Una hora con la Historia”: La primacía intelectual de Europa, que durante siglos había correspondido a Francia-Borgoña aliada con el papado, pasó en el siglo XV a Italia. España se había beneficiado culturalmente de la influencia francesa-papal, aunque esta había llevado consigo importantes costes políticos y culturales. Por el contrario, la influencia italiana no tendría esos costes para España: https://www.youtube.com/watch?v=6kim3WmG_cg

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En el mito del Paraíso, Dios avisa a Adán que morirá sin remedio si come de la fruta del árbol de la ciencia del bien y del mal. La implicación, muy dudosa, es que Adán habría sido creado inmortal. Creo que la interpretación adecuada es que aquella fruta lo haría consciente de la muerte. Suponemos que los animales no tienen tal consciencia: la muerte les llega simplemente a su hora, pero está ausente de sus vidas. En cambio la consciencia hace de la muerte un acompañamiento permanente de la vida humana, y forzosamente influye en ella.
Los animales sienten terror ante la muerte, cuando esta se les presenta, sobre todo en forma violenta, pues el instinto les aferra a la vida. Ese terror instintivo afecta también al hombre, pero en él se complica con su permanencia sorda que reduce a polvo todos los valores, las alegrías y las penas que conforman su vida. Como observa el Eclesiastés, el destino final de las bestias y de los hombres es el mismo, y el mismo el de los buenos y los malos, de los inteligentes y los torpes, los laboriosos y los parásitos, los afortunados y los desdichados, los magnates y los parias. Esta igualación cuestiona el valor de la vida. Sitúa ante un misterio radical a la psique, que carece de medios para entenderlo al modo como, mejor o peor, se entiende a sí misma y entiende el mundo en sus luchas y trabajos cotidianos. Y por ello, para evitar esa fuerza destructiva, la consciencia de la muerte exige algún modo de reacción. En algunos, ese modo consiste en desafiar a la muerte arriesgándose a ella deliberadamente; otros buscan huir de ella mediante la diversión o el entretenimiento en grado obsesivo, actitud tan difundida en nuestra cultura actual; también el trabajo o el cuidado absorbente de las exigencias cotidianas ahuyentan los “malos pensamientos” angustiosos, y lo mismo el alcohol o las drogas. Sin embargo estas salidas no son determinantes. El ser humano, sumido en incertidumbres, precisa alguna certeza que contrarreste la de la muerte y le proporcione cierta serenidad. De ese horror angustioso nace probablemente la religiosidad que le ofrece consuelo dando a su vida un sentido por medio de analogías, es decir, por medio del mito.
El mito contempla el mundo, la superficie terrestre donde actúan los humanos entre las profundidades oscuras e inescrutables, puramente materiales, del subsuelo, adonde irán a parar los muertos, y la bóveda celeste, con sus movimientos regulares y eternos en contraste con los inciertos avatares, a menudo terribles, de la vida. El subsuelo sugiere la muerte, mientras que la calma imperturbable de la bóveda celeste anima la esperanza en un sentido final por encima del “ruido y la furia”. El sol ilumina y fecunda la tierra, viene a ser el espíritu absoluto en contraste con la materia absoluta del subsuelo. La alternancia del día y la noche cabe entenderse como analogía de la vida y la muerte. Pero la muerte, contemplada desde el firmamento, sugiere una visión muy distinta que la del subsuelo. El hombre siente que, por lejanos e inasequibles que sean los astros, influyen sobre su vida gobernándola y dándole una dimensión más allá de las estrechas y a menudo sórdidas o caóticas circunstancias terrenas
Asimismo, la consciencia de la muerte impone contemplar la vida personal como un conjunto, y no solo como una sucesión inconexa de sucesos al modo de los animales. Lo que plantea la cuestión ética: ¿cómo debo comportarme, qué debo hacer en la vida que se me ha dado, que me ha dado alguna fuerza o ente distinto de mí y evidentemente superior a mí? Esa contemplación puede provocar en la psique una sensación de absurdo, de ruido y de furia o de tedio y estupidez, que el mito debe remediar para salvar la estabilidad psíquica. Y lo hace mediante los relatos de héroes o personajes que concentran en sí mismos de modo especialmente intenso las luchas y dificultades de la existencia bajo los cielos. Relatos en los que todos los hombres pueden verse representados sin saber por qué.
Según Spinoza El hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación sobre la muerte, sino sobre la vida. Unamuno se asombraba de una frase semejante. En la meditación sobre la vida está presente siempre la esfinge de la muerte, que nos mira con sonrisa enigmática, acaso burlona. Por lo demás, como ha advertido L. Shestof, el “hombre” de Spinoza es cualquier cosa menos libre, según observaremos.
La consciencia de la muerte está relacionada con otro misterio, el del tiempo. Miramos una foto de alguien fallecido hace cien años y percibimos el hecho indudable de que ya no está aquí, de que ya no pertenece a la realidad. Pero fijémonos en una foto de nosotros mismos cuando éramos pequeños, o jóvenes, o de ayer mismo: ya retrata una realidad tan muerta como la de hace cien años: el niño ha desaparecido, el joven ha desaparecido, el ayer ya no existe. El tiempo va “matando” a cada instante lo que percibimos y entendemos como realidad. ¿Y de qué modo lo “mata”, lo hace desaparecer? ¿Lo absorbe, lo disuelve, l0 envía a otro lugar…? Habría que encontrar la palabra apropiada para esa acción que sin pausa vuelve irreal lo real y crea realidades nuevas con el mismo destino.
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Saliendo al paso.
