Por qué la guerra civil sigue siendo actual, como una pesadilla

**Próximo sábado,  9,30 de la noche en Radio Inter, llevaré un nuevo programa Una hora con la Historia, con Kiko Méndez Monasterio. En 918 Onda Media y 93,5 FM (Madrid)

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Pasemos entonces al segundo libro que ha publicado ud hace meses, La guerra civil y la democracia.  Ese sí lo he leído. He sacado la conclusión de que se trata de un ensayo contra la democracia, y creo que otros opinarán lo mismo.

 No, mire, todos hablan de democracia y se dicen demócratas, sean los comunistas o comunistoides de Podemos, los etarras, el PSOE o el PP. En realidad, en España no existe un pensamiento democrático ni en la izquierda ni en la derecha, por lo que se ha convertido en una palabra mágica utilizada arbitrariamente…

  Es evidente, pero la democracia, aparte de quien o como use la palabra, tiene un valor, un significado objetivo.

 Cierto, siempre que no creamos que significa lo que etimológicamente indica, es decir, “poder del pueblo” o “gobierno del pueblo”. Pero antes quiero hablar de la guerra civil, porque, ahí hay un problema muy relacionado con la democracia. Según versiones muy extendidas, entonces contendieron unas formas democráticas, las del Frente Popular, con otras fascistas o reaccionarias o en cualquier caso antidemocráticas. Esto, ya lo he demostrado, es radicalmente falso, y no voy ahora a insistir en ello: basta ver la composición de los partidos contrarios a los nacionales para comprobar que no había uno solo democrático, que lo eran menos que los nacionales.  Pero la cuestión es esta: durante décadas, empezando ya antes de la transición, la idea que se impuso en España masivamente fue la que he dicho, una lucha entre demócratas y fascistas. Los principales divulgadores de esa versión han sido los comunistas y marxistas en general, y con eso está dicho todo. Sin embargo esa versión se impuso no solo en la universidad, sino en los medios de difusión y en las Cortes, cuando la derecha fue asumiendo en el Congreso las exigencias izquierdistas, bendiciendo a las Brigadas Internacionales, que fueron una especie de ejército particular de Stalin, o condenando el alzamiento de julio del 36, o finalmente la ley de memoria histórica, que por si misma es totalitaria y en el detalle una apología de los chekistas y asesinos de izquierdas, a quienes valora como “víctimas” y “luchadores por la libertad”. Esta sarta de barbaridades  ha  sido posible por la extrema debilidad intelectual de la derecha, que no ha sabido restablecer la verdad, o lo ha hecho mal, y finalmente ha colaborado en la falsificación de la historia. Esa debilidad vuelve también sumamente cobarde a esa derecha. Moralmente muy cobarde.

  Admitirá ud que si la derecha ha aceptado las versiones de la izquierda ha de ser por algo. Quizá porque la izquierda tenía más datos y argumentos.

 Por supuesto, así ha sido. Los datos y argumentos de la izquierda son casi siempre falsedades o falacias, pero la derecha era incapaz de distinguirlos. Un ejemplo: la ofensiva para destruir o cambiar de signo el Valle de los Caídos comenzó con el invento de que lo habían construido veinte mil presos republicanos. Basta un poco de sentido común para darse cuenta de que eso es un disparate, pero el monárquico ABC, principal periódico de la derecha por entonces, lo reprodujo tal cual, lo mismo la televisión, etc. Aparte del elemento de ignorancia, porque la derecha española es sorprendentemente ignorante… no sé si ya le dije lo de Fernández de la Mora, quejándose de que la derecha no leía… y por derecha se refería a los políticos y periodistas en primer lugar… Bueno, la derecha es también muy oportunista, tiende a creer que la historia empieza ahora y que “hay que mirar al futuro”. Eso significa no aprender nada. Puro oportunismo de ocasión. Es además una derecha  poco inteligente. La izquierda es mucho más inteligente: comprende muy bien el valor político actual que puede tener una versión de la historia y ha sacado enormes rentas políticas de su “Himalaya de falsedades” como lo calificaba Besteiro. Con esto se ha llegado a una verdadera degradación social: izquierdas y separatistas imponen su versión del pasado, y la derecha pretende privar a los españoles de su historia con el pretexto ese de “mirar al futuro”. Un futuro que nunca se deja ver, por mucho que se le mire, a no ser que crean en las pitonisas, que tampoco me extrañaría. La guerra civil sigue siendo actual porque no ha sido asumida sino falsificada o tergiversada radicalmente, y por eso permanece como una especie de pesadilla sobre la convivencia española.

  Ud afirma que en la guerra ganaron “los buenos”, pese a que no eran demócratas.

