El genio militar de Franco / “El primer día de la guerra”.

Blog I: La aculturación de España / ¿Neutralidad informativa? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/aculturacion-espana-neutralidad-informativa-20130522

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El genio militar de Franco

Es curioso como no solo los adversarios, sino también los partidarios de Franco, se han empeñado en rebajar su capacidad militar, hablando de mentalidad colonial, de guerra subdesarrollada o tercermundista, de constantes errores aquí y allá, de que si los alemanes o los italianos le criticaban esto o lo otro…(alemanes e italianos estuvieron siempre equivocados en sus críticas). La realidad, insisto, es que sin Franco  los nacionales habrían tenido la mayor probabilidad de perder la guerra. Hemos visto cómo, a base de audacia e ingenio, logró superar la situación inicial, prácticamente desesperada,  y estuvo muy cerca de concluir la contienda en pocos meses con la máxima economía de esfuerzos.  En una segunda fase, visto que sus enemigos habían construido en el centro un ejército que demostró ser imbatible en aquellos momentos, cambió de orientación hacia el norte cantábrico, asumiendo el riesgo, nada insignificante, de debilitar su frente en el centro, donde también frustró  reiteradas embestidas de sus contrarios. Al culminar victoriosamente la ocupación de la franja cantábrica, Franco adquirió, por primera vez, la superioridad no solo cualitativa sino también cuantitativa.

Para entonces, por otra parte, ya había asegurado la unificación política frente a tendencias dispersivas que en una primera etapa amenazaron la cohesión y continuidad del esfuerzo bélico. Y lo hizo sin excesiva violencia, a pesar de las tendencias suicidas y  particularistas tan tradicionales en la derecha. Este fue un logro fundamental, y él mismo lo señalaría así, pero cuya trascendencia rara vez han entendido sus comentaristas.

Sus enemigos tenían el mismo problema: aunar esfuerzos con una orientación única. Esto solo podían conseguirlo los comunistas, porque disponían de una estrategia coherente –suministrada por Moscú–, mientras que el resto del Frente Popular carecía, simplemente, de un verdadero pensamiento político-militar. Pero los comunistas se enfrentaban con dos grandes dificultades: por una parte, empezaron la guerra siendo un partido pequeño al lado de los gigantes anarquista y socialista, y con fuerza escasa en Vizcaya y Cataluña. Por tanto, debieron tratar simultáneamente de crecer y de ir metiendo en vereda a sus díscolos e ineptos aliados. A ello les ayudó mucho la dependencia de la URSS –establecida por los socialistas mediante el envío a Moscú de la mayor parte del oro del Banco de España–. Y crecieron con rapidez hasta convertirse en el partido decisivo, no dudando en tratar con mano de hierro a sus aliados, echando a Largo Caballero y a los anarquistas del gobierno mediante una miniguerra civil y más tarde expulsando del poder al poco fiable Prieto. Sin embargo nunca lograron imponerse por completo, en parte porque los demás partidos seguían siendo fuertes,  en parte por su propia estrategia: trataban  de disimular la revolución con vistas a atraer a la contienda a Francia e Inglaterra, y ello les impedía castigar hasta el final a tales aliados. Así, el problema tan bien resuelto por Franco en su zona, nunca fue resuelto por completo en la contraria, pese a la combinación de diplomacia y de represión sangrienta llevada a cabo por el PCE.

A pesar de aquella insuficiencia, los logros de los comunistas fueron muy grandes. Utilizando el miedo a los nacionales, consiguieron  mantener una unidad suficiente durante la mayor parte de la guerra. Y fueron ideas suyas la formación del “Ejército Popular”, de un funcionamiento más disciplinado y homogéneo, la explotación sin tasa de una propaganda nacionalista española (cuando comprendieron que el patriotismo era una enorme fuerza movilizadora en el bando contrario), de una represión de retaguardia más eficiente y profesional (a algo de ello me refiero en la novela Gritos y golpes), etc. Si en algo han destacado los comunistas en todas partes ha sido en poner en pie ejércitos muy difíciles de vencer y que a menudo les llevaron a la victoria. O en organizar guerrillas, y un aspecto curioso de nuestra guerra civil fue la práctica inexistencia de tal sistema por ambos bandos. Así pues, si bien el bando rojo no logró unificarse tan efectivamente  como el nacional, lo consiguió en medida suficiente para sostener la lucha casi dos años y medio más después de la crucial batalla de Madrid.

Por consiguiente,  después de la pérdida del norte, el Frente Popular hizo un esfuerzo enorme por reclutar,  instruir y armar a  una gran masa de soldados que compensaran sus grandes pérdidas en Vizcaya, Santander y Asturias. Prieto, por entonces en estrecha colaboración con los comunistas, reforzó la disciplina con normas mucho más duras que las de los nacionales y a sugerencia del enviado soviético Orlof, creó el SIM, una policía política que en la práctica se convirtió enseguida en un instrumento de los comunistas y sin ninguna restricción legal.

