Caminos cortados del siglo XX / Negrín y sus palmeros

Blog I: El gran problema histórico de España: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Caminos cortados en el siglo XX

Las ideologías más influyentes en el siglo XX han sido el marxismo, el freudismo y el liberalismo. El liberalismo pasó por dos grandes crisis, la posterior a la I Guerra Mundial (librada entre regímenes básicamente liberales, con la excepción del Imperio turco y, parcialmente, del ruso); y la larga depresión del 29, también terminada en guerra general, que generó la solución keynesiana; la cual no abolía el liberalismo, pero lo limitaba y expandía el estado, a veces en grado fantástico.

El marxismo “duro”, o  comunista, se impuso en pocos decenios sobre un tercio de la humanidad,  impulso nunca visto en la historia. E influyó poderosamente en casi todo el resto, tanto directamente en el plano político (partidos comunistas y durante largo tiempo socialistas) como en el plano intelectual, cambiando o matizando ideas de otras corrientes, también de la Iglesia católica. Su peso en autores y universidades de todo el mundo, permanece, a veces con fuerza insospechada (en España tenemos amplia muestra de historiadores “lisenkianos”, como en Inglaterra, Francia, etc.)

La influencia de las teorías de Freud ha sido enorme a lo largo del siglo, en los planos intelectual y artístico sobre todo. Después de la II Guerra Mundial se ha combinado, mejor  o peor con el marxismo en los movimientos juveniles, universitarios, también con ambientes liberales que a su vez orientaban ideológicamente la enseñanza y políticas sociales en diversos países “capitalistas”. Los regímenes comunistas, en cambio, rechazaron el psicoanálisis, entendido como ideología “burguesa” que aspiraba a hacer la competencia a la explicación de la historia por la lucha de clases.

Pese a todo, muy pocos se declaran hoy marxistas o freudistas consecuentes, aunque  retazos y retales de ambas ideologías sigan condicionando  la vida intelectual y política. Conviene explicar, así, tanto el prolongado éxito de ambas formas de pensamiento como su evidente fracaso final (o casi final). Dicho en pocas palabras, el éxito provino de su coherencia a partir de bases en principio científicas. Científicas en el sentido de que planteaban hipótesis racionales y no religiosas sobre la naturaleza humana y su evolución. Por decirlo un poco a lo bruto, Marx explicaba la sociedad humana a partir del estómago (la economía) y Freud a partir del sexo. La práctica de muchos decenios ha demostrado que ni el marxismo solucionaba los problemas del estómago ni el freudismo los del sexo y neurosis derivadas. Es más, empeoraban ambos. El marxismo creaba una sociedad carcelaria, y el freudismo agravaba la insatisfacción y descomposición social. Ha sido más bien la práctica –a costa de muchos sufrimientos—, y no tanto la aclaración teórica,  lo que ha arrumbado a ambas ideologías “al basurero de la historia”, como gustaban decir los comunistas. Así ocurre con muchas hipótesis en la ciencia. Cabe preguntarse, entonces, por el valor  de la voluminosísima y trabajosa producción intelectual y artística basada en tales hipótesis tomadas por certezas. Si vale algo esa ingente suma de obras literarias, pictóricas, de pensamiento y análisis social… Lo he sugerido en un artículo (http://www.libertaddigital.com/opinion/ideas/bibliotecas-para-nada-1276205212.html). Como en el caso referido de Castilla del Pino,  se trataría de una extraña tragedia.

El éxito de ambas ideologías traduce, sin embargo, el imperativo fundamental humano de encontrar orden y sentido en la existencia. La crisis del cristianismo desde el siglo XVIII y el prestigio de la razón y de la ciencia dieron lugar a ímprobos esfuerzos por sustituir las antiguas explicaciones religiosas. Y las nuevas explicaciones fueron acogidas, paradójicamente, con cierto fervor no muy diferente del religioso. Ello indica otro hecho: que la ciencia y la razón parecen fracasar como soluciones a la inquietud fundamental humana; lo mismo que la religión parece fracasar en tantas explicaciones que chocan con la razón. Un problema no resuelto.

En cuanto al liberalismo, ha recibido críticas radicales tanto desde el marxismo como desde diversas posturas religiosas. Puede decirse que, con todo, el liberalismo ha vencido a las otras dos ideologías, pero no sin quedar un tanto maltrecha. Quizá la tarea intelectual del momento consista en el examen crítico de la experiencia de una época tan agitada y en algunos sentidos prodigiosa como el siglo XX… incluyendo el papel, casi siempre olvidado, del cristianismo.

