La talla de Franco como militar (II) / En torno a la aventura

Blog I: La defensa de la democracia / Sobre el volcán http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Franco no logró entrar en Madrid al asalto, y quizá fue una suerte para él, pues en una lucha callejera en la gran ciudad y contra un enemigo que había recuperado la moral, sus pequeñas columnas habrían sido probablemente aniquiladas. Por otra parte sus adversarios fracasaron a su vez en unas contraofensivas que, en teoría, podrían haber aplastado a los nacionales. Entonces Franco intentó otro asalto por la carretera de la Coruña, de nuevo frustrado, y comprendió que la guerra de columnas debía dar paso inexorablemente a una guerra de verdaderos ejércitos, en lo que se le había adelantado el adversario. Entre tanto,  la escalada de la intervención soviética motivó a su vez una escalada en la alemana y sobre todo italiana, aunque no darían gran resultado inmediato.

La caída de Madrid habría tenido la máxima repercusión nacional e internacional, y con la mayor probabilidad habría decidido la guerra en poco tiempo.  Los rojos también lo entendieron así y dedicaron sus máximas energías a impedirlo. Para ello, a iniciativa de los comunistas y de Stalin, pusieron en pie un verdadero ejército, muy distinto de  las milicias que tan mal resultado habían dado en la primera fase de la contienda. Ese “Ejército Popular de la República”, como fue llamado con deliberado confusionismo, fue el que impidió la toma de Madrid, aunque no consiguiera aprovechar su gran ventaja material para derrotar a los nacionales.

Franco, entonces, trató de aislar la ciudad cortándole la vital comunicación con Valencia. Lo ideal habría sido un ataque en tenaza desde el norte, por Guadalajara, y desde el sur, por el Jarama, pero, al parecer por insuficiencia de tropas, prefirió concentrarse en un ataque por el Jarama, que volvió a fracasar en su objetivo principal. Un nuevo intento por Guadalajara corrió la misma suerte, si bien en ambos casos se ganó algún terreno. La captura de Madrid seguía siendo la clave para una guerra corta, pues  implicaba la destrucción  de las mejores tropas del ejército rojo, desplegadas en la capital y su entorno. Pero quedó claro que el ejército rojo era ya muy fuerte  en la defensiva y el ejército nacional no lo bastante en la ofensiva. Era preciso abandonar la idea de un rápido final de la contienda y adoptar una estrategia más indirecta.

El objetivo apropiado consistía en la liquidación del frente cantábrico. Este no iba a decidir la guerra, pero su eliminación traería grandes ventajas a los nacionales: anularía la posibilidad de un ataque desde allí sobre Castilla, Navarra o Aragón, y proporcionaría el control de la industria pesada, de importantes fábricas de armas y de una minería muy valiosa de hierro, carbón y cinc. La operación parecía factible porque el ejército enemigo en el norte era menos bregado y en general de bastante peor calidad que el del centro, y la estrechez del territorio dificultaba la defensa aérea. Por contra, la difícil orografía del terreno dificultaba en gran medida la ofensiva y favorecía a los defensores; y, sobre todo, concentrar allí las mejores tropas y medios suponía debilitar en gran medida el frente en torno a Madrid, frente a un ejército adversario cuya potencia había quedado ya demostrada. En tan difíciles condiciones iba a desarrollarse la campaña.

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En torno a la aventura.

En cierto sentido, toda la existencia humana es una aventura, aunque la mayoría de las personas la sufran más que la deseen. De un modo algo descarnado lo expresa Odiseo: “No me gustaban las labores campestres, ni el cuidado de la casa que cría hijos ilustres, sino las naves con sus remos, los combates y los pulidos dardos y saetas; cosas tristes y horrendas para los demás, y gratas para mí, por haberme dado algún dios esa inclinación, que no todos hallamos gusto en las mismas acciones”. Ya que los dioses han querido implantar en los corazones humanos inclinaciones y pasiones muy diversas, aparte de que la propia naturaleza  en que vive el hombre se muestra tan a menudo peligrosa y dañina, la aventura, repito, parece inevitable. Incluso bajo la biografía en apariencia más anodina o más rutinaria, vulgar y descolorida, están presentes desengaños, fracasos vitales, éxitos mejores o peores y el misterio que acompaña a la vida humana, sometida  a las tensiones del bien y del mal.

