Sexo y economía / Dos apologías del tabaquismo

Blog I: Desprejuiciados / Fenómenos socialmente corrosivos / Creyentes y patriotas. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Dado que estos comentarios son un poco improvisados, es fácil caer en errores, algunos de los cuales me han señalado los lectores. Por ejemplo, la propuesta ley básica de la economía  no sería la necesaria superioridad del  beneficio sobre el gasto, sino del ingreso (Odiseus). El beneficio puede ser inferior al gasto y seguir siendo ganancia, y por lo común así ocurre.

Otro lector (Daedalos) me ha hecho observar que lo dicho en “Respirar y comer”  sobre la alimentación es aplicable a la sexualidad:  “La respiración es un acto puramente orgánico, ajeno a la cultura, pero no así la búsqueda de pareja, en torno a la cual, así como a su consumación, surgen espontáneamente formas o rangos de distribución, arte (poesía y música, por ejemplo), ritos y costumbres, ideas y tensiones sobre el reparto, relatos, vocabulario, invocaciones de carácter religioso, formas de distribución, incluso chistes, etc. Así, en torno al esfuerzo o la lucha por una pareja notamos los rasgos de eso que llamamos cultura.”

Según Marx, la cultura gira en torno a la economía, considerada principalmente como actividad de los individuos organizados o socializados para saciar la necesidad básica de alimentarse. Pero no solo el individuo debe buscar el alimento en grupo, sino que normalmente piensa además en su familia, la cual tiene un valor económico evidente (posiblemente la primera división del trabajo se diera entre el hombre como cazador y la mujer como recolectora).

Es curioso que Marx intentara explicar la sociedad humana a partir de la alimentación y Freud (otro judío no-judío, es decir, no religioso o ateo), a partir de la sexualidad. Esta gobernaría la psique y la actividad humana, aunque no pretende que la economía sea la base de ella o no la estudia. Sus especulaciones sobre el complejo de Edipo, la muerte del padre, el instinto de placer y de muerte parecen un tanto rebuscadas y hoy pocos las sostienen, pero cabe observar que las mismas han influido de modo extraordinario la cultura occidental, en especial el arte y también la política, como por lo demás ocurrió con las ideas de Marx; y que, tanto las obras de Marx como las de Freud constituyen un enorme esfuerzo intelectual por explicar coherentemente  la cultura. Seguramente son un fracaso, pero a su vez han sentado un desafío espiritual de primer orden, que ha generado refutaciones y nuevas teorías.

Así, al margen de cómo  enfoca Freud  la cuestión, es claro que una parte muy importante de la cultura gira en torno a esa misteriosa división natural entre los principios masculino y femenino y su atracción mutua. Y llama la atención que el tema nunca parece cansar  por mucho que se repita, así en la canción popular y en la culta, en especulaciones más o menos científicas,  en la literatura y el arte en general, incluso en la pornografía. Y a su vez una parte muy considerable de la economía se orienta a satisfacer deseos de orden sexual directos o indirectos: la industria de los cosméticos, la moda, sobre todo femenina, embellecedores de mil clases, potingues diversos, etc. Por no hablar directamente de la prostitución y la pornografía, que mueven inmensas sumas de dinero.

Pero estas digresiones nos apartan un poco del tema, que eran las crisis económicas, sobre las que hay tantas diferencias de análisis entre los economistas.

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Una apología del tabaquismo en la España de los 40: http://www.youtube.com/watch?v=mA9t6TC9jo4

Y otra ídish, de los años 20, supongo:  http://www.youtube.com/watch?v=F9KH8WvETJk

 

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Avatares de la razón / Un “Stalingrado” fallido

Blog I: Regeneración democrática y franquismo http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Avatares de la razón

Europa era en los años 30 un continente fuertemente ideologizado. Antes de seguir, no estará de más señalar algunos rasgos de aquellas ideologías en pugna. Son numerosos los libros de historia que no explican prácticamente nada al respecto, dando por supuesto que el lector  ya sabe  en qué consisten. Es difícil  explicar una ideología, solo pueden darse versiones de ella, pero un autor debe arriesgarse a exponerla. En “El derrumbe de la República dediqué varios capítulos a exponer las ideas que impulsaban a unos y otros.

