*RT Es precisa una gran campaña “#YoDefiendoaFranco” porque
-venció a comunistas, separatistas y golpistas
-Nos evitó la guerra mundial -Su oposición no fue democrática. Fue comunista y terrorista
-Dejó un país próspero y reconciliado
*Impedir la profanación de la tumba de Franco es una batalla del máximo alcance político-estratégico. Y cultural. Hay que librarla necesariamente y ganarla.
*Rajoy no fue en absoluto cobardón. Obró de acuerdo con sus ideas o falta de ellas. Los cobardones o algo peor son quienes le siguieron votando y seguirán votando al PP.
*No hubo “presos republicanos” en el Valle de los Caídos. Eran presos del Frente Popular acusados de crímenes graves y a quienes se daba la oportunidad de redimir penas: hasta seis días de pena por día trabajado. Y fueron pocos, unos centenares, y voluntarios
*Periodistas, intelectuales y universitarios, callados como p. ante el plan de Sánchez de mutilar las libertades de opinión, expresión e investigación so pretexto de “apología del franquismo”. Apenas tienen conciencia democrática.
*Gibraltar es mucho más que una colonia que invade nuestro territorio. Es el retrato de toda una clase política española corrupta y abyecta, vendida a los intereses del país invasor
*Decía Alfonso Guerra que había que hacer el juicio político al franquismo. Es como si unos violadores quisieran procesar a unas mujeres que no se habían dejado violar.
*No solo el castellano es propio de Cataluña, es que es allí la lengua más hablada y la de mayor bagaje cultural con inmensa diferencia. Además de ser el español común que permite entendernos a todos los españoles. El catalán es solo lengua regional y poco útil
*España no es realmente independiente, está satelizada y sin política exterior propia: Gibraltar es su realidad y su símbolo. Finada la amenaza soviética, España debe reconquistar su independencia volviendo a la neutralidad. Lo que exige eliminar a la actual clase política
*El español es el idioma que nos une y nos hace fuertes
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El “europeísmo” español de la época, basado en un desprecio “de gárrulos sofistas” a España y una admiración simplona e ignorante hacia Francia o Inglaterra (en mucha menor medida a Alemania), debió haber sufrido una dura sacudida con la I Guerra Mundial: ¿cómo aquellos países tan civilizados y prósperos entraban en un conflicto tan brutal y sangriento? El suceso debió haber movido en España a cierta reflexión, que sin embargo no se produjo. Simplemente intelectuales y políticos se dividieron entre aliadófilos y germanófilos, mucho más abundantes los primeros, que contendieron a su vez entre sí, afortunadamente en el terreno de la pura palabrería. Y el espíritu europeísta permaneció incólume en su mezcla de desprecio e ignorancia. Pero el sentimiento popular muy mayoritario rechazaba entrar en una guerra donde no cabría a los españoles –como pasó a los portugueses– otra suerte que la de oficiar de carne de cañón para los aliados francoingleses. El maniobrero Romanones estuvo a punto de romper la neutralidad aprovechando un descanso parlamentario, pero por suerte lo impidieron otros, en particular Alcalá-Zamora, según recuerda este en sus memorias. El PSOE también adoptó su propia actitud, aunque por entonces su influencia política era prácticamente nula.
La posición inicial del PSOE fue la condena de la “guerra imperialista”, una política prevista por la II Internacional para caso de tales conflictos. Importa señalar que las proclamas liberales afirmaban que una nueva guerra europea era imposible, pues los posibles contendientes eran a su vez liberales y, de manera menos idealista, porque el comercio entre unos y otros países era tan intenso y los capitales industriales y financieros estaban tan entrelazados que nadie sacaría ventaja económica de un conflicto tal. La tendencia era a una internacionalización creciente del capital y la cultura, hasta la disolución pacífica de las naciones en un futuro no muy lejano, por la propia marcha de la economía y sus intereses. Este análisis no era compartido por los marxistas, que en este caso demostraron tener razón, aunque por motivos equivocados. Según los socialistas, la concentración y entrelazamiento de capitales conducía a una lucha imperialista cada vez más intensa por los mercados y por la explotación de las colonias, por lo que una guerra entre grupos económicos disfrazados de intereses nacionales o imperiales, era perfectamente previsible. Por lo tanto, estaba previsto que en tal eventualidad el internacionalismo proletario se manifestase en un pacifismo de las masas que paralizase los impulsos bélicos del gran capital.