En La isla del tesoro es el afán de riqueza lo que mueve a unos protagonistas que por lo demás aspiran a una vida respetable y sin sobresaltos, y están muy lejos de apreciar aquel tipo de vida, asimilado al de los piratas. De modo que, obtenido el éxito, ya no quieren saber nada más de ello. Es una postura similar a la de Pedro el Filósofo en El enamorado de la Osa Mayor, por contraste con la del protagonista. Podríamos decir que unos buscan la aventura por inclinación, por desafío a la vida; y otros la soportan de mejor o peor gana porque “la vida es así”.

En Gritos y golpes, Carmen intenta disuadir a Alberto de ir a Rusia, y lo hace con argumentos elaborados y muy sensatos, no obstante lo cual, Alberto opta por lo que para Carmen es insensatez, y él mismo ve que, desde cierto punto de vista, tiene algo de absurdo. Pero la inclinación es demasiado fuerte en él, y aun después de pasados casi sesenta años tiene que hacer un esfuerzo justificativo. Solo  después de la traumática experiencia del maquis renuncia,  y acepta de lleno la vida de felicidad tranquila que le ofrece Carmen. Claro que también para entonces tiene ya 28 años, y el afán aventurero suele ser cosa de la primera juventud.

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El lenguaje de los mitos / Dos novelas de aventuras.

Blog I: Por qué es mejor la democracia / “Antes era más duro”: http://www.intereconomia.com/blog/por-que-mejor-democracia-mas-duro-20130423

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El lenguaje de los mitos  

Los mitos han llamado siempre la atención, como si bajo su fachada de imágenes se ocultara alguna significación no evidente o algún tipo de mensaje. Desde muy pronto, diversos mitos se ligaron a ritos de iniciación o a esoterismos. Algunos comentaristas  han creído encontrar  similitudes entre los mitos de diversas religiones, como si contuviesen una idea común. A juicio de P. Diel, esos enfoques  “han terminado por agotarse  y perderse en un terreno arenoso, tan irrelevante como árido”.

Frente a esa corriente encontramos otra, escéptica, que ve en los mitos simples arbitrariedades hijas de una fantasía caprichosa. Enfoque antiguo, parece que Ovidio los consideraba así, y Voltaire no mejor.

Tiene interés la crítica de M. I. Finley a los intentos de encontrar en mitos de diversas religiones sentidos básicos iguales: “La alegoría es fundamentalmente un recurso sumamente simple, y una vez aprendido el truco, ya no tiene fronteras, como el libro “Mitos griegos y misterio cristiano”, del padre Hugo Rahner nos revela con ejemplos masivos (…) Su tema central es la traducción y absorción de los mitos griegos a los misterios del cristianismo”. En apoyo de su escepticismo, Finley cita  del prólogo de Gargantúa  la pregunta que Rabelais hacía a “los hacedores de alegorías de su tiempo, con sencilla ironía: “Creéis sinceramente que Homero, cuando escribía La Ilíada y La Odisea  tenía en mientes las alegorías con que más tarde le abrumaron Plutarco, Heráclides, Póntico, Eustacio, Fornuto, y que Politiano les ha birlado a estos (…) o que Ovidio en sus Metamorfosis pudo pensar en los sacramentos del Evangelio?”

A su vez, Caro Baroja, por poner otro caso, señala que los creyentes no ven los mitos como alegorías con significados más profundos, sino que los creen tal cual, literalmente, por lo que el intento de buscarles más significaciones sería tan arbitrario y absurdo como los propios mitos y sus imágenes. En suma, los mitos se reducirían a productos de una mentalidad ilógica y primitiva y propiamente serían sinsentidos, aun si a veces con una extraña belleza.

También cabe considerar los mitos como maneras fantásticas, mágicas, de dar fuerza compulsiva a las convenciones sociales, y se explicarían por las relaciones comunitarias dentro de la sociedad que los produce. En este caso  los mitos ofrecerían un interés puramente histórico y sociológico: sus detalles nos proporcionarían información sobre la manera de pensar y de vivir de aquellas viejas sociedades, y en ello radicaría su único valor real para nosotros. Podemos llamar a este enfoque “el mito como hacha de bronce”, equiparándolo a una herramienta cualquiera que nos hubiera llegado de aquellas edades.  Un hacha de bronce interesará a los especialistas, pero su utilidad actual es nula, y lo mismo los mitos.

