**Blog I: La destrucción de la cultura española:http://www.gaceta.es/pio-moa/destruccion-cultura-espanola-20042015-1407
Me comunican algunas personas que en algunas librerías se niegan a vender Los mitos de la guerra civil. El caso no es nuevo y lo he denunciado otras veces. Y me temo que los grandes medios de masas harán el vacío al libro, como lo han hecho a muchos otros míos, hasta a la novela Sonaron gritos y golpes a la puerta. Estos hechos, entre tantos otros, revelan una degradación intelectual y comercial contra la que es preciso luchar. Como venía a decir Stanley Payne, uno se pregunta si España es realmente un país democrático y culto.
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Un rasgo típico de las utopías consiste en partir de algún principio simple en el que encuentran la solución a todos o los principales problemas sociales o más en general humanos. En el caso de Rallo y otros liberales de su escuela, su concepto básico es la igualdad moral de todos hombres. Pero ya empiezan las incoherencias al aseverar: Moa se niega a admitir que quienes se oponen a la libre inmigración sean moralmente inferiores a los liberales. Ahí está la cuestión: si yo no acepto su idea de la inmigración (y otras), resulta que no soy igual moralmente a los liberales tipo Rallo, sino inferior. ¿En qué quedamos? ¿Son iguales moralmente los nazis, los comunistas, los islámicos los liberales, los católicos, los animistas…? ¿O unos son más morales que otros? Porque humanos lo son todos.
Añade: “No podemos considerar que los fines existenciales de ninguna persona posean prevalencia moral sobre los fines de ninguna otra persona”. El mismo problema: ¿no tienen prevalencia los liberales sobre los marxistas, según el propio Rallo? ¿Cómo se soluciona el problema? “Necesitaremos de un conjunto de normas que permitan coordinarnos y resolver nuestras disputas imparcialmente: normas que no pueden ser ni las tuyas ni las mías (pues en tal caso tú estarías imponiéndome tus fines a través de tus normas y viceversa) sino que han de ser las de ambos. ¿Y cómo alcanzar normas comunes y universales dentro de un grupo? Sólo a través del consentimiento unánime dentro de un grupo o reconociendo la existencia de meta-normas que minimicen la interferencia de unos individuos sobre otros (o de unos grupos sobre otros)”. Pero el consentimiento unánime no es humano, y en realidad solo puede existir en sociedades como las de las abejas o las hormigas. Y reconocer “meta-normas” es ya alejarse de ese consenso unánime y entrar en terrenos muy interpretables. En dos palabras, el consentimiento solo funcionaría (teóricamente) si todo el mundo fuera o pensara como esos liberales, negando así de paso la igualdad moral a quienes no coincidieran con ellos. Sería un liberalismo totalitario.
Pero ni siquiera si todo el mundo pensara como Rallo sería posible la unanimidad más allá de una declaración de principios típicamente buenista, pues en su interpretación nos pasaríamos la vida discutiendo sin llegar a la unanimidad. Además, en la práctica los seres humanos y sus “fines existenciales” entran constantemente en conflicto, hasta entre los propios liberales, pues no todos pensamos como Rallo. Y, supuesto alcanzada esa unanimidad, ¿quiénes harían cumplir las normas y las metanormas? Las unanimidades en torno a declaraciones abstractas y buenistas, aparte de ser interpretables de muchos modos, desaparecen tan pronto se baja a la práctica real. Haría falta un poder ejecutivo que las interpretase y las impusiese, gustase o no a quienes tuvieran “fines existenciales” no acordes con los establecidos. Él dice que es concebible un derecho sin estado igual que un estado sin derecho. Lo último es concebible, en efecto (estados tiránicos) pero lo primero solo lo es desde el puro deseo arbitrario, no desde un pensamiento serio y atenido a la realidad. Suena a frases como “la anarquía es la máxima expresión del orden” de los anarquistas, simple juego de palabras.