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El papel de Negrín (LD, 1-3-2001)

Una vieja y siempre actual polémica:

Hojeando un libro sobre la guerra civil escrito por un grupo de estudiosos, casi todos anglosajones y afines a P. Preston, me topo con la vieja polémica sobre la significación histórica de Negrín, en la que Southworth intenta rebatir a Bolloten. Como se sabe, Bolloten consideró a Negrín un agente de la URSS a efectos prácticos, cuya política llevaba a imponer en España un régimen al estilo de las “democracias populares” del este europeo. Hay en la tesis dos partes: una, la plena concordancia de la política de Negrín con la soviética, y otra, el carácter y dirección de esa política. En cuanto a lo primero, no hay ni puede haber discrepancia entre personas medianamente enteradas. Negrín, por propia convicción o por otras razones –eso es aquí lo de menos—, obró como el mejor agente posible de Stalin, entregándole el tesoro español, que puso en manos del soviético el destino del Frente Popular, y facilitando la infiltración del PCE en el ejército y la policía, dos instituciones claves y las únicas que funcionan bien bajo aquel régimen.

El fondo de la polémica, lógicamente, es la segunda parte de la tesis, aunque ello quede disimulado por la hojarasca que tan bien maneja Southworth. Para este, decir que el triunfo del Frente Popular habría llevado a una dictadura como las del este europeo, supone hacer historia-ficción. Tal vez, pero en realidad no es ese el asunto. El polemista pretende convencernos de que la política de Negrín y de Stalin no perseguían otra cosa que defender la democracia. Resultaría de ello que el Partido Comunista –siempre uno de los peores enemigos de la democracia por su ideología, fines, organización y conducta— y Stalin –uno de los tiranos más sangrientos de la historia, sino el más—, habrían defendido la libertad de España. Mejor aun, ¡ habrían sido los más consecuentes y abnegados defensores de nuestra libertad!. Tal rueda de molino requiere unas tragaderas en verdad privilegiadas, y tiene algo de admirable que a Southworth –o a Preston, que le apoya— no le produzca, aparentemente, indigestión alguna.

La tesis de Bolloten es en lo fundamental muy sólida, y el enorme cúmulo de datos, testimonios y fuentes primarias en que la apoya, probatorios de sobra. Pero su misma acumulación ofrece, de modo inevitable, puntos flacos. El método de Southworth consiste precisamente en buscar algunos detalles erróneos o testimonios dudosos, y remachar incansablemente en ellos con la pretensión de destruir la tesis entera. ¡En fin!. En un robledal puede haber algunos pinos, y los Southworth, llamando con insistencia la atención sobre estos últimos, pueden hacer creer a algunos que se encuentran en un pinar. Pero basta extender la mirada sobre el conjunto para apreciar la falacia.

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Por qué la casta política se compone de delincuentes

Blog I: ¿A quiénes convienen los separatismos? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Por qué la casta política se compone de delincuentes.

En la Transición, y  con objeto de asegurar la gobernabilidad del país, se hizo un reparto del poder entre dos partidos presuntamente nacionales, (UCD, luego PP,  y PSOE) más los separatistas de derechas en Cataluña y Vascongadas. Separatistas, más que propiamente nacionalistas, pues nunca existieron las naciones vasca y catalana, y por eso se empeñan ahora en “construir” las respectivas “naciones”). Como hemos ido viendo, ese reparto degeneró pronto empeñada en liquidar la independencia judicial y controlar y compartir todos los poderes.  Todo ello acompañado de una abrumadora corrupción. He dicho que las tres características de esa casta son, de modo cada vez más acentuado,  la corrupción, la incompetencia y la hispanofobia.

Una tara frecuente del análisis político en España ha sido la tendencia a centrarse en la retórica y olvidar los hechos.  Así que vamos a ellos.  Está en primer lugar extendida corrupción económica. En “La marimorena”, con Carlos Cuesta,  rebatí la la demagogia de un lado y otro empeñada en atribuir la corrupción  “personas concretas”,  y las bellas y fáciles exhortaciones a castigar a los culpables. Resalté lo evidente: los corruptos “concretos”  con personas influyentes , muy relevantes y representativas de esos partidos, y no podrían haber realizado sus fechorías sin el conocimiento y la complicidad, al menos pasiva, de las cúpulas partidistas. Además, sin duda  una gran parte de los políticos conocían la corrupción y callaron porque ella beneficiaba a  partidos e indirectamente a ellos mismos. Lo cual es otra forma de complicidad.

