Blog I. Personajes femeninos / ¿Tenía razón Sabino Arana? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
*** El próximo miércoles 17, a las 19,30, en el CEU de Madrid, Julián Romea 23, presentación de los libros Los capellanes de la División Azul, los últimos cruzados, de Pablo Sagarra, y Los combates de Krasny Bor, de Salvador Fontenla. Ambos de gran interés histórico
*** Jueves, 18, a las 19,00, en el Centro de la Rioja, c. Serrano 25, Madrid, conferencia “La colonia de Gibraltar y el expolio económico del resto de España”, por Guillermo Rocafort.
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La Masonería o Francmasonería, cuyos miembros se autodenominan “hijos de la Luz”, se ha considerado tradicionalmente una sociedad secreta, entrar en la cual exige un rito de iniciación. La palabra masonería alude a sociedades antiguas de albañiles o constructores de templos y otros edificios. Según parece, existían ya en tiempos de Roma y luego se adaptaron al cristianismo, conservando reminiscencias paganas. Tenían interés en guardar los secretos del oficio, que envolvían en esoterismos y ritos más o menos pintorescos. Los masones se declaran procedentes de esas sociedades, cosa posible aunque no del todo probada, y aquí poco relevante, porque la masonería actual comienza en el siglo XVIII, con un período de formación a finales del XVII en Escocia e Inglaterra, y por influjo y orientación de personajes ajenos a la albañilería. A esta nueva masonería suele llamársela especulativa para distinguirla de la anterior u operativa, y puso especial atención en integrar a personas influyentes, como políticos, militares, magistrados e intelectuales diversos. De hecho ha sido la sociedad de su tipo más exitosa de la historia y el interés por ella se debe precisamente a su influencia política y social, exagerada o no, pero indudable en los últimos dos siglos.
Sobre la masonería han corrido mil rumores, siendo difícil, de primeras, distinguir lo verdadero y lo falso en ellos. Procederemos, pues, a partir de la ignorancia resumiendo algunas opiniones. Los propios masones se presentan como miembros de una orden, fraternidad o sociedad filantrópica, respetuosa con el poder público y las religiones, ceñida a labores humanitarias y caritativas en pro de los derechos humanos, la libertad y la razón. Así lo acepta el estudioso jesuita Ferrer Benimeli. La aversión antimasónica de algunos poderes obedecería a que estos defienden el despotismo, la superstición y la ignorancia. Otros estudiosos la han tenido por una empresa diabólica, y así lo ha razonado el historiador Ricardo de la Cierva, entre otros. Para el general Franco, la masonería “no representaba la lucha franca, que incluso el marxismo ha presentado muchas veces: era la lucha sorda, la maquinación satánica, el trabajar en la sombra, los centros y los clubs desde los cuales se dictaban las consignas (…). Sobre los Estados, sobre la vida propia de los gobiernos, existe un superestado: el superestado masónico” (Amanecer, Zaragoza, 12 de IX 75). También encontramos testimonios de ex masones que califican a la orden como una asociación de ingenuos algo estrafalarios. El propio Azaña, que entró en ella, alude con visible desdén a sus barrocas ceremonias. Por su parte, el intelectual italiano Benedetto Croce resumió así su juicio: “Escucho las jactancias de esa institución sobre su grande y saludable eficacia; escucho las atroces acusaciones que le lanzan sus adversarios (…) Y me inclino a creer que jactancias y acusaciones son por igual exageradas (…) Pero conozco la mentalidad masónica (…) y veo en ella un serio peligro para la cultura italiana (…) Abstractismo y simplismo (…) Simplifica todo: la historia, que es complicada, la filosofía, que es difícil, la ciencia, que no se presta a conclusiones precisas, la moral, que es rica en inquietudes y contrastes. Pasa triunfalmente sobre todas esas cosas en nombre de la razón, de la libertad, de la humanidad, de la fraternidad, de la tolerancia. Y con tales abstracciones pretende distinguir a golpe de ojo el bien del mal y clasifica hechos y hombres por signos externos y por fórmulas” Y califica su ideología de “pésima no solo intelectualmente sino también moralmente” (Cultura e vita morale, 1914, p. 162-3).
