Poder y violencia / El atentado contra Companys

Blog I: La indiscutible genialidad de Zapatero: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/genialidad-zapatero-20130930

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Poder y violencia

Toda sociedad humana es conflictiva, por las razones dichas, y tanto más cuanto más amplia, compleja e individualizada. Por ello tiende a la violencia, incluso a una violencia generalizada. A menudo  oímos decir que tal cosa es “bestial” o “propia de animales”, o cosas parecidas. Sin embargo en  ninguna sociedad animal se produce ese tipo de comportamiento. Se trata, propiamente, de un fenómeno muy humano. Y no siempre destructivo, por otra parte.

La esencia del poder consiste, en definitiva, en el monopolio –nunca plenamente logrado–de la violencia. Cabría pensar en la violencia de una sociedad determinada como una cantidad constante, variando su concentración: concentrada en el poder o difusa y más o menos incontrolable  por toda la sociedad.

La violencia del poder se manifiesta de dos formas: dentro de él y en su origen. En cuanto al origen, probablemente todos los sistemas de poder nacen de un acto fundacional violento (golpe de estado, revolución o guerra civil)  o por la amenaza de él o por contagio de otras situaciones de éxito de origen violento. A menudo se considera esta violencia de origen como causa de ilegitimidad, pero en tal caso todos los sistemas políticos serían ilegítimos.  Por lo demás, cada sistema  entiende como positiva su violencia original.  Así nacieron los estados antiguos y se impusieron a otros estados o  a sociedades precivilizadas, y así hasta nuestros días. El régimen aristocrático-liberal inglés nació de un golpe de estado apoyado por una invasión holandesa.  La democracia useña, de una guerra de independencia combinada con guerra civil, reafirmada por otra guerra civil muy sangrienta. Los regímenes liberales, de la muy sanguinaria Revolución francesa, seguidos de revoluciones o guerras civiles en otros países. Los regímenes comunistas, de guerras civiles o invasiones. El fascismo italiano y el nacionalsocialismo llegaron al gobierno de forma pacífica (si dejamos aparte las luchas callejeras menores que les precedieron), pero utilizaron los recursos del poder para afianzarse en verdaderos golpes de estado. Las democracias de Europa occidental deben su reposición o sostenimiento a la intervención bélica useña. Etc.  Hay excepciones, claro está, pero casi siempre encontramos en un cambio pacífico la amenaza de la fuerza o de la revolución.

En nuestra historia, el liberalismo se impuso después de una dura guerra civil, pero encontramos también excepciones interesantes: la monarquía cayó dos veces sin violencia real, por la pura quiebra moral de sus defensores. La república se derrumbó –después de un asalto armado de las izquierdas– por unas elecciones fraudulentas.  El franquismo venció bélicamente, pero originó una democracia a partir de la corriente principal del propio régimen. Hoy esa democracia sufre una crisis en la que ha desempeñado un papel crucial, directo e indirecto, la violencia terrorista…

Los regímenes triunfantes aspiran, en general, a asegurar su continuidad y estabilidad mediante el monopolio de la violencia, pero nunca lo consiguen definitivamente. Dentro de un mismo régimen, el poder atrae como un imán a grupos y personajes que lo disputan,  fiados en una fuerza adquirida y en la fortuna. En esa atracción se mezclan desde la insatisfacción más o menos justificada con los gobernantes (nunca perfectos y a veces muy imperfectos) a aspiraciones personales de  riqueza,  honor o gloria, de patriotismo y mejor servicio a la comunidad, etc. Pero el ejercicio del poder siempre fue un oficio de riesgo, a menudo de muy alto riesgo. Así, hubo épocas en el Imperio romano en el que la mayor parte de los emperadores sufrieron una muerte violenta. Lo mismo ocurrió con los reinos bárbaros instalados sobre sus ruinas, y en España es claro el caso de los visigodos. La historia de todos los países demuestra claramente estos asertos. Y varios presidentes y altos cargos en Usa y en Europa han sido asesinados; en España, cuatro jefes de gobierno en menos de un siglo. La necesidad de controlar esa violencia ha llevado a establecer sistemas de gobierno en que puedan alternarse distintos grupos, con lo que en la actualidad, en una minoría de países, los derrocamientos y cambios de régimen se han hecho más raros.

La violencia está presente asimismo en las relaciones entre unas comunidades (nacionales o imperiales) y otras,  como proyección en un plano ampliado de la conflictividad interna en cada sociedad.  Con instituciones como la ONU se pretende solventar los conflictos por medios pacíficos, con éxito mediocre y sin que sepamos cuánto tiempo  se mantendrán.

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El atentado contra Companys (I)

Quienes hayan seguido mis artículos sabrán de un hecho muy poco publicitado y todavía no aclarado por completo: el atentado contra el nacionalista  Companys proyectado por otra familia de separatistas, Estat Catalá, a partir de un enredo de faldas (http://www.ilustracionliberal.com/23/el-lado-oscuro-de-lluis-companys-jose-garcia-dominguez.html).

En Gritos y golpes, Paco se entera del proyecto a partir de un anarquista-separatista, llamado Mario. Alberto  da una somera descripción de la trama real, según se la cuenta su amigo, necesaria para entender la acción, pero lo importante en el relato son los personajes y sus conductas.  El protagonista describe a Mario como un obrero murciano apuesto y “con labia”, que ha camelado a la hija de una familia de buena posición”.  La  palabra “murciano” tenía entonces entre los nacionalistas un contenido especialmente despectivo, y la familia, después de amenazar a la hija con desheredarla, cede de muy mala gana, esperando que  se trate de un capricho pasajero. La chica, que  “debe de ser tan cretina como él”,  milita en Estat Català  y  ha metido a  Mario en la cabeza “no sé cuántas historias nacionalistas, y él se ha formado un mejunje mental de mucho cuidado”. Algo por entonces raro, pero hoy bastante frecuente entre “charnegos” domesticados.  El amante de la moza admira rendidamente a Paco después de compartir con él las trincheras frente a Zaragoza, y le explica el plan contra Companys, y cómo los separatistas quieren hacer participar a algunos anarquistas de confianza, más expertos en este género de acciones (Companys había hecho algo parecido para liquidar a los hermanos Badía, atribuyendo luego el asesinato a falangistas). Paco sospecha desde el primer momento que el designio de los nacionalistas consiste en hacer que ellos maten a Companys y  sobre la marcha matarles a ellos, para  aparentar un  crimen de la CNT. Pero acepta entrar en el juego, por su espíritu arriesgado y confianza en su buena estrella: irá prevenido para adelantarse a cualquier intento de eliminarlos a traición.