Por su parte  Franco, una vez ocupado el norte cantábrico, pensó nuevamente en Madrid, que, como el Alcázar de Toledo pero al revés, se había convertido en un símbolo de prestigio internacional gracias a la propaganda, sobre todo comunista. Se le ha reprochado a veces tal elección, como si fuera una obsesión personal, cuando Madrid había dejado de tener  el valor decisivo que en la primera fase de la guerra. Pero creo que es una objeción falsa. Madrid no era solo cuestión de prestigio –con ser este  factor moral tan importante–: la toma de la capital implicaba la destrucción del ejército rojo del centro, el más numeroso y mejor preparado, que ya había dado muestras de su capacidad (más defensiva que ofensiva). Pero en ese momento sus enemigos dieron nueva muestra de su capacidad de recuperación y tomaron la iniciativa atacando y ocupando Teruel, lo cual rompía el frente de Aragón, hasta entonces estático, y situaba a los rojos en posición de amenazar el despliegue contrario contra Madrid. Y de nuevo iba a demostrar Franco una extraordinaria adaptabilidad para cambiar su estrategia  en función de las circunstancias. Se oye a veces que la verdadera estrategia debe perseguir férreamente un objetivo decisivo,  sin dejarse desviar por otros secundarios. Pero ello no excluye la flexibilidad  y cambios de línea si las circunstancias lo imponen. El objetivo que Franco persiguió “férreamente”  fue la  derrota de los ejércitos contrarios y la victoria final en la guerra. Es difícil discernir cuándo un cambio de este tipo está justificado y cuándo puede ocasionar un extravío peligroso, pero al parecer  las variaciones parciales de Franco no le impidieron la victoria final. Y así comenzó la tercera fase de la contienda.

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El primer día de la guerra. Segunda República y Guerra Civil en Melilla

El melillense Miguel Platón, uno de los periodistas españoles más destacados, ha escrito una extraordinaria –por lo minuciosa y documentada—relación de los inicios del alzamiento del 18 de julio, que en Melilla comenzó el 17. El libro presenta con una nueva luz  muchos episodios de la época, narra detalladamente las peripecias de gran número de protagonistas en mayor o menor grado, las grandes dificultades, desconexiones y a veces chapuzas de una conspiración contra el Frente Popular, desarrollada bajo la atenta mirada del gobierno, a veces despistado y a veces no. Hasta culminar en el célebre incidente de la Comisión Geográfica, donde empezó inopinadamente  la guerra. Tan  inopinadamente que Franco reprocharía a varios de sus protagonistas, seguramente en broma: “Así que ustedes son los que casi me estropean el alzamiento”. Realmente no habían tenido otra opción.

El libro es apasionante por los detalles, la descripción de las actitudes y de los personajes, la explicación del conflicto y de la intervención de numerosos azares que no estuvieron lejos de dar al traste con la sublevación. La población melillense había votado muy mayoritariamente al Frente Popular, y la tensión entre las izquierdas y los militares, en particular la Legión, era muy viva. La propaganda izquierdista había logrado convencer a las masas de que la Legión había actuado en Asturias con brutalidad sin igual contra “los obreros” –la leyenda la repiten acríticamente muchos historiadores. La he examinado en El derrumbe de la República, próximo a salir–, mientras la Legión, más razonablemente, creía  haber salvado la legalidad republicana y a la propia España (suele olvidarse que el alzamiento de julio se produjo en nombre de la república contra el Frente Popular. Solo la intervención de los requetés y la evolución de los sucesos hizo recuperar la bandera tradicional, que también había sido de la I República).

También describe Platón la represión implacable que siguió al alzamiento en Melilla. Lo cual exige tener en cuenta los antecedentes. Después de las elecciones de febrero del 36, que nadie puede en serio considerar democráticas, se multiplicaron las agresiones a derechistas, las amenazas de “aniquilamiento” de quienes las izquierdas llamaban “fascistas”, de depuración de las fuerzas armadas, etc.  Como cita  el autor del historiador Carlos Seco Serrano, “Una crispación, una tensión angustiosa, fue adueñándose de la ciudad; la paz social naufragó en un cúmulo de conflictos laborales y huelgas”. Aunque  la ciudad no llegó a sufrir la oleada de crímenes e incendios que caracterizaron el dominio frentepopulista en muchos otros lugares de España, los odios y rencores estaban a flor de piel, y por otra parte el levantamiento no se hizo por Melilla, sino por el conjunto de España. Como dijo el alcalde a un jefe falangista que protestó ante él por uno de muchos abusos de la autoridad, “O ustedes  o nosotros. Y como nosotros tenemos el poder, seremos nosotros”.  El lema implícito “o ellos o nosotros” presidió  el terror en los dos bandos.

En la represión entraban muchos factores. Diversos falangistas destacaron por su saña y carácter despiadado, consentido por el mando. Si algo dio al traste con la república fueron los odios desatados, cultivados como virtud revolucionaria por las izquierdas, los cuales tuvieron su retribución desde la derecha cuando esta por fin se rebeló. Las izquierdas habían confeccionado en 1934 listas de personas desafectas a ellas, “fascistas” en su vocabulario, para eliminarlas llegado el momento. La derecha no había hecho lo mismo, pero en una ciudad pequeña tampoco hacía falta, pues todos se conocían, y cuando cambiaron las tornas, el rencor acumulado estalló. Particularmente injustos fueron los fusilamientos del general Romerales y del comandante Seco, padre del historiador Seco Serrano. En un primer momento la represión respondió a la necesidad de asegurar una retaguardia precaria, debido a la mayoría izquierdista en la ciudad, después siguió su propia dinámica, aunque pronto se acabaron los paseos y se procuró ganarse a los votantes de izquierda con actitudes más políticas.

