Blog I:
Beevor, el día D y otras cuestiones: http://www.gaceta.es/pio-moa/beevor-dia-d-cuestiones-06062014-1333
***Seminario sobre los separatismos vasco y catalán, problema clave actual de España: días 24, 25, 26 y 27 en Centro Riojano, Madrid 25. A las 19,30 horas. Inscripción, 60 euros.
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Hace diez años, con motivo del aniversario del desembarco en Normandía, Borrell y otros socialistas hicieron declaraciones digamos pintorescas:
Borrell, que, contra lo que algunos esperaban, se está mostrando como un habilidoso trilero de la política, y cuya relación con las corruptelas del PSOE debiera ser más destacada, porque la corrupción –intelectual y económica, la segunda efecto de la primera– no es meramente un episodio en la historia reciente del PSOE, sino un rasgo que ha acompañado a este partido prácticamente siempre, está demostrando su carácter sanguinario, un poco en la tradición de Negrín. Con motivo del aniversario del desembarco en Normandía, acaba de acusar a Usa de no haber invadido España y haber dejado a Franco en el poder.
Esto lo dice el mismo individuo, el mismo partido, que está saboteando los esfuerzos useños por liberar Irak y aplaude el gran triunfo facilitado a los terroristas con la retirada de las tropas españolas (favor por favor, pues antes los terroristas habían dado el triunfo a los sociatas). Esta contradicción descarada viene a ser una de las muchas manifestaciones de la corrupción intelectual de este partido, donde la ignorancia de la historia se ha convertido en una virtud esencial.
Pero lo que constituye un auténtico crimen actual en relación con Irak –porque abandonar a la población iraquí en manos de los terroristas, los mismos terroristas en definitiva que causaron casi 200 muertos en España sólo se puede calificar de crimen– no niega el mismo carácter a su propuesta para la España de 1944.
¿Qué habría supuesto la invasión de España por entonces? Para empezar, un nuevo río de sangre y la reavivación de la guerra civil. La invasión no habría sido tan fácil como resultó la de Irak, muchos miles de españoles, y también de useños, habrían caído, y a continuación se habrían desatado las venganzas y probablemente se habría reavivado la guerra civil. En la misma Francia liberada por Usa nadie pudo evitar, si es que lo quiso, una oleada de represalias, con un mínimo de 10.000 asesinatos en la sombra, muy posiblemente el doble, y a pesar de que la resistencia a los nazis había sido escasa. En España habría sido mucho peor, porque las izquierdas ansiaban la revancha. Y no sólo habrían asesinado a mansalva a las derechas, como lo habían hecho durante la guerra civil, sino que, también como durante la guerra civil, se habrían asesinado entre ellas. Anarquistas, comunistas, socialistas y republicanos se odiaban con verdadera saña, como suelen olvidar muchos “historiadores”, no digamos ya los políticos que parlotean de aquellos tiempos.
Pero la nueva marea de sangre que, indudablemente, habría inundado España, no parece asustar a Borrell, quizá porque piensa que les habría tocado sufrirla a otros. También puede argüir que habría sido un sacrificio aceptable en pro de la democracia, como en Irak. Pero nuevamente falla. Por una de esas falsificaciones alucinantes, pero de circulación común, hija de la propaganda soviética, en España la democracia habría sido defendida por los comunistas, los socialistas, y los anarquistas, en unión con unos republicanos que habían intentado golpes de estado contra un gobierno de centro derecha salido de las urnas. Y todos ellos bajo la tutela de Stalin, el gran padre de las libertades. Sólo exponer con claridad esta evidencia ya demuestra el absurdo de la pretensión. Pues bien, a toda esa gente no la habría convertido en demócrata, desde luego, el cambio de la tutela soviética por la tutela useña, a la que aspiran tan a destiempo. En rigor, fueron esos partidos los que planearon la guerra civil en 1934 y los que volvieron a provocarla en 1936. Y en 1944, después de perderla, no habían rectificado sus posturas básicas en lo más mínimo. Ellos habían hecho imposible la democracia en España para muchos años, y ellos habían traído a Franco, el último en sublevarse contra una república arruinada desde muy pronto por la demagogia y la violencia de las propias izquierdas.
Pero hay otra razón por la que Franco resultaba una alternativa mucho más aceptable que ellos. En 1944 las mentes lúcidas ya preveían la lucha entre las democracias y el totalitarismo soviético, pese a la aparente luna de miel entre ambos. Franco se lo había advertido a Churchill, por entonces empeñado en no verlo. En esa contienda general, si había alguien en quien no podría confiar Usa era precisamente en el conglomerado de “demócratas” españoles perdedores de la guerra civil. Todos ellos habían demostrado su predisposición a amalgamarse entre sí al servicio de la política soviética. Algunos expertos en la manipulación histórica insisten en que antes de la guerra no existía en España el peligro comunista, porque el partido de ese nombre era pequeño. Cierto, pero dicho peligro venía del PSOE, que era prácticamente comunista y era muy grande: el partido principal de la izquierda.
