Moloch-Capricho, o el aborto como sacrificio humano

***Feria del libro de Madrid: en la caseta 307, “La esfera de los libros”, pueden encontrar la nueva edición de Los mitos de la Guerra Civil, Nueva historia de España, Años de hierro, y Sonaron gritos y golpes a la puerta.

***En la caseta 346, de Ediciones Encuentro, Los nacionalismos vasco y catalán, De un tiempo y de un país, Los orígenes de la Guerra Civil, y El derrumbe de la República

***Seminario sobre los separatismos vasco y catalán, días 24, 25, 26 y 27 de junio en Centro Riojano, Madrid, Serrano 25, a las 7,30 de la tarde. Inscripción, 60 euros.

***Blog I: El fracaso de la Restauración determinó el siglo XX español: http://www.gaceta.es/pio-moa/fracaso-restauracion-determino-siglo-xx-espanol-08062014-1213

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   Parece que en las religiones primitivas fueron corrientes los sacrificios humanos.  Entre los fenicios,  cananeos  y cartagineses,  el dios Moloch Baal era aplacado con el sacrificio de niños recién nacidos o no tan recién nacidos, que debían ser arrojados al fuego entre un gran ruido de timbales y trompetas para contrarrestar el llanto de las víctimas. Difícil concebir un espectáculo más de pesadilla.

   El mecanismo psicológico subyacente  es probablemente la consciencia del extraño destino humano: el hombre debe luchar y esforzarse por sobrevivir o por vivir bien, sin seguridad de tener éxito, por mucha energía e inteligencia que aplique a la tarea. Sabe, siente profundamente, que su destino está solo muy parcialmente decidido por su voluntad y perspicacia, que un éxito puede ser el prólogo de un fracaso, y que al final le espera la muerte. Hay, por tanto,  otras fuerzas, otros “espíritus” mucho más poderosos, capaces de trocar en desastre las empresas mejor concebidas racionalmente. Es necesario, por tanto, ganarse la benevolencia de esas fuerzas, de esos dioses, ofreciéndoles algo de lo más apreciable. Un primogénito, por ejemplo.  

   Una explicación antigua decía que Moloch representaba al fuego, símbolo de la luz, de la pureza espiritual, a quien el ser humano, también espíritu pero rebajado u oscurecido por su componente material, por la “caída en la materia”, debía ofrecer tales sacrificios para redimirse. Tema clásico  desarrollado por el gnosticismo, conducente a un ideal del suicidio de la sociedad, como entre los cátaros o como, con otras palabras, proponen hoy algunos intelectuales.

   Creo que existe cierto parecido interesante entre los sacrificios a Moloch y la  actual extensión del abortismo. También aquí encontramos el sacrificio de vidas humanas en medio de un ruido ensordecedor de sofismas y griterío: el mejor argumento contra el aborto son las fotografías y vídeos que exponen su realidad, pero los abortistas reaccionan apartando la vista y clamando “¡qué asco, qué mal gusto!”,  y no “¡qué crimen!”. Vale la pena contraponer los argumentos pro y contra. El  antiabortista se centra en el hecho de la vida humana, que ha de ser evidente para cualquier observador imparcial. El abortista-feminista  gira  en torno al derecho de la mujer a su propio cuerpo. La falacia de este último salta a la vista: no se trata de su propio cuerpo, sino de un cuerpo ajeno, de una vida nueva y distinta. El argumento remite a otro llamado derecho, el de la igualdad. El varón engendra, pero no concibe, lo cual parece al feminismo, de modo confesada o no, una desigualdad especialmente injusta. Tanto más injusta cuanto que en la idea feminista-hedonista de la vida, la sexualidad es meramente un modo de “pasarlo bien”, pero el “buen rato” puede terminar para la mujer en el embarazo, mientras que el varón se queda “tan fresco”. La misma obsesión por la igualdad provoca en el feminismo, como denunciaba Doris Lessing, la aversión a los hijos, que “esclavizarían” a las mujeres.  

El homosexualismo tiene mucho que ver con este modo de concebir las cosas: la relación homosexual evita el indeseable efecto del embarazo, el compromiso que supone la crianza de niños, y permite una vida con menos cargas, aparentemente más “libre y placentera”, más “lúdica”, como se decía hace poco. Pero la homosexualidad no puede volverse lo normal, como se pretende, pues acabaría con  la especie humana (cosa que algunos desean y predican, por cierto)  El “matrimonio” homosexual va en esa dirección. Claro que el instinto de la reproducción persiste, con mayor o menor fuerza, y hasta algunas parejas homosexuales claman por su “derecho” a adoptar niños, privando a estos de su derecho más elemental a ser criados por un padre y una madre.  Se trata de una cadena de confusiones deliberadas,  nacidas del supuesto derecho al propio cuerpo y a la concepción de la desigualdad natural como injusticia que la sociedad debe reparar. Tiene cierta semejanza con la “caída en la materia”, redimible mediante el sacrificio de vidas humanas.

