La guerra de los Treinta Años y el apogeo de Francia.

En “Cita con la Historia” trataremos algunas cuestiones clave, generalmente poco resaltadas, sobre la guerra civil, un hecho histórico nada asimilado hasta hoy, por la izquierda ni por la derecha. www.citaconlahistoria.es

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  En 1618 los calvinistas checos defenestraron en Praga a tres políticos católicos  y reclutaron un ejército contra el emperador. Dos  años después los rebeldes fueron derrotados por los hispanoimperiales en la batalla de la Montaña Blanca. Pareció el final del conflicto, pero en realidad acababa de comenzar una de las guerras más destructivas de la historia europea, la llamada “de los Treinta Años”.

  En 1625 reemprendía la guerra Dinamarca, generosamente subvencionada por Richelieu, pero cuatro años después era derrotada por los católicos. De momento, Francia no estaba preparada para contender con España, por lo que procedió a pagar y utilizar a otras potencias, como Dinamarca u Holanda, más tarde Suecia. Entre tanto, Richelieu afianzó el absolutismo de Luis XIII metiendo en cintura a los nobles y acabando con el poder hugonote, que había construido un estado dentro del estado.

   Entre tanto, Holanda mostraba una gran agresividad, combinando la piratería con el ataque a Portugal en Brasil, mientras la lucha en Flandes, donde trataban de coger al ejército español en tenaza con los franceses,  proseguía con ventaja alternativa. Y el Parlamento inglés, muy deseoso de guerra, se combinó con los holandeses para saquear Cádiz, en 1625. Sufrieron un costoso fracaso que enfrió las ansias bélicas del Parlamento, por lo que Inglaterra aceptó la paz en 1630.

   En la década de los 30 Suecia entró en liza, con dinero francés.  Suecia, que había adoptado pronto el luteranismo,  se había convertido en el poder  hegemónico en el Báltico y aspiraba a dominar las costas alemana y polaca. Tras ganar importantes batallas con apoyo de los  protestantes germanos, los suecos fueron vencidos en Nördlingen, en 1634,  gracias sobre todo a los tercios españoles, por lo que debieron abandonar sus pretensiones, y los príncipes protestantes aceptaron la paz al año siguiente. De nuevo pudo haber terminado la contienda, que estaba arrasando Alemania.

    Richelieu había gastado grandes sumas para nada, por lo que resolvió intervenir directamente, calculando bien los puntos flacos del poder español: escasez de hombres, dispersión de sus dominios, comunicaciones largas  vulnerables. Francia, con reservas humanas abundantes,  podía operar por seguras y cortas líneas interiores, tomar a los hispanos entre dos fuegos en Flandes, y colaborar con los demás enemigos de España, en especial Suecia y los potentados luteranos. No obstante, sufrió nuevas derrotas y los españoles estuvieron a punto, una vez más, de marchar sobre París. Agotados los recursos, Richelieu  decretó nuevos impuestos que, eludidos por las clases altas, gravaron tanto más a los agobiados campesinos, que se alzaron en 1636 y 1639, y fueron masacrados. Richelieu se sintió hundido, pero Luis XIII contraatacó por la frontera española, y en los cinco años siguientes nadie obtuvo la decisión.

    La lucha contra Richelieu la protagonizó en España el conde duque de Olivares, valido de Felipe IV. Hombre diestro e inteligente, llevaría las múltiples guerras con notable habilidad.  Bien consciente de las debilidades de la Monarquía Hispánica ante los nuevos desafíos, había diseñado en 1626 la  Unión de Armas, para hacer que todos los dominios del rey, desde las Indias a Nápoles, colaborarsen equitativamente con hombres y dinero, aligerando la carga sobre Castilla. Se trataba de una reforma administrativa, política y moral, que debiera proporcionar una reserva de 140.000 soldados. La propuesta fue mal acogida por las oligarquías de Aragón y Portugal, porque vulneraba antiguos fueros y privilegios feudales, y no les ofrecía cargos  adecuados, y no hubo forma de ponerla en práctica. 

    Mientras, los calvinistas holandeses,  aguijoneando al imperio portugués,  ocupaban Pernambuco, en Brasil, en 1630, provocando descontento entre parte de la oligarquía portuguesa por su unión con España, lograda por Felipe II. En 1637 recuperaron Breda, que les habían tomado los españoles en un asedio famoso, inmortalizado por Velázquez, y se lanzaron sobre Amberes; pero ante esa ciudad sufrieron una gran derrota. Sin embargo, el decenio concluía con la batalla naval de las Dunas, al sureste de la costa inglesa: una flota holandesa muy fuerte vencía a la española inferior en número. Suele considerarse el fin de España como primera potencia naval.

   Los años 40 resultaron fatales para España al repercutir dentro del país las tensiones externas.  En 1639 Richelieu atacó el Rosellón, y fue repelido. Los oligarcas catalanes crearon descontento por los problemas que ocasionaban los soldados y provocaron una rebelión popular en 1640, al grito de “Viva el rey de España y muera el mal gobierno”. La revuelta tomó rasgos antiseñoriales contra los “derechos de abuso y maltrato”, que persistían pese a la sentencia de Guadalupe en tiempos de Fernando el Católico, por lo que la Generalitat declaró una república catalana bajo soberanía de Luis XIII. A finales del mismo año, Portugal se separaba con la complicidad de los duques de Medina Sidonia, que intentaron a su vez  la secesión de Andalucía en connivencia con una armada  franco-holandesa. Advertido a tiempo el gobierno,  la conjura andaluza se deshizo, pero en Cataluña, invadida por tropas francesas que crearon gran malestar, la secesión duró doce años, hasta ser expulsados los franceses. La aventura oligárquica costaría a  España, la pérdida del Rosellón, mientras los malos usos continuarían.

