Blog I. Liberalismo, catolicismo y ley natural: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/liberalismo-catolicismo-y-ley-natural-20131118
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(Debo advertir que estos artículos vienen a ser esbozos o tanteos de un ensayo que espero escribir sobre el poder y la democracia; de ahí que no estén muy elaborados, esperando que las críticas de los lectores ayuden a mejorarlos)
——-Poder y política:————–
El poder, en las sociedades civilizadas, consiste en un aparato institucional más o menos complejo, basado en la autoridad y la potestad, por seguir la división romana. Ese aparato está ocupado o dirigido por una oligarquía (el poder, por definición, lo ejercen unos pocos sea cual sea el modo como llegan y se mantienen en los puestos de mando). La oligarquía, a su vez, está jerarquizada, no es un grupo de iguales, y casi siempre está dirigida por una sola persona.
Cuando decimos que el objetivo del poder es asegurar el orden social, entendemos por orden los medios para que la sociedad obre como un conjunto y no se desarticule en movimientos internamente desgarradores. La sociedad debe funcionar como un todo, por encima de las discrepancias internas particulares y con vistas a defender los intereses propios frente a otras sociedades o grupos humanos (diplomacia y guerra exterior). Pero no es el poder, como aparato, el que lo garantiza, sino su ejercicio, es decir, la política.
No son lo mismo política y poder. Este se presenta como una burocracia más o menos impersonal, racional y eficiente, incluso al margen de ideologías (a veces cambia un régimen, pero el aparato estatal permanece con pocas variantes); en cambio la política es un arte, y como tal depende enormemente de las personas al cargo: de sus luces, voluntad, experiencia y conocimiento de las realidades sociales y externas. El ejercicio del poder presenta, además, una constante aparición de problemas y de desafíos mayores o menores muy difíciles de predecir. Por ello un estado eficiente no garantiza la estabilidad social ni su propia permanencia si los políticos al cargo obran de manera desacertada. Un buen ejemplo lo encontramos en la república, que heredó un estado pasablemente sólido, pero cuyos políticos lo destrozaron con actitudes demagógicas por no decir demenciales, como creo haber expuesto en Los personajes de la república vistos por ellos mismos.
La política persigue, por supuesto, el mantenimiento del estado, del poder, pero utilizando este, ante todo, como instrumento que permita el funcionamiento y acción de la sociedad como un todo. Cuando se convierte en mero instrumento del autosostenimiento estatal, termina por descomponer la sociedad y al propio estado. Peligro permanente, por cuanto toda oligarquía aspira a perpetuarse en el control del poder. Vemos esa dinámica en momentos avanzados de la decadencia romana, cuando la política llegó a cifrarse esencialmente en mantener un ejército fuerte y satisfecho, sin importar el coste para la sociedad. Actualmente percibimos algo así en la llamada “casta política”, que ha llevado al país a una crisis política, nacional y económica, de la que no se hace en absoluto responsable. En cualquier caso existe siempre una tensión entre los intereses de la oligarquía en el poder y los presentes en la sociedad, entre la tendencia del poder a convertir a la sociedad en un ente meramente pasivo y las tendencias centrífugas siempre actuantes en la sociedad. Esta tensión y los equilibrios resultantes, nunca muy estables, condensa la esencia de la política. A su vez muy relacionada con tensiones externas derivadas de amenazas o conflictos con otras sociedades.
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Un personaje importante en la trama de Sonaron gritos… es el tío de Alberto, Narcís o Narciso, según los momentos. Se trata de un personaje muy típico. Alberto lo describe como un separatista que ve con muy malos ojos el matrimonio de su hermano José o Josep con la almeriense Soledad, tanto por ser esta “charnega” como por su origen humilde. Siendo niño Alberto, Narcís visitaba a su hermano de vez en cuando, y trataba a su sobrino con hostilidad y desprecio. El protagonista cuenta que una vez se vengó de su tío untando de cola la pesada silla de roble donde este iba a sentarse y ocasionándole la rotura del pantalón. Alberto le oía sus invectivas nacionalistas antiespañolas, y esa era una de las razones por las que detestaba el separatismo: lo personificaba en Narcís.
De ahí el enorme desconcierto de Alberto cuando, terminada la guerra, vuelve a su casa paterna y allí encuentra a su tío con camisa falangista, en plan de amo y señor del piso y con el nombre de Narciso. No menor es el desconcierto de este, pues daba por muerto a su sobrino, junto con los demás miembros de la familia. Narciso es el primero en reponerse, y ante las exigencias de propiedad de Alberto, informa triunfante a este de su más que incómoda historia familiar. Queda clara la ingenuidad del sobrino, a quien no han hecho sospechar otros indicios como la actitud de su abuelo cuando van a organizar el contrabando por los Pirineos. Cabe deducir la discreción de sus padres. Con dificultad, Alberto se repone y contraataca recordando a Narciso su pasado y lo sospechoso de su nuevo entusiasmo falangista. He aquí el choque entre el joven ingenuo a quien la guerra ha espabilado, pero quizá no del todo, y el maduro superviviente nato, capaz de adaptarse a las más variadas situaciones. Tal como lo presenta Alberto, y aparte de la repugnancia que le profesa, Narciso resulta un hombre inteligente, adaptable, con habilidad para negocios de muy variado carácter y que, sorprendentemente, sabía ser encantador cuando le convenía.
