Un oscuro episodio de los “años de hierro” / La España de la Guerra Mundial.

Blog I: España es diferente / 2ª canción en “Sonaron gritos…” / Carteles en catalán. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Uno de los sucesos más interesantes y reveladores de los años 40 fueron los movimientos monárquicos y de los Aliados para derrocar a Franco. En 1945, cuando los acuerdos de Yalta parecían determinar la liquidación del Caudillo, según expone Luis María Ansón, se urdió un plan de los monárquicos antifranquistas y de los servicios secretos useños para explotar el maquis comunista: con ese pretexto se denunciaría la “inestabilidad de España”, “peligro para Europa”, los tanques aliados invadirían el país y –pensaban algo ingenuamente– eliminarían con suma facilidad al vencedor de la guerra civil e impondrían la monarquía.

El plan fue diseñado por Allen Dulles, el jefe de la OSS, precursora de la CIA, y acogido de buena gana por Sainz Rodríguez y otros. Don Juan, por su parte, explicará a Ansón: “Quiero que te quede completamente claro que yo no acepté el plan, y, claro, mucho menos lo estimulé (…). Debo decir que no me opuse. Escuché lo que me decían y sanseacabó“. Es decir, que sí lo aceptó, aunque poniendo cara de póker. De hecho Dulles no proponía, daba instrucciones a los juanistas como si fueran empleados suyos, y no parece haber habido mucha repugnancia en los monárquicos antifranquistas –que eran solo una fracción de los monárquicos, aunque muy influyente— ante la perspectiva de ocupar el poder con tales métodos. La maniobra está en la base del célebre Manifiesto de Lausana, con el cual creyó Don Juan abrir su camino al trono y que, en realidad, se lo cerró para siempre. Intriga, pues, típicamente maquiavélica, pero también mal calculada; en otro artículo explicaré por qué. Transcribo de Años de hierro:

Mientras tanto, los comunistas ignoraban el papel de peones inconscientes diseñado para ellos, y no pensaban por el momento repetir una aventura como la del valle de Arán. Coincidían todos en la idea de utilizar las guerrillas para provocar la intervención aliada, pero el PCE quería crear su propia fuerza armada a fin de tener el papel decisivo en el posfranquismo. Por ello continuaba introduciendo en el país cuadros probados en el maquis francés y hasta en la lucha partisana soviética, coordinando políticamente a los grupos de huidos dispersos, y fundando otros nuevos. Hallaban pocas simpatías entre la población, como ya habían comprobado el otoño pasado, y ello dificultaba su tarea. En Rusia, los partisanos se habían implantado sembrando el terror entre la población civil desafecta, ante la indiferencia de los alemanes, para en una segunda fase concentrarse sobre la Wehrmacht. Pero en España la policía no iba a permanecer indiferente. Los guerrilleros esperaban superar estos obstáculos con algo de tiempo y la intensificación progresiva de las acciones.

Entre tanto, debían correr serios riesgos para conseguir armas, apoyos seguros –siempre escasos–, montar “estafetas” para el correo y los suministros, etc. Las estafetas solían instalarse en huecos de árboles o bajo piedras de cierto tamaño, cerca del chozo de algún pastor o la casa de algún campesino que servían de enlaces. De este modo no necesitaban verse ni concertar citas entre unos y otros. Los guerrilleros debían vigilar el lugar antes de acercarse, pues, como ocurriría a veces, la Guardia Civil podía haberlo descubierto y preparado una emboscada. Otros problemas surgían de las querellas dentro de las partidas, la desigual formación política o la tendencia al bandidaje.

No menor era la dificultad de encontrar atención médica para las heridas o las enfermedades, fáciles de contraer en tan ardua existencia. A veces obligaban a atenderles a médicos normales, a punta de pistola, un método peligroso. La agrupación guerrillera de la zona centro insistía a la dirección, a finales de 1944: “La urgencia del médico para nosotros es de carácter inmediato, esperamos que esto no se demore”. El médico debía estar entrenado para “largas marchas y con peso encima, como es el equipo y la comida, pues de no ser así, como comprenderéis, nosotros no tenemos retaguardia y corre peligro de caer en manos del enemigo”. Y debía ser un guerrillero más, pues “una de las mayores dificultades que tenemos es que aquí existe demasiado personal inútil: mujeres, viejos y niños; en fin, muy pocos para dar la cara y lo peor es que todos comen”. El informante exageraba, pues los viejos y las mujeres contribuían a la lucha en alguna medida, y niños apenas habría alguno.

Por fin consiguieron un médico, “camarada joven y decidido”, Manuel Tabernero Antona, con los apodos Lyon y Robert, que se incorporó al grupo a finales de 1944 o principios del 45. Una carta suya a la chica que le servía de enlace con Madrid revela otras facetas de aquella vida: “Simpática camarada Flor: el día 3 por la noche bajé en compañía de unos guerrilleros a recibir las cosas que nos mandabas, y cuando regresé al campamento eran las tres de la madrugada. Como podrás imaginarte, todos estaban profundamente dormidos, porque el mismo día, precisamente, Carlos y Ángel habían regresado de un largo viaje; pero los llamé y les dije: “Camaradas, traigo carta de Flor”. Inmediatamente se incorporaron, rebosando de alegría. Tuve que encender el candil y, mientras se recreaban con la lectura de tu misiva, entre carcajadas y alborozos, a mí me correspondió ser la víctima, tuve que prepararles el café en la forma tan poética que tú sabes, machacado con una piedra y colado con un calcetín. ¡Y qué paladar más exquisito tiene! Estoy seguro de que te gustaría. A mí los primeros días estas cosas me causaron cierto efecto raro, pero ha desaparecido toda clase de escrúpulos. Referente a tu preocupación por sus vidas, ¡tranquilízate!, velaré por ellas”.

La carrera de Lyon sería breve. Llegó a dirigir la agrupación guerrillera de Gredos, pero el 13 de septiembre de 1946 caería junto con otros jefes del maquis en una emboscada de la policía, en la huerta del “tío Matapulgas”, cerca de Talavera de la Reina. Se habían reunido allí para resolver asuntos internos. La “catástrofe de Talavera” traería desarticulaciones en Madrid y Toledo, y el descubrimiento del cuartel general del “Ejército Guerrillero” en un chalé del barrio madrileño de Ciudad Lineal, provisto de una emisora manejada por un militante llegado de la URSS.

