Problemas de la Pepa. Amenazas en el estrecho

Blog gaceta.es: En el oasis… Contra los sindicatos. Aversión al Ejército.

************************

Cuando uno lee que Juan Carlos en el aniversario de la Pepa,  califica a las Cortes de Cádiz de “eslabón decisivo en el esfuerzo por la liberación de la Patria y símbolo de una empresa colectiva que benefició a España, a Iberoamérica y también al resto de Europa”,  solo puede quedarse pasmado. El esfuerzo decisivo por la liberación de España no correspondió a Cádiz, sino a la resistencia popular y militar, y desde luego un resultado fue la separación definitiva de “los españoles de los dos hemisferios”, contra lo deseado por aquellas Cortes, lo cual puede verse como un beneficio…  según el punto de vista. El hecho es que tanto España como Hispanoamérica  entraron en  un siglo simplemente calamitoso.  En cuanto a Europa… La Constitución española tuvo ciertas imitaciones, pero poco futuro, y ya el sobrenombre chabacano de La Pepa con que fue conocido certifica ese aire populachero que tomó gran parte de nuestro liberalismo. Fue, con todo,  una Constitución mejor que la que hoy tenemos,  para lo cual no hacen falta mucho méritos, pero harto peor que la  useña, modelo de otras que no la mejoraron.

Y ha dicho o han hecho decir también al rey:   “Es mucho lo que la causa de la libertad debe a un pueblo que decidió ser dueño de su destino y que no se doblegó ante las dificultades”. Ningún pueblo ni ninguna persona es dueña de su destino (salvo que decida suicidarse, claro). Y lo de la libertad, según lo que se entienda por ella. Está claro que el pueblo español luchaba por su libertad nacional, pero no pensaba en el liberalismo, que por entonces asimilaba mayoritariamente a los desastres y brutalidades de la Revolución francesa y de la invasión napoleónica, y veía en Fernando VII el restaurador de la legitimidad y la tradición nacionales.  Esta serie de equívocos abonó la división y la tragedia que vinieron después.

Hay que señalar también la mediocridad o cosa peor de la mayoría de nuestros liberales. Fueron capaces de vencer al carlismo –con malas artes, también hay que decirlo, véase por ejemplo la Desamortización de Mendizábal–  y tuvieron la ocasión de modernizar el país. En lugar de ello comenzaron las querellas entre facciones liberales, los pronunciamientos,  el estancamiento económico y el retroceso cultural y educativo. El siglo XIX,  ha sido el más decadente para España desde el final de la Reconquista, hasta que la Restauración abrió nuevas perspectivas, echadas nuevamente a perder por aquella mezcla de liberales exaltados y mesiánicos obreristas y separatistas que crecieron como setas después del 98.

España ha tenido dos malas suertes:  que el liberalismo viniera identificado en la mentalidad popular con una invasión foránea y el Terror de la Revolución francesa; y que los propios liberales fueran tan a menudo gente mediocre, con la mente cargada de una retórica vacua y agresiva. Parece que ello ha creado una verdadera tradición, de la que no logramos salir.

————————-

****Gibraltar  –es decir, Inglaterra—no cesa de provocar a sus lacayos. ¿Hará algo distinto el PP del gobierno antiespañol del PSOE?  http://www.elconfidencialdigital.com/politica/073307/gibraltar-reta-a-espana-prohibira-a-los-pescadores-gaditanos-faenar-en-aguas-de-la-bahia-de-algeciras-exteriores-augura-un-grave-conflicto-diplomatico

 

****Conferencia  con relación a Gibraltar:La Armada y la protección del patrimonio subacuático Ponente: Don Miguel Aragón FontenlaCoronel de Infantería de Marina Jefe del Departamento Patrimonio Naval Sumergido del Instituto de Historia y Cultura Naval

Instituto CEU de Estudios Históricos (http://www.iehistoricos.ceu.es/) y Foro Gibraltar

28 de marzo a las 20:00 h.
Carrera de San Francisco nº 2, Madrid.

 

****La Armada de Marruecos ha dado un salto definitivo en la zona del Estrecho. La gran base naval cercana a Ceuta está lista para recibir a la moderna fragata francesa y tres corbetas

http://www.elconfidencialdigital.com/defensa/073305/la-armada-de-marruecos-ha-dado-un-salto-definitivo-en-la-zona-del-estrecho-la-gran-base-naval-cercana-a-ceuta-esta-lista-para-recibir-a-la-moderna-fragata-francesa-y-tres-corbetas

Creado en presente y pasado | 85 Comentarios

¿Es España una nación? ¿Puede hundirse?

Blog de gaceta.es:  11-m (II): La(s) conspiración(es). Premiar a la ETA, premiar a Garzón.

**************************

Así, con todas sus variedades internas, no mayores que las de otros muchos países,  España ha sido, insistamos en ello, una entidad política y cultural más estable y sostenida que casi cualquier otra europea. Pero, ¿constituye por ello una nación? Las discusiones en torno al concepto de nación han hecho correr ríos de tinta, nacidos a menudo en Bizancio.  Para evitar discusiones vanas, expondré mi concepto de nación con el que creo estará de acuerdo la mayoría: una nación es una comunidad cultural aceptablemente homogénea (lengua, tradiciones, costumbres, formas de derecho, religión, etc., que generan sentimientos de unidad e identificación entre sus individuos), discernible de las vecinas, y dotada de un estado. Si no hay estado, no hay nación, y si un estado se impone sobre diversas comunidades culturales, no es nacional, sino, por lo común, imperial. A veces se habla de “naciones culturales” (yo mismo lo he hecho) lo que solo embrolla la cuestión, ya que el estado es elemento imprescindible de la nación. Según este concepto, España es sin duda una nación, y una de las de más prolongada historia en Europa.

La cuestión tiene enjundia más allá de las connotaciones emocionales o de orgullo, porque desde el siglo XIX las doctrinas nacionalistas atribuyen a la nación una dignidad especial, por residir en ella (en el “pueblo”) la soberanía; de ahí, por ejemplo, la llamada autodeterminación, según la cual toda comunidad cultural tendría derecho a dotarse de un estado propio. Pero conviene distinguir entre nación y nacionalismo, cosa que a menudo no se hace. La nación es muy anterior al nacionalismo. Este nace con la Revolución francesa y extiende como un concepto político y un derecho lo que en la historia se ha desarrollado espontáneamente como particularidad mucho más antigua en algunas comunidades. De la confusión entre nación y nacionalismo surge,  por ejemplo, el equívoco de que la nación española es fundada en 1812 por la Constitución de Cádiz (España sería así una especie de creación francesa): lo que se funda entonces en España es el nacionalismo (doctrina de la soberanía nacional) sobre la base de una nación preexistente de muy atrás.