   Aquí, claro, no parece haber ninguna divinidad receptora de tales sacrificios. Pero creo que sí hay una: la diosa Conveniencia y su vástago el diosecillo Capricho. Obsérvese otro sofisma del abortismo: “¿Y qué pasa –arguyen—si ha habido una violación? ¿O si el feto viene con tales malformaciones que le impidan una vida mínimamente normal? ¿O si la madre sufre peligro de muerte por el embarazo?”. Pero ¿se producen por esas causas los abortos? Solo una parte insignificante de ellos. La inmensa mayoría de estos sacrificios se ofrecen a la supuesta conveniencia, llevada hasta el capricho,  de la madre o del padre, reacios a asumir el compromiso de la crianza. Tanto más reacios cuanto que, en el clima feminista-hedonista predominante, la madre está muy insegura de que su relación con el padre vaya a durar mucho. Hay que divertirse, y en esas condiciones la crianza del niño no resulta muy divertida. El “derecho al propio cuerpo”, a la libertad sin responsabilidad, a la moral dictada por el dios Capricho, tan adorado hoy por los políticos como por la publicidad comercial, exige sus propias víctimas. 

 No es casual que feminismo, homosexualismo y abortismos vayan tan juntos. Y que definan tan bien la nueva ideología  de la UE. Solemos olvidar que no hace tantos años, “todo el mundo”  era más o menos socialista. Aquella ideología,con sus propios dioses, ha sido sustituida o ha evolucionado a esta otra. En fin, un tema muy amplio, la gran cuestión moral de nuestro tiempo, a la que suele dedicarse demasiado poco tiempo y demasiados tópicos.

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Borrell el sanguinario / La batalla decisiva de la SGM

Blog I:  Beevor, el día D y otras cuestiones: http://www.gaceta.es/pio-moa/beevor-dia-d-cuestiones-06062014-1333

***Seminario sobre los separatismos vasco y catalán, problema clave actual de España: días 24, 25, 26 y 27 en Centro Riojano, Madrid 25. A las 19,30 horas. Inscripción, 60 euros.

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Hace diez años, con motivo del aniversario del desembarco en Normandía, Borrell y otros socialistas hicieron declaraciones digamos pintorescas:

 Borrell, que, contra lo que algunos esperaban, se está mostrando como un habilidoso trilero de la política, y cuya relación con las corruptelas del PSOE debiera ser más destacada, porque la corrupción –intelectual y económica, la segunda efecto de la primera– no es meramente un episodio en la historia reciente del PSOE, sino un rasgo que ha acompañado a este partido prácticamente siempre, está demostrando su carácter sanguinario, un poco en la tradición de Negrín. Con motivo del aniversario del desembarco en Normandía, acaba de acusar a Usa de no haber invadido España y haber dejado a Franco en el poder.

 Esto lo dice el mismo individuo, el mismo partido, que está saboteando los esfuerzos useños por liberar Irak y aplaude el gran triunfo facilitado a los terroristas con la retirada de las tropas españolas (favor por favor, pues antes los terroristas habían dado el triunfo a los sociatas). Esta contradicción descarada viene a ser una de las muchas manifestaciones de la corrupción intelectual de este partido, donde la ignorancia de la historia se ha convertido en una virtud esencial.

 Pero lo que constituye un auténtico crimen actual en relación con Irak –porque abandonar a la población iraquí en manos de los terroristas, los mismos terroristas en definitiva que causaron casi 200 muertos en España sólo se puede calificar de crimen­– no niega el mismo carácter a su propuesta para la España de 1944.

 ¿Qué habría supuesto la invasión de España por entonces? Para empezar, un nuevo río de sangre y la reavivación de la guerra civil. La invasión no habría sido tan fácil como resultó la de Irak, muchos miles de españoles, y también de useños, habrían caído, y a continuación se habrían desatado las venganzas y probablemente se habría reavivado la guerra civil. En la misma Francia liberada por Usa nadie pudo evitar, si es que lo quiso, una oleada de represalias, con un mínimo de 10.000 asesinatos en la sombra, muy posiblemente el doble, y a pesar de que la resistencia a los nazis había sido escasa. En España habría sido mucho peor, porque las izquierdas ansiaban la revancha. Y no sólo habrían asesinado a mansalva a las derechas, como lo habían hecho durante la guerra civil, sino que, también como durante la guerra civil, se habrían asesinado entre ellas. Anarquistas, comunistas, socialistas y republicanos se odiaban con verdadera saña, como suelen olvidar muchos “historiadores”, no digamos ya los políticos que parlotean de aquellos tiempos.

