Blog I: ¿Qué debe España a la UE? / Un malvado de libro / Visita a París http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/que-debe-espana-ue-malvado-narcis-%C2%B4visita-paris-20130128
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La vida es ante todo sentimiento, y proponíamos que el sentimiento más profundo e intenso del ser vivo, al menos en el nivel humano, es el del yo. El individuo solo se siente vivir a sí mismo, se siente a sí mismo como un yo y el cumplimiento de sus deseos, el esfuerzo por cumplirlos, llena su vida. De ahí cabría esperar un yo absolutamente egocéntrico, enfrentado a una realidad exterior básicamente hostil, que no satisface del todo o satisface muy mal sus deseos, para terminar por aniquilarlos junto con el sujeto deseante. Sin embargo el sentimiento del yo no es tan simple o absolutista. Incluye, por ejemplo, una simpatía instintiva que lo une a la especie a través en círculos cada vez más amplios a partir del familiar. Así el amor o el odio, derivados o implícitos en el yo, pueden cobrar tal intensidad que lleguen a pasar por delante del de la propia conservación del individuo. Ese efecto simpático resalta en multitud de fenómenos como un pánico de masas, la pornografía, espectáculos o movimientos colectivos en los que cada yo parece disolverse en un nosotros, etc. O en la percepción del sufrimiento ajeno, que nos hace sufrir a su vez en alguna medida, y que tan bien saben manipular muchos demagogos.
El sentimiento del yo es, por tanto, muy complejo, y finalmente no se entendería sin otro no menos profundo: el sentimiento del mundo exterior. El mundo exterior se nos ofrece en dos planos: el social y el físico. Algunas teorías presentan al yo como un mero reflejo de las condiciones sociales, e igualmente la percepción individual del mundo físico. Con lo cual quedan sin explicar dichas condiciones sociales (o culturales), que pretendidamente explicarían al yo y sus percepciones. Pero el mundo físico se presenta claramente al individuo al margen de cualquier condicionamiento social. Recuerdo un profesor harto pedante que afirmaba que el sentimiento del paisaje no aparece hasta el Renacimiento. Creo que existe siempre, incluso en los más primitivos; posiblemente con más intensidad en estos, por estar más inmersos en la naturaleza elemental, y aunque no dé lugar a un arte preciso. El mundo físico choca al yo como una inmensidad misteriosa que le produce al mismo tiempo placer, admiración y terror.
Obviamente encontramos aquí, de nuevo, los tres niveles: al más inmediato, el mundo físico es captado por relación a los deseos de alimentación y reproducción, como una fuente de satisfacción, más o menos complicada, de esos deseos. De modo semejante debe de ocurrur con el animal. La capacidad técnica, más allá de la mera adaptación animal, permite al hombre manipular el mundo físico para satisfacer mejor sus deseos y multiplicar estos, permitiéndole una visión ya muy distinta de la del animal, no instintiva sino utilitaria. Pero el individuo, el yo, aparte de cualquier condicionamiento cultural, también percibe el mundo en un plano mucho más vasto, fuera y por encima de sus apetencias, con una relación muy distinta de la que le ofrece la naturaleza en el plano utilitario. Percibe cómo sale y se pone el sol, cómo llega la noche transformando la realidad visible y obligándole a abandonar la consciencia por unas horas, en las que se le aparecen extraños seres y aventuras, tan distintos de la lógica diurna y que a menudo le inquietan y no sabe cómo interpretar; percibe fuerzas colosales en torno a él, manifiestas en las grandes llanuras, las montañas, el mar, en los terremotos y las tormentas, las sequías y las inundaciones, que desbordan cualquier potencia del yo; y percibe por contraste el firmamento con sus misteriosas luminarias y sus movimientos regulares, tan distintos de los del mundo inmediato; percibe la propia naturaleza próxima como un gigantesco paisaje que le acoge pero que también le es ajeno, frente al cual el yo siente su insignificancia espacial y temporal. Y sabe muy pronto que todo ello existe, está ahí, desde mucho antes de que él, el individuo, apareciera en el mundo y que continuará mucho después de su muerte, sabe que ese mundo está totalmente por encima de sus apetencias, destinadas a deshacerse con él, aparentemente en la nada. Esta consciencia o más bien supraconsciencia, le provoca un deseo sui generis, difícil de precisar: el de entender la relación que pueda haber entre ese mundo abrumador y la efímera existencia del yo dentro de él. O quizá el de fundirse con un mundo que le somete a tan penosas pruebas, encontrar en él un sentido a estas. Un deseo que no depende de condicionamientos culturales, sino que probablemente sea el fundamento de estos, el fundamento de la cultura. Ahí debe hallarse la raíz de la religiosidad, y no en la frustración del impulso utilitario por adaptar la naturaleza a nuestros objetivos.
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Me llega por twitter un trozo de una entrevista a César Vidal en que trata de mi “caso”. No cabe duda de que don César en un hombre valiente: desafía la verdad, al menos en lo referente a mí, con tal convicción y empaque que termina por caer simpático. Por suerte hoy es fácil encontrar en Internet las polémicas que sostuve con él, y cualquiera puede hacerse una idea del asunto, que creo –y creen la mayoría de los lectores– difiere bastante de lo que él cuenta, tanto sobre el homosexualismo como sobre la ética protestante, el franquismo, la expulsión de Cataluña o cualquier otra cosa. Y que revelan por su parte unos conocimientos harto esquemáticos de los temas que afirma, muy seguro, dominar. Por cierto que, con actitud muy poco liberal, él publicaba opiniones con seudónimo ruso en las que se ensalzaba a símismo hasta las nubes y exigía mi exclusión de Libertad Digital: es más fácil declararse liberal que demostrarlo. Y ya expliqué en otra ocasión las circunstancias de mi salida de LD, que no tienen nada que ver con lo que él dice
Algo que no podrán encontrar en internet, pero que paso a aclarar, es su relación inicial conmigo. Dice: “Pío Moa es un personaje totalmente desconocido hasta que yo leo su primer libro sobre la revolución de octubre y lo recomiendo”. Pontifica con una seguridad que casi da pena desmentirle. Yo no era tan desconocido, pues llevaba años escribiendo en varios de los principales periódicos españoles, como D-16, ABC, El Correo y otros, y cuando publiqué el libro (Los orígenes de la Guerra Civil), la primera entrevista, muy larga y destacada, me la hizo Cristina López Schlichting en ABC. Esa entrevista fue la que dio a conocer el libro entre el gran público. Posteriormente encontré a Federico Jiménez Losantos en la Feria del Libro, le presenté mi obra y él me entrevistó luego en la COPE; supongo que de ahí vendría la aportación de don César. Así que muchas gracias por lo que me toca, pero creo que no debería ponerse tan estupendo. Sobre los demás temas, repito, cualquiera puede formarse su opinión consultando internet. En suma, don César, hombre bastante lúcido en algunos asuntos, se pierde cuando le tocan su religión. De forma un tanto arbitraria y sectaria identifica libertad, liberalismo y protestantismo, y cuando se le demuestra que las cosas son algo más complicadas que sus esquemas, su liberalismo y su respeto por los hechos se debilitan notablemente. Pero bueno, como hombre de fe (protestante) puede permitírselo sin perder un ápice de aplomo. Ya lo explicó Lutero.
