La igualdad moral o el liberalismo totalitario

**Blog I: La destrucción de la cultura española:http://www.gaceta.es/pio-moa/destruccion-cultura-espanola-20042015-1407

Me comunican algunas personas que en algunas librerías se niegan a vender Los mitos de la guerra civil. El caso no es nuevo  y lo he denunciado otras veces. Y me temo que los grandes medios de masas harán el vacío al libro, como lo han hecho a  muchos otros míos, hasta a la novela Sonaron gritos y golpes a la puerta. Estos hechos, entre tantos otros, revelan una degradación intelectual y comercial contra la que es preciso luchar. Como venía a decir Stanley Payne, uno se pregunta si España es realmente un país democrático y culto.

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 Un rasgo típico de las utopías consiste en partir de algún principio simple en el que  encuentran la solución a todos o los principales problemas sociales o más en general humanos.  En el caso de Rallo y otros liberales de su escuela, su concepto básico es la igualdad moral de todos hombres. Pero ya empiezan las incoherencias al aseverar: Moa se niega a admitir que quienes se oponen a la libre inmigración sean moralmente inferiores a los liberales. Ahí está la cuestión: si yo no acepto su idea de la inmigración (y otras), resulta que no soy  igual moralmente a los liberales  tipo Rallo, sino inferior. ¿En qué quedamos?  ¿Son iguales moralmente los nazis, los comunistas, los islámicos los liberales, los católicos, los animistas…?  ¿O unos son más morales que otros? Porque  humanos lo son todos.

   Añade: “No podemos  considerar que  los fines existenciales de ninguna persona posean prevalencia moral sobre los fines de ninguna otra persona”. El mismo problema: ¿no tienen prevalencia los liberales sobre los marxistas, según el propio Rallo?  ¿Cómo se soluciona  el problema?  Necesitaremos de un conjunto de normas que permitan coordinarnos y resolver nuestras disputas imparcialmente: normas que no pueden ser ni las tuyas ni las mías (pues en tal caso tú estarías imponiéndome tus fines a través de tus normas y viceversa) sino que han de ser las de ambos. ¿Y cómo alcanzar normas comunes y universales dentro de un grupo? Sólo a través del consentimiento unánime dentro de un grupo o reconociendo la existencia de meta-normas que minimicen la interferencia de unos individuos sobre otros (o de unos grupos sobre otros)”. Pero el consentimiento unánime no es humano, y en realidad solo puede existir en sociedades como las de las abejas o las hormigas. Y reconocer  “meta-normas” es ya alejarse de ese consenso unánime y entrar en terrenos  muy interpretables.  En dos palabras, el consentimiento solo funcionaría (teóricamente) si todo el mundo fuera o pensara como esos liberales, negando así de paso la igualdad moral a quienes no coincidieran con ellos. Sería un liberalismo totalitario.

    Pero ni siquiera si todo el mundo pensara como Rallo sería posible la unanimidad más allá de una declaración de principios típicamente buenista, pues en su interpretación nos pasaríamos la vida discutiendo sin llegar a la unanimidad. Además, en la práctica los seres humanos y sus “fines existenciales” entran constantemente en conflicto, hasta entre los propios liberales, pues no todos pensamos como Rallo. Y, supuesto alcanzada esa unanimidad, ¿quiénes  harían cumplir las normas y las metanormas?  Las unanimidades en torno a declaraciones abstractas y buenistas, aparte de ser interpretables de muchos modos,  desaparecen tan pronto se baja a la práctica real. Haría falta un poder ejecutivo que las interpretase y las impusiese, gustase o no a quienes tuvieran “fines existenciales” no acordes con los establecidos.  Él dice que es concebible un derecho sin estado igual que un estado sin derecho. Lo último es concebible, en efecto (estados tiránicos) pero lo primero solo lo es desde el puro deseo arbitrario, no desde un pensamiento serio y atenido a la realidad. Suena a frases como “la anarquía es la máxima expresión del orden” de los anarquistas, simple juego de palabras.