 Pero la nueva marea de sangre que, indudablemente, habría inundado España, no parece asustar a Borrell, quizá porque piensa que les habría tocado sufrirla a otros. También puede argüir que habría sido un sacrificio aceptable en pro de la democracia, como en Irak. Pero nuevamente falla. Por una de esas falsificaciones alucinantes, pero de circulación común, hija de la propaganda soviética, en España la democracia habría sido defendida por los comunistas, los socialistas, y los anarquistas, en unión con unos republicanos que habían intentado golpes de estado contra un gobierno de centro derecha salido de las urnas. Y todos ellos bajo la tutela de Stalin, el gran padre de las libertades. Sólo exponer con claridad esta evidencia ya demuestra el absurdo de la pretensión. Pues bien, a toda esa gente no la habría convertido en demócrata, desde luego, el cambio de la tutela soviética por la tutela useña, a la que aspiran tan a destiempo. En rigor, fueron esos partidos los que planearon la guerra civil en 1934 y los que volvieron a provocarla en 1936. Y en 1944, después de perderla, no habían rectificado sus posturas básicas en lo más mínimo. Ellos habían hecho imposible la democracia en España para muchos años, y ellos habían traído a Franco, el último en sublevarse contra una república arruinada desde muy pronto por la demagogia y la violencia de las propias izquierdas.

 Pero hay otra razón por la que Franco resultaba una alternativa mucho más aceptable que ellos. En 1944 las mentes lúcidas ya preveían la lucha entre las democracias y el totalitarismo soviético, pese a la aparente luna de miel entre ambos. Franco se lo había advertido a Churchill, por entonces empeñado en no verlo. En esa contienda general, si había alguien en quien no podría confiar Usa era precisamente en el conglomerado de “demócratas” españoles perdedores de la guerra civil. Todos ellos habían demostrado su predisposición a amalgamarse entre sí al servicio de la política soviética. Algunos expertos en la manipulación histórica insisten en que antes de la guerra no existía en España el peligro comunista, porque el partido de ese nombre era pequeño. Cierto, pero dicho peligro venía del PSOE, que era prácticamente comunista y era muy grande: el partido principal de la izquierda.

 Hay, pues, muchas diferencias entre el Irak de ahora y la España de entonces. Usa lo va a tener muy difícil, si es que lo logra, democratizar Irak, pero ésta no es la principal razón de su intervención allí, pues, de serlo, Bush tendría que andar embarcado en una guerra perenne y desesperada contra las tiranías de todo el mundo, que superan en número a las democracias y predominan en la ONU, tan querida del PSOE cuando le conviene. Desde ese punto de vista, Sadam era un tirano como tantos, aun si muy sanguinario (eso para Borrell carece de importancia, seguramente). Su peligro radicaba en su carácter especialmente agresivo en una zona de vital interés para Occidente –no sólo para Usa–, una zona que es preciso estabilizar, y democratizar en lo posible, si no queremos sufrir muy graves consecuencias. En cambio, la España de 1944 iba a constituir, no una amenaza para Occidente, sino precisamente un aliado fiable en la lucha contra el enemigo absolutamente principal, el comunismo. Y ese papel de aliado fiable no lo podrían desempeñar entonces unos partidos como el PSOE, el partido que más directa y completamente había entregado el Frente Popular en manos de Stalin y que aún hoy tiende a culpar a Usa, y no a la URSS, por la guerra fría.

 Estas consideraciones nos llevan a otra: ¿ha cambiado el PSOE lo bastante desde aquella época? Ahí lo tenemos favoreciendo al terrorismo, abandonando a los iraquíes, reverenciando a Marruecos, de donde han venido los atentados del 11-M, y dando mil satisfacciones –partido generoso– a quienes negocian con la ETA. El PSOE ha vuelto a convertirse en un peligro para la democracia, dentro y fuera de España. Esta cruda pero insoslayable verdad no debiera ser perdida de vista en ningún momento.