Hay, pues, muchas diferencias entre el Irak de ahora y la España de entonces. Usa lo va a tener muy difícil, si es que lo logra, democratizar Irak, pero ésta no es la principal razón de su intervención allí, pues, de serlo, Bush tendría que andar embarcado en una guerra perenne y desesperada contra las tiranías de todo el mundo, que superan en número a las democracias y predominan en la ONU, tan querida del PSOE cuando le conviene. Desde ese punto de vista, Sadam era un tirano como tantos, aun si muy sanguinario (eso para Borrell carece de importancia, seguramente). Su peligro radicaba en su carácter especialmente agresivo en una zona de vital interés para Occidente –no sólo para Usa–, una zona que es preciso estabilizar, y democratizar en lo posible, si no queremos sufrir muy graves consecuencias. En cambio, la España de 1944 iba a constituir, no una amenaza para Occidente, sino precisamente un aliado fiable en la lucha contra el enemigo absolutamente principal, el comunismo. Y ese papel de aliado fiable no lo podrían desempeñar entonces unos partidos como el PSOE, el partido que más directa y completamente había entregado el Frente Popular en manos de Stalin y que aún hoy tiende a culpar a Usa, y no a la URSS, por la guerra fría.
Estas consideraciones nos llevan a otra: ¿ha cambiado el PSOE lo bastante desde aquella época? Ahí lo tenemos favoreciendo al terrorismo, abandonando a los iraquíes, reverenciando a Marruecos, de donde han venido los atentados del 11-M, y dando mil satisfacciones –partido generoso– a quienes negocian con la ETA. El PSOE ha vuelto a convertirse en un peligro para la democracia, dentro y fuera de España. Esta cruda pero insoslayable verdad no debiera ser perdida de vista en ningún momento.
(En LD, 7-6-2004)
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La batalla decisiva de la II Guerra Mundial
Franco, alarmado, expuso a Londres que el conflicto constaba de dos guerras: la del este, contra el comunismo, en la que España participaba, y la del oeste, entre las potencias anglosajonas y Alemania, en la que España era neutral. La respuesta inglesa, el 19 de febrero, negaba la doble guerra, y afirmaba que el futuro sería determinado por la armonía entre Londres, Washington y Moscú, y que el Imperio Británico desempeñaría un gran papel. A esa apreciación poco realista replicó el ministro español de Exteriores, Jordana: “El factor determinante que ha transformado hasta el presente la situación de los aliados en la guerra ha sido la presión ejercida por Rusia. Si los acontecimientos continúan desarrollándose como hasta ahora, es Rusia quien penetrará en territorio alemán. (…) ¿Queda alguien en el centro de Europa, en ese mosaico de países sin consistencia y sin unidad, sangrados además por la guerra y la dominación extranjera, que pudiera contener las ambiciones de Stalin? Ciertamente no hay nadie”. Por tanto recomendaba, no la rendición incondicional de Alemania, sino algún plan que permitiera a ésta actuar de valladar frente a la URSS. El embajador británico, S. Hoare, reafirmó el optimismo de su país, en particular que “Gran Bretaña será la potencia militar más fuerte de Europa”.
Este intercambio refleja las expectativas del momento. La batalla de Stalingrado, casi decidida cuando Churchill y Roosevelt hablaban en Casablanca, influyó en la decisión de rendición incondicional, al abrir la posibilidad de una completa derrota nazi. Pero por el momento la decisión no pasaba de ser una frase, de la que Stalin desconfiaba. Éste insistía en la apertura de un segundo frente por Francia. Churchill oponía que intentarlo sin preparación adecuada conduciría al fracaso, y añadía patéticamente: “No entiendo qué beneficio puede sacar Moscú de una derrota de los aliados”. Eso no impresionaba a los soviéticos, que sufrían una guerra atroz, mientras en occidente Hitler sólo disponía de 60 divisiones incompletas, peor dotadas y con soldados más viejos y menos bregados que en Rusia.
En 1943 los anglosajones dominaban el aire y el mar, y disponían de una enorme masa de tropas frescas. El respeto que, con tal ventaja, mostraban al enemigo, le parecía a Stalin muy exagerado y le hacía sospechar que aguardaban a que Rusia y Alemania se agotasen, para resolver la guerra a su favor, con la mayor ganancia y el menor sacrificio.
Por otra parte, la victoria de Stalingrado resultó menos decisiva de lo aparente. Su principal consecuencia estratégica, como explica Manstein, consistió en abrir a los soviéticos la vía para copar a todo el Grupo de Ejércitos Sur alemán, desplegado en un inmenso saliente hasta el Cáucaso, y aplastarlo contra el mar Negro. Con ese designio, apenas caída Stalingrado, en febrero, los rusos irrumpieron hacia el suroeste, por la retaguardia del citado Grupo Sur. De lograr su intento, las líneas alemanas sufrirían un gigantesco desgarrón de imposible sutura, la guerra se habría resuelto en poco tiempo y nadie habría podido impedir lo que Franco temía. En este sentido Stalingrado pudo haber sido, en efecto, el hecho decisivo de la guerra. Sin embargo, pese a su terrible derrota, los alemanes lograron replegarse con bastante orden, y a mediados de marzo habían recobrado la importante ciudad de Járkof e infligido serios reveses a sus enemigos.
