Hace poco leí en el blog de Vidal-Quadras sus impresiones tras un viaje por Irak. (http://www.intereconomia.com/blog/prohibido-pisar-flores/irak-balance-final-20111217). Debía mencionar también que entre los perdedores se encuentran los cristianos. Tampoco en Afganistán marchan bien las cosas. El balance de estos largos años de ocupación militar es inconcluyente o algo bastante peor, y ha costado a Usa y otros países un verdadero derroche de dinero y medios. Las perspectivas son que los occidentales tendrán que retirarse por fin, dejando el terreno a sus enemigos.
Cuando la invasión de Irak yo sostuve que había tantas razones a favor de ella como en contra, que España no tenía más remedio que apoyarla, al menos políticamente, dada su integración (en mi opinión innecesaria) en la OTAN, y que los contrarios a la intervención defendían, en realidad, a una tiranía genocida. Contra lo que pretenden los críticos, el objetivo no era asegurar o dominar el petróleo de Irak –el cual tenía máximo interés en comercializarlo, como siempre–, sino crear allí una democracia que sirviera de polo de atracción para otros países de la zona y asegurara las espaldas de Israel. El proyecto ha resultado fallido, y lo mismo ha ocurrido en Afganistán, donde no había ningún petróleo que extraer. En pro de la democratización se argüían las experiencias de la Alemania y el Japón de posguerra, pero las condiciones han demostrado ser demasiado diferentes. Hasta hoy, ningún país islámico se ha democratizado de forma consistente, y la tendencia dominante es a una reislamización abiertamente antioccidental y antidemocrática. Todo indica que Occidente ha sufrido allí dos importantes derrotas, que siguen a otras como las de Somalia o Beirut. El mismo error, si aquí puede hablarse de error y no de algo mucho peor, ha sido el apoyo a la llamada “primavera árabe” en Túnez, Egipto y Libia, que ha degenerado en una islamización creciente.
http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/que-se-nos-pierde-en-libia-58990/
Parece que en Siria las cosas van por el mismo camino:
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La delegada del gobierno en Cataluña amenaza: “Con la indepoendencia, Cataluña sería de los más pobres de Europa”, porque “quedaría fuera de la UE”. La necedad da muy bien el tono de la miseria intelectual y moral del PP. Se trata de la secesión, no de la independencia, pues Cataluña es parte de un país independiente. La chica cree que si su partido admite la barbaridad de la secesión de Cataluña va a impedirle en cambio la nimiedad comparativa de entrar en la UE. Cree además que fuera de la UE no hay salvación cuando, justamente, de allí nos ha venido en gran medida la crisis. Estas miserias, por lo que entrañan, son mucho más indignantes que la grosera demagogia de la izquierda.
http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/no-es-la-economia-estupido-59568/
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El 98 y sus efectos (I)
Hacia finales del siglo XIX, España se encontraba con el problema de unos movimientos independentistas en sus últimas colonias de América y el Pacífico. En Puerto Rico no había movimiento independentista de alguna consideración, y en las Filipinas había surgido otro, que empezaba a causar dificultades a España, aunque por el momento poco graves; el problema más serio, con gran diferencia, era el de Cuba: imponía gastos desmesurados, presencia de 200.000 soldados, y una verdadera sangría. En tres años murieron allí 55.000 soldados españoles, casi todos por enfermedades tropicales y solo 2.000 por combates; lo que prueba que el movimiento contra España no era muy fuerte, aunque sí muy violento. En España se solía considerar a Cuba una región española y no una colonia, pero en todo caso era extraordinariamente próspera. El descontento popular en Cuba, aunque muy lejos de estar generalizado, bastaba para mantener una tensión permanente, alentada desde la vecina Usa, lo que la hacía muy difícil de vencer (una de las causas del descontento eran los aranceles en beneficio de la industria textil de la metrópoli, mayoritariamente radicada en Cataluña, que impedían la competencia de los géneros useños, en general más baratos y de mejor calidad; Usa, a su vez, había construido su industria con un fuerte proteccionismo). Por otra parte, la administración española en la isla tenía fama de corrupta, la propia guerra era saboteada desde España por sectores que se llamaban progresistas (del Partido Liberal y otros), y el jefe de gobierno conservador, Cánovas, fue asesinado en un complot de implicaciones masónico- independentistas. Los políticos más avisados pensaban en una autonomía que desembocaría con algún tiempo en una independencia amistosa.