Sin embargo, creo que el mito no puede compararse a una herramienta material, sino que recuerda más bien a una obra literaria, y por ahí podremos empezar.

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Dos novelas de aventuras

En un sentido amplio todas las novelas son de aventuras, pues tratan de diversas peripecias de seres humanos. Pero el género  se refiere sobre todo a peripecias arriesgadas y exteriores, vitalistas, generalmente juveniles y con final feliz. Intentaré una breve, aunque sea superficial, comparación entre  La isla del tesoro, de R. L.  Stevenson, y El enamorado de la Osa Mayor, de S. Piasecki. La primera es una de las más logradas, un clásico absoluto: transmite inigualablemente unos ambientes, peligros y emociones hasta que los buenos ganan y los malos pierden,  “que es lo que significa la ficción”,  según el cínico ingenio de Oscar Wilde. A pesar de todo,  hay un fondo de trivialidad: los riesgos se afrontan por el vil metal, que al dar sentido a la peripecia lo da también a la vida, algo típico en la literatura anglosajona. Y siempre nos queda cierta insatisfacción final: ¿qué ocurrió después con aquellos personajes? Algo dice del malvado John Silver, que con la parte del tesoro robado seguramente podría vivir con cierta comodidad en este mundo, ya que en el otro sería muy improbable. Los demás disfrutarían de una vida acomodada pero rutinaria, civilizada y sin aventura, pues el  ideal por el que se han esforzado, el dinero, ya se lo permite. La aventura supone marginalidad con respecto a la vida corriente, tranquila  y respetable, aparece como excepción y no como ideal. Los genuinos aventureros, los piratas, no son precisamente recomendables por su brutalidad e instintos criminales. Como concluye el protagonista, Jim Hawkins, por nada del mundo volvería a la maldita isla.

El enamorado de la Osa Mayor,   otra gran novela de aventuras, difiere notablemente: retrata una vida de acciones siempre arriesgadas y a menudo violentas, de contrabandistas en la frontera  entre Polonia y la URSS por los años 20. Su espíritu lo describe muy bien el protagonista, Sergio, cuando va a ver a un compañero de correrías, Pedro el Filósofo,  que ha decidido estabilizar su vida y casarse: “Estaba radiante de alegría, se reía, bromeaba y ni siquiera hablaba ya de la frontera (…)

“–¿No sientes nostalgia de la frontera? Piensa que ahora es la estación de oro, y el oro se derrama por todos los senderos de la frontera. Las noches son oscuras, negras, los muchachos andan bajo la estrellas y después descansan y se divierten bebiendo y cantando. Cada día hay algo nuevo, cada día sucede algo

  “Hablé así largo rato y de pronto  noté la mirada interrogadora de Pedro. Entonces callé porque comprendí que él no sentía lo que yo. En cambio dijo:

–¿Entonces tú,  en serio…? No lo hubiera creído. Por mi parte prefiero quedarme aquí, en paz con los míos. ¿Qué tenía de interesante aquella mala vida que llevábamos?

Pero cierto hastío y angustia se percibe en el protagonista: ha ido a “la gran ciudad” (Vilna) a divertirse con sus compañeros, y no le gustaba: “Los hombres me asombraban al verlos tan inútilmente nerviosos. Hacían una cantidad de movimientos superfluos; estaban desatentos, distraídos. Por cualquier cosa se incomodaban y gritaban. Todos amaban el dinero y todos eran viles”. Para él, el dinero era solo la espuma de una vida que le atraía por sí misma y de cuya marginalidad disfruta. Poco después,  “La compañía de mis amigos, imbecilizados por el vodka, sus sonrisas estúpidas, las caras fofas de las mujeres que arrastraban tras de ellos, todo se me hacía insoportable. En una encrucijada vigilaban unos guardias “Como en la frontera –pensé—Los verderones, las encrucijadas, las alambradas… Pero aquí no se arriesga nada; se hace pasar la mercancía de mentira, el vicio, la enfermedad, el fraude… Aquí todos son “rebeldes”, no contrabandistas”.

