Franco, Hitler y Mussolini (I)

Blog I: Algunos males de la Universidad: http://www.gaceta.es/pio-moa/males-universidad-12082014-2314 

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(Como la entrada sobre la mujer, es el borrador de un capítulo del libro  Los mitos del franquismo y el antifranquismo)

   Tal como le advertían Hitler y Mussolini, el destino de Franco estaba inevitablemente unido al de ellos, y los Aliados  “nunca le perdonarían su victoria” en la guerra civil. La literatura antifranquista, por lo demás, suele juntar los tres nombres como los más significativos del fascismo europeo. Los lazos entre los tres se habían forjado durante la guerra de España, e incluían políticas anticomunistas y antiliberales, por lo que parecía natural la alianza entre ellos durante la contienda mundial. No sabemos qué pensaba Franco al respecto, pero desde luego no podía albergar por entonces muchas esperanzas de sobrevivir  si la victoria caía del lado de las democracias inglesa y useña, mucho menos cuando estas entraron en alianza con el totalitarismo staliniano. En caso de derrota del Eje Berlín-Roma, la supervivencia del franquismo resultaba inverosímil.

   No obstante, bajo la común superficie “fascista”, Franco difería mucho de Hitler y Mussolini,  empezando por la personalidad, el carácter y la biografía. El alemán y el italiano  eran real y precisamente revolucionarios, líderes de masas surgidos de las capas populares, y rebeldes no solo contra la amenaza comunista, sino contra los gobiernos,  formas y convenciones sociales de su época. Franco, militar de carrera, de tendencias conservadoras y tradicionalistas, había servido con la misma profesionalidad al régimen liberal de la Restauración, a la dictadura de Primo de Rivera y a la república. Aunque muchos autores le hayan tildado de desleal a la república,  lo cierto es que no se rebeló contra ella, como sí se rebelaron casi todos los políticos, incluido Azaña, y algunos militares como Sanjurjo. Franco aceptó con disciplina las órdenes de los gobiernos, defendió la legalidad en octubre de 1934 y solo se  sublevó cuando ya la legalidad republicana estaba arrasada. Si ese arrasamiento no hubiera ocurrido, quizá hoy solo supieran de Franco los especialistas en la campaña de Marruecos. Fueron circunstancias ajenas a él las que le empujaron a sublevarse y convertirse en Caudillo, mientras que el Duce y el Führer, subversivos desde el principio, trabajaron sin tregua por crear las circunstancias que les llevaran al poder.

   Mussolini tenía un estilo teatral, grandilocuente, incluso en el trato directo.  El estilo hitleriano era mucho más violento y agresivo. Nada más lejos, en ambos casos, del de Franco. El carácter de este podría quedar descrito, en parte, por dos embajadores, el británico Samuel Hoare y el useño Carlton Hayes. El primero le cobró inmediata antipatía (probablemente recíproca): “Su voz era muy distinta de los incontrolados y desapacibles gritos de Hitler o de los modulados y teatrales bajos de Mussolini. Era la voz de un médico de cabecera, con buenos modales (…) Me llevó a pensar cómo pudo llegar a ser el joven y brillante oficial en Marruecos y luego el comandante en jefe de una salvaje guerra civil”. Hoare, a quien exasperaban la voz y la calma de Franco,  tasó a este de “personalidad nada impresionante” y “de origen judío” (no se han encontrado antecedentes judíos en su árbol genealógico);  aunque admitía en él alguna posible cualidad difícil de percibir, que explicase su extraordinaria carrera. En agosto de 1943, cuando el curso de la guerra giraba contra Alemania, Hoare creyó oportuno conminar al Caudillo, sin mucho éxito: “Este hombre que tenía ante mí era, sin embargo, el dictador de España, a seiscientos kilómetros de su capital en plena crisis europea; sentado en la calma de su confortable salón, tan dispuesto a hablar de la próxima cosecha, del tiempo que hacía o de las perspectivas de la estación para los cazadores, como de los tremendos acontecimientos que tenían lugar en el mundo cada día (…). Y las duras verdades que yo a propósito le dirigí, lejos de provocarle reacción alguna, morían entre algodones”.  Hayes lo describe con mayor simpatía:”Físicamente no era tan gordo ni tan bajo como querían presentarlo y tampoco hacía nada por pavonearse.  Desde el punto de vista espiritual me  pareció no tener nada  de torpe ni ser un poseído de su persona, ante se me reveló como dotado de una inteligencia clara y despierta y de un notable poder de decisión y cautela,  así como de  un vivo y espontáneo sentido del humor. Rió fácil y naturalmente, como no puedo imaginarme que lo hiciesen Hitler o Mussolini más que en la intimidad”.

    Los tres  se consideraban a sí mismos “hombres de destino”.  Casi todas las actitudes de Hitler  demostraban una voluntad inflexible, una energía casi feroz  y una fe sin fisuras en la imagen del pueblo alemán que él mismo se había forjado. Al servicio de esa  imagen dedicó su vida, al extremo de prescindir casi de relaciones femeninas;  no tuvo descendencia  y solo se casó con su amante Eva Braun al final de la vida de ambos. En cuanto a Mussolini, no parece arbitrario percibir una inseguridad de fondo bajo sus  gestos  aparatosos, aunque compartiese con el alemán su convicción de estar predestinado a la gloria propia y de su país. Al revés que Hitler, a veces opinaba con ironía sobre el pueblo italiano, y con acritud sobre la ideología nazi. Su devoción ideológica  no le llevó a prescindir de compañía femenina, o a limitarla: se casó, tuvo numerosas aventuras extraconyugales  y dejó hijos de distintas mujeres. En Franco hallamos de nuevo diferencias de fondo. No tan obsesionado como Hitler ni  promiscuo como Mussolini, se casó, tuvo una hija y no se le conocen infidelidades.  Su actuación política parece dominada por un férreo sentido del deber, que le hacía referirse a los tiempos anteriores a la guerra con la significativa expresión “Cuando yo era persona”, es decir, cuando podía obrar con libertad.      

    Aunque los dictadores alemán e italiano no eran propiamente militares, amaban el estilo militar y podían llamarse adecuadamente militaristas (Mussolini en un plano más bien retórico); pero el adjetivo no cuadra bien al militar Franco. Él nunca pretendió militarizar la sociedad, y  salvo en momentos especiales no dedicó al ejército grandes presupuestos. Ni sueldos.   