   En 1642 murió Richelieu, pero su política continuó con  otro cardenal, Mazarino. En mayo de 1643 los tercios  fueron vencidos en Rocroi, victoria costosa para Francia pero de máxima repercusión moral. Los tercios retuvieron bastante eficacia, pero Rocroi marcó en tierra lo que la batalla de las Dunas en el mar.  En 1648 la Paz de Westfalia puso fin a la Guerra de los Treinta Años. Salió triunfante Suecia, dominante en el Báltico a costa de Dinamarca y Alemania; y Holanda afianzó su independencia. Alemania, la gran sacrificada, había sufrido una devastación  incalculable: solo los suecos arrasaron 1.500 poblaciones, y el hambre, las epidemias y la propia guerra acabaron con un tercio de la población en general, y la mitad de la masculina.

   Pero la gran vencedora fue la Francia absolutista de Luis XIV, que ocupaba Alsacia y Lorena, cortaba el famoso Camino Español de Milán a Flandes y se adueñaba también del Rosellón y parte de la Cerdaña, y reducía a España a la impotencia, al paso que,  tras desangrar al Sacro Imperio le imponía una inefectividad mayor que nunca, con sus 300 miniestados  que anulaban cualquier potestad real del emperador.  

   Pero más allá de los ganadores y perdedores, la Paz de Westfalia inauguró una nueva concepción de las relaciones internacionales que habrá que examinar aparte.

   

    En la Europa oriental, el Imperio otomano, que venía ampliándose en el Mediterráneo a costa de Venecia, y hacia el centro de Europa y por el norte del mar Negro, intentó por segunda vez tomar  Viena en 1683. La amenaza movió una colaboración muy extensa, en hombres o en dinero, de la mayoría de los países europeos, exceptuando a Francia, siempre leal a su alianza con los  otomanos. El intento turco se saldó con una enorme derrota, debida de modo especial a la intervención del rey polaco Juan Sobieski. La derrota marcó el límite de la expansión turca en Europa y el comienzo de sus retrocesos, siendo expulsados a continuación al sur del Danubio.

   Más al este,  la Confederación polaco-lituana llegó a ocupar Moscú a principios del siglo XVII, para desde entonces entrar en decadencia. A mediados de siglo, Rusia le arrebataba gran parte de Ucrania, y peor todavía fue la invasión sueca de 1655 a 1660, conocida en Polonia con el significativo nombre de “El Diluvio”, por la mortandad y daños materiales ocasionados. No obstante, el país fue capaz todavía de desempeñar un papel esencial en la lucha contra los turcos y derrotarlos en Viena y en otras ocasiones.

    Por su parte,  Rusia superó lentamente la “Época de los Tumultos” a finales de XVI y principios del XVII, con hambrunas, guerras civiles y derrotas frente a suecos y polaco-lituanos.  Una nueva dinastía, la de los Románof  sucedió a los Ruríkovich, y Rusia volvió a tomar la ofensiva en todas direcciones. A lo largo del siglo XVII su expansión por Siberia llegaba ya al Pacífico. Por otra parte, la extrema opresión de los siervos, reducidos práticamente a esclavitud, provocaba revueltas campesinas, siempre vencidas.  En 1682  fue coronado Pedro I, llamado el Grande, cuyo reinado iba a suponer una inflexión radical en la historia rusa. Hasta entonces, y a pesar de algunas influencias occidentales, Rusia  era vista en el resto de Europa como un país semibárbaro, con escaso desarrollo urbano, intelectual, literario, técnico o científico. Su influencia en los asuntos europeos era mínima influencia en los asuntos del oeste europeo.  Pedro se empeñó en occidentalizar al país con medidas autocráticas, inaugurando una nueva época en la historia de Rusia, que influiría cada vez más en el resto de Europa.

  

Las desdichas de España no acabaron en Westfalia. El mismo año de dicha paz, Oliver Cromwell, un talentoso y fanático puritano, acababa de ganar en Inglaterra una doble guerra civil de seis años  encabezando al Parlamento contra el rey Carlos I, a quien hizo decapitar al año siguiente. Posteriormente disolvió el Parlamento.  Al ser minoritaria su religión en Inglaterra, defendió la libertad de cultos, excepto para los católicos, a quienes persiguió sin tregua. En 1649 invadió Irlanda, repartió entre los suyos las tierras de los católicos y demolió su naciente industria textil, las iglesias y las escuelas, organizó matanzas y vendió como esclavos a miles de prisioneros. El rito católico fue prohibido y sus clérigos ejecutados apenas descubiertos. Se han calculado las pérdidas irlandesas entre un 15 y un 20% de la población. En 1650, Cromwell derrotó a los escoceses que exigían la monarquía. Y unos años más tarde a los holandeses. Enemigo acérrimo de España, atacó por sorpresa a Cádiz y destruyó por dos veces parte de la flota de Indias. Aliado con los franceses, logró derrotar a los españoles en Dunquerque, en 1658. Ese mismo año falleció, y dos años después, los monárquicos, vueltos al poder, desenterraron su cadáver, le cortaron la cabeza y la expusieron  en un poste.

       La derrota en Dunquerque redondeó la decadencia militar hispana y abocó al Tratado de los Pirineos en 1659, que reafirmó y aumentó las pérdidas españolas de Westfalia. No obstante, Luis XIV evitó  ensañarse porque aspiraba a dominar a la monarquía española y su imperio, para lo cual casó con María Teresa, hija de Felipe IV. Esa ambición motivaría otra gran guerra europea cuarenta años después. Otro resultado de aquella paz fue que las Antillas padecieron un enjambre de filibusteros franceses, ingleses y holandeses, que llegaron a saquear Cartagena de Indias en 1697.

   En medio siglo, España había bajado desde la Pax Hispanica, que parecía consolidar su supremacía continental, a un rango secundario en el concierto europeo. La sensación de frustración quedó retratada  por el escritor Francisco de Quevedo en su célebre soneto elegíaco: “Miré los muros de la patria mía/ si un tiempo fuertes, ya desmoronados (…) Vencida de la edad sentí mi espada/ y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuera recuerdo de la muerte”. Hacia 1661, Luis XIV podía jactarse, con bastante razón, de haberse convertido en el centro de todas las políticas europeas.