El doble e imbricado episodio de los monárquicos, el OSS y los maquis podría dar lugar a una buena película o novela y se presta, desde luego, a muchas reflexiones. Por ejemplo cómo, a veces, gente con talante de héroes defiende las peores causas, mientras causas superiores son representadas por personas de gran bajeza. El mito de Adán y Eva, mucho más profundo que las simplezas morales de Dawkins o Pinker, lo indica: comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal esperando ser como dioses, y accedieron a la esfera del mal y del bien, en efecto, perdiendo la inocencia de los animales. Pero nunca lograron dominar aquella ciencia. (LD, noviembre de 2007).

   Puede observarse la implicación de algunos monárquicos (no todos ni mucho menos) en un suceso de alta traición. Ansón lo cuenta con la mayor naturalidad. Otro episodio semejante fue el proyecto de colaboración en la invasión de Canarias por Ingleterra. Pueden ustedes recordar el penúltimo capítulo del trabajo sobre la masonería: esta parecía intentar preparar a los masones españoles para que utilizaron su influencia en asegurar el control inglés cobre las Canarias e incluso las Baleares.  

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No estoy muy de acuerdo con algunos juicios del autor de la reseña.  Por ejemplo, Franco no era cortoplacista, aunque en las cambiantes situaciones de la guerra mundial hubo de adaptarse continuamente para no ser arrastrado por el remolino. Y la reconstrucción de posguerra se hizo y con bastante rapidez, a pesar del injusto y abusivo aislamiento que sufrió el régimen. Pero, en conjunto, es una crítica  interesante:

Francisco Franco, ese político (Antonio Golmar)

 Hábil y ambicioso; cortoplacista; prudente y maquiavélico; cínico y un tanto ladino; y sobre todo un político extremadamente diestro que supo conservar y acrecentar su poder, institucionalizar su régimen, poner en marcha un ambicioso programa de reconstrucción nacional y, además, presenciar unos años de sorprendente florecimiento artístico y cultural. Y todo en medio de las circunstancias más adversas, con la Segunda Guerra Mundial y el posterior aislamiento a que los vencedores de la contienda sometieron a España.

Así se podría resumir el retrato de Franco pintado por Pío Moa en su última y más brillante obra, al menos desde el punto de vista literario: Años de hierro. España en la posguerra, 1939-1945. El objetivo explícito de este estudio, una magna revisión crítica de la historiografía más importante sobre ese periodo (Luis Suárez, Ricardo de la Cierva y Stanley Payne, pero también Paul Preston y Javier Tussell, sin olvidar las memorias de personalidades como Julián Marías, Manuel Azaña y Dionisio Ridruejo), es dar respuesta a una de las preguntas de investigación más apasionantes de la historia reciente de nuestro país. “La abstención de España durante la guerra mundial, y la pervivencia del régimen franquista después, fueron hechos muy poco probables, casi inverosímiles. Pero ocurrieron, y el historiador debe investigar las fuerzas, decisiones y azares que lo permitieron“. A partir de esta premisa, Moa analiza los primeros seis años del franquismo centrándose en las múltiples interacciones entre los avatares de la guerra, primero europea y luego mundial, y el sinuoso sendero político seguido por Franco a fin de consolidar su poder personal en medio de una familia extensa y a menudo mal avenida: sindicalistas e intelectuales falangistas más o menos germanófilos y totalitarios, generales monárquicos y aliadófilos según las circunstancias –y las del pretendiente Don Juan, cuya evolución desde el franquismo de que dan fe sus misivas al dictador hasta el liberalismo del Manifiesto de Lausana, pasando por los coqueteos con el Eje, Moa aborda con amenidad–, una jerarquía católica asertiva y a veces insumisa; un auténtico nido de serpientes agitado y excitado por las victorias –luego derrotas– nazis, los sobornos y chantajes británicos, así como por los fallidos intentos del PCE y de la izquierda en general de organizar un aparato de resistencia y sabotaje interior mínimamente eficaz.

Y por debajo, un pueblo agotado, empobrecido y hambriento, aunque cada vez menos, que tejió sus propias redes de resistencia, escape y adaptación –estraperlo, cultura popular escapista dominada por el humor y la tonadilla, fervor religioso– a un régimen caracterizado por el intervencionismo económico miope, el autarquismo obligado, o al menos acentuado, por el bloqueo británico y las presiones norteamericanas (useñas, según el autor), el dirigismo educativo y cultural y el férreo, empero amable, control político y social, llevado a cabo por la Falange y la Iglesia. Pío Moa consigue componer un fresco de proporciones épicas sobre la España de la época a base de combinar leves pinceladas de historia social, trazos precisos de historia cultural (el inventario de la producción cultural del época sorprende por su cantidad y epata por su calidad) y el dibujo minucioso de las trifulcas políticas en el seno del régimen. Estamos ante un conjunto coherente y armonioso, a pesar de las dificultades metodológicas que presentan este tipo de historias en paralelo, que muchos suelen solventar recurriendo a redundancias cansinas y yuxtaposiciones chocantes. Casi nada de eso se encuentra en Años de hierro, con la excepción del relato de la contienda mundial, en ocasiones demasiado prolijo, que corre de forma independiente del resto de la narración.

Sin embargo, este yerro no socava el propósito del autor gracias a la reintroducción de la guerra en los capítulos dedicados a la política española. De esta forma, y a pesar de que a veces el lector tenga la impresión de estar leyendo dos libros a la vez, Pío Moa logra con creces sus objetivos: hacer una descripción densa y minuciosa de los procesos de toma de decisiones del dictador y explicar convincentemente las razones que llevaron al general a oscilar entre la amistad nunca incondicional con Hitler y el acercamiento siempre interesado a los aliados (excepción hecha de la Unión Soviética, ingrediente principal de esa amalgama de capitalistas, socialistas y liberales que, según él, llevó el país a la Guerra Civil).

