Seidman, Revista de libros y el muy deplorable mundillo intelectual español

El profesor useño M. Seidman escribió en Revista de libros, una publicación bastante acreditada, una reseña crítica de Los mitos del franquismo. El director de la revista, Álvaro Delgado Gal, me prometió que podía contestarle en igualdad de condiciones. La promesa no se ha cumplido porque He estado hablando con el editor, y me ha hecho ver que la respuesta está escrita demasiado en caliente, y que sería mejor, lo mismo para ti que para la revista, demorar la publicación unos días, dejando que las cosas se posen lo suficiente. Esto no significa que nos neguemos a publicar una réplica. Pero existen aspectos que no son compatibles con las normas por las que se rige la revista. Creo, sinceramente, que es mejor esperar un poco. ¿Esperar a qué? ¿A  cambiar el contenido o el estilo? ¿No es esto una forma de autocensura?  Seidman tiene derecho a desfigurar mis puntos de vista, achacarme “culpas” imaginadas por él y a demostrar reiteradamente su ignorancia, y yo debo autocensurarme Por desgracia, este es el nivel real del mundillo intelectual español, incluso entre los que pretenden escapar de la mayor mediocridad. Mi respuesta era la siguiente:

Seidman no es buen crítico

  Michael Seidman escribió una historia de la guerra civil española a la que dediqué dos comentarios[1] no del todo elogiosos. Su libro trataba la intendencia durante el conflicto y en esa cuestión era bueno e interesante, pero desorbitaba su importancia y repetía tópicos tan sobados  como falsos. Y ahora, sobre mi libro Los mitos del franquismo Seidman ha publicado una reseña dura, pero me temo que no muy brillante.

   Para centrar la cuestión, haré un breve resumen de Los mitos y sus problemas: 1. El franquismo no derrotó a una democracia, sino a un proceso revolucionario y separatista (basta ver  los componentes del Frente Popular para comprobarlo); 2. Mantuvo a España  al margen de las catástrofes de la guerra mundial; 3. Derrotó al maquis, un peligroso intento comunista de volver a la guerra civil (los ingleses fracasaron ante otro semejante en Grecia); 4. Afrontó y venció un aislamiento internacional que buscaba hambrear masivamente a España; 5. Reconstruyó el país en los años 40 frente a dificultades extremas creadas por las presiones exteriores; 6. desarrolló al país, en los años 60-75, a un ritmo nunca visto antes o después en España,  que convirtió al país en el de más rápido crecimiento del mundo después de Japón y Corea del Sur; 7. Elevó la esperanza de vida de los españoles a los primeros puestos del mundo; 8. Fue una baza de gran importancia en la guerra fría contra la URSS; 9. No tuvo oposición democrática real (no había demócratas en sus cárceles, y sí comunistas y/o terroristas, en número reducido); 10. Legó una sociedad pacífica, libre de los odios que destrozaron la república, próspera y con una amplísima clase media, es decir, apta, también por primera vez, para una democracia no convulsa. Estos hechos y otros semejantes pueden ser discutidos en los detalles, pero no como balance, pues son evidentes para cualquier observador  serio.

   El casi increíble éxito práctico del franquismo frente a dificultades extremas plantea una cuestión de base: ¿por qué no pudo continuar? Mi tesis es que se debió a su debilidad teórica. Intentó crear una ideología que superase tanto al marxismo como al liberalismo, y fracasó desde el principio. Fracasó por la disimilitud de las “familias” políticas del régimen (Falange, Carlismo, Catolicismo político, Monarquismo), no bien avenidas entre sí, con expectativas diversas y cada una con un sector antifranquista. Solo el declararse católicas las aunaba ideológicamente, por lo que el régimen se definió como católico, con la colaboración del Vaticano. Pero cuando este, tras el Concilio Vaticano II, optó por el “diálogo con el marxismo” y el boicot al franquismo, el régimen quedó ideológica e intelectualmente sin asidero. Si no se derrumbó fue porque sus logros  le permitieron  evolucionar a una democracia liberal “de la ley a la ley”. Queda en pie, sin embargo, y más ante la actual degradación de la democracia, la necesidad de investigar la causa profunda de sus éxitos y extraer algunas lecciones.

   Este resumen es necesario para saber de qué se habla, pues según la versión de Seidman,  yo me dedico a actualizar y renovar la ideología de una «anti-España». A la larga lista de los presuntos enemigos de España –que ha incluido tradicionalmente a la izquierda (especialmente los marxistas, pero también los liberales), los extranjeros (particularmente las potencias protestantes y los judíos) y los separatistas vascos y catalanes–, Moa incorpora a las feministas y, de manera especial, a los democristianos. Uno queda perplejo ante una digamos síntesis que nada tiene que ver con el libro o solo de modo tangencial, y tampoco con mis puntos de vista. Naturalmente, España ha tenido y tiene enemigos internos y externos, como casi todos los países, pero mi opinión sobre el declive de España desde mediados del siglo XVII, que el libro aborda de modo secundario y Seidman convierte, desvirtuándolo, en principal,  es que la decadencia española se debe ante todo a un anquilosamiento intelectual, y especialmente universitario. De paso me  acusa de “iberocentrismo”, por otra parte lógico, pues trato un fenómeno histórico español. Él prefiere un anglocentrismo que haría depender lo ocurrido en España de las decisiones anglosajonas, como se desprende de su crítica. 

    No ya la fidelidad al tema, ausente en Seidman, sino la pobreza de su argumentación y conocimientos, brilla a cada paso: Moa no juzga necesario mencionar que el general Mola rechazó los compromisos de restaurar el orden ofrecidos por Martínez Barrio en julio de 1936, lo que provocó que el sangriento conflicto acabara resultando inevitable. El autor omite señalar que no fue hasta después de la revuelta militar del 18 de julio cuando el Gobierno republicano decidió armar a los revolucionarios.  Mola rechazó los “compromisos” porque ya eran imposibles tras el asesinato de Calvo Sotelo y porque  el Frente Popular había rechazado violentamente las peticiones de restaurar el orden desde las mismas elecciones de febrero del 36, como el Sr. Seidman puede comprobar con solo consultar las actas de las Cortes. Y Martínez Barrio huyó literalmente, no de Mola sino de las izquierdas que exigían la entrega de armas. Con ese “argumento” podría acusar a Churchill de la II Guerra Mundial, al haber rechazado las ofertas de paz de Hitler. Y el gobierno “republicano” armó a las masas en lugar de imitar a las derechas, que en 1934 defendieron la legalidad republicana: una legalidad que las izquierdas demolieron desde el nada democrático proceso  electoral de 1936 (desde febrero hasta la destitución de Alcalá-Zamora, entre violencias brutales, reconocidas por Azaña). Seidman ignora obras fundamentales al respecto. Y si llama democrático a aquel proceso es porque cree que en un país como España la democracia consiste en vulnerar la ley. Frívola actitud,  frecuente en intelectuales anglosajones de izquierda[2].

   Moa critica a Alfonso XIII por conceder el poder pacíficamente a los republicanos en 1931, pero al menos el rey –al contrario que Mola y Franco–evitó un baño de sangre. Alfonso XIII, un rey frívolo, despreció a sus propios votantes (había ganado las elecciones) y creó las condiciones para el baño de sangre que vendría después, y que en aquel momento no habría ocurrido de ningún modo. Se ve que Seidman ignora hasta un libro tan básico como el de Miguel Maura, verdadero conseguidor de la república[3].