En la Europa de los años 30, las ideologías eran sobre todo tres, cada una con variantes: el marxismo, el fascismo y el liberalismo. Pese a sus fuertes discrepancias, todas tenían algo en común: su raíz en la Ilustración, en el culto a la Razón. A menudo se ha caracterizado al fascismo y al nazismo como irracionalistas, pero creo que es un error de enfoque. Cualquier ideología se ve obligada a utilizar la razón para explicarse y justificarse. La oposición entre el “frío” racionalismo de la Ilustración y el relieve del sentimiento y la voluntad en el Romanticismo, es muy relativa. Los “irracionalistas” fascistas, por ejemplo, deben  recurrir a la razón para explicar y justificar sus ideas, y lo hacían constantemente; y un racionalismo que concibiera al ser humano como una especie de máquina en cuya conducta no tomaran parte relevante los sentimientos y la voluntad, simplemente no sería racional. Otra cosa es que la razón no llegue a dar cuenta clara de la realidad humana y exterior.

Por otra parte, el culto a la razón por encima del sentimiento y la voluntad, como ocurre en el marxismo y en cierto grado en el liberalismo positivista, origina a su vez voluntades y sentimientos muy poderosos. Solo hay que pensar en la Revolución francesa y su explosión sentimental en torno a la razón, o en el empeño y pasión con que los racionalistas suelen defender sus puntos de vista.

La razón es la facultad que nos permite clasificar y  ordenar mentalmente el mundo exterior, la sociedad y la propia individualidad — la ebullición de los deseos del individuo–, dándoles algún tipo de sentido. Que la capacidad de ordenar todo ello es limitada, lo revela la propia multiplicidad y a menudo contradicción de las  soluciones (teorías e ideologías) nacidas del esfuerzo racional. Porque  los hechos nunca acaban de encajar perfectamente en las teorías, desbordan a estas y obligan una y otra vez a  modificarlas o a abandonarlas. Además, de unas mismas premisas no se siguen consecuencias precisas e  ineluctables, sino que estas pueden ser muy diversas. Y el razonamiento parte siempre de premisas últimas cuya racionalidad se hunde en la bruma. De la idea, generalmente compartida, de la dignidad humana –idea de orden más bien religioso–, marxistas, liberales y nazis sacan conclusiones y doctrinas muy distintas, incluso opuestas.

Característico de esas ideologías es la sustitución, el rechazo o la marginación de la religión tradicional, cristiana en el caso europeo. Los tres parten del supuesto de Laplace extendido a la sociedad y a la individualidad humanas: no hace falta la hipótesis de la divinidad para explicarlas. Algunas corrientes liberales son abiertamente ateas, pero sus puntos de vista en general resultan más complicados, llegan a admitir la realidad y acaso la necesidad de la fe, e incluso le dejan un espacio importante. El marxismo es abierta y agresivamente ateo, ya que no solo cree innecesaria la “hipótesis”, sino que la juzga causante de la alienación y opresión de la humanidad. En cuanto al fascismo, en el fondo ateo o ateoide, no se opone a la religión tradicional, considerándola hasta cierto punto útil políticamente.

Un punto clave en las ideologías es la consideración de la ciencia. Todas ellas –el liberalismo en menor grado–  se proclaman científicas en el sentido laplaciano (Dios sobra, o estorba, o impide la explicación del mundo) Por lo que se refiere a la sociedad humana, objeto primordial de las ideologías, Darwin influyó poderosamente en ellas. Como ocurre con las premisas, su teoría de la evolución dio pie a ideas diversas, como el racismo o la filantropía. Ambas cundieron por las sociedades liberales y formaron parte del bagaje de las ideologías citadas.

Y aunque las ideologías desplazaron considerablemente a la religión cristiana, no acabaron en absoluto con ella, pues en sus tres variantes  siguió influyendo, de forma a veces callada o implícita, sobre grandes masas de toda Europa. En otro sentido, y teniendo en cuenta los tremendos choques sociales, agitación y guerras relacionadas con el auge de las ideologías, podríamos concluir que esos fenómenos se deben al abandono de la religión. Pero las épocas anteriores, más religiosas y menos ideologizadas,  conocieron, como sabemos, abundantes hechos semejantes, lo que obliga a una reflexión más amplia, que aquí no viene al caso.

Como veremos, estas ideologías que recorrían Europa, predominando unas en unos países y otras en otros, también se manifestaron agudamente en España, pero con unas características muy propias.

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http://historia.libertaddigital.com/un-stalingrado-fallido-en-el-norte-de-rusia-1276239212.html

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El deseo y la utopía / Con Stanley Payne en el Valle de los Caídos.