Ahora bien, establecida la doctrina, el nacionalismo ha funcionado después como un instrumento para crear nuevas naciones, es decir, para dotar de estado a comunidades antes inmersas en un estado imperial o divididas entre varios de ellos. De este modo, el nacionalismo ha disgregado en los siglos XIX y XX a los antiguos imperios europeos, creando numerosas naciones nuevas. A su vez, los nuevos estados han reaccionado sobre su base democultural, “nacionalizándola” al máximo es decir, reforzando aquellos rasgos que considera distintivos e inventando o  añadiendo nuevas tradiciones a las más antiguas. Por otra parte, las comunidades culturales nunca se diferencian radicalmente de las vecinas, así las europeas tienen en común un vínculo tan poderoso como el cristianismo, que corrientes contrarias, en especial el marxismo, no han logrado erradicar; o basta considerar las considerables interinfluencias de todo tipo entre España y Francia o entre Francia y Alemania, etc.

El doble fenómeno de las interinfluencias y de la capacidad “nacionalizadora” de los estados, ha llevado a menudo a concluir que las naciones son realmente creaciones del estado. Ciertamente esto puede aceptarse para las nuevas naciones procedentes de  la descolonización sobre territorios sin estado previo ni comunidades culturales muy definidas; pero es obvio que el proceso histórico ha sido el inverso. Los estados no nacen de la nada para crear naciones, idea poco razonable.  La historia indica que los estados surgen y se apoyan en comunidades culturales y a menudo genéticas. Si se limitan a dichas comunidades hablaremos de estados nacionales. Si desde esa base se imponen sobre otras comunidades o naciones previas, hablamos de estados imperiales (más raramente hay confederaciones, pero en ellas alguna de las comunidades lleva la voz cantante). Así, a lo largo de la llamada Edad Media (Edades de Supervivencia y Asentamiento) se formaron dos Europas, la de las naciones en el extremo oeste y la de los imperios en el centro y este del continente, hasta la descomposición total o parcial de estos últimos en los siglos XIX y XX.

No creo que estas concepciones merezcan mucha discusión pues, como digo, saltan demasiado a la vista, aunque puedan ser oscurecidas y de hecho lo sean a menudo con consideraciones a menudo arbitrarias y ahistóricas.

******

Cuando hablamos de España, por tanto, no nos referimos solo a un ámbito geográfico sino, ante todo, a una entidad cultural y política conjunta, con diferencias regionales secundarias. Su carácter de nación no ha surgido de un nacionalismo previo ni de un “derecho de autodeterminación”, sino que se ha ido configurando de forma espontánea en un proceso de siglos y venciendo a veces obstáculos enormes que pudieron causar su desaparición. Por tanto, tiene un origen claramente delimitado en el tiempo (no la “España eterna” a veces mentada): como comunidad cultural se formó a partir de la invasión romana en la II Guerra Púnica, hacia el siglo III antes de Cristo y en un largo proceso de seis siglos, que extendió el latín, el derecho, numerosas actitudes, costumbres y técnicas, así como a partir de una época, la religión cristiana. Antes, Hispania, existía  solo como una denominación geográfica en la que vivían poblaciones muy diversas, agrupadas convencionalmente como íberos y celtas.  No había un país como entidad cultural y menos aún política, ya que sus numerosos pueblos, con frecuencia enfrentados entre sí, tenían lenguas, costumbres y religiones muy diversas y de orígenes distintos, y se habrían sentido tan sorprendidos de ser llamados españoles como los germanos o los celtas de llamarse “europeos”.  Cuando se habla, como Sánchez Albornoz, de la gran dificultad que tuvieron los romanos para dominar España, debe entenderse el aserto desde el punto de vista geográfico. Desde el punto de vista cultural-político no existía tal España.

La colonización latina tuvo efectos decisivos en todos los aspectos: cuando cayó el Imperio romano, no solo la cultura sino la genética de la población  había cambiado profundamente por las mezclas derivadas de las  migraciones internas, la milicia o el comercio. Los distintos pueblos agrupados en íberos y celtas eran cosa del pasado, y seguramente solo en las agrestes montañas del norte pervivían núcleos de población más o menos aislados y poco latinizados. Esta transformación ha sido la más crucial para la historia posterior del país, pues sus efectos perviven plenamente  en la actualidad. La impronta latina en España demostró su profundidad al ser capaz de revertir las consecuencias de la invasión árabe-bereber en el siglo VIII, al contrario de lo ocurrido en el norte de África, donde una floreciente cultura latino-cristiana quedó definitivamente arruinada hasta nuestros días. Creo que este punto no admite discusión en sus líneas generales, aunque sí matizaciones, como es natural.

España no era entonces una nación, por carecer de estado, pero  sí ya  una comunidad cultural conjunta, bastante homogénea, integrada en el Imperio romano aunque con rasgos particulares. Por ello debemos diferenciar la historia de España propiamente dicha, que empezaría con la II Guerra Púnica (y lo mismo la historia de Europa, como he sostenido en Nueva historia de España)  de la de los pueblos asentados en Iberia, sean los anteriores a Roma o los posteriores ajenos a dicha base cultural, como los árabes y magrebíes. Historias interesantes pero, en rigor, no historia de España.

No solo ha pervivido la transformación cultural, sino también la genética (o racial, en un sentido no ideológico) legada por Roma sobre la base de las poblaciones anteriores: ninguna de las inmigraciones posteriores (germanos, árabes y  bereberes, sobre todo, también de otros orígenes, en especial franceses) debió de superar el 5%, como mucho el 10% de la población configurada bajo el Imperio romano. Dejo de lado lo que Sánchez Albornoz llama herencia temperamental que se habría mantenido desde la época prerromana, porque, si bien debe de tener algo de cierto, resulta un tanto evanescente y especulativa frente  a los datos culturales y políticos, más precisables, implicados normalmente cuando hablamos de historia.

