Blog Gaceta: Sobre Cataluña: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/articulos-sobre-cataluna-20120911
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(Lo siento, la letra sale así a ratos y no sé cómo remediarlo)
La debilidad del análisis político en España, que casi nunca pasa del chismorreo y la obviedad, ha permitido que Rajoy sea un incomprendido. Ya muchos se van dando cuenta de la talla política del personaje, un poco tarde, cuando la misma se va haciendo demasiado evidente. Por lo que a mí respecta, expongo aquí una breve relación de artículos con sus fechas. Creo que la experiencia me va dando –desgraciadamente—la razón. Se trata de un Zapatero bis, e incluso puede resultar peor:
Rajoy (oct. 2006) (Como puede verse, andaba yo todavía algo equivocado con el hombre):
El capital político acumulado por Aznar —excluyendo su pésima explicación de la guerra de Iraq y su nefasta política de medios—, más el descrédito del PSOE, debieran haber dado a Rajoy una gran mayoría absoluta en 2004. Pero él prescindió de aquel capital y de la crítica a fondo a las majaderías de Zapatero. Se dedicó a hacer promesas como si saliera de la oposición sin un pasado reciente que las respaldara; y permitió al PSOE presentar mil ofertas como si no las invalidase su pasado reciente y nunca corregido. Zapatero estuvo a lo ofensiva y Rajoy a la defensiva. Solo las rentas de la gestión de Aznar, a las que él no añadía nada, daban a Rajoy una victoria mínima y probablemente insuficiente para gobernar. Y al final todo lo decidió una jugada oscura y sangrienta.
Desde entonces no es que le hayan faltado a Rajoy buenas ocasiones. Por ejemplo, la nefasta Constitución europea fabricada por el corrupto etarrófilo Giscard d´Estaing. Por supuesto, Rajoy la criticó severamente… para apoyarla al fin. En lugar de una gran victoria política compartió el fracaso de Zapatero, y en la ridícula posición de peón de este.
Vino la mayor traición perpetrada por Zapatero hasta ahora, el mayor precio político pagado a la ETA y el separatismo: el estatuto de Cataluña. Rajoy demostró la ilegalidad del engendro, pero aceptó discutirlo en las Cortes y a continuación lo imitó en Valencia y Baleares… de momento. ¡Y poco después se ofreció al gobierno para ayudarle a evitar un “precio político” en los chanchullos con la ETA!
Acabamos de ver la misma táctica con respecto al envío de tropas al Líbano: tras una crítica feroz… Rajoy apoya a Zapatero. En torno a la investigación del 11-M, la misma llamémosle táctica: “No pero sí, o sí pero no”.
En algún momento, ya no recuerdo por qué, Rajoy rompió estrepitosamente la relación con el gobierno… y tres días después le estaba mendigando una reunión y quejándose de enterarse por la prensa de las decisiones gubernamentales. Difícil un mayor esperpento. Y encima soportando el regodeo de Zapatero y su aparato mediático: “PP, extrema derecha”. En fin, para qué seguir. ¿Qué confianza puede dar esta conducta al electorado?
Y sin embargo Rajoy no es un Piqué o un Gallardón, dispuestos a traicionar cualquier principio y a colaborar con la Infame Alianza. Él ve la realidad, parece sentir la democracia y la unidad de España, seguramente supera a Zapatero en inteligencia. Pero no es capaz de diseñar una estrategia acorde con los hechos y con sus sentimientos, y ahí reside la diferencia. Zapatero obra con una estrategia, la haya elaborado él u otros, y Rajoy no. Su mensaje, contradictorio y desalentador hasta el patetismo, cabe resumirlo así: “El gobierno realiza una política horrorosa, anticonstitucional y antiespañola, pero nosotros estamos dispuestos a colaborar con él, para evitar males mayores”.
¿Qué males mayores? Obviamente, la pérdida de poltronas, obsesión de los Arriolas y tantos otros. Penúltimas encuestas: el PSOE aventaja en varios puntos al PP. ¡Y eso viviendo todavía el PP de las rentas de Aznar, porque nada nuevo o mejor se le ha ocurrido desde entonces! Parodiando a Churchill, cabría advertirles: “Aceptáis el deshonor por conservar las poltronas, y perderéis las poltronas con deshonor”. ¿Sabrá Rajoy aprender de la experiencia?”.
