Masonería (I) ¿Sociedad secreta? / El futuro de la monarquía

Blog I.  Personajes femeninos / ¿Tenía razón Sabino Arana? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

***  El próximo miércoles 17, a las 19,30, en el CEU de Madrid, Julián Romea 23, presentación de los libros Los capellanes de la División Azul, los últimos cruzados, de Pablo Sagarra,   y  Los combates de Krasny Bor, de Salvador  Fontenla. Ambos de gran interés histórico

*** Jueves,  18, a las 19,00, en el Centro  de la Rioja, c. Serrano 25,  Madrid, conferencia “La colonia de Gibraltar y el expolio económico del resto de España”, por Guillermo Rocafort.

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La Masonería o Francmasonería, cuyos miembros se autodenominan “hijos de la Luz”, se ha considerado tradicionalmente una sociedad secreta, entrar en la cual exige un rito de iniciación. La palabra masonería alude a sociedades antiguas de albañiles o constructores de templos y otros edificios. Según parece, existían ya en tiempos de Roma  y luego se adaptaron al cristianismo, conservando reminiscencias paganas. Tenían interés en guardar los secretos del oficio, que envolvían en esoterismos y ritos más o menos pintorescos. Los masones se declaran procedentes de esas sociedades,  cosa posible aunque no  del todo probada, y aquí poco relevante, porque  la masonería actual comienza en el siglo XVIII, con un período de formación a finales del XVII en Escocia e Inglaterra, y por influjo y orientación de personajes ajenos a la albañilería. A esta nueva masonería suele llamársela especulativa para distinguirla de la anterior u operativa, y puso especial atención en integrar a personas influyentes, como políticos, militares, magistrados e  intelectuales diversos. De hecho  ha sido la sociedad de su tipo más exitosa de  la historia y el interés por ella se debe precisamente  a su influencia política y social, exagerada o no, pero indudable en los últimos dos siglos.

Sobre la masonería han corrido  mil rumores, siendo difícil, de primeras, distinguir lo verdadero y lo falso en ellos.  Procederemos, pues, a partir de la ignorancia resumiendo algunas opiniones. Los propios masones se presentan como miembros de una orden, fraternidad  o sociedad filantrópica, respetuosa con el poder público y las religiones, ceñida a labores humanitarias y caritativas en pro de los derechos humanos, la libertad y la razón. Así lo acepta el estudioso jesuita Ferrer Benimeli. La aversión antimasónica de algunos poderes obedecería a que estos defienden  el despotismo, la superstición y la  ignorancia. Otros estudiosos la han tenido por una empresa diabólica, y así lo ha razonado el historiador Ricardo de la Cierva, entre otros. Para el general Franco, la masonería “no representaba la lucha franca, que incluso el marxismo ha presentado muchas veces: era la lucha sorda, la maquinación satánica, el trabajar en la sombra, los centros y los clubs desde los cuales se dictaban las consignas (…). Sobre los Estados, sobre la vida propia de los gobiernos, existe un superestado: el superestado masónico” (Amanecer, Zaragoza, 12 de IX 75). También encontramos testimonios de ex masones que califican a la orden como una asociación de ingenuos algo estrafalarios. El propio Azaña, que entró en ella, alude con visible desdén a sus barrocas ceremonias. Por su parte,  el intelectual italiano Benedetto Croce resumió así su juicio: “Escucho las jactancias de esa institución sobre su grande y saludable eficacia; escucho las atroces acusaciones que le lanzan sus adversarios (…) Y me inclino a creer que jactancias y acusaciones son por igual exageradas (…) Pero conozco la mentalidad masónica (…) y veo en ella un serio peligro para la cultura italiana  (…) Abstractismo y simplismo (…) Simplifica todo: la historia, que es complicada, la filosofía, que es difícil, la ciencia, que no se presta a conclusiones precisas, la moral, que es rica en inquietudes y contrastes. Pasa triunfalmente sobre todas esas cosas en nombre de la razón, de la libertad, de la humanidad, de la fraternidad, de la tolerancia. Y con tales abstracciones pretende distinguir a golpe de ojo el bien del mal y clasifica hechos y hombres por signos externos y por fórmulas” Y califica su ideología de “pésima no solo intelectualmente sino también moralmente” (Cultura e vita morale, 1914,  p. 162-3).

Hay, por tanto, opiniones para todos los gustos. Empecemos por examinar si se trata de una sociedad secreta o no. Este dato es crucial, porque una sociedad de tal índole  persigue por su propia naturaleza fines ocultos,  en función de los cuales aspira a manejar al resto de la gente sin que esta se percate.  Frente a esta acusación, la masonería suele insistir en que no es secreta, sino solo discreta, al igual que cualquier otra sociedad o club. Para dilucidar la cuestión, lo mejor es recurrir a sus propios rituales, que permanecieron mucho tiempo sin estar escritos y nunca lo fueron en España antes de que Ricardo de la Cierva los tradujera del inglés en su libro El triple secreto de la Masonería”, de gran valor documental. De la Cierva lo plantea como crítica desde el catolicismo, pero aquí me limitaré a hacer una exposición descriptiva.

RITOS.

Los ritos  se llevan a cabo en  los templos masónicos, llamados logias, un término arquitectónico en recuerdo de  la albañilería, y en reuniones llamadas tenidas. El cargo mayor de la logia, llamado Venerable Maestro,  preside sobre un estrado, asistido por un Diácono en el centro del lado de Oriente de la sala;  un Primer Vigilante se sitúa en el lado de Occidente, un Segundo  Vigilante en el lado Sur, y en medio permanecen los demás asistentes.  Hay dos Guardianes,  el Interior a la puerta de la logia y el Exterior, provisto de una espada desnuda, en el vestíbulo. Los presentes llevan mandiles con símbolos distintos para cada categoría y a menudo guantes blancos. Los símbolos, la Biblia, la escuadra, el compás, el mallete o martillo, tablas de resonancia, caja de herramientas, un nivel,  un bloque cúbico de piedra pulimentada y otro sin desbastar, etc., se colocan en lugares y formas precisas.  La tenida suele comenzar con un himno y a continuación, previo golpe de mallete, el Venerable Maestro dice: “Hermanos, ayudadme a abrir la logia”  Se levantan todos y el Venerable llama al Segundo Vigilante por su nombre: “Hermano Tal, ¿cuál es el primer cuidado de todo masón?”. El  interpelado responde: “Comprobar si la logia está adecuadamente cerrada”, cosa necesaria para evitar la curiosidad de los profanos. “Haced que así sea”. Se informa al Venerable de que la logia está cerrada, y él pregunta al Primer Vigilante por el siguiente cuidado, con la respuesta consabida: “Comprobar que solo se hallan presente quienes son masones”. Y siguen preguntas y respuestas retóricas  sobre los cargos y deberes de cada cual. En la masonería hay varios grados, con aperturas de tenida  algo diversas. A continuación, los reunidos se dedican a sus discusiones y  trabajos, que deben permanecer  secretos, al menos muchos de ellos. No me extiendo sobre las joyas,  cánticos, números místicos y otros signos típicos de la orden.