El libro merece mucho comentario en todos sus aspectos. Le habría venido bien un índice más detallado y un índice onomástico.  Haría pocas observaciones críticas,  menores: quizá señalar con más fuerza el carácter anómalo de las elecciones de febrero del 36,  hecho reconocido implícitamente por Azaña y más claramente por Alcalá-Zamora; o recordar que en 1930 Franco se manifestó partidario de una democratización ordenada, en carta a su hermano; o la impresión que deja de que el gobierno mantenía cierta pasividad ante la conspiración; o la suposición de cierta reciprocidad de Franco a las autoridades de Gibraltar por la actitud de estas, poco favorable al Frente Popular en los cruciales días del paso del estrecho y del bloqueo a Melilla.

(Editado por “Ciudad Autónoma de Melilla)

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La injusticia y el sufrimiento / ¿Fue la guerra civil inevitable?

 

Si todo lo existente con todos sus sucesos, son justificables –y es difícil ver cómo podría ser de otra manera—, son por ello justos. Es decir, responden a leyes, las conozcamos o no (orden y justicia vendrían a ser sinónimos). Ello es fácil de admitir para el mundo inanimado, incluso para el mundo viviente… menos para la sociedad humana. Esta, por el contrario, nos produce una viva sensación de injusticia o de que en ella proliferan injusticias de todo género. “La sociedad es injusta”, incluso “la vida es injusta”, decimos, oímos y leemos con frecuencia. De algún modo se quiere decir que algo o algún suceso reales no merecerían tener existencia. Y solemos considerar, al menos en parte, como una eliminación de “injusticias”  para conseguir una sociedad más “justa”.

Pero ¿qué significa una sociedad más justa,  esto es, más “digna de existir”? Todas las sociedades existentes en el pasado y ahora mismo tuvieron o tienen, necesariamente, su razón de ser, es decir, su orden, su justicia, ni más ni menos que la que consideremos ahora más justa.  Cada una  sería plenamente justa, por su mera existencia,  en su tiempo y lugar. Creo que esta sería una aproximación científica, por cuanto prescinde de toda finalidad: lo existente se justifica como producto de las leyes de la existencia, pero sin ninguna finalidad determinada (sin ningún sentido). Y al hablar de las sociedades debemos entenderlas en su estabilidad como en su inestabilidad, en sus paces y en sus guerras, etc.  La forma de existir de las sociedades humanas sería una continua contienda interna y externa, más o menos controlada por las leyes humanas.  Estas buscan un orden estable, pero nunca lo consiguen del todo. Y  por ello cabe atribuir su mezcla de orden y “desorden” (con arreglo al criterio convencional) a alguna ley o leyes superiores a las humanas y su correspondiente justicia, que intuimos  trascienden las capacidades e ilusiones que el hombre se hace sobre sí mismo.

La razón por la que consideramos  injusta la sociedad radica en el sufrimiento. La vida entraña una fuerte dosis de sufrimiento, y termina con la muerte, cuyo mero pensamiento provoca una angustia dolorosa. Pero en la vida encontramos también placer (en un sentido muy amplio: físico, intelectual, estético, moral…), y hasta esos momentos que llamamos de “plenitud”  o de sublimidad. Nuestra psique anhela extender al máximo el placer y disminuir en lo posible el sufrimiento, incluso hacerlo desaparecer. Por tanto, la sensación de injusticia parte del sufrimiento. Nos parece injusto lo que nos hace sufrir y achacamos la causa a una razón u otra, a otras personas, a errores propios, a fatalidades a las que  no nos resignamos fácilmente.  Pero si el sufrimiento forma parte de la vida, de la existencia viva, lo forma también de su justicia, no de una supuesta injusticia. Aceptar el sufrimiento como parte de la existencia — de la justicia–, es difícil, quizá imposible,  y el pensamiento humano a lo largo de la historia está lleno de especulaciones y razonamientos con vistas a obtener cierta felicidad a pesar del dolor. Por  poner dos ejemplos: los estoicos esperaban la felicidad del conocimiento de un orden cósmico que rige nuestros destinos: viviendo de acuerdo con ese orden, seríamos razonablemente felices. Sin embargo la presunción estoica de conocer ese orden suena harto exagerada. El estoicismo influyó mucho en el cristianismo, si bien este, en cambio, tiende a considerar un más allá donde el sufrimiento quedaría abolido (para los que hubieran sabido ser buenos en este mundo), compensando así la injusticia de esta vida. Son temas inagotables en los que habrá que entrar con tiento.

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La crítica de Malefakis a Los orígenes de la guerra civil, se extiende con mayor dureza a  1934, Comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda. Para Malefakis, este libro es aún más parcial que el primero, porque, afirma, la pretensión de que la contienda comenzó en 1934, es “ridícula”, “equivale a decir que la Segunda Guerra Mundial empezó durante la crisis de Munich de septiembre de 1938 y no con la invasión alemana de Polonia” un año después.  España no se sumergió en la guerra civil hasta julio de 1936”.

   La comparación con la crisis de Munich no parece acertada. Lo sería si Hitler hubiera invadido Checoslovaquia de modo unilateral y sin acuerdos previos  con Francia e Inglaterra, y estas hubieran aceptado el hecho. Pues la rebelión de octubre del 34 fue textualmente una declaración de guerra a un gobierno legítimo por ser “burgués” y derechista. Así lo plantearon el PSOE y la Esquerra, y de no haber sido derrotados pronto, la lucha se habría extendido como ocurrió en el 36.