   Los tres llegaron al poder bajo la presión de amenazas marxistas, pero hay gran distancia en el modo de alcanzarlo. Mussolini y Hitler sostuvieron unos años de lucha política subrayada por cierta violencia y finalmente accedieron al gobierno de forma pacífica y conforme a las normas demoliberales, aunque después las trastocasen por completo. Franco nunca participó en agitaciones políticas y alcanzó el poder  tras una dura y azarosa guerra civil. El italiano y el alemán crearon sus propios partidos e ideologías, con los que procuraron monopolizar el estado, mientras que el español unificó partidos preexistentes en el Movimiento Nacional, al cual solo otorgó parcelas del poder. Aquellos necesitaban y estimulaban la agitación de masas y los grandes espectáculos políticos,  métodos que el Caudillo utilizó poco.

  Disfrutaron los tres dictadores de una popularidad dirigida, pero indudable. El fascismo proporcionó a Italia  estabilidad y cierta prosperidad, después de los tumultos anteriores, y sus mayores enemigos fueron los comunistas; por ello Mussolini pudo recibir elogios encendidos de personas tan diferentes como Churchill o Gandhi. Los éxitos económicos hitlerianos, apoyados en una política autárquica, fueron aún más espectaculares en solo seis años, mientras la depresión hacía estragos en casi todo el resto del mundo. Aparte de la economía, la popularidad de ambos dictadores descansó en dos pilares: haber acabado con la inestabilidad social y las luchas de partidos, y haber devuelto el orgullo –hasta una extrema arrogancia en el caso alemán—a unos pueblos antes desmoralizados. El propio Churchill deseó alguna vez para Inglaterra, en caso de derrota, un líder tan indomable como Hitler, que la sacara del abatimiento. El Caudillo, en los años 40, no podía exhibir otra baza que haber vencido a la revolución, pero esperaba aplicar –en parte haciendo de necesidad virtud— la economía autárquica que tan bien parecía funcionar en Alemania.   

   Elemento diferenciador muy relevante fue el religioso. Hitler y Mussolini aceptaban las iglesias, católica o protestantes, como algo con lo era inevitable contar, pero no se identificaban con ellas. Los fascismos, con su fondo panteísta o  paganoide, incluso ateo, armonizaban mal con el cristianismo. Franco, en cambio, era católico devoto, hasta el punto de que en sus escasas notas sobre la guerra civil atribuye el mérito más a la providencia que a sus medidas. Y, como hemos visto, calificó a su régimen de católico. Aunque se sintiera unido políticamente a quienes le habían ayudado contra los rojos, los tonos acristianos o anticristianos del fascismo le alejaban de este.

   Los dictadores  italiano y alemán se consideraban pensadores originales. Sus doctrinas han sido tildadas de incoherentes, pero todos los pensamientos políticos lo son en mayor o menor grado. Los dos se regían por principios  generales  que permitían cierta flexibilidad y contradicción: concedían máximo valor a la personalidad del líder y a las élites, teorizadas por Pareto en el caso italiano: la desigualdad en las sociedades es natural, por lo que debe establecerse una jerarquía que impida a las masas menos cultas y preparadas imponer sus criterios.  Franco nunca se tuvo por intelectual y, como queda dicho, su orientación podía definirse como patriótica-católica deseosa de  devolver a España las virtudes que habían engendrado su siglo de oro.

   El hitlerismo se fundaba en el racismo, interpretando la teoría de Darwin y la filosofía de Nietzsche. El racismo influía mucho en Occidente como explicación  “científica” de la superioridad cultural, económica y militar adquirida por la raza blanca en los últimos siglos. La evolución humana derivaba de la lucha racial, un imperativo biológico al cual debían servir los valores intelectuales y morales, para asegurar el triunfo de los pueblos superiores, arios o germánicos. En esa pugna esencial no cabían valores “falsos” como una compasión que favoreciese a los inferiores, destinados por ley natural a sucumbir o a la servidumbre. Hitler soñaba con conquistar para Alemania un magno “espacio vital” (lebensraum) a costa de Rusia y otros países eslavos poblados por “infrahombres”. Los hebreos  constituían el enemigo más artero y peligroso, corruptor de las virtudes arias y minador de su fuerza. Los nazis los hostigaron para obligarles a emigrar  (a Palestina, a veces de acuerdo con los sionistas, o a otros lugares como Madagascar). A partir de 1942-43, Hitler  decidió su exterminio, achacando a sus intrigas la actitud beligerante de Inglaterra y posterior de Usa. Desde luego, ni Mussolini ni Franco, dirigentes de países culturalmente latinos y poco arios racialmente, compartían tales ideas

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El fracaso cultural del franquismo

Blog I: Israel tiene derecho a defenderse … y a defendernos: http://www.gaceta.es/pio-moa/israel-derecho-defenderse-defendernos-10082014-2109

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Hace tiempo escribí este artículo en el blog de Gaceta.

Al ganar la guerra contra la revolución y el separatismo, los vencedores se propusieron elaborar un fundamento intelectual del nuevo régimen que demostrase su superioridad sobre el liberalismo y el comunismo; y al mismo tiempo impulsar una cultura nueva, contra la intensa denigración y falsificación de la historia de España realizada por izquierdas, separatistas y regneracionistas. Contra los “gárrulos sofistas”, como los llamó Menéndez Pelayo. La cultura española debía tomar nuevos rumbos, una renacida creatividad que enraizase en el Siglo de Oro y tuviese proyección mundial (así concebían muchos la idea de “imperio”, tan invocada por entonces). El balance de ambas aspiraciones, visto en perspectiva, es más bien de fracaso. Como señaló Serrano Súñer, el Instituto de Estudios Políticos, creado para dar fundamentación intelectual al régimen, no llegó a cumplir su misión, aunque entre tanto produjo bastantes obras valiosas. Y con el empeño cultural ocurrió algo semejante. Lo cual contrasta fuertemente con el extrordinario éxito del franquismo en los terrenos político  y militar, en los cuales derrotó una y otra vez a todos sus peligrosos enemigos; así como en el económico, sin comparación con antes o después.