El final no es feliz. El protagonista, acosado por la policía y por contrabandistas rivales, termina solo en la clandestinidad del bosque. Su último amigo, El Ratón, “alto, flaco, bastante pícaro y valiente”, iba enloqueciendo. Le contaba extrañas historias que no venían a cuento, y finalmente decidió marcharse a Rostov, donde le quedaba alguna familia.

Es una novela de acción , pero en su simplicidad aparente, ajena a reflexiones algo cargantes como las de Conrad, bullen cuestiones de fondo sobre la vida.

Como he dicho, Sonaron gritos y golpes a la puerta recibe una lejana inspiración de la novela polaca. También Berto y Paco se sienten fuertemente atraídos por la aventura, un concepto sobre el cual valdría la pena profundizar más.

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Imposibilidad del ahorro / Tiempos literarios.

Blog I: Seis retos históricos en España http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

El ahorro parece ser imposible o contraproducente, por cuanto debilita el consumo y por tanto la producción, lo cual choca con la evidencia de que mucha gente deja de gastar una cantidad de su dinero disponible, es decir, de su capacidad de consumo y, por lo general, lo ingresa en un banco. A eso le llamamos ahorro. No se trata de una abstención virtuosa, sino que se ahorra solo lo que se considera sobrante o no necesario. El ahorrador no lo hace por beneficiar al banco, sino porque el banco le ofrece seguridad y una pequeña remuneración: espera recuperar el dinero cuando lo necesite, más o menos incrementado.

Pero el banco, a su vez, utiliza ese dinero para prestarlo a un interés mayor. En una sociedad sin dinero, el ahorro puede ser forzado por la escasez o consistir en el desperdicio de bienes producidos en exceso, aunque a ninguna de esas cosas la llamaríamos propiamente ahorro. El dinero, en cambio, además de medio de cambio y de atesoramiento, permite la transformación del ahorro en inversión. Y como la inversión no es, en definitiva, más que consumo de productos intermedios, el ahorro, evidente en el plano particular, desaparece en el plano general: el dinero representa una capacidad de consumo que siempre se dedica a este. Por consiguiente, en el plano general, el consumo inmediato e intermedio debe coincidir con la producción, y el sistema bancario sería precisamente el encargado de hacerlos coincidir.

Ahora bien, la economía se basa en expectativas, y el interés refleja esas expectativas que mantienen la máquina girando un año tras otro, cada vez con mayor producción y consumo si todo va bien. Las expectativas nunca se corresponden del todo con la realidad, lo que trae solo ajustes menores que no dañan gran cosa al sistema; la crisis vendría cuando esa diferencia entre expectativas y realidad se hacen excesivas. La discusión sobre si las crisis vienen de la oferta o de la demanda, de la producción o del consumo no parecen así muy realistas.

Una falsa expectativa fue la de que el sector inmobiliario seguiría año tras año un ritmo acelerado de oferta y demanda. Y la misma contaminó al conjunto de la economía, empezando por la bancaria. Otro ejemplo de falsa expectativa: el crecimiento de los gastos estatales puede ser visto durante un tiempo de un modo similar al crecimiento inmobiliario, como promotor de más y más producción y consumo. Porque es muy difícil evitar que un sector que se revela muy rentable en un tiempo dado no atraiga sobre sí un exceso de capitales, y no menos difícil calcular en qué momento dejará de dar beneficio. De ser así, la salida de la crisis consistiría en una redirección de las inversiones aceptando perturbaciones o desajustes transitorios.

Lo que someto a las doctas observaciones de los lectores.

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Decíamos ayer (si se me permite la pedantería):

Opinión 2001-01-11
El último premio Cervantes está saliendo movido, lo que no es malo. Primero el flamante afortunado, que se pasó media vida poniéndole bombas a Franco, acusó a su predecesor en el premio por no haber organizado algún atentado o cosa así contra Pinochet. Umbral es que tiene madera de héroe y cree que todo el mundo tiene que ser lo mismo, en lo cual quizá no acierta del todo.