Hay, por tanto, opiniones para todos los gustos. Empecemos por examinar si se trata de una sociedad secreta o no. Este dato es crucial, porque una sociedad de tal índole persigue por su propia naturaleza fines ocultos, en función de los cuales aspira a manejar al resto de la gente sin que esta se percate. Frente a esta acusación, la masonería suele insistir en que no es secreta, sino solo discreta, al igual que cualquier otra sociedad o club. Para dilucidar la cuestión, lo mejor es recurrir a sus propios rituales, que permanecieron mucho tiempo sin estar escritos y nunca lo fueron en España antes de que Ricardo de la Cierva los tradujera del inglés en su libro El triple secreto de la Masonería”, de gran valor documental. De la Cierva lo plantea como crítica desde el catolicismo, pero aquí me limitaré a hacer una exposición descriptiva.
RITOS.
Los ritos se llevan a cabo en los templos masónicos, llamados logias, un término arquitectónico en recuerdo de la albañilería, y en reuniones llamadas tenidas. El cargo mayor de la logia, llamado Venerable Maestro, preside sobre un estrado, asistido por un Diácono en el centro del lado de Oriente de la sala; un Primer Vigilante se sitúa en el lado de Occidente, un Segundo Vigilante en el lado Sur, y en medio permanecen los demás asistentes. Hay dos Guardianes, el Interior a la puerta de la logia y el Exterior, provisto de una espada desnuda, en el vestíbulo. Los presentes llevan mandiles con símbolos distintos para cada categoría y a menudo guantes blancos. Los símbolos, la Biblia, la escuadra, el compás, el mallete o martillo, tablas de resonancia, caja de herramientas, un nivel, un bloque cúbico de piedra pulimentada y otro sin desbastar, etc., se colocan en lugares y formas precisas. La tenida suele comenzar con un himno y a continuación, previo golpe de mallete, el Venerable Maestro dice: “Hermanos, ayudadme a abrir la logia” Se levantan todos y el Venerable llama al Segundo Vigilante por su nombre: “Hermano Tal, ¿cuál es el primer cuidado de todo masón?”. El interpelado responde: “Comprobar si la logia está adecuadamente cerrada”, cosa necesaria para evitar la curiosidad de los profanos. “Haced que así sea”. Se informa al Venerable de que la logia está cerrada, y él pregunta al Primer Vigilante por el siguiente cuidado, con la respuesta consabida: “Comprobar que solo se hallan presente quienes son masones”. Y siguen preguntas y respuestas retóricas sobre los cargos y deberes de cada cual. En la masonería hay varios grados, con aperturas de tenida algo diversas. A continuación, los reunidos se dedican a sus discusiones y trabajos, que deben permanecer secretos, al menos muchos de ellos. No me extiendo sobre las joyas, cánticos, números místicos y otros signos típicos de la orden.
Pero vale la pena detenerse en el rito de iniciación. Parece que a Azaña, le pareció grotesco, según el tono despectivo con que menciona el suyo en el apunte de su diario, el 5 de marzo de 1932: “No se cabía en los salones de la [logia de la] calle del Príncipe. No me importó nada aquello, y durante los preliminares estuve tentado de marcharme. Había cuatro ministros, y Barcia, con una cadena de oro. Martínez Barrio, que es el gran gerifalte de la casa, no asistió”. La intención de Azaña al hacerse masón parece haber sido puramente práctica: contrarrestar la influencia que tuviera su rival político Lerroux a través de la orden. No volvió a pisar una logia, al parecer. En cambio Juan Simeón Vidarte, allí presente y masón muy convencido, creyó notar a Azaña “visiblemente emocionado”, y expone parte del ritual: “Se oyen golpes violentos en la puerta del templo. El Venerable Maestro dice: “¿Quién osa interrumpir nuestros trabajos?” “Soy el Hermano Terrible que conduce a un profano. Dice que es hombre libre, honesto y de buenas costumbres” “¿Quién responde de él?” “Yo, que soy su conductor” “Dadnos su nombre” “Manuel Azaña Díaz” “Hacedle entrar” Se oye el chocar de decenas de espadas…” (Las Cortes constituyentes, p. 365). Como puede verse, se trata de una ceremonia realmente barroca.
