La condición humana

**En “Cita con la historia”: La posguerra española y la europea comparadas.  “La Colmena” y “Sonaron gritos…” como dos enfoques opuestos del trasfondo histórico: https://www.youtube.com/watch?v=rBRYT5BunnY

**Blog I: Índice de Europa, una introducción a su historia: http://gaceta.es/pio-moa/historia-europa-enfoque-diferente-indice-14112016-1021

****Este viernes, en el Casino de Madrid, presentaré  La guerra civil y los problemas de la democracia. a las 19.00

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Mucho es lo que sabe el hombre sobre sí mismo, pero aun es más, y más fundamental,  lo que ignora, en gran medida de modo irremediable. Quizá quien mejor y más brevemente haya expresado ese sentimiento profundo de misterio sea Omar Jayam en uno de sus cuartetos: “Me dieron la existencia sin consultar conmigo / Luego la vida aumentó cada día mi asombro/ Me iré sin desearlo y sin saber la causa / de mi llegada, mi estancia y mi partida”. Esta extraña realidad, que generalmente se presenta a nuestra conciencia de manera confusa, como una inquietud vaga del por qué y para qué de la existencia, es determinante y extensible al conjunto de la especie humana y, más allá, al mundo mismo. El hombre puede hacerse esas preguntas, pero no responderlas: se trata de un misterio impenetrable a la razón, ya que esta es a su vez un producto de la misteriosa fuerza o voluntad, si queremos llamarla así, que causa la existencia en sus muchas formas y evoluciones, y está sometida a su imperio.

   No obstante, estamos diseñados para desenvolvernos mejor o peor en el mundo. Ocurre de modo aproximadamente parejo a como un animal doméstico puede entender más o menos cuál es su “función” y cumplirla, pero no puede discernir por qué el hombre lo ha criado y utilizado como lo hace. Más ampliamente, el sentido de numerosos productos de nuestra actividad, desde las cazuelas a los ordenadores, es justamente el que nosotros le damos, su utilidad, por ejemplo. La causa y sentido de nuestra propia vida, en cambio, escapa de modo fundamental a nuestra voluntad, ya que no somos nuestros creadores. El por qué y para qué de nuestra estancia queda fuera de nuestro alcance necesariamente, aunque podamos aprender mucho del cómo (mediante la ciencia, por ejemplo). Y aun así, en el campo de las preguntas con respuesta, el mero hecho de que nos veamos obligados a estudiar y aprender continuamente sobre el mundo y sobre nosotros mismos, cometiendo mil errores, ya nos informa algo sobre la precariedad de nuestras capacidades y autonomía. Incluso en aquello que podemos saber aproximadamente nunca damos fin a nuestro esfuerzo, pues cada hallazgo suscita nuevos problemas, y ese trabajo sin fin nos orienta también hacia lo misterioso.

   Así, el misterio del sentido abarca a toda la vida, también al nivel digamos cotidiano doméstico, en el cual actuamos mediante cálculos y expectativas racionales. A ese nivel actuamos “con sentido”, intencionalmente al menos de manera parcial: no obramos “a lo loco”, y la locura se manifiesta precisamente en acciones ilógicas, “sin sentido”.  De modo automático extrapolamos esa necesidad de sentido al conjunto de nuestra propia vida, tan llena de trabajos, de inquietudes, de alegrías y de penas, y abocada finalmente a la desaparición. Pero así como podemos discernir con cierta facilidad el sentido de nuestros actos, nos es imposible discernir la intención de aquella fuerza, voluntad o como queramos llamarla, que nos ha creado con nuestras características particulares. El sentido depende en gran medida de la finalidad, pero no por completo: nuestros actos tienen una finalidad que les da sentido, pero cumplirla suele exigir actos intermedios que pueden no ser lógicos, no estar de acuerdo con la finalidad, sea por simples errores de apreciación o de cálculo, sea porque el objetivo mismo resulta mal concebido. Las finalidades que nos planteamos a lo largo de la vida son de lo más variado, desde la preparación de una comida o tomarnos un descanso, hasta proyectos para la vida entera, sean profesionales, conyugales o de otro género. Todo esto, tanto en sus logros como en sus fracasos, es bastante inteligible y nuestra razón puede por lo general explicarlo bastante bien.