Edwards, entre dolido y despectivo, le respondió como se merecía, supongo, y ahí quedaba la alta polémica, cuando interviene Juan Goytisolo para denunciar “la putrefacción de la vida literaria española, el triunfo del amiguismo pringoso y tribal, la existencia de fratrías, compinches y alhóndigas”. Denuncia muy en su punto, si bien algo sabida. Tales tristes impudicias ocurren probablemente en todos o casi todos los países y tiempos, aunque posiblemente tengan poco que ver con la calidad de la literatura.

Me recuerda a mi amigo a quien preguntaban sobre una reunión de poetas: “¿De qué van a hablar? De dinero y subvenciones”. Pero a lo mejor no eran malos poetas. Hace años, Goytisolo disfrutaba de una buena cohorte de amiguetes y compinches en la abundante e influyente prensa “progre” del país, que ponía por las nubes sus tiradas sobre los moros y los judíos, en la estela de las fantasías, por no decir bobadas, de Américo Castro, tan respetadas como lo han sido, por caso, los “análisis” del marxismo cañí, cosas todas ellas que dan idea del nivel intelectual español desde hace décadas. ¡Ah!, y de paso aquellos amiguetes ninguneaban sin reparos a quienes no comulgaban con las ruedas de molino de la corrección política del momento. La moda ha cambiado y es comprensible que a Goytisolo le duela, pero las glorias pasan, ya se sabe, y ahora le toca al “inefable Cervantes de botas negras brillantes y pañuelo rosa”, como él dice.

Vamos a menos, deplora Goytisolo. Y quizá tenga razón. La gloria de Goytisolo pertenece a la época del franquismo, y el panorama literario parecía entonces bastante mejor, en el apogeo de Cela, Torrente, Buero, Delibes y demás. Y no pasa solo en España, creo. Claro que esto es la opinión, o más bien la vaga impresión, de alguien que apenas lee literatura actual, por falta de tiempo, y, sobre todo, porque lo poco que lee no le anima a continuar.

Un ejemplo: hace un tiempo me tragué “La cabeza de la hidra”, de Carlos Fuentes, y me pareció tan rematadamente idiota que me disuadió de seguir con el autor. Ha escrito novelas mucho mejores, aseguran los entendidos. No lo dudo, pero de vez en cuando Fuentes, políticamente un producto de la corrompida dictadura del PRI, escribe cosas político-literarias tan sobadas, banales y obtusas, que me desmoraliza. Ahora acaba de salir en apoyo de Juan Goytisolo. Y sigue en las mismas.

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La importancia militar de Franco (I)

Blog I: Para salir de la multicrisis: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/para-salir-multicrisis-20130417

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Creo que la importancia militar de Franco podría resumirse de dos maneras: en primer lugar no perdió prácticamente ninguna batalla –aunque empató en varias– y ganó finalmente la guerra. Su mérito es mucho mayor por cuanto emprendió la lucha en una absoluta inferioridad material. Esto ya le distingue entre la gran mayoría de los militares del siglo XX, aunque la escala del conflicto español fuera mucho menor que el de la I o II guerras mundiales. Los grandes generales alemanes empezaron ganando brillantemente para terminar en una derrota general y demoledora. Los franceses no desempeñaron un papel precisamente brillante o victorioso en la SGM, como tampoco en sus guerras coloniales. Los generales ingleses encajaron derrotas muy graves, y ellos y los useños, en la última fase de aquella contienda, no tuvieron ninguna actuación muy destacable, pese a disponer de una superioridad material realmente abrumadora. Y en Israel, Vietnam y otros lugares salieron más bien malparados. De los soviéticos puede decirse algo semejante: después de terribles derrotas consiguieron vencer, aunque a costa de un río de sangre (que Franco economizó de modo notable, como demuestra el número relativamente bajo de muertos en una guerra considerablemente larga). Por ello resulta más chocante el aserto común de que Franco fue un general mediocre, o como dicen otros, un pasable táctico pero un mal estratega; y hasta que no pasaba de una mentalidad de guerra colonial, como si la Guerra de España hubiera tenido alguna semejanza importante con las guerras de las colonias. En las que, por cierto, terminaron fracasando los militares europeos y useños, si queremos considerar así la de Vietnam–. En fin, no sabe uno qué concurso de disparates se celebra cada vez que se habla de Franco.