La incompetencia no es delito y no me extenderé en ella, más allá de recordar cómo estos genios han sumido al país en una profunda crisis económica. Pero la crisis es triple: de involución antidemocrática y de cohesión nacional.  Y aquí entran muy claros delitos, empezando por la conculcación (pisoteo) de la Constitución, que exige a los partidos un funcionamiento democrático… incumplido por todos. Y mucho más grave ha sido la imposición de medidas antidemocráticas, sobre todo con Zapatero. En particular dos: la colaboración con banda armada, concretamente con la ETA, que permanece con Rajoy; y la ley de memoria histórica, más propiamente de memoria chekista, que pretende ilegitimar la democracia de la Transición, también continuada por Rajoy.  Las dos cosas son delitos gravísimos contra la democracia, la unidad nacional y la Constitución. Y han sido propuestas y  aceptadas por unas Cortes envilecidas, que no representan realmente a nadie, como no sea a los cabecillas de sus partidos, que los nombran y promueven a cambio de su servilismo. De ello he hablado durante años y no voy a extenderme ahora. Quien quiera, puede verlo fácilmente en Internet.  La casta política española se compone, con la excepciones de rigor, de delincuentes. Y,  o la democracia se libra de ella o ella acabará de destruir la democracia y la propia nación, tarea ya muy avanzada.

Estos delitos descansan en la hispanofobia, en unos casos furiosa, como la de los separatistas; en otros  nacida de una visión negativa de la historia del España, como en el PSOE; y en el PP causada por simple  desinterés y frivolidad “pijoprogre”, que les lleva a colaborar con los anteriores. Cuando un ministro de Asuntos Exteriore habla de ceder “grandes toneladas de soberanía”, como si  no estuviera él al servicio de la soberanía española, sino al contrario o  cuando Rajoy incide en el proceso de disolver a España en la UE, está claro que para esa chusma política la nación española no significa nada, y por tanto se creen autorizados a tratarla como a una finca particular suya. Un denominador común de casi todos esos políticos consiste en la ignorancia de la historia de su propio país o, peor aún,  en una sarta de interpretaciones falsas.

¿Cuál es el remedio? Hay  tres: A) que el PSOE se hunda definitivamente. No me parece razonable creer en  la posibilidad de regenerar ese partido, corrompido hasta la médula,  colaborador activo de los separatismos y del terrorismo, y con su propio historial terrorista. El hundimiento del PSOE podría favorecer momentánea y parcialmente a los más extremistas y estrafalarios a su izquierda, pero liberaría a una  considerable masa de sus electores moderados, –ignorantes de la verdadera historia de ese partido–.  B) Favorecida por el hundimiento del  PSOE o incluso sin él, podría tomar cuerpo en el PP una “reconversión” que,  denunciando sin medias tintas a los pijoprogres , regenerase realmente el PP o bien lo dividiese, sacando a la luz a los dos partidos que de hecho coexisten bajo las mismas siglas. C) Que los  partidos emergentes, junto con las corrientes  reformistas en los (todavía) grandes partidos, lleguen a acuerdos para reformar en profundidad el sistema actual, cuya prodredumbre  apesta a todo el país.

Hay también la posibilidad de un partido nuevo, con capacidad de plantear esas reformas y convicción y capacidad de convencer de ellas. Pero no se vislumbra claramente.

 

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El desastroso diálogo Iglesia-marxismo / Un fracaso intelectual

El desastroso diálogo Iglesia-marxismo

En su autobiografía, Castilla del Pino se expone a sí mismo casi como un modelo de caridad (o, si se prefiere, solidaridad) en continuo contraste con la mayoría de los religiosos, a quienes pinta como hipócritas e ineptos.  Algo mejor trata a los religiosos  que colgaron los hábitos en plena  época del “diálogo con los marxistas”. Cosa lógica, por otra parte, siendo él marxista.

