Blog I: La indiscutible genialidad de Zapatero: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/genialidad-zapatero-20130930
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Poder y violencia
Toda sociedad humana es conflictiva, por las razones dichas, y tanto más cuanto más amplia, compleja e individualizada. Por ello tiende a la violencia, incluso a una violencia generalizada. A menudo oímos decir que tal cosa es “bestial” o “propia de animales”, o cosas parecidas. Sin embargo en ninguna sociedad animal se produce ese tipo de comportamiento. Se trata, propiamente, de un fenómeno muy humano. Y no siempre destructivo, por otra parte.
La esencia del poder consiste, en definitiva, en el monopolio –nunca plenamente logrado–de la violencia. Cabría pensar en la violencia de una sociedad determinada como una cantidad constante, variando su concentración: concentrada en el poder o difusa y más o menos incontrolable por toda la sociedad.
La violencia del poder se manifiesta de dos formas: dentro de él y en su origen. En cuanto al origen, probablemente todos los sistemas de poder nacen de un acto fundacional violento (golpe de estado, revolución o guerra civil) o por la amenaza de él o por contagio de otras situaciones de éxito de origen violento. A menudo se considera esta violencia de origen como causa de ilegitimidad, pero en tal caso todos los sistemas políticos serían ilegítimos. Por lo demás, cada sistema entiende como positiva su violencia original. Así nacieron los estados antiguos y se impusieron a otros estados o a sociedades precivilizadas, y así hasta nuestros días. El régimen aristocrático-liberal inglés nació de un golpe de estado apoyado por una invasión holandesa. La democracia useña, de una guerra de independencia combinada con guerra civil, reafirmada por otra guerra civil muy sangrienta. Los regímenes liberales, de la muy sanguinaria Revolución francesa, seguidos de revoluciones o guerras civiles en otros países. Los regímenes comunistas, de guerras civiles o invasiones. El fascismo italiano y el nacionalsocialismo llegaron al gobierno de forma pacífica (si dejamos aparte las luchas callejeras menores que les precedieron), pero utilizaron los recursos del poder para afianzarse en verdaderos golpes de estado. Las democracias de Europa occidental deben su reposición o sostenimiento a la intervención bélica useña. Etc. Hay excepciones, claro está, pero casi siempre encontramos en un cambio pacífico la amenaza de la fuerza o de la revolución.
En nuestra historia, el liberalismo se impuso después de una dura guerra civil, pero encontramos también excepciones interesantes: la monarquía cayó dos veces sin violencia real, por la pura quiebra moral de sus defensores. La república se derrumbó –después de un asalto armado de las izquierdas– por unas elecciones fraudulentas. El franquismo venció bélicamente, pero originó una democracia a partir de la corriente principal del propio régimen. Hoy esa democracia sufre una crisis en la que ha desempeñado un papel crucial, directo e indirecto, la violencia terrorista…
Los regímenes triunfantes aspiran, en general, a asegurar su continuidad y estabilidad mediante el monopolio de la violencia, pero nunca lo consiguen definitivamente. Dentro de un mismo régimen, el poder atrae como un imán a grupos y personajes que lo disputan, fiados en una fuerza adquirida y en la fortuna. En esa atracción se mezclan desde la insatisfacción más o menos justificada con los gobernantes (nunca perfectos y a veces muy imperfectos) a aspiraciones personales de riqueza, honor o gloria, de patriotismo y mejor servicio a la comunidad, etc. Pero el ejercicio del poder siempre fue un oficio de riesgo, a menudo de muy alto riesgo. Así, hubo épocas en el Imperio romano en el que la mayor parte de los emperadores sufrieron una muerte violenta. Lo mismo ocurrió con los reinos bárbaros instalados sobre sus ruinas, y en España es claro el caso de los visigodos. La historia de todos los países demuestra claramente estos asertos. Y varios presidentes y altos cargos en Usa y en Europa han sido asesinados; en España, cuatro jefes de gobierno en menos de un siglo. La necesidad de controlar esa violencia ha llevado a establecer sistemas de gobierno en que puedan alternarse distintos grupos, con lo que en la actualidad, en una minoría de países, los derrocamientos y cambios de régimen se han hecho más raros.
La violencia está presente asimismo en las relaciones entre unas comunidades (nacionales o imperiales) y otras, como proyección en un plano ampliado de la conflictividad interna en cada sociedad. Con instituciones como la ONU se pretende solventar los conflictos por medios pacíficos, con éxito mediocre y sin que sepamos cuánto tiempo se mantendrán.
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El atentado contra Companys (I)
Quienes hayan seguido mis artículos sabrán de un hecho muy poco publicitado y todavía no aclarado por completo: el atentado contra el nacionalista Companys proyectado por otra familia de separatistas, Estat Catalá, a partir de un enredo de faldas (http://www.ilustracionliberal.com/23/el-lado-oscuro-de-lluis-companys-jose-garcia-dominguez.html).
