Cómo Fontana y Fusi tergiversan la historia

Blog I: Las bases de la  política exterior española son falsas:http://www.gaceta.es/pio-moa/bases-politica-internacional-espanola-son-falsas-02042014-1942

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Vimos en el artículo anterior que, contra lo dicho por el señor Fontana, ni Gil-Robles ni Franco estuvieron a punto de provocar la contienda civil con sus propuestas de aplicar el estado de guerra ante las coacciones y violencias callejeras de las izquierdas desde la noche de las elecciones del 36. Ni queda claro que aspirasen a modificar los resultados electorales, todavía desconocidos entonces. Azaña, por contra, sí había intentado anular en 1933 el indudable, pacífico y nada intimidatorio triunfo de la derecha en las urnas.

Vamos ahora con la segunda afirmación, según la cual “es franquista” sostener que la guerra empezó en el 34. La misma gracia ha hecho Juan Pablo Fusi, a quien tenía por más serio: “La tesis oficial del franquismo, que siempre sostuvo que la revolución de octubre de 1934 había deslegitimado a la República”. Estas coincidencias, ya lo he explicado en otra ocasión, no son casuales, y responden al instinto de las izquierdas para eludir el debate racional y convertirlo en campaña de propaganda. A base, siempre, de un muy escaso respeto por la verdad.

Los franquistas, que yo sepa, nunca han sostenido esa tesis “oficial”. Han señalado, desde luego, el caos aportado por las izquierdas a la república y culminado en 1934, pero han justificado su alzamiento del 36, ante todo, como respuesta al proceso revolucionario abierto por el Frente Popular desde febrero de ese mismo año. La idea del comienzo de la guerra en 1934 la expresó, por ejemplo, Gerald Brenan (“La primera batalla de la guerra civil”), y Salvador de Madariaga señaló que, con la insurrección de octubre, la izquierda perdía cualquier autoridad moral para condenar el posterior levantamiento derechista. Tal vez Brenan y Madariaga representen la versión “oficial”, del franquismo en la peculiar historiografía de estos señores. Después de leer sus extravagancias de estos años últimos, ya no se asombra uno de nada. La idea de que en el 34 empezó la guerra civil no es mía, y pocos franquistas la han sostenido. Lo que yo he aportado es, entre otras cosas, la documentación probatoria de la tesis. Documentos de la izquierda casi todos, contra lo que ciertos historiadores profesionales pregonan (dicen que copio a Arrarás, los muy… profesionales).

Y esa documentación demuestra que la Esquerra se declaró “en pie de guerra” cuando la derecha ganó en las urnas del 33, y que el PSOE, tras marginar al prudente Besteiro, organizó a conciencia la guerra civil, en sus propias palabras. Estos dos partidos, más la izquierda azañista, los comunistas y el PNV, crearon sistemáticamente, a lo largo de 1934, un clima de desestabilización y golpismo, culminado en la insurrección de octubre, auténtica guerra civil con un balance de 1.400 muertos en 26 provincias (no sólo en Asturias), y devastaciones de todo tipo, desde artísticas a industriales. Éstos son los hechos, olvidados tan a gusto por los supuestos recuperadores de la memoria histórica. Aquella insurrección, ya lo he dicho, pudo haber quedado en un suceso brutal, pero aislado, si sus promotores hubieran rectificado; pero no rectificaron en nada esencial, y en cuanto tuvieron ocasión, desde la propia noche de las elecciones de febrero del 36, volvieron a impulsar un proceso revolucionario.

Ante los datos ineludibles, el señor Fontana sale del paso con estas palabras: “Bueno, si no empezó en julio de 1936, tampoco lo hizo en octubre del 34, sino en 1932, con el intento de golpe de Estado de Sanjurjo. ¿Por qué quedarse en el 34?”. Pues se lo voy a explicar, una vez más: porque el golpe de Sanjurjo no provino de toda la derecha, sino de un sector marginal de ella, y por eso fue liquidado con la mayor facilidad (recordemos de paso que Sanjurjo había colaborado más que Azaña y muchos otros a la llegada de la república). Si el señor Fontana quiere buscar un paralelo a la sanjurjada puede encontrarlo en las insurrecciones anarquistas, emprendidas antes que la de Sanjurjo y mucho más sangrientas, pero que tampoco reflejaban entonces la actitud del grueso de la izquierda, sino sólo de un sector de ella. La insurrección del 34, en cambio, abarcó de un modo u otro a toda la izquierda, con excepciones contadísimas. La diferencia es crucial: cuando el grueso de la oposición se alza contra las elecciones y normas democráticas, y no rectifica luego, la convivencia democrática se vuelve imposible. Si el señor Fontana no consigue ver estas diferencias, hay para preguntarse qué clases habrá dado en la universidad.

Comete este historiador muchos otros errores, como olvidar el golpismo de Azaña o trazar una versión rosácea del también golpista Companys, hablar de “los catalanes” y “los vascos” cuando en realidad se refiere a los nacionalistas, que representaban a los vascos y os catalanes tanto como los comunistas o los socialistas a los obreros, es decir, representaban una calamidad para todos ellos.

Se haría muy largo extenderse sobre tales enredos, que tanto han degradado la universidad. Abreviaremos yendo a la raíz de ellos: las concepciones marxistas del señor Fontana, prevalecientes en la historiografía española durante treinta años. Esa ideología, lo he explicado en varias ocasiones, no sólo es antidemocrática, sino falsa de raíz, y por tanto sólo puede producir una descomunal acumulación de enredos y malentendidos, verdaderas bibliotecas para nada.

Y el marxismo español ha resultado especialmente estéril. Observemos aquí su “metodología”: no le preocupa lo más mínimo qué pueda haber de cierto o falso en la tesis del comienzo de la guerra en el 34. Lo que preocupa a esas “autoridades” es colocar a la tesis la etiqueta más eficaz para desacreditarla, con un criterio exclusivamente propagandístico. Vieja táctica, como ha recordado hace unos días Pablo Molina: ya en los años 40 la dirección del Partido Comunista soviético instruía así a los suyos: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente». Fácilmente se reconocerá en esta receta la actitud de tantos presuntos intelectuales y periodistas hacia mi modesta persona.