   Rallo detesta al estado-nación porque en él No hay igualdad moral: el Estado-nación sólo reconoce la igualdad moral entre los nacionales que se sientan nacionales; el resto de personas o son extranjeros con derechos separados o son nacionales que deben someter sus fines vitales a las obligaciones superimpuestas por la mayoría.  Exactamente como pasa con los liberales de Rallo, supuesto que obtuviesen la mayoría. ¿O daría iguales derechos a los nazis o a los yijadistas con sus fines existenciales?  El Estado-nación no tiene nada que ver con una peña o una asociación, pues la filiación a estas últimas es voluntaria: deriva del consentimiento individual de cada miembro. Pues, de nuevo, lo mismo ocurre con el estado-nación: sus miembros pueden irse o nacionalizarse en otro país, si lo prefieren, y algunos, o muchos, siempre lo han hecho. Sobre la base de la argumentación de Rallo, un estado-nación solo podría constituirse con inmigrantes que voluntariamente hayan adoptado la nacionalidad. Los demás, los naturales de él, a quienes nunca se les ha ocurrido que debían “consentir”  su nacionalidad,  no tendrían el mismo derecho. Por lo demás, tampoco ha elegido ningún individuo la familia, la posición social, la cultura, la lengua,  el lugar o la época en que ha nacido, sin que a nadie se le ocurra hasta ahora protestar porque ello coarta su libertad  individual. Creo que el argumento de Rallo conduce directamente al absurdo utópico.

  Por lo demás, si los estados- nación subsisten es solo porque la inmensa mayoría de sus miembros acepta su cultura, sus leyes, sabe que su nación va mucho más allá de su existencia individual, y se siente identificado con todo ello. ¿Habrá que someter a un consenso unánime la existencia de la nación porque algunos ciudadanos se declaren contrarios a ella, ya que no se les ha consultado  al respecto?  ¿Y cada cuánto tiempo?  ¿Habrá que negar la historia y  el valor de los esfuerzos de los antepasados como absurdos o moralmente inválidos? ¿Qué es aquí lo absurdo?

   Si no existe una obligación positiva a compartir nuestro domicilio con españoles, tampocola habrá con los no españoles. No hay  esa obligación para quienes rechazan la inmigración irrestricta, pero  sí para los liberales que propone Rallo. ¿No es pura hipocresía hablar de igualdad moral cuando gran número de inmigrantes viven en la miseria, sin casa ni trabajo o forzados a tareas muy malas o degradantes…?  La hipocresía solo dejaría de serlo si quienes piensan como Rallo tomaran medidas individuales para hacer efectiva esa igualdad moral, aunque me temo que piensen más bien en que esas medidas las tome coercitivamente el poder del estado… rompiendo la unanimidad de quienes estamos en desacuerdo y obligándonos a pagar los costes.

   Por otra parte, Rallo expresa una concepción del estado típicamente marxista: Convertir al Estado en un mecanismo institucional para que las élites dominantes (sean mayorías electorales o no) impongan normativamente sus valores morales al conjunto de la población es una forma de imponer una solución violenta a las controversias humanas: aquella norma engendrada por el Estado —por el mero hecho de haber sido engendrada por el Estado como aparato militar— es válida y ha de ser acatada por todos. Por lo visto, él supone que la unanimidad que él predica puede aplicarse sin un fuerte aparato coercitivo. En realidad, cuanto más unánime se pretenda, más fuerte e impositivo tendrá que ser el “derecho sin estado”  que haga cumplir las unanimidades frente a los renuentes. Y no debe olvidar que quienes han formado los estados son las sociedades compuestas de individuos moralmente iguales.

   No voy a extenderme sobre los temas particulares tratados. El principio sobre el que asienta Rallo sus construcciones es una frase vacía, fuera de generalidades de escasa aplicación práctica como la de que “Todos somos hijos de Dios”. Puede ser verdad, pero las sociedades humanas nunca han funcionado ni pueden funcionar sobre tales igualdades. Habría que especificar además, en qué consiste ahí la moral. Seguramente entraríamos en interpretaciones muy diversas, lejos de consentimientos unánimes. No: los problemas de la realidad han de resolverse teniendo en cuenta la realidad, actual e histórica. No cabe denunciar  o rechazar  esas realidades simplemente porque no se acoplen a tal o cual principio supuestamente liberador.