La cuestión cultural tiene especial relevancia, y al mencionar su fracaso no me refiero a la situación general. Desde luego, en aquellos años el analfabetismo fue desapareciendo, se generalizó la enseñanza primaria, la enseñanza media y universitaria creció –ya en los años 40– muy por encima de la república, particularmente en el acceso femenino a las dos últimas. También puede sostenerse razonablemente que el pensamiento, la literatura, la música y otras manifestaciones artísticas, superaban cualitativamente a las actuales. Los antifranquistas –que nunca fueron demócratas—han solido recrearse en la idea de un imaginario “páramo cultural” de aquella época, cuando bien cabría adjudicar la expresión a la actualidad.

El fracaso aludido se ciñe a  la  creación de una cultura nueva sobre los valores más defendidos por el régimen: tradición y catolicismo (también monarquía). Menéndez Pelayo, uno de los intelectuales españoles más importantes y de mayor proyección exterior, sirvió de orientación general. Pero si bien su crítica histórica tenía gran valor, sus remedios resultaban más dudosos. Es una evidencia parcial que, en su edad heroica, España fue (entre bastantes cosas más) evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio…. Hasta puede decirse que ésa es nuestra grandeza, aunque no exclusiva. Ya suena más improbable que  nuestra unidad dependiera de ello, porque imaginar en el siglo XX una labor evangelizadora semejante, ligada a la potencia militar y la colonización, resultaba más que irreal, inverosímil. Si bien cabe ensalzar aquellos hechos y encontrar en ellos inspiración, no es cierto que sin ellos España volverá al cantonalismo de los arévacos y de los vettones o de los reyes de taifas.

La unidad íntima y estricta entre España y el catolicismo no corresponde a la realidad, y por cierto, es una idea poco cristiana: “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. España fue forjada culturalmente por la Roma pagana, y políticamente por el arriano Leovigildo. Y toda Europa, no solo España, fue cristiana, al menos hasta hace poco, y católica la parte occidental hasta la escisión de Lutero. Francia, considerada  hija predilecta de Roma (la sede del Papado, no la Roma antigua), guerreó abundantemente contra España; y la Iglesia pesó mucho para asegurar la secesión de Portugal impidiendocompletar la reconstrucción después de la invasión islámica. Como ha pesado en los separatismos del siglo XX. Sin contar que España no fue católica y monárquica solo en su época de esplendor, también en su profunda decadencia, cuando la aversión a las novedades anquilosó al país y a la misma Iglesia. Y en el franquismo,  declarado estado católico, la Iglesia  fue un factor importante, desde los años 60,  en el renacimiento de los separatismos.  No existe, pues, tal dependencia inexcusable entre unidad española y catolicismo, algo además difícil de sostener en el mundo de hoy. Ni siquiera la Iglesia lo sostiene.

Los retos del siglo XX eran otros. Podían ser abordados, y quizá debieran serlo, desde la (difícil) recuperación del espíritu de la mejor época del país, pero una cosa es desearlo y otra cumplirlo porque, al parecer, el espíritu sopla donde quiere. Hubo una cultura propiamente franquista nada desdeñable, en los años 40 sobre todo, como la poesía y narrativa falangista o la propiciada por el Opus Dei desde el CSIC, por ejemplo. Pero el régimen, nada totalitario, permitió desde el primer momento otras corrientes  ajenas a los ideales del régimen, como reseña Julián Marías. En 1944  ganó el primer Premio Nadal la novela de Carmen Laforet Nada que, desde luego, no liga con los cánones oficiales de la épocapor no  hablar de Cela, otro caso relevante  En cambio el impulso inicial propiamente franquista fue anquilosándose en esquemas explicativos simples, cuando no paranoicos,  en los que la masonería o el sionismo representaban el mal absoluto  escondido tras  los desastres del mundo. Según Laín Entralgo, la  vida intelectual en aquel régimen fue floreciente, pero se embrollaba al ensalzarla como opuesta al francuismo. Lo rechazaban muchos, a  menudo provenientes de la Falange u otros sectores del régimen; pero otros muchos se situaban simplemente al margen de él, y bastantes continuaban con su fervor inicial. Y aquí encontramos dos verdades: el franquismo apenas obstaculizó a los escritores e intelectuales  ajenos e incluso contrarios a su pensamiento y deseos: los permitió e incluso facilitó en el cine, la literatura y otras actividades. Y por otra parte, según  el franquismo se liberalizaba, numerosos  intelectuales y literatos se orientaban hacia ideologías totalitarias.  Aquel fracaso,  por  ello, no deja de tener cierta grandeza paradójica, y el antifranquismo terminaría dejando tra sí una estela de esterilidad, sobre todo desde la transición.

 

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Un programa político que yo defendería

Un programa que yo defendería

1.- Fortalecimiento de la unidad y soberanía nacionales: a) reconducción de las autonomías, limitando con claridad sus competencias y centralizando la enseñanza, la sanidad y la justicia.  b) Ilegalización de las terminales políticas de la ETA o de cualquier grupo político y atención particular al terrorismo y penetración islámica. c) Recuperación de soberanía ilegalmente cedida a la UE, con estudio de una posible salida del euro.  d) Supeditación de la permanencia en la  OTAN a la devolución de Gibraltar y protección de Ceuta y Melilla. e) Atención especial a la relación con Hispanoamérica, Usa y el Magreb

2.- Fortalecimiento de la democracia: a) Reforma de la ley electoral de forma que se cumpla la exigencia de “un hombre, un voto”. b) Autonomía  del poder judicial alejándola del control de los partidos. c) Elección directa del jefe de gobierno en votación nacional.  d) Penas severas para los delitos de corrupción. E) Derogación de la ley de memoria histórica.

3.- Fortalecimiento de la familia: a) Prohibición del aborto salvo en casos extremos. b) Derogación del matrimonio homosexual (sustituyéndolo por ley de parejas de hecho).  c)   Política activa contra la expansión de la droga y el alcoholismo y a favor de una mejor salud social. d) Promoción de una mayor natalidad para evitar el invierno demográfico.

4.- Fortalecimiento económico: a) Rebaja progresiva de impuestos.  b) Atención especial a  una enseñanza dirigida al conocimiento.  c) Promoción de la investigación científica y técnica y su relación con las empresas.  d) Promoción del espíritu empresarial y de las relaciones comerciales no solo con la UE sino con Hispanoamérica y el resto del mundo.