Pues bien, entre los movimientos del 34 y los del 36 hay una continuidad fundamental, a pesar de la interrupción motivada por la impotencia de quienes declaraban buscar la guerra civil. Dice Malefakis:”Estos sucesos (los de octubre) incrementaron, sin duda alguna, la posibilidad de que estallara una guerra civil, pero no la hacían inevitable. Con tan solo uno entre una docena de acontecimientos anteriores a la insurrección militasr se hubiera desarrollado de manera diferente, España se habría librado del derramamiento de sangre. Por ejemplo, habría, tal vez, bastado con que el presidente Alcalá Zamora hubiera decidido que Gil Robles no suponía un riesgo político tan grande y no se hubiera empeñado en bloquear  todos sus intentos de formar gobierno. O también con que la coalición de centro derecha que gobernó a lo largo de 1935 hubiera adoptado una políticas un poco más populistas y, en consecuencia, hubiera ganado, en lugar de perder, las elecciones de 1936. Y, al contrario, con que el Frente Popular  no hubiera llegado al poder porque los anarcosindicalistas no hubieran abandonado tan completamente como lo hicieron su abstencionismo electoral acostumbrado. También es posible, claro está, que aun habiéndose declarado la guerra civil, esta hubiera tomado un curso distinto de¡l que tomó (…Sin el transporte aéreo que le facilitaron Alemaina e Italia, el ejército de Franco hubiera languidecido en Marruecos”

Y así  algunas especulaciones más. En primer lugar, yo no he dicho que después de la insurrección del 34 la guerra (su continuación) fuera inevitable. Para impedirlo habría bastado con que los partidos derrotados hubieran renunciado a su designio de destruir la legalidad republicana y hubieran aceptado el veredicto de las urnas. Pero el hecho es que no aprendieron de la experiencia otra lección que la que aprendió Hitler después del fracaso de su inicial  putsch armado: había que tratar de lograr el poder por vías legales para destruir la legalidad republicana. Una legalidad, incluida la ley electoral,  impuesta las propias izquierdas  en 1931 con intención de ser los dueños “legales” absolutos del régimen… pero que les había dado la mala sorpresa de no haber impedido  el triunfo electoral de las derechas en 1933. La “lección” extraída de octubre del 34 consistió en un Frente Popular cuyo programa consistía precisamente la abolición de la legalidad. Y a ello se aplicaron furiosamente después de ganar las anómalas, no democráticas, elecciones de 1936.  La causa fundamental de la guerra fue el intento de destruir la legalidad vigente en 1934, y su efectiva destrucción desde el poder y desde la calle en 1936.

Cierto, no fueron izquierdas y separatistas los únicos responsables, y tiene bastante razón Malefakis cuando alude a las maniobras de Alcalá-Zamora. Este consiguió arruinar los efectos de la victoria sobre la insurrección de octubre, dividiendo  con sus intrigas a las derechas y llevándolas a unas elecciones apresuradas, montadas para escapar al procesamiento de su criatura Portela Valladares por las Cortes. Alcalá-Zamora fue el máximo responsable de que la guerra iniciada en 1934 tuviera continuidad en el 36, en lugar de quedar como  una convulsión aislada.

Otra observación: antes de que llegaran a Marruecos aviones italianos y alemanes, Franco ya había organizado transportes de tropas por mar y por aire. Tropas escasas, pero con el efecto estratégico clave de asegurar el dominio de Cádiz, estabilizar Sevilla y Huelva, y emprender la ofensiva por Extremadura para unir las dos zonas rebeldes. Los aviones alemanes entraron plenamente en acción cuando esos objetivos estaban conseguidos  o a punto de conseguirse. Y hubo otro transporte importante por mar. El empeño en disminuir los méritos militares –y de todo tipo—de Franco, lleva a historiadores que se dicen solventes a cometer estos  errores elementales.  Menos corazón y más cabeza, me permitiría recomendar al señor Malefakis.

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El corazón de Malefakis / Tres mitos innecesarios

Blog I: Los timbres de alarma no sonaron / El odio en la historia reciente: http://www.intereconomia.com/blog/los-timbres-alarma-no-sonaron-odio-historia-reciente-20130517

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El corazón de Malefakis

El señor Malefakis considera que mi libro  Los orígenes de la Guerra Civil “es uno de los treinta más importantes sobre el tema” (esto no puede haber gustado ni un pelo a los de la revista Ayer), y  que constituye “una contribución importante a la historia del decenio de 1930”, lo cual “compensa, en parte, sus muchos errores”.

Errores “enormes”, consistentes, a juicio de Malefakis,  en una  “extraordinaria parcialidad”  porque no trata de los orígenes de la guerra, como promete el título, sino “de los errores y excesos de los socialistas y otras fuerzas de coalición de Azaña  que pudieron haber proporcionado al ejército una justificación para su decisión de derrocar al gobierno democráticamente elegido (…) No hay ni una sola mención de las conspiraciones militares o de los grupos para derrocar a la República, y eso pese a que varias de esas conspiraciones fueron anteriores al peor de los errores republicanos”.