Lo que ocurrió, sin embargo, fue algo muy distinto de las teorías. El liberalismo no impidió el choque bélico (lo favoreció, según sus adversarios), y el internacionalismo proletario, que nunca había existido entre las masas, resultó que tampoco existía entre sus predicadores, de modo que los partidos marxistas de cada país votaron los créditos de guerra a favor de sus respectivos países, alineándose con los tiburones de las finanzas que según ellos mismos solo pensaban derramar sangre proletaria por sus ganancias económicas. Quedaron, no obstante, pequeños sectores marxistas fieles a sus viejas versiones, entre los que descollaban los bolcheviques rusos de Lenin, cuya consigna era convertir la guerra imperialista en guerra civil dentro de cada país, para imponer por fin la revolución de Marx. Lenin encabezaba el sector socialista que condenaba la traición de aquellos partidos, producto de su “revisionismo”. El revisionismo contaminaba la doctrina revolucionaria con “ilusiones liberales” de una lucha de clases pacífica. Aquella guerra estuvo llena de paradojas: las potencias liberales chocaron brutalmente entre sí, los partidos proletarios apoyaron a sus explotadores, y Lenin terminaría triunfando en Rusia gracias a Alemania, por entonces la mayor enemiga del comunismo.
El PSOE no se diferenció de otros partidos marxistas: una pequeña minoría persistió en su condena de la “guerra imperialista”, pero la mayoría tomó partido resueltamente por los Aliados y frente a Alemania y Austria-Hungría. La toma de postura se ha explicado con la idea de que los aliados eran más democráticos y favorecerían más al movimiento obrero. Cosa difícil de sostener en la realidad: era Alemania el país de Europa con un movimiento socialista más potente, organizado e influyente tanto en el país como en Europa; y donde existía el sufragio universal, al revés que en Inglaterra. Y el imperio colonial alemán era poca cosa comparado con los de Francia o Inglaterra. El órgano del partido El socialista, hacía retórica condenando el mundo viejo de la tradición, la barbarie y el odio, es decir, a las potencias centrales; y aclamando el mundo nuevo de la igualdad, la libertad, la civilización y los derechos, representado supuestamente por Francia e Inglaterra. Según la postura oficial, todos eran imperialistas, pero Francia e Inglaterra estaban “mucho menos tocados de imperialismo”. La posición aliadófila llegó a tanto que la revolución de Lenin en Rusia fue acogida con hostilidad. En particular fue considerado una traición el tratado de Brest-Litovsk, que dejaba a los alemanes las manos libres en el frente oriental para concentrarse en el occidental, aunque la ocasión llegaría tarde.
El nivel de los debates en el partido era reconocidamente flojo, tradición que ya no se abandonaría. La postura aliadófila fue defendida especialmente por Luis Araquistáin, un intelectual que ya destacaba en el partido. Explicó que sí, todos eran imperialistas, pero los más culpables eran los alemanes por “haber roto el orden y el derecho en que se basaba el equilibrio europeo”. Quizá ayude a entender esta interpretación el dato de que Araquistáin dirigía desde 1915 la revista España, mantenida con dinero inglés (Gibraltar), datos ambos, título y subvención indicativas de una realidad profunda. Seguramente no sería el único intelectual o político en condiciones semejantes. Araquistáin terminaría volviéndose muy partidario de una revolución de estilo bolchevique, para volver finalmente, ya en el exilio, a una posición anglófila.
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En Paul Diel es central la noción del misterio, entendido como el límite a la competencia del espíritu o de la razón humana. Ese límite es sentido de manera profunda, realmente es un sentimiento aunque se le intelectualice (en vano) con palabras y el intento de explicarlo (“un misterio explicado ni es misterio ni es explicado”). Ese sentimiento provoca el “pavor sagrado”, raíz de la religiosidad y con ello de las culturas.
Cómo “algo” que rebasa nuestras capacidades puede fundamentar la cultura, es decir, las acciones, ideas y conductas, es algo que requiere explicación. Pero en primer lugar hay que entender la diferencia entre lo que el ser humano puede explicar y que le sirve, mejor o peor, para mantenerse en la vida, y lo que es radicalmente inexplicable para él. La capacidad humana de conocer y entender no parece tener límite, lo que en sí mismo es un misterio: nunca se agota la investigación ni las versiones posibles. Podemos entender hasta cierto punto lo que existe, al menos en sentido práctico para vivir, pero la razón de que exista el mundo, existamos nosotros, nos llegue la muerte, etc., es algo que supera las capacidades con que el misterio nos ha obsequiado.