Paco intenta persuadir a Alberto de tomar parte en el atentado, pero Alberto vacila. La idea de matar a sangre fría le hacía sentirse mal, y recuérdese que tampoco tenía especial deseo de tomarse la justicia por su mano en el caso del asesino de su padre. Esto podría atribuirse a escrúpulo moral o a que aún no estaba plenamente restablecido de su brutal experiencia pasada, o a una reacción  lógica ante el homicidio. Si los jueces que condenan a muerte tuvieran que ejecutar ellos mismos la sentencia…  Alberto suda frío ante la  proposición  y  procura rebatir a su amigo.  “¿Por qué hemos de ser nosotros?”  “A mí no me interesa pasar a la historia”.  Paco se hace el comprensivo: “A mí también me repugna y me da miedo”, aunque a Alberto no se lo parecía. “Recuerda a tu familia”, insiste. ¿Qué era Companys más que un hombre cualquiera, como los que a diario morían asesinados o en el frente? Pero al mismo tiempo era uno de los mayores culpables de tantas muertes,  mientras que la suya evitaría muchas más. Alberto, algo desesperado,  le opone que no era un hombre cualquiera, pues representaba a mucha gente.  “Razón de más”.  Los dos, muy equivocados,  creían  que pronto los nacionales entrarían en Madrid y acabando la guerra en poco tiempo.  Esa falsa impresión tendrían muchos, seguramente,  en aquel otoño de 1936. Por consiguiente, argüía Paco,  acabar con Companys sería un golpe  decisivo en la retaguardia roja, facilitaría su rápida descomposición y ahorraría mucha sangre. Había que estar a la altura “por mucho que los nervios se nos rebelen”.

La diferencia entre Paco y Alberto es evidente. Para Paco no existe en absoluto problema ético, el cual se presenta en Alberto de forma primaria, física, tal vez porque todavía se encuentra disminuido psíquicamente: solo sabe oponer argumentos muy particulares, casi de conveniencia.

¿Por qué cede el protagonista?  La exposición de Paco le ha hecho mella, pero también siente una fuerte obligación moral  hacia su amigo, a quien debía tanto: la cordura y la vida misma.  Acepta con enorme pesar. Y desprecia a Mario en cuanto lo conoce, por el carácter fanfarrón y chabacano de matarife que cree encontrar en él.  Aún aumenta  su inseguridad la suposición de que los  de Estat Català son unos bocazas y probablemente harían  fracasar la empresa.  Los días siguientes vivirá  “dominado por el miedo y la obsesión erótica” por la hermana mayor de su amigo, Luisa. Con el sentimiento hipocondríaco  de un desenlace fatídico, que en un momento de debilidad le lleva casi a confesarse a su amante-enemiga. Solo la confianza y meticulosidad de Paco le arrastran, siempre con la esperanza de cualquier imprevisto que al final impida el atentado.

Posteriormente veremos la reacción de Carmen, al enterarse cuando todo ha pasado. Reacción de horror y rechazo hacia lo que considera un crimen, comoquiera se justifique.

 

 

 

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Función y tendencia absolutista del poder / Un pionero

Blog I:  Sobre el heroísmo / Escupir sobre las tumbas de los padres: http://www.intereconomia.com/blog/sobre-heroismo-20130926

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Función y tendencia absolutista del poder

Dicho de otro modo: dado que el individuo no puede vivir fuera de la sociedad, y que esta es por naturaleza conflictiva, el poder surge de modo espontáneo, como medio para mantener la cohesión social y con ella la subsistencia de sus individuos.

Cabría pensar que la sociedad humana es la suma de sus individuos, como podríamos considerar un hormiguero; pero se trata de algo distinto. La sociedad resulta de la infinidad  de  tensiones (conflictos y colaboraciones) entre individuos y grupos de individuos, dando lugar a complejas formas de conducta que llamamos cultura, sometidas hasta cierto punto, pero nunca por completo, a una potestad reguladora. A esa potestad la llamamos poder o, en las sociedades civilizadas, estado.  La función básica del poder consiste, por tanto, en regular esas tensiones para evitar la desintegración de la sociedad.

De la conflictividad humana, de los choques de intereses (digo intereses por simplificar: muchos conflictos nacen de sentimientos que incluso contrarían los intereses prácticos de las personas), dan buena muestra las extensísimas instituciones judiciales de los países civilizados. El poder se ocupa fundamentalmente de establecer normas y dirimir la parte de esos conflictos con mayor repercusión general, atribuyéndose la autoridad correspondiente.  Ello es así porque, de otro modo, los conflictos tienden  fácilmente a dirimirse por la violencia. Esta puede estallar porque se agoten las vías de arreglo pacífico, porque la ofensa se sienta como algo intolerable, o porque una de las partes se considere con fuerza suficiente para imponerse, evitándose  así engorrosas negociaciones, y la otra parte con fuerza suficiente para resistir. De hecho, la intimidación y la amenaza desempeñan en la vida social un gran papel, a menudo para lograr la sumisión del más débil –que no es necesariamente el más justificado—evitando el choque violento. Dado que  el ejercicio de la violencia entre particulares tiende a provocar una destructiva cadena de  réplicas del mismo estilo, el poder se atribuye, con más o menos éxito, el monopolio de ella, absorbiendo la violencia difusa entre los individuos. En la medida en que lo consiga, la sociedad gozará de estabilidad, y en la medida en que falle, tenderá a la disgregación o a la sustitución del poder débil por otro más fuerte.

Por supuesto, las relaciones entre particulares no solo generan conflictos,  sino también colaboración. Una sociedad puramente conflictiva no podría sobrevivir, y si solo existiese colaboración, el poder estaría de sobra. Pero solo hay colaboración con respecto a unos fines determinados, nunca aceptados uniformemente por el conjunto de la sociedad como tales fines o por los medios a emplear para alcanzarlos. Así, cabría sostener que a todo el mundo le interesa la paz, lo cual es verdad como pura abstracción. Pero en el terreno concreto, la paz puede tener contenidos muy distintos y obtenerse con muchos medios, incluida la violencia o máxima expresión de ella, la guerra. Por poner un caso bien conocido,  la paz más prolongada que haya disfrutado España en dos siglos viene de la guerra civil; y mantener la paz en las circunstancias prebélicas habría conducido a la liquidación “pacífica” de valores e intereses considerados esenciales por la mitad al menos de la población. O bien: durante la Guerra Fría, ambos bloques competían en el empleo de consignas de paz. Solo personas muy ingenuas o simples creen poder basar en abstracciones bienintencionadas el funcionamiento real de la sociedad.

