Blog I: España es diferente / 2ª canción en “Sonaron gritos…” / Carteles en catalán. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
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Uno de los sucesos más interesantes y reveladores de los años 40 fueron los movimientos monárquicos y de los Aliados para derrocar a Franco. En 1945, cuando los acuerdos de Yalta parecían determinar la liquidación del Caudillo, según expone Luis María Ansón, se urdió un plan de los monárquicos antifranquistas y de los servicios secretos useños para explotar el maquis comunista: con ese pretexto se denunciaría la “inestabilidad de España”, “peligro para Europa”, los tanques aliados invadirían el país y –pensaban algo ingenuamente– eliminarían con suma facilidad al vencedor de la guerra civil e impondrían la monarquía.
El plan fue diseñado por Allen Dulles, el jefe de la OSS, precursora de la CIA, y acogido de buena gana por Sainz Rodríguez y otros. Don Juan, por su parte, explicará a Ansón: “Quiero que te quede completamente claro que yo no acepté el plan, y, claro, mucho menos lo estimulé (…). Debo decir que no me opuse. Escuché lo que me decían y sanseacabó“. Es decir, que sí lo aceptó, aunque poniendo cara de póker. De hecho Dulles no proponía, daba instrucciones a los juanistas como si fueran empleados suyos, y no parece haber habido mucha repugnancia en los monárquicos antifranquistas –que eran solo una fracción de los monárquicos, aunque muy influyente— ante la perspectiva de ocupar el poder con tales métodos. La maniobra está en la base del célebre Manifiesto de Lausana, con el cual creyó Don Juan abrir su camino al trono y que, en realidad, se lo cerró para siempre. Intriga, pues, típicamente maquiavélica, pero también mal calculada; en otro artículo explicaré por qué. Transcribo de Años de hierro:
Mientras tanto, los comunistas ignoraban el papel de peones inconscientes diseñado para ellos, y no pensaban por el momento repetir una aventura como la del valle de Arán. Coincidían todos en la idea de utilizar las guerrillas para provocar la intervención aliada, pero el PCE quería crear su propia fuerza armada a fin de tener el papel decisivo en el posfranquismo. Por ello continuaba introduciendo en el país cuadros probados en el maquis francés y hasta en la lucha partisana soviética, coordinando políticamente a los grupos de huidos dispersos, y fundando otros nuevos. Hallaban pocas simpatías entre la población, como ya habían comprobado el otoño pasado, y ello dificultaba su tarea. En Rusia, los partisanos se habían implantado sembrando el terror entre la población civil desafecta, ante la indiferencia de los alemanes, para en una segunda fase concentrarse sobre la Wehrmacht. Pero en España la policía no iba a permanecer indiferente. Los guerrilleros esperaban superar estos obstáculos con algo de tiempo y la intensificación progresiva de las acciones.
Entre tanto, debían correr serios riesgos para conseguir armas, apoyos seguros –siempre escasos–, montar “estafetas” para el correo y los suministros, etc. Las estafetas solían instalarse en huecos de árboles o bajo piedras de cierto tamaño, cerca del chozo de algún pastor o la casa de algún campesino que servían de enlaces. De este modo no necesitaban verse ni concertar citas entre unos y otros. Los guerrilleros debían vigilar el lugar antes de acercarse, pues, como ocurriría a veces, la Guardia Civil podía haberlo descubierto y preparado una emboscada. Otros problemas surgían de las querellas dentro de las partidas, la desigual formación política o la tendencia al bandidaje.