     Los acuerdos de Westfalia debían garantizar, según los declarantes, “una paz cristiana y universal y una amistad sincera, auténtica y perpetua” entre los países europeos, cada uno de los cuales procuraría en lo sucesivo “el beneficio, el honor y la ventaja” de los demás. Tal retórica obviamente hueca iba a demostrarse vacía. Aparte de otras contiendas menores, en 1688 comenzaba una guerra de nueve años entre Francia  por un lado, y una alianza entre Holanda, Inglaterra, el Imperio, Suecia  y España, con campañas asimismo en las colonias. La guerra terminó de forma inconcluyente, preludio de otra más vasta a principios del siglo siguiente, con motivo de la sucesión a la corona española.

   Hacia el principio del conflicto, en 1688, tuvo lugar en Inglaterra la llamada “Revolución Gloriosa”,  que derrocó al rey católico Jacobo II y  determinó la exclusión definitiva del catolicismo, así como a una mayor tolerancia entre  las diversas  doctrinas protestantes,  que se habían perseguido entre sí.  Tal revolución se impuso sin dificultad en Inglaterra, aunque tuvo que aplastar sangrientamente algunas disidencias en Escocia e Irlanda. Con ella triunfaba definitivamente, asimismo, el Parlamento,  que redujo drásticamente las atribuciones regias, poniendo al rey prácticamente a las órdenes del Parlamento. Así, la orientación política inglesa marchaba en dirección contraria a la de Francia, donde el poder del rey se hacía cada vez  más absoluto.

 

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Del gran siglo de España al gran siglo de Francia.

Blog I. En el país de la Gran Patraña: http://gaceta.es/pio-moa/pais-gran-patrana-03062016-1739

**Este sábado, de 6 a 9 de la tarde, firmaré en la caseta 345 de la Feria del Libro de Madrid

** El domingo, a las 16.00 hablaremos en Cita con la Historia del debate sobre la guerra civil y los problemas de la democracia en España. www.citaconlahistoria.es

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   El XVI fue un gran siglo para España en los órdenes político, militar y cultural, alcanzando su apogeo con Felipe II. Convertida en el pensamiento y la espada del catolicismo, hubo de combatir de modo prácticamente simultáneo con Francia, el Imperio otomano, Inglaterra y los protestantes: venció la mayor parte las veces y marcó unos límites a su expansión, que  luego permanecieron. No dejaron de ser hechos notables, porque ni era el país más poblado ni el más rico. Francia, su rival más inmediato, triplicaba probablemente su población, y lo mismo, al menos, el Imperio otomano; entre Inglaterra, Holanda y los germanos protestantes podían muy bien duplicarla o más. Asimismo, en una época en que la agricultura era la principal fuente de riqueza, España no estaba favorecida en suelos y clima por comparación con el norte de los Pirineos. Desde luego, no combatía sola: Italia contribuía, aunque no demasiado ni con mucha constancia, y de hecho dependía de España frente a los turcos. El Sacro Imperio, en sus partes católicas, aportaba más, aunque con el lastre de su ineficiente estructura, de modo que la desproporción seguía siendo muy grande. Además, España debía pechar con los aplastantes problemas derivados de la enormidad y dispersión de su imperio y de una lucha agotadora en muchos frentes, problemas que ningún otro reino soportaba; y en general los afrontó con notable éxito.

    Tales cargas eran inevitables por su posición geopolítica y su compromiso católico. En el Mediterráneo debía contender por fuerza con los islámicos y con Francia. El protestantismo fue un  factor principal de guerras civiles e internacionales en Europa, como había pronosticado Lutero con orgullo, y combatirlo a distancia libró a España de tenerlo en el interior y correr la suerte de Alemania, Flandes o Francia.  Así, la guerra lejana, aunque costosa,  evitó al país un largo período de contiendas internas y posible desintegración;  y mantuvo Las Indias a salvo de las potencias rivales. La idea de que España debió haberse concentrado en el norte de África olvidándose de los problemas europeos es una ilusión roma. En el interior, el contagio calvinista fue erradicado por la Inquisición al precio de unos cientos de víctimas: muchas menos que las causadas en Inglaterra e Irlanda contra los católicos, por no hablar de las guerras civiles francesas.

   Todo ello tenía consecuencias económicas: Carlos I dejó una deuda de 20 millones de ducados. Felipe II cuadruplicó los ingresos mediante la administración más racional y avanzada de Europa, pero  hubo de declarar tres suspensiones de pagos (bancarrotas) y al final la deuda ascendía a 80 millones. Las distintas posesiones de la corona debían atender a los gastos solidariamente, pero no era así. Los impuestos de la mayor parte de ellas se aplicaban a las necesidades propias, y era Castilla quien cargaba con más de la mitad de los impuestos. La plata americana subvenía a entre el 12 y el 20% de los gastos; Aragón no pasaba del 7% (su población y riqueza eran también  muy inferiores a las de Castilla) y entre Flandes e Italia el 20%. En América, la mayor parte de la fiscalidad quedaba allí, lo que explica que Lima o Méjico llegaran a ser ciudades más monumentales, con universidad, catedral y edificios de los que carecía Madrid.

    Estos problemas no impidieron que, en conjunto,  el país prosperase, y una prueba de ello es la elevada presión fiscal que pudo soportar, aun si generase mil protestas. Pero hacia finales del siglo la carga se hacía demasiado pesada. La población sufrió pestes, corrientes también en el resto de Europa (Inglaterra, nueve episodios graves y algo similar Francia); y hasta las regiones europeas más ricas padecían hambrunas recurrentes. Las costas mediterráneas sufrían también pérdidas de población, por las incursiones berberiscas y la caza de cautivos. En cambio, el país se libró de las guerras más mortíferas, libradas fuera de sus fronteras, y de guerras civiles como las de Alemania, Flandes o Gran Bretaña (si incluimos a Irlanda). La emigración a América no afectó mucho: unas 300.000 personas en total. Y cierto número de transpirenaicos se establecieron en España. Con todos estos avatares, la población española aumentó de 5-6  millones a principios del siglo a 7-8 al final.