A decir verdad, esas instrucciones apenas eran necesarias, pues derivan con férrea lógica de las doctrinas marxistas, para las cuales la verdad carece de valor. La historia, aseguran, consiste en el desarrollo de la lucha de clases, y lo importante, lo verdadero, es identificarse con lo que llaman intereses del proletariado o del pueblo. No hay otra verdad. La historiografía se convierte en lucha ideológica, en propaganda, vamos, contra los “intereses burgueses”. Su verdad se mide por su eficacia en esa lucha. Así, da igual si la tesis sobre el año 1934 es veraz o no: a estos cerriles señores les suena a “reaccionaria”, y por tanto debe ser rápidamente etiquetada y desacreditada. Y da igual también que en nombre de esos quiméricos “intereses populares” los propios marxistas se hayan asesinado entre sí a mansalva, y se hayan tratado de “socialfascistas” y de agentes del nazismo. En cuanto al marxismo español, su especial tosquedad le blinda contra la experiencia histórica.

No quiero decir que Fusi, o muchos otros que así obran, sean marxistas. Pero en la base de sus actitudes están las simplificaciones y la deshonestidad intelectual de esta ideología, tan extendida en versiones más o menos diluidas. Hasta gran parte de la derecha universitaria, baste pensar en Tusell, reverenció cómicamente a los agresivos y dominantes seguidores de Tuñón, Pierre Vilar y compañía. Pero su hegemonía, devastadora hegemonía, toca a su fin. Sólo hay que ver su forma simplona de huir, de defenderse contra un debate racional.

 (En LD, 30-8-2005)

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Significado histórico del 1 de abril de 1939. Una comida con Gonzalo Anes

Blog I: Los misterios del 23-f:  http://www.gaceta.es/pio-moa/los-misterios-23-f-31032014-1122

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El 1 de abril de 1939 emitía el general Franco su celebérrimo y sobrio último parte de la guerra.  Había terminado la guerra civil española del siglo XX (otros muchos países europeos sufrieron guerras civiles, aunque el tópico del especial “cainismo español” no deja de ser repetido como una de esas bobadas que, según Azaña, arraigan más que las acacias).  Hoy es indudable para cualquier persona documentada que la contienda la iniciaron las izquierdas  casi en pleno en octubre de 1934, sublevándose contra la legalidad republicana impuesta por ellas mismas. No lograron su objetivo entonces, pero sí 16 meses más tarde, en las fraudulentas elecciones del Frente Popular. Y fue el derrumbe de esa legalidad la que causó en definitiva la reanudación de la guerra civil en julio del 36, cuando una masa de la población se negó a dejarse aplastar en una situación sin ley. No suele señalarse que la concepción de la ley por las izquierdas conduce a desfigurar esta para convertirla en instrumento de dominio arbitrario, en lugar de medio de armonización o equilibrio entre  los diversos intereses y diferencias sociales.

Las explicaciones más comunes de la Guerra de España hunden sus raíces en el marxismo,  tanto dentro como fuera de España. Lo he examinado muchas veces en autores muy varios, incluso de derechas. A esa corriente, hoy en retroceso, por más que siga hegemónica en cátedras y medios de masas,  le viene sustituyendo una versión sentimental-moralista, según la cual parece que de pronto a los españoles les dio por matarse entre sí, sin que viniera mucho a cuento.  Aunque suele culparse más al bando nacional, por haberse rebelado, y exculparse algo a los “republicanos”, que, aun con mil fallos, habrían defendido al menos la legalidad. En el seminario sobre la guerra civil me he extendido un poco sobre estos análisis, que en realidad no lo son.

Por ejemplo, el historiador García de Cortázar, próximo al PP, presentó hace unos años una serie del diario El Mundo sobre la guerra, una “historia de dos odios”, decía. Según él,  los franquistas inventaron el mito de la inevitabilidad del conflicto.  No recuerdo que los franquistas consideraran la contienda inevitable en ese estilo algo metafísico, y a Gil-Robles, autor del libro No fue posible la paz, pocos le llamarían franquista. Y con tal  planteamiento, leemos verdades como ésta: para evitar la guerra, “hubiera bastado con que un buen número de españoles no hubiese decidido resolver sus decepciones a cañonazos o revoluciones; hubiese bastado con que un buen número de españoles no hubiera considerado indigno convivir en la misma República y compartir el mismo país”. Nadie podrá objetar al aserto, empezando por Pero Grullo. Pero en el mundo real no hubo ese “buen número de españoles”, y quizá el historiador debiera buscar la causa, más bien que exhibir sus (fáciles)  buenos sentimientos. 

Y cuando  Cortázar amplifica sus especulaciones cae en la desvirtuación: “Hubiera bastado que los conspiradores militares se hubiesen mantenido fieles al juramento de lealtad a la República”. Pero si entendemos por república una legalidad democrática, el juramento carecía de valor en julio del 36, pues la república, agrietada por el asalto izquierdista de octubre del 34, se derrumbó desde las elecciones de febrero del 36, no democráticas. Fueron los  políticos  de izquierda quienes traicionaron su juramento o promesa de guardar y hacer guardar la ley, rebelándose primero, en 1934, contra un Gobierno legítimo,  e impulsando después un violento proceso revolucionario. ¿Puede un historiador  sustituir estos datos por  especulaciones “buenistas” ? Como cabe imaginar, de ahí solo pueden salir desvirtuaciones concatenadas, sobre las que no me extiendo aquí.

