Blog I: Males de la mediocre historiografía española:http://www.gaceta.es/pio-moa/males-mediocre-historiografia-espanola-11042015-1331
**Este domingo, en “Cita con la Historia” trataremos la relación entre Franco y Hitler en torno a la guerra mundial.
**A partir del próximo día 14 estará en librerías Los mitos del franquismo: http://www.esferalibros.com/libro/los-mitos-del-franquismo/
**Seguimos en campaña para obtener financiación para “Cita con la Historia”, que puede escucharse los domingos, de 4 a 5 de la tarde en Radio Inter. Por desgracia, esta emisora no puede escucharse en la mayor parte de España, pero los programas están accesibles en podcast y en you tube.
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Una evidencia es que los seres humanos razonan, es decir, crean conceptos y los relacionan o combinan según ciertas exigencias que llamamos lógica, y obran más o menos en consecuencia. De esa capacidad dependen muchas otras, como la de comunicar saberes, fabricar herramientas, etc. Viene a ser la capacidad de conocer y poner orden en el conocimiento tanto del enigmático mundo exterior, desvelable al menos parcial y progresivamente, como del propio ser humano, que viene resultando más difícil. La razón creado la ciencia, sistemas filosóficos, ideologías, formas políticas, y podría ser la facultad humana más elevada y constitutiva, que resume o condiciona a las demás, y así ha solido juzgarse desde Aristóteles. Los animales obran por instinto, el hombre, con más o menos acierto, por la razón, por el cálculo y la lógica, según la definición dicha. Se ha llegado a suponer, sobre todo desde la Ilustración, que la razón, deductiva e inductiva, permite establecer principios universales con arreglo a los cuales podría y debería obrar el ser humano. Con lo que, alcanzados esos principios, el hombre podría conducirse con una seguridad semejante a la del instinto en los animales y prescindir de la religión.
No obstante, algunas observaciones nos indican que esas aspiraciones o pretensiones son, a su vez, poco razonables:
- La razón deja fuera de sí un vasto campo de la experiencia y conducta humana: la de las emociones, sentimientos y pasiones, productoras a su vez de las artes. El arte, desde la literatura a la música, no responde a la razón ni a exigencias racionales y se le ha considerado, en todas partes, como una de las manifestaciones más propias y elevadas de la naturaleza humana. Siempre ha habido un conflicto más o menos agudo entre el sentimiento y la razón, y esta, en algunos pensadores, ha tratado de imponerse. En España el pensador aristotélico Fernández de la Mora, autor del sistema que llama razonalismo –para distinguirlo del racionalismo, que no admite límites a la razón– defiende al logos frente al perturbador pathos juzgando que a la larga el predominio del primero se alcanzará de modo casi absoluto. El sentimiento y sus productos, a menudo tan poco razonables o racionalizables, irán perdiendo peso hasta incluso desaparecer. El hombre llegaría a ser así plenamente racional. Aunque admite límites de principio, de índole religiosa, su concepción en la práctica lleva a rechazarlos. Pero se trata de un supuesto difícil de aceptar, que mutilaría partes esenciales de la condición humana. Curiosamente, y por una vía opuesta, Fukuyama lleva a conclusiones parejas.
- La razón carece de dinámica propia. Aunque se oponga a menudo a los sentimientos, ella misma solo funciona a partir de sentimientos y hasta de auténticas pasiones: la pasión por conocer y explicarse el mundo y la vida propia, combinada con otros sentimientos como el deseo de reconocimiento, de fama, de honores, de dinero, la rivalidad con otros “razonantes”, incluso el odio, etc. Estos sentimientos pueden dar lugar, sucede con frecuencia, a fraudes y desviaciones en el uso de la razón, pero sin ellos esta no funcionaría
- El concepto de “animal racional” ha producido históricamente, sobre todo desde la Ilustración, el culto a una Razón supuestamente segura e indiscutible, capaz de superar los errores y de enderezar las muy diversas “desviaciones” de ella observadas en la práctica. Esa Razón permitiría eliminar los conflictos y divergencias entre humanos, conduciéndolos por una vía universalmente conveniente y comprensible para todos. Pero en la vida corriente comprobamos que el abanico de conductas, muchísimo más variadas que las que permite el instinto, provocan un constante rozamiento y choque entre ellas, y las correspondientes razones, hasta en los mínimos detalles de la conflictividad más cotidiana y trivial. Las conductas humanas pueden ser muy contrarias de unos individuos a otros, lo pueden ser incluso en un mismo individuo, de hecho eso es lo que normalmente ocurre; y al mismo tiempo todas se apoyan siempre, a priori o a posteriori, en algún razonamiento. Incluso en las conductas que parecen más disparatadas es posible discernir una lógica profunda por la cual se producen, por la cual existen, se las acepte o no, aun si esa lógica contradice sus argumentos justificativos. Por ejemplo, en conductas fraudulentas o delictivas — pero no solo– encontramos de un lado las justificaciones razonadas del delincuente, y del otro el razonamiento general que trata de explicar tales conductas con otros argumentos, achacándolas a una perturbación mental, por ejemplo, o a traumas infantiles, a maltratos previos, a “la sociedad”, etc. Los abogados en los tribunales llegan a elaborar razonamientos extraordinariamente rebuscados, y las sentencias no remiten a la razón, sino a la ley, la cual tampoco remite a la razón, sino a unas convenciones más o menos compartidas y a un poder para imponerlas.