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Estos puntos no pueden aplicarse de modo automático, por medidas administrativas, sino que requieren amplias y tenaces campañas de explicación en una sociedad donde  muchas derivas desdichadas se han convertido en tópicos mal entendidos, pero creídos por muchas personas. Así, casi nadie percibe hoy por hoy que el peligro de disolución de España en una Unión Europea –confundida con “Europa”–  no es menor que el de la balcanización del país, y que incluso podrían combinarse. O bien: la salida del euro, donde entramos con una serie de engaños casi delictivos (nos “garantizaba” una prosperidad segura y sostenida) no puede decidirse sin un estudio serio sobre sus posibles consecuencias, ya que una vez en la trampa sería  difícil y costoso salir de ella. También es importante que el público conozca lo que es la UE, sus orígenes y la manera que ha evolucionado hasta estar dominada por una burocracia  cada vez menos democrática y respetuosa con las culturas nacionales.

Lo mismo ocurre con casi todos los demás puntos, algunos de los cuales estarían supeditados a estudios que nadie ha hecho (no hay un balance real de las experiencias autonómica, “europea”, en la OTAN, de la enseñanza, etc. Un partido que se planteara tales cosas debería dotarse de lo que podríamos llamar “taller de ideas”  (“Think tank”) que las matizara y les diera solidez intelectual. En cuanto a la economía, son hoy tan divergentes los análisis, explicaciones y propuestas de los expertos, que nadie puede afirmar  que tiene una solución precisa, o que cualquier mejora aparente no conducirá a nuevas “burbujas”. Sí puede afirmarse, no obstante, que contar con una población  culta, experta y prepadada, es condición imprescindible para sostener una economía más o menos floreciente. Por otra parte, la enseñanza no debe enfocarse exclusivamente a los resultados económicos, sino aun más a la adquisición o recuperación de unos valores actualmente tan en crisis como la economía misma.

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La filosofía y la aventura

 

Blog I. El triste fin de los líderes de la Transición (con motivo de Pujol): http://www.gaceta.es/pio-moa/triste-los-lideres-transicion-motivo-pujol-28072014-1359

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“Su novela “Sonaron gritos y golpes a la puerta” me ha gustado porque los personajes son atípicos y ya estoy harto del tipismo en la literatura española, para mí es un lastre que la vuelve aburrida, y como novela de aventuras también está entretenida. Pero yo diría que es una novela filosófica, una novela de pretensiones filosóficas y como tal una novela frustrada. Le pondré ejemplos: en muchos casos se trata de la consistencia de la realidad. El protagonista, en el Montjuic, al llegar la noche dice que ve cómo la realidad desaparece, como la realidad se transforma en otra cosa o algo así… ¡Pero ahí queda todo! La cuestión reaparece de otras formas. Cuando se preparan para asesinar a Companys, Alberto se pregunta sobre la realidad de la revolución, sobre su sentido o su destino  como una explosión telúrica o algo parecido,  con lo que cabrea a su amigo Paco y una vez más ahí queda todo. Más adelante, cuando encuentran el cadáver de Mercè, el protagonista mira el paisaje y se dice que el mismo ya no existe para Mercè (escribo de memoria, no tengo ahora el libro a mano, espero no confundirme). Es decir, la relación de la realidad y el que la ve o la vive. Y de nuevo… sin continuación. A ver: tiene un sueño en el tren que le lleva a Rusia: millones de personas se mueven por la voluntad de unas poquísimas aisladas en castillos o algo por el estilo, pero resulta que esas personas que mueven a millones de personas más tampoco tienen idea de por qué o hacia dónde van en realidad. De nuevo: ¿qué es la realidad? Pues nada, la reflexión se para ahí.  Luego en Rusia, cuando están a punto de encontrar el cadáver de la espía rusa, me parece que fue entonces, Contreras indica que las matemáticas describen la realidad porque su signo fundamental es el de igualdad: unas cosas son iguales a otras en determinadas proporciones y al final todo es igual a todo. La única salida es la de Paco: todo es igual a nada ¿Qué sentido tiene eso? Hay muchas otras cosas por el estilo, como cuando Paco, después del desastre que ha organizado afirma que siempre fue un idiota, cosa que no tenemos la impresión de que lo fuera, y uno piensa que la idea podía desarrollarse más sobre la realidad de la vida, la perspectiva y esas cosas. O como cuando Carmen le explica a Alberto que en la sociedad pugnan mil tendencias distintas que chocan y se neutralizan o no, y que la resultante nadie puede conocerla más que Dios, cosa que haría fútiles las grandes decisiones de Alberto, en concreto la de irse a Rusia… No quiero extenderme. Le repito que su novela me ha resultado entretenida, pero percibo bajo ella una pretensión de mayor fuste, que queda en nada, y por eso me ha defraudado un tanto” Antonio López Fdez.

R. Parece que usted quería un tratado de filosofía en lugar de una novela. Podríamos hablar largamente de ello, pero casualmente  Carlos López Díaz expresa el problema (con juicio muy favorable a la novela) mejor de lo que yo podría hacer ahora  en su reseña del libro: “Por si fuera poco, el autor ha logrado algo que no todos los relatos similares saben hacer, a pesar de que es esencial: los diálogos filosóficos de los protagonistas son, en contra de lo que se pudiera pensar, otro ingrediente absolutamente clave de cualquier relato de aventuras. Lo que realmente hace que una peripecia cualquiera sea una aventura, es que los personajes nos lo hagan sentir como tal, y a tal efecto, que reflexionen al hilo de lo que les pasa. A veces, en algunas obras, esto resta verosimilitud a la acción, pero su carencia la convierte en algo romo, como esas películas de Hollywood que, aunque a veces partan de un buen guión, acaban degenerando en la mera descripción alimenticia de una persecución trufada de tiros, explosiones y destrozos varios. Moa ha logrado, creo yo, una de las cosas más difíciles: hacernos pensar y entretenernos. Y desde luego, con un buen “guión“.

Quizá tenga usted razón en que las reflexiones ocasionales de los personajes podrían extenderse más, pero comprenda que eso es muy peligroso en una obra de ficción, y es difícil mantener el equilibrio, lo mismo que entre la ficción y la historia en una novela histórica. Me ha satisfecho la opinión de otro lector, Miguel Ángel Fernández: Hasta el más paciente de los lectores se siente tentado a saltarse párrafos e incluso páginas de indiscutibles obras maestras, digresiones de Stendhal, reflexiones de Victor Hugo en medio de un apasionante relato, pero es casi imposible encontrar un párrafo inútil en Sonaron gritos. Es un monumento a la concisión.