Peor lo hace Pedro J. Ramírez, para quien la guerra se produjo  entre canallas y sádicos sayones“, que habrían arrastrado contra su voluntad a “cientos de miles de hombres buenos y millones de familias que simplemente pasaban por allí“. Una lucha “entre pájaros y ratones”, explica metafóricamente, en la cual él  nunca habría participado por considerarse “murciélago”, es decir, por reunir rasgos de  ratón y de pájaro, cabe suponer que los más positivos de cada cual, no los de sayones y canallas. Sentado cómodamente en su despacho, ajeno a las tremendas tensiones de los años 30 y sin más esfuerzo físico o moral que deslizar los dedos sobre el teclado, don Pedro puede condenar a diestra y siniestra, excluyéndose generosamente a sí mismo y a quienes, con no menor generosidad, incluye en el catálogo de los “murciélagos”.  En pro de su tesis, Pedro J. cita a Juan Benet, que explica así las cosas“La República y el estado democrático quedaron pulverizados el 18 de julio por la acción conjunta y simultánea de dos revoluciones extremistas lanzadas contra él en un mismo día (…)”. Es decir, unos locos o canallas de un lado y otro decidieron un buen día, llevados de simple vesania, acabar con una república democrática… para entonces ya inexistente, por lo demás.  

   Esos murciélagos forman lo que se ha dado en llamar  “tercera España”, presentada como los individuos más lúcidos razonables y demócratas, en contraste con el brutal fanatismo de las otras dos. Pero esa versión, demasiado fácil para ser realmente moral, no se justifica. ¿Cómo gentes tan lúcidas no supieron impedir la catástrofe cuando tenían a su favor a millones de personas distintas de los “sayones y canallas”? ¿Cómo no alertaron a las buenas gentes de la amenaza? ¿O no se percataron de la marcha hacia el desastre?  Pues no, en efecto. No se enteraron, no quisieron o no supieron hacer nada práctico, y por ello sus quejas y acusaciones quedan en declamaciones retóricas a destiempo. En realidad, casi nadie “pasaba por allí” simplemente, sino que las tensiones y odios aquejaron a toda la sociedad española, y casi todo el mundo tomó partido. Algunos, esa “tercera España” o “murciélagos”,  prefirieron marginarse por razones muy varias, desde el mero instinto de conservación hasta la imposibilidad de hacer carrera en ningún bando, pasando por un rechazo a ambos, no necesariamente lúcido ni democrático.

En fin, de lo que se trata en definitiva, y es algo que queda oculto o difuminado la mayoría de las veces, es de saber qué defendía cada bando, una vez la caída de la legalidad imposibilitó la convivencia. Sin aclarar esta cuestión, el conflicto se convierte en galimatías. El Frente Popular y sus allegados, afirman aún hoy muchos, insultando a la inteligencia, defendía la democracia y la república: justamente había destruido la república y ninguno de sus partidos era democrático. Lo que representaba el Frente Popular era la revolución, o más propiamente, varias revoluciones opuestas entre sí: los separatistas buscaban disgregar a España (una revolución); los comunistas, socialistas y anarquistas, fuerzas predominantes, perseguían sus revoluciones respectivas; y los republicanos de izquierda, aliados con todos ellos y golpistas contra la república, perseguían algo parecido al PRI mejicano.  Y todos trataban de erradicar a la Iglesia y al catolicismo.

Los nacionales no eran demócratas ni lo pretendían. Se levantaron para defender la integridad de la nación española y la permanencia de su cultura cristiana. Estas dos cuestiones eran más básicas y permanentes que la democracia, un régimen inviable si varios de sus principales partidos aspiran a destruirla, como ocurrió en la república. Según las izquierdas, la defensa de la nación y de la religión eran solo pretextos para mantener una situación de atraso, miseria, oscurantismo y privilegio de unas castas dominantes. Pero están claras dos cosas: a) que la integridad nacional y el catolicismo corrían peligros gravísimos, como se encargaron de demostrar sangrientamente las izquierdas y el PNV. b) que el triunfo de los nacionales ha traído la época de mayor progreso económico y social para España en los últimos dos siglos, con el fin del hambre, del analfabetismo, la expansión de la enseñanza a todos los niveles, etc. Y con un alto grado de libertad personal, aunque más restringida la política, cada vez más liberalizada, no obstante, desde los años 60.

En breve resumen, este es el significado del 1 de abril: la victoria de quienes defendían la cultura cristiana y la integridad nacional, lo cual redundó en el período económica y socialmente más fructífero para España y en la paz más prolongada, que continúa, en al menos dos siglos. El franquismo no tuvo oposición democrática, no había demócratas en sus cárceles, sino comunistas y/o terroristas. Gracias a las condiciones creadas por él, fue posible la transición a una democracia no convulsa, al contrario de la republicana. Una democracia deformada y amenazada precisamente por quienes simpatizan con la “democracia” del Frente Popular. De ellos vienen el terrorismo, la corrupción desbocada, el ataque a la independencia judicial, los separatismos, el renacimiento de provocaciones y agresiones semejantes a los de los años 30, la falsificación sistemática del pasado, los graves índices de enfermedad social…

Dicen algunos que ocuparse de la guerra civil es de chiflados y que en todo caso no tiene importancia ni repercusión sobre el presente. Es exactamente al revés. Con motivo de este 75 aniversario de la guerra se ha reeditado, con algunas modificaciones, Los mitos de la Guerra Civil.  He tenido que corregir muy poco, pese a los once años transcurridos desde su publicación, porque ha superado todas las críticas en este tiempo. Por ello me  permito recomendarlo a quienes no lo hayan leído y sean conscientes de que “un pueblo que olvida su historia se condena a repetirla”, en frase de Santayana.

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Ha muerto Gonzalo Anes, un historiador importante. Lo conocí en una comida en la que también estaban Pedro Schwartz y otras personas del mundo de la historia o relacionadas con él. Se trataba de promocionar por diversos medios  mi libro  Nueva historia de España, que les había parecido excelente. Como una forma, también, de romper el boicot con que me obsequian las izquierdas en la universidad y similares, aunque ese boicot no me importa demasiado:  creo que con él se retrata esa gente y la que por cobardía moral o complicidad pasiva, le sigue la corriente. El hecho es que después todo quedó en nada, y no me preocupé de saber a qué presiones o maniobras respondía aquel silencio. Volví a verle en ocasión de una conferencia de Aquilino Duque sobre Menéndez Pelayo en la Academia de la Historia, y me dio la impresión de estar algo molesto. No le pregunté tampoco.  No soy quién para juzgar a un historiador desde luego importante, ya digo, de quien solo he oído hablar bien  y con quien he tenido muy poco trato. Solo el lamentable suceso de su fallecimiento me ha traído a la memoria aquel encuentro. Algo más: concluyó  el monumental diccionario biográfico que ha levantado la inquina de  unas izquierdas, como siempre afectas al Himalaya de falsedades de que hablaba Besteiro. Eso indica que la obra ha de tener grandes virtudes.