No menor era la dificultad de encontrar atención médica para las heridas o las enfermedades, fáciles de contraer en tan ardua existencia. A veces obligaban a atenderles a médicos normales, a punta de pistola, un método peligroso. La agrupación guerrillera de la zona centro insistía a la dirección, a finales de 1944: “La urgencia del médico para nosotros es de carácter inmediato, esperamos que esto no se demore”. El médico debía estar entrenado para “largas marchas y con peso encima, como es el equipo y la comida, pues de no ser así, como comprenderéis, nosotros no tenemos retaguardia y corre peligro de caer en manos del enemigo”. Y debía ser un guerrillero más, pues “una de las mayores dificultades que tenemos es que aquí existe demasiado personal inútil: mujeres, viejos y niños; en fin, muy pocos para dar la cara y lo peor es que todos comen”. El informante exageraba, pues los viejos y las mujeres contribuían a la lucha en alguna medida, y niños apenas habría alguno.
Por fin consiguieron un médico, “camarada joven y decidido”, Manuel Tabernero Antona, con los apodos Lyon y Robert, que se incorporó al grupo a finales de 1944 o principios del 45. Una carta suya a la chica que le servía de enlace con Madrid revela otras facetas de aquella vida: “Simpática camarada Flor: el día 3 por la noche bajé en compañía de unos guerrilleros a recibir las cosas que nos mandabas, y cuando regresé al campamento eran las tres de la madrugada. Como podrás imaginarte, todos estaban profundamente dormidos, porque el mismo día, precisamente, Carlos y Ángel habían regresado de un largo viaje; pero los llamé y les dije: “Camaradas, traigo carta de Flor”. Inmediatamente se incorporaron, rebosando de alegría. Tuve que encender el candil y, mientras se recreaban con la lectura de tu misiva, entre carcajadas y alborozos, a mí me correspondió ser la víctima, tuve que prepararles el café en la forma tan poética que tú sabes, machacado con una piedra y colado con un calcetín. ¡Y qué paladar más exquisito tiene! Estoy seguro de que te gustaría. A mí los primeros días estas cosas me causaron cierto efecto raro, pero ha desaparecido toda clase de escrúpulos. Referente a tu preocupación por sus vidas, ¡tranquilízate!, velaré por ellas”.
La carrera de Lyon sería breve. Llegó a dirigir la agrupación guerrillera de Gredos, pero el 13 de septiembre de 1946 caería junto con otros jefes del maquis en una emboscada de la policía, en la huerta del “tío Matapulgas”, cerca de Talavera de la Reina. Se habían reunido allí para resolver asuntos internos. La “catástrofe de Talavera” traería desarticulaciones en Madrid y Toledo, y el descubrimiento del cuartel general del “Ejército Guerrillero” en un chalé del barrio madrileño de Ciudad Lineal, provisto de una emisora manejada por un militante llegado de la URSS.
El doble e imbricado episodio de los monárquicos, el OSS y los maquis podría dar lugar a una buena película o novela y se presta, desde luego, a muchas reflexiones. Por ejemplo cómo, a veces, gente con talante de héroes defiende las peores causas, mientras causas superiores son representadas por personas de gran bajeza. El mito de Adán y Eva, mucho más profundo que las simplezas morales de Dawkins o Pinker, lo indica: comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal esperando ser como dioses, y accedieron a la esfera del mal y del bien, en efecto, perdiendo la inocencia de los animales. Pero nunca lograron dominar aquella ciencia. (LD, noviembre de 2007).
Puede observarse la implicación de algunos monárquicos (no todos ni mucho menos) en un suceso de alta traición. Ansón lo cuenta con la mayor naturalidad. Otro episodio semejante fue el proyecto de colaboración en la invasión de Canarias por Ingleterra. Pueden ustedes recordar el penúltimo capítulo del trabajo sobre la masonería: esta parecía intentar preparar a los masones españoles para que utilizaron su influencia en asegurar el control inglés cobre las Canarias e incluso las Baleares.