Y fue sobre esta base cultural sobre la que se configuró, en el último tercio del siglo VI después de Cristo, el primer estado propiamente español, es decir, la nación española. Fue una creación de los visigodos en combinación con las autoridades hispanorromanas, pero no un estado germánico, sino esencialmente latino y con ambición definida de incluir en él a toda Hispania. De época algo anterior suele datarse la creación de la nación francesa, pero tiene interés señalar la dinámica contraria de esta y de la nación española: en Francia las tendencias dispersivas fueron muy intensas, con constantes divisiones y guerras entre reinos, mientras que la dinámica española fue la contraria, de una tenaz y en general exitosa unificación.

La cuestión de si puede ser llamado “español” el reino visigodo ha originado controversias no muy fundadas. Podría considerársele una superestructura foránea si no fuera porque solo tuvo tal carácter en su primera etapa, cuando los godos eran uno de tantos pueblos errantes que se imponían sobre un territorio durante un tiempo para abandonarlo, por presiones exteriores u otras causas, y establecerse en otro lugar, sin ligarse con las poblaciones autóctonas. A partir de Leovigildo ello no fue así: su estado se concibió como hispanogodo, y el afincamiento y progresiva disolución de los godos en España fueron definitivos. España era ya una nación –no una mera comunidad cultural–, con sentimientos nacionales explícitos y voluntad de asentamiento definitivo en la península.  Es más, sin esa nación habría sido imposible la posterior dinámica de reconstrucción de España después de la conquista árabe.

Es interesante comprobar cómo la invasión islámica pudo causar una definitiva división o balcanización de España en varias naciones, debido a que, por imperativo de las circunstancias, los núcleos de resistencia al Islam nacieron y se desarrollaron en considerable aislamiento unos de otros, creando toda suerte de particularidades e intereses que podrían haber concluido en un mosaico parecido al de los Balcanes. Esa tendencia tenía todas las de ganar en principio, porque materialmente eran las más fuertes. Sin embargo, al lado de las tendencias particularistas se mantuvo todo el tiempo una tensión unitaria en pro de la “recuperación de España”, que poco a poco fue imponiéndose y hasta lograr rehacer la unidad de la nación, salvo Portugal. De entonces acá, las fuerzas unificadoras han prevalecido siempre sobre las disgregadoras, de modo que España ha continuado básicamente igual a la de los Reyes Católicos.

+++++++++++++++++++++++

Naturalmente, la antigüedad de una institución histórica, aunque prueba de solidez, no garantiza su pervivencia, y hoy vemos a la nación española sometida a muy fuertes tiranteces que por un lado intentan disgregarla y por otro disolverla  como nación en una entidad “europea”: secesionismo y europeísmo. Por una parte tenemos ejemplos de comunidades culturales divididas en varias naciones, como ocurre con Austria y Alemania o con Francia y la Bélgica valona; Rusia y Ucrania o Bielorrusia serían un caso semejante, incluso –solo hasta cierto punto– España y Portugal. En un pasado muy reciente hemos visto la descomposición de Yugoslavia pese a que las semejanzas culturales entre sus actuales estados son en principio mayores que sus diferencias, y observamos en Italia algunas tendencias semejantes, aunque de menor impulso. Por otra parte, la llamada Unión Europea está socavando lenta pero sistemáticamente, la soberanía de numerosas naciones de Europa. ¿Podrá resistir España la doble tensión?

Creo que la disgregación, combinada con la disolución de España no son posibilidades descartables, porque un tercer e imprescindible factor de nacionalidad, además de la comunidad cultural y el estado, es la voluntad de una parte suficiente de una población de permanecer como nación unida. Como hemos visto, la voluntad reunificadora fue imponiéndose en la Reconquista –con la excepción de Portugal—a poderosas tendencias contrarias y desde entonces ha mantenido a España como nación. Pero desde hace tres decenios se percibe un aumento de la voluntad disgregadora y una especie de desfallecimiento de la voluntad integradora, que a menudo opta, en una especie de huida hacia delante, por la disolución en una amalgama sin la menor base histórica como es la Unión Europea, que quizá nunca debió pasar de Mercado común. Sin duda  España sufre hoy una prolongada crisis nacional –unida a otras crisis—, a la que me he referido en el capítulo anterior, y la puesta en cuestión del carácter nacional de España, incluso por las más altas jerarquías del estado, es una manifestación más, y muy aguda, de tal crisis. Su origen inmediato está en la forma como se hizo la necesaria transición democrática a partir de Suárez, y que he procurado explicar en La Transición de cristal. El país emergió del franquismo con una considerable salud social, la mayor y más sostenida prosperidad de su historia y sobre todo libre de los odios que habían hundido la república y conducido a la Guerra Civil. Sin embargo, a partir de la reforma de Suárez, las tendencias disgregadoras por una parte y disolutorias por otra, no han cesado de reforzarse, a menudo en alianza de hecho o de derecho con el terrorismo. En algunas regiones, especialmente en Vascongadas y Cataluña, han ido cobrando fuerza tendencias separatistas que exaltan las diferencias regionales por encima de los rasgos comunes y de la unidad histórica de siglos, y proclaman su deseo de disgregar España convirtiendo a las regiones en nuevas naciones, mientras el país ha ido perdiendo soberanía en un proceso sistemático. Es decir, nuestra época presenta a España desafíos muy graves, que afectan a su propia supervivencia.

Pero el problema tiene un origen muy anterior a la Transición y perfectamente datable: el llamado “Desastre del98”a finales del siglo XIX, por lo que debemos examinarlo en capítulo aparte.  De la convulsión moral e ideológica de aquella fecha parten los movimientos secesionistas y totalitarios marxistas y anarquistas, muy violentos, que a su vez convulsionaron a España dando lugar a la ruina del régimen liberal de la Restauración, resuelta provisionalmente con la dictadura de Primo de Rivera, para hundirse después en una república epiléptica y cargada de odios, hundida a su vez por el proceso revolucionario del  Frente Popular  y por la Guerra Civil. La era de Franco permitió olvidar los viejos odios y trajo el mayor progreso material vivido por España en siglos, lo que facilitó una transición democrática en la que los viejos problemas parecían superados. Sin embargo han ido resurgiendo poco a poco, unidos a la desvaloración del pasado y la cultura hispanas, o más bien basados en esa desvaloración, y  sin encontrar la oposición debida hasta la difícil crisis actual. Porque si no se conforma una fuerte voluntad integradora y nacional,  las perspectivas son de disgregación o de disolución de una nación que durante siglos ha resistido las más difíciles pruebas.