Hay, además, otro rasgo que le distingue de los militares comunes: no solo tuvo que dirigir la guerra, sino también, simultáneamente, construir un ejército y un estado. Tres tareas complementarias en aquel particular conflicto, en las que el fracaso estaba siempre al acecho. Sin embargo de allí salió un ejército bien articulado y con alta moral, aun si con medios materiales poco lucidos; y un estado que funcionaría con notable eficiencia durante casi cuarenta años. Si a alguien capaz de esta triple proeza se le puede llamar mediocre, entonces prácticamente todos los dirigentes político-militares europeos del siglo XX serán mucho más mediocres que él.

La importancia militar de Franco puede describirse de un segundo modo: sin él, es muy probable que los nacionales hubieran perdido la guerra. Debe recordarse que el golpe de Mola fracasó, a resultas de lo cual todos los elementos normalmente considerados decisivos en una contienda quedaron en manos del Frente Popular. Queipo de Llano afirma que fue su triunfo en Sevilla lo que animó a Mola a continuar, pues estaba a punto de huir al exilio. Y sin duda la victoria de Queipo tuvo una gran valor, pero resulta muy dudoso que, tras su éxito inicial, hubiera podido mantenerse sin las tropas de África que mandaba Franco, y menos aún emprender una ofensiva. Las tropas de Franco, junto con la idea del puente aéreo, constituyeron realmente el elemento decisivo para impedir el aplastamiento general o por partes de los sublevados.

Claro está que ese triunfo momentáneo no garantizaba en absoluto la victoria final. Pero tampoco se trató de una serie de éxitos tácticos sin proyección estratégica. Por el contrario, los objetivos de la ofensiva desde Sevilla tenían una clara orientación general: unir las dos zonas de la sublevación aportando a Mola las municiones de que se hallaba desesperadamente escaso, mantener una zona de contacto con el régimen amigo de Portugal, y avanzar hacia Madrid con el fin de decidir allí la contienda (algunos “estrategas” críticos le han reprochado no haber seguido la línea “más corta” de Despeñaperros: no solo la línea es igual de larga, sino que en ella se apostaban más fuerzas enemigas y no podría proteger uno de sus flancos, como en el caso de Portugal). Como no sabemos mucho sobre las intenciones del Caudillo, podemos sorprendernos de que, una vez unidas las dos zonas, no llevase sus fuerzas al norte de la sierra de Madrid, para desde allí descender sobre la capital. Parece que consideró la posibilidad, pues habló de cortar el abastecimiento de agua a la ciudad para hacerla caer más rápidamente (Prieto había elaborado un plan semejante en octubre de 1934). Pero quizá no se sintió con fuerzas suficientes para ello y menos ante la probabilidad de una lucha callejera en la que todas sus ventajas de maniobra en campo abierto se esfumaban. En cualquier caso, prefirió ir derrotando por partes al enemigo a lo largo del valle del Tajo. Enseguida comprendió la importancia del factor psicológico al señalar que había que convencer al enemigo de que los nacionales conseguían todos los objetivos que se proponían. A condición, naturalmente, de que no fueran objetivos desmesurados, y una de las virtudes que siempre demostraría Franco fue una mezcla flexible de realismo y audacia.