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No estoy muy de acuerdo con algunos juicios del autor de la reseña. Por ejemplo, Franco no era cortoplacista, aunque en las cambiantes situaciones de la guerra mundial hubo de adaptarse continuamente para no ser arrastrado por el remolino. Y la reconstrucción de posguerra se hizo y con bastante rapidez, a pesar del injusto y abusivo aislamiento que sufrió el régimen. Pero, en conjunto, es una crítica interesante:
Francisco Franco, ese político (Antonio Golmar)
Hábil y ambicioso; cortoplacista; prudente y maquiavélico; cínico y un tanto ladino; y sobre todo un político extremadamente diestro que supo conservar y acrecentar su poder, institucionalizar su régimen, poner en marcha un ambicioso programa de reconstrucción nacional y, además, presenciar unos años de sorprendente florecimiento artístico y cultural. Y todo en medio de las circunstancias más adversas, con la Segunda Guerra Mundial y el posterior aislamiento a que los vencedores de la contienda sometieron a España.
Así se podría resumir el retrato de Franco pintado por Pío Moa en su última y más brillante obra, al menos desde el punto de vista literario: Años de hierro. España en la posguerra, 1939-1945. El objetivo explícito de este estudio, una magna revisión crítica de la historiografía más importante sobre ese periodo (Luis Suárez, Ricardo de la Cierva y Stanley Payne, pero también Paul Preston y Javier Tussell, sin olvidar las memorias de personalidades como Julián Marías, Manuel Azaña y Dionisio Ridruejo), es dar respuesta a una de las preguntas de investigación más apasionantes de la historia reciente de nuestro país. “La abstención de España durante la guerra mundial, y la pervivencia del régimen franquista después, fueron hechos muy poco probables, casi inverosímiles. Pero ocurrieron, y el historiador debe investigar las fuerzas, decisiones y azares que lo permitieron“. A partir de esta premisa, Moa analiza los primeros seis años del franquismo centrándose en las múltiples interacciones entre los avatares de la guerra, primero europea y luego mundial, y el sinuoso sendero político seguido por Franco a fin de consolidar su poder personal en medio de una familia extensa y a menudo mal avenida: sindicalistas e intelectuales falangistas más o menos germanófilos y totalitarios, generales monárquicos y aliadófilos según las circunstancias –y las del pretendiente Don Juan, cuya evolución desde el franquismo de que dan fe sus misivas al dictador hasta el liberalismo del Manifiesto de Lausana, pasando por los coqueteos con el Eje, Moa aborda con amenidad–, una jerarquía católica asertiva y a veces insumisa; un auténtico nido de serpientes agitado y excitado por las victorias –luego derrotas– nazis, los sobornos y chantajes británicos, así como por los fallidos intentos del PCE y de la izquierda en general de organizar un aparato de resistencia y sabotaje interior mínimamente eficaz.
Y por debajo, un pueblo agotado, empobrecido y hambriento, aunque cada vez menos, que tejió sus propias redes de resistencia, escape y adaptación –estraperlo, cultura popular escapista dominada por el humor y la tonadilla, fervor religioso– a un régimen caracterizado por el intervencionismo económico miope, el autarquismo obligado, o al menos acentuado, por el bloqueo británico y las presiones norteamericanas (useñas, según el autor), el dirigismo educativo y cultural y el férreo, empero amable, control político y social, llevado a cabo por la Falange y la Iglesia. Pío Moa consigue componer un fresco de proporciones épicas sobre la España de la época a base de combinar leves pinceladas de historia social, trazos precisos de historia cultural (el inventario de la producción cultural del época sorprende por su cantidad y epata por su calidad) y el dibujo minucioso de las trifulcas políticas en el seno del régimen. Estamos ante un conjunto coherente y armonioso, a pesar de las dificultades metodológicas que presentan este tipo de historias en paralelo, que muchos suelen solventar recurriendo a redundancias cansinas y yuxtaposiciones chocantes. Casi nada de eso se encuentra en Años de hierro, con la excepción del relato de la contienda mundial, en ocasiones demasiado prolijo, que corre de forma independiente del resto de la narración.