 

Creado en presente y pasado | 258 Comentarios

La cuestión de los godos y Ortega / Negación universitaria de España

Blog de gaceta.es: César Vidal y los judíos / La otra Pepa

Id. : El 11-m(I): El plano político

*******************************

Como recordaba en Nueva historia de España, para entender lo que ha sido nuestra historia y cultura basta echar una ojeada a la actualidad. En España se habla como idioma común una lengua latina; la religión vastamente mayoritaria y –por siglos prácticamente unánime—es la católica, aunque hoy se encuentre en crisis (otras más graves ha superado);  el derecho y las costumbres se basan en gran medida en Roma y en el catolicismo, y todo eso y el territorio que habitamos es lo que nos distingue, aún hoy, de otros pueblos. Es obvio que España, como cultura, se forjó en la época romana. Si echamos la vista atrás, observamos fácilmente cómo, algún tiempo después de la caída del Imperio romano, se instaló un poder político unitarista, primer estado español propiamente dicho, que se identificaba con el conjunto del país y su cultura: es decir, aparece una nación. La nación española pudo desaparecer debido a la invasión musulmana, de hecho estuvo muy cerca de ello, pero renació en Asturias con la idea, precisamente, de recobrar la perdida España  hispanogoda. Muchos estudiosos, entre ellos J. Pérez,  insisten en el carácter menos romanizado de los astures y en el tradicional rechazo de los montañeses a poderes extraños, pero se trata de una mera especulación, aparte de que esa tradición había desaparecido mucho tiempo antes.  Es muy importante señalar que, sin el objetivo de fundar un reino que mantuviese y recobrase la herencia hispanogoda, la rebelión asturiana no habría podido dar lugar a otra cosa que a incursiones de saqueo como las de la época romana o las que hacían a veces los vascones de las montañas en tiempos de los godos. Pero dio lugar a algo completamente diferente, como sabemos.

Por consiguiente, existe un lazo que nunca se rompió entre Roma y la nación hispanogoda y la España actual. Es algo que salta a la vista como una total evidencia, y sin embargo la vemos negada una y otra vez. Creo que la razón del embrollo se encuentra en la mezcla de concepciones marxistas, republicanas, regeneracionistas, separatistas e islamófilas, empeñadas en pintar unas historias acordes con sus ideologías y aspiraciones, coincidentes todas en negar entidad histórico-cultural a España o difuminarla. Si han de llegar a transformar España o destruirla simplemente, como desean, es cosa que solo el tiempo dirá, y que dependería menos de sus propias fuerzas que del desconcierto y debilidad de la resistencia que pudiera oponérseles.

En fin, centrado en Joseph Pérez había olvidado la promesa de comentar un artículo en LD, de J. A. Cabrera Montero titulado ambiciosamente “El reino visigodo: el debate historiográfico”. El señor Cabrera  empieza por ilustrarnos amablemente de que el trabajo de los historiadores constituye una de las disciplinas humanísticas más polémicas que existen. La Historia como tal es objetiva, los hechos son los hechos; por el contrario, la narración o la presentación de la Historia, lo que en definitiva hacen los historiadores, no es en modo alguno algo neutral. Hay quienes reducen la Historia a cronología, para mostrarse objetivos, para no emitir juicios de valor ni elaborar hipótesis que hagan peligrar quién sabe qué intereses e ideas, pero el resultado es un inmenso empobrecimiento de tan noble disciplina y un engaño no menos grande al lector. En el otro extremo, hay quienes idealizan tanto la Historia que la convierten prácticamente en mitología; idealismo con frecuencia nada inocente, sino mero disfraz para disimular deshonestos intereses o justificar determinadas posiciones ideológicas sin argumentos convincentes. Entre los dos extremos viciosos, siguiendo la máxima aristotélica, se haya (sic, será una errata) el medio virtuoso: el esfuerzo honesto, más o menos logrado pero decente  (…) La Historia es lineal, no circular. La Historia nunca se repite; en todo caso lo que se mantiene, la constante  es el ser humano, con sus virtudes y sus defectos. Etc. Muchas gracias al señor Cabrera por tan indispensables enseñanzas, quizá un tanto triviales.

Habla nuestro autor de unos intensos debates en torno al reino visigodo, que realmente no han tenido lugar, al menos como intensos.  Él los atribuye a “interés” político, sea de liberales y tradicionalistas por fundamentar sus teorías, sea del franquismo, al que la reivindicación visigótica vino “como anillo al dedo”, asegura. Menos mal que se ha abstenido de explicar cuáles eran al respecto los “intereses” de la burguesía y el proletariado. Entre tantos intereses, el interés por la verdad histórica se esfuma un tanto; y,  por lo que uno recuerda, nunca ha habido los duros debates que él menciona: hace muchos años que  el asunto apenas suscita interés, y no porque haya sido aclarado sino por lo contrario, porque se han impuesto ampliamente tesis tipo Américo Castro, que pretenden que España y los españoles nacieron, no se sabe bien cómo, en relación con musulmanes y judíos. Además, el señor Cabrera critica la visión de una época visigoda “idílica”, que nadie, al menos nadie medianamente serio,  ha considerado así, como nadie considera “idílico” ningún sistema del pasado o del presente. Seguramente el señor Cabrera habrá quedado muy satisfecho de haber desbaratado tales idilios, tan inapropiados como defendidos por nadie.

A continuación, nos cita a Ortega y a su disparatadísima España invertebrada (no inferior a las ocurrencias de Sabino Arana o de Prat de la Riba) en la que, con la misma osadía con que preconizaba la república para superar los males de la “monarquía de Sagunto”, por no decir de la “enferma” o “anormal” historia de España,  afirmaba: Casi todas las ideas sobre el pasado nacional que hoy viven alojadas en las cabezas españolas son ineptas y, a menudo, grotescas. Ese repertorio de concepciones, no sólo falsas, sino intelectualmente monstruosas, es precisamente una de las grandes rémoras que impiden el mejoramiento de nuestra vida. Parecía estar hablando de sus propias ideas, que tan bien fructificaron en la república. En Nueva historia de España he dedicado algunos párrafos a señalar la absurda comparación que hace Ortega entre los francos y los visigodos.

