Blog I, El donjulianismo de la izquierda:http://www.gaceta.es/pio-moa/donjulianismo-izquierda-19012015-1258
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Los 83 años de vida de Franco (1892 -1975) cubren un período de conmociones en España: Restauración hasta 1923, dictadura de Primo de Rivera hasta 1930; un año largo de intermedio hasta la II República, la cual duraría cinco años, hasta las elecciones de febrero del 36; convulsión agravada del Frente Popular, que daría pie a la guerra civil y a los 36 años siguientes de caudillaje. Época de rápidas y a menudo violentas alteraciones económicas, ideológicas y técnicas en todo el mundo, con mayor crudeza en Europa. Franco lo veía así: “Nos ha tocado vivir una época difícil, que tiene caracteres de verdaderos tiempos revolucionarios. En un espacio relativamente corto hemos visto cambiar muchas costumbres, y aun principios morales largo tiempo vigentes han pasado a ser materia de discusión. Este ambiente (…) ha afectado en grado más acusado a los sistemas económicos y sociales y a las fórmulas de convivencia internacional. Las transformaciones de la sociedad contemporánea, unas mejores y otras peores, son en su conjunto síntomas de extraordinaria vitalidad y de una aceleración histórica importantísima en la vida de la humanidad. Pero no es extraño que tales cambios afecten de forma difícilmente previsible a los pueblos y pongan en peligro muchas veces su paz, su tranquilidad y sus tradiciones. Gracias a Dios nosotros hemos conseguido, sin cerrarnos al signo positivo de la historia, superar los riesgos que este ambiente de cambios comporta, manteniéndonos en una línea firma de paz y progreso, sin perder nunca el sentido de la realidad ni de la fidelidad a unas esencias que constituyen nuestra más interna fortaleza” [1]. Tales mudanzas condicionaron a España, aunque esta siguió en general un camino particular.
Hasta los 30 años, la vida de Franco transcurrió en el régimen liberal de la Restauración, en el cual hizo su carrera militar en Marruecos y al que nunca cuestionó. Fueron sus años de formación, y de ellos le quedarían algunas actitudes más bien liberales. En Marruecos se convirtió en jefe de la Legión y lugarteniente de Millán Astray, fundador de la unidad en 1920. Caída la Restauración bajo los golpes del terrorismo anarquista, de las subversiones socialista y separatista, y de la inanidad de los políticos del momento, permaneció ajeno a la política bajo Primo de Rivera, y en Marruecos contribuyó a enmendar el desastre de Annual y derrotar a Abdelkrim, convirtiéndose en el general más joven de Europa. No mostraba inquietudes ideológicas más allá de un talante conservador y anticomunista. Cuando el fallido golpe militar republicano de 1930, escribió a su revolucionario hermano Ramón declarándose partidario de una democratización serena. Por entonces dirigía la Academia Militar de Zaragoza, que clausuró Azaña en 1931, tras tomar el poder los republicanos. El tono izquierdista, anárquico y anticatólico del nuevo régimen le defraudó, pero no conspiró contra él. Por el contrario, al alzarse izquierdas y separatistas catalanes contra su propia legalidad, en octubre de 1934, defendió la república.
Todo varió desde el triunfo del Frente Popular en las elecciones no democráticas de febrero de 1936. Entonces Franco se sumó a la conspiración de Mola, si bien no resolvió sublevarse hasta el asesinato del líder derechista Calvo Sotelo. Fue él quien salvó la muy difícil posición inicial de los otros jefes rebeldes Mola y Queipo de Llano, y por ello fue elegido Generalísimo de todos los ejércitos y “Jefe del Gobierno del Estado”, encomendándosele “todos los poderes del Estado”, que asumió el 1 de octubre de 1936. Se crearon ciertos equívocos y reticencias de algunos generales al no especificarse la duración de esos cargos y Franco mostró entonces, por primera vez, una decisión política radical. Probablemente pensó ya en instaurar un nuevo estado, pues juzgaba fracasadas la Restauración y la república, y desconfiaba de la capacidad política de sus compañeros de armas. Adoptó el título de “Caudillo”, siguiendo viejas tradiciones, y luego su victoria abriría el período convencionalmente conocido como franquismo o “era de Franco”, según la calificó el economista largo tiempo militante del PCE Ramón Tamames. La figura del nuevo jefe del estado debe ser enfocada, por tanto, desde su papel histórico como militar y político.