En Gritos y golpes, Paco se entera del proyecto a partir de un anarquista-separatista, llamado Mario. Alberto da una somera descripción de la trama real, según se la cuenta su amigo, necesaria para entender la acción, pero lo importante en el relato son los personajes y sus conductas. El protagonista describe a Mario como un obrero murciano apuesto y “con labia”, que ha camelado a la hija de una familia de buena posición”. La palabra “murciano” tenía entonces entre los nacionalistas un contenido especialmente despectivo, y la familia, después de amenazar a la hija con desheredarla, cede de muy mala gana, esperando que se trate de un capricho pasajero. La chica, que “debe de ser tan cretina como él”, milita en Estat Català y ha metido a Mario en la cabeza “no sé cuántas historias nacionalistas, y él se ha formado un mejunje mental de mucho cuidado”. Algo por entonces raro, pero hoy bastante frecuente entre “charnegos” domesticados. El amante de la moza admira rendidamente a Paco después de compartir con él las trincheras frente a Zaragoza, y le explica el plan contra Companys, y cómo los separatistas quieren hacer participar a algunos anarquistas de confianza, más expertos en este género de acciones (Companys había hecho algo parecido para liquidar a los hermanos Badía, atribuyendo luego el asesinato a falangistas). Paco sospecha desde el primer momento que el designio de los nacionalistas consiste en hacer que ellos maten a Companys y sobre la marcha matarles a ellos, para aparentar un crimen de la CNT. Pero acepta entrar en el juego, por su espíritu arriesgado y confianza en su buena estrella: irá prevenido para adelantarse a cualquier intento de eliminarlos a traición.
Paco intenta persuadir a Alberto de tomar parte en el atentado, pero Alberto vacila. La idea de matar a sangre fría le hacía sentirse mal, y recuérdese que tampoco tenía especial deseo de tomarse la justicia por su mano en el caso del asesino de su padre. Esto podría atribuirse a escrúpulo moral o a que aún no estaba plenamente restablecido de su brutal experiencia pasada, o a una reacción lógica ante el homicidio. Si los jueces que condenan a muerte tuvieran que ejecutar ellos mismos la sentencia… Alberto suda frío ante la proposición y procura rebatir a su amigo. “¿Por qué hemos de ser nosotros?” “A mí no me interesa pasar a la historia”. Paco se hace el comprensivo: “A mí también me repugna y me da miedo”, aunque a Alberto no se lo parecía. “Recuerda a tu familia”, insiste. ¿Qué era Companys más que un hombre cualquiera, como los que a diario morían asesinados o en el frente? Pero al mismo tiempo era uno de los mayores culpables de tantas muertes, mientras que la suya evitaría muchas más. Alberto, algo desesperado, le opone que no era un hombre cualquiera, pues representaba a mucha gente. “Razón de más”. Los dos, muy equivocados, creían que pronto los nacionales entrarían en Madrid y acabando la guerra en poco tiempo. Esa falsa impresión tendrían muchos, seguramente, en aquel otoño de 1936. Por consiguiente, argüía Paco, acabar con Companys sería un golpe decisivo en la retaguardia roja, facilitaría su rápida descomposición y ahorraría mucha sangre. Había que estar a la altura “por mucho que los nervios se nos rebelen”.
La diferencia entre Paco y Alberto es evidente. Para Paco no existe en absoluto problema ético, el cual se presenta en Alberto de forma primaria, física, tal vez porque todavía se encuentra disminuido psíquicamente: solo sabe oponer argumentos muy particulares, casi de conveniencia.
¿Por qué cede el protagonista? La exposición de Paco le ha hecho mella, pero también siente una fuerte obligación moral hacia su amigo, a quien debía tanto: la cordura y la vida misma. Acepta con enorme pesar. Y desprecia a Mario en cuanto lo conoce, por el carácter fanfarrón y chabacano de matarife que cree encontrar en él. Aún aumenta su inseguridad la suposición de que los de Estat Català son unos bocazas y probablemente harían fracasar la empresa. Los días siguientes vivirá “dominado por el miedo y la obsesión erótica” por la hermana mayor de su amigo, Luisa. Con el sentimiento hipocondríaco de un desenlace fatídico, que en un momento de debilidad le lleva casi a confesarse a su amante-enemiga. Solo la confianza y meticulosidad de Paco le arrastran, siempre con la esperanza de cualquier imprevisto que al final impida el atentado.
Posteriormente veremos la reacción de Carmen, al enterarse cuando todo ha pasado. Reacción de horror y rechazo hacia lo que considera un crimen, comoquiera se justifique.