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En torno al liberalismo: objeciones a Juan Ramón Rallo

En “Cita con la Historia”, este domingo, hablaremos  de algunos problemas relacionados con el libro Los mitos del franquismo 

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Juan Ramón Rallo ha escrito un artículo sobre el liberalismo y las libertades (http://vozpopuli.com/blogs/5752-juan-r-rallo-lo-que-tambien-es-el-liberalismo), al que creo que pueden hacerse algunas objeciones:

- Inmigración: El liberalismo defiende la libertad de movimientos de mercancías, capitales y personas. Los derechos individuales no son una licencia o una concesión que cada Estado-nación les otorgue a sus súbditos, sino el reconocimiento de la igualdad moral entre todos los seres humanos

La igualdad moral entre todos los seres humanos no depende de la licencia o concesión de alguna ideología, liberal o no. O existe o no existe. En cuanto a la  libertad de movimiento de mercancías (que no se mueven solas), no puede equipararse a las personas. En nombre de esa libertad se organizaron las guerras del opio, por ejemplo.  El estado-nación tiene, no ya el derecho sino la obligación de impedir la libre circulación de mercancías peligrosas y dañinas, así como de capitales relacionados con ellas. Asimismo, la de proteger al país de una invasión “pacífica” de inmigrantes moralmente iguales, pero con culturas, costumbres y valores que pueden entrañar graves conflictos. Además, una cosa es moverse y otra asentarse. El concepto de igualdad moral del ser humano es muy anterior al liberalismo, y la igualdad, en ese plano, se manifiesta en una multitud de desigualdades.  Las naciones y las culturas y estados nacionales, con sus diferencias unos de otros, son asimismo manifestaciones de la igualdad moral de los humanos, lo mismo que la formación de asociaciones, peñas o clubs que exigen determinadas normas de pertenencia. La igualdad moral tampoco obliga a nadie a ceder su casa a otros. Los que se oponen a la inmigración irrestricta no son moralmente inferiores a los que la defienden en nombre de un supuesto liebralismo.  Ahora bien, quienes defienden la  inmigración  en nombre de la moral, tienen, por esa razón, obligación también moral de compartir su domicilio y su trabajo con esos inmigrantes, al menos mientras estos no encuentren otro. Y no tienen derecho a imponer su postura y que el estado-nación, es decir, los demás que no comparten sus ideas, carguen con los costes de sus propuestas.

 La vida va inexorablemente ligada a la muerte y, por tanto, la concepción de buena vida de algunas personas puede pasar por escoger el momento y las condiciones de su muerte. Eso, y no otra cosa, es la eutanasia: una buena muerte o muerte digna según la particular perspectiva de quien desea someterse a ella.

   Todo suicidio es una eutanasia desde el punto de vista de la persona que lo practica. También puede decirse que es una libertad, por cuanto, aunque se lo prohíba, nunca puede impedirse.Un problema de ese derecho al suicidio es que cada individuo puede tener  una idea distinta de lo que es buena y mala vida, o buena y mala muerte. Sobre ese tema hay otras concepciones: no somos dueños de nuestra propia vida, que realmente nos ha sido dada. Por mi parte no me pronuncio al respecto. Por lo demás, la “muerte digna” no es una concepción necesariamente liberal: los nazis o los comunistas la aceptaban igualmente.


- Drogas: El liberalismo reivindica el derecho a la integridad sobre el propio cuerpo, pero no porque el cuerpo humano sea un objeto sacro que merezca una protección absoluta frente a cualquier posible perjuicio, sino porque los daños sobre nuestro cuerpo pueden limitar (en ocasiones, estructuralmente) nuestra capacidad de acción y de consecución de nuestros objetivos vitales.

Obviamente, el argumento es falso. El único que puede decidir sobre la capacidad de acción y consecución de objetivos vitales es el individuo, y si prefiere las drogas y su adicción, es cosa suya, si seguimos el resto de la argumentación ultraindividualista de cierto liberalismo simple. El argumento contra las drogas no puede ser ese: el drogadicto no solo se daña a él, daña también a todo su entorno familiar y social. El individuo no es una isla, y lo que hace repercute  inevitablemente en ese entorno. Por eso existen leyes que limitan inevitablemente la libertad individual. Y las leyes provienen del estado-nación.

- Prostitución: El liberalismo también defiende la libertad sexual. Los actos consentidos a este respecto entre adultos no deben ser violentados por otras personas: a saber, lo que pasa en la alcoba es sólo de la incumbencia de las personas que están en ella, no de terceros no invitados.