La crítica no parece muy ajustada, porque el libro se centra en las reacciones golpistas de la izquierda al triunfo electoral de la derecha, hasta culminar en la insurrección revolucionaria de 1934 contra la república. Y no  es adecuada porque  entonces no hubo la menor conspiración algo seria en marcha por parte del ejército ni de civiles. La única –y sí la señalo–, fueron los tratos de  los monárquicos con Mussolini: este debía suministrar 1,5 millones de pesetas, 20.000 fusiles, 200 ametralladoras y 20.000 bombas de mano, así como entrenamiento militar. Estos acuerdos  no se hicieron  contra un gobierno de izquierdas, sino contra el de centro-derecha que entonces gobernaba. Y su único resultado fue  mostrar la inoperancia típica de las conjuras monárquicas. También aludo a otras conspiraciones perfectamente ineficaces, empezadas no desde el principio de la república, como suele sostenerse, sino de la “quema de conventos” (y bibliotecas y escuelas). Por algo Franco, llegado el momento, impuso que la rebelión se hiciera “por España”, no “por la monarquía”. De modo que aquellas conspiraciones –que sí expongo– carecieron de cualquier trascendencia real, al revés que las maniobras izquierdistas. La crítica falla también en otro concepto: no estaba mezclado en conspiraciones “el ejército”, sino fracciones insignificantes de él, como demostró el golpe de Sanjurjo en 1932, que también señalo, contra lo que afirma Malefakis, para mostrar sus grandes diferencias, cuantitativas y cualitativas, con la insurrección izquierdista del 34). Por tanto no me parecen muy adecuadas  las observaciones de Malefakis.

Un ejemplo específico de la parcialidad de los análisis de Moa es su tratamiento radicalmente diferente de las consecuencias inmediatas de las elecciones de 1933 y de 1936. En el caso de las primeras, critica severamente los intentos republicanos de convencer al presidente Alcalá Zamora para que modifique los resultados de las elecciones, que habían sido contrarios a ellos. En realidad, considera que  la participación de Azaña en estos intentos es su segunda tentativa de golpe de estado (siendo la primera su supuesto respaldo al levantamiento de 1934 en Barcelona, una acusación que hacía ya tiempo había sido desestimada por los tribunales). En cambio, Moa nunca menciona las intentonas derechistas, mucho más enérgicas, lideradas por Franco y Gil Robles en 1936, para que se anularan las elecciones del Frente Popular”.

Creo que hay  en el texto una confusión de fechas. Los primeros intentos golpistas de Azaña tuvieron lugar  en 1933, a raíz de las elecciones de noviembre. Hubo un segundo en verano de 1934, desconocido hasta que la he documentado en los archivos de la Fundación Pablo Iglesias. Y un tercer, algo — aunque poco– dudoso, en octubre,  a pesar de su exoneración por los tribunales (que también exoneraron a Largo Caballero por  la insurrección de octubre. No es cosa de ahora en España la poca fiabilidad de la justicia referente a los políticos). Ello aparte, Azaña no dejó de intrigar con Prieto y  los separatistas catalanes y vascos para desestabilizar al gobierno de  legítimo de centro derecha.

Tampoco me parece muy acertado el reproche por no haber tratado “las intentonas derechistas de Franco y Gil Robles  en 1936″, porque el libro cuestionado solo se extiende hasta finales de 1934. He tratado dichas intentonas –a raíz de una elecciones muy distintas de las del 33– en otro libro, El derrumbe de la República y la Guerra Civil. Por cierto, muy en breve saldrá la primera parte de esa obra, corregida y comentada, excluyendo la propia guerra. Me ha parecido que el proceso de destrucción de la república entre octubre del 34 y julio del 36 merece por su cuenta una monografía especial.

Hay otras especulaciones de Malefakis sobre el comienzo de la guerra, de las que me ocuparé en otro artículo. Pero el lector habrá advertido que  el crítico sostiene una idea de la república no por  vastamente compartida menos extravagante: solo concibe una república de izquierdas, hasta el punto de que cuanto estas se alzan para derribar su legalidad, siguen siendo republicanas; en cambio las derechas y el ejército –que, precisamente salvaron la legalidad del régimen en 1934, en lugar de aprovechar el golpe izquierdista para derrocarlo–, son objeto permanente de sospecha, atribuyéndoles el anhelo constante de acabar con la república.  El secreto de una actitud tan despectiva hacia los hechos  podría encontrarse en la parte que Malefakis dedica a Preston: “su corazón, al igual que el mío, está con la República y sus defensores”.  Bien, así se aclara el embrollo. Es cosa del corazón.

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(En LD,  19-12-2000)

Tres mitos innecesarios 

No hay duda de que las dos experiencias republicanas en España han sido desastrosas. La primera llegó a amenazar la subsistencia de España como nación, hasta que la disolvió el general Pavía, él mismo republicano. La segunda comenzó por un pronunciamiento militar fallido, cuyo 70 aniversario se ha festejado estos días con un concienzudo olvido, y siguió con una enorme pira de iglesias, bibliotecas, escuelas y obras de arte; luego vinieron varias sangrientas insurrecciones anarquistas, el golpe de Sanjurjo y la insurrección de octubre del 34, primera batalla de la guerra civil, organizada por el PSOE y la Esquerra catalana. Finalmente, tras un tiempo de anarquía extrema que, a juicio del socialista Prieto, no podía soportar el país, la república se derrumbó al reanudarse la guerra civil, organizada por el PSOE y la Esquerra catalana. Finalmente, tras un tiempo de anarquía extrema que, a juicio del socialista Prieto, no podía soportar el país, la república se derrumbó al reanudarse la guerra civil en julio de 1936.