 Si lo quiere decir así… La guerra se planteó como una lucha entre los que querían disgregar a España o eran indiferentes ante ello, los que querían implantar una revolución de tipo más o menos comunista, los que querían exterminar a la Iglesia y cultura católica… y los contrarios, que querían mantener la unidad de España, la religión y la cultura cristiana, la propiedad privada, etc. ¿Quiénes eran los buenos? Depende de con quienes se alinee usted. Y es cierto que no eran demócratas los ganadores, por lo que la democracia no desempeñó el menor papel en la contienda. Es decir, desempeñó un papel engañoso, propagandístico, por parte de los perdedores, que para llevar adelante sus designios tuvieron que destruir la legalidad republicana. Ellos mismos habían implantado la legalidad republicana, que era democrática a medias, y que por eso mismo les suponía un obstáculo a sus fines revolucionarios o disgregadores. Por eso asaltaron violentamente la república en octubre de 1934. Fracasaron, y en febrero de 1936, aprovechando la debilidad política y el miedo de la derecha, se impusieron mediante unas elecciones fraudulentas, a continuación de las cuales ya destruyeron sistemáticamente la legalidad, lo que esta tenía de democrática. Pese a ello se les sigue llamando “republicanos” con el mayor desparpajo. Por entonces eran menos hipócritas que ahora y ellos mismos solían autodenominarese “rojos”. La rebelión de los nacionales no se produjo contra una democracia inexistente, sino porque la democracia había sido destruida. Ahora bien, entonces ya era imposible volver a un régimen democrático o crear otro más puro que la república. Era imposible porque una democracia no puede funcionar cuando varios de los principales partidos están dispuestos a asaltar el poder y entienden la democracia como su propio poder ilimitado. Una democracia no funciona en un país cargado de odios políticos y de miseria, que es lo que trajo la república y sobre todo el Frente Popular. Pero por lo visto hay una resistencia encarnizada a la evidencia.

  Veo una contradicción entre su afirmación de que la derecha es inane intelectualmente y cobarde moralmente, y la pretensión de que en la guerra civil fue capaz de sublevarse, y en condiciones muy penosas  contra una tiranía, según usted, y para defender una cultura .

Bien, no siempre fue tan cobarde ni tan inane como ahora, eso está claro. Pero  antes de seguir con ese tema déjeme ahora rebatir su implicación de que los buenos solo pueden ser demócratas. Para mí, la defensa de la nación, de la cultura cristiana, que es la raíz de Europa, de la propiedad privada, etc., son valores esenciales y previos a la democracia. Con haber derrotado a sus contrarios en unas condiciones extremas, los vencedores, Franco, ya se justifican históricamente. Y se justifican mucho más porque dejaron un país más próspero que nunca, más reconciliado que nunca, en que los irreconciliables, separatistas, terroristas, etc., eran muy pocos.  Si luego fue posible una democracia fue por las condiciones sociales, económicas y políticas creadas por los vencedores, de ninguna manera la crearon de la nada unos políticos de tan poco fuste como los que gobernaron la transición, o los socialistas, que ni siquiera hicieron oposición real a Franco; no digamos los separatistas que por entonces querían engañar presentándose solo como autonomistas… Precisamente toda esa gente, que se dice demócrata,  ha sembrado el país de corrupción, ha practicado un terrorismo y un infame apoyo al terrorismo, se ha empeñado en recuperar los odios de la república, ha premiado política y económicamente los asesinatos de la ETA, la ha rescatado de la ruina a que la habían llevado Aznar y Mayor Oreja, pretende imponer desde el poder su versión de la historia… Pero ¿qué clase de demócratas son esos? Son los herederos de aquel Frente Popular, y es preciso frenarlos. Una de las maneras principales de hacerlo es precisamente establecer la verdad histórica, y en esa tarea estoy, a esa tarea responde La guerra civil y los problemas de la democracia en España. Por cierto que nos solo en España. Porque aunque la verdad absoluta resulte inalcanzable, hay aproximaciones a ella y alejamiento de ella. Y desde hace décadas el alejamiento ha sido escandaloso. Y sus consecuencias políticas las palpamos a diario.

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Liberalismo (VIII) Función del estado liberal

Hemos visto que el libre mercado nunca ha existido, salvo quizá en situaciones muy primitivas. Lo que ha existido y existe es un mercado intervenido por el estado en mayor o menor medida, y esta “mayor o menor medida” es la cuestión real.  Sabemos que un mercado muy intervenido suele ser también muy ineficiente, pero un mercado poco intervenido no tiene necesariamente los excelentes efectos que afirma la teoría. He puesto dos ejemplos históricos: las guerras del opio y la hambruna irlandesa, aunque otro rasgo de las ideologías es hacer caso omiso de experiencias que las cuestionan, o retorcer los hechos para hacerlos encajar en la teoría.