(Como se recordará, este genio perdió las elecciones de 2008)
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El PP de Rajoy (oct. 2007)
Rajoy ha vuelto a dar muestras de su flojera en relación con la pasada guerra contra Sadam Husein. En el PP siempre hubo gran incomodidad por la decisión de respaldar –moral y políticamente, sin intervención directa– el derrocamiento del genocida, que tanto repugnaba a la izquierda y los separatistas españoles (les repugnaba el derrocamiento, no el genocida, cuyo carácter “laico” siempre han ponderado). Ciertamente había argumentos de peso tanto para que España interviniera como para que no interviniera, pero una vez decidido el apoyo a la intervención, el gobierno del PP debió haber volcado todos sus medios de explicación e información, que en aquel momento eran muchos, para aclarar su postura a la ciudadanía y poner en su lugar la violenta demagogia desatada por la Infame Alianza, ya entonces en marcha.
No lo hizo, claro. Los telediarios parecían hechos por el PSOE, y la postura básica del PP fue de inhibición en espera de que pasase la tormenta. El resultado de esta inconsecuencia y básica cobardía moral fue que, al llegar las elecciones, un partido como el PSOE, pringado de la cabeza a los pies en el terrorismo y la corrupción, estuviera rondando la mayoría, y que un atentado monstruoso volcara luego a gran parte de la opinión contra Rajoy.
Rajoy y los suyos no estuvieron a la altura de las circunstancias cuando gobernaban. No lo han estado en la oposición casi en ningún momento. Siguen sin estarlo en la campaña electoral que ha comenzado de hecho: ahora aspiran de nuevo a congraciarse con la izquierda, a costa de Aznar.
Este PP no es el partido de Aznar, ni de Mayor Oreja, Vidal Quadras o Esperanza Aguirre. Es el partido de Gallardón, Arenas, Camps, Feijoo, Arriola y compañía. Y de Rajoy, claro. Muy lamentablemente.
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La involución política (mayo 2008)
Ningún sistema político es plenamente estable, y puede evolucionar en diversos sentidos. El sistema de libertades establecido en 1978 pudo tender a una democracia más firme, corrigiendo poco a poco las graves deficiencias de la Constitución, o hacia una progresiva descomposición de la convivencia social y la integridad del país. Si observamos su desarrollo desde entonces constatamos, tras la etapa constituyente y poco definida de UCD, un grave deterioro de los valores democráticos bajo Felipe González, una tímida pero cada vez más clara reorientación en la buena vía en tiempos de Aznar, y una reincidencia brutal, una verdadera involución política tras la matanza del 11-M.
La involución se manifiesta en hechos como los siguientes: socavamiento de la Constitución desde el poder, desde los separatismos y desde el terrorismo, todos juntos en el llamado proceso de paz, propiciando un verdadero golpe de régimen mediante hechos consumados; ataque asimismo conjunto a la integridad de España, en proceso de balcanización por medio de la creación de nuevas “naciones” (la nación es la base de la soberanía) y la reducción a residual del estado español en varias de sus regiones; falsificación sistemática de la historia con vistas a enlazar la democracia con el régimen fraudulento y pro totalitario del Frente Popular y recuperar los rencores ya superados en el franquismo; fuerte retroceso y corrupción de la independencia judicial, manifiesto especialmente en el Tribunal Constitucional o en sentencias como la del 11-M; descenso, con ello, de la seguridad jurídica; ataque persistente a la libertad de expresión, prácticamente cercenada en varias regiones y en retroceso en el resto; corrosión persistente de la igualdad ante la ley y de los valores morales sobre los que se asienta la convivencia en libertad, sustituidos por otras pretendidas igualdades, por los ataques a la familia y la intromisión creciente del estado en la esfera de lo privado; aumento de la corrupción y el clientelismo políticos; apoyo internacional a regímenes totalitarios, tiranías diversas y terrorismos…
A estos datos, indudables para quien siga con alguna atención crítica la actualidad, debe añadirse la ausencia de una verdadera oposición democrática. La rectificación emprendida por Aznar y Mayor Oreja naufragó en el seno del PP con el nombramiento de Rajoy: desde la misma campaña electoral del 2004 se percibe en él, claramente, un distanciamiento de fondo con respecto a la política de Aznar y un creciente seguimiento –con matices, pero solo con matices– de la política del Gobierno “rojo”, hasta integrarse, finalmente, en su diseño golpista.