Entre las páginas más ilustrativas del libro están las dedicadas a las conspiraciones monárquicas, vigiladas de cerca por Franco, y a los berrinches y decepciones de los revolucionarios falangistas, desencantados con el sesgo burgués y clerical que el aquél imprimió al régimen. A este respecto, Moa explica que el dictador se mostró renuente a imitar los experimentos totalitarios alemán y ruso por una combinación de religiosidad, respeto a la propiedad privada y creencia en la bondad de los impuestos bajos y los presupuestos equilibrados. Sin embargo, el intervencionismo sindical y el control tanto de la producción como de los precios fueron un pesado baldón para la población, que creó sus propios circuitos clandestinos de producción y distribución de bienes: el célebre estraperlo, por el que dieron con sus huesos en prisión, y casi en la tumba, miles de españoles.

Otro aspecto especialmente llamativo de los primeros años del franquismo fue el interés del régimen por reducir rápidamente tanto el número de presos, sobre todo políticos, como la cantidad de población exiliada en Francia. Así, los primeros Gobiernos de Franco llevaron a cabo una política de drástica reducción y redención de condenas, de tal modo que pocas cadenas perpetuas duraron más de diez años. En el relato de las desventuras de la Legión Azul, extraído en gran parte de los recuerdos de Dionisio Ridruejo y otros voluntarios, encontramos otro de los aciertos de Moa, que ha rescatado del olvido unos textos de alto valor literario y, al mismo tiempo, se ha centrado en los aspectos más crueles y humanos de las guerras, algo que se echa en falta en buena parte del subgénero de la historia bélica. Pero lo más descollante de Años de hierro es el relato del largo, peligroso y trepidante baile de máscaras de Franco con Hitler y sus enviados, Mussolini y los embajadores británicos y norteamericanos.

Por lo que respecta a la cuestión de las supuestas intenciones belicosas de Franco, Moa refuta la visión angélica que presenta al dictador como un hombre amante de la paz y enemigo de involucrar a España en el conflicto… y la versión según la cual fue el mismo Hitler quien tuvo que poner freno a los afanes del Caudillo por incorporar España al Eje. Lo cierto es que Franco se propuso aprovechar las ventajas de la amistad con Alemania sólo en caso de victoria nazi, aliarse con Roma y París para contrarrestar la hegemonía de Berlín y entablar provechosas relaciones comerciales con Gran Bretaña y los Estados Unidos, potencias a las que, llegado el caso, podría acercarse, como así fue, para evitar que una victoria de los Aliados llevara aparejada su propia caída. La jugada le salió bien a corto plazo, pues le permitió afianzarse en el poder y neutralizar las conjuras de sus enemigos; pero posteriormente hubo de pagar un alto precio: el aislamiento a que fue sometido su régimen tras el final de la contienda, lo cual tuvo por consecuencia la demora de la necesaria reconstrucción económica del país. Así pues, su tacticismo, que le sirvió para impedir que España se sumiera en una nueva guerra, aún más letal que la civil, le convirtió en el exterior en un socio poco fiable y muy vulnerable a las campañas de propaganda que lanzaron algunos grupos de exiliados establecidos en EEUU y América Latina. Tal vez no hubiera alternativa ni para el dictador ni para España, que al menos se libró de una invasión extranjera, aunque uno no puede dejar de preguntarse qué habría sido de nuestro país si Eisenhower hubiera desfilado por la Castellana no en 1959, sino en 1946, y no precisamente saludando desde una limusina descapotable, sino a bordo de un tanque. Pero eso no es historia.

 

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¿Fue Ansón lameculos de Franco?

 Blog I: Educación para la ciudadanía y totalitarismo / Fallos en Sonaron gritos…  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Ansón titula “lameculos de El Pardo” a los que calificaban el régimen franquista de meramente autoritario y no totalitario. Creo que comete dos graves errores.  Yo he explicado muchas veces que el franquismo, aunque utilizó el término  “totalitario”, nunca lo fue, sino meramente autoritario, lo cual me convertiría en un lameculos, de creer a Anson. Este quiere indicar que en aquel régimen “atroz” solo los lameculos podían prosperar en la política o sus aledaños; y de ser  un régimen totalitario, tal sería el caso, sin duda. Pero ocurre que yo no debo ningún favor al franquismo –cosa lógica, ya que lo combatí con todas mis fuerzas–, mientras que él sí prosperó. Y mucho.  Él se jacta de su oposición a Franco, pero hay que suponer que la disimulaba con auténtico virtuosismo, como casi todos los antifranquistas a posteriori. La disimulaba hasta el punto de que el régimen “totalitario” le permitió dirigir órganos de prensa, obtener premios de periodismo  e incluso le obsequió con el cargo de subdirector de la Escuela Oficial de Periodismo, donde se preparaban los periodistas del régimen. Cargos, evidentemente, solo accesibles a lameculos bien acreditados. Por cierto, era director entonces Emilio Romero, a quien, si hemos de seguir el criterio ansoniano, le corresponde asimismo el título. Y no recuerdo que se llevaran mal entre ellos. Por entonces yo era delegado de la Escuela y entre otros actos subversivos por cuenta del PCE, organicé una huelga, creo que la primera del centro, y pude comprobar que tanto el director como el subdirector colaboraban muy bien, primero para impedirla y después para asfixiarla. Hicieron bien, así lo veo ahora, pero, ¡hay que ver su devoción de entonces al orden constituido…  atroz y totalitario!

La carrera de Ansón guarda notables paralelismos con la de Cebrián. Los dos hicieron carrera dentro del insufrible franquismo y su prensa totalitaria. Solo después de muerto Franco se les notó aquel abnegado antifranquismo del que  hacen gala y que entonces guardaban en la intimidad. Pese a sus semejanzas, los dos periodistas se detestaban cordialmente, a  juzgar por las diatribas que se dirigían. Ansón acusaba al otro  hasta de facilitar a la policía totalitaria tomas de televisión de las reuniones del PCE en el exterior. Pero una vez ambos en la RAE, deben de  haberse reconciliado. Y parece que un fruto de esa reconciliación –y este es el segundo error–  ha sido la definición del franquismo, por la RAE, como régimen totalitario. Con lo cual desprestigian a la RAE tanto como creen prestigarse de “demócratas” a sí mismos. Unas autoridades académicas se supone que debieran saber distinguir entre totalitarismo y autoritarismo, pero al ignorarlo o pretender ignorarlo, dejan una lamentable impresión de insapiencia o de corrupción (en este caso intelectual) ciertamente poco ejemplar. Como ocurre hoy con tantas otras instituciones antaño renombradas. Por lo demás, solo tendrían que remitirse a la célebre entrevista a Solzhenitsin en TVE en 1976, que tantas ronchas levantó entre el antifranquismo español, incluso de derecha, tan admirador o al menos respetuoso gacia el sistema del GULAG.