Las acciones bélicas del Caudillo ocupan diez años en África, una breve intervención en 1934, la guerra civil y los años del maquis. También a otro nivel, las pequeñas guerras de Ifni y norte del Sahara español. En cuanto militar, Franco ha sido juzgado a menudo desfavorablemente, hasta como una nulidad (Preston, Blanco Escolá y tantos otros). La evidencia de que siempre venció a sus contrarios, caso realmente insólito, pone de relieve la necedad de tal valoración. Opiniones más matizadas y atendibles lo catalogan como “ buen profesional” si bien alejado de la brillantez y más aún de la genialidad. Así le han considerado incluso Ramón Salas Larrazábal o Stanley Payne y Jesús Palacios en su reciente biografía del personaje.
Creo que el juicio solo puede nacer de una apreciación de la guerra civil, pues la de Marruecos y las demás, de rango menor, no permiten evaluar su calidad de estratega. La guerra de España sí entra en las de gran envergadura del siglo XX, la mayor entre las dos guerras mundiales después de la civil rusa. Fue un conflicto largo (casi tres años), de masas (cada bando movilizó a más de un millón de hombres), complejo, con difíciles operaciones de movimiento, batallas campales, intervención del armamento más moderno de la época y actividad naval nada desdeñable. Contienda de arduas alternativas y problemas tácticos y estratégicos, amén de los de reclutamiento y entrenamiento a la intendencia, complicados con la reorganización del estado y del propio ejército. Esta triple tarea simultánea, que solo algunos líderes revolucionarios como Mao Tse-tung o Ho Chi-min debieron acometer, ya lo sitúa en un plano particular con respecto a los generales europeos o americanos del siglo XX, por lo común limitados a sus tareas específicas. La misma triple tarea militar, organizativa y política afectó al Frente Popular, que la cumplió con eficacia inferior a la de los nacionales.
Algunas críticas a Franco expresan opiniones arbitrarias sobre cómo debiera haber actuado en tal o cual oportunidad. Lo cierto es que toda operación bélica comporta graves riesgos, casi siempre lleva aparejados errores y sus jefes han de tomar decisiones disponiendo de menos información que los analistas a posteriori; por ello, el criterio de valoración es justamente la victoria o la derrota: sean los que fueren los errores parciales, el acierto fundamental se manifiesta en el buen resultado, y los aciertos parciales pueden quedar en nada por algún error decisivo. Se estiman mucho más, lógicamente, las victorias alcanzadas en inferioridad numérica y material, porque en ellas sobresale el espíritu, por así decir: la destreza, el valor y la imaginación.
Muy en síntesis, la guerra de España puede dividirse en tres partes. Los primeros cinco meses hasta la batalla de noviembre-diciembre en Madrid, con perspectiva de guerra corta mediante la acción de pequeñas columnas irregulares en gran parte voluntarias. La inconcluyente batalla de Madrid dio paso a una etapa de guerra larga (casi dos años), que obligó a los dos bandos a esfuerzos extremos, reclutamiento en masa, mayor ayuda extranjera y vastas operaciones (Guadalajara, Jarama, Vizcaya, Santander, Brunete, Belchite, Asturias, Teruel, Alfambra, y otras menores), sin resultado decisivo hasta la batalla del Ebro terminada en noviembre de 1938. A partir de ahí se abre la etapa de derrumbe del Frente Popular en cuatro meses y medio.
Pues bien, la primera etapa comenzó para los nacionales con una inferioridad de medios abrumadora: el dinero, el número, la industria, el grueso de la aviación, de la marina, de las fuerzas de orden público… casi todos los factores que en principio determinan el curso de un conflicto bélico habían caído del lado del Frente Popular. Semejante panorama habría disuadido de proseguir la lucha a la gran mayoría de los militares de cualquier país. Franco no lo hizo: contaba con las tropas de Marruecos, excelentes, pero escasas y aisladas por el estrecho de Gibraltar, vigilado por la flota enemiga. Hubo de resolver el problema de pasar fuerzas a la península y lo hizo de modo sobresaliente con un arriesgado paso por mar y un puente aéreo, al parecer el primero de la historia, iniciado con los pocos aviones españoles disponibles. También consiguió aviones italianos y alemanes que incrementaron luego el volumen de las tropas transportadas, siempre pequeño. Con sus exiguas columnas de legionarios, regulares y voluntarios, asentó la Andalucía occidental, derrotó sucesivamente a columnas enemigas superiores en número y artillería, unió la zona nacional, antes dividida en dos, remedió la penuria de municiones de Mola, y en cuatro meses se plantó ante Madrid, cuya conquista habría determinado con toda probabilidad un pronto final de la lucha. Son éxitos realmente extraordinarios, compensando la inferioridad material con visión estratégica y excelente conducción operativa.