Blog I: ¿Qué está pasando? / Seis tesis sobre la crisis / El matón Mario http://www.intereconomia.com/blog/que-pasando-seis-tesis-mario-20130204

 

Algunas dinámicas del deseo

Puesto que hemos definido el deseo, tan múltiple y variable, como la relación básica del yo con el mundo exterior, podríamos continuar la reflexión, sin pretensiones sistemáticas.

La propia vida humana podría describirse  como los avatares individualizados del deseo, la mezcla de satisfacciones y frustraciones que el mundo ocasiona a las exigencias del yo. Sobre las frustraciones –la radical es la muerte–, ya hemos dicho algo. En general, las frustraciones ocasionan a la psique heridas superficiales de las que el yo se repone fácilmente, y otras de mayor entidad. Algunas nunca llegan a cicatrizar, crean resentimientos permanentes y definen en gran medida la personalidad.  Las frustraciones pueden venir de golpes ocasionados por el mundo exterior, o bien de la propia configuración del yo, que desearía poseer unas cualidades de cualquier tipo, físicas intelectuales  o morales, que no le concedieron los dioses. Las insuficiencias de los dones propios las percibimos constantemente al compararnos con otros individuos, y obligan a la voluntad y el entendimiento a un trabajo con resultados diversos: aceptación productiva y serena, resignación dolida, indignación con la vida, autodesprecio, envidia, etc. La envidia, por ejemplo, es un sentimiento muy natural y probablemente afecta a todo el mundo en distintos grados, desde la llamada “sana envidia” hasta la obsesión ensañada y cargada de odio. Esto se debe a que el yo solo se siente vivir a sí mismo, tiende a ver a los demás yoes en función de sí mismo  y aspira a una plenitud que los otros yoes en competencia le impiden.

Los deseos, sus intensidades,  evoluciones en el tiempo y distintas distribuciones en el individuo, marcan el carácter de este y su experiencia vital, realmente definen su vida. Pero no por completo. Ocurre que hechos no deseados previamente, puramente circunstanciales, pueden causar grandes traumas o bien grandes satisfacciones. Así los accidentes o la aparición no esperada ni esperable de personas que llegan a cambiar decisivamente la peripecia del yo, etc. Ante ellos, el yo se ve obligado a redirigir la energía de sus deseos. A veces un gran fracaso hunde a la persona a veces le permiten redirigirse y llegar a una posición satisfactoria.

Los deseos proliferan de forma desordenada, a menudo contradictoria,  originando pensamientos, ensoñaciones, rumias mentales; y el yo consciente, para no verse desgarrado,  ha de esforzarse constantemente en ordenarlos. Podría decirse que gran parte de nuestro trabajo íntimo consiste en poner orden en los deseos, tanto temporalmente (marcándose objetivos sucesivos, por ejemplo) como espacialmente, si así puede decirse, deliberando o valorando para seleccionar los que parecen más prometedores o más satisfactorios y poner en relación unos con otros. Este es un esfuerzo  que con frecuencia no obtiene buen resultado, por la facilidad de errar en la valoración o deliberación, y porque siempre hay un factor de riesgo y de azar.

Existen además conflictos permanentes entre deseos de distintos niveles. Así, es parte esencial de la vida humana el  contraste entre las exigencias morales (reflejo de un deseo de nivel superior) y las conductas prácticas, en las que a menudo se imponen deseos menos elevados y perentorios.

Finalmente (es un decir), un deseo puede ser en sí mismo contradictorio y por tanto no tener salida. No solo porque, por ejemplo, se quieran los fines pero no los medios para obtenerlos, o porque se quieran cosas incompatibles, sino también porque existen “deseos indeseados”, cosas que se quieren y no se quieren al mismo tiempo,  aparte de los deseos indeseables, como los que conducen a la drogadicción.

Las utopías, en general, prescinden de estas complicaciones y del esfuerzo, a veces agotador, que implican. Imaginan un mundo en que los deseos de todos se satisfacen sin trabas, sin tener en cuenta su complejidad e inestabilidad, la variación individual de ellos y el obstáculo que siempre opone el mundo exterior, el mismo mundo físico. Tienen una idea muy simple del ser humano, y su práctica aspira a reducir a este a esa simplicidad, por no decir simpleza. A animalizarlo, finalmente.