No es del todo falso que Ansón fuera un poquito antifranquista,  aunque los totalitarios no se lo tomasen en consideración. Él era devoto de Don Juan, hombre oportunista que unas veces estaba con Franco y otras, cuando creía que iba a caer, en contra. Ansón escribió sobre el frustrado aspirante al trono, a quien él llama Juan III, un libro donde no lo deja precisamente bien, al relatar intrigas  del mismo o en torno al mismo,  que rondarían, si es que no caían, en la alta traición. Traición no a Franco, sino a España. He reproducido la más grave de ellas en Años de hierro. No sé si el poco antes finado Don Juan habría disfrutado especialmente con la biografía que le hilvanó su ardiente partidario.

En fin, el donjuanista afirma también que Preston ha escrito “la mejor y más objetiva biografía de Francisco Franco”. El increíble aserto sugiere que el título de lameculos responde a una auténtica vocación, siempre siguiendo la lógica del ilustre periodista y miembro de la RAE. Pue no creo que este vaya a obtener nada de Preston, de quien dudo sea recíproco el aprecio que el periodista le profesa.

Sobre Ansón  y sus peculiares ideas, que él llama liberales, he escrito unos cuantos artículos. Como he dicho, le debo cierta gratitud porque en momentos difíciles para mí me permitió escribir de vez en cuando en ABC. Pero una cosa es la gratitud personal y otra el lameculismo ante ciertas actitudes, aunque sea por omisión.

****http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/ay-vilches-descerebrados-contra-delincuentes-delincuentes-contra-el-valle-de-los-caidos-9818/

****http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/rasgos-del-franquismo-marxismo-de-baratillo-5701/

 

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Baroja sobre Galdós /Santos Juliá defiende a los pobres

Blog I: Carta abierta al Consejo de Europa / Juicio a los gallegos. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Estoy releyendo el tomo Final del siglo XIX y principios del XX, de las  memorias de Pío Baroja tituladas  Desde la última vuelta del camino. Y  me sorprendo de haber olvidado casi todo, pese a haberlo leído hace menos de diez años. Cuando uno quiere meter en la memoria demasiadas cosas  ocurren estas otras, aparte del problema de la edad. En fin, les transcribo lo que el novelista dice del otro novelista, ya lo juzgarán ustedes como prefieran:  

“Era una manifestación espontánea (…) Galdós, dirigiéndose a mí, me dijo: “Acompáñeme usted a casa”. Salimos y, sin ser advertidos por nadie, tomamos un coche. Este fue por la calle del Príncipe en medio del vocerío de ¡Viva Galdós! y ¡Muera el clericalismo! Los manifestantes estaban muy ajenos de pensar que el autor de Electra  paseaba entre ellos. Galdós se escondía en el fondo del coche y fumaba sin decir palabra (…) “Yo me voy al extranjero. Yo no tengo nada que ver con estas algaradas”, dijo, a todas luces muy molesto (…) Tengo que reconocer que la actitud de Galdós no me fue completamente simpática. Tanta pusilanimidad me pareció excesiva. Yo creo que cada hombre debe responder de sus acciones y de sus ideas, siempre que sean las suyas (…)

Galdós fue uno de los escritores que me mostró más simpatía. Sin embargo, yo creo que, no por ingratitud, sino por un fondo un tanto ético, no correspondí del todo (…)

Después (una mujer que había sufrido un vahído) contó que era la mujer del secretario de Galdós. Esta mujer habló bastante mal de Galdós, y dio a entender que tenía motivos para quejarse de su conducta con su marido y con ella. Yo pregunté  después, y alguien me dijo que Galdós hacía trabajar a su secretario y se entendía con su mujer. Si esto era cierto, no era cosa muy digna. Explotar a marido y mujer, valiéndose de que estaban en la miseria, era bastante feo. (…)

Comenzamos a hablar de Galdós, y Bonafoux lo puso por los suelos. Se había portado, según él, de una manera indigna con una muchacha abandonada que vivía en Santander y que tenía un nombre judío. “Yo le traeré a usted al bar mañana cartas de esa muchacha”  Efectivamente, al día siguiente me trajo cartas, en las que se veía que Galdós se había portado de una manera un poco fea y mísera con esta chica. Yo comprendo que un hombre, llevado por la pasión, haga cualquier cosa; pero una seducción hecha en frío, con dinero y con engaño, me parece desagradable. Yo no sé si, hablando de esto, dijo o lo escribió el crítico Gómez de Baquero, que se podía tomar impunemente todo lo que estaba en el  comercio. ¿Pero en qué comercio? ¿En el de París, en el de Pekín o en el centro de África? Una señora argentina me decía hace poco que en Buenos Aires se podía comprar una muchacha en los barrios pobres. Si se puede comprar lícitamente una mujer o un chico, hay que creer que la civilización no es nada, y que no pasa de ser una farsa desagradable.

Don Benito debía de ser un hombre un poco lioso y hasta trapacero, porque, por lo que pude yo notar, le hicieron víctima de reclamaciones y chantajes. Otra cosa no muy halagüeña me contó un escritor desdichado, Modesto Pérez  (…) Un amigo suyo, y quizá él, le habían dicho a Galdós que había alguien que iba a escribir un artículo hablando de los líos que había tenido, y cuando iban a verle, Galdós sacaba la cartera y cogía un billete y se lo daba.