Pero aquí encontramos un serio problema. Como es sabido, el diálogo famoso causó estragos en la Iglesia, mientras que engordó notablemente a los marxistas. En algún otro sitio he creído encontrar la raíz de aquel diálogo en la impresión de que los regímenes comunistas  se habían impuesto, en muy poco tiempo, sobre un tercio de la humanidad y se hallaban en plena expansión, con movimientos poderosos en muchas democracias “burguesas”, mientras  la juventud parecía rebelarse y simpatizar con  marxismos (y freudismos) diversos. Los regímenes comunistas no daban señales de debilidad, mientras que los “capitalistas”  sufrían una fuerte corrosión.  Por tanto, muchas autoridades eclesiásticas debieron de pensar que la historia marchaba por ese camino, de modo que, previendo el futuro, convenía adaptarse a él sustituyendo la confrontación directa por un diálogo que suavizara  a los comunistas y atrajera a la religión católica a sus jefes o intelectuales. Supuestamente, la Iglesia debería llevar las de ganar en ese diálogo,  dada su experiencia de pensamiento y dialéctica de casi veinte siglos. Pero ocurrió lo contrario. ¿Por qué?  Dejo el problema  a la consideración de los lectores.

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(En LD, 16-2-2001)

 Un fracaso intelectual

Una aspiración nativa del diario El País, excelente aspiración, por cierto, fue la de promover un movimiento cultural con ciertas características ideológicas (defensa de la democracia, europeísmo, etcétera) pero que, por encima de ellas, tomara vuelo y altura intelectual. A tal efecto, el diario patrocinó una serie de talentos mayores o menores y un cierto debate, al principio, sobre cuestiones sociales, políticas e históricas que se suponían fundamentales.

Hoy, el proyecto puede darse por fallido; el periódico, más que un centro de promoción cultural, ha quedado en instrumento publicitario de determinadas firmas personales y marcas culturales, al servicio, a menudo, de la política en su nivel más ramplón. Lejos de adquirir vuelo, se ha quedado en el plano “políticamente correcto”, con el estilo trivial y romo que esas importaciones suelen adquirir en España. Lo ideológico ha ahogado a lo intelectual, lo mercantil a lo cultural, y el triunfo de los primeros se ha pagado con la derrota de los segundos.

Durante años, el ABC de Ansón intentó ser una contrapartida al proyecto de El País. Aunque el intento distó de cuajar en un éxito rotundo, al menos mantuvo el tipo y fue, desde luego, necesario para mantener una cierta vitalidad intelectual en España. Ahora, el suplemento cultural de ABC podría serlo también de El País, si acaso algo más ingenuamente progre.

¿De dónde vienen esos fracasos, que no deben alegrar a nadie, porque en definitiva son de todos? Seguramente hay causas profundas, que deberían sacarse a la luz. En la más básica de ellas viene insistiendo Julián Marías: el sacrificio de la verdad a conveniencias ideológicas u otras. Sacrificio especialmente sangriento en todo lo que se refiere a nuestro pasado reciente. Este es cada día más irreconocible, y no sería mala cosa empezar a debatir en serio sobre él. Una clave: El País saltó al ruedo proclamando aquello del “páramo cultural del franquismo”. Se trataba de la típica falsedad autocomplaciente que tiende a imponerse por su carácter intelectualmente terrorista, pues quien se atreviese a negarla entraba sin más trámite en el rango de los “fachas”.

Por suerte, el mismo Julián Marías tuvo el valor de salirle al paso, aunque al parecer en vano, ya que los otros han insistido en su monserga como si no hubieran oído o leído nada en contra. Naturalmente, la implicación del “páramo” era el vergel cultural representado por El País; la realidad ha resultado casi la inversa. Como decía alguien, la verdad es una amante terrible: no acaba de entregarse a nadie y sin embargo castiga implacablemente a quien no la corteja.

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Castilla del Pino (y IV) Doble tragedia

Blog I: Proyección de la culpa http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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No es cosa de alargarse demasiado,  aunque las memorias de Castilla del Pino dan para mucha  reflexión: transmiten la impresión de un hombre culto y sensible (como cuando denunció la destrucción de edificios antiguos de Córdoba por los que él llama “patriotas”, quizá indebidamente: la gente  inculta y ávida de dinero fácil se da en todas la ideologías). También sugieren a una persona más trabajadora que  realmente talentosa,  con una inteligencia lastrada por prejuicios y sentido crítico ejercido en una sola dirección. En general, el pensamiento antifranquista no creó nada original, limitándose casi siempre a introducir en España, con mayor o menor acierto, corrientes intelectuales de moda en otros países.