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Este domingo estuvimos comiendo mi mujer y yo con Stanley Payne en el Valle de los Caídos. Tuvimos ocasión de admirar de nuevo esta obra grandiosa y singular, su unidad de estilo  sencilla, su arte sencillo y claro, sin apenas barroquismo, su bellísima sobriedad. Es, simplemente, el monumento más logrado erigido en cualquier lugar del mundo en el siglo XX, digno de pasar al catálogo de auténticas  maravillas creadas por el hombre. Hasta Preston ha tenido la decencia de reconocerlo. Si algo define la insondable vileza y ruindad de nuestra izquierda es su insistencia en destruirlo. Han hablado abiertamente de volarlo estos criminales, y, ya que ello causaría un escándalo excesivo, incluso para su desvergüenza, se han pasado toda la  delincuente zapaterada tratando de arruinarlo, o hablando de cambiarle el carácter con el infundio, difundido masivamente y acogido por la derecha, de que fue construido por decenas de miles de “presos políticos” en régimen de trabajos forzados. El antifranquismo, realmente, no es otra cosa que un denso núcleo de estupidez protegido por gruesas capas de embustes.

“Ni aunque lo hubieran hecho los comunistas habría que destruirlo”,  comenté a Payne.  Si nuestra casta política no hubiera alcanzado un grado tal de indecencia –casi tanto la derecha como la izquierda–  promocionaría el monumento. Aunque sus alcances morales e intelectuales no dieran para más que verlo como una fuente de ingresos. Pues millones de visitantes de todos los países pagarían muy a gusto la modesta entrada. Casualmente, en la tienda de recuerdos a la entrada del templo se venden varias historias de España o de la guerra  civil de tine neutro o más bien progre. Entre ellos uno prologado por el talibán Ian Gibson, uno de los que han hablado de volarlo. Así es  la derecha.

Alguien lo  calificó de “obra faraónica”. Pero de las obras faraónicas comen todavía hoy millones de egipcios. Y esta, por cierto, tengo entendido que se construyó a base de loterías y donativos, creo que costó muy poco o nada al erario. Imaginen lo que nos han costado a todos  faraonadas de izquierda como aeropuertos  sin aviones o líneas de  AVE sin viajeros. Por poner algún caso.

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Respirar y comer /Qué se jugaba en la guerra de España

Blog I Un relato de Krasni Bor http://www.intereconomia.com/blog/un-relato-krasni-bor-20130202

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La relación primaria de los seres humanos con el exterior se produce por la respiración y el alimento, algo que comparten con los animales, y sin lo cual no podrían vivir. Sin embargo hay una diferencia esencial entre ambas actividades: la respiración se produce en un plano inconsciente, automático y  rara vez somos conscientes del esfuerzo que supone. Y por fortuna la disposición de aire respirable es ampliamente suficiente para que no tengamos  que trabajar por conseguirla. La naturaleza no ha querido mostrarse tan generosa con los alimentos, que debemos obtener con esfuerzo consciente, a veces enorme  y sin excluir el fracaso, no siendo cosa rara en la historia y en la actualidad  la subalimentación y el hambre para millones de personas.

Por consiguiente, el aire no es un bien económico, mientras que los alimentos, por su escasez, sí lo son. Hay además otra diferencia esencial: la respiración es un acto estrictamente individual mientras que la búsqueda y en general el consumo de alimentos son actos sociales. El individuo aislado puede respirar sin obstáculo pero  tendría las mayores posibilidades de pasar hambre o de nutrirse muy deficientemente. La alimentación no es solo una actividad económica sino, más en general, social. Además de verse forzados a cooperar/competir por la comida, a los seres humanos, por lo común,  les gusta comer en compañía.

La respiración es un acto puramente orgánico,  ajeno a la cultura, pero no así la búsqueda de alimento, en torno a la cual, así como a su consumo, surgen espontáneamente técnicas y formas o rangos de distribución, arte (culinario, por ejemplo), ritos y costumbres, ideas y tensiones sobre el reparto,  relatos, vocabulario, invocaciones de carácter religioso, formas de distribución, incluso chistes, etc. Así, en torno al esfuerzo o la lucha por el alimento notamos los rasgos de eso que llamamos cultura. De modo que, de forma en apariencia lógica, se abre paso la impresión de que la cultura, realmente, consiste en un producto derivado de esa lucha por la vida, de la economía, siendo esta el elemento generador de aquella. Tal viene a ser, en el fondo,  la teoría de Marx y la razón de su coherencia teórica. O, expresada de forma más inmediata en la frase primum vivere (o manducare…).