    Simultáneamente con dichos desafíos, prosiguió la  exploración, colonización y evangelización de los inmensos territorios de América, desde Patagonia a Oregón y el tercio sur de la actual Usa. Fueron expulsados los hugonotes que trataban de apoderarse de Florida, repelidos numerosos ataques de corsarios, descubiertos cientos de islas del Pacífico y asentada la colonia de Filipinas. La evangelización abarcó a millones de indígenas y llegó a India y Japón. Y no dejaron de fundarse ciudades, construirse vías de comunicación y obras públicas, así como siete universidades, contando la algo posterior de Filipinas. Las monedas españolas circulaban por todo el mundo

   Si se pregunta a un español común (o no español) qué país del mundo tiene un historial marino más destacado, probablemente lo adjudicará a Inglaterra; pero naves españolas cruzaron por primera vez  el Atlántico y el Pacífico, dieron la primera vuelta al mundo, descubrieron numerosas tierras, tuvieron más  victorias que fracasos frente a turcos, ingleses, holandeses y franceses, establecieron rutas comerciales entre Asia, América y Europa… Las hazañas de otros países fueron posteriores y explotando en gran parte los descubrimientos hispanos. El buque base de las flotas era el galeón inventado en España en su forma acabada y adoptado por Inglaterra, Holanda y Francia. Combinaba la capacidad de carga con la aptitud bélica por su maniobrabilidad  y extraordinaria resistencia, de modo que contra la Gran Armada el poder artillero inglés solo consiguió hundir uno, y casi todos los demás se salvaron, mejor o peor, de las posteriores tormentas, al revés que los barcos de acompañamiento.

   La ventaja española sobre sus adversarios fue ante todo cualitativa y descansaba en cuatro puntos esenciales: una amplia red de universidades, la calidad de sus marinos, los tercios y una excelente diplomacia. Sobre las universidades ya existentes se fundaron las de Valencia, Sevilla, Santiago, Granada, Zaragoza y Oviedo, más algunas luego desaparecidas, como la de Oñate (la de Barcelona databa de mediados del siglo XV); algunas de gran calidad, como la de Alcalá de Henares y sobre todo la de Salamanca. La proporción de universitarios era una de las más altas o quizá la más alta  de Europa, lo cual facilitaba personal cualificado para la administración, la política y  la milicia, aparte de sus derivaciones intelectuales y artísticas. La habilidad y audacia de sus marinos fue también excepcional en un tiempo en que otras potencias apenas pasaban de la piratería y el tráfico negrero.

   En cuanto a los tercios, eran el mejor ejército de la época y uno de los mejores que hayan existido, por su organización y espíritu, con una amplia nómina de capitanes de gran clase, algunos extranjeros españolizados, y una muy larga lista de victorias, muy a menudo en inferioridad de fuerzas. En Flandes eran muy minoritarios (entre un diez y un treinta por ciento. Los demás,  alemanes, italianos o irlandeses e ingleses pasados a los españoles), pero se les reconocía como la punta de lanza y la élite militar. La diplomacia, el pensamiento y los colegios de los jesuitas, que formaban por toda Europa élites favorables a España, eran otras tantas bazas que ayudan a entender la fuerza  y el prestigio de España: dentro de la misma Francia se diría de los habitantes del Artois que eran “más españoles que los castellanos”, y el Franco Condado, que perdió más de la mitad de sus habitantes en luchas con los calvinistas, exhibía un genuino patriotismo hispanoborgoñón.

    

   Sin embargo, hacia finales de siglo las cosas iban cambiando. Las fuerzas contrarias en Europa crecían en cantidad y en calidad, las marinas holandesa e inglesa marchaban hacia su apogeo y los tercios no lograban ya resolver rápidamente los conflictos, sino que se desgastaban en campañas y asedios interminables.  No podía hablarse de decadencia, menos aún cultural, pero habían pasado los tiempos de Pavía, San Quintín, Lepanto, Contraarmada, Azores y similares. España daba indicios de fatiga y buscaba la paz. La situación era propicia, porque sus enemigos estaban también al límite de sus fuerzas. Los turcos, preocupados por su frontera con Persia, habían dejado de ser un peligro inminente después fracasar su intento de dominar Marruecos, aunque la piratería y las incursiones sobre la costa española no cesaban. En 1598 llegó la paz con Francia,  seis años después con Inglaterra y en 1609 la tregua de doce años con Holanda. Este mismo año fueron expulsados los moriscos, una auténtica quinta columna de turcos  y piratas berberiscos. Otro hecho favorable a la paz fue, en 1610, el asesinato del belicoso rey Enrique IV de Francia, de procedencia hugonote, que se había hecho católico porque, según la frase que se le atribuye, “París bien vale una misa”.

   Así se llegó, a principios del siglo XVII a la llamada Pax Hispanica, un éxito aparente de Felipe III, que debía dar estabilidad al occidente continental. Pero nada de ello ocurriría. La tregua con Holanda  permitió a esta rehacer su maltrecha economía, y en las discordias entre el partido republicano y el monárquico, y entre los partidarios de la paz y de la guerra, triunfaron los últimos. Tras una etapa pacífica, en Francia alcanzó puestos influyentes el obispo, luego cardenal, Richelieu,  personaje inteligente, corrupto y maquiavélico, que en 1524 se convirtió en el valido de Luis XIII. Estaba decidido a hundir el poder hispano-imperial, para lo que, siendo católico, se alió con los protestantes, como Francisco I había hecho con los turcos.

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Trento, calvinismo, Flandes, “Invencible”

**”¿Por qué ha escrito ud “Los mitos del franquismo?” “Porque la izquierda y los separatistas mienten sistemáticamente sobre él, y la derecha ignora perfectamente su significación histórica. Por eso he escrito también “La guerra civil y los problemas de la democracia en España”. Porque es una guerra malinterpretada tanto por unos como por otros. Por eso sigue levantando pasiones: porque dista mucho de haber sido asimilada”.