Pero vale la pena detenerse  en el rito de iniciación. Parece que a Azaña, le pareció grotesco, según el tono despectivo con que menciona el suyo en el apunte de su diario, el 5 de marzo de  1932: “No se cabía en los salones de la [logia de la] calle del Príncipe. No me importó nada aquello, y durante los preliminares estuve tentado de marcharme. Había cuatro ministros, y Barcia, con una cadena de oro. Martínez Barrio, que es el gran gerifalte de la casa, no asistió”.  La intención de Azaña al hacerse masón parece haber sido puramente práctica: contrarrestar la influencia que tuviera su rival político Lerroux a través de la orden. No volvió a pisar una logia, al parecer. En cambio Juan Simeón Vidarte, allí presente y masón muy convencido, creyó notar a Azaña “visiblemente emocionado”, y expone parte del ritual: “Se oyen golpes violentos en la puerta del templo. El Venerable Maestro dice: “¿Quién osa interrumpir nuestros trabajos?” “Soy el Hermano Terrible que conduce a un profano. Dice que es hombre libre, honesto y de buenas costumbres” “¿Quién responde de él?”  “Yo, que soy su conductor” “Dadnos su nombre” “Manuel Azaña Díaz” “Hacedle entrar”  Se oye el chocar de decenas de espadas…” (Las Cortes constituyentes, p. 365).  Como puede verse, se trata de una ceremonia realmente barroca.

En la Masonería hay varias corrientes, pero las dos principales y realmente directivas son las Grandes Logias, de origen inglés, y los Grandes Orientes, de origen francés, de cuyas diferencias hablaremos luego. Resumo el rito iniciático de la Gran Logia, poco distinto del  Gran Oriente. El Guardián Exterior  (Hermano Terrible en el Gran Oriente), encargado de cerrar el paso a los profanos, prepara al candidato en el vestíbulo de la logia, cerrando la puerta exterior y la de paso a la logia misma.  Quita al candidato la chaqueta, chaleco, cuello y corbata y todos los artículos de metal que lleve encima, le abre la camisa para dejar el pecho izquierdo al descubierto y le enrolla sobre el codo el guante derecho. Le sube la pernera izquierda del pantalón sobre la rodilla,  le sustituye el zapato derecho por una zapatilla, le coloca alrededor del cuello un lazo corredizo y le cubre los ojos con un capuchón. Después, el Guardián da en la puerta de paso a la logia unos fuertes golpes ceremoniales, a los que siguen unas preguntas rituales del Venerable Maestro sobre el candidato, como si no lo conociera. El Guardián Exterior le “informa”: –Es el señor Tal y Tal, un pobre candidato  en estado de oscuridad, que ha sido bien y dignamente recomendado, reglamentariamente propuesto y aprobado en logia abierta, y ahora llega por su propia y libre iniciativa, convenientemente preparado, y suplica humildemente ser admitido a los misterios y privilegios de la Francmasonería.

La ceremonia de iniciación prosigue con muchas preguntas y respuestas, signos y gestos rituales, hasta el largo y  pomposo juramento, que gira en torno al secreto:  “Sincera y solemnemente juro que siempre ocultaré, esconderé y jamás revelaré parte ni partes, punto ni puntos, de los secretos o misterios propios o que pertenezcan a los Masones, que puedan en adelante ser conocidos por mí o se me comuniquen en el futuro, a no  ser a algún o algunos verdaderos y legales Hermanos y ni siquiera a ellos sin la debida comprobación, estricto examen  o segura información de un Hermano (…)   Además prometo solemnemente que no escribiré esos secretos, ni los dictaré, grabaré, marcaré  esculpiré o dibujaré de cualquier otra manera ni provocaré ni toleraré, si está en mi poder hacerlo,  que así se haga por otros, sobre cualquier cosa móvil o inamovible bajo la bóveda del cielo (…) Juro observar todos estos puntos sin evasión, equivocación o reserva mental de cualquier clase, bajo una pena no menor  –en caso de violación de  alguno de ellos, de que mi cabeza sea cortada, mi lengua arrancada de raíz y enterrada en la arena del mar sobre la línea de la marea baja o a distancia de un cable desde la playa, donde la marea fluye y refluye  dos veces en veinticuatro horas , o el más efectivo castigo de ser marcado como un individuo conscientemente perjuro, privado de toda dignidad moral; etc.

Hecho el juramento, el Venerable Maestro pregunta al candidato cuál es su mayor deseo, respondiendo este que desea  la Luz. El Maestro hace una serie de señales, los hermanos aplauden, se le quita al candidato parcialmente la capucha de modo que pueda ver una Biblia ante él. Se le explica que las tres luces de la masonería son las Sagradas Escrituras (interpretadas como veremos),  la Escuadra y el Compás.  “Las Escrituras han de gobernar nuestra fe, la Escuadra regular nuestras acciones y el Compás mantenernos en la debida vinculación con toda la Humanidad, particularmente con nuestros Hermanos.   Le señala también la existencia de tres luces menores, que “representan al Sol, para regir el día, la Luna para gobernar la noche y el Maestro para dirigir su logia.  Y le advierte que  durante la iniciación ha eludido “dos grandes peligros: los de ser apuñalado y estrangulado, porque a vuestra entrada en la logia este puñal (lo empuña y muestra al candidato) se esgrimió hacia vuestro pecho izquierdo desnudo de modo que si intentabais lanzaros hacia adelante hubierais provocado vuestra propia muerte (…) Esta soga con su nudo corredizo alrededor de vuestro cuello hubiera hecho fatal cualquier intento de retirada; pero el peligro que os aguardará hasta vuestra última hora es el castigo por vuestro juramento, vuestra garganta cortada si inicuamente reveláis los secretos de la Masonería “. Luego le notifica la existencia de varios grados en la orden, cada cual con sus secretos propios. Para empezar con ellos le enseña  las señales para reconocerse entre sí los adeptos “y distinguirnos del resto del mundo”. La presencia de escuadras, niveles y plomadas indica también al masón.

Las ceremonias buscan, evidentemente, impresionar y ejercer una fuerte sugestión sobre el nuevo adepto,  haciéndole sentirse miembro de una Fraternidad dotada de conocimientos muy fuera de lo común,  y del consiguiente poder.  Los masones atribuyen a sus ritos un profundo simbolismo y los toman plenamente en serio, aunque no todos, como vimos con Azaña, y debe admitirse que para una sociedad  dedicada a defender la razón  resultan muy poco racionales, una contradicción que encontraremos a menudo. Y destaca en ellas una especie de culto al secreto, casi obsesivo. Además, los secretos van ampliándose conforme se sube de grado. Las diversas masonerías operan con distinto número de grados o jerarquías, pero  el rito más extendido,  el  Escocés Antiguo y Aceptado, abarca 33,  que van desde los tres inferiores o simbólicos a los tres superiores o sublimes. Los nombres de muchos de estos grados son curiosos: “Maestro secreto”, “Secretario íntimo”, “Sublime Caballero Elegido”, “Caballero de Oriente y Occidente”, “Caballero Rosa Cruz”, “Príncipe de Jerusalén”, “Caballero Kadosh”, etc. Los tres grados superiores, “Gran Inspector Inquisidor Comendador”, “Sublime y Valiente Príncipe del Real Secreto”,  y “Soberano Gran Inspector General” gobernarían a los inferiores. Ricardo de la Cierva cree que conforme se sube en la jerarquía se vuelve más preciso el carácter  anticristiano y pagano que achaca a la orden, hasta culminar en el rito del Arco Real. No entro aquí en cuestiones accesorias como las influencias atribuidas a los templarios, o a otras sociedades secretas como los Illuminati o los rosacruces, que han dado lugar a mucha especulación, en buena parte arbitraria.