Como el señor Cabrera cultiva, según él mismo ha confesado,  el aristotélico término medio (que afectaría a la virtud, no a la verdad, que no entiende de términos medios), al final no sabemos si defiende las ocurrencias de Ortega, critica al franquismo u otra cosa. Termina con un párrafo digno de un político, en el que literalmente no dice nada, y previamente nos señala que en la época visigótica “quizá no siempre hubo unidad política”, lo cual puede predicar de cualquier régimen; que “no es tan fácil hablar de unidad social” (sea eso lo que fuere), ni se sabe a ciencia cierta “hasta qué punto se homogeneizaron las dos etnias” o “sus grados de romanización”.   A cambio de resaltar lo que no sabemos, olvida lo que sí conocemos: que desde Leovigildo se impuso el diseño de un estado nacional español sobre la base cultural latina y poco después católica, se hubieran romanizado más o menos las distintas partes del país (ningún país del mundo es plenamente homogéneo en ningún sentido).  Y esto es lo que constituye precisamente una nación. Y lo que permitió después la reconstitución de España, en un empeño en que todas las probabilidades materiales estaban en contra.

VER: http://blogs.libertaddigital.com/conectados/la-anormalidad-espanola-y-el-regeneracionismo-4081/

http://revista.libertaddigital.com/el-regeneracionismo-1276229134.html

**********************

Me escribe un distinguido investigador:

Evidentemente la explicación a este ninguneo del periodo visigodo se debe a las implicaciones políticas: en cierto congreso nacional al que asistí se ha llegado a felicitar a los asistentes por no hablar de “la España visigoda” y sí de Hispania visigoda (lo cual, desde mi punto de vista, es claramente erróneo) mientras se hablaba de Cataluña visigoda o Euskalherría. A mí en particular se me reprochó el haber utilizado tres veces el término Reconquista (y eso lo utilizaba simplemente como referencia temporal). Evidentemente  va a llevar tiempo restablecer la verdad, a pesar de García Moreno y algún otro historiador honrado. La Universidad está prácticamente en manos de la progresía y fuera de ahí es difícil combatir.

En cualquier caso, hoy día es rara la publicación que hable de España como tal y, con la excusa de que es un término incorrecto para denominar al reino de los godos (falso de toda falsedad), se sustituye por Península Ibérica o por Hispania (lo cual es más incorrecto si nos atenemos a las fuentes literarias). Un poco al estilo de los políticos nacionalistas que han sustituido España por Estado (español). Es una neolengua orwelliana impuesta desde la Universidad que ha hecho que los estudios históricos sean un verdadero calvario para el lector (e incluso para el investigador) porque apenas entiende de qué se habla. En realidad, no creo que sepan ni de qué escriben. En la actualidad es realmente complicado encontrar un libro de historia que sea inteligible. Algún autor se salva, claro. Entre los visigotistas, J. Orlandis, L. A. García Moreno o Javier Arce, pero pocos más.

Dicho esto me gustaría proponerle un tema de análisis: la relación (para mí evidente) entre la neolengua ininteligible de los estudios universitarios y el auge de ventas de la novela histórica a pesar de la mediocre calidad de ésta.

Lo de A. Castro, estoy de acuerdo con ud. El que el gentilicio de una nación sea extraño a ésta no prueba nada de lo que este autor dice y, además, es un fenómeno más que extendido. P. e. “germanos” es un nombre celta para las poblaciones del este y luego utilizado para nombrar a las poblaciones germanas y a los alemanes. Galés (welsh) es un término despectivo dado por los normandos para los habitantes autóctonos de Britannia (luego para los galeses).También sucede con los canadienses y otros. Incluso hay naciones que no tienen gentilicio propio y no por eso se les niega ese carácter de nación: los useños son “americanos” (americans) sin más, como los guatemaltecos, y normalmente llaman a su país “los Estados” (the States). Sin embargo, en lo del origen provenzal y su penetración a través del catalán estoy más que de acuerdo. Una cosa curiosa que señala Castro es que da cuenta de la ausencia de “español” en el Diccionario etimológico de Corominas, lo que explicó porque siendo ese vocablo “provenzal en su origen, suene demasiado a catalán; con lo cual el término para designar el conjunto de los pueblos peninsulares no habría sido impuesto por los castellanos, políticamente dominadores, sino que habría penetrado por el nordeste de la Península.” (A. Castro, 1985: 32).

 

Creado en presente y pasado | 272 Comentarios

¿Ganará el separatismo?/ Jueces proetarras / Joseph Pérez (VI) y la Reconquista

Agradezco a mis amables lectores sus palabras de aliento y su esfuerzo por contrarrestar la proliferación de la “cultura del embuste” difundiendo estos u otros artículos.

Blog de gaceta.es: Prostitutos, prostitutas y arte / Feminismo y aborto /  Kakistocracia y Zapatero

**********************************

En todas las sociedades hay factores disgregadores e integradores. De predominar en exceso los primeros, la sociedad se destruye (véase la república en vísperas de las elecciones del 36: “A los españoles ya nada nos es común”, venía a diagnosticar  El Sol (cito de memoria); si no existen los contrarios, la sociedad puede convertirse en una tiranía. Hoy vemos cómo los separatistas, siempre desleales con la Constitución y enemigos abiertos de España, parecen cada vez más próximos a lograr sus objetivos, y algunos dicen que puede ser democrático que esas fuerzas profundamente antidemocráticas consigan la secesión de Cataluña y Vascongadas. El problema se plantea, en principio, de otra forma: la Constitución prevé que en caso de incumplir la ley,  una autonomía puede ser suspendida, y para ello bastaría simplemente con un piquete de la Guardia Civil.

Pero hay algo más,  y más profundo: en 1976, el separatismo tenía muy poca audiencia en esas regiones. Desde entonces no ha cesado de crecer. ¿Por qué? Porque no solo se le entregó la enseñanza, sino que durante más de veinte años no se le ha opuesto un discurso coherente en defensa de la nación. Y porque los partidos de izquierda apoyaban a los secesionistas, a veces directamente pero sobre todo indirectamente, mediante una sistemática denigración de la cultura y la historia españolas. Ya lo decía Julián Marías: “un grave problema del PSOE es que tiene una visión negativa de la historia de España” (cito de memoria). Y porque  una derecha sin principios que no dirige sino que explota a la opinión española, ha renunciado a cualquier defensa de la unidad nacional (“la economía lo es todo”). La lucha contra los separatismos ha provenido exclusivamente de la espontaneidad social. Y algo significa el dato de que, con tanto tiempo y tantas ventajas, no hayan logrado aún sus propósitos, o que los ilegales referéndums secesionistas en Cataluña ni siquiera hayan interesado a casi nadie: significa que la nación española tiene mayor consistencia de lo que suponen muchos. Pero el peligro es cierto y creciente, por lo que la reacción debe serlo también.