Sin embargo, algo indica que no es así: los animales experimentan la misma necesidad y esfuerzo por alimentarse y no desarrollan nada  semejante a la cultura.  Por otra parte, un grupo humano reducido que viviera en un medio en el que la obtención del alimento apenas requiriera esfuerzo (se dan o se han dado casos), no desarrollaría, o apenas, rasgos culturales. Y sin embargo estos  aparecen en todas las sociedades humanas y son su signo distintivo por relación con las animales. O sea, diríamos que para alimentarse el hombre necesita una cultura previa.  Que no podría comer sin filosofar. La cultura debe tener, por tanto, otras fuentes que la lucha por la comida, aunque se refleje en esta.

Sí parece claro que la satisfacción de la necesidad de alimentarse (junto con las de vestirse y buscar o construir refugios) es la fuente de la economía. La obtención del alimento lleva consigo no solo técnicas, sino relaciones sociales más o menos complejas, nacidas a veces de la distinta habilidad de los sujetos o de una posición social independiente de esa habilidad, de la división de tareas, etc.  Quizá partiendo de estos datos elementales podamos abordar estos problemas y acercarnos al de las crisis económicas.

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¿Qué se jugaba en la guerra de España?

Stanley Payne dedica en su libro (La Europa revolucionaria)  una atención especial a la guerra civil española, lo que es bastante lógico por la atención internacional que ha recibido a lo largo de los años. Una atención curiosa en cierto modo porque, como observa el autor, sus repercusiones internacionales directas fueron escasas, quedando el conflicto limitado a España, por lo menos en el terreno político y militar. Esa atención se basa en un enorme equívoco, que presentaba esa guerra como un choque entre la democracia o “el pueblo” y el fascismo o “la reacción”.

¿Qué se jugaba realmente en nuestra guerra? Por mucho que asombre a estas alturas y con tanta bibliografía, es una cuestión nunca aclarada a fondo. Creo que Payne ve bien muchos de sus principales rasgos, pero no extrae todas las conclusiones. Así, deja en claro, como hemos hecho muy pocos más, que la historia de la república fue la del dinamitado de un inicio de democracia liberal, y que los dinamiteros fueron, precisamente las izquierdas frente a unas derechas mayormente inofensivas y dispuestas, aunque con mil recelos, a acatar una legalidad democrática siempre que no degenerase en arbitrariedad.

Al final, la democracia no desempeñó ningún papel en nuestra guerra, lo que ha llevado a Payne a decir alguna vez que no fue una lucha de buenos y malos, sino de malos contra malos. Me parece que el aserto no refleja bien la realidad.

Ante todo, ¿qué eran las izquierdas y qué pretendían? Creo que en Payne no queda del todo precisada su combinación de mesianismos e indigencia intelectual. Todas ellas, sin excepción, creían tener la panacea para transformar la sociedad a su gusto, consideraban que la democracia consistía en que mandasen ellas (cada una de ellas), y despreciaban la idea nacional, como recordaría Azaña amargamente. En otras palabras, eran unas izquierdas utópicas y básicamente anticristianas y antiespañolas. Su anticristianismo, único aspecto en que estaban de acuerdo todos los partidos izquierdistas, suele presentarse como “anticlericalismo” u oposición a la influencia política del clero, pero iba mucho más allá: pretendía extirpar la cultura cristiana de España como medio para implantar su utopía. Empezó con la primera quema de templos, bibliotecas y centros de enseñanza, para alcanzar su paroxismo, realmente genocida, en plena guerra civil: se trataba de erradicar, orwellianamente, la cruz de la vida pública y privada española, lo que pusieron en práctica en medida asombrosa en la zona del Frente Popular. No es que hubiera un plan explícito, al menos yo no lo conozco, pero el genocidio fue efecto lógico de unos utopismos de ínfima calidad intelectual. Casi nunca se insiste, y creo que Payne tampoco, en este dato crucial, del que solo fue un disfraz o un aperitivo el llamado anticlericalismo.