Pero ¿cuáles son los misterios y privilegios que tan celosamente guarda la orden y que debieran llevar “la luz” a los iniciados? “El secreto de la masonería consiste en que no tiene secreto”, han dicho algunos, con frase ingeniosa y despistante, pero sin significado: o lo tiene, o no lo tiene. Aparentemente el núcleo misterioso es lo que llaman el Arte, compuesto de recomendaciones éticas un tanto banales, y orientaciones para desarrollar una personalidad moralmente elevada. Así, al candidato se le presentan las herramientas: el calibre de 24 pulgadas, el martillo común y el cepillo. “El calibre para medir nuestro trabajo, el martillo para arrancar a golpes los nudos y excrecencias superfluos; y el cepillo para alisar y preparar la piedra y hacerla apta para las manos de un trabajador más experto. Pero nosotros (…) aplicamos estas herramientas a nuestra moral. Las 24 pulgadas representan las veinticuatro horas del día que, deben emplearse parcialmente en el rezo al Dios todopoderoso; dedicarse en parte al trabajo y al recreo; y en parte a servir a un amigo o Hermano en situación de necesidad, sin detrimento nuestro o de nuestras relaciones. El martillo representa la fuerza de la conciencia, que debe repeler todos los pensamientos vanos e inconvenientes que puedan perturbarnos durante alguno de los períodos indicados; con el fin de que  nuestras palabras y acciones puedan ascender inmaculadas al Trono de la Gracia. El cepillo nos señala las ventajas de la educación, por la cual nos convertimos en miembros adaptados de una sociedad regularmente organizada”.

Pero cuesta trabajo creer que tales cosas requieran tanto misterio. Y salta a la vista que una sociedad meramente filantrópica y humanitaria no precisa iniciaciones ni grados extraños u organismos secretos, como tampoco cultivar  una hermandad casi mística entre sus miembros, ni un aparato chocante de símbolos, atuendos, jergas y grados esotéricos, con preocupación extrema de evitar la curiosidad ajena. No hace falta mucha sagacidad para entender que hay ahí algo más que filantropía, razón y demás, y que una sociedad de ese estilo constituye por su naturaleza  un medio privilegiado para la conspiración, se produzca esta de hecho o no. Por ello no debe extrañar que la Masonería haya suscitado una densa prevención en medios muy variados.  La Iglesia la ha condenado por esa y otras razones, Franco la persiguió, los regímenes comunistas la han prohibido por ser una asociación burguesa, es decir, servidora de la explotación. También en medios protestantes ha suscitado  muchas reservas y oposición, pero en esos países ha gozado de mayor tolerancia, especialmente en Inglaterra y Usa, y también en Francia y en diversos regímenes latinoamericanos. El general Franco advirtió que la orden había desempeñado un papel patriótico en Inglaterra y en Francia,  apoyando los imperialismos de ambos países, pero que en España había sido esencialmente antiespañola. Ya hablaremos de ello.

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El futuro de la monarquía

(Vaya por delante que creo que una monarquía de tipo europeo no quita nada a la democracia, sino que le añade –la mayoría de las repúblicas del mundo no son democráticas– y que tras la experiencia de las dos repúblicas españolas, la cosa no está para nuevos experimentos, máxime cuando vemos la clase de republicanos que se expresan por ahí, y que tanto recuerdan a los que retrataba Azaña)

La monarquía española actual fue creada y legitimada por Franco y deslegitimada, implícita pero claramente, por la totalitaria y proetarra –entre otras cosas– ley de memoria histórica, que el PP debería derogar explicando con claridad a la ciudadanía el carácter de una norma fraguada por quienes han llevado a España a la ruina y a una crisis institucional sin precedentes desde el Frente Popular.

La reposición de una monarquía derribada en el siglo XX ha sido un caso único en el mundo, o poco menos. Y ocurrió casi exclusivamente por voluntad de Franco, pues gran parte de su régimen –no digamos los antifranquistas– se oponía a tal designio. Después de las catastróficas experiencias de dos repúblicas, el Caudillo consideraba la corona una garantía de continuidad histórica y de moderación política. La corona debía corresponder a Don Juan, por sucesión normal, pero prescindió de él cuando comprobó su falta de carácter y oportunismo hacia el fin de la guerra mundial; y eso que no llegó a enterarse de maniobras juanistas que caían en la alta traición, no a Franco, sino a España, como ha explicado Luis María Ansón en su libro Don Juan (y he comentado en Años de hierro). Optó entonces por el hijo de este, rompiendo así la cadena dinástica.

Se ha cuestionado mucho el derecho de Franco a proceder así, oponiéndole una legitimidad monárquica superior. No me parece razonable. El trono perdió su legitimidad en 1931, al traspasársela gratuitamente a la república con desprecio de los mayoritarios votantes monárquicos. El alzamiento de 1936 no se hizo por la monarquía, sino por España, como recordaba Franco a Don Juan cuando este se extralimitaba en demagogia. Por otra parte, también la república perdió la legitimidad recibida de Alfonso XIII y sus cortesanos, al derivar a un Frente Popular de revolucionarios y golpistas que arrasaron la legalidad constitucional de 1931.

Pero, arguyen muchos, el franquismo era a su vez ilegítimo. Con lo que no existiría ningún régimen legítimo en España, una tesis entre cómica y trágica. Incluso un intelectual tan lúcido como Julián Marías cayó en ese disparate implícito. Ahora bien, si el franquismo, como es obvio, nació de la victoria sobre un proceso revolucionario y no sobre un gobierno legal y democrático, entonces no cabe duda de que tiene la máxima legitimidad de origen, ya que preservó la unidad nacional y la base cultural cristiana identificatorias de España. A lo cual debe añadirse la legitimidad de ejercicio, ya que, contra mil asechanzas, inauguró la paz interna más larga en al menos dos siglos, dejó un país realmente próspero, también por primera vez en dos siglos, amén de reconciliado, libre de los odios feroces que caracterizaron a la república y al Frente Popular. Estos logros abrieron paso finalmente a una democratización pacífica (aunque con muchos yerros que he examinado en La Transición de cristal). Si ha habido un régimen indiscutiblemente legítimo en estos dos siglos ha sido, precisamente el franquismo, y si se le niega legitimidad debe negársela asimismo a la monarquía y a la –relativa– democracia actual.

En una primera etapa, Franco quería una monarquía propiamente “del régimen”, que mantuviera este después de su fallecimiento. Con los años, resulta dudoso que mantuviera tal esperanza, y su testamento no habla del Movimiento, sino de la unidad nacional, la paz y la civilización cristiana, cuya continuidad encomienda a Juan Carlos.

Por su mera existencia, una monarquía a la europea puede ejercer, y en buena medida lo ha hecho, una influencia moderadora y de continuidad histórica, aparte de su papel ceremonial y simbólico. Todo ello muy digno de valorarse en España, habida cuenta de las brutales experiencias republicanas. La monarquía ha durado estos decenios porque recogía a un tiempo la herencia de Franco y la democracia, y de ahí que haya disfrutado de mayor popularidad y prestigio que cualquier otra institución o que los políticos, unas y otros poco apreciados por la ciudadanía. Dada la limitación de su poder efectivo, la continuidad monárquica debe derivar ante todo de una cualidad llamada “ejemplo moral”. Me lo explicó Sabino Fernández Campos en una de las ocasiones en que le traté. Añado que él no estaba eufóricamente satisfecho del ejemplo que venían dando Juan Carlos y el príncipe.