  Según Moa, Franco desechó el bombardeo de ciudades o pueblos tras una débil experiencia en Madrid, en noviembre del 36» (p. 192). Sin embargo, Robert Stradling (…), escribe: «El 27 de marzo [de 1938] Lérida fue víctima de un nuevo ataque de los aviones de la fuerza aérea nacionalista. Entre la cifra de cuatrocientas presuntas víctimas civiles había un número reducido de adolescentes. Dos meses después, el 31 de mayo, la pequeña localidad catalana de Granollers, cerca de Barcelona, fue atacada por cinco Junker (…). Franco prohibió textualmente los bombardeos sobre población civil. Fue desobedecido en pocas ocasiones por italianos y alemanes. El Frente Popular no solo no prohibió esos bombardeos,  sino que los empezó y se jactó de ellos en sus partes. Es difícil cuantificar las víctimas de unos y otros, pero todas juntas no llegan, ni  remotísimamente, a las de los bombardeos ingleses y useños sobre población civil alemana y japonesa (o francesa), principalmente niños, mujeres y ancianos. No lo digo por el “y tú más”, sino porque para la historia son esenciales las comparaciones para situar los hechos en su perspectiva, pues los humanos no somos santos, aunque unos lo sean menos que otros, y es absurdo comparar sus actos con la bondad absoluta. 

  Sin embargo, su Caudillo no es «cruel, vulgar» ni «mediocre», sino más bien una persona «humanitaria. Franco sigue siendo una víctima de una prensa occidental obsesionada por la «hispanofobia», tal y como quedó ejemplificado por la cobertura que dieron los medios de comunicación a Guernica ya en 1937. Franco demostró su humanitarismo, por ejemplo, salvando a muchos judíos o evitando masacres, como en la etapa final de la guerra civil. Su “mediocridad” se revela en haber vencido política y militarmente a sus peligrosos enemigos durante 40 años. ¿Y cruel comparado con quiénes? Franco fue mucho menos cruel que Churchill, Roosevelt o Truman, no digamos ya Hitler o Stalin. Y sobre Guernica, no sé si ha leído mi informe al respecto en Los mitos de la Guerra Civil. Se lo recomiendo, si quiere hablar con fundamento[4].

  La estrecha perspectiva del autor (…) afirma que la Guerra Civil fue «uno de los pocos fracasos graves de Stalin».  Su iberocentrismo no consigue situar en contexto el conflicto español, ya que se produjeron fracasos mucho mayores cuando, durante el período del Frente Popular, Stalin fue incapaz de reconstruir una alianza franco-rusa como en la Primera Guerra Mundial, y también en junio de 1941, cuando Adolf Hitler rompió el acuerdo Ribbentrop-Mólotov. Claro que Stalin tuvo fracasos (y enormes éxitos, en parte por su alianza con Inglaterra y Usa). Lo cual no impide que la guerra de España fuera uno de sus pocos grandes fracasos. La “perspectiva” de Seidman.

  Según el autor, la Unión Soviética fue la responsable de la larga duración de la Guerra Civil: «Sin […] la ayuda soviética, sin su perseverancia y dureza, el Frente Popular no habría resistido más de cinco o seis meses a los nacionales». Olvida mencionar que el conflicto habría terminado incluso más rápidamente sin la ayuda alemana o italiana a los nacionalistas. Moa no parece estar familiarizado con la bibliografía extranjera que cuestionaría sus juicios. Quien no está familiarizado con los hechos es Seidman. La ayuda italiana y alemana no fue decisiva en ningún momento[5]. El Frente Popular dependió mucho más de Stalin que los nacionales de la ayuda italogermana. Stalin dirigió en gran medida al Frente Popular –discutí sobre ello con el profesor Moradiellos[6]–. Hitler y Mussolini no tuvieron ni de lejos la misma influencia sobre Franco. Añadamos que por entonces nadie tenía de Hitler la misma imagen que después de la guerra mundial: no había cometido genocidios y había sacado a Alemania de la Gran Depresión. Stalin, en cambio, ya tenía tras de sí millones de víctimas.

  Asevera que los «jóvenes de la CEDA de Gil-Robles, desencantados de un legalismo que juzgaban excesivo» se afiliaron a la Falange después de resultar elegido el Frente Popular; los estudios académicos más recientes sostienen, por el contrario, que el incremento de afiliados a la Falange se produjo después del estallido de la Guerra Civil. Las dos cosas son ciertas, como debería saber si hubiera estudiado el asunto: muchos jóvenes de la CEDA afluyeron a Falange  en los meses anteriores a la guerra, y de forma masiva después. Y el Frente Popular no fue “elegido”.

El autor afirma repetidamente que la «neutralidad» española favoreció a los aliados mucho más que a Alemania. Sin embargo, el Gobierno de Franco declaró oficialmente no la «neutralidad», sino la «no beligerancia», el 12 de junio de 1940, tras la caída de Francia. (…)La no beligerancia no era una postura reconocida por las leyes internacionales, sino inventada y declarada por Mussolini en septiembre de 1939 para expresar el firme apoyo a Alemania por parte de Italia. Las autoridades españolas consideraban asimismo la no beligerancia como un rechazo de la neutralidad y un preludio de la entrada de España del lado del Eje. La objeción es pueril. ¿Entró España en la guerra mundial? ¿Benefició esto mucho más a los Aliados o al Eje? Eso es lo que cuenta en el balance histórico, y la respuesta está bien clara en Los mitos del franquismo, que da la impresión de no haber entendido pese a que nadie me acusa de escribir de forma oscura.

Moa sostiene que las dos reuniones de Hitler en octubre de 1940, la primera con Franco y la segunda con el mariscal Philippe Pétain, fueron “dos fracasos» para el Führer. Sin embargo, ambos encuentros consolidaron la estrategia atlántica de los alemanes, que les proporcionaba una línea de costa atlántica ocupada o amistosa desde Escandinavia hasta la península Ibérica. Pétain accedió a desarrollar una política oficial de «colaboración» con el Tercer Reich. La no beligerancia de Franco fue igualmente proalemana, si es que no lo fue aún más. Nuestro buen Seidman no deja de sorprender con su sapiencia. La estrategia atlántica de Hitler incluía a Marruecos, y Franco, precisamente, la desbarató[7]. Y Pétain no consolidó nada, pues la ocupación del Atlántico francés había sido decidida antes.

Dada su insistencia en la supuesta «neutralidad» de España, Moa no examina en ninguna profundidad la ayuda que brindó al Eje el régimen de Franco. ¿”Supuesta neutralidad”? ¿Entró España en la guerra?  De nuevo el Sr. Seidman se alza valerosamente contra la evidencia. Franco no tenía por qué apoyar a Inglaterra,  que entre otras cosas retenía Gibraltar y estaba creando hambre en España, mientras que Alemania la había ayudado contra la revolución y los separatismos. Desde luego, no podía desairar abiertamente a Hitler y tenía que contemporizar, hacer concesiones  y moverse entre los remolinos de la guerra, dando algunas facilidades tácticas a los alemanes. Y lo hizo muy bien, para los intereses de España, que eran los que le preocupaban. Y que, aunque no deliberadamente, beneficiaron estratégicamente a los anglosajones, como sabe cualquier estudioso y señaló Churchill[8].

Moa afirma con indignación que en octubre de 1943 España fue víctima de una «campaña de intimidación» de Washington, llevada a cabo por el New York Times, que acusó de que «España aprovisionaba a la mussoliniana República de Saló, que la División Azul tenía orden de continuar en Rusia o que los barcos españoles llevan contrabando al Eje (…) La  República de Salò de Mussolini, utilizó el espacio aéreo español y repostó en aeródromos españoles para bombardear Gibraltar, hasta el 3 de junio de 1944. » No escribo con indignación, como fantasea Seidman. Solo constato las bien documentadas campañas de intimidación de Usa, en abierta vulneración de sus promesas previas a la operación Torch. Campañas basadas en distorsiones y falsedades, semejantes a las que precedieron a la  guerra de 1898. Y el Sr. Seidman confunde lamentablemente fechas y cuestiones. La aislada república de Saló ni tenía apenas trato con España ni bombardeaba Gibraltar.