Galdós sabía muy bien que en su España, como en la nuestra, no había nada ni nadie que se pudiera sostener por sí mismo, y que se necesitaba la solícita mano del autor para defender su obra. Galdós, cuando publicaba un libro, agasajaba a los críticos, escribía cartas a los directores de los periódicos de Madrid y de provincias, algunas manuscritas, haciéndose el humilde. Yo he visto dos o tres de estas cartas.  Tambén le parecía abusivo que los curas hablasen mal de sus libros. Yo le dije “A mí eso me parece perfectamente natural y legítimo, que ellos hablen mal de lo que les parece y que sus enemigos puedan hablar, igualmente, mal de lo que crean malo. Eso es el liberalismo”.

En muchas conversaciones pude comprobar que en cuestión de delicadeza con las personas, don Benito no era un hombre que tuviera muchos escrúpulos. Esto hacía que estuviera expuesto al chantaje de mucha gente (…) Yo creo que esta falta de sensibilidad ética hace que los libros de Galdós, a veces con grandes perfecciones técnicas y literarias, fallen. Es lo que hace principalmente que sus obras no estén a la altura de las de un Dickens, de un Tolstoi o de un Dostoiewsky. No hay llama. No hay el hervor generoso de un espíritu. Porque en literatura se puede ser un cínico y un degenerado, como Paul Verlaine; se puede ser un satánico como Baudelaire; se puede ser un ególatra como Nietzsche; pero no se puede ser un cuco que disimule ante el público sus pequeñas artimañas y sus intrigas. Parece esto una manifestación de ingratitud; pero si lo es, también es una manifestación de sentido de la justicia.

Después vi algunas veces a Galdós. Hablamos de la técnica de sus novelas, de los pueblos castellanos y de otras cosas que a él le interesaban. Se veía que los pintoresco de España, el dinero y las mujeres, era lo que más le interesaba a él; pero de las mujeres no le interesaba su espíritu, sino su vida y hasta sus trampas. (…)

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Santos Juliá defiende a los “pobres”

Para ser historiador, a Santos Juliá le falla mucho la memoria, empezando por la de su pasado clerical, que nunca menciona pese a ser un dato muy importante para entender su trayectoria, y aun más relevante cuando muestra tan poco interés en señalarlo, pues nos ayuda a entender algunas de sus actitudes intelectuales. Juliá, afectado por la crisis posconciliar, se pasó a la izquierda, hasta convertirse en historiador oficioso del PSOE y biógrafo de Azaña, siempre con su curiosa desmemoria, que le lleva a omitir datos significativos. Quizá por esta deficiencia, y no por mala intención, ensalza a personajes como Prieto, o pinta un Azaña inconciliable con los propios diarios del personaje.

Recientemente ha escrito contra la beatificación de numerosos mártires cristianos causados por el Frente Popular, muchos de ellos directamente por los socialistas, y lo ha hecho apoyándose en el intelectual católico francés Maritain: “Es un sacrilegio horrible masacrar a sacerdotes –aunque fueran fascistas, son ministros de Cristo– por odio a la religión; y es un sacrilegio igualmente horrible masacrar a los pobres –aunque fueran marxistas, son cuerpo de Cristo– en nombre de la religión”. Pero un historiador con no más que un mediano sentido crítico no puede emplear de ese modo la sentencia de Maritain oponiendo sacerdotes y “pobres”. Los sacerdotes eran asesinados por el mero hecho de ser sacerdotes, pero, ¿de dónde saca Maritain que los pobres sufrían matanzas por el hecho de serlo?

Esto es una sandez muy propia de la propaganda estalinista, y su falsedad salta a la vista no ya de un historiador, sino de cualquier persona con sentido común. Ello aparte, los muertos por el terror de los nacionales durante la guerra ascendieron a unos 70.000, según los cálculos más solventes de Martín Rubio: ¿tan pocos pobres había en España? Como sabe todo el mundo, cayó entonces gente acomodada, de clase media y “pobres”, pero ninguno de estos últimos lo fue por su posición social, sino por considerárseles enemigos políticos, por venganzas personales, etc. Lo mismo vale para el terror del Frente Popular (unas 60.000 víctimas, más proporcionalmente que sus contrarios, al haberse ejercido sobre un territorio menor), que sacrificó igualmente a gran número de pobres –obreros y campesinos– desafectos.

La persecución de los sacerdotes y muchas monjas, masacrados a menudo con sadismo escalofriante, se emparenta cualitativamente con el Holocausto perpetrado por los nazis contra los judíos, pues en ambos casos las víctimas eran asesinadas simplemente por ser judíos, o clérigos en el caso español.

Un historiador serio debe tener en cuenta otro detalle que Juliá también olvida, y que ayuda a explicar la evidente falsificación del intelectual francés: la preocupación por su país no dejaba de pesar en sus juicios, y él estaba alarmado por la influencia que pudieran lograr en España los alemanes e italianos en detrimento de los intereses franceses, y por ello trataba de convencer al Vaticano de que Franco era un títere de Hitler. Pudo tratarse de una mentira inconsciente, pero desde luego faltaba a la verdad, y escondía que, por el contrario, el Frente Popular sí fue dominado por Stalin de modo decisivo desde el envío a Rusia del oro español.

Casualmente, nuestro historiador no se pregunta por las causas de aquellos horrores, nada excepcionales en el siglo XX. Por poner un ejemplo, en Leningrado, una sola ciudad, murió el triple de gente que en toda la guerra española y en el mismo tiempo. Por poner otro, la guerra ruso-finlandesa igualó en solo tres meses el total de caídos en España entre los frentes y la retaguardia. Sin embargo, la cuestión de las causas de la guerra es la decisiva y definitoria para entender los sucesos.

Pues bien, Juliá y otros muchos profesionales a la lisenka mantienen la tesis de que los nacionales se sublevaron contra la democracia y el progreso de los “pobres”, causando así la guerra y las atrocidades consiguientes. Una tesis en resuelta oposición a la evidencia misma: el Frente Popular se componía de los mayores enemigos concebibles de la democracia, y de ellos jamás sacaron los pobres otro beneficio que lo que Besteiro llamaba “envenenamiento de las conciencias”. Fue el Frente Popular quien destruyó la legalidad republicana, arruinando las bases de la convivencia y ocasionando la guerra civil, que el PSOE venía intentando desde finales de 1933. Hay que insistir sin tregua en este dato perfectamente documentado, porque los lisenkos insisten con increíble pertinacia en difundir la propaganda estalinista como “memoria histórica”.