Dadas las circunstancias excepcionalmente ventajosas en que ha vuelto la monarquía a España, he expresado varias veces mi opinión de que solo los reyes (y su entorno) pueden hundir la institución. Como ocurrió en 1931.

Aparte del ejemplo que puedan dar los monarcas o sus familias, está el problema político de su equilibrio entre partidos. La idea de una monarquía “de todos” es absurda: basta con que la mayoría del país la mire como una institución conveniente. El hecho de que venga siendo así ha obligado a socialistas, comunistas, separatistas y otros enemigos naturales suyos a aceptarla, aunque sin lealtad y, en el caso del PSOE con la felonía de la ley de memoria histórica. Resulta sin duda muy difícil el equilibrio entre quienes apoyan la institución y quienes solo la entienden como un anacronismo inevitable, pero pasajero. Si la corona se excede en sus gracias a sus enemigos naturales, perderá apoyo entre sus propios partidarios. Esa mala política la preconizaba Gil-Robles en uno de sus desvaríos de posguerra, al aconsejar a Don Juan que se atrajese a las izquierdas despreciando a unas derechas que le apoyarían en cualquier caso “por la cuenta que les trae”.

Juan Carlos ha dado bastantes ejemplos morales dudosos y en su empeño por ganarse a unas izquierdas y separatismos –corruptos y desleales, como han demostrado– ha comprometido muchos apoyos y simpatías de quienes, frívolamente, tomaban muchos monárquicos por incondicionales dispuestos a sufrir cualquier desaire. De ahí que hoy, en crisis el ciclo abierto por la transición, la corona se enfrente también a una crisis.

(Publ. en Presenta y pasado, diciembre de 2011)

Añadamos: la crisis manifiesta en la putrefación del sistema creado en la Transición.

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****Ya he dicho que me gustaría que Mario Conde obtuviera un buen resultado en Galicia, sobre todo para debilitar el nefasto bipartidismo (más separatismos) actual. Creo que él es su mayor enemigo: su gesticulación nerviosa genera poca confianza y entre observaciones razonables le he oído decir que los gallegos no tienen que ver con los celtas, sino ¡¡con los judíos!! Suena a historia masónica.

 

 

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El patriotismo de Ángel Viñas / ¿Fue por Helena la Guerra de Troya?

I Blog: Donjulianismo de la izquierda / ¿Un héroe, Casanova?: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El historiador lisenkiano Ángel Viñas ha escrito un artículo en El País en defensa de Negrín (¡a ver!), con expresiones como estas contra quienes ponen en duda las virtudes de su defendido: “Desde las babosidades de Manuel Aznar y Joaquín Arrarás hasta las engañifas más recientes se ha distorsionado el pasado. También algún autor-basura se las ha apañado para presentar bajo nuevos envoltorios las ‘pruebas’ de la ‘connivencia’ de Negrín con los siniestros designios de Stalin.” Bien, nada que objetar al tono empleado. Me parece bien que el señor Viñas desahogue sus sentimientos. No tan bien, en cambio, que se limite a expresarse como podría hacer un matón de tasca, sin explicar los motivos de sus insultos, como cabría exigir a quien va de intelectual por la vida. Pero a ese nivel nos tiene acostumbrados la progresía.

Según Viñas, “las bases documentales preservadas en los archivos” permiten afirmar que “las principales acusaciones que con mayor frecuencia se han dirigido contra Negrín son desmontables“. Pero veamos cómo las “desmonta” él, empezando por la primera acusación (ya iremos viendo las otras): “Envió por las buenas el oro del Banco de España a Moscú. Falso. Empezó a venderlo el Gobierno Giral a los pocos días de la sublevación. Los franceses adquirieron una cuarta parte. El franquismo no tuvo más remedio que aguantarse. Negrín contó con una autorización del Consejo de Ministros del 6 de octubre de 1936, que dejó la operación en sus manos y en las de Largo Caballero en su calidad de presidente del Gobierno.” Y ahí deja la cosa, una bonita manipulación.

Pero nadie dice que enviara el oro “por las buenas”, pues un acto tan extraordinario hubo de tener por fuerza poderosas razones. ¿Por qué dejó Negrín lo principal de las reservas españolas en manos de un sistema totalitario, terrorista y financieramente opaco, ajeno a las garantías propias del sistema internacional, con lo cual el Frente Popular perdía, como así ocurrió, el control sobre sus fondos? Los responsables de la fechoría lo han explicado a posteriori aludiendo a la actitud hostil de las democracias, pero se trata de evidentes pretextos. Como el mismo Viñas reconoce, una cuarta parte del oro –y casi toda la plata– fue negociada en países democráticos, con una dosis enorme de corrupción pero sin trastorno ni robo por parte de las autoridades de esos países. No, el envío a Moscú obedeció a otra razón, que por lo demás salta a la vista de cualquier persona libre de anteojos lisenkianos: a que el Gobierno de Largo Caballero era revolucionario, no democrático, y sus principales líderes se identificaban, con más o menos intensidad, con el totalitarismo staliniano. Varios de esos líderes, como Largo, Prieto y Negrín mismo, habían organizado el asalto a la república en octubre de 1934, planeado como una guerra civil para implantar la “dictadura proletaria”, o sea, del PSOE. ¿Por qué “olvida” Viñas estos datos, sin los cuales todo se vuelve un galimatías? ¿O puede refutarlos con “bases documentales preservadas en archivos? A la espera quedamos.

El Frente Popular perdió así el control sobre las reservas y sobre el grueso del suministro de armas. Con ello, la política y el destino de la España izquierdista quedaban a merced de Stalin, en un grado como ni remotamente sucedió con Hitler o Mussolini en el bando contrario. Además, Moscú disponía en España de un partido agente, el PCE, radicalmente stalinista y pronto convertido en el partido más potente; y también de unos asesores militares con influencia muy superior a la de los especialistas alemanes o italianos en el otro bando. Como señala Stanley Payne, ello no significó el dominio absoluto del Frente Popular por Moscú, pero sí una clarísima hegemonía que solo sería desafiada en el último momento, cuando la derrota estaba a la vista y el propio Stalin se había desentendido de sus protegidos-dominados.

Estos datos son absolutamente cruciales. Cualquier historiador que no los valore debidamente demuestra una ineptitud o una decisión manipuladora radicales. Pero Viñas, como los historiadores lisenkos en general, no es que no los valoren, es que ni los toma en cuenta. Apenas me ha interesado el debate sobre si el Kremlin estafó más o menos dinero a España, mi impresión es que no debió de haber mucho de ello, pues Stalin perseguía objetivos de mayor enjundia. Lo importante fueron las consecuencias políticas: el envío del oro, combinado con la fuerza del PCE y otros hechos, hizo perder al Frente Popular su independencia, convirtiéndolo en satélite de Moscú. De aquella situación salvaron a España los nacionales, como reconocieron Marañón o Besteiro. Justificar la supeditación al Kremlin constituye lo que normalmente se llama traición al país, un poco como ocurrió con los afrancesados. Que los socialistas se identifiquen con estos, y ahora con Negrín, solo expresa su auténtica manía antiespañola y su vocación de vender el país a quien sea. Tiene su gracejo nuestro historiador cuando habla con desdén del “hipernacionalismo de boquilla del franquismo”, como si él profesase un patriotismo real y no de boquilla.

En lugar de los alcances políticos de la inmensa fechoría, Viñas se fija en si el acuerdo al respecto fue tomado con algún rastro de legalidad por el Consejo de Ministros. Salvando las distancias, es como si nos preocupásemos de si la decisión de exterminar a los judíos fue tomada por los nazis siguiendo tales o cuales requisitos legales. Historiografía fina.