Así, cualesquiera fueran las cualidades del autor, desconcierta su fobia a Franco, no apoyada, y menos para un marxista, en base racional alguna. Suena un tanto a vesania, a la que no son inaccesibles los psiquiatras. Tiene algo de enfermizo su exhibición de alegría por la muerte del Caudillo, quien,  habiendo tomado un país en plena descomposición revolucionaria y separatista, lo dejó próspero y libre de los odios destructivos que aniquilaron la república.  Para la ocasión compuso un poema de extrema vulgaridad, por decirlo muy suavemente: como tantos antifranquistas, no parece percatarse de que cuando intentan retratar a Franco se retratan más bien a sí mismos, y no favorablemente. Trata a Franco de “capón”, de “millonario de muertes” , de no tener sangre sino

  “Linfa emponzoñada de blando sapo, de reptil cualquiera.

Pene no tuvo, ¿te cabe alguna duda?

 Pellejo vano entre sus ingles cuelga

que usó para mear certeramente

 encima de sus muertos y sus tumbas (…)

¡Cómo le hacía vivir la sangre derramada!

 ¡Cómo le hacía reír la lágrima vertida!

 ¡Nunca fue muerte por tantos deseada!

¡Nunca fue muerte por tantos bendecida!

El poemilla merece un pequeño análisis. Aparte su desmesura  poco cuerda o inteligente, o la referencia al pene, quizá obsesión freudiana, choca lo incongruente, de tratar de   “capón”, “sapo”, etc., a quien venció una y otra vez a todos sus muchos,  peligrosos y nada pacíficos enemigos de dentro y fuera de España. Muestra de  visceralidad o simple estupidez muy común en los antifranquistas, empeñados en demostrar que los venció y tuvo  bajo el yugo años y años un déspota grotesco, inepto, ridículo y de muy cortas luces, incluso cobarde. ¿Quiénes demuestran imbecilidad?

Al margen de sus contribuciones técnicas  a su especialidad, Castilla  refleja en su autobiografía una personalidad  con intensa ambición de sobresalir en el plano académico, pero con un talento acaso algo inferior a ese anhelo.  Quizá resida ahí la clave de su reacción ante el nacimiento de su primer hijo como “el primero y el mayor de los errores que he cometido en mi vida, y el que más sinsabores me ha deparado”. Fallo repetido, sorprendentemente,  seis veces más, y que le distraía de su absorbente  ambición profesional;  de la cual derivaban un autoritarismo y aptitudes paternas escasas,  con efectos a veces trágicos, como él reconoce.

Su  aspiración no debía de ser difícil de colmar  para un hombre  laborioso  e inteligente como él era, en medio de la sordidez y chapuza del panorama cultural de la época –según él lo describe, claro está–. Y por ello mismo  debió de dejarle una estela de resentimiento  su, seguramente injusta,  exclusión de la cátedra que codiciaba;  injusticia  que de un modo genérico atribuye al ambiente o mentalidad franquista.  Aunque abusos como como los  sufridos por él  ocurren y ocurrirán siempre en la universidad y en cualquier institución, cualquiera sea el régimen político.  Su antifranquismo  le conduce, por otra parte, a describir una sociedad  dominada por el miedo  y cerrada a toda expresión contraria o simplemente ajena al régimen. Pero él –y muchos otros– demuestra en la práctica lo contrario. Y su fuerte prejuicio le hace imposible entender que una gran masa de población, en todos los niveles, fuera franquista o al menos no antifranquista, no por miedo sino por la convicción de que  Franco había salvado al país de muy serios peligros.

Encuentro, por terminar estas notas,  un rasgo trágico que Castilla no percibe de sí mismo, aunque lo comprobó en otros, como en esta  confidencia  de un neuropatólogo, judío de origen alemán, llamado A. Meyer: “He dedicado toda mi vida a un tipo de investigación que se ha demostrado estéril” Y observa Castilla:  Fue un ejemplo del drama del científico que apuesta por una línea de investigación que a la larga se reputa equivocada. Años después conocí a un neurohistólogo español, exiliado en Londres, que me dijo lo mismo: la  investigación en la que había cimentado su prestigio, dentro de un círculo por lo demás restringido, había sido marginada  a favor de las surgidas en los últimos tiempos (…) Era tarde para adquirir una formación en esas áreas nuevas e investigar en ellas. Ya no tenía nada que decir. Dos años después me enteré de que se había quitado la vida” (226). Castilla orientó gran parte de su  trabajo en una doble dirección freudiana y marxista, no fácilmente combinable. Esa orientación ha marcado en amplia medida el pensamiento y el trabajo intelectual en Europa y América durante el siglo XX. Las dos doctrinas se reputan hoy, con bastante generalidad, como estériles. Sin contar sus efectos políticos.