    Sin embargo, incluso en ese nivel de actividades y planes cotidianos, domésticos y controlables, hay un elemento que escapa a los cálculos de nuestra razón: la actividad más simple y bien ordenada puede frustrarse por cualquier accidente, por intervención de lo que llamamos azar, cuya naturaleza ignoramos, salvo en que desborda los cálculos racionales. Más ampliamente, la vida se compone de lo que hacemos y de lo que nos pasa. Lo más decisivo es lo que nos pasa, pues nuestra capacidad de acción está encuadrada en ello. Nadie ha podido determinar el sexo con que ha nacido, ni su composición genética, ni en qué clase de familia, ni el carácter personal de sus progenitores, ni sus medios económicos; ni, menos aún el lugar o la época en que viene al mundo, con todos sus inmensos efectos culturales sobre cada cual. Y todo ello es en gran medida determinante de lo que hará en la vida. Tampoco puede prever el momento en que abandonará la existencia, a menos que se suicide, una opción poco deseada y generalmente ligada a una depresión o sensación de desesperanza,  que priva a la voluntad de gran parte de su autonomía.

   El  hombre  es un ser “futurizo”, como decía Julián Marías y está obligado a obrar de acuerdos con proyectos de más o menos enjundia; pero estos, por lúcidos y bien planeados que sean, tropiezan con otro límite: la imposibilidad de prever sus consecuencias a largo plazo y aún a medio plazo. Además, en el curso de la vida nos ocurren sucesos, o encuentros con otras personas, que pueden desviar bruscamente nuestra orientación previa, o dar al traste con nuestros planes.  Estos hechos se plantean a nuestra consciencia de manera implícita y son afrontadas “según vienen”, pero escapan en gran medida a nuestra voluntad y cálculos.

   En suma, aunque el ser humano experimenta un impulso fortísimo a conocer y dominar su propia existencia, ello es posible solo de forma muy restringida, y la vida se desarrolla sometida a misterios. No solo algunos tan definitivos como el expresado en el cuarteto de Omar Jayam, sino los que envuelven los aspectos de la vida más cotidianos o familiares y que tendemos a creer dominables.

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La catedral del dolor

**Cita con la Historia: Por qué la posguerra española fue triunfal y la europea miserable. Ortega, que tantas veces erró en política e historia, aceptó de lleno al definir la posguerra española, en 1946, como “una salud casi indecente”, comparada con los enfermos países del entorno. www.citaconlahistoria.es

**El viernes, 18, presente  La guerra civil y los problemas de la democracia en España, en el Casino de Madrid, a las 19,00. Chaqueta y corbata.

**¿Existe una civilización europea común entre países tan diversos en lenguas, cultura e historia y tan a menudo a la greña entre ellos? Existe sobre dos bases comunes: la religión cristiana y la revuelta contra ella a partir de la Ilustración y la Revolución francesa. Este es el esqueleto de la historia europea: Europa, una introducción a su historia. No olvidemos que la historia de España no se entiende sin la de Europa.

Un rasgo del cristianismo, base de la civilización europea, es la tensión entre razón y fe, Atenas y Jerusalén: :https://www.amazon.es/Europa-P%C3%ADo-Moa-ebook/dp/B01M28JKGS/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1478110398&sr=8-1&keywords=pio+moa+europa …

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La autora, Julia Escobar, tiene amplia experiencia personal de la vida hospitalaria, por su salud frágil, afrontada con ánimo envidiable (creo que en general las mujeres afrontan las desgracias, o ciertas desgracias, mejor que los hombres). Los hospitales, a veces enormes como pequeñas ciudades, son elementos clave del paisaje urbano, y quizá la mayoría de la gente pasa por ellos en una o varias ocasiones. Algunos son visitantes bastante asiduos, por padecer enfermedades crónicas o por proclividad a diversas dolencias. Por otra parte, las enfermedades serias y los accidentes nos colocan  ante la precariedad de la vida y su sentido o sinsentido,  el dolor y la incertidumbre acentuadas acentúan también la percepción de la condición humana;  y sin embargo el tema de la vida hospitalaria no ha sido demasiado cultivado en la literatura, en la novela, aunque haya algunas grandes obras, en especial La montaña mágica la de Thomas Mann (a mí, poco ilustrado, me parece algo pesada y rebuscada).

   Un resultado de la amplia experiencia hospitalaria de la autora es esta novela: San Judas 27 (La catedral del dolor), publicada por Ediciones Cinca. Se trata de un relato irónico de un hombre “cardiópata” que ha decidido vivir al margen de su familia y un poco de la sociedad, montándose una existencia peculiar cuyo centro es el hospital, un médico llamado San Judas, como el nombre de una prótesis valvular de ese nombre, inventada por un médico useño, aunque el “cardiópata” se inventa otra historia relacionada con judíos. San Judas se convierte en algo así como el imán de la vida del protagonista, quien, al hilo de su tratamiento y relación con él, va desgranando sus opiniones sobre los aspectos más variados de la actualidad y de la vida corriente, una vida cada vez más en ruptura con el sentido común. Por ejemplo, sobre las ONG: ya tiene mucho de estafa que un organismo se defina como lo que no es, como si un mono se definiera como un “no pedrusco”, y encima mienta, porque las organizaciones no gubernamentales suelen vivir, precisamente de subvenciones otorgadas por los gobiernos. Son agudas y a menudo sarcásticas o hilarantes, las observaciones sobre las familias, la vida actual en general, y eso que llaman “políticamente correcto”, una expresión torpe y para que la que debiera buscarse otra palabra, como, por ejemplo “lo pijoprogre” (seguro que habrá otras mejores). El dolor y un sarcasmo que no llega a ser cruel van juntos en el relato.