Queda esto: los Santos Juliá desvirtúan la espeluznante persecución religiosa con argumentos especiosos, han pretendido durante años que la Iglesia pidiera perdón a sus torturadores y ahora se oponen a que honre a sus mártires. ¡Imaginemos que en Alemania se hiciese hoy algo semejante con los judíos! El envenenamiento de las conciencias prosigue, con las mismas falsedades de los años 30. Juliá y compañía no revelan el menor sentimiento por lo que entonces hizo el Frente Popular, y uno queda con la sospecha de que repetirían, si hubiera ocasión. Después de todo siguen demostrando una vocación en verdad fanática por la defensa de “los pobres”.

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Ni tribunal ni constitucional: parodia de la justicia

Blog I: Una feminista y el amor (y II) / El euskera, idioma distinguido http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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1.- Los órganos sexuales en el hombre y la mujer son distintos y complementarios. En los homosexuales no, por eso deben buscar otros canales o instrumentos en su sexualidad.

2.- La sexualidad moldea también el cuerpo de forma distinta en el varón y la mujer. El ser humano es probablemente el mamífero con un dimorfismo sexual más acentuado.

3.- La diferencia y complementaridad también se manifiestan en el temperamento y rasgos psíquicos. Los homosexuales suelen fingir en sus relaciones el papel del marido y la mujer.

4.-  En el ser humano, la relación sexual tiende a ser estable (amor) y fértil (procreación y continuidad de la especie). En los homosexuales lo primero es más difícil y lo segundo imposible:  el amor estéril.

5.- La relación  estable y en principio fértil se ha institucionalizado en el matrimonio, algo imposible para los homosexuales, por mucho que finjan papeles masculinos y femeninos.

6.- Tradicionalmente, homosexuales y partidarios del “amor libre” rechazaban el matrimonio. Ahora los homosexualistas intentan desacreditarlo, como a la familia, “igualando”  lo inigualable.

7.-Esa igualación solo puede hacerse trivializando el sexo, sobre la base de que cualquier forma de desahogo (más que satisfación) sexual es igual que otra.

8.- La homosexualidad es un hecho natural, en el sentido de que se da en la naturaleza. Como muchas deficiencias, genéticas o no, que nos afligen, unas u otras, a todos los mortales. Pero natural no significa necesariamente normal o deseable.

9.- La sexualidad, homo o normal, es asunto privado de cada persona y no debe justificar persecuciones.

10.- Deja de ser privado cuando se pretende igualar por ley  cualquier forma de sexualidad, hacerlo motivo de orgullo y “educar” a los niños en tal “sapiencia”. Esto es homosexualismo, que atenta, entre otras cosas,  contra el más obvio sentido común.

11.- Los homosexualistas llevan su desvío hasta tratar de impedir por ley que los homosexuales que quieren cambiar o curarse, lo hagan. Atentando contra los derechos más elementales del individuo.

12.- Los homosexualistas usurpan la representación de todos los homosexuales e intentan perseguir por ley a  quienes los critiquen o  señalen sus peligrosas sandeces. Mientras ellos escarnecen a cuantos no les siguen la corriente.

14.-  El matrimonio homosexual, en fin,  no es ni puede ser más que una parodia malintencionada del auténtico, tal como la sentencia del “tc” es una parodia de la justicia.

14.- La sentencia del “tc” es una tropelía más en la larga serie de ellas cometida por ese “tribunal” desde la sentencia de Rumasa, legitimadora del expolio.

15.- A. Recarte ha advertido que el “tc” no es más que el instrumento de la casta política para cambiar la Constitución saltándose los trámites constitucionales. De la corrupta casta política que ha arruinado al país, añado.

16.- Javier Rubio lo ha sintetizado así: “el “tc” está para hacer constitucional lo que es anticonstitucional”. Al servicio de la casta

17.- Alguien bien documentado debería escribir un libro con las tropelías de ese tribunal contra la justicia, la nación española, la Constitución y la democracia.

18.- La indispensable regeneración democrática debe contar estre sus puntos la eliminación de semejante “tribunal”  y la inhabilitación de quienes han desacreditado la justicia.

 

****http://revista.libertaddigital.com/matrimonio-como-parodia-1276229266.html

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Seidman no da en el clavo / Masonería (y X): alguna conclusión.

Blog I: Una feminista y el amor / Azaña y Guernica / Viaje a Grecia : http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Apenas leo ya libros sobre la Guerra Civil, contentándome con las reseñas.  Pues creo que sus cuestiones clave están clarificadas desde hace tiempo: causas y modos del naufragio republicano y  origen de la guerra civil; el papel de las principales corrientes políticas en el proceso  prebélico y bélico, así como de la intervención extranjera; el carácter de los dos bandos y de los retos que hubieron de afrontar (recomponer un ejército y un estado, organizar la economía, aparte de la conducción típicamente militar) y de la represión efectuada; el desarrollo mismo de la contienda; el carácter del régimen ganador. Siempre quedan flecos y detalles, pero en lo esencial no hay grandes dudas para cualquier persona  que haya leído algunos libros esenciales con unos y otros enfoques. Cosa distinta es que la inercia de versiones izquierdistas mantenga una multitud de mitos, a menudo ridículos y contradictorios, en los que sin duda entran también intereses profesionales concretos. Creo haber contribuido de forma notoria al esclarecimiento de estas cuestiones.