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La ruptura de la Constitución, o de aquellos polvos…

Viernes, 28 de marzo, a las 19,30, en Centro Riojano de Madrid, Serrano 25,  presentación de “Los nacionalismos vasco y catalán en la guerra, el franquismo y la democracia”

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Blog I: Los supuestos años perdidos del franquismo: http://www.gaceta.es/pio-moa/anos-perdidos-franquismo-27032014-1418

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(En LD, 4-XI-2005: De aquellos polvos…)

La ruptura de la Constitución

Lo ocurrido en el Congreso el 3 de noviembre ha sido ni más ni menos que la ruptura de la Constitución y, por tanto, del amplísimo consenso que ésta tuvo detrás y seguramente sigue teniendo. Es una ruptura fundamental, y caeríamos en una frivolidad suicida si nos negáramos a ver su alcance. Cierto que, por flaqueza de los gobiernos en la aplicación de la ley, la Constitución, y con ella la democracia, apenas ha regido en las Vascongadas, y sólo algo más en Cataluña. Pero tal situación, aunque dolorosa y cargada de peligro, podía considerarse llevadera en tanto no se extendiera al resto del país. La admisión en el Parlamento de un proyecto de estatuto indudablemente anticonstitucional marca la generalización del clima prevaleciente en aquellas dos regiones, arrojando muy oscuras sombras sobre el porvenir de España. Siempre en estrecha relación con el terrorismo.

La izquierda –no digamos los separatistas– vuelve a la tradición resentida por Azaña: “Lo que me ha dado un hachazo terrible, en lo más profundo de mi intimidad, es, con motivo de la guerra, haber descubierto la falta de solidaridad nacional. A muy pocos nos importa la idea nacional. Ni aun el peligro de la guerra ha servido de soldador. Al contrario: se ha aprovechado para que cada cual tire por su lado”. Si Azaña hubiera tenido un mínimo sentido autocrítico, habría notado que la idea nacional no podía calar debido a la imagen profundamente negativa de España y su historia que las izquierdas, y él mismo, habían difundido sin tregua. Hoy estamos en las mismas.

Cabría extenderse sobre el increíble cinismo con que los autores de esta fechoría histórica pretenden adormecer a la opinión pública, afirmando que no pasa nada, que no hay peligro ni debe crearse “alarmismo”, ni mucho menos “sembrar odio”, que la democracia es así, etc. Pero tampoco es hora de lamentaciones. Son los de siempre, los corruptos enterradores de Montesquieu ávidos de dinero público, antifranquistas de después de Franco y pesebristas por cuestión de principios. Y también acertó a describirlos Azaña: “Una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. El botín de estos amigachos es ya la propia España.

Se ha escrito que el país vuelve a quedar dividido en dos, porque más del 40% de los diputados, la parte más sana de las Cortes, votó contra la tropelía. En realidad, ese Parlamento no representa a la sociedad, pues sin duda la proporción de españoles partidarios de la Constitución y, por tanto opuestos al estatuto, suma una gran mayoría. Y a esa mayoría hay que recurrir urgentemente, explicándole cómo la ley que permite la convivencia en paz y libertad está siendo hundida, mediante actos consumados e intrigas, por los “jugadores de la política”, como los llamaba Zugazagoitia, por los demagogos dedicados a “envenenar la conciencia” del pueblo, en expresión de Besteiro.

¿Quién ha de contrarrestar a los demagogos? Hace poco Rajoy habló de movilizar a los cientos de miles de afiliados de su partido para explicar la situación a la opinión pública. Si tantas personas realizasen una campaña explicativa, bien orientada y organizada, neutralizarían las argucias de los faltos de una idea nacional, como decía Azaña, y su predominio en los medios de masas. Incluso la décima parte de esos afiliados, movilizada en serio, podría llegar al país entero y clarificar la actual atmósfera de confusión.

Pero aun si el PP fuera capaz de tanto, cosa dudosa, no bastaría. El peligro atañe a toda la sociedad, por encima de cualesquiera intereses de partido, y existe una gran masa de gente de tendencias izquierdistas, incluso nacionalistas, alarmada por las intrigas balcanizantes de los demagogos. Cada cual debe plantearse qué puede hacer, y hacerlo. Deben surgir asociaciones formales o informales para alertar a la sociedad antes de que sea tarde. Un ejemplo: este sábado el Foro de Ermua va a presentar un manifiesto en la Puerta del Sol de Madrid. Es preciso que llegue a todos los ciudadanos.

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Por qué el antifranquismo no pudo traer la democracia

 

  Si se pregunta al ciudadano corriente, sobre todo si es joven, sobre la transición, responda que esta fue obra del antifranquismo. Cosa lógica, pues ¿cómo podría salir la democracia de un régimen presentado por casi todos –también por gran parte de la derecha—como una dictadura siniestra y criminal, asimilada al fascismo o al nazismo? Naturalmente, esa pintura choca con el dato evidente de que los organizadores de la transición fueron un rey designado por el dictador (“asesino” o “genocida”, insisten muchos) y numerosos políticos que habían hecho su carrera política en aquel régimen nefando.  ¿Cómo conciliar una cosa con la otra? ¿Cabría pensar, por ejemplo, que los franquistas estaban muy asustados por la gran fuerza de sus enemigos, y que por ello decidieron a adelantarse antes de ser arrasados por la presión de un pueblo indignado y sediento de libertad? Pero ¿cómo iba el pueblo a aceptar semejante farsa? ¿Quizá por evitar violencias el pueblo y los antifranquistas se habrían mostrado  generosos con aquellos sinvergüenzas, ya que, al menos a última hora, se declaraban demócratas?  Así podría entenderse, posiblemente, el proceso.