 (En LD, 7-6-2004)

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La batalla decisiva de la II Guerra Mundial

 Franco, alarmado, expuso a Londres que el conflicto constaba de dos guerras: la del este, contra el comunismo, en la que España participaba, y la del oeste, entre las potencias anglosajonas y Alemania, en la que España era neutral. La respuesta inglesa, el 19 de febrero, negaba la doble guerra, y afirmaba que el futuro sería determinado por la armonía entre Londres, Washington y Moscú, y que el Imperio Británico desempeñaría un gran papel. A esa apreciación poco realista replicó el ministro español de Exteriores, Jordana: “El factor determinante que ha transformado hasta el presente la situación de los aliados en la guerra ha sido la presión ejercida por Rusia. Si los acontecimientos continúan desarrollándose como hasta ahora, es Rusia quien penetrará en territorio alemán. (…) ¿Queda alguien en el centro de Europa, en ese mosaico de países sin consistencia y sin unidad, sangrados además por la guerra y la dominación extranjera, que pudiera contener las ambiciones de Stalin? Ciertamente no hay nadie”. Por tanto recomendaba, no la rendición incondicional de Alemania, sino algún plan que permitiera a ésta actuar de valladar frente a la URSS. El embajador británico, S. Hoare, reafirmó el optimismo de su país, en particular que “Gran Bretaña será la potencia militar más fuerte de Europa”.

Este intercambio refleja las expectativas del momento. La batalla de Stalingrado, casi decidida cuando Churchill y Roosevelt hablaban en Casablanca, influyó en la decisión de rendición incondicional
, al abrir la posibilidad de una completa derrota nazi. Pero por el momento la decisión no pasaba de ser una frase, de la que Stalin desconfiaba. Éste insistía en la apertura de un segundo frente por Francia. Churchill oponía que intentarlo sin preparación adecuada conduciría al fracaso, y añadía patéticamente: “No entiendo qué beneficio puede sacar Moscú de una derrota de los aliados”. Eso no impresionaba a los soviéticos, que sufrían una guerra atroz, mientras en occidente Hitler sólo disponía de 60 divisiones incompletas, peor dotadas y con soldados más viejos y menos bregados que en Rusia.

En 1943 los anglosajones dominaban el aire y el mar, y disponían de una enorme masa de tropas frescas. El respeto que, con tal ventaja, mostraban al enemigo, le parecía a Stalin muy exagerado y le hacía sospechar que aguardaban a que Rusia y Alemania se agotasen, para resolver la guerra a su favor, con la mayor ganancia y el menor sacrificio.

Por otra parte, la victoria de Stalingrado resultó menos decisiva de lo aparente. Su principal consecuencia estratégica, como explica Manstein, consistió en abrir a los soviéticos la vía para copar a todo el Grupo de Ejércitos Sur alemán, desplegado en un inmenso saliente hasta el Cáucaso, y aplastarlo contra el mar Negro. Con ese designio, apenas caída Stalingrado, en febrero, los rusos irrumpieron hacia el suroeste, por la retaguardia del citado Grupo Sur. De lograr su intento, las líneas alemanas sufrirían un gigantesco desgarrón de imposible sutura, la guerra se habría resuelto en poco tiempo y nadie habría podido impedir lo que Franco temía. En este sentido Stalingrado pudo haber sido, en efecto, el hecho decisivo de la guerra. Sin embargo, pese a su terrible derrota, los alemanes lograron replegarse con bastante orden, y a mediados de marzo habían recobrado la importante ciudad de Járkof e infligido serios reveses a sus enemigos.

Por tanto, aunque Hitler ya no podía pensar en vencer a la URSS, la excepcional pericia de sus generales le permitía esperar extenuarla mediante contraofensivas parciales, hasta quedar en tablas y obtener, quizá, una paz negociada. El mando alemán calculaba en once millones las bajas enemigas, entre muertos, prisioneros y heridos irrecuperables. Aun si esas cifras exageraban, el tremendo desgaste era real, y si continuaba y se contenía el empuje soviético, se haría muy difícil el segundo frente, y por tanto la rendición incondicional. De ahí la presión desesperada de Stalin para que sus aliados redoblasen sus esfuerzos.