   Por otra parte, con respecto al mercado hay en el propio liberalismo diversas escuelas, desde la anarcocapitalista, que considera al estado un parásito abusivo e innecesario en las relaciones entre adultos libres; hasta la socialdemócrata, que destaca el papel del estado para combatir desigualdades, pero admite el mercado, el estado de derecho, etc; pasando por los que, con distinta intensidad, ven en el estado algo así como un mal inevitable que debiera reducirse al mínimo.

   Por lo tanto, podemos observar la idea liberal del estado. Esta parte de la idea de un  “estado de naturaleza” y un “contrato social”. Se trata de dos construcciones racionalistas para intentar explicar la realidad. Pero el estado de naturaleza y el contrato consiguiente no han existido jamás: se trata de un doble mito, o más propiamente seudomito. Podría pensarse que en realidad no tiene importancia, porque carece de consecuencias prácticas,  pero ya es suficientemente indicativo que de él, de esa premisa, extraigan Hobbes y Locke conclusiones opuestas. Para el primero, el “contrato” supone prácticamente la aceptación de un estado totalitario, mientras que el segundo limita el papel del estado a la protección de la vida y la propiedad.

   Además, el seudomito choca con la concepción tradicional cristiana, según la cual el hombre es sociable por naturaleza y el “contrato”, por llamarlo así, obedece a una “ley y derechos naturales” y no puede ser cambiado sustancialmente. Tampoco en Hobbes podría ser cambiada la situación, aunque en ella los individuos cederían sus derechos al estado, a fin de sobrevivir, cosa que nunca aceptó el cristianismo. En cambio, para la concepción clásica liberal, el contrato está expuesto a cualquier cambio de opinión o interés entre las partes contratantes, que no tienen por qué someterse a ninguna ley natural fuera de la conveniencia aceptada por unos y otros, a la manera de un contrato comercial.   

    Obsérvese la importante diferencia entre los conceptos de derechos naturales y de derechos humanos,  este último desarrollada por la ONU partiendo de una concepción liberal. Los derechos naturales y la ley natural se consideran expresión de un poder o voluntad por encima de las opiniones o conveniencias de los hombres, mientras que los derechos humanos son construcciones convencionales hechas por los propios hombres sin intromisión de ninguna fuerza externa y que pueden cambiar según las conveniencias e intereses. Ahora bien, ¿según las conveniencias de quiénes? Se supone, de manera perfectamente arbitraria, que según el interés de “la Humanidad”. Pero quienes deciden al respecto y establecen las leyes  no son “la Humanidad”, sino minorías numéricamente insignificantes, que, como señalé en La guerra civil y los problemas de la democracia, influyen más sobre la opinión pública de lo que son influidas por ella, es decir, pueden manipular esa opinión… con el problema añadido de que no existe una opinión pública, sino varias, y que estas cambian con el tiempo por diversos factores. El problema lo percibimos en la actualidad con las políticas abortistas u homosexistas, impulsadas bajo cobertura de “los derechos del individuo”, y que según otras concepciones, chocan con la ley natural. Por consiguiente entramos en el reino de la inestabilidad y la arbitrariedad, a menos que encontremos un punto o interés general al que atenernos como eje de la legislación.

   Pues bien, ese eje solo puede ser la riqueza, el dinero deseado por todos, un interés realmente común. El liberalismo se precia de haber desarrollado la ciencia de la economía, encontrando en el libre comercio la receta para beneficiar a todos. El estado mínimo se convierte, precisamente, en auxiliar del mercado para garantizar las normas consideradas más adecuadas en los intercambios. Normas que pueden cambiar, incluso masivamente, como hemos visto después de la II Guerra Mundial. Por otra parte, para comerciar, sobre todo en cantidades considerables, es preciso disponer de propiedades igualmente considerables, y los propietarios y grandes comerciantes son relativamente pocos, por lo que las leyes deberían hacerse en beneficio de ellos. En la concepción liberal, la propiedad es el criterio básico en la economía, y por tanto en la política. Parece razonable suponer que los propietarios de cierto nivel serán más responsables socialmente que aquellos otros que, al no tener gran cosa que perder, serán más proclives a demagogias. Ello ha impulsado el voto censitario, predominante en muchos países (como en España) durante el siglo XIX. El voto censitario contradecía el principio del estado de derecho e igualdad ante la ley, pero parecía más razonable que dejar al estado –y por tanto al mercado–  tambalearse a merced  de los demagogos y sus seguidores. El hecho es que liberalismo y democracia siempre han tenido muchos puntos de fricción, y no son fácilmente armonizables.