Por otra parte, una novela falla, creo yo, si explica demasiado las cosas, si mantiene una tesis determinada. Las novelas de tesis son –para mi gusto– muy aburridas, aunque sean una gran corriente en la literatura occidental: los personajes convertidos en tesis ambulantes me resultan falsos. Siempre me parecieron superiores los griegos, en quienes nunca hay una conclusión precisa. Mi novela no defiende ninguna tesis, deja al lector la conclusión que prefiera, solo da apuntes generales y un curso de acción en el que subyacen concepciones más amplias, que no  precisan explicitarse. Dice usted que plantea la consistencia de la realidad, y  en parte así es. El protagonista, que es profesor de filosofía, podría haberse extendido sobre esa cuestión, pero es también hombre sobrio y prefiere no dar mucho la lata con problemas que sabe apasionantes, pero insolubles.

En fin, admito su crítica y siento que la novela le haya defraudado, pero me complace que otros lectores la vean con otros ojos. Después de todo, así es también la realidad, no se sabe bien si está  más en  nuestros ojos o fuera de ellos.

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Esposa abnegada, madre amantísima y católica ejemplar.

Blog I. Santiago en la reconstitución de España: http://www.gaceta.es/pio-moa/santiago-reconstitucion-espana-25072014-1502

** Próximo domingo en “Cita con la Historia” de Radio Inter, última sesión hasta septiembre. Trataremos de por qué y cuándo cayó la II República, que no fue el 1 de abril de 1939 ni el 18 de julio de 1936.  Frecuencias 93,5 de fm y el 918 de am -

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Hace años con motivo de una conferencia en la universidad de Cracovia sobre los separatismos vasco y catalán, la guía polaca me mostró una hoja que le había pasado su novio, español de Barcelona, una especie de guía para la buena esposa: “Planea con tiempo una deliciosa cena para su llegada”.  “Luce hermosa”.  “Sé dulce e interesante”.  “Tu casa debe lucir impecable”. “Escúchalo, recuerda que sus temas son más importantes que los tuyos”.  “No te quejes si llega tarde, si va a divertirse sin ti, o si no llega en toda la noche. Trata de entender su mundo de compromisos”. “No te quejes: cualquier problema tuyo es un detalle insignificante comparado con lo que él tuvo que pasar”.  “Si tu marido te pide prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes”. “Si él siente la necesidad de dormir, no le presiones o estimules la intimidad”. “Si sugiere la unión, accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar,” etc.   La esposa aparece más bien como criada.

   El novio de la chica  le había dicho que se trataba de instrucciones de la Sección Femenina de Falange, y la misma historia he oído o leído posteriormente, hasta datándola en 1953: la mujer en el franquismo carecía de derechos, estaba sumida deliberadamente en la ignorancia, supeditada al marido, no podía trabajar por su cuenta ni dar casi ningún paso sin permiso del cónyuge. Perplejo, dije a la chica que jamás había leído nada parecido, ni conocido a mujeres que se condujesen así. Por el contrario, parte de la enseñanza de mi hermana mayor consistía en un libro de mujeres destacadas, que incluía a Isabel la Católica, la Pardo Bazán, Madame Curie, Lise Meitner y hasta menos ejemplares, como la monja alférez. Y cualquier lector atento se percata de que la expresión del panfletillo no es española sino semejante a la de las series de televisión de Usa traducidas en Méjico, y tiene aire useño (el marido ideal parece ser un hombre de negocios con muchos compromisos). El feminismo ha creado una especial sensibilidad sobre estos asuntos y sospecho que se trata de una broma feminista useña.

   En algunas publicaciones femeninas de la Falange podían leerse frases muy aireadas por los críticos, como “la mujer carece de talento creador reservado por Dios para las inteligencias varoniles”, o “la vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular –o disimular—no es más que un eterno deseo de encontrar a quién someterse”. Eran opiniones y no marcaban la orientación política, más clara en libros de enseñanza como el citado o en consignas como esta: “Las mujeres serán más limpias, los niños más sanos, los pueblos más alegres y las casas más claras”. Su concreción fueron labores asistenciales, sobre todo en las duras condiciones de posguerra, el servicio social (por el que pasaron más de tres millones de mujeres mientras duró el franquismo) y las misiones educativas por pueblos y barrios, que alfabetizaban y  difundían nociones de higiene y puericultura, contribuyendo al rápido descenso de la mortalidad infantil y a una mayor salubridad manifiesta en el descenso de la mortalidad general. Los Círculos Medina para mujeres de cierto nivel cultural disponían de biblioteca e impartían conferencias, cursos, conciertos, etc. Meritoria labor suya fueron también los Coros y danzas, para recuperar el folklore popular de todas las regiones, en trance de perderse.

    La Falange propugnaba compatibilizar las funciones de madre y ama de casa con la incorporación al deporte, a la universidad y a las profesiones. Como siempre, conviene atender a los hechos más que a las retóricas. Dato claro es la progresión femenina en la enseñanza media, muy superior a la de la república: las 34.000 chicas escolarizadas en 1934 pasaron a 57.000 ya en 1941, y a 75.000 en 1950; y la proporción subió del 27% en la república al 35% ya en los años 40, y una práctica igualdad con la masculina hacia el final del franquismo. En 1934 había 53.000 maestros, mayoría hombres,  y 78.000 en 1950, mayoría mujeres. La misma tendencia encontramos en la enseñanza universitaria, siendo entonces, y nunca antes, cuando la mujer se incorpora con cierta masividad a ella. En lo cual influyó la Sección Femenina,  que llegó a sumar más de medio millón de afiliadas, equiparables a los de cada uno de los mayores sindicatos de la república[1].   

    Rasgo de la época es también el nutrido número de escritoras: Elena Quiroga, Ana María Matute, Mercedes Salisachs, Carmen Laforet, Carmen Conde, Gloria Fuertes, Carmen Martín Gaite, Dolores Medio, Julia Maura, Ana Diosdado, Dora Sedano, María Martínez Sierra, Mercedes Ballesteros, Carmen Troitiño, Concepción Llorca, Luisa María Linares, Ernestina de Champourcin, Mercedes Fórmica, etc. Muchas ganaron premios literarios, y seis de ellas el prestigioso Nadal. En el cine, el teatro y la canción,  la presencia femenina fue en todo momento muy importante.  Obviamente, la imagen de la mujer “ignorante, oprimida y recluida en casa” responde escasamente a la realidad.

