Blog I: La defensa de la democracia / Sobre el volcán http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
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Franco no logró entrar en Madrid al asalto, y quizá fue una suerte para él, pues en una lucha callejera en la gran ciudad y contra un enemigo que había recuperado la moral, sus pequeñas columnas habrían sido probablemente aniquiladas. Por otra parte sus adversarios fracasaron a su vez en unas contraofensivas que, en teoría, podrían haber aplastado a los nacionales. Entonces Franco intentó otro asalto por la carretera de la Coruña, de nuevo frustrado, y comprendió que la guerra de columnas debía dar paso inexorablemente a una guerra de verdaderos ejércitos, en lo que se le había adelantado el adversario. Entre tanto, la escalada de la intervención soviética motivó a su vez una escalada en la alemana y sobre todo italiana, aunque no darían gran resultado inmediato.
La caída de Madrid habría tenido la máxima repercusión nacional e internacional, y con la mayor probabilidad habría decidido la guerra en poco tiempo. Los rojos también lo entendieron así y dedicaron sus máximas energías a impedirlo. Para ello, a iniciativa de los comunistas y de Stalin, pusieron en pie un verdadero ejército, muy distinto de las milicias que tan mal resultado habían dado en la primera fase de la contienda. Ese “Ejército Popular de la República”, como fue llamado con deliberado confusionismo, fue el que impidió la toma de Madrid, aunque no consiguiera aprovechar su gran ventaja material para derrotar a los nacionales.
Franco, entonces, trató de aislar la ciudad cortándole la vital comunicación con Valencia. Lo ideal habría sido un ataque en tenaza desde el norte, por Guadalajara, y desde el sur, por el Jarama, pero, al parecer por insuficiencia de tropas, prefirió concentrarse en un ataque por el Jarama, que volvió a fracasar en su objetivo principal. Un nuevo intento por Guadalajara corrió la misma suerte, si bien en ambos casos se ganó algún terreno. La captura de Madrid seguía siendo la clave para una guerra corta, pues implicaba la destrucción de las mejores tropas del ejército rojo, desplegadas en la capital y su entorno. Pero quedó claro que el ejército rojo era ya muy fuerte en la defensiva y el ejército nacional no lo bastante en la ofensiva. Era preciso abandonar la idea de un rápido final de la contienda y adoptar una estrategia más indirecta.
El objetivo apropiado consistía en la liquidación del frente cantábrico. Este no iba a decidir la guerra, pero su eliminación traería grandes ventajas a los nacionales: anularía la posibilidad de un ataque desde allí sobre Castilla, Navarra o Aragón, y proporcionaría el control de la industria pesada, de importantes fábricas de armas y de una minería muy valiosa de hierro, carbón y cinc. La operación parecía factible porque el ejército enemigo en el norte era menos bregado y en general de bastante peor calidad que el del centro, y la estrechez del territorio dificultaba la defensa aérea. Por contra, la difícil orografía del terreno dificultaba en gran medida la ofensiva y favorecía a los defensores; y, sobre todo, concentrar allí las mejores tropas y medios suponía debilitar en gran medida el frente en torno a Madrid, frente a un ejército adversario cuya potencia había quedado ya demostrada. En tan difíciles condiciones iba a desarrollarse la campaña.
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En torno a la aventura.
En cierto sentido, toda la existencia humana es una aventura, aunque la mayoría de las personas la sufran más que la deseen. De un modo algo descarnado lo expresa Odiseo: “No me gustaban las labores campestres, ni el cuidado de la casa que cría hijos ilustres, sino las naves con sus remos, los combates y los pulidos dardos y saetas; cosas tristes y horrendas para los demás, y gratas para mí, por haberme dado algún dios esa inclinación, que no todos hallamos gusto en las mismas acciones”. Ya que los dioses han querido implantar en los corazones humanos inclinaciones y pasiones muy diversas, aparte de que la propia naturaleza en que vive el hombre se muestra tan a menudo peligrosa y dañina, la aventura, repito, parece inevitable. Incluso bajo la biografía en apariencia más anodina o más rutinaria, vulgar y descolorida, están presentes desengaños, fracasos vitales, éxitos mejores o peores y el misterio que acompaña a la vida humana, sometida a las tensiones del bien y del mal.
En La isla del tesoro es el afán de riqueza lo que mueve a unos protagonistas que por lo demás aspiran a una vida respetable y sin sobresaltos, y están muy lejos de apreciar aquel tipo de vida, asimilado al de los piratas. De modo que, obtenido el éxito, ya no quieren saber nada más de ello. Es una postura similar a la de Pedro el Filósofo en El enamorado de la Osa Mayor, por contraste con la del protagonista. Podríamos decir que unos buscan la aventura por inclinación, por desafío a la vida; y otros la soportan de mejor o peor gana porque “la vida es así”.
En Gritos y golpes, Carmen intenta disuadir a Alberto de ir a Rusia, y lo hace con argumentos elaborados y muy sensatos, no obstante lo cual, Alberto opta por lo que para Carmen es insensatez, y él mismo ve que, desde cierto punto de vista, tiene algo de absurdo. Pero la inclinación es demasiado fuerte en él, y aun después de pasados casi sesenta años tiene que hacer un esfuerzo justificativo. Solo después de la traumática experiencia del maquis renuncia, y acepta de lleno la vida de felicidad tranquila que le ofrece Carmen. Claro que también para entonces tiene ya 28 años, y el afán aventurero suele ser cosa de la primera juventud.