    Y este problema no es meramente teórico, sino que muchas veces se ha presentado de modo práctico en la historia. La corrupción electoral mediante la compra de votos por los poderosos, mediante violencias o mediante la falsificación del voto, ha sido muy frecuente en todos los países, en Usa, Inglaterra, España, Francia o países hispanoamericanos. En algunos casos se ha corregido más o menos, en otros es un defecto persistente, y con motivo de las últimas elecciones en Usa han aflorado críticas y análisis que cuestionan la realidad del voto, en California, particularmente. En sentido contrario, las políticas y partidos antiliberales deben ser toleradas por los estados liberales, pero pueden lograr fuerza de masas o de otro tipo suficiente para derrocar el sistema, como ha pasado en varias ocasiones. La tolerancia, entonces, se ejercería solo entre las propias corrientes liberales, tal como Locke la proponía entre los grupos protestantes, pero de ningún modo con los católicos. Ya que si el sistema ha de salvarse, tendría que volverse intolerante cuando las opciones no liberales se volvieran peligrosas, y ejercer la violencia del estado contra ellas.  

   En la práctica, todos estos problemas se han resuelto mejor o peor, con cambios en profundidad   o aplicación de la fuerza (la democracia liberal fue salvada en la parte occidental de Europa por la intervención militar useña, y a continuación hubo de adoptar medidas (estado providencia)  de tipo socialdemócrata,  poco acordes con el liberalismo clásico. Pero aquí me interesa más señalar las dificultades teóricas nacidas de la lógica liberal.  

 

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Liberalismo (VII) El caso de las guerras del opio y la Gran Hambruna irlandesa

 

Expondré dos  ejemplos históricos de los presupuestos del libre mercado,  más allá  del supuesto de ser el factor principal de la riqueza. Los dos de mediados del siglo XIX, el siglo liberal por antonomasia: las guerras del opio y la Gran Hambruna de Irlanda. Que por sí solas ponen muy en cuestión las virtudes casi divinas –e inspiradas por un peculiar concepto de la divinidad– que Adam Smith   otorga al libre mercado.

   Como es sabido, el consumo del opio es muy perjudicial, y la venta masiva de opio por las compañías inglesas estaba causando estragos en China, sobre todo entre los jóvenes. En consecuencia, el gobierno chino prohibió la importación y confiscó el material contrabandeado. Sin embargo los ingleses se lucraban enormemente con aquel comercio, con el cual compensaban su fuerte déficit comercial, y vieron (quisieron ver) en la medida china un ataque a la libertad de comercio. Era, evidentemente y de acuerdo con la teoría, una injerencia inadmisible del estado en el libre funcionamiento del mercado. ¿Cómo resolver el agravio? Dado que en la teoría liberal el estado cumple fundamentalmente la misión de auxiliar y garante del libre mercado, el  ofendido traficante W. Jardine  pidió ayuda militar a la madre patria para forzar la negociación (diplomacia de las cañoneras) con este sólido argumento: “Usted tomó mi opio, así que yo tomo Hong Kong. Estamos empatados, ahora negociemos”. Un argumento impecable vistas así las cosas.  Y ya sabemos cómo terminó el asunto.

   Aunque el consumo del opio tiene pésimas consecuencias demostradas, por lo que parece moralmente  injustificable, su comercio tenía otra razón a su favor, aparte de la ganancia: estaba legalizado (como también el de esclavos), lo que incide en la mencionada sustitución de la moral por la ley; y evidentemente a nadie se le obligaba a comprarlo. Lo compraba quien quisiera,  en virtud de su evidente libertad individual, vulnerada por el gobierno chino. Inglaterra construyó gran parte de su prosperidad con el comercio de esclavos y con el narcotráfico, de hecho fue durante mucho tiempo  la mayor potencia en ambos sentidos. No fue solo la revolución industrial.

     Digamos de pasada que la Compañía Inglesa de las Indias Orientales había causado una espantosa hambruna en Bengala, precisamente por eliminar cultivos de plantas comestibles para sustituirlos por el opio, que le proporcionaba mayor ganancia. Se calculan en unos 10 millones los muertos por hambre a lo largo de cuatro años También el asunto resultó impecable desde la lógica del libre mercado. Se puede argüir que los campesinos bengalíes  no eran individuos libres, sino que estaban sometidos a la Compañía, pero ello es cierto solo en parte, pues la compañía debió de haber comprado las tierras, convirtiéndolos en aparceros o cosa semejante (esto último lo supongo, pero suena lo más probable).

