Blog I. Santiago en la reconstitución de España: http://www.gaceta.es/pio-moa/santiago-reconstitucion-espana-25072014-1502
** Próximo domingo en “Cita con la Historia” de Radio Inter, última sesión hasta septiembre. Trataremos de por qué y cuándo cayó la II República, que no fue el 1 de abril de 1939 ni el 18 de julio de 1936. Frecuencias 93,5 de fm y el 918 de am -
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Hace años con motivo de una conferencia en la universidad de Cracovia sobre los separatismos vasco y catalán, la guía polaca me mostró una hoja que le había pasado su novio, español de Barcelona, una especie de guía para la buena esposa: “Planea con tiempo una deliciosa cena para su llegada”. “Luce hermosa”. “Sé dulce e interesante”. “Tu casa debe lucir impecable”. “Escúchalo, recuerda que sus temas son más importantes que los tuyos”. “No te quejes si llega tarde, si va a divertirse sin ti, o si no llega en toda la noche. Trata de entender su mundo de compromisos”. “No te quejes: cualquier problema tuyo es un detalle insignificante comparado con lo que él tuvo que pasar”. “Si tu marido te pide prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes”. “Si él siente la necesidad de dormir, no le presiones o estimules la intimidad”. “Si sugiere la unión, accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar,” etc. La esposa aparece más bien como criada.
El novio de la chica le había dicho que se trataba de instrucciones de la Sección Femenina de Falange, y la misma historia he oído o leído posteriormente, hasta datándola en 1953: la mujer en el franquismo carecía de derechos, estaba sumida deliberadamente en la ignorancia, supeditada al marido, no podía trabajar por su cuenta ni dar casi ningún paso sin permiso del cónyuge. Perplejo, dije a la chica que jamás había leído nada parecido, ni conocido a mujeres que se condujesen así. Por el contrario, parte de la enseñanza de mi hermana mayor consistía en un libro de mujeres destacadas, que incluía a Isabel la Católica, la Pardo Bazán, Madame Curie, Lise Meitner y hasta menos ejemplares, como la monja alférez. Y cualquier lector atento se percata de que la expresión del panfletillo no es española sino semejante a la de las series de televisión de Usa traducidas en Méjico, y tiene aire useño (el marido ideal parece ser un hombre de negocios con muchos compromisos). El feminismo ha creado una especial sensibilidad sobre estos asuntos y sospecho que se trata de una broma feminista useña.
En algunas publicaciones femeninas de la Falange podían leerse frases muy aireadas por los críticos, como “la mujer carece de talento creador reservado por Dios para las inteligencias varoniles”, o “la vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular –o disimular—no es más que un eterno deseo de encontrar a quién someterse”. Eran opiniones y no marcaban la orientación política, más clara en libros de enseñanza como el citado o en consignas como esta: “Las mujeres serán más limpias, los niños más sanos, los pueblos más alegres y las casas más claras”. Su concreción fueron labores asistenciales, sobre todo en las duras condiciones de posguerra, el servicio social (por el que pasaron más de tres millones de mujeres mientras duró el franquismo) y las misiones educativas por pueblos y barrios, que alfabetizaban y difundían nociones de higiene y puericultura, contribuyendo al rápido descenso de la mortalidad infantil y a una mayor salubridad manifiesta en el descenso de la mortalidad general. Los Círculos Medina para mujeres de cierto nivel cultural disponían de biblioteca e impartían conferencias, cursos, conciertos, etc. Meritoria labor suya fueron también los Coros y danzas, para recuperar el folklore popular de todas las regiones, en trance de perderse.