   Al final, nos enteramos de que las cosas no son enteramente como el cardiópata las presenta, y que hay otras interpretaciones sobre su actitud, unos traumas familiares que él oculta en buena medida bajo un aparente optimismo y espíritu comprensivo, lo que produce la sorpresa final, sin desmentir aquellas pinturas y alfilerazos que constituyen en definitiva lo más sabroso de la novela.  Solo nos deja la impresión de que sus comentarios no acaban de salir del caletre de un hombre, sino más bien de una mujer.

  Julia Escobar es poeta, novelista y  traductora  de obras francesas y portuguesas, con una larga trayectoria detrás, y una cultura muy influida por la francesa, apreciable también el cierta finura y referencias cultas del relato No hace falta decir que se trata de una lectura muy recomendable.

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Una posguerra española triunfal, y europea siniestra

El próximo domingo, en Cita con la Historia” www.citaconlahistoria.es  hablaremos de las posguerras españolas y europeas dentro de la serie “España en Europa” He aquí un trozo:

Los useños han llamado “la Gran Generación” a la que hizo la II Guerra Mundial,  pero con mayor razón podemos llamar nuestra Gran Generación o Generación Heroica a la de aquellos años.  Después de todo, Usa venció al Japón y contribuyó a vencer a Alemania mediante una abrumadora superioridad material, mientras que los retos que debieron afrontarse en España, a otra escala, fueron más decisivos, aunque sin transcendencia mundial y en las condiciones más adversas. Concretamente, aquella generación tuvo que afrontar una revolución totalitaria que estuvo muy cerca de triunfar, debió impedir una disgregación del país que en varios aspectos estaba muy avanzada, ocuparse de salvar la civilización cristiana, base de la cultura no solo española sino también europea, evitar la guerra mundial, algo sumamente difícil cuando toda Europa estaba en llamas,  enfrentarse al maquis,  el cual era básicamente un intento de reanudar la guerra civil, y reconstruir el país con sus propias fuerzas y bajo un acoso exterior que parecía irresistible. Apenas nos hacemos cargo de lo que supuso afrontar tales desafíos y salir vencedor de ellos, algo que no ocurría en España desde siglos atrás. La historiografía al uso permanece ciega ante aquel enorme esfuerzo y riesgo, e incluso los historiadores pro nacionales suelen percibirlo de manera oscura e insuficiente, un tanto provinciana.

   El fracaso llegó después de tales éxitos, y básicamente se debió a cierta ineptitud para convertir aquellas hazañas, pues realmente lo fueron, en mitos, como han hecho los useños o los ingleses con sus mayores o menores proezas en la guerra mundial y en otras situaciones.  La palabra mito se emplea en dos sentidos: como una falsificación deliberada del pasado, a fin de demonizar o de exaltar sin base real determinados hechos o personajes, lo cual es simple propaganda; o como un relato básicamente veraz pero convertido en arte y dotado de sugestión moral.  En España, los motivos reales de la contienda civil, aquello por lo que lucharon unos y otros, quedó pronto olvidado, y todo quedó como una “guerra fratricida” que era preferible olvidar, aunque permanecieran algunos ritos o retóricas muy simples y cada  vez menos sugestivos,  como los himnos al final de los diarios hablados de Radio Nacional.  No se medía en su verdadero alcance el haber permanecido fuera de la guerra europea. La proeza de reconstruir el país con las propias fuerzas y frente a ingentes obstáculos externos quedó meramente como “los años del hambre”. El maquis nadie entendió bien qué fue realmente, y en la actualidad se desfigura por completo, y algo parecido cabe decir de la División Azul.  

