Blog I: La aculturación de España / ¿Neutralidad informativa? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/aculturacion-espana-neutralidad-informativa-20130522
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El genio militar de Franco
Es curioso como no solo los adversarios, sino también los partidarios de Franco, se han empeñado en rebajar su capacidad militar, hablando de mentalidad colonial, de guerra subdesarrollada o tercermundista, de constantes errores aquí y allá, de que si los alemanes o los italianos le criticaban esto o lo otro…(alemanes e italianos estuvieron siempre equivocados en sus críticas). La realidad, insisto, es que sin Franco los nacionales habrían tenido la mayor probabilidad de perder la guerra. Hemos visto cómo, a base de audacia e ingenio, logró superar la situación inicial, prácticamente desesperada, y estuvo muy cerca de concluir la contienda en pocos meses con la máxima economía de esfuerzos. En una segunda fase, visto que sus enemigos habían construido en el centro un ejército que demostró ser imbatible en aquellos momentos, cambió de orientación hacia el norte cantábrico, asumiendo el riesgo, nada insignificante, de debilitar su frente en el centro, donde también frustró reiteradas embestidas de sus contrarios. Al culminar victoriosamente la ocupación de la franja cantábrica, Franco adquirió, por primera vez, la superioridad no solo cualitativa sino también cuantitativa.
Para entonces, por otra parte, ya había asegurado la unificación política frente a tendencias dispersivas que en una primera etapa amenazaron la cohesión y continuidad del esfuerzo bélico. Y lo hizo sin excesiva violencia, a pesar de las tendencias suicidas y particularistas tan tradicionales en la derecha. Este fue un logro fundamental, y él mismo lo señalaría así, pero cuya trascendencia rara vez han entendido sus comentaristas.
Sus enemigos tenían el mismo problema: aunar esfuerzos con una orientación única. Esto solo podían conseguirlo los comunistas, porque disponían de una estrategia coherente –suministrada por Moscú–, mientras que el resto del Frente Popular carecía, simplemente, de un verdadero pensamiento político-militar. Pero los comunistas se enfrentaban con dos grandes dificultades: por una parte, empezaron la guerra siendo un partido pequeño al lado de los gigantes anarquista y socialista, y con fuerza escasa en Vizcaya y Cataluña. Por tanto, debieron tratar simultáneamente de crecer y de ir metiendo en vereda a sus díscolos e ineptos aliados. A ello les ayudó mucho la dependencia de la URSS –establecida por los socialistas mediante el envío a Moscú de la mayor parte del oro del Banco de España–. Y crecieron con rapidez hasta convertirse en el partido decisivo, no dudando en tratar con mano de hierro a sus aliados, echando a Largo Caballero y a los anarquistas del gobierno mediante una miniguerra civil y más tarde expulsando del poder al poco fiable Prieto. Sin embargo nunca lograron imponerse por completo, en parte porque los demás partidos seguían siendo fuertes, en parte por su propia estrategia: trataban de disimular la revolución con vistas a atraer a la contienda a Francia e Inglaterra, y ello les impedía castigar hasta el final a tales aliados. Así, el problema tan bien resuelto por Franco en su zona, nunca fue resuelto por completo en la contraria, pese a la combinación de diplomacia y de represión sangrienta llevada a cabo por el PCE.
A pesar de aquella insuficiencia, los logros de los comunistas fueron muy grandes. Utilizando el miedo a los nacionales, consiguieron mantener una unidad suficiente durante la mayor parte de la guerra. Y fueron ideas suyas la formación del “Ejército Popular”, de un funcionamiento más disciplinado y homogéneo, la explotación sin tasa de una propaganda nacionalista española (cuando comprendieron que el patriotismo era una enorme fuerza movilizadora en el bando contrario), de una represión de retaguardia más eficiente y profesional (a algo de ello me refiero en la novela Gritos y golpes), etc. Si en algo han destacado los comunistas en todas partes ha sido en poner en pie ejércitos muy difíciles de vencer y que a menudo les llevaron a la victoria. O en organizar guerrillas, y un aspecto curioso de nuestra guerra civil fue la práctica inexistencia de tal sistema por ambos bandos. Así pues, si bien el bando rojo no logró unificarse tan efectivamente como el nacional, lo consiguió en medida suficiente para sostener la lucha casi dos años y medio más después de la crucial batalla de Madrid.
Por consiguiente, después de la pérdida del norte, el Frente Popular hizo un esfuerzo enorme por reclutar, instruir y armar a una gran masa de soldados que compensaran sus grandes pérdidas en Vizcaya, Santander y Asturias. Prieto, por entonces en estrecha colaboración con los comunistas, reforzó la disciplina con normas mucho más duras que las de los nacionales y a sugerencia del enviado soviético Orlof, creó el SIM, una policía política que en la práctica se convirtió enseguida en un instrumento de los comunistas y sin ninguna restricción legal.