    La Sección Femenina  también tenía representantes en las Cortes, dos designadas por Franco y diez más por elecciones según la “democracia orgánica”. En el mundo sindical, en 1970 llegó a haber 100.000 cargos femeninos electos. En la mayoría de los países occidentales la representación femenina en la política era muy débil, en general por falta de interés[2].

   Todo ello no supone que la Sección Femenina o el régimen fueran feministas, muy al contrario. Entendían el feminismo como un movimiento destructor para la familia, que pretendía abolir las diferencias naturales entre hombre y mujer y, contradictoriamente, fomentar la rivalidad entre ambos. Oficialmente, el franquismo entendía a los dos sexos como complementarios y valoraba la educación familiar  de los hijos y las tareas del hogar. Mujeres destacadas, mises, etc., declaraban su aspiración a formar una familia, algo casi inimaginable  en nuestros días. Para la mentalidad de entonces, el trabajo fuera del hogar perturbaba el papel fundamental atribuido a la mujer, e incluso al final del franquismo, en 1975, tres cuartas partes de la población de ambos sexos, según encuestas, opinaban  que el trabajo externo perjudicaba la educación de los hijos (hoy confiada más bien a abuelos o cuidadoras y sobre todo a la televisión).

   El feminismo se había desarrollado mucho en Europa  desde principios de siglo. Su reivindicación del derecho a votar  adquirió pronto una teorización doctrinal más amplia, especialmente desde la gran crisis del liberalismo marcada por la I Guerra Mundial. La igualdad de voto y ante la ley se amplió a una exigencia de igualdad  en todos los ámbitos, a la denigración del papel tradicional de la mujer en el hogar, calificado de “prisión” o “esclavitud”, y de la propia familia tradicional o cristiana,  tildada de “burguesa”, “opresiva” o “patriarcal”.  En los años 20 ganaron fuerza varias doctrinas concomitantes con el feminismo: socialismo, anarquismo, comunismo, versiones liberales y el psicoanálisis freudiano.

   Freud fue casi inmediatamente traducido al español. Al modo como Marx había encontrado la explicación de la historia en la economía (o en cierto concepto de ella) Freud llegó a explicar la evolución humana por la sexualidad (o una interpretación de ella), a partir de sus  estudios sobre las neurosis. Al revés que Marx, Freud no aspiraba a derribar la civilización “burguesa”, sino que conceptuaba la represión sexual y las consiguientes neurosis  como un coste del mantenimiento y desarrollo de las culturas. Sin embargo no era difícil extraer de sus análisis la conclusión opuesta, es decir, la conveniencia de destruir la sociedad “burguesa” mediante una revolución sexual que liberase al individuo de toda constricción al respecto. Los conservadores solían achacar a tales novedades el auge de la prostitución, la promiscuidad, el fracaso familiar, las drogas, muy extendidas desde los años 20 y nuevamente desde los 60, el alcoholismo y la violencia. En la actualidad, el feminismo, junto a otros movimientos, ha evolucionado hacia la reivindicación de toda forma de sexualidad, en especial la homófila, negando incluso la realidad biológica de los sexos y suponiendo la diferencia “de género” como una arbitraria imposición “cultural” de carácter “reaccionario” y “machista”. Discurso hoy dominante y de implicaciones evidentes contra la estabilidad familiar, que el franquismo estimaba, por el contrario, como el núcleo de su política social.

   Durante la república, estos movimientos habían adquirido un auge muy fuerte, con reivindicaciones de “amor libre”, consignas  como “hijos sí, maridos no”, difusión de la pornografía y ataques empeñados  a la religión católica, vista como una barrera a las doctrinas liberadoras (no obstante, muchos izquierdistas, y feministas como Margarita Nelken o Victoria Kent, se opusieron al voto femenino, por entender que este iba a orientarse hacia la derecha). El franquismo condenó todo ello como un desorden amenazador para el equilibrio social, reaccionando de forma drástica.

   Así, el  nuevo régimen alentaba la función del ama de casa, por creerla más adecuada para la educación de los hijos. El Fuero del Trabajo prohibió el trabajo nocturno de mujeres y niños e intentó regular el trabajo a domicilio y “liberar a la mujer casada del taller y de la fábrica”. Claro que ello se cumplía muy medianamente, sobre todo en los años “de hierro”, cuando también aumentaron la prostitución y el aborto, por la pobreza y malos hábitos heredados de la guerra. Pero la situación  iría mejorando. En aras de la estabilidad familiar, la mujer casada no podía aceptar trabajos exteriores sin permiso del marido, al menos teóricamente; en los años 60 se eliminó el permiso, aunque el marido podía oponerse a la decisión de su cónyuge. En la vida real, las cosas funcionaban de otro modo. La proporción de mujeres, solteras o casadas, empleadas fuera del hogar nunca debió de bajar del 20% del total, sin contar las tareas del campo, y creció hasta el 25-30% hacia el final del régimen. Tasas  más bajas, pero no mucho más, que en la mayoría de Europa occidental. La incorporación masiva de la mujer al trabajo fuera del hogar se produjo por efecto de las guerras mundiales, que habían obligado a introducir masivamente personal femenino en las fábricas y demás empleos, para sustituir a los varones alistados en el ejército; y en la posguerra la tendencia persistió.

   En 1961 se estableció la igualdad laboral a todos efectos entre hombres y mujeres,  prohibiendo la discriminación salarial –que seguía existiendo en Inglaterra, por ejemplo–, y desapareció  el despido en caso de matrimonio (podían acogerse a una excedencia de  entre uno y cinco años por cuidado de los niños). Hasta 1966 no se admitía a mujeres como jueces o  fiscales, empleos, se argüía, contrarios a  la “ternura, delicadez y sensibilidad” femeninas. Tampoco podían ingresar en el ejército, como ocurría, por lo demás, en la mayoría de los países, excepto los comunistas.

   La lentitud con que la mujer se ha incorporado al mundo laboral o a la política en todo el mundo se interpreta, según el feminismo, como una injusticia radical causada por un “mundo masculino”, “machista”, “patriarcal” y demás. Se trata, naturalmente, de una interpretación ideológica, que supone la historia como una equivocación o injusticia básicas,  hasta que algunos han dado con la clave para su transformación radical.  En la realidad histórica, la casi totalidad de los oficios y labores externas a la casa, y los estudios relacionados con ellos, han sido creaciones masculinas, nacidas de la más primaria división del trabajo y sin ningún designio “machista” especial.