Moa declara que la «neutralidad» española era menos favorable al Eje que la de otros países neutrales, como Suiza y Suecia, pero dichas naciones se hallaban expuestas a una fácil invasión por parte de la Wehrmacht. Ni Suiza ni Suecia se mostraron, ni con mucho, tan políticamente favorables al Eje como sí se mostró España. Los servicios prestados por Suiza y Suecia a Alemania, fueran cualesquiera sus razones o pretextos, superaron enormemente a  los de España. Y ni Suecia ni Suiza entraban en los planes militares directos de Hitler, mientras que España sí, y de modo crucial entre el otoño de 1940 y el verano de 1941 Quizá le convenga leer a Norman Goda al respecto. La osada ignorancia, una vez más.

 Sólo el número cada vez mayor de victorias militares aliadas, acompañadas de crecientes amenazas aliadas occidentales de reducir al mínimo los envíos de comida y combustible a una España vulnerable convencieron a Franco de poner fin poco a poco y a regañadientes a sus políticas favorables al Eje. El Caudillo no comprendió nunca (…) el compromiso de los aliados occidentales para imponer una rendición incondicional a la Alemania nazi. Y tampoco deseaba una derrota del Eje. Las restricciones de comida y combustible no fueron amenazas, sino hechos, y no se produjeron cuando los Aliados iban ganando, sino desde el mismo principio. Claro que Franco no quería una derrota total de Alemania y sí de la Unión Soviética, un totalitarismo no mejor que el nazi con el cual se aliaban los anglosajones. No tuvo éxito en sus gestiones, pero  estimó que la guerra, tal como se desarrollaba, acabaría con la anterior hegemonía europea y dividiría al continente en dos bloques antagónicos. En esto, al menos, acertó de lleno.

En ese punto, temeroso de su animosidad hacia su régimen fascista y comprometido con el Eje, decidió reinventarse como un católico conservador. De nuevo la ignorancia. Ni el régimen fue nunca fascista, ni se alió con las potencias fascistas, ni temió demasiado las amenazas anglosajonas y soviéticas: les hizo frente y salió victorioso. En el libro explico claramente por qué se salió con la suya, pese a su inferioridad material y militar.  El sector más fascistoide, la Falange, nunca fue el dominante. Y no se reinventó como católico, como expliqué al principio. ¿Por qué cree que el Vaticano aceptó lo que Seidman llama “reinvención”?[9]

El autor desdeña como una conjura comunista, que habría conducido inevitablemente a la dominación estalinista, los esfuerzos por construir una amplia coalición democrática para derrocar a Franco en 1945. Presentar así mi argumento es más que una simplificación, una simpleza. La “coalición democrática”, cualquier cosa menos democrática, fracasó por las disputas y querellas entre los “coalicionistas”.

  Don Juan, era un oportunista sin principios cuyo hambre de poder lo llevó a negociar tanto con el Eje como con los Aliados para ocupar el lugar de Franco, pero el restablecimiento de una monarquía constitucional liberada del estigma del Eje habría puesto fin a los años de aislamiento que sufrió España después de la Segunda Guerra Mundial. Un régimen de estas características habría obtenido un acceso más fácil a los préstamos estadounidenses y probablemente habría resultado elegible para la ayuda del Plan Marshall. Ni los comunistas ni los monárquicos gozaban en 1945 –ni después– de verdadero apoyo popular, cosa que al demócrata Sr. Seidman le importa poco. Y el aislamiento incitado por Stalin y los anglosajones, entre otros, contra un país que había permanecido neutral, era un acto delictivo, realmente criminal porque pretendía llevar a la población a una hambre masiva para “convencerla” de que derrocase a Franco. Otros países europeos se libraron de los nazis por la intervención militar useña y debieron su prosperidad a la ayuda económica de Usa. España no tuvo que librarse de nadie y pudo reconstruirse básicamente sin esa ayuda, como muestro en el libro con datos estadísticos difícilmente rebatibles. El Sr. Seidman muestra una mentalidad un tanto de “protectorado” sobre España. Pero lo españoles de entonces no la aceptaban, al parecer.

Moa parece dedicarse a la difamación basada en acusaciones no fundamentadas. El autor afirma que la masacre de centenares, si no millares, de republicanos a manos de nacionalistas en 1936 en Badajoz fue «una completa invención» y acusa al periodista estadounidense John T. Whitaker de actuar como uno de los «agentes del Frente Popular».  De nuevo debo recomendar al Sr. Seidman que olvide la propaganda y  se informe con estudios serios, que cito en mi libro. En lugar de ello me acusa de “difamación”[10]Moa señala que Harry Hopkins, uno de los principales asesores de Roosevelt, tenía una relación tan amistosa con Stalin que «se ha sospechado de él directamente como agente soviético» (p. 190). (…) Dos historiadores estadounidenses  anticomunistas  sostienen que «no contamos, sin embargo, con pruebas convincentes de que [Hopkins] fuera un traidor».  El modo de “argumentar” de Seidman. Lo que digo es que de Hopkins “se ha sospechado”, no que haya pruebas. Y la sospecha sigue en pie. Tampoco hay pruebas de que Hitler ordenara directamente el Holocausto, por ejemplo.  Ello aparte, se trata de un asunto muy secundario en el libro. A Seidman le indigna que considere “anodino” a Roosevelt, arguyendo en contra que padeció la polio y luego fue elegido presidente cuatro veces. Vaya. Roosevelt fue un político profesional, muy hábil –también para incumplir sus promesas–. Ni intelectual ni moralmente fue nada especial y en conjunto su vida me parece anodina. A Seidman no. Bien, es opinable.

Los penúltimos capítulos de este libro degeneran en ataques personales a celebridades políticas o de los medios de comunicación que no comparten sus ideas políticas. Un ofendido Moa confunde el principio de libertad de expresión con la obligación de tener que brindarle a él una plataforma en la radio, la televisión y los periódicos. Se refiere al capítulo dedicado a Carrillo, Cebrián, Ansón y otras “celebridades. Seidman cree que, porque a él le gustan, no deben ser criticadas. Y no hay el menor ataque personal, sino exposición de hechos. A ver si Seidman logra rebatir mis afirmaciones al respecto.

Moa no está siempre equivocado y acierta al criticar a los historiadores nacionalistas vascos, como Paul Preston y Helen Graham, por su abuso de los conceptos «holocausto» y «genocidio» cuando describen el terror nacionalista. Sin embargo, el propio Moa utiliza este último término  para describir la persecución de prisioneros y sacerdotes por parte de los republicanos. No obstante, su noción de «genocidio» del clero no puede explicar por qué «núcleos clericales separatistas catalanes y vascos […] habían colaborado […] con el Frente Popular».  Subraya el lamentable racismo de los nacionalistas vascos y catalanes –«la ideología peneuvista se condensaba en un racismo aún más radical y agresivo que el del separatismo catalán» –, pero desdeña todo análisis de las actitudes y acciones de los nacionalistas, que fueron incluso más racistas y antisemitas7. Increíble. El racismo y antisemitismo de los nacionales, más allá de la retórica, se plasmó en el salvamento de miles de  judíos.  Y la persecución religiosa  –no incluyo a los prisioneros como Seidman embrolla –  fue un genocidio tipificado técnicamente. Que algunos curas  vascos y otros colaborasen en él no lo niega, como tampoco la colaboración de algunos judíos con los nazis desmiente el Holocausto. Uno no acaba de sorprenderse de los “argumentos” del buen Seidman.