Al abrigo de aquellas actitudes un tanto romas se desarrollaron fácilmente las contrarias, sobre todo cuando la guerra mundial se acercaba a su fin. Su máxima expresión fue probablemente la novela de Cela La colmena. Cela había sido falangista –hay algún documento que lo prueba– y luchado en el bando nacional, pero cuando tantos creyeron que el régimen iba a venirse abajo con la derrota del Eje, debió de ver la conveniencia de limpiar su pasado, como pasó con tantos, y pintar aquella época con tintes entre sombríos y cochambrosos, ciertamente antiheroicos. Cela era un gran escritor, pero como ejemplo moral resulta más dudoso.  La colmena se ha convertido así en el mito por excelencia de aquellos años por dos razones: porque  ha convenido a las tendencias antifranquistas y porque no hubo en la orientación contraria, favorable a los nacionales, un escritor de talento equivalente que trazase un retrato de época distinto.  La novela de Cela es buena como tal, indudablemente, pero su contenido es falso, no porque no describa hechos más o menos reales, sino porque trata de dar la impresión de que tales hechos dibujaban la realidad social de la época. Como si ahora pretendiéramos que una descripción de los barrios de chabolas,  o del gran número de prostitutas y jóvenes destrozados por las drogas, retrataran la realidad general del país.

   La novelística de Cela podría definirse  como costumbrismo cutre, por su atracción hacia los lados más sórdidos y torpes del ser humano. Por cierto fue una moda literaria muy extendida en Europa de la posguerra, como lo había sido en la posguerra de 1918.  Así que vamos a aventurar una posible explicación de su trasfondo. La II Guerra Mundial no fue solo una orgía de sangre y destrucción, tuvo también una profunda repercusión moral y psicológica. Los vencedores, principalmente Usa y la URSS, pudieron  crear sus mitos y su triunfante literatura, cine, etc., pero para el resto de Europa fue imposible, porque en el este había quedado sometida a una férrea orientación ideológica, y en el oeste porque habían sido sometidos por los nazis, los cuales eran pintados como el mal absoluto sin atenuantes ni mezcla de bien alguno…, pero habían colaborado de muchos modos con ellos, con ese mal absoluto,  como lo definían, y para colmo no debían su liberación y su reconstrucción posterior a sí mismos, sino a la intervención primero militar y luego económica de una potencia ajena, Usa. Y pese a ello, tampoco albergaban hacia Usa  unos sentimientos especialmente cálidos y agradecidos. Es decir, había muy poco de lo que enorgullecerse y mucho de lo que sentirse humillado o avergonzado, máxime cuando aquellos países europeos habían sido  hasta pocos año antes los principales orientadores intelectuales, artísticos y científicos del mundo, aparte de dominar políticamente enormes extensiones de él.  

  Las mitificaciones de la Resistencia francesa o de los partisanos italianos, o de algunas acciones en Holanda o Noruega,  o de la escasísima oposición alemana a Hitler tampoco resultaban muy convincentes,  sobre todo si las comparamos con la colaboración, mucho más amplia, o con las mucho más reales y efectivas resistencias de Yugoslavia o Polonia. Aunque algo de resistencia sí hubo, sobre todo cuando se veía venir la derrota alemana. También el triunfo de los anglosajones, a pesar de todas las mitificaciones, contaba con el pasivo de actos como los feroces bombardeos sobre las poblaciones civiles, o la cooperación con el totalitarismo comunista, el más mortífero del siglo XX. La moral, o más bien desmoralización  de posguerra, que persiste en gran medida hasta hoy mismo, refleja en el arte y la literatura esa sensación de sinsentido vital, de fracaso y frustración, con predilección por personajes de poco valor y de sucesos más bien sórdidos. Los antihéroes se volvieron proverbiales. Al mismo tiempo se ha tendido a imitar a Usa, la gran potencia triunfadora que se ha convertido desde entonces en la gran fábrica de las ideas, del arte y la ciencia, sustituyendo a Europa, a una Europa al parecer envejecida, cansada y ya poco productiva. Algo de esto he tratado en mi último libro Europa, una introducción a su historia.

    Esa desmoralización es la que más o menos refleja Cela, con la particularidad de que España representaba entonces casi exactamente lo contrario del resto de Europa. Era un país triunfante. Se había liberado con sus propias fuerzas del comunismo, no se había dejado arrastrar por el nazismo, se estaba reconstruyendo también con sus propias fuerzas y sin Plan Marshall o similares, e intentaba seguir un camino propio. Como hemos dicho e insistido, la generación de aquella época se lo debió todo a sí misma, a sus esfuerzos, a haber afrontado la mayor adversidad y grandes estrecheces con buen ánimo y finalmente con éxito. Es más, como España, ni siquiera en las épocas que en fue sometida a aislamiento, ha estado nunca “tibetanizada”, como pretendía Ortega, sus éxitos han repercutido favorablemente en la Europa occidental, como vimos en la sesión pasada, aunque ello no haya sido reconocido ni agradecido nunca o casi nunca.