Blog I: El triste destino de los autores de la Transición: http://gaceta.es/pio-moa/triste-destino-los-autores-transicion-30052016-1744

**Cuando termine este libro, hacia julio, creo que intentaré otro tipo de comentarios en el blog, al estilo de los que sugería Kufisto hace tiempo

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(En las invectivas de Lutero contra Roma ¿no cabe apreciar un eco de las invasiones germánicas, o de las frases de Tácito ensalzando la supuesta pureza moral de los germanos frente a los vicios romanos?)   

La segunda mitad del siglo XVI vio en Europa occidental el asentamiento de la doctrina católica, la contención de la amenaza turca en el Mediterráneo y centro del continente, el auge de la subversión protestante, sobre todo en los Países Bajos, el agravamiento de la rivalidad entre España e Inglaterra, y la entrada de Francia en un período de 36 años de guerras civiles (guerras de religión).

   El esfuerzo por contrarrestar al protestantismo culminó  en el Concilio de Trento, convocado en 1545 con intención de recobrar la unidad cristiana, y concluido dieciocho años después. Los protestantes rehusaron asistir, pues no reconocían autoridad a papas ni concilios. Trento reformó la Iglesia: para combatir la ignorancia del clero, los sacerdotes debían seguir largos estudios en los seminarios; y para evitar la corrupción, se prohibió la venta de indulgencias, los obispos se nombrarían atendiendo a una moralidad comprobada, debían a residir en sus diócesis y no acumular cargos, y el celibato eclesiástico se reafirmó. Los párrocos debían predicar domingos y festivos, catequizar a los niños y llevar un registro de nacimientos, bodas y defunciones; se elaboró un catecismo para formar mejor a los fieles y fue oficializada la versión latina de la Biblia o Vulgata, traducida por San Jerónimo en el siglo V; quedó establecido un rito unificado de la misa, en latín, y se dio impulso a la música y arte sacro.

   Frente al protestantismo, se defendió la tradición eclesial posterior a la Biblia como fuente de revelación, dando autoridad a los papas y al magisterio de la Iglesia, en su calidad de Cuerpo de Cristo.  La tradición de siglos de culto a la Virgen María quedó reconocida,  rechazando la acusación protestante de haberla convertido en cuarta persona de la Trinidad. También  se ratificó la veneración a los santos y las reliquias, los siete sacramentos,  el purgatorio y la jerarquía eclesiástica.

   En un plano más profundo, los protestantes sostenían que el pecado original corrompía de tal modo la naturaleza humana, que las buenas acciones nada valdrían frente a la maldad esencial de las personas, por lo que su salvación dependería solo de la gracia divina. Trento dictó, en contrario, que el pecado original dañaba la naturaleza humana, pero no la sumía en total depravación, de modo que el hombre, por estar dotado de libre albedrío,  podía acoger o rechazar la gracia, sus obras tenían valor, y él tenía cierto poder sobre su propia vida y salvación.  El Concilio, dirigido en gran parte por teólogos españoles, constituyó un magno esfuerzo reorientador y reorganizador tras la ofensiva  luterana, y modeló la Iglesia  prácticamente hasta hoy, por lo que puede catalogársele como el más decisivo de la Iglesia después del primero de Nicea, en 325.

 

    En 1541 Juan Calvino, seguidor francés de Lutero con algunas ideas propias, asentó en Ginebra un férreo poder político-religioso. Calvino extremó la doctrina de Lutero sobre la predestinación.  Cristo no habría expiado los pecados de la humanidad, sino solo los de los elegidos por él gratuitamente para la salvación. Un indicio de pertener al número de los salvados sería el éxito en los negocios y una vida frugal, tanto que prohibió bajo penas severas cualquier expansión más o menos frívola, desde el baile o  el teatro hasta el juego, la bebida o los cantos no religiosos. Todos los aspectos de la vida tomaban carácter  directamente religioso. Calvino creó un centro de formación de auténticos misioneros muy militantes, fomentando movimientos subversores del orden tradicional, conocidos como hugonotes en Francia, puritanos en Inglaterra y Países Bajos, o presbiterianos en Escocia:  miles de personas entregadas al proselitismo,  con destreza agitadora y empleo a fondo de la imprenta. La propaganda moderna  surgió de ellos, y en alta medida como propaganda antiespañola.

   Los efectos del calvinismo iban a sentirse bien pronto en Flandes, como se llamaba en España al conjunto de Holanda y Bélgica. Se trataba de la región quizá más próspera de Europa, y su ciudad principal, Amberes era el mayor centro financiero y comercial del continente, una vez la hegemonía turca había estrechado el comercio mediterráneo. La colonia de comerciantes hispanos era la más nutrida y allí iba el 60% de la lana  española y muchos productos de América, y de allí recibía España maderas, tejidos, armas, cereales, etc.  El poder español interesaba en Flandes por el comercio y como protección ante  Francia, pero el mutuo interés económico y político no bastó para mantener la paz. Las exigencias fiscales del Imperio y España irritaban a los nobles y potentados flamencos, muy reacios a soltar dinero; y Francia, después de sus derrotas en San Quintín y Gravelinas, estaba en la ruina y  y sumida en los comienzos de sus guerras de religión, dejaba de ser un enemigo potente, y la protección española perdía interés. Además, una larga guerra entre Suecia y Dinamarca cerraba vías de tráfico, y la inflación achacada al aflujo de plata americana menguaba las rentas de los magnates.