En la Masonería hay varias corrientes, pero las dos principales y realmente directivas son las Grandes Logias, de origen inglés, y los Grandes Orientes, de origen francés, de cuyas diferencias hablaremos luego. Resumo el rito iniciático de la Gran Logia, poco distinto del Gran Oriente. El Guardián Exterior (Hermano Terrible en el Gran Oriente), encargado de cerrar el paso a los profanos, prepara al candidato en el vestíbulo de la logia, cerrando la puerta exterior y la de paso a la logia misma. Quita al candidato la chaqueta, chaleco, cuello y corbata y todos los artículos de metal que lleve encima, le abre la camisa para dejar el pecho izquierdo al descubierto y le enrolla sobre el codo el guante derecho. Le sube la pernera izquierda del pantalón sobre la rodilla, le sustituye el zapato derecho por una zapatilla, le coloca alrededor del cuello un lazo corredizo y le cubre los ojos con un capuchón. Después, el Guardián da en la puerta de paso a la logia unos fuertes golpes ceremoniales, a los que siguen unas preguntas rituales del Venerable Maestro sobre el candidato, como si no lo conociera. El Guardián Exterior le “informa”: –Es el señor Tal y Tal, un pobre candidato en estado de oscuridad, que ha sido bien y dignamente recomendado, reglamentariamente propuesto y aprobado en logia abierta, y ahora llega por su propia y libre iniciativa, convenientemente preparado, y suplica humildemente ser admitido a los misterios y privilegios de la Francmasonería.
La ceremonia de iniciación prosigue con muchas preguntas y respuestas, signos y gestos rituales, hasta el largo y pomposo juramento, que gira en torno al secreto: “Sincera y solemnemente juro que siempre ocultaré, esconderé y jamás revelaré parte ni partes, punto ni puntos, de los secretos o misterios propios o que pertenezcan a los Masones, que puedan en adelante ser conocidos por mí o se me comuniquen en el futuro, a no ser a algún o algunos verdaderos y legales Hermanos y ni siquiera a ellos sin la debida comprobación, estricto examen o segura información de un Hermano (…) Además prometo solemnemente que no escribiré esos secretos, ni los dictaré, grabaré, marcaré esculpiré o dibujaré de cualquier otra manera ni provocaré ni toleraré, si está en mi poder hacerlo, que así se haga por otros, sobre cualquier cosa móvil o inamovible bajo la bóveda del cielo (…) Juro observar todos estos puntos sin evasión, equivocación o reserva mental de cualquier clase, bajo una pena no menor –en caso de violación de alguno de ellos, de que mi cabeza sea cortada, mi lengua arrancada de raíz y enterrada en la arena del mar sobre la línea de la marea baja o a distancia de un cable desde la playa, donde la marea fluye y refluye dos veces en veinticuatro horas , o el más efectivo castigo de ser marcado como un individuo conscientemente perjuro, privado de toda dignidad moral; etc.
Hecho el juramento, el Venerable Maestro pregunta al candidato cuál es su mayor deseo, respondiendo este que desea la Luz. El Maestro hace una serie de señales, los hermanos aplauden, se le quita al candidato parcialmente la capucha de modo que pueda ver una Biblia ante él. Se le explica que las tres luces de la masonería son las Sagradas Escrituras (interpretadas como veremos), la Escuadra y el Compás. “Las Escrituras han de gobernar nuestra fe, la Escuadra regular nuestras acciones y el Compás mantenernos en la debida vinculación con toda la Humanidad, particularmente con nuestros Hermanos. Le señala también la existencia de tres luces menores, que “representan al Sol, para regir el día, la Luna para gobernar la noche y el Maestro para dirigir su logia. Y le advierte que durante la iniciación ha eludido “dos grandes peligros: los de ser apuñalado y estrangulado, porque a vuestra entrada en la logia este puñal (lo empuña y muestra al candidato) se esgrimió hacia vuestro pecho izquierdo desnudo de modo que si intentabais lanzaros hacia adelante hubierais provocado vuestra propia muerte (…) Esta soga con su nudo corredizo alrededor de vuestro cuello hubiera hecho fatal cualquier intento de retirada; pero el peligro que os aguardará hasta vuestra última hora es el castigo por vuestro juramento, vuestra garganta cortada si inicuamente reveláis los secretos de la Masonería “. Luego le notifica la existencia de varios grados en la orden, cada cual con sus secretos propios. Para empezar con ellos le enseña las señales para reconocerse entre sí los adeptos “y distinguirnos del resto del mundo”. La presencia de escuadras, niveles y plomadas indica también al masón.