 El autor cita frecuentemente la crítica de Julián Besteiro a la influencia comunista durante el Frente Popular y las opiniones indulgentes que tenía el socialista moderado de los nacionalistas, pero olvida añadir que los vencedores recompensaron la moderación del socialista de sesenta y nueve años con una condena de treinta años de cárcel. Besteiro murió en 1940 en una cárcel espantosa y en terribles circunstancias. La cita de Besteiro es real, y viene al caso. Su muerte unos meses después en una cárcel a causa de una septicemia accidental, también, pero no venía al tema[11]. Y las condenas perpetuas en el “espantoso” franquismo, como Seidman debiera saber pero obviamente ignora, casi nunca pasaban de seis años (en Usa se aplican a rajatabla, según creo)

  Moa declara que los crímenes alemanes no fueron peores que los aliados. Se pone el énfasis en las supuestas atrocidades bélicas de los aliados contra los prisioneros de guerra alemanes, pero se omite cómo los nazis dejaron morir deliberadamente de inanición a tres millones de prisioneros de guerra soviéticos. De nuevo embrolla el Sr. Seidman.  Lo que digo es que en el frente occidental, –no en el oriental—los aliados cometieron más crímenes de guerra que los alemanes. Que pruebe a rebatirlo, en lugar de mezclar los dos frentes.  Una vez más: los hechos.

Moa vuelve a dar lecciones de moral para burlarse del presidente Harry Truman por excluir a España del Plan Marshall en 1948 y por criticar la persecución a que sometió Franco a los protestantes (cuya existencia Moa niega erróneamente)9: «El hombre de Hiroshima y Nagasaki se sentía moralmente superior al “fascista” Franco y le perjudicaba» (p. 255). Moa posee, de alguna manera, una confianza inexplicable en que Franco y sus anteriores valedores, Hitler y Mussolini, no habrían utilizado armamento atómico con incluso menos reparos que el presidente estadounidense. Ni doy lecciones de moral ni me burlo de Truman, expongo los hechos. Supongo que Hitler  habría utilizado la bomba atómica, y desde luego Franco no lo habría hecho. Para la historia, el dato es ese: Truman lo hizo. Y se sentía superior moralmente a Franco.

Su retrato de la Iglesia católica es el de una adversaria del «totalitarismo», a pesar de que colaboró tanto con el régimen nacionalsocialista como con el fascista italiano y de que, por supuesto, se erigiera en un pilar del gobierno franquista. Al igual que muchos apologetas del caudillo, Moa establece un contraste muy marcado entre el fascismo y la Iglesia. La Iglesia tuvo que transigir con el nacionalsocialismo como algo inevitable (podrían citarse también opiniones de Churchill  favorables a Hitler); pero el Sr. Seidman debiera leer  la carta encíclica Mit brennender Sorge, para conocer la posición de fondo de la Iglesia. Y el fascismo mussoliniano fue un régimen muy distinto del de Hitler y muchísimo menos mortífero. Mussolini gozó del elogio de numerosos personajes de la época, desde Gandhi al propio Churchill.

 España fue el único Estado independiente no beligerante que organizó su propia fuerza militar –la División Azul– para luchar del lado de los alemanes. La División, afirma Moa sin contar con evidencias, fue «la unidad más humanitaria de la Segunda Guerra Mundial» (p. 157). Cito evidencias: la infructuosa búsqueda de crímenes de guerra españoles por el NKVD, el testimonio de una rusa de la época y las investigaciones de un historiador ruso reciente[12]. Dudo que cualquier división  de cualquier país en la II Guerra Mundial haya tratado mejor a la población civil, en especial a las mujeres. Como es sabido, no solo tropas soviéticas violaron en masa a las alemanas, también lo hicieron (se calculan en cerca de 200.000) las useñas y otras. La D. A. fue una excepción muy digna de elogio, que luchó contra el bolchevismo “devolviéndole su visita” a España.

  Franco apoyó al Eje hasta finales de 1944, cuando ya era segura la derrota total alemana. España pagó un alto precio por el error de cálculo y la cortedad de miras de su Caudillo.Franco apoyó al Eje… rehusando entrar en guerra a su lado. Y el “error de cálculo”, que nunca lo fue, habría sido fiarse de las promesas inglesas y useñas cuando sus países estaban en serios aprietos. Pero es dudoso que las creyese, como le explicaba a Don Juan y cito en el libro: eran promesas que valían poco.

Moa califica la ocupación nazi de Europa Occidental de «bastante civilizada», un juicio que habría sorprendido a los judíos franceses, belgas (…) que, en número superior a los doscientos mil, perecieron en campos de concentración y de exterminio.Precisamente excluyo de ese juicio a los judíos, como “olvida” señalar Seidman. En Holanda, Francia, etc., los nazis hallaron mucha más colaboración que resistencia, como debiera saber el señor Seidman, y este mero dato ya aclara algo. Los alemanes dejaron 200.000 hijos con francesas, y no violándolas precisamente como hicieron otros. Por encima de los mil datos contradictorios sigue siendo cierto que  en el frente occidental — no en el oriental–,  los alemanes cometieron pocos crímenes de guerra, y que la escasa resistencia habida testimonia que no se trató de una ocupación ni remotamente comparable a las sufridas por Polonia o Rusia. ¿Puede desmentirlo Seidman?

Al salvamento de judíos por el franquismo le dedica  el Sr. Seidman otro párrafo confuso tildando  por las buenas de “conocido mentiroso” a Lequerica (¿cabría decir algo así del Sr. Seidman?). De nuevo la retórica debe contrastarse con los hechos: el franquismo salvó a por los menos 20.000 judíos, probablemente bastantes más, y no lo hicieron los cónsules desobedeciendo o por su propia cuenta, sino siguiendo directrices. Esa protección se extendió a Marruecos cuando la independencia y a Egipto en la Guerra de los Seis Días. Y se hizo sin conocer el Holocausto. Por contraste: las autoridades judías informaron de los campos de exterminio a los gobiernos inglés y useño, y estos no hicieron nada práctico al respecto, pese a contar con total superioridad aérea. Más: los anglosajones rechazaron la posibilidad de salvar a un millón de judíos, ofrecida por Eichmann a cambio de unos miles de camiones. ¿Son falsos esos datos?

  Y sigue, dale que te pego:  España, por el contrario, ayudó al Eje genocida y dejó de hacerlo únicamente cuando ya estaba clarísimo que iba a perder la guerra. España no tenía constancia de los genocidios del Eje, pero sí de los genocidios soviéticos, régimen con el que colaboraron Usa e Inglaterra. Moa considera una «calumnia» afirmar que el régimen «encubría a criminales de guerra [nazis]». «La admisión de refugiados fascistas o nazis» fue supuestamente una continuación de «la misma política anterior hacia los judíos». Fue exactamente así, le guste o no a Seidman.

Según Moa, el santuario que hizo construir Franco para sí mismo y su movimiento, el Valle de los Caídos, es «uno de los monumentos más grandiosos, armónicos e integrados en el medio que se hayan construido en el siglo XX en cualquier país». (…) Moa minimiza el número y el sufrimiento de los prisioneros que construyeron el panteón.No parece estar al tanto de la literatura reciente sobre el tema, que concluye que «el gran coste del Valle de los Caídos para el país devastado por la guerra [de] más de veinte años de construcción y otros veinte años de exhumar y transportar restos de los muertos en la guerra […] demuestra que Franco situó la glorificación de su cruzada y de sí mismo por encima de las necesidades más acuciantes de su pueblo»15. Quien no tiene la menor idea del asunto es  Seidman. Le vendría bien, nuevamente leer historiografía documentada en vez de literatura propagandística. Por cierto que ese magnífico monumento, cuya construcción no tiene nada que ver con lo que él dice, no fue sufragado con fondos públicos,  sino con donativos particulares y loterías[13].

