Blog I: Medidas para salir de la crisis / La señora Isabel: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
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Dicho de otro modo, tanto Hayek como Keynes explican la crisis sobre el concepto de ahorro. Para Hayek es un ahorro excesivo, inducido generalmente por el estado rebajando la tasa de interés, por ejemplo, el que anima inversiones a su vez excesivas, las cuales provocan un círculo vicioso de sobreproducción ruinosa, despidos y el consiguiente subconsumo. La solución: dejar quebrar esas inversiones ruinosas hasta que se alcance de nuevo el equilibrio. Keynes, en cambio, considera que el ahorro puede, justamente, retraer desde el primer momento las inversiones al disminuir las expectativas de consumo.
Tengo la impresión de que el fallo del análisis está en el concepto mismo del ahorro, pues insisto: en un tiempo determinado (un año, normalmente) se produce una cantidad de bienes que deben consumirse. Si el ahorro es abstención del consumo (y tiene que ser del consumo de bienes existentes, producidos, no de expectativas de producirlos), quiere decirse que cada año se echarán a perder una cantidad de bienes producidos tanto mayor cuanto mayor sea la abstención o ahorro. El ahorro, por tanto, no redundaría en inversiones en ningún caso, y más bien las desanimaría, como dice Keynes. La idea de un equilibrio entre ahorro e inversión es superflua: lo producido debe consumirse, o gran número de productores irá a la ruina, lo que arrastrará en círculo vicioso desempleo y menor consumo, etc.
El error del ahorro parece venir de una interpretación moralista (la abstención virtuosa)con la que se intentaba justificar la riqueza de los empresarios. En realidad, cada año se produce una cantidad de bienes muy variados, desde los de consumo inmediato, como la comida, de consumo prolongado, como la ropa, o de consumo intermedio, como máquinas y materias primas: la inversión consiste en consumo de bienes intermedios, por tanto no se diferencia de otros bienes de consumo, excepto en que generalmente son más caros. Esos bienes deben ser consumidos, y según la Ley de Say así ocurre forzosamente, pero la experiencia demuestra que no siempre es así, pues de otro modo no habría crisis. No es así ni siquiera en condiciones de prosperidad, ya que constantemente la oferta de ciertos bienes no encuentra demanda y arruina a sus productores, aunque esa ruina quede compensada globalmente por los beneficios de otros.
Es preciso tener en cuenta, además, la preferencia del consumidor, que varía frecuentemente por causas muy variadas. Ello dificulta la adaptación de los empresarios, aunque también puede ser orientada de formas diversas. Durante la burbuja inmobiliaria mucha gente creyó, o se le hizo creer, que valía la pena endeudarse a largo plazo para comprar viviendas, ya que estas no dejarían de aumentar su valor y siempre podría revenderlas por más de lo que le habían costado. Los empresarios se adaptaron rápidamente y la economía española pareció girar con éxito en torno al ladrillo. Conviene recordar que la mayoría de los economistas, españoles y extranjeros, interpretaban ese éxito como la creación de un “círculo virtuoso” sin fin a la vista. Garantizado además por la entrada en el euro, que presuntamente daba estabilidad permanente a un proceso de enriquecimiento general. ¿Cómo, de ser un ingreso superior al gasto, pasó a ser lo contrario? Porque esto es lo que ha ocurrido. Podría describirse la crisis como una situación en la que, en el conjunto de la economía –aunque no en todas sus partes–, los costes superan a los ingresos.
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EL SUFRAGIO FEMENINO ENLA II REPÚBLICA
El voto como ejercicio de democracia es un fenómeno históricamente muy reciente, pues las democracias mismas no empiezan a existir hasta muy a finales del siglo XVIII. No debe confundirse el voto con otras formas de decisión popular ancestrales, ni tampoco con el practicado en la democracia ateniense: en ésta el pueblo (en realidad una pequeña parte de los ciudadanos libres) intervenía constantemente en la toma de decisiones, mientras que el voto en nuestras democracias se efectúa para elegir a aquellos representantes en quienes se delega la toma de decisiones, excepto en referéndums puntuales. El voto, tal como lo practicamos en el mundo actual, procede de un fenómeno social y otro ideológico: por una parte las sociedades se han vuelto mucho más pobladas y complejas en los siglos XIX y XX (ya no sería posible una democracia a la ateniense, por ejemplo); y por otra se han expandido extraordinariamente las ideas democráticas, cuya raíz se encuentra en las concepciones cristianas sobre la igualdad esencial y la dignidad del ser humano y la consiguiente limitación del poder sobre él por parte de las instituciones (en la Revolución francesa, al contrario que en la tradición anglosajona, las ideas democráticas tomaron un tinte abiertamente anticristiano, y originaron los totalitarismos del siglo XX; pero esa es otra cuestión).