La cuestión se complicaba decisivamente porque Usa, en virtud de la doctrina del “Destino Manifiesto”, quería hacerse con las posesiones españolas, en particular Cuba y Puerto Rico, directamente o situarlas en su área de influencia. Según las doctrinas racistas entonces en boga, Usa representaba el progreso mientras que España entraba dentro de las potencias decadentes condenadas a extinguirse o ser liquidadas en la darwinista “lucha por la vida”. La mayor parte de la prensa useña, en particular la más sensacionalista de J. Pulitzer y W. R. Hearst, jugaba con los sentimientos populares hablando de la crueldad y las atrocidades de los españoles, en gran medida inventadas (es famosa la frase de Hearst, magnate de la prensa amarilla, a un reportero que debía fotografiar las violencias españolas y la lucha de los insurgentes y no encontraba material: “Usted proporcione las fotos y yo aportaré la guerra”). El protestantismo dominante en los medios y en la enseñanza presentaba asimismo a la católica España como un modelo de todas las ignominias. La política belicista fue impulsada sobre todo por el Partido Demócrata, siendo el Republicano mucho más reticente.
El gobierno useño buscaba un pretexto para intervenir y lo encontró acusando a España de haber volado con una mina el acorazado Maine en el puerto de La Habana. La acusación era falsa, y la prensa useña ocultó la investigación española al respecto, que excluía tal posibilidad. Otras investigaciones hablan de un accidente, que parece lo más probable, quedando siempre la sospecha de una provocación de falsa bandera por parte de Usa para justificar la agresión. Enseguida se impulsaron en Usa movilizaciones populares bajo el lema “¡Recordad el Maine! ¡Al infierno con España!”.
El choque se hizo así inevitable. Usa, con 74 millones de habitantes, era ya la primera potencia industrial del mundo, mientras que España, con 18 millones, se encontraba en torno al décimo lugar, posición no despreciable pero muy inferior. A esa desventaja se añadía la estratégica: las Antillas estaban a un paso de Usa y a enorme distancia de España. En cuanto a las Filipinas, la desventaja era semejante, empeorada para España por la colaboración inglesa con Washington desde Hong Kong y Suez. De ahí cabría deducir que España no tenía opción de vencer, pero la cuestión no estaba tan clara en una guerra corta y de carácter naval. La flota española era poderosa, con menos tonelaje y potencia de fuego que la useña, pero más rápida y con tipos de barcos nuevos que en principio podrían ser muy efectivos. A pesar de ello fue desastrosa y rápidamente vencida en Filipinas y en Cuba. La causa principal radicó en el pésimo mando de los almirantes Montojo y Cervera, que no aprovecharon ninguna de sus ventajas y por el contrario facilitaron al máximo las de sus contrarios. Así resultó, para Usa, una “espléndida guerrita”, como la llamaron. Probablemente en un país menos permisivo y desmoralizado que la España posterior a la derrota, Montojo y Cervera habrían sido juzgados y condenados con la mayor severidad, aunque Cervera podría alegar que desde el primer momento fue derrotista, a pesar de lo cual el gobierno le impuso la misión.
De resultas, Usa se apoderó de Puerto Rico, Filipinas y Guam, y se hizo con el control de Cuba; otras islas del Pacífico fueron cedidas a Alemania. Por lo que respecta a Filipinas, fue sometida por los useños en una guerra que algunos han llegado a calificar de genocida, por las atrocidades empleadas por el ejército invasor.
La derrota a manos de un enemigo tan superior material y estratégicamente no debiera haber producido una crisis demasiado grave, y sin embargo causó un verdadero hundimiento moral. Para useños e ingleses, su victoria certificaba la superioridad de la pujante raza anglosajona sobre la decadente latina, augurio muy posible de un próximo y definitivo derrumbe de España. Y una idea similar cundió por la propia España, tachada de de país moribundo. El político conservador Francisco Silvela diagnosticó una “España sin pulso”, el líder separatista Sabino Arana se congratulaba de que “solo un milagro puede salvar a España”, el periódico separatista catalán La Veu de Catalunya afirmaba: “De un extremo a otro [del país] se siente un vaho de muerte”. El intelectual republicano Macías Picavea se preguntaba: “¿No estamos en frente de la muerte que amenaza?”. Desde el influyente Heraldo de Madrid, el periodista y político Julio Burell creía constatar, la “extinción de toda energía y de todo aliento” y anunciaba “la fe destruida; el espíritu nacional sin bríos (…) los particularismos, los egoísmos, los escepticismos de toda especie desperezándose al sol”. El mismo Silvela advertía del “quebranto de los vínculos nacionales y la condenación, por nosotros mismos, de nuestro destino como pueblo europeo”. Algunos esperaban o deseaban una insurrección popular al estilo de la Commune de París cuando la derrota francesa ante Prusia. Así, unos con alegría y otros con pesar, pronosticaban la ruina definitiva de España.