Volviendo al principio, existe, como dice manuelp, cierta similitud entre la actitud distante de Castilla respecto a sus hijos, y la de Alberto en Gritos y golpes. Pero  Alberto atribuye su fracaso o semifracaso a la influencia del ambiente de los años 60, que Castilla considera muy beneficioso. Por tanto, al psiquiatra solo le queda la confesión de su propio error como padre. Alberto no menciona su posible responsabilidad al querer olvidar el pasado, o no ser capaz de razonar sobre él ante sus hijos,  pues, como tantos otros entre los vencedores,  prefirió olvidar los sucesos,  pensando, tal vez equivocadamente,  que con ello evitaba reabrir heridas.  Cabe pensar que Carmen tampoco tuvo éxito en esa faceta de la educación de sus hijos,  por razones semejantes. En el caso del personaje real Castilla y  del ficticio Alberto, tendencias ideológicas opuestas tuvieron consecuencias  bastante parecidas en la generación siguiente.

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Un par de datos relativamente anecdóticos: Escribe Castilla del Pino (p. 425):  “Intentábamos paliar  en lo posible los efectos dela aplicación  de la Ley de Vagos y Maleantes (ya el nombre lo dice todo, no de ellos , sino de los que la promulgaron) a los homosexuales detenidos en alguna redada. La pena de cárcel quedaba al arbitrio de los funcionarios  de la prisión, que informaban al juez  encargado de la aplicación de esta ley.  De esta manera, si  el informe era desfavorable, la estancia en prisión de prolongaba de seis en seis meses…”

La Ley de vagos y Maleantes fue promulgada en la república y por impulso directo de Azaña.  Dado el número de homosexuales, podría creerse que las cárceles estaban llenas de ellos, pero no es así: España tenía por entonces (años 60-70) una de las poblaciones penales proporcionalmente  más bajas de Europa,  con muy escasa parte de homosexuales.  En la actualidad, la población penal quintuplica o sextuplica la de aquellos años.  De nuevo la estadística contrasta con los impresionismo subjetivos.

Esto resulta una insidia mucho peor, conociendo los hechos:

Recuerdo una entrevista con la provincial de las Hermanas de los Ancianos Desamparados una mujer (…) recatada, prudente pero  inteligente y aguda (…) Cuando le pregunté dónde había pasado los años de la guerra, me dijo que “en la zona republicana” (no “roja” ni “comunista”, lo usual entonces) “Madre”, añadí, “siento curiosidad por saber cómo las trataron a ustedes en la zona republicana, qué situaciones vivió”. “Nos aconsejaron”, me dijo, “que nos desprendiéramos de los hábitos, pero todos sabían que éramos monjas y nos trataban con respeto y afecto. Nos dedicaron a cuidar a milicianos heridos y enfermos. Muchos, cuando se iban curados, pegaban un papel en la pared, detrás de la cama, en el que escribían cosas como “Camarada, respeta a esta monja  que te ha de cuidar. A mí me ha cuidado como una hermana”. Y concluyó, con cierta reticencia: “Quizá por eso nosotras no tenemos mártires”.

No requiere más comentario.

 

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Castilla del Pino (III) Los engaños de la pasión.

 

Comento con una persona relativamente joven (de unos 40 años), de formación universitaria, estas notas sobre las memorias de Castilla del Pino. Para mi sorpresa, ignora por completo quién pueda ser. Se lo explico y le menciono a Manuel Sacristán y a otros intelectuales  marxistas bien conocidos en mi juventud. Solo le suena Tamames. Y eso que Castilla publicó el segundo tomo de su autobiografía, con gran repercusión mediática, hace solo nueve años (falleció en 2009). Impresiona un poco la rapidez con que pasan hoy  las celebridades.  Un escritor con cierto acceso a los medios me comentaba: “desapareces seis meses de la radio, y ya nadie te recuerda”.

No sé si Castilla quedará para la posteridad como una figura importante, al menos en la profesión médica. Un psiquiatra amigo me dijo que sus escritos técnicos tenían verdadera relevancia en la psiquiatría española. Pero su relevancia, para el gran público, venía de obras más populares, combinación de psicología freudiana  y marxismo, que en los años 60 , en plena dictadura, circularon profusamente en la universidad y aun fuera de ella. Ya tocaré ese tema. Ahora quiero mencionar otras facetas chocantes de su autobiografía.