Tampoco el voto como hoy lo conocemos se impuso desde el principio. A España, por ejemplo, el sufragio universal no llegó hasta 1890, es decir, hace poco más de un siglo, y no debe olvidarse que fue uno de los primeros países europeos en adoptarlo, después de Suiza, Francia y Grecia. Aquellas elecciones en España solían ser muy amañadas, un mal muy criticado pero prácticamente inevitable en las sociedades agrarias y poco alfabetizadas. Hasta entonces el voto se restringía casi siempre en función de los ingresos o del nivel educativo de los votantes. Y, por supuesto, lo ejercía exclusivamente el varón, debido al hecho de que la política siempre fue una actividad fundamentalmente masculina, a causa de la ancestral división del trabajo basada en circunstancias naturales (el hombre cazador y guerrero, la mujer recolectora y volcada en la crianza, etc.). Las ideas generales de igualdad generaron pronto la propuesta de extender el voto a las mujeres, pero éstas tardaron en interesarse en ello, y había el temor a que el ejercicio de tal derecho politizase y dividiese los hogares. En Suiza, el país más democrático del mundo en muchos aspectos, el voto femenino no ha acabado de ser admitido hasta 1990.
Sin embargo la extensión del voto a la mujer en los países democráticos era sólo cuestión de tiempo. A lo largo del siglo XIX una proporción creciente de mujeres se incorporó al trabajo fuera de casa, y el proceso se aceleró bruscamente con motivo dela I Guerra Mundial, cuando millones de mujeres hubieron de sustituir en los puestos de trabajo a los hombres que marchaban al frente. Ello presionaba a favor del voto y demás derechos ciudadanos para la mujer, así como la fuerza creciente de la idea de igualdad política para todas las personas. En Gran Bretaña y Usa surgieron movimientos sufragistas femeninos, que terminaron por conseguir su objetivo (en 1917 y 1920 respectivamente), aunque antes lo habían adoptado otros países sin tales movimientos: Nueva Zelanda (1893) Australia (1902), y los países escandinavos, salvo Suecia, entre 1906 y 1915. Hacia el final dela I Guerra Mundial el voto femenino llegó a Holanda y la URSS, y después a otros países europeos: Polonia, Austria, Checoslovaquia, Suecia o Francia en 1918-19.
Conviene señalar este proceso porque una versión demagógica, pero muy extendida, contempla el voto y las libertades ciudadanas en general, y en particular las de la mujer, no como un proceso evolutivo, de acuerdo con el desarrollo de determinadas sociedades, sino como una especie de derecho absoluto y existente desde el principio de los tiempos, pero impedido durante milenios o siglos por intereses “retrógrados” o similares.
En España, la dictadura de Primo de Rivera, de1923 a1930, fue un período de muy rápida transformación social y económica, y las mujeres pudieron presentarse por primera vez a cargos públicos (hubo varias de ellas en la Asamblea Nacional), pero no votar todavía. Esto iba a ocurrir en 1931, con la república, y como conclusión natural de los desarrollos anteriores.
La república ha quedado en la mente de la mayoría, debido a una imagen propagandística, como un régimen traído por las izquierdas, pero lo cierto es que fue organizado e impulsado sobre todo por los políticos derechistas Alcalá-Zamora y Maura, con el propósito de implantar una democracia liberal normal. Un propósito que iba a torcerse desde muy pronto, primero por la oleada de incendios de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza católicos por parte de las izquierdas, y luego con la promulgación de una Constitución sectaria y no laica, sino antirreligiosa, que restringía las libertades de conciencia, asociación, etc., para el clero, convirtiéndolo en ciudadanos de segunda. A continuación la Ley de Defensa dela República limitó mucho más, en la práctica, las libertades reconocidas en la Constitución a los ciudadanos. Las nuevas autoridades de izquierda emprendieron, no obstante, algunas reformas de importancia, aunque no muy bien gestionadas en su mayoría. Una de esas reformas fue la concesión del sufragio a la mujer.
Dentro de cada partido había posiciones contradictorias al respecto. La derecha católica lo veía con reticencia, por temer efectos dañinos sobre las familias, pero por otra parte le interesaba, pues esperaba que las mujeres, por lo común de tendencias más conservadoras y pacíficas, apoyaran a las derechas. A su vez las izquierdas deseaban el voto femenino, pero siempre que les viniera bien electoralmente, de lo cual desconfiaban mucho. Al final, por unas razones u otras, la mayoría apoyó la medida. No obstante, el grueso del centrista Partido Radical, dirigido por Lerroux y único partido republicano con tradición histórica relativamente larga, y con fuerza de masas, rechazaba la propuesta, al igual que ocurría con el Partido Radical Socialista, republicano de izquierdas.
Tiene el mayor interés el proceso de tramitación de la ley. La defensa y el ataque de la misma corrió a cargo especialmente de tres diputadas. Una, la lerrouxista Clara Campoamor, peroró ardorosamente a favor del sufragio femenino, pese al poco entusiasmo de su partido; y en cambio la izquierdista Victoria Kent, así como la exaltada socialista Margarita Nelken, se opusieron. Según estas últimas, la Iglesia influiría sobre el voto femenino y ellas no admitían otra influencia que la de las ideologías afines a ellas. Azaña comenta, con cierto sarcasmo: “La Campoamor es más lista y más elocuente quela Kent, pero también más antipática. La Kent habla para su canesú y acciona con la diestra sacudiendo el aire con giros violentos y cerrando el puño como si cazara moscas al vuelo. Yo creo que es una atrocidad negar el voto a las mujeres por la sospecha de que no votarían a favor dela República”. Sin embargo tampoco Azaña se mostró muy partidario, y a la hora de la votación se abstuvo, retirándose oportunamente del hemiciclo. Lo mismo hizo el líder socialista Prieto.