Dada su posición por encima de los conflictos sociales, el poder cobra cierta autonomía automática con respecto al resto de la sociedad. Pero, debido a la complicación y variedad de las tensiones entre individuos y grupos, el poder nunca llega a controlarlas del todo. Por ello mismo, y en nombre del orden necesario, el poder tiende a hacerse absoluto, a imponerse sobre las incesantes querellas particulares y a dictar normas para regularizar todas las conductas.  A este respecto  es ilustrativo cómo pueden elaborarse soluciones equivalentes partiendo de ideas opuestas sobre el imaginario “estado de naturaleza”. Así, Hobbes encuentra calamitoso  dicho estado, que para Rousseau es excelente. Pero ambos llegan a conclusiones totalitarias. Uno, para asegurar la sociedad contra la malignidad de los individuos; el otro, para recuperar en lo posible  una bondad primitiva que solo podría funcionar como instinto animal. Aunque parezca otra cosa, quizá sea más humana la solución de Hobbes, que acepta al individuo tal como es (al menos en parte), mientras que Rousseau aspira a reducirlo al estado instintivo, amoral, propio de la animalidad.

De un modo u otro, el poder, que surge de la sociedad y como parte de él, adquiere inevitablemente una autonomía que genera tensión con el resto de la sociedad o más propiamente con partes de esta; y esa tensión da lugar a fenómenos muy diversos.

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Apuntes del natural (o héroes de nuestro tiempo):

 Un pionero

El tertuliano  José Barroz, Pepy,  se sacó la pipa  de la boca, exhaló una humareda perfumada o apestosa, depende de gustos, y con su peculiar estilo sentencioso, expuso:

“Los numerosos amigos de Arnulfo, entre quienes tengo  el honor de contarme,  escriben  su nombre como Arny o como Arnie,  tampoco tiene mucha importancia, es un diminutivo cariñoso  y modernizador.  Arnie opina que el país le debe mucho, y que es la puta envidia lo que empuja a ciertos tiquismiquis y  resentidos bien conocidos a poner  pegas a su brillante carrera. Y yo entiendo su disgusto, porque el mundo está lleno de gentes incapaces de apreciar el mérito ajeno, cegados por quién sabe qué traumas infantiles o lo que sea. Lo indiscutible es que Arnie, allí donde estuvo, brilló con luz propia, y eso no podrá negarlo nadie. ¿Qué hizo  durante el franquismo? Hombre de  temperamento audaz  a la par que ardoroso,  y pese a su juventud,  trepó hasta cargos muy elevados, y no llegó a ministro porque el dictador tuvo la mala idea de morirse cuando ya le faltaba poco. Una carrera así, guste o no, no está al alcance de un mindundi. Cierto, trepó tan alto con ayuda de su familia, tan encumbrada en aquel régimen,  pero ¿quién osaría reprochárselo? ¿No ha habido miles y miles en sus circunstancias? ¿O vamos a prohibir y declarar  improcedente  o vergonzoso el  respaldo de familiares o amigos…? No demos pábulo a los celos de los impotentes.  Hizo también excelentes negocios con algún amigo a su vez bien relacionado en las altas esferas, y nuevamente topamos con las habituales críticas biliosas.  Pero ¿qué demostró su  encumbramiento  económico sino  su  talante emprendedor, sus dotes para las relaciones públicas? Y si aquellas gentes poderosas que veían en Arnie un joven con futuro, se dedicaban a ayudarle desinteresadamente, ¿iba él a hacerles el desprecio de negarse? No, Arnie no es hombre descortés de los que van por la vida haciendo desprecios a sus benefactores, mordiendo la mano que le ofrece una suculenta nutrición…

“Mas he aquí que, sin comerlo ni beberlo, el régimen cambia y viene una democracia. Muhos, confusos y desbordados,  no supieron qué hacer entonces,  pero no así nuestro Arnie.  Arnie es, en un sentido profundo, gran admirador de lord Keynes, de quien conoceréis su aguda réplica a quien le acusaba de cambiar de opinión según las circunstancias: “¡Pues claro,  tío! ¿O es que tú no lo haces?”, con lo que apabulló  al pobre beocio criticón. Si el país se transformaba, él también sabría transformarse.  No pocas personas de ideas dinosáuricas se lo echan en cara, pero pensémoslo con realismo y sin prejuicios: ¿cuántos  hicieron lo mismo  por aquellos tiempos?  ¿Cuántos modificaron juiciosamente su biografía para sacarles provecho en los nuevos tiempos? ¡A millares! ¡A decenas de millares!  Ahora bien, se necesita algo más que buenas ideas para salir de la mediocridad,  se necesita talento, y de eso Arnie tiene para regalar. Célebre por su fama, reconocido por su vivo ingenio, granjeose rápidamente los favores  desinteresados de unos y de otros,  supo hacerse  merecedor de un trato privilegiado y rápidamente volvió a la  cresta de la ola.  Porque si no sabes adaptarte al medio, vas de culo, eso ya lo vieron claramente Darwin y muchos otros científicos. O te  adaptas o palmas. Y en esa capacidad su talento raya en el genio, lo he oído decir a muchos que le conocen íntimamente.

“Por lo demás, nadie ignora que adaptarse supone a veces sacrificios. Con gran dolor de su corazón hubo de reconocer que el régimen anterior, donde tan bien le había ido, era una tiranía salvaje, torturadora, opresiva a la par  que ridícula y miserable. Un páramo cultural.  La humanidad habría conocido muy pocos despotismos de tal calibre, genocidas, vergüenza de la humanidad. Y haciendo memoria se percató también de cómo, bajo obligadas  apariencias, él siempre había ejercido una oposición al dictador, oposición no por disimulada menos eficaz. En definitiva, comprendió que gracias a personas como él  había llegado la democracia y así iluminado su cerebro, se convirtió en el más férvido defensor de ella. Desde sus nuevos cargos y por medio de  amigos bien situados en los medios, denunció con noble indignación –no exenta de un toque burlón moderno y europeo, porque también tiene sentido del humor– a tantos ex servidores de Franco aspirantes a lograr prebendas presentándose ahora  como demócratas de toda la vida. Los fustigó y redujo a la muerte civil, mínimo castigo para lo que debieran haber recibido.   Él decidía quién era demócrata y quién no, qué noticias debían darse y cuáles no, todo por el bien de la democracia.  ¡Y cuántos réprobos temblaban ante sus  dictámenes y dicterios!