   Sin embargo sabemos muy bien –aun si lo ignora la gran mayoría “informada” por la televisión y otros medios—que los antifranquistas tenían poca fuerza; que se opusieron con uñas y dientes a aquella transición, intentando incluso una huelga general; y que fracasaron. Sabemos  que el pueblo, supuestamente indignado con la farsa, votó muy masivamente la transición propugnada por jefes del Movimiento franquista. Es decir, el pueblo, por gran mayoría, hizo caso omiso de los llamamientos a una rupruta que enlazaría la democracia con el Frente Popular, y en cambio respaldó la llamada reforma de los franquistas, la evolución “de la ley a la ley”, que reconocía implícitamente la legitimidad de aquella dictadura supuestamente espantosa.

    Y sabemos — aunque la gran mayoría prefiera ignorarlo–, que el Frente Popular, compuesto por comunistas, socialistas revolucionarios, anarquistas, separatistas y golpistas varios—era precisamente lo más antidemocrático que había entonces en España. O sea, si la oposición a Franco quería una ruptura basada en la reivindicación del Frente Popular y una república convulsa, era porque dicha oposición tampoco tenía nada de democrática. Es preciso volver una y otra vez a la evidencia para entender algo en medio del galimatías en que se ha convertido la política y el análisis político en España.

   Y, en fin, ¿quiénes eran los antifranquistas? La única oposición real a  Franco desde 1939 a 1945 fue la comunista. El hecho de que el PCE empleara a menudo –vieja tradición en él– la invocación a “las libertades” y la “democracia” como cobertura táctica de sus aspiraciones totalitarias, no debiera engañar a nadie; pero ha engañado a bastantes que pasaban por inteligentes. Aparte del PCE, que solo renunció al terrorismo cuando este fue vencido,  salieron a última hora grupos terroristas como la ETA, el FRAP o el GRAPO. Otra evidencia: la oposición al franquismo fue esencialmente totalitaria y a menudo brutal, asesina. En las cárceles del régimen no había demócratas, solo unos centenares de comunistas y terroristas, básicamente.

  Y preguntará algún ingenuo: ¿dónde estaban los demócratas, entonces? Pues la inmensa mayoría de ellos, que no eran una gran masa, vivían y prosperaban perfectamente en aquella situación, muy a menudo como funcionarios en el propio aparato del régimen. Como todo el mundo, emitían quejas, desde luego, pero no sentían sus ideales tan castigados como para rebelarse. Muchos podían escribir en la prensa, harto más plural de lo que ahora se pretende, o publicar obras literarias, a veces con un mensaje contrario al régimen, incluso pro comunista, y podían recibir premios. Algunos, los más torpes, entraban en los montajes “unitarios” dirigidos por los comunistas.

   ¿Y el pueblo? ¿Acaso el pueblo no aspiraba a la libertad? Aquí debemos distinguir entre libertad política y libertad personal. Suelo citar a Solzhenitsin y a Kolakowski, que en sus impresiones de España ponían de relieve lo que Julián Marías señala ya en los años 40: en España había una gran libertad personal. Al revés que en los países totalitarios, el estado se metía poco en la vida de las personas, menos también,  seguramente, que ahora. Reprimía los ataques directos a Franco y no muchas cosas más. La literatura, el arte y gran parte de la prensa pudieron  desarrollarse, a pesar de cierta censura, al margen de cualquier directriz oficial, sobre todo desde mitad de los años 60 –y es significativo que conforme el régimen se liberalizaba, la oposición se volviera más radical y  violenta –. Los partidos estaban prohibidos, pero las distintas “familias” del régimen tenían cada una sus organizaciones y órganos de expresión no pocas veces enfrentados entre sí, y había otros órganos al margen de ellos. En fin, la mayoría del pueblo mostraba poco interés por unas libertades políticas de cuyas ventajas desconfiaba tras la experiencia de una república desastrosa, un Frente Popular de orientación totalitaria y una guerra civil. En cambio, percibía cómo se había librado de la guerra mundial y prosperaba en paz y con bastante orden.

   Para el último año de Franco, su régimen estaba agotado: carecía de relevo personal y, sobre todo, la Iglesia lo había dejado en el vacío al separarse de él: la transición era imprescindible. Pero solo podía hacerse a partir del franquismo. Si hubiera caído en manos de los antifranquistas habría sido un caos de salida muy incierta, peor que la de Portugal, tan próximo por entonces a la guerra civil.  Una gran desgracia para España ha sido la colusión  histórica entre izquierdas y separatistas, que volvió a cobrar auge cuando Suárez desnaturalizó la transición haciendo concesiones desmesuradas e innecesarias a tales fuerzas. Concesiones cuyo peligro vieron algunos entonces y hoy palpamos en sus consecuencias.

Otra evidencia: todos los peligros para la democracia en España tienen el sello antifranquista: el terrorismo, la oleada de corrupción comenzada imparablemente con el PSOE,  la corrosión y práctica eliminación de la separación de poderes, el empuje de los separatismos, la corrupción de los medios de masas… La izquierda y los separatistas no han acabado de democratizarse, ni siquiera de civilizarse, y por ello  hemos llegado a la actual situación.  

   Como venía a decir Cicerón, cuando la memoria se pierde, la gente se infantiliza y puede creer cualquier fábula, las fábulas que  tantos políticos y periodistas vienen contando sobre Suárez. Según Santayana, un pueblo que olvida su pasado se condena a repetirlo. A repetir lo peor de él.  

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Parece haber contradicción entre las creencias y su práctica, la práctica de las normas derivadas de ellas, pues casi nadie las cumple con rigor. Y sin embargo el arte, la literatura, la legislación…  se basan en creencias. Podríamos considerar estas al modo de la estrella polar, tan lejana y ajena, tan inalcanzable  y que, no obstante, facilita una orientación no muy precisa pero suficiente en este mundo.