Desde luego Prieto, un político maniobrero y poco responsable, estaba en contra. Dos años más tarde, cuando la derecha ganó por fuerte mayoría las elecciones, muchos políticos creyeron encontrar la causa de este giro político en el voto de la mujer, y el también socialista Vidarte reproduce en sus memorias este expresivo diálogo entre Prieto y Largo Caballero:
“–Si me hubierais hecho caso dejando en suspenso el voto de la mujer para otras elecciones, no tendríamos ahora problema alguno.
– Pero habríamos ido contra nuestros acuerdos y principios –le replicó Caballero
– Nadie se hubiera dado la menor cuenta. Bastaba con decirles a unos cuantos diputados, que lo estaban deseando, que se quedaran en el café o no entraran en el salón”. Era lo que él había hecho.
En sus memorias Martínez Barrio, jefe del ala izquierda del Partido Radical y masón del más alto rango, criticará amargamente a su correligionaria Clara Campoamor, acusándola también de coquetear –unilateralmente—con el régimen de Franco: “El servicio ofrecido ala República por la señorita Campoamor y los 157 diputados que la acompañaron en su desenfadada y alegre aventura, se tradujo en los bandazos electorales de 1933 y 1936. Con el voto femenino y la ley electoral del todo o nada, la República salió de Escila para entrar en Caribdis”.
¿Tuvieron fundamento esos enfoques? En apariencia sí, pues en las elecciones de 1931, sin voto femenino, la izquierda había alcanzado una mayoría aplastante. Sin embargo la apariencia queda más bien en tal, y se ha usado como argumento para ocultar hechos de mayor calado. No cabe duda de que en 1931 las izquierdas se beneficiaron de la desorganización y fragmentación de las derechas así como del impulso de las esperanzas, las ilusiones populares y la radicalización inicial de la república, mientras que en 1933 la población había experimentado los efectos de dos años de gobierno de la izquierda, y el balance distaba mucho de parecer satisfactorio a la mayoría. Además los anarquistas habían votado en1931 ala izquierda, y se habían abstenido en 1933. El peso de sus votos fue menor del que han sostenido bastantes historiadores, pero en todo caso no dejó de ejercer una influencia. Para los anarquistas, que habían organizado varias insurrecciones reprimidas sangrientamente por Azaña, el balance del período no podía ser más nefasto: hambre, miseria, terror, deportaciones y torturas, “dos años que nunca olvidaremos” etc. Exageraban algo, pero era indudable que las violencias, el paro y el hambre habían crecido espectacularmente, mientras la reforma agraria había resultado un fracaso, la del ejército creaba tensiones innecesarias, y el estatuto catalán provocaba división de opiniones. Y contra todo ello votó en 1933 la mayoría de la población, incluyendo, por supuesto, a las mujeres.
En cuanto a las elecciones de 1936, confirman la misma idea. No conocemos los datos precisos de los comicios, porque nunca fueron publicados, pero la impresión hoy día más generalizada entre los historiadores es que derechas e izquierdas empataron prácticamente en votos. Lo cual implica que el electorado femenino también se dividió considerablemente. No hubo, por tanto, un bandazo propiamente hablando. La causa del retroceso relativo de las derechas con respecto a 1933 puede encontrarse en que su balance no fue brillante, aunque sí más positivo que en de las izquierdas del primer bienio; y también en la influencia emocional de una enorme campaña desatada por las izquierdas contra las atrocidades atribuidas a las derechas en la represión del movimiento revolucionario de octubre del 34 en Asturias. La campaña se basó fundamentalmente en simples embustes y exageraciones sin tasa, pero su persistencia y masividad, también en el extranjero, no cabe duda de que arrastraron a muchas personas a votar de nuevo a las izquierdas. Es seguro que entre esas personas hubo gran número de mujeres, acaso por el propio carácter de las denuncias sobre el supuesto terror derechista, que apelaban a la fibra más sensible de las gentes.
Cabe decir, en conclusión, que la concesión del sufragio femenino en los años 30 era sólo cuestión de tiempo, seguramente no mucho, a causa del desarrollo social y económico anterior; y que fue obra tanto de la izquierda como de la derecha, con mayores y más efectivas reticencias en la primera. Es probable que la mayoría de las nuevas votantes apoyaran a la derecha, pero la desproporción debió de ser poco acentuada. Con seguridad las izquierdas exageraban en sus temores, y cosecharon también una elevada proporción de votos femeninos. Las prevenciones sobre la politización y desunión familiar no parecen haberse cumplido, y la conducta más frecuente sería el voto al mismo partido por parte de ambos cónyuges. Aunque no existen estudios precisos al respecto, suena razonable la idea, opuesta a la de Martínez Barrio, de que el voto femenino contribuyó, aunque de modo insuficiente, a la estabilidad del régimen, más bien que a sus bandazos.