Repite también el Sr. Seidman la habitual retórica sobre la miseria de los años 40, –que la hubo, por cierto, como en toda Europa, aunque España se salvó de lo peor de ella (bombardeos, deportaciones, etc.)–. Pero esa miseria queda  contextualizada por los datos estadísticos, a los que este historiador es inmune, como de costumbre. Dice, como si fuera fiable: En 1948, un funcionario estadounidense declaró a la prensa europea: «Tendríamos que tener un inspector estadounidense trabajando en cada fábrica [española] y en cada oficina gubernamental. Además, probablemente la mitad del dinero acabaría en el bolsillo de algún funcionario». Buen método. También podría citar como fidedignas las declaraciones en la prensa europea según las cuales España fabricaba la bomba atómica. El hecho real, documentado y cuantificado, es que en los años 40, España prosperó tan notablemente que la esperanza de vida al nacer saltó de los 50 años de la república a los 62. Y ello a pesar de una pobreza extendida, del  aislamiento, del intento criminal de hambrear a la población. Pruebe el Sr. Seidman a refutar los datos con  algo más que “declaraciones” de funcionarios desvergonzados.

   El racionamiento duró más tiempo en España que en la mayor parte de las naciones anteriormente beligerantes de Europa Occidental y se ha calculado que al menos doscientos mil españoles murieron de enfermedades relacionadas con el hambre entre 1939 y 194518. Difícilmente puede compararse esta cifra con cualesquiera gobiernos europeos occidentales posteriores a 1945. (…) Moa se contradice a sí mismo cuando afirma que bajo el liderazgo del caudillo «el país se libraba [en los años cincuenta] de las calamidades mucho peores que padecía la mayor parte de Europa». Su análisis no puede explicar el rápido deterioro de la posición relativa de España durante los años cuarenta. Quiero creer que lo de “los años cincuenta” es una errata. España partía de un nivel técnico inferior a Italia, Alemania o Inglaterra (el racionamiento duró en esta lo mismo que en España), y de la desarticulación económica causada por el Frente Popular; y debió afrontar el boicot inglés primero e internacional después (cuyo desastre fue evitado al adelantarse la diplomacia española a negociar con Argentina). Es decir, tuvo dificultades mucho mayores que otros países, y casi ninguna ayuda. Las calamidades mucho peores que mezcla Seidman son los bombardeos y matanzas de la guerra mundial, de los que se libró España. Y la cifra de 200.000 muertes por enfermedades relacionadas con el hambre debiera contrastarlas nuestro buen crítico con las estadísticas de mortalidad de la época en lugar de citar por las buenas a historiadores propagandistas. Pero no lo hace, claro.

El turismo se expandió geométricamente en los años cuarenta y cincuenta, pero (…) a finales de los años cuarenta, «Franco se sentía muy incómodo con la idea de fomentar el turismo […]. Fue sólo hacia finales de los años cincuenta cuando el caudillo empezó tácitamente a aceptar que los beneficios económicos eran mayores que los costes sociales»19. Las fronteras siempre estuvieron abiertas , el turismo nunca encontró la menor oposición, y no cesó de crecer ya en los años 40. Extranjeras rubias y morenas semivestidas desafiaron con sus ropas y su sensualidad un orden católico que había multado de forma regular tanto a los padres de hijos que se bañaban desnudos como a las mujeres que se negaban a ponerse el albornoz (una especie de burkini cristiano). Otra tontería de propaganda. Lo que llama inapropiadamente “burkini”, que también llevaban los hombres, solo ocurrió en la primera posguerra, y no de modo generalizado. En cuanto a la moral, los españoles se sorprendían de que mujeres casadas extranjeras resultaran tan ligeras de cascos, y de hecho surgió un sector (mínimo) de ligones de playa y gigolós. Es como si juzgáramos moralmente a la sociedad useña por los crímenes masivos que periódicamente se producen, o por el muy alto número de presos.

Moa crea numerosos testaferros (masculinos y femeninos) (¿?)y luego fácilmente los demuele. La izquierda ha ignorado supuestamente que el terror entre sus propios militantes «nacía de la propia heterogeneidad de sus proyectos revolucionarios». Sin embargo, cualquier persona vagamente familiarizada con la historiografía sabe que existe una copiosa literatura sobre el tema.  La literatura al respecto es muy poco copiosa, en su mayor parte poco seria y reciente, en buena medida debida a mi insistencia en tan demostrativo asunto. Acusa a los historiadores de ignorar la persecución de la Iglesia, a pesar de que se han sucedido excelentes investigaciones sobre el tema desde hace décadas. De nuevo “lequeriquea” Seidman: lo que digo es que existen estudios y datos concluyentes que la historiografía “progresista” pasa por alto[14].  Moa acusa falsamente a los estudiosos de olvidarse de analizar la evolución de la alienación de la Iglesia respecto del régimen y su progresiva asunción de posiciones democristianas. Nueva “lequericada”: hay estudios al respecto, pero casi todos fallan en analizar el hecho como el  factor clave que impedía la continuidad del franquismo.

Moa acusa a Jacques Maritain (…) de difundir «la propaganda del Frente Popular» porque escribió en 1937 que «es un sacrilegio horrible masacrar a sacerdotes –aunque fueran fascistas, son ministros de Cristo–por odio a la religión; y es un sacrilegio igualmente horrible masacrar a los pobres –aunque fueran marxistas, son cuerpo de Cristo– en nombre de la religión» (p. 372). La declaración de Maritain no demostraba su aceptación de la propaganda del Frente Popular, ya que este último intentó negar sin éxito los informes de matanzas masivas de sacerdotes; por el contrario, el filósofo francés condenó claramente los asesinatos.La acusación de Maritain es, en efecto, una calumnia brutal de estilo comunista. Ni los sacerdotes asesinados  eran fascistas ni los nacionales asesinaban a los pobres por el hecho de serlo. Otra cosa es que, como vemos, Seidman admita tales calumnias. El autor critica la apología de la Iglesia española de 1971: «Pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos» (p. 368).  Ciertamente, pedir perdón a los verdugos y burlarse tan hipócritamente de las víctimas del genocidio durante la guerra, lo hacían unos clérigos que por entonces “dialogaban” acogedoramente con terroristas, comunistas y separatistas. Es lógico que al eclesiófobo Seidman le encanten tales cosas, pero debiera admitir  el derecho de otros a mirarlas como una aberración. Que, por cierto, bien cara ha pagado la Iglesia, cosa que tampoco displacerá a nuestro fervoroso crítico.

Su capítulo sobre los años sesenta revela un entendimiento distorsionado y sobrepolitizado de esa década que difícilmente mostró una oposición universal, tal como él defiende, al «sistema capitalista».Yo no hablo de oposición “universal” al capitalismo, sino que describo los movimientos marxistas y marxistoides en la guerra fría.  Las huelgas de los estudiantes y obreros franceses no «empujaron a Francia al borde de una revolución real», sino que fueron más bien el reflejo de una más significativa revolución cultural a largo plazo en Europa Occidental y Norteamérica. El mayo del 68 estuvo cerca de provocar un derrumbe institucional en Francia.  Moa mete en el mismo saco a hippies, marxistas y pacifistas organizados, cuyas agendas eran enormemente diferentes. No los meto en el mismo saco, como puede comprobar cualquiera.  La reaccionaria caricatura que hace el autor de los años sesenta pone el énfasis en cómo se extendieron el consumo las drogas, la promiscuidad sexual, el hedonismo y el terrorismo de esa década. No es una caricatura, sino una exposición de hechos indudables. La verdad es “reaccionaria” para Seidman.