Me llamó la atención cierto ensañamiento con Dionisio Ridruejo: “No  me sedujo en ningún aspecto, al contrario, me irritó el que, sin tener en cuenta su papel durante la guerra y aún algo después, tratase de nuevo de ocupar el primer plano mediante la organización de un partido político de oposición”  O bien, “Tenía muchas reservas ante  un hombre con su historial falangista en el Valladolid de 1936 y primeros meses de 1937, los años de la represión más brutal (…) He leído las palabras que le dedicó Eugenio Montes cuando Ridruejo  inició su oposición al régimen, y que copié: “Cuando, como tú se ha llevado a centenares de compatriotas a la muerte y, luego, se llega a la conclusión  de que aquella lucha fue un error, no cabe dedicarse a fundar un partido político: si se es creyente, hay que hacerse cartujo, y si se es agnóstico hay que pegarse un tiro”.  Más tarde, cuando leí sus libros de memorias, hay algo que me inspiró respeto: su incapacidad para falsear y, dado lo dramático de lo que habría que decir,  y decirlo de verdad, callar, dolorosamente callar. Una actitud que a mí me sobrecogió desde el primer momento y me inclinó a la piedad por un hombre que parecía sufrir por su pasado” (p. 381).

Castilla, pues, se sitúa en el plano moral de quien acusa, pero comprende y casi perdona desde la superioridad democrática… Sin embargo, ¿cuál es su posición política real? La de un marxista militante.  Una de las leyendas urbanas más circuladas  después de que se disolviese en el aire la aureola del PCE, presenta a sus afiliados, o a muchos de ellos, como demócratas,  que entraban en el PCE  solo por representar este la única posibilidad real de lucha contra la oprobiosa dictadura de Franco.  Se lo he oído a Fernando Jáuregui y  a mucha otra gente, y el mismo Carrillo  lo sugiere,  no sé si con buena o mala intención. Por supuesto, Castilla del Pino se apunta a esa historia, y así explica: “Muchos de  quienes militábamos en el PC éramos radicalmente antifranquistas y demócratas, y por eso no podíamos fiarnos del todo de quienes, dentro aún del régimen, adoptaron un talante democrático como Ruiz Jiménez” (187). Ahora bien, no resulta exagerado concluir que se trata de una lamentable farsa, por demás evidente. Declararse marxista y demócrata no vale más que pretenderse católico y ateo.

El PCE se proclamaba marxista, y el marxismo ha sido la ideología más totalitaria y sanguinaria del siglo XX. No es posible que lo ignorasen Castilla y demás, por  mucha ingenuidad que les atribuyamos. En los años 60 circulaban legalmente muchas obras de Marx, de Engels, de la escuela de Frankfurt,  de Althusser, etc., y había editoriales como Ciencia Nueva o Castellote dedicadas a la promoción de libros marxistas. Solo una dosis de tontería o de inexperiencia estudiantil mucho mayor de lo  común y admisible podía conjugar aquellas doctrinas con la democracia de libertades. Por otra parte, los  genocidios y crímenes de las revoluciones  marxistas, absolutamente mayores que todo lo que pudiera achacarse al franquismo, eran de sobra conocidos, salvo para quienes quisieran cegarse a los hechos con el cuento de la “propaganda burguesa”.  Muy tardíamente y de pasada,  muestra Castilla despego hacia la  Cuba castrista o  la URSS,  estas sí, totalitarias y asfixiantes. Y muy distintas de un franquismo en el que tantos Castilla del Pino hacían carrera sin especiales dificultades, aun sabiendo todo el mundo de su adscripción marxista o comunista. Parafraseando el comentario de Eugenio Montes a Ridruejo, Castilla fue miembro del PCE muy activo en el plano cultural –el más influyente–. De un partido que antes de la guerra y sobre todo en la guerra y la posguerra, llevó la muerte y llevó a la muerte a decenas de miles de personas. Cuando Castilla habla de Carrillo no evoca en  absoluto el historial de este, como lo hace de Ridruejo. Si le parecían adecuadas las palabras de Eugenio Montes,  cuando el psiquiatra “descubrió” –harto tardíamente y sin rastro de análisis  intelectual— la burla trágica del comunismo, ya no le habría quedado, a fuer de agnóstico,  el remedio cartujo. Claro que, directamente, él no impulsó a nadie a matar o morir por la causa,  pero sí fue parte del negocio. Y podía jactarse –de hecho lo hace– de que al final sus esfuerzos trajeron la democracia y no un régimen a la soviética. Mas, tristemente para él, la democracia vino de donde podía venir: como evolución desde el franquismo, en modo alguno del comunismo de sus prolongados fervores.