Pero los revolucionarios hicieron un esfuerzo ímprobo por defender la capital, pusieron en pie un nuevo ejército, regular, más centralizado y dotado de material moderno superior al contrario, con fundamental ayuda de Stalin. El sovietizado ejército “popular” fue capaz de vastas ofensivas y contraofensivas, la guerra se hizo entonces irremediablemente larga y fue preciso adaptarse a ella. Franco hubo de abandonar Madrid y atacar la zona izquierdista del norte cantábrico, afrontando el riesgo de perder lo logrado en torno a la capital. Triunfó en una difícil campaña de siete meses, desbaratando de paso los contraataques cerca de Madrid y en Aragón. Su victoria en el norte le dotó por primera vez de superioridad material y numérica, si bien pequeña, y de una importante base industrial, comercial, ganadera y minera. A continuación se volvió de nuevo sobre Madrid, aunque a aquellas alturas la capital ya no tendría el carácter decisivo de 1936; pero el bando rojo movilizó nuevas quintas y contestó con una contraofensiva por Teruel. Franco cambió de plan, reconquistó Teruel y desde allí avanzó hasta el Mediterráneo por Castellón, cortando en dos la zona contraria. Pareció inminente el derrumbe del Frente Popular, pero este fue aún capaz de una magna ofensiva por el Ebro. Franco decidió destruir allí al adversario en una batalla frontal, la mayor de la guerra. Venció y con ello la guerra quedó por fin solventada.
Sobre estos casi dos años de lucha cabe hacer varias observaciones: Franco fracasó ante Madrid, pero no fue derrotado y retuvo la iniciativa, reaccionó con flexibilidad a cada desafío y convirtió cada ofensiva de sus enemigos en un desastre para ellos. Se le ha acusado de prolongar innecesariamente la lucha, y él mismo habló alguna vez de ello, pero al decirlo hacía de necesidad virtud. El ejército rojo supo rehacerse una y otra vez de sus reveses y organizar peligrosas ofensivas. Imaginar que Franco hubiera podido acortar o alargar la contienda a voluntad supone creer militarmente irrisorio al bando contrario; error típico de estrategia de café, que él nunca cometió.
La batalla del Ebro fue el canto del cisne del Frente Popular. Después, el ejército nacional derrumbó con facilidad la resistencia roja en Cataluña. Aún quedaba por conquistar el centro-sureste de la península, casi un tercio del país con buenos puertos, defendido por más de medio millón de soldados y una potente escuadra. Ello hacía posible una resistencia a ultranza durante varios meses, y así lo querían los comunistas y los socialistas de Negrín, esperando enlazar con la anhelada guerra europea. Por el lado contrario, la aplastante superioridad material de que ya disponía Franco le habría permitido aniquilar a sus enemigos, y así lo habría hecho de poseer el carácter sanguinario que le atribuye la leyenda comunista o prestoniana. Pero percibió signos de descomposición entre las izquierdas y en lugar de lanzarse en tromba contra ellas, esperó a que culminase su desmoralización. Por fin el coronel Casado, el anarquista Cipriano Mera y el socialista Besteiro se alzaron contra Negrín y el PCE, dando lugar a una guerra civil entre ellos. Poco después, los nacionales ocupaban la zona enemiga sin disparar un tiro. No ha solido darse el valor que tiene a esta campaña final de Franco, con máxima economía de fuerzas y, por así decir, elegancia estratégica.