Con esa libertad sexual sucede lo mismo que con las drogas. Una cosa es decir que la prostitución es inevitable, y otra presentarla como algo inocuo o incluso bueno como resultado de la “libertad sexual”. La prostitución no es solo incumbencia de dos (o más) personas en una alcoba, y suele ir ligada a las drogas y diversas formas de degradación personal y social, a menudo también a enfermedades. ¿Por qué no emplea  el mismo argumento que con las drogas en el sentido de que la prostitución daña la “capacidad de acción”, etc.?

- Gestación subrogada: Las tecnologías reproductivas actuales permiten la gestación del embrión en el vientre de una mujer distinta de aquella que aporta la carga genética.

   Como en los casos anteriores, aquí desaparece la cuestión moral, que es la que precisamente define  al ser humano en relación con los animales. Una cosa es que las técnicas permitan mil cosas, y otras que esas cosas sean buenas o aceptables. El problema no se resuelve tan simplemente.

–El liberalismo no se restringe a asuntos reduccionistamente económicos, sino que promueve una convivencia pacífica y mutuamente respetuosa entre los heterogéneos planes vitales de todas las personas.

De nuevo entramos en un dogmatismo que elude cuestiones fundamentales. La convivencia pacífica y mutuamente respetuosa no existe ni puede existir, al menos con carácter general: las relaciones humanas son inevitablemente conflictivas y generadoras de violencias de mil tipos. Y es el estado nación con sus leyes –y no buenas intenciones  de paz y respeto que todo el mundo puede tener sin gasto alguno– el que procura impedir, sin lograrlo nunca del todo, que la convivencia sea aceptablemente pacífica y respetuosa.

   Obviamente, el estado tiende a volverse despótico y extender su poder sobre todas las relaciones humanas, y gran parte del pensamiento político occidental se ha dirigido a evitar el despotismo. Pero entender al estado, al modo de los anarquistas, como el enemigo clave que impide a las personas “una buena vida y una buena muerte”, ya cae en el utopismo dogmático. 

El fondo de todas las utopías es la negación del carácter moral del ser humano, que sería naturalmente “bueno” y “libre” si no lo impidieran tales o cuales instituciones, el “poder”, el estado o “la sociedad”… que son todos ellos creaciones de ese ser humano naturalmente “bueno y libre”. Los utopistas no admiten el “pecado original”, un mito muy expresivo del paso del instinto a la moral. Es decir, de la animalidad propiamente dicha a la humanidad, con sus cargas, riesgos  y dificultades característicos.

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El problema del franquismo y el antifranquismo

Entrevista Pio Moa: “Yo no defiendo el franquismo, sino la verdad sobre el franquismo

DiarioYA ha entrevisto a Pio Moa a raíz de la última novedad editorial de imprescindible lectura.

P. Este libro lo interpretarán muchos como la defensa más resuelta y más en profundidad que se haya escrito del franquismo.

R. Yo no defiendo el franquismo, sino la verdad sobre el franquismo. Y según he ido estudianto estos temas durante años, he encontrado que las tergiversaciones y falsedades al respecto alcanzan verdaderas cimas. Son el “Himalaya de mentiras” que reconocía el socialista Besteiro como base del Frente Popular. Considero que un país que se miente sobre su propio pasado está entrando en una fase de histeria y decadencia, con la política convertida en una farsa que puede acabar en tragedia.

P. Pero quienes atacan al franquismo estarán convencidos de que lo que dicen es cierto.

R. No lo creo. Lo dan por cierto aquellos que reciben esa falsa información y se fanatizan o no tienen acceso a fuentes más veraces. Y estos son muchos, la mayoría. Pero los promotores de los mitos sobre el franquismo saben necesariamente que mienten, porque ellos sí tienen acceso a otras fuentes.