      Se haría muy largo seguir. Con notable audacia, nuestro notable crítico afirma que Los mitos del franquismo no contiene ninguna nueva contribución a la historiografía. Como hemos ido viendo, prácticamente todo es una novedad para  su ignorancia, a la que sin embargo muestra férrea decisión de no renunciar. Por desgracia, la mayoría, incluso la gran mayoría de la  literatura historiográfica al respecto es, desde hace décadas, pura farfolla ideológica, que a menudo se viene abajo ante el dato estadístico preciso, sin necesidad de más investigación o de una masa de citas. Pero ha cundido en muchas universidades un proceso perverso en que unos historiadores se citan a otros, se dan coba y repiten dislates a veces estruendosos en una corriente que se retroalimenta sin fin.  De ahí un nivel intelectual no precisamente satisfactorio. Por mi parte, me he esforzado mucho en este libro y en otros por ofrecer datos comprobables, análisis y comparaciones que permitan una perspectiva clara frente a la historiografía de propaganda. Naturalmente, mis estudios están expuestos a la crítica, pero no serán críticas entre desaforadas y desenfocadas como la de Seidman las que los pongan realmente en cuestión.

   Pese a su pedantesco modo de criticar, debo agradecer a Seidman su trabajo  por dos razones: porque rompe un poco con la actitud “académica” predominante de silenciar mis obras (un tanto infructuosamente) como si no existieran; y porque me ha permitido indicar a las personas interesadas cómo son tratadas estas cuestiones en Los mitos del franquismo.



[2] Véanse, entre tantas obras,  los Diarios de Azaña de entonces, las memorias de Alcalá-Zamora, Los documentos de la primavera trágica, de Ricardo de la Cierva,  o mi libro El derrumbe de la república .

[3] Miguel Maura, Así cayó Alfonso XIII, Barcelona, 1981, pp. 141 y ss.

[4] Sobre los bombardeos en general  y Guernica en particular, puede considerarse definitivo el estudio de J. Salas Larrazábal: Guernica, Madrid, 1987.

[5] Ni siquiera en el puente aéreo del Estrecho, que  logró sus objetivos esenciales con aviones españoles. En Los mitos de la Guerra Civil lo trato, basándome en el estudio insuperado de R. Salas Larrazábal.

[7] Sobre los planes de Hitler, véase N. J. W. Goda, Y mañana… el mundo, Hitler, África noroccidental y el camino hacia América, Madrid, 2002

[8] Citado en Los mitos del franquismo, p. 409 y 205.

[9] Un buen libro sobre estas cuestiones: J. Andrés-Gallego ¿Fascismo o Estado católico?  Madrid 1997. Asimismo tiene mucho interés A. Martín Puerta, Ortega y Unamuno en la España de Franco. El debate intelectual durante los años cuarenta y cincuenta, Madrid, 2009.

[10]  Hay una investigación exhaustiva sobre J. Allen y J. Whitaker: F. Pilo, M. Domínguez, F. de la Iglesia: La matanza de Badajoz ante los muros de la propaganda, Madrid, 2010. Al igual que el  de J. Salas sobre Guernica, no ha sido superado, aunque los historiadores-propagandistas pretendan ignorarlo.

[11] Seidman  sugiere que oculto la bien conocida condena y muerte de Besteiro. La explico en Años de hierro, Madrid, 2007. Besteiro fue acusado de no haber hecho lo bastante para impedir la deriva guerracivilista del PSOE. Se le propuso el exilio y no quiso. Con toda certeza habría salido muy pronto de la cárcel. El jefe militar anarquista  Cipriano Mera, cuya condena a muerte celebraron los comunistas con una chocolatada en la prisión de Porlier,  fue conmutado a cadena perpetua y liberado a los cuatro años. Lástima que Seidman prefiera sistemáticamente  los impresionismos retóricos a los datos reales.

[12] Cito de un capítulo traducido de B. N. Kovaliof, Voluntarios en una guerra ajena  (en ruso)  y de los diarios de Lidia Ósipova.

[13] Sobre el Valle de los Caídos, le conviene especialmente el reciente libro de A. Bárcena Los presos  del Valle de los Caídos, Madrid 2015, documentado  a fondo  y que pone fin al tema en el plano intelectual. Por desgracia no en el de la retórica propagandística, que sigue igual.

[14] En mi libro señalo: La obra clásica es la de A. Montero Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939. Entre  otras de interés., V. Cárcel Ortí, La gran persecución .  La gran obra de referencia es desde luego la primera,  solo levemente corregida por otras posteriores.

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¿La ciencia contra el mito?

**Blog I Por qué se produjo la guerra civil, qué defendía cada bando, por qué ganaron los nacionales:http://www.gaceta.es/pio-moa/18-julio-guerra-civil-ganaron-los-nacionales-17072015-1748

**Este domingo hablaremos  en “Cita con la Historia” de la edad de apogeo de Europa, coincidente grosso modo con la llamada  edad contemporánea concluida con la II Guerra Mundial, que marca el declive europeo. Aunque los temas a tratar son demasiado numerosos, distinguiremos dos: a) la revolución industrial, nacida en Inglaterra y que proporcionará a ella y a  varios países europeos más un poderío técnico, político y militar absolutamente incontrastable por otras culturas o civilizaciones, permitiendo una expansión por todos los continentes; y b) los desarrollos ideológicos que modificarán profundamente el semblante cultural de la propia Europa. Este último aspecto lo dejaremos para otra sesión posterior.

** El llamamiento que hemos hecho para sostener “Cita con la Historia” mediante micromecenazgo está dando frutos, si bien todavía insuficientes para  un respaldo  hasta final de año. Agradecemos a nuestros mecenas sus contribuciones y hacemos un llamamiento a otros muchos a añadirse. Por la salud intelectual de España. La cuenta es: BBVA “tiempo de ideas Siglo XXI” y sus números son: ES09 0182 1364 33 0201543346  

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  Podríamos definir al mito como resultado de la impresión psíquica de una fuerza misteriosa que fundamenta la vida de los individuos, la vida de la especie humana y el propio mundo. No se trata, por tanto, de una fantasía, sino de un dato de la realidad interpretada con lenguaje simbólico. Y podríamos definir la fe como la creencia en que esa fuerza es esencialmente benévola, a pesar de que gran parte de sus manifestaciones –lo que llamamos el mal—parecen indicar lo contrario. De hecho, si nos  remontamos a los mitos griegos, buena parte de sus temas son el fracaso. Casi todos los héroes fracasan en su lucha y en su esfuerzo moral, y su historia está plagada de crímenes o errores culpables. Algo semejante encontramos en la Biblia, aparte de las observaciones ya vistas en torno a ritos y creencias en general  terroríficas.

   Observamos que en la actualidad se intentan crear otros mitos eliminado el lado terrorífico, el mal y la culpa, esta considerada simplemente como una especie de innecesaria y superable desviación psíquica. Lo expresa muy bien, por ejemplo, la tan divulgada canción-programa de John Lennon Imagine: un mundo feliz donde el mal, simbolizado precisamente por las creencias religiosas, habría desaparecido. La idea es relativamente vieja: la utopía según la cual el mal consiste simplemente en la ignorancia,  concepción presente en las ideologías. La ignorancia  y la impotencia fundarían las religiones, las cuales, en definitiva,  constituirían la esencia del mal. El conocimiento, la ciencia, vendrían a sustituirlas para bien de la humanidad.   Ya hemos visto que esa idea, presentada de forma directa o indirecta como la apoteosis del Hombre, constituye una religión sustitutiva: atribuye al ser humano propiedades divinas, y, precisamente por ello,  priva de valor a la vida humana.

 Pero queda la cuestión: ¿se opone el mito a la ciencia o, por el contrario, es aquel la raíz misma de esta? Aun cuando  el origen de la literatura y el arte en general pueden encontrarse sin dificultad aparente en el mito,  parece ocurrir lo contrario con la ciencia y la razón, y la mayoría de la gente así lo afirmaría.