Las ceremonias buscan, evidentemente, impresionar y ejercer una fuerte sugestión sobre el nuevo adepto, haciéndole sentirse miembro de una Fraternidad dotada de conocimientos muy fuera de lo común, y del consiguiente poder. Los masones atribuyen a sus ritos un profundo simbolismo y los toman plenamente en serio, aunque no todos, como vimos con Azaña, y debe admitirse que para una sociedad dedicada a defender la razón resultan muy poco racionales, una contradicción que encontraremos a menudo. Y destaca en ellas una especie de culto al secreto, casi obsesivo. Además, los secretos van ampliándose conforme se sube de grado. Las diversas masonerías operan con distinto número de grados o jerarquías, pero el rito más extendido, el Escocés Antiguo y Aceptado, abarca 33, que van desde los tres inferiores o simbólicos a los tres superiores o sublimes. Los nombres de muchos de estos grados son curiosos: “Maestro secreto”, “Secretario íntimo”, “Sublime Caballero Elegido”, “Caballero de Oriente y Occidente”, “Caballero Rosa Cruz”, “Príncipe de Jerusalén”, “Caballero Kadosh”, etc. Los tres grados superiores, “Gran Inspector Inquisidor Comendador”, “Sublime y Valiente Príncipe del Real Secreto”, y “Soberano Gran Inspector General” gobernarían a los inferiores. Ricardo de la Cierva cree que conforme se sube en la jerarquía se vuelve más preciso el carácter anticristiano y pagano que achaca a la orden, hasta culminar en el rito del Arco Real. No entro aquí en cuestiones accesorias como las influencias atribuidas a los templarios, o a otras sociedades secretas como los Illuminati o los rosacruces, que han dado lugar a mucha especulación, en buena parte arbitraria.
Pero ¿cuáles son los misterios y privilegios que tan celosamente guarda la orden y que debieran llevar “la luz” a los iniciados? “El secreto de la masonería consiste en que no tiene secreto”, han dicho algunos, con frase ingeniosa y despistante, pero sin significado: o lo tiene, o no lo tiene. Aparentemente el núcleo misterioso es lo que llaman el Arte, compuesto de recomendaciones éticas un tanto banales, y orientaciones para desarrollar una personalidad moralmente elevada. Así, al candidato se le presentan las herramientas: el calibre de 24 pulgadas, el martillo común y el cepillo. “El calibre para medir nuestro trabajo, el martillo para arrancar a golpes los nudos y excrecencias superfluos; y el cepillo para alisar y preparar la piedra y hacerla apta para las manos de un trabajador más experto. Pero nosotros (…) aplicamos estas herramientas a nuestra moral. Las 24 pulgadas representan las veinticuatro horas del día que, deben emplearse parcialmente en el rezo al Dios todopoderoso; dedicarse en parte al trabajo y al recreo; y en parte a servir a un amigo o Hermano en situación de necesidad, sin detrimento nuestro o de nuestras relaciones. El martillo representa la fuerza de la conciencia, que debe repeler todos los pensamientos vanos e inconvenientes que puedan perturbarnos durante alguno de los períodos indicados; con el fin de que nuestras palabras y acciones puedan ascender inmaculadas al Trono de la Gracia. El cepillo nos señala las ventajas de la educación, por la cual nos convertimos en miembros adaptados de una sociedad regularmente organizada”.