Se le achaca que en la marcha hacia Madrid cometió el error de desviarse hacia Toledo en lugar de lanzarse en tromba sobre la capital. Que “por Toledo perdió Madrid”. Se trata de un reproche ridículo. El rodeo por Toledo es mínimo, le facilitó avanzar por un sector en que apenas había fuerzas enemigas hasta el mismo Toledo, al contrario que por la vía más directa, y además Toledo se había convertido en un símbolo internacional. Aunque Franco fue muy poco explícito en los motivos de sus decisiones, parece que su estrategia entonces se dirigía a desmoralizar al máximo al enemigo con victorias parciales, a fin de que cuando llegara el momento de lanzarse sobre Madrid con las reducidas tropas de que disponía, el bando contrario se hallase moralmente descompuesto. En lo que estuvo muy cerca de acertar. De haberlo logrado, la guerra habría terminado en cinco o seis meses, con una extraordinaria economía de esfuerzos, pues las tropas empeñadas, hasta entonces, eran las célebres columnas de pocos miles de hombres. Pero entonces se encontró con que el envío del oro a Rusia por el Frente Popular se había traducido en una aportación soviética en aviones, tanques, artillería, asesores expertos, un nuevo ejército regular que superaba las poco efectivas milicias, más las brigadas internacionales, cuya aportación sobre el terreno distó de ser lo decisiva que luego se dijo, pero que sí lo fue en el importantísimo orden moral. Entonces la guerra cambió de signo. Ya no podía ser corta, sino larga, y sería necesario movilizar a grandes masas de tropas. El enemigo se le había adelantado en esas medidas, pero Franco sabría, una vez más, afrontar el cambio. La batalla de Madrid en sus diversas fases hasta la de Guadalajara, fue en conjunto un fracaso, pero no una derrota. Franco retuvo la iniciativa y sobre esa base cambió su estrategia, de forma plenamente acertada, dirigiendo su esfuerzo principal al norte, para debilitar al enemigo por partes.

Aunque los nacionales disponían de buenos militares profesionales –y también de muchos mediocres o menos que mediocres— todos, con alguna rara excepción como Queipo de Llano, reconocían la superioridad de Franco. Y, repito, es sumamente improbable que sin la conducción de este los nacionales hubieran superado la dramática situación en que se encontraron al comienzo de la rebelión.

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Razón, ciencia y pecado original

Blog I: Dos crisis y dos generaciones / Recuerdos sueltos: Las Hurdes, III

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Una interpretación del pecado original

Como vamos viendo en estas consideraciones un tanto desordenadas, la razón no puede sustituir a la religión para satisfacer la exigencia de sentido propia de la psique humana, ni, por tanto, servir como fundamento a una moral. Tampoco puede satisfacer esa necesidad la ciencia. Ha habido intentos de elaborar una moral “científica”. Lo planteaba el famoso libro de Monod, El azar y la necesidad, como una necesidad urgente de nuestro tiempo, en que los avances científicos vienen lastrados por concepciones supersticiosas y absurdas. Pero es dudoso que por ahí se consiga una moral “científica”. Pues el método de la ciencia se basa en la proscripción de la causa final o teleología, y no podemos concebir un sentido a la vida, y por tanto a la moral, al margen de la intención finalista. Sin ella, la vida humana y la naturaleza en general, se convierte en un conjunto infinito de acciones sin sentido, precisamente. “En el principio fue la acción”, se dice en el Fausto de Goethe, mientras que el Evangelio sostiene que fue el verbo, la palabra, o sea, la intención. El Verbo es, precisamente, el sentido de todas las acciones posibles, el Espíritu. El sentido no puede nacer de la acción (de la materia) más que como una ilusión, según señalaba agudamente Freud. Por tanto, hasta ahora no ha conseguido desplazarse a la religión como productora de la moral, ni parece fácil que se consiga, precisamente porque las características de la razón y de la ciencia las hacen inapropiadas a tal efecto. No obstante, la desconfianza o inquietud hacia la religión también anidan profundamente en la psique humana.

Creo que los mitos explican el origen de la moral de un modo un tanto enigmático pero más profundo de lo que pueden hacerlo la razón o la ciencia. Reproduzco un breve artículo que publiqué hace dos años largos en el blog de LD:

El hombre tiene muchos elementos comunes con los animales, y otros que lo diferencian decisivamente. Propiamente, el hombre no es un animal, como un animal no es una planta. En común con los animales tiene el hombre las pulsiones básicas de nutrición y reproducción, la parte instintiva, las reacciones de ataque y huida, etc. Las diferencias radican en la esfera del bien y el mal, la culpa y la felicidad, la consciencia de la muerte, la capacidad de razonamiento, la individuación y seguramente otros más. A estos últimos los llamamos, convencionalmente, rasgos espirituales, y a los anteriores, materiales. Los productos del espíritu son la religión, la ciencia, el arte, el pensamiento, la ideología, etc., y el hombre estaría así dividido, a veces desgarrado, entre el espíritu y la materia. Es decir, el ser humano, espiritual inevitablemente, puede elegir la materia y rechazar el espíritu.