   Frente a ese modo de ver las cosas encontramos una experiencia histórica, quizá no determinante pero evidente: encontramos las raíces de la ciencia en las castas religiosas que, libres de la lucha más inmediata por la subsistencia, podían dedicar su tiempo libre a actividades  tales como la observación del firmamento, la experimentación con drogas medicinales o las matemáticas. Probablemente de ellas nace la misma escritura, que otros atribuyen a actividades mercantiles (los templos solían ser también centros de comercio)  Yendo más atrás, algo semejante puede decirse de los chamanes y brujos, entre quienes las creencias supersticiosas –la magia no deja de ser un constructo racional, basados en la analogía (“tal como esto, lo otro”)– no estaban exentas de investigaciones, aunque fueran primarias, sobre hierbas, remedios u observaciones astrológicas.

    La motivación más inmediata sería la preocupación por la salud y, más allá, el destino humano, a partir del mito. Es decir, las mismas mentes que elaboraban los mitos investigaban, a partir de ellos, sobre los problemas que darían lugar a la astronomía, la medicina, la química, etc. No debe excluirse que hubiera en ello una veta, más o menos acentuada, de puro interés particular o de grupo por mantener una posición social; pero no es este el factor realmente importante y fructífero a la larga.

   Podría alegarse, sin embargo, que aunque hubiera un elemento científico en todas aquellas actividades, estas solo habrían fructificado en ciencia propiamente dicha cuando se hubieran liberado de las adherencias míticas, de las influencias religiosas o supersticiosas.  Lo cual requiere mayor consideración.

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Entrevista sobre Los mitos del franquismo: https://www.youtube.com/watch?v=JzZt1Zt77lE …

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El ansia de inmortalidad y la razón o la ciencia

***Blog I: El fracaso de las alternativas a PP-PSOE-Separatistas: http://www.gaceta.es/pio-moa/fracaso-alternativas-pp-psoe-separatistas-15072015-2133

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**De interés para catalanes (y no solo). Companys, el mayor político-símbolo del separatismo catalán: https://www.youtube.com/watch?v=xAayG2c0vzk 

**Ustedes pueden apoyar Cita con la Historia con gran facilidad de dos maneras: reenviando los enlaces de sus programas a conocidos o en las redes sociales, y contribuyendo en la cuenta del BBVA “tiempo de ideas Siglo XXI” y sus números son: ES09 0182 1364 33 0201543346      Las dos formas son indispensables.

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   En torno al carácter sagrado de la vida humana, cabe citar a Unamuno: Cuando no se hacían para los vivos más que chozas de tierra o cabañas de paja que la intemperie ha destruido, elevábanse túmulos para los muertos, y antes se empleó la piedra para las sepulturas que no para las habitaciones. Han vencido a los siglos por su fortaleza las casas de los muertos, no las de los vivos; no las moradas de paso, sino las de queda. Este culto, no a la muerte sino a la inmortalidad, inicia y conserva las religiones. En el delirio de la destrucción, Robespierre hace declarar a la Convención la existencia del Ser Supremo y “el principio consolador de la inmortalidad del alma”, y es que el Incorruptible se aterraba ante la idea de tener que corromperse algún día. (Del sentimiento trágico de la vida)

   Para Unamuno, el ansia de inmortalidad era el motor de las religiones y el secreto del cuidado a los muertos. Una especie de rebelión psíquica ante la muerte inevitable. Pero también comprobamos lo inútil de esa ansia, precisamente en los mausoleos y cementerios y monumentos a tal o cual héroe o supuesto héroe. Con un enfoque racional y científico, tendría más sentido  convertir a los muertos jóvenes en filetes, como a cualquier otro animal, y transformar en fertilizantes los menos apropiados al efecto (cosas parecidas se hacen ya con los fetos, según he leído). La idea nos repugna, pero un racionalista o ciencista podría descartar esa repugnancia como producto de tabúes irracionales, de una psique atrasada en la que lo mítico conservaría aún demasiada fuerza: penosa situación que el progreso deberá superar. ¿Pues qué sentido tendría  enterrar a los muertos, ocupando terrenos a los que podría darse un destino útil?  Además, un cementerio suscita sentimientos negativos de pesar y angustia no ya inútiles sino negativos, muy perjudiciales para un sano y alegre disfrute de la vida. Tampoco es solución incinerar los cadáveres, convirtiéndolos en humo y ceniza sin la menor utilidad práctica, además de obligar a un  gasto innecesario energía? El hecho es que nadie ha visto ni nadie verá a un muerto volver a la vida, por mucho monumento que le hagan y mucha ansia de inmortalidad que tuviera;  y que su cuerpo inane es un estorbo, a menos que se aproveche lo aprovechable de él. Solo  una atávica superstición nos hace pensar de otro modo, y ya ha quedado demostrado cómo la humanidad progresa eliminando supersticiones y creencias en espíritus.    

   Creo que más que un ansia de inmortalidad, lo que encontramos en la sacralización del ser humano es la impresión de que su vida obedece a designios, fuerzas  e intenciones que van mucho más allá de las suyas propias. La vida, la peripecia vital  de cada individuo no deja de ser un misterio para él y para los demás. Por eso nos resulta intolerable, “sacrílego”,  tratarlo en su muerte “como a un perro”, aunque en vida se le haya tratado peor.

   Pero desde un punto de vista racionalista o ciencista, la propia peripecia vital de los individuos carece de verdadero interés: puede reducirse a una serie de comportamientos generales investigables por la sociología y la psicología, y motivados por los mismos impulsos básicos que los de cualquier animal. Desde ese punto de vista, el Hombre podrá determinar su destino y hacer evolucionar a la sociedad de acuerdo con valores considerados científicos y racionales. Para una persona de esa mentalidad, el respeto sagrado a los muertos, como a los vivos, no pasa de ser un  sentimiento anclado en la irracionalidad. Un sentimiento que  puede utilizarse porque tiene mucho  efecto en una sociedad todavía atrasada y supersticiosa, pero utilizarse con la conciencia de que  debe ir siendo socavado paulatinamente,  hasta hacerlo desaparecer.  Podríamos compararlo con la oposición mayoritaria a la pederastia, oposición que choca con toda la argumentación sexológica en boga… la cual, sin embargo, deberá acabar por imponerse,  como se ha impuesto en otros aspectos de la conducta sexual aceptada. ¡Abajo los prejuicios!

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La sacralidad de la vida humana

**Blog II. La enfermedad de nuestra democracia: http://www.gaceta.es/pio-moa/enfermedad-democracia-13072015-1117

**Companys, el héroe/mártir del separatismo catalán: http://citaconlahistoria.es/…/12/la-figura-de-luis-compayns/

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La sacralidad de la vida humana.

   Lo religioso-sagrado se manifiesta en la consideración de la vida humana, a la que todas las culturas conceden cierto carácter sacro, al menos a la vida de los miembros del grupo, de modo que el asesinato dentro de él  se considera el peor de los crímenes, la más grave infracción de la moral. El apoyo de esta concepción  es típicamente mítico: puesto que nuestra vida y nuestra muerte no dependen en principio de nosotros, sino de la divinidad, el asesinato es un ultraje a esta, a un poder muy por encima del poder del individuo, y provoca o debe provocar una tremenda culpabilidad en el individuo causante, así como la penalización máxima  impuesta por el grupo.

   Contra este concepto se alza en cierto modo la vida cotidiana, cuyas preocupaciones y trabajos alejan, como decíamos, de la religiosidad, trivializando la conducta humana: no habría nada por encima de las ocupaciones corrientes, y aunque los hombres se resisten a morir, también lo hacen los animales que matamos para comer, por lo que no habría ninguna diferencia esencial. Por eso, cabe suponer,  el catolicismo ha instituido los sacramentos, ritos que tratan de recordar al hombre, aprovechando ocasiones especiales,  ese carácter sagrado de su vida, es decir, su relación con la divinidad.