Considerando lo visto, reducir la talla militar de Franco a mera profesionalidad suena inapropiado. Él resolvió con sobriedad y acierto los numerosos y variados problemas tácticos, estratégicos y organizativos que se le presentaron. No perdió casi ninguna batalla, aunque fracasara a veces y, lo que es más esencial, ganó la guerra. Esto no puede decirse de ningún conductor militar europeo o americano del siglo XX. La II Guerra Mundial tuvo una escala mucho más vasta, sobre todo en el frente ruso, pero un carácter semejante en lo esencial. Los generales alemanes (Rundstedt, Manstein, Guderian…) fueron seguramente los mejores por su habilidad para manejar grandes unidades, maniobrar en condiciones difíciles, resistir en inferioridad de condiciones y por su aplicación de la blitzkrieg en la primera fase de la contienda. Pero nunca debieron afrontar al mismo tiempo la organización del ejército y del estado, ni partir de una inferioridad de medios como la que hubo de remontar Franco. Y sus espectaculares victorias terminaron en terribles derrotas. Los ingleses y useños (Eisenhower, Montgomery…) sí pueden clasificarse como buenos pero no brillantes profesionales, pues gozaban de tal ventaja material que sus éxitos toman un tono gris. Los soviéticos contaron con jefes de gran nivel, siendo Zhúkof, probablemente, el general de cualquier país que acumuló más victorias, pero aún así fracasó o fue derrotado en varias ofensivas, una de ella la de Krasni Bor, ante la División Azul. Y la disposición soviética a no ahorrar sangre de sus soldados difiere mucho del cuidado de Franco.
La palabra “genio” es muy subjetiva, difícil de calibrar. Napoleón, a quien nadie niega el título, cosechó tantos reveses como victorias y perdió sus guerras. En cualquier caso, no parece inadecuado ponderar al Caudillo como el militar español más destacado en al menos dos siglos, y uno de los más brillantes entre los europeos del siglo XX.
En su faceta de político también descuella Franco por la magnitud de los obstáculos y enemigos que afrontó y venció, y por el balance de sus acciones. De cualquier modo que se valoren, permanecen hechos evidentes: triunfó en la reconstrucción del país en muy arduas circunstancias, bajo la casi fatal atracción de la guerra mundial, sufriendo luego el maquis y el aislamiento, y siempre con la antipatía euroccidental, los auxilios externos a la subversión comunista y terrorista y, en la última etapa, la defección de la Iglesia. Tales pruebas ni siquiera habría osado arrostrarlas un líder corriente. Salta a la vista su gran superioridad sobre los políticos republicanos: Azaña ha sido encomiado hasta las nubes –con perfecta falta de sentido crítico– como contrafigura del Caudillo, pero realmente fue uno de los principales causantes de la ruina de la democracia o lo que tuvo de democracia la república. Hoy recibe menos incienso[2]. Y siendo el republicano de izquierda más lúcido, sus devastadores juicios sobre sus correligionarios clarifican mejor que muchos estudios la realidad de aquella república. De los políticos anteriores solo puede aproximarse a Franco el fundador del régimen de la Restauración, Cánovas, que superó los peores males del siglo XIX y aseguró una estabilidad y progreso modestos pero continuados. En el confuso y violento siglo XIX es difícil encontrar políticos de gran talla, aunque hubiera algunos respetables.
No sobra la comparación con otros estadistas de la Europa de posguerra. Hay bastante consenso en señalar como los más sobresalientes a Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Clement Attlee y Charles De Gaulle, justamente celebrados por haber reconstruido, traído prosperidad y en varios casos democratizado sus países. Pero estos, pese a sus méritos, poco habrían alcanzado sin el cuantioso auxilio económico y el paraguas atómico de Usa frente al bloque soviético: tutela amistosa pero también humillante para unos países antaño dominadores. Franco, en cambio, sufrió hostigamiento político y medidas de intención brutal contra la economía española, y obró con una dosis mayor de soberanía e independencia con respecto a Usa.
Dentro de las condiciones dichas, el laborista Attlee, primer ministro entre 1945 y 1951, impulsó el estado de bienestar en Reino Unido y aplicó una vasta política de nacionalizaciones (hasta el 20% de la industria) y racionamiento. Política con algún parecido a la de España por entonces, si bien más exitosa, tanto por partir de un nivel técnico e industrial superior como por haber sido el máximo beneficiario de la ayuda useña. El democristiano Adenauer ensayó desde 1949 una economía mucho más liberal y eficaz que la inglesa, promovida por su ministro Ludwig Erhard. El “milagro alemán” de los años 50 convertiría al país en la mayor potencia económica europea. En menor grado cabe atribuir algo parecido al también democristiano De Gasperi en Italia. De Gaulle tuvo que abandonar el poder en 1946 para recuperarlo doce años más tarde mediante un semigolpe de estado bajo amenaza de guerra civil por las disensiones derivadas de la guerra de Argelia. Fundó la V República francesa, que sigue en pie, y trató de sacudirse la protección useña y convertir a Francia en el poder directivo de la CEE, con vistas a hacer de esta una superpotencia independiente, equivalente a Usa y a la URSS. Con tal programa estrechó lazos con Alemania, rechazó la adhesión de Inglaterra, por considerarla el caballo de Troya de Washington, se dotó de armamento nuclear, expulsó las bases useñas y salió del aparato militar de la OTAN. Su gran designio falló parcialmente porque su país carecía de base suficiente para sostenerlo. Francia disfrutó de prosperidad bajo su mandato, lo cual no impidió que cayera al borde del caos y el enfrentamiento civil en la “revolución de mayo del 68”. Al año siguiente De Gaulle dimitió al no sentirse respaldado por una mayoría de compatriotas.