- Subiendo un escalón, algo parecido ocurre con las diversas y enfrentadas ideologías que aspiran a encauzar las conductas humanas: todas ellas vienen provistas de un arsenal de razonamientos y pretensiones de universalidad que convencen a unas o a otras personas. Y subiendo un escalón más, la historia de la filosofía, máximo ejercicio de la razón, ha dado lugar a muy diversos y opuestos sistemas, análisis y valoraciones; y, más aún, a la inversa, cada sistema aparentemente completo y logrado, ha originado divergentes interpretaciones y escuelas a partir de él. La más evidente experiencia histórica nos muestra que la razón nunca ha operado en una dirección, excepto, hasta cierto punto, en las ciencias físicas. Encontramos, por tanto, razones y razonamientos muy variados, y hasta ahora la idea de una Razón superior capaz de convencer y a la que podrían atenerse todos los humanos no pasa de entelequia.
- Desde el punto de vista del hombre como animal, podemos considerar la razón como su arma o instrumento especial y privativo de supervivencia, con un fin común a los demás animales, bajo las exigencias perentorias de alimentarse, reproducirse, luchar o huir del peligro y de la muerte (lo último en vano finalmente). La razón sería el “órgano” distintivo gracias al cual el ser humano se “realiza” como animal; el equivalente a las garras de los felinos o a las pezuñas o el olfato de los herbívoros, un instrumento que le permite conocer el entorno de modo más preciso y más diferenciado que los demás animales, y crear otros instrumentos no corporales, indirectos. La razón podría entenderse como un instrumento creador de instrumentos, siempre con el fin preciso de asegurar la supervivencia. Su manifestación más evidente y precisa es la técnica. La razón, o mejor dicho, el razonamiento, rige también las relaciones entre los humanos, con el fin, más indirecto pero evidente, de mantener la subsistencia de la especie. Este concepto de la razón como un medio especial para lograr los objetivos comunes a los animales, puede completarse con la idea de que la razón desvaría cuando atiende a otras cuestiones inmateriales o “metafísicas”, y es la base misma de ideologías tan variadas como el marxismo, la masonería, ciertas corrientes liberales: la historia y la naturaleza humana se explicarían por el desarrollo de la razón –de la técnica, en definitiva—para satisfacer las necesidades y deseos humanos, en nada esencial diferentes de los animales.
- De acuerdo con ese pensamiento digamos tecnocrático, cabría entender la vida humana como un esfuerzo por satisfacer las necesidades animales mediante un consumo cada vez más complejo y refinado . Satisfacción que la renta per capita mediría grosso modo. Esa satisfacción constituiría esencialmente el sentido o significado de la vida, y en ello consistiría el progreso, al que suele asociarse la paz, la “calidad de vida” e incluso la felicidad. Con una “calidad de vida” generalizada, los humanos volverían a algo parecido al paraíso, a condición de que todos descartasen preocupaciones de otra índole, ilusoriamente “idealista” o espiritualista, y se ciñesen a la razón, o a esta clase de ella. En su ensayo sobre “El fin de la historia” gracias al triunfo universal, que entonces pareció seguro, de la democracia liberal al caer el comunismo, Fukuyama trazaba un sombrío panorama de una humanidad centrado en la administración de la economía, donde los sentimientos y las pasiones habrían dejado de tener lugar y sentido. Nuevamente encontramos una visión extremadamente mutiladora de la naturaleza humana, y un objetivo en el fondo totalitario.
- Así, la experiencia nos dice que la racionalidad no conduce necesariamente a una conclusión y conducta única y no contradictoria. Y la propia razón nos indica que ello se debe a la propia naturaleza humana, ya que de otro modo esa Razón se habría impuesto desde el principio. De modo que la definición del hombre como animal racional, sin ser errónea, es insuficiente. El hombre es algo más que eso, no puede explicarse solo por la racionalidad.
- Además, la idea de una Razón universal y necesaria contradice, por otra parte, otro rasgo decisivo del autoconcepto humano: la libertad, una idea sumamente difícil de definir, pero siempre intuida de un modo u otro. Algunas ideologías han intentado armonizar las dos cosas definiendo la libertad como “la necesidad hecha consciente”, o similares. La “necesidad” sería precisamente la conclusión universal de la razón. Es una armonización obviamente ilusoria: la libertad no se opone a la razón, pero sí a la Razón. El culto a la Razón significa generalmente que algunas personas consideran su forma de razonar sobre el mundo y el hombre como la expresión perfecta de la razón, lo que deriva fácilmente al intento de imponerla por todos los medios. Pues suena muy razonable someter, de buen o mal grado, al hombre remiso a guiarse por la Razón. El cual, al no ser suficientemente racional para aceptar lo que le conviene, tampoco sería suficientemente humano, y por tanto sería susceptible de ser tratado en consecuencia.