    En cuanto a Irlanda, el problema fue muy parecido al de Bengala  con el agravante de que las tierras no habían sido compradas sino arrebatadas manu militari a los irlandeses: reducidos a la miseria y a vivir de patatas, una mala cosecha provocó al menos un millón de muertos  y un éxodo de otros tantos o más por las mismas fechas. Ocurrió aproximadamente por las mismas fechas que la primera guerra del opio, y duró cuatro años sin que se le pusiera remedio hasta que  desapareció la enfermedad de la patata. Otra agravante con respecto a Bengala es que así como esta dejó de producir alimentos suficientes, Irlanda los seguía produciendo en gran cantidad. ¿Cuál era el problema? Que los empobrecidos irlandeses no podían comprarlos. El gobierno inglés, con algunas medidas “caritativas” insignificantes, aplicó la lógica del libre mercado: si no tienes con qué pagar una mercancía, no puedes adquirirla. Y por tanto te mueres de hambre o te embarcas hacinado en los barcos que van a ultramar, lo que significó otra fuente de ingresos para los comerciantes en régimen de libre mercado.

   Se puede decir que estas son cosas del pasado, pero en la actualidad, como vengo insistiendo, varios de los negocios más voluminosos y lucrativos son precisamente algunos moralmente muy dudosos pero legalmente correctos, como el tráfico de armas o los enormes negocios de la prostitución (la prostitución directa es solo la parte menor) o el aborto. En cuanto al narcotráfico, prohibido, hay una continua presión liberal para legalizarlo, ya que, en definitiva, son adultos responsables y libres quienes consumen drogas. Lo cual significa que la libertad y la responsabilidad deben medirse por la capacidad de consumir, al margen de consideraciones éticas de otro tipo. Las discusiones al respecto son interminables, pero la argumentación tipo “libre mercado” es bien clara y favorable al narcotráfico.

   Lo que importa aquí no son solo los aspectos escandalosos de muertes masivas, etc., sino la lógica del asunto: la ganancia como motor principal, el estado y la ley como servidores  de la dinámica del libre mercado y la ley encauzada a la ganancia como independiente de “los prejuicios morales”, de origen religioso.

      He elegido estos ejemplos, como señalé antes, porque se produjeron en los momentos de mayor auge del liberalismo en el mundo occidental. Hoy, las democracia liberales infringen necesariamente muchos de los presupuestos liberales, en particular el peso y el papel de los estados. Muchos dicen que esta evolución, tan marcada desde finales de la SGM, es errónea y perjudicial, y quizá lo sea. Pero si lo comparamos con el liberalismo más “puro” del XIX  vemos que ha traído más riqueza, mejor repartida y si sufre crisis  también las sufría la época anterior. Por supuesto, también podríamos hablar de otras guerras y catástrofes, pero las señaladas parecen indicativas.

  No se trata aquí de condenar el liberalismo, sino de ver sus limitaciones y una lógica interna en sus elaboraciones que puede tener consecuencias muy negativas. Las ideologías, por contrarias que sean entre sí, afirman basarse en la razón y excluir la fe. Pero no parecen capaces de lograr sus objetivos.

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El próximo sábado,  4 de febrero, deberá reaparecer el programa de historia en Radio Inter, con el título “Una hora con la Historia”, que haré junto con Kiko Méndez Monasterio. El programa “Cita con la Historia” marchaba bastante mal al haber pasado de Radio Inter a Cadena Ibérica, una emisora que tenía muy escasa cobertura y estaba empezando su conquista de audiencia, con lo  que la audiencia del programa había bajado en picado.  También cambiará ligeramente el formato.

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 La mayoría, empezando por muchos profesores universitarios, tiene ideas falsas sobre historia de España: :pic.twitter.com/OxBMnbqIOO
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La religión como núcleo de las culturas y la revolución protestante

***El próximo sábado,  4 de febrero, deberá reaparecer el programa de historia en Radio Inter, con el título “Una hora con la Historia”, que presentará Kiko Méndez Monasterio. El programa “Cita con la Historia” marchaba bastante mal al haber pasado de Radio Inter a Cadena Ibérica, una emisora que tenía muy escasa cobertura y estaba empezando su conquista de audiencia, con lo  que la audiencia del programa había bajado en picado.  También cambiará ligeramente el formato.

***Siempre digo que si todo el mundo conociera este episodio, del mismo modo que “conoce” el mito de Guernica, tendría ideas más claras sobre el significado de la guerra civil y de muchos fenómenos que siguen dándose hoy. Y que contribuiría grandemente a sanear la esperpéntica política española actual: : https://www.youtube.com/watch?v=ZmaG2P_uP20&t=4s

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Por terminar con la cuestión, ¿podría resumirnos sus tesis básicas sobre Europa?