La Falange propugnaba compatibilizar las funciones de madre y ama de casa con la incorporación al deporte, a la universidad y a las profesiones. Como siempre, conviene atender a los hechos más que a las retóricas. Dato claro es la progresión femenina en la enseñanza media, muy superior a la de la república: las 34.000 chicas escolarizadas en 1934 pasaron a 57.000 ya en 1941, y a 75.000 en 1950; y la proporción subió del 27% en la república al 35% ya en los años 40, y una práctica igualdad con la masculina hacia el final del franquismo. En 1934 había 53.000 maestros, mayoría hombres, y 78.000 en 1950, mayoría mujeres. La misma tendencia encontramos en la enseñanza universitaria, siendo entonces, y nunca antes, cuando la mujer se incorpora con cierta masividad a ella. En lo cual influyó la Sección Femenina, que llegó a sumar más de medio millón de afiliadas, equiparables a los de cada uno de los mayores sindicatos de la república[1].
Rasgo de la época es también el nutrido número de escritoras: Elena Quiroga, Ana María Matute, Mercedes Salisachs, Carmen Laforet, Carmen Conde, Gloria Fuertes, Carmen Martín Gaite, Dolores Medio, Julia Maura, Ana Diosdado, Dora Sedano, María Martínez Sierra, Mercedes Ballesteros, Carmen Troitiño, Concepción Llorca, Luisa María Linares, Ernestina de Champourcin, Mercedes Fórmica, etc. Muchas ganaron premios literarios, y seis de ellas el prestigioso Nadal. En el cine, el teatro y la canción, la presencia femenina fue en todo momento muy importante. Obviamente, la imagen de la mujer “ignorante, oprimida y recluida en casa” responde escasamente a la realidad.
La Sección Femenina también tenía representantes en las Cortes, dos designadas por Franco y diez más por elecciones según la “democracia orgánica”. En el mundo sindical, en 1970 llegó a haber 100.000 cargos femeninos electos. En la mayoría de los países occidentales la representación femenina en la política era muy débil, en general por falta de interés[2].
Todo ello no supone que la Sección Femenina o el régimen fueran feministas, muy al contrario. Entendían el feminismo como un movimiento destructor para la familia, que pretendía abolir las diferencias naturales entre hombre y mujer y, contradictoriamente, fomentar la rivalidad entre ambos. Oficialmente, el franquismo entendía a los dos sexos como complementarios y valoraba la educación familiar de los hijos y las tareas del hogar. Mujeres destacadas, mises, etc., declaraban su aspiración a formar una familia, algo casi inimaginable en nuestros días. Para la mentalidad de entonces, el trabajo fuera del hogar perturbaba el papel fundamental atribuido a la mujer, e incluso al final del franquismo, en 1975, tres cuartas partes de la población de ambos sexos, según encuestas, opinaban que el trabajo externo perjudicaba la educación de los hijos (hoy confiada más bien a abuelos o cuidadoras y sobre todo a la televisión).
El feminismo se había desarrollado mucho en Europa desde principios de siglo. Su reivindicación del derecho a votar adquirió pronto una teorización doctrinal más amplia, especialmente desde la gran crisis del liberalismo marcada por la I Guerra Mundial. La igualdad de voto y ante la ley se amplió a una exigencia de igualdad en todos los ámbitos, a la denigración del papel tradicional de la mujer en el hogar, calificado de “prisión” o “esclavitud”, y de la propia familia tradicional o cristiana, tildada de “burguesa”, “opresiva” o “patriarcal”. En los años 20 ganaron fuerza varias doctrinas concomitantes con el feminismo: socialismo, anarquismo, comunismo, versiones liberales y el psicoanálisis freudiano.