Por tanto, aunque Hitler ya no podía pensar en vencer a la URSS, la excepcional pericia de sus generales le permitía esperar extenuarla mediante contraofensivas parciales, hasta quedar en tablas y obtener, quizá, una paz negociada. El mando alemán calculaba en once millones las bajas enemigas, entre muertos, prisioneros y heridos irrecuperables. Aun si esas cifras exageraban, el tremendo desgaste era real, y si continuaba y se contenía el empuje soviético, se haría muy difícil el segundo frente, y por tanto la rendición incondicional. De ahí la presión desesperada de Stalin para que sus aliados redoblasen sus esfuerzos.
En aquellos meses los alemanes tuvieron, en efecto, la ocasión de destruir gran parte del potencial ofensivo soviético en un gran saliente de su frente, en torno a Kursk, extendido entre el Grupo de Ejércitos Centro (Kluge) y el Grupo Sur (Manstein). Manstein urgía a atacar en mayo, aprovechando la desorganización de los soviéticos luego de sus derrotas posteriores a Stalingrado, pero la operación se demoró hasta julio, cuando la URSS volvía a hallarse en plenitud de fuerzas. Además, Moscú conocía, por el espionaje, los planes nazis, y diseñó una batalla defensiva para frenar y desgastar a sus adversarios, y pasar rápidamente a la contraofensiva. Según sus cifras oficiales, los rusos prepararon 10.000 kms de trincheras y fortificaciones en profundidad de hasta 300 kilómetros, 20.000 piezas de artillería y morteros (doble que sus enemigos), 3.600 tanques y 2.800 aviones, en lo cual superaban ampliamente a los alemanes. Por cada kilómetro de frente dispusieron 1.500 minas antitanque. A las órdenes de Rokosovski, Vatutin y Koniev concentraron 1.300.000 soldados frente a los 900.000 que calculaban a los alemanes. Sabedor del momento exacto del inicio de la operación alemana, bautizada Ciudadela, el mando soviético desató, en las horas previas, una tempestad de artillería y ataques aéreos, que perturbó las maniobras de agrupamiento alemanas.
El 5 de julio comenzó la Operación Ciudadela, con los mayores combates de carros de la guerra. La progresión alemana se hizo muy lenta y encarnizada, sobre todo en el sector norte. En el sur, Manstein informaba el día 13 haber logrado rebasar las defensas enemigas y salir a campo libre, donde se disponía a batir sus reservas. Pero para entonces Hitler había resuelto desistir del costosísimo intento.
Kursk sí tuvo efectos realmente decisivos. Los alemanes no volvieron a recobrar la iniciativa y tuvieron que retroceder a grandes saltos. Los soviéticos, cuyos mandos estaban ya a la altura de los contrarios, llegaron a realizar una verdadera guerra relámpago en algunos sectores. Habían demostrado ser capaces de vencer a los alemanes en toda la línea, aunque a un exorbitante precio en sangre. La batalla tuvo también efectos decisivos en otro sentido: sus consecuencias militares descartaban la idea de que la URSS se agotara, y por el contrario, podía terminar “liberando” al continente entero, como había advertido Franco. Ello impuso el Segundo Frente por Francia, y con la máxima energía, como una necesidad perentoria para los aliados occidentales. Téngase en cuenta que el frente abierto en Italia el 10 de julio contra escasas tropas alemanas, progresó con lentitud, y el jefe alemán en la península, Kesselring, observó que “las condiciones eran tan favorables para los aliados como insignificantes sus verdaderos éxitos”.
¿Cuál era la intención anglosajona? ¿Creían realmente en la armonía con Rusia, o, como sospechaba Stalin, buscaban desangrarla? Es difícil resolverlo, probablemente las dos opciones pesaron, y quizá su postura no fue tan ingenua como suele decirse. Cuando se critican las concesiones occidentales en Yalta, conviene recordar que el ejército soviético era entonces imbatible para cualquier posible enemigo —salvo, después de la caída de Berlín, con armas atómicas. Los occidentales cedieron porque difícilmente podían hacer otra cosa, ya que la derrota de Hitler se produjo en lo fundamental, en la URSS. En todo caso la historia pasó como si los aliados occidentales hubieran reaccionado, quizá algo tardíamente, a las victorias soviéticas. Hablando en términos muy globales, la verdadera significación del desembarco en Normandía consistió en salvar a parte de Europa de la liberación soviética, más que de la opresión nazi.
Y aun después, las tropas useñas quedaron como garantía frente a las apetencias de Stalin, la parte no comunistizada de Alemania tuvo que ser reconstruida como un bastión antisoviético, y Gran Bretaña pasó a una posición secundaria en el concierto mundial, mientras su imperio entraba en un proceso de descomposición.