Por su parte Franco, una vez ocupado el norte cantábrico, pensó nuevamente en Madrid, que, como el Alcázar de Toledo pero al revés, se había convertido en un símbolo de prestigio internacional gracias a la propaganda, sobre todo comunista. Se le ha reprochado a veces tal elección, como si fuera una obsesión personal, cuando Madrid había dejado de tener el valor decisivo que en la primera fase de la guerra. Pero creo que es una objeción falsa. Madrid no era solo cuestión de prestigio –con ser este factor moral tan importante–: la toma de la capital implicaba la destrucción del ejército rojo del centro, el más numeroso y mejor preparado, que ya había dado muestras de su capacidad (más defensiva que ofensiva). Pero en ese momento sus enemigos dieron nueva muestra de su capacidad de recuperación y tomaron la iniciativa atacando y ocupando Teruel, lo cual rompía el frente de Aragón, hasta entonces estático, y situaba a los rojos en posición de amenazar el despliegue contrario contra Madrid. Y de nuevo iba a demostrar Franco una extraordinaria adaptabilidad para cambiar su estrategia en función de las circunstancias. Se oye a veces que la verdadera estrategia debe perseguir férreamente un objetivo decisivo, sin dejarse desviar por otros secundarios. Pero ello no excluye la flexibilidad y cambios de línea si las circunstancias lo imponen. El objetivo que Franco persiguió “férreamente” fue la derrota de los ejércitos contrarios y la victoria final en la guerra. Es difícil discernir cuándo un cambio de este tipo está justificado y cuándo puede ocasionar un extravío peligroso, pero al parecer las variaciones parciales de Franco no le impidieron la victoria final. Y así comenzó la tercera fase de la contienda.
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El primer día de la guerra. Segunda República y Guerra Civil en Melilla
El melillense Miguel Platón, uno de los periodistas españoles más destacados, ha escrito una extraordinaria –por lo minuciosa y documentada—relación de los inicios del alzamiento del 18 de julio, que en Melilla comenzó el 17. El libro presenta con una nueva luz muchos episodios de la época, narra detalladamente las peripecias de gran número de protagonistas en mayor o menor grado, las grandes dificultades, desconexiones y a veces chapuzas de una conspiración contra el Frente Popular, desarrollada bajo la atenta mirada del gobierno, a veces despistado y a veces no. Hasta culminar en el célebre incidente de la Comisión Geográfica, donde empezó inopinadamente la guerra. Tan inopinadamente que Franco reprocharía a varios de sus protagonistas, seguramente en broma: “Así que ustedes son los que casi me estropean el alzamiento”. Realmente no habían tenido otra opción.
El libro es apasionante por los detalles, la descripción de las actitudes y de los personajes, la explicación del conflicto y de la intervención de numerosos azares que no estuvieron lejos de dar al traste con la sublevación. La población melillense había votado muy mayoritariamente al Frente Popular, y la tensión entre las izquierdas y los militares, en particular la Legión, era muy viva. La propaganda izquierdista había logrado convencer a las masas de que la Legión había actuado en Asturias con brutalidad sin igual contra “los obreros” –la leyenda la repiten acríticamente muchos historiadores. La he examinado en El derrumbe de la República, próximo a salir–, mientras la Legión, más razonablemente, creía haber salvado la legalidad republicana y a la propia España (suele olvidarse que el alzamiento de julio se produjo en nombre de la república contra el Frente Popular. Solo la intervención de los requetés y la evolución de los sucesos hizo recuperar la bandera tradicional, que también había sido de la I República).
También describe Platón la represión implacable que siguió al alzamiento en Melilla. Lo cual exige tener en cuenta los antecedentes. Después de las elecciones de febrero del 36, que nadie puede en serio considerar democráticas, se multiplicaron las agresiones a derechistas, las amenazas de “aniquilamiento” de quienes las izquierdas llamaban “fascistas”, de depuración de las fuerzas armadas, etc. Como cita el autor del historiador Carlos Seco Serrano, “Una crispación, una tensión angustiosa, fue adueñándose de la ciudad; la paz social naufragó en un cúmulo de conflictos laborales y huelgas”. Aunque la ciudad no llegó a sufrir la oleada de crímenes e incendios que caracterizaron el dominio frentepopulista en muchos otros lugares de España, los odios y rencores estaban a flor de piel, y por otra parte el levantamiento no se hizo por Melilla, sino por el conjunto de España. Como dijo el alcalde a un jefe falangista que protestó ante él por uno de muchos abusos de la autoridad, “O ustedes o nosotros. Y como nosotros tenemos el poder, seremos nosotros”. El lema implícito “o ellos o nosotros” presidió el terror en los dos bandos.
En la represión entraban muchos factores. Diversos falangistas destacaron por su saña y carácter despiadado, consentido por el mando. Si algo dio al traste con la república fueron los odios desatados, cultivados como virtud revolucionaria por las izquierdas, los cuales tuvieron su retribución desde la derecha cuando esta por fin se rebeló. Las izquierdas habían confeccionado en 1934 listas de personas desafectas a ellas, “fascistas” en su vocabulario, para eliminarlas llegado el momento. La derecha no había hecho lo mismo, pero en una ciudad pequeña tampoco hacía falta, pues todos se conocían, y cuando cambiaron las tornas, el rencor acumulado estalló. Particularmente injustos fueron los fusilamientos del general Romerales y del comandante Seco, padre del historiador Seco Serrano. En un primer momento la represión respondió a la necesidad de asegurar una retaguardia precaria, debido a la mayoría izquierdista en la ciudad, después siguió su propia dinámica, aunque pronto se acabaron los paseos y se procuró ganarse a los votantes de izquierda con actitudes más políticas.
El libro merece mucho comentario en todos sus aspectos. Le habría venido bien un índice más detallado y un índice onomástico. Haría pocas observaciones críticas, menores: quizá señalar con más fuerza el carácter anómalo de las elecciones de febrero del 36, hecho reconocido implícitamente por Azaña y más claramente por Alcalá-Zamora; o recordar que en 1930 Franco se manifestó partidario de una democratización ordenada, en carta a su hermano; o la impresión que deja de que el gobierno mantenía cierta pasividad ante la conspiración; o la suposición de cierta reciprocidad de Franco a las autoridades de Gibraltar por la actitud de estas, poco favorable al Frente Popular en los cruciales días del paso del estrecho y del bloqueo a Melilla.
(Editado por “Ciudad Autónoma de Melilla)