P. ¿Mienten por mentir? Eso suena duro de creer

R. Esa es una cuestión de lo más interesante. ¿Por qué lo hacen? Pues desde luego lo hacen. Creo que el libro deja claras sus falsificaciones, exageraciones y puros camelos. Evidentemente lo hacen por interés, por una cuestión de poder. Cuando yo militaba como comunista, era consciente de que muchas de las cosas que decíamos eran embustes, pero se justificaban  si se los consideraba útiles para debilitar al franquismo y al capitalismo en general, y para avanzar hacia el socialismo, que sería una sociedad muy superior y más perfecta, naturalmente bajo el poder de los comunistas. Claro que la mayoría de los antifranquistas de ahora no son marxistas, aunque el origen de la propaganda antifranquista sea sobre todo marxista. Se trata de la panoplia de partidos que se consideran en cierto modo herederos del Frente Popular, que fue una alianza de izquierdistas y separatistas. Para los separatistas, atacar a Franco es una forma de atacar a España. Para las izquierdas, es una forma de diferenciarse de la derecha y de defender un pasado y un presente poco brillantes por decirlo suavemente. En definitiva, todos sus abusos, agresiones y corrupciones quedan en cierto modo disimulados o justificados  porque, según ellos, el franquismo fue mucho peor, de modo que tienen derecho a cierta revancha. Al proclamarse antifranquistas y, de hecho, herederos del Frente Popular, parecen proclamarse demócratas, un argumento muy importante para conseguir el poder y para desacreditar a sus adversarios. Si antifranquismo equivaliese a democracia, nadie habría más demócrata en España que los comunistas y la ETA, que fueron los que de verdad lucharon contra el franquismo. Esa es la clave de la farsa, útil políticamente. Pero en realidad no hubo demócratas en las cárceles de Franco.

P. No obstante, se dice que las mentiras tienen las patas cortas. ¿Cómo es posible que esas falsedades continúen y crezcan año tras año? ¿No debiera haber sido fácil rebatirlas?

R. No es fácil por dos razones. Porque el PP, y antes la UCD, renunciaron a la lucha de las ideas, tratando de olvidar su pasado. Fíjese que izquierdas y separatistas acusan al PP de franquista, cuando el PP  ha llegado a ser en la práctica tan antifranquista como la izquierda y los separatistas. Al  haber renunciado a la lucha de las ideas, el PP  termina siendo arrastrado por las ideas de la izquierda. De esta forma se ha creado un ambiente social antifranquista muy extendido, y el PP, por el interés del poder, participa con entusiasmo en el Himalaya de falsedades. Pero hay además otro factor: como dice Ricardo de la Cierva, quienes han querido defender la memoria de Franco han solido hacerlo con tal torpeza que han dado armas a sus enemigos.

P. ¿A qué se debe esa torpeza?

R. A que el franquismo no elaboró una teoría política propia, más allá de ciertas generalidades un tanto vagas, como la democracia orgánica, etc. El franquismo aspiraba a crear un sistema político que superase al liberalismo y al marxismo, pero desde luego no lo consiguió. Y es fácil ver por qué: no era un régimen de partido único, como se suele decir. Había en él por lo menos cuatro “familias”  que de hecho funcionaban como partidos sui generis, con sus órganos de prensa, organizaciones diversas, etc. Eran los carlistas, falangistas, monárquicos y católicos políticos, que no se llevaban bien entre sí. Además, en todas esas familias había un sector abiertamente  contrario a Franco y que conspiraba contra él. El único elemento en común era  el catolicismo, profesado, al menos exteriormente, por todos ellos. Por eso el régimen se proclamó católico. Ahora bien, el catolicismo no es una doctrina política, aunque tenga implicaciones políticas, y eso quedó de relieve  cuando Roma, después del Concilio Vaticano II se pronunció contra la confesionalidad del estado y procedió a hostigar activamente al régimen. En ese momento, el franquismo quedó ideológicamente en el vacío, y no podía hacer otra cosa que evolucionar hacia algo muy distinto. Esa es la causa de la torpeza de quienes defienden el franquismo atacando la democracia y proponiendo de nuevo algo parecido a un estado confesional. El liberalismo y el marxismo son doctrinas muy fuertes en su argumentación, no es fácil desmontarlas, y el franquismo, que en la práctica tuvo unos éxitos asombrosos, nunca llegó a elaborar una doctrina o teoría capaz de superarlos, como pretendía.