Al respecto viene muy bien examinar el caso de Ortega y Gasset. Ortega,  visto en general como el máximo pensador español del siglo XX (algunos consideran superior a Zubiri), pues bien, volvió a instalarse en España, después de haber huido del Frente Popular y permanecer en el exilio algunos años más después de la guerra. Volvió, muy bien acogido por el régimen – no tanto por la mayor parte del clero–,  que le ofreció la tribuna del Ateneo de Madrid, donde pronunció una conferencia radiada a todo el país. Ortega dijo: “Por primera vez, tras enormes angustias y tártagos, España tiene suerte. Pese a ciertas menudas apariencias, a breves nubarrones que no pasan de ser meteorológicamente anécdotas, el horizonte de España está despejado (…) Mientras los demás pueblos se hallan enfermos, casi todos, el pueblo español, lleno sin duda de defectos y de pésimos hábitos, da la casualidad de que ha salido de esta turbia y turbulenta época con una sorprendente, casi indecente salud”. Estas frases fueron pronunciadas en mayo de 1946, es decir, unos meses antes de que la ONU se aprestaban a derribar al régimen mediante la provocación de una gran hambruna en España, propósito que hizo un daño considerable al país aunque no llegó a tener éxito, gracias a la previsora diplomacia franquista, que poco antes había negociado el suministro de cereales y carne de Argentina.

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Por qué la victoria de Trump tiene carácter histórico

 

Debo reconocer que, aunque no descartaba la victoria de Trump, tampoco la esperaba. Parecía “racionalmente” imposible que ganase quien terminó ganando, con el gran dinero en contra, incluido el procedente de países árabes amparadores del islamismo radical, y con la prensa y demás medios masivamente a favor de Clinton en una de las campañas más sucias y feroces, que no ha ahorrado mentiras y manipulaciones.  Ha sido, pues, una victoria contra quienes se entiende generalmente como los amos reales del poder en cualquier país. Porque, además, ocurría algo similar fuera de Usa. En España, por ejemplo, rivalizaron a favor de Clinton los medios ligados a todos los partidos y al gobierno; incluso la cadena de la Iglesia parecía enfervorecida con la ultraabortista, homosexista y abiertamente anticatólica Clinton. El nivel del análisis político en la prensa española nunca fue brillante, pero en este caso  solo puede entenderse como un chiste malo, a base de una estruendosa manipulación informativa, de la que se han salvado muy pocos medios, entre ellos  La Gaceta.dejando de relieve el carácter de bananocracia del actual régimen español.

   Este hecho tiene mucho más alcance del que se le está dando. Las democracias llevan bastantes años evolucionando en un sentido  semejante al despotismo del que advirtió genialmente Tocqueville: infantilización de la sociedad mediante un hedonismo pedestre cultivado desde el poder, y un poder que tras la apariencia de ser elegido está realmente manejado por poderosos grupos económicos y políticos que dominan a los grandes medios de masas para moldear a la opinión pública. El designio bien visible  consiste en instaurar un poder mundial de ese tipo, que disuelva las naciones, las culturas nacionales y las religiones tradicionales, sustituyéndolas por la religión del dinero, en definitiva. El funcionamiento democrático puede describirse como la lucha por la opinión pública, en la que intervienen muchos factores, y los medios de masas son uno de los principales, generalmente el decisivo La práctica unanimidad de esos medios contra Trump,  y la obscenidad de los métodos empleados, ya indica por sí sola un grave retroceso del liberalismo y la democracia. Que hayan fracasado es un hecho alentador, porque hasta hace poco sus designios, desarrollado con acciones y procesos multiformes, parecían  tendencias irresistibles. Este es el significado profundo de estas elecciones.

    Creo que en la victoria de Trump  subyace un mar de fondo de hartazgo y descontento difuso con las ideologías dominantes: abortistas, homosexistas, multiculturalistas, con las políticas “de género” o los feminismos más o menos histéricos. Todo esto es lo que representaba la Clinton en grado eminente. Representaba, además, la política exterior aventurera y agresiva que, so pretexto de democracia, ha provocado en los países árabes y Afganistán  caos y guerras civiles y, en Egipto, un golpe militar. Representaba, además, una peligrosa política de cerco y acoso a Rusia.

   ¿Qué representa Trump? De momento ha sabido recoger ese descontento difuso e inconcreto, pero lo que haga está por ver. Internamente sus posibilidades de acción, si piensa en algo definido, se verán condicionadas inevitablemente por una red de grandes intereses de todo género, y también por sus adversarios, que han demostrado estar verdaderamente rabiosos en un país que parece emocionalmente más dividido que nunca desde la Guerra de Secesión.  Para su política internacional, que es la que más nos interesa, va a encontrarse con serios problemas: el centro del comercio y de la política mundial tiende a desplazarse al Pacífico, y en la otra orilla se encuentra China camino de convertirse en superpotencia. Deshacerse de las agresivas aventuras en el mundo árabe, con sus tremendas consecuencias a largo plazo, será también un desafío difícil. Una Hispanoamérica desnortada –como de costumbre—será en definitiva un problema menor. Con respecto a Rusia, parece dispuesto a mejorar las relaciones, y en cuanto a la UE, puede ayudar a profundizar su crisis, lo que sería muy positivo porque esta parte de Europa se está convirtiendo en un monstruo que recoge todas las taras encarnadas en Clinton (comentábamos algo de eso en “Cita con la Historia”: https://www.youtube.com/watch?v=x9k9fH9hbsg).  Todo esto muy en líneas generales.