Pero cuesta trabajo creer que tales cosas requieran tanto misterio. Y salta a la vista que una sociedad meramente filantrópica y humanitaria no precisa iniciaciones ni grados extraños u organismos secretos, como tampoco cultivar una hermandad casi mística entre sus miembros, ni un aparato chocante de símbolos, atuendos, jergas y grados esotéricos, con preocupación extrema de evitar la curiosidad ajena. No hace falta mucha sagacidad para entender que hay ahí algo más que filantropía, razón y demás, y que una sociedad de ese estilo constituye por su naturaleza un medio privilegiado para la conspiración, se produzca esta de hecho o no. Por ello no debe extrañar que la Masonería haya suscitado una densa prevención en medios muy variados. La Iglesia la ha condenado por esa y otras razones, Franco la persiguió, los regímenes comunistas la han prohibido por ser una asociación burguesa, es decir, servidora de la explotación. También en medios protestantes ha suscitado muchas reservas y oposición, pero en esos países ha gozado de mayor tolerancia, especialmente en Inglaterra y Usa, y también en Francia y en diversos regímenes latinoamericanos. El general Franco advirtió que la orden había desempeñado un papel patriótico en Inglaterra y en Francia, apoyando los imperialismos de ambos países, pero que en España había sido esencialmente antiespañola. Ya hablaremos de ello.
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El futuro de la monarquía
(Vaya por delante que creo que una monarquía de tipo europeo no quita nada a la democracia, sino que le añade –la mayoría de las repúblicas del mundo no son democráticas– y que tras la experiencia de las dos repúblicas españolas, la cosa no está para nuevos experimentos, máxime cuando vemos la clase de republicanos que se expresan por ahí, y que tanto recuerdan a los que retrataba Azaña)
La monarquía española actual fue creada y legitimada por Franco y deslegitimada, implícita pero claramente, por la totalitaria y proetarra –entre otras cosas– ley de memoria histórica, que el PP debería derogar explicando con claridad a la ciudadanía el carácter de una norma fraguada por quienes han llevado a España a la ruina y a una crisis institucional sin precedentes desde el Frente Popular.
La reposición de una monarquía derribada en el siglo XX ha sido un caso único en el mundo, o poco menos. Y ocurrió casi exclusivamente por voluntad de Franco, pues gran parte de su régimen –no digamos los antifranquistas– se oponía a tal designio. Después de las catastróficas experiencias de dos repúblicas, el Caudillo consideraba la corona una garantía de continuidad histórica y de moderación política. La corona debía corresponder a Don Juan, por sucesión normal, pero prescindió de él cuando comprobó su falta de carácter y oportunismo hacia el fin de la guerra mundial; y eso que no llegó a enterarse de maniobras juanistas que caían en la alta traición, no a Franco, sino a España, como ha explicado Luis María Ansón en su libro Don Juan (y he comentado en Años de hierro). Optó entonces por el hijo de este, rompiendo así la cadena dinástica.
Se ha cuestionado mucho el derecho de Franco a proceder así, oponiéndole una legitimidad monárquica superior. No me parece razonable. El trono perdió su legitimidad en 1931, al traspasársela gratuitamente a la república con desprecio de los mayoritarios votantes monárquicos. El alzamiento de 1936 no se hizo por la monarquía, sino por España, como recordaba Franco a Don Juan cuando este se extralimitaba en demagogia. Por otra parte, también la república perdió la legitimidad recibida de Alfonso XIII y sus cortesanos, al derivar a un Frente Popular de revolucionarios y golpistas que arrasaron la legalidad constitucional de 1931.