Ahora, un amigo me ha pasado el libro de Michael Seidman, La victoria nacional, y según la he hojeado he podido asombrarme de la tenacidad con que muchos autores se aferran a sus prejuicios. El autor tiene a bien no citarme ni de pasada. Esto lo hacen muchos que sacan partido de mis estudios para detallar o ampliar tales o cuales aspectos, generalmente con contradicciones y deficiencias de análisis (por ejemplo, Álvarez Tardío o Fernando del Rey y sus editados, según lamentaba Rob Stradling en una reseña). Este no es el caso de Seidman, que indudablemente no se ha molestado en leer mis libros. Y creo que ha hecho mal, porque se habría ahorrado un cúmulo de errores, varios de los cuales iré mencionando. Hay cierta tendencia en alguna historiografía anglosajona a autoalimentarse despreciando la española con arrogancia injustificada.  Así, he leído a Hugh Thomas afirmar que fue el primero en reducir a estimaciones razonables la cifra mítica de un millón de muertos (que todavía he oído repetir a una profesora universitaria de historia): el sociólogo Villar Salinas ya estableció en 1942 unas cantidades más aproximadas que las de Thomas. Y no fue un estudio perdido, porque fue premiado en concurso por la Academia de Ciencias Morales y Politicas. Por cierto que  Villar fue citado a menudo después por autores,  españoles y extranjeros, que no lo habían leído, como demostró Ramón Salas Larrazábal en su libro Pérdidas de la guerra. Este libro ha sido superado en aspectos concretos pero no en el enfoque y valor general.  He reproducido en el blog algunas críticas mías a R. Carr, a A. Beevor y otros, y reproduciré más en un libro de próxima aparición, Ensayos polémicos.

La obra de Seidman trata la economía de la guerra desde el punto de vista que él llama social.  No descubre nada nuevo al sostener que la economía de los nacionales fue mucho más sana y eficiente que la de sus contrarios, y que la gente común estaba mucho mejor alimentada, aunque detalla muchos datos antes poco atendidos  o dispersos en diversas obras. Sin embargo ya cae en serios errores de enfoque en su introducción. Por ejemplo, ,   cuando afirma que “las calorías tienen tanto sentido como la cultura”. ¿Quiere decir que para elaborar su libro fue tan importante lo que comía como lo que escribía? ¿O que cualquiera que comiera bien podría elaborarlo igualmente? Las calorías, en general, dependen de la cultura mucho más que a la inversa, y fue la cultura (concepción general y capacidad organizativa) lo que permitió a los nacionales alimentar mucho mejor a su zona. El desenfoque se acentúa cuando, por subrayar su punto de vista,  desestimar un tanto los aspectos políticos de la guerra y  aborda los militares en términos del abastecimiento. En una guerra la conducción militar es lo esencial, y a ella se subordinan los demás aspectos, por supuesto el abastecimiento y tantos más. Aunque sea cierto que un ejército mal provisto tiene dificultad –pero no imposibilidad– de alcanzar victorias. Los nacionales, en pésimas condiciones (lo que suele llamarse actos heroicos) llegaron a frustrar ofensivas de sus contrarios. Es decir, en el análisis de una guerra no tienen el mismo sentido o valor  la economía ni el abastecimiento que la organización del ejército y la conducción de los líderes. Ni se pueden poner en el mismo plano las proteínas que las fuerzas morales, ideológicas y políticas en juego. En la victoria nacional influyó su habilidad para alimentar mejor a la población, pero no fue eso lo esencial ni cabe ponerlo en  el mismo plano.  La población en el Frente Popular –se sabe desde hace mucho– estuvo harto peor alimentada, pero su ejército dispuso siempre de alimentos suficientes. Y no son pocas las guerras perdidas por los más ricos y mejor abastecidos.

Seidman llama a su enfoque “historia social”, “un examen de la experiencia propia  de los hombres y las mujeres corrientes en cada lado de los conflictos”. No me parece muy acertado. Esas experiencias son demasiado variadas, y es peligroso, o más bien ilícito, atender a algunos testimonios o datos dándoles un valor de muestra, generalmente según la ideología del historiador. La historia social solo puede hacerse a partir de estadísticas como las de mortalidad, suicidios, deserciones, población penal, hambre, ejecuciones, etc. Y eso, en líneas generales y a veces muy detalladas, está ya hecho, aunque Seidman le haga algunas contribuciones estimables.

Tampoco parece muy matizada la comparación que hace con otras guerras civiles, en particular la rusa y la china las cuales confirman, a su juicio, “ la pauta o las causas generales del siglo XX de que las revoluciones sociales o proletarias  surgen en naciones subdesarrolladas o atrasadas”. Pero todos los países de Europa del este, los de Asia (no digamos La India), o Latinoamérica,   compartían  ese rasgo de atraso o subdesarrollo, y en ellas no hubo guerras civiles ni revoluciones parecidas a esas tres, aunque sí mucha agitación comunista y a veces fascista. Las guerras española, rusa y china  se parecerían en esto: surgieron en  “países agrícolas carentes de una burguesía dinámica, implicaron a potencias extranjeras y duraron aproximadamente tres años”. No estoy muy seguro de que la comparación no requiera matices importantes. Rusia, y sobre todo China, eran mucho más agrarios que España,  y la Rusia anterior a la I Guerra Mundial era, con todo, quizá  el país con mayor ritmo de crecimiento industrial del mundo. En España, el crecimiento económico fue muy fuerte justamente hasta la llegada de la república, en que prácticamente se hundió. Incluso limitar la guerra civil china a la posterior a la SGM es falso: la guerra civil se arrastraba desde los años 20. Aun sin contar las enormes diferencias del trasfondo histórico y cultural entre las tres, las diferencias son mayores que las semejanzas.  

Acierta Seidman, en cambio, cuando afirma que “El caso de España es excepcional si consideramos las revoluciones más significativas y las guerras civiles de varios años de duración. Es el único en que los contrarrevolucionarios derrotaron a los revolucionarios”. Es un dato obvio que aquí ganaron los nacionales, pero no solo ni principalmente por su abastecimiento. Y no es del todo excepcional: en Grecia ocurrió lo mismo, y también en Finlandia, aunque en esta última la guerra fue breve.

Especula algo gratuitamente el autor al afirmar que la “contrarrevolución” de los nacionales “tuvo su fundamento en el campo, no en la ciudad”, o que “la España nacional no fue tanto un régimen bonapartista como un producto de la reacción rural”. Esto suena algo asombroso:  me parece que los dirigentes y la inmensa mayoría de los mandos políticos y militares nacionales procedían de la clase media urbana. Ello aparte de la importancia dada desde el primer momento por el régimen a la industrialización del país.