Freud fue casi inmediatamente traducido al español. Al modo como Marx había encontrado la explicación de la historia en la economía (o en cierto concepto de ella) Freud llegó a explicar la evolución humana por la sexualidad (o una interpretación de ella), a partir de sus estudios sobre las neurosis. Al revés que Marx, Freud no aspiraba a derribar la civilización “burguesa”, sino que conceptuaba la represión sexual y las consiguientes neurosis como un coste del mantenimiento y desarrollo de las culturas. Sin embargo no era difícil extraer de sus análisis la conclusión opuesta, es decir, la conveniencia de destruir la sociedad “burguesa” mediante una revolución sexual que liberase al individuo de toda constricción al respecto. Los conservadores solían achacar a tales novedades el auge de la prostitución, la promiscuidad, el fracaso familiar, las drogas, muy extendidas desde los años 20 y nuevamente desde los 60, el alcoholismo y la violencia. En la actualidad, el feminismo, junto a otros movimientos, ha evolucionado hacia la reivindicación de toda forma de sexualidad, en especial la homófila, negando incluso la realidad biológica de los sexos y suponiendo la diferencia “de género” como una arbitraria imposición “cultural” de carácter “reaccionario” y “machista”. Discurso hoy dominante y de implicaciones evidentes contra la estabilidad familiar, que el franquismo estimaba, por el contrario, como el núcleo de su política social.
Durante la república, estos movimientos habían adquirido un auge muy fuerte, con reivindicaciones de “amor libre”, consignas como “hijos sí, maridos no”, difusión de la pornografía y ataques empeñados a la religión católica, vista como una barrera a las doctrinas liberadoras (no obstante, muchos izquierdistas, y feministas como Margarita Nelken o Victoria Kent, se opusieron al voto femenino, por entender que este iba a orientarse hacia la derecha). El franquismo condenó todo ello como un desorden amenazador para el equilibrio social, reaccionando de forma drástica.
Así, el nuevo régimen alentaba la función del ama de casa, por creerla más adecuada para la educación de los hijos. El Fuero del Trabajo prohibió el trabajo nocturno de mujeres y niños e intentó regular el trabajo a domicilio y “liberar a la mujer casada del taller y de la fábrica”. Claro que ello se cumplía muy medianamente, sobre todo en los años “de hierro”, cuando también aumentaron la prostitución y el aborto, por la pobreza y malos hábitos heredados de la guerra. Pero la situación iría mejorando. En aras de la estabilidad familiar, la mujer casada no podía aceptar trabajos exteriores sin permiso del marido, al menos teóricamente; en los años 60 se eliminó el permiso, aunque el marido podía oponerse a la decisión de su cónyuge. En la vida real, las cosas funcionaban de otro modo. La proporción de mujeres, solteras o casadas, empleadas fuera del hogar nunca debió de bajar del 20% del total, sin contar las tareas del campo, y creció hasta el 25-30% hacia el final del régimen. Tasas más bajas, pero no mucho más, que en la mayoría de Europa occidental. La incorporación masiva de la mujer al trabajo fuera del hogar se produjo por efecto de las guerras mundiales, que habían obligado a introducir masivamente personal femenino en las fábricas y demás empleos, para sustituir a los varones alistados en el ejército; y en la posguerra la tendencia persistió.
En 1961 se estableció la igualdad laboral a todos efectos entre hombres y mujeres, prohibiendo la discriminación salarial –que seguía existiendo en Inglaterra, por ejemplo–, y desapareció el despido en caso de matrimonio (podían acogerse a una excedencia de entre uno y cinco años por cuidado de los niños). Hasta 1966 no se admitía a mujeres como jueces o fiscales, empleos, se argüía, contrarios a la “ternura, delicadez y sensibilidad” femeninas. Tampoco podían ingresar en el ejército, como ocurría, por lo demás, en la mayoría de los países, excepto los comunistas.
La lentitud con que la mujer se ha incorporado al mundo laboral o a la política en todo el mundo se interpreta, según el feminismo, como una injusticia radical causada por un “mundo masculino”, “machista”, “patriarcal” y demás. Se trata, naturalmente, de una interpretación ideológica, que supone la historia como una equivocación o injusticia básicas, hasta que algunos han dado con la clave para su transformación radical. En la realidad histórica, la casi totalidad de los oficios y labores externas a la casa, y los estudios relacionados con ellos, han sido creaciones masculinas, nacidas de la más primaria división del trabajo y sin ningún designio “machista” especial.