P. ¿Qué aporta el libro, en definitiva?

R. En primer lugar, una reivindicación de la verdad histórica, a través de hechos clave,  frente a “la permanente mentira” de que se quejaba el liberal Marañón. En segundo lugar, un análisis del franquismo imbricado en la situación histórica internacional, en especial la europea. La inmensa mayoría de los estudios históricos, de una orientación u otra, caen en el provincianismo de ignorar el contexto exterior, lo que ya de entrada es un grave defecto que impide entender muchas cosas. En tercer lugar, planteo  un problema general sobre la validez de las ideologías del siglo XX  y sobre el contraste, que ya mencioné, entre los extraordinarios éxitos del franquismo, contra viento y marea, y su débil fundamentación teórica. En fin, hay muchas cuestiones y a todas ellas he procurado acercarme con enfoques nuevos.

 

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El asesinato y las raíces de la moral

 

Blog I: Franco y Churchill como jefes de guerra:http://www.gaceta.es/pio-moa/franco-churchill-jefes-guerra-15042015-1450

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Es de suponer que, como ha pasado con la mayoría de mis  libros, los grandes medios decidan la política del silencio sobre Los mitos del franquismo, que empezó a llegar a las librerías el pasado 14. Algunos me han acusado de hacer una publicidad exagerada del mismo. No esperarán que me sume al boicot de aquellos medios contra mí mismo.  La sesión de “Cita con la Historia” del próximo domingo  versará, precisamente, sobre diversas cuestiones tratadas en el libro.

**Lamentablemente, debo insistir en el llamamiento al apoyo de “Cita con la Historia”, pues todavía no tenemos cubierto el mes de mayo. Creo que hemos conseguido hacer de él un programa alternativo e independiente, abierto al gran público aunque su alcance actual sea limitado por la escasa cobertura de Radio Inter. Por tanto, su continuidad y expansión depende de sus oyentes  en el doble sentido de darle publicidad en las redes sociales y de aportarle económicamente. Nuestro objetivo es que una iniciativa comenzada con medios mínimos vaya creciendo hasta rivalizar con tantas otras dedicadas a tergiversar la historia.

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Trataremos de aclarar  más la relación entre razón y moral  mediante un ejemplo: aunque las normas y valoraciones morales pueden variar mucho de un pueblo a otro y de un tiempo a otro, existen seguramente normas comunes a todos. Una de las más evidentes es el rechazo del asesinato. Podemos definir este como un homicidio deliberado contra una víctima  desarmada, indefensa. En muy raras ocasiones es este acto admitido, solo cuando, de un modo u otro, se estima como acto de justicia. El mandamiento “No matarás” es taxativo y lo admite cualquier cultura, si bien a veces solo para los miembros de ella y no en relación con los de fuera: a continuación,  el Yahvé bíblico exige a los judíos campañas contra los cananeos  con  exterminio de hombres, mujeres, niños y hasta animales domésticos, a fin de ocupar sus tierras. La Biblia es un libro muy misterioso.

  Desde el punto de vista de la razón, la moral se basa en el interés y el cálculo, excluyendo raíces transcendentes. En este caso, el interés parece claro y no necesitado de consideraciones ajenas a la  mera razón: permitir el asesinato como norma destruiría en poco tiempo la sociedad, y de ahí partiría la moral (y la ley) al respecto. Sin embargo, esa razón, evidente desde el punto de vista del interés colectivo, lo es menos desde el interés individual, al cual puede contradecir. Los motivos de un asesinato pueden ser muy variados, pero entre ellos está el racional interés, a menudo económico.  Existe toda una gran masa de literatura novelística en Europa y América con el asesinato por interés como eje. Normalmente esa literatura defiende el interés (la razón) colectivo, es decir, la moral y la ley impuesta a los  individuos; y el asesino, que obra razonablemente, es decir, por cálculo más o menos refinado, termina cometiendo errores y siendo descubierto y castigado. Pero algunos de esos relatos se vuelven deliberadamente ambiguos, poniendo en duda la ley, bien sea por el carácter corrupto o criminal de sus representantes, bien por el hecho de constituir ella misma una imposición en cierto modo abusiva (contra la libertad individual), o porque ella no puede prever la gran cantidad de motivaciones y matices en los actos humanos juzgados delictivos, por lo que puede incurrir en injusticias. 