    En 1568, año de la fundación de Manila y reinando ya en España Felipe II, comenzaba allí una rebelión contra España.  Aprovechando una crisis, los calvinistas habían agitado a la población hambienta, saqueado monasterios e iglesias, destruido imágenes y matado a clérigos. Una indignada reacción proespañola  hizo llevar al Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, que impuso orden con severidad. Sin embargo fue solo el comienzo de una contienda que  con altibajos iba a durar ochenta años. Flandes se hallaba lejos de España, al lado de una Inglaterra que colaboraba con los rebeldes, y de los protestantes alemán y francés en plena expansión; aunque el Imperio  estaba también al lado y colaboraría contra los rebeldes. Para empeorar las cosas a  finales de aquel año comenzaba en Granada una rebelión de los moriscos, doblemente peligrosa por la cercanía del poder naval turco yque tardó en ser vencida.         

    Por lo que respecta al Mediterráneo, después de muchas alternativas la contienda se decidió en Lepanto en 1571, tres años después del comienzo de la rebelión de Flandes. Una flota hispano-italiana mandada por Juan de Austria y en la que el golpe decisivo correspondió a Álvaro de Bazán, ayudado por  Juan Andrea Doria, destrozó a la armada turca, que perdió, casi todas sus galeras, y sobre todo sus marinos más avezados, de  20.000 a 30.000 hombres contra unos 8.000 cristianos. Podría encontrársele cierto paralelismo con otra batalla crucial, la de Salamina, librada veinte siglos antes no muy lejos de allí.Venecia esterilizó en parte la victoria al volver a a tratar con los turcos, pero el peligro de estos en el mar dejó de ser lo que había sido. De haber vencido los turcos, la inseguridad de Italia y España habría alcanzado niveles realmente críticos.

   Tanto Francia como Inglaterra y los protestantes apoyaban a los otomanos, y España, si hubiera perdido en Lepanto, habría debido afrontar, en pésimas condiciones, ofensivas de ese triple origen, además de las turcas y berberiscas. De hecho, la victoria de Lepanto consternó a Londres, París y los rebeldes flamencos, que trataban de hacer frente común con la Sublime Puerta. Todos dieron ánimos a los derrotados, les  prometieron ayuda material y les incitaron a nuevas campañas contra “los idólatras españoles”, como decía el embajador inglés.

   Por lo que respecta a Francia, su anterior belicosidad quedó en gran parte frenada por las guerras de religión, comenzadas en 1562 y que con intervalos breves durarían hasta finales del siglo. Los hugonotes, siguiendo el  principio cuius regio eius religio, trataron dos veces de secuestrar al rey y a su familia, para imponer su doctrina desde el poder. Las luchas se hicieron feroces. Los calvinistas, como Lutero, exhibían una violencia brutal en sus llamamientos a obrar “por las armas, el fuego, el pillaje y el asesinato” y no vacilaron en traer a protestantes alemanes, que asolaron regiones francesas con matanzas y saqueos; o en ofrecer a Inglaterra trozos del país a cambio de ayuda. La reacción católica no fue menos dura en la Noche de San Bartolomé, en París,  en agosto de 1572, cuando fueron asesinados varios miles de hugonotes. 

   Para Madrid, la perspectiva de una Francia calvinista constituía una pesadilla.  Por ello, Felipe II apoyó vigorosamente a los católicos franceses, y a él se debería en parte muy importante la permanencia del catolicismo en Francia, que no por ello dejaría de recobrar su anterior agresividad contra España. También en Flandes la larguísima guerra terminaría en tablas, con Holanda calvinista y Bélgica católica.

    Otro serio  problema para Felipe II fue la política de Isabel de Inglaterra, que  se lucraba con la piratería contra barcos españoles y  protegía a los protestantes en Flandes y Francia. Por ello, España organizó la Gran Armada, que debía transportar a los tercios de Flandes a suelo inglés. La armada fracasó en 1588: después de encontronazos de poca envergadura con barcos ingleses, los vientos la empujaron lejos de su objetivo, obligándola a rodear las Islas Británicas, donde las tormentas la destrozaron en gran parte. Isabel, eufórica, ordenó al año siguiente una magna contraarmada angloholandesa con propósito de tomar Lisboa e imponerse en Portugal (que por unos 60 años estuvo unida a España), tomar las Azores y capturar allí a la flota de Indias. Esta contraarmada resultó en el mayor desastre de la historia naval inglesa, solo comparable al sufrido en Cartagena de Indias casi dos siglos después, y dejó en la ruina las arcas inglesas.

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Apogeo del Renacimiento

En la Feria del Libro de Madrid puede encontrarse el libro  La guerra civil y los problemas de la democracia en España, en la caseta 345, de Ediciones Encuentro, y supongo que en otras.

**Uno de los capítulos de “La guerra civil y la democracia…” aborda el contexto internacional como “Una guerra ideológica en una Europa ideologizada”.

**Generalmente la estrategia de Stalin en la guerra de España no ha sido bien comprendida

**Para entender la guerra civil conviene abordar un tema clave, la crisis del catolicismo en los años 30.

**Se ha reflexionado muy poco sobre el hecho de que el Frente Popular fue, de hecho, una alianza de izquierdas y separatistas, todos además anticristianos. Sin tenerlo en cuenta, nada se entenderá

**También se ha reflexionado muy poco sobre los efectos de la guerra civil hasta la actualidad. “

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   Aunque el Renacimiento abarcó todas las actividades superiores humanas (artes, ciencia, pensamiento…), quizá destacó principalmente en el arte, desde la arquitectura a la música o la poesía, alcanzando su apogeo en la primera mitad del XVI, con figuras como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Botticelli o Rafael y muchos otros en Italia. Desde Escandinavia a España se extendió el mismo espíritu, con numerosos artistas y escritores nuevos, que harían muy larga la enumeración. En los Países Bajos se desarrolló una pintura particular, más directamente enlazada con el gótico, aunque progresivamente influida por Italia. Quizá no sea exagerado considerar la época del Renacimiento como la más alta del arte europeo, aunque tampoco quepa hablar de decadencia a partir de él.