En aquellos meses los alemanes tuvieron, en efecto, la ocasión de destruir gran parte del potencial ofensivo soviético en un gran saliente de su frente, en torno a Kursk, extendido entre el Grupo de Ejércitos Centro (Kluge) y el Grupo Sur (Manstein). Manstein urgía a atacar en mayo, aprovechando la desorganización de los soviéticos luego de sus derrotas posteriores a Stalingrado, pero la operación se demoró hasta julio, cuando la URSS volvía a hallarse en plenitud de fuerzas. Además, Moscú conocía, por el espionaje, los planes nazis, y diseñó una batalla defensiva para frenar y desgastar a sus adversarios, y pasar rápidamente a la contraofensiva. Según sus cifras oficiales, los rusos prepararon 10.000 kms de trincheras y fortificaciones en profundidad de hasta 300 kilómetros, 20.000 piezas de artillería y morteros (doble que sus enemigos), 3.600 tanques y 2.800 aviones, en lo cual superaban ampliamente a los alemanes. Por cada kilómetro de frente dispusieron 1.500 minas antitanque. A las órdenes de Rokosovski, Vatutin y Koniev concentraron 1.300.000 soldados frente a los 900.000 que calculaban a los alemanes. Sabedor del momento exacto del inicio de la operación alemana, bautizada Ciudadela
, el mando soviético desató, en las horas previas, una tempestad de artillería y ataques aéreos, que perturbó las maniobras de agrupamiento alemanas.

El 5 de julio comenzó la Operación Ciudadela
, con los mayores combates de carros de la guerra. La progresión alemana se hizo muy lenta y encarnizada, sobre todo en el sector norte. En el sur, Manstein informaba el día 13 haber logrado rebasar las defensas enemigas y salir a campo libre, donde se disponía a batir sus reservas. Pero para entonces Hitler había resuelto desistir del costosísimo intento.

Kursk sí tuvo efectos realmente decisivos. Los alemanes no volvieron a recobrar la iniciativa y tuvieron que retroceder a grandes saltos. Los soviéticos, cuyos mandos estaban ya a la altura de los contrarios, llegaron a realizar una verdadera guerra relámpago
en algunos sectores. Habían demostrado ser capaces de vencer a los alemanes en toda la línea, aunque a un exorbitante precio en sangre. La batalla tuvo también efectos decisivos en otro sentido: sus consecuencias militares descartaban la idea de que la URSS se agotara, y por el contrario, podía terminar “liberando” al continente entero, como había advertido Franco. Ello impuso el Segundo Frente por Francia, y con la máxima energía, como una necesidad perentoria para los aliados occidentales. Téngase en cuenta que el frente abierto en Italia el 10 de julio contra escasas tropas alemanas, progresó con lentitud, y el jefe alemán en la península, Kesselring, observó que “las condiciones eran tan favorables para los aliados como insignificantes sus verdaderos éxitos”.

¿Cuál era la intención anglosajona? ¿Creían realmente en la armonía con Rusia, o, como sospechaba Stalin, buscaban desangrarla? Es difícil resolverlo, probablemente las dos opciones pesaron, y quizá su postura no fue tan ingenua como suele decirse. Cuando se critican las concesiones occidentales en Yalta, conviene recordar que el ejército soviético era entonces imbatible para cualquier posible enemigo —salvo, después de la caída de Berlín, con armas atómicas. Los occidentales cedieron porque difícilmente podían hacer otra cosa, ya que la derrota de Hitler se produjo en lo fundamental, en la URSS. En todo caso la historia pasó como si los aliados occidentales hubieran reaccionado, quizá algo tardíamente, a las victorias soviéticas. Hablando en términos muy globales, la verdadera significación del desembarco en Normandía consistió en salvar a parte de Europa de la liberación
soviética, más que de la opresión nazi.

Y aun después, las tropas useñas quedaron como garantía frente a las apetencias de Stalin, la parte no comunistizada de Alemania tuvo que ser reconstruida como un bastión antisoviético, y Gran Bretaña pasó a una posición secundaria en el concierto mundial, mientras su imperio entraba en un proceso de descomposición.

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Salman Rushdie: un fanático perseguido por fanáticos

Blog I: La historia fantástica de El País y Reig Tapia: http://www.gaceta.es/pio-moa/historia-fantastica-pais-reig-tapia-05062014-2117

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 Un fanático perseguido por fanáticos

Salman Rushdie escribió hace años unos textos burlescos y despreciativos sobre el islam. Los clérigos islámicos pudieron replicar con el mismo tono o con argumentos, pero eligieron condenarlo a muerte e incitar a su asesinato. Una reacción tan brutal y desproporcionada revela el carácter fanático de tales clérigos pero lo más significativo es que en el mundo musulmán se han alzado poquísimas voces protestando contra la tropelía, lo cual revela la extensión del fanatismo en ese ámbito.