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Tesis sobre la Transición

Blog I: Torcuato y Suárez, o la Transición: http://www.gaceta.es/pio-moa/suarez-torcuato-o-transicion-25032014-1927

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Tesis sobre la Transición

‘La Transición de cristal’

La versión de la Transición aquí ofrecida diverge de modo fundamental, incluso invierte, la inmensa mayoría de las interpretaciones circuladas durante estos años.  “Con much0, el mejor libro individual sobre la Transición, de lectura indispensable para conocer las raíces políticas de la España actual” (Stanley Payne)

Las tesis y conclusiones básicas pueden resumirse en los siguientes puntos:

1. La jerarquía eclesiástica tuvo un peso mucho mayor del que suele reconocérsele, y no siempre benéfico, en la gestación de la Transi­ción. Contribuyó más que nadie a debilitar al franquismo y a promover a sus enemigos. Estos eran fundamentalmente los marxismos, los separa­tismos y el terrorismo, que en los años treinta habían intentado erradicar el catolicismo de España mediante métodos brutales, por los que nunca manifestaron la menor pesadumbre. Ya en la Transición, el episcopado desempeñó un papel mucho más discreto. La política eclesiástica entre los años 1964 y 1975 tendría un alto coste para la Iglesia y nunca le ganó la gratitud de sus beneficiarios: aparentemente cosechó lo que ha­bía sembrado. La sociedad se descristianizó en gran medida, una tenden­cia general europea, quizá ayudada aquí por la propia acción eclesiástica.

2. La Transición se planteó como una pugna entre el franquismo reformista y el antifranquismo rupturista. Esta evidencia clave queda nublada o desvirtuada en la mayoría de las historias e interpretaciones de la época, lo cual desenfoca el proceso y enturbia su comprensión.

3. El origen franquista de la Transición resulta poco discutible, no sólo por sus personajes (el Rey, Fraga, Torcuato, las Cortes, los Gobier­nos de Suárez…) sino por cambiar “de la ley a la ley”, reconocimiento implícito de la legitimidad del régimen anterior, y no del Frente Popu­lar, como deseaban los partidarios de la ruptura. La salida reformista evitó seguramente convulsiones como las que acompañaron la Transi­ción de 1930-31.

4. La paradoja de una democracia procedente de una dictadura se resuelve fácilmente. Con la muerte de Franco, su régimen podía con­siderarse agotado y la mayor parte de su clase política así lo entendió, considerándolo una respuesta extraordinaria, y por tanto transitoria, a una crisis histórica extraordinaria. Al contrario de la leyenda corriente, se trató de una dictadura no totalitaria sino autoritaria, evolutiva, con bastante libertad personal, un estado relativamente pequeño y economía básicamente de mercado. Por eso las transiciones en otros países han sido más fáciles allí donde la dictadura se parecía a la franquista, y más difíciles donde tenía más elementos de totalitarismo.

Franco y Don Juan Carlos, en la Plaza de Oriente.5. Aunque la Transición gozó de un ambiente favorable en Usa y Europa Occidental, fue un proceso eminentemente interno, a partir del desarrollo y las fuerzas políticas españolas. La mayor intervención exte­rior quizá se registró en relación con el PSOE, para convertirlo en la gran alternativa de izquierda en España. Por ello puede decirse que la española es una de las pocas democracias europeas actuales nacidas de sus propias condiciones sociales y no de la actuación de Usa en la II Guerra Mundial.

6. La Transición navegó, por así decir, entre la Escila del franquismo continuista y la Caribdis del antifranquismo rupturista. Este último aspiraba a saltar sobre cuarenta años de historia para enlazar con la su­puesta legitimidad de un Frente Popular en realidad antidemocrático. En cuanto al búnker continuista, y contra la versión más generalizada, fue muy débil y sin alternativa política, y sólo cobró peligrosidad debi­do al desorden y al terrorismo de izquierda: sin ellos no habría habido, seguramente, conspiraciones militares ni el golpe del 23-F.

7. La oposición rupturista constituyó, también contra cierta leyenda, un riesgo para la Transición mucho mayor que el búnker, al que alimentó con sus radicalismos. Dicha oposición puede dividirse entre la que prac­ticaba el terrorismo y la que no lo hacía, y en ninguno de los dos casos era democrática. La identificación entre antifranquismo y democratismo es uno de los mitos causantes de mayor confusión. El totalitarismo de la ETA o el Grapo no precisa aclaración, pero poco se entenderá olvidando que el otro sector rupturista, agrupado en torno al PCE y el PSOE, era adepto a ideologías profundamente antidemocráticas, a las que sólo re­nunció, muy a medias, porque, tal como observó Fernández Miranda, esos partidos sólo aceptarían la democratización si se sentían débiles. No debe perderse de vista que las ideologías totalitarias –la estaliniana y la nacionalsocialista, por ejemplo– han estado siempre dispuestas a utilizar las ventajas de la democracia liberal como instrumento para des­truirla, según hizo el PSOE durante la república, debido a su marxismo.

8. En cuanto al PSOE, y de modo similar a como ocurrió en la repúbli­ca, se convirtió en un partido decisivo, en gran medida gracias al olvido de su trayectoria, pues el propio franquismo había culpado ante todo al PCE. El Partido Socialista –está hoy plenamente documentado– fue el agente principal en la destrucción de la legalidad republicana causante de la gue­rra civil. La ideología inspiradora de aquellas conductas sólo fue abando­nada por el PSOE en 1979, y lo fue de modo muy parcial y sin sustituirla por otras ideas. Por tanto, mantuvo y mantiene una carga totalitaria, muy semejante en sus líneas generales a la de la ETA, pues ambos se consideran socialistas y visceralmente antifranquistas, entre otras cosas. Rodríguez Zapatero ha afirmado que su partido mantiene íntegras las viejas tradi­ciones, lo cual ayuda a entender sus movimientos anticonstitucionales recientes.