Por reacción a la semianarquía del Frente Popular, la España de posguerra cultivó un acusado culto a la jerarquía –nunca muy cumplido, dada la idiosincrasia nacional–, concepto que extendió al ámbito familiar. El esposo era el “cabeza de familia”, único autorizado para administrar los bienes conyugales; aunque en la práctica, en la mayoría de los hogares eran las mujeres quienes administraban el sueldo de sus cónyuges. Y el domicilio pertenecía al marido, de modo que en caso de separación, la mujer quedaba desposeída de casa e hijos, prácticamente de todo. La escritora Mercedes Fórmica, falangista de primera hora, denunció la injusticia en la prensa en 1953, recurrió a Franco y al Tribunal Supremo, y consiguió modificar la legislación, de modo que en 1958 el “hogar del marido” pasó a ser “conyugal”, la autoridad de aquel para administrar los bienes comunes fue limitada y la mujer podía retener a sus hijos, casa y bienes, así como la patria potestad sobre sus hijos si volvía a casarse después de enviudar; igualmente se anuló o menguó el trato desigual del adulterio en la mujer y el hombre.
La mentalidad ha cambiado mucho pero quizá haya algo de forzado e injusto en las actuales diatribas contra las amas de casa y la crianza de hijos. Doris Lessing decía en entrevista al semanario español Blanco y Negro: “Es una de las cosas que recriminé al movimiento feminista. Ellas trataban a las mujeres que decidían tener hijos como si fueran ciudadanas de segunda”. Ante la objeción del “progre” periodista, replica: “Puede que se le haya escapado un detalle: que las mujeres no parecen tener gran prisa por meterse en política o en la gran empresa. Me pregunto por qué (…) El banco Natwest tenía un proyecto para promocionar a las mujeres dentro del propio banco y descubrió que solo les interesaba a una parte muy pequeña de empleadas. Les brindaron cursillos especiales y cosas por el estilo, pero en general las mujeres no querían competir. En cambio sí deseaban casarse y tener familia (…) a excepción de una minoría. Y aquello me resultó muy interesante porque, a pesar de tanto movimiento feminista, esto es lo que parece que quiere la mayoría de las mujeres. Y no veo por qué no. Me parece que no es justo que reciban críticas por pensar así”. Se explaya luego sobre la incomodidad feminista con la condición femenina: “Que yo sepa, a Simone de Beauvoir nunca le gustó ser mujer. No le gustaba serlo y siempre se estaba quejando de ello. A mí no me parece nada terrible. Tiene sus ventajas. Y de todas maneras, ¿qué puedes hacer? Lo que me asombra es que noto cierto tono de queja en lo que dice. ¿A quién dirigía sus quejas? ¿A la naturaleza?”.
El escritor Ricardo Senabre escribía en ABC, el 23 de agosto de 1997, un artículo titulado “Marujas”: “La palabra Maruja (…) ha pasado a designar –con evidente carga desdeñosa—a la mujer que se queda en casa, que no hace nada, que no trabaja. Pocas veces se ha producido con mayor rapidez la difusión de una idea más falsa e injusta (…). Esta sociedad nuestra, cada vez más insensible, más ajena al raciocinio y más adicta a consignas y tópicos, descubre con frecuencia grotescas contradicciones. He discutido con personas que, invocando una libertad cuyo significado parecía serles un tanto nebuloso, defendían que la prostitución, por ejemplo, es un oficio tan respetable como cualquier otro; pero luego hablaban con desdeñosa condescendencia de las marujas, sin duda –hay que suponerlo así—porque estas no salen a trabajar por las esquinas y bares de alterne. ¿Cabe mayor aberración? (…) Pero las marujas limpian, cosen, planchan, administran y distribuyen los ingresos de la familia, organizan su alimentación, su vestimenta, su ocio, e incluso mantienen la pervivencia del grupo como tal entidad familiar. Cuando se afirma, rozando las cimas de la irracionalidad, que estas mujeres no aportan dinero a casa, habría que sugerir a quienes así se retratan que intenten calcular –si son capaces—cuánto aportan en esfuerzo, en horas de trabajo y dedicación, en desinterés –no hablemos de otras donaciones, como el amor o la generosidad, que empiezan a no llevarse–, y que los traduzcan en dinero contante y sonante. En muchos casos, el sueldo de esa maruja que, según la traducción común “no trabaja”, es superior al de cualquier miembro de la familia, y con frecuencia gracias a su contribución salen los demás adelante con dignidad”.