Algo más sobre el apasionado, ciego, visceral antifranquismo, que justificaría, dicen, la militancia en un partido comunista. Según él, su odio a Franco obedecía a la miseria extrema impuesta “como forma de asentar y defender el privilegio de unos pocos”.  Y de nuevo la observación más elemental prueba que la miseria, extrema o no, disminuyó constantemente bajo el franquismo. Más aún, España se acercó entonces  a los países ricos europeos más que nunca antes o después. Esa realidad la comprobaba todo el mundo, excepto algunos intelectuales.  Para apoyar  su odio, cita a Brenan y a Hobsbawm hablando de los años 50:  Escribe el primero: “No es posible andar por Córdoba sin sentirse horrorizado ante tanta miseria (…) Se ven hombres y mujeres cuyos  cuerpos y caras tienen una capa de suciedad, porque son seres demasiado débiles y desesperados para lavarse. Se ven niños de diez años con las caras marchitas y mujeres de treinta que parecen viejas, con ese ceño de ansiedad que el hambre  y la incertidumbre  perpetuas procuran. Nunca antes había visto yo miseria tan grande (…) Los más impresionantes son los que se arrastran  por las calles sin brazos ni piernas. El gobierno concede una pequeña pensión a los que  perdieron los miembros en  el campo nacional,  pero los que estuvieron con los rojos, aunque sean mujeres o niños,  no obtienen nada”. Y el segundo autor  escribe (refiriéndose a Levante si mal no recuerdo):  “A comienzos de losaños 50 España  era un país pobre y hambriento, quizá más hambriento de lo que ningún ser viviente pudiera recordar”.

Cuando leí las frases de Hobsbawm en sus memorias, me dije “Este tío es tonto”,  perdón por la vulgaridad. Cualquier historiador medianamente serio sabe de las hambrunas  en la URSS o, durante la guerra mundial, entonces tan cercana, las de Bengala, Irán o Grecia, causantes de cientos de miles y hasta millones muertos. O las de la Alemania de posguerra,  de la India, de lugares de África, etc.  Los muertos por hambre en España se computaban en las estadísticas, y estaban en unos 300 anuales  a principios del siglo XX, en continua baja hasta que con la República se duplicaron  y volvieron a alcanzar las del año 1900. El año de mayor hambre en el siglo XX español fue 1938, con más de 1.100 muertos, casi todos en la zona roja. Después de la guerra, el hambre aumentó, sin alcanzar aquella cifra, en gran medida por efecto del semiboicot inglés durante la contienda mundial. Y durante los años 50 bajó con rapidez hasta dejar de figurar en las estadísticas por haber desaparecido como causa de muerte.  Al exagerar de tal modo la miseria en España,  Hobsbawm tampoco tiene en cuenta que una buena porción de ella se debía al aislamiento impuesto conjuntamente por su país, la URSS y Usa, aislamiento que buscaba deliberadamente aumentar la miseria para incitar al pueblo a rebelarse contra el franquismo.  Lo cual no consiguieron,  por cierto, ni ellos ni el maquis.  En mi opinión, Hobsbawm, historiador marxista, es decir, lisenkiano, está muy sobrevalorado.

Con Brenan ocurre algo semejante:  su enfoque corresponde a un intelectual progresista de izquierdas unido a cierta condescendencia. En El derrumbe de la II República  examino su credulidad y fantasías en torno a la represión de Asturias en el 34, por ejemplo.  Desde luego, por aquellos años había en Córdoba algunos mutilados como los que él describe (seguramente muy pocos) y niños y adultos sucios y no bien alimentados. Tales cosas pueden verse hoy mismo, y  no sería difícil  grabar un documental fijándose de preferencia en los mendigos cada vez más numerosos, los drogadictos, borrachos,  los barrios de chabolas con su basura y sus ratas, etc., para trazar un cuadro de absoluta degradación física y moral. Señalo esta obviedad porque una persona fuertemente ideologizada  tiende a ver solo aquello que coindide con sus prejuicios. Y los ingleses no son ahí mejores que los españoles. Por eso es tan importante, al escribir de historia, fijarse en las estadísticas y su evolución, que  tan a menudo desmienten  los impresionismos personales de tales o cuales “testigos”.  La estadística también sirve para mentir, como se ha observado a menudo, pero si está bien hecha resulta  siempre más fiable.

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