Conflicto mayor para Holanda, Inglaterra, Francia, Bélgica y Portugal durante las dos-tres décadas siguientes a la guerra fue la pérdida de sus imperios coloniales, casi siempre desairada y a veces funesta. Attlee hubo de abandonar la India entre violentos desplazamientos, semejantes en número a los de alemanes al terminar la guerra mundial, con un balance de hasta un millón de muertos; también salió de Palestina bajo los golpes recibidos de los independentistas israelíes; y fracasó en sus programas de desarrollo de las colonias africanas, así como en su intervención en la guerra civil griega. Bastante peor le fue a Francia, vencida en la costosa guerra de Indochina y luego desgarrada internamente por la de Argelia, que llevó al colapso a la IV República. Luego De Gaulle aceptó la derrota y una retirada sumamente penosa para los colonos franceses y los argelinos colaboradores, masacrados a menudo. Argelia había sido considerada parte de Francia, y no una colonia. Italia fue despojada de sus colonias por los vencedores de la guerra mundial. Holanda salió malparada de Indonesia, y Bélgica del Congo; Portugal retuvo sus colonias más tiempo, pero en ellas se fraguó el golpe militar de 1974. La política descolonizadora española acarreó muchos menos costes y, salvo incidentes menores, transcurrió con bastante más orden que las anteriores.
No suena absurdo, entonces, comparar a Franco con los estadistas más descollantes de su tiempo, incluso por encima de ellos si ponderamos los retos encarados. Cuando falleció, en 1975, el nivel de los gobernantes europeos había descendido. Francia estaba presidida por Giscard d´Estaing, político corrupto y protector de la ETA, que pretendía orientar la transición española (y así lo aceptó en parte Juan Carlos, dándole trato privilegiado en la ceremonia de su coronación). El inglés Harold Wilson, laborista como Attlee, reforzaba las medidas socializantes, mientras el desempleo crecía con rapidez y proseguía la guerra civil larvada en el Ulster. En Alemania el socialdemócrata Helmut Schmidt propulsaba una mayor integración económica y política de la CEE, así como la Ostpolitik de Willy Brandt, su predecesor en la cancillería hasta 1974, cuando dimitió por el caso Guillaume, un alto asesor personal suyo que espiaba para Alemania Oriental. La Ostpolitik daba por consolidados indefinidamente los sistemas comunistas y, por “realismo”, procuraba avenirse con ellos. En la transición española, la socialdemocracia alemana apostaría por revitalizar el PSOE. A Italia, sumida en una honda crisis económica y política, la gobernaba el democristiano Aldo Moro, partidario de vastos acuerdos, incluso de un gobierno “solidario” de concentración con el Partido Comunista. Tres años después lo asesinarían las Brigadas Rojas.
Cuestión aparte en estas comparaciones es la de la democracia. El gobierno de Franco no provino de elecciones, como sí lo fueron los demás; y tampoco pretendió otra cosa, de acuerdo con su crítica al sistema demoliberal. Así, cabría entender al franquismo como un residuo de la crisis de los años 20 y 30, cuando el liberalismo, incapaz de superar la crisis económica y de contener el auge comunista, dio paso a gobiernos fascistas o autoritarios. Después, solo la intervención militar useña permitió imponer, reponer o salvar, y luego proteger, a las democracias en Europa. Es decir, ni esos países ni sus gobernantes debían sus democracias a sí mismos, sino a un poder exterior, que por otra parte contribuyó a la pérdida harto calamitosa de sus imperios coloniales. En cuanto a España, habiéndose zafado de las convulsiones del resto del continente y no deber nada a Usa, no tenía por qué seguir el mismo camino. Aquí, la república había sido una democracia un tanto deforme y destruida por la subversión izquierdo-separatista, experiencia concluyente en opinión de los nacionales: la democracia liberal, funcionara mejor o peor en otros países, no servía para España.