La escritora alemana Birgit Kelle, autora del libro Chica, abróchate la blusa, protestaba: Me enfado porque como amas de casa debemos justificarnos continuamente y explicar por qué elegimos esta vida. Nos definen como no emancipadas, como “gallinas en la cocina”. Y sin embargo criamos a nuestros hijos los cuales, con sus trabajos, pagarán las pensiones de otros, mientras nosotras no recibimos ninguna pensión. Así no se puede continuar. Para la mujer deben existir distintas oportunidades que sean buenas y justas. Pero el sistema económico, la política, los medios de comunicación y sobre todo las feministas nos explican continuamente cómo debemos cambiar nuestra vida. Todos quieren liberarnos, pero yo no quiero ser liberada. A mí me gusta mi vida. Y nadie hace política para un modelo de vida como nosotras queremos. La política para los jardines de infancia ha sido vendida como apoyo a la “libertad de elección”, como libertad para la mujer para poder ejercer una profesión, como libertad de poder aparcar a nuestros hijos. En realidad se trata de una política que no tiene en cuenta la libertad de poder educar y acompañar el crecimiento de los propios hijos. Por tanto, se trata de una gran mentira, porque en realidad a menudo las mujeres no tienen una posibilidad real de elección: de hecho, una familia que no puede vivir con un solo sueldo y recibe un subsidio para el jardín de infancia y no un apoyo económico genérico no tiene, efectivamente, ninguna libertad de elección”[3].
Existen, por tanto, otras opiniones aparte de las hoy dominante, consideradas “políticamente correctas”. The Economist, publicación muy feminista, exponía el 9 de octubre de 1999 el curioso resultado de una encuesta. En los países desarrollados occidentales, la igualdad de derechos está reconocida y muy ampliamente aplicada, incluso con “discriminación positiva”; pero solo una mínima parte de las encuestadas creía tener los mismos derechos que los hombres: el 8% en Usa, el 14 en Suiza, el 20 en Holanda, el 7 en Alemania y el 9 en Gran Bretaña. Por otra parte, la casi totalidad (más de un 90%) se consideraba en “mejor posición” (económica, evidentemente) que las mujeres de antaño; sin embargo, paradójicamente, solo una minoría creía ser más feliz que sus abuelas: el 28% en Usa, el 27 en Suiza, el 25 en Holanda, el 29 en Alemania. Gran Bretaña era una relativa excepción: el 42%[4].
No fueron la Falange y su Sección Femenina los únicos en establecer criterios –más o menos seguidos– en este campo: la Iglesia, a través de la Acción Católica y otras instituciones, retuvo su preeminencia, acentuada después de los años de penuria. En reacción a las tendencias izquierdistas del “amor libre”, condenó la sexualidad extramatrimonial, la pornografía como factor de vicio y degradación de la mujer a mero objeto de placer, preconizó una estricta fidelidad conyugal… Defendió en suma una moral sexual nunca demasiado cumplida, pero tradicional en Europa y Usa, si bien en rápida corrosión desde los años 20, y nuevamente desde los años 60. Curiosamente, una reacción pareja había ocurrido en la URSS tras un primer período de promiscuidad general, en que el sexo se valoraba como “beberse un vaso de agua”, en expresión de Alexandra Kollontai. Se había querido sustituir a la familia “burguesa” por instituciones colectivas, pero el desorden resultante, más en tiempos de guerra civil, con cientos de miles de niños “salvajes” y sin hogar, y mujeres prostituidas, había revalorizado los viejos vínculos, la lealtad matrimonial y un notable puritanismo. El “amor libre” fue calificado de desviación “pequeño-burguesa”, y la nueva o no tan nueva moral, ensalzada como “proletaria”, pretendiendo que difería de la de los países capitalistas, donde tales normas no pasaban de pura apariencia hipócrita. A su vez, feministas y otros radicales criticarían esa moral “proletaria” como “opresiva” y un paso atrás[5].
