años la represión política del régimen, y me señaló que su objetivo central eran siempre los comunistas, pues del PSOE, cuya actividad era mínima, tenían más información de la que necesitaban. En su excelente libro Clandestinos, J. R. Gómez Fouz trata algo del caso, referido a Asturias, y J. I. Gracia Noriega hace en el prólogo estas reveladoras apreciaciones: “La traición es moneda de uso corriente tanto entre quienes se proponen derribar el Estado como entre los que pretenden apuntalarlo, y, debido a ello, Vasílief [el último jefe de la Ojrana, la policía secreta zarista]describe una psicología del traidor: “Ocurría, además, un fenómeno psicológico que se presentaba casi con regularidad en los colaboradores secretos. Éstos se hallaban en continuas relaciones, tanto con la policía como con los revolucionarios. Esta situación, nada natural, incluía perniciosamente en sus nervios. La traición de que sin cesar hacían objeto a sus propios correligionarios y que no pocas veces conducía a su encarcelamiento o destierro, pesaba sobre las conciencias de estas gentes, mientras que, por otra parte, siempre temían ser desenmascarados o asesinados por los revolucionarios”. El infiltrado es la obsesión de la lucha clandestina (…). Añade Vasílief: “Por este motivo nunca faltaba en la vida de todo colaborador secreto el instante en que súbitamente se arrepentía del doble papel que se había prestado a hacer. En este crítico momento despertábanse en él algunas veces fanáticos sentimientos de odio contra aquel oficial de la Ojrana que dirigía la actividad del agente”
Pero, observa Gracia Noriega, ¿es posible que la delación conviva hasta puntos extremos con el fanatismo? (…) Las circunstancias de la clandestinidad antifranquista (…) fueron muy distintas de las de los revolucionarios rusos. En España, el confidente delataba por conseguir algún tipo de beneficio, bien en el orden material, recibiendo, de oscuros presupuestos, el equivalente a las treinta monedas, o bien para preservar su seguridad. En este ambiente, el fanatismo estaba de más. Me contó el comandante Mata que, de inmediato, desconfió de alguien que se había infiltrado en la guerrilla debido a su fanatismo. El delator era, en la España de los años cincuenta y sesenta, por lo general un pobre hombre. Cualquier parecido entre el atormentado Gypo Nolan, de la novela de Liam O´Flaherty, y el delator de la policía franquista, que delataba a cambio de miserables prebendas, salvo el actos mismo de la delación, es inexistente”
No vamos a caer en la injusticia de pretender que todos los socialistas de la época de Franco fueran como sus infiltrados. Pero algunos de estos “pobres hombres” han llegado a desempeñar cargos muy altos en el PSOE de la democracia. Gómez Fouz ha documentado alguno de ellos, y, desde luego, habrá más. Es parte de una tradición ideológica muy asentada, la del pesebrismo, impuesta hoy decisivamente en ese partido. Gracia Noriega yerra en algo: también el pesebrismo genera conductas fanáticas. ¡Y tanto!