“Otra causa de su justificado rencor al franquismo nacía de su posición progresista ante el sexo. Él,  hombre sin prejuicios,  había tenido que disimular  dolorosamente en el régimen anterior, por razón de su cargo. Ahora, en cambio,  podía dar rienda suelta a sus naturales apetitos,  ser él mismo,  en una palabra. Y valerosamente dio un paso al frente, predicando  por doquier la buena nueva de la liberación sexual. Mas un hombre tan notable no puede librarse de asechanzas e insidias y, así, unos pervertidos enemigos suyos, cegados por pasiones inconfesables, pagaron a unos rufianes para que le grabaran mientras  cultivaba sus apasionados amores con un  chapero senegalés de considerable envergadura física. La grabación circuló por los corrillos,  provocó gestitos de escándalo o carcajadas lamentables, y muchos dieron a Arnie por políticamente muerto. Pero no sabían con quién se jugaban los cuartos.  “¡Muy bien! –declaró en  televisión—. Sostengo que los hombres públicos no tienen vida privada, y menos quienes, como yo, deben dar ejemplo de  su liberación sexual frente a los tabúes de la Iglesia y de la caverna, siempre enemigos del goce de los cuerpos.  Señores, ¡inversión de valores!  No, no me refiero a la Bolsa. Marchemos todos, y yo el primero, por la senda de la libertad. Invito a todos los políticos progresistas  a sacar de una turbia intimidad  estos actos tan naturales, a practicarlos en la televisión, sin complejos ni tabúes, para ejemplo  de la sociedad en general y de los jóvenes y escolares  de primaria en particular: ¡En ellos está el futuro, ciudadanos y ciudadanas, y no debemos defraudarles! ¡Pedagogía! ¡Pedagogía!  Y para que nadie me acuse de capitán Araña…”.   Y directamente se echó encima del presentador  con evidente designio erótico. Todos recordaréis aquella escena vergonzosa en que el cavernario presentador le arreó varios guantazos y otros cuantos presentes, conocidos progresistas pero todavía poco liberados, lo sacaron violentamente del plató.

“Sin embargo, lo que pasa con estas cosas: después de haber pasado unos meses en el psiquiátrico y de muchas discusiones  en la prensa, el Congreso y el Senado, la sociedad ha venido a reconocer lo lógico: Arnie es un pionero, ha marcado un camino. Salvo la gente más irremediablemente casposa todos lo consideran hoy un santo laico. Gracias a personas como él,  España goza de una privilegiada libertad en todos los terrenos y en nuestra televisión vemos con la mayor naturalidad cómo políticos y políticas, intelectuales e intelectualas, profesores y profesoras, dan ejemplo y practican lo que un represivo pudor les vedaba hasta  hace poco ”.

–¿Y si  viniera  ahora un régimen comunista, un decir,  o nazi, o islamista, qué sé yo, cualquier cosa así, ¿tú crees que Arnie…?

–¡Por supuesto, vaya pregunta! Se adaptaría con el mismo derroche de talento que hasta ahora, porque esas  virtudes no se pierden. ¡Que ya lo dijo Darwin, coño!

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Origen y necesidad del poder / Antonio y Mercè

Blog I: Modelos juveniles /Divagaciones sobre la existencia de Dios : http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/modelos-juveniles-divagaciones-sobre-existencia-dios-20130924

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Origen y necesidad del poder

La cuestión del poder y el estado (este como articulación de aquel en las sociedades civilizadas) ha atraído a gran parte del pensamiento occidental desde hace siglos. El poder es, en esquema, la capacidad  que poseen unos pocos para hacerse obedecer  por el resto de la gente, un fenómeno que, en distintas formas y niveles, encontramos en todas las sociedades humanas. Por  tanto, supone una desigualdad social de principio y una constricción a la libertad de los individuos, que en el plano político precisa la violencia para asentarse. Por ello siempre ha suscitado un amplio descontento,  racionalizado por intelectuales convencidos de que la igualdad y la libertad deben ser  ilimitadas, y de que las restricciones a las mismas responden a intereses espurios sin justificación racional. La aversión al poder, la denuncia no ya de sus eventuales abusos sino del mismo concepto, está presente en una amplia literatura de ensayo, novela, cine, etc.  El poder sería un mal en sí mismo y hasta el mal por excelencia. Desde la Ilustración se han propuesto tres ideas básicas al respecto: el liberalismo lo admite con limitaciones, aunque alguna de sus corrientes  (la anarcoliberal) lo rechaza de plano; el marxismo reconoce su  necesidad,  pero solo durante un período intermedio a fin de  preparar la sociedad comunista, donde el estado se volvería superfluo; el anarquismo lo considera la perversión radical que atenaza al ser humano, y que sería necesario y posible eliminar mediante un decisivo acto revolucionario.

En todas esas corrientes  el poder o estado  se opone a los individuos, o a la sociedad, como una fuente de arbitrariedad y opresión,  y de ineficiencia económica. Pero si el poder se opone a la sociedad y a los individuos, ¿de dónde puede haber surgido? ¿Viene de alguna fuerza o potestad ajena al ser humano? No parece posible, y si algo claro salta a la vista es que  han sido la sociedad, por tanto sus individuos, quienes han creado y crean las formas de poder a lo largo de la historia. Este hecho, revelaría una tendencia innata de los seres humanos a lo que esas ideologías definen como un mal inaceptable. Explicar entonces el origen del poder se vuelve complicado, y quizá sea el marxismo el que mejor lo hace: la precariedad económica provoca una división de la sociedad en clases, de las cuales una se erige en dominante e impone sus intereses al resto, justificándolo ideológicamente (por la religión, sobre todo). Otras ideas suponen un “estado de naturaleza”, en que los individuos viven libres y sueltos, sin formar sociedad. Esto puede ser un bien (Rousseau) o un mal (Hobbes), o algo moralmente indiferente (Locke), pero en todo caso da lugar a un “contrato social” por el cual los individuos renuncian a una parte mayor o menor de su libertad originaria para asegurarse la supervivencia en sociedad. En los dos primeros casos se tiende, por vías distintas, a un poder totalitario; en el tercero a un poder representativo. Tradicionalmente, el poder se consideraba un hecho natural,  de origen divino, necesario por el propio carácter social del hombre, y estas ideas trataban de hallar una explicación racional, no religiosa, del poder. Pero no es irrelevante que para ello debieran inventar mitos como el estado de naturaleza o el contrato, nunca existentes en la historia.  Se trata de racionalizaciones en gran medida tautológicos, aunque de consecuencias distintas, en torno a la presencia del poder en todas las sociedades  humanas.