Es algo complicado. He tratado de exponer los desarrollos políticos, militares y económicos, de manera sucinta, naturalmente, así como los grandes movimientos intelectuales o espirituales que han modelado la civilización europea: la herencia grecolatina, la que podríamos llamar cultura de los monasterios, el Románico, el Gótico, el Renacimiento, el Barroco, la Revolución protestante, la Ilustración, la Revolución francesa, la era de las ideologías, la decadencia cultural desde la guerra mundial de 1939,  etc. Al describir aunque sea en esquema, esas evoluciones, es preciso apreciar un movimiento de fondo bajo todas ellas. En general, desde hace mucho, se tiende a considerar ese fondo como la economía y el desarrollo técnico, pero yo sostengo que es siempre la religión.

La religión apenas es tenida en cuenta, o como un aspecto marginal en casi toda la historia que hoy se escribe.

Es cierto, pero es el aspecto crucial. La base de la civilización europea es el cristianismo. Esto es una evidencia indiscutible, no precisa demostración, aunque puede describirse y narrarse muy ampliamente. Ahora bien, el cristianismo no es una doctrina y concepción de la vida y del mundo estática: de modo más intenso que en otras religiones, dentro de ella se ha dado una fuerte tensión entre razón y fe, entre el componente racional heredado de la filosofía griega especialmente, y la herencia judía, aunque muy profundamente transformada. El cristianismo trata de armonizar razón y fe, una tarea por así decir nunca acabada. Entiendo por tensión una relación simultáneamente de conflicto y complementariedad, que impone equilibrios dinámicos, inestables. Esa tensión puede ser creativa o destructiva, según los casos. Esa tensión se aprecia ya en la llamada Edad Media en los interesantes debates entre franciscanos y dominicos, que llegan a conclusiones opuestas, al menos parcialmente, sobre aspectos que atañen a la política, a la relación Iglesia-estado, etc. Con el protestantismo se produce una ruptura, viene a ser una rebelión de la fe contra la razón, mientras que con la Ilustración ocurre lo contrario, una rebelión de la razón contra la fe, con una crítica a menudo radical al cristianismo y en particular a la Iglesia católica.

Pero habla usted de un cristianismo cuando en realidad hay tres, bastante distintos entre sí, y no ha mencionado la llamada ortodoxia grecoeslava.

   Sí la menciono, pero antes terminaré de explicar lo anterior. Podríamos decir entonces que finalmente Europa no se explica por la religión, sino, a partir de la Ilustración, por el triunfo de la irreligión, del ateísmo o el agnosticismo, o de unas concepciones de la divinidad ajenas a la cristiana. Y esto podría decirse, porque efectivamente la civilización europea ha sido la única en la que se han expandido de tal forma concepciones no religiosas o antirreligiosas basadas en la razón. Lo propiamente europeo habría pasado a ser esta nueva realidad no religiosa, una ruptura con un pasado también europeo, el cristiano, lastrado por el oscurantismo y la superstición. Con el uso exhaustivo de la razón y la ciencia se esperaba poder llegar a conclusiones únicas y universales, válidas para todos y que todos podrían reconocer. Sin embargo la razón no ha sido capaz de tal cosa. En lugar de conclusiones unívocas y universales ha generado las ideologías, tales como el liberalismo, el marxismo, el anarquismo, más tarde los fascismos y otras menores. Todas ellas se basan en la razón y excluyen la fe, la religión, de manera explícita como el marxismo, o a efectos prácticos como el agnosticismo liberal. Cada una de esas ideologías emplea la razón a fondo y se opone, a menudo radicalmente, a las demás. Por resumir mucho, uno de sus resultados ha sido  la II Guerra Mundial, un choque entre liberalismo, marxismo y fascismos que ha determinado la entrada de Europa en una época de decadencia, que no sabemos cuánto se prolongará.

Es una interpretación inhabitual, desde luego. Volviendo a la ortodoxia oriental…

Así como la llamada Reforma protestante fue en realidad una revolución y una ruptura radical con el catolicismo, con Roma,  las diferencias doctrinales de Roma con Constantinopla son menores, se trata más bien de algunas tradiciones y de una identificación más fuerte entre el Estado y la Iglesia, entre Dios y el César. Al caer Constantinopla en manos del islam los ortodoxos habrían casi desaparecido de no ser por su previa extensión a Rusia. De todas formas el caso de Rusia es especial: su cultura permaneció muy primitiva hasta el siglo XIX, en que experimentó un impulso realmente extraordinario y comenzó a influir política y militarmente sobre la misma Europa occidental. Napoleón fue derrotado en Rusia, la I Guerra Mundial dio lugar a la revolución bolchevique, que influiría sobre todo el mundo, y Hitler fue derrotado también ante todo en Rusia, con lo que casi toda la Europa centrooriental pasó bajo su dominio. El derrumbe soviético ha abierto una nueva época difícil de enjuiciar por ahora. Es curioso que los comunistas volvieran la capital a Moscú, apartándola de la occidentalizada Petersburgo. Con ello recuperaban, quizá inconscientemente, la teoría de “la tercera Roma”, como capital espiritual y en gran parte política de un imperio que debía ser mundial. En fin, son muchos temas que abordo en la introducción a Europa, y podríamos seguir hablando mucho rato.