La única oposición real ha sido la de la COPE, Libertad Digital, Intereconomía y unos pocos medios más, o de personajes aislados dentro de esos medios. Y contra ella están cargando, para anularla, el Gobierno y la seudo oposición de Rajoy. Este es el panorama, de momento.
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Para entender a Rajoy (mayo 2008)
Tal como mucha gente se empeña en no entender las fuertes y evidentes bases ideológicas de la colaboración del Gobierno (o del PNV) con los asesinos etarras, otras muchas personas se obstinan en cerrar los ojos ante la carrera de Rajoy, cuya lógica no acaban de percibir. Sería muy largo repasar las muchas ocasiones en que Rajoy se ha retratado, y alguien debería estudiar con detenimiento su trayectoria en estos cuatro años. Recordaré solo algunos casos clave.
Aznar nombró a Rajoy pensando en unas elecciones prácticamente ganadas, tras las cuales se mantendría la estabilidad institucional, el pacto antiterrorista, etc. Pero Rajoy hizo dos cosas: echar a perder en pocas semanas la gran ventaja de partida sobre Zapatero heredada de Aznar, que rebajó hasta un dudoso punto y medio de ventaja en vísperas del 11-M (pudo haber perdido o quedado sin Gobierno, incluso sin la matanza); y traicionar el legado de Aznar, que prácticamente no mencionaba (como tampoco el pasado del PSOE), para, a base de promesas vacías de corte económico, presentarse como “algo nuevo”. Su oportunismo y falta de principios se manifestó también en su negativa al debate con su contrincante, calculando que clarificar las respectivas posturas ante los ciudadanos solo beneficiaría a quien por entonces parecía perdedor. Con todo ello ya dio su talla, su perfil no bajo, sino ínfimo, aunque por entonces muchos lo creímos producto de una corregible ingenuidad del principiante (si bien llevaba muchos años en la política), o de los célebres complejos derechistas, también corregibles en principio.
Algo después dejó en claro su estilo marrullero ante la Constitución europea de Giscard, permanente (y corrupto) enemigo de España. Aquella Constitución dibujaba un eje reforzado París-Berlín a expensas de los demás socios y particularmente de España, que perdía la posición alcanzada por Aznar en Niza. Por supuesto, el antiespañol Gobierno apoyó a Giscard, y Rajoy tuvo una excelente oportunidad de defender el interés de su país. Pero no lo hizo. En medio de pequeñas protestas que causaban la hilaridad del PSOE, Rajoy apoyó a Giscard y al Gobierno, contribuyendo a la infame campaña totalitaria, diseñada para mentes infantilizadas. Rajoy obró así, y no por torpeza ni complejos, sino por la misma ausencia de honradez y de principios políticos ya demostrada en su campaña electoral. Tuvo el merecido castigo cuando casi un 60% de los ciudadanos se abstuvo, castigo remachado por el fracaso del engendro en otros países europeos. Sus patéticos, pero sobre todo nuevamente deshonestos, intentos de hacer recaer sobre Zapatero las consecuencias del “error” compartido solo ponían más de relieve su indignidad. Rajoy simplemente imitaba la desvergüenza de su antagonista, pero, ahora sí, con mayor torpeza.
La experiencia pudo servir, pero no sirvió de lección al estadista, que se encontró con la abierta complicidad del Gobierno con la ETA y los partidos antiespañoles de algunas regiones, con la inversión del pacto antiterrorista, plasmado en el anticonstitucional estatuto catalán. ¿Qué hizo este hombre de principios ante tales actos? Tratar de engañar a la opinión pública ofreciéndose servilmente a Zapatero para ayudarle “cuando los demás le hubieran abandonado” y otras declaraciones de una abyección difícilmente superable, un auténtico fraude a la ciudadanía. El referéndum sobre el estatuto catalán fue un fracaso político para sus promotores, al ser aprobado por menos de la mitad del censo. Nuevamente tuvo Rajoy la oportunidad de defender unos principios claros, y nuevamente hizo lo contrario: tras molestar a la gente con la recogida de cuatro millones de firmas, las olvidó y entró en la carrera disgregadora de la unidad nacional, con una ampliación balcanizante de los estatutos de Valencia, Baleares o Andalucía, no planteada ni querida por la mayoría de la sociedad.