    Por reacción a la semianarquía  del Frente Popular,  la España de posguerra cultivó un acusado culto a la jerarquía –nunca muy cumplido, dada la idiosincrasia nacional–, concepto que extendió al ámbito familiar. El esposo era el “cabeza de familia”, único autorizado para administrar los bienes conyugales; aunque en la práctica, en la mayoría de los hogares eran las mujeres quienes administraban el sueldo de sus cónyuges. Y el domicilio pertenecía al marido,  de modo que en  caso de separación, la mujer quedaba desposeída de casa e hijos, prácticamente de todo. La  escritora Mercedes Fórmica, falangista de primera hora, denunció la injusticia en la prensa en 1953, recurrió a Franco y al Tribunal Supremo, y consiguió modificar la legislación, de modo que en 1958 el “hogar del marido” pasó a ser “conyugal”, la autoridad de aquel para administrar los bienes comunes fue limitada y la  mujer podía retener a sus hijos, casa  y bienes,   así como la patria potestad sobre sus hijos si volvía a casarse después de enviudar; igualmente  se anuló o menguó el trato desigual del adulterio en la mujer y el hombre.

   La mentalidad ha cambiado mucho pero  quizá haya algo de forzado e injusto en las actuales diatribas contra las amas de casa y la crianza de hijos. Doris Lessing  decía en entrevista al semanario español  Blanco y Negro: “Es una de las cosas que recriminé al movimiento feminista. Ellas trataban a las mujeres que decidían tener hijos como si fueran ciudadanas de segunda”. Ante la objeción del “progre” periodista, replica: “Puede que se le haya escapado un detalle: que las mujeres no parecen tener gran prisa por meterse en política o en la gran empresa.  Me pregunto por qué (…) El banco Natwest tenía un proyecto para promocionar a las mujeres dentro del propio banco y descubrió  que solo les interesaba a una parte muy pequeña de empleadas. Les brindaron cursillos especiales y cosas por el estilo, pero en general las mujeres  no querían competir. En cambio sí deseaban casarse y tener familia (…) a excepción de una minoría. Y aquello me resultó muy interesante porque, a pesar de tanto movimiento feminista, esto es lo que parece que  quiere la mayoría de las mujeres. Y no veo por qué no. Me parece que no es justo que reciban críticas por pensar así”.  Se explaya luego sobre la incomodidad feminista con la condición femenina: “Que yo sepa, a Simone de Beauvoir nunca le gustó ser mujer. No le gustaba serlo y siempre se estaba quejando de ello. A mí no me parece nada terrible. Tiene sus ventajas. Y de todas maneras, ¿qué puedes hacer? Lo que me asombra es que noto cierto tono de queja en lo que dice. ¿A quién dirigía sus quejas? ¿A la naturaleza?”.

   El escritor Ricardo Senabre escribía en ABC, el 23 de agosto de 1997, un artículo titulado “Marujas”: “La palabra Maruja (…) ha pasado a designar –con evidente carga desdeñosa—a la mujer que se queda en casa,  que no hace nada, que no trabaja. Pocas veces se ha producido con mayor rapidez la difusión de una idea más falsa e injusta (…). Esta sociedad nuestra, cada vez más insensible,  más ajena al raciocinio y más adicta a consignas y tópicos, descubre con frecuencia grotescas contradicciones. He discutido con personas que, invocando una libertad cuyo significado parecía serles un tanto nebuloso, defendían que la prostitución, por ejemplo, es un oficio tan respetable como cualquier otro; pero luego hablaban con desdeñosa condescendencia de las marujas, sin duda  –hay que suponerlo así—porque estas no salen a trabajar por las esquinas y bares de alterne. ¿Cabe mayor aberración? (…) Pero las marujas limpian, cosen, planchan, administran y distribuyen los ingresos de la familia, organizan su alimentación, su vestimenta, su ocio, e incluso mantienen la pervivencia del grupo como tal entidad familiar. Cuando se afirma, rozando las cimas de la irracionalidad, que estas mujeres no aportan dinero a casa, habría que sugerir a quienes así se retratan que intenten calcular –si son capaces—cuánto aportan en esfuerzo, en horas de trabajo y dedicación, en desinterés –no hablemos de otras donaciones, como el amor o la generosidad, que empiezan a no llevarse–, y que los traduzcan en dinero contante y sonante. En muchos casos, el sueldo de esa maruja que, según la traducción común “no trabaja”, es superior al de cualquier miembro de la familia, y con frecuencia gracias a su contribución salen los demás adelante con dignidad”.

  La escritora alemana Birgit Kelle, autora del libro Chica, abróchate la blusa,   protestaba: Me enfado porque como amas de casa debemos justificarnos continuamente y explicar por qué elegimos esta vida. Nos definen como no emancipadas, como “gallinas en la cocina”. Y sin embargo criamos a nuestros hijos los cuales, con sus trabajos, pagarán las pensiones de otros, mientras nosotras no recibimos ninguna pensión. Así no se puede continuar. Para la mujer deben existir distintas oportunidades que sean buenas y justas. Pero el sistema económico, la política, los medios de comunicación y sobre todo las feministas nos explican continuamente cómo debemos cambiar nuestra vida. Todos quieren liberarnos, pero yo no quiero ser liberada. A mí me gusta mi vida. Y nadie hace política para un modelo de vida como nosotras queremos. La política para los jardines de infancia ha sido vendida como apoyo a la “libertad de elección”, como libertad para la mujer para poder ejercer una profesión, como libertad de poder aparcar a nuestros hijos. En realidad se trata de una política que no tiene en cuenta la libertad de poder educar y acompañar el crecimiento de los propios hijos. Por tanto, se trata de una gran mentira, porque en realidad a menudo las mujeres no tienen una posibilidad real de elección: de hecho, una familia que no puede vivir con un solo sueldo y recibe un subsidio para el jardín de infancia y no un apoyo económico genérico no tiene, efectivamente, ninguna libertad de elección”[3].