Desde luego, si algún día ha de volver una república, más valdrá que lo haga sobre un frío análisis del pasado, que, en mi opinión, sólo puede conducir al rechazo crítico de aquellas viejas retóricas y tradiciones. En cambio, estos últimos años nos han traído una idealización beata de la II República como ¡ejemplo de democracia! Para entender esa siniestra y estúpida falsificación, sólo hay que recurrir a los testimonios de los prohombres republicanos, empezando por Azaña.

¿A qué obedecen esos cánticos a un régimen tan poco recomendable? Creo que al intento de fabricar un mito que sustituya a otros dos, ya averiados. El primero fue la glorificación del Partido Comunista como el campeón de la lucha contra Franco. Desde luego, al lado de la acción del PCE, la de los demás partidos resulta casi insignificante, pero su ejemplaridad se tambaleó cuando Jorge Semprún expuso algunos rasgos perversos de esa larga lucha, y se derrumbó con el emblemático muro de Berlín. El segundo mito, los célebres “cien años de honradez”, sobrevivió también poco más de una década. El de la república no tiene mayor consistencia que los anteriores, y por tanto es improbable que dure mucho más.

A mi juicio, se trata de mitos innecesarios, intentos de utilizar la historia como arma política arrojadiza. La transición se hizo sobre el principio de que ningún partido iba a pedir cuentas a otros por el pasado, y eso ha hecho posible una democracia relativamente tranquila, que, por fortuna, nada debe a la república. Naturalmente ese acuerdo de enterrar viejas querellas no incluye a la historiografía, que debe rastrear insobornablemente el pasado, no para construir ni destruir mitos, sino para acercarse a la verdad. Pero algunos, especialmente en la izquierda, siguen empeñados en desfigurar la historia por conveniencias políticas. Ello hace más necesario sanear la memoria.

 

 

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Malefakis, victimismo, honradez intelectual y el suceso clave de la España del siglo XX

 Blog I: Fallo crucial en la enseñanza / Sobre la decadencia de España http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/fallo-crucial-ensenanza-sobre-decadencia-espana-20130515

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Me ha pasado el historiador  J. M. Cuenca Toribio el número de marzo de 2013  de la Revista de Occidente con un largo artículo de Edward Malefakis, “Alguna bibliografía sobre la Guerra Civil española”, en que escribe con cierta amplitud dos libros míos. De ese artículo –creo que es el mismo–, tuve noticia hace tiempo por un conocido próximo a la revista Ayer: en esta le fue rechazado a Malefakis porque …¡me mencionaba! Esto ya no es sectarismo, sino pura estupidez, y refleja el nivel a que ha descendido la historiografía universitaria española (hay excepciones, naturalmente).

El propio Malefakis advierte esa mezcla de aversión y temor a mi persona y trabajos en esos lamentables ambientes, a raíz de la publicación de mi  estudio Los orígenes de la Guerra Civil española: “Dos eminentes historiadores (S.Payne y C. Seco Serrano) dedicaron grandes elogios al libro, pero la reacción general en la profesión fue una mezcla de silencio público y vehemente rechazo privado.  Que yo sepa, la obra apenas ha sido reseñada, ni tampoco ha habido ningún historiador competente que haya rebatido las teorías de Moa (…) En 2006 pregunté a varios amigos historiadores, todos simpatizantes de la República, por qué no se habían enfrentado directamente a Moa. Su respuesta, que no dejó de sorprenderme en su momento, fue que Moa no estaba realmente interesado en un intercambio de ideas, que estaba profundamente aferrado a sus opiniones y no deseaba cuestionárselas. Lo que Moa quería realmente, decían, era la publicidad que acompañaría a una discusión abierta con historiadores de reconocido prestigio”.

Se acerca algo a la verdad Malefakis, aunque yerra en buena medida. Algunos historiadores, por su cuenta o con el respaldo explícito de muchos otros que no salían a la palestra, sí intentaron rebatirme. Así  el señor Moradiellos en la revista digital El Catoblepas, o más aún el señor Reig Tapia, que me hizo el honor de dedicarme un libro El Anti Moa, al que respondí en una serie de artículos en LD (http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/breve-historia-de-un-no-debate-34125/ y siguientes), luego recogidos en el libro  La quiebra de la historiografía progresista (2007) Otros muchos me han dedicado invectivas o juicios arbitrarios, a los que he respondido, a veces con dureza, pero siempre en un plano académico y no personal.  No quiero parecer arrogante, pero tengo la impresión de que  la experiencia no resultó muy reconfortante para el prestigio de mis contradictores ni animó a otros a seguir su ejemplo.

Por otra parte, la falta de debate no quiere decir que esos historiadores, periodistas, directores de medios de masas  y políticos hayan cejado en una actitud  que nada tiene de académica ni de democrática. Empezó Tusell propugnando  desde El País la censura a mis investigaciones, con éxito, pues ese periódico me negó el derecho de réplica, (lo comenté en, por ejemplo, http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/lo-malo-de-javier-tusell-42848/) El éxito se extendió a los grandes medios de masas, no solo de la izquierda, como podría suponerse, sino aún más de la derecha: para El Mundo, La Razón, ABC, La Vanguardia  o El Correo, simplemente no existimos ni yo ni mis libros, no ya de historia, sino ni siquiera mi novela reciente Sonaron gritos y golpes a la puerta, o el relato Viaje por la Vía de la Plata). El otro medio utilizado por esta buena gente ha sido la descalificación propagandística en alusiones ocasionales  un tanto desvergonzadas: yo no había consultado archivos, me basaba en Arrarás o Ricardo de la Cierva, me limitaba a repetir la propaganda franquista, etc., etc.  Sin excluir insidias más personales.