*****************************

**** Gabriela Bravo, portavoz del CGPJ: “Las víctimas no deben condicionar la evolución sociopolítica de España”. ¡Ajá! Piensa lo mismo que la ETA.  La putrefacción de la política. Y de la justicia. Ella, sin duda, no se considera una víctima, muy al contrario, a pesar de que toda la sociedad española lo ha sido y sigue siendo. Y ahí la tienen, tan sonriente, convencida de haber ganado la partida, ella y los suyos, los proetarras. Naturalmente, acompaña su frase, la verdaderamente significativa, con otras que no lo son, pura hipocresía, al estilo, nuevamente del brazo político de la ETA, que también se siente triunfante.

Otro caso, el de Garzón, en contra o a favor de la ETA, según sus conveniencias.

******************************

Joseph Pérez, ¿Cómo empezó la Reconquista?

Al-Andalus nunca coincidió con toda la Península Ibérica, bien porque los invasores decidieron retirarse de algunas zonas aisladas e inhóspitas, bien porque encontraron en la población una resistencia más fuerte que en otras partes.  Esto es lo que ocurrió en las montañas de Asturias y los altos valles de los Pirineos, regiones marginales que los romanos habían ocupado de forma tardía y superficial y en las que fue débil la cristianización. En aquella comarcas, la resistencia a los moros se entiende dentro de aquella tradición de rechazo al extranjero, quienquiera que sea, por parte de hombres reacios a todo poder procedente del exterior. Es posible que se unieran a la población local algunos nobles visigodos, cuyo jefe pudiera haber sido Don Pelayo. A este se le atribuye la victoria de Covadonga de la que se sabe poca cosa, ni siquiera la fecha exacta. Del mismo modo,  los altos valles del Pirineo ofrecieron una oposición tenaz. En toda aquella zona, de oeste a este, empezó la que, andando el tiempo, acabó llamándose Reconquista.

  (…) Los hombres que, a partir del siglo VIII, iniciaron una lucha que iba a ser multisecular contra Al-Andalus se vieron a sí mismos como cristianos; no querían ser moros. Así se los consideraba desde fuera, desde más allá de los Pirineos. Dos centurias después  –en el siglo X—se les va a llamar y se van a llamar a sí mismos españoles, usando un vocablo que, por cierto, no es castellano, sino que  vendría del latín hispaniolu(m). A los que antes eran hispanos, los extranjeros empiezan a llamarles españoles. En el año 1100, en los territorios que quedaban fuera de Al-Andalus, vivían gallegos, leoneses, castellanos, aragoneses, catalanes, etc.; estos, poco a poco, fueron adquiriendo el hábito de llamarse españoles, palabra que no tarda en generalizarse.

La idea que se transmite, de forma algo confusa, es la de que no existe un esencial lazo de  cultura desde Roma y político desde el reino de Toledo, sino que la invasión árabe rompe decisivamente esa continuidad, la idea de Reconquista fue un concepto tardío, como el mismo nombre de españoles, la resistencia de Asturias y los montes pirenaicos entra en el mismo nivel que la opuesta a Roma y a los godos, y que los nuevos reinos son solo “cristianos”, y aparte de eso, los cristianos son solo gallegos,  no “habituándose” a llamarse “españoles” hasta el siglo X, en que se extiende la denominación, quizá desde Cataluña (la cual no existía entonces como tal). Y sugiere que la temprana retirada de los musulmanes de algunas zonas se debería simplemente al carácter inhóspito de ellas. De esta manera, siguiendo a Américo Castro, España va haciéndose a trompicones en esa época sin relación fundamental con Roma y con Toledo. Es difícil entender esta manía, cuando lo más evidente con respecto a la nación española es la continuidad cultural y una esencial continuidad política, aunque quebrada durante unos pocos años. Verdaderamente, las ideas de Castro combinadas con las marxistas pedestres al estilo del embrollo de Barbero y Vigil, no son una buena orientación.

La especulación sobre la palabra “españoles” y sus orígenes, tan cara a Américo Castro, simplemente carece de relevancia. Fuera cual fuere su origen, es una derivación del latín hispanus, que es como se llamaban antes los españoles. Suponer alguna clase de ruptura, es como pretender que hay una ruptura entre el español actual y el castellano de tiempos del Cid  porque este nos resulta difícil de entender hoy. En cuanto a la autoconsideración como cristianos por oposición al Islam, está clara su gran importancia, pero no lo está menos que también contaba la consideración de hispanos. Reinos cristianos había muchos por toda Europa, y la denominación de “cristianos” haría imposible distinguir a unos de otros. Y no bastaría para diferenciar a los que iban formándose en España con la idea explícita de recobrar el país. Tampoco tiene excesiva importancia cuándo apareció –por escrito— el término Reconquista. El hecho es que, por todo lo que sabemos, fue un proceso intencional desde muy pronto, y probablemente  desde el primer momento.  Cierto que hay cierta oscuridad sobre el origen mismo de la Reconquista, pero lo que se sabe basta, creo, para volver muy  improbables especulaciones como las que recoge Pérez. Hubo una resistencia que empezó en una parte de Asturias y que se extendió  casi inmediatamente hacia el oeste, hacia el este y hacia el sur, y que los árabes no pudieron impedir, pese a sus mucha mayor fuerza material y a sus constantes ofensivas. Por imperativo de las circunstancias,  la Reconquista empezó en una de las zonas menos romanizada y menos cristianizadas, pero, por lo que revela la evolución de los acontecimientos, lo bastante romanizada y cristianizada como para servir de base a la lucha por recobrar la perdida España.

De Nueva historia de España:

Parece que en las montañas del norte se habían refugiado algunos nobles godos y romanos, entre ellos Pelayo (…) La región, aún débilmente dominada por los mahometanos, había sido rebelde a los godos, pero debió de haber acuerdo entre los refugiados y grupos astures opuestos al Islam (…) El fondo real de los viejos relatos admite poca duda: en Covadonga saltó la chispa de una rebelión muy distinta de las viejas y oscuras revueltas tribales de montañeses, y de ella salió un reino independiente en la cercana Cangas de Onís, que pronto se amplió a Galicia, Cantabria y Vasconia. Este reino tomaría, inmediatamente o muy pronto, carácter cristiano y político como recobro de la España perdida contra los “moros”. La victoria de Pelayo, en una región débilmente romanizada y cristianizada, hubo de contar con una masa local que llegó a compartir el proyecto político y religioso de la Reconquista, pese a su antigua oposición a los godos.