La jerarquía eclesiástica dirigió la censura cinematográfica y literaria, a las que daba suma importancia por su influjo en las costumbres, tratando de frenar lo que tachaba de inmoralidad sexual. Definida la familia como célula básica de la sociedad, se persiguió cuanto se estimaba perjudicial para ella. La sexualidad, cimiento de la familia y también el mayor peligro para esta, debía concebirse como parte de una intimidad personal más amplia y encauzarse por el matrimonio. El sexo no matrimonial era fornicación y la homosexualidad pecado contra natura Se recomendaban noviazgos prolongados, pero castos, a fin de permitir a los novios conocerse antes del paso definitivo. El aborto, muy frecuente en los primeros años, fue condenado como crimen que segaba vidas humanas. La masturbación y la prostitución se desaconsejaban con severidad, aunque, desde luego, sin éxito especial. En su moralismo, la Iglesia impuso normas obsesivas, como la acotación de espacios de playa para cada sexo y el uso del albornoz al pasear por ellas, o la denuncia de los bailes. Normas poco cumplidas y pronto descartadas muchas de ellas. Ya a finales de 1939 deploraba el cardenal Gomá: “El pasado domingo se inauguró en esta ciudad (Toledo) una piscina, con promiscuación espantosa, con cruces gamadas en abundancia, con fotos escandalosas y con la correspondiente misa”[6]
Se admitía la separación matrimonial, pero para divorciarse había que apostatar del catolicismo, lo que muy pocos hicieron. Fueron invalidadas las bodas celebradas bajo el Frente Popular, y los padres obligados a bautizar a sus hijos, salvo si se declaraban de otra religión. Estas medidas fueron acogidas con mejor o peor voluntad, pero sin resistencia, en parte por la depresión moral de los vencidos, en parte porque las posturas anticristianas de muchos de estos se debían más a la presión del medio que a decisiones meditadas, máxime teniendo en cuenta la baja calidad intelectual de la propaganda antirreligiosa en España. La opinión popular mayoritaria aceptaba fácilmente la tesis de que la raíz de las terribles pruebas sufridas por la sociedad española se hallaba en la inmoralidad, en buena medida sexual, achacada a los rojos.
Hay que decir que si bien el antifranquismo atribuyó a esas normas una infelicidad profunda de la sociedad y una vida familiar falsa. Cinco años después de muerto Franco, y ante la ley del divorcio, se aducía que medio millón de matrimonios esperaban ansiosamente la posibilidad de divorciarse. No obstante, solo 9.500 matrimonios se disolvieron el primer año, subiendo a 18.000 en 1987. Fue a partir de ese año cuando los divorcios empezaron a masificarse, lo cual indica que la estabilidad familiar bajo el franquismo, con las excepciones de rigor, distó de ser una pura apariencia. Con la nueva moral sexual, considerada liberadora, España ha llegado a ser uno de los países europeos con más fracaso matrimonial y familiar, unido a otros fenómenos como el aborto masivo o los hijos habidos sin matrimonio. También ha aumentado la violencia doméstica, llamada “de género”, con agresiones, a veces mortales, entre las parejas y de adolescentes a sus padres o madres. Algunos creen ver una relación entre estos fenómenos y la expansión de la droga, el fracaso escolar, la mayor delincuencia, etc. Es evidente que el franquismo se excedió en muchos aspectos en su reacción contra la moral republicana o revolucionaria, pero la reacción actual, a su vez, merece más atención crítica que la que suele otorgársele.