Es decir, que Malefakis no dice del todo la verdad. Quien la sintetizó perfectamente fue Stanley Payne: “Cada una de las tesis de Moa aparece defendida seriamente en términos de las pruebas disponibles y se basa en la investigación directa o, más habitualmente, en una cuidadosa relectura de las fuentes y la historiografía disponibles”. Lamentablemente, “Lo más destacable de la respuesta a la obra de Moa ha sido la ausencia de debate y la negativa a discutir el gran número de temas serios que suscita. Con sólo unas pocas excepciones, ha sido recibida con una hostilidad gélida o furibunda. (…) Aparentemente, no hay una sola de las numerosas denuncias de la obra de Moa que realice un esfuerzo intelectualmente serio por refutar cualquiera de sus interpretaciones (…) “El asunto principal no es que Moa sea correcto en todos los temas que aborda. Eso no puede predicarse de ningún historiador y, por lo que a mí respecta, discrepo de varias de sus tesis. Lo fundamental es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española, anquilosada desde hace mucho tiempo en angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política determinante desde hace mucho tiempo. Quienes discrepen de Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis capaz de retomar los temas cruciales en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática”. Creo que lo anterior expone perfectamente hasta qué punto el “reconocido prestigio” de tantos intelectuales del momento tiene los pies de barro.

No obstante, si bien Malefakis se sintió extrañado en un principio por las extravagantes actitudes de  tantos historiadores, fue viendo la luz. “ Por entonces me sorprendió la respuesta de mis amigos y pensé que se equivocaban al ignorar a Moa en lugar de rebatirlo. Pero poco a poco fui cambiando de opinión, sobre todo al toparme con signos evidentes de que a Moa le gusta hacer el papel de víctima. Esto le proporciona muchas ventajas, no siendo la menor el que aumenta su atractivo  para una gran proporción del público general que, por las razones que sean, quiere creer en la legitimidad de la revuelta armada contra la República. Para ellos, Moa no es solo un historiador, sino también un héroe. Y nadie renuncia fácilmente al papel de héroe.  Mi primera opinión sobre la obra de Moa, que ya era bastante contradictoria, pasó a ser del todo negativa después de leer 1934: comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda”

De modo que Malefakis, sin notar en apariencia su contradicción, después de justificar a quienes pretenden imponer la censura del silencio, dedica un amplio espacio a mostrar por qué no está de acuerdo conmigo. Razón suficiente para que los de la revista Ayer, más consecuentes,  le rechazaran el artículo. De su crítica, que tiene más interés, trataré en otro u otros dos artículos, pero aquí solo quiero recordar cómo, lejos de hacer el papel de víctima ni de héroe, he señalado reiteradamente la importancia del debate  racional y no personalista, y he invitado a él a mis adversarios. Si estos han pretendido hacerme víctima de su censura y de su demostrada ausencia de honradez intelectual, no es, desde luego, culpa mía ni algo que me agrade, al contrario. Y como las cuestiones en polémica son de la mayor importancia –en rigor se trata del suceso decisivo de la historia de España en dos siglos, que ha determinado en gran medida su historia posterior hasta hoy mismo—sigo empeñado en clarificar las cuestiones relacionadas, como verá Malefakis en el siguiente o siguientes  comentarios de este blog.

En fin, invito a mis pacientes lectores a dar la mayor difusión posible a estos comentarios. Muchas gracias.

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Inevitabilidad de la justicia y la fe / La vieja farsa en torno a la ETA.

 

Sobre fe y justicia

Mi contribución al libro Hablando con el Papa (http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/hablando-papa-20130430),  se centró en la cuestión de la justicia y el mal, sobre la que expuse dos enfoques. El segundo es este: ¿Se caracterizan por la injusticia  el mundo, la vida,  la historia? La sociedad humana, según el protestantismo, tendría que ser radicalmente injusta, al ser obra de seres radicalmente caídos por el pecado original y cuyas obras carecen de valor. Solo una gracia arbitraria de Dios, cuya decisión y alcance no puede discernir con claridad nuestra mente, enmendaría parcialmente tan triste  condición. El catolicismo, más esperanzador, valora las obras humanas, y por tanto considera la injusticia como un hecho parcial, no radical.

   Pero cabe imaginar un punto de vista más amplio: la justicia como fundamento de la existencia. En las sociedades complejas, la justicia va ligada a la ley, que funda la existencia misma de la sociedad. La idea resulta en parte aplicable a la naturaleza en general, a la que hemos extendido, por analogía, el concepto de “ley”:  llamamos “leyes” a aquellas regularidades conforme a las cuales se comporta el mundo físico, y sin las cuales este se  convertiría en un caos inimaginable, no podría simplemente existir, al menos  según nuestras capacidades psíquicas y racionales.  Aunque no llamamos “justicia” a la gravedad, la llamamos ley, que, al cumplirse con plena regularidad al contrario que las leyes humanas, no va acompañada de “injusticia”.  Debemos concluir de esta concepción que una sociedad radicalmente injusta no podría existir, o al menos mantenerse. La existencia de las sociedades humanas responde a una justicia, de la que las leyes distintas y aun contradictorias, así como las injusticias, solo serían manifestaciones parciales, subsumibles en una justicia más general.  De este modo, lo que se presenta como injusticia a nuestro sentimiento y capacidad de raciocinio, podría no serlo en un sentido más amplio.  Creo que esa viene a ser la lección que Dios da a Job: “tu sentido de la justicia, tu  capacidad racional, solo alcanzan para juicios limitados”. Aunque, como dice la experiencia, no rígidamente limitados, sino expansivos o perfectivos. O, en otras palabras: la justicia inmanente que sostiene el mundo solo es accesible parcialmente a nuestra razón. Conclusión penosa pero difícil de eludir para el ser humano, desbordado por el mundo y por el misterio de su propia existencia.