  (…)  Las crónicas árabes conocidas, muy posteriores a las cristianas, desdeñan la acción y la explican como una derrota rebelde incompleta: “La situación de los musulmanes se hizo penosa, y al cabo despreciaron [a los de Pelayo] diciendo: “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?” Pero, admite melancólicamente el Ajbar Machmua, aquel desprecio les saldría caro, pues los insurgentes “se convertirían en un grave problema”. Pelayo expulsó el poder árabe de gran parte de Asturias con su ciudad más importante, la portuaria Gijón; y se atrajo la colaboración de grupos cántabros, vascones y gallegos. El nuevo reino también atrajo a numerosos cristianos que vivían bajo poder árabe (…) Pronto el foco de Asturias se había convertido en un peligro lo bastante grave para que los mahometanos abandonasen sus empresas ultrapirenaicas y concentraran sus energías dentro de la península, lo cual salvó a Francia y al resto de Europa de nuevas embestidas (después de la derrota de Poitiers)

     Es realmente muy forzada la hipótesis de que habría habido un corte entre el reino de Toledo y los comienzos de la Reconquista, pero, especulando sobre la escasez de la documentación que ha quedado de la época, a diversos historiadores les gusta jugar con tal improbable idea,  de tal modo que España y los españoles empezarían en el siglo X o algo por el estilo. Todos los datos y la lógica, excepto el deseo, según parece ardiente, de negar la continuidad de España, militan contra semejante hipótesis.     

 

Creado en presente y pasado | 87 Comentarios

Poder y desigualdad / A vueltas con el ahorro.

blog de gaceta.es: Genocidios y negacionismo / Feminismo y chorizos / César Vidal desbarra de nuevo: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/genocidios-y-negacionismo-feminismo-y-chorizos-cesar-vidal-desbarra-nuevo-201

*********************************+

Como he explicado, espero que no del todo erróneamente, en Nueva historia de España, el poder es connatural a la sociedad humana, de modo que resulta absurdo pensar en una sociedad sin poder: todos los intentos de abolirlo han conducido a reforzarlo  hasta los extremos más brutales. Y la raíz de esa necesidad del poder creo que se encuentra en la desigualdad de los seres humanos, nacida de la individuación. Por supuesto, todas las especies animales constan de individuos,  y en ellas, o en muchas de ellas, existen jerarquías, determinadas generalmente por la fuerza y la agresividad, expresión de cualidades genéticas superiores. En las sociedades animales amplias, como las hormigas o las abejas, no existe realmente un poder,  y es el instinto el que regula el comportamiento del grupo, como también, de otro modo, lo hace en los animales superiores.

Pero en el nivel humano las diferencias entre individuos son mucho más intensas, llegan fácilmente a la oposición y a la incompatibilidad, lo que impone, para hacer la vida social posible, un orden y unos individuos especializados en mantenerlo. Esa especialización es el poder, que se da, con diversas formas y con mayor o menor rigidez, en cualquier asociación, desde un club de montañeros a un partido o a la comunidad en general:  siempre hay, implícitas o explícitas, unas normas  o reglas de juego y alguien o álguienes encargados de hacerlas cumplir, lo que implica por otra parte un grado menor o mayor de violencia, explícita o implícita.

El poder, a su vez, tiende a hacerse despótico, y si algo caracteriza a la civilización eurooccidental, creo que en mayor medida que a otras, es el esfuerzo permanente por contrarrestar esa tendencia. Una de las bases de ese esfuerzo ha sido la separación entre el poder religioso, radicado en Roma, y el político, radicado en las naciones e imperios. Por lo que respecta a España, ello se manifiesta muy claramente en la evolución del poder en el reino hispanogodo, que merecería un buen estudio, por no hablar de la Escuela de Salamanca y similares: el poder debe obrar con “justicia”, una noción intuitivamente clara, pero muy complicada en la práctica y la teoría.

En el siglo XVIII y sobre todo el XIX, y hasta ahora, han surgido concepciones del poder basadas en la igualdad, con su consecuencia lógica de que, reinando la igualdad entre los seres humanos, el poder sobra porque no solo tiende al despotismo, sino que sería despótico por naturaleza y podría ser abolido si imperase la razón. No solo el anarquismo y el comunismo, con distintas variantes, han ido en ese sentido, sino algunas tendencias del liberalismo y del catolicismo (la “teología de la liberación”, por ejemplo). Pero fácilmente se entiende que esa razón imperante en pro de una igualdad sin poder no es otra cosa que una vuelta, por otra parte imposible,  al mundo instintivo. En realidad, el modelo sería la sociedad de las hormigas o de las abejas. Pero al ser imposible tal retroceso, la pretensión de abolir el poder conduce irremediablemente a su máxima expansión: es este quien define los comportamientos humanos  hasta los últimos detalles, a fin de liberar al hombre de la desigualdad: y la desigualdad se polariza al extremo: unos pocos gobiernan de manera absoluta a la masa general humana, reducida a una condición subhumana similar a la de los insectos sociales. Llegar ahí es naturalmente imposible mientras exista el ser humano tal como lo conocemos, y cabría pensar que solo mediante una extrema violencia podría implantarse un régimen parecido. Pero ya Tocqueville intuyó genialmente que el método igualador podría ser diferente, incluso guardando las formas exteriores de la democracia.

***********************

Dice un lector que debería especificar quién es cada pastor de Porriño. La verdad es que también yo me he embrollado a veces con sus nombres e ideas, así que veré de ir al comienzo de la serie para ir situándolos. Ruego un poco de paciencia.

FABRICIO.- ¡Rediez, la misma historia lo del ahorro! ¡Y con qué desprecio habla el gachó, como si él me hubiera desmentido en lo más mínimo! Si tú ahorras, cretino Mauricio,  dejas de consumir algo que existe, y por tanto estás perjudicando al que lo ha producido. En otras palabras, el dinero que tú retienes en lugar de gastarlo, lo pierde el productor de la mercancía ahorrada.

MAURICIO.- ¡Ah, desdichado Fabricio! ¡No te enteras de la fiesta! ¡Olvidas el factor tiempo, tan fundamental en la vida humana y hasta en la inhumana! El ahorro es más bien un aplazamiento del gasto, el gasto se efectúa poco a poco mientras se producen otros bienes, unos que se gastan enseguida y otros paulatinamente, como bienes de capital que producen nuevos bienes de consumo, y así sucesivamente.