En mi opinión,  puede explicarse el origen y necesidad del poder  mediante la evidencia  elemental de la desigualdad y a menudo oposición de los individuos en dotes, inclinaciones, fuerzas,  intereses, deseos, sentimientos, aspiraciones, etc. El individuo solo puede subsistir en sociedad,  nunca en “estado de naturaleza”, por lo que de forma natural e impremeditada –al modo como se crea el lenguaje, por la capacidad y necesidad de él en el ser humano–, surgen normas de conducta y relación cuyo cumplimiento exige lo que llamamos el poder. Es decir, un pequeño grupo de hombres, generalmente dirigido por uno, se atribuye y le es reconocida la capacidad de mantener en orden la sociedad y de castigar a los infractores. El poder resulta así de la propia diversidad o individuación humana, y tiene más relación con la idea de justicia que con las de libertad e igualdad.

¿Podríamos imaginar una sociedad ácrata, donde el poder fuera innecesario? De acuerdo con Marx, sí: aquella en que la producción material estuviera tan desarrollada que pudiera satisfacer los deseos y necesidades de todos;  con lo cual no habría rivalidades ni choques entre las apetencias de los individuos. Ello implica la reducción del ser humano a un animal económico, la reducción del espíritu a la función de satisfacer las necesidades llamadas materiales, y la reducción del deseo a la necesidad. Concepción poco realista según la experiencia. Otra forma de acracia tiende a considerar al ser humano al modo de una sociedad de hormigas o abejas, con una igualdad general instintiva y  supuestamente benéfica y bondadosa, pero pervertida por la historia. Algo todavía más ilusorio que la concepción economicista. Por lo demás, las experiencias prácticas de anarquía, como las de nuestra pasada guerra civil muestran que  cada cual se pretende capaz de imponer sus intereses  y deseos a los demás, naciendo de ahí una proliferación de grupos de poder extremadamente arbitrarios.

El objeto teórico del poder, por tanto, es el orden social mediante la justicia, un concepto que precisa aclaración.

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ALG ( en twitter): Estoy empezando su novela por 4ª  vez. Es raro que una novela aguante 2 y 3 lecturas. Cada vez le encuentro algo nuevo.  Íd.: Doy vueltas al encanto de su novela, tan distinta de las que hoy se escriben. Recuerda a los mitos griegos, incluso a la Odisea.

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Antonio y Mercè.

En los primeros capítulos de Gritos y golpes asoman dos personajes secundarios de mucha importancia, Antonio y Mercè. Sobre todo, para el relato, el primero. Antonio es el asesino del padre de Alberto y presumiblemente de su madre y hermana, y lo habría sido del propio Alberto si este no hubiera escapado in extremis, y gracias a su madre más que a su presencia de ánimo.  El protagonista no sabe nada de Antonio, aparte de una  vaga descripción física y que su madre debía conocerlo. Paco le impulsa a la venganza, aunque él, todavía postrado anímicamente, habría preferido que otros  se encargaran de hacer justicia. No obstante, secunda las pesquisas de su amigo. Con ayuda de Carmen encuentran una pista en el hotel Ritz, solo para perderla, porque Antonio ha marchado a Madrid con la columna de Durruti. Esfumada la pista, el personaje no reaparecerá hasta el final de la novela.  

   Antonio viene a ser uno de los millares de individuos  que al estallar la revolución formaron las “patrullas de control” para asesinar y robar a los  “fascistas”. Por entonces, los más cobardes y criminales solían quedarse en retaguardia, en aquellas “patrullas”  y los más idealistas salían para el frente. Pero Antonio, aunque se labra entre los suyos un prestigio por la forma cruel y obscenamente humillante  de su crimen, seguramente no el único, no deja de ser un tipo con fuerte personalidad. Es jefe  y no simple ejecutor,  y está dispuesto a correr graves riesgos, ya que marcha a defender Madrid, punto decisivo de la guerra en aquellos momentos. La marcha de Durruti, que había de costar la vida al jefe anarquista,  ocurrió realmente en noviembre de 1936. 

 Es difícil explicar a qué respondía aquel ensañamiento,  surgido de pronto como la repentina erupción de un volcán, tan característico de las revoluciones. Sin duda venía alimentado por una prolongada campaña de envenenamiento moral, en especial por las falsedades sobre la represión de Asturias en 1934, que he  analizado en El derrumbe de la II República. Pero aún así… Cualquier izquierdista algo reflexivo debía comprender  que aquellas historias no podían ser  demasiado veraces. Sin embargo el afán de exagerar la maldad del enemigo no era gratuita o simplemente malintencionada, aunque también. Descansaba en la ilusión de conseguir un poder y una revancha que se esperaba liberadora. Quizá no pese tanto el odio como el deseo de poder y las ilusiones sobre la bondad propia: iban a crear un mundo nuevo, sin opresión ni explotación, y todos los obstáculos a ese fin merecían ser aplastados, incluso con la mayor crueldad. O, mejor dicho, el odio surge de forma natural de la pretensión, racionalizada, de representar un futuro de dicha y liberación.

  El caso de Mercè difiere. Paco la ha presentado a sus amigos como una prostituta de la que se ha encariñado. Seducida, como Paco,  por la efervescencia revolucionaria del primer  momento, acompaña a este como miliciana al frente de Zaragoza. Pronto se decepciona y es ella quien, con sus airadas protestas, consigue que su amante, herido, sea trasladado a Barcelona. Solo mucho más tarde  Paco será más explícito sobre ella, cuando  responde  enfurecido a las críticas de Carmen por  haber vivido con una puta.  Sabemos también que ella le pasa información que obtiene de un vejestorio  con un cargo importante en la Generalidad. Pero para entonces Mercè ha muerto. Alberto no llega a conocer directamente de ella otra cosa que su cadáver, y su oficio de profesor de filosofía se nota en la descripción: “Sobre una mesa de piedra  yacían los que habían sido tres personas: dos hombres y una mujer. Paco identificó inmediatamente a Mercè. Tenía la boca abierta en una mueca de espanto y un coágulo de sangre seca en una comisura (…) Yo comprobaba su existencia cuando ya había dejado de existir. El sol se ponía, tiñendo el horizonte; el mar, al lado contrario, me trajo como siempre un sutil consuelo. Pensé que todo lo que veíamos había desaparecido para Mercè y para sus dos acompañantes sobre la mesa. Deambulamos por los parajes que dos años atrás recorría yo a diario, cuando Paco me salvó de la locura y la muerte. Continuamos a la vera del puerto hacia las Ramblas, un itinerario y hora semejantes a los de aquella ocasión”.