Ha sido toda una carrera de claudicaciones y engaños, trufada de algunos repentes sin plan ni consecuencia, como sus rupturas con Prisa y con el Gobierno, para mendigar al poco la atención de ambos. Por terminar de algún modo, el político acabó de mostrar sus principios –su radical carencia de ellos– con sus declaraciones sobre la economía como “el todo”, con la nena angloparlante que porta, el hombre, “en la cabeza y el corazón”, y con la constante afirmación de sus “ganas de ser presidente”. El discurso de un estadista. Estadista al nivel de Zapo; tal para cual, en verdad.
Muchos erramos al principio, como dije, pensando en un político torpe o acomplejado que rectificaría. De ningún modo. Si ha seguido al Gobierno, con algunos matices, ha sido porque tiene con él cierta identificación de fondo, tal como el Gobierno la tiene con la ETA. Considera, por ejemplo, que la transformación ilegal del país en una confederación sumamente laxa y balcanizante es un hecho inevitable, al que no cabe hacer oposición; que la crítica a otras muchas disposiciones del Gobierno resulta, como piensa Gallardón, “poco moderna” y le identifica demasiado con las posturas de la Iglesia. Si nunca defendió con algún empeño a la AVT, a la COPE o a Jiménez Losantos frente a las asechanzas de los “rojos” no se debe simplemente a flojera, es que no se siente identificado con ellos. Y dentro del PP se está manifestando como hombre resuelto, con ganas de poder, está dando un auténtico golpe de partido, transformándolo al modo como Zapo transformó el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo. No hablo de la honradez personal de Rajoy, que aquí no viene al caso, sino de su falta de honradez política, de su oportunismo y su decisión bien demostrada de explotar la credulidad de sus votantes, de engañarlos.
En las filas de la derecha crece el descontento, pero de momento nadie osa cuestionar la jefatura rajoyana. Un descontento sin programa, plan de acción ni liderazgo sirve de poco, y quizá termine por hacer reventar al PP como ocurrió con la UCD. Los disidentes tienen ahora su gran ocasión, que pasa por entender y desmitificar al transformador del partido. Si la desaprovechan habrán demostrado una talla no mayor que la de la actual dirección partidista. Y una responsabilidad no menor.
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Blog, junio de 2008
Nunca dirá Rajoy: “Zapo tenía razón. Debemos sumarnos a la carrera por dar gusto a separatistas y terroristas y liquidar la Constitución mediante hechos consumados”. Dirá más bien: “queremos un partido centrista, dialogante y de futuro. Sin abdicar de nuestros principios”. Que significa exactamente lo mismo
Tampoco dirá: “Debemos aislar a María San Gil y cuanto ella representa como defensa de unos principios que nos parecen molestos y anticuados”. Insistirá: “Se trata de construir un partido centrista, moderado, dialogante y de futuro”. Que vuelve a significar lo mismo.
Ni dirá: “Nos importa un bledo la libertad de expresión, y nos parece muy bien que a Jiménez Losantos le apliquen un correctivo que enseñe a los demás a conducirse adecuadamente”. Volverá a dar la matraca: “Un partido centrista, dialogante y de futuro, con la nena angloparlante en el corazón y el cerebro”. Que, una vez más, significa lo mismo
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Sexy Rajoy (enero 2009)
El cada día más inspirado y mujeriego señor Rajoy, sobre la sorayescas fotos: “España ha avanzado en tolerancia y respeto a los demás pero no lo suficiente”; “Nos queda mucho por recorrer”. ¡Cómo, don Mariano, la tolerancia y el respeto hacia el puterío, sobre todo por parte de la izquierda, son inmensas en España! A lo que hay escasa tolerancia y respeto es a las víctimas directas del terrorismo, a la moral familiar, a democracias como Israel, a la independencia judicial, a la formación intelectual y moral de los niños y a todas esas cosas, que para don Mariano son seguramente fruslerías. Así que anímese: el país entero está esperando un strip tease de usted: seguro que, dado el alto grado de tolerancia ya alcanzado, con ello gana las elecciones, que es lo que cuenta, arrancando masas de votos al PSOE… si es que Zapo no se le adelanta con la idea propuesta por Matías Crevillente. Sea valiente, tío, sea audaz, adelántese y modernícese. Haga que nos quede menos por recorrer.