Pasemos entonces al segundo libro que ha publicado ud hace meses, La guerra civil y la democracia.  Ese sí lo he leído. He sacado la conclusión de que se trata de un ensayo contra la democracia, y creo que otros opinarán lo mismo.

No, mire, todos hablan de democracia y se dicen demócratas, sean los comunistas o comunistoides de Podemos, los etarras, el PSOE o el PP. En realidad, en España no existe un pensamiento democrático ni en la izquierda ni en la derecha, por lo que se ha convertido en una palabra mágica utilizada arbitrariamente…

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Liberalismo (VI) La lógica del libre mercado

 Blog I: Trump, derrota de la corrección política y crisis de la democracia useña; http://gaceta.es/pio-moa/trump-derrota-correccion-politica-crisis-democracia-usena-23012017-2027

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   Hemos visto que el liberalismo excluye la religión como factor público, es decir, social, recluyéndola en la conciencia del individuo, mientras que da máxima importancia a la economía (libre mercado) en la cual se basan las libertades y el estado de derecho; libertades y derecho que en teoría  no podrían existir sin libre mercado, aunque sí pueda existir, transitoriamente,  libre mercado sin libertades. En gran medida, el propio estado de derecho es concebido como un auxiliar regulador de la economía de mercado, y las libertades como un producto ceñido a dicha economía, ya que en los ámbitos no económicos se consideran irrelevantes. Naturalmente el liberalismo, como el marxismo, admite diversas corrientes, pero aquí nos interesa examinar su lógica interna a partir de sus concepciones básicas, más bien que las diversas opiniones autoproclamadas liberales.   

  Se trata, por tanto, de una concepción netamente economicista similar a la del marxismo, aunque con consecuencias distintas. Es cierto que históricamente el liberalismo político apareció antes que el económicos pero también el  mercado más o menos libre existía antes del liberalismo, y este ha adquirido su madurez y solidez precisamente como una reflexión sobre el mercado. Normalmente se emparentan las concepciones economicistas con el materialismo, pero debe observarse que el funcionamiento económico, en el plano humano, es fundamentalmente espiritual, es decir, organizado intencionalmente, mejor o peor, por la razón, y a su modo por la fe. Pero dejaremos aquí el tema.

   Pasemos a examinar, por tanto, el libre mercado antes de enfocar las opciones políticas liberales. El libre mercado consiste en el intercambio de los bienes y servicios más diversos entre unos individuos y otros, sin ninguna compulsión exterior. Según una explicación bastante popular, en tales circunstancias, las ganancias de unos suponen las pérdidas de otros. Este es un evidente error, ya que a la larga los despojados no tendrían nada con lo que comerciar y los ganadores se arruinarían a su vez al no tener compradores. La crítica liberal señala que, por el contrario, un mercado libre y sin coacciones satisface a todos los participantes, es decir, todos ganan. En tal caso serían imposibles las pérdidas, cuando la evidencia más inmediata nos indica que las pérdidas y las quiebras son una constante en los intercambios comerciales. El hecho real puede exponerse más bien así: en conjunto el comercio debe beneficiar a un número suficiente de participantes como para que el mercado se sostenga o aumente, pero no todos los participantes ganan, ni mucho menos

    Por otra parte, la idea de un mercado realmente libre nunca se ha plasmado en la realidad, o se ha dado solo en economías muy primitivas. En la realidad histórica de las civilizaciones, los mercados siempre han estado intervenidos en mayor o menor medida por los poderes públicos. Esto es inevitable porque los intercambios comerciales sin constricciones externas degenerarían rápidamente en el abuso de los más fuertes o más ricos sobre los más débiles. Para que ello no ocurra,  el mercado deben someterse a unas reglas y estas reglas deben quedar garantizadas por la violencia del estado. Según algunos liberales, el estado no sería en realidad necesario entre “individuos adultos y autónomos”, cuya mera relación sin constricciones crearía unas normas que todos respetarían “por su propio interés”. Más adelante hablaremos de este supuesto, que choca con los hechos de modo aún  más flagrante que la idea de que en el libre mercado ganan todos.

Hay además otro problema: la experiencia demuestra que, aun si en un comienzo los intercambios se dieran entre iguales, en la práctica unos irían ganando más que otros y acumulando mayor riqueza –como ocurre en la realidad—. Con lo que la riqueza iría  concentrándose,  y con ella el poder derivado (político y de todo género). Así, la igualdad de origen desaparecería con bastante rapidez, y contra ello no valen las invocaciones teóricas generales de que  “todos deben ganar”. En la realidad encontramos que la desigualdad creciente, en riqueza y poder,  causa entre grandes masas un descontento  que puede estallar en rebeliones y saqueos, sobre todo en períodos de crisis económicas. Y por ello los estados, desde siempre, han debido adoptar también normas que limiten la concentración excesiva de la riqueza;  y esta es la lógica, en gran medida, de la historia político-económica.