Paco se llena por primera vez de odio, y por primera vez Alberto le ve sollozar; pero para Alberto mismo es más bien motivo de una reflexión  concisa y en cierto modo fría. Y sin salida:  cómo debe a su amigo la cordura y la misma vida, y, en relación con ello, en qué consiste la existencia y la realidad, un problema  recurrente en su  relato: lo apenas pensable de la vida, imposible de expresar adecuadamente.

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Museo del Prado y Valle de los Caídos / La sangre del guacamayo

Blog I: El fracaso cultural del franquismo: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/fracaso-cultural-franquismo-20130922

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El  Museo del Prado y el Valle de los Caídos

Ya conté alguna vez cómo yendo en un coche robado para la causa, al pasar junto al Museo del Prado, uno dijo: “Cuando hagamos la revolución, lo quemamos”. Obviamente, los demás no lo aceptamos. Pero su argumento tenía peso: “Total, no es más que arte burgués y feudal.  El arte de los explotadores”. Tuvimos que convencerle de que incluso así era valioso, aunque solo fuera para guardar memoria de la opresión y compararlo con las maravillas que haría el arte  del realismo proletario, como ocurría con muchos museos de la URSS.  Era una concesión  bastante forzada e insincera,  al menos por mi parte, para buscar un arreglo. Recordando el caso se me hacen más inteligibles los increíbles destrozos y saqueos   del patrimonio artítico  perpetrados por el Frente Popular durante la guerra (y aún antes, por las izquierdas en general, ya antes de un mes de proclamada la república y en los años siguientes). El propio Museo del Prado fue despojado de sus cuadros mejores y expuesto a los mayores peligros de la guerra –que obsesionaban a Azaña–, acto criminal disfrazado como “salvamento” de los cuadros de imaginarios “bombardeos fascistas”. He tratado el asunto en  Los mitos de la Guerra Civil, y aquí dejo un enlace: http://www.libertaddigital.com/opinion/ideas/el-salvamento-de-las-obras-del-prado-1275318185.html

Pues bien: el objetivo de la izquierda y separatistas, siguiendo  una tradición que los talibanes han  recuperado, es el Valle de los Caídos. Este es una de las obras de arte cumbre del siglo XX en todo el mundo. Quien lo  mire sin prejuicios lo percibe sin lugar a dudas; hasta Preston lo ha calificado de “maravilla”. Tengo otro recuerdo al  respecto: fuimos a visitarlo también varios “camaradas” después de una visita al repetidor de la Bola del Mundo, que teníamos pensado atacar. Uno de ellos dijo, como la cosa más natural, que  el monumento habría que volarlo.  Le contesté que lo cambiaríamos de carácter, pero volarlo sería un acto de barbarie. Bien, pues igual siguen pensando  los fanáticos e irreconciliables, muy pocos al llegar la transición y muy abundantes  ahora, gracias a las infames campañas de la “memoria histórica”, una  memoria pro chekista sin lugar a dudas.  No vale la pena argumentar al respecto más allá de señalar  esa tradición de la izquierda más ruin y descerebrada de Europa, por lo demás siempre aliada con los separatistas: es irreconciliable y su odio se alimenta de su propia mentira, como la  de los “20.000 presos políticos en trabajos forzados”. Leyendas aún creídas por muchos gracias a la ineptitud o corrupción, o ambas cosas, de los grandes medios de masas que se suponen de derecha, y que han contribuido al envenenamiento de la opinión pública o se han inhibido en defensa de la verdad, otra forma de colaboración.

Dado que destruirlo causaría un escándalo internacional que retrataría indeleblemente a estos criminales, la política del delincuente Zapatero fue cerrarlo y  abandonar cualquier obra de restauración para facilitar su ruina. Colaborando al efecto  con algún atentado. En una democracia seria, Zapatero y comparsas estarían ante los jueces por tales fechorías. Luego hablaron de convertirlo en un parque temático sobre los “crímenes del franquismo” (lo de los “presos republicanos en trabajos forzados”, por ejemplo) También, mientras seguía el abandono deliberado, hablaron de retirar de allí los restos de Franco, alegando, con la hipocresía habitual, que él no fue un caído en la guerra. No lo fue, pero sí el ideador e impulsor de esta maravilla, que tanto hiere la turbia sensibilidad y el instinto de latrocinio  de los irreconciliables.

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Apuntes del natural (o héroes de nuestro tiempo)

Dos ejecutivos en apuros

J. y R., dos ejecutivos medianos, directores de algo en una empresa más que mediana, querían tirarse a las respectivas secretarias, pero estas tenían  sendos novios.  No es que ello fuera un impedimento demasiado serio, pues no faltan  chicas  liberadas,  de mentalidad abierta y con visión de futuro que se hubieran prestado a la faena. Una faena no necesariamente desagradable y acaso oportuna profesionalmente, de la que los novios no tenían por qué enterarse si eran demasiado quisquillosos  o con ideas poco modernas. Pero, por lo visto, aquellas dos secretarias, si bien físicamente apetitosas,  sufrían de una mentalidad estrecha y atrasada, por no decir retrógrada. Por estas deficiencias, los ejecutivos habían pensado  amenazarlas con el despido, pero una de ellas les advirtió claramente que  protestaría donde hiciera falta dando a conocer sus proposiciones. Aparte de que el novio de la otra, un animal de gimnasio repleto de músculos y bastante chulo,  causaba  en los dos cierto reparo por si, irracionalmente, se enojaba por tan poca cosa.  Además, en realidad no pensaban despedirlas, era solo una forma de persuadirlas amistosamente.

Pero J. y R. no eran hombres que se dieran por vencidos fácilmente. Tenían ánimo combativo –no en vano habían llegado bastante alto en la empresa—y después de todo se consideraban con ciertos derechos implícitos y no pensaban renunciar a ellos por las buenas.  “El amor es así”, aseveraba R., y con argumentos tales  (“Me tienes loco de amor”, le contaba  a su cerril pretendida) libraba su particular y poco exitosa batalla.  Un día, J. recogió del parabrisas de su coche un pequeño anuncio: “Profesor T.   Maestro y Medium Espiritual graduado en San Salvador de Bahía de Todos los Santos. Resuelve todo tipo de problemas de relaciones sexuales, impotencia, pérdida de poder atractivo, recuperación de pareja, enfermedades crónicas. Resultados positivos garantizados al 100%”.  Eufórico, enseñó el palpelillo a  R. y de común acuerdo acordaron consultarle.