Rallo detesta al estado-nación porque en él No hay igualdad moral: el Estado-nación sólo reconoce la igualdad moral entre los nacionales que se sientan nacionales; el resto de personas o son extranjeros con derechos separados o son nacionales que deben someter sus fines vitales a las obligaciones superimpuestas por la mayoría. Exactamente como pasa con los liberales de Rallo, supuesto que obtuviesen la mayoría. ¿O daría iguales derechos a los nazis o a los yijadistas con sus fines existenciales? El Estado-nación no tiene nada que ver con una peña o una asociación, pues la filiación a estas últimas es voluntaria: deriva del consentimiento individual de cada miembro. Pues, de nuevo, lo mismo ocurre con el estado-nación: sus miembros pueden irse o nacionalizarse en otro país, si lo prefieren, y algunos, o muchos, siempre lo han hecho. Sobre la base de la argumentación de Rallo, un estado-nación solo podría constituirse con inmigrantes que voluntariamente hayan adoptado la nacionalidad. Los demás, los naturales de él, a quienes nunca se les ha ocurrido que debían “consentir” su nacionalidad, no tendrían el mismo derecho. Por lo demás, tampoco ha elegido ningún individuo la familia, la posición social, la cultura, la lengua, el lugar o la época en que ha nacido, sin que a nadie se le ocurra hasta ahora protestar porque ello coarta su libertad individual. Creo que el argumento de Rallo conduce directamente al absurdo utópico.
Por lo demás, si los estados- nación subsisten es solo porque la inmensa mayoría de sus miembros acepta su cultura, sus leyes, sabe que su nación va mucho más allá de su existencia individual, y se siente identificado con todo ello. ¿Habrá que someter a un consenso unánime la existencia de la nación porque algunos ciudadanos se declaren contrarios a ella, ya que no se les ha consultado al respecto? ¿Y cada cuánto tiempo? ¿Habrá que negar la historia y el valor de los esfuerzos de los antepasados como absurdos o moralmente inválidos? ¿Qué es aquí lo absurdo?
Si no existe una obligación positiva a compartir nuestro domicilio con españoles, tampocola habrá con los no españoles. No hay esa obligación para quienes rechazan la inmigración irrestricta, pero sí para los liberales que propone Rallo. ¿No es pura hipocresía hablar de igualdad moral cuando gran número de inmigrantes viven en la miseria, sin casa ni trabajo o forzados a tareas muy malas o degradantes…? La hipocresía solo dejaría de serlo si quienes piensan como Rallo tomaran medidas individuales para hacer efectiva esa igualdad moral, aunque me temo que piensen más bien en que esas medidas las tome coercitivamente el poder del estado… rompiendo la unanimidad de quienes estamos en desacuerdo y obligándonos a pagar los costes.
Por otra parte, Rallo expresa una concepción del estado típicamente marxista: Convertir al Estado en un mecanismo institucional para que las élites dominantes (sean mayorías electorales o no) impongan normativamente sus valores morales al conjunto de la población es una forma de imponer una solución violenta a las controversias humanas: aquella norma engendrada por el Estado —por el mero hecho de haber sido engendrada por el Estado como aparato militar— es válida y ha de ser acatada por todos. Por lo visto, él supone que la unanimidad que él predica puede aplicarse sin un fuerte aparato coercitivo. En realidad, cuanto más unánime se pretenda, más fuerte e impositivo tendrá que ser el “derecho sin estado” que haga cumplir las unanimidades frente a los renuentes. Y no debe olvidar que quienes han formado los estados son las sociedades compuestas de individuos moralmente iguales.
No voy a extenderme sobre los temas particulares tratados. El principio sobre el que asienta Rallo sus construcciones es una frase vacía, fuera de generalidades de escasa aplicación práctica como la de que “Todos somos hijos de Dios”. Puede ser verdad, pero las sociedades humanas nunca han funcionado ni pueden funcionar sobre tales igualdades. Habría que especificar además, en qué consiste ahí la moral. Seguramente entraríamos en interpretaciones muy diversas, lejos de consentimientos unánimes. No: los problemas de la realidad han de resolverse teniendo en cuenta la realidad, actual e histórica. No cabe denunciar o rechazar esas realidades simplemente porque no se acoplen a tal o cual principio supuestamente liberador.