Ahora, dentro de su campaña permanente contra la Iglesia, El País ha publicado un artículo de Salman Rushdie, pontificando sobre la religión de la forma más simplona y, a su vez, fanática. Rushdie no dice que le persiguen unos clérigos, ni siquiera una religión, sino “la religión”, en general. Y no sólo a él: “la religión nos persigue a todos”. ¿Quiénes son esos “todos”? En los países musulmanes la religión no persigue a casi nadie, porque casi todos los habitantes profesan esa fe. ¿Acaso por ello, por no sentirse perseguidos, dejan de ser “alguien”, dejan de ser personas esos creyentes? Los fanáticos suelen empezar por negar la condición humana a quienes discrepan de ellos, como hace implícitamente Rushdie.

Y en los países occidentales el islam ocasiona constantes problemas y amenazas, pero es todavía demasiado débil para erigirse en perseguidor de “todos”. Obviamente, aquí no se refiere Rushdie al Islam, sino al cristianismo, del cual denuncia y mezcla alegremente las guerras de religión francesas, el “nacionalcatolicismo del dictador español Franco”, la guerra civil inglesa o los disturbios irlandeses. Finura de análisis.

Escribe Rushdie, como si fuera un argumento definitivo: “Para quienes crecimos en India en el periodo que siguió a los disturbios de la Partición de 1946-1947, tras la creación de los Estados independientes de India y Pakistán, la sombra de aquellas matanzas sigue siendo una espantosa advertencia de lo que los hombres son capaces de hacer en nombre de Dios”. Las matanzas de la India y Pakistán se harían invocando a Dios, pero seguramente también a la Nación, y a las ideologías progresistas y antiimperialistas de la época, en nombre de las cuales el subcontinente indio se independizó de Gran Bretaña. ¿Por qué no carga Rushdie la sangre a la cuenta de esos ideales y sí al de Dios? Los hombres cometen barbaridades invocando a Dios, a la libertad, la igualdad y la fraternidad juntas o por separado, y prácticamente cualquier ideal sirve al respecto. Pero el ideal no queda necesariamente descalificado porque algunos o muchos lo empleen como cobertura del crimen.

Y ya que menciona el “nacionalcatolicismo” español, no fue éste sino gente de ideas parecidas a las de Rushdie las que planearon la guerra civil y el exterminio del clero y los creyentes, y no estuvieron lejos de lograr su objetivo. De hecho, las mayores matanzas y tiranías del siglo XX, tanto en países europeos muy civilizados como en los más atrasados, se inspiraron en ideologías ateas o, en general, antirreligiosas. El ateo Rushdie podría dedicar un rato a pensar sobre el fenómeno, muy digno de reflexión.

Con magnífico espíritu de tirano, el perseguido novelista dogmatiza que las religiones deben ser recluidas al ámbito privado “al que pertenecen, como tantas otras cosas que son aceptables en privado y entre adultos dueños de su voluntad, pero inaceptables en medio de la plaza del pueblo”. Perfecto. Pero resulta que muchos millones de adultos tan dueños de su voluntad como el novelista piensan de otra manera. ¿Qué harán los rushdies para forzarles a un comportamiento que no desean y que siempre fue aceptado como normal? ¿Quemarán las iglesias y catedrales que tanto les incomodan en medio de la plaza del pueblo? ¿Perseguirán a quienes prediquen su religión…? Bueno, en España, Francia, Rusia y otros lugares ya se ha hecho la prueba, acompañándola de abundante derramamiento de sangre, que no parece perturbar la elevada ética de este fanático perseguido por otros fanáticos.

En su simplicidad lindante con la simpleza, el escritor muestra gran preocupación ante el hecho de que la población useña se declare mayoritariamente creyente. Él prefiere la situación europea, donde sólo el 21% de la gente se declara religiosa… según ciertas encuestas. Y cita elogiosamente a Jacques Delors, ex presidente de la Comisión Europea, para quien “el choque entre los creyentes y los no creyentes será un aspecto dominante de las relaciones entre Estados Unidos y Europa en años venideros”. La atea Europa desea chocar con la creyente Usa, al parecer. También podría meditar el fanático Rushdie sobre la casualidad de que sean los creyentes useños quienes plantan cara al fanatismo islámico, defienden la democracia en el mundo y salvaron la libertad en la descreída Europa. Los Delors europeos siempre se han encontrado muy a gusto con las tiranías del Tercer Mundo y se han desentendido de sus crímenes, como en su tiempo se desentendieron de los de Stalin, por poner algún ejemplo significativo. El fanatismo es simple, poco útil ante la complejidad de la vida.