Tampoco se ha prestado suficiente atención al carácter antiespañol del Frente Popular. La hispanofobia fue clara y sin tapujos en los nacionalismos vasco y catalán, y afectaba indirectamente, aunque con plena fuerza, a los restantes grupos. Para los poderosos partidos y sindicatos obreristas, la idea de España era reaccionaria o sin importancia, disuelta en todo caso en su internacionalismo “proletario”; para el PCE, en concreto, se supeditaba absolutamente a los intereses del estalinismo. Todos ellos, incluido Azaña, tenían de la historia de España la visión forjada por la Leyenda Negra, asimilada sin crítica y hasta con regodeo (tendencia que revive hoy con fuerza). No es que Azaña se proclamase explícitamente antiespañol o indiferente a España, ni mucho menos. Pero, como otros, aspiraba a una España “nueva”, cortadas sus raíces de un pasado que creían repugnante, para ponerla a la altura unos ideales esquemáticos y simples.

Cuando se combinaron estas tendencias con la destrucción de la legalidad, los sectores, muy vastos, que se sentían patrióticos y cristianos se vieron en la disyuntiva de dejarse destruir “pacíficamente” o rebelarse. Se rebelaron bajo la invocación “por Dios y por España”, es decir, por la cultura cristiana y por la nación. Y contra la o las revoluciones anticristianas y antiespañolas de la izquierda y los separatismos, cuyo abocamiento solo podía ser totalitario.

Este fue, a mi juicio, el carácter de la guerra. Y hoy, por supuesto, no puedo menos de identificarme, como Marañón y tantos otros liberales, con quienes salvaron esos principios y valores fundamentales, sin los cuales la democracia liberal se queda en poco más que palabras y buenas intenciones en el vacío.

Y sin embargo la democracia liberal estuvo presente en todo este proceso de un modo peculiar, que veremos luego.

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Europa ante la Guerra Civil española

Blog I: Aróstegui / Stalingrado / Lectura rápida. http://www.intereconomia.com/blog/arostegui-stalingrado-lectura-rapida-20130130

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La Europa de los años 30 era, en lo político e ideológico, hija de la I Guerra Mundial (PGM) y nieta de la Ilustración y de la Revolución francesa. La  PGM se produjo entre estados de carácter liberal y capitalista (exceptuando a Turquía y en menor medida a Rusia), lo que originó una profunda crisis moral y política del liberalismo. De esa crisis nació la Revolución soviética, que ofrecía superar definitivamente la “anarquía”  y las desigualdades sociales  propias de los  sistemas burgueses liberal-capitalistas. La experiencia despertó extraordinario interés y esperanza en el mundo. Incluso bastantes financieros e industriales occidentales se prestaron, por deseo de ganancia pero también por simpatía, a ayudar a la naciente revolución que debía abrir un horizonte espléndido a la humanidad.  Otro resultado fue el cambio radical de fronteras, que volvió irreconocible el mapa político anterior: Alemania perdió extensos territorios;  los imperios austrohúngaro y otomano desaparecieron, fragmentados entre numerosas nuevas naciones poco amigas entre sí; la Unión Soviética, perdió, con respecto al Imperio ruso, a  Finlandia,  Países Bálticos, amplias zonas de Bielorrusia, etc.,  y fracasó en el intento de invadir Polonia; en 1922 el Reino Unido debió resignarse a la independencia de la mayor parte de Irlanda, ante la actividad del IRA; Alsacia y Lorena volvieron a Francia;  etc.  En 1922  el fascismo de Mussolini tomó el poder en Italia como fruto, en buena medida, de los desórdenes rojos previos. El fascismo se declaraba radicalmente  anticomunista y defensor de la cultura occidental, y al mismo tiempo afirmaba superar  los males achacados al capitalismo liberal o democrático. Junto a estos experimentos, y en relación con ellos, cundieron por el continente revueltas e intentonas revolucionarias. Se formaron breves repúblicas soviéticas en Hungría Eslovaquia y zonas de Alemania, y hubo cortas guerras civiles en  Lituania, Letonia, Portugal y  Finlandia, también de muy corta duración pero muy sangrienta en el último caso. Las huelgas  y disturbios proliferaron por la mayoría de los países.

España siguió la tónica general, pese a su ventaja por haber permanecido al margen de la guerra mundial y haber derrotado la huelga revolucionaria de 1917. Las causas por las que compartió la inestabilidad general fueron particulares, sin paralelo en otros países: el terrorismo anarquista alcanzó cotas insoportables, el desastre militar de Annual fue explotado con máxima demagogia por los socialistas, y los separatismos alcanzaron cierta peligrosidad en Cataluña y Vascongadas. Todo lo cual desembocó en la ruina del régimen liberal de la Restauración y la dictadura de Primo de Rivera en 1923.