(en julio de 2008, LD)

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 ¿Fue por Helena la Guerra de Troya?

Ya en tiempos antiguos los bárbaros solían mofarse de los griegos por atribuir estos la guerra de Troya a rivalidad por una mujer; y con cierto pasmo oigo en un video a una veterana profesora universitaria asegurar que se trató de una “guerra comercial”, de la que incluso da detalles. ¿Cómo puede saberlo? Por una racionalización muy simple: “Todas las guerras son comerciales”, aclara.

Sostener que todas las guerras son comerciales o por motivos económicos revela ese marxismo de baratillo tan extendido también en la derecha, y queda en el nivel de la tontería. Cierto, las guerras tienen un componente económico, como lo tienen casi todas las actividades humanas. Por ejemplo, el arte, y hasta ahora a nadie se le ha ocurrido (¿o sí?) explicar las obras artísticas por el dinero que cobró o dejó de cobrar el artista, o la física por el ansia de los científicos de ganarse unos duros, como aseguraba Aparicio, el pastor de Porriño. Además, en una guerra suele haber poco que ganar y mucho que perder, casi siempre comporta muy graves riesgos y a menudo perjuicios económicos: perjuicios absolutos para quienes mueren en el empeño. Desde luego, no faltan aquellas dirigidas principalmente al dominio económico o comercial, como la de Sadam Husein contra Kuwait, las que opusieron a Holanda y a Inglaterra durante largo tiempo, las guerras del opio, etc. Pero, por venir a estos días, desde el punto de vista comercial, judíos y árabes sacarían más beneficios evitando el enfrentamiento. Lo mismo cabe decir de las guerras de Sudán, de Yugoslavia, o la de Afganistán, la de Vietnam, la de Corea… Ni la Reconquista ni las Cruzadas ni la Guerra Civil española o la rusa o la finlandesa fueron motivadas por la economía, aunque tuvieran su lado comercial, necesario para sostener los ejércitos.

Las motivaciones de las guerras son muy variadas, a menudo muy embrolladas; y desde luego caben entre ellas casos como el de la Guerra de Troya. En Nueva historia de España me he extendido algo en las contiendas entre los reinos francos causadas por las rivalidades en torno a Fredegunda y la visigoda Brunegilda, en las que el motivo económico resulta difícil de discernir.

Está claro que los relatos de Troya son ficticios en parte importante. Quizá la historia de Helena sea una invención o, de existir, solo un pretexto para otros objetivos. Pero realmente no lo sabemos. Nos queda el arte y el encanto de la epopeya, y haríamos tan mal en reducirlos a intereses comerciales como en explicar las teorías intelectuales por el mero apetito de dinero de sus autores. Aunque deseen ganarlo, evidentemente.

(Publ. junio de 2010 en LD)

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Parásitos de las libertades / ¡Hurra por Inglaterra!

****Los días 10 y 11 de octubre, de 19,30 a 21,00 impartiré un seminario sobre masonería.   La primera sesión versará sobre la naturaleza de la masonería, entre la leyenda y la realidad; la segunda, sobre su influencia histórica en España. Universidad Tomás Moro, c. Fortuny 39, Madrid. Información e inscripciones: 914 327 681.

****Blog I:  Trece rosas y muchas jetas / “Los catalanes nos quieren gobernar”: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Parásitos de las libertades

Una servidumbre del sistema de libertades es la necesidad de soportar a quienes lo utilizan con el fin de destruirlo. Los marxistas lo explicaban así, más o menos: “La burguesía consiente libertades hasta que el movimiento obrero cobra fuerza y amenaza su poder. Entonces viene la dictadura, el fascismo”. El comunismo, claro, llama “movimiento obrero” a un conjunto de reivindicaciones y conflictos sociales admisible en el sistema de libertades, pero que aquél se empeña en empujar contra el propio sistema y en pro de la dictadura, empleando la demagogia.

Bastantes enemigos de los totalitarismos caen en la trampa lógica de admitir el dominio de los comunistas, por ejemplo, si éstos alcanzasen mayoría de votos. Debido confusiones parecidas, la resistencia a los totalitarios ha sido a menudo vacilante. Pero las libertades políticas son un logro humano alcanzado penosamente en los últimos siglos, resultado de la creciente complejidad de las organizaciones sociales y de la reflexión ética y política. Un logro siempre amenazado y parasitado por quienes desean algún tipo de despotismo como solución simple a los problemas y conflictos propios de sociedades tan complejas como las actuales. La anulación de las libertades no puede someterse a votación, como no puede someterse a votación un supuesto derecho al robo. Es preciso tolerar a grupos liberticidas, pero si alguno de éstos conquistase o estuviese cerca de conquistar el poder, la rebelión o una enérgica actuación preventiva sería legítima y obligada, por mucho que aquellos consiguiesen gran número de votos, como los consiguió Hitler en su momento.

Tenemos ahora ante nosotros una situación semejante. En Vascongadas gobierna un partido, el PNV, con aspiraciones totalitarias visibles ya en su pretensión de representante único y auténtico de “los vascos”. Bajo ese gobierno, el asesinato se ha convertido en instrumento político aceptado (el PNV lo ha explotado sistemáticamente para avanzar en su dominación social), y la democracia apenas subsiste. Algo parecido, aunque con menor intensidad, cabe decir del nacionalismo catalán. Ello es, en parte, el fruto envenenado de muchas claudicaciones y concesiones equivocadas por parte de quienes debieran haber actuado con más energía y convicción. Por suerte, está habiendo una reacción del Gobierno y de quienes, defendiendo la libertad contra el crimen, defienden también el honor de los vascos frente a quienes usurpan cínicamente su nombre e intereses.

Hoy, tras un siglo de existencia de los nacionalismos vasco y catalán, podemos observar un panorama global. Esos nacionalismos han surgido y crecido en los períodos de libertades, parasitándolas y, junto con otros partidos, desestabilizando el sistema y llevándolo a crisis sucesivas que acabaron por dos veces en dictadura, una de ellas tras una cruenta guerra civil. Bajo las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco, en cambio, los nacionalismos apenas hicieron oposición o resistencia. La excepción de la ETA tiene especial significado, porque su brutalidad terrorista nacía de una combinación de nacionalismo y marxismo-leninismo.

En otros tiempos los nacionalismos obraron en combinación con grupos revolucionarios. Hoy, estos últimos son secundarios, y los primeros se han convertido en el principal riesgo de desestabilización. El reto actual consiste en derrotarlos sin sacrificar a ello las libertades. No es nada imposible, si los partidarios de la democracia, y de la unidad española que la cobija, actúan con energía e ideas claras

( Publ. en LD, enero de 2004, poco antes de que el delincuente Zapatero pasase a colaborar amplia y activamente con los asesinos. Un crimen por el que nadie le ha hecho rendir cuentas. En España, política se ha convertido en sinónimo de delito)

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¡Hurra  por Inglaterra!