Pero después de todo, ¿no ha hecho Alberto algo semejante a Narcís? También él ha vivido con un falso carnet de la CNT, ha espiado y traicionado a los padres de su amigo Paco, ha engañado a su amante Luisa… De hecho él y Paco se plantearán, en Rusia, el mismo problema: “¿Acaso no hacemos unos y otros cosas muy parecidas?”. Pero hay diferencias. Narcís cambia de chaqueta para trepar en la situación de posguerra, destreza en la cual demostrará talento. Alberto ha engañado, traicionado y usado identidad falsa, no para desenvolverse en la revolución, sino para combatirla. En un caso hay adaptabilidad, en el otro riesgos muy graves. Es discutible quién pueda tener razón desde un punto de vista digamos darwiniano. Eso sí, Narcís, a la defensiva, ha de aguantar por un tiempo las imposiciones de su sobrino y convertirse casi en sirviente suyo. Lo cual, cabe suponer, no le agrada lo más mínimo.
Narcís reaparece cuando Alberto le comunica su marcha a Rusia. De acuerdo con el sobrino, la conversación –telefónica—no puede ser más instructiva. El tío, con falso fervor, le asegura que él también se iría si fuera más joven y no estuviera a punto de casarse con una viuda de guerra, de la buena sociedad. Hipócritamente le dice que pensaba invitarle a la boda, pero ya que se marchaba… Narcís estaba ganando dinero con el estraperlo y otros negocios, su matrimonio le iba a proporcionar buenos agarres, y “con un poco de suerte, su estúpido sobrino se dejaría la piel en Rusia, alejando la negra nube que le amargaba la existencia (…) Por qué no? –me puse mentalmente en su lugar—Los bienes se enlazan como las cerezas, igual que las desgracias. Con qué gozo recibiría, sin duda, la noticia de mi muerte. El mal de unos trae la fortuna de otros”.
Todo cambia cuando la guerra mundial está próxima a terminar y casi todo el mundo da por hecha la liquidación del franquismo. Narciso ha estafado a Alberto mientras este estaba en la División Azul, y responde altanero y amenazador a la furia de su sobrino: “Caramba, qué humos. ¿Te ascendieron a sargento chusquero en Rusia o qué? Las cosas han cambiado mucho, noi, y tus chulerías me las paso por la entrepierna (…) A lo mejor vas a ser tú quien tenga que esconderse y disimular dentro de poco (…) A la gentuza como tú le queda ya muy poco, así que ándate con ojo, gilipollas, y trátame con más respeto o yo haré que alguien te clare las ideas…”.
Alberto consigue pararle los pies con ayuda de Andrés, su viejo contacto en la quinta columna. Pero finalmente no se ensaña con él. Le obliga a devolver el dinero y, una vez logrado, prefiere olvidarlo: “Narcís, cómo nos empeñamos en complicarnos la vida. Podríamos hacerla más llavadera” –dije, concilicador, al marcharme– Intentó disimular su rencor y solo le salió un rictus: Leí sin dificultad su pensamiento:” “Espera a que vuelvan los nuestros. Entonces ya te arreglaré yo a ti”.
Alberto vuelve a dejar clara su posición ante un matrimonio joven, invitado a su boda. El marido le critica sarcásticamente:
“Una cruz de hierro debe de costar muchas de madera, ¿no?” Tardé unos instante en comprender la alusión. “Ni una sola. Los soviéticos no ponen cruces en sus tumbas” “Ya… pero viene a ser lo mismo”. “Sí, cuando llega la guerra, hay muertes. Estarás enterado, supongo”. “Claro, claro, por eso yo estoy en contra de todas las guerras. Soy pacifista”. “Te felicito, eres hombre lleno de virtudes. Pero no todo el mundo es tan bueno como tú. Stalin piensa de otro modo, y a la mayoría de los políticos y a mucha otra gente les ocurre lo mismo”. “Oh, Stalin, el comunismo, esas cosas… No hay que tomarlo tan por la tremenda. Si se tomaran las cosas con más calma, de forma más razonable, no habría pasado nada. Ni en España ni en Europa”. “Por lo menos a personas como tú no les habría pasado nada. Estoy seguro de que te habrías adaptado sin problemas al comunismo, al nazismo y a lo que fuera, y treparías en cualquier situación. Porque virtudes como las tuyas siempre obtienen recompensa”. Nos tirábamos dardos envenenados con aparente tranquilidad y los demás circunstantes se removían en los asientos. Carmen me daba pataditas bajo la mesa. “Te equivocas. Yo tengo mis convicciones y no transigiría con ninguna dictadura”. “Pues me han dicho que te va muy bien con esta que tenemos en España. Que te estás forrando, vamos que no eres ningún pelagatos. ¿O no es una dictadura?”. Su mujer no sabía adónde mirar. “Lo es pero… Total, para lo que va a durar ya, no merece la pena hacer sacrificios, no sería razonable…”.
La conversación puede parecer muy actual, pero por aquellos días, finales del 44, ambientes así menudeaban. Luego, el franquismo permaneció y aquellas euforias quedarían un tanto olvidadas. Me ha parecido interesante recordarlas en la novela.