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La táctica del señor Rajoy (dic. 2009)
El señor Rajoy ha tenido la amabilidad de aclararnos reiteradamente que a él lo que le apetece es ir a la Moncloa, y no como visitante, sino como inquilino. Noble apetencia a la que, sin duda, tiene pleno derecho, como cualquier ciudadano, hasta el más chiflado. El mismo señor Rodríguez, sin ir más lejos, le preguntó a su madre, en el lecho de muerte: “Mamá, ¿crees que voy a ser presidente?”. Y la madre, “con la parte más íntima de su cariño”, debemos suponer que le dijo que sí, aunque no he llegado a leer la respuesta, si la hubo en trance tan extremo (entiendo que con estas cosas no caben bromas, pero es el señor Rodríguez, con su peculiar idiosincrasia, quien les da un toque no menos peculiar). Como fuere, el señor Rodríguez parece convencido de que la respuesta a su pregunta fue positiva, por lo que se consideró obligado, en lo sucesivo, a cumplir fiel y abnegadamente la creencia materna, y ya ven lo que hace la fe: observadores superficiales dirán que el señor Rodríguez es un bobo solemne, pero, lo sea o no, ahí lo tienen en la Moncloa, como quien no quiere la cosa. Que ya les gustaría a muchos envidiosos.
El señor Rajoy, pues, también quiere ser presidente, por las razones que sea y que él presumiblemente conoce bien y no tiene por qué andar por ahí contándolas al primero que pase. Y, como es lógico y no cabía esperar menos de una persona inteligente, ha estudiado a conciencia la táctica para alcanzar su admirable objetivo, porque en ese terreno no se puede ni se debe obrar a tontas y a locas, máxime cuando él sabe, por experiencia, que tiene enfrente un duro competidor que ya lo ha derrotado dos veces, la primera a pesar de partir el señor Rajoy con un margen de ventaja muy grande. No hay enemigo pequeño, dice con toda razón la sabiduría popular.
Y es que, con todo su derecho ciudadano a cuestas, un aspirante a la Moncloa tiene ante sí una ardua tarea necesitada de hondas reflexiones y de una energía fuera de lo común, razón por la que la Moncloa no está superpoblada de ciudadanos con muchos derechos, sí, pero sin aquellas otras cualidades precisas. Dicho de otro modo, la cosa exige una táctica bien elaborada y una firmeza de carácter que, por doloroso que sea reconocerlo, no están al alcance de cualquiera. Si el aspirante es un hombre burdo y poco cultivado, de esos que llaman de principios o de ideas, ejercerá una oposición digamos robusta denunciando, por ejemplo, que Rodríguez ha colaborado con la ETA, que ha hecho polvo la Constitución, que amenaza la integridad de la nación, corroe la independencia judicial, financia la recuperación de los odios de la guerra civil, impone leyes totalitarias o una enseñanza del mismo estilo, etc. Eso es seguramente lo que haría cualquier aspirante de mente primaria y sin dos dedos de frente. Pero el aspirante Rajoy está muy por encima de esas bobadas: “¿Qué ganamos con denuncias semejantes? Crispar a la gente, angustiarla, inquietarla, y eso es lo último que debe hacer un profesional de la política. Por ahí no vas a ningún lado”. Efectivamente. Un táctico de su categoría se percata al primer golpe de vista de que, si el señor Rodríguez ha hecho lo que ha hecho y ha ganado dos elecciones y sigue en el poder, sólo puede deberse a que ha obrado con acierto, a que lo que ha hecho está muy bien hecho. Y así el señor Rajoy, con sutileza taoísta, imita concienzudamente los logros del señor Rodríguez en todo lo que le permite su momentánea permanencia en la oposición y el poder de que dispone en las regiones donde gobierna el PP.