 (en LD, 9-5-2005)

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Paz, libertad, estabilidad y progreso

Blog I: Franco y la monarquía: http://www.gaceta.es/pio-moa/franco-monarquia-03062014-1956 

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Ha dicho Juan Carlos que su reinado se ha caracterizado por la paz, la libertad, la estabilidad y el progreso. Parece como si antes de él España sufriera de inestabilidad, quizá guerra,  falta de libertad y  atraso. Pero el aserto requiere algunas matizaciones.

   En primer lugar, la paz le ha venido dada, es la paz resultante de la derrota de la revolución y el separatismo en 1939. Y puesto que su monarquía viene también de Franco, de una decisión de Franco, no habría sobrado alguna alusión al respecto. Aunque se comprende que no resultara conveniente en las circunstancias actuales de falsificación oficial de la historia, por él consentida. Hay además un elemento de esa paz que no puede ser pasado por alto: el enorme terrorismo, incomparablemente mayor que en la época franquista.

   Por lo que se refiere al progreso, también partía de un progreso muy notable en el franquismo, si hablamos de economía. Tan notable que entonces España tenía prácticamente pleno empleo, apenas deuda pública  y una renta per capita equivalente al 80% de la media de los países ricos de Europa y con un grado de igualdad social (peso de los salarios en el conjunto del PIB) también muy notable. Hoy, la renta en comparación con los países más ricos ha descendido siete u ocho puntos, y el índice de igualdad social más de diez. En todo este tiempo, la economía ha crecido, pero no de un modo estable como antes, sino a saltos, con numerosas crisis y un alto índice de desempleo permanente. Hasta llegar a la situación actual, con cinco o seis millones de parados, el PIB probablemente falsificado y una deuda pública y privada simplemente impagable. Estos son hechos, no retórica.

   Claro que por progreso se pueden entender muchas cosas. Así, el enorme número de abortos, de fracasos matrimoniales y familiares,  la violencia doméstica, la elevada población penal (cinco veces superior a la del franquismo), el elevado fracaso escolar, la expansión de la droga y el alcoholismo, el homosexualismo, etc.  ¿pueden ser calificados de progreso? Los autodenominados progresistas así lo verán, sin duda, pues esos fenómenos provienen directamente de sus prédicas. Pero  seguramente pueden verse con otras perspectivas.

   Lo mismo cabe decir de la estabilidad: ¿es estabilidad un proceso de disgregación de nacional comenzado ya en la transición y que no ha hecho más que progresar (ahí si ha habido “progreso”), aliado con el terrorismo? ¿Es estabilidad el socavamiento del estado de derecho para premiar al terrorismo separatista? ¿Es estabilidad la creciente mediatización de la justicia y de los medios de masas?

  Y, en fin, hablemos de libertad. Como sabemos, debe distinguirse entre libertad política y personal. Hoy hay más libertad política que antaño, sin duda. Pero hay menos libertad personal desde el momento en que los poderes políticos se meten más en la vida de las personas, pretendiendo reglamentarla, que en tiempos de Franco. Esto me parece una evidencia. Y la democracia resultante está llena de taras que no voy a enumerar ahora.  Pero sobre la libertad política también debemos decir alguna cosa. Lo normal y deseable habría sido que esa libertad condujera a más libertad personal, más estabilidad y mayor progreso, cuando ha ocurrido, en general, lo contrario. Decir que podemos elegir a nuestros representantes es en gran parte falso. Podemos votarlos, pero luego hacen lo que mejor les parece. Y ese “lo que mejor les parece” ha conducido a la gravísima multicrisis que padecemos. Hay que decir que ninguno de los responsables del desaguisado parece tener el menor sentimiento de culpa o responsabilidad por lo ocurrido. ¿Se les puede llamar nuestros representantes?

     Alguna “analista” irrisoria ha dicho que Juan Carlos es el mejor rey de la historia de España. Esto revela algo peor que incultura: revela simple necedad. Aunque es cierto que no ha habido mejor rey que él desde 1975. Ahora se va en un mal momento, con los viejos demonios vencidos en 1939 otra vez desatados. Ha sido un reinado lamentable, aunque tampoco se trata de hacer sangre inútilmente. Solo de reconocer la realidad y buscar el mejor modo de salir del atasco, evitando retóricas vanas

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En caseta 307 (esfera de los libros) de la Feria del libro: “Sonaron gritos y golpes a la puerta”. Una reseña: http://lacuevadeloslibros.blogspot.com.es/2012/05/sonaron-gritos-y-golpes-la-puerta-de.html … … …

En la caseta 307 (Esfera de los Libros) puede adquirir “Nueva historia de #España“, mi libro más importante: http://libros.fnac.es/a632502/Pio-Moa-Nueva-historia-de-Espana … … …

Asimismo en caseta 307: “Años de hierro”: http://www.esferalibros.com/libro/anos-de-hierro/ … … …

Igualmente en caseta 307 de “La esfera de los libros” tendrán la reedición de “Los mitos de la Guerra Civil”, nunca rebatido

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Un rey poco fino.