La idea es esta: la justicia es el fundamento de la existencia,  y la sociedad se sostiene porque es fundamentalmente justa, aunque nos sea difícil entender esa justicia. No haría falta, entonces, pensar en un “más allá” donde se compensara la injusticia de este mundo: serían solo nuestras limitaciones las que nos impidieran comprender del todo la justicia, es decir, el fundamento de la sociedad, análoga al fundamento de todo lo existente. No obstante, la intuición –por confusa o incompleta que sea— y el sentimiento de la justicia  es inherente al hombre, y sin ella la vida social sería imposible.

Ello tiene relación con la fe.  Me parece haber propuesto que la fe consiste en la creencia en el sentido de la vida, del mundo. Creencia y no conocimiento,  porque el mundo se nos presenta más bien como un revuelto de objetos, sensaciones y cambios, de modo que nos ofrece  más bien  la impresión de un sinsentido. Y sin embargo nuestra psique exige perentoriamente  una creencia que ponga orden en ese aparente caos, que le dé un sentido  por una parte como fundamento (como justicia que tiene también relación con la idea de armonía) y por otra parte como finalidad de la existencia.

Esa exigencia psíquica podría ser una ilusión, y la vida y el mundo carecer de significado  y finalidad, pero entonces tendríamos que preguntarnos de dónde viene esa ilusión y cómo podríamos estar tan radicalmente separados de la vida, cuando somos una creación de esta. Por lo demás, la conclusión del sinsentido del mundo nos llevaría al suicidio o a la mutua destrucción, en función de los deseos contradictorios que, sin objeto alguno, la vida ha puesto en nosotros. Esa “ilusión” solo puede reflejar algo real del mundo y la vida

Así, el ser humano se mueve en la tensión entre una exigencia de sentido, una intuición insuficiente de él, y la angustiosa inseguridad resultante. La historia del pensamiento –y no solo del pensamiento—testimonia ese esfuerzo, que a veces recuerda al de Sísifo. La elaboración más básica del “sentimiento e intuición del sentido”  la producen las religiones, los mitos.  Pero estos no solo contienen una visión consoladora, por llamarla así, sino también terrorífica, que conviene examinar.

http://blogs.libertaddigital.com/conectados/la-justicia-de-la-vida-4203/

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(Decíamos ayer) LD,  28-11-2000

Pesimismo y optimismo

“¿Qué carajo podemos hacer?”, preguntaba Ibarreche afectando desesperación ante uno de los últimos atentados. ¿Qué hace la autoridad legítima de un estado de derecho ante el crimen organizado? Nada más sencillo: reprimirlo con la ley en la mano. Y eso es justamente lo que no hace Ibarreche. Al contrario, su gobierno autónomo protege a los terroristas y su entramado legal por medio de la pasividad policial, una propaganda favorable y subvenciones multimillonarias. Ibarreche y los suyos no ven en la Eta un grupo criminal, sino unos hermanos nacionalistas, algo descarriados, pero con los que desea repartirse los papeles contra la democracia española, como tan expresivamente ha teorizado Arzalluz y los hechos confirman. Eso significa pura y simple complicidad con el terrorismo, y la pregunta de Ibarreche, con toda su hipocresía, ya es una respuesta: van a seguir por la misma línea.

La trampa tendida a Aznar por nacionalistas y socialistas catalanes en la manifestación por Ernest Lluch revela algo no menos alarmante: la conjunción de un sector, al menos, del PSOE con los nacionalistas catalanes y vascos para socorrer a estos últimos, con la mira puesta en progresar hacia la desmembración de España. La historia guarda recuerdo de coincidencias semejantes, como en el verano de 1934, cuando ambos nacionalismos y el PSOE cooperaron a desestabilizar al Gobierno legítimo de centro derecha. He aquí un incidente significativo de entonces: varios diputados acusaron en las Cortes a la Esquerra catalana, dueña del gobierno autónomo, de repartir armas y preparar la insurrección. El entonces jefe del Gobierno, Samper, hombre bienintencionado pero débil, replicó que eso sería “incubar una catástrofe”, por lo que él no daba crédito a la denuncia ni sería “capaz de inferir a los representantes de la Generalidad semejante injuria”. Pero la denuncia era totalmente cierta y, en efecto, la Esquerra “incubaba la catástrofe” de la guerra civil, junto con el PSOE y, en plano secundario, el PNV.

Creo que Aznar no es Samper, pero conviene advertir que los tiempos no van a ser fáciles ni la solución rápida. Las aguas han llegado muy lejos, en gran medida por la claudicación sistemática de izquierdas y derechas, durante más de veinte años, ante la demagogia nacionalista, que ha conquistado en el País Vasco a un sector muy amplio de la opinión. Hay, sin embargo, motivos para el optimismo. Desde hace unos años se percibe allí, por primera vez, una valerosa reacción intelectual, moral y política. La situación ya no es la que era.

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