Sin embargo, este yerro no socava el propósito del autor gracias a la reintroducción de la guerra en los capítulos dedicados a la política española. De esta forma, y a pesar de que a veces el lector tenga la impresión de estar leyendo dos libros a la vez, Pío Moa logra con creces sus objetivos: hacer una descripción densa y minuciosa de los procesos de toma de decisiones del dictador y explicar convincentemente las razones que llevaron al general a oscilar entre la amistad nunca incondicional con Hitler y el acercamiento siempre interesado a los aliados (excepción hecha de la Unión Soviética, ingrediente principal de esa amalgama de capitalistas, socialistas y liberales que, según él, llevó el país a la Guerra Civil).
Entre las páginas más ilustrativas del libro están las dedicadas a las conspiraciones monárquicas, vigiladas de cerca por Franco, y a los berrinches y decepciones de los revolucionarios falangistas, desencantados con el sesgo burgués y clerical que el aquél imprimió al régimen. A este respecto, Moa explica que el dictador se mostró renuente a imitar los experimentos totalitarios alemán y ruso por una combinación de religiosidad, respeto a la propiedad privada y creencia en la bondad de los impuestos bajos y los presupuestos equilibrados. Sin embargo, el intervencionismo sindical y el control tanto de la producción como de los precios fueron un pesado baldón para la población, que creó sus propios circuitos clandestinos de producción y distribución de bienes: el célebre estraperlo, por el que dieron con sus huesos en prisión, y casi en la tumba, miles de españoles.
Otro aspecto especialmente llamativo de los primeros años del franquismo fue el interés del régimen por reducir rápidamente tanto el número de presos, sobre todo políticos, como la cantidad de población exiliada en Francia. Así, los primeros Gobiernos de Franco llevaron a cabo una política de drástica reducción y redención de condenas, de tal modo que pocas cadenas perpetuas duraron más de diez años. En el relato de las desventuras de la Legión Azul, extraído en gran parte de los recuerdos de Dionisio Ridruejo y otros voluntarios, encontramos otro de los aciertos de Moa, que ha rescatado del olvido unos textos de alto valor literario y, al mismo tiempo, se ha centrado en los aspectos más crueles y humanos de las guerras, algo que se echa en falta en buena parte del subgénero de la historia bélica. Pero lo más descollante de Años de hierro es el relato del largo, peligroso y trepidante baile de máscaras de Franco con Hitler y sus enviados, Mussolini y los embajadores británicos y norteamericanos.
Por lo que respecta a la cuestión de las supuestas intenciones belicosas de Franco, Moa refuta la visión angélica que presenta al dictador como un hombre amante de la paz y enemigo de involucrar a España en el conflicto… y la versión según la cual fue el mismo Hitler quien tuvo que poner freno a los afanes del Caudillo por incorporar España al Eje. Lo cierto es que Franco se propuso aprovechar las ventajas de la amistad con Alemania sólo en caso de victoria nazi, aliarse con Roma y París para contrarrestar la hegemonía de Berlín y entablar provechosas relaciones comerciales con Gran Bretaña y los Estados Unidos, potencias a las que, llegado el caso, podría acercarse, como así fue, para evitar que una victoria de los Aliados llevara aparejada su propia caída. La jugada le salió bien a corto plazo, pues le permitió afianzarse en el poder y neutralizar las conjuras de sus enemigos; pero posteriormente hubo de pagar un alto precio: el aislamiento a que fue sometido su régimen tras el final de la contienda, lo cual tuvo por consecuencia la demora de la necesaria reconstrucción económica del país. Así pues, su tacticismo, que le sirvió para impedir que España se sumiera en una nueva guerra, aún más letal que la civil, le convirtió en el exterior en un socio poco fiable y muy vulnerable a las campañas de propaganda que lanzaron algunos grupos de exiliados establecidos en EEUU y América Latina. Tal vez no hubiera alternativa ni para el dictador ni para España, que al menos se libró de una invasión extranjera, aunque uno no puede dejar de preguntarse qué habría sido de nuestro país si Eisenhower hubiera desfilado por la Castellana no en 1959, sino en 1946, y no precisamente saludando desde una limusina descapotable, sino a bordo de un tanque. Pero eso no es historia.