Para ese año lo peor había pasado en todas partes, y el continente ofrecía un aspecto  mucho más calmado: las luchas sociales remitieron y comenzaron los “Felices años 20”. España prosperó a un ritmo y con una estabilidad nunca conocidas desde el siglo XVIII, superando los tres cánceres que  habían destruido la Restauración: el terrorismo, el conflicto de Marruecos y el separatismo.

Pero la –relativa— calma no duró más de seis o siete años, y la década de los 30 ya empezó con una renovada epilepsia política, relacionada con la Gran Depresión económica iniciada en Usa en 1929 y extendida por gran parte del mundo.  La crisis fue tomada muy a menudo por la prueba de que el capitalismo liberal generaba forzosamente  despilfarro para los ricos y miseria para las masas. En Gran Bretaña fueron los tiempos de las “marchas del hambre” y en Francia las huelgas, desórdenes y escándalos políticos acercaban al país a una guerra civil.  Reverdeció la fe en el sistema soviético y en el fascismo, y un nuevo  y potente factor de trastorno  se instaló en el centro del continente: el  Partido Nacionalsocialista  de Hitler avanzó con ímpetu hasta conseguir el poder en  enero de 1933, por vías legales.  Si la URSS aplicaba los planes quinquenales, cuyos éxitos –logrados a un elevado coste humano— contrastaba su propaganda con el desastre económico burgués,  la Alemania nazi logró en poco tiempo eliminar el paro galopante y ofrecer una fachada de cohesión social donde antes existía una verdadera guerra civil soterrada.  Italia, mirada como un modelo por bastante gente, ejercía poca influencia a pesar de las ambiciones imperiales de Mussolini, pero Alemania era otra cosa: su potencia y su posición central, bajo un régimen en extremo dinámico y agresivo, deseoso de cambiar los resultados de la PGM,  trastornaba radicalmente los equilibrios europeos. Se extendió un clima de incertidumbre causado por las tensiones sociales, el desempleo masivo y la pobreza, combinadas por las rivalidades nacionales.

La perspectiva de una nueva guerra general pesaba sobre todos los espíritus. Francia e Inglaterra, ganadoras de la PGM,  tenían el mayor interés en mantener y afianzar el statu quo logrado, mientras que Alemania, también la URSS  y en menor medida Italia, trataban de modificarlo a su favor. Las aspiraciones fundamentales de Hitler se dirigían contra la URSS  por  doble motivo: ideológico,  de lucha contra el comunismo que había estado cerca de imponerse en Alemania; e imperialista, pues buscaba expandirse por los inmensos espacios rusos. Esto último exigía previamente eliminar los estados intermedios de Checoslovaquia y Polonia. Así, la política hitleriana se convirtió en  la clave de todas las salidas,  pacíficas o bélicas, de los acuerdos y los tratados entre países. La amenazada URSS buscaba alianzas con los países capitalistas a fin de  aislar a Alemania, a lo cual eran renuentes las democracias, temerosas aún más del sistema soviético que del nazi.  La postura soviética no se entiende si se olvida su enfoque marxista general. De acuerdo con sus tesis, las guerras nacían de las rivalidades entre potencias imperialistas y estaba próxima a estallar una nueva.  Por motivos tácticos, Stalin fingía cierta simpatía hacia los capitalismos democráticos y fulminaba contra Hitler y los fascismos, pero en realidad detestaba tanto a unos como a otros. Su estrategia  trataba, ante todo,  de evitar que la lucha estallase entre Alemania y la URSS y lo hiciese en cambio entre los países “burgueses”, al igual que en la guerra anterior. De este modo, fascismos y democracias se desangrarían entre sí,  la URSS quedaría como árbitro y la revolución cundiría  por Europa occidental, lo que no habían logrado las insurrecciones del quinquenio 1917-23.

Y en este juego de intereses y rivalidades entró España, un país secundario,  de modo bastante inesperado. Aquí, a la dictadura de Primo de Rivera y al intento fallido de sostener la monarquía, sucedió una república que desde el primer momento se mostró tormentosa  y profundamente inestable, hasta desembocar en una guerra civil con una primera fase en 1934 y la definitiva en 1936. Y de pronto fue obligado para las grandes potencias europeas tomar posición ante el problema español.

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