Franco y muchos más creían preciso, por tanto, ensayar un tipo de convivencia social superadora del liberalismo y el comunismo. Algunos de los suyos, en cambio, entendían el franquismo como una situación anormal y transitoria, necesaria ante una crisis histórica profunda, pero que antes o después debería volver a una “normalidad” democrática. Así venían a pensar los generales y políticos partidarios de Don Juan, por ejemplo. Pero Franco atribuía a aquel tipo de monarquía los males pasados, cuya vuelta haría estériles los sacrificios de la guerra. El alzamiento de 1936 no se había hecho por la monarquía ni por la democracia, sino por un concepto más amplio y básico de la nación española. Finalmente, habían sido él y los suyos quienes habían derrotado a la revolución y sorteado la guerra mundial, y no estaban dispuestos a que unos “espabilados” serviles a gobiernos ajenos les arrebatasen el fruto de la victoria.
Por lo demás, los nacionales rechazaban enérgicamente el supuesto derecho de cualquier país extranjero a dictar a España su forma de gobierno. Este rechazo podría usarse para justificar una tiranía impuesta por el terror, pero ese no fue ciertamente el caso. Aparte expresiones de descontento comunes a todos los países y sistemas (piove, ¡porco Governo!), el sustento popular a Franco se expresó de muchos modos, también en la impotencia contraria para movilizar al pueblo; ni sufrió prisión demócrata alguno. Datos que conviene repetir, por lo reveladores y tan a menudo negados.
Pese a no proceder de elecciones populares, el Caudillo estaba seguro de la legitimidad de su régimen, que, al igual que las democracias, procedía de una guerra. Suele distinguirse entre legitimidad de origen y de ejercicio, y habiendo sido él y los suyos — no los casi inexistentes demócratas ni los muy minoritarios monárquicos—quienes habían salvado a la sociedad de la revolución, la legitimidad de origen parecía clara (a menos que se estimara normal y democrático al Frente Popular, idea demostrativa de la calidad del criterio democrático de quienes la sostienen). Luego, los vencedores habían reconstruido y llevado el país al mayor bienestar material y social en al menos dos siglos, lo que le otorgaba máxima legitimidad de ejercicio. Mas, paradójicamente, sus éxitos iban creando condiciones para una evolución hacia la antes denigrada democracia liberal, mientras el franquismo se vaciaba ideológicamente.
Esta evolución última debió de ser muy dolorosa para Franco, y es difícil decir si terminó por aceptarla. Testimonios como el de Vernon Walters, sugieren que daba por hecha una democratización, al menos parcial, lo que parece corroborado por la nula alusión al Movimiento en su testamento político. No obstante, José Utrera Molina, que fue ministro de la Vivienda y secretario general del Movimiento, le expuso su impresión de que Juan Carlos pensaba romper la continuidad del régimen: “Franco cambió súbitamente de expresión (…) y con notorio enfado exclamó: “Eso no es cierto, y es muy grave lo que usted me dice (…) Sé que cuando yo muera todo será distinto, pero existen juramentos que obligan y principios que han de permanecer (…) España no podrá regresar a la fragmentación y a la discordia”[3].
En cuanto a su personalidad, Franco se autoconsideraba orientado por la providencia y lo que suele llamarse “un esclavo del deber”, que él describía con la expresión “cuando yo era persona”, refiriéndose a su vida anterior al gobierno, cuando se sentía libre de tal carga. Sus distracciones eran la caza, la pesca, el cine y la pintura (sus cuadros suelen estimarse “correctos”), y escribió algunos textos profesionales (El ABC de la batalla defensiva o reglamentos de la Legión), el guión de la película Raza, en la que trata de expresar la evolución política de España hasta la guerra civil, o el Diario de una bandera sobre sus experiencias en Marruecos. Fue muy austero y marido fiel en su vida particular, según todo indica. Con el tiempo se hizo más taciturno. En el apéndice de opiniones sobre él encontraremos los juicios más contrapuestos sobre su figura.
[1]El pensamiento político de Franco, p. 612
[2] Como referencia, mis libros Los orígenes de la Guerra Civil y Los personajes de la República vistos por ellos mismos creo que han destruido el mito definitivamente, a juzgar por la ausencia de réplica.
[3] J. Utrera Molina, Sin cambiar de bandera, Barcelona 1990, p 208-9