   Otro obstáculo más poderoso  a la sacralización de la vida humana lo encontramos en la actualidad en las ideologías utópicas, que quieren convertir al “Hombre” en amo de su vida y destino, exaltándolo sentimentalmente al tiempo que lo desacralizan: el ser humano es un animal más, con ciertas cualidades que pueden reducirse finalmente a su capacidad para modificar el mundo en su beneficio, utilizando la energía. Recuerdo un libro, algo así como El mundo dentro de 10.000 años, que  planteaba el sentido de la vida humana como un consumo progresivo de energía, comparando la gastada en el Imperio Romano y en sucesivas etapas de la civilización hasta hoy, y extrapolándola al futuro.  Claro está, ello en parte es cierto, pero el ser humano concebido como simple consumidor creciente de energía –o concebido de cualquier otro modo solo racional–, priva a la vida humana de cualquier carácter sagrado y  reduce la moral a las leyes diseñadas para asegurar un consumo más eficiente de la energía, y al temor al castigo impuesto por la ley.

   Esta idea del “Hombre”,  divinizado a su vez como creador y amo de su destino, está implícita en unas ideologías y explícita en otras. Pero no existe  “el Hombre”. En la realidad social bullen no solo los más variados y a menudo contrapuestos intereses, sino también ideas sobre lo que debería ser y cómo debería comportarse el ser humano. Siendo así, ¿quién define lo que es  “el Hombre” por encima o por debajo de tal variedad y lucha de intereses, intrínseca a la profunda individuación de la especie humana? No queda ninguna regla, salvo la voluntad de algún grupo u oligarquía lo bastante fuerte para imponerse, hoy mediante una combinación de los votos –que no tienen por qué ser mayoría— y de la violencia, cuyo monopolio trata de atribuirse.  Pero siempre habrá minorías, o incluso mayorías, que no acepten la concepción de Hombre diseñada por la oligarquía dominante, lo que introduce una inestabilidad profunda en la convivencia, ya que ningún ser humano se considera inferior a otro, y las ideologías le insisten constantemente en la “igualdad”. De ahí, también, un despotismo que autorizaría a la oligarquía, en nombre de su “Hombre”, incluso a exterminar a masas desacralizadas de “animales poco racionales”, poco identificados con las ideas de la oligarquía. Aunque hoy ese despotismo tiende a ejercerse mediante  campañas de propaganda.     

        En este sentido encuentran su explicación las matanzas y genocidios del siglo XX. El hombre es un animal, que como tal puede ser sacrificado si no se le concede al mismo tiempo un grado suficiente de aquella cualidad que a juicio de los legisladores o los ideólogos lo humanice lo  bastante.

 Se puede argüir que, en definitiva, siempre ha sido así, y que en otros tiempos las oligarquía simplemente se atribuían la voluntad de Dios para imponer sus intereses y visiones de la vida. Sin embargo quedaba la idea de un juicio por encima del de los hombres,  a cuyo castigo se expondrían los malvados. Desaparecida esa idea, lo que queda es la pura imposición de los más fuertes, mejor o peor disimulada, y realizada por la violencia o mediante  campañas de “lavado de cerebro”, hoy tan en boga. La perspectiva no es optimista.

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El terror en el cristianismo

 

**Blog I: Miseria del homosexualismo (III) Respeto y amor:http://www.gaceta.es/pio-moa/miseria-hoosexualismo-iii-respeto-amor-10072015-2039

**Dinamismo de las redes sociales: llama la atención, en general, la actividad de la izquierda y separatistas a la hora de retuitear, enlazar y difundir contenidos, en contraste con la pasividad de las que convencionalmente llamaremos derechas, de cualquier sector, extremo o moderado. Mi blog de La Gaceta suele tener entre algunas decenas y algunos centenares de reproducciones en Tuíter o Facebook. Este otro blog normalmente no tiene ninguna. No sé muy bien a qué puede deberse esto,  sobre todo cuando todo el mundo parece entender la necesidad de disputar el terreno a la abrumadora difusión de la “mentira profesionalizada”.

**¿República de profesores o república de botarates? La II República según sus personajes: https://www.youtube.com/watch?v=wEX5M1fTbmw

**La próxima sesión de “Cita con la Historia”, este domingo, tratará sobre Companys, el héroe/mártir del separatismo catalán. En Radio Inter, de 16,00 a 17,00 

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El terror en el cristianismo

   Uno de los méritos del cristianismo fue sin duda la eliminación radical de muchas costumbres  religiosas antiguas, como los sacrificios humanos. Pero ha desarrollado también su propio terror en la forma de un infierno “eterno”. Recuerdo la fuerte impresión que me causó, de niño, la explicación de los suplicios sin fin  que esperaban a los pecadores, en que un millón de años  serían igual a una nimiedad, porque continuaría indefinidamente. Ciertamente la impresión es terrorífica y no es de extrañar que esa versión abra un flanco muy débil a los enemigos de esa religión: por muchos que sean los pecados de un individuo, se trata de alguien limitado también en sus maldades, por las que, en cambio, iba a recibir un castigo sin límites.

   Por otra parte, el castigo no puede ser eterno, ya que la eternidad no tiene principio ni fin, y la caída en el infierno tiene para los individuos al menos un principio. Y todo lo que tiene un principio parece que tendrá necesariamente un final. En realidad, la eternidad solo puede definirse como ausencia de tiempo, igual que la  infinitud es ausencia de espacio. Podría interpretarse, entonces, el cielo y el infierno como aquella situación sin tiempo ni espacio en que la persona entra al morir: todo lo que ha hecho en vida, bueno o malo, quedaría así fijado en  una especie de nueva dimensión, por llamarla de algún modo, sin vuelta atrás ni proyección hacia nada nuevo. Esto suena comprensible, siempre que no entremos en detalles. Se ha explicado tal situación, para los pecadores, como la ausencia de la contemplación de Dios, y en ello consistiría el tormento. Puede ser, pero nuevamente nos extraña un tormento tan absoluto para males o pecados necesariamente limitados. Así,  al no haber proporción entre el mal y el castigo, Dios nos parece un tanto injusto. De ahí que algunos (Orígenes)  propusieran la apokatástasis, por la cual habría una reconciliación final  en Dios para pecadores y no pecadores. La idea  cabe en el supuesto de que a cada uno le corresponde un papel en “el gran teatro del mundo”, un papel del que no es enteramente responsable (hasta podríamos decir que ha sido predestinado a él, al estilo protestante). San Agustín rechazó la idea, y hace algún tiempo el pensador Dalmacio Negro  explicó en esa clave las derivas morals y sociales de la modernidad. (https://www.piomoa.es/?p=2393) El tema da para mucho, por lo difícil de entender.

  En el siglo XX la maldad, desde nuestra perspectiva eurooccidental, ha quedado simbolizada de modo especial en dos personajes: Stalin y Hitler. Pero en cierto modo se trata de una falsedad: ninguno de ellos habría sido capaz de realizar los males que se le achacan sin la colaboración de miles, incluso de millones de personas. Y ninguno de ellos actuaba pensando que estaba causando un mal por así decir cósmico. Pensaban que hacían el mal a los culpables, y el bien a los buenos, definidos a partir de sus coordenadas ideológicas. Diríamos que se trataba de desvaríos, pero ¿a partir de qué criterio? Puesto que ambos (sus seguidores) ocasionaron la muerte de millones de personas, pensaríamos que eso, la mortandad ocasionada, sería el criterio para distinguir su maldad. Lo cual nos lleva a contemplar la vida humana también como un objeto sagrado, de lo que será preciso hablar.

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A pesar del boicot de los grandes medios y de ciertas librerías Los mitos del franquismo se está vendiendo muy bien… dentro de lo que son estos libros en España, lo que significa que su influencia será escasa.

He comprobado que la mayoría de quienes se proclaman franquistas tienen tan poca idea de aquel tiempo como sus enemigos: : pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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