Como ha explicado el ministro de Economía inglés: “Si hubiéramos firmado el tratado -si David Cameron hubiera roto su palabra con el Parlamento y los ciudadanos, cediendo sin conseguir las contrapartidas que pedía-, hubiéramos sentido toda la fuerza de esos tratados europeos, es decir, del Tribunal europeo, la Comisión europea y el resto de esas instituciones aplicando los tratados y usándolos para socavar los intereses británicos y del mercado único”. Es decir, ha hecho una declaración de democracia y de independencia no solo económica sino política, frente al rebaño de políticos europeos dispuestos a hacer caso omiso de sus conciudadanos y renunciar a sus derechos de primogenitura a cambio de un plato de lentejas o, más propiamente, a la promesa de un plato de lentejas que quizá sea solo un espejismo o resulten estropeadas y poco nutritivas. Un dilema eterno el de la primacía de los derechos o de las lentejas; pero suele ocurrir que quienes ponen en primer lugar las lentejas terminen perdiéndolas, además de la dignidad.

Ustedes recordarán que los políticos nos metieron en el euro sin contar para nada con la opinión pública y, peor todavía, engañándola groseramente con promesas de estabilidad y prosperidad eterna. Ante la crisis en que ha desembocado el invento, ¿han visto ustedes a alguno de esos políticos analizar sus propias actuaciones, dimitir, responsabilizarse al menos, entonar un mea culpa? Ni uno. Ha habido sustituciones, impuestas por las presiones del gobierno alemán y, en menor medida, el francés, los que realmente mandan en la UE. Se supone que en una democracia los políticos tienen responsabilidad en los éxitos o los fracasos de sus países, pero solo en Islandia parecen habérsela exigido. Lo cual plantea serias dudas sobre la clase de democracia, de control popular que tenemos, al margen de la pérdida sistemática de soberanía a manos de unas burocracias opacas y unos diputados “elegidos” por casi nadie y que, sin embargo, votan en Bruselas  ley tras ley que afecta a nuestras vidas.

En la mentalidad creada desde hace muchos años, todo gira en torno a las lentejas. ¿Hay más lentejas? Entonces todo va bien, aunque la democracia y la salud social se deterioren y las sociedades envejezcan a gran ritmo. ¿Que las lentejas se echan a perder? No importa, no hay que pensar en derechos o soberanía, porque, aseguran, complicaría las cosas y sería mucho peor.

Suiza y Noruega están fuera de la UE. Ni por ello se empobrecen –al contrario–, ni se aíslan, ni pierden prestigio –también al contrario–, y mantienen su independencia y soberanía sin hacerlas depender de Berlín, París o Bruselas. España tiene su propia experiencia: nunca creció de manera tan rápida y sana como en los últimos quince años del franquismo, fuera de la CEE. La entrada en la CEE, luego UE, nos fue presentada por los demagogos como la maravilla de las maravillas. Pero trajo consigo pérdida de independencia, ninguna ayuda en nuestros conflictos con Marruecos o Gibraltar, y un ritmo de crecimiento económico mucho más bajo, insano y dependiente, con frecuentes altibajos. Esta no es la primera gran crisis que sufrimos: en los últimos años del felipismo hubo otra parecida. “Europa nos protege de nosotros mismos”, aseguran los cretinos. Cómo protegernos de estos?  (en diciembre de 2011)

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Unión Soviética, comunismo y revolución en España

Blog I:  Universidad y talibanes laicistas / Secreto del antifranquismo / ¡Alerta al BNG y al pueblo gallego! : http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El libro, de Radosh y otros, España traicionada, dejó en evidencia —una vez más— la absurda falacia de convertir a Stalin en adalid de la “república” abandonada en cambio por las democracias reales. Aunque casi nadie osa hoy enaltecer a Stalin, ese discurso, de inspiración soviética, sigue manteniéndose por la mayor parte de los historiadores “progres” —a quienes bien podría denominarse neostalinianos— si bien sustituyendo la figura del tirano soviético por la de Negrín, que tras unas décadas de olvido ha vuelto a gozar de gran predicamento.

Negrín fue, indiscutiblemente, el hombre de Stalin, valedor de la estrategia soviética que prolongó una guerra perdida, aumentando innecesariamente las víctimas y que, no contento con esto, pretendía resistir hasta meter a España en la guerra mundial, lo cual hubiera multiplicado por dos o tres las víctimas ya muy numerosas del enfrentamiento civil. Tales designios, siguiendo en esto a Alcalá-Zamora, a Azaña y al sentido común, sólo cabe calificarlos de funestos por no decir criminales, y sin embargo resultan muy del gusto de la historiografía “progresista”, tan escandalizada en cambio por las víctimas del franquismo.

Cuando salió el libro citado, que con documentos secretos soviéticos destruye buena parte del montaje historiográfico neoestalinista, creí que los historiadores de esa tendencia, hoy predominantes incluso en publicaciones de derechas, se verían en serios aprietos para digerirlo. Pues nada de eso. Lo han liquidado tranquilamente mediante una combinación de displicencia, interpretación forzada de sus datos y descaradas tergiversaciones. ¡Un modelo de rigor y honradez intelectual! Y ahora aplican el mismo bicarbonato al libro de Stanley Payne Unión Soviética, comunismo y revolución en España, publicado recientemente por Plaza y Janés: algunas reseñas insustanciales que eluden cuidadosamente la cuestión principal implicada.

Como observa Payne, “Realmente no tiene excusa el modo en que los historiadores han malinterpretado y tergiversado persistentemente durante más de sesenta años la postura comunista” (p. 182). En verdad, no era difícil un elemental análisis crítico, distinguiendo entre la propaganda exterior comunista, deliberadamente ambigua o engañosa, y los principios reales e internos de esa política, expuestos con claridad meridiana en sus documentos. Pero ese análisis ha resultado tarea excesiva para esos historiadores. ¿Por mera incapacidad intelectual? Podríamos creerlo si no fuera porque esos mismos intelectuales, tan aparentemente ciegos, han derrochado energías para descalificar como “franquistas” o “fascistas” las aclaraciones sobre la política real de la Comintern. Ha sido, pues, y sigue siéndolo, una actitud deliberada por parte de los progres neostalinianos, y dentro de ella entra el semivacío hecho a la obra de Payne, como a las de Radosh, R. de la Cierva, C. Vidal, Martínez Bande y tantos otros…

“Para el gobierno soviético, la Comintern y los comunistas hispanos —señala Payne— lo que realmente se estaba dando en la zona republicana no era la democracia burguesa que todos ellos proclamaban con fines propagandísticos en el ámbito internacional, sino la democracia de nuevo tipo, exclusivamente izquierdista, o estadio superior de la revolución democrática, la república popular proclamada por la doctrina frentepopulista en 1935 y por la política soviética en cierto nivel desde 1924” (p. 182). Sin entender este aspecto fundamental, la historiografía se degrada en propaganda, y eso es justamente lo que ha venido ocurriendo a lo largo de tantos años.

El PCE fue un partido revolucionario, aunque su táctica no concordara con la de otros revolucionarios, en especial los anarquistas, y lo era ya antes de recomenzar la guerra en julio del 36. “Los historiadores —aún muy numerosos— que siguen describiendo al PCE como una fuerza moderada sencillamente no han prestado atención a las propias políticas del partido, claramente anunciadas” (p. 373). En verdad, resultaría muy instructivo, y algo cómico, comparar los documentos y actos comunistas de preguerra con su omisión tosca y sin embargo exitosa, por parte de tantos historiadores.