   Existen, por tanto, otras opiniones aparte de las hoy dominante, consideradas “políticamente correctas”. The Economist, publicación muy feminista,  exponía el 9 de octubre de 1999 el curioso resultado de una encuesta. En los países desarrollados occidentales,  la igualdad de derechos está reconocida y muy ampliamente aplicada, incluso con “discriminación positiva”; pero solo una mínima parte de las encuestadas creía tener los mismos derechos que los hombres: el 8% en Usa, el 14 en Suiza, el 20 en Holanda, el 7 en Alemania y el 9 en Gran Bretaña. Por otra parte, la casi totalidad (más de un 90%) se consideraba en “mejor posición” (económica, evidentemente) que las mujeres de antaño; sin embargo, paradójicamente, solo una minoría creía ser más feliz que sus abuelas: el 28% en Usa, el 27 en Suiza, el 25 en Holanda, el 29 en Alemania. Gran Bretaña era una relativa excepción: el 42%[4].

    No fueron la Falange y su Sección Femenina los únicos en establecer criterios –más o menos seguidos– en este campo: la Iglesia, a través de la Acción Católica y otras instituciones, retuvo su preeminencia, acentuada después de los años de penuria. En reacción a las tendencias izquierdistas del “amor libre”, condenó la sexualidad extramatrimonial,  la pornografía como factor de vicio y degradación de la mujer a mero objeto de placer, preconizó una estricta fidelidad conyugal… Defendió en suma una moral sexual nunca demasiado cumplida, pero tradicional en Europa y Usa, si bien en rápida corrosión  desde los años 20, y nuevamente desde los años 60. Curiosamente, una reacción pareja había ocurrido en la URSS tras un primer período de promiscuidad general, en que el sexo se valoraba como “beberse un vaso de agua”, en expresión de Alexandra Kollontai. Se había querido sustituir a la familia “burguesa” por instituciones colectivas, pero el desorden resultante, más en tiempos de guerra civil, con cientos de miles de niños “salvajes” y sin hogar, y mujeres prostituidas, había revalorizado los viejos vínculos, la lealtad matrimonial y un notable puritanismo. El “amor libre”  fue calificado de desviación  “pequeño-burguesa”, y la nueva o no tan nueva moral, ensalzada como “proletaria”, pretendiendo que difería de la de los países capitalistas, donde tales normas no pasaban de pura apariencia hipócrita. A su vez, feministas y otros radicales criticarían esa moral  “proletaria” como “opresiva” y un paso atrás[5].

   La jerarquía eclesiástica dirigió la censura cinematográfica y literaria, a las que daba suma importancia por su influjo en las costumbres, tratando de frenar lo que tachaba de inmoralidad sexual. Definida la familia como célula básica de la sociedad, se persiguió cuanto se estimaba perjudicial para ella. La sexualidad, cimiento de la familia y también el mayor peligro para esta, debía concebirse como parte de una intimidad personal más amplia y encauzarse por el matrimonio. El sexo no matrimonial era fornicación  y la homosexualidad pecado contra natura Se recomendaban noviazgos prolongados, pero castos, a fin de permitir a los novios conocerse antes del paso definitivo. El aborto, muy frecuente en los primeros años, fue condenado como crimen que segaba vidas humanas. La masturbación y la prostitución se desaconsejaban con severidad, aunque, desde luego, sin éxito especial. En su moralismo, la Iglesia impuso normas obsesivas, como la acotación de espacios de playa para cada sexo y el uso del albornoz al pasear por ellas, o la denuncia de los bailes. Normas poco cumplidas y pronto descartadas muchas de ellas. Ya a finales de 1939 deploraba el cardenal  Gomá: “El pasado domingo se inauguró en esta ciudad (Toledo) una piscina, con promiscuación espantosa, con cruces gamadas en abundancia, con fotos escandalosas y con la correspondiente misa[6]       

  Se admitía la separación matrimonial, pero para divorciarse había que apostatar del catolicismo, lo que muy pocos hicieron. Fueron invalidadas las bodas celebradas bajo el Frente Popular, y los padres obligados a bautizar a sus hijos, salvo si se declaraban de otra religión. Estas medidas fueron acogidas con mejor o peor voluntad, pero sin resistencia, en parte por la depresión moral de los vencidos, en parte porque las posturas anticristianas de muchos de estos se debían más a la presión del medio que a decisiones meditadas, máxime teniendo en cuenta la baja calidad intelectual de la propaganda antirreligiosa en España. La opinión popular mayoritaria aceptaba fácilmente la tesis de que la raíz de las terribles pruebas sufridas por la sociedad española se hallaba en la inmoralidad, en buena medida sexual, achacada a los rojos.

   Hay que decir que si bien el antifranquismo atribuyó a esas normas una infelicidad profunda de la sociedad y una vida familiar falsa. Cinco años después de muerto Franco, y ante la ley del divorcio, se aducía que medio millón de matrimonios esperaban ansiosamente la posibilidad de divorciarse. No obstante, solo 9.500 matrimonios se disolvieron el primer año, subiendo a 18.000 en 1987. Fue  a partir de ese año cuando los divorcios  empezaron a masificarse, lo cual indica que la estabilidad familiar bajo el franquismo, con las excepciones de rigor, distó de ser una pura apariencia. Con la nueva moral sexual, considerada liberadora, España  ha llegado a ser uno de los países europeos con más fracaso matrimonial y familiar,  unido a otros fenómenos como el aborto masivo o los hijos habidos sin matrimonio. También ha aumentado la violencia doméstica, llamada “de género”,  con agresiones, a veces mortales, entre las parejas y de adolescentes a sus padres o madres. Algunos creen ver una relación entre estos fenómenos y la expansión de la droga, el fracaso escolar, la mayor delincuencia, etc. Es evidente que el franquismo se excedió en muchos aspectos en su reacción contra la moral republicana o revolucionaria, pero la reacción actual, a su vez, merece más atención crítica que la que suele otorgársele.



[1]  Datos de Carreras y Tafunell I, 214 y ss. .

[2] M. Plaza, “Los derechos de la mujer y la Sección Femenina, Boletín Fundación Nacional Francisco Franco, VII-IX 2002

[4] Ver mi ensayo La sociedad homosexual  (referida al feminismo, pese a su título). Madrid, 2001.

[5] Sobre estas cuestiones hay bibliografía, identificable en Internet. En  torno a las ideas anarquistas, puede verse mi ensayo Federica Montseny o las dificultades del anarquismo, Barcelona, 2004.  

[6] En J.Andrés-Gallego, ¿Fascismo o Estado católico? Madrid, 1997, p. 205. Reproducido en  Años de hierro, p. 74

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