Ustedes considerarán inverosímil que unos señores modernos, educados en los fríos cálculos  financieros,  del debe y el haber,  alérgicos a las supersticiones,  escépticos y más bien descreídos, se dirigieran a un brujo, que es como la gente vulgar denomina a tales maestros. Pero si así piensan es porque saben muy poco de la vida y se guían por estereotipos. La gente más impensable visita a magos, echadoras de cartas, del tarot, pitonisas y adivinos varios. Después de todo, ¿quién no está algo inquieto por su futuro,  o no alberga deseos, confesables o no, de cumplimiento incierto? Y, por desgracia,  ni la economía ni la contabilidad ni la física cuántica son de mucha utilidad para esos menesteres.

El profesor no les defraudó: para él la cosa resultaba de lo más sencilla, ya había tenido muchos casos semejantes. Les prepararía una pócima que los volvería sexualmente irresistibles, de modo que las dos secretarias caerían ardorosas  en sus brazos, y los citó para la semana próxima. Cuando volvieron,  la pócima estaba lista. “Sangre de guacamayo”, les informó  y se la mostró en dos copas. Pero para que surtiera el debido efecto debían masturbarse –le señaló una cortina  detrás de la cual podían efectuar la tarea con discreción relativa–, mezclar el semen con la sangre del guacamayo, revolver  lentamente con una cucharilla que les entregó, y tragárselo todo. J. y R. vacilaron, pero, en fin, hicieron de tripas corazón y  obedecieron al maestro, que tan seguro parecía.  Mientras tragaban  la poción, el profesor T  elevaba las manos por encima de la cabeza y murmuraba frases ininteligibles.   Los dos  enamorados –si así queremos llamarles—, en un alarde de entereza, lograron no vomitar, lo que habría echado a perder el tan anhelado efecto. “En fin, quien algo quiere algo le cuesta”, comunicó R. a J. Y bien les costó, porque el profesor  tenía dos convicciones firmes: a) lo gratuido no es apreciado, y b) lo que es apreciable debe tener un precio acorde, y sus servicios valían mucho más, sin duda, que los de una peluquera o un vendedor de peines. Al marcharse,  un tanto pálidos, bromearon sobre si la sangre no sería en realidad de pollo, ya se sabe que para llegar alto conviene ser desconfiado y no creerse lo primero que a uno le cuentan.

Al  día siguiente acudieron al trabajo, ilusionados como colegiales. Mas las dos mozas seguían igual de estrechas. Esperaron dos días más, por si la cosa requería más tiempo, pero que si quieres arroz, Catalina. Harto desconcertados,  volvieron al ilustre maestro graduado en San Salvador, etc., quien mostró su sorpresa. “¿Están ustedes seguros de que las chicas ni siquiera han dado la menor muestra …? ¿No estarán disimulando para hacerse más de desear?”  “Que no, que no, maestro, seguro que no”. “¡Ah! Entonces la cosa está clara. A veces falla una ración y es precisa una segunda. Vengan mañana, sacrificaré otro guacamayo y ya verán ustedes como esta vez…”

No quiero explayarme en los detalles de la nueva operación, con tarifa aumentada, que a los directores  ejecutivos les pareció demasiado alta: una mezquidad  impropia, pero tampoco rara en  personas de economía boyante.  Sin embargo, ni la doble ración del brebaje  doblegó los prejuicios de  las secretarias.  Después de discutirlo,  J. y R. llegaron a la conclusión de que les había engañado  adrede  el brujo (ya no le llamaban “profesor” entre ellos). Así pues,  le telefonearon  para exigirle la devolución del dinero. El maestro se enfureció, les calificó de aprovechados y personas sin honor ni respeto a los acuerdos, les aclaró que él no trabajaba para tipos de tan baja condición moral y que  inútiles como ellos jamás tendrían éxito con las mujeres, ni aún degollando cien guacamayos.  Que gente así  deshonraba  su profesión, lo que no estaba dispuesto a tolerar. Y que, por supuesto, no les devolvería ni un céntimo

Los dos ejecutivos adoptaron una resolución heroica. Si no iban a recuperar el dinero, se resarcirían en especie. Por sus visitas sabían que al terminar sus sesiones, el brujo se marchaba de casa;  y a la hora oportuna, armados con una palanqueta, se dirigieron al piso, decerrajaron la puerta y empezaron a arramblar con la tele, un ordenador y todo lo valioso y portátil a su alcance.  Mas el ruido alertó a un vecino, el cual vio el estropicio de la puerta y por si las moscas avisó a la policía. Llegaron los probos servidores de la ley y arrestaron a los vengativos  directores. En comisaría, el agente que les tomó la declaración casi sufrió un síncope, al parecer porque el reglamento le obligaba a contener la risa. Dicho policía tenía fama  de falta de calor humano y  escasa empatía, y algunos compañeros se alegraron.

(Basado en hechos reales)

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Una breve nota sobre la personalidad de Paco y Alberto en Sonaron gritos…  Seguramente he puesto en ellos un eco inconsciente de estas frases de Pericles en su Discurso Fúnebre : “Somos audaces y sabemos deliberar  sobre lo que vamos a emprender; en cambio en otros la ignorancia les hace temerarios y la reflexión les paraliza”.

También, en conjunto, vendrían al caso sus palabras sobre la incredulidad que, por envidia, suscitan ciertas hazañas entre  quienes se sienten incapaces de ellas.