   Y hay otro problema en relación con la racionalidad de la moral, ya aludido. Es cierto que una sociedad donde el asesinato fuera un hecho común  y aceptado no podría sobrevivir (si bien tales situaciones se dan, parcial y pasajeramente, con motivo de muchas guerras, por ejemplo en los asesinatos de retaguardia en la nuestra del 36). Pero no existe ninguna razón real para sostener que las sociedades humanas deban mantenerse y sobrevivir. Por cuanto sabemos, la vida humana se extinguirá antes o después, y su sostenimiento  mientras tanto solo depende  de un sentimiento e instinto de supervivencia que no deben nada a la razón, sino que más bien esta se acomoda o trata de acomodarse a ellos y de servirlos. Si prescindimos de esa realidad, la moral y la ley no encontrarían otra raíz que  las convenciones racionalizadas mejor o peor e  impuestas siempre por minorías al conjunto de las sociedades. No habría en esas convenciones nada sagrado ni esencialmente respetable,  y su cumplimiento racional dependería de su fuerza para imponerse y del temor que infundiera en los individuos la posibilidad de ser descubiertos y castigados. En la práctica quedan asesinatos (y otros muchos  delitos) sin descubrir o sin castigar, pese  a los enormes recursos que el estado dedica a perseguirlos. El asesino que logra burlar  a los servidores del estado y gozar de los beneficios de su acto, podría considerarse justificado en términos de pura racionalidad, del interés individual y el cálculo para cumplirlo.

 Por todo ello, la condena al asesinato debe basarse en una concepción del valor o la dignidad del ser humano previa a la razón y sus cálculos, con una raíz más profunda y no racional. Que por lo demás no impide la comisión de tales crímenes. 

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Ha reproducido ud sin comentario mi impresión sobre su novela “Sonaron gritos y golpes a la puerta” como el asesinato del padre del protagonista. ¿Significa que está de acuerdo con la interpretación? Porque otras veces sí la ha respondido” A. P.

La interpretación me parece interesante. No es el caso de Edipo según la interpretación freudiana, pero, efectivamente, Edipo mata a su padre de manera inconsciente, sin saber quién es. El destino le lleva a eso. Así,  las peripecias de Alberto podrían interpretarse como una caza de quien había matado a su madre, a su padre “oficial”, a su hermana y casi a él mismo, sin saber que el homicida era quien le había hecho llegar a él, a Alberto, al mundo. Y también cuando lo descubre se produce en el protagonista un derrumbe moral. En fin, también una novela se escribe en gran medida de modo inconsciente, por lo que se presta después a interpretaciones muy variadas que no estaban en la intención del autor.

 

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Por qué la moral no puede basarse en la razón: el hombre como animal moral

**Este martes, 14 de abril, sale al público Los mitos del franquismo, en editorial  La esfera de los libros

Blog I. 14 de abril, República y Franquismo:http://www.gaceta.es/pio-moa/14-abril-republica-franquismo-13042015-1007

**Actualmente disponemos de medios para mantener Cita con la Historia durante abril y la mitad de mayo. Necesitamos un apoyo mayor, no solo en forma de aportación económica, sino también de difusión del programa, que pueden hacer nuestros oyentes. Queremos insistir en ello, porque Radio Inter, desgraciadamente, tiene una cobertura escasa que le impide llegar a toda la gente que de otro modo sería posible. Las redes sociales pueden desempeñar un buen papel en ello.

Sesión del último domingo: Franco y Hitler en torno a la guerra mundial: https://www.youtube.com/watch?v=A174UBjvUIY

 

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Simplificando, podemos decir que el sentimiento produce el arte y en cierto modo la religión; y la razón las ideologías y la ciencia. Como decíamos, la esfera del sentimiento queda fuera del terreno de la razón, aunque ello no impide que la razón se ocupe del sentimiento, por ejemplo en la crítica literaria. Pero la crítica, por razonable que resulte, es algo muy distinto de la creación literaria, y muy a menudo no consiste en otra cosa que en la exposición de sentimientos mejor o peor disfrazados de razonamiento. La inversa también se da: el impulso razonador se basa en sentimientos, pero sus resultados deben emanciparse hasta cierto punto de estos, para tener validez.