FABRICIO.- No olvido nada, agudo Mauricio. El tiempo hay que medirlo, y si tomamos un año por referencia, afirmo que lo que se produce en ese año debe ser consumido, o al menos comprado, a fin de que la economía funcione como es debido. Claro está, nunca la producción es exactamente igual al consumo, pero si una u otro divergen demasiado, entramos en crisis. Por tanto, ¿qué significa el ahorro? Que durante ese año yo dejo de consumir una parte de lo producido y ocasionando con ello pérdidas al productor. Si esa conducta se generalizase, da por seguro que la producción se restringiría enormemente, con pésimas consecuencias: muchas personas se encontrarían con dinero, pero sin posibilidad de comprar gran cosa por él,  y seguramente los precios de esa escasa producción subirían mucho, porque de otro modo los productores se arruinarían. Eso puede ocurrir un año, y al año siguiente enmendarse el error o empeorar, cualquiera sabe. Como ves, tengo el tiempo muy en cuenta. El ahorro es un contrasentido.

MAURICIO.- ¡Pero Fabricio, hombre de Dios o del demonio! ¡Ahorrar es simplemente abstenerse de una mala inversión, de un mal gasto, con el fin de hacerlo un tiempo después en mejores condiciones y con mejores expectativas.

SALICIO.- ¡Ah, Mauricio, qué cosas dices! Todos queremos hacer las mejores inversiones, gastar en cosas que nos aprovechen o incluso aumenten nuestra riqueza. Y sin embargo, ¿qué garantía tenemos de acertar? ¿Debo yo comprar una nueva zambomba?…

PATRICIO.- ¡No debes en lo más mínimo, Salicio, sería tu perdición! Recuerda que cuando tu amada Amarilis te hizo el favor de romperte el instrumento… me refiero al instrumento musical… tu ganado volvió a pacer y a engordar como es debido, y tus ingresos, a pesar de la crisis, han mejorado, por más que no todo lo que  mereces.

FABRICIO.- Tiene ahí toda la razón Patricio: lo de la zambomba sería una pésima inversión o gasto, como prefieras llamarlo, que ya he demostrado que es lo mismo. Volver a acompañar con la zambomba tus tiernos y sentidos lamentos, que tanto distraían a tu rebaño de su obligación de pacer para estar gordos y rendirte pingües ganancias, te arruinaría.

FELICIO.- Míralo así, Salicio: has perdido tu inversión en amor  pero has ganado en capital. Después de todo, ¿qué es el amor? Una pura ilusión mientras no se transforma en  dinero contante y sonante. De ahí que nuestros distinguidos políticos estén tan ejemplarmente empeñados en utilizar económica y racionalmente ese recurso, hoy por hoy tristemente  desperdiciado, y convertir nuestra privilegiada comarca en Sexópolis.

SIMPLICIO.- Sexycity, Patricio, o Sexcity, o Citisex, no recuerdo muy bien cómo lo dijo el alcalde. Hay que adaptarse a un mundo en que el inglés lo decidirá todo. ¡Sexo, juego, delincuencia e inglés!, he aquí el futuro, y al que le pique, que se rasque. Yo ya estoy estudiando inglés todos los días durante un par de horas con un profesor de Londres: “De rain in Espain estais mainli in de plain” ¿Qué os parece?

MAURICIO.- Muy bien, Simplicio, vas progresando, aunque a mí me suena esa pronunciación como a propia de las clases bajas.

FABRICIO.-  Yo comparo el amor a unos grandes bosques que están ahí simplemente para embellecer el paisaje, sin que nadie les saque provecho, hasta que alguien, como diría Ayn Rand, tiene la luminosa e individual idea de explotarlos para hacer fuego, para calentarse, para hacer casas y salir de las cavernas… Claro que el pobre que tuvo esa idea la pagó con la vida, porque los cavernícolas, en su miseria comunitarista, rechazaron el progreso. Pero  a la larga fue un beneficio para la humanidad.

PICIO.- Para la humanidad sería, mas no para él. Y como individuo ¿qué diablos podía importarle la humanidad? Después de todo, él, asesinado,  iba a pudrirse en un hoyo, los gusanos le comerían, y ni siquiera podría ver cómo los demás se beneficiaban de su iniciativa y descubrimiento. Es más, si lo viese, se revolvería en su tumba: los muy cabrones, encima de machacarle a pedradas y palos,  se aprovechaban de su descubrimiento. Eso sí que debió de ser triste. Como si alguien te brea a hostias, te mea encima  y cuando estás hecho polvo en el suelo, se cepilla a tu mujer en tu presencia. Ya me contarás la gracia. Como decía el sabio, “¡para eso, que inventen ellos!”.

MAURICIO.- Dejémonos de digresiones, mis buenos camaradas y volvamos al asunto. Os digo: el gasto y el ahorro son dos caras de la misma moneda. Gastas un dinero y ahorras otro, y con lo que ahorras facilitas que otros produzcan más y consuman más. Es una rueda eterna. Además, ¿qué pasa si uno gasta todo lo que gana en un año? Que se queda sin recursos para el año siguiente.

FABRICIO.- Veo, buen Mauricio, que por una parte me das la razón mientras  finges lo contrario. Así no hay ahorro, porque lo que supuestamente ahorras lo gastas en definitiva. Además, aunque gastes todo lo de un año, sigues produciendo y pudiendo gastar, ¿o dejas de trabajar de un año para otro? Mas admito que mi esquema de producción y consumo pudiera resultar algo insuficiente. Está por medio, como sabemos, el dinero. Generalmente se toma al dinero por un medio de cambio y depósito de valor. Parece muy evidente, pero yo sostengo que es además un instrumento de producción como puede serlo una máquina o los brazos humanos.

********************************

****Basagoiti pide a Rajoy que se vete en la UE a las regiones que se independicen. Este Basagoiti, antifranquista de pega, nunca fue más que un majadero. Si está presto a resignarse a la enormidad que supondría la  secesión de las Vascongadas, ¿cómo no iba a resignarse a algo muchísimo menos importante como es su ingreso en la UE? Pero hay más, como hemos visto en relación con la reclamación de Gibraltar por Margallo, quien al mismo tiempo habla de disolver a España como nación independiente, lo mismo que la plana mayor del PP. Con necios como el Basa, los separatistas lo tendrán siempre fácil. Lo han tenido casi siempre fácil, porque él es un modelo de politicastro español desde hace bastantes años. El gran problema no ha sido la ETA ni los separatistas, sino esa gente . 

Creado en presente y pasado | 130 Comentarios