También suena extraño leer que  “Las fuerzas de Franco no ganaron porque manipulasen los símbolos nacionales mejor que sus enemigos”. Decir que los manipulaban, cuando las izquierdas los pisoteaban con auténtica furia, es una forma curiosa de hablar. Y desde luego, no ganaron por eso solamente,  pero sí en gran medida, porque los sentimientos nacionales fraguaron en una disciplina, empeño y capacidad de resistencia en las condiciones más difíciles, que sus contrarios nunca tuvieron.  Y al decir que los nacionales “se negaron de manera inflexible a separar la identidad nacional de la religiosa”, podría haber señalado que la persecución –realmente genocida—del Frente Popular a la religión y a la cultura cristiana en general, lo hizo inevitable. De otro modo el aserto queda vacío.

Peor aún cuando afirma: “Sus enemigos (del régimen nacional) siguieron siendo los de la Iglesia: izquierdistas, masones, judíos y protestantes”. El desenfoque resulta algo grosero: los protestantes no contaron en la práctica, porque había muy pocos y algunos sufrieron persecución también por las izquierdas; los judíos eran enemigos solo en el plano retórico: muchos judíos de Marruecos ayudaron a Franco… aunque casi todos los judíos extranjeros apoyaron a los revolucionarios, y bastantes de ellos engrosaron las Brigadas Internacionales. La enemiga a los masones fue más sistemática: también ellos, en su mayoría apoyaron a la revolución dentro y fuera de España, por lo que no es de extrañar que el franquismo les mostrase poca gratitud. El caso de los izquierdistas fue mucho más serio, incomparablemente más, y ponerlo en el mismo plano que el de los restantes no habla muy bien del criterio de quien lo hace. Y debiera señalar también que, entre los izquierdistas, los enemigos principales fueron los marxistas, en su vertiente socialista y, sobre todo, comunista. Con los republicanos la represión fue mucho menor.

También explica Seidman que el régimen ordenó a la prensa “actuar en defensa de los intereses de la nación y convertirse en un instrumento de la Nueva España”. No sé si en la Inglaterra o la Usa en guerra se ordenaron cosas parecidas, pero dudo mucho que se hubieran permitido informaciones y comentarios contrarios a los intereses de esos países en aquellas circunstancias.  En fin, la crítica que hace a Rafael Abella como cronista de la cotidianeidad parece acertada a medias, puesto que Abella es más bien un cronista anecdótico, cuyos datos, al carecer de valor estadístico, tienen un interés muy relativo; y lo mismo, me temo, cabrá decir de los de Seidman, que trataré en otro artículo.

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Masonería (X)

A todo lo anterior pueden hacerse varias observaciones:

a)      La masonería, claramente, dista mucho de ser una inocua  sociedad filantrópica. Su intromisión en la política es constatable por la abundancia de hijos de la luz en numerosos acontecimientos y puestos decisorios. Más difícil resulta especificar el modo concreto como se ha producido su intervención, debido al secretismo de la orden.

b)       También encontramos masones en partidos y posiciones dispares y hasta opuestos, sin faltar algunos choques sangrientos entre ellos. Masones como Lerroux evolucionaron de un extremismo proterrorista a una acción moderada y patriótica. Por ello no es fácil creer en una acción ordenada desde un órgano central masónico y cumplida disciplinadamente por sus miembros. Sin embargo, pese a discrepancias y enfrentamientos, cabe discernir en la Fraternidad  una orientación general, siendo uno de sus rasgos el anticristianismo. Esa orientación puede ejercerse a través de consignas o por tendencias generadas de modo natural a partir de  sus principios religiosos o seudorreligiosos,

c)      No es probable que la Masonería esté en la matriz de  los numerosos fenómenos revolucionarios o anticristianos de nuestro tiempo, pero sin duda  constituye uno de los factores que los impulsan.

d)     Los rasgos anticatólicos y antidemocráticos (desde la propia concepción de sociedad secreta) se han manifestado de forma especialmente aguda en la historia de España e Hispanoamérica.

e)      Así como la masonería en Inglaterra y Usa, quizá en Francia, no parece haber obstaculizado el progreso y desarrollo de sus países, y de algún modo quizá haya  contribuido a ellos, en España e Hispanoamérica ha tenido efectos claramente contrarios,  ocasionando todo género de convulsiones y crímenes.

¿A qué obedece el  nefasto efecto de la Masonería en España e Hispanoamérica?  Creo que entra ahí el papel de defensora del catolicismo desempeñado por España durante dos siglos frente al islamismo y el protestantismo. Para combatir y denigrar a España se utilizó a fondo la Leyenda Negra, tanto más efectiva por la decadencia sufrida por el país desde mediados del siglo XVII y luego por el semihundimiento del XIX (debido en parte no desdeñable a la misma acción masónica). En las grandes campañas europeas como las arriba comentadas en defensa del terrorismo anarquista, de Ferrer Guardia, de Macià, en torno a la supuesta represión de Asturias, etc., el argumento típico era siempre el de “la España inquisitorial, oscurantista, asesina, etc.”. No hay datos sobre el papel masónico en otras campañas de enorme repercusión en la época de Franco, como las orquestadas por la ejecución del chekista Julián Grimau o en defensa de la ETA en 1970 y 1975,  pero es razonable suponer que la orden no fue ajena a ellas.

Encontramos de preferencia a masones en las corrientes y partidos izquierdistas (republicanos, anarquistas, socialistas, separatistas), cuyo común denominador ha sido la negación o denigración de las tradiciones, la historia y la cultura de España. No se ha querido trabajar evolutivamente sobre esas tradiciones, sino abolirlas o arrasarlas. No por azar la Guerra Civil presenció un plan de genocidio,  realizado en amplia medida,  de la cultura católica y sus representantes. Muchos miles de personas fueron asesinadas  simplemente por ser clérigos o católicos practicantes, e incendiados o destruidos de otras formas miles de  edificios religiosos (templos, monasterios, bibliotecas, centros de enseñanza y hasta las cruces de los cementerios). Se trataba de aniquilar toda una cultura y un pasado, y sustituirlos por consignas generales, a veces sugestivas pero exaltadas, abstractas y vacías. Más vacías aún en manos de personajes de tan escasa talla intelectual y moral como los retratados por Azaña, Marañón y tantos más.

No se puede atribuir a la Masonería toda la responsabilidad por las convulsiones de los siglos XIX y XX en España  e Hispanoamérica, pero creo que sí una parte considerable de ella.

 

 

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