  El pensamiento humanista o renacentista puede encontrarse resumido por Pico de la Mirándola en su Discurso sobre la dignidad del hombre: “El Supremo Arquitecto” situó al hombre en el centro del mundo y le dijo: “La naturaleza de todas las demás cosas está limitada y contenida dentro de las leyes que les hemos prescrito. Tú, a quien ningún límite coacciona, decidirás los propios límites de tu naturaleza conforme a la libre voluntad que te hemos otorgado  (…) Por tu libre albedrío, como si fueras creador de tu propio molde, podrás elegir modelarte como prefieras. Mediante tu poder podrás degenerar  hasta las formas más bajas de la vida, que son animales. Y podrás, gracias al discernimiento de tu alma, renacer en las formas más altas, que son divinas”. Un pensamiento fundamentalmente optimista sobre las capacidades humanas, admitiendo su origen extrahumano.

    Tales capacidades debían plasmarse en tipos humanos como el popularizado por Baltasar Castiglione en Il libro del cortegiano. En él  discurre en forma dialogada sobre el amor, la nobleza, el arte, la distinción femenina, la oratoria, el humor, etc., dibujando un “cortesano” ideal, físicamente fuerte, experto en las armas, las humanidades, gentil y educado con las damas, tranquilo, de finura expresiva y buen razonador.

    El fondo del pensamiento renacentista seguía siendo claramente católico, aun con inclinación a separar la razón de la fe, como en El príncipe de Maquiavelo, obra de fuerte influjo en el pensamiento político posterior. La tradición, desde Isidorio de Sevilla y antes, consideraba que el poder venía de Dios, y por ello subordinado a unos principios de justicia y servicio a la sociedad basados en la ley moral natural, impresa asimismo por Dios en el corazón del hombre. Maquiavelo prescinde de tales supuestos y examina el poder desde un punto de vista técnico, ajeno a la religión o la moral. Aunque la experiencia histórica mostraba que el ejercicio del poder y las luchas por él se ejercían demasiado a menudo sin miramientos a conceptos de justicia o de servicio, se suponía que la moral religiosa o el temor a la condenación eterna frenaban la práctica nuda y cruda de la fuerza y la astucia. Pero también cabía pensar que las invocaciones morales y religiosas solo operaban como disfraz de intereses políticos descarnados. El príncipe maquiavélico debía ser más maniobrero, calculador y despiadado que sus  rivales. Los frenos morales solo estorbarían sus planes, aunque podía invocarlos contra los otros como una añagaza más. Su pensamiento ha sido muy alabado como científico o racional por analizar la política prescindiendo de la religión, pero si bien la práctica  política suele incluir una gran dosis de brutalidad y engaño, en sella pesan también imponderables que suelen desbaratar los planes más cuidadosos. Y por otra parte, el poder tipo Príncipe generaría una lucha interminable de todos contra todos. El autor también supone que el poder monárquico absoluto es más estable y pacífico que  el compartido con otros nobles.

   Maquiavelo presentó a Fernando el Católico como modelo de su idea de la política. Y sin duda Fernando, acaso el estadista europeo más capaz de su tiempo, junto con su esposa Isabel, demostró una sobresaliente destreza de maniobra; pero atribuir sus convicciones religiosas a pura hipocresía u oportunismo suena seguramente excesivo. La reconquista, una larga lucha tanto religiosa como política, había dejado en España un sentimiento católico quizá más  compacto que en el resto de Europa, y la reforma de la Iglesia, muy respaldada por Fernando e Isabel, es una prueba más de ello.

   Con todo, Maquiavelo no dejaba de expresar una realidad,  bien visible, por ejemplo, en la alianza de Francisco I de Francia con los turcos contra España y el Sacro Imperio, o la ruptura del inglés Enrique VIII con Roma para crear una Iglesia propia, por el rechazo del papa a su divorcio de Catalina de Aragón.

     

   A principios del siglo XVI, el sacerdote  holandés Erasmo de Róterdam, el humanista más prestigioso de Europa, se aplicó a depurar a la Iglesia de gangas. La Iglesia había evolucionado entre reformas parciales, debates sobre la interpretación de la Biblia y otros más políticos. Problemas nacidos del contraste entre el ideal evangélico y un mundo marcado por el pecado original, del poder espiritual y su ejercicio con o sin un poder material del Papado, de la relación entre Roma y los estados cristianos, entre Roma y el conjunto de la Iglesia, entre la predicación y la compulsión violenta, entre los papas y los concilios, de la validez del magisterio eclesiástico,  de la conducta exigible al clero, la defensa frente al islam, etc.

    Erasmo preconizó un examen más libre de la Biblia y una actitud más crítica hacia la autoridad. Se opuso al formalismo rígido y a vicios como la ostentación del alto clero, la compra de cargos eclesiásticos o la venta de indulgencias. Estas consistían en actos piadosos con los que la gente esperaba atenuar las penas de sus deudos en el purgatorio: rezos, peregrinaciones, limosnas o donativos para construir edificios religiosos. La idea del purgatorio se había  desarrollado tardíamente en la Iglesia para evitar la opción drástica entre cielo e infierno, y para sufragar la construcción de la magna basílica de San Pedro, la oferta de indulgencias se había multiplicado. Erasmo esperaba que la corrección de aquellos vicios afirmaría la paz entre cristianos y un renacer religioso.

    A Erasmo se le apreciaba especialmente en España, donde estaba en marcha la reforma eclesiástica de Cisneros. Sin embargo rechazó ir a enseñar a la universidad de Alcalá de Henares: “non placet Hispania”… porque había allí demasiados judíos, a pesar de la expulsión. Debía de referirse a los conversos, no obstante lo cual trabó amistad con el español Juan Luis Vives, de familia de conversos, varios de cuyos miembros habían sido perseguidos por la Inquisición y quemados. Vives escribió obras pedagógicas apoyadas en la experiencia, métodos de análisis más científicos, y propugnó una asistencia social sistemática para los pobres. Por sus estudios sobre las emociones y  movimientos del alma, relacionándolos con la medicina, suele estimársele precursor del psicoanálisis o más ampliamente de la psicología moderna.