   Con respecto a España nos interesa especialmente su política hacia la OTAN. Como es sabido, esa organización, creada para afrontar el expansionismo soviético en la zona del Atlántico Norte, debió haber desaparecido al desaparecer su objeto, pero en cambio ha ampliado su acción a todo el hemisferio Norte, con agresiones y provocaciones de todo género, que además se vienen saldando con costosas  derrotas. Quizá termine por  transformarse en OTPN, Organización del Tratado del Pacífico Norte. España está en la OTAN en posición de auténtico lacayo, obligada a emplear hombres y dinero en operaciones bautizadas “de paz” con perfecta perversión del lenguaje, en defensa de intereses ajenos, bajo mando ajeno y en idioma ajeno. He hablado de estas cuestiones otras veces, y la cuestión podría resumirse así: España no tiene nada que ganar en la OTAN, y sí mucho que perder. Perder, para empezar, su soberanía, un bien mucho más valioso que algún plato de lentejas, por emplear el símil bíblico. Y ello tanto con Clinton como con Trump. La política exterior española debe volver a la neutralidad, como la de Suiza o Suecia.

  ( Observen este breve video, que retrata al personaje Hillary Clinton, por la que han apostado a fondo tan inmensos intereses. Es su reacción después de observar en un móvil el asesinato de Gadafi: http://www.bing.com/videos/search?q=Hillary+Clinton%2c+Gadafi&&view=detail&mid=A4113698D60CD0833193A4113698D60CD0833193&FORM=VRDGAR)

  

  

 

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España y los judíos

**La historia de Europa, como la de España, comienza con la II Guerra Púnica. Toda la base cultural de lo que consideramos Europa se transmite en la época de las invasiones y los monasterios, Edad de Supervivencia o Alta Edad Media (Europa, una introducción a su historia)

En “Cita con la Historia”. Europa debe a la España franquista mucho más de lo que muchos imaginan: https://www.youtube.com/watch?v=8FQkGvHEwJk

**1. Las subvenciones de unos gobiernos corruptos le obligan a ud a pagar programas con los que puede no estar de acuerdo

2. “Cita con la Historia” no depende de subvenciones, solo de contribuciones libres y voluntarias, no impuestas por gobiernos corruptos

3. “Cita con la Historia está promoviendo la campaña “300 por 20″, 300 oyentes que aporten cada mes 20 euros al programa. Es imprescindible.

4.He aquí la cuenta en la que ud puede contribuir a “Cita con la Historia”: “Tiempo de Ideas Siglo XXI” – BBVA ES09 0182 1364 33 0201543346

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(Pequeña polémica sostenida hace años en Libertad Digital)

Tan pronto como España expulsó a los judíos, el país floreció en las artes y las letras, desarrolló su comercio y sus manufacturas durante un siglo hasta que por diversas razones empezó a decaer económicamente, descubrió buena parte del mundo, colonizó extensas tierras, y se convirtió en la primera potencia mundial”. ¿Qué les parece el aserto? Ciertamente, sus dos partes son verdaderas, pues a la expulsión de los judíos siguió un florecimiento de España como nunca antes o después. Sin embargo, sugerir una relación de causa a efecto entre las dos cosas es una estupidez que no merece comentario, y que, por lo demás, nadie sostiene, que yo sepa.

Lo que sí sostienen muchos, con aires de seriedad y buenos sentimientos, es una estupidez contraria y equivalente: que la expulsión de los judíos dejó a España esquilmada de sus mejores y más preparados elementos en los órdenes intelectual y económico, que sobrevino inmediatamente una decadencia profunda aunque por el momento no fuera aparente, y que sobre España cayó, por tal acto, una especie de estigma imborrable, manifiesto, por ejemplo, en nuestra propensión a la guerra civil, a “matarnos entre nosotros”. Algo así creyó descubrir el buen Américo Castro, seguido luego por Juan Goytisolo y una legión de escritores supuestamente progresistas, tan tenaces que han convertido aquella necedad en un lugar común incuestionable en amplios e influyentes medios intelectuales. Y ello a pesar de que España fuera entre el siglo XVI y el XIX quizás el país internamente más estable de Europa –no digamos si hacemos la comparación con el Magreb, tan querido por aquellos y cuya historia casi se resume en una guerra civil permanente–. Las luchas intestinas en España pertenecen más bien al siglo XIX, como una plaga de la época, con una prolongación en el XX que cabe esperar sea la última, si los nacionalistas periféricos cesan por fin en su empeño de balcanizar el país.