Una persona poco perspicaz y lega en las sofisticaciones de la política objetará: “Pero si hace lo mismo que Rodríguez, nunca conseguirá desplazarlo, porque la ciudadanía ya tiene a Rodríguez haciendo esas cosas, ¿para qué necesita entonces a Rajoy?”. Este modo de razonar sonará convincente a hombres y mujeres de mentalidad simple, pero no, desde luego, al señor Rajoy, que las caza al vuelo. La objeción antedicha presupone que los ciudadanos son en alguna medida inteligentes, y el señor Rajoy sabe muy bien que distan mucho de ser lumbreras, pues si no, ¿cómo han podido dar sus votos a un bobo solemne, como ha definido, no entramos si con acierto o no, al actual inquilino de la Moncloa? No, la táctica de un aspirante inteligente de verdad tiene que ser doble: hacer como el bobo –solemne pero exitoso–, y esperar pacientemente a que éste se desgaste. Porque una ley de la política es que el poder termina desgastando al más pintado. Y entonces será la gran ocasión del señor Rajoy: entrará en la Moncloa para quedarse allí unos añitos, los españoles nos sentiremos orgullosos de su hazaña, él será feliz y los demás no menos. Porque la felicidad es lo que tiene, que se contagia.
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La honradez de Rajoy (abril 2010)
Oigo a muchos repetir como una consigna que Rajoy podrá ser esto o lo otro, pero por lo menos es honrado. Desde luego, no tengo ninguna duda sobre su honradez personal que, en principio se le supone a todo el mundo. Pero la cuestión aquí es la de su honradez política, y ahí la cosa ya es mucho menos clara. Así como no podemos fiarnos de la honradez de quien empieza por no tener claro si robar o sobornar o dejarse sobornar es bueno o malo, tampoco podemos fiarnos de un político carente de otras convicciones que “la economía lo es todo”, o que es bueno estar en el poder. ¿Podemos considerar honrado a un político que apenas deja oír una queja ante los ya incontables desmanes de un Gobierno pro chekista, pro terrorista, pro pederasta y contrario a la independencia judicial; un político que denuncia un estatuto anticonstitucional para después imitarlo, que admite la invención de “realidades nacionales”, que admite la exaltación de un botarate como Blas Infante a “padre de Andalucía” y los homenajes anuales correspondientes, que fomenta los separatismos en los hechos, que no sale en tanga en la televisión después de defender el derecho de sus mozas a salir en los medios con atuendo cabaretero, que apoya en la práctica el “matrimonio” homosexual y el aborto, que invita a olvidar la historia y cumple sin más la totalitaria “ley de memoria histórica”, ley que deslegitima la democracia presente –ya camino de ser pasada– y la monarquía; un político que presiona para silenciar a periodistas molestos y desactiva la AVT, etc. etc.?
Como decía, Rajoy tiene dos convicciones firmes: el poder y la economía, o una combinación de ambas, el poder de la economía o la economía del poder. Su programa consiste en eso: “es preciso echar al Gobierno actual y colocarnos nosotros en su lugar”. Y mucha gente sólo sueña con que se vaya Rodríguez, sin pensar en quién será el sustituto, es decir, un señor que ha dado sobradas pruebas de su disposición a traicionar cualquier valor o promesa en nombre de la economía y el poder. Aunque Rajoy tampoco demuestra mucha prisa al respecto, pues sin duda le resulta preferible que sea el Gobierno actual quien peche con la crisis, aunque se arriesga a que, si esta va superándose antes de las elecciones, vuelva a perderlas. Pero la vida, ya se sabe, tiene siempre sus riesgos. Por lo demás, parte importante de la economía es la colocación profesional del numeroso personal del partido en cargos políticos, único medio de mantenerlo agradecido, fiel y disciplinado. Y Rajoy dispone de un poder regional y local suficiente para repartir muchos cargos.
Y en cuanto a la economía en general, sus propuestas, de carácter populista, no convencen a muchos economistas expertos, y aun las más aceptables de ellas habría que ver si era capaz de ponerlas en práctica frente a una presión fuerte de sus adversarios, que debe darse por segura. Ahora bien, la economía es un concepto muy amplio, y puede dar serios disgustos: el caso Gürtel, por ejemplo.