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El (ignorado) mayor problema de España / La familia Oliver

Blog I.  Liberalismos, Hope Aguirry y García Domínguez : http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/liberalismos-hope-aguirry-y-garcia-dominguez-20130917

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Un blog siempre interesante de leer: Blog del profesor Sebastián Urbina, en Baleares

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El separatismo se ha convertido en el problema principal para España, para su propia supervivencia, tal como en los años 30 lo fue la revolución. Se trata de si permanecerá la nación o se dividirá en pequeños estados resentidos e impotentes,  objeto de las maniobras e intereses de potencias exteriores, como en los Balcanes. Es decir, de si seguimos el modelo nacional o el modelo balcánico. Pues bien,  la ignorancia sobre el calado de la cuestión es casi absoluta entre políticos, intelectuales y comentaristas, como se observa a cada paso. Da risa ver cómo tantos cifran la cuestión en la economía, amenazando además con que Cataluña (o Vascongadas o quien sea), no entrará en la UE si se separa, y se empobrecerá enormemente (como si viviéramos en la abundancia dentro de la UE).  Bobadas. Si España acepta la enormidad de la  secesión  de Cataluña, tendrá que aceptar la pequeñez de su inclusión en la UE. Y si se obstina en negarla,  ya las potencias que realmente pesan en Europa se encargarían de meter en cintura a los ridículos gobiernos de Madrid. Ello aparte de que la secesión catalana  sería ruinosa también para el resto de España, a menos que la región separada entrase en la UE. Son cosas elementales, pero no entran en el análisis político corrente, cuyo nivel intelectual tiende a cero. El mismo nivel que ha impedido a todos entender por qué el PSOE colabora  con la ETA premiando políticamente sus asesinatos. O por qué el PP de  Rajoy sigue la misma línea.

El otro día, en “La Marimorena”, traté de exponer, en el poco tiempo disponible, la esencia y evolución del problema. Muchos me felicitaron, pero me temo que la mayoría se  ve arrastrada inmediatamente por aspectos anecdóticos o económicos, y aun estos a un nivel pedestre en la mayoría de los casos.  El general Monzón dijo una verdad: no  hay nada que dialogar mientras no cambie la Constitución.  Pero la base del problema no está tampoco en la Constitución: esta no funda a España, sino que está fundada en la previa existencia de muchos siglos de  la cultura y la nación españolas.

Debemos admitir que los separatistas han alcanzado dos grandes logros: crear un sentimiento antiespañol en una masa considerable de catalanes y vascos, incluso de gallegos; y hacer que la secesión sea contemplada  como una posibilidad en muchos ámbitos políticos, periodísticos e intelectuales. Esto es muy grave y se debe, más que a los separatistas mismos, a sus colaboradores gobiernos  centrales desde Suárez. Los separatistas son enemigos acérrimos de España (y de la democracia), pero los gobiernos han persistido en tratarlos  como amigos, en intentar comprarlos con dinero y concesiones y más concesiones (decía Bismarck que quien quiere comprar a su enemigos nunca tendrá dinero bastante). Unos gobiernos y partidos nacionales que tampoco han sido democráticos.  Y esta es la gran cuestión. España ha superado crisis peores (la de los años 30 tuvo mucha más gravedad), pero ello no garantiza una buena salida ahora. Desde luego, la unidad de siglos, el abrumador predominio de los elementos culturales y económicos integradores, es un obstáculo muy serio a los balcanizadores del país; pero, a la larga, ello no basta si no surge una fuerza política  resueltamente contraria y con una estrategia.

http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/no-es-la-economia-estupido-59568/

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La familia Oliver.

En el relato de Alberto Roig, la familia Oliver ocupa un plano central, más desvaído en la tercera parte,  salvo por la superviviente de ella, Carmen. Los  padres, comunistas al igual que su hija Luisa, parecen  muy distintos en carácter. Pese a que Alberto  está fingiendo con los tres, llega a simpatizar humanamente, ya que no políticamente, con el padre, estableciéndose cierto afecto entre ambos. Lo presenta como  hombre culto, de buen fondo y talante comprensivo bajo el fanatismo ideológico: quizá el padre que habría deseado tener Alberto, pues el suyo era un típico pequeño propietario sin formación ni intereses intelectuales y poco cariñoso con él.  Se indica que la familia Oliver vivía armónicamente hasta que en la república el padre evolucionó, como tantas otras personas, hacia el marxismo. También la madre,  de profesión maestra (la radicalización  marxista de muchos maestros fue un fenómeno común en la república), que se descubre lesbiana y se separa cada vez más de su marido, con quien solo queda el lazo de la disciplina militante. Estos casos eran raros, pero me he inspirado en el de un matrimonio que conocí, sin tendencia política por parte de él, y feminista por la de ella; y en el de los intelectuales comunistas  Louis  Aragon y Elsa Triolet, ambos homosexuales, según he leído. Alberto consigue bajar la desconfianza inicial del padre, pero no así la de su esposa, que permanece siempre suspicaz  y enemiga de él.

La evolución ideológica de los padres ha contagiado  a la hija mayor, Luisa, pero en Carmen despierta  una rebeldía  que refuerza su original formación católica. Paco, en cambio, se mantiene al margen, aficionado a conocer y discutir con Alberto filosofías y doctrinas sin hacer suya ninguna. Es Paco quien presta a Alberto libros de la nutrida biblioteca paterna, destrozada por los anarquistas al comenzar la revolución.

Una oposición entre Carmen y Luisa se da en la actitud  sexualmente promiscua de la segunda y típicamente católica de la primera. La relación de Luisa con Alberto es de mutuo engaño,  que no llega a cumplirse en  ninguna de las dos partes. En Luisa, porque siente una especie de hastío por la omnipresente política de los comunistas; y en Alberto porque ella no tiene la información que le interesa. La relación, meramente física, podría evolucionar  en  un sentido más amoroso,  y hay algo de ello. Pero en Luisa termina imponiéndose la disciplina de partido, y en él permanece un trasfondo de culpa por Carmen, que le bloquea en parte. Así, la relación entre él y Luisa va haciéndose cada vez más neurótica.

La diferencia entre Carmen y Luisa  oculta sin embargo una afinidad de fondo: un espíritu de rebeldía, aunque orientado en direcciones opuestas. Luisa ama y admira a su padre y en el fondo detesta a su madre (que siempre había manifestado su preferencia por Paco), y es por él, probablemente, por quien se hace comunista. Luisa adopta una posición más arriesgada, hasta romper prácticamente con el hostil medio familiar. En cuanto a Paco, da la impresión de una fundamental independencia (no necesariamente indiferencia) anímica y afectiva en relación con su familia, y tiene pocos escrúpulos en engañarla para sus fines. Como él dice, nadie le pidió permiso para traerlo al mundo, y una vez en él quiere hacer algo “grande” en su tiempo de vida.  “¿Por la fama, como los hombres del Renacimiento?”, pregunta Alberto.  “No, solo porque está en mi ánimo. Por mi voluntad”.  Según lo describe Alberto, Paco da la impresión de un hombre de una pieza, indomable, casi por encima del mundo… excepto en el último episodio común, en Rusia, donde se rompe.

 

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