Desde luego, la expulsión de los judíos no es un hecho del que podamos sentirnos orgullosos; pero dista mucho de lo que pretender esos supuestos bienintencionados. Con ocasión del V centenario de América, el célebre cazador de criminales de guerra nazis Simon Wiesenthal afirmó que aquella expulsión constituía un precedente del exterminio de los judíos por Hitler. Nada de eso. Si constituye algún precedente sólo puede serlo de la expulsión de los palestinos por los israelíes en el siglo XX. Con dos diferencias, y no muy favorables a las tesis de Wiesenthal: que los palestinos fueron expulsados por medio del terror, y que aquella tierra había sido suya por muchos siglos. ¿O no?

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El señor Alex Baer ha escrito una carta sugiriendo mi exclusión de Libertad Digital por antisemita. Creo que este señor confunde algunas cosas elementales, y no estará de más aclararlas, porque no sólo a él le pasa.

– Lo que llama revisionismo es un fundamento del “Discurso del método” cartesiano y una norma elemental en el trabajo científico. Negarlo es tratar de imponer el dogmatismo.

– Sobre el Holocausto hay material de sobra. Creo  que cualquier revisión honrada no hará sino confirmar el horror. 

– El hecho de que millones de judíos hayan sido asesinados por los nazis no quiere decir que  los judíos en bloque pasen a ser santos o libres de crítica. Entre ellos, como en cualquier otro pueblo, ha habido también criminales.

-Creo que el estado de Israel tiene derecho a existir. Soy consciente de que ha cometido y comete algunas brutalidades, pero también de que no se le puede juzgar desde la comodidad de Europa. Es un país acosado sin piedad, al que cualquier claudicación o error puede conducir a la catástrofe. Si Israel dependiera de la actitud falsamente humanitaria de Europa, habría sufrido ya un segundo holocausto.

– Las supuestas atrocidades del franquismo no tienen nada en absoluto que ver con el Holocausto. Los judíos, como pueblo, no habían hecho nada contra Alemania, más bien al contrario, y por eso su exterminio tiene un aspecto especialmente siniestro. En España había mediado una guerra civil en la que los dos bandos cometieron atrocidades, y en que hubo las consiguientes venganzas, como las hubo en Alemania o Italia según terminaba la guerra.

– Sobre las atrocidades del franquismo, el señor Baer, como judío, podía recordar que su pueblo tiene una importante deuda de gratitud con Franco.

– Equiparar la expulsión de los judíos de España en el siglo XV con el Holocausto, como hace Wisenthal, es como igualar un desahucio injusto con un asesinato. Es tan absurdo que habría que pensar en los motivos de semejante comparación.

– Decir que con la expulsión de los judíos España perdió  sus mejores elementos humanos, como hacen Américo Castro o Goytisolo, es, aparte de una notable majadería, una idea claramente racista.

– La expulsión de los judíos por los Reyes Católicos sí puede compararse a la expulsión de palestinos por los judíos en tiempos recientes. Es cierto que muchos palestinos salieron porque sus líderes se lo pidieron, para volver en tromba y en plan exterminador, pero otros muchos huyeron por el terror. Decir esto no es hacer antisemitismo, sino señalar un hecho cierto. Entre los judíos, como en cualquier otro pueblo, no faltan los fanáticos, y la frase de Wisenthal es propia de un fanático. 

– Dice que mis libros  son  antiprogresistas. Está claro que lo que el señor Baer y yo consideramos progresista no coincide. Nunca me parecerá progresista una “democracia” compuesta por comunistas, socialistas marxistas, anarquistas, racistas y republicanos que intentaban golpes de estado al perder las elecciones. El señor Baer tiene, por supuesto, derecho a pensar de otro modo, pero no a querer imponer su punto de vista y sugerir que quien no piensa como él debería ser excluido de Libertad digital.