Determinar con claridad el carácter de la política comunista es absolutamente clave para entender la Guerra Civil, pues esa política fue un elemento decisivo, por no decir el decisivo, de la contienda en el bando izquierdista tanto por la fuerza alcanzada por el partido como por la tutela soviética sobre el Frente Popular. Los comunistas querían construir una “democracia popular” al estilo de las impuestas después de la guerra mundial en numerosos países del este europeo. ¿En qué medida lograron su propósito? Payne estima que, aunque alcanzaron un predominio militar y policial, y con Negrín, también un predominio político, “La Tercera República continuaba siendo un estado soberano, y no un mero satélite de la Unión Soviética” (p. 387).

No estoy muy seguro de que pueda llamarse soberano a un estado tan dependiente de la URSS en su suministro de armas, gracias a la entrega del oro español, y en el que ningún partido, fuera del comunista, tenía algo parecido a una estrategia o una política de mediano alcance. El PCE era el único que sabía realmente lo que quería y se había trazado un plan para conseguirlo… al servicio de Stalin, no de España. Los demás izquierdistas le temían, a menudo le odiaban, pero no tenían otra alternativa que seguirle, eso sí, entre constantes quejas, maniobras y sabotajes. Negrín era explícito cuando informaba a Stalin sobre tales zancadillas, lamentando que “aún” no había llegado el momento de ajustar cuentas a los díscolos. Pero eran sólo díscolos, no llegaban a rebeldes. En definitiva sólo podían optar por Stalin o por Franco, y, como se sabe, terminaron decidiéndose por Franco, mediante la rendición incondicional.

Un rasgo de la historiografía sobre nuestra guerra, que muestra cuánto la condiciona la propaganda, es el uso de los términos “república” y “republicanos”, identificando a un bando con el régimen instaurado en 1931. Payne, desde luego, no cae en esa trampa. En febrero de 1936 la victoria electoral del Frente Popular, es decir, de los mismos partidos alzados contra la legalidad democrática en octubre del 34, ponía a la república en trance de rápido hundimiento, y así ocurrió en los meses siguientes. Al alzarse a su vez la derecha, en julio, y repartir la izquierda armas a las masas, se derrumbó lo poco que quedaba de la república de abril del 31.

¿Cómo llamar al régimen reconstruido sobre esa ruina en la zona izquierdista? Payne, siguiendo a Bolloten, lo denomina “Tercera República”. “Esa República revolucionaria de la Guerra Civil constituye un tipo de régimen único que no tiene equivalente histórico exacto”. Así es, desde luego, aunque quizás la dificultad de caracterizarlo obedece en buena medida a que no llegó a estabilizarse, razón por la que, por mi parte, he preferido llamarle “Frente Popular”, sin más. Iba camino de convertirse en una “democracia popular” al estilo de las de Europa del este, pero el proceso no llegó a culminar. El régimen se caracterizó por una ardua lucha interna entre sus principales fuerzas, anarquistas, socialistas de distintas tendencias, comunistas y, en menor medida, los viejos jacobinos, y los nacionalistas catalanes y vascos. Mezcla tan explosiva sólo pudo mantenerse, y con dificultad, gracias a la presión del enemigo común y a la política comunista-soviética… pero es de lo más significativo que terminase en una guerra civil dentro de la Guerra Civil.

Para Stalin, observa Payne, la guerra española fue una buena inversión, pese a la derrota. “Desde una perspectiva financiera, la empresa no le costó nada a Stalin. De hecho, y dada su deshonesta contabilidad, es posible que incluso obtuviera beneficios económicos. Además, la relación entre medios y fines se abordó de manera sumamente eficiente. Prácticamente sin coste alguno, sin emplear nunca a más de 3.000 militares y personal relacionado, y con una pérdida en vidas humanas inferior a 200 (poco menos que insignificantes desde el punto de vista de Stalin), la URSS ayudó a prolongar la resistencia republicana durante dos años y medio, lo que permitió a los comunistas alcanzar una posición predominante que, aunque incompleta, no tuvo entonces ni tendría en el futuro parangón en ningún otro país de Europa occidental” (p. 390).

No debe olvidarse que, después de todo, “la URSS fue la única potencia que había estado interviniendo sistemáticamente en los asuntos españoles antes del inicio de la Guerra Civil, manejando su propio partido político dentro del país y, finalmente, alcanzando cierto éxito en ello” (165). El libro de Payne es el más clarificador escrito hasta la fecha sobre un tema tan fundamental para la comprensión de la guerra y de la misma II República. Sus aportaciones ayudarán a eliminar la pertinaz y voluntaria ceguera al respecto, impuesta durante tantos años.

Stanley G. Payne. Unión Soviética, comunismo y revolución en España (1931-1939).

(mayo de 2004 en La Ilustración liberal)

 

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(III-b) Europa y Usa / Discrepancias sobre un mismo personaje.

Blog I: Ansón, Franco y el catalán / ¡Ah, traidores…! http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/anson-franco-y-catalan-ah-traidores-20121001

Los días 10 y 11 de octubre, de 19,30 a 21,00 impartiré un seminario sobre masonería en Universidad Tomás Moro, c. Fortuny 39, Madrid. Información e inscripciones: 914 327 681.

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Declaración de principios (III-b) Europa y Usa

Por lo que respecta a Europa, el grueso de ella fuera de  Rusia, está integrada en la Unión Europea, y es en ella donde con mayor intensidad ha intentado aplicarse el esquema de Fukuyama. Y donde también ha fracasado, sumiendo a la UE en una crisis profunda de efectos por ahora impredecibles, mientras el mundo se vuelve a su vez también más incierto para la receta que igualaba economía y politica. Hay que señalar que esa política se basaba en supuestos falsos, como el de que la unidad económico-política europea garantizaba la paz y la prosperidad del continente desde la II Guerra Mundial y lo haría en lo sucesivo.  La garantía real nunca fue ese proceso de unidad, sino la tutela militar de Usa, el comercio con esta y la progresiva renuncia de las naciones europeas a desempeñar un papel independiente en el mundo, lo que intentan compensar algunos mediante la unión política. Esta, con ambiciones de superpotencia, no corresponde ni a la historia real ni a la diversidad cultural y de intereses dentro del propio continente. La unidad efectiva solo podría articularse con la hegemonía de hecho, si no de derecho, del Eje Berlín-París, las dos naciones más potentes y capaces de decidir.  Hegemonía que no admitirá Inglaterra, aunque países dirigidos por castas serviles como España la acepten de momento con entusiasmo. Pero hay y habrá siempre conflictos de intereses que podrían dar lugar a rupturas, así como presiones exteriores, de Rusia en primer lugar. El Mercado Común fue una buena idea, posible como se ha demostrado y que no iba contra la realidad histórica y cultural del continente. La unión política es ya una mala idea como creo que se está demostrando.

Y es mala especialmente para España, que aparece como el típico aliado-lacayo debido a la colonia de Gibraltar y a la más que dudosa lealtad de París o Londres hacia nuestro país en relación con Marruecos. Por no hablar del perpetuo interés de Inglaterra en mantener una España débil. La secesión de Portugal se debió en gran medida a Inglaterra, que también ha aspirado a erigirse en protectora de Cataluña, pretensión no abandonada del todo. Máxime si Madrid adopta una postura enérgica por el conflicto de Gibraltar. En fin, una posición de lacayo en completo desacuerdo con la historia y el peso político y económico de España, que solo puede mantenerse gracias al servilismo de una casta política bien definida por el coronel Alamán como falta de patriotismo y de sentido del honor. Y huera de pensamiento democrático, por cierto. Esa casta ha llevado al país a una situación insostenible interna y externa, por lo que cabe esperar que no dure demasiado. De momento la muy deficiente democracia española sufre un proceso de auténtica putrefacción cuya salida es muy arriesgado predecir. A mi juicio, España debería imitar a Inglaterra marcando claramente la prioridad de sus intereses sobre los del eje francoalemán o cualesquiera otros: “más España” en lugar de “más Europa”, frase esta última que falsea la realidad: esa Europa contradice la realidad europea. Y un país que no se hace respetar  nunca  será respetado.