La reflexión sobre el ser humano y su destino ha seguido básicamente dos tendencias: una, por ejemplo en el marxismo y el freudismo, viene a entender lo espiritual como un derivado de lo material, y su función consistiría en asegurar de un modo peculiar el cumplimiento de las funciones materiales: análogamente a como las garras de un felino sirven a su alimentación, así serviría el espíritu al hombre. Otras teorías sostienen lo contrario: lo espiritual dirige e impregna lo material, dándole orientación y sentido.
Algunos mitos expresan la dualidad entre espíritu y materia. En el Génesis, Yavé, personificación máxima del espíritu por encima de su manifestación humana, crea a Adán de la tierra y le prohíbe comer del árbol del bien y el mal. Aunque el relato separa temporalmente los dos aspectos, ambos van juntos: el hombre se vuelve tal cuando sale de la inocencia del instinto y entra en el ámbito del bien y el mal, ámbito que no domina y que entraña la libertad y la culpa. Que el hombre nace de la tierra y vuelve a ella es una constatación empírica, la cual contiene sin embargo un significado simbólico: nacido del barro, su tendencia al barro, a lo material, es muy fuerte, y se revela en la desobediencia al mandato divino, en el rechazo al espíritu: atracción exaltada a la tierra y rechazo al espíritu van juntos. El demonio (la serpiente, un ser que se arrastra por el suelo) simboliza a la vez ese rechazo. Así, el ser humano real se encuentra dividido, o desgarrado entre el apego a la materia y la llamada del espíritu.

En el mito griego, los dioses simbolizan igualmente el espíritu, pero no son ellos quienes crean directamente al hombre, sino el demonio, el titán Prometeo. Los titanes, antiguas deidades, representan las fuerzas indómitas de la tierra, en pugna con los nuevos dioses. Prometeo enseña a su criatura la técnica y a engañar a los dioses, burlando la exigencia de ofrecerles sacrificios, es decir, de atender la llamada del espíritu. Como en el Génesis, el hombre está hecho de barro. Prometeo mismo es una personificación de la naturaleza humana, apegada a la tierra y rebelde al espíritu. Su nombre significa “el que piensa antes”, el Previsor, referido a su capacidad técnica de adaptar la tierra a sus necesidades o deseos. Sin embargo esa capacidad técnica, reacia al espíritu, es limitada, lo que el mito simboliza en su hermano (su otra faceta) Epimeteo, el que piensa después, “el Imprevisor”, castigado por medio de Pandora, hecha también de tierra. La exaltación del deseo terrenal lleva aparejada su castigo: Prometeo mismo es encadenado a una roca, el destino que él ha elegido por su apego exclusivo a la tierra, a la materia; y allí va diariamente el águila, el ave de Zeus, enviada del espíritu, a roerle el hígado, símbolo de la culpa rechazada o del remordimiento.

Creo haber resumido razonablemente, aunque de modo muy esquemático, la interpretación de Paul Diel al respecto.

En el ensayo sobre la Masonería traté de entender la base filosófica de esa secta desde ese punto de vista. Interpreto que los dos mitos simbolizan el paso de la conducta instintiva propia del animal, a la conducta moral humana. Y en ambos el paso aparece como una transgresión del orden natural impuesto por Dios o los dioses, con el correspondiente castigo: la vida moral, sometida al bien y al mal, tiene mucho de tormento, hace la vida humana menesterosa (aunque no absolutamente menesterosa, ahí hay una diferencia entre Lutero y Roma). La razón y la ciencia aspiran a una moral sin pecado original, sin problemas morales, lo que resulta contradictorio y, como muestra la experiencia histórica, conduce a hacer del hombre juez de sí mismo. ¿Al hombre? Más bien a algunos hombres que se arrogan el control del “árbol del bien y del mal”. Unos versos de Walt Whitman que he repetido en otras ocasiones exponen muy bien, creo, esa condición torturante y el deseo –parece que inútil– de escapar de ella: “Podría irme a vivir con los animales, tan plácidos y satisfechos de sí mismos. No sudan ni gimen por su condición, no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran sus pecados”. El anhelo de una vuelta a la inocencia del instinto, que se espera, inútilmente, de la razón o la ciencia.

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