9. Sobre el ejército, otro mito corriente le achaca una tutela conmina­toria sobre la Transición. Idea contradictoria porque, como el resultado fue un régimen de libertades, el ejército habría sido al mismo tiempo adverso y favorable a él. La cúpula militar había vivido la guerra y cono­cido el Frente Popular, por lo que prefería la continuidad del franquis­mo, actitud compartida en grado algo menor por la oficialidad joven. Pero unos y otros carecían de vocación intervencionista en política, y aceptaron la reforma, siempre que la violencia terrorista y los ataques a la unidad nacional no se hicieran demasiado amenazantes. Lo cierto es que el desorden y la incertidumbre llegaron bajo Suárez a niveles tan altos que causaron máxima alarma no sólo a los militares sino a gran parte de los políticos y de la población, hasta desembocar en el revelador episodio del 23-F. Por otra parte, de haber estado el ejército dividido como en 1936, habría sido más fácil que se impusiera –con mayor trauma– el rupturismo, que, hoy está claro, no era en absoluto democrático. Pero las fuerzas armadas permanecieron esencialmente unidas, y ese mero hecho disuadió a muchos políticos de aventuras azarosas.

10. Por lo que respecta al terrorismo, a lo largo del siglo XX ha tenido en España una incidencia política superior a la de cualquier otro país europeo, y, en su carácter de rupturismo radical, la tuvo extraordinaria en la Transi­ción. Generó permanente inseguridad y descrédito de la democracia, y en varios momentos estuvo cerca de provocar una involución. El terrorismo de ultraderecha, muy inferior en sangre y peligrosidad, y políticamente más torpe, constituyó una respuesta al de izquierda, ambos con inten­ción desestabilizadora. La ETA, muy destacadamente, ha acompañado a la democracia como un corrosivo de ella. Su peligro procede, aún más que de sus propias acciones, de las muy variadas complicidades que ha en­contrado so capa de “solución política”. Sólo cuando el Gobierno de Aznar aplicó claramente la “solución policial”, la ETA fue acorralada y neutralizada en gran medida. Sin embargo, volvería a primer plano desde 2004, cuando el Gobierno de Rodríguez Zapatero volvió a la “solución política” a una escala nunca antes vista, justificando de hecho los críme­nes anteriores de la ETA y recompensándolos con unas concesiones políti­cas inauditas contra el estado de derecho, la Constitución y la integridad del país. Puede decirse que, a través de la “solución política”, la ETA ha condicionado la democracia mucho más profundamente de lo que la mayoría de los analistas han querido ver.

11. La prensa, en especial la autodenominada progresista, influyó no­tablemente, ya en vida de Franco, para orientar a la opinión pública y condicionar la política. Su papel no siempre fue positivo, a causa de su apego a la demagogia radical y rupturista, su propensión a un sentimen­talismo ideológico hueco, a una propaganda favorable a la ETA y a los radicalismos y dictaduras también autodenominados progresistas fuera de España; o a banalizar la historia del país y difundir teorías infamantes contra ella, etc. El episodio Solzhenitsin volvió a poner al descubier­to toda una concepción ideológica de muchos periódicos. Como lado positivo, la mera invocación periodística a la democracia surtió efectos beneficiosos, pero en opinión de quien esto escribe pesó más la carga negativa. Los medios de comunicación han llegado a ser motejados de medios de confusión, y algo de eso tienen, con las debidas excepciones.

12. Rasgo importante de la Transición, no muy estudiado, fue una rápida inversión de valores y costumbres, en su mayor parte perjudicial (droga, alcoholismo, delincuencia, crisis familiar, etc.), que define un fuerte retroceso en la salud social del país.

13. Visto en perspectiva, probablemente el diseño más razonable de la Transición fuera la reforma pensada por Fraga, que la oposición iba aceptando una vez desbaratados sus iniciales ímpetus de ruptura. El diseño de Torcuato, más complicado y con más riesgos, mantenía sin embargo los principios “de la ley a la ley” y “debilidad de la oposición”. Por el contrario, una vez Suárez llegó a dirigir el proceso, la reforma tomó rumbos que la historia posterior demostraría muy inciertos.

14. El juicio dominante sobre Suárez ha pasado de ser muy desfa­vorable a convertirle en el héroe y factótum de la democracia. Tal ban­dazo en la opinión obedece, en parte, a la comparación con el período felipista; en todo caso, los elogios últimos han sido harto desmesurados. Suárez tuvo importantes aciertos puntuales, como la derrota de la huelga general de noviembre de 1976 o la legalización del PCE, pero su línea general resultó, cuando menos, desafortunada. Buscó difuminar el ori­gen franquista de la Transición y de él mismo, sumándose, al menos por omisión, a las desvirtuaciones de la izquierda y de los nacionalistas regio­nales. Su manejo de la crisis económica fue mala y la del terrorismo peor; molestó innecesariamente al ejército y, llevado por su afán de esfumar el pasado, impidió acuerdos con AP para contrapesar el empuje creciente de la izquierda y los nacionalistas, lo cual repercutió en la desintegración de la propia UCD; gobernó con excesivo personalismo y a menudo al margen de la “luz y taquígrafos”, siguió una política exterior ambigua y, por fin, llevó al país a la crisis que abocó a su dimisión y al golpe del 23-F.

15. Resultado fundamental de la gestión de Suárez fue una Consti­tución bastante contrahecha: en conjunto, y gracias en buena medida al impulso previo de Fraga y Torcuato, puede calificarse de positiva, pues declara la unidad de España y las libertades; pero sus defectos son grandes y preñados de amenazas. Diversos mandatos constitucionales nunca se cumplieron, y otros facilitan la corrosión del sistema. Corro­sión convertida, en los últimos años, en franca demolición.

16. El problema mayor creado por la Constitución fue el de unas autonomías transformadas –junto con el terrorismo y a menudo en alianza o complicidad con él– en el talón de Aquiles de la democracia, generadoras de incertidumbre y crispación constantes. Se creyó que las autonomías traerían la paz civil a Vascongadas y la integración de los nacionalismos catalán y vasco en el quehacer nacional, pero esas expec­tativas no se cumplieron, o sólo muy a medias. En su afán por atraerse a los nacionalismos, Suárez les dio, entre otras, la baza crucial de la ense­ñanza, utilizada de inmediato como instrumento de propaganda de los separatismos, de aversión a España y de vulneración de los derechos de los castellanohablantes, generalmente mayoritarios.