Con Usa ocurre algo diferente: a su intervención bélica ha debido la Europa occidental su democracia y su paz;  y luego, en buena medida, al Plan Marshall el despegue de su prosperidad. Una deuda impagable. Luego, durante la Guerra Fría, trató de contener en todo el mundo el empuje comunista, aunque no pudo impedir que este se impusiera en China, Corea del Norte, Cuba, Vietnam y otros lugares: fue una larga campaña con victorias y derrotas que terminó en la caída de su principal enemigo, la URSS. En la nueva situación, Usa ha debido afrontar la radicalización musulmana,  nuevas formas de terrorismo y amenazas redobladas hacia Israel, mientras decae de su posición de absoluta primacía en el mundo de hace solo unos años. Hasta ahora, la mayoría de las intervenciones bélicas de Usa contra el auge islámico (Beirut, Somalia, Afganistán o  Irak)  han fracasado o parecen abocadas al fracaso, muy costoso en términos económicos y probablemente aún más en términos políticos. Su nueva orientación con respecto a los países musulmanes, apoyando ficticias “primaveras árabes”, no parece destinada a mejor éxito que las anteriores intervenciones directas, y de momento ha llevado a la destrucción de varios regímenes prooccidentales en el mundo islámico, desde el del sha de Irán.

La posición de España en relación con Usa fue muy beneficiosa en el pasado. Franco la contrapesó para mantener la independencia del país contra la tendencia a menudo irresponsable y absorbente de la CEE. Y sirvió a la lucha contra el comunismo, sin por ello supeditar la política de Madrid a la de Washington (en casos como Cuba o Vietnam). Posteriormente, los políticos autodenominados democráticos socavaron la autonomía española tanto frente a Usa (por ejemplo en las guerras del Golfo y Afganistán) como en frente a la UE (en la que aspira la casta política a diluir  nuestro país).  Sin duda España puede y debe contrapesar la amenaza absorbente de la UE con una relación más intensa con Usa, aun sin identificarse con sus aventuras bélicas salvo casos muy especiales. Máxime cuando el mundo islámico es tan importante para España, por razones económicas y por ser foco de amenazas potenciales. El modelo establecido por Franco, de alianza y colaboración desde la independencia,  sigue siendo básicamente el más favorable a los intereses hispanos.  La presencia de importantes bases militares useñas en España debe ser el límite de la colaboración militar, y podría usarse como presión para el recobro de  Gibraltar. Máxime cuando la OTAN no garantiza las ciudades españolas en el norte de África. Con estas condiciones, la aproximación a Usa puede beneficiar y servir para mantener la independencia de España, aunque probablemente las relaciones no serían tan fáciles en cuanto a Hispanoamérica.

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El personaje Paco.

Aunque  las reseñas y comentarios sobre Sonaron gritos, publicados en estos blogs, tratan el argumento en general y poco los personajes (se habla más de los femeninos), me ha llamado la atención la disparidad de  juicios suscitada por uno de estos, Paco, el amigo de Alberto, que atrae el segundo a “aventuras de alto riesgo”, en palabras de Aquilino Duque (premio nacional de Literatura en 1975). Para este, Paco es  elgran motor del relato y, como casi todos los que desfilan por sus páginas, presenta profundos claroscuros, unos claroscuros dignos de personajes de novela rusa (…) Al desmovilizarse la División Azul  y volver nuestro antihéroe a España, el otro, el hombre de acción por excelencia, nihilista radical, se quedó a luchar en la Legión Azul, cuando nada sorprendente hubiera sido que desertara y se pasara a los soviéticos. La cruz de hierro, aunque sea de segunda clase, gradúa de héroes a estos jóvenes de familia modesta que viven para contarlo y que como tales sienten escasa simpatía por los burgueses. Por algo dijo Sombart que el héroe es el que lo da todo a la vida y el burgués el que va a ver lo que saca de ella, aunque para ello tenga que aliarse con el demonio si es preciso”. (http://vinamarina.blogspot.com.es/2012/07/una-novela-dantesca.html)

Más escueta, la profesora Isabel Hernández considera a Paco “el mejor carácter masculino, se parece a los héroes de Grecia. Sentí que lo mataras”. “Es para mí el mejor sin desmerecer al protagonista Berto. Es un carácter muy bien creado, con sus reflexiones sobre el amor, el sentimiento trágico de la vida y al mismo tiempo su sentido del humor”. ( http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/amor-sonaron-gritos-borja-riquer-sufre-20120528).

El novelista Luis Segura también presta más atención a los personajes femeninos, pero señala que  aunque ningún personaje es del todo buena persona, “siento simpatía por Alberto y Carmen, y también pena por Paco, un héroe olvidado maldito por el amor (…)  La pareja que hacen Alberto y su  amigo Paco es emotiva y única, pero no indisoluble, como nada en esta vida. Las discusiones filosóficas que mantienen, hablando de lo divino y lo humano, muestran sobradamente la densidad intelectual del autor de Sonaron gritos y se disfrutan enormemente”. (http://lacuevadeloslibros.blogspot.com.es/2012/05/sonaron-gritos-y-golpes-la-puerta-de.html).

Curiosamente las discusiones a que se dedican ocasionalmente los dos protagonistas y otros en las tertulias madrileñas o en el frente, le parecen a Aquilino Duque la parte más floja de la novela, mientras que los otros dos comentaristas citados las encuentran muy sugestivas. Alguien más decía que encontraba la acción “fea” y los diálogos “hermosos”.

Estas discrepancias y otras muestran hasta qué punto se escapa una novela y sus personajes de las manos (o de las intenciones) de su autor. Realmente concebí a Paco y  Alberto como dos personajes de acción y al mismo tiempo amigos de especular sobre lo divino y lo humano, mezcla poco frecuente pero no irreal. Dentro de ello, los dos son muy distintos. Alberto un tanto neurótico, inseguro y atormentado, Paco, seguro de sí mismo,  aventurero con pocos escrúpulos, tanto en el amor como en  las acciones “de alto riesgo”, es asimismo más ambicioso y más brillante en lo intelectual. El primero ama también la aventura, pero sufre mucho con ella, solo disfruta de cierta sensación de plenitud una vez pasada felizmente.  Intenté definirlos en numerosos episodios. Uno de ellos aquel en que Paco mata de forma innecesaria, es decir, asesina, a un soldado enemigo. Lo hace llevado por la tensión del momento, no por brutalidad o sadismo, pero en cualquier caso su acto no le preocupa ni le remuerde. En la misma escena, Alberto, llevado de un impulso inconsciente, salva de la misma suerte a otro soldado. Y ese otro, que resulta ser otra, va a ser la causa de que la estrecha amistad entre los dos, cimentada en tantos riesgos compartidos,  esté muy cerca de terminar catastróficamente, en un pequeño infierno de celos y venganzas dentro del infierno bélico general. Pero quizá esto es lo que yo quería presentar, y otra cosa lo que salió. Por otra parte la ironía de la pasión repentina de Paco, que siempre había rechazado la pasión amorosa con buenos argumentos, “surgió” sin premeditación en el relato.

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