Cualquiera que eche un vistazo a su propia vida encontrará en ella una mezcla inextricable de deseos y esfuerzos, de logros, fracasos e imponderables. Normalmente tendemos a destacar aquellos aspectos en los que, al menos aparentemente, ha desempeñado el yo un papel principal, en forma de voluntad, cálculo y esfuerzos relativos al ambiente siempre problemático en que ha vivido. Pero sin duda tienen muchísimo más peso los imponderables, los azares, a los cuales suele haber pocas referencias en las memorias y autobiografías.
Para empezar, el ambiente –familiar, social, histórico—en que nos desenvolvemos no tiene nada que ver con la voluntad o el deseo en que se manifiesta el yo. Tampoco depende de él la concepción a la familia, ni la época o el nivel social o la lengua en que nace cada uno. Hay una diferencia menor entre la familia en que nace y se forma el yo, y la familia que el yo puede llegar a formar: en los dos casos influye algo, pero no mucho. La formación de una familia depende de la decisión del yo, pero solo muy limitadamente. La idea de la familia es generalmente la de la sociedad, no la del yo, y el encuentro con la persona del otro sexo con la que se forma una familia, debe mucho a la simple casualidad: de las mil mujeres u hombres que pueden en principio solo llegará el encuentro (no me refiero al encuentro meramente sexual) con una o uno, y no necesariamente como una decisión clara de ambos y con grandes posibilidades de que la elección no haya sido adecuada, porque el yo nunca conoce del todo a otros yoes y en definitiva, tampoco a sí mismo. Igualmente los hijos que tengan dependerá más de azares que de la decisión de ambos yoes: se puede desear tener tres hijos, pero no los hijos concretos que salgan. Una cadena sin fin, en la que el yo, es decir, el individuo, tiene un campo de decisión muy limitado.
Así ocurre con los sucesos clave en la propia biografía: un encuentro casual puede modificar la trayectoria de cada individuo, y de hecho así ocurre casi siempre en las decisiones fundamentales. A veces los efectos del encuentro dependen más que del carácter general de los individuos, de circunstancias fortuitas como un momento de malhumor o de esas frecuentes antipatías sin razón aparente. La profesión puede venir indicada por presiones externas (familiares, etc.) como solía ocurrir en el pasado; pero incluso disponiendo de un largo período de enseñanza que amplía los horizontes y opciones, la elección surge a menudo de imponderables, o de ilusiones que pueden demostrarse falsas, como ocurre en la elección matrimonial o cualquiera otra.
Dicho de otro modo, las biografías están rodeadas de incertidumbre. Solo la muerte es segura, pero no sabemos cómo ni cuándo se producirá, salvo en los casos de suicidio, generalmente inducidos por problemas de carácter o de depresión no decididos por el individuo. Es en medio de esa incertidumbre donde actúan los deseos y voluntades, que buscan siempre el éxito y a menudo terminan en fracaso. Pero ¿qué es el éxito o el fracaso? Llamamos éxito al alcance de un objetivo de acuerdo con nuestras intenciones y esfuerzos (a veces sin esfuerzo por pura casualidad); y fracaso a su frustración. Pero no raramente un éxito resulta desproporcionado con el esfuerzo requerido, o causa insatisfacción por otras causas, o genera consecuencias posteriores malignas. Y a veces un fracaso resulta “una suerte” de acuerdo con esa incertidumbre.
Además, la vida de cada uno se desenvuelve en un ambiente social conflictivo, en el que los logros de unos significan a menudo fracasos de otros, en que el bien de unos es el mal de otros. Y, por lo demás, los hechos se encadenan, de manera que solo podemos prever en un plazo o ámbito reducido las consecuencias de una decisión. Si Hitler hubiera sido admitido como pintor en la Academia de Bellas Artes de Viena, que juzgó su talento más adecuado para la arquitectura, quizá no hubiera estallado la II Guerra Mundial, al menos tal como la conocemos. No recuerdo qué pintor se confesó causante involuntario de dicha guerra al haber sido preferido sobre Hitler. Es un chiste, pero tiene un significado profundo.
Pese a todo existe un elemento de certidumbre relativa, que permite hacer cálculos y puede dar a los esfuerzos impuestos por la vida un sentido parcial, relacionado con nuestras aspiraciones. Debe admitirse, con todo, que esas aspiraciones tampoco se deben del todo a nosotros mismos, sino que vienen implícitas en el temperamento, las condiciones genéticas y las experiencias vividas, que unas veces provocamos y otras nos vienen dadas. La vida humana, más allá de las experiencias más concretas y habituales, y solo hasta cierto punto, es, por su propia naturaleza, un secreto para quienes la viven. Un secreto impenetrable.
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Seminario, en abril, sobre Gibraltar:
Título general del seminario: “Gibraltar, problema acuciante”
Día 6 ” La victoria diplomática de España sobre Inglaterra en la ONU”, por José María Carrascal
Día 13: ”La apertura de la verja por el PSOE y sus consecuencias” por Guillermo Rocafort
Día 20: “Evolución de un problema decisivo hasta la guerra civil” por Salvador Fontenla
Día 27: “La situación actual y sus opciones”, por Pío Moa.