(¿Hacía falta mucha perspicacia para darse cuenta de estas cosas? Pues casi nadie más las decía)
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¿Es Rajoy demócrata? (nov. 2011)
Ruego a mis lectores difundan este comentario:
Ayer, en el programa de Carlos Cuesta en VEO 7, intenté explicar con perspectiva histórica estas elecciones a partir de lo que ha significado el zapaterismo. Este no es otra cosa que la ruptura pretendida en la transición por los partidos de izquierda y los separatistas, ninguno de ellos demócrata ni hispanófilo: en dos palabras, el rechazo de la evolución constructiva de la ley a la ley, esto es, de la legitimidad franquista a la democrática, para imponer el entronque con la legitimidad fraudulenta del Frente Popular.
La ruptura fracasó entonces, afortunadamente, pero se ha impuesto desde el poder con Zapatero. El resultado ha sido coherente con el carácter político del rupturismo: una profunda crisis de la democracia, una profunda crisis de la unidad nacional y una profunda crisis económica, aunque esta última debida solo en parte al PSOE y compañía.
A partir de ahí expuse mi opinión sobre el discurso de Rajoy, calificándolo de verborrea, ante todo por una razón: porque no mencionó en absoluto la crisis política y nacional y habló exclusivamente de la económica. Y esto no puede ser más revelador. Cuando perdió Felipe González se hablaba de una necesaria regeneración democrática… que no se produjo, aunque al final del período de Aznar se iba avanzando en esa dirección, gracias al cambio (parcial) de postura hacia la respetadísima ETA. Ahora, la necesaria cuestión ha desaparecido de la agenda política.
Por ello Rajoy no pronunció un discurso de estadista, sino de oportunista político. Claro que cabría pensar que, dada la urgencia de la catástrofe económica, esta sería lo primero a abordar y después, una vez solucionada, podrían afrontarse los problemas democrático y nacional con la autoridad moral y política de haber resuelto la primera. Sin embargo las tres crisis van muy ligadas y difícilmente esperarán a resolverse sucesivamente, suponiendo que sea esa la idea de Rajoy, cosa muy dudosa.
El discurso de Rajoy es más bien coherente con un político que cree que “la economía lo es todo”. Cabría pensar que esta fue una frase disparatada como tantas que todo el mundo soltamos de vez en cuando, pero creo que revela una concepción de base, puesta nuevamente de relieve en su discurso y en toda su actitud política. Y alguien que cree que la economía lo es todo, no es un demócrata (con esa idea, China sería hoy el país más democrático del mundo). La democracia es mucho más que la economía. Ojalá me equivocara, pero lo que Rajoy ha hecho (más propiamente no ha hecho) en la oposición, será lo que haga o no haga en el poder. No me parece en absoluto el hombre adecuado para afrontar la crisis de la democracia ni la crisis de la disgregación nacional. Ni tampoco la crisis económica si intenta cumplir sus promesas electorales.
Por estas razones no soy optimista sobre su gestión. Creo que ha sido una buena noticia, aunque insuficiente, la derrota del PSOE, pero no la sustitución de Zapatero por Rajoy. En el PP hay una corriente que puede llamarse demócrata y patriota, representada por políticos como Mayor Oreja o Vidal-Quadras, quizá Aznar, a quienes puede calificarse de demócratas y patriotas. A Rajoy, Soraya, Cospedal, Gallardón y tantos más, el grupo dominante hoy en el PP, solo cabe calificarlos de oportunistas dispuestos a chalanear con cualquier principio, porque el único principio que conocen es el “económico”. En sus diversas acepciones.
Creo que estas cosas hay que decirlas ahora, en plena euforia, y no cuando llegan los fracasos y las promesas incumplidas y todo el mundo asegura que ya lo había visto venir. No obstante, repito, ojalá me equivoque.
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Próximos ya al año de gobierno de Rajoy, hay pocas dudas de que no me equivoqué. En tan breve tiempo, este hombre ha superado las marcas de Zapatero en cuanto embustes a la opinión pública, promesas rotas e ineptitud. Uno se pregunta por qué no se va. Pues no, el poder le atrae irresistiblemente, él mismo lo ha dicho. Como a Zapatero. Rajoy sabe muy bien lo que les conviene a los espñoles. Lo dice a menudo.