Pero, arguyen muchos, el franquismo era a su vez ilegítimo. Con lo que no existiría ningún régimen legítimo en España, una tesis entre cómica y trágica. Incluso un intelectual tan lúcido como Julián Marías cayó en ese disparate implícito. Ahora bien, si el franquismo, como es obvio, nació de la victoria sobre un proceso revolucionario y no sobre un gobierno legal y democrático, entonces no cabe duda de que tiene la máxima legitimidad de origen, ya que preservó la unidad nacional y la base cultural cristiana identificatorias de España. A lo cual debe añadirse la legitimidad de ejercicio, ya que, contra mil asechanzas, inauguró la paz interna más larga en al menos dos siglos, dejó un país realmente próspero, también por primera vez en dos siglos, amén de reconciliado, libre de los odios feroces que caracterizaron a la república y al Frente Popular. Estos logros abrieron paso finalmente a una democratización pacífica (aunque con muchos yerros que he examinado en La Transición de cristal). Si ha habido un régimen indiscutiblemente legítimo en estos dos siglos ha sido, precisamente el franquismo, y si se le niega legitimidad debe negársela asimismo a la monarquía y a la –relativa– democracia actual.
En una primera etapa, Franco quería una monarquía propiamente “del régimen”, que mantuviera este después de su fallecimiento. Con los años, resulta dudoso que mantuviera tal esperanza, y su testamento no habla del Movimiento, sino de la unidad nacional, la paz y la civilización cristiana, cuya continuidad encomienda a Juan Carlos.
Por su mera existencia, una monarquía a la europea puede ejercer, y en buena medida lo ha hecho, una influencia moderadora y de continuidad histórica, aparte de su papel ceremonial y simbólico. Todo ello muy digno de valorarse en España, habida cuenta de las brutales experiencias republicanas. La monarquía ha durado estos decenios porque recogía a un tiempo la herencia de Franco y la democracia, y de ahí que haya disfrutado de mayor popularidad y prestigio que cualquier otra institución o que los políticos, unas y otros poco apreciados por la ciudadanía. Dada la limitación de su poder efectivo, la continuidad monárquica debe derivar ante todo de una cualidad llamada “ejemplo moral”. Me lo explicó Sabino Fernández Campos en una de las ocasiones en que le traté. Añado que él no estaba eufóricamente satisfecho del ejemplo que venían dando Juan Carlos y el príncipe.
Dadas las circunstancias excepcionalmente ventajosas en que ha vuelto la monarquía a España, he expresado varias veces mi opinión de que solo los reyes (y su entorno) pueden hundir la institución. Como ocurrió en 1931.
Aparte del ejemplo que puedan dar los monarcas o sus familias, está el problema político de su equilibrio entre partidos. La idea de una monarquía “de todos” es absurda: basta con que la mayoría del país la mire como una institución conveniente. El hecho de que venga siendo así ha obligado a socialistas, comunistas, separatistas y otros enemigos naturales suyos a aceptarla, aunque sin lealtad y, en el caso del PSOE con la felonía de la ley de memoria histórica. Resulta sin duda muy difícil el equilibrio entre quienes apoyan la institución y quienes solo la entienden como un anacronismo inevitable, pero pasajero. Si la corona se excede en sus gracias a sus enemigos naturales, perderá apoyo entre sus propios partidarios. Esa mala política la preconizaba Gil-Robles en uno de sus desvaríos de posguerra, al aconsejar a Don Juan que se atrajese a las izquierdas despreciando a unas derechas que le apoyarían en cualquier caso “por la cuenta que les trae”.
Juan Carlos ha dado bastantes ejemplos morales dudosos y en su empeño por ganarse a unas izquierdas y separatismos –corruptos y desleales, como han demostrado– ha comprometido muchos apoyos y simpatías de quienes, frívolamente, tomaban muchos monárquicos por incondicionales dispuestos a sufrir cualquier desaire. De ahí que hoy, en crisis el ciclo abierto por la transición, la corona se enfrente también a una crisis.
(Publ. en Presenta y pasado, diciembre de 2011)
Añadamos: la crisis manifiesta en la putrefación del sistema creado en la Transición.
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****Ya he dicho que me gustaría que Mario Conde obtuviera un buen resultado en Galicia, sobre todo para debilitar el nefasto bipartidismo (más separatismos) actual. Creo que él es su mayor enemigo: su gesticulación nerviosa genera poca confianza y entre observaciones razonables le he oído decir que los gallegos no tienen que ver con los celtas, sino ¡¡con los judíos!! Suena a historia masónica.