    Vives residió un tiempo en Inglaterra, en la corte de Enrique VIII mientras estuvo casado con Catalina, hija de los Reyes Católicos. Catalina fue una mujer muy notable y popular entre los ingleses. Siguiendo probablemente a su madre Isabel puso de moda la educación femenina en Inglaterra (para la que Vives escribió De institutione feminae christianae), protegió centros de enseñanza superior y propugnó la alianza de Inglaterra con España. Cuando el rey la repudió por Ana Bolena, Vives, contrario al divorcio, fue encarcelado, aunque salvó la cabeza y pudo volver a Flandes. Peor fortuna tendría el canciller Tomás Moro, con quien  Vives y Erasmo formaban un círculo de amigos, respetados como los humanistas europeos más influyentes. Moro también se opuso al divorcio de Enrique VIII y a la ruptura con Roma, por lo que fue decapitado, en 1535 lo mismo que cientos de monjes y otros disidentes. Los protestantes acusarían a Moro de haber propiciado ejecuciones de varios de ellos, pero no parece cierto.  Al año siguiente fallecería Erasmo, y Vives cuatro más tarde. Los tres habían creído en una próxima era de paz entre cristianos para afrontar con éxito la obsesionante presión turca, pero la realidad iba a ser la de nuevas guerras y persecuciones religiosas en la cristiandad.

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España asume la lucha contra el protestantismo

**Este domingo, en “Cita con la Historia”, hablaremos de las dos últimas partes de La guerra civil y los problemas de la democracia en España www.citaconlahistoria.es

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Para entonces, el protestantismo había generado numerosas algaradas. En el pasado, otras rebeliones llamadas heréticas habían sido disueltas o aplastadas por el Papado y los reyes, pero en esta ocasión no fue así. Lutero expresaba subyacentemente una tensión entre el mundo germánico y el latino, y no es de extrañar que sus doctrinas cundiesen principalmente en el primero. Mucha gente se sugestionaba con la libertad de interpretar personalmente la Biblia y prescindir  de un clero tachado en bloque de corrupto y escandaloso. Lo último sirvió de buen pretexto a los magnates alemanes protectores de Lutero para incrementar sus rentas apropiándose los bienes eclesiásticos. La expansión protestante tuvo poco de pacífica: miles de monjes y “papistas” reacios a la nueva forma de entender la fe fueron torturados y asesinados. Una ventaja para los rebeldes radicaba en la dispersión de esfuerzos del emperador Carlos, por tener que  afrontar a los turcos y a Francia. Los españoles en particular, enfrentados a muerte con los turcos, entendían el protestantismo como una traición gravísima a la cristiandad.  

     En 1532 los nobles luteranos unieron fuerzas en la Liga de Esmalcalda, afirmando su poder por gran parte del país; pero, en 1547, por la audacia de las tropas hispanas, sufrieron en Mühlberg una derrota que pudo ser decisiva: los jefes rebeldes fueron capturados y la Liga disuelta. Pese a ello, el efecto se perdió cuando el príncipe Mauricio de Sajonia, protegido de Carlos, se pasó al bando contrario y apeló al rey francés Enrique II, para que atacase al Imperio, como así fue, mientras los turcos asaltaban Trípoli. Mauricio intentó incluso capturar al emperador, que hubo de huir malamente. Dado que ninguno de los bandos lograba imponerse, le llegó a la paz de Augsburgo, en 1555, por la que los príncipes luteranos podían imponer su religión a las poblaciones en las que gobernaban (cuius regio eius religio). Así el mal vertebrado Sacro Imperio se debilitaba más aún, y el peso de la lucha recaía aún más sobre España.

    Los católicos se defendieron del impulso protestante  no solo con las armas, sino también con el pensamiento. Al respecto, la obra más sustancial fue la de Ignacio de Loyola, que elaboró unos Ejercicios espirituales orientados a sentir los mandatos de Dios y entender la vida como práctica religiosa. En 1534 fundó la Compañía de Jesús u Orden Jesuita, concebida de modo similar a la de los dominicos, creada cuatro siglos antes: frailes austeros, de espíritu flexible y destreza intelectual para contender con las ideas protestantes. La Compañía extremaba el voto de obediencia y el servicio incondicional a Roma con ánimo abnegado, casi aniquilador del ego. Los jesuitas se extendieron con rapidez por el mundo, crearon centros de enseñanza a todos los niveles, y por su combatividad intelectual constituyeron  algo así como un ejército espiritual contra el protestantismo.

   Otra arma contra el protestantismo fue la Inquisición española, creada para perseguir a los falsos conversos judíos.  La Inquisición ha sido objeto de una leyenda absolutamente tenebrosa por la propaganda protestante y francesa. Sus pormenorizados  archivos, empero, no han sido investigados en serio hasta recientemente, y arrojan una imagen muy diferente. Fue una institución muy popular en España, que impidió la masiva quema de brujas realizada en otros países europeos, en especial protestantes, y contribuyó a evitar  en el país los choques armados que acompañaban a la expansión luterana.  El número de sus víctimas pudo alcanzar los dos millares durante los tres siglos que permaneció en vigor, una cifra enormemente distanciada de las decenas y cientos de miles que se le han atribuido, y que corresponden, en cambio a la quema de brujas y  asesinato de católicos. La Inquisición practicó la tortura, pero, contra otra leyenda, en medida mucho menor de lo corriente por entonces en los tribunales europeos. Las instrucciones para instruir los procesos eran cuidadosas, y probablemente fue el tribunal más garantista de la época. También es común, y perfectamente falso, el cargo de que paralizó la actividad intelectual en España: el período de máxima intensidad de la Inquisición corresponde también conel de mayor brillo intelectual del país, que no se repetiría. Una nueva historia en vías de revisión a fondo.

  La lucha, en el plano religioso, quedaría solventada en el Concilio de Trento, intento de fundamentar la reunificación del cristianismo, y al que los protestantes no quisieron asistir

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