– Dice el señor Baer que yo falseo la realidad histórica al negar la matanza de Badajoz o rebajar sus cifras. También él está en su derecho de creerse panfletos basados en la metodología de la “lucha de clases”, como el del señor Espinosa. Pero no tanto derecho a retorcer mi punto de vista. Que la matanza de la plaza de toros con toda aquella parafernalia de la leyenda fue un invento de la propaganda, no hay la menor duda de ello, y el propio Espinosa se ve obligado a reconocerlo, con sumo pesar. Yo no niego que hubiera otras matanzas, como en tantos otros lugares. ¿Cuánta gente murió? Las cifras de Espinosa deben ser indudablemente revisadas, ya que su metodología marxistoide arroja sobre ellas la mayor sospecha de propaganda. Él simplemente junta todos los nombres de muertos izquierdistas, cayeran en combate, en fusilamientos o por otras causas, en muchos lugares y ocasiones, y deja que el lector, como el señor Baer, se los imagine juntos en la famosa “matanza de Badajoz”. La experiencia de falseamiento de la historia por historiadores tipo “lucha de clases” es tan abrumadora, que nadie medianamente serio puede aceptar sus tesis sin una fuerte dosis de escepticismo. Los mismos nombres ofrecidos por Espinosa tendrían que ser revisados a fondo para creérselos. No sería la primera vez que se ofrecen víctimas con la ideología cambiada.

– El revisionismo histórico del que me acusa es, repito, una virtud y una necesidad científica, aunque al dogmático señor Baer le moleste. Y la acusación de antisemitismo que también me hace es sólo una falsedad interesada, para apoyar sus pretensiones dogmáticas y censoras. Utiliza el término en el mismo sentido en que los comunistas el de “antisoviético”. Ya conocemos esas cosas. 

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El señor Baer sigue confundiendo algunas cosas elementales. Pero es bueno insistir  en ellas porque después de todo se trata de errores, lógicos o de hecho, que han sido muy difundidos en estos años, más o menos interesadamente.

Wiesenthal  dice, como yo señalaba en el artículo cuestionado por el señor Baer, que la expulsión de los judíos fue un precedente del Holocausto. Y yo decía que, en todo caso, sería un precedente de  la expulsión de numerosos palestinos por los judíos en pleno siglo XX y con métodos peores que los de los Reyes Católicos. Esto no es antisemitismo, sino la constatación de un hecho.

El señor Baer intenta desviar la cuestión hacia el supuesto totalitarismo precursor de los Reyes Católicos, que, según él, defienden libros “serios”. Tan serios, seguramente, como la opinión de Wiesenthal. El antisemitismo en España fue fundamentalmente religioso, y la atención a la raza, o a algo muy parecido, está profundamente enraizada en el propio judaísmo.

Por supuesto, constatar estos hechos no significa justificar la expulsión del siglo XVI. Pero tampoco conviene creer lo que imagina el señor Baer, es decir, que la expulsión  “dejó un vacío en el comercio, la medicina y el pensamiento que la población católica española no pudo llenar, lo mismo que ocurrió con los moriscos en la agricultura”. Todas esas cosas están siendo sometidas a revisión por historiadores solventes, y la propia lógica le dará al señor Baer algunas pistas: la expulsión de los judíos coincidió con la ascensión de España a primera potencia mundial, y la creación de una cultura de primer orden en literatura, pintura, pensamiento, etc. Aunque los españoles no prestaron excesiva atención al comercio, desarrollaron un importante pensamiento económico, y gracias a sus empresas políticas y comerciales establecieron, por primera vez en la historia, la intercomunicación entre todos los continentes. Podríamos seguir así mucho rato. En mi artículo argumentaba: ¿Es que todas estas cosas ocurrieron gracias a la expulsión de los judíos? Evidentemente no: sostenerlo sería tan estúpido como pretender que dicha expulsión privó a España del principal nervio cultural. No  crea el señor Baer, acríticamente,  lo que cuentan algunos libros “serios”.

Y por supuesto que hay un fondo racista en su interpretación: pretende que los elementos progresistas  y culturalmente valiosos en España serían los judíos y los moriscos, mientras que los católicos –los españoles propiamente dichos en aquella época– serían los factores de atraso. Algo así, aunque con otros calificativos, decían los nazis de los hebreos.

Encontramos la misma credulidad  en el señor Baer con respecto al salvamento de judíos por el franquismo durante la II Guerra Mundial. Decir que el rescate de judíos por diplomáticos españoles –que eran muy franquistas–, se hizo “a pesar del régimen”, ya revela poco respeto a la lógica y poco conocimiento de la época. Es parte de un falseamiento de la historia como el que realizan los Espinosa, Blanco Escolá, Preston, Carcedo y tantos otros a quienes el señor Baer concede un crédito realmente excesivo.  Los que él llama “historiadores pro republicanos” no hacen más que repetir, con uno u otro matiz, la propaganda desarrollada por la Comintern en aquellos años, y ese solo hecho ya debía hacerle reflexionar.

El señor Baer revela muy poca honestidad, por no decir algo más enérgico, cuando sugiere que mis tesis se parecen a las de quienes niegan el Holocausto: tergiversa, omite, desvirtúa mis tesis, y trata de engañar o de engañarse respecto de ellas. Eso suele llamarse fanatismo.

 

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