17. Otro defecto de la Constitución es haber facilitado una degenera­ción partitocrática, con tendencia a extremismos que socavan cuanto hay de común entre los españoles. Los partidos tienden a ampliar su esfera de acción hasta pretender determinar los comportamientos privados, inclu­so íntimos, de los ciudadanos, y reducen la esfera de lo que Isaiah Berlin ha definido como “libertad de”, es decir, la libertad personal frente a las intromisiones del poder (estar “libres de” tales cosas). Los partidos han interpretado abusivamente las decisiones populares, por ejemplo convir­tiendo las autonomías en palancas para proseguir hacia la desintegración de España, a la que no quieren reconocer como nación; han creado problemas y reivindicaciones por su cuenta, ajenas a las preocupaciones o inquietudes de la ciudadanía; tienden, casi todos, a eliminar o condicio­nar la independencia judicial, y últimamente desafían dictámenes de una judicatura a su vez desprestigiada por la política contra Montesquieu…

Manuel Fraga.18. Exceptuando a Fraga y a Torcuato, los políticos que en el Gobierno o en la oposición llevaron la Transición adelante dejan una impresión de mediocridad, oportunismo a ras de tierra y algunos de simple ignorancia. ¿Cómo fue posible, entonces, que realizaran una labor histórica de tal alcance y en principio tan difícil? Creo que debe darse a las iniciales gestiones de Fraga y de Torcuato un valor bastante mayor que el que comúnmente reciben. Pero, sobre todo, el postfranquismo empezaba con un enorme capital político acumulado los años anteriores, en el que conviene insistir: un alto nivel de prosperidad y la evaporación de los destructivos odios de los años treinta. Al contrario de la república, la gente votó de preferencia a los políticos y partidos de apariencia más moderada, lo fuesen en realidad o no (las técnicas de imagen y la prensa juegan un papel no pocas veces torticero o engañoso). Esa sociedad reconciliada facilitó lo esencial de la tarea reformista y obligó al PSOE y al PCE a moderarse a su vez, renunciando, al menos de cara a la galería, a viejas señas de identidad totalitarias. Hoy suele presentarse la realidad al revés, como si la Transición hubiera reconciliado a los españoles: fue la reconciliación previa lo que facilitó la transición a unos políticos en su mayoría frívolos y de vuelo corraleño.

19. Aunque debe considerarse la Transición como un hecho en conjunto positivo, sus evidentes desaciertos, que podían haberse co­rregido con la experiencia, se han agravado con el paso del tiempo. La clave del rupturismo era un antifranquismo ciego a los hechos, y una falsa visión histórica de la república y el Frente Popular; y am­bas concepciones ideológicas no hicieron sino expandirse ante la fal­ta de resistencia, cuando no colaboración, de la derecha. Este dato, en el que se ha reparado poco, ha ido minando y deslegitimando los logros de la Transición. El antifranquismo ha terminado por conver­tirse en la cobertura justificativa de todo tipo de acciones anticons­titucionales y antidemocráticas. Así, si la democracia proviene del régimen de Franco, la mayoría de las amenazas contra ella provienen del antifranquismo: el terrorismo y las complicidades con él, las oleadas de corrupción, los separatismos y la vulneración de derechos ciudada­nos en las “nacionalidades”, los ataques a Montesquieu, es decir, a la división de poderes, y, por fin, el hundimiento de la Constitución por medio de hechos consumados como los nuevos estatutos del Gobierno de Rodríguez Zapatero y del PP, que ya no son de autonomía, sino de estado asociado y que no responden en absoluto a necesidades o exigen­cias sociales, sino a intereses partitocráticos.

20. A partir de la matanza del 11-M, todavía en campaña electoral, el PSOE, sin oposición real del PP, ha procedido a una acelerada destrucción del espíritu y materia de la Transición. Su instrumento ha sido la llamada Ley de memoria histórica, planeada para deslegitimar radicalmente al franquismo y, en consecuencia, la Transición, la democracia y la mo­narquía que proceden de él. Al firmar Juan Carlos dicha ley, se declaraba implícitamente ilegítimo él mismo, pues había ceñido la corona por vo­luntad de Franco. Irónicamente, él no juró la Constitución, sino sólo las Leyes Fundamentales del Movimiento.

21. Así se ha cumplido todo un ciclo histórico: la democracia salida de la Transición ha llegado a su fin, en medio de una profunda crisis política y económica. Quizá la salida más razonable fuera una reforma de la Constitución que eliminase sus muchos rasgos problemáticos para reafirmar, entre otras cosas, las libertades públicas, la división de poderes y unas autonomías restringidas, no opuestas a la unidad nacional. Re­cuérdese que Felipe González subió al Gobierno sobre una ola de espe­ranza popular en la corrección de los desaguisados de Suárez, y que, tras la decepción correspondiente, Aznar llegó, a su vez, con la expectativa de una regeneración democrática en profundidad, que no se produjo, o sólo a medias. Salvo el período de Aznar, puede decirse que la evolución de la derecha ha sido la claudicante inaugurada por Suárez, emulada lue­go por Fraga y por fin, y salvo el período de Aznar, impuesta de lleno por Rajoy. Existe un descontento extendido, pero falto de cauce, cegado por unos partidos que de un modo u otro se benefician de la situación. Qui­zá surjan nuevos partidos, o la ciudadanía cree nuevos cauces, o presione sobre los existentes para forzarles a rectificar. Hoy por hoy el vaticinio es imposible.

Se ha extendido entre la gente la idea de que uno de los mayores problemas para España es la baja calidad de sus políticos. A ellos suele gustarles invocar el tópico de “mirar al futuro y olvidar el pasado”, re­velador de su inconsistencia y no muy fino caletre. Mirando al pasado pueden aprenderse lecciones muy provechosas; el futuro no puede verse ni enseñar nada. Mirar al futuro sin analizar el pasado constituye el camino más seguro hacia el desastre.

(Publicado en LD, 18-11-2010)

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