Blog I, La abdicación, la reforma constitucional y un mal balance: http://www.gaceta.es/pio-moa/abdicacion-reforma-constitucional-mal-balance-02062014-1745 

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Juan Carlos recibió un país unido, reconciliado y próspero, la mejor ocasión para establecer una democracia firme  y no convulsa como las experiencias anteriores.  Deja un país en peligro de disgregación, con enorme paro, crisis económica y profundas divisiones sociales; y una democracia en plena involución, con la  autonomía judicial asaltada, partidos no democráticos que se disputan el poder, avances de los odios y las demagogias, corrupción extendidísima, terrorismo premiado por sus asesinatos.  Recibió un país con excelente salud social, y lo deja con una muy mala: enorme número de abortos, violencia doméstica y crisis de la familia, de la enseñanza, delincuencia, cinco veces más población carcelaria,  expansión de la droga y el alcoholismo, una juventud en gran medida retratada por el botellón y la chabacanería… En fin. Creo que este es el balance más apropiado de sus casi cuarenta años de reinado. Dudo que pase a la historia como el gran o al menos el importante monarca que sus turiferarios presentan.  No ha sido un rey muy patriota, baste recordar  sus actitudes sobre Gibraltar o Ceuta y Melilla o su beatería europeísta, con la cesión ilegal de soberanía a la burocracia de Bruselas.  Tampoco ha sido un ejemplo en otros aspectos digamos económicos, obsérvense sus amigos y diversos escándalos familiares.  Dejo aparte los aspectos personales, no siempre ejemplares, por así decirlo. Y por supuesto, hay elementos positivos, como sus relaciones internacionales para facilitar negocios a empresas españolas.

  Claro está que Juan Carlos no puede ser culpado de modo principal por estos hechos evidentes, ya que, entre otras cosas, su poder quedó muy limitado por la Constitución. Los principales causantes de las fechorías que han desembocado en la multicrisis actual han sido los dirigentes de la oligarquía PP-PSOE-separatistas, montada en la transición.  Unos individuos perfectos sucesores de aquellos que Azaña describió como capaces de una política “incompetente, de amigachos,  de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Pero también es cierto que el rey no ha sido en ningún momento  una barrera para tales “jugadores de la política” como los  llamaba Zugazagoitia, sino más bien un estímulo. Si en alguna ocasión lo intentó, la tentativa desembocó en la gran chapuza del 23-f.

  Juan Carlos, dice,  ha querido ser  rey de todos los españoles. Ningún político deja de querer  siempre cosas excelentes, pero eso tiene poca importancia. La tosca lección extraída por  los monárquicos de la experiencia de la Restauración ha sido que el rey debía atraerse a los intelectuales y a la izquierda, para mantenerse. Cuando Don Juan  jugaba peligrosamente con el país, hacia el fin de la SGM, su asesor Gil-Robles, ya convertido en un cantamañanas, le aconsejaba congraciarse con las izquierdas, pues la derecha “por la cuenta que le trae”, aguantaría todo. Ciertamente no habría podido  reinar sin cierta aquiescencia muy amplia, lo que implica traiciones y enemistades con quienes resultan preteridos; pero el precio del semiacuerdo con una izquierda nunca monárquica de corazón e incapaz de aprender de la historia podía resultar, ha  resultado, muy caro.

   El rey no ha sido, en suma, el mayor responsable de la situación, pero es su mejor símbolo. Su abdicación representa el fin del ciclo abierto con la transición, y ahora entramos en un período de mayor incertidumbre. Algunos se empeñan en la república, pero creo que a pesar de todo, a pesar de Juan Carlos, la monarquía es un factor de estabilidad y de continuidad, aunque sea, nuevamente, en un plano simbólico. Para desconfiar de la república basta recordar las dos desastrosas experiencias pasadas, pero resulta aún más alarmante oír a la masa de republicanos actuales, en nada mejores e incluso peores que los que tan bien retrataba Azaña mientras olvidaba sus propios errores.   

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