  En un terreno más amplio, la lógica del mercado concebido como una relación libre y sin constricciones entre los individuos, llevada a cabo con el criterio de la ganancia, excluye por sí misma la moral. O, mejor dicho, excluye cualquier moral que no vaya relacionada con la propia ganancia y el cumplimiento de los tratos. O dicho también, sustituye la noción del bien y el mal por la de ganancia y pérdida, extendiendo a toda la actividad social la consideración del dinero como piedra de toque de la conducta o acción humana. Así,  comercios como los de la droga, los relacionados con la prostitución, la venta de armas, etc., están entre los más lucrativos y que más dinero mueven del mundo, pero ello no podría ser criticado desde una lógica liberal. Esta tendencia intrínseca solo podría ser contrarrestada en mayor o menor medida por otras consideraciones morales no  liberales, es decir, religiosas.

  Cualquier norma moral ajena al comercio quedaría, como la religiones, reducida a la “libertad de conciencia” de cada individuo, a las ideas que el individuo libre y autónomo se forje sobre su propia conducta. Concepciones morales enormemente variadas y todas iguales, en principio, y en las que el estado no tiene derecho a intervenir, porque vulneraría la libertad individual,  salvo si perturbasen las leyes dictadas para salvaguardar la lógica del mercado. Así, la moral se limitaría a la ley. Y esto se dice constantemente: cada cual puede obrar como quiera siempre que no infrinja la ley.

  Sin embargo la noción de leyes moralmente injustas es tan vieja como la civilización. Para el liberalismo más consecuente, en cambio, ello no tiene sentido si las leyes están hechas  siguiendo ciertos protocolos de modo que convengan a todo el mundo. Esto último es imposible. Las leyes no las hace todo el mundo ni convienen a todo el mundo. En los sistemas demoliberales actuales las hacen unas oligarquías que se suponen representativas y que nunca lo son del todo, y que a menudo logran su representatividad mediante campañas de engaños y falsas promesas. Por lo demás, las oligarquías tienden por su propia naturaleza, a favorecer  intereses parciales o particulares, aunque deban estar atentas a la opinión pública para evitar motines. Opinión pública que, por otra parte, es en gran parte fabricada por las propias oligarquías.

   Este proceso lo percibimos muy bien en lo que llaman “populismos”, una palabra que en realidad solo quiere definir, con matiz denigratorio, los movimientos producto del cansancio y la protesta de grandes masas ante unas práctica oligárquicas que no solo han provocado una larga y profunda crisis, sino que también chocan con gran número de concepciones religiosas, patrióticas, culturales, etc., que según la lógica liberal debían quedar  encerradas en la mera conciencia individual. Trump, con demagogia típica, ha dicho que él va a devolver al pueblo el poder que le habían arrebatado unas instituciones oligárquicas manipuladoras, ladronas y embusteras. La crítica tiene mucho de cierto, pero, por supuesto, lo único que podrá hacer Trump es sustituir a la actual oligarquía por otra, y las prácticas actuales por otras, con unos resultados aún por ver.

   Todo esto se explica mejor si abandonamos la carga mágica que suele tener la palabra democracia, que en sí misma es un oxímoron. El poder es siempre oligárquico y en él se produce una constante tensión entre sus intereses de grupo y los del resto del pueblo, el cual a su vez está siempre dividido en tendencias o partidos diversas.

En suma: el libre mercado, a) no supone que todos los participantes ganen, sino que un número mayor o menor de ellos pierden y a menudo se arruinan. Debe entenderse que las ruinas son parciales y solo se vuelven abrumadoras en condiciones de crisis profunda o depresión. b)  Aun suponiendo su posibilidad inicial, el libre mercado tiende, por su propia dinámica, a la concentración y la desigualdad que por sí mismas reducen progresivamente la libertad y autonomía de la mayor parte de los individuos, que ganan menos o pierden. c) Necesita la intervención y regulación del estado, a menos que imaginemos un tipo de individuo capaz de comportarse automáticamente y sin constricciones según las normas del mercado, que ni siquiera tendrían que hacerse explícitas.  d) Excluye toda moral que no esté relacionada con el funcionamiento del propio mercado, extiende a todos los ámbitos sociales la noción del dinero como clave orientadora, sustituye la noción de bien y mal por la de pérdida y ganancia, y reduce la moral a la ley.

Propongo debate al respecto.

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