Mas no ocurrió nada de ello. Por el contrario, el país demostró una notable capacidad de recuperación. Con la repatriación de capitales y el fin de la sangría cubana, la situación general mejoró según muestran algunos índices: en los diez años siguientes se multiplicaron las obras hidráulicas y la construcción de barcos mercantes, mientras que la armada se modernizaba, más poderosa que la derrotada; también hubo mejoras significativas en la enseñanza superior y el porcentaje de analfabetos bajó del 50%, un logro pequeño, pero indicativo (por comparación, Italia tenía entonces un 38% de analfabetos y Francia un 13%). La renta por habitante estaba en un 54% de la media de Francia y Gran Bretaña, frente a un 58% Italia y un 75% Alemania. Dentro del semicírculo de países menos ricos que el núcleo centrooccidental de Europa, extendido desde Irlanda a Finlandia, pasando por los países del Mediterráneo y del este del continente, España estaba en una posición bastante favorable. Fue además una época de cierto esplendor cultural con la aparición de la llamada “generación del98”. En realidad, bajo el régimen liberal de la Restauración, España llevaba ya bastantes años recobrándose de su profundo declive del siglo XIX. Lo hacía con lentitud, pero de modo continuado y acumulativo, y esa tendencia continuó y se acentuó después del 98.
Ahora bien, esta recuperación, que debía haber dado lugar a cierto optimismo, no fue tenida en cuenta por la gran mayoría de los políticos, periodistas e intelectuales, que se obstinaban no solo en desconocer los hechos, sino en acentuar los tonos trágicos y autodenigratorios, en primer lugar hacia el régimen liberal que no solo les permitía expresarse, sino que también auspiciaba un crecimiento del país en todos los órdenes. Y no solo la Restauración fue objeto del desprecio y la hipercrítica, sino que estos se extendieron a toda la historia anterior de España: la derrota del 98 demostraría que España había ido por mal camino desde mucho antes, durante siglos enteros, prácticamente desde sus orígenes. La propaganda protestante y de la Leyenda Negra cundió en formas muy variadas y la Restauración quedó sin cobertura moral, por deserción de los intelectuales, una situación que iba a socavarla en sus mismas raíces hasta hundirla finalmente veintitrés años más tarde.
El ataque a España motivó las célebres frases de Menéndez Pelayo, el ensayista y estudioso más destacado de la época: Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado mil veces por gárrulos sofistas, (…) emplea en destrozarse las últimas fuerzas que le restan y corriendo tras vanos trampantojos de una falsa y postiza cultura, en vez de cultivar su propio espíritu (…) hace espantable liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia los hizo grandes, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, de la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía (…) Un pueblo viejo no puede renunciar a su cultura intelectual sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil”.
Había, por tanto, un desfase entre la realidad y las interpretaciones derrotistas cuando no fúnebres de España y su historia. No obstante, las interpretaciones tienden a configurar la realidad, a cambiarla. La sociedad española era bastante vital y vitalista, precisamente estaba levantando cabeza desde la postración del siglo XIX, y sin embargo sus capas políticas e intelectuales, o al menos una grande e influyente parte de ellas, no solo detestaban la realidad presente, sino que proyectaban su aversión sobre la pasada. Algunos venían animadas de cierto patriotismo o nacionalismo que aspiraba a colocar rápidamente al país entre los más punteros del mundo y, sin reparar en la dificultad de la tarea, buscaban más bien supuestos culpables de que el país no fuera todo lo brillante que a ellos les gustaría; así, convertían una tarea que podría ser constructiva, en otra autodestructiva, porque su propia actitud y parvo talento garantizaban que nunca se alcanzarían sus deseos, deseos harto arbitrarios que se concretarían en lo que Azaña iba a denominar “programa de demoliciones”.
Y en tal clima, como especularon Burell o Silvela, cundieron los particularismos e ideologías, unas apostando por acabar de una vez con España, disgregándola, otros por “regenerarla” sobre la base de la negación de valor a su pasado, y otras por difuminarla o hacerla desaparecer en nombre de doctrinas internacionalistas. Se abrieron paso fuerzas ya antes existentes, pero que hasta entonces, tomadas por pintoresquismos, parecían inocuas debido a su dispersión y escaso impulso: los separatismos vasco y catalán, junto con otros menores como el gallego, o el andaluz, los internacionalismos anarquistas y marxistas, los regeneracionismos y el europeísmo, iban a marcar la España del siglo XX y en muchos aspectos siguen marcando la vida política española a día de hoy. Por eso conviene explicar sus razones y dinámica histórica. Y dado que los separatismos son la corriente más decididamente antiespañola desde un principio, y que parte de las otras han coincidido de modo directo o indirecto con ellos en su afán de atacar la nación española y propugnar o exponerla a la desintegración, y que desde hace treinta años constituyen probablemente el peligro mayor, les dedicaré una atención preferente.