   Hay otro extenso ámbito fuera del terreno de la razón:  la moral. Para entenderlo conviene recordar que no existe “La Razón”, sino muchas y variadas razones, y por tanto, cuando se intenta basar en ellas la moral, el resultado son morales diversas. Tradicionalmente, la moral partía de la religión como parte de ella, pero las ideologías han  tratado de elaborar morales acordes con sus propios principios, y así existen una moral comunista, una moral liberal, una moral nazi, fascista, etc., que llegan a oponerse radicalmente. La moral comunista, como la nazi, afirman partir de la ciencia, y sus resultados no parecen muy alentadores. Curiosamente, ambas decían encontrar en  elk darwinismo uno de sus pilares. 

   Examinando la historia, vemos que la moral surge espontánea y necesariamente de la sociedad humana, lo mismo que ocurre con  la religión, el arte, el poder o  la técnica. Todos esos “territorios” están muy interrelacionados,  pero son autónomos y no pocas veces  chirrían y chocan entre sí.  Como el ser humano vive desde el pecado original en la esfera de la moralidad, del bien y el mal, sabemos que los productos humanos, como el poder, el arte o la técnica, pueden tener y a menudo tienen derivaciones malvadas, y son las concepciones y principios morales los que deciden al respecto. Pero ¿sobre qué principios pueden hacerlo?  No sobre la razón, por la causa dicha. Tampoco sobre la convención mayoritaria, pues siempre quedará una minoría (susceptible de convertirse en mayoría según las ocasiones) que rechazará las normas y leyes  decididas por la mayoría ocasional.

   ¿A qué puede atenerse entonces la moral? Tradicionalmente se hacía referencia a una ley natural, no escrita ni escribible, pero que de un modo u otro debe inspirar las normas sociales y  la valoración de las conductas y productos humanos. Sin embargo, la invisibilidad de la ley natural, no emanada de la razón aunque más o menos perceptible para esta, hace dudar de esa ley, también por su implícito carácter religioso (ley insertada por Dios en la naturaleza humana),  y a esa cuestión alude el libro coordinado por Francisco J. Contreras y escrito en gran parte por él, El sentido de la libertad. Contreras encuentra una continuidad entre la ley natural y los derechos humanos aunque, como hemos observado, se les llama “humanos” y no “naturales”, precisamente para imponerles un principio  racionalista y teóricamente no religioso. Esos derechos parten de una convención entre la gente, no de una imposición religiosa no racional. Lo cual vuelve a llevarnos , en círculo vicioso,  al problema de quién decide  esos derechos (y su garantía, aunque  este es otro problema, parece que Usa y la UE han decidido erigirse en árbitros de los derechos humanos, con lo que de momento han creado caos y guerras civiles en el mundo islámico).  Porque la idea parte de, o lleva implícito, el aserto de que todos somos iguales. Por tanto, nadie tiene la obligación de acatar leyes y derechos decididos por otros, aunque sean la mayoría.

   Así pues, el carácter moral del hombre –como su carácter racional–  debe remitir a otro rasgo humano, debe encontrar una fundamentación fuera de sí mismo. En ese sentido nos aproximamos a la tesis de principio, del hombre como animal religioso, que fundamentaría las demás características. Pero ello presenta asimismo serios problemas.

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Fukuyama:

“El fin de la historia será un tiempo muy sombrío. La lucha por la fama, la capacidad de arriesgar la vida por un fin abstracto, la lucha ideológica mundial en que se manifiesta bravura, coraje, imaginación e idealismo serán sustituidos por cálculos económicos, por una perenne solución de problemas técnicos, por las preocupaciones sobre el medio ambiente y la satisfacción de demandas refinadas de los consumidores. En el período post-histórico no habrá arte ni filosofía, solo la permanente vigilancia del museo de la historia humana.Puedo sentir en mí y observar en otros una profunda nostalgia por el tiempo en  que existía la historia.  Esa nostalgia continuará alimentando  por algún tiempo la competición y el conflicto incluso en el mundo post-histórico. Aunque reconozco su inevitabilidad, tengo sentimientos muy ambivalentes hacia la civilización creada en Europa desde 1945 con ramales en el Atlántico Norte y en Asia. Quizá esta misma perspectiva de siglos de aburrimiento en el fin de la historia permita hacer que la historia comience una vez más.”

En cierto modo, la tesis de Fukuyama venía adelantada por Fernández de la Mora